jueves, 17 de abril de 2014

Hotel Chelsea

Guillermo Fesser, "Una noche en el cuarto de Uma Thurman", El País, 15 de abril 2014:

El hotel Chelsea de Nueva York parece esta tarde de marzo un caserón abandonado a la deriva bajo la intensa lluvia que azota la calle 23. Rodeado de andamios, tapiadas sus cristaleras con tableros; solo un par de placas en recuerdo de Arthur Miller y Dylan Thomas, apenas iluminadas en la fachada por una bombilla mortecina, recuerdan que aquello fue la meca de la cultura en tiempos no muy lejanos. En la puerta que da al viejo lobby, despojado ya de arte en sus paredes, han colgado un cartel que dice “closed for restoration” junto a un aviso de que está prohibido enfocar con la cámara hacia adentro y sacar fotografías. Tampoco hay mucho que retratar: al portero, que desde el mostrador saluda con desgana a los pocos inquilinos que entran y salen de los apartamentos del edificio como si protagonizaran una escena de The walking dead. Lo único que permanece en pie es El Quijote; el restaurante español que, a base de paella y bogavante, viene desde 1930 aliviando las resacas de muchos de los grandes artistas norteamericanos.

En Palm Springs, California –lejos del cielo plomizo que sobrevuela la isla de los rascacielos– localizo a Viva, la carismática actriz que Andy Warhol convirtió en superestrella, que accede a repasar conmigo los entresijos del hotel en el que residió largos años. “Vivir en el Chelsea era como estar en casa. Nada que ver con esos hoteles con señoras pidiendo hora para la manicura y personal actuando como mayordomos de la reina Victoria. Las habitaciones estaban bastante descuidadas, con agujeros en la tarima y los baños cayéndose a trozos. Las lámparas fluorescentes del pasillo tenían dos dedos de polvo encima… pero era un ambiente familiar. Un sitio informal lleno de escritores, músicos y cineastas. Lo mismo te cruzabas con Arthur C. Clarke, que escribió allí su 2001: una odisea en el espacio; que con Milos Forman cuando preparaba Alguien voló sobre el nido del cuco. Era una vida maravillosa. Y cómoda. Podías enviar paquetes desde la recepción sin tener que acercarte a correos, almacenar todo tipo de trastos en el sótano o dejar a tus hijos al cuidado de las camareras haitianas. Había una, llamada Bunuel, que me daba baños vudús con plátanos para conseguir que volviera mi marido de Marruecos”.

A partir de los setenta, el Chelsea funcionaba casi como una comuna. Había pintores que pagaban el alquiler con cuadros y artistas subvencionados por las altísimas rentas que Stanley Bard, el administrador, cobraba a los hijos descarriados de multimillonarios. “Siempre hubo esa mezcla –reconoce Viva–, pero Stanley nunca osó sacar un anuncio diciendo que podías vivir junto a Jane Fonda o Dee Dee Ramone. De vez en cuando alguien gritaba por el pasillo, ¡que viene un guía!, y aparecía un tipo seguido por un puñado de turistas que se ponía: ‘En esta habitación residió Dylan Thomas’. Y le corregíamos: ‘Se equivoca, caballero, Dylan vivió en el piso de arriba”. Stanley, considerado por algunos inquilinos como el casero más bondadoso del mundo y por otros como el mayor starfucker (persona obsesionada por codearse con famosos) de la historia, tenía un modo peculiar de administrar el inmueble. “Lo bueno de Stanley es que, si no tenías dinero para pagar la renta, no te echaba a la calle. Te daba la vara. Bueno, a mí no, porque era uno de esos tipos machistas incapaces de negociar con mujeres. Amenazaba a mi marido o encerraba a mis hijas en su despacho y les asustaba diciendo que si yo no pagaba le iban a echar a él del hotel. ¿Quién te va a echar a ti, Stanley, le preguntaban Alex y Gaby, si tú eres el dueño?”. Al final sus socios terminaron deshaciéndose de él para vender el negocio. “Yo ya vivía en California pero me acerqué a visitar a algunos amigos y me lo encontré sollozando en el vestíbulo. ‘Viva, Viva, ¿qué va a ser de mí? No me dejan ya ni entrar a mi propio hotel’. No te preocupes, le calmé, voy a escribir una carta al New York Times. ‘Sí, hazlo, por favor’, me rogó. Lo hice, pero no sirvió de nada”.

El emblemático edificio de ladrillo, el más alto de Manhattan cuando sus doce plantas fueron levantadas en 1885, forma parte del patrimonio histórico de la ciudad. Nadie teme, pues, por su pellejo. Tras el derribo de la antigua estación de Pensilvania, Nueva York creó en los años setenta una comisión de conservación para garantizar la posteridad de reconocidas construcciones como el puente de Brooklyn y enclaves con encanto como la casita de Louis Armstrong en Queens. Desde entonces, las barandillas de hierro forjado de los balcones del Chelsea, a los que tantas veces se asomaron Patti Smith, Bob Dylan o Tom Waits, están a salvo. No preocupa por tanto el envoltorio. Lo que mantiene a la gente en vilo… es el destino que se le vaya a dar a su alma.

El Chelsea nació como una cooperativa con vocación de procurar apartamentos de renta baja a los artistas que llegaban a intentar fortuna en Nueva York. Estaba en el corazón del distrito del teatro, que luego se mudó a Broadway, y pronto fue el lugar donde los artistas querían vivir. Pobres o afamados. Personajes de la talla de la primera gran dama del cine, Sarah Bernhardt, se contaron entre sus originales moradores. Luego, tras una época de esplendor que abarcó la segunda mitad del siglo XX, el hotel dejó de aceptar residentes permanentes. Pero quienes tenían contrato firmado antes del cambio siguen dentro y andan preocupados. “Quieren convertir el hotel en una especie de Disneylandia cultural para que los turistas puedan reservar una habitación junto al apartamento de un famoso”, se queja Suzanne Ruta, que vive con su marido, el célebre pintor Peter Ruta, a la vuelta de la esquina. El nuevo propietario, Ed Scheetz, que afirma haber inyectado 130 millones de dólares en la renovación, intenta apaciguar los ánimos: “El espíritu del Chelsea llevaba abandonado varias décadas y vamos a tratar de recuperarlo. Respetarlo, además de lo correcto, resultará lo más beneficioso para nuestro negocio.”

“Se suponía que había un apartamento por planta y que el ayuntamiento controlaba las rentas –me explica Viva–; pero el único piso que quedaba íntegro era el del compositor Virgil Thomson, que llevaba alquilado desde los años treinta y, como le daba vergüenza pagar una renta mucho más baja que la del resto, decidió renunciar voluntariamente al servicio de habitaciones. Tenía la planta que perteneció al primer dueño del edificio, con muebles de caoba, y me invitaba a cenar muchas noches. Su casa era como el hotel de los líos. Era amigo de todo el mundo, de Picasso, de los Kennedy… Pero el resto de los apartamentos habían sido divididos ilegalmente en dos, tres o cuatro habitaciones y Stanley nos cobraba lo que le parecía. Yo empecé pagando 160 dólares, luego me subió a 400 y al final a 900. Un día unos amigos israelís supieron que la inquilina de al lado acababa de dejar el cuarto y tiraron el muro para agrandar su vivienda. Stanley no pudo decirles nada. Así que cuando se marchó mi vecina, decidí hacer lo mismo. En mitad de la noche le di un martillo a mi hija Gaby y entre las dos hicimos un agujero en la pared para pasar al cuarto contiguo. A la mañana siguiente llamé a un obrero para que me ayudase con los escombros. Stanley se puso furioso y tuvimos una pelea. Yo me fui al ayuntamiento a buscar los planos originales para demostrar en un juicio que el apartamento que me alquilaba no existía legalmente. Los conseguí y, mientras estaba bañando a mis perros en el hotel, como solía dejar la puerta abierta, Stanley entró y me los robó. Volví al ayuntamiento de nuevo… pero ya no los tenían. Stanley tenía un topo dentro que los había volatilizado. Ya lo dejé por imposible y me fui a California porque Gaby comenzaba una serie en televisión”.

En su casa del pueblo de Woodstock, Nueva York, un campamento al que solían retirarse muchos artistas en los años sesenta y setenta para componer bajo la tranquilidad de los pinos, hablo con Sally Grossman, la viuda del hombre que inició su fortuna como manager de Peter, Paul and Mary, y que ocupó una de las habitaciones del hotel como oficina. “Recuerdo mis encuentros con el poeta Gregory Corso o con Harry Smith, el creador de la Antología de la música folclórica norteamericana de la que tantas melodías sacó Bob Dylan. Y a Janis Joplin”. Al mencionar a la reina de la psicodelia muerta por sobredosis de heroína en 1970, Sally para un momento y remata: “Claro que había droga. Con ella experimentaron algunos, pero la mayoría sabíamos que la frontera terminaba en la heroína. La heroína era un ‘no’ definitivo. El caballo era entonces un tema de excéntricos o de pobres; ahora es cuando la heroína se ha convertido en una plaga de la clase media americana”.

Lo cierto es que, junto al romanticismo de un momento de explosión creativa, sobre el Chelsea planea una leyenda negra de crimen y perversión. “Pero eran los tiempos, no el Chelsea”, se defiende Viva. “Le pasó lo mismo que a Andy Warhol, que tenía una reputación de ser mucho más loco de lo que en realidad era. Es cierto que hubo una época en que se hospedaba en un cuarto un profesor de física de instituto que era un camello y tenía una fila de yonquis siempre en la puerta. Le suplicábamos a Stanley que le echara porque no podíamos pegar ojo por la noche con el ajetreo de sus clientes. Pero Stanley se ponía: ‘¿Por qué le tengo que echar? Es un tipo decente. ¡Es un profesor!’. Al final se lo llevó la policía. También tuvimos viviendo a un grupo de chaperos que iban vestidos con trajes y sombreros rosas. Y prostitutas. En fin… Sí, hubo algún asesinato. Sid Vicious mató allí a su novia y recuerdo un par de suicidios. Un tipo saltó de una ventana y traspasó el techo de cristal de la sinagoga. Lo sacaron aún con vida en una camilla. Me acerqué y le pregunté que por qué lo había hecho. ‘Porque acaban de matar a John Lennon y me quiero ir con él’, me dijo. Pero aquel universo no era ni más ni menos violento que el de la ciudad de Nueva York en esos años”.

Una pieza de historia sobre cuya terraza la nueva propiedad planea montar ahora un bar de copas. Un ascensor en el costado oriental de la fachada permitirá el acceso directo hasta lo que no hace mucho fue el ático de la cineasta Shirley Clarke. Y dentro se volverán a colgar los cuadros para recuperar el espíritu del Chelsea… a base de talonario. Alójese en el cuarto que habitó Joni Mitchell. Dúchese en el baño de Uma Thurman. Tome un aperitivo en la mesa en que Jack Kerouac escribió On the road.

Religión

Mucho me maravilla el carácter absolutamente plano, detractivo y excluyente del pensamiento acumulador o cuantitativo, digámoslo así, que se suele exhibir contra una sola de tantas iglesias como hay, la soi-disant católica, esto es, universal. Parece como si los que la derruyen estuvieran más mediatizados por torcedores sentimentales y sociales que por una limpia razón. Llevo toda mi vida intentando comprender qué sea la iglesia, más en concreto la religión, y, como no he podido, me creo legitimado para afirmar, con algún conocimiento de causa, que es más fácil criticar a la iglesia que entenderla. Porque hay que poder valorar lo bueno y lo malo para poder determinar la relevancia que tenga, sea sustantiva, adjetiva, verbal o adverbial, aunque solo debería interesar la penúltima, porque todas las demás dependen de ella. Y valorar lo bueno y lo malo supone ya crear un Paraíso y un Infierno, o sea, crear una religión.

He sostenido un amor constante, pero no pocas veces defraudado, por las humanidades; creo que la religión también forma parte de ellas, aunque no necesariamente su Dios en lo que no tiene de hombre. Hay mucho del hombre en Dios, sea como proyección, cual quiere Feuerbach (al que no se ha solido leer como poeta, que lo es), o como encarnación a través del profeta, filósofo o moralista Jesucristo, al que ni siquiera sus enemigos podrán negar un gran genio para la ética y un éxito considerable en propagar o incardinar sus ideas, por cierto sugerentes, hermosas de leer y buenas para la sociedad en esencia y no en interpretación, al contrario que otras muchas. Se ha pasado, por no hablar de épocas anteriores, de un teocentrismo medieval absoluto a un cristocentrismo renacentista y a un antropocentrismo dieciochesco, para abocar hoy a un nihilismo pasivo muy poco útil al hombre ni desde luego a Dios, si es que existe, aunque eso es asunto suyo. O debería serlo, si no alberga dimensión humana, con lo cual no me refiero, desde luego, a la barba abundante. El caso es que el nihilismo ha destruido y simplificado al hombre en vez de hacerlo crecer, habiendo pretendido destruir a Dios en su lugar. Véanse si no los dos primeros tercios del siglo XX. 

Ya Lutero, o Wycliff antes que él, y aun diría que Francisco de Asís, percibieron que cualquier idea o sentimiento añadidos al canon de Escrituras llamadas Sagradas las deturpaba irremediablemente. Debemos apartar, pues, cualquier glosa y avatar histórico adjetivo de lo que son esas Escrituras, es más, debemos extraer de ellas, como de cualquier otras consideradas sagradas por el ser humano, lo único que es religión común y universal o se llama como tal, para poder tener algo en que profundizar. Y religión hay hasta en la naturaleza, eso que denomina "mística salvaje" Michel Hulin.

Hay lenguas, como algunas indias, que carecen de la palabra religión o religación, porque no poseen un elenco léxico desarrollado hasta ese punto, pero sí albergan su significado, bien que primitivo, en vocablos más o menos sinónimos, como "vida" o "esperanza", que mientras hay una hay la otra. Ansia de perdurar en el ser, diría Spinoza, primero de los ateos autorizados al gran público por una vida austera y benéfica (tenía algunas manías reprobables, como la de ver pelear a las arañas con sus lentes, pero esto es anecdótico).

Pero el caso es que haberla, la hay. Existen, han existido y existirán religiones porque hay, ha habido y habrá seres humanos, aunque no necesariamente humanistas. Es un hecho. Y los hechos son tozudos, incluso más que los sentimientos; no podemos llamar no humana a la religión, porque la religión forma una parte muy importante de lo que es la Humanidad. Una parte universal, pero no "católica", si me queréis entender. Quien quiera desterrar la religión de la humanidad debería preparar antes numerosos campos de concentración y exterminio, pues pretende eliminar una religión con otra, como el fascista alemán. Solo las diferencias de matiz hacen religiosa a la religión, porque es algo tan irremediablemente individual como universal. Hay religiosos como hay fumadores de distintas marcas. Y hay curas, monjes y monjas irremediables y a machamartillo, por más que los quieras convencer de los encantos del libertinaje, de la hamburguesa, de la televisión y de las discotecas. Hay gente sencilla, e incluso nada sencilla, no necesariamente acomplejada, adoctrinada, o demasiado joven, enferma o tonta, que quiere recluirse; invítalas a unas vacaciones pagadas y a todo lo que solace, volverán al convento y a su higuera, porque ese es su solaz, como puede serlo el castigo para los masoquistas o la crueldad para los sádicos; enséñales filosofía, que no la entenderán y preferirán los sentimientos, irse a regar sus tomates o hacer sus oraciones; para ellas, si de veras las entiendes, so obtuso, la oración es una forma de incardinar un estado de ánimo que las consuela y hace felices según su idea o engañifa, que tanto da, de la felicidad. Y son felices allí y así: esa vida les satisface y, más que ella, estar con personas que son semejantes en esa visión. ¿Qué vas a hacer con ellas, ateo? ¿Enviarlas a un campo de reeducación? ¡Respeta su voluntad, su criterio o su libertad, incluso para atarse! Ni siquiera Stalin pudo acabar con la religión. Y, por cierto, era antiguo seminarista. Lo mismo digo de los que han cometido actos irreversibles o irremediables de los que no les puede exonerar ni liberar su propia conciencia, o de los enfermos que se enfrentan al dolor o a la muerte; ¿qué les puede proporcionar la filosofía? ¿Qué el estado? Solo la esperanza, la religión, si queréis, puede ofrecer alguna respuesta a esa gente.

Y si la religión es un  hecho, y un hecho humano, es porque es una ventaja evolutiva. La gente religiosa o esperanzada es más resistente al paso del tiempo que la que no: las creencias son antropológicamente buenas para la especie. La iglesia crea cohesión social, y protege del individualismo exasperado y destructivo al que puede conducir el nihilismo; Dawkins tiene mucha razón en eso, y por eso no se entiende que tenga tanta pasión en combatirla.

Algo parecido es lo del aborto. La gente está empeñada en quitarle importancia o transformarlo en un acto intrascendente de pasotismo. Pero una cría sin derecho a votar tiene actualmente derecho a abortar sin decírselo a sus padres. Y muchos padres conducen a sus hijas a abortar sin respetar lo que pueda pensar esa hija en el futuro, aún sin juicio ni personalidad asentada para determinarlo, o lo que es peor, asumirlo; debería entonces primar el derecho de la especie a perpetuarse y el de la ética a poderse incardinar. Quienes aprueban el aborto fuera de los tres supuestos deberían irse a preguntar a esas señoras que van a las clínicas a darles folletos de las Congregación de San Vicente de Paúl, que está dispuesta a acoger a los niños en adopción. Yo sí conozco a una y resulta que es una madre que no puede tener hijos y ha adoptado a dos, a pesar de que van a tener que emigrar a otro país porque aquí no tienen trabajo. ¿Han pensado los abortistas en estas madres y en esas familias y no solo en las que se dedican a procrear sin responsabilidad, esa palabra que tanta ética trae consigo? ¿O es que son nihilistas y la ética les da por culo? Los tres supuestos de la ley parecen razonables (a pesar de que no hayan sido sometidos a referéndum; ¿por qué será...?) y los defiendo; lo que ya no es razonable ni incluso razonado es que se abuse de ellos como se abusa de un menor y se quiera hacer pasar por violación lo que no fue sino un acto consentido por ignorancia entre menores tontorrones, ignorancia que, por cierto, fomenta la parte más estúpida de la Iglesia católica con su meapilista horror al sexo, a los condones y demás. ¿Qué dijo el profeta de condones y control de la natalidad? Por cierto que tuvo más discípulas que discípulos y era bastante más feminista que algunos de sus seguidores, como el machista Pablo, quien, por cierto, no negaba a los obispos ser maridos, pero de una sola mujer, y mandó a las mujeres callarse en la iglesia (hoy, con los móviles, le sería más difícil). Pedro, primero de los papas, estaba casado; Agustín tuvo una juventud algo licenciosa con su propio sexo y con el otro, y hay un rito cristiano, que los católicos ocultan con vergüenza, pero está probado con documentos, para casar a hombres, rito que fue utilizado en al menos una treintena de ocasiones. Del mismo Cristo se dice fue marido de la principal fuente económica que lo sostenía, una pescadera llamada María Magdalena a la que los cristianos, con interesado machismo paulista, consideran la misma que la prostituta que fue salvada por Jesucristo de la lapidación. Y Cristo no condenó a la prostituta, lo cual indica que su actitud ante las cuestiones sexuales era bastante más avanzada que, por ejemplo, la de los del prolífico Opus Dei y su mentor, el aristocrático Escrivá, en Camino, un libro que no añade nada a las Escrituras y más bien las deturpa. Porque Escrivá es un avatar histórico, un fruto de su tiempo tan mediatizado por factores arreligiosos como los propios anticlericales (soi-disants laicistas) y, por ende, como el propio pederasta padre Maciel, drogadicto no precisamente de opio del pueblo, fundador de los Legionarios de Cristo y consecuencia de una época de bajeza moral, nihilismo y desmadre como la nuestra. Y lo único que continúa resistiendo los embates de los tiempos es eso, la religión y la bondad que hay en ella a pesar de todas esas miserias que le dan tanta identidad y tan poca pobreza y universalidad. Es precisamente eso, el carácter abierto en su más íntima esencia de la religión lo que pone de los nervios a la clerigalla de todas las religiones, refractarias al ecumenismo y aún más al diálogo interreligioso (que no es lo mismo). Deberíamos estar todos de acuerdo por lo menos en considerar al hombre digno de salvación, o, si preferís, de esperanza, de compasión o incluso de religión, si realmente nos llamamos humanistas; por descontado, por interés de la especie, debería ser digno de salvación o de esperanza un feto humano, salvo en los casos en que la ley determina y en los que dicte la conciencia humana, que se genera en él y no siempre es humanista ni positiva en sus propósitos, pero debe apostar y tomar partido, como quería Pascal: si gana, puede perder o puede ganar, pero si gana lo gana todo; mas si no apuesta, pierde de todas maneras. Y Pascal fue quien halló las leyes matemáticas de la probabilidad. ¿Se puede apostar por la religión? Parece insensato no hacerlo, y un ilustrado materialista como George Santayana lo hizo no solo con razón, sino con arte, algo que daba según él sentido a la existencia, ya que las ciencias podrán hacernos más fácil la vida, pero solo las humanidades podrán hacérnosla soportable.

La iglesia católica, pues, aunque excluyente, tiene algo de bueno y de malo, como todas las demás; entre las buenas, religión y humanidad; entre las malas, todo lo demás y de más, y un jerarquismo medieval, no dictado por razones, sino por poderes, que le ha dado muchos de sus éxitos, pero también no pocos rechazos, pues, como en la Edad Media, se centra en honores, ritos y violencias no solo físicas, sino emocionales e intelectuales. La religión puede convivir con la filosofía en la educación; no creo que nadie sea tan despreciable que pueda afirmar que no necesitamos a quienes pretenden hacernos mejores en un sentido, en otros, o en todos... si no utilizan una tranca para persuadirnos. Otra cosa son las cuestiones prácticas, en el sentido de impedir que los abusos dicten las políticas o distribuyan los fondos. Eso es malo para los más, y la gente que lo permite debería ir a un Purgatorio, suponiendo que esta institución penal todavía funcione y le quede petróleo, esto es, aceite de piedra.

Autorreflexión

Charles Chaplin quedó tercero en un concurso de imitadores de Charles Chaplin. El caso del falsario y casi gemelo Martín Guerra, al que su mujer consideraba mejor marido que el genuino Martín Guerra,  hizo dudar al juez Montaigne de la misma legalidad de la justicia, él, experto en dudar de todo menos de sí mismo, así que decidió que se escribiría / describiría a sí mismo en un volumen, los Essais, para que sus amigos pudieran disponer de él o recurrir a su consejo cuando ya no estuviera. Supongo que todos deseamos ser recordados en la mejor versión, aunque no sea la más constante, y ni siquiera propia, en el sentido que es propio el título de la famosa obra de Max Stirner, El ego y su propiedad. Representamos nuestro mismo papel, pero puede haber actores bastante mejores que nos hagan actores a nosotros. El tiempo nos copia constantemente, y cada segundo un poco peor: sucesivas fotocopias de sí mismas. El tiempo que nos hace, nos deshace, que escribe Octavio Paz. Somos asunto de entropía. Porque nos derramamos, como redescubrió Ortega al decir: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"; por eso necesitamos una esponja porosa a que agarrarnos.



Cada vez considero más atinado lo que dijo Peter Handke: toda razón es arbitraria para la razón; no sé si haber estudiado tanto la retórica me ha estropeado definitivamente: ¿qué no habrá que no degrade la retórica, decía Francisco Sánchez. Quizá por lo cual el sentimiento se acredita tanto en nuestras conductas y el atormentado logicista Pascal escribió que el corazón tiene unas razones que la razón del hombre no entiende. Pasamos el tiempo en congraciarnos con nosotros mismos y, encima, con los demás. En el fondo, agua y aceite, esencia y existencia. El agujero o poro multiplicado por toda la esponja, no nos engañemos, es uno y el mismo, o "es" ser, palabra insignificante que debía escribirse con un tipo especial de minúsculas. Eso que repetían tanto antes de Heidegger, Sartre y compañeros mártires... ¿de qué verdad? Solo sé que quien duda demasiado termina dudando hasta de la duda, por puro cansancio de acometer algo que le desborda; porque la duda afirma parte de la totalidad que niega restringiéndola y restringiéndonos. De nosotros depende aceptar o no esa restricción; desde luego, los que no la aceptan sufren mucho. Y uno se cansa de sufrir en vano enfocando la razón hacia afuera, hacia un cosmos infinito; porque no dispone de todo el tiempo, de todas las copias de y formas de ser sí mismo que le harían libre. Porque no tiene la totalidad a la que aspira el ambicioso y descontentadizo. Disponer así de lo que es concreto, de nuestro espacio y nuestro tiempo y nuestras personas concretas, de lo nuestro, con una mente concreta, enfocada en nuestra circunstancia real, y no en la de afuera, nos define los contornos, nos dibuja, en las enormes posibilidades de ser que nos ofrece este mundo, y es lo único que nos garantiza una cierta serenidad. Cultivar nuestro jardín, como quería Voltaire a final del Cándido. Acatar el pequeño mundo que nos rodea, tratar de mejorarlo incluso, y disfrutar con ese esfuerzo, sin esperar ni siquiera que lo vayamos a conseguir: eso sería salir del jardín. Puro Eclesiastés.