domingo, 18 de mayo de 2008

Ángel González

Uno de los primeros poetas que yo leí y que me gustó leer:

Un caballero, un perdedor, un poeta

Homenaje en Alcorcón a Ángel González, con canciones de Pedro Guerra


JUAN CRUZ - Madrid - 18/05/2008

Con lo que se dijo anoche -y con lo que se cantó- del poeta Ángel González en Alcorcón se podría hacer un poema, una biografía, una reivindicación de la melancolía y de la alegría del escritor asturiano que murió en Madrid el último 12 de enero.

Fue en la Feria del Libro de Alcorcón, en un acto que organizó Arabella Siles y que en algún momento pareció hacer honor a lo que Benjamín dijo que eran él y sus acompañantes con respecto a Ángel González.

La familia postiza y la familia verdadera, la legal y querida por él, porque esa mesa en ele que formó Arabella Siles ante un auditorio nutridísimo estaba presidida por Susana Rivera, la mujer de Ángel, el sujeto de numerosos de sus poemas, la mujer que durante treinta años tuvo (lo dijo ella) "el privilegio" de ser su compañera.
Susana Rivera habló después de que Javier Rioyo proyectara un documental en el que pueden verse todas las facetas de Ángel, el hombre saludable y feliz de los ochenta, el hombre aún alegre y melancólico de los noventa, y este hombre final que agarró en un puñado todos los sentimientos y se dispuso a esperar el final como si fuera el último verso de su melancolía.


Ella asistó a ese final, pero vivió también todos los momentos, los felices y los trágicos, y supo por él la razón de su melancolía. "Soy una persona privilegiada". Vio al poeta "morder la vida", le acompañó "por el acariciado mundo", y supo de su amor, claro que supo, por ella y por la vida.


Y no fue tan melancólico siempre. Dijo Almudena Grandes, que le alegró muchas tardes y muchas noches con sus comidas y también con sus bebidas, que fue un perdedor, eso está claro en su biografía, "pero fue uno de los hombres más juveniles que conocí en mi vida". Contó Almudena una muy bella anécdota, que está, además, en uno de sus cuentos. Le preguntaron a Ángel en Estados Unidos la razón por la que, en un momento de su vida, decidió dejarse uno de esos bigotitos que parecían franquistas, además en tiempos de Franco. "No, qué va, yo no quería que fuera un bigotito franquista. Quería parecerme a Cary Grant". Y alguién en el auditorio susurró, en aquella ocasión norteamericana: "Pues no lo consiguió".


Fue un niño de la guerra; vio vaciarse el cerebro de su maestro de música; contempló (y todo esto lo contó Luis García Montero, su amigo, su biógrafo) cómo un hermano fue perseguido y otro asesinado por los nacionales, vio cómo perseguían a su madre y la desposeían de su capacidad para ser maestra, y todo eso fue metiéndole en el alma el poso de tristeza que ahora se le recuerda.


Julio Llamazares dijo que Ángel, que fue amigo suyo también, "era un hombre muy triste que lo disimulaba todo el rato", y melancólico y solitario, "un solitario que no sabía estar solo, así que era el último que se iba de los bares? Era muchos ángeles Ángel".


Muchos ángeles. Cuando áun era un maestro, al final de la guerra civil, en los cuarenta, se fue a Primoud, un pueblo del confín de León donde aún no había ni luz eléctrica. Y se fue de maestro. Julio recordó una anécdota que el propio Ángel contó en televisión. Cuando se iba de Primoud el alcalde del sitio le acompañó a la carretera, y Ángel le dijo:


-Volveré.
El alcalde lo miró. Y le dijo:
-Usted no volverá nunca. A Primoud no vuelve nadie nunca.


Sería triste, dijo Benjamín Prado, "pero era más elegante que su ropa y tenía la sonrisa más bonita que conozco". Era especial, tan apacible en casa, cuando era un invitado, "y con tanto coraje para la poesía". "Lo que más le importaba", dijo Prado, "era Susana", y él era "el pegamento que nos juntaba a todos".


Su poesía, dijo Manuel Rico, crítico, poeta y editor, "está entre las poesías que nos ayudan a cambiar la forma de ver el mundo"; su experiencia de "niño de la guerra" marcó esa forma de contemplar lo que pasa; Luis García Montero fue el encargado de decir las últimas palabras, y éstas fueron biográficas, declinaron el pesar de Ángel en sus primeros años, y explicaron por qué "su poesía negocia con el pesimismo": Su manera de ver la vida está en un título, Sin esperanza, con convecimiento? Y su actitud nace de ese periodo y de la experiencia de leer primero a Juan Ramón y luego a Antonio Machado, a cuyas actitudes terminó pareciéndose?

Para explicar todo eso García Montero terminó leyendo su propio poema Colliure, en el que Ángel aparece poniendo "sus pies heridos en la historia", durante una nueva visita a la tumba de Machado, su maestro de vida, su maestro.


Nathalie Seseña, la actriz, leyó unos poemas, algunos de los cuales son nuevos. Estaban en el ordenador de Ángel, que Susana, asistida por Bernardo Marín, redactor de ELPAÍS.com, logró extraer, y que ahora serán el libro Nada grave, editado en seguida por Visor en su colección Palabra de Honor.

Pedro Guerra clausuró el homenaje con un emocionanente concierto, muchas de cuyas canciones proceden de su aventura con el poeta; él hizo con Ángel hace algunos años una gira que se llamó La palabra en el aire, que al poeta llenó de entusiasmo y que al cantante y escritor le resulta ahora tan emotiva como inolvidable

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