lunes, 7 de diciembre de 2020

Víctimas de la movida

La última víctima de la Movida

Antonio Vega unió el martes su nombre a la trágica lista de muertos que protagonizaron el desmadre de los ochenta

16/05/2009. Público JESÚS MIGUEL MARCOS

El 11 de septiembre de 1988, en las páginas de El País, el periodista Eduardo Haro Tecglen escribía un largo artículo autobiográfico titulado El odio al fútbol. Relataba cómo el entorno social en el que creció le llevó a rechazar las manifestaciones deportivas, especialmente el fútbol, por considerarlas opuestas a la inteligencia. Haro Tecglen lamentaba haber repudiado el fútbol y, escribiendo con las tripas, concluye con un párrafo demoledor que leído veinte años después aún provoca escalofríos: "Y pienso que no debía haber transmitido a nadie el odio estúpido al fútbol. Alguna tarde cerrada pienso en que mis hijos deberían haber sido entusiastas del fútbol, haber preparado una carrerita corta y hecho unas buenas oposiciones. Pero es sólo una debilidad pasajera. Cuando todo está más sereno, estoy con ellos como son, o como han sido".


Un mes antes había muerto, víctima del sida, su hijo Eduardo Haro Ibars, el escritor más representativo de la Movida. Pocos años después sería otro de sus vástagos, Eugenio, ex guitarrista de Glutamato Ye-Yé, el que fallecía a causa de la misma enfermedad. Los Haro Ibars fueron parte de los daños colaterales de la explosión de libertad y creatividad que tuvo lugar en Madrid tras la muerte de Franco. No fueron los únicos. Otros, como Antonio Vega, sobrevivieron, aunque es imposible desvincular su fallecimiento prematuro el martes pasado de los días de excesos de principios de los ochenta.


Casualidad o no, se considera que el acto fundacional de la Movida fue el homenaje a un muerto: Canito, batería de Tos -grupo que luego cambiaría el nombre por Los Secretos-, fallecido en accidente de tráfico la Nochevieja de 1979 a los 21 años. En aquel concierto del 9 de febrero de 1980 en la Escuela de Caminos también se subieron al escenario Carlos Berlanga -guitarrista de Alaska y los Pegamoides, fallecido por hepatitis en 2002 a los 42 años-, Enrique Urquijo -guitarrista y voz de Tos, muerto por sobredosis en 1999 a los 39 años- y el propio Antonio Vega, que actuó como líder de Nacha Pop. En aquel festival no participó otro de los cadáveres bonitos que dejó la Movida, Eduardo Benavente, que poco después formaría parte de los Pegamoides y fundaría Parálisis Permanente. Benavente murió en un accidente de tráfico cuando volvía de un concierto en León en 1983. Tenía 20 años.


"No éramos conscientes del peligro. Jugábamos con la idea de la muerte, pero en ningún caso había una vocación autodestructiva en nosotros", afirma Sabino Méndez, guitarrista y compositor de Loquillo y Trogloditas y una de las figuras clave de la Movida. No sólo la heroína y el sida causaron estragos entre los jóvenes que inauguraron la democracia, la hepatitis también es un peligro que llega hasta nuestros días. "Su ciclo es mayor y es un peligro que está ahí para mucha gente", recalca Méndez.


La Movida fue una época de luces y sombras. Las primeras se nos presentan en forma de grandes canciones, emocionantes películas y cuadros y fotografías que se han hecho internacionales. Las segundas se elevan como fantasmas: muertos y gente muy tocada. El periodista José Manuel Costa vivió la Movida en primer línea como crítico musical: "Yo era plenamente consciente de lo que estaba pasando. Comparado con lo que se vivía en Londres o en Berlín, el desfase en Madrid era excesivo. Yo nunca había visto el consumo de sustancias de una forma tan desmadrada y tan pública", recuerda.


Aquellos jóvenes se tomaron el No future que cantaban los Sex Pistols al pie de la letra. La censura acababa de caer y comenzaron a aparecer publicaciones bastante radicales, como la revista Star, que intentaban acabar con el tabú y el mito sobre el consumo de drogas tratando el tema con naturalidad. Sin embargo, "veías a mucha gente que no se daba cuenta del jaleo en el que se estaba metiendo", dice Costa.


Se produjo un fenómeno tan extraño como paradójico: por un lado, las ganas de vivir eran enormes y la vitalidad desbordante; por el otro, se negaba el futuro y sólo se tenía en cuenta el instante. Fue la suya una entrega tan bestial al presente que literalmente se comieron el futuro. Según Costa, "se experimentó de una forma muy masiva y autodestructiva. Había gente que se pasaba noches y noches en vela y el consumo de sustancias -alcohol, pastillas y caballo- era obvio, no era un secreto".


Desde principios de los ochenta, el goteo de víctimas ha sido constante. El primer batería de Los Secretos, Pedro Antonio Díaz, seguiría los pasos de su predecesor en Tos y perdía la vida en un accidente de circulación en 1984. En 1989 fallecían sin haber cumplido 40 años Enrique Naya y Juan Carrero, pintores conocidos como Costus, que estuvieron en el núcleo duro de la generación de la Movida. Pepe Risi, de Burning, moría de una neumonía a los 42 años en 1997. Y esto hablando de los nombres conocidos. Porque, como concluye Costa, "la Movida la generaban los que estaban en la pista de baile, no los que se subían al escenario. La gente arrastraba a los protagonistas".

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