Ni galaxias, ni errores: el telescopio James Webb revela que unos enigmáticos puntitos rojos son agujeros negros, en El País, Nuño Domínguez, 14 ene 2026:
Un estudio aclara la naturaleza de estos cuerpos teóricamente imposibles descubiertos en el universo primitivo
Nadie los estaba buscando, pero aparecieron. En 2023, el telescopio espacial James Webb detectó una extraña familia de cuerpos astronómicos: pequeños puntos rojos que, por su madurez, no deberían estar ahí. Era como encontrar un centro de ordenadores cuánticos en plena Edad de Piedra. Tras una larga investigación, un nuevo estudio publicado este miércoles revela que no son galaxias gigantescas, sino agujeros negros supermasivos ocultos tras una nube de camuflaje.
“Creemos que hemos resuelto el enigma”, explica a este diario Vadim Rusakov, astrónomo ruso de 29 años y primer firmante del estudio, que se publica hoy en Nature, referente de la mejor ciencia mundial. Su equipo ha analizado en detalle las observaciones del espectro lumínico de una docena de estos cuerpos obtenidas por el James Webb.
“Pensamos que estos agujeros negros están envueltos en una espesa crisálida de gas que les hace parecer rojos, y que esconde el agujero negro en su interior”, detalla Vadim en una entrevista por correo electrónico. “Hasta ahora no podíamos verlos debido precisamente a ese espeso huevo gaseoso”, añade el astrónomo de la Universidad de Manchester (Reino Unido).
Hasta ahora se entendía que estos cuerpos eran galaxias que tenían más estrellas que la Vía Láctea, donde habitamos los humanos —unos 100.000 millones—. Pero ese nivel de desarrollo era difícil de cuadrar con el hecho de que algunas de estas galaxias databan de fases muy iniciales de la historia del universo, cuando tenía un 5% de su edad actual.
La otra posibilidad era que se tratase de agujeros negros supermasivos, como los que hay en el centro de casi todas las galaxias. Pero en este caso su masa resultaría varios órdenes de magnitud mayor de lo concebible. Además, estos agujeros negros no expulsaban sus característicos chorros de rayos X y señales de radio. Más aún, no eran azules, como aparecen muchos agujeros negros supermasivos debido a la luminosidad del gas que da vueltas a su alrededor, sino rojos.
El equipo encabezado por Rusakov se ha centrado en analizar el espectro lumínico producido por el elemento más simple del universo, el hidrógeno. “Por primera vez hemos podido ver dentro de esta envoltura de gas, y lo que hemos descubierto es que gran parte de ella está ionizada, es decir, tiene muchos electrones libres. Estos electrones dispersan la luz y hacían que los agujeros negros parecieran más evolucionados de lo que realmente son”, detalla Vadim.
El trabajo ha recalculado la masa de estos cuerpos, y obtiene valores de entorno a un millón de estrellas como el Sol. Es unas 100 veces menos de lo que se calculaba en estudios anteriores, lo que los hace más digeribles para los modelos cosmológicos actuales.
Vadim detalla las implicaciones de este hallazgo para entender los cuerpos que parecen mayores y más maduros de lo que deberían en el universo primigenio. “Las primeras observaciones del James Webb fueron una prueba muy exigente para nuestra comprensión del universo. Como muestra nuestro trabajo, algunas de las galaxias que inicialmente parecían demasiado masivas, incluidos los pequeños puntos rojos (LRD, por sus siglas en inglés), resultan ser en realidad agujeros negros supermasivos. En estos casos fue necesario desarrollar nuevos modelos para explicar observaciones inéditas. No creemos que el problema de las galaxias y agujeros negros aparentemente muy evolucionados desaparezca por completo, pero sí que es menos extremo de lo que se pensó al principio. Al mismo tiempo, también es posible que en el universo temprano las estrellas y las galaxias se formaran más rápido y de manera más eficiente que en la actualidad”.
El astrónomo añade otra derivada fascinante. “Los pequeños puntos rojos están extremadamente lejos: su luz ha viajado hasta nosotros durante más de 12.000 millones de años. Los vemos tal y como eran cuando el universo era muy joven. Aparecen cuando el cosmos tenía alrededor del 5% de su edad actual, y prácticamente desaparecen cuando alcanza el 15%. Representan, por tanto, una fase relativamente breve en la vida de las galaxias en el universo primitivo. Se pueden identificar casi a simple vista en muchas imágenes del James Webb, pero creemos que deben de ser muy raros en el universo actual. Esto indica que entonces había una enorme cantidad de gas disponible para formar estrellas y agujeros negros supermasivos, que las galaxias eran más pequeñas y compactas, y que el universo era un entorno mucho más caótico que el de hoy”.
Pablo G. Pérez González, investigador del Centro de Astrobiología, es experto en el estudio de los pequeños puntos rojos. Hace tres años reconocía que cuatro palabras resumían lo que son estos cuerpos: “No lo sabemos aún”. Ahora, a la luz de este nuevo estudio, y otros que serán publicados pronto, es más optimista, aunque advierte de que queda trabajo por hacer. “Esta explicación cada vez me convence más. No soluciona por completo el problema, pero con estas nuevas masas atribuibles a los agujeros negros todo empieza a tener más sentido y es más sencillo de explicar. Aun así, es posible que la población de estos cuerpos sea más diversa de lo que pensamos, e incluso haber de distintos tipos”, señala.
Puede que estos agujeros negros se formen simplemente a partir del gas que cae en ellos por el efecto de la gravedad o son los restos de la implosión de un tipo de estrellas supermasivas que podrían alcanzar un millón de masas solares. Esto sitúa a estos cuerpos a medio camino entre la estrella y el agujero negro. Es por ahora una pregunta sin respuesta.
Isabel Márquez, vicedirectora del Instituto de Astrofísica de Andalucía, resalta la importancia de seguir estudiando los pequeños puntos rojos: “Hasta ahora ningún físico teórico había predicho estos cuerpos. Nadie entendía cómo siendo tan jóvenes pueden generar una masa tan enorme en el centro de su galaxia”. Lo novedoso de este nuevo trabajo, según Márquez, es la selección que hacen para medir de forma más precisa la masa del agujero negro central. “Los nuevos cálculos son menos difíciles de aceptar, pero aún delicados. Se han estudiado una docena, pero se conocen cientos de pequeños puntos rojos que habría que estudiar. En cualquier caso, se abre la puerta a que los cosmólogos adopten este nuevo tipo de agujeros negros primordiales en los modelos de evolución del universo”, añade.
Rodrigo Nemmen, astrónomo de la Universidad de São Paulo, en Brasil, dice que “el universo tiene la tendencia a jugarnos malas pasadas”. En un artículo complementario también publicado en Nature, el experto compara este hallazgo con lo sucedido en la década de 1960, cuando se descubrió una extraña población de “pequeñas estrellas azules” que parecían ser parte de la Vía Láctea, pero después se confirmaron como un nuevo tipo de agujeros negros supermasivos fuera de ella: los cuásares. “Parecería que el universo tiene sentido del humor. En astronomía, la juventud suele asociarse al color azul, porque las estrellas jóvenes arden a altas temperaturas y brillan en ese tono. Sin embargo, en este caso, los agujeros negros supermasivos más jóvenes son rojos. Si Rusakov y sus colaboradores están en lo cierto, estos pequeños puntos rojos serían cuásares en fase de crisálida, a la espera de desprenderse de sus capullos y emerger como las pequeñas estrellas azules que desconcertaron a los astrónomos hace más de medio siglo”, concluye Nemmen.
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