lunes, 12 de enero de 2026

El coco

 La palabra coco (coconut) proviene del latín, de "cocus", que significa cabeza, y el "monstruo" folclórico íbero origen de todo esto tenía una cabeza desaliñada, grande y con poco pelo, por eso se le nombraba en latín "cocus", que derivó en Coco. El Coco es de origen ibérico (el monstruo) por lo que cuando Vasco de Gama, portugués y con El Coco en su folclore, trajo a Europa por primera vez un coco se le relacionó con el monstruo, con el parecido de la cabeza, y se le bautizó como coco al fruto. El monstruo no deriva del fruto, es justamente al revés. Y coconut (nuez de coco si lo traducimos alegremente) proviene de la palabra española/portuguesa "coco", que a su vez proviene del monstruo de los íberos bautizado en latín "cocus". Un monstruo como el Coco tiene más de 2000 años, no nace de Hollywood y tradiciones de anteayer. Y hago ese último comentario porque reírse de una tradición que arraiga en los íberos cuando Halloween es un invento reciente de una tradición celta americanizada... pues como que no.

Origen de la procastinación

 Neurociencia. ¿Lo dejas todo para luego? Unos científicos japoneses han encontrado el motivo en el cerebro, en El País, por Daniel Mediavilla, 10 ene 2026:

La procrastinación tiene un nombre: se llama circuito VS-VP, y este equipo de investigadores tiene ideas para desactivarlo

¿Por qué en lugar de hacer lo que sabes que es necesario para conseguir tus objetivos, te entretienes mirando vídeos absurdos en TikTok? ¿Por qué te pones a barrer un suelo que no lo necesita en lugar de estudiar, si además odias barrer? ¿Por qué dejamos para mañana lo que debemos hacer hoy y tendremos que hacer de todos modos?

Durante mucho tiempo, la motivación se ha explicado como un problema de incentivos: si una persona no actúa, es porque no valora lo suficiente la recompensa. Sin embargo, un estudio detallado de lo que sucede en el cerebro cuando procrastinamos parece contradecir esa idea. Hoy, en un artículo publicado en la revista Current Biology, un grupo de científicos liderado por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, propone que es posible que el cerebro valore bien la necesidad de una acción y, aun así, impida que se inicie.

Para conocer cómo funciona el cerebro cuando se enfrenta a una tarea que puede dar beneficios, pero que también supone afrontar incomodidades, los investigadores trabajaron con monos, un modelo útil porque su sistema motivacional se parece al humano. Los animales, a los que se mantuvo sedientos fuera del experimento, se enfrentaron a dos pruebas. En una, podían accionar dos palancas y recibir dos cantidades de agua diferentes, midiendo así la implicación de cada circuito en la motivación. Después, podían beber en dos condiciones: un pequeño sorbo sin tener que enfrentarse a ninguna incomodidad o uno mayor, pero que venía acompañado de un desagradable soplo de aire en la cara.

Como nosotros cuando vamos a comenzar un trabajo y pensamos en la recompensa, el mono evaluaba si valía la pena soportar este soplo de aire en la cara para obtener esta cantidad de agua, o era mejor conformarse con el sorbo seguro. Ese experimento permitió identificar un circuito cerebral que funciona como un freno a la motivación: no decide si la recompensa merece la pena, sino si merece la pena empezar. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), que se encuentran en los ganglios basales, una parte profunda del cerebro donde ocurren el placer o la motivación.

El grupo de Amemori ha detectado que hay dos variables implicadas en la motivación, pero que están codificadas por sistemas neuronales distintos. Por un lado, está el cálculo del coste-beneficio para evaluar el peso de recompensa y castigo, y por otro la probabilidad de no querer iniciar una acción, ambos mecanismos conservados tras millones de años de evolución porque mantuvieron con vida a nuestros antepasados.

El estriado ventral se activa ante la expectativa de que algo va a ser incómodo, difícil o emocionalmente exigente, sin evaluar cuál será la recompensa final. El pálido ventral es como un interruptor para comenzar a actuar y sostener esa acción. El estudio del cerebro de los monos permitió primero observar con electrodos cómo cuando se podía elegir recibir más agua y una ráfaga de aire el estriado ventral, que nos protege contra la incomodidad, estaba más activo, y cuando solo se podía elegir entre distintas cantidades de agua, el que estaba más activo era el pálido ventral.

Cuando las dos regiones estaban conectadas, la advertencia de incomodidad del EV podía bloquear el inicio de la acción del PV, pero cuando apagaron la comunicación entre los dos grupos de neuronas con una técnica quimiogenética, vieron que era suficiente para soltar el freno motivacional. En ese momento, los monos comenzaron a afrontar con menos reticencias la tarea que tenía premio, pese a la incomodidad prevista.

Dividir la tarea

Esto supone un giro importante respecto a los enfoques habituales. Prometerse grandes recompensas, recordarse la importancia de la tarea o aumentar la presión externa actúa sobre el circuito del valor percibido, pero deja echado el freno que pone el EV. “Cuando la motivación está alterada al nivel de la iniciación, reducir las señales que impulsan el desenganche —como el coste anticipado de comenzar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos”, dice Amemori como consejo para superar el bloqueo. Dividir la tarea en pasos menores o reducir la exposición al juicio o la amenaza de evaluación pueden ser estrategias útiles en esos casos.

El investigador también cree que un entorno laboral estresante y las notificaciones constantes de correos o mensajes en el móvil, “pueden mantener activado continuamente el circuito estriado ventral que procesa las señales que nos producen rechazo”. “A largo plazo, eso puede producir cambios plásticos y, posiblemente, cambios estructurales en la vía EV-PV, desequilibrando el sistema hacia una desconexión excesiva, un trastorno que clínicamente se conoce como abulia”, dice.

Desde una perspectiva social, reducir la señalización continua del estrés podría ayudar a prevenir la sobrecarga crónica de este circuito que acabaría dejando echado el freno de la motivación. Para Amemori, una priorización más clara de las tareas o la creación de entornos laborales o escolares que permitan la recuperación después de tareas exigentes pueden ser tan importantes para combatir este problema como las intervenciones a nivel individual.

Durante el experimento, no todos los monos se comportaron igual. Algunos se bloqueaban más que otros ante la posibilidad del soplido desagradable. Esas observaciones sugieren que la parálisis por estrés puede tener una base neurobiológica identificable y no ser simplemente una cuestión de personalidad o carácter. Este conocimiento puede ser útil para quienes la incapacidad para actuar es un problema grave.

“Nuestros hallazgos indican que la abulia en la depresión podría reflejar un desequilibrio en el circuito VS–VP”, explica Amemori. “En principio, sería posible desarrollar terapias que modulen este equilibrio. Un enfoque potencial es la estimulación cerebral profunda (DBS), aunque esto requiere intervención neuroquirúrgica y solo sería apropiado para casos cuidadosamente seleccionados”, ejemplifica.

“También existe un desarrollo activo de técnicas de neuromodulación menos invasivas que pretenden influir en las estructuras cerebrales profundas, incluidas la estimulación magnética transcraneal (TMS) y los enfoques basados en ultrasonidos. Estos métodos podrían volverse más prometedores en el futuro, pero requerirán una validación adicional sustancial en cuanto a seguridad, especificidad y beneficio clínico”, añade. Además, se podrían utilizar fármacos, ya que el pálido ventral contiene receptores opioides, pero estos medicamentos no afectarían solo a esa región cerebral y podrían tener muchos efectos secundarios indeseados.

Por último, Amemori enfatiza que el freno motivacional “probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada, al ayudar a los individuos a evitar involucrarse en situaciones excesivamente costosas o dañinas”. “Debilitarlo de manera indiscriminada podría aumentar la vulnerabilidad al agotamiento, la asunción de riesgos excesivos o la dificultad para desconectarse de contextos excesivamente estresantes. Cualquier intervención terapéutica necesitaría, por tanto, ser cuidadosamente calibrada y evaluada dentro de un marco ético riguroso” concluye.

El auge de la superstición y el disparate

 Terraplanismo, mapaches que hablan y fantasmas en huelga: el apasionante mundo del pensamiento raro, en El País, por Sergio C. Fanjul, Madrid - 10 ene 2026:

El cómico y escritor Dan Schreiber recopila en el libro ‘La teoría de todo lo demás’ las ideas más locas, y en algunos casos peligrosas, que genera la humanidad

En Polonia hay un cazafantasmas que alerta de que los espectros se pueden poner en huelga, enfadados porque cada vez creemos menos en ellos. En Australia un ornitólogo trata de demostrar que hay una especie de ave que silba canciones populares de los años veinte. Hay científicos en Silicon Valley que especulan con la posibilidad de que vivamos dentro de una simulación informática. Hay que ver las cosas a las que se dedica la gente.

El escritor y cómico Dan Schreiber (Hong Kong, 41 años), como si fuera un antropólogo de las ideas locas, se dedica a recopilar estos casos que, de hecho, parecen perseguirle. Tiene un amigo que le pidió que le confesase que es un actor y que su vida es una ficción como El show de Truman. Ha conocido a alguien que asegura ser medio reptiliano y a otro alguien que asegura haber visto a la Virgen María a los pies de su cama. Este último alguien es su propia pareja, Fenella. Schreiber sostiene que todos estamos un poco chiflados.

“Hay muchos misterios en el mundo y hay mucha gente convencida de que ha resuelto esos misterios”, dice el cómico por videoconferencia desde Londres, “ponen su vida en defender que eso que piensan es cierto. Y eso hace que la historia del mundo sea mucho más divertida y extraña de lo que parece”. Para mostrarlo ha escrito La teoría de todo lo demás. Un viaje al mundo de las rarezas (Capitán Swing), donde hace un recorrido por la parte más extraña del pensamiento humano.

Como ejemplifica, hablamos mucho de Charles Darwin, de su viaje en el HMS Beagle, de la fantástica idea de la selección natural y de la evolución de las especies… “lo que no sabemos es que a Darwin casi no le dejan montar en el barco… ¡porque al capitán FitzRoy no le gustaba la forma de su nariz!”. (Tiene su explicación: eran los tiempos de la frenología, la pseudociencia que creía que la estructura craneal dice mucho de los individuos).

A Schreiber le gustan las historias extrañas, y la suya no es, por cierto, nada convencional. Sus padres eran unos peluqueros (él, australiano; ella, británica) que se enamoraron en Hong Kong, abrieron un salón occidental y se dedicaron a esculpir el cabello de las celebridades. “Trabajaban con los expats, los chinos no tenían demasiado interés en ser peinados por occidentales”, cuenta. Entonces la fama de Madonna explotó en Hong Kong, y todas las mujeres quisieron ese tipo de peinados, así que Schreiber y sus hermanos nacieron en aquella ciudad. Por el peinado de Madonna.

Solo a los 13 años se mudaron a Sidney, Australia, pero su infancia en Hong Kong fue una gran influencia: “Aquella ciudad era una mezcla de muchas culturas: cuando iba a cenar a casa de amigos eran familias indias, o chinas, o canadienses… Fui expuesto a un conjunto de creencias muy diversas”. Al terminar el instituto se mudó a Reino Unido, donde sigue radicado, trabajando como guionista de televisión (en el programa QI de la BBC, que significa Quite Interesting, es decir, “Bastante interesante”) o al frente de podcasts como Museum of Curiosity (en español, Museo de la curiosidad) o No Such Thing as a Fish (No hay nada como un pez).

Ha encontrado (más bien se le presentan sin querer, dice) cosas muy raras: en 1970 la discográfica Philips publicó el disco A Musical Seance, recopilado por una antigua cocinera londinense, Rosemary Brown. Contenía piezas inéditas de Listz, Chopin, Beethoven, Brahms o Debussy. Brown había tenido acceso a ellas de una curiosa forma: había contactado mentalmente con los compositores muertos y estos le habían dictado las partituras en exclusiva.

Otro de sus personajes es Kary Mullis, el bioquímico estadounidense que desarrolló las pruebas PCR y que por ello fue distinguido con el Nobel de Química (falleció en 2019, poco antes de que todos nos familiarizáramos con su invento). A pesar de tan importante contribución a la ciencia y a la salud de los humanos, Mullis era un tipo excéntrico que decía haber visto un mapache brillante en la noche (que le hablaba) y negaba la existencia del virus del VIH. Curiosamente, Luc Montagnier, que ganó el Nobel por identificar el VIH, se convirtió en un ferviente activista antivacunas, creía en la memoria del agua y recomendaba comer papaya contra el párkinson.

Schreiber los utiliza para criticar lo que llama la nobelitis, la proliferación de expertos a los que creemos en todo a pies juntillas solo porque tienen un Nobel: a Schreiber le fascina esa gente genial en alguna disciplina pero que luego está chiflada. Por ejemplo, el gran físico Wolfgang Pauli, que estaba fascinado por el número 137 y lo veía por todas partes. Otros nobeles, como Linus Pauling y William Shockley, defendieron ideas eugenésicas. Y no solo habla de premios Nobel: el campeón de tenis Novak Djokovic, famoso, además, como negacionista de las vacunas y creyente en extrañas teorías respecto a la dieta: piensa que un mal estado de ánimo puede contagiarse a los alimentos, acabando con sus propiedades nutritivas. ¡Hay que comer contento!

Hay gente que aprovecha las teorías raras para hacer negocio. Por ejemplo, en Shingo, esa isla de Japón donde aseguran que fue a morir Jesucristo, después de atravesar Alaska y Siberia, y donde han montado un lucrativo negocio en torno a su hipotética tumba. No es el único pueblo que ha conseguido mejorar su existencia con lo raro: también los alrededores del Lago Ness, en Escocia, donde se rentabiliza al famoso (y nunca visto) monstruo, en las islas del Triángulo de la Bermudas o en los pueblos boscosos donde dicen que ha sido avistado un bigfoot.

“Una de las mejores cosas que te pueden decir es: ¡tu casa está encantada!”, dice Schreiber. Habla de esa casa inglesa, en Pontefract, donde vive el fantasma del black monk (el monje negro): la gente va a pasar allí la noche, pasa muchísimo miedo y luego pone reseñas fantásticas en internet. “Una vez fue un exorcista dispuesto a echar el fantasma, pero el propietario se enfadó muchísimo: ¡aquel monje era su negocio!”, dice el autor. Quizás tuviera que poner un cartel de “prohibido exorcismos”.

Las teorías raras son muy divertidas aunque, como señala el escritor, hay que cogerlas con pinzas: avisa de que nada de eso es real; de que, como en el caso de los antivacunas, pueden ser peligrosas y de que vivimos una ofensiva contra el conocimiento científico en todo el mundo, azuzada especialmente por el gobierno de Donald Trump. “Quiero volver al tiempo en el que estaba controlado el contar una historia de fantasmas alrededor del fuego, el asombrarse con una teoría de la conspiración en torno a la muerte de Kennedy. Cuando esto era inocente y no se usaba como un arma. Cuando lo importante era la historia”, dice el escritor, en referencia a la polarización producida por la desinformación generalizada.

Ahora, dice, vivimos en una crisis de confianza provocada por un ansia de “cotilleo global”: “A la gente le gusta contarse historias sobre lo que hacen los científicos o los gobernantes como quien se cuenta historias sobre los otros padres del colegio”, dice. Y muchas personas con creencias raras buscan superar la soledad y el individualismo, pertenecer a algo más grande, a una comunidad, a base de creencias raras: se ve en el caso de los terraplanistas. “Es como quien es religioso no tanto por las creencias sino por ir a la Iglesia los domingos, socializar, tener alguien a quien pedir ayuda”, dice el humorista.

En definitiva, podría decirse que parte de los problemas del mundo consisten en que hemos perdido el sentido del humor y nos hemos tomado demasiado en serio, incluso nuestras propias creencias. “Creo que después de la música el humor es el mayor invento de la humanidad”, dice Schreiber, “con un chiste puedes hacer que alguien se siente mejor, la risa genera endorfinas. Por eso hay un humorista británico que dice que los comediantes son como camellos de una droga que te hace sentir muy bien y que te inyectan mediante el hechizo de las palabras”.

Es la razón por la que, según el autor, mucha gente se tomó mal las palabras de Trump sobre la muerte del director Rob Reiner o por la que tanta gente lloró tanto la muerte de Robin Williams: “Aportaron mucha felicidad al mundo”. Ya que hemos hablado del presidente de los Estados Unidos: ¿le parece gracioso Trump? “¡Sí! Mucha gente se niega aceptarlo porque piensa que eso implica decir que es un buen tipo. Pero parte del problema de Trump es que es gracioso… aunque no sepa reírse de sí mismo”, remata el autor.

Descubrimientos sobre la memoria

 De Borges a Jennifer Aniston: la ciencia empieza a iluminar los misterios de la memoria, en El País, por Enrique Alpañés, Madrid - 11 ene 2026

¿Cómo afectan los móviles a nuestros recuerdos? ¿Qué porcentaje tienen estos de imaginación? Un grupo de neurocientíficos intenta desentrañar los secretos de una de las funciones más cotidianas y desconocidas del cerebro

Recordar fue su maldición. En Funes el memorioso, Jorge Luis Borges narra la historia de un gaucho uruguayo que, tras un accidente de caballo, desarrolla una memoria absoluta. Funes podía aprender idiomas y recitar libros de memoria. Recordar un día le llevaba un día entero, pues en su mente se acumulaban todos los detalles en su más detallada intrascendencia. El pobre desgraciado veía esto como un don, pero a medida que avanza su historia, se revela más bien como una maldición, pues recordar con tanto detalle le impedía distinguir lo sustancial de lo superfluo.

En la formación de la memoria también es importante el olvido. Es lo que explicaba con literatura Borges, y lo que detalla con datos el neurocientífico Charan Ranganath en su libro, Por qué recordamos. “El cerebro está programado para olvidar”, explica en conversación con este diario. “Hay tantas razones para hacerlo que realmente es un milagro que podamos recordar algo”. El estudio científico de la memoria a menudo se centra en cómo aprendemos, cómo los recuerdos a corto plazo se consolidan en memorias indelebles. Se presta menos atención a la importante capacidad de generalizar y olvidar. A la forma en la que nuestro cerebro desecha la información menos relevante.

Ranganath es pionero en el uso de resonancias magnéticas para estudiar cómo recordamos eventos pasados. Y ha comprobado que lo hacemos de forma cambiante. Nuestro presente modifica de alguna forma cómo leemos nuestro pasado. “Cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual”, señala. “Así, por ejemplo, si recordaras una ruptura reciente, la evocarías de manera muy diferente a si la recordaras muchos años después. El mismo recuerdo de un evento traumático puede presentarse como una historia de supervivencia y coraje”, señala.

El olvido y la distorsión de lo vivido son filtros por los que pasa la realidad antes de grabarse en nuestra memoria. Además, los recuerdos no son grabaciones inalterables y fieles de la realidad. La memoria es mentirosa y cambiante; se actualiza con el tiempo. “Cada vez que recuerdas un evento complejo, el acto de recordarlo puede cambiar el recuerdo”, señala Ranganath. “Algunas partes del mismo pueden fortalecerse, otras debilitarse y se introducen nuevos errores”. Cuando recuperas un recuerdo, no es como si sacaras un libro ya escrito de la biblioteca de tu mente; más bien es como si lo volvieras a escribir. La memoria es reconstructiva. Esto explicaría, solo en parte, una interesante paradoja que suele recordar el premio Nobel Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN: ¿cómo es posible que guardemos memorias toda una vida mientras que las moléculas que las atesoran mueren después de unas horas, días o como máximo meses?

El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, vinculó la historia de Funes el memorioso con las últimas investigaciones sobre la memoria en el libro Borges y la Memoria. Funes recordaba todo con un detalle desgarrador, pero era incapaz de captar ideas abstractas. Quian Quiroga descubrió neuronas en el cerebro humano que responden a conceptos abstractos, pero ignoran detalles particulares. Las llamó neuronas Jennifer Aniston, en honor a la actriz de Friends. En su investigación, el neurocientífico notó cómo a un paciente con epilepsia se le iluminaba una red neuronal concreta cuando veía una imagen de la actriz, pero también su nombre. El experimento demostró que hay neuronas en el hipocampo, una zona del cerebro clave para la memoria, que responden a conceptos y asociaciones. Son el esqueleto de la memoria. La base que hace que grabemos algunas de nuestras experiencias, en un proceso que tiene mucho de imaginación y no tanto de reproducción fiel de la realidad.

La desgracia de Funes empezó al caerse de un caballo. La de HM al hacerlo de su bicicleta. Sufrió entonces, era 1936, un daño cerebral que derivó en severos ataques de epilepsia. Un médico pensó en curarle extirpando su hipocampo, lo que derivó en una lesión quirúrgica que le produjo una amnesia anterógrada severa. HM era incapaz de formar nuevos recuerdos a largo plazo. No reconocía a personas que acababa de conocer, no podía adquirir nuevas habilidades y conocimientos. Tenía nueve años y los tuvo hasta cumplir 82, cuando murió. Vivía anclado en un pasado cada vez más remoto. No aprendió nada nuevo porque no tenía un lugar donde asentar ese conocimiento. HM se convirtió en el paciente más estudiado de la historia de la neurología, su análisis durante décadas reveló el papel crucial del hipocampo en la consolidación de la memoria y el aprendizaje de habilidades. Su nombre solo se reveló una vez muerto, en 2008. Se llamaba Henry Molaison.

Kepa Paz-Alonso es líder del grupo de investigación en el Basque Center on Cognition, Brain and Language. Lleva décadas utilizando la resonancia magnética para ver cómo y dónde se ilumina el cerebro cuando la gente está recordando. Por eso explica: “Si recuperas muchas veces una vivencia, esta se queda cristalizada en el cerebro. Cuando esto sucede, se establece una nueva sinapsis. Y eso es el inicio de una memoria”. La sinapsis es el proceso de comunicación entre las neuronas; es el impulso nervioso por el cual los neurotransmisores saltan de una neurona a otra transportando cierta información.

El experto diferencia entre dos tipos de memoria a largo plazo, la episódica y la semántica. En esta última se engloba “nuestro conocimiento del mundo”, explica. Es una memoria de datos y conceptos. Por otro lado, estaría la memoria explicativa, donde se engloban las experiencias más personales.

Para explicar la diferencia entre ambas, es conveniente recuperar la historia de otro paciente amnésico. En 1985, el psicólogo Endel Tulving describió el caso de NN, un hombre con una particularidad. Era perfectamente capaz de memorizar una serie de números aleatorios. Poseía memoria semántica, la capacidad de recordar información abstracta. El problema residía en su memoria episódica: no podía recordar experiencias personales. Tulving escribió: “El conocimiento de NN de su pasado parece tener el mismo carácter impersonal que su conocimiento del resto del mundo”. Era tan íntimo como una biografía de Wikipedia: una colección de hechos abstractos. No podía recordar los detalles de ningún acontecimiento que hubiera vivido personalmente: una fiesta de cumpleaños, un romance, unas vacaciones… Su pasado eran una serie de datos sin valor ni emoción.

El punto central del estudio de Tulving fue la disociación entre la memoria semántica y la episódica. Pero hay otro detalle de la patología de NN que también merece la pena analizar: era incapaz de imaginar su futuro. Tulving le preguntaba “¿qué harás mañana?” y no podía contestar nada más allá de “No sé”. Le insistía en dónde se veía dentro de un año o de 10 y no podía aventurar nada. Este detalle vino a sugerir la idea (posteriormente confirmada con estudios en neuroimagen) de que la capacidad de recordar, como la de proyectar, provienen del mismo lugar: la imaginación. O como decía San Agustín en su autobiografía, “el pasado y el futuro existen solo en el alma”.

Pero, ¿por qué guardamos un vivo recuerdo de unos acontecimientos y no de otros? No todos los recuerdos se procesan de la misma manera en nuestro cerebro. ¿Dónde estabas cuando sucedió el 11S? ¿Qué estabas haciendo minutos antes de que te despidieran del trabajo, te propusieran matrimonio o te comunicaran la muerte de un familiar? La mayoría de personas podrían contestar con todo lujo de detalle a estas preguntas. “En nuestra vida cotidiana, los momentos importantes no ocurren de forma aislada”, señala el experto. “Forman parte de un flujo de experiencias cotidianas”. Su equipo demostró, a través de 10 experimentos, que los eventos relevantes afectaban a los recuerdos neutrales cercanos. Hacían que los grabáramos con fuerza. Y así nuestro cerebro se encuentra lleno de recuerdos aparentemente banales, simple morralla contextual.

Pero en todo este proceso no somos meros agentes pasivos, explica el experto. Hay cierto margen de voluntad. “No podemos garantizar que dure para siempre, pero sí podemos inclinar la balanza. Prestar atención profunda, atribuirle un significado personal y revivir el evento poco después (hablando o escribiendo en un diario) y dormir bien ayudan”, señala. Para ello, una de las cosas que deberíamos hacer es guardar el teléfono móvil. La tecnología está afectando a la forma en la que vivimos el presente y modificará la forma en la que lo recordaremos en el futuro.

Desde la aparición de los teléfonos móviles y la popularidad de las redes sociales, muchas personas se han obsesionado con documentar las experiencias y han dejado de vivirlas. Son aquellos que graban un concierto en lugar de bailar al son de la música. Los que fotografían un atardecer, en vez de observarlo. Quienes van de vacaciones parapetados tras un teléfono móvil, estableciendo un filtro entre la realidad y su persona. Al intentar grabar cada momento, dejan de concentrarse en la experiencia con suficiente detalle como para formar recuerdos distintivos que puedan retenerse. Recopilan toneladas de vídeos y fotos, guardan una réplica exacta del pasado, como Funes del siglo XXI. Pero como le sucediera a aquel, son incapaces de vivir lo importante y desechar lo superfluo.

“Cada vez más, externalizamos la información a teléfonos y nubes, lo que puede reducir la presión para codificar algunas cosas a fondo, pero también nos reencontramos constantemente con fotos y mensajes que pueden reactivar y remodelar recuerdos”, reflexiona Reinhart. “El patrón de lo que revisamos —y, por lo tanto, lo que se estabiliza— podría estar cambiando debido a esto. Creo que esta sería una pregunta muy curiosa y válida, y debería estudiarse en la vida real”.

Mientras esto sucede, distintos expertos intentan desentrañar los misterios de la memoria, uno de los procesos más cotidianos, pero también más desconocidos, que suceden en nuestro cerebro. Puede que sea una idea más filosófica que científica, pero los recuerdos, de alguna manera, nos dicen quiénes somos. Quiénes fuimos. Cómo nos entendemos y nos narramos. “Construimos nuestra identidad a partir del subconjunto específico de experiencias que el cerebro ha elegido conservar y resaltar, por lo que cambiar los recuerdos que se estabilizan puede cambiar la historia que nos contamos sobre nosotros”, resume Reinhart.

martes, 6 de enero de 2026

Descubiertas treinta familias de quincalleros que hablan mozárabe antiguo entre ellos.

 [Transcrito electrónicamente de un vídeo de YouTube y corregido de errores después. Para oírlo haz click en el enlace directo]

[Segunda corrección: purga de las faltas de ortografía de la transcripción mecánica] 

 Bienvenidos al archivo oculto de Nuestra Sangre. En España existe un idioma que la policía no puede traducir. Los lingüistas de la Universidad Complutense llevan 30 años intentando descifrar su origen. No es español, no es calo-gitano, no es germanía medieval. Tiene 3000 palabras que no aparecen en ningún diccionario conocido, y solo lo hablan 500 familias que viven en las afueras de Madrid, Sevilla y Barcelona. Mira este documento. Grabación de la Guardia Civil, 1987. Dos hombres hablando en una lengua desconocida durante un interrogatorio. 

Los traductores oficiales dijeron: "No podemos identificar el idioma." 38 años después, en 2025, un estudio de la Universidad de Granada propuso una teoría que cambió todo. Esta lengua es mozárabe, el romance que hablaban los cristianos bajo dominio musulmán en la España medieval. Un idioma declarado extinto en el siglo XIII, pero sobrevivió en las bocas de los mercheros. En este vídeo descubrirás algo que el 95 % de españoles ignora, que en tu país existe un pueblo oculto con una lengua que nadie entiende, y que esa lengua es más antigua que el español moderno. Quédate hasta el final, porque a los 11 minutos vas a escuchar una grabación de 1974 donde una anciama merchera canta una canción, y un filólogo de Oxford confirmó que las palabras son del siglo XI: mozárabe puro. Te mostraré documentos que nunca se publicaron, testimonios que la televisión española rechazó y la historia de un hombre que descubrió que su familia guardaba el idioma perdido de Al Ándalus sin saberlo. Su nombre es Antonio Jiménez Vargas. Tiene 63 años. Nació en Villaverde Bajo, Madrid, en 1962. 

Durante toda su vida trabajó como chatarrero, como su padre, su abuelo, su bisabuelo. Los Jiménez son mercheros, una comunidad nómada que comercia con metales, que vive en caravanas, que habla un idioma secreto llamado quincalla o lengua de los fierros. Antonio siempre creyó que su lengua era jerga de ladrones, algo inventado para ocultar conversaciones de la policía. Eso le dijeron, eso repetía. Pero en febrero de 2025, un lingüista de la Universidad de Granada llamado Dr. Manuel Alvar Rodríguez contactó con Antonio después de escuchar una grabación suya en un documental de 2010. Le dijo, "Usted no habla jerga, usted habla mozábe del siglo XII. Su familia preservó un idioma que desapareció hace 800 años." Antonio no lo creyó. Pensó que era broma, pero el doctor Álvar mostró transcripciones, comparaciones con jarchasmos árabes, contextos de Toledo del año 1100. Las palabras coincidían, la fonética coincidía. Y entonces Antonio entendió: su abuela, que murió en 1995, sin saber leer ni escribir, hablaba la lengua de los cristianos de Al Ándalus, la lengua que los rayos católicos intentaron borrar, la lengua que sobrevivió en las bocas de los marginados, los excluidos, los que nadie escuchaba [...] 

Antonio Jiménez Vargas nació el 12 de abril de 1962 en una chabola de chapa y madera en Villaverde Bajo, sur de Madrid. Su padre, José Jiménez el Fierro, tenía 32 años. trabajaba comprando y vendiendo chatarra, cobre, hierro, aluminio. Su madre, Dolores Vargas, 30 años, limpiaba casas. Tenían cinco hijos. Antonio era el tercero. La familia vivía en un poblado de unas 40 caravanas y chabolas, todas de familias mercheras, los Vargas, los Jiménez, los Carmona, los Reyes. Entre ellos hablaban quincalla. Con los payos, así llamaban a los no mercheros, hablaban español. Pero había algo extraño que Antonio notó desde niño, aunque no tenía palabras para explicarlo. 

Cuando su abuela Encarnación hablaba quincalla, usaba palabras que nadie más usaba, palabras que ni su padre ni sus tíos entendían del todo. Ella decía albalat para pueblo, decía sharamat para río, decía calv para corazón. Y cuando Antonio preguntaba, ¿qué significa? Ella respondía, "Es lo que hablaban los viejos, no preguntes." En la escuela, Antonio fue 3 años, de 1968 a 1971.

Los maestros le decían que su lengua era jerga de delincuentes. Un día, en 1970, el profesor de lengua, don Emilio, escuchó a Antonio hablar con su primo en el patio. Los llevó al despacho del director, les dijo, "esa lengua es de ladrones. Aquí se habla español. Si os vuelvo a oír, expulsión". Antonio tenía 8 años. No entendió por qué su lengua era mala. En casa, su padre le explicó: "Los payos no nos quieren. Piensan que somos gitanos, pero no lo somos. Piensan que robamos, pero trabajamos. Y piensan que nuestra lengua es invento de criminales. No les hagas caso. Nuestra lengua es nuestra sangre." 

Pero nadie en la familia sabía de dónde venía esa lengua. Nadie sabía que cada palabra que pronunciaban era un fósil lingüístico de 800 años. Pero lo que Antonio no sabía entonces, lo que nadie en su familia sabía, era que esa lengua llevaba un secreto enterrado desde 1492, un secreto que cambiaría todo cuando un sobre blanco llegara a su casa en febrero de 2025. ¿Alguna vez escuchaste palabras en tu familia que nadie más usa? Palabras que tus abuelos decían, pero nadie sabe qué significan? Escribe en comentarios. Tal vez tú también hablas un idioma oculto. En 1985, Antonio tenía 23 años. Ya trabajaba con su padre en el negocio de chatarra. Se había casado con Amparo, una mujer merchera de Sevilla. Tenían dos hijos. Vivían en una caravana en San Blas (Madrid) y seguían hablando quincaya en casa. Pero Antonio empezó a hacerse preguntas. ¿Por qué los mercheros hablaban diferente a los gitanos? Los gitanos hablaban caló, una mezcla de romaní y español. Pero el quincalla no sonaba igual. Las palabras eran distintas, la gramática era distinta. En 1987, la Guardia Civil detuvo a Antonio y a su primo por una denuncia falsa de robo de cobre. Los interrogaron durante 6 horas. Antonio y su primo hablaron en quincaya entre ellos mientras esperaban. No sabían que los estaban grabando. Un mes después, el caso se cerró por falta de pruebas, pero la grabación quedó archivada en el Ministerio del Interior. Y en 2010, un lingüista llamado doctor Manuel Alvar Rodríguez de la Universidad de Granada estaba investigando lenguas minoritarias de España para un proyecto europeo. Pidió acceso a grabaciones policiales de idiomas no identificados. Le dieron la cinta de Antonio. El doctor Alvar escuchó la grabación, quedó paralizado. No era caló, no era germanía, la jerga de los pícaros del Siglo de Oro. No era español arcaico, era otra cosa. Transcribió 40 minutos de  conversación, identificó 300 palabras únicas. Las comparó con diccionarios de caló, con germanía, con jergas de toda Europa.

Nada. Entonces hizo algo que ningún lingüista había hecho antes. Comparó las palabras con textos mozárabes del siglo XI al XIII, textos escritos por cristianos que vivían bajo dominio musulmán en Toledo, Sevilla, Córdoba, textos en un romance arcaico mezclado con árabe y encontró coincidencias, 20 palabras, 30, 50 palabras que no existían en español moderno, pero que aparecían en las jarchas, poemas mozárabes del siglo XI. Por ejemplo, albalat, pueblo, aparece en documentos mozárabes de Toledo, 1143; sharamat, río, del árabe sharima, usado por mozárabes de Sevilla. Calv, corazón, del árabe calv, pero pronunciado a la mozárabe. Forno, horno de latín furnus. Forma mozárabe, no española. En español es horno. Mater, madre. Del latín mater, no del español madre. El doctor Alvar publicó un artículo preliminar en 2012, posibles restos de mozárabe en hablas marginales de España. Nadie le hizo caso. La comunidad académica lo ignoró. Demasiado controvertido, demasiado increíble. Un idioma muerto sobreviviendo en bocas de chatarreros. Imposible. Pero el doctor Alvar no se rindió. Pasó 13 años buscando más grabaciones, más hablantes y en 2025 encontró un documental de 2010 sobre mercheros en YouTube. Ahí estaba Antonio Jiménez hablando quincalla con su padre. El doctor Alvar transcribió, analizó y confirmó. Antonio hablaba mozárabe, un mozárabe contaminado por español moderno, sí, pero mozárabe al fin.

Según el estudio del doctor Alvar, publicado en marzo de 2025 en la revista Estudios de Lingüística Hispánica, el quincaya merchero tiene 3047 palabras únicas, de las cuales 1200 no tienen origen conocido en español, caló, germanía o árabe moderno. Pero 820 palabras coinciden con textos mozárabes del siglo XI-XIII. Esto significa que los mercheros hablan el último dialecto vivo del mozárabe, una lengua que se creía extinta desde 1492. 

Y entonces, en febrero de 2025, el dr. Alvar envió un sobre a Antonio. Dentro había un estudio de 50 páginas y una pregunta que cambió la vida de Antonio para siempre. ¿Sabe usted que su familia habla la lengua de los cristianos de Al-Ándalus? [...] 

15 de febrero de 2025, 18:45 horas. Antonio Jiménez llegó a su casa en San Blas, Madrid. Después de un día de trabajo. Su esposa, Amparo, le dio un sobre blanco. Remitente: Universidad de Granada, Departamento de Lingüística Histórica. 

Antonio lo abrió; dentro una carta: "Estimado señor Jiménez, mi nombre es Manuel Alvar Rodríguez, doctor en filología románica. He estudiado grabaciones suyas desde 2010. Creo que usted y su familia hablan una lengua que se creía extinta. El mozárabe, el romance de los cristianos bajo dominio musulmán en la España medieval, siglos VIII-XV. Adjunto estudio completo. Me gustaría reunirme con usted para documentar esta lengua antes de que desaparezca. Es un tesoro histórico. Atentamente, Dr. Manuel Alvar Rodríguez."

Antonio leyó la carta tres veces, no entendió la mitad de las palabras. Filología románica, mozárabe, extinta. Llamó a su hijo mayor David, 35 años, que había estudiado en la universidad. Era el primero de la familia. David leyó el estudio adjunto: 50 páginas, tablas comparativas, transcripciones fonéticas. Conclusión, en la página 48: "El idiolecto de la familia Jiménez presenta 800 términos con correspondencia directa en textos mozárabes y Toledo, 1100-1200; Sevilla 1150-1250 y Córdoba, 1200-1300. La fonética conserva rasgos del latín vulgar hispánico preislámico. Hipótesis: los mercheros descienden de poblaciones mozárabes que, tras la reconquista (1492) fueron marginados por no ser cristianos viejos ni musulmanes. Preservaron su lengua en secreto durante 533 años." David miró a su padre. Antonio tenía lágrimas en los ojos. Esto es verdad, preguntó. Papá, dijo David. Esto dice que nosotros, que nuestra familia habla un idioma de hace 800 años, que somos los últimos, que si nosotros desaparecemos, el idioma muere. Antonio llamó a su hermana, a sus primos, a los Vargas, a los Carmona, les leyó la carta. Algunos se rieron. "Es broma. Somos chatarreros, no historiadores." Otros se enfadaron. "¿Para qué remueves el pasado? Déjalo estar." Pero su tía Remedios, 78 años, la hermana de su abuela Encarnación, dijo algo que lo cambió todo. "Tu abuela siempre decía: Nosotros éramos de los de antes, de los que vivían con los moros, pero rezaban a Cristo. Nos echaron de Toledo en 1492. Nos llamaron impuros. Nos quitaron todo y nos fuimos a los caminos. Yo no entendía qué quería decir. Ahora lo entiendo"

Antonio: "Tía, ¿la abuela dijo eso? ¿Cuándo?" 

Remedios: "En 1994, un año antes de morir. Yo tenía 47 años. Estábamos solas. Me agarró la mano y me dijo: -Remedios. Si algún día alguien pregunta de dónde venimos, dile de Toledo, de antes de los reyes, de cuando se podía ser cristiano y hablar como los moros." Yo pensé que deliraba, pero no. Ella sabía. Antonio: "¿Y por qué nunca lo dijo a nadie más?" 

Remedios: "Porque teníamos miedo. Siempre tuvimos miedo. La Guardia Civil nos vigilaba, los espiaban. Si decíamos venimos de Toledo nos preguntarían ¿sois judíos? ¿Sois moros?" Y nos echarían otra vez. Así que callamos. 500 años callando. 

Antonio decidió reunirse con Dr. Álvar, pero antes hizo algo que nunca había hecho. Buscó en archivos municipales de Madrid, en registros de empadronamiento, en documentos antiguos y encontró algo que lo dejó sin aliento. [...] El 8 de marzo de 2025. Antonio viajó en tren a Toledo con el doctor Alvar; fueron juntos al Archivo Histórico Provincial de Toledo, calle Trinidad 10. El doctor Alvar buscó legajos del siglo XV, registros de bautismos, censos de conversos, listas de expulsados. Pasaron 4 horas revisando documentos amarillentos que olían a humedad y siglos. Y entonces, en el legajo 1492/56, folio 34r, fechado el 12 de mayo de 1492, encontraron esto: un registro de familias mozárabes de la parroquia de San Nicolás, Toledo, expulsadas por orden de los Reyes Católicos. La razón: no son cristianos de sangre limpia, son cristianos de nombre, pero hablan lengua de moros. Se les prohíbe residir en Toledo. Se les confiscan bienes. Familias: Pedro Jiménez, herrero, 45 años, su esposa María, tres hijos. Juan Vargas, tejedor, 38 años. Su esposa Catalina, cinco hijos. Diego Carmona, alfarero, 52 años. Esposa Leonor, dos hijos. Alonso Reyes, comerciante, 41 años. Esposa Isabel, cuatro hijos.

Antonio leyó los apellidos. Jiménez, Vargas, Carmona, Reyes. Exactamente los apellidos de las familias mercheras de Madrid, Sevilla, Barcelona. No era coincidencia, era linaje. El doctor Alvar tomó fotos del documento, leyó en voz alta. Esto confirma la  hipótesis. Los mercheros descienden de mozárabes expulsados de Toledo en 1492. No eran judíos, no eran musulmanes, eran cristianos que hablaban romance con influencia árabe. Los Reyes Católicos los consideraban impuros porque no hablaban castellano puro, así que los echaron. Y durante 533 años, estas familias vivieron en los márgenes, nómadas, comerciantes, chatarreros, y preservaron su lengua sin escribirla, sin enseñarla en escuelas, solo de boca a boca, de abuela a nieto. Antonio apoyó la frente en la mesa del archivo. Sus manos temblaban. "Mi abuela tenía razón", susurró. "Nos echaron de Toledo y nunca volvimos." El doctor Alvar puso una mano en su hombro. "Ahora vuelves con este documento, con tu lengua, con tu memoria." Pero había más en el reverso del folio: una lista de objetos confiscados a la familia Jiménez en 1492.

Un yunque de hierro, tres martillos, un fuelle, 12 herraduras, 20 clavos, una cruz de madera, un rosario, un libro en latín, evangelios. Antonio reconoció algo. Herrero, su familia siempre había trabajado con metales, hierro, cobre, chatarra. No era casualidad, era tradición. 500 años de tradición. El doctor Alvar  tendría otra sorpresa. En el archivo de tradiciones orales de la Universidad de Madrid había una grabación de 1974. 

Una investigadora había grabado a una anciana merchera cantando una canción. La anciana se llamaba Encarnación Vargas. La abuela de Antonio. El doctor Alvar puso la grabación. Voz temblorosa, anciana cantando. Meu calp llora por ti, Meu albalat tan lejano. Mat mía, patre mío, ¿cuándo tornaré a vos?

 Doctor Alvar tradujo: "Mi corazón llora por ti, mi pueblo tan lejano. Madre mía, padre mío, ¿cuándo volveré a vosotros?" Las palabras eran mozárabes. Calv, corazón del árabe, albalat, pueblo mozárabe, mat, patre: madre, padre; latín mozárabe, no español. Antonio lloró. "Ella cantaba esto. Cuando yo era niño. Yo no entendía." Pensaba que era canción inventada, pero no. Era memoria. Memoria de Toledo, de 1492, de la expulsión. 

Pero lo más impactante no era el documento, no era la canción, era lo que un filólogo de la Universidad de Oxford confirmó cuando escuchó la grabación. Lo que dijo ese filólogo. "Has escuchado canciones de tus abuelos que nadie más conoce. Canciones sin título, sin origen. Tal vez son memorias de hace siglos", escribe en comentarios. El doctor Alvar envió la grabación de 1974 al profesor Richard Hitchcock, especialista en mozárabe de la Universidad de Oxford. El 15 de abril de 2025, el profesor Hitchcock respondió por email: "Doctor Alvar, he analizado la grabación. Es mozárabe del siglo XI, posiblemente de la región de Toledo. La fonética es consistente con jarchas mozárabes conocidas. La mezcla de latín vulgar, árabe y romance arcaico es auténtica. No es reconstrucción moderna. No es invento, es transmisión oral directa de hace 800, 900 años. Esto es extraordinario. Si esta mujer aprendió la canción de su abuela, y su abuela de la suya, estamos ante una cadena ininterrumpida de memoria lingüística desde la Edad Media. Es el equivalente oral de un manuscrito del siglo XI. Debe documentarse urgentemente. Profesor Richard Hitchcock, Oxford."

Antonio leyó el email en la pantalla del móvil del doctor Alvar. ¿Qué significa cadena ininterrumpida de memoria lingüística?, preguntó. El Dr. Álvar explicó: significa que tu abuela aprendió esa canción de su abuela, que la aprendió de la suya, Que la aprendió de la suya, sin interrupción desde 1492, 30 generaciones, 533 años, sin escribirla, solo cantándola. Y la lengua no murió porque vosotros la mantuvisteis.

Antonio entendió entonces lo que significaba ser merchero. No eran ladrones, no eran gitanos, no eran chatarreros marginales, eran los últimos mozárabes de España, los últimos hablantes de la lengua del Al Ándalus cristiano, los últimos que recordaban Toledo antes de la expulsión. Y durante 500 años, todos, Reyes Católicos, Inquisición, Guardia Civil, maestros, payos, intentaron borrarlos, pero no pudieron porque la lengua viajaba en la sangre. 

Según el censo de mercheros realizado por asociaciones de chatarreros en 2023, quedan aproximadamente 500-700 familias mercheras en España, Madrid, Sevilla, Barcelona, Valencia. De ellas, solo 120-150 familias aún hablan quincalla y de esas solo 30-40 familias usan palabras mozárabes antiguas. Antonio es una de ellas. Si su generación muere sin enseñar la lengua a los jóvenes, el mozárabe desaparecerá definitivamente, esta vez para siempre.

Y entonces Antonio tuvo que tomar una decisión, la decisión más difícil de su vida. Lo que decidió, si tú fueras Antonio, ¿qué harías? ¿Enseñarías la lengua al mundo aunque te llamen loco? ¿O la guardarías en secreto? ¿Cómo hicieron tus ancestros?

Mayo de 2025. Antonio tenía que elegir. 

Opción uno, colaborar con el doctor Alvar. Documentar la lengua, dar entrevistas. Aparecer en televisión. Explicar al mundo que los mercheros son los últimos mozárabes. Romper 500 años de silencio. 

Opción dos, rechazar todo. Quemar los documentos. Olvidar, seguir viviendo como siempre, proteger a la familia del escrutinio, del odio, de los que dirían: "Sois impostores, sois ladrones usando historia para lavaros la cara." Antonio habló con su familia. Su esposa Amparo dijo: "Si hablas, nos señalarán. Ya nos miran mal. Imagina si dicen que somos los últimos mozárabes: nos convertiremos en un circo. Su hijo David dijo: "Papá, si no hablas, la lengua muere. Y la abuela murió en silencio. ¿Quieres que sus palabras mueran también?" Su tía Remedios dijo: "Yo tengo 78 años. Toda mi vida callé, pero estoy cansada de callar. Diles quiénes somos." 

Antonio decidió. Sí, hablaría. El 12 de junio de 2025, el dr. Álvar publicó el estudio completo "El Mozárabe vivo. Quincalla merchera como último dialecto romance medieval en España". Revista académica. 50 páginas. Archivos adjuntos, grabaciones, documentos de Toledo, transcripciones.

En tres días el estudio fue compartido en redes sociales. Los periódicos llamaron a Antonio, El País, ABC, La Vanguardia, Televisión, la 2, Antena 3... Antonio dio su primera entrevista en la 2 el 20 de junio. El periodista preguntó, "¿Es verdad que usted habla un idioma de hace 800 años?"

Antonio respondió: "No es que yo hable un idioma antiguo, es que mi idioma nunca murió. Solo lo escondimos porque nos obligaron." Lo positivo: lingüistas de toda Europa pidieron colaborar. La Universidad de Salamanca ofreció crear un archivo digital de quincalla. La UNESCO expresó interés en declarar el quincalla patrimonio inmaterial de la humanidad. Lo negativo: en redes sociales, comentarios de odio. "Los mercheros son ladrones inventando historias. El mozárabe está muerto. Esto es fraude. Quieren victimizarse como los gitanos." En el barrio de San Blas, algunos vecinos dejaron de hablar con Antonio. En el bar donde tomaba café, el dueño le dijo, "No quiero problemas. Mejor no vengas más." Antonio pensó. Hice bien. Mi familia está dividida. Mi esposa llora. Mis primos me odian. Valió la pena. Pero entonces recibió una carta de una mujer de Sevilla, merchera, 65 años. Decía a Antonio: "Vi tu entrevista. Lloré. Mi abuela cantaba la misma canción que la tuya. Yo pensaba que estaba loca. Ahora sé que no. Gracias por hablar. Gracias por decirnos quiénes somos." Y Antonio supo que había hecho lo correcto.

Un año después, en enero de 2026, la vida de Antonio había cambiado, pero no como esperaba. Lo que pasó un año después, enero de 2026. Antonio Jiménez tiene 64 años, ya no trabaja como chatarrero. Ahora es informante lingüístico de la Universidad de Granada. Le pagan por enseñar quincalla a estudiantes de Filología. Ha grabado 200 horas de audio, conversaciones, canciones, cuentos. Su tía Remedios también participa. Entre los dos han documentado 2800 palabras, pero el precio fue alto. Su esposa Amparo se divorció en agosto de 2025. No soportó la atención pública. Su hermano José no le habla. Dice que Antonio vendió a la familia por fama. De las 30 familias mercheras que aún hablan Quincalla, solo 10 aceptaron colaborar con el doctor Alvar, las otras 20 lo rechazaron. "Nosotros no somos experimentos", dijeron. Pero también hubo victorias. En noviembre de 2025, la Junta de Castilla la Mancha aprobó una ayuda de 150.000 € para documentación y preservación del quincalla merchero como patrimonio lingüístico de Toledo. En diciembre, la Universidad de Oxford invitó a Antonio a dar una conferencia. Habló en inglés con traductor sobre la memoria oral de su familia. 500 personas en la sala.

Aplausos de pie. Sus nietos de 12 y 14 años ahora aprenden quincalla. Al principio se avergonzaban. Es idioma de abuelos. Pero después de ver a su abuelo en televisión cambiaron. Abuelo, enséñame a decir te quiero en quincalla. Antonio les enseñó: Ámote con meu calp. Los nietos lo repitieron. La lengua no moriría. Al menos no todavía. Antonio dice: "No sé si soy héroe o traidor. Mi familia está rota, pero mi abuela ya no es una loca que cantaba canciones sin sentido. Ahora es parte de la historia de España y eso eso vale algo."

La sangre no miente, pero tampoco habla sola. Necesita bocas, necesita gargantas, necesita nietos que escuchen a abuelas. Durante 533 años, las familias mercheras guardaron un secreto que ni ellas mismas entendían. Hablaban un idioma que el mundo declaró muerto, pero no estaba muerto, estaba escondido. Porque los muertos no cantan y las abuelas mercheras cantaban. Somos lo que dice nuestro ADN o somos lo que elegimos recordar. Antonio no tiene sangre diferente a otros españoles, pero tiene palabras diferentes, palabras de Toledo, de Al Ándalus, de los mozárabes que rezaban en latín pero hablaban con acento árabe, palabras que los Reyes Católicos quisieron borrar. Palabras que la Inquisición llamó impuras. Palabras que la Guardia Civil grabó en 1987, sin saber que eran fósiles lingüísticos de 800 años. El Mozábe no murió en 1492, murió en 2025 cuando las últimas abuelas mercheras dejaron de cantar. O no murió, porque ahora hay grabaciones, hay estudios, hay nietos que aprenden. Y hay un hombre de 64 años que decidió que 500 años de silencio eran suficientes.

Amigos, esta historia es real. Pasó en 2025. Los mercheros existen, el quincalla existe. Y en este momento, mientras ves este vídeo, hay 500 familias en España que hablan una lengua que tú nunca escuchaste. Una lengua más antigua que el español moderno, una lengua que sobrevivió porque nadie la escribió, porque la escribir habría sido delatarse. Así que la cantaron, la susurraron, la escondieron en conversaciones de chatarreros que la policía no entendía. Desde 2015, miles de españoles hicieron tests de ADN y descubrieron que son judíos, moros, gitanos. Pero ¿cuántos descubrieron que son mozárabes? Casi ninguno, porque los mozárabes no tienen ley de retorno, no tienen pasaporte, no tienen sinagoga ni mezquita, solo tienen palabras. Y las palabras en España no bastan para ser reconocido. ¿Harías un test lingüístico si existiera? Si pudieras grabar a tu abuela y un lingüista te dijera: "Ella habla un dialecto del siglo XV." ¿Qué es más valioso? ¿La paz familiar o la verdad histórica? ¿Has notado palabras extrañas en tu familia? Palabras que nadie usa, pero todos entienden? [...] Tal vez tu familia también guarda un secreto de 500 años. Tal vez tú también hablas un idioma que el mundo olvidó. ¿Por qué conté esta historia? Porque el silencio mata las lenguas y las lenguas muertas se llevan mundos enteros. Cada palabra que desaparece es una forma de ver, de pensar, de sentir que se pierde. Los mercheros no son criminales, no son gitanos, no son los otros, son nosotros, somos nosotros. Los españoles que quedaron atrapados entre cruces y medias lunas, los que hablaban dos lenguas y no  pertenecían a ninguna, los que fueron expulsados de Toledo y nunca volvieron. Hasta ahora la verdad duele, pero la mentira duele más. Y 500 años de mentira duelen tanto que matan idiomas. Antonio Jiménez rompió el silencio, pagó el precio, pero su abuela, Encarnación, que murió en 1995, sin saber leer ni escribir, ahora tiene nombre en los libros de Oxford. Y eso, eso es justicia. Gracias por ver hasta el final. [...]

lunes, 5 de enero de 2026

Catalán, en el equipo de seis que consigue la molécula anticáncer Petosemtamab

 El pastelero que patentó una molécula contra el cáncer que se ha vendido por 7.000 millones de euros, en El País, por Manuel Ansede, Barcelona - 4 ENE 2026:

El biólogo Eduard Batlle, criado en la pastelería de sus padres, es uno de los seis inventores del petosemtamab, un revolucionario tratamiento experimental contra los tumores

Eduard Batlle pasó todas las Navidades de su juventud en la pastelería de sus padres, ayudando a elaborar miles de roscones de reyes. Eran los años 80 y el horno familiar estaba en un barrio obrero entre Barcelona y Hospitalet de Llobregat. “Había muchísima droga, algunos de mis amigos acabaron mal con la heroína. Los sábados, acompañaba a mi madre en la pastelería para que no estuviese sola, porque nos atracaban continuamente a punta de cuchillo. Fue una época bastante jodida”, rememora Batlle. Su vida ha cambiado un poco desde entonces. Estudió Biología, inspirado por la serie de televisión ochentera Cosmos, y hace una década inventó con cinco colegas una molécula, el petosemtamab, que en sus primeras pruebas ha logrado la aparente curación de algunos casos de cáncer. La empresa danesa Genmab acaba de pagar unos 7.000 millones de euros para hacerse con este fármaco experimental diseñado por el antiguo pastelero.

“Este es Peto”, proclama Batlle con una sonrisa mientras coge un frasquito de vidrio vacío y lo levanta en el aire, en su minúsculo despacho del Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona. Con ese botecito se trató en mayo de 2018 a la primera persona que probaba el fármaco. Los primeros resultados fueron prometedores, pero la sorpresa llegó hace seis meses. El petosemtamab, combinado con la inmunoterapia estándar, logró la remisión completa de los tumores de seis personas con cáncer de cabeza y cuello, una enfermedad que invade la boca y la garganta, asociada al tabaco y al alcohol. De los 43 participantes en ese ensayo, el 63% tuvo una respuesta parcial o total al tratamiento.

Batlle, nacido en Barcelona hace 55 años, muestra la dramática fotografía de una mujer con un cáncer enorme en su boca. Los médicos la consideraban desahuciada, porque ni la quimioterapia ni la inmunoterapia habían funcionado con ella. Se le administró petosemtamab en vena. “El tumor desapareció”, resume Batlle. “Es bestial. Todos los que nos dedicamos a la investigación básica soñamos con curar a la gente. Para nosotros esto es un sueño, muy inesperado”, celebra.

El petosemtamab existe porque dos niños se hicieron amigos hace más de medio siglo en un colegio holandés. Uno era Hans Clevers, hoy un genetista candidato al Nobel por haber concebido los organoides: versiones en miniatura de órganos humanos que se cultivan en el laboratorio a partir de células madre. El otro era Ton Logtenberg, hoy un emprendedor en serie de empresas biotecnológicas. Logtenberg fundó en 2003 una compañía en Utrecht, bautizada Merus, para intentar crear anticuerpos contra el cáncer: proteínas artificiales que se unen a las células tumorales en un punto característico y provocan su destrucción. La novedad de Merus es que dispone de una tecnología para producir anticuerpos capaces de actuar en dos lugares de la misma célula a la vez, para garantizar su aniquilación.

En 2012, el empresario preguntó a su amigo científico por algún experto mundial en cáncer de colon, con el objetivo de intentar curar este tumor, que mata a casi un millón de personas al año. Clevers le propuso un nombre: Eduard Batlle, un biólogo español que había trabajado entre 2000 y 2004 como investigador posdoctoral en su laboratorio, en el Instituto Hubrecht, en Utrecht. Los tres se pusieron manos a la obra.

Batlle ya era por entonces un referente internacional en el cáncer de colon. Cuando todavía era un treintañero, en Utrecht, había iluminado la relación entre las células madre que regeneran el intestino y las que desencadenan el cáncer de colon. En 2005 lo ficharon para ayudar a fundar el Instituto de Investigación Biomédica, un centro de la Universidad de Barcelona y la Generalitat de Cataluña.

Así que la empresa holandesa Merus sabía producir anticuerpos con doble acción. Hans Clevers dominaba los organoides, esas bolitas de células vivas derivadas de pacientes en las que probar estos fármacos en el laboratorio. Y Batlle conocía los entresijos del cáncer de colon. El equipo se puso a buscar puntos débiles de las células tumorales y a elaborar anticuerpos diversos. Probaron más de medio millar durante meses, hasta que encontraron uno con “resultados espectaculares”: lo denominaron primero MCLA-158 y después petosemtamab. Ahora todos lo llaman Peto, como si fuera otro colega. Su mecanismo de acción es revolucionario. Es el primer candidato a fármaco dirigido a células madre cancerosas de tumores sólidos.

El gigante danés Genmab anunció hace tres meses que compraba la holandesa Merus por casi 7.000 millones de euros, con el objetivo declarado de adquirir el petosemtamab y llevarlo a los hospitales en 2027. La empresa nórdica, especializada en anticuerpos contra el cáncer, habla públicamente de “un potencial de ventas anuales de al menos 1.000 millones de dólares en 2029 e ingresos de varios miles de millones de dólares cada año posteriormente”.

En su diminuto despacho, con vistas al estadio de fútbol del Barça, el biólogo español responde en tercera persona a la pregunta de qué porcentaje de este negocio milmillonario es para él. “Eduard Batlle no se lleva nada”, afirma. En la patente del petosemtamab figuran seis inventores: los dos amigos de la infancia (Hans Clevers y Ton Logtenberg), el propio Batlle, el entonces director científico de Merus, Mark Throsby; el director ejecutivo de la empresa holandesa HUB Organoids, Robert Vries; y el biólogo Bram Herpers, implicado en el ensayo de los cientos de anticuerpos con otra compañía neerlandesa, OcellO BV.

El secretismo es absoluto en este tipo de operaciones milmillonarias de empresas cotizadas en Bolsa, con multitud de cláusulas de confidencialidad. Esta entrevista con EL PAÍS es la primera vez que Batlle habla tras la venta de la molécula y ni siquiera puede revelar qué porcentaje se lleva su centro. “Ni yo ni el Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona podemos dar información sobre posibles acuerdos con Merus”, recalca.

Peto es excepcional en la historia de la biotecnología en España. Cinco entidades solicitaron la patente: las empresas holandesas Merus y OcellO BV, la Real Academia de Artes y Ciencias de los Países Bajos ―a la que pertenece el Instituto Hubrecht de Hans Clevers― y las dos de Batlle: el Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona, donde trabaja desde hace 20 años, y la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados, que es la fundación pública de la Generalitat de Cataluña que le paga el sueldo.

La imagen tridimensional de la molécula es sencilla. Es una especie de i griega mayúscula, Y, con dos brazos para unirse a los dos puntos de la célula tumoral. Batlle y sus colegas la diseñaron para tratar el cáncer de colon, pero en las primeras pruebas funcionó mejor en el de cabeza y cuello, el séptimo más común en el mundo, con casi medio millón de muertes al año. Los dos ensayos clínicos en marcha todavía no han terminado, pero Estados Unidos ya ha concedido dos designaciones de terapia innovadora al petosemtamab para esta indicación de la boca y la garganta, un paso burocrático que permite acelerar el desarrollo de un tratamiento experimental si hay evidencias claras de que funciona.

Batlle lamenta “un problema general” en la creación de medicamentos contra el cáncer. Los fármacos experimentales se prueban a la desesperada en enfermos ya desahuciados, en los que diferentes rondas previas de quimioterapia han transformado la biología del tumor. El petosemtamab no funciona en estos casos de cáncer colorrectal ya tratados en exceso, pero un reciente ensayo con medio centenar de pacientes sugiere que sí es eficaz si se usa como primera o segunda opción junto a la quimioterapia. “Una parte del precio que ha pagado Genmab es porque ven esperanzas de que el anticuerpo también tenga actividad en otros tipos de cáncer, como el de colon”, destaca Batlle. Esa indicación sería disruptiva. El de colon es el tercer tumor más frecuente y el segundo más letal en el mundo.

El biólogo cuenta la historia del petosemtamab mientras rememora la suya propia: su abuela extremeña analfabeta que montó la pastelería junto a su abuelo, un catalán superviviente de un campo de concentración de la Guerra Civil; las noches sin dormir elaborando miles de roscones de reyes y monas de Pascua, las jeringuillas con heroína en su barrio de Santa Eulalia. Sus padres no incitaron a Batlle a proseguir el negocio de la pastelería familiar, solo le dieron un consejo: “Haz lo que quieras, pero estudia”.

sábado, 3 de enero de 2026

Lexicografía del cuñadismo

 [Transcripción de YouTube]

 Hola a todos. Tengo una pregunta. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en lo fascinante que sois? Y con fascinante me refiero las cosas que hacéis que a lo mejor ni os dais cuenta, pero si alguien de fuera os lo dice, de repente lo veis y decís, "Ostras, es que nunca lo había pensado, pero tienes toda la razón, es que sí que lo hacemos. Llevo más de 11 años en España. Si seguís este canal sabéis que soy de Kazajistán. Nací en la Unión Soviética. Pero después de tantos años en este país, todavía hay días en los que me paro a mirar vuestra forma de ser y me parece fascinante. Kazajistán es un país bastante diferente de España. Cuando crecí la seriedad fue prácticamente nuestro idioma oficial. De hecho, me habían dicho más de una vez que sonrío demasiado, pero también sabemos hacer bromas y el sentido del humor en Kazajistán también es bastante fuerte, pero aquí en España existen estas maneras de comportarse, cosinas que hacéis que me hacen mucha gracia y me llaman mucho la atención todavía. Ahora yo también las he empezado a hacer algunas de ellas y a lo mejor ya no me fijo tanto, pero hoy me gustaría compartir con vosotros algunas de estas observaciones de las cosas graciosas o incluso diría yo en algunas situaciones fascinantes, sorprendentes, interesantes o incluso adorables que hacéis estos gestos pequeñitos que hacen que vuestra forma de ser sea especial y, como siempre, si os parece interesante lo que estoy contando, si os veis reflejados en algunas de estas observaciones, os agradecería un comentario y por favor considerad suscribiros a este canal. El canal todavía tiene muy poco tiempo, lo empecé hace unos meses solo y necesito vuestro apoyo para que crezca y para que más gente lo llegue a conocer.

La primera cosa de la que quiero hablar hoy son los coñadismos cuñadismos de bar, el arte de interactuar con los camareros en un bar

Como todos sabemos perfectamente, España no es un país, es un bar. Así que creo que tampoco tiene que ser algo tan raro que empiece con una observación, el comportamiento que normalmente tiene lugar o en un bar o en un restaurante. Para empezar es cómo os dirigís a los camareros. Les dais unos títulos de confianza, tipo jefe, maestro. Esto ya establece un tono, pero más allá todavía existe esta cosa que la verdad es que no la noté en ningún otro país, que son frases o bromas de cuñado.

Es muy raro salir de un bar sin haber escuchado un cuñadismo:

Oye, jefe, ponme otra, que esta venía con un agujero.

Jefe, tráeme otra que esta se me ha caído

Camarero, si este vaso está lleno de aire. 

Quiero un café solo. Que salgan todos. 

¿Y tenéis cerveza sin alcohol? -Sí. -¿Y por qué? 

O cuando llega la cuenta: 

Pero, ¿qué hemos roto? 

Oye, maestro, ¿cuántos son los daños? 

Tráeme la cuenta y un policía que corra poco.

Los cuñadismos en teoría tienen que dar vergüenza ajena. Pero es que en este idioma o no sé si me parece a mí solo, pero en español suenan natural y da igual las veces que los escucho me hacen gracia. Ya sé que ya a veces parezco tonta y estoy en el bar riéndome de una broma que había escuchado 50 veces, aunque seguramente los camareros no estarán de acuerdo conmigo, estarán hartos de coñadismos, pero bueno, seguramente saben que esto se hace con amor. Es que los cuñadismos creo que se hacen, sobre todo si estás de buen humor y si sueltas un cuñadismo, eso es que lo has pasado muy bien y estás feliz. Así que, sí, yo también he adoptado esta costumbre graciosa y a veces suelto estas frases yo también, sobre todo si ya he cogido confianza con el camarero o la camarera.

Fútbol y filas de nucas.

La segunda cosa graciosa que hacéis también suele pasar en bares; cómo aquí existe la costumbre de bajar a ver el fútbol en un bar y yo la verdad es que a mí me encanta el fútbol y lo hago bastante bajo a un bar a ver los partidos de la liga o sobre todo si juega la selección. Hay una cosa que he notado que sobre todo, bueno, con la selección menos, pero con la liga pasa así de veces. Entras en un bar y cuando hay un partido, si viene una familia, él, por ejemplo, si tiene niños, los niños también, sobre todo si son chicos, se sientan cara hacia la tele para ver el fútbol y ella da la nuca a la tele. Y esto no falla. entra la segunda familia y lo mismo, ella da la espalda a la tele, no le interesa a ella el partido.

Entonces acabamos en un setting, en una situación cuando todos los hombres están mirando la pantalla y todas las mujeres están mirando la pared del otro lado. Yo normalmente soy la única rara. Yo estoy con los hombres mirando la pantalla y pues no me puedo quejar tampoco porque por un lado veo el partido de fútbol y lo disfruto mucho y por otro lado disfruto de ver todas estas caras bonitas de mujeres que no están muy interesadas en el partido y el partido lo disfruto dos veces. 

El misterio del último trozo

Otra cosa muy graciosa que soléis hacer siempre, que por cierto también en bares o restaurantes, es dejar esa unidad de la vergüenza, sea una aceituna o un trocito de calamar o una patatina de estas de bravas, esto nunca falla. Siempre queda esta última unidad que nadie quiere terminar porque nadie quiere parecer aquel ansioso, goloso, con hambre, como si fuera un crimen acabar esta última aceituna. Podéis estar ahí 10 minutos. Oye, cógela, acábala. ¿Tú la quieres? No, no, no, no. Tú cómela tú. Y al final o viene el camarero, el jefe, el maestro, para llevársela, o me la acabo yo porque yo no tengo ninguna vergüenza y nosotros en Kazajistán no permitimos que se nos lleven la comida. Vamos, que lo he pagado. He pagado esta aceituna. Déjame terminarla. De hecho, es como casi un insulto si te lo llevan sin acabar. Pero aquí todos sabemos perfectamente de qué va. Entonces el camarero ya sabe que esto me lo puedo llevar. 

Otra: cuando “se rompió solo” cosa que he notado es más lingüística ya del idioma español, pero no sé si se hace también en otros países hispanohablantes.

Ese lenguaje este de no he sido yo, me parece muy mono, muy dulce, pero también a veces asume un poquito tu responsabilidad. También es la estructura esta gramatical de se me ha, se me ha caído, se me ha roto, se me ha roto el vaso, se me ha roto. Yo no lo he roto, se me ha roto. Él solo se levantó, se tiró y se me rompió. En otros idiomas decimos, "He roto el vaso." O sea, responsabilidad completa. Pero un español dirá siempre, "Se me ha roto. Se me ha caído. Se me ha acabado el plato". Se me ha acabado el plato, qué lástima. Y lo más guay de todos, creo: se me ha olvidado. En fin, eso también quita la presión porque decir, "Lo he olvidado o lo he roto" o lo he tirado en plan, he tirado un vaso.

Puede ser un poquito fuerte, aunque sea lo correcto, pero es como que este se me ha caído crea un poquito de mejor rollo o algo así, no sé. Entiendo perfectamente por qué lo decís así. A veces me falta en otros idiomas y la verdad es que no os voy a mentir, pero lo encuentro bastante creativo. 

Y como cafecín, cafetillo y cariñoúltima observación por hoy, aunque podría hacer 50 vídeos más, así creo yo, voy a incluir el uso no excesivo, pero el uso amplio de los diminutivos. Me gustan porque añaden un poco más de cariño en nuestras interacciones y esto en el mundo actual donde muchas veces nos falta este cariño es algo que yo creo que aporta valor. Por ejemplo, ¿no? Para pedir un café podéis pedir un cafetito, cafelito, cafecito y luego ya según donde estés hay diminutivos locales. Cafetín. Cafetuco, cafelillo. ¿Qué diminutivo usáis vosotros para un café en vuestra región?

Hay un montón de diminutivos que existen en el idioma español. Yo no uso todos, pero me gustaría conocerlos todos. Y al final no nos tomamos un café, sino un poco de cariño en una taza pequeña. Así que pues eso, han sido creo que cinco al final.

Cinco observaciones, ha sido bastante improvisado. Cinco observaciones graciosas de España, cosas graciosas, fascinantes, monas que hacéis aquí. ¿Os ha parecido que he acertado con alguna de ellas? Si es así, decídmelo en los comentarios y como siempre nos vemos en el próximo vídeo donde hablaremos más de España, Kazajistán, el idioma español, curiosidades y mi experiencia en este país maravilloso. Hasta la próxima. 

Trucos para aprender el doble

  [Transcripción corregida desde vídeo YouTube]

 ¿Te imaginas aprender el doble sin pasar horas más frente al libro? Hoy quiero compartir contigo algo que me entusiasma. La ciencia está demostrando que no siempre es cuestión de estudiar más, sino de aprender mejor.

Soy Nazaret Castellanos, neurocientífica y en este vídeo te voy a revelar ocho trucos científicos que pueden hacer que tu cerebro rinda al doble. No se trata de fórmulas mágicas, se trata de conocer cómo el cerebro funciona realmente y jugar a su favor. Así que si estás listo para transformar la forma en que aprendes, quédate conmigo, porque tu mente puede elevarse sin que tengas que multiplicar tus horas.

El primer truco es el más sencillo y el más olvidado. Tu cerebro no aprende mientras estudias, aprende cuando descansas. Durante el sueño y los momentos de pausa, el cerebro reorganiza la información, fortalece las conexiones neuronales y elimina lo que no sirve. Es como si mientras tú duermes él siguiera trabajando en silencio, colocando cada cosa en su lugar. Así que si quieres recordar más, no estudies más horas, duerme mejor. Y no cualquier descanso, un descanso sin pantallas, sin ruido, con respiración profunda y atención corporal, porque cuando el cuerpo se calma, el cerebro escucha. Y aquí viene algo hermoso. Las emociones también enseñan. Cuando algo te conmueve, el hipocampo, la zona encargada de la memoria, lo guarda con más fuerza. Por eso, el cerebro aprende mejor lo que ama.

El segundo truco científico es uno de mis favoritos. Muévete. Es menor que numeral cercumeral es mayor que el cerebro. Aprende mejor cuando el cuerpo se mueve. Cada vez que caminas, estiras los brazos o haces ejercicio suave, aumentas el flujo de oxígeno, liberas dopamina y despiertas la tensión. De hecho, varios estudios muestran que basta con 10 minutos de movimiento para que el hipocampo, la región de la memoria, funcione hasta un 30% mejor. Así que antes de ponerte a estudiar o a trabajar, levántate, respira, camina, no estás perdiendo el tiempo, estás preparando tu cerebro.

Y eso nos lleva al tercer truco, la respiración consciente. Cuando respiras lento y profundo, activas el nervio vago que conecta el cuerpo con la mente. Ese simple acto baja el cortisol, mejora la concentración y permite que el cerebro entre en un estado de atención sostenida sin tensión. A veces queremos aprender a la fuerza, pero el cerebro no se abre con presión, se abre con presencia. 

El cuarto truco científico es la repetición inteligente. No se trata de repetir sin pensar, sino de recordar en intervalos. La memoria se fortalece cuando repasas una información justo antes de olvidarla. Por eso funciona también lo que llamamos espaciado, un sistema donde revisas el mismo contenido varios días después, no de forma seguida, sino dejando reposar la mente entre cada repaso. El cerebro ama los descansos y en ese tiempo, sin darte cuenta, sigue practicando internamente.

Y aquí va el quinto truco que me encanta. Enseña lo que aprendes. Cuando explicas algo con tus propias palabras, el cerebro crea una red nueva de comprensión. No solo estás repitiendo información, estás reestructurando el conocimiento. Enseñar obliga al cerebro a organizar, sintetizar y encontrar sentido. Por eso, cuando compartes lo que aprendes con alguien, aunque sea contigo mismo en voz alta, estás multiplicando tu aprendizaje. El cerebro aprende dos veces, una cuando estudia y otra cuando enseña.

El sexto truco es aprender con emoción. El cerebro no recuerda datos fríos, recuerda experiencias que lo tocan. Cuando algo te emociona, una historia, una canción, una risa, eh se activa la amígdala, que actúa como un marcador biológico de importancia. Esa emoción le dice al cerebro, esto vale la pena  recordarlo. Así que si algo te aburre, cámbiale el tono. Vincula lo que aprendes con lo que te inspira. Haz lo tuyo. El aprendizaje no está solo en la cabeza, eh, está en la emoción que lo acompaña.

Y el séptimo truco eh tiene que ver con el lugar donde aprendes. El entorno es un maestro silencioso. Eh, la luz, los colores, los sonidos, los olores, todo influye en la tensión. La neurociencia ambiental ha mostrado que estudiar cerca de la luz natural en un espacio ordenado y con pequeñas pausas de movimiento mejora la memoria y la creatividad hasta un 20%. No subestimes el poder del entorno. Tu cerebro aprende con los ojos, los oídos y la piel.

Y llegamos al octavo truco, que para mí es el más poderoso de todos. Aprende desde la gratitud y la curiosidad. Cuando sientes curiosidad, el cerebro se llena de dopamina que actúa como un imán para la atención. La curiosidad le dice a tu mente, "Esto me importa. Quiero saber más." Y cuando además agradeces lo que aprendes, aunque sea pequeño, activas una red neuronal que integra emoción y memoria. La  gratitud no solo te hace sentir bien, literalmente mejora la plasticidad del cerebro. Así que cada vez que estudies, hazlo con asombro. Mira, el conocimiento no como una obligación, sino como un privilegio, porque el cerebro ama aprender, pero aprende mejor cuando lo hace con alegría. Y ahí está el secreto. No se trata de forzar la mente, sino de enamorarla.

Así que recuerda, duerme bien, muévete, respira, repite con sentido, enseña, emociónate, cuida tu entorno y mantén viva tu curiosidad. Tu cerebro tiene un poder infinito.

viernes, 2 de enero de 2026

Alguien dijo

 Defiéndete con una sonrisa, ataca con el silencio y vence con la indiferencia. Agradece a quienes te dejaron solo en tus momentos más oscuros, porque gracias a ellos descubriste la fuerza de tu propia luz.

jueves, 1 de enero de 2026

Entrevista con el neoecologista Timothy Morton

 Timothy Morton, activista: “Estados Unidos es un gigantesco campo de concentración”, entrevista por Carmen Pérez-Lanzac, en El País, 26 DIC 2025:

El filósofo británico, una figura del nuevo ecologismo, sostiene que para proteger el Amazonas primero tenemos que destruir el racismo que habita en nosotros

Timothy Morton (Londres, 1968) es uno de los ensayistas que lidera la nueva ola del ecologismo. El pensador británico, autor de una obra provocadora y extremadamente personal, da por hecho que la destrucción del planeta ya está en marcha. Admirado por la cantante Björk o por Hans Ulrich Obrist, director artístico de la moderna galería Serpentine de Londres, Morton luce maneras de artista punk y mantiene una lucha contra el pensamiento preconcebido. Y es uno de los ensayistas que mejor ha descrito esa angustia que sentimos cada vez que encendemos cotidianamente el motor del coche o el aire acondicionado siendo conscientes de que, al hacerlo, estamos acercando el fin de nuestra especie.

El profesor de la Rice University de Houston (Texas), donde reside, es autor de una docena de ensayos en los que habla de cómo el cambio climático es algo tan gigantesco que ni siquiera podemos calibrarlo (Hiperobjetos, 2025, Adriana Hidalgo Editora), sobre cómo volver a habitar la Tierra una vez la hemos devastado (Hiposujetos, 2023, Holobionte), e incluso imagina que intentamos huir de la contaminación en el Halcón Milenario, la nave creada por George Lucas para la saga de Star Wars (Astronave, 2021, también de Holobionte).

A lo largo de la conversación, que tiene lugar por videoconferencia, afirma que los abusos que sufrió de niño explican su forma de pensar. También cuenta que recientemente, por medio de la mujer con la que se casó en 2023, ha descubierto a Jesús —“sí, de alguna manera encontré a Jesús, y me gustaría que sonara de la manera más estúpida y cursi posible” —. Tiene reflexiones para dar y regalar, como muestra durante la entrevista.

Pregunta. Usted analizó un concepto interesante, los hiperobjetos. ¿Puede explicar qué son?

Respuesta. Un hiperobjeto es algo tan físicamente enorme y duradero que solo podemos experimentarlo en diminutas porciones. Puedes pensar sobre ello, incluso llegar a entenderlo, pero si intentas medirlo o calibrarlo solo lo logras con porciones casi insignificantes. Un hiperobjeto agradable es la biosfera de la que nacimos. Otro distinto es la interacción humana con la inteligencia artificial o el calentamiento global. Necesitas una capacidad masiva de procesamiento para mapear todas sus secuelas en tiempo real.

P. En la introducción de su último libro, Hell: In Search of a Christian Ecology (Infierno: en busca de una ecología cristiana, sin traducir al español), afirma que el Infierno en la Tierra es real. Culpa al petróleo, al cristianismo evangélico y a la supremacía blanca.

R. Un fascista es alguien que está seguro de ser el bueno de la película. Pero ser una buena persona implica estar un poco preocupado por si en realidad resulta que eres el malo. Al hablar de fascismo me refiero a lo que considero que hoy es la norma. No es algo nuevo, lleva miles de años en marcha. Antes eran los tiranos, los faraones. Hoy no son la excepción, sino la norma. Y lo son por el tipo de estructuras sociales de las que nos hemos dotado, que se basan en jerarquías de dominación. El investigador australiano Luke Kemp llama a estas estructuras Goliats. Vivimos en una era en la que estamos causando un enorme daño a la bioesfera. Y esto pasa porque la forma en que nos tratamos entre nosotros es la forma en que tratamos al resto del planeta.

P. ¿Cómo es el Infierno que describe?

R. Las religiones del mundo han imaginado lo que llaman la vida después de la muerte. El Infierno sería como una especie de campo de concentración eterno. Y sería un lugar solo para personas malas. Y el cielo sería el equivalente para las personas buenas. Y toda esta idea proporcionó el modelo para Estados Unidos, donde vivo, por poner un ejemplo. A todos los efectos, es un gigantesco campo de concentración o una plantación que genera valor esclavizando a otros seres humanos, y utilizando a seres no humanos de manera totalmente gratuita. Quienes ejercen este poder son, en su mayoría, personas anglosajonas blancas. Personas como yo que para tener su propio paraíso crearon el Infierno para el resto. Y ahora todos estamos atrapados en él. Vivimos en una sociedad de amos y siervos que es también un hiperobjeto.

“Cuando era niño la ecología sonaba como algo utópico. Hoy en día es como si todos tuviéramos un mal viaje de LSD”

P. ¿Hay escapatoria?

R. Lo primero es poder verlo. Darnos cuenta de que formamos parte de este infierno. Y la única salida es crear un Paraíso. Y para ello te tienes que juntar con otros seres que también quieran mejorar el planeta. Te puedes juntar con dos, con cinco, con seis millones, da igual la cifra. Tenemos que salir de esta lógica de campo de concentración global.

P. Usted forma parte del movimiento OOO, Ontología Orientada a Objetos, una corriente que desafía el antropocentrismo y argumenta que los objetos no humanos tienen su propia existencia. ¿Puede explicar cómo se ve el mundo a través de ese prisma?

R. La OOO la crearon cuatro blancos que empezaron a deconstruirse. Es una forma de romper con la filosofía occidental al otorgarle alma a todas las cosas.

P. En Ecología oscura (2019, Paidós) rechaza la idea de la naturaleza prístina.

R. La mera idea de una naturaleza virgen es un sueño violento, la fantasía de un pederasta. La forma de hablar romántica de la naturaleza es violencia. Si quieres un mundo que esté más allá de la violación, no puedes pensar en términos de perfección. Parte de lo que hago es explicar que ser ecologista implica desmantelar el racismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia. Para proteger el Amazonas primero tienes que destruir el racismo que habita en ti.

P. ¿Cómo ha cambiado la conciencia ecológica?

R. Cuando era un niño, a finales de los años setenta, la ecología sonaba como algo utópico, como un viaje de LSD. Hoy en día es como si todos fuéramos obligados a tomar LSD y tuviéramos un mal viaje. Hemos pasado de un buen viaje a un viaje horrible. Y esto empezó a pasar hace unos 15 años.

P. Hace un mes se cerraba la última cumbre del clima sin ser capaz de recoger el daño que hacen los combustibles fósiles.

R. Es como si el Coyote cayera por un precipicio, pero no se diera cuenta de que está en plena caída. Hablan, y hablan, y hablan cuando lo único que hay que hacer hoy es destruir el fascismo. Es el enemigo público número 1. Y tenemos que reimaginar el espacio social para crear un mundo mejor para todos.

P. ¿Qué opina de esta nueva forma de protesta de los jóvenes que echan pintura sobre las obras de arte para llamar la atención sobre el cambio climático o el colonialismo? Hace un par de meses ha sucedido en el Museo Naval de Madrid.

R. Tienen toda mi empatía. Ellos lanzan pintura, que se puede borrar, y nosotros echamos dióxido de carbono que va a destrozar sus vidas. Estamos literalmente destrozando a niños. Sufrí abusos, padezco de depresión, siento dolor. Me escriben estudiantes pidiéndome ayuda. Sus propios abuelos y padres crearon este mundo, necesitan que alguien les dé la mano. Yo les ayudo a gritar.