lunes, 25 de abril de 2011

"Protesto que, si me fusilaron, no me acuerdo de semejante cosa", un inédito de Félix Mejía.


Un articulito inédito de Félix Mejía. Alude al famoso periodista  moderado Andrés Borrego

Señores redactores de El Eco del Comercio:

Muy señores míos:


Espero  merecer de Vds. el favor de que tenga lugar en su periódico el siguiente artículo, del cual remito con esta fecha una copia exacta al señor Borrego, redactor de El Español.
           
Señor Borrego: los diablos tentaban al santo anacoreta del cochino y otros diablos tan diablos y tan tentadores como aquellos diablos, con tantas uñas y con tantos rabos, tentaron a Vd. también cuando, en su número de 1.º de marzo corriente, impugnando un artículo del periódico La Libertad, se tomó Vd. la de lanzar (sin venir a cuento) una alusión al periódico titulado El Zurriago que en unión con don Benigno Morales redactaba yo en los años 1820 al 23, a la par que escribía también en El Constitucional de la tarde y en El Eco de Padilla. Acaso llegó Vd. a imaginarse que, por mi situación apática y ajena al presente a las contiendas políticas, podría pasar desapercibida dicha alusión, y se ha engañado miserablemente porque, cuando me considero asistido de la razón y de la justicia, soy como la muerte que a nadie perdona, y como el dios Término, que ni a Júpiter quiso ceder.

Se permitió Vd. decir en su referido artículo: “Tenga entendido el público que se trata de resucitar la época de El Zurriago y sepa desconcertar con su indignación repecto a los autores de tan odiosa trama y con su simpatía hacia los órganos legítimos de la opinión, la crisis de un nuevo género a que conspiran a conducirnos los que no pueden dominar sin hollar las libertades de la nación, sin extaviar la opinión de los buenos para arrancar del miedo lo que les niega la razón y la conciencia del  país.”             .

            De todo el cúmulo de palabrotas que se comprenden en el periodo  inserto, que encierra conceptos harto metafísicos, se descubre que la opinión de Vd. respecto a El Zurriago y a sus redactores está en perfecta armonía con la que intentaron en vano generalizar, cuando se publicaba dicho periódico, los serviles de aquella época, los que se titulaban moderados, que eran peores que los serviles, los egoístas partidarios del poder despótico, los magnates que vivían en placeres sin trabajar y a costa del sudor del pobre y los escritores vendidos al poder que se alimentaban con el pan de la ignominia, como Vd. no debe ignorar. Toda esta cáfila de bichos de mal agüero se empeñó entonces en abrumar a los redactores de El Zurriago con las más groseras calumnias y con las más negras imposturas. Decían de continuo que estábamos pagados por la Santa Alianza, por el Rey y por el Embajador de Francia; pero escupían al cielo y les caía la saliva en la cara, porque todos los hombres de sentido común hallaban desmentidas las tales calumnias al considerar que estabamos haciendo la guerra más esforzada a los mismos por quienes se decía que éramos pagados, y no era creíble que los tales pagadores alimentasen viboreznos para que les royesen las entrañas… al vernos marchar por la revolución rodeados de puñales… al contemplarnos rodando de calabozo en calabozo… al verme sentenciado a dos años de prisión en las Peñas de San Pedro por Poncio Pineda… al mirarme sufriendo una prisión de dos meses en la cárcel pública y otra de cinco meses en mi casa con un alguacil de vista a mi costa… al mirarnos pobres y saqueados por las frecuentes multas y pago de costas procesales… al vernos escribir al mismo tiempo nuestro osado papel con el cadalso en hombros, pero diciendo la verdad toda entera al pueblo español… al escuchar nuestras diarias filípicas en las tribunas populares contra tantos y tantos pícaros empeñados en destruir el edificio social…

            Los patriotas por tanto nos escuchaban como a oráculos y las calumnias fueron despreciadas y los calumniadores merecieron el anatema universal. Nuestra opinión se incrementó cuando nos vieron denunciar con tres días de anticipación la insurrección de los guardias, que se pronunicaron a la voz de “¡Viva el rey absoluto y mueran los redactores de El Zurriago…!” cuando nos vieron pelear contra los mismos guardias en el memorable día del 7 de julio, en el cual vencieron los libres y se perdió la libertad, porque en vez de justicia hubo pasteles, intrigas, picardías e impunidad que detalladamente denunciamos a la opinión pública en nuestro periódico y ahí están los señores Martínez de la Rosa, Galiano, Burgos y otros muchos bien informados de estos hechos que atestiguarán esta verdad que pasará indestructible hasta la última generación.

            ¿Y callaron, sin embargo, los calumniadores? No, señor Borrego; ni callaron entonces ni se avergozaron ni callarán ni se avergonzarán jamás, porque nadie puede dar lo que no tiene y porque los partidarios del poder despótico son como los diablos que nunca se arrepienten.   

            ¡Que inhumanidad, señor Borrego! Me vieron salir de Cádiz confinado a las Islas Canarias por un golpe despótico del gobierno cuando estaba para expirar la libertad  en 1823, y vieron marchar a mi compañero Morales para unirse a las fuerzas que comandaba el inmortal Riego… Me vieron confinado en la isla del Hierro… Vieron salir de Cádiz apenas se entronizó el despotismo una fragata que debía traerme a la Península bajo partida de registro a sufrir la última pena…Vieron marcharse al Hierro a  25 soldados en mi busca… que milagrosamente pude fugarme de aquella isla… que los patriotas que contribuyeron a mi evasión sufrieron muchos meses de prisión en el castillo de Paso Alto y fueron arruinados en sus fortunas… Me vieron emigrar en la mayor miseria a los Estados Unidos del Norte de América, en cuyo país no conocía el idioma… Que allí continué trabajando a favor de la libertad de mi patria y de la de todos los hombres, escribiendo la tragedia titulada Rafael del Riego o la España en cadenas, con otras varias obras… Vieron también morir en un cadalso en Almería a mi compañero Morales… Me vieron sentenciado a muerte en rebeldía en esta corte… Y sin consideración ni miramiento a mis servicios ni a mi decisión por la santa causa de la libertad ni a las mil y mil suertes que he sufrido en 20 años de emigración… todavía hubo, señor Borrego, quien me calumniase… quien me mordiese con diente canino. ¡Esto es creíble! El señor don Joaquín María Ferrer, y Dios le perdone, como yo le perdono, tuvo la bondad de decir ante la respetabilidad del Senado que había yo marchado a Caracas a hacer una revolución y allí me habían fusilado.

            En cuanto a mi viaje a Carracas [sic], juro a Dios y a la Cruz y a la Veracruz que jamás he estado en Carracas [sic] ni en parte alguna de aquella república. Y en cuanto al fusilamiento, ruego a Vd, señor Borrego, que no crea Vd. lo que dijo el señor Ferrer, si no se le presenta una plena justificación del fusilamiento y en este caso sí crea Vd. que fue fusilado, y no será extraño que yo también lo crea y me persuada que por una extraordinaria metempsicosis he vuelto a España en cuerpo y alma a desmentir respetuosamente al señor Ferrer; pero, por ahora, protesto cuantas veces sean necesarias  por derecho que, si me fusilaron, no me acuerdo de semejante cosa.

            Materia es esta, señor Borrego, sobre la cual podían escribirse algunos tomos en folio, incluyendo en ellos la vida y milagros de muchos bribones con quien he peleado en la arena periodística; pero acaso se acerca el día en que aparezca de nuevo El Zurriago y entonces hablaremos más despacio y nos oirán los sordos. Concluyo por ahora rogando a Vd. me tenga en su santa gracia que se deje de alusiones a mi dormido Zurriago y pelillos a la mar.

            Con la mayor consideración y afecto saluda a Vd. respetuosísimamente su más humilde servidor q. b. s. m. Madrid 6 de marzo de 1846. Félix Megía.

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