viernes, 10 de febrero de 2012

Fantasmas polvorientos

El Chronicón mundi del Tudense es rico en leyendas; una es la famosa del pescador que se aparecía en Córdoba y plangens modo Caldayco sermone, modo yspanico clamabat  "en Catalañazor perdió Almanzor el tambor" (versión de Juan de Mariana, p. 88; M. Pidal y D. Alonso leen "el atamor"), de forma que, cuando se acercaban los cordobeses, desaparecía el muy bilingüe y volvía a mostrarse en otro sitio, repitiendo con lágrimas lo mismo. Quizá sea el fantasma más antiguo de España, dejando aparte los visigodos, muy pasionales ellos, o la Elpha de la que habla el Cantar de Mio Cid, pues los que recuerdo son posteriores,  como el que describe Gonzalo Fernández de Oviedo en sus Batallas y quincuagenas o el poltergeist  que Diego de Torres y Villarroel cuenta aterrorizaba a la servidumbre en casa de la Duquesa de Arcos. Otra cosa sería hablar de duendes martinicos, diaños o la Estantigua, Dios nos libre. Siempre he sentido curiosidad por estos diablillos o fugitivos dioses menores, a veces reducidos a mero folklore infantil como atávicos terrores intrascendentes, aunque de origen verdaderamente arcaico, y me gustaría escribir algún ensayito, como hizo Miguel Psellos, sobre númenes en el exilio, Heine dixit. El fantasma del Tudense llamó la atención del insigne Menéndez Pidal como resto de algún poema épico o estribillo de alguna cancioncilla lírica irremediablemente perdida, pero obvió el aspecto legendario del asunto, sin indagar más, como en el caso de la enigmática Elpha, bajo la farfolla de su agradecida erudición menuda.

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