jueves, 5 de febrero de 2026

Apología e historia de las Vanguardias, por José F.º Ruiz Casanova

 Apología e historia de las vanguardias, por José Francisco Ruiz Casanova, en El País, 15 de junio de 2002.

Casi como celebración del centenario del nacimiento de Guillermo de Torre (Madrid, 1900-Buenos Aires, 1971) se reeditan dos de sus volúmenes críticos de mayor interés: Literaturas europeas de vanguardia (1925) e Historia de las literaturas de vanguardia (1965), títulos que guardan un alto grado de relación aunque, como se verá, fuese su propio autor quien distinguiera los rasgos, objetivos y circunstancia de uno y otro libro.

Esta reedición del volumen de 1925 se abre con una foto de Guillermo de Torre (traje de color claro de chaqueta cruzada, pipa y cabello peinado hacia atrás) que nos lo presenta más bien como un dandi, aunque nos trae ya dicha imagen una cierta impresión del T. S. Eliot español que, sobre todo como crítico, iba a demostrar con tan sólo 25 años. Tanto Literaturas europeas de vanguardia como la Historia de las literaturas de vanguardia deben leerse ahora como obras pioneras de la literatura comparada; De Torre, en su prólogo a la segunda, define el nuevo libro como una mirada histórica sobre los movimientos de vanguardia, a la par que califica el anterior libro de 'apologético', aunque -aun así- también ve en él 'el único libro en nuestro idioma con carácter internacional, panorámico, suprafronterizo'. Cuarenta años transcurrieron entre una y otra obra, y durante ese tiempo Guillermo de Torre siempre se negó a reeditar y/o corregir el texto de 1925: de hecho, cuando publique su Historia de las literaturas de vanguardia la mirada crítica ha variado, y la frescura del lenguaje y de la adjetivación testimonial de la década de los veinte deja su lugar al análisis realizado con cierta perspectiva filológico-histórica o académica.

Aun no siendo la misma obra, existe algo que las hermana, y que no es otra cosa que la calidad de las intuiciones críticas de su autor, en tantos casos comparables a las de los otros dos grandes poetas-críticos del siglo: Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Cuando Guillermo de Torre acomete su nueva obra, entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, ésta se manifiesta como una necesidad teórica y crítica. El lapso de esos cuarenta años es, como sabemos, el periodo en el que se configura -en muchos sentidos- la historia de la literatura española del siglo XX y, en especial, la historia de su poesía. De Torre pasa de ser cronista y testigo a narrador de esa historia, pues ya los hechos comienzan a confirmarle que, de no escribir su libro, el pozo del olvido puede llegar a ser mayor de lo que hoy creemos que ha sido.

Guillermo de Torre había publicado algunos textos de sus Literaturas europeas de vanguardia en la revista Cosmópolis. Próximo a la vertiente ultraísta y a medios de difusión como Grecia y Vltra, De Torre vuelca grandes dosis de entusiasmo en la labor crítica, que define como 'creativa', y estudia en sus 'páginas cinemáticas' (la abundancia de esdrújulos en su léxico es, todavía, notable) los movimientos ultraísta, futurista, creacionista, cubista y dadaísta. No debería olvidarse que cuando nuestro autor asume esta doble tarea, teórica y activa, algunas de las pautas de la modernidad lírica nacional ya han sido sembradas: Diario de un poeta recien casado (1917), La pipa de kif (1919) y la Segunda antolojía poética (1922). Su libro sitúa, sobre todo, la nómina ultraísta (Borges, Diego, Garfias, Chabás, Del Vando-Villar, Del Valle, Lasso de la Vega, etcétera), señala el lugar y el significado de la obra de Vicente Huidobro y vaticina cómo el campo de batalla estética pasará -como así fue- de las revistas a las recopilaciones o antologías. A este respecto, la obra de 1965 dedicará páginas espléndidas a las operaciones antológicas de Gerardo Diego, Onís y Domenchina, en la década de los treinta y cuarenta, operaciones que borran casi literalmente de la historia el vanguardismo anterior a la generación del 27.

De Torre procede, en muchos sentidos, como un comparatista, y no cabe duda de que el tiempo le ha dado la razón. Se interesa por las relaciones entre poesía e imagen visual, apunta incluso temas de la cibernética en su segundo libro, y repasa las figuras fundamentales de la cultura europea del siglo XX, tanto en Literaturas europeas de vanguardia (Apollinaire, Rimbaud, Blaise Cendrars, Réverdy, Pound, Lee Masters...), como en su Historia de las literaturas de vanguardia (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Beauvoir...). La nómina de vanguardismos, en virtud de la perspectiva histórica, alcanza aquí hasta las muestras de los años cincuenta y sesenta, como es el caso de la poesía concreta, y los capítulos del libro, su organización y apéndices bibliográficos aseguran ese espacio de estudio histórico que, durante cuarenta años, su autor creyó que podía desaparecer, y que es uno de los asuntos principales de la crítica contemporánea: delimitar el alcance del vanguardismo y comprender cada día que pasa mejor que de sus logros y propuestas procede la parte más sustantiva de la historia literaria (o poética, si se quiere) de nuestro pasado siglo XX.

El libro de Miguel Ángel García profundiza, precisamente, en dicho campo. En él se estudia con detalle la poesía pura y la dialéctica entre ésta y el compromiso, los 'ritos de la modernidad' oficiados por la generación del 27 -el gongorismo y la defensa de la forma- y, en un capítulo excepcional, el análisis del poema en prosa como consecuencia -según la lección de Rimbaud- del deseo del poeta moderno, que no es otro que 'encontrar una lengua'. Quizá el único inconveniente de la obra de García se deba a que todo su aparato hermenéutico gire en torno a una categoría ('la generación del 27') que antes de ser incluso etiqueta para el estudio filológico se había elevado sobre el proceso de vanguardias descrito ya por Guillermo de Torre en 1925; esto es, la generación del 27 no sólo es un canon literario indiscutible en líneas generales, sino que también fue, desde sus orígenes, un proceso de autocanonización que, contrariamente a otros, no dejó márgenes sino que, al llevarse a cabo (en gran medida) desde la médula de las vanguardias -de las que participan Gerardo Diego o Pedro Salinas-, hizo del presente sobre el que estaba escribiendo Guillermo de Torre pasado. No sé si pasado remoto; pero, sin lugar a dudas, pasado.

Literaturas europeas de vanguardia. Guillermo de Torre. Edición de José María Barrera. Renacimiento. Sevilla, 2001. 441 páginas. 18,03 euros.

Reseña de la monumental biografía de Pessoa

 Biografía descomunal del solitario Fernando Pessoa, en El País, por Isabel Soler Quintana, 20 ene 2026:

Richard Zenith entrega una minuciosa y abarcadora memoria del escritor portugués que ratifica su sentimiento de aislamiento radical.

Apenas nadie supo nada de Fernando Pessoa hasta varias décadas después de su muerte en 1935, y hoy en cambio somos capaces de leer una biografía de 1.400 páginas con una cronología casi microscópica de sus avatares: un baúl gigante ha seguido suministrando información nueva hasta principios del siglo XXI, y esta descomunal biografía de Richard Zenith se beneficia de todo ello como ninguna otra antes.

Es verdad que, a ratos, la minuciosidad analítica casi causa impaciencia y no siempre empujan la lectura las excursiones informativas de contexto histórico. A cambio, ese microdetallismo permite saber que el último libro que recibió en su etapa de formación en Durban (Sudáfrica) fueron unas Obras completas de Shakespeare que lo turbarían en el viaje de regreso a Lisboa, en 1905, como adolescente que estaba consolidando de forma impresionante su cuadro ficticio de sociabilidad íntima. Lo demuestra muy bien Zenith: Pessoa mantiene correspondencia ya desde Lisboa con personajes que conoció en Durban (donde se escolarizó al acompañar a su madre y a su padrastro como cónsul portugués allí), pero en realidad no existieron nunca. Las cartas que recibe Pessoa a sus 14 años y los personajes que las firman son de ficción, como también lo es el autor del poema que manda por entonces a la conocida revista británica Punch, aunque la carta que escribe sí lleva su firma (real, si algo es real en el mundo de Pessoa). Ese fue el origen del mundo literario que iba a construir, y también de su desbordante identidad plural.

No publicaron el poema —por supuesto, escrito en inglés—, pese a que en él se había propuesto, con 16 años, “alcanzar lo ridículo mediante la suma de lo serio y lo grotesco”, según escribe en la carta. Es delator que un poco después, abandonados los estudios universitarios de letras recién empezados, Pessoa se obstinase en identificar la genealogía de su propia genialidad en otros genios, al hilo del impacto que le causó Degeneraciónde Max Nordau, todavía recordado por él en una entrevista de 1932 como libro crucial de su formación y tan presente en el omniabarcador Libro del desasosiego, que firmó como Bernardo Soares, y omnipresente, con razón, en la biografía de Zenith.

Las múltiples y dispersas notas confesionales conservadas ratifican un sentimiento de soledad radical y la incapacidad de generar en los demás lo que su heterónimo y, en realidad, alter ego, Bernardo Soares llama “una simpatía violenta”. Equivalía a sentirse “tan solo como un barco que naufraga en el mar” (como dice una de esas notas, al hilo de una traducción de Ignacio Vidal-Folch que fluye sin obstáculos). No sería exactamente así, porque frecuentó los núcleos de la nueva literatura desde muy temprano —su filiación semihomoerótica con Mário de Sá-Carneiro o su desdén por Almada-Negreiros (’no es un genio’), su colaboración en Orpheu y en Presença, etc—, pese a los múltiples fracasos que cosechó tras fundirse una sustanciosa herencia de una abuela tras fundar un conato de editorial. Solo pudo o supo ganarse la vida como ocasional crítico y poeta, y sobre todo como traductor y escribiente de cartas comerciales en inglés y francés para empresas de exportación.

Zenith da espacio importante a la relación entre Pessoa y uno de los hermanos de su padrastro, Henrique Rosa, escritor sin suerte, pero determinante para convertir al joven en un progresista republicano y anticlerical de firmes convicciones pesimistas y paradójicamente racionalista. Ahí nace el impulso de otro de sus infinitos proyectos, un panfleto anticlerical en inglés y, como casi todo en él, también inacabado: “Casarse por la iglesia es una estupidez”. Amén, lo cual no quita para que no se curase nunca de una misoginia correosa de fondo ni superase tampoco una ineptitud o atrofia sexual tanto hetero como homosexual hasta su muerte a los 47 años. Es verdad también que la intermitente relación amorosa con Ofelia Queiroz —registrada en infinitas cartas— no fue exactamente vulgar: “Eres ácido sulfúrico” fue la enigmática frase que una vez le dictó a Pessoa la pasión amorosa por Ofelia…

En una carta de 1935 confiesa que “desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo [¿no es de una impactante genialidad esta frase?], me acuerdo de haber definido —en figura, movimientos, carácter e historia— diversas figuras irreales que, para mí, eran tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, acaso abusivamente, la vida real": que para Pessoa es la “tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Sí, son sus heterónimos, o excrecencias literarias sobre el papel de su personalidad imaginativa e incontinente. Desde los periódicos y revistas que fabricaba a mano en la primera adolescencia, llenos de autores inventados, hasta el parto en 1914 de los heterónimos gigantes (los deslumbrantes y profundamente dispares poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis), se despliega un colosal mosaico de invenciones fiel a la profecía de Pessoa en 1912 sobre la aparición inminente de un Gran Poeta portugués que rivalizaría o incluso eclipsaría a Luis de Camões: era evidentemente él, el Supra-Camões.

La literatura náufraga, fragmentaria, sustantivamente inacabada de Pessoa acabó siendo, muchas décadas después de su muerte en 1935, su paradójica plenitud.

 Pessoa. Una biografía. Richard Zenith. Traducción de Ignacio Vidal-Folch. Acantilado, 2025, 1.488 páginas, 56 euros.

Estereotipos de los países latinoamericanos explicados

  [Transcripción corregida]

  Los estereotipos de los países latinoamericanos explicados, en Así es como somos, Youtube, 5 feb 2026

 Latinoamérica nació de una promesa que nunca se cumplió. Cuando los libertadores imaginaron una gran patria unida desde México hasta la Patagonia, probablemente no calcularon que 200 años después estaríamos discutiendo si el mejor asado es argentino, uruguayo o brasileño. Y mientras tanto, cada país jura que el vecino es el problema. Bienvenidos a un continente donde la rivalidad no es política, es casi genética, donde compartimos idioma, historia y hasta ancestros, pero nos miramos con una mezcla de cariño y sospecha permanente. 

Esto no es un documental, esto es un recorrido por todo lo que creemos saber de cada país, lo que sus propios habitantes admiten en voz baja después de unas cervezas y lo que todos callamos para no empezar otra guerra de comentarios.

Empecemos por México, porque si no empezamos por México, alguien va a reclamar. El estereotipo internacional es claro: sombreros, bigotes, narcos, un desierto infinito donde aparentemente solo hay cactus y tiroteos. Pero la realidad es tan diferente que casi da risa. México es un país donde puedes desayunar en una ciudad con rascacielos, almorzar en un pueblo donde las calles son de tierra y cenar frente a una pirámide que tiene más años que la mayoría de países europeos. El mexicano promedio vive en un estado constante de contradicción emocional. Te dice que todo está mal mientras prepara una fiesta. Se queja del gobierno con la misma intensidad con la que defiende sus tacos de cualquier imitación extranjera y tiene este superpoder social donde puede convertir a un desconocido en familia antes de que termine el primer plato. Ah, imagina esto. Entras a una casa mexicana porque te perdiste buscando una dirección. Media hora después estás sentado en la mesa con un plato de pozole, escuchando la historia completa de la abuela y prometiendo volver para las posadas. No preguntaron tu nombre hasta el tercer vaso de agua de Jamaica. Es como si la hospitalidad fuera un deporte nacional, y todos compitieran por el primer lugar. México es enorme y eso crea subculturas que se miran entre sí con curiosidad y algo de desdén. Los del norte se consideran más trabajadores, más directos, casi como una extensión de Texas, pero con mejor comida. Los del centro miran a todos desde la Ciudad de México como si el resto del país fuera provincia, porque técnicamente lo es. Los del sur viven en otro ritmo, más conectados con tradiciones indígenas que a veces parecen de otro siglo. Que Yucatán jura que es república independiente y tiene argumentos históricos para respaldarlo. Jalisco cree que inventó México porque tiene tequila y mariachis. Y Oaxaca mira a todos con la superioridad moral de quien sabe que su comida es objetivamente la mejor. Pero hay algo que une a todos los mexicanos más allá de las diferencias regionales. La capacidad de reírse de las tragedias, terremotos, huracanes, crisis económicas. Presidentes impresentables. Todo merece un meme antes del mediodía. Esta habilidad para transformar el dolor en humor no es superficialidad, es supervivencia. Cuando tu país lleva siglos siendo invadido, colonizado, revolucionado y sacudido literalmente por la Tierra, desarrollas un mecanismo de defensa que consiste en hacer chistes antes de que la realidad te alcance.

Bajamos a Guatemala, el país que parece un videojuego de supervivencia, diseñado por alguien con muy mal humor. Volcanes activos que humean cuando les da la gana. Temblores que ya nadie cuenta, lluvias que pueden destruir carreteras enteras en una tarde. Y en medio de todo eso, el guatemalteco promedio camina como si nada pasara, con una calma que desconcierta a cualquier visitante. No es indiferencia, es que llevan tantas generaciones lidiando con el caos natural que ya lo internalizaron como parte del paisaje. La imagen clásica del guatemalteco incluye textiles coloridos, mercados caóticos y familias enormes donde la mitad vive en Estados Unidos enviando remesas. Y no es del todo falso. Las remesas representan una porción absurda del PIB, lo que significa que básicamente el país funciona parcialmente gracias a señores que lavan platos en Los Ángeles y mandan dólares cada quincena. Pero reducir Guatemala a eso es perderse la complejidad de un lugar donde conviven idiomas mayas que la mayoría de guatemalteños no entiende, con una capital que intenta parecer moderna, mientras el resto del país vive como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto del siglo XX. El guatemalteco habla poco, pero observa mucho. Cuando te abre la puerta de su casa, no espera nada a cambio, pero tampoco olvida si respondiste con indiferencia. Hay una lealtad silenciosa que atraviesa familias y comunidades, una red invisible de favores y confianza que funciona mejor que cualquier sistema formal. Y aunque el país aparece en las noticias internacionales siempre por razones tristes, migración, violencia, corrupción, la gente sigue levantándose antes del amanecer para trabajar tierras que apenas les pertenecen o para  cruzar ciudades en buses que deberían haber sido retirados hace décadas. 

Belice aparece aquí como el vecino raro que nadie sabe muy bien cómo incluir. Técnicamente, está en Centroamérica, pero habla inglés, tiene reina, usa dólares propios y mira al Caribe más que a sus vecinos terrestres. Guatemala todavía reclama la mitad de su territorio, lo cual Belice ignora con la elegancia de quien sabe que nadie va a hacer nada al respecto. El beliceño vive en un ritmo caribeño donde el estrés parece un concepto importado. Tiene playas que otros países envidian, arrecifes que atraen turistas de todo el mundo y una población tan pequeña que medio país se conoce. Es como si alguien hubiera cortado un pedazo del Caribe y lo hubiera pegado donde no correspondía y funcionó. 

Honduras carga con una reputación que precede cualquier conversación. Seguridad, pandillas, pobreza. Los titulares internacionales repiten las mismas palabras hasta que se convierten en la única imagen disponible. Pero cuando estás ahí, en una calle cualquiera de Tegucigalpa o en un pueblo cerca de la costa, la vida tiene otra textura. Buses viejos que pasan cuando quieren, vendedores que gritan precios desde la acera, niños jugando en calles sin asfaltar mientras los adultos conversan en las puertas de las casas. El hondureño habla directo, sin rodeos, con una franqueza que puede parecer brusca si vienes de culturas más indirectas. La migración es tema de conversación en prácticamente todas las familias. Alguien ya se fue, alguien está pensando en irse, alguien acaba de volver porque no funcionó. Las  caravanas que aparecen en las noticias no son fenómenos aislados, son el resultado de décadas donde las oportunidades se achicaron mientras los problemas crecían. Y aun así, hay comunidades que funcionan como redes de apoyo, donde el vecino cuida al hijo del otro, donde se comparte lo poco que hay, donde la resiliencia no es un concepto abstracto, sino una necesidad diaria. Honduras no se entiende desde afuera. Hay que estar ahí para ver que, entre el caos, hay códigos sociales muy sólidos, lealtades que no se rompen y una fortaleza colectiva que sorprende a quien esperaba encontrar solo problemas.

El Salvador es el país que más cambió su imagen en los últimos años. Para bien o para mal, dependiendo de a quién le preguntes. Durante décadas fue sinónimo de maras, de violencia callejera y de una inseguridad que definía cada aspecto de la vida cotidiana. Las pandillas nacieron de una historia circular y cruel. La guerra civil de los 80 expulsó a miles hacia Estados Unidos, donde algunos se organizaron en pandillas para sobrevivir y, cuando los deportaron masivamente, trajeron esas estructuras de vuelta a un país que no tenía forma de absorberlas. El resultado fue un conflicto interno que no aparecía en mapas, pero que controlaba barrios enteros. Hoy el país vive algo que parece ciencia ficción, para quienes lo conocieron antes. Cárceles gigantescas, un presidente que comunica por redes sociales, bitcoin como moneda oficial y una seguridad que antes parecía imposible. Dentro del país, la mayoría aplaude sin cuestionar demasiado, porque cuando viviste con miedo durante décadas, la tranquilidad se siente como un milagro, aunque venga con letra pequeña que prefieres no leer. Pero el salvadoreño real, más allá de la política, es una mezcla extraña de valentía, humor directo y una capacidad impresionante para adaptarse a lo que sea. Hablan fuerte, ríen fuerte, comen pupusas como si fueran medicina para el alma y tienen un sentido de familia que sobrevivió a 50 años de problemas porque no tenían otra opción. 

Nicaragua está tan marcada por su historia política que es difícil hablar del país sin mencionar revoluciones, sandinistas, contras y décadas de tensión que nunca terminaron del todo. La gente está acostumbrada a vivir con incertidumbre, con gobiernos que prometen y no cumplen, con una economía que funciona a medias y una infraestructura que parece detenida en el tiempo. En algunas ciudades, los cortes de luz son rutina, el agua llega cuando quiere y el transporte público es una aventura diaria. El nicaragüense tiene un trato directo, sin excesos de cortesía, y mantiene una vida sencilla donde lo básico pesa más que cualquier lujo. El campo sigue siendo fundamental. Muchas zonas funcionan casi desconectadas del ritmo de las capitales latinoamericanas, con comunidades que dependen de la tierra y de tradiciones que llevan generaciones. El turismo llegó buscando volcanes y lagos y encontró un país donde el contraste entre lo que se vende y lo que vive la población es enorme. Nicaragua no hace ruido internacional, no aparece en tendencias, pero sigue ahí con su gente adaptándose a lo que venga, como lleva haciendo toda su historia.

Costa Rica es la excepción que todos mencionan cuando quieren demostrar que Centroamérica puede ser diferente. No tienes ejército. Vive del turismo ecológico. Tiene índices de educación y salud que parecen de otro continente y una estabilidad política que sus vecinos miran con envidia. El costarricense o tico, como se llaman a sí mismos, tiene fama de tranquilo, de tomarse la vida con calma, de responder a todo con un pura vida que puede significar cualquier cosa, desde excelente hasta me da igual, pero dicho con amabilidad. San José es caótico, con tráfico imposible y una estética urbana que no gana premios. Pero fuera de la capital, el país se transforma en montañas verdes, playas de ambos océanos y una naturaleza que justifica todos los folletos turísticos. La gente se toma el día con paciencia, disfruta lo simple y raramente entra en confrontaciones innecesarias. Pero hay un lado que no aparece en las postales. El costarricense puede ser bastante cerrado con los extranjeros que se quedan. Hay un nacionalismo suave que distingue claramente entre el turista bienvenido y el inmigrante tolerado. Y la fama de paraíso tiene grietas y rascas un poco la superficie. Aun así, Costa Rica funciona como un punto estable en un  continente donde la estabilidad no suele durar demasiado. 

Panamá existe por el canal y el canal existe por Panamá, una relación simbiótica que define casi todo lo demás. La imagen típica es de rascacielos modernos, bancos, contenedores moviéndose y negocios internacionales. Ciudad de Panamá parece Miami trasplantado al trópico con un skyline que no esperas encontrar en Centroamérica. Pero sal de la capital y el país cambia completamente. Zonas rurales que viven al margen del crecimiento, comunidades indígenas que mantienen tradiciones propias y un ritmo de vida que no tiene nada que ver con los ejecutivos de la zona bancaria. Panamá también carga con la reputación de ser donde el dinero se esconde. Empresas fantasma, cuentas discretas, papeles que filtran periodistas de vez en cuando. Esa aura de misterio financiero es parte de la identidad internacional del país, aunque la mayoría de panameños viven lejos de esas transacciones y simplemente intentan pagar el alquiler como en cualquier otro lado. La mezcla cultural es muy visible. Caribeños, latinos, asiáticos, comunidades enteras que llegaron para construir el canal y se quedaron. Panamá es pequeño, pero tiene una presencia internacional desproporcionada y como si hubiera encontrado un nicho y lo explotara hasta las últimas consecuencias. 

Ahora saltamos al Caribe, donde las reglas cambian y el ritmo se vuelve otra cosa completamente diferente. 

Cuba es probablemente el país latino con la imagen más fija en la mente colectiva. Coches antiguos de colores brillantes circulando por La Habana, música saliendo de cualquier ventana abierta y un sistema político que lleva más de medio siglo sin cambiar significativamente. Los estereotipos están tan arraigados que a veces cuesta ver más allá. El ron, los puros, el socialismo, las playas, la salsa, todo cierto, todo incompleto. La realidad cotidiana es más complicada. Las restricciones económicas han obligado a los cubanos a desarrollar una creatividad técnica impresionante, reparar cosas imposibles, reutilizar piezas que en otro país irían a la basura, mantener funcionando motores con herramientas improvisadas. El día a día está marcado por colas para conseguir productos básicos, un acceso a internet limitado que condiciona la conexión con el mundo exterior y una economía dual donde la moneda local y las divisas crean desigualdades muy visibles. El cubano desarrolló un humor como mecanismo de defensa, una capacidad de reírse de las carencias que sorprende a quien visita esperando encontrar solo lamentos. La música está en absolutamente todo y forma una parte tan grande de la identidad como la política misma. Cuba es un lugar donde el pasado y el presente conviven en cada esquina, donde los edificios coloniales se caen a pedazos mientras la gente baila en la acera de enfrente.

República Dominicana es música desde que amanece hasta que oscurece y después también. La imagen típica es alguien bailando merengue o bachata en cualquier superficie disponible, aunque no haya música sonando porque la llevan puesta internamente. Este comportamiento tiene una explicación histórica. En los años 60 y 70, estas músicas se consolidaron como identidad nacional y se volvieron inescapables en fiestas, radios, eventos familiares y básicamente cualquier reunión de más de dos personas. El dominicano habla fuerte, rápido y con un acento que otros hispanohablantes a veces necesitan subtítulos para seguir. Se ríen con facilidad, discuten con la misma facilidad y viven con una energía que parece inagotable. En las carreteras todo se mueve rápido y con poca paciencia. Las guaguas paran la gana. Los motoconchos sortean el tráfico como si las leyes de la física no aplicaran. El béisbol es casi una religión, con niños que sueñan con las grandes ligas antes de aprender a leer. El turismo cruza la vida local constantemente, creando contrastes entre resorts de todo incluido y barrios donde la realidad es completamente diferente. República Dominicana es un país que vive en volumen alto, sin botón de pausa, donde el silencio se considera sospechoso. 

Haití comparte isla con República Dominicana, pero parece otro planeta. Es el país más pobre del hemisferio occidental y carga con una historia de desastres, intervenciones y abandono que explica mucho de su situación actual. Pero reducir Haití a pobreza y problemas es perderse algo importante. El haitiano tiene una dignidad que sobrevive a todo, a una cultura rica que mezcla influencias africanas con el Caribe francés y una creatividad artística que aparece en murales, música y ceremonias que no se parecen a nada más en la región. El vudú es parte real de la cultura, no el cliché hollywoodense de muñecos con alfileres, sino un sistema espiritual complejo que mezcla tradiciones africanas con catolicismo impuesto. La gente habla criollo haitiano, un idioma que suena a francés, pero tiene estructura propia y francés formal para ocasiones oficiales. La relación con República Dominicana es complicada, con tensiones históricas y flujos migratorios que generan conflictos constantes. Haití no aparece en las listas de destinos turísticos, pero quien lo visita encuentra una resiliencia humana que cuestiona todo lo que creías saber sobre qué hace falta para mantener la esperanza.

Puerto Rico está técnicamente en el Caribe, pero su situación es única. Ni país independiente ni estado estadounidense, una especie de limbo político que genera debates interminables entre sus habitantes. El puertorriqueño típico aparece en la imaginación popular con actitud, reggaetón y una identidad que mezcla lo latino con lo estadounidense de formas a veces contradictorias. El género urbano explotó ahí en los 92000, convirtiéndose en parte fundamental de la cultura de toda la isla. San Juan tiene vida rápida, ruidosa, con carros sonando a todo volumen a cualquier hora y una energía que no para. El clima empuja la vida hacia afuera con playas que funcionan como punto de reunión social más que como atracción turística. Pero debajo de la superficie hay discusiones constantes sobre identidad, sobre el futuro político, sobre qué significa ser puertorriqueño cuando tienes pasaporte americano. Pero tu cultura no encaja del todo en ninguna categoría. La crisis económica y los huracanes golpearon fuerte, provocando una emigración masiva que cambió la demografía de la isla. Puerto Rico vive entre dos mundos y a veces no sabe bien a cuál pertenece. 

Bajamos a Sudamérica, donde todo es más grande, más intenso y más contradictorio.

Colombia carga con el estereotipo más repetido y más injusto del planeta, la droga. Décadas de narcos, series de televisión y noticias sensacionalistas crearon una imagen que persigue a los colombianos a donde vayan. Presentas un pasaporte colombiano y alguien hace un chiste que ya escuchaste mil veces. Pero la realidad cotidiana va por otro lado completamente diferente. Colombia es un país de regiones que a veces parecen países distintos. Los paisas de Medellín tienen fama de emprendedores, parlanchines y orgullosos de su ciudad hasta niveles absurdos. Los costeños del Caribe viven en otro ritmo, más relajado, con música que no para y una actitud ante la vida que los del interior consideran demasiado tranquila. Los rolos de Bogotá se ven a sí mismos como más sofisticados, más formales, y miran al resto con una mezcla de curiosidad y ligera superioridad capitalina. Cali es salsa, aunque ahora también reggaetón, y tiene un estilo propio que no se confunde con ninguna otra ciudad. El colombiano promedio habla rápido, cogesticula mucho y tiene una habilidad increíble para meter humor incluso en conversaciones serias. La música está en todos lados, a todas horas. Vallenato por la mañana, reggaetón por la noche y cualquier excusa es buena para poner un parlante a todo volumen. Pero Colombia también es desigualdad brutal, zonas rurales olvidadas por el Estado, un conflicto armado que oficialmente terminó, pero que dejó heridas que tardarán generaciones en sanar. Reducir el país al estereotipo de las series es perderse una complejidad social y humana que ningún guion de televisión puede capturar. 

Venezuela es un caso que genera debates acalorados sin importar dónde lo menciones. El país cambió tanto en tan poco tiempo que quienes emigraron hace 10 años no reconocen lo que dejaron atrás. Los cortes de luz eran frecuentes y el transporte público funcionaba cuando quería. Conseguir productos básicos se convirtió en una misión diaria durante años. La inflación alcanzó números que suenan a chiste, pero que destruyeron ahorros de toda una vida en cuestión de meses. La emigración fue masiva. Millones de venezolanos salieron buscando estabilidad y crearon comunidades en prácticamente todos los países de la región. Esto generó tensiones porque la llegada de tantas personas en poco tiempo saturó mercados laborales y servicios públicos en países que tampoco estaban preparados para absorberlos. El venezolano en el exterior carga con estereotipos propios: que trabaja duro, que se adapta, pero también que es ruidoso, que cree que su país era mejor que todos antes de la crisis. Dentro de Venezuela, la diferencia entre clases se volvió abismal. Zonas que parecen de primer mundo conviven con barrios donde todo se hace a pulso, sin recursos ni garantías. Pero el venezolano tiene un humor muy característico, casi como mecanismo de defensa colectivo. Hacer chistes de billetes que no sirven ni como papel, de situaciones absurdas que en otro contexto serían tragedias. Es una forma de procesar lo que pasó y lo que sigue pasando, de mantener una identidad que va más allá de las circunstancias. Venezuela, antes de la crisis, tenía una cultura de abundancia, de petróleo, de sentirse los más ricos de la región. Ese contraste entre lo que fue y lo que es dejó una marca psicológica colectiva que todavía se está procesando. 

Ecuador sorprende porque cambia completamente dependiendo de dónde estés. En la costa la gente es más directa, el clima es pesado y húmedo. Todo se mueve con una urgencia que contrasta con el interior. Guayaquil es la ciudad más grande, económicamente potente, pero caótica, con un orgullo local que rivaliza con Quito en todo, desde el fútbol hasta la forma de hablar. En la sierra el ritmo baja, el carácter se vuelve más reservado, las temperaturas caen y el día a día tiene otro tono completamente diferente. Quito está tan alto que a los visitantes les cuesta respirar los primeros días mientras los locales suben cuestas sin inmutarse. Y luego está la Amazonía, donde el estilo de vida cambia tan radicalmente que parece otro país. Comunidades que viven lejos de cualquier ciudad grande, con tradiciones propias y una relación con la naturaleza que el Ecuador urbano apenas comprende. El estereotipo habitual es que Ecuador es un país tranquilo, pequeño, sin mayores dramas. Pero la economía ha tenido altibajos fuertes. La política cambia de rumbo constantemente y la seguridad empeoró en los últimos años de formas que sorprendieron a propios y extraños. Las Galápagos son ecuatorianas, lo cual le da al país un patrimonio natural único, pero la mayoría de ecuatorianos nunca las visitaron porque ir cuesta lo mismo que un vuelo internacional. 

Perú es difícil de encasillar porque los contrastes son enormes. Lima es una megalópolis gris. con tráfico imposible, con una nube que cubre el cielo varios meses al año y una vida urbana que no para. Pero a pocas horas está Cuzco, capital del Imperio Inca, con tradiciones que llevan siglos y turistas que llegan buscando Machu Picchu. La selva peruana es otro mundo completamente diferente, con una influencia cultural que poco tiene que ver con la costa o la sierra. El estereotipo más fuerte del Perú es la gastronomía. Ceviche, lomo saltado, causa, pisco sour. Y es cierto que la comida peruana alcanzó un reconocimiento internacional que pocos países latinoamericanos tienen. Pero ese boom gastronómico también tapó conversaciones importantes sobre desigualdad, centralismo extremo, donde todo pasa en Lima, problemas políticos que se repiten cada gobierno y una fragmentación regional que a veces parece irreparable.

El peruano de Lima mira al resto del país de una manera y el resto del país mira a Lima con una mezcla de resentimiento y resignación. Hay un orgullo nacional que aparece especialmente cuando se habla de historia o comida, pero que convive con críticas constantes sobre todo lo demás. 

Bolivia es uno de esos países donde la imagen más básica incluye un altiplano infinito, con llamas caminando tranquilamente y mujeres con polleras cargando bultos que parecen pesar más que ellas mismas. El clima en algunas zonas es tan extremo que respirar se vuelve un reto para cualquiera que no haya nacido ahí. En La Paz, que está tan alto que los aviones aterrizan en El Alto y hay que bajar hacia la ciudad, los turistas se quedan sin aire caminando media cuadra, mientras los paseños suben cuestas como si fueran planas. Bolivia tiene una identidad tan marcada que es imposible confundirla con otro país. Las ciudades grandes están llenas de minibuses que frenan donde les parece, mercados que venden desde fruta fresca hasta remedios tradicionales que prometen curar cualquier cosa y una mezcla de lo moderno con lo tradicional que coexiste sin problemas aparentes. Hay una separación muy marcada entre lo urbano y lo rural. Yace entre grupos culturales que mantienen tradiciones completamente diferentes, entre una Bolivia que mira hacia afuera y otra que sigue funcionando con reglas propias que llevan generaciones. El boliviano tiene un orgullo silencioso pero firme. No necesita convencerte de nada, simplemente sabe quién es. 

Chile es un país larguísimo que cambia según la latitud. En el norte todo es desierto, minas, sequedad absoluta. En el sur llueve tanto que la humedad es parte de la personalidad local. Santiago está en el medio, funcionando como capital que absorbe recursos y atención mientras las regiones miran con cierto resentimiento. El chileno típico habla cortado, rápido, con un acento que a muchos hispanohablantes les suena como si las palabras vinieran sin vocales. Los modismos son tantos que prácticamente es otro idioma. Y cuando se juntan varios chilenos, la conversación se vuelve incomprensible para el resto del continente. Los terremotos forman parte de la rutina. Solo se preocupan si las lámparas empiezan a balancearse demasiado. El resto son movimientos que apenas merecen comentario. Chile tiene fama de ser el país más ordenado de Sudamérica, más formal, más europeo en sus aspiraciones, pero eso también genera críticas de países vecinos que lo ven como creído, como si se sintiera superior al resto del continente. El chileno vive con esta contradicción, orgulloso de su estabilidad, pero consciente de que esa estabilidad cuesta caro, literal y metafóricamente. 

Argentina aparece siempre con una imagen muy clara en la mente de cualquier latinoamericano. Acento inconfundible, manos en constante movimiento. Y alguien explicando algo con una seguridad que no necesita hechos para respaldarse y probablemente un mate pasando de mano en mano. El argentino tiene fama de creerse superior, de hablar como si tuviera la razón, aunque esté inventando datos, de transformar cualquier conversación en un debate filosófico que nadie pidió. Y como todos los estereotipos, tiene un núcleo de verdad rodeado de exageración. Buenos Aires es una ciudad que parece europea hasta que ves cómo funciona y te das cuenta de que es profundamente latinoamericana. Edificios elegantes junto a calles llenas de bocinazos, colectivos que pasan rozando a los peatones, cafés donde la gente puede discutir durante horas sobre política, fútbol, economía o cualquier tema que genere conflicto, que son todos. El interior del país tiene otro ritmo. Con provincias que miran a la capital con esa mezcla de dependencia y resentimiento que se repite en todo el continente. El argentino vive con un ojo en la situación económica del país, que cambia de crisis en crisis, y otro en su vida diaria, alternando entre optimismo exagerado y queja permanente a veces en cuestión de minutos. El fútbol no es un deporte, es una estructura emocional que afecta decisiones reales, relaciones familiares, estados de ánimo colectivos. Cuando la selección gana, el país entero funciona mejor. Cuando pierde, mejor no hablar con nadie hasta el día siguiente. 

Uruguay parece diseñado para bajar el nivel de estrés del continente. Calles tranquilas, gente caminando despacio. Un silencio que sorprende si vienes de cualquier país vecino. El uruguayo siempre aparece con un termo bajo el brazo y un mate del que toma sorbos constantemente como si fuera parte de su sistema respiratorio. Montevideo tiene un aire nostálgico con bares antiguos, playas que la gente disfruta aunque haga frío y un tráfico que rara vez se descontrola. La política es tema frecuente de conversación, pero de forma calmada, sin los gritos y dramatismos de otros lugares. Los uruguayos debaten como si tuvieran todo el tiempo del mundo, sin urgencia, sin necesidad de convencer a nadie. En el fútbol, la calma desaparece completamente. Ahí se aparece un lado más intenso, alimentado por una historia deportiva que el país defiende con orgullo, desproporcionado a su tamaño. Uruguay es pequeño, estable, directo en su trato. No busca llamar la atención, pero deja una impresión de orden y sencillez que otros países envidian en silencio. 

Paraguay es uno de los países menos mencionados en conversaciones internacionales, tanto que mucha gente solo conoce dos cosas: el tereré y el guaraní. El paraguayo vive en un calor que no perdona durante buena parte del año. Por eso ves a todo el mundo con una jarra térmica enorme absorbiendo tereré como si fuera parte de su metabolismo. El guaraní está tan integrado en la vida diaria que incluso quienes no lo hablan fluidamente terminan entendiendo frases sueltas de tanto escucharlo en la calle, en la televisión, en las conversaciones familiares. Chicos, el segundo puente que está ahí cerca, al costado de nuevo Super 2, ya está clausurado. Nadie puede pasar por ahí, porque el agua pasa encima del puente. Hicieron mal entonces ese puente porque por abajo tenía que pasar el agua, no por arriba. Qué bo. Vamos a reclamar eso que hicieron de cuenta. Paraguay tiene una historia marcada por la Guerra de la Triple Alianza. Fue uno de los conflictos más devastadores de América Latina y redujo la población de forma brutal y dejó una huella que todavía se refleja en el carácter reservado y firme de la gente. Asunción mezcla avenidas tranquilas con zonas donde la informalidad domina. Y el ritmo de vida suele ser más pausado que en otros países del continente. Paraguay no busca imagen, no utiliza marketing nacional, simplemente sigue su propio camino sin necesidad de llamar la atención ni convencer a nadie de nada. 

Brasil merece categoría aparte porque es casi un continente dentro del continente. La imagen clásica incluye carnaval, samba, fútbol y gente celebrando cualquier cosa que se pueda celebrar. Pero esa imagen, siendo parcialmente cierta, oculta una complejidad enorme. Brasil tiene regiones que funcionan como países diferentes. El nordeste tiene una cultura afrobrasileña marcadísima, una relación con la naturaleza diferente, un ritmo que nada tiene que ver con las megalópolis del sur. Sao Paulo es velocidad, negocios, tráfico interminable, casi otro país dentro del país. Río es playa, favelas, música, una estética que se vende como imagen de todo Brasil, pero que es específicamente carioca. El brasileño promedio vive con improvisación constante. Vendedores ambulantes que aparecen de la nada, músicos tocando en la calle sin necesidad de escenario, soluciones creativas a problemas que en otros países requerirían burocracia infinita. Pero Brasil también es desigualdad extrema, favelas que contrastan con condominios de lujo separados por pocas cuadras, violencia urbana que condiciona cómo vive la gente; es una estructura social donde el color de piel sigue determinando oportunidades de formas que el país prefiere no discutir demasiado. El cliché del brasileño festivo no aparece por casualidad. Realmente hay una cultura de enfrentar la vida con una energía que parece inagotable, de transformar problemas en música, de encontrar motivos para celebrar, aunque las circunstancias no inviten a ello. Es supervivencia emocional elevada a arte nacional. 

Y así llegamos al final de este recorrido por un continente que comparte tanto y se pelea por todo. Cada país jura que es diferente al vecino, que su comida es mejor, que su forma de hablar es la correcta, que los de al lado son más esto o menos aquello. Pero cuando un latinoamericano se encuentra con otro en cualquier parte del mundo, hay un reconocimiento instantáneo, una familiaridad que trasciende las fronteras dibujadas en mapas, porque al final todos crecimos con madres que cocinan demasiado, con familias que opinan sobre todo, con economías que suben y bajan, con políticos que decepcionan, con esperanzas que se reconstruyen cada generación. Los estereotipos existen porque simplifican realidades que son demasiado complejas para consumirse rápido. Es más fácil decir que los argentinos son creídos, que los mexicanos son fiesteros, que los chilenos hablan raro, pero detrás de cada simplificación hay millones de personas viviendo vidas que no caben en ninguna categoría, tomando decisiones que contradicen las expectativas, construyendo futuros que nadie predijo. Latinoamérica es caos, es contradicción, es conflicto permanente entre países y dentro de cada país, pero también es una forma de ver el mundo que no se encuentra en otros lugares, más cálida, más intensa, más dispuesta a improvisar cuando los planes fallan, y los planes siempre fallan. Así que esto es así, supongo. 

lunes, 2 de febrero de 2026

El gerontocidio de Ayuso

 Caso residencias. Los correos internos que prueban que el Gobierno de Ayuso sabía que las residencias no se medicalizaron en la pandemia, en El País, por Fernando Peinado, Madrid - 29 ene 2026:

El firmante de los protocolos alertó al inicio de la crisis de que había que “sacar” de estos centros a más casos de los previstos: “No deseo que ninguna autoridad tenga en su conciencia un número importante de fallecimientos evitables”

El Gobierno madrileño de Isabel Díaz Ayuso sabía desde los primeros días de la crisis sanitaria de 2020 que las residencias de mayores no eran el espacio adecuado para tratar a las personas contagiadas. Esa idea de “medicalizar” las residencias la había anunciado el consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, el jueves 12 de marzo de 2020, pero ocho días después, un alto cargo de su departamento, Carlos Mur, alertó de que el plan no estaba funcionando y de que había que “trasladar” a los hospitales a más personas de las previstas, aquellas que se pudieran “salvar”, y a las que no, “ayudarles a morir dignamente”, según un correo que forma parte de una cadena a la que ha tenido acceso EL PAÍS. “No deseo que ninguna autoridad tenga en su conciencia un número importante de fallecimientos evitables”, advirtió Mur aquel viernes 20 de marzo.

A pesar de esta advertencia, las derivaciones hospitalarias cayeron a su nivel más bajo en los días 20, 21 y 22 y no recobraron la normalidad hasta principios de abril, según los expertos de la comisión ciudadana por la verdad. Los datos oficiales autonómicos y del Instituto Nacional de Estadística muestran que en marzo y abril murieron más de 7.200 residentes sin hospitalización.

Esta revelación de EL PAÍS se conoce casi seis años después, cuando la justicia sigue investigando los fallecimientos, ahora como un supuesto delito de discriminación en el acceso a un servicio público. Las asociaciones que representan a las familias de los fallecidos han conseguido la imputación de cuatro ex responsables autonómicos, entre ellos Mur, y consideran que Escudero y Ayuso deberían ser investigados.

Los correos preceden a los que envió el 22 de marzo el consejero de Políticas Sociales, Alberto Reyero, advirtiendo a Escudero del abandono de las residencias, muertes “indignas” y una “discriminación de graves consecuencias legales”. En esta correspondencia anterior de nuevo se aprecia cómo los choques en aquel Gobierno de coalición de Partido Popular y Ciudadanos afectaron a la respuesta a una situación crítica.

Mur, que el lunes fue interrogado por primera vez como imputado, ha declinado hablar con este diario. Como director de Coordinación Sociosanitaria, se encargaba de conectar a la red sanitaria pública con las 475 residencias de mayores de la región. Por orden de Escudero, el consejero de Sanidad, se había reunido el viernes 13 de marzo con un grupo de médicos ―recién denominados “geriatras de enlace”― que iban a ejercer un filtro exigente a las llamadas de las residencias pidiendo hospitalización. Las personas con dependencia física o cognitiva (una buena parte de la población de las residencias) serían tratadas en esos centros, para evitar el colapso de los hospitales. Su primer protocolo de triaje fue distribuido el miércoles 18.

El viernes 20, el escenario era “espantoso”, según describió Mur en su e-mail, enviado a las 14.00. Tres días antes, se había producido una conmoción cuando la prensa reveló que al menos 19 personas mayores habían muerto en la residencia Montehermoso. Aquella noche, Ayuso dijo en Telecinco que esa residencia era una excepción y que “en su práctica totalidad están [estaban] todas medicalizadas“.

El correo iba dirigido a una alto cargo de la Consejería de Políticas Sociales, Begoña Cortés. Puso en copia a cinco responsables, los consejeros de Sanidad, Escudero, y de Políticas Sociales, Reyero, además de a otros tres cargos de esos dos departamentos.

Mur reprochó a Gómez, directora de Atención al Mayor, que no estuviesen llegando médicos a las residencias. Días antes, Sanidad había pasado un listado de sanitarios voluntarios a Políticas Sociales. “Si no avanzáis en la contratación de médicos, no vamos a poder tratar allí según el modelo de residencia medicalizada que tenemos”, escribió el alto cargo de Sanidad. Políticas Sociales, en poder de Ciudadanos y sin competencias sanitarias, debía cumplir un plan de “medicalización” que había sido diseñado a sus espaldas por Sanidad, controlada por el Partido Popular, a pesar de que este último departamento disponía de una plantilla de 62.547 sanitarios.

Luego, Mur anunció su propuesta: “Mi idea firme es que debemos trasladar a aquellos que podamos salvar y los que no, ayudarles a morir dignamente. Si ni siquiera podemos darles cuidados paliativos dignos en las residencias, el protocolo inicial de funcionamiento no es realizable”. Añadió su admonición: “No deseo que ninguna autoridad tenga en su conciencia un número importante de fallecimientos evitables”.

Debido a esta falta de personal, Mur pidió trasladar “DIRECTAMENTE” a los hospitales públicos de media estancia especializados en rehabilitación como la Fundación Instituto San José (oeste de la capital) o el Virgen de la Poveda (municipio de Villa del Prado). También se refirió a la posibilidad de derivar al resto de hospitales públicos si estos consiguieran aliviar la presión asistencial gracias a Ifema y los hoteles medicalizados. Todo esto era un plan de corto plazo, para ese fin de semana. Propuso retomar el proyecto de residencias medicalizadas cuando la consejería de Políticas Sociales consiguiese el personal médico.

Mur sabía que los mayores tampoco iban a ser admitidos en el nuevo hospital de campaña del recinto ferial de Ifema, que había sido anunciado esa misma mañana. Se lo había dicho un día antes el consejero Escudero, quien le explicó que buscaban “pacientes sin problemas para la actividad básica de la vida diaria y sin deterioro cognitivo”, según reveló Mur en 2021 en la Asamblea de Madrid.

Ifema reventó la idea del plan Burgueño de reforzar las residencias con los sanitarios de atención primaria. Era lo que el asesor especial Antonio Burgueño había discutido en la Puerta del Sol, sede del Ejecutivo madrileño, con Ayuso y Escudero, antes de que el consejero de Sanidad anunciara la medicalización. Días después, este “hospital milagro” absorbió a más de 1.000 sanitarios de la atención primaria madrileña.

Choque

Cuarenta minutos después del correo de Mur, respondió la mano derecha de Escudero, Ana Dávila. Como viceconsejera de Asistencia Sanitaria estaba al frente del Servicio Madrileño de Salud, el Sermas. (Ayuso la nombró después consejera de Asuntos Sociales en junio de 2023 y aún mantiene el puesto). Dávila parece reprender a Gómez, de Políticas Sociales, por no haberles comunicado qué médicos habían aceptado ir a las residencias de entre los incluidos en un listado de 151 voluntarios enviado que les habían trasladado dos días antes.

Gómez contestó de inmediato que esa misma mañana le había dicho a Mur que las residencias no habían podido contratar a ningún médico de esa lista. Le explicó que esos facultativos eran de otras comunidades autónomas y no querían desplazarse y que algunos presentaban síntomas. Solo habían podido contratar a tres doctores, pero por otra vía.

Esa misma tarde, Mur firmó a las 16.37 un protocolo de triaje, que distribuyó por correo a las 17.32. Ese protocolo, el segundo de los cuatro que se enviaron a los hospitales, relajó algo los “criterios de exclusión”, que se basaban en una escala de dependencia física del 0 al 100 conocida como Barthel y otra de dependencia cognitiva llamada GDS.

A pesar de esta relajación, los datos de la Comunidad muestran que los traslados desde residencias a hospital siguieron cayendo. Los tres días de toda la crisis con menos traslados fueron el 20, 21 y 22 de marzo.

Justo antes de la pandemia el promedio de hospitalizaciones procedentes de residencias había sido de 120 al día, pero entre el 7 marzo y el 31 marzo la media cayó a 65 personas por día, según la comisión ciudadana por la verdad en las residencias de Madrid. Ese informe destacó que “lo esperable es que (los traslados) hubieran aumentado fuertemente por el aumento de contagios”, pero ocurrió lo contrario.

Las residencias no recibieron un refuerzo médico relevante hasta el 6 de abril, según admitió Mur a este periódico en 2020. Múltiples testimonios lo acreditan. Esos días muchos mayores agonizaron sin auxilio.

Conductas anómalas derivaron de comportamientos evolutivos protectores.

 Procrastinar, obsesionarse o morderse las uñas: actos autodestructivos que surgieron para sobrevivir en un mundo hostil, en El País, por Enrique Alpañés, Madrid - 2 FEB 2026:

“El cerebro evolucionó para favorecer la supervivencia, no la paz interior”, explica el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland.

Postergar eternamente esa tarea importante, darse un atracón de pizza o rememorar una y otra vez aquel episodio vergonzoso y terrible de nuestro pasado. Son formas de autosabotaje, comportamientos habituales que pueden llegar a ser dañinos, pero que tienen una base evolutiva, nuestro cerebro nos empuja a ellos para sobrevivir. Esta es la sugerente tesis que explica el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland en su libro Controlled Explosions in Mental Health (sin traducción al español). “El cerebro humano evolucionó para la supervivencia, no para conseguir felicidad o paz interior. Todo gira en torno a protegernos”, explica el experto en conversación con EL PAÍS. Esto implica que si hay una situación ambigua, tu cerebro la interpretará como un peligro. Intentará primar la supervivencia a tu salud mental. Es algo que empezó a hacer hace milenios y que ha llegado hasta nosotros ampliado por una simple cuestión evolutiva.

Nuestros ancestros más relajados, los menos paranoicos de la tribu, eran los que tenían más papeletas para ser devorados por ese ruido entre los arbustos que probablemente no será nada. “La selección natural ha favorecido cierta hiperventilación, cierta tendencia a sobreestimar las amenazas”, asegura Heriot-Maitland. Pero el mundo en el que vivimos no es el mismo en el que vivían nuestros antepasados. Ellos tenían tigres de las cavernas acechando, clanes rivales con los que competir y mamuts que cazar. Ahora compramos la carne en el supermercado, nuestro rival es Juan Francisco, de contabilidad y solo vemos tigres en la tele. Las amenazas son más pedestres y sociales: la desaprobación, el rechazo, el abandono, el miedo a no gustar... “Así que muchos de los comportamientos paranoicos que en otro contexto podían funcionar, hoy nos llevan a sabotearnos”, señala Heriot-Maitland.

En su libro, este experto formado en Oxford, con 12 años de experiencia en la sanidad pública inglesa, compara estos comportamientos con explosiones controladas. Nuestro cerebro tiene un escuadrón de artificieros que precipitan una reacción explosiva para evitar un daño mayor. Es como morderse las uñas en lugar aguantar durante años hasta explotar con un comportamiento de autolesiones; ser ligeramente autocrítico como método para mejorar, en vez de oír voces que juzgan y nos insultan de forma constante, en un comportamiento rayano en la esquizofrenia. “Hay que entender que estos comportamientos pueden llegar a ser clínicos, pero son un continuum, forman parte del mismo espectro”, señala el psicólogo. “Todos tenemos unos cerebros con un sesgo protector, pero estos mecanismos se vuelven más contundentes y ruidosos a medida que tenemos más experiencias negativas”. Por eso entender estos mecanismos puede hacernos no solo más comprensivos con nosotros mismos, sino más empáticos con quienes sufren alguna enfermedad mental grave.

Para escribir su libro, Heriot-Maitland decidió retirarse a un pueblecito del norte de Escocia, un retiro laboral que debería ayudarle con los plazos de entrega. Pero el pueblo resultó ser precioso. Tenía unas rutas de montaña espectaculares, unas vistas increíbles, incluso los libros que había en la casita donde se quedaba de repente le parecían fascinantes. Heriot-Maitland caminó mucho más de lo que escribió, y en uno de sus improductivos paseos por el campo cayó en la cuenta. Estaba procrastinando la escritura de un libro sobre la procrastinación. Más que una ironía, aquello fue una revelación, explica el autor. “Puedes investigar todo lo que quieras y realizar todos los estudios científicos del mundo, pero eso no es lo mismo que la conciencia de uno mismo. Puedes entender estos procesos intelectualmente, pero ocurren a un nivel más emocional, más inconsciente”.

Entonces, ¿qué sentido tiene detectarlos? Heriot-Maitland explica que el suyo no es un libro de autoayuda, no busca una solución mágica. Solo pretende explicar los mecanismos subyacentes de muchos comportamientos problemáticos, entender su origen. “Por ejemplo, con la procrastinación”, explica el psicólogo, “cuando estoy a punto de terminar algo, procrastino más. Quizá porque me estoy acercando a lo que temo, que es terminar un trabajo que luego podría ser juzgado o criticado, o que podría ser una porquería... Si entiendes eso, hay algunos miedos subyacentes con los que puedes trabajar”.

Más allá de la vertiente psicológica y práctica del libro, este encierra datos y anécdotas ciertamente curiosas. Por ejemplo, el experto explica por qué tanta gente se siente atraída por las películas de terror, los parques de atracciones o los deportes extremos. “Tienen un equilibrio perfecto entre seguridad y riesgo”, señala. Es una forma de vacunarnos, nos prepara, en un entorno seguro, para lidiar contra escenarios de estrés y ansiedad que podrían darse en la vida real. Heriot-Maitland lo explica con un ejemplo práctico: “ir en una montaña rusa es emocionante y divertido, pero ir en tu coche cuesta abajo, con los frenos rotos por una colina sería horrible”.

Esta idea se entiende desde el marco de la percepción predictiva, una teoría que viene a decir que nuestro modelo interior del mundo no es tanto la realidad, como una interpretación de la misma. Nuestro cerebro tiene un ancho de banda limitado, no puede procesar cada bit de información que se le presenta. Así que analiza lo que pasa y rellena los huecos de información con lo que cree que pasa. Por eso podemos leer perfectamente una palabra, aunque le falten letras. O interpretar la imagen de un puzle aunque no tenga todas las piezas. Pero para ello necesita información previa: haber leído antes esa palabra o visto un paisaje similar al del puzle. Por eso las películas de terror son perfectas, porque nos dan información sobre contextos en los que no hemos estado nunca. Nos inoculan una pequeña cantidad de miedo e incertidumbre para prepararnos para escenarios con una gran cantidad de ambos. “Funciona como una vacuna”, señala el experto.

Este mismo mecanismo estaría detrás de los llamados comportamientos de habituación, cuando la persona rumia escenarios dramáticos de forma obsesiva. Es un comportamiento negativo desde el punto de vista de la salud mental. “Pero tu cerebro podría estar usando el daño como una especie de entrenamiento o ensayo”, explica Heriot-Maitland. “Es como los pilotos, que pasan por una simulación antes de coger un avión de verdad”. De nuevo, esto tiene un origen evolutivo. Los ancestros catastrofistas, aquellos que habían ejercitado, preparado y afinado sus respuestas ante las amenazas, estarían más preparados cuando estas llegaran que aquellos que vivían una rutina despreocupada y feliz.

Parecería, así explicado, que la evolución hubiera premiado a los amargados. Que no hay goce y disfrute en el mundo que pueda tener un beneficio evolutivo. Y no es así. El sexo (más allá de su finalidad reproductiva) el alcohol y otras drogas recreativas han sido desde siempre comportamientos hedónicos, sociales y de escapismo ante los problemas. Pero su abuso puede convertirse en un comportamiento autodestructivo, explica el experto. “El alcohol, el sexo, las drogas… la gente los usa por cuestiones hedónicas y sociales, claro, pero pueden ser una forma de evitar emociones incómodas. Y es efectivo". Estos comportamientos hedónicos crean una especie de entumecimiento o una distracción, generan sensaciones fuertes que anulan o tapan las emociones dolorosas que tienes. Y tu cuerpo aprende que esto funciona. Y piensa que es genial. “Así que lo haces más y más hasta que se convierte en una adicción, se forma un hábito y se vuelve una forma destructiva de evitación”.

Tanto en este caso como en los anteriores hay un espectro, desde el pequeño hábito nocivo hasta el comportamiento patológico. El libro de Charlie Heriot-Maitland pretende analizar los primeros, aquellas explosiones controladas que evitan la hecatombe. Lo hace para comprender primero la base evolutiva del autosabotaje, para ofrecer la oportunidad de reconocer su función protectora y, al mismo tiempo, abordar el daño que puede llegar a causar. “No queremos combatir estos comportamientos, pero tampoco queremos apaciguarlos y dejar que sigan controlando, dictando y saboteando nuestras vidas”, explica. “Lo importante es entender que tenemos opciones”.

Espagueti indigesto

 Mensaje en clave

Un hombre rico tuvo una aventura con una mujer italiana durante unos años. Una noche, durante uno de sus encuentros, ella le confió que estaba embarazada.

No queriendo arruinar su reputación o su matrimonio, le pagó una gran suma de dinero para que fuera a Italia y tuviera al niño. Prometió proporcionar manutención hasta que la niña cumpliera 18 años, siempre y cuando ella permaneciera en Italia. Ella estuvo de acuerdo, pero le preguntó cómo sabría cuándo nacería el bebé.

Para mantener la discreción, le dijo que le enviara una postal y que simplemente escribiera "Spaghetti" en el reverso. Luego se encargaría de la manutención de los hijos.

Unos nueve meses después, regresó a casa con su confundida esposa.

—Cariño —dijo ella—, hoy has recibido una postal muy extraña.

"Oh, solo dámelo y te lo explicaré más tarde", dijo.

Su esposa le entregó la tarjeta, y al leerla, el hombre se desmayó. La postal decía:

"Spaghetti, Spaghetti, Spaghetti, Spaghetti... Dos con albóndigas y dos sin ellas."

domingo, 1 de febrero de 2026

Por fin protestan la discriminación a latinos en EE. UU.

 Latinos en Hollywood. De Eva Longoria a Becky G, los latinos se plantan ante la falta de diversidad de Hollywood: “Es señal de una eliminación más amplia de nuestra comunidad”. En El País, por María Porcel, Los Ángeles - 31 ENE 2026:

Más de 100 artistas han firmado una carta después de que la actriz Odessa A’zion, que no es latina, haya renunciado a interpretar a una mujer mexicana, mientras que muchas mujeres de la comunidad no han tenido la oportunidad

La cuestión de la diversidad sigue siendo complicada de manejar en Hollywood, a fecha de 2026. En un país como Estados Unidos, donde uno de cada cinco habitantes es latino, y con el español como segundo idioma oficioso, siguen dándose casos que generan sorpresa, si no indignación. Tanto que un colectivo formado por más de 100 personajes del mundo de la cultura, de Eva Longoria a Jessica Alba, ha decidido firmar una carta en señal de protesta para que resuene ante los ejecutivos, los directores y los estudios.

A raíz de que la actriz Odessa A’zion haya renunciado, tras lograr superar el casting, a un papel de mujer latina —sin serlo ella, puesto que es californiana de raíces centroeuropeas—, muchos intérpretes han alzado la voz. Da igual que lleven años en la industria, que hayan sido nominados a grandes premios, que cobren inmensos cheques o que tengan poder de decisión: siguen siendo considerados de segunda, lo saben, y quieren ser tomados en cuenta. Un centenar de ellos han afirmado que “con urgencia” deben ser escuchados: “Porque el relato de las historias es la brújula de la humanidad, y Hollywood ejerce todo el poder”.

Hollywood cierra la puerta a los latinos: los hispanos solo protagonizan un 5% de los papeles en el cine

“Las historias que decidís contar y cómo las contáis dan forma a la percepción pública, a la comprensión cultural y a quienes se ven reflejados en la pantalla”, afirman. “En estos momentos difíciles, ese poder conlleva una gran responsabilidad”, remachan, en una referencia a la presión y el miedo que millones de latinos de todo el país sienten con motivo de las brutales persecuciones y deportaciones que está llevando a cabo el servicio de inmigración ICE.

El caso que ha colmado la gota de la paciencia ha sido el de A’zion. La actriz se ha convertido en uno de los rostros del año gracias a sus papeles en la película Marty Supreme y la serie de HBO I Love L.A. La intérprete californiana, cuyos antecesores son judíos y alemanes, decidió enviar un comunicado el miércoles explicando que renunciaba a un papel para el que había pasado diversas pruebas. Era el de Zoe Gutiérrez, una mujer homosexual, latina y judía, para la película Deep Cuts. El filme, que se rodará esta próxima primavera, es la adaptación del libro homónimo de la autora Holly Brickley, y sigue la historia de una pareja, Percy y Joe, unida por la música que se conoce en la universidad, a los que interpretarán Saoirse Ronan y Austin Butler.

En una larga nota colgada en sus redes, A’zion contó que había recibido muchos mensajes y hasta críticas por postularse para ese papel, especialmente porque Gutiérrez es una mujer latina, y ella no. “Chicos, estoy con vosotros y NO voy a hacer esta peli”, escribió. Con la sinceridad que la caracteriza, la angelina, de 25 años, agradeció los mensajes recibidos y pidió perdón. “Siento mucho que haya pasado esto. Es MUY importante para mí contaros cómo sucedió todo: fui a por [el papel de] Percy, pero me ofrecieron el de Zoe en su lugar y acepté al instante. Estoy muy enfadada, no había leído el libro y debería haber prestado más atención a todos los aspectos de Zoe antes de aceptar... y ahora sé lo que sé”, explica. “¡Joder! ¡Estoy fuera! Nunca le quitaría el papel a otra persona que esté destinada a hacerlo. ¡Con eso basta! Yo no soy así. Hay muchísima gente más que capaz de desempeñar este papel y yo no soy una de ellas".

Los firmantes de la carta hablan de la cuestión, y de cómo “decisiones de casting recientes han mostrado patrones preocupantes”. Hacen referencia al caso de A’zion, a la que agradecen el gesto, por “escuchar, reflexionar y decidir salir del proyecto y convertirse en una aliada”. “Pero ¿cómo hemos llegado a esto?“, plantean. ”La ausencia de oportunidades de audición para latinas y la decisión de sustituir a un personaje claramente latino por una actriz no latina es señal de una eliminación más amplia y continua de nuestra comunidad de las historias que definen nuestra cultura", afirman. Entre quienes apoyan el escrito hay nombres como los de las actrices Gina Rodríguez (Jane The Virgin), Eiza González (Fast&Furious), Eva Longoria (Mujeres desesperadas), John Leguizamo (Moulin Rouge), Jessica Alba (Los cuatro fantásticos), Tonatiuh (El beso de la mujer araña), Diego Boneta (Luis Miguel), Kate del Castillo (La reina del sur), Isabela Merced (The Last of Us), Xochitl Gómez (Doctor Strange), Melissa Barrera (Scream), Ismael Cruz Cordova (El señor de los anillos: Los anillos de poder), Nava Mau (Bebé Reno), el productor brasileño Rodrigo Teixeira y la cantante Becky G, entre otros muchos.

“No se trata de un actor o un proyecto en concreto”, remachan. “Se trata de un sistema que ignora repetidamente el talento latino cualificado, a pesar de que nuestras identidades, historias y experiencias alimentan las historias más perdurables. Las comunidades latinas ya están infrarrepresentadas y mal representadas de formas que distorsionan la realidad y perjudican a personas reales. Las decisiones de casting tienen un peso real: influyen en quién se considera digno de contar historias auténticas y quién puede contarlas con cuidado, matices y autoridad”.

En Estados Unidos hay alrededor de 62 millones de latinos, y por sí solos, si fueran un país, supondrían la quinta economía del mundo, con un valor de más de tres billones de dólares, según un estudio realizado por la consultora McKinsey en primavera de 2024. Ellos son quienes más entradas de cine compran y quienes, paradójicamente, menos se ven a sí mismos en las pantallas. Aunque económica y socialmente su impacto es innegable, culturalmente la realidad es más compleja. Según un estudio de la Iniciativa de Inclusión Annenberg, de la Universidad de California, de hace menos de dos años, en 20 años apenas 75 intérpretes hispanos, hombres y mujeres, han sido protagonistas o coprotagonistas en películas. Eso supone una representación de apenas del 4,4% de los actores de origen latino en Hollywood.

La industria del entretenimiento pierde sin los latinos: podrían aportar hasta 18.000 millones de dólares anuales más.

De ahí que los firmantes pidan “responsabilidad, intencionalidad y equidad”, tanto en el proceso de casting como a la hora de contar historias. “Una representación auténtica significa más que elegir a un actor que se parezca al personaje; significa involucrar a las comunidades que se retratan no solo delante de la cámara, sino también en las decisiones que dan forma a estas historias desde su concepción. Nuestras historias merecen ser moldeadas con la aportación, la orientación y el liderazgo de creadores, consultores, escritores y actores latinos en todas las etapas”, aseguran, y para ello piden acciones muy concretas: que se hagan audiciones a latinos para diversos roles, y no solo para los estereotipados; que se contrate a ejecutivos latinos, también como consultores; y que haya oportunidades desde la base, con becas, oportunidades y mentorías “que expandan el acceso a todos los niveles del ecosistema”.

Según un informe publicado en otoño de 2024 por la organización LDC (The Latino Donor Collaborative), la falta de representación de los latinos en la industria hace que esta pierda muchísimo dinero cada año: entre 12.000 y 18.000 millones de dólares. Hay falta de representación en casi todas las categorías: series, películas, programas con y sin guion, en papeles protagonistas, secundarios, de narradores... Según explicaban, buena parte del problema viene de, como dicen los firmantes de la carta, la parte superior de la pirámide: del hecho de que no haya apenas ejecutivos en las altas esferas de Hollywood. Pero, como ellos mismos dicen, para cambiar lo que está más arriba hay que empezar por lo de más abajo.

sábado, 31 de enero de 2026

La nada nadea. Invitación al nihilismo

 Dice una IA:

 "La nada nadea" es una frase filosófica del pensador Martin Heidegger que significa que la Nada no es una mera ausencia, sino una actividad que permite al Ser manifestarse, un concepto que ha sido retomado en el libro homónimo de Jesús Zamora Bonilla, quien lo usa para defender el nihilismo como una filosofía optimista y vital, aceptando la falta de sentido trascendental de la vida.

Jesús Zamora Bonilla, La nada nadea: Invitación al nihilismoEditorial Deusto, 2023.

Carlos Boyero y lo que no funciona.

 Traga mierda y resígnate a ella, en El País, por Carlos Boyero, 24 ene 2026:

El estupor de la gente ante la sensación de que nada funciona empapa múltiples asuntos de la vida cotidiana.

Enzensberger renegaría actualmente de un antiguo poema suyo, que iniciaba Poesías para los que no leen poesías. Decía así: “no leas odas hijo mío: lee los horarios de los trenes. Son más exactos”. Y Agustín García Calvo, que exaltó la alegría, la ensoñación y el significado de los viajes ferroviarios en un hermoso libro titulado Del tren, constataría que el personal siente desconfianza o temor a utilizarlo, han sustituido la ilusión por el acojone. Podemos denominar como fatalidad a los últimos desastres, pero no hay duda de que el caos, la incertidumbre y el temor son los reyes desde hace tiempo. El estupor de la gente ante la sensación de que nada funciona empapa múltiples asuntos de la vida cotidiana. Ni Dios te va a explicar por qué se quedó el país en las tinieblas durante 12 horas. Eso volvió a ocurrir desde las cuatro de la tarde a las dos de la madrugada en mi calle y en otras cercanas del barrio durante la Nochebuena. Después de múltiples llamadas a teléfonos con voces grabadas alguien que parece real asegura que van a activarse los protocolos y que se avisará a las brigadas. Ni puta idea de lo que significa eso tan enfático y melifluo de activar los protocolos. También acabo de escuchar varias veces en la tele desde la elocuente boquita de responsables en el funcionamiento de los trenes idéntica frase: “desde la perspectiva del informe preliminar”. No son perversiones del lenguaje, sino simplemente la nada, algo habitual en el discurso de la clase política.

Y si acudes a los bancos, esos lugares ancestralmente siniestros que aseguran cuidar de tu dinero, alguien con tono educado o cansado te informará de que tienes que pedir anticipadamente una cita para hacer cualquier consulta. Y en los grandes almacenes, encontrar a alguien que te atienda se convierte en una aventura muy pesada. También es normal que no aparezca nadie o los seguros te cambien las citas concertadas si sufres desperfectos en tu casa. Desconozco orgullosa y suicidamente el universo de internet, pero me cuentan que los permanentes conflictos con los fallos o los misterios informáticos invitan al ataque de nervios.

Y sospecho que el lamentable estado de tantas cosas imprescindibles crea perplejidad, miedo e indefensión en la gente, pero que también alimentan la cólera, la desconfianza y la aversión hacia los que supuestamente dirigen el sistema. Todos ellos avalados por la legitimidad que otorgan los votos. Y todo seguirá igual. O peor. Que la ciudadanía se acostumbre a sobrevivir permanentemente en compañía de la mala hostia y de la resignación.

jueves, 29 de enero de 2026

5 bulos sobre la sanidad pública que repite interesadamente la derecha

 La privada es más eficiente que la pública, hay una fuga de médicos y otros mitos de la sanidad, en El País, por Pablo Linde,  29 ene 2026:

Un informe de Funcas firmado por prestigiosos economistas de la salud aborda los bulos y medias verdades en torno al sistema sanitario.

Los bulos sobre el sistema sanitario español se usan habitualmente como armas ideológicas a uno y otro lado del espectro político. Frases muy repetidas sobre la falta de médicos o la mayor eficiencia de la privada (o la pública) simplifican en exceso la realidad y conducen a diagnósticos erróneos, sostiene un informe que acaba de publicar Funcas.

Firmado por una docena de los más prestigiosos economistas de la salud del país, se centra a desentrañar otros tantos bulos sanitarios. “El propósito de esta recopilación va más allá de la clarificación o matización de estos tópicos. El gran inconveniente de su amplia circulación es que llegan a dificultar el correcto diagnóstico y la comprensión de los problemas de la sanidad y de las políticas de salud y, por tanto, la adopción de las soluciones o reformas pertinentes”, escribe Félix Lobo, profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid y director de Economía y Políticas de Salud de Funcas.

De los recogidos en el documento, estos son los cinco bulos más recurrentes en el debate público:

La sanidad española es la mejor del mundo

El mantra de que España tenía la mejor sanidad del mundo era más frecuente antes de la pandemia. Con la covid, se rompieron sus costuras y se evidenciaron sus debilidades. Aun así, el Sistema Nacional de Salud sí es uno de los mejores del planeta.

Vicente Ortún, profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra, explica que aunque son muchos los factores que se podría medir, el mejor para determinar una clasificación es la mortalidad innecesariamente prematura y sanitariamente evitable. Los últimos datos internacionales con estos criterios sitúan a la sanidad española como novena, por detrás de Suiza, Suecia, Noruega, Canadá, Holanda, Australia, Islandia e Irlanda.

“Tenemos un buen sistema sanitario, pero con mal pronóstico”, señala Ortún quien apunta como retos el envejecimiento de la población, su mayor exigencia, la cronicidad y los problemas de salud mental, entre otros.

La sanidad privada es más eficiente que la pública

La idea de que la sanidad privada es más eficiente que la pública se ha instalado en algunos sectores como un lugar común, apoyada en la premisa de que la disciplina del mercado y el incentivo del beneficio garantizan una mejor gestión de los recursos. Frente a ella, existe un argumento especular que sostiene lo contrario: que la pública es siempre superior porque protege la universalidad, la equidad y el acceso.

José Jesús Martín, catedrático de Economía de la Universidad de Granada, advierte de que ambas afirmaciones simplifican en exceso una realidad mucho más compleja y no se sostienen empíricamente.

La evidencia internacional no es concluyente. Los sistemas públicos universales tienden a obtener mejores resultados en salud con menor gasto agregado que los más privatizados, como ilustra el caso de Estados Unidos. En España, la investigación apunta a que lo decisivo no es la propiedad del centro, sino su marco de regulación y el grado de autonomía para gestionar personal, compras e incentivos.

Martín concluye que afirmar que la sanidad privada es siempre más eficiente que la pública es, en esencia, un bulo ideológico, sin respaldo empírico, y que su versión inversa incurre en el mismo error. “No es la propiedad lo que marca la diferencia, sino cómo se gobiernan y gestionan las organizaciones sanitarias”, resume.

En España faltan médicos

El informe cuestiona que exista un déficit absoluto de médicos y advierte de que el problema, en estos términos está mal formulado. España se sitúa en el grupo alto de la UE en número de médicos por habitante y cuenta con más de 250.000 médicos colegiados activos, según el INE.

Patricia Barber, profesora titular de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, expone que el déficit es selectivo y estructural, no global. Faltan médicos allí donde las condiciones laborales son peores o menos atractivas —zonas rurales, atención primaria y algunas especialidades— y sobran diagnósticos simplistas que confunden problemas de organización y planificación con escasez numérica. No es tanto cuántos profesionales hay, sino dónde están y en qué condiciones trabajan, viene a resumir.

El análisis subraya que reducir el debate a “faltan médicos” es, en sí mismo, un bulo que oscurece el problema de fondo. Aumentar plazas universitarias o formar más graduados —España casi duplica las recomendaciones de la OMS—, señala Barber, no resolverá por sí solo las dificultades si no se acompaña de reformas en la gestión de recursos humanos, mayor autonomía organizativa y políticas eficaces para atraer y retener profesionales en los puestos más tensionados, como pueden ser determinadas áreas de la Atención Primaria.

Hay un déficit de 100.000 enfermeras

El Ministerio de Sanidad cifra en 100.000 el déficit de enfermeras en España. Se apoya en una comparación internacional: con los datos de Eurostat (2022), España aparece con unas 6,2 enfermeras por cada 1.000 habitantes, frente a una media comunitaria de 8,4.

El informe de Funcas, sin embargo, advierte de que esa resta directa —aunque orientativa— se utiliza con una rotundidad que no se corresponde con la fragilidad estadística del indicador y con la complejidad real de los sistemas sanitarios.

Mercedes Alfaro, especialista en sistemas de información sanitaria, está de acuerdo en que hay una necesidad de reforzar los equipos de enfermería en un contexto de envejecimiento poblacional, cronificación y mayor demanda asistencial. Pero matiza que el déficit no puede deducirse solo de una tasa internacional: los países no miden igual a quién cuentan como enfermera, existe una distinción entre “enfermeras profesionales” y “asociadas” que no es homogénea, y la propia media de la UE no está ponderada, lo que puede inflarla si países pequeños con tasas altas elevan el promedio.

Además, el reparto de tareas cambia según el modelo: en España el peso del personal auxiliar (TCAE) es alto y, en parte, compensa funciones que en otros países recaen en categorías de enfermería intermedia que aquí no existen.

La conclusión de la autora es clara: hay base para afirmar que faltan profesionales de enfermería, pero convertir esa realidad en un número exacto —y, sobre todo, en un eslogan— es poco riguroso.

Hay una fuga de médicos a otros países

La idea de una “fuga” de médicos españoles al extranjero se repite con insistencia en el debate público, asociada al deterioro de las condiciones laborales y salariales en el sistema sanitario. Sin embargo, los datos no respaldan esa narrativa, afirma Beatriz González López-Valcárcel, catedrática emérita de Economía de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

El argumento suele apoyarse en el elevado número de certificados de idoneidad profesional solicitados para trabajar fuera de España, pero confunde un trámite administrativo previo con una emigración real y efectiva. En 2024 se emitieron cerca de 6.000 certificados, correspondientes a 3.582 médicos, pero solo 395 causaron baja en los colegios profesionales, el mejor indicador disponible de salida efectiva del país.

Esa cifra equivale a apenas el 0,2% de los médicos colegiados no jubilados en España y desmiente cualquier idea de emigración masiva. En términos relativos, supone alrededor del 6% de los nuevos graduados y menos del 5% de quienes accedieron a una plaza MIR ese mismo año. Existe, por tanto, movilidad profesional —habitual en un mercado laboral cualificado y global—, pero no una huida generalizada.

martes, 27 de enero de 2026

Una desgracia del pasado

 Vídeo de investigación que reporta la historia de dos hermanos a partir de la restauración de una antigua fotografía. Conmovedor y terrible al mismo tiempo.