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En la Galería Tate de Londres se expone un cuadro magnífico, El golpe maestro del duende leñador, de Richard Dadd, óleo sobre lienzo. Se trata de un extrañísimo cuadro de reducido tamaño que representa a un grupo de hadas y duendes que se aprestan a observar la habilidad con el hacha del mencionado leñador. Tiene su nosequé de fascinador.
Richard Dadd era un pintor victoriano de mediano talento y apenas inspiración, aunque se arrejuntaba con rarillos del grupo Clique, semiprerrafaelitas como nuestro Philip Hermógenes Calderón y teósofos de varia enjundia. Sus cuadritos de hadas y duendes eran de aquellos que se colgaban en cualquier recibidor, pasillo u habitación de hotel, y que uno se sentía incapaz de mirar dos veces. Pero a los 25 años, Sir Thomas Newport lo contrató para que inmortalizara con su pincel los paisajes que ambos vieran durante un viaje por Oriente Medio y Egipto. El periplo iba como la seda hasta que los viajeros llegaron a Egipto. En un crucero por el Nilo, Dadd, tras abusar del hachís y otros alucinógenos locales, sufrió una crisis de locura tan intensa que creyó entrar en contacto con Osiris, el descuartizado dios egipcio de la muerte y la resurrección. Repatriado a Inglaterra, el joven se dispuso a cumplir con las sugerencias que su nuevo amigo inmortal le vertía en el oído. La primera víctima fue su propio padre, primorosamente descuartizado por el discípulo de Osiris. Cumplida su tarea, Dadd huyó al continente. En Francia le atrapó la policía intentando degollar a un turista. En su poder le intervinieron una lista con las personas que, a juicio de Osiris, debían ser reducidas a ragut. El primero era, por supuesto, el padre del pintor; el último, el Papa de Roma. Convencidas de la incurable enajenación de mister Dadd, la autoridades británicas lo encerraron de por vida en el frenopático de Bedlam. Allí don Ricardo, privado de practicar el asesinato, se aplicó con enloquecida dedicación a la pintura. Su obra maestra es fruto de nueve años de trabajo incesante y maniática fijación, y se nota. Desprovisto del opiáceo consuelo que da la farmacología actual, la demente inspiración de las nueve musas infernales se apretujaba por salir de su pincel y las capas de pintura se acumulan una sobre otra dotando al cuadro de una cierta tridimensionalidad, y en medio de la hojarasca intrincada y la arborescente vegetativa los minúsculos detalles de imposible precisión saturan la retina y provocan una sensación de horror vacui, angustia, miedo e incomodidad y la enajenada mirada de los personajes te persigue allá donde mires, mientras los desmayados colores remiten al recuerdo de una pesadilla febril y descabellada... El perdido protagonista es un tipo que se dispone a golpear con un hacha algo que tapa el lío vegetal. Tratándose de la pesadilla de un homicida delirante puede que sea mejor así.
Otras obras del autor en esta etapa son maravillosas: Venga a estos la playa amarilla, cuyo título se funda en un pasaje de La Tempestad de Shakespeare,
Richard Dadd era un pintor victoriano de mediano talento y apenas inspiración, aunque se arrejuntaba con rarillos del grupo Clique, semiprerrafaelitas como nuestro Philip Hermógenes Calderón y teósofos de varia enjundia. Sus cuadritos de hadas y duendes eran de aquellos que se colgaban en cualquier recibidor, pasillo u habitación de hotel, y que uno se sentía incapaz de mirar dos veces. Pero a los 25 años, Sir Thomas Newport lo contrató para que inmortalizara con su pincel los paisajes que ambos vieran durante un viaje por Oriente Medio y Egipto. El periplo iba como la seda hasta que los viajeros llegaron a Egipto. En un crucero por el Nilo, Dadd, tras abusar del hachís y otros alucinógenos locales, sufrió una crisis de locura tan intensa que creyó entrar en contacto con Osiris, el descuartizado dios egipcio de la muerte y la resurrección. Repatriado a Inglaterra, el joven se dispuso a cumplir con las sugerencias que su nuevo amigo inmortal le vertía en el oído. La primera víctima fue su propio padre, primorosamente descuartizado por el discípulo de Osiris. Cumplida su tarea, Dadd huyó al continente. En Francia le atrapó la policía intentando degollar a un turista. En su poder le intervinieron una lista con las personas que, a juicio de Osiris, debían ser reducidas a ragut. El primero era, por supuesto, el padre del pintor; el último, el Papa de Roma. Convencidas de la incurable enajenación de mister Dadd, la autoridades británicas lo encerraron de por vida en el frenopático de Bedlam. Allí don Ricardo, privado de practicar el asesinato, se aplicó con enloquecida dedicación a la pintura. Su obra maestra es fruto de nueve años de trabajo incesante y maniática fijación, y se nota. Desprovisto del opiáceo consuelo que da la farmacología actual, la demente inspiración de las nueve musas infernales se apretujaba por salir de su pincel y las capas de pintura se acumulan una sobre otra dotando al cuadro de una cierta tridimensionalidad, y en medio de la hojarasca intrincada y la arborescente vegetativa los minúsculos detalles de imposible precisión saturan la retina y provocan una sensación de horror vacui, angustia, miedo e incomodidad y la enajenada mirada de los personajes te persigue allá donde mires, mientras los desmayados colores remiten al recuerdo de una pesadilla febril y descabellada... El perdido protagonista es un tipo que se dispone a golpear con un hacha algo que tapa el lío vegetal. Tratándose de la pesadilla de un homicida delirante puede que sea mejor así.
Otras obras del autor en esta etapa son maravillosas: Venga a estos la playa amarilla, cuyo título se funda en un pasaje de La Tempestad de Shakespeare,
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