[Transcripción de YouTube en este enlace:]
Marc Vidal, hoy: "Esto es mucho más grande de lo que parece aunque no te lo cuenten", en YouTube.
Índice:
00:00 – El mundo dividido y la ruptura del contrato social
02:50 – Una generación que ya no puede ser calmada
03:51 – Protestas globales: no son casos aislados
05:33 – El contrato social en entredicho
06:23 – El coste de la vida y la asfixia económica
07:10 – La generación estafada: jóvenes sin futuro
09:21 – Desigualdad extrema y el detonante universal
10:49 – Choque generacional y brecha digital
12:09 – Movimientos sin líderes: la nueva forma de protesta
15:04 – Gobiernos desbordados y pérdida de legitimidad
18:41 – El punto de no retorno: un sistema ingobernable
20:15 – ¿Reparar el sistema o construir uno nuevo?
El mundo dividido y la ruptura del contrato social
Si te preguntas por qué el mundo parece tan dividido últimamente, por qué estallan protestas en casi todos los rincones del planeta, presta atención, no se trata solo de política ni de los inconformistas de siempre. Algunos ya lo llaman una guerra generacional librándose en las calles. Estamos ante un choque fundamentalmente de valores y de realidades que están reconfigurando nuestro futuro y sacudiendo la base misma de la sociedad. Es mucho más grave de lo que te cuentan. ¿Acaso el contrato social, ese acuerdo tácito de confianza entre ciudadanos e instituciones se ha resquebrajado globalmente? ¿Se ha roto definitivamente la relación entre quienes lo contaban y los que escuchábamos? Tras el contenido que hice sobre Irán hace ya un poco más de una semana, cuando empezaban los disturbios, cuando los medios aún no habían hecho ni una sola nota al margen, muchos de vosotros, gente que ha participado en diferentes movilizaciones durante el pasado año, me escribisteis. Os voy a destacar alguno de esos mensajes que me habéis escrito vosotros mismos. Los tengo por aquí. Desde Alemania, un seguidor llamado Alfred decía, "In Berlin, so riots of energy and rent jet headlines only scream extremure analyst puts spotlight wearing", esto, más o menos quiere decir que "En Berlín hubo disturbios por la energía y el alquiler, pero los titulares solo hablaron de radicales. Tu análisis pone el foco donde duele". Desde Perú, Isaías 98, que lo conozco personalmente. Tumbamos un presidente en días y aún así los medios siguen diciendo que hubo solo inestabilidad. No entienden nada. Gracias por llamar esto por su nombre. Desde el Nepal, un joven que conozco también personalmente desde hace ya unos meses, en este caso solo por escrito llamado Ramesh, me decía más o menos, lo traduzco directamente, cuando cayó el gobierno en Nepal, casi nadie miró, pero fue la calle la que decidió gracias por no ignorar a los países incómodos. Desde Sofía, otro de vosotros, llamado Crirypton, ese es su apodo, me decía que en Bulgaria protestamos contra élites corruptas y presupuestos absurdos. Desde fuera parecía solo ruido. Gracias a tu canal explicaste por qué no lo fue.
Desde Marruecos, Ibrahim, un amigo que conozco de mis viajes al desierto de Taraclat, me escribía por WhatsApp ayer mismo que allí los jóvenes en Marruecos salieron sabiendo que habría represión, que los medios callaban por todas partes, pero que el silencio de los medios europeos también es violencia.
Desde Cuba, Yanina también me confesaba que en Cuba no hay riots, manifestaciones masivas, pero hay algo real. Se rompió el miedo. Necesitamos que tus seguidores, vosotros y los de todos los que hacemos contenidos similares, expliquen a Europa o donde sea lo que está pasando allí. Hay muchos más. Estos son los que llegaron directamente, no por comentarios, sino porque o son de personas que conozco o bien tienen mi correo personal, el que el que yo leo directamente. Todo
Una generación que ya no puede ser calmada desembocan lo mismo. Son gente muy joven. Son generaciones que consideran que las generaciones anteriores se las calmaba con promesas de prosperidad futura, pero que a esta generación, la más joven, ya no puedes calmarla con algo que nunca tuvo. Por eso el mundo está explotando. Quédate porque voy a profundizar mucho más que en vídeos anteriores, en contenidos anteriores, en cómo una crisis económica asfixiante, una revolución digital que amplifica cada indignación y una brecha generacional sin precedentes están convergiendo para poner en jaque la estabilidad planetaria y el contrato social que nos ha mantenido cohesionados hasta ahora probablemente ya no funciona. Y por cierto, si quieres acceder al informe escrito y detallado a lo largo de más de 60 páginas que van a complementar este trabajo en los próximos días que estamos preparando para que te lo puedas leer en detalle, para que puedas participar, hazte miembro del canal que mi equipo te lo va a agradecer y yo también. Lo dicho, no te vayas que lo de hoy también te interesa.
Protestas globales: no son casos aislados
Mira a tu alrededor. Las calles arden en protestas multitudinarias. A primera vista, cada estallido parece tener causas locales, una subida del precio del transporte aquí, una reforma política allá, pero todos comparten un trasfondo común. Millones de personas, sobre todo muy jóvenes, expresan una frustración profunda con el sistema actual. Ya no estamos ante caos aislados, es un fenómeno global sincronizado. Un análisis del propio Bloomberg Economics contabilizaba 53 protestas masivas con más de 10,000 participantes, que es como se les considera en 33 países durante el año pasado, la cifra anual más alta desde que se tienen registros. Estas movilizaciones llegaron a derrocar gobiernos en lugares tan distintos como Nepal, Madagascar, Bulgaria y sacuden incluso democracias avanzadas. Los entrevistados alrededor del mundo sobre estos temas, desde jóvenes en Ciudad de México hasta activistas en Yakarta, revelaban avances compartidos, ira por la creciente desigualdad, precariedad laboral, corrupción y, sobre todo, una duda amarga de que vayan a alcanzar el nivel de vida que tuvieron sus padres.
La desconfianza hacia las instituciones es generalizada y más intensa de lo que creemos los que somos más mayores entre las nuevas generaciones. En encuestas globales, más de la mitad de la población dice que su país está más polarizado que antes y casi todos culpan a un liderazgo fallido, a desigualdades y a una tibia desinformación que genera esa fractura. Y cuando digo desinformación es en todos los sentidos.
El contrato social en entredicho
En otras palabras, el viejo contrato social, ese acuerdo implícito por el cual los ciudadanos aceptamos obedecer las leyes y autoridades a cambio de bienestar, seguridad y oportunidades, están entredicho en todas partes. Cuando tanta gente siente que los gobiernos ya no cumplen su parte, la consecuencia es este rugido global de indignación. No te lo van a explicar en los medios de forma global y comparada, no te van a dejar pequeños detalles, pero está pasando. Para entender esa tormenta perfecta de descontento, hay que mirar qué está fallando. La economía cotidiana de la gente, la confianza en un futuro mejor y la manera en que la tecnología conecta y enciende estos ánimos. Es decir, ver como lo invisible, las frustraciones económicas, lo digital, las redes y la información y lo generacional se entrelazan en esta crisis de alcance planetario.
El coste de la vida y la asfixia económica
Una gran parte de esta historia está escrita en las hojas de cálculo de la economía doméstica. Hablemos claro, el costo de la vida se ha disparado en los últimos años a niveles que no veíamos desde hacía bastantes décadas. Los más mayores nos acordamos de niños de aquellas inflaciones galopantes que teníamos eh por aquel entonces. La inflación ahora golpeó de nuevo con dos dígitos en muchos países tras la pandemia, con precios de energía y alimentos por las nubes, mientras los salarios se estancaban, por no hablar del truco a la hora de medir el IPC en algunos países, la inflación en otros, cuando no es real. Cuando para la mayoría llegar a fin de mes se vuelve en una hazaña, la promesa básica del contrato social trabajar duro y prosperarás suena a una burla. No es casualidad que tantas protestas hayan estallado bajo la consigna de no podemos pagar más, pero hay un matiz crucial.
La generación estafada: jóvenes sin futuro
El impacto generacional de esta crisis económica es clave. Las generaciones más jóvenes, los millennials, los que tienen unos 30 y algo y la generación Z, los Zumers, los veinteañeros, sienten que se les ha tocado un futuro muy precario, mucho más que el de sus padres. Y es una percepción válida. Vamos a ver los datos. En muchos países occidentales, la generación boom, los boomers, acumulan la mayor parte de la riqueza privada. En Estados Unidos, donde tenemos algunos datos, los baby boomers concentran más del 50% de la riqueza del país, mientras los millennials apenas poseen un 5%. A la edad en que sus padres ya compraban casa y coche, muchos jóvenes de hoy encadenan alquileres imposibles si es que han podido irse de casa para pagar algo y que además tienen empleos temporales sin estabilidad. La tasa de desempleo juvenil en promedio mundial triplica al de los adultos y tener trabajo ya no elimina la ansiedad. Dos tercios de los jóvenes en el mundo sienten ansiedad por su situación laboral. Incluso muchos de los que están empleados están en la economía informal o en puestos de que está muy por debajo de su formación. Y todo esto ha creado una sensación generacional de estafa. Es la generación estafada.
Los jóvenes ven a sus mayores disfrutar pensiones, empleos, disfrutar. Ya me entendéis, empleos estables, vivienda propia, mientras que a ellos les tocan contratos basura, deudas estudiantiles en los países en los que eso se rige, alquileres estratosféricos, por ejemplo, en Europa. Se habla del primer grupo de jóvenes en mucho tiempo que podría vivir peor que sus padres. Eso ya no es una frase hecha, eso es una realidad. Esa ansiedad económica generacional es pólvora, pólvora pura. En redes sociales se ha vuelto viral un eslogan, el okay boomer, es una expresión sarcástica de los jóvenes hacia las actitudes de la generación boomer, los de los años nacidos en los 50 y pico, 60 y pico, encapsulando el hartazgo con frases del tipo "Si te esfuerzas lo conseguirás", que ya suenan vacías. Memes y hashtags sobre la generación de la precariedad, es decir, la generation rent antiwork, unen a jóvenes desde Los Ángeles hasta Lagos en una queja común. El sistema está roto y no me ofrecéis un futuro digno.
Desigualdad extrema y el detonante universal
Y atención, porque la desigualdad económica general actúa aquí como detonante universal. Aunque las situaciones varíen por país, en casi todos lados la brecha entre ricos y pobres se ha ido ensanchando en los últimos años. La pandemia amplificó esa brecha de forma, yo diría que escandalosa. El 1% más rico acaparó 2 tercios de la nueva riqueza global generada desde 2020, unos 26 billones dólares hasta 2021. Mientras tanto, por primera vez en 25 años creció la pobreza extrema a nivel mundial. Dicho de otro modo, los multimillonarios, los muy muy multimillonarios vieron duplicar sus fortunas en plena crisis a razón de 2,700 millones más cada día, incluso después de leves caídas de los mercados en el 22, mientras cientos de millones de personas comunes luchaban por mantener un plato en la mesa. Es difícil exagerar el resentimiento que generan cifras así, ¿verdad? Cuando la gente ve que el sistema premia al 1% a costa del 99%, la credibilidad de esas instituciones y la promesa de movilidad social se vienen abajo. No importa si el reclamo concreto de una protesta es el precio del metro en Chile o la condonación de deudas estudiantiles, por ejemplo, en Estados Unidos. Subyace la sensación compartida de injusticia económica y esa indignación encuentra un eco y una amplificación inmediata en internet, que es lo que ha cambiado, y eso alimenta a las protestas en cadena.
Choque generacional y brecha digital
El choque generacional no es solo económico, es también un desencuentro de valores y visiones del mundo y se amplifica por una brecha digital. Las generaciones difieren en lo que esperan de la sociedad y en cómo se informan y organizan. Y estaría bien escuchar los más los que somos más mayores. A mí me encanta escuchar sus inquietudes. A veces no las comparto, pero intento entenderlas. Porque aquí la tecnología juega en papel de doble filo. Une a los afines, pero separa las generaciones en burbujas informativas. Los jóvenes de la generación Z se han criado en la era de las redes sociales con un océano infinito de información al alcance del móvil. Consumen noticias por feits de Instagram, TikTok, Twitter, en vídeos en YouTube donde la inmediatez y lo visual dominan. Entrre tanto, muchos mayores aún confían en la televisión tradicional o la prensa escrita para informarse. El resultado, dos realidades paralelas. Un mismo suceso puede ser interpretado radicalmente distinto dependiendo de en qué plataforma te has estado informando. Los que estáis viendo este vídeo, obviamente, no entráis en el patrón de esos que están enfrentados con los que se informan en un ámbito digital. Las cámaras de ecoalimentadas por algoritmos significan que cada grupo recibe confirmación constante de sus propias creencias y enfados. Me dedico a eso. Sé que la tecnología ha sido una arma al servicio de la movilización positiva.
Movimientos sin líderes: la nueva forma de protesta
Las mismas herramientas digitales que pueden separar están ahora dando poder organizativo sin precedentes a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes. Plataformas como Telegram, WhatsApp o Discord permiten coordinar protestas de forma descentralizada y casi instantánea. Es lo que ha pasado en estos últimos días en Irán. Un ejemplo impresionante fueron las protestas en Hong Kong en 2019, donde manifestantes, muchos eran muy jóvenes, usaban chats cifrados y foros en línea para planificar movimientos casi a tiempo real, escapando de la censura en aquel momento China y sin necesidad de líderes visibles. Y esa táctica sin cabeza dificultó enormemente la respuesta gubernamental. Eso es lo que no han entendido algunos todavía. Lo vimos también en la llamada primavera árabe ya en el 2011 y en movilizaciones más recientes en Tailandia, en Bielorrusia, compartiendo consejos tácticos tomado todo ello de movimientos en otros continentes, adaptándolos a su realidad local. Hoy un solo tweet, un vídeo viral, puede cruzar fronteras y encender chispas solidarias al otro lado del globo. Por ejemplo, las protestas juveniles en Nepal, que os decía hace un momento, que me escribieron desde ahí, que tumbaron a su gobierno hace unos meses, inspiraron a jóvenes en Perú que al ver esas noticias en redes las tomaron como modelo a seguir. Del mismo modo, manifestantes de América, Hispanoamérica, replican lemas del Black Life Matters, por ejemplo, de Estados Unidos y activistas europeos han aprendido de la resistencia creativa de los estudiantes en Hong Kong. Se está forjando una red mundial de solidaridad juvenil y algunos no lo ven. Hashtags compartidos, desafíos virales con causa, donaciones colectivas para movimientos en otros países. Todo eso crea una conciencia de lucha global inédita. Nunca había sido así y algunos lo están obviando. Un joven desempleado en Túnez puede sentir que tiene más en común con un milenial endeudado en Estados Unidos que con sus propios gobernantes locales. Por supuesto que esa hiperconexión también tiene su lado oscuro en las protestas. La información se convierte en arma. Las mismas redes propagan indignación legítima y campañas de manipulación. Gobiernos autoritarios y actores malintencionados han utilizado bots y utilizan noticias falsas para dividir a esos movimientos o para justificar la represión. Hay un ejemplo muy claro. Fueron las oleadas de desinformación detectadas en torno a las protestas en Chile en 2019, cuando desde cuentas falsas difundían caos exagerado, atribuían falsamente la violencia a los manifestantes, buscaban restarles apoyo.
La opinión pública hoy es muy volátil y es muy reactiva, mucho más que antes. Un trending topic incendiario puede provocar que en cuestión de días un gobierno enfrente manifestaciones multitudinarias. pidiendo dimisiones de todos ellos. No lo vieron venir.
Gobiernos desbordados y pérdida de legitimidad
Todas esas fuerzas económicas, tecnológicas, generacionales están están reblandeciendo los cimientos del poder tradicional. Los gobiernos, tanto democráticos como autoritarios, se encuentran en terreno movedizo, lidiando con desafíos que no saben cómo controlar. Las estructuras clásicas de autoridad están siendo cuestionadas abierta y simultáneamente en muchas partes del mundo. En el mundo vemos un declive notable de la confianza en partidos políticos, parlamentos y medios convencionales. Eso en países democráticos. La polarización política se ha disparado. Amplios sectores de la ciudadanía, por ejemplo, a menudo alineados por generación, sienten que el sistema ya no les representa y por eso surgen candidaturas antisistema y de todo tipo que capitalizan ese desencanto y prometen derribar el estatus quo o en el caso de los más jóvenes, movimientos que rehuyen de los canales formales y prefieren la acción directa en la calle.
Algunos se preguntan, ¿por qué crecen unos y ya no crecen otros? Deberían de revisar estos motivos. Si la mayoría piensa que el mañana será peor, incluso antes de llegar, ¿cómo no van a proliferar las protestas de los Ya basta? Muchos líderes democráticos lucen ahora mismo paralizados. Cualquier decisión difícil es recibida con ira por algún segmento ciudadano movilizado en redes.
Se gobierna a golpe de crisis viral, apagando fuegos constantes, lo que obviamente erosiona la capacidad de trazar reformas a largo plazo, que seguramente es lo que se necesita. Son muy cobardes. La legitimidad de las instituciones, que son muy cobardes, pende un hilo, sujeta al trending topic del día. En los regímenes autoritarios, la cosa tampoco pinta muy fácil. Antes los dictadores y autócratas confiaban en el control férreo de la información para sofocar el disenso. Pero en la era de internet, incluso con censura, las grietas informativas existen en Irán. han hecho un blackout de internet informativo, pero tienen Starlink para conectarse. Ejemplo, también en China en 2022, las protestas inusuales allí contra su política de cero COVID, que es el que lo que se planteó después de que vídeos de un incendio mortal atribuido al confinamiento circular por redes, pese la censura, fue un chispazo de indignación popular que el Estado no supo anticipar. Lo pararon, sí, pero se las vieron. Y en Irán de nuevo lo que está pasando ahora mismo, las protestas de estos días. Allí están lideradas en gran parte por jóvenes y mujeres desafiando décadas de miedo. Y aunque el régimen reaccionó con dureza, está reaccionando con muchísima dureza, está matando a su gente, ha quedado evidente que hay una generación que ya no se calla a pesar del riesgo. Manifestarse allí es jugarse la vida. Incluso en lugares como Rusia, el estado se enfrenta a fugas de narrativa. Jóvenes bloggers con millones de seguidores cuestionan la versión oficial sobre la guerra en Ucrania y obligan al Krelmin a jugar a la represión. Y eso muestra que el monopolio de la verdad se ha roto.
Esta es la clave. Ningún gobierno puede controlar totalmente el relato cuando cada ciudadano con su teléfono móvil es potencialmente un medio de comunicación.
Y ahora me dirán de todo, pero se convierten en eso, por lo menos de emisión a tiempo real. Otro factor es la ausencia de líderes claros en muchas de esas protestas y eso confunde a las élites. Movimientos como Occupy Wall Street en 2011 o los chalecos amarillos en Francia en el 2018 fueron intencionalmente horizontales, sin cabezas visibles con quienes negociar. Esa tendencia continúa. Muchas de las protestas actuales son espontáneas o coordinadas en red sin un comité central. Para los gobiernos esto es una pesadilla.
El punto de no retorno: un sistema ingobernable
¿Cómo desactivar un movimiento que no tiene un líder a quien convencer, a quién encarcelar, a quién comprar? La respuesta típica ha sido la represión, la criminalización y por eso a menudo echa más leña al fuego, sobre todo cuando las imágenes de abusos policiales circulan libremente, indignando más a ese grupo descentralizado. La imprevisibilidad es la nueva norma. Un suceso menor puede escalar a crisis nacional en días. Ya te lo decía. En Túnez 2010, un gesto desesperado de un joven vendedor ambulante prendiéndose fuego detonó en la primavera árabe entera. Y hoy cualquier injusticia filmada, desde una agresión policial hasta un comentario racista viralizado, puede ser catalizador de protestas multitudinarias antes de que las autoridades puedan reaccionar. Y en medio de todo eso, los algoritmos, los algoritmos de redes sociales que actúan como aceleradores impredecibles, amplifican contenidos emocionales, a veces polarizantes, dan voz a quienes antes no la tenían, pero también elevan la temperatura del debate público al punto de bullición. Los gobiernos se ven desbordados, intentan contrarrestar narrativas con comunicados oficiales que que ya nadie lee o contratando ejércitos de community managers. para peleas que no pueden ganar en la opinión pública digital porque la conversación es demasiado descentralizada y demasiado caótica. Su sistema, su modelo, no funciona y se están dando cuenta.
¿Reparar el sistema o construir uno nuevo?
Nos encontramos en un momento bisagra de la historia, un punto en el que debemos preguntarnos algo. ¿Es posible enmendar un contrato social hecho trizas o tendremos que forjar uno completamente nuevo desde cero? La respuesta va a depender de si somos capaces de tender puentes entre esas brechas que os he descrito hoy, en lugar de cabarlas aún más profundas.
También es posible que estemos entrando en una era de fragmentación mayor donde ese viejo contrato social se reemplaza por mosaicos más pequeños de lealtad. Yo creo más esto. Hay quien especula incluso que podríamos ver una desagregación del Estado nación tal y como lo conocemos. personas que ya no confían en gobiernos centrales y en su lugar se unen a comunidades más ágiles, incluso aunque sean virtuales. Pensemos en grupos que forman micronaciones digitales, en comunidades, por ejemplo, cripto, que operan con sus propias reglas financieras al margen de bancos centrales o en las DAO, que son organizaciones autónomas descentralizadas, donde decisiones son tomadas por miles de usuarios globales mediante blockchain sin jefes permanentes. Suena a ciencia ficción, pero ya existen proyectos piloto de ciudades autónomas, economías basadas en criptomonedas y colectivos online con más cohesión interna que muchas sociedades físicas. Si las instituciones tradicionales no logran adaptarse a esto, muchos ciudadanos, especialmente los más jóvenes, los más cosmopolitas, podrían optar por salirse del sistema, al menos mentalmente, e invertir todas sus energías en estos nuevos espacios paralelos. Si eso plantearía un escenario totalmente nuevo de inestabilidad para los estados, pero quizá al final forzaría a repensar desde cero cómo definimos el concepto de ciudadanía, de gobierno y de comunidad en el siglo XXI. Por eso, llegados a este punto, sería interesante preguntarse si estamos ante una simple época turbulenta más o se trata de algo más definitivo. Recordemos La Primavera de los Pueblos, cuando oleadas revolucionarias sacudieron a Europa. Era 1848 y tuvo lugar una ola revolucionaria donde los pueblos de distintos países, sin internet ni redes sociales, se levantaron casi a la vez pidiendo libertades y mejores condiciones de vida. Aquello también fue un síntoma de contratos sociales obsoletos. Hoy hay ciertas similitudes que saltan a la vista, pero el claro es más global, más complejo. Estamos en esa zona gris intentando navegar entre el mundo que se desvanece y el que empuja por nacer. Me encanta ser testigo del nacimiento de un nuevo mundo. Sin embargo, la Historia nos enseña que de las grandes crisis nacen grandes transformaciones. Dejadme pensar así. Podemos imaginar un futuro donde tras este periodo de convulsión la sociedad haya reajustado su contrato sobre nuevos fundamentos. Quizá una relación renovada entre gobernantes y gobernados basada en más participación directa y transparencia radical, quizá economías más solidarias que no dejen a generaciones enteras atrás. Quizá una cultura digital donde prevalezca la colaboración global sobre la confrontación tribal.
Sé que suena utópico. ¿Qué pasa? Las utopías de ayer a veces son la realidad del mañana. La pregunta no es solo si el contrato social está roto, sino qué vamos a construir en su lugar. Estamos metafóricamente como una colmena que ha perdido a su reina. Las abejas zumban caóticas por un tiempo, pero luego tienen que unirse todas ellas para crear una nueva líder o la colmena perecerá. Del mismo modo, nuestras sociedades deberán encontrar un nuevo eje de consenso y un nuevo propósito compartido. Puede que tengamos que reinventar nuestras instituciones desde las cenizas. ¿Qué pasa? Igual sí. No sería fácil, pero la capacidad humana para adaptarse y crear es poderosa. A los que nos gusta la historia lo sabemos. La clave estará en nuestra participación activa, en entender que todos somos parte del problema y también de la solución. Si algo nos demuestra esta oleada global de protestas, incluida las de Irán, es que la gente sí quiere ser escuchada y sí quiere formar parte del cambio. Aprovechemos esa energía no solo para protestar, sino para proponer, porque el futuro va a depender de nuestra habilidad para imaginar nuevas formas de convivencia y que las podamos hacer realidad. Cada uno de nosotros, joven o viejo, tiene en sus manos un pedacito de esa reconstrucción.
El contrato social era el pegamento invisible que mantenía unida la porcelana de nuestra sociedad. Y ahora ese jarrón se ha hecho añicos, te lo expliquen o no en la tele. Podemos dejar que los pedazos se dispersen y cortarnos con ellos o armarnos de valor para recomponerlo, pero dándole una nueva forma mucho más resistente.
Está en nuestras manos, amigos, decidir si de esta fractura global emerge un mosaico caótico o un nuevo pacto más justo y fuerte. Porque pase lo que pase en las calles de Teherán nos afecta.
Podemos señalar a los que callan, a los que no. Lo que pasa en las calles de cualquier otra parte del mundo nos afecta. Es curioso el silencio de algunos, algunas, por los que callan y por los que no. Ver todo esto como un campo de debate ideológico desde una perspectiva antigua de derecha, izquierda, arriba o abajo, adelante o atrás es un error. Esto no es ideológico. Por lo menos no solo. Estamos hablando de una falta de legitimidad creciente de quienes nos gobiernan en cualquier lugar del mundo.
Da igual el lugar, da igual si son dictaduras, teocracias o sistemas diversos, da igual. La cuestión es que algo se ha roto y volverlo a recomponer como estaba antes ya es imposible. Y el tiempo dirá, ¿hasta qué punto estamos creando un nuevo mundo o simplemente vamos a retocar estéticamente el que se hizo añicos? No podemos participar físicamente en las batallas que se libran en tantos lugares del mundo.
Obviamente no podemos ir, pero sí podemos analizarlas correctamente.
No son un titular, no son un resumen, no es un fragmento de un informativo. Son procesos complejos que están definiendo el mundo de nuestros hijos. Es momento de explicarlo, de contarlo y de denunciarlo. Es momento de participar en la medida de lo posible. Es momento de apagar la televisión porque solo te va a contar lo que pasa cuando interese contar lo que pasa. No antes y no después. La historia no está escrita. La pluma la sostenemos nosotros con nuestras acciones colectivas.
Plataformas como esta, conocimiento, con empatía y con determinación podemos transformar la crisis, la que vive el mundo en oportunidad y forjar ese futuro compartido que hoy parece tan incierto. Seguimos.
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