Masifica, deshumaniza, degrada y aliena a individuos que tienen que pagar por sus culpas, pero que merecerían alguna oportunidad para regenerarse cuando son más consecuencia de los actos de otros que de los suyos propios. Casi todos terminan emperrados en la droga, o empeñados hasta las cejas con los padrinos del interior. El violador se pervierte más y aprende a no dejar víctimas, eso, si no sale lleno de mala uva por haber sido contagiado con el sida o sodomizado por algún graciosillo; el asesino aprende a defenderse de sus colegas de oficio y el ladrón nuevas técnicas, si no terminan sabiendo más derecho penal tortuoso que cualquiera de los picapleitos que salen de universidades menos eficientes y con menos prácticas. Fuera de las palizas y de las torturas que se autoinfligen entre sí, los presos merecerían por lo menos que les hicieran un estudio psicológico y que un antropólogo cultural les designase un itinerario de reforma que les diese alguna esperanza y no un rencor suplementario para volverse más criminales aún.
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