lunes, 14 de abril de 2014

La República, ni caos ni utopía

Julián Casanova, "La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado", El País, 14 de abril de 2014

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.

A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.

El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.

Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.

El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.

Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.

Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.

Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.

 Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre  varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.

 Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores  más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.

Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.

Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.

Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña,  que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.

Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.

TRES FASES:

-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)
-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.
-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga
La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.
Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculina, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).

martes, 8 de abril de 2014

Que les den, que les gusta.

Tienen los políticos españoles actuales la impronta de cansar el vituperio; solo eso, o una mezquindad fuera de madre explica la benevolencia con que los trata la prensa menesterosa y oprimida, la sociedad disociada y la para algunos justicia, cuyos caros brazos caídos han abandonado espada mellada y balanza con truco para acoger a un sobrecogedor montón de aforados aforrados y judíos con vitola en el capullo y, eso sí, cincuenta millones de guiris cada verano, mientras que de moros saltarines nada, que también vienen, la mayoría de paso y curioseo, aunque a veces les hagan acoger una tercera pelota entre las ambas. 

Más que una monarquía vivimos en una arquimona borracha de niñatos bitongos, sesentones y biemparidos (porfirogénetas en novísimo) y una reypública donde el pedo, desde el rey al botellonero, habla sin énfasis ni sentido y la fetidez más palúdica invade los medios de pitorreo. El tambaleante gerontócrata mayor se obstina en no matar el elefante de la transición, que también trae trompa, cuando hasta su mismo conductor se ha muerto sin recordarla. Ni siquiera se arrisca a un proceso reconstitucional, sino que sueña vivir cuanto Castro el Campanudo y morir en la cama con todo atado y bien atado, como Fernando VII y su padrino, el hijo del regimiento. Es más, La Casa Real se escandaliza de que Pilar Urbano conspire para sugerir que era el rey el elefante blanco y trompudo de la conspiración del 23-F, cuando el mismo rey se embarcó en una conspiración para rebautizar el franquismo de juancarlismo y ponerle una cruz monumental al vampiro para que no se escapara de ese cementerio, donde yace rodeado de esclavos muertos, serviles o no, como un faraón.

No hay documento en La Zarzuela que justifique que el rey ha pagado impuestos y el Principito de Maquiavelo and reality family se apresta a recibir la inocencia sin habérsela ganado con lentejas ni mucho menos la primogenitura en las aguas del Jordán, volviéndose aforado y más igual que sus iguales, los granujas porcinos de la granja orwelliana. No me extraña que algunos españoles los quieran porculizar, porque medidas como estas se aprueban sin el preceptivo escándalo ni mucho menos referéndum mientras, por ejemplo, Alfonso Villagómez escribe un artículo ejemplar sobre el absurdo que supone el megaforamiento de los politicastros y antijueces españoles, incluso en derecho comparado, solo emparentable con el de la reforma de la justicia universal, que ha liberado ya a un violador en serie que ha vuelto, como era previsible, a delinquir, y que liberará dentro de poco a una auténtica selección universal de traficantes de drogas y otros mafiosos de alto pelaje, solo porque a China le pica el culo y nadie se atreve a porculizarlos a ellos. ¿De qué tienen tanto caguelo los políticos españoles que se aforan más que ningún otro país, incluidas dictaduras? ¿De qué tienen miedo? ¿Como puede un ladrón temer a los de su condición?

Pero lo que nos debe importar más que todo eso es esto: hay una generación perdida y muy cualificada que terminará sin trabajo, sin pensión y sin hijos, bien porque los abortará o porque tendrán un futuro similar al suyo; si se atreve a tenerlos, los tendrá en el extranjero, como quieren tenerlos los que pasan el estrecho desnudos, pero con una carga de ingenuidad y ambición tan desmesurada como la que se presupone a cualquier neonato. Porque se han hecho sacas de la prisión del paro para una tropa de zombis sumergidos, mientras algunos pierden la vergüenza cada vez que ganan el mismo pelotazo especulando en las playas que otros albergan en los cojones del alma, para sembrar ladrillos y dar a luz más ladrillos y ladrillos, incluso ladrillos con forma humana. Por eso, que les den... dinero, que además les gusta, y que se relajen y disfruten, porque otra cosa no les van a dar.

domingo, 6 de abril de 2014

Rosa Navarro Durán expone su interpretación del Lazarillo

Javier Fresán, "Rosa Navarro Durán. De la mano del Lazarillo", en Clarín. Revista de la Nueva Literatura, 25 septiembre 2008:

No siempre son los jóvenes quienes comienzan una revolución. Lo sabe bien la catedrática de Literatura Española Rosa Navarro Durán (Figueras, 1947), que tras una vida entera dedicada desde varios frentes a la edición y comentario de textos clásicos, se lanzó a comienzos de este siglo a una investigación que la ha llevado a descubrir quién se esconde detrás del Lazarillo y a proponer una lectura nueva de la obra que resuelve muchos de sus problemas textuales. Fruto de este trabajo es su ensayo Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes (Gredos, 2004, 2ª ed. aumentada), en el que reconstruye minuciosamente la biblioteca portátil de este escritor fuera del canon, secretario de cartas latinas de Carlos V y valedor de Erasmo en España, que Menéndez Pelayo consideraba el mejor prosista de la primera mitad del siglo xvi. Porque no se puede entender ningún texto de los Siglos de Oro —explica la profesora Navarro— sin un conocimiento preciso de las obras literarias de la época, que ponga de relieve la complejísima trama de referencias, amistades y enemistades, o exhibición de lecturas. Nos encontramos en el palacio de la Magdalena, donde dirige un curso para los mejores estudiantes de Bachillerato, y charlamos durante casi dos horas, en las que Vuestra Merced, la página arrancada, los zapatos del pobre Lázaro o los peligros del confesionario —argumento central del Lazarillo— desfilan por la conversación con una vitalidad extraordinaria.
—En el siglo pasado, Rosa Navarro Durán había sido una filóloga «discreta y prudente», como usted misma se define, aunque con intereses variados y mucha obra publicada. Visto en perspectiva, ¿qué aspectos de su formación considera esenciales para la investigación que ha llevado a cabo?
—Me había dedicado al comentario y edición de textos clásicos, y esa doble faceta ha sido fundamental para luego convertirme en filóloga de alto riesgo. Las ediciones que más me han servido son las de Alfonso de Valdés (he editado dos veces el Diálogo de Mercurio y Carón y una vez el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma), porque si no hubiera conocido tan bien a este escritor que está fuera del canon, nunca habría podido pensar en él como autor del Lazarillo. También me había preocupado mucho por el comentario de texto, ya que en mi universidad había sido la primera en dar esta asignatura. Llevo desde los años setenta explicando a mis alumnos que cualquier texto tiene que ser visto como una unidad, en la que no se puede entender nada hasta que no se llega al cierre y se pone este en relación con el comienzo. Además, se requiere distancia, como en un cuadro impresionista, que solo deja ver la figura cuando nos alejamos un poco. Esta imagen de la obra literaria que utilizo en clase para formular mi análisis de forma didáctica y la costumbre de interrogarme por cada una de las características de las frases que componen un texto para ver el significado y la función que tienen en el conjunto, me han servido, aunque de forma totalmente inconsciente, para proponer una nueva lectura del Lazarillo.
El comienzo de la investigación
—A comienzos de este siglo, el Lazarillo es quizás el texto más estudiado de la literatura española y sigue lleno de preguntas sin respuesta, pero parece que han dejado de ser problemas para convertirse en misterios. Entonces, ¿qué observa usted?
—Fue de modo completamente azaroso: yo jamás había escrito una sola línea sobre el Lazarillo ni pensaba hacerlo. Había estudios muy buenos hasta principios de los ochenta, pero llevábamos veinte años con poquísimas aportaciones. No se hacían apenas ediciones, no se publicaban casi artículos; parecía que todo estaba dicho. Cuando explicaba el Lazarillo en mis clases, siguiendo las investigaciones de Paco Rico, siempre decía: «No acabo de entender la finalidad de que Lázaro cuente el caso, pero es la única forma de que el texto cobre sentido». Por lo tanto, el Lazarillo no era para mí objeto de estudio, sino solo de lectura. Pero un día que iba a dar una conferencia sobre Quevedo en Villanueva de los Infantes, estaba esperando mi vuelo en el aeropuerto leyendo el Lazarillo, porque me había llevado la obra para crearme la atmósfera adecuada, como me gusta hacer cuando tengo que hablar. Y de pronto, en la terminal del Prat, me encuentro —desde mi posición de lectora con cierta experiencia y profesora tranquila, que no está buscando temas de investigación, sino simplemente leyendo— con una anomalía fundamental: el último párrafo del Lazarillo está mal puesto, porque no pertenece al prólogo, sino al comienzo de la obra. Hay que cambiarlo de sitio. Para ver algo tan sencillo como esto como una posibilidad, es necesario tener cierta seguridad en el arte de la lectura y ser consciente de que los textos no nos han llegado en su versión original exacta, sino con muchísimos problemas de transmisión, que nos deben hacer desconfiar de ellos incluso cuando se han impreso muchas veces.
—¿Por qué hay que cambiar de sitio este último párrafo?
—Porque hay un cambio de interlocutor. Una obra como el Lazarillo no puede tener una incoherencia tan grande y que carece de sentido. Cualquier persona que lea el prólogo ve que comienza hablando el escritor en primera persona y que se dirige a sus lectores, a los que ofrece el libro. Pero sin tránsito ni explicación alguna, nos encontramos que aparentemente esa misma persona está hablando a un «Vuestra Merced», que no sabemos quién es, sobre algo que le ha pedido este misterioso personaje. Si dejamos el prólogo y seguimos leyendo, nos damos cuenta de que el interlocutor de la obra es el mismo de ese último párrafo. Ahora bien, aunque antes los estudiosos se hubieran percatado de esto, en vez de usar el sentido común para identificar un error de transmisión, habían imaginado que es Lázaro quien habla desde el comienzo del prólogo. Forzaban así una voz que el protagonista no tiene y creaban una doble incongruencia: por una parte, Lázaro es un pregonero sin ningún tipo de formación, que no sabe leer ni escribir, y no puede conocer a Plinio ni a Cicerón; y por otra parte, no puede ser que Lázaro esté hablando a unos lectores sobre un libro que ha escrito, y de repente pase a contar «el caso» porque alguien se lo ha pedido. Esa transformación del interlocutor que le obliga a hablar a los lectores de un libro escrito podría hacerla Cortázar en el siglo xx, jugando con los planos narrativos, pero, desde luego, no el autor del Lazarillo ni ningún escritor de los Siglos de Oro.
Es esencial pensar que previamente yo no tenía intención de trabajar sobre el texto; es la investigación quien viene a mi encuentro: me doy cuenta de un problema y pienso que puedo resolverlo. Entonces busco algo en la edición del texto que confirme esa hipótesis tan simple de trabajo que resolvería la incongruencia; consulto las primeras ediciones conservadas, que son cuatro, todas ellas distintas, y veo una anomalía en las dos más cercanas al original perdido que me indica que voy por buen camino. Estoy siguiendo un problema, que no me he inventado, cuya solución podría arrojar nueva luz sobre una obra en las que todo son preguntas sin respuesta: no sabemos cuándo fue escrito el Lazarillo, ni quién es su autor; y tampoco se puede entender bien el texto sin conocer a «Vuestra Merced» ni saber por qué pide a Lázaro que le cuente el caso. ¡No sabemos casi nada!
—Su hipótesis es que la fusión del último párrafo del prólogo con el primero de la obra se debe a que se habría arrancado una página intermedia, la que —como en muchos libros de la época— contenía el argumento, para que el texto pudiera sobrevivir. Esto acentuaría aún más la censura y las prácticas del silencio que siempre se asocian con el Lazarillo, ¿no es cierto?
—Desde luego, no soy la primera en hablar sobre la peligrosidad del Lazarillo, pero aunque se supiera y subrayase que había sido un texto marcado desde el comienzo por la censura, lo curioso es que no se utilizaban estos datos para dar una lectura correcta de la obra. La visión que se daba del Lazarillo continuaba siendo inocente, a pesar de que no podía serlo un libro prohibido. Se sabía que el inquisidor López de Velasco había expurgado los tratados cuarto y quinto, y todo el mundo justificaba la censura del tratado del buldero, que es una crítica feroz a dos prácticas eclesiásticas de la época: las bulas y los falsos milagros. Ahora bien, no se puede entender por qué se suprime el tratado cuarto, que a simple vista solo cuenta que el fraile de la Merced le regaló a Lázaro unos zapatos, que se le rompieron a los ocho días por el trote que le hacía llevar el fraile. Hay quien dice que es un capítulo muy breve, que el autor no terminó de escribirlo y otras cosas similares, pero esa interpretación choca con la actuación del inquisidor. Si el tratado no dice nada, ¿por qué lo quita la censura? Esos «zapatos rotos», que también aparecen en La Dama del olivar de Tirso de Molina, hablan de algo mucho más fuerte, de una conducta por la que la Iglesia católica de Estados Unidos ha tenido que pagar indemnizaciones millonarias en los últimos años…
—El Lazarillo tampoco es la autobiografía de un pícaro, como señalan casi todos los manuales de literatura…
—En primer lugar, Lázaro no es un pícaro, salvo que se entienda por pícaro un pobre niño que se muere de hambre y que, para poder sobrevivir, intenta robar unos trozos de pan o descoser un poco las costuras de un fardel lleno de comida que le está vedada. El único acto de crueldad de Lázaro se produce cuando engaña al ciego para que se dé un golpe con el poste de piedra, pero este pasaje del Lazarillo solo pone de manifiesto que el protagonista ha aprendido la dura enseñanza de su amo, que le había hecho lo mismo con el toro de piedra. En clase yo explico que el Lazarillo da comienzo al género de la novela picaresca porque está narrado en primera persona y Lázaro va de amo en amo, pero esto no define la figura del pícaro, sino solo un modelo narrativo que luego se asienta con el Guzmán de Alfarache, novela que se conoció desde su aparición como El Pícaro.
Además, hay que tener en cuenta que la obra no la escribe Lázaro, porque no sabe escribir. Nos hemos dejado guiar por el principio, cuando Vuestra Merced pide «escribe se le escriba», pero no dice que sea Lázaro el que escriba, cosa que es imposible porque no ha ido a la escuela, y además lo es mucho más porque no se conocen. Lázaro declara, habla, eso lo sabe hacer muy bien; es como un monólogo dramático de un personaje como Pármeno o Rampín, los criados de La Celestina y La Lozana andaluza, que son sus modelos. Dentro de ese monólogo, él relata las conversaciones con sus amos, sabiendo que un escribano está tomando por escrito lo que dice, porque no tiene delante a Vuestra Merced. Es como si ahora un juez pide que se haga una investigación y se coloca una grabadora delante de los testigos para que queden registradas sus declaraciones o un taquígrafo las toma por escrito. Precisamente en uno de los tres manuscritos que se conservan del Diálogo de la lengua, que escribió Juan, el hermano de Alfonso de Valdés, aparece la figura de un escribano oculto, que va tomando nota de toda la conversación.
Vuestra Merced es una dama
—La información que da el texto sobre Vuestra merced es mínima, pero una lectura minuciosa de dos frases del Lazarillo le ha permitido saber algo esencial de ese personaje y, sobre todo, ver cuál es su papel en la obra.
—Por eso me sirvió tanto mi práctica en el comentario de texto. Todo el mundo había señalado que lo único que se sabe de Vuestra Merced es que no vive en Toledo y que, entre los amos de Lázaro, solo conoce al arcipreste de San Salvador, que es su «servidor y amigo». Los eruditos habían visto perfectamente que la obra termina cuando se cuenta el caso referido al arcipreste, porque es lo que interesa a Vuestra Merced, pero no habían sabido interpretar la frase que más dolores de cabeza me ha dado. Aparece cuando Lázaro habla de los rumores que aseguran que su mujer había parido tres veces antes de casarse con él. Como la palabra «parir» le parece muy fuerte, pide perdón por si ha ofendido y dice: «Hablando con reverencia de Vuestra Merced porque está ella delante». ¿A quién se refiere ese «ella»? Es una frase de una ambigüedad indudable, que se ha interpretado de dos maneras: según la primera lectura, «ella» sustituye a Vuestra Merced, que se refiere el arcipreste, porque el tratamiento de cortesía fuerza un uso femenino, aunque se trate de un hombre. Sin embargo, esta variante no solo no está documentada, sino que hay muchísimos ejemplos de lo contrario: cuando «Vuestra merced», «Vuestra señoría», «Vuestra excelencia» se aplican a un hombre, siempre se sustituyen por pronombres masculinos. Así que una segunda lectura afirma que «ella» se refiere a la mujer de Lázaro, que estaba presente, pero esto tampoco tiene ningún sentido porque nunca se pide perdón a nadie con miedo de haberle ofendido porque otra persona está delante. De repente me di cuenta de que ese «Vuestra Merced» tenía que desgajarse del parlamento de Lázaro al arcipreste: solo puede ser el interlocutor de la obra, el destinatario de la declaración, que volverá a aparecer luego. Como «ella» se refiere sintácticamente a Vuestra Merced, resulta que Vuestra Merced tiene que ser una mujer.
—¿Y qué importancia tiene esto?
—En realidad ninguna. Un lector me dijo que daba lo mismo que fuera un hombre o una mujer, y tenía razón; pero el hecho de que Vuestra Merced fuera una mujer me permitió comprender rápidamente qué tipo de relación podía tener con el arcipreste de San Salvador. Yo siempre comento en clase un cuento de Cortázar, Continuidad de los parques, en el que el escritor dice que el protagonista abandonó la novela «por negocios urgentes», e inmediatamente pensamos que es un hombre. A mí me ocurrió lo contrario: darme cuenta de que Vuestra Merced es una mujer me hizo ver su papel en la obra. No podía ya ser un clérigo amigo del arcipreste, como todo el mundo pensaba, a pesar de que no hay ningún dato que lo indique, sino una dama que se confesaba con él. «Confesión» es la palabra clave, porque si son ciertos los rumores de que el arcipreste de San Salvador tiene una manceba, en un momento de intimidad podría revelarle alguno de los secretos de confesión. Entonces pensé qué haría la criada y me di cuenta de que ella, que ya no tenía por qué guardar el secreto, se lo contaría a quién tuviese más cerca: al marido, a Lázaro, que es… el pregonero. Siempre habían dicho que en la cumbre de su buena fortuna Lázaro había conseguido ser un cornudo y un pregonero, que es un oficio vil, y a mí me parecía que hay oficios mucho más viles, como el de verdugo. Pero Lázaro no es pregonero por eso, sino porque el tema central de la obra es el peligro de que en una iglesia corrupta los secretos de confesión terminen en boca del pregonero. Es una construcción tan ingeniosa que yo, que no tengo imaginación creadora, no me podría haber inventado de ninguna manera. Por primera vez había entendido el Lazarillo. Lázaro vende vino, pero pregona vinagre, como decía el refrán.
—Gadamer decía que «solo es comprensible lo que presenta una unidad perfecta de sentido. Hacemos esta presuposición cada vez que queremos comprender algo». Al comprender quién es Vuestra Merced, aparece una estructura cerrada.
—Exacto: de repente vi la estructura cerrada. Chejov dice que si al principio de una novela aparece un clavo colgado en la pared, el protagonista debe colgarse de ese clavo en la última página. Así que Lázaro no podía ser pregonero por casualidad. A Vuestra Merced le preocupa tanto el caso porque se confiesa con el arcipreste y ha escuchado los rumores que corren sobre él. Entonces pide que se haga una información («escribe se le escriba»), y preguntarán a Lázaro, no porque sea el pregonero, sino por ser el marido de la supuesta manceba. De repente entendí toda la obra: el miedo de Vuestra Merced. El argumento arrancado debía contener esta guía de lectura; sería algo breve, del tipo: «Una dama preocupada por los rumores que le han llegado sobre la conducta de su confesor, que dicen que es un clérigo amancebado, pide que se haga una información sobre el caso». Si hubiéramos leído estas líneas al principio del Lazarillo, lo habríamos comprendido perfectamente, sabríamos quién es Vuestra Merced y qué le preocupa; ella no conoce a Lázaro, y por eso es lógico que él diga cómo se llama, dónde nació, de quién es hijo, a qué se dedica.
Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo
—Además de clarificar pasajes oscuros, esta nueva lectura va dibujando un retrato robot del escritor. ¿Qué sabemos de él en una primera aproximación?
—Hay muchísimos datos y sería muy largo de explicar, pero lo esencial del retrato es que se trata de un erasmista muy inteligente y agudo. La tesis de Marcel Bataillon en Erasmo y España es que no hay huellas erasmistas en el Lazarillo; luego en otras publicaciones posteriores ya empezaba a dudar de ello. Él era un historiador extraordinario, y yo no soy historiadora, sino filóloga, pero el erasmismo de la obra es innegable, imposible de discutir. Si situamos el Lazarillo hacía 1550, en una fecha cercana a la publicación de las ediciones que se conservan, entonces es lógico pensar en la posibilidad de que no sea un texto de influjo erasmista, porque es muy tarde, y la huella de Erasmo se iba borrando poco a poco en España. Ahora bien, si fechamos el Lazarillo hacia 1530, cuando en realidad fue escrito, no hay nada que discutir. El erasmismo está presente en toda la sátira, que pone de manifiesto los vicios de los amos de Lázaro, que pertenecen casi todos a la Iglesia. Además, el escritor tiene que ser un fiel servidor de Carlos V, porque la obra comienza con una derrota de Fernando el Católico, la batalla de Gelves de 1510, y finaliza con la entrada victoriosa del emperador en Toledo, un jueves 27 de abril de 1525. No es una batalla, sino un hecho cortesano simbólico. Carlos V tiene prisionero al rey de Francia en Madrid y entra en la ciudad de los comuneros, con la rebelión aplastada hacía ya tiempo, para celebrar unas Cortes en las que anuncia su matrimonio con Isabel de Portugal. Todos los embajadores de Europa acuden a rendirle pleitesía; es su momento de máximo esplendor.
Por otra parte, es un cortesano quien escribe, porque después de atacar brutalmente a los primeros amos de Lázaro, introduce al escudero, que es un vanidoso y un hipócrita, un muerto de hambre que ni trabaja ni quiere trabajar, pero es buena persona. Es el único amo al que Lázaro le tiene lástima, y por eso va a mendigar para darle de comer. Es evidente que el autor es un erasmista sin ninguna simpatía por los miembros corruptos de la Iglesia y, al mismo tiempo, un cortesano que ve la vanagloria y la hipocresía de muchos otros, que prefieren morirse de hambre antes que trabajar. Así que tenemos a un cortesano erasmista servidor fiel del Emperador y cercano a los hechos históricos que narra. Con estos elementos, solo se me podía dibujar un escritor muy concreto, al que yo conocía bien, «un caballero mancebo de la corte del Emperador». No creo en los grandes genios desconocidos, ni en la atribución de cuadros como El coloso a pintores de cuarta fila; las grandes obras están escritas por grandes escritores. Alfonso de Valdés era el mejor prosista de la primera mitad del xvi; lo dice Menéndez Pelayo, a pesar de sus anteojeras ideológicas (bueno, lo que dice es que el Diálogo de Mercurio y Carón es la mejor obra en prosa de esa época; y él todavía creía que era de Juan, aunque con ayuda de Alfonso). Es curioso, porque Ricapito, otro editor de Alfonso de Valdés, ya había dicho que intuía que era el autor del Lazarillo, pero no aportaba ninguna prueba, solo algunas concordancias. Yo solo soy la primera en dar argumentos que demuestran la autoría, no en atribuirle la obra.
—Precisamente la idea central de la demostración de la autoría es que una obra de la complejidad narrativa del Lazarillo no puede salir de la nada, sino que tiene una estofa muy rica, con una inmensa cantidad de lecturas. Entonces usted intenta reproducir la biblioteca portátil de Alfonso de Valdés, todo lo que pudo leer, los pasajes que le llamaron la atención, las notas que tomó.
—Eso también se inicia por azar. Yo estaba releyendo la Propalladia de Torres Naharro, y encontré anécdotas y escenas que salían en el Lazarillo. Alfonso de Valdés también la había leído, porque sus comedias a noticia están en la estofa de los dos Diálogos. Inmediatamente pensé: ¿y si pudiera encontrar en el Lazarillo y los Diálogos las mismas lecturas? Si en el texto de dos o tres obras aparecen muchas lecturas comunes, entonces solo pueden ser del mismo escritor; es una prueba indiscutible de autoría. Así que me puse a estudiar apasionadamente todo lo que pudo caer en manos de Alfonso de Valdés, y enseguida vi huellas de lectura de La Celestina. Lo primero que me dijeron fue que las comedias a noticia de Torres Naharro y La Celestina eran lecturas demasiado comunes como para probar una autoría. Tenían razón. Ahora bien, encontré otras mucho más raras como las Glosas de Hernán Núñez a las Trescientas de Juan de Mena, o los Bocados de oro, que se edita solo tres veces (en 1495, 1510 y 1527) y cuyo influjo aparece en el Lazarillo y en los Diálogos. Estas lecturas me llevan además a dar nuevas pinceladas al retrato robot del escritor. En el prólogo del Lazarillo hay una cita del Reloj de príncipes de fray Antonio de Guevara, publicado en Valladolid en 1529, así que el Lazarillo no pudo escribirse antes, y su autor estaba en España en ese momento. Pero también hay huellas de lectura de La Lozana andaluza, que se edita en Venecia una sola vez, después de 1529, porque hay una referencia al asedio de Nápoles por los franceses y a la Paz de las Damas. Es una obra que ni siquiera se llega a prohibir, porque no circula por España; de hecho, el único ejemplar que se conserva está en la Biblioteca Imperial de Viena. Por tanto, el autor del Lazarillo estaba en España en 1529 y en Italia en 1530, para poder leer La Lozana Andaluza. Eso apunta una vez más a un miembro de la corte del Emperador.
—También encuentra nuevas fuentes italianas de algunos de los motivos principales del Lazarillo…
—La fuente más importante es, sin duda, el Novellino de Masuccio. El episodio del buldero es una imitación de la novela IV —como ya se sabía—, y lo que hace Alfonso de Valdés es cambiar la reliquia por la bula, lo que lleva de nuevo a los años veinte del XVI. Así que me puse a leer el Novellino como por encima del hombro del autor del Lazarillo, que la había leído e imitado, y encontré que el argumento de la dama que se confiesa con un clérigo amancebado aparece en la novela IX, donde hay un arcipreste que cuenta a su amante los secretos de confesión que le dicen los hombres y mujeres del pueblo, y Masuccio comenta que es costumbre de la mayoría de los sacerdotes hacerlo. La trama que da sentido al Lazarillo ya aparecía antes en el Novellino, que es una de las lecturas esenciales de Valdés, a quien también —como al propio Masuccio— le influyó mucho el Decamerón de Boccaccio. (Además Pontano imitó una novela del Novellino en su Diálogo de Carón, que es una de las fuentes del Diálogo de Mercurio y Carón, como dice el propio Valdés). Todo eso sigue dibujando la figura del escritor, porque si ha leído a Masuccio y a Boccaccio, a Torres Naharro, La Celestina y La Lozana andaluza, se ve muy claro cuáles son sus gustos y lo que le preocupa. Es el perfil de un humanista, gran lector, al que le apasionan las obras satíricas contra la Iglesia y muy ricas narrativamente.
—Al mismo tiempo van apareciendo muchísimas concordancias lingüísticas entre las tres obras. Parece, sin embargo, un camino más peligroso. ¿Cómo se puede estar seguro de que lo que aparece en el Lazarillo y los Diálogos no era de uso común?
—Tengo muchísimas concordancias recogidas, sobre todo palabras que aparecen con el mismo uso y la misma acepción en el Lazarillo y los Diálogos; por ejemplo, maleficio con el significado de ‘cosa mal hecha’. Pero ya me había advertido el profesor Pascual que este no es un camino válido, porque un escritor no tiene un lenguaje particular y, aunque aparezcan usos comunes en las tres obras, también estarán en muchos textos de sus contemporáneos. He encontrado construcciones que dan muy pocas concordancias en el corde, pero a medida que cuelgan nuevos textos, van apareciendo más. Lo que es de uso común no puede utilizarse como argumento, pero está claro que nada indica que no sean libros del mismo escritor. Un verbo tan raro como contraminar, por ejemplo, aparece en el Lazarillo y en el Diálogo de Mercurio y Carón seguido del mismo vocablo: mañas. También hay frases muy parecidas en lo que dice el escudero a Lázaro y lo que confiesan los cortesanos que desfilan ante Mercurio y Carón. Son datos que me apoyan, pero que no pueden emplearse como pruebas científicas.
Hacia una nueva filología
—Hasta ahora los problemas que ha resuelto son tan particulares que no servirían para enfrentarse a una obra distinta del Lazarillo. Sin embargo, esta idea de leer todos los textos de los contemporáneos de un escritor y establecer la red de referencias permite en principio abordar el estudio de cualquier libro que tenga lagunas interpretativas. ¿Lo ha utilizado en otras obras?
—Es cierto; lo he empleado, por ejemplo, para fechar el Buscón. Si dentro de la obra encontramos huellas de lectura de La pícara Justina, de la segunda parte del Guzmán de Alfarache y del Guitón Onofre, quiere decir indudablemente que es posterior a estos libros. En todas las historias de la literatura se dice que fue escrito en 1604, pero tiene que ser indudablemente posterior a 1605, año de impresión de La pícara Justina (las otras dos obras son de 1604). A continuación, busco textos con referencias al Buscón para ponerle límite ad quem a la fecha de composición. Es lo mismo que hago con el Lazarillo. En la traducción del Baldo, que se publica en Sevilla en 1542, hay huellas de lectura de la obra, así que ya tenía que haber circulado antes de tal año. La idea básica es que cualquier texto es posterior a las obras que forman parte de su estofa, y anterior a aquellas que ya muestran su lectura.
Contra la superespecialización, hay que defender el conocimiento de todos los textos literarios de una época. No se puede ser especialista solo en Lope y pretender entenderlo bien, porque Lope era enemigo de Cervantes y de Góngora, escribe contra ellos, hay alusiones que hay que situar en el contexto adecuado, guiños literarios continuos. Hay que pensar, por ejemplo, que Cervantes hace ir a don Quijote a Barcelona en la segunda parte, no solo para no entrar en Zaragoza, evitando el camino seguido por Avellaneda, sino también para competir con Lope, porque El peregrino en su patria empieza con un peregrino que llega a las playas de Barcelona. No se puede obviar que había escritores escribiendo a favor y en contra de otros escritores. En realidad, no debería sorprender, porque ocurre lo mismo ahora. Para entender la poesía española actual hay que saber, por ejemplo, que Valente no era amigo de Hierro (así se entiende la ausencia de este en alguna antología de devotos del primero), o que Benítez Reyes sí lo es de García Montero. Cada vez estoy más convencida de lo importante que es relacionar las obras. Hasta ahora no se ha explotado mucho este método fundamental, porque la filología tuvo una primera época de grandes titanes, que dieron a conocer muchos textos, pero tenían una tarea tan amplia que no podían dedicarse a estos detalles; y luego vino una etapa de especialistas en un solo texto, que no han sido siempre capaces de ver las relaciones con otros. Pero, a medida que tengamos textos con ediciones cada vez más limpias, más cercanas a lo que escribió el autor, se irá avanzado en este análisis comparado.
—Precisamente editando la Tragicomedia de Lisandro y Roselia ha conseguido leer correctamente una escena del Lazarillo que siempre habíamos interpretado mal…
—Así es. Está a punto de aparecer en Cátedra mi edición de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, que es la mejor continuación de La Celestina; casi supera al original, según el finísimo paladar literario de Menéndez Pelayo. Me interesó porque está publicada en Salamanca, en 1542, así que es muy cercana a la fecha de composición del Lazarillo, y además todo apunta a que Alfonso de Valdés había estudiado allí. No se conserva el registro de los estudiantes de esos años, pero el autor del Lazarillo conoce muy bien la ciudad, y el léxico refleja su lugar de formación. Quien escribe la Tragicomedia es un teólogo salmantino, que imita La Celestina muy de cerca, pero que también ha leído la comedia Himenea de Torres Naharro.
Mientras editaba esta obra magnífica, me encuentro con un pasaje en el que el criado del protagonista dice que, cuando era paje en casa de Roselia —ella era una niña—, «yo la brizaba, y con el trebejo la acallaba». Es lo mismo que pasa en el Lazarillo, en un pasaje que habíamos interpretado siempre mal. Lázaro hacía dar brincos a su hermanito negro para calentarlo, y todos nos quedábamos tan tranquilos ante esta escena cruel. Si en lugar de calentar ponemos acallar, como ya había hecho el inquisidor López de Velasco al editar el Lazarillo expurgado, se aclara un poco, pero tampoco es un procedimiento muy usual hacer brincar a alguien para que se tranquilice. El verbo en realidad no admite ese uso; nos ha confundido Covarrubias, que en su diccionario forzaba el significado de las palabras en función de los textos que leía, y define la palabra brincar a partir del Lazarillo. Al leer ese pasaje de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, me doy cuenta de que no es brincar sino brizar, es decir, brezar, acunar, que todavía se usaba en Salamanca a principios de este siglo. El salto es muy fácil: la grafía de brizar era con ce cedilla; al desaparecer ésta, queda bricar, y entonces el impresor piensa que falta la tilde sobre la í, abreviatura de la ene, y lo cambia por brincar. Con esta nueva lectura, se dibuja una imagen mucho más tierna, en la que Lázaro mece a su hermanito para que deje de llorar. Solo la lectura de textos contemporáneos nos ilumina fragmentos oscuros, detalles que no habíamos acabado de entender. Estoy segura de que estamos leyendo muchos pasajes mal, o no del todo bien, sin ni siquiera sospecharlo.
—En un momento de decadencia de los estudios humanísticos, ¿a qué público puede ir dirigida una edición de estas características?
—Cuando le ofrecí la edición al director de Cátedra, Emilio Pascual, me dijo que no imaginaba que miles de personas la estuvieran esperando con los brazos abiertos, pero que él creía que tenía que estar en esa colección, donde también habían publicado la Segunda Celestina. Se trata de poner al alcance de las futuras generaciones un texto que me parece muy valioso. Ahora mismo vivimos un momento en el que se está desmantelando la enseñanza de la literatura: no hay en la ESO una asignatura donde se enseñe solo tal materia; al quitar esa pieza fundamental de la enseñanza secundaria, por un efecto dominó, se está impidiendo que los adolescentes de hoy puedan leer en el futuro la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, y que ni tan siquiera puedan entender los clásicos canónicos. Así que tengo que trabajar para el futuro, para cuando llegue un ministro de Educación sensato que se dé cuenta de que, en lugar de reivindicar asignaturas que en la época franquista se llamaban «Marías», hay que luchar por transmitir los contenidos fundamentales de nuestra cultura, que están en los clásicos. Todo lo demás, tanto subrayar en las bases de las convocatorias de los proyectos de I+D la conservación del patrimonio o esas campañas publicitarias de fomento de la lectura, solo sirve para hacer ver que se está muy preocupado. Si se conserva el patrimonio literario, pero no se lee es como un museo del Prado cerrado a cal y canto. Confío en que dentro de veinte o treinta años —ojalá sea menos—, imitaremos lo que se hace en Francia, en Italia, en Alemania, en todas partes, y la literatura volverá al Bachillerato como forma de transmisión de nuestra herencia más valiosa; así renacerán generaciones capaces de leer la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, a Alfonso de Valdés, a Cervantes, a Lope, a Quevedo, el Cantar de Mio Cid, el Libro del caballero Cifar… Mientras tanto, trabajo con los niños: desde hace un par de años me dedico a poner los clásicos a su alcance, en unas adaptaciones muy fieles al original, en las que además utilizo de vez en cuando breves perífrasis para que aprendan algunas palabras. Creo que tiene cierto eco, porque los padres, a diferencia de las autoridades, sí que están preocupados de verdad, y los profesores también, aunque no puedan hacer nada. Son mis cómplices en esta lucha para que los nombres de nuestra literatura sean algo más que calles y rutas turísticas.
La recepción
—¿Cómo ha sido la recepción de su teoría?
—La verdad es que la recepción de los trabajos de investigación en el campo de las Humanidades es muy defectuosa. Cuando escucho a mis amigos científicos, me doy cuenta de que si ellos formulan una hipótesis revolucionaria, se celebra un simposio y se reúnen todos los especialistas para decidir si es o no es válida. No ocurre lo mismo en la filología: hay numerosísimos congresos, pero su finalidad no es la transmisión del conocimiento. Se trata, más bien, de reforzar la jerarquización de la universidad y de nutrir los currículum de los aprendices, que necesitan tener publicaciones y participar en congresos, y por eso van. Además, son prácticas absolutamente onanistas, en las que cada uno llega, se complace en lo suyo y parece que no existe ninguna relación con todo lo demás. Yo misma he ido a un par de congresos sobre novela picaresca en los que parecía invisible, como si nunca hubiese publicado nada. Y no es que me ningunearan: se me escuchaba y respetaba durante mi exposición, pero las ponencias presentadas sobre el Lazarillo no tenían en cuenta mi trabajo, ni para apoyarlo ni para refutarlo. Me salva ser ya una mujer de edad, con cierto escepticismo. Estaba convencida de que todo el mundo iba a aceptar lo del último párrafo del prólogo, porque es de sentido común; eso sí tengo que reconocer que me ha sorprendido. Lo demás estaba en mi horizonte de expectativas, porque sé muy bien que en este país lo que funciona es el post mortem.
—El profesor Francisco Rico lleva ya algún tiempo amenazando con una nueva edición del Lazarillo…
—Yo estoy deseando que la haga, la espero con verdadero interés. Él es una persona muy inteligente, ha sido mi maestro, y solo a partir de sus investigaciones sobre la naturaleza del «caso» he podido construir mis argumentos. Espero que en esta nueva edición tenga en cuenta mi tesis, que no la silencie como otros colegas. De hecho, acaba de aparecer un librito mío, «Suplico a Vuestra Merced…». Invitación a la lectura del Lazarillo de Tormes (Editorial Academia del Hispanismo), en el que resumo la investigación y aporto algunas pruebas nuevas. Y casi lo primero que hice, al recibir los ejemplares, fue enviarle uno al profesor Rico para que pudiera conocerlo y argumentar a favor o en contra. La primera persona deseosa de que salga su nueva edición soy yo.
Y permite que te haga ahora yo una pregunta ¿por qué me has tratado de usted? Si me asocias con «Vuestra Merced», te diré que yo no puedo tener la inquietud que tuvo ella… 

Las Manchas de El Greco: de Tristán a Guerrero Malagón

Ahora que tanta gente está redescubriento al Greco, estaría bien que también se estudiara algo a los grandes herederos de su estética, no solo el único discípulo valioso que tuvo en su época, Luis Tristán, sino también al único que supo recoger su herencia y llevarla más allá en el siglo XX, el gran pintor de Urda Cecilio Mariano Guerrero Malagón. Ni siquiera había nada escrito en la Wikipedia, así que le he dedicado un par de horas de investigación para escribirle un articulito en ella, aquí presente. Si tenéis algo que añadir, hacedlo.

Diminuto y ridículo pasito de mosca contra la impunidad

Ignacio Zafra, "Los jueces decanos son partidarios de reducir los aforados autonómicos", El País, 5 de abril de 2014

2.300 políticos gozan del privilegio de ser juzgados por tribunales superiores y responder por escrito
El Gobierno acaba con los jueces estrella para los casos estrella

Los jueces reclaman más armas para combatir la corrupción. Y piden acabar con los “privilegios” jurídicos otorgados a un número cada vez mayor de cargos públicos. Los 47 jueces decanos de España, que representan a cerca de 2.000 juzgados de base, han planteado a Carlos Lesmes, presidente del Consejo del Poder Judicial, limitar la figura del aforamiento, obtener nuevos instrumentos para luchar contra la corrupción y suprimir prerrogativas como las que permiten a determinados cargos públicos ser juzgados por tribunales superiores y poder contestar a las preguntas del juez por escrito. Una posibilidad a la que se han acogido recientemente los expresidentes de Madrid y Valencia, Esperanza Aguirre y Francisco Camps, respectivamente. En España hay unos 2.300 políticos aforados, de los que más de la mitad son diputados de Parlamentos autonómicos.

“Cuando los aforados que delinquían eran algo excepcional, el aforamiento podía tener sentido. Pero ahora los tenemos por decenas. Sobrecargan algunos Tribunales Superiores de Justicia, que ni son buenos órganos de instrucción ni están preparados para ello”, afirma Mercé Cano, decana de Barcelona. El decano de Zaragoza, Ángel Dolado, lamenta que, en vez de ir en la dirección de limitar los aforamientos, el Gobierno haya decidido “extenderlos aún más para que alcancen a la Reina y a los príncipes de Asturias”, como anunció el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros del pasado viernes.

“La Ley de Enjuiciamiento Criminal permite a ciertas personas no tener que acudir al llamamiento del juez, poder contestar por escrito, hacerlo en su domicilio o en el despacho oficial... Todo eso debería desaparecer. La gente no lo entiende y da mala imagen”, opina el decano de Valencia, Pedro Viguer.

Los decanos atribuyen el “exceso” de aforamientos al desarrollo de las autonomías, en cuyos estatutos se han ampliado los casos inicialmente previstos.

En la actualidad hay 28 aforados imputados en los tribunales superiores. Pero a lo largo de esta legislatura, solo en Valencia, han estado imputados 13. Y los tres que hay ahora en Cataluña pueden elevarse a cinco en unas semanas.

Gozan de la condición de aforados los diputados y senadores, el presidente del Gobierno y sus ministros, los miembros de los Parlamentos autonómicos y los presidentes y consejeros regionales. También el presidente y los vocales del Poder Judicial, los del Consejo de Estado, los del Tribunal de Cuentas y el Defensor del Pueblo.

Los propios magistrados también son aforados, al igual que los fiscales del Supremo y de los tribunales superiores de justicia. Pero jueces y fiscales gozan de ese privilegio respecto a las acciones que hubieran efectuado en el ejercicio de sus cargos. En cambio, los cargos políticos están protegidos ante cualquier acusación. Los decanos evitan señalar qué aforamientos deberían eliminarse. “Es algo que debe valorar el Poder Legislativo”, indica Viguer.

Además de reducir los aforamientos, los decanos también plantearon a Lesmes, en una reunión celebrada el pasado 21 de marzo, la necesidad de poner en marcha otras medidas. Una de ellas ya ha sido adoptada por el Gobierno. Se trata de la instrucción colegiada, que supone la creación de grupos de tres magistrados para investigar los casos más complejos. “Me parece muy bien. La idea parte de los decanos y estoy seguro de que puede agilizar las causas. Pero es una figura procesal nueva y hay que ver cómo se articula”, afirma Pedro Viguer, decano de Valencia.

Mercé Cano, decana de Barcelona, cree que es más operativo que haya un magistrado responsable del procedimiento “y que otros dos lo apoyaran”. Y así se evitaría que todas las decisiones deban ser sometidas a votación, como contempla el Ejecutivo.

Los decanos aplauden que haya equipos de jueces para casos de delincuencia organizada y causas complejas. Hasta hoy existía la posibilidad de adscribir un magistrado de refuerzo a un juzgado con una gran carga de trabajo, como ha pasado con el juez José Castro, que investiga el caso Nóos, en el que están imputados los duques de Palma. Pero la ayuda solo permite a Castro desentenderse del resto de asuntos que están en el juzgado, señala Francisco Martínez, juez decano de Palma, mientras que en la citada macrocausa de corrupción “está solo”.

Para que mejore la lucha contra la corrupción, opina Ángel Dolado, decano de Zaragoza, el Gobierno debería introducir más cambios, que los decanos también expusieron al presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes. Por ejemplo, un nuevo “cuerpo de peritos contables que dependa de los jueces”, un grupo de expertos que les asesorasen en materia económica “sin necesidad de recurrir a organismos externos como la Agencia Tributaria, la Intervención General del Estado, o el Banco de España”.

Los decanos también solicitaron que se simplifiquen los recursos que suponen “dilatar los procedimientos” y una reforma a fondo de la ley del indulto. “La opinión pública no entiende la figura del indulto como está ahora regulada. Y mucho menos en casos de condenados por corrupción”, afirma Alfonso González-Guija, decano de Bilbao.

sábado, 5 de abril de 2014

Niñas malas

Hace notar el libertino Casanova en sus caras, pero que lo valen, Memorias, que, entre los numerosos tormentos del Infierno (en mayúscula, como pone Ángel Crespo en su Dante, pues es un lugar propio, quizá incluso de La Mancha) ningún cura ha incluido el aburrimiento. Y entre los solaces que cursan los réprobos arrojados al Báratro, que llaman Profundo los clásicos, está, ejemplarizante, el de hacer largas listas monotema. Para abrir sendero al caos, elaborar pagano rosario de misterios eleusinos o pinchar algunos de los raros y simétricos insectos conceptuales que se alimentan en el podrido cotarrillo de Lo Que Hay. 

Borges, autorizado bibliotequista a quien los españoles han leído con avaricia, lo hacía; también su judaico discípulo, Alberto Manguel, en los dos o tres libros que le he consumido. Lucía también esta rareza mi desaparecido poeta P. Sánchez López de Lerma, alias Paquillo, que tenía un 148 de cociente y no acabó la ESO, quizá por obra del principio de causalidad; y no sé si por esas vías ha llegado el despropósito a este cura y a este artículo, que no tiene padres, como no los tenía el Proyecto de ley de reforma política de Torcuato, que algunos llaman h.... 

Hace listas quien las va a necesitar, pero, ¿quién va a necesitar un catálogo de niñas malas? ¿Los masocas? ¿Los lilas macho, siempre ansiosos de resetearse reinonas? Mae West, Bette Davis, Joan Crawford, Charlotte Ramping (¡huy esta!), Nina Hagen, Madonna, Sinead O'Connor... Ninguna tiene el misterio profundo, intenso e insondable, de fórmula de Coca-Cola, que se mezcla con la más mística ordinariez en la mujer líricamente ofensiva. Así que busco a algún carca romántico que me defina a la mujer pura, tan antigua, esa que no jura ni jode como un alabardero y es capaz de volver azules los ojos de Bécquer. La encuentro en El genio del Cristianismo (1822) de François René de Chateaubriand, obra que enfadaría más de lo que está al señor Fisac y compañeros mártires, por cierto, que ya es decir, y leo esto:

La mujer, naturalmente dotada del instinto de lo misterioso; que se complace en ocultarse; que nunca descubre sino a medias sus gracias y su pensamiento; que puede ser adivinada, pero no conocida; que está llena de secretos como madre y como doncella; que seduce, sobre todo, por su ignorancia; que fue formada para la virtud y el sentimiento más misterioso, el pudor y el amor; la mujer, decimos, ¿renunciará al dulce instinto de su sexo e intentará levantar con débil y osada mano el denso velo que cubre la divinidad? 

La lista precedente, con alguna pequeña excepción, más bien parece una cuadra de niñas repelentes producidas en serie, como la última, Miley Cirus, una guarra de libro tan zorra que ha logrado borrar del mapa la imagen de Pijannah Montana, sin tener ni culimundi. Uno se decantaría más bien por esas opuestas pinas o pin-ups, la Betty Page que sobresalta este artículo, Sam Brown, que demuestra la teoría de la gravitación universal entre los cuerpos, o Mariah Carey, que produce Efecto Doppler y ha sido hecha con mieles del Himeto; si bien, salvo la primera, agradable, voluptuosa y no tonta, terminarían por defraudar la fiebre hormonal de nuestro hipotético masoquista.


Sí, ya sé, es cierto que Sinead ha sido una niña muy mala y que ha ido a todas partes. Pero si buscamos en el ámbito doméstico de España nos encontramos un desierto sin gorgonas, sierpes ni virago alguno; no dan la talla Sara Montiel, ni Lola/Lolita Flores, ni Alaska, salidas de una horma donde lo inconforme y lo incorrecto cabía perfectamente y no escandalizaba lo más mínimo. Tampoco iremos a buscarlas en los realities, porque la fauna de esos infiernillos televisivos carece de la dignidad interior del honesto monstruo de feria. Las malas suelen ser viejas como el ama de llaves de Rebeca, no jovencitas. Buenas aproximaciones, casi perfectas, son Glenn Close, peor que un tango salido del Infierno, nacida en alguna pesadilla del gettho de Praga u obra de algún dios sincrético vudú, en cualquiera de sus caracterizaciones como Isabelle de Merteuil, Atractora fatal o Cruella de Vil. Muchas de ellas se mueven en el filo de la navaja de la ambigüedad sexual, como Aileen Wuornos o Catherine Tramell, la del memorable culo prestado, o son auténticos peligros para la circulación, como Bonnie Parker / Faye Dunaway o Pryce / Daryl Hannah, la elástica arlequino/colombina replicante de Blade Runner. En el fondo, se trata solo de mantener un equilibrio entre la perdición y la atracción, como ocurre en toda femme fatale que se precie; entre las marimachotas y las marimarchosas, entre las lolitas y las lolailos; entre las Michelle Pfeiffer y las Cathy Bates. Un algo así como tortilla de Thelma y Louise. Qué guapas. 

jueves, 3 de abril de 2014

Letras de La Mancha, IV

La Mancha entra en la gran historia con la Segunda Guerra Púnica. Derrotados en la primera tras 23 años de lucha, los cartagineses habían renunciado por fin a su parte de Sicilia y empezaban a buscar en Hispania una alternativa, más incómoda y lejana, para sus ideales imperialistas. La República romana, por su parte, había salido del conflicto con la primera de sus provincias fuera de Italia y buscaba consolidar su recién adquirido poderío marítimo más allá del mar Tirreno. Esa misma situación vendría a repetirse ya en la Edad Media, cuando Sicilia e Hispania fueron invadidas también por pueblos africanos, en este caso musulmanes, para luego ser recuperadas por pueblos europeos. 

Perdido el dominio marítimo, Cartago empezó a tomarse en serio la formación de un sólido cuerpo de ejército, esta vez de infantería. La tarea se encomendó a la prestigiosa familia de los Barca. Cuenta el historiador Apiano que Amílcar, tras haber sometido a los Numidas en Libia, se dirigió junto a su cuñado Asdrúbal a Gades (Cádiz) el 237 a. de C. y, tras cruzar el estrecho, empezó la invasión devastando el Este de Andalucía, ocupado por diversas tribus turdetanas herederas de la cultura tartesia, para luego pasar a combatir contra Lusitanos y Vettones al norte y bajar a la meseta para atacar a Oretanos y Celtíberos manchegos.

Primero acabó con el régulo Istolacio, quien unos creen era un general céltico mercenario al servicio de los Turdetanos y otros un aristócrata oretano de origen celta; lo torturó y dejó que sus guerreros, en vez de suicidarse, esclavizarlos o sacrificarlos como era lo habitual, se unieran (bajo la costumbre de vasallaje guerrero que ya hemos descrito) al ejército vencedor. Luego invadió Extremadura derrotando a Lusitanos y Vettones y volvió a la meseta, no queriendo superar las estribaciones de la Sierra Central. En La Mancha lo esperaba ya una coalición de tropas celtíberas al mando del hermano de Istolacio, Indortes, a quien también derrotó en Sierra Morena espantando a su ejército con sus terribles elefantes. Como su hermano, fue torturado, cegado y crucificado, y los mejores guerreros que no quisieron suicidarse o ser esclavizados fueron a engrosar el ejército de Amílcar. Asumió entonces la defensa hispánica contra los cartagineses el caudillo oretano Orissón, único general que, ante el panorama previo, decidió utilizar estrategias en vez de meras batallas campales. Le fue bien, pues fue el único que en Hispania logró derrotar y matar a Amílcar liberando del asedio a Heliké, probablemente la actual Elche de la Sierra, en la actual provincia de Albacete, el 228 a. de C.

Para evitar la amenaza de los elefantes, Orissón se ofreció falsamente como mercenario al enemigo y urdió que una manada de toros o bueyes con astas de fuego fuera conducido de noche al campamento enemigo; allí se los azuzó en estampida para que se diseminasen incendiando tiendas, asustando a los elefantes y provocando el desconcierto y la confusión. He aquí, creo yo, el origen de la tonta tradición del toro de fuego que tiene lugar todos los veranos el día de la Pandorga; como se ve, tendría más bien origen culto y no popular. 

El testimonio de Apiano matiza, sin embargo, que en vez de toros se utilizaron carros incendiados tirados por bueyes y arreados contra el enemigo; Amílcar habría perecido en la refriega y no ahogado en el río Mundo, como cuentan otros. Fue la primera derrota de los cartagineses en Hispania. El siempre fiable Polibio, sin embargo, omite estos detalles legendarios y dice que, aunque logró derrotar a Amílcar Barca, había pactado con él engañándolo y traicionándolo. Coinciden Frontino (II, 4-7) y Apiano. 

Para superar este revés, los cartagineses enviaron un segundo ejército al mando del cuñado de Amílcar, Asdrúbal; llevaba con él a otro Barca, el famoso general Aníbal. Fundó Qart Hadasht, Cartagena, excelente puerto natural, consagrado al dios Melcart, puerta occidental a través de Murcia y Albacete de La Mancha, y se unió a los restos del ejército de Amílcar, que habían conseguido la alianza de los Oretanos. Es más, ayudado por los púnicos que tenían relaciones con los íberos a través de sus factorías comerciales en la costa, tejió una red de alianzas en La Mancha para reclutar mercenarios celtíberos, mostrándose más diplomático que Amílcar. Asesinado Asdrúbal el 221 a. de Cristo, Aníbal Barca lo sucedió y cambió la estrategia; aliado con los Oretanos por medio de su matrimonio con la princesa Himilce, hija del régulo Mucro de Cástulo, al otro lado de Sierra Morena, de quien tuvo a un tal Aspar, quizá con descendientes actuales entre nosotros. 

Aníbal decidió marchar hacia donde no se había atrevido Amílcar y subió para asediar Helmantiké (Salamanca) y Arbucala (Villalazán, en Zamora), para luego enfrentarse a los pueblos aliados de la ciudad iberorromana de Sagunto, los Carpetanos o manchegos del norte, quienes atrajeron a su bando también a Vacceos y Olcades para enfrentarse el 220 a. C. contra Aníbal a las riberas del Tajo, en Colmenar de Oreja, en la raya entre Madrid y Toledo. Aníbal derrotó con su caballería ligera numida y sus elefantes a esta enorme coalición y destruyó las ciudades carpetanas, vacceas y olcades, sometiéndolas en adelante a tributación en hombres y especies. La Carpetania ya no se volvió a levantar como otros pueblos prerromanos hispánicos: fue arrasada y luego sustituyó el yugo cartaginés por el romano. Por último se dirigió a Sagunto, ciudad ibera aliada de Roma, la asedió y la conquistó en el 219 a. C., iniciando con ello la Segunda Guerra Púnica.

Muchos manchegos marcharon con Aníbal en su descabellada expedición a través de la Galia y los Alpes, integrados como mercenarios en su ejército, y se dejaron la vida en Italia y el norte de África. El relato de la gesta fue sin duda magnificado porque la historia de la misma la escribió quien lo venció, Escipión; Aníbal debía ser un general carismático, con algún talento militar, pero no pudo aprovechar sus oportunidades y, sin duda, no habría podido conquistar Roma con su pequeño y heterogéneo ejército, tan cansado y dividido como las tropas de Alejandro lejos de su patria. 

Hay que rectificar la idea de La Mancha de esos tiempos que tenemos; no era como ahora. En sus ríos había nutrias y castores y en sus bosques abundaban las ardillas, los linces y los lobos. Por las montañas volaban águilas, azores y quebrantahuesos, y en sus ríos pescaban los osos y bebían venados, bucardos, ciervos, cabras hispánicas y una modalidad particular de cerdo rojo, el cerdo manchego. Abundaban más las sabinas, las encinas y los pinos mediterráneos y se exportaba a través de Cartagena el esparto. Particularmente lamentable es que se perdieran los longevos bosques de sabinas, cuya excelente madera fue una maldición para la especie en Castilla. Hoy apenas quedan algunos ejemplares en Guadalajara

martes, 25 de marzo de 2014

La muerte de un viajante

Necesitamos a alguien joven, con años de experiencia, titulación superior, dos o tres másteres, proactivo, dinámico, innovador, con idiomas, capacidad para trabajar en equipo y de liderazgo, conocimientos informáticos, transversal, de mente creativa, productivo, emprendedor, comprometido con la empresa, motivado en valores, responsable, flexible y resolutivo.

Se ofrece: sueldo misérrimo (revisable a la baja), horarios inflexibles, sin conciliación familiar, seguro de enfermedad por cuenta propia, papel higiénico lo mismo, insomnio garantizado, horarios extralargos, falta de respeto, úlcera, ninguneo, racanería, falsa promoción profesional y despido procedente. 

lunes, 24 de marzo de 2014

Chistes sobre fúlbol

Dice Cristiano Ronaldo: "Dios me ha enviado para que el mundo vea jugar bien al fútbol". Y Messi replicó: "No recuerdo haber enviado a nadie...".

Otro: 

¿Cómo se dice Cristiano Ronaldo en japonés? Kasimeshi

Siniestro total

Hay en esta ciudad, antes villa, algunos rincones francamente siniestros. Como esos parientes de los que nunca se habla. Que hacen fruncir el ceño, según los novelistas, o mirar por encima del hombro. Su propia naturaleza los hace tímidos y escondidos, rodeados como están del yuyu y de la cosa que dan, placenta nebulosa y malsana de lo sin explicación plausible. Porque para encontrarla hay que ir más allá, un lugar donde por cierto no quiero veranear. Para saber algo más haría falta aprender artes oscuras, aunque más nos valdría hoy defensa contra las artes bancarias.

Las artes oscuras (Goetia) no se enseñan: hay que ir a buscarlas y aprender por uno mismo. Yo, que solo quería hacerme idea de ellas, ojalá no las hubiera mirado siquiera. De verdad: no son para gentes flojas de piernas, que quieren vivir vidas tranquilas y todo eso; cualquiera que empieza inocente por uno cualquiera de esos senderos, que más bien son trochas, termina amargado y lamentando, como Segismundo y el Griego, el delito de haber nacido y su dos veces maldita curiosidad. Hay cosas que peor es meneallas y deberían estar dormidas en el baúl del desván o en el armario, con los esqueletos y los maricas. Haberlas, haylas.

Cualquiera lo suficientemente raro como para andar por la calle Guadalmez a las tres de la mañana se sentirá, aparte de insomne, perturbado por malas vibraciones. Si es, además, curioso, vendrá a saber que ahí se llevaron a cabo numerosas ejecuciones durante el siglo XIX, una de ellas la de la inocente madre de El Locho, el famoso guerrillero carlista. Hay, igualmente, casonas de decoración poco menos que perversa, como salidas de un cuento de Montague Rodhes James. Están invadidas por un silencio ominoso, que dice Lovecraft, y su mal fario envuelve habitaciones abandonadas con miasmas mohosos y muebles oscuros, donde se exhibe el delirio morboso de un pervertido rococó en medio de ruidos viejos y quejumbrosos, acumulando el polvo de decenios. Nadie conoce al dueño, inencontrable, desaparecido, quizá partícipe de un hecho luctuoso y olvidado cuya perdida referencia solo un obseso podría desempapelar; porque tal vez siga dentro y la casa misma sea su ataúd o su infierno de diseño particular.

Muchas de esas casas mustias que se están viniendo abajo se encuentran por los rincones de Aragón, pero también hay algunas en las mesetas. Sus paredes exteriores tienen escrito un cuadro de Pollock y uno se puede perder en ellas como por una lengua muerta. Acumulan desconchones de horripilante humedad por donde es posible ver el ripio variopinto de la carne constructiva.  Se diría que son la proyección de un ente, un enterrado. Por La Poblachuela hay alguna mansión de esas, llena de hierbajos insólitos y oscuros. Su atmósfera es mefítica y ponzoñosa. Nadie sabe nada de sus antiguos habitantes; de los modernos, solo que no salen, no se mueven, no hablan, no los conocen, no tienen coche, ni televisión, ni radio, no encienden las luces, no hay perro que ladre. Solo se dejan notar a altas horas de la noche gatos fugitivos como dioses menores y una quejumbre de ramas nerviosas desenredándose en lo ocuro, apenas a un soplo de aire. A veces un tonillo sofocado y malsano, luces extrañas como de vela y volutas de humo suelto como con figura. Lo demás que se sabe es exiguo, antiguo, ambiguo y otras más cosas acabadas en -iguo.

Entre mis conocidos hay algunos fantasmas, pero a los muy numinosos les da por desaparecer cuando quiero presentarlos a los demás; es gente muy discontinua. Por no hablar de sus defectos de elocución, porque a más de una psicofonía le haría falta pasar por Autotune. Además, a todos los fantasmas manchegos les da por leer a Larmig y a Swinburne, y hacen tertulia un solo día del año, al lado de La muerta del cementerio.

domingo, 23 de marzo de 2014

Letras de La Mancha III

Las comunicaciones de La Mancha, si excluimos la provincia de Madrid por más que siempre haya formado una porción geográfica natural de la misma, se han decantado más al este y sudeste que al oeste, a pesar de que, encajada entre el Sistema Central, Sierra Morena y las dos mitades del sistema Ibérico, la mayoría de sus ríos principales, el Tajo y el Guadiana, con todos sus afluentes, se extiendan hacia la vertiente occidental. Por el contrario, el Júcar, remiso al fin y al cabo, se mueve renqueante y sinuoso a duras penas y peñas desde Cuenca hacia el este.

Lo último que vino a La Mancha de poniente es ya muy arcaico y no mueve molino de agua o batán: la cultura del vaso campaniforme, extendida desde las desembocaduras del Tajo y el Sado, tal vez desde el Guadalquivir, hacia el resto de Europa atravesando la Meseta Sur. Muy poco después de ese gran avance la puerta empezó a cerrarse y ya en la Edad Media se fue alzando, con el reino de Portugal, un alto muro que, recorrido intermitente por la yedra de unos ríos que se torcían y estrellaban ante el desafío, ha perdurado contra las melancolías decimonónicas del Iberismo, reforzado además no ya por la paralela vía de la plata, sino por el escaso atractivo comercial del paupérrimo Portugal meridional y por el aislamiento de una región que, situada entre Cáceres y Badajoz y conocida desde fines del XIX como la Siberia extremeña por aislamiento y escasa población, siempre se ha visto esclerotizada por las agrestes y laberínticas estribaciones de los Montes de Toledo sobre la comarca más feraz de La Serena.

En cuanto al sur, rico en recursos mineros y agrícolas y perfectamente comunicado por el valle del Guadalquivir, un tortuoso paso natural muy concreto y casi único (si exceptuamos el muy mal llamado Valle de los Pedroches), Despeñaperros, une (que igual valdría decir separa) La Mancha y Andalucía, mientras que el Corredor de Almansa abre las ricas cuencas de Levante a través de las peñas y el camino de Albacete y Hellín conduce a la huerta de Murcia y al puerto natural de Cartagena, uno de los tres grandes que posee España junto a los de La Coruña y Cádiz.

Castilla-La Mancha era durante el primer milenio antes de Cristo un conjunto mucho más homogéneo de etnias de lo que podría pensarse. Los marcadores genéticos nos asignan un origen paleolítico, y luego la sustancia humana mesetaria fue fundamentalmente fruto de la fusión de celtas e íberos. Nuestra supuesta y temperamental sangre árabe posterior fue escasa; incluso el pueblo italiano, menos homogéneo que el español, tiene más; incluso los castellanos del norte tienen más que los andaluces, porque los moriscos alpujarreños sublevados fueron reasentados allí para evitar rebeliones. ¡Toda una desgracia el ser tan poco moros, cuanto menos morenos!

Así pues, el cruce fue general entre pueblos de origen autóctono y diversas oleadas de emigraciones indoeuropeas y norteafricanas (anteriores a la árabe) demográficamente mucho más numerosas, con pequeños asentamientos púnicos y griegos a lo largo de la costa mediterránea y atlántica sur. Por lo general, manchegos y europeos occidentales somos muy parecidos e indistintos; más extraños serían respecto a todos los finlandeses. La heterogeneidad es mayor conforme se avanza más hacia el este: en las penínsulas itálica y balcánica y, sobre todo, en la anatolia, cuarta del Mediterráneo y más alejada del extremo del subcontinente europeo. 

Hubo en la meseta sur un gran mestizaje entre celtas indoeuropeos asentados al este e iberos de origen africano establecidos al oeste, sobre un sustrato de enigmática población autóctona que ha dejado pocos restos fuera de la ya mencionada Cultura de Las Motillas, integrada por unos treinta núcleos catalogados. El resultado fue conocido al fin como celtíberos, denominación que acoge muy distintos grados de mestizaje, conexión y asimilación que es difícil precisar hoy. Lingüísticamente, es posible determinar que se hablaban en la península cuatro lenguas con numerosos dialectos, a veces muy opacos entre sí, y con alfabetos muy distintos de origen latino: el Lusitano, el Tartesio-turdetano, el Celtíbero, de dialectos muy diferenciados, y el vasco. Cuatro lenguas, más o menos como hoy, en que la única que ha subsistido es el vasco, si bien la que más restos ha dejado en la toponimia y el léxico es el celtíbero. Es esta fundamentalmente la que se hablaba en Castilla-La Mancha, dividida en dialectos muy distintos entre sí. Pero la única que tenía una literatura escrita y muy antigua es la tartesio-turdetana, según refiere Estrabón. Y nada ha quedado de ella que sepamos hasta hoy.

Los pueblos manchegos fueron diferenciándose según el dominio de uno cualquiera de los tres elementos que lo integraban: el minoritario y autóctono original, el celta o el ibérico; también, por el grado de aislamiento, relación y comunicación que mantenían con sus vecinos. Del léxico celta y del ibérico han perdurado hasta hoy topónimos, antropónimos y algo de léxico del que prescindiremos porque no interesa a nuestro propósito. Del celta sego- "victoria" y -briga "fortaleza", vinieron Segóbriga y Segontia (Sigüenza); no hay muchos restos del sufijo toponímico celta -dunum, pero sí del gentilicio -(i)ego, no en vano nos llamamos manchegos. Del ibérico, lengua muy relacionada con el vasco, tenemos el antropónimo Indalecio, de la raíz indu-, "fuerte" (como en el apellido Induráin y algunos guerreros celtíberos documentados por la historia, como Indortes), los sufijos toponímicos -en, -ena-; -es, -esa; las raíces toponímicas aran, con el significado de "valle" (Aranjuez, Aranzueque); ur-, urdan- (Urda, Oreto, Urcesa), etcétera.

Las etnias más populosas que ocupaban principalmente la región en época prerromana eran los carpetanos y los oretanos; menos significativos fueron los pueblos del este, lobetanos, edetanos, olcades y bastetanos. La Carpetania abarcaba las provincias de Madrid y Toledo, el pleno centro geográfico de la Península, confinando al sur con la Oretania, que incluía toda Ciudad Real y el otro lado de Sierra Morena, el norte de Jaén. Ambas, Carpetania y Oretania, limitaban al oeste con vacceos y vettones y al noreste con Guadalajara y Cuenca, pobladas entonces por diversas etnias celtíberas poco populosas, algunas muy guerreras, como los belos; más al sur, ya en Albacete, había núcleos oretanos, lobetanos, edetanos, olcades y bastetanos que se relacionaban más bien con los pueblos ibéricos del este mediterráneo a través del corredor de Almansa y el camino hacia Cartagena. 

Las fuentes para la historia antigua de Castilla son en su mayoría griegas y latinas. Entre los geógrafos figuran Avieno, Estrabón, Mela, Plinio el Viejo y Ptolomeo; también se nos han transmitido itinerarios, especie de mapas de carreteras de la época, como los de Antonino o el anónimo de Rávena; la Hitación de Wamba es también valiosa porque contiene material cronológicamente muy anterior; también la arqueología suministra inscripciones procedentes de los Vasos apolinares y las perdidas Tablillas de Astorga; por otra parte hablan y no poco historiadores como Polibio, Hircio, Diodoro Sículo (que nos ha conservado bastante de las obras perdidas de Timeo y Posidonio), Tito Livio, Floro, Plutarco, Apiano y Dion Casio; también hay algo en poetas épicos como Silio Itálico, que nos habla de las bodas de la princesa oretanomanchega Himilce y Aníbal y nos narra algunos episodios de la guerra entre los cartagineses y los oretanos, Lucano, etcétera. Dejaremos por el momento los tochos epigráficos de Hübner y extractaré y resumiré ahora las informaciones que suministran Estrabón, Diodoro Sículo y Apiano, que tengo más al alcance y parecen ser las más convenientes. 

Estrabón, cuya obra leí hace años en la traducción, copiosamente anotada, que hizo el benemérito arqueólogo manchego -de Villanueva de los Infantes- Antonio García y Bellido (1903-1972) para Espasa-Calpe, se refiere a la región sobre todo en el libro III, pero yo lo citaré por la traducción, más actualizada, de Gredos. En cuanto a lo que podemos deducir de la primitiva literatura de estos pueblos, tenemos al menos los testimonios de danzas y cantos de guerra, según refieren Silio Itálico III, 346-349, Diodoro Sículo, V, 34, 4 y Apiano; es más, Valerio Máximo (III, 2, 21) y Tito Livio (pap. Oxiyrh. 164) refieren un hermoso episodio protagonizado por el caudillo celtíbero Pirreso en el año 142 a. de C.:

«Quinto Ocio, habiendo marchado a Hispania como legado del cónsul Quinto Metelo y luchando a sus órdenes contra los Celtíberos, cuando se enteró que estaba retado a un duelo por un joven de este pueblo -estaba entonces puesta la mesa, a punto de comer-, dejó la comida y ordenó que se sacasen fuera de la muralla sus armas y caballo con todo secreto para que Metelo no se lo prohibiese; y, persiguiendo a aquel celtíbero que con gran insolencia había cabalgado a su encuentro, le dio muerte y, blandiendo los despojos de su cadáver, entró en su campamento en medio de una gran ovación. Este mismo hizo sucumbir ante sí a Pirreso, sobresaliente en nobleza y valor entre todos los Celtíberos, quien lo había retado a un certamen. Pero no se ruborizó aquel joven de ardoroso pecho de entregarle su espada y su ságulo a la vista de ambos ejércitos, porque Ocio pidió que se uniesen los dos por la ley del hospicio cuando se restableciese la paz entre los Celtíberos y los romanos» (Val. Max., III, 2, 21)

La aristocracia guerrera celtíbera prefería suicidarse a perder o entregar las armas y con frecuencia llevaban un veneno oculto para tal fin, pero ese desastrado fin podía evitarse con un acuerdo de devotio o servidumbre militar al caudillo que había vencido. El duelo personal servía también para evitar, como en otros pueblos primitivos y se ve en los poemas homéricos, contiendas mayores. Los que trabajaban como mercenarios pedían parte del botín: una túnica, una espada y un caballo por cada soldado que hubiesen muerto (App. Iber 42). Los íberos valoraban infantilmente las armas resplandecientes y decoradas, y Sertorio se ganó a muchos indígenas con este tipo de regalos revestidos de plata y oro (Plut., Sert. 14). Ya por entonces tenía fama de excelente entre los repúblicos romanos el acero de las espadas toledanas, como atestigua el poeta Gracio Falisco en su Cynegeticum. Por demás, la tecnología armamentística celtíbera era tan apreciada que, de hecho, los romanos les copiaron el diseño de la característica espada corta de dos filos, la falcata.

La Oretania tenía su ciudad homónima, en  Oreto, que Estrabón llama Oria y se hallaba en el término de la actual Granátula, donde todavía pueden contemplarse sus ruinas. La etimología del lugar tal vez pueda relacionarse con el vascoibérico urdan, "cerdo" o "jabalí", (Urdangarín tendría bastante que decir sobre ello) algo que podemos encontrar en otros topónimos cercanos como Urda, justo en la raya de Toledo, y, quizá, Orgaz o Urcesa, aunque tal vez venga de ur, agua. Urcesa sería, pues, "casa del agua", si seguimos la lista de morfemas toponímicos ibéricos que ha reconstruido Juan Luis Román del Cerro a partir de su estudio del texto de La ofrenda de los pueblos, (1990) una obra memorable que muchos se empeñan en ignorar a pesar de su rigurosa deducción a partir de sólidos referentes geográficos y estadísticos; otra cosa serían las pretendidas deducciones mixtificatorias de Alonso, capaz de generalizar con el vasco hasta encontrarle conexiones con el mismísimo hebreo. 

Estrabón y Diodoro Sículo coinciden en que la meseta sur era un territorio poco articulado por el escaso dominio que en él tenían muchos e insignificantes régulos (reyezuelos o caciques), harto inseguro por el frecuente bandidaje, del cual incluso es muy posible que provinieran bastantes de ellos, periódicamente depuestos por guerras y disputas intestinas. Resulta así que el fenómeno del bandolerismo, que veremos resurgir periódicamente en la historia y la literatura de la región, se encontraba ya asentado en los Montes de Toledo y en Sierra Morena antes de la presencia medieval de los Golfines y otros encartados y brigantes ya del XVIII y XIX, como en otras regiones donde siempre ha sido desigual la distribución de la riqueza, dando lugar incluso a la aparición de asociaciones criminales organizadas como la Garduña toledana en el siglo XIV, generalmente orientadas a abusar de castas marginadas de la sociedad y con harta frecuencia antisemitas o antimoriscas, al mismo tiempo que contra ellas se formaban organizaciones policiales paralelas y más o menos corruptas, como las Hermandades. Un famoso poeta del siglo XVIII, el extremeño Francisco Gregorio de Salas (1729-1808)  ya caracterizaba a La Mancha como lugar de injusticia, abuso y corrupción, y a los manchegos como amigos de lo ajeno (del Albacete murciano venía lo de "murciano", por ladrón, y no nos vamos a extender tampoco sobre la leyenda de Malagón, prodigada por la literatura clásica y la picaresca, que intenta exculpar de esa fama a un pueblo concreto, cuando la infamia era general contra los manchegos):

El que llega a caminar
por La Mancha sin falencia (esto es, sin estafa),
le enseñan con gran frecuencia
la horca antes que el lugar.
No gustan de trabajar,
es gente de poca espera,
arman pronto una quimera
y nunca de hambre se mueren,
pues son dueños cuando quieren
de lo que tiene cualquiera

La toponimia de las principales ciudades y pueblos de La Mancha establece qué culturas han dejado más huella geográfica en el lenguaje actual. Empero, es este terreno peligroso, inseguro y resbaladizo donde los haya, y lo que tendría que primar para establecer juicios fiables sería, ante todo, una preparación filológica excepcional que, por supuesto, disto mucho de poseer, así como una documentación arqueológica rigurosa y criterios no meramente comparatistas, sino estadísticos muy ponderados, para no terminar en mixtificaciones quiméricas como las de J. L. García Alonso, que llega generalizando con el vasco hasta el mismísimo arameo. Mucho han indagado y cavilado sobre el tema Manuel Corchado Soriano y, entre los últimos, Chavarría, por no mencionar la animosa e hipercrítica tropa de Celtiberia.net. 

Administrativa y románica es la denominación de Villa Real / Ciudad Real; muy antigua e indoeuropea la de Toledo, pero completamente árabes las de Madrid, Guadalajara, Cuenca y Albacete. Juan Antonio Chavarría Vargas, en Antropónimos árabes en la provincia de Ciudad Real, nos habla de que nuestro pequeño montecillo, La Atalaya, fue conocido antes como Atalaya de Abén Cales, (también llamado Abén Cares, Cáliz o Cádiz, y en realidad Ibn Qadis) último alcaide almohade de Calatrava, y nos menciona entre los topónimos arábigos Calatrava, Hojalora, Alcázar, Torres de Joray, Almadén, Alhambra, Almodóvar, Mestanza, Mata de Mencáliz (Castellar de Santiago), Aznarón y Chillón. El río Adoro, hoy conocido como Azuer, fue bautizado por haber sido ahogado en sus aguas el señor almorávide de Córdoba Al Zubayr. La lista podría alargarse indefinidamente y podríamos agregar nosotros otros muchos, como Ajofrín, Mazarambroz o Almonacid, por ejemplo. Hay también topónimos medio mozárabes, de los que informa Menéndez Pidal, como Daimiel (quizá de *Laminium vetulus) o Mocejón, o que lo son enteramente, como Montiel.