Francesc Miralles, experto en crecimiento personal: "Estas tres películas me han ayudado a vivir. Una buena película puede impulsarte a realizar el cambio que necesitas", en Cuerpo y Mente, 1 de enero de 2026, por Francesc Miralles:
Podemos utilizar la fascinación que nos produce la gran pantalla para aprender importantes lecciones vitales a través de las historias que nos cuentan grandes directores, guionistas y actores. Las películas nos permiten explorar temas difíciles y encontrar soluciones.
Sea en la acogedora oscuridad de una sala o en un cinefórum casero, hay filmes que tienen la capacidad de sacudirnos el polvo de las experiencias negativas, además de darnos otra mirada sobre los desafíos que nos trae la vida.
Hace algo más de una década, una editorial me pidió que escribiera un libro sobre el cine como botiquín para el alma. Sin ser un experto en el séptimo arte, recogí en un manual llamado "Cineterapia las 35 películas que más me habían ayudado a vivir".
En estas páginas veremos tres de ellas, pero antes reflexionemos un poco sobre el impacto que tienen las grandes historias audiovisuales en nuestro estado de ánimo y en la forma en la que miramos el mundo. Esto es así porque los genios de la gran pantalla han plasmado argumentos tan inspiradores como la mejor de las fábulas y que nos impulsan a realizar los cambios que necesitamos para vivir mejor.
"Visione usted esta película y llámeme mañana", decía a sus pacientes Gary Solomon, uno de los primeros psicoterapeutas en utilizar el poder curativo del cine. Dependiendo del problema que le era expuesto en la consulta, ofrecía una "receta cinematográfica" para que la persona reflexionara y hallara la respuesta por sí misma.
El método de Solomon había sido probado con éxito a finales de la década de 1970 por Norman Cousins, que en su icónico Anatomía de una enfermedad cuenta cómo superó un cáncer con ayuda de las comedias de los hermanos Marx que vio durante su convalecencia.
Al parecer, la mejoría fue tan rápida y notoria que fue dado de alta en el hospital, entre otras cosas, porque con sus carcajadas no dejaba descansar a los enfermos. Además de las películas de los Marx –cuando se habla de cineterapia, siempre se menciona ¡Qué bello es vivir!, el clásico de Frank Capra que las televisiones emiten todas las Navidades–, he elegido otras tres películas de alto poder terapéutico para este artículo.
Estrenada en 1939, la adaptación de Victor Fleming del cuento de L. F. Baum cuenta la historia de Dorothy, una joven que siempre ha soñado con viajar a otro mundo.
Su deseo se ve cumplido cuando es arrastrada junto con su perrito Toto por un tornado, que la traslada al asombroso mundo de Oz. El personaje interpretado por Judy Garland vivirá mil aventuras tras el consejo de la Bruja Buena del Norte de seguir el camino de baldosas amarillas que lleva a la Ciudad Esmeralda.
Allí deberá encontrarse con el Mago de Oz, el único que puede ayudarle a regresar a su hogar en Kansas. Por el camino conocerá a tres singulares personajes que la acompañarán en su viaje: el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde. El camino de baldosas amarillas tiene un mensaje claro: por desesperada que sea nuestra situación, siempre hay una salida. Eso sí, debes procurarte los compañeros de viaje adecuados.
Los que encuentra Dorothy en su senda simbolizan las tres cualidades que necesitamos desarrollar para vencer una gran dificultad: cerebro, corazón y coraje. Esto es justamente de lo que carecen respectivamente el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León Cobarde, y esperan que el Mago de Oz pueda darles a cada cual lo que les falta.
En el camino, sin embargo, acabarán desarrollando por ellos mismos estos valores. Al final de la película, la Bruja Buena da este mensaje: "Si no puedes encontrar el deseo de tu corazón en tu propio patio, entonces nunca lo perdiste realmente". Es decir, toda búsqueda empieza dentro de uno mismo. Tal vez por eso, al final Dorothy abraza a su perrito y dice: "No hay lugar como el hogar".
2. My Fair Lady
Estrenada en 1964 bajo la dirección de George Cukor, es la expresión cinematográfica del famoso efecto Pigmalión, además de ser una adaptación de la obra del mismo título de George B. Shaw.
Relata la apuesta entre el arrogante lingüista Henry Higgins y su colega de hacer pasar a una joven y humilde florista por una dama de la alta sociedad en tan solo seis meses. Para ello, Liza deberá aprender a pronunciar correctamente el inglés, además de vestirse y adoptar los modales de las grandes señoras, lo cual nos recuerda el lema: "Hagamos como si fuéramos y acabaremos siendo".
Sin embargo, James Clear, el autor de Hábitos atómicos, añadiría que no basta con imitar lo que quieres ser. Debes vivirlo desde dentro, como proponía Stanislavsky para encarnar un personaje. Decide quién quieres ser y obra en consecuencia.
Saltamos al 1993, cuando Harold Ramis sorprendió al mundo con la comedia existencial "Atrapado en el tiempo" (Groundog day, "El día de la marmota" en su versión original), con una interpretación inolvidable de Bill Murray.
El egocéntrico periodista Phil Connors es enviado a Punxsutawney para cubrir el festival del Día de la Marmota. A su regreso, les sorprende una tormenta de nieve que les obliga a volver de nuevo a la pequeña ciudad. Cuando Phil se despierta al día siguiente, revive paso por paso lo que le sucedió el día anterior. "¿Qué haríais vosotros si estuvierais atrapados en un sitio y cada día fuera el mismo y nada importara"», lanza Connors, amargado, y añade: "Ese es el resumen de mi vida".
Y así se repite día tras día, hasta que el protagonista aprende a mejorar sus carencias afectivas para disfrutar del momento con todas sus consecuencias. Esta película no solo nos recuerda que el único tiempo que podemos vivir es el presente, sino que cualquier mejora sobre uno mismo hay que hacerla aquí y ahora.
No es hasta el momento en que el protagonista se da cuenta de que con su agria forma de ser no va a ninguna parte cuando empieza a aprender qué es verdaderamente importante para alcanzar la felicidad. Cuando el protagonista se atreve a vivir el día con intensidad, como si no hubiera mañana –tal vez no lo haya–, es cuando queda liberado.
Cantaba el gran Luis Eduardo Aute: "Más cine, por favor, que todo en la vida es cine y los sueños cine son". Al final, lo que vemos en la gran pantalla no solo nos sirve para pasar una buena tarde de domingo.
Aunque sean otros personajes y escenarios, las grandes historias son reflejos de nuestra propia vida. En las luchas y contradicciones de sus protagonistas vemos las nuestras propias. Cada filme es, por lo tanto, una invitación a ser los héroes de nuestra película vital.
Reencontrarse con uno mismo
El apartamento
La genial comedia de Billy Wilder nos recuerda que el trabajo no lo es todo, así como el precio a pagar por no ser asertivos respecto a nuestras verdaderas responsabilidades. Al personaje interpretado por Jack Lemon le hace despertar el amor: "Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre 8 millones de personas. Entonces, un día vi una huella en la arena, y allí estabas".
Dersu uzala
La única película que filmó Kurosawa fuera de Japón, tras una larga depresión que casi le llevó al suicidio, es una sanadora oda a la amistad y a la sabiduría de la naturaleza, bajo la figura de un viejo nómada mongol. En 1975 ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa.
Una historia verdadera
Junto a su conmovedora "El hombre elefante", encontramos al David Lynch más humanista en esta maravilla de 1999. Un anciano trata de recorrer, montado en un cortacésped, los 500 kilómetros que le separan de un hermano con quien no se habla desde hace diez años. Una película conmovedora sobre el perdón y la fraternidad.
Amélie
En el 2001 enamoraba a millones de espectadores esta fábula de Jean-Pierre Jeaunet sobre la magia y la felicidad de ayudar a los demás. Una de las frases más recordadas de este filme feel good es: "Al menos usted nunca será una hortaliza, porque hasta las alcachofas tienen corazón".
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