domingo, 26 de abril de 2015

10 claves para convertir a los niños en lectores

Carmen Saavedra, autora del blog Cappaces, "10 claves para convertir a los niños en lectores", en Huffington Post, 23/04/2015:

En un artículo anterior, reflexionaba sobre cómo las prácticas del sistema educativo no sólo no conseguían crear lectores, sino que ejercían el efecto contrario y contribuían a que muchos alumnos que sólo han conocido esta vía para acercarse a los libros, acaben por aborrecer la lectura.

Me mostraba convencida de que existían vías alternativas a la obligatoriedad que practica la escuela para lograr construir lectores. Voy a intentar exponer algunas de las claves que he ido ideando, probando y poniendo en práctica durante mis casi quince años como madre y que me han funcionado con mis hijos. Dos niños muy distintos: en género, personalidad, gustos e incluso funcionalidad.

1) ARGUMENTOS

Elegid el libro que les guste a vuestros hijos, no el que os guste a vosotros o el que quisierais que les gustara.

No seleccionéis los libros en función de vuestros gustos o del mensaje que trasmiten. Elegid aquellos que creéis que se puedan adaptar a los gustos y personalidad de vuestros hijos. La clave principal para formar lectores es iniciarse en la lectura divirtiéndose. De lo contrario, sólo conseguiremos que la aborrezcan. Ya tendrán tiempo más adelante para acudir a libros que les aporten otros valores y conocimientos más allá del puro placer.

No os fiéis ciegamente de las recomendaciones de otros, por muy expertos que sean. Nadie conoce a vuestros hijos mejor que vosotros. La mayoría de libros que le apasionaban a mi hija mayor cuando se inició en la lectura en solitario, a su hermano pequeño no le dicen nada. He tenido que volver a salir a la búsqueda de nuevos temas y colecciones que en nada se parecen a lo que atraía a su hermana.

Pero sí hubo algo común a ambos: los dos detestaban aquellos libros para mí tan originales y que con tanto empeño traté de introducirles en los primeros tiempos. Cuando mi hija era pequeña y empecé a comprarle libros infantiles, me atraían esos libros tan innovadores que las editoriales orientadas a este público han venido publicando en los últimos años. A ella, sin embargo, no le gustaban demasiado, y todas las semanas salíamos de la biblioteca con un lote de los clásicos de toda la vida bajo el brazo, escogidos por ella. Me harté de las aventuras de Caperucita, La Bella Durmiente, Garbancito, Ricitos de Oro, Pinocho, Los tres cerditos y similares. Llegamos a pasar tres meses leyendo a diario Blancanieves... Por suerte, logró superar esta etapa y pasar a otro tipo de historias donde siempre tenía que estar presente la magia y la fantasía.

Con el enano pasó tres cuartos de lo mismo, y fue imposible introducirle esos cuentos de última generación que con tanta ilusión había comprado para su hermana. Cuando dejó atrás la etapa de los clásicos, no se inclinó como su hermana por la fantasía, sino que se decantó por cuentos con personajes convencionales que narraran historias cotidianas y habituales para un niño. Imprescindibles en su biblioteca: Teo y Os Bolechas, sobre todo estos últimos. Llevo años leyendo las peripecias de estos seis hermanos y su perro. Cuando la mayor tuvo edad para dejarlos atrás, enlacé con el pequeño, así que me he convertido en una auténtica experta en Bolechología.

Como digo, durante años me había empeñado en comprarles aquellos cuentos maravillosos que para mí eran originales y diferentes. Pero lo eran desde mi perspectiva de adulto que ya ha vivido un tiempo y que está hastiado de lobos, caperucitas, princesas y zapatos de cristal. Se nos suele olvidar que los niños acaban de aterrizar en el mundo, y que todo resulta novedoso para ellos: eso incluye también el universo que puebla los clásicos de Perrault, Andersen o los Grimm. No entiendo cómo me costó tanto tiempo darme cuenta de algo tan simple y evidente.

Cuando empezaron a leer, fui aún más consciente de lo mal diseñados que estaban aquellos libros que tanto me gustaban a mí, que me habían entrado por los ojos: sus rebuscadas tipografías, complicadas muchas veces con tintas de mil colores, resultaban imposibles de leer para niños que se estaban iniciando en la lecto-escritura.

Es importante también que el vocabulario se adapte al que los niños dominan. Claro está que uno de los mayores beneficios de la lectura es que facilita la ampliación del vocabulario, pero si de cada 10 palabras que leen, desconocen el significado de 5, no servirá para incrementar su léxico, sino para que abandonen el libro. Las editoriales suelen utilizar unos códigos que los clasifican por edades, pero no son muy fiables, porque de nuevo se vuelve a considerar a los niños de una misma edad como un todo homogéneo, y esto no es en absoluto así. Nosotros somos los únicos que conocemos a la perfección las palabras que dominan nuestros hijos, así que, lo que yo suelo hacer es leer las primeras páginas, y eso ya me daba la pista del tono del resto del libro. No sólo en cuanto a vocabulario, sino también respecto a la tipografía y al tamaño de la letra, que también son factores muy importantes para facilitar la lectura. Como comentaba antes, huid de las tipografías innovadoras y las tintas de colores (con la excepción de Junie B. Jones, donde cada título tiene un color distinto pero es un tono muy suave y se aplica al texto completo).

2) LLEVA A TUS HIJOS A LA BIBLIOTECA

A Antón, como a su hermana (y como imagino que a la mayoría de los niños a quienes se les da la oportunidad), le apasionan las bibliotecas. Son su lugar preferido del mundo. Con permiso de las salas donde se represente teatro, títeres, magia o actúen orquestas, bandas de música, grupos folk o cualquier otra cosa que se ejecute sobre un escenario.

Como comentaba, mientras a Amara le ha gustado desde siempre la fantasía, Antón se decantó por historias con los pies pegados a la tierra. Lo que han tenido en común los dos es que les han gustado los cuentos clásicos, y eso que yo los aborrecía por lo que ciertos estudiosos sesudos interpretaban en ellos. Pasado el tiempo y ganada experiencia, la verdad es que me doy cuenta de que era una soberana tontería. Fueron mi hijos los que me hicieron llegar hasta aquí, de ahí la importancia de que vayan con regularidad a la biblioteca y pasen en ella mucho tiempo. Allí tendrán a su alcance infinidad de libros, y es la forma de que ellos elijan sus propias lecturas. No he conocido ni a un solo niño al que no le guste ir a la biblioteca: a algunos no se les podrá sacar de allí, y otros se cansarán antes, pero lo que es seguro es que ninguno rechazará la oferta si se le propone.

Muchos padres premian a sus hijos ofreciéndoles ir al McDonald's. Bien, yo he sustituido la cadena de comida con juguetitos por la biblioteca con el mismo éxito. Si mi hija se comprometía a tirar el chupete, a andar sin tener que llevarla en brazos, a recoger sus juguetes, a probar una nueva comida o hacer los deberes sola, yo prometía llevarla a la biblioteca. Y lo mismo con Antón. Se tiene más éxito cuando se utilizan los libros como premio que como castigo (y la obligación no deja de ser un castigo).

Un punto importante a este respecto es: lleva a tu hijo a bibliotecas infantiles donde pueda explorar y jugar con los libros al principio, y concentrarse en ellos después, sin importar lo que se mueva o el ruido que haga.

Señores gestores públicos: hagan el favor de habilitar bibliotecas infantiles, pero de verdad. En mi pueblo tenemos (o teníamos, porque ahora nos han exiliado al hall de entrada) una biblioteca infantil que era una pesadilla: no se podía, no digo ya hablar, sino siquiera susurrar, sin que apareciera la bibliotecaria para llamarnos la atención. ¡Así no se pueden crear lectores!

A ver, los niños tardan en aprender a leer, y así debe ser. Tenemos y debemos leerles los libros y, a poder ser, dramatizando: poniendo voces y haciendo gestos, sí, convirtiéndonos en actores (con el tiempo, ellos mismos aprenderán a recrear esas voces y gestos en su cabeza). En definitiva: tenemos que hacer ruido. Y esto es incompatible con una biblioteca al uso. Al lumbreras que diseñó la biblioteca infantil de mi pueblo, no se le ocurrió nada mejor que reservar un pequeño espacio (en realidad minúsculo, y sí, los niños también necesitan espacio para moverse, tumbarse, etc.) separado por un cristal (!) de la biblioteca de adultos. Biblioteca de adultos a donde acuden los usuarios a estudiar; y claro, por mucho que lo intentemos, leer con niños implica un mínimo ruido.

Y este es otro punto que me revienta de nuestro país: hemos convertido las bibliotecas en salas de estudio, y a ver si nos damos cuenta de una vez que son dos conceptos diferentes. Si lo que de verdad necesitamos son salas de estudio, creémoslas (que además resulta más barato, sólo requiere de mesas y sillas), pero no deformemos la función de una biblioteca pública, que es la de contener libros y ponerlos a disposición del usuario. He tenido que sufrir esta distorsión en los años en que trabajaba como documentalista y debía buscar información por las bibliotecas. Fueron incontables las veces en que tuve que consultar libros de pie o en el suelo porque la biblioteca estaba copada por estudiantes u opositores (presentes y ausentes, debido también a esa mala costumbre de ocupar las mesas con libros y apuntes aunque uno se largue durante horas). Años más tarde, y por esta misma razón, tampoco he podido leerles a mis hijos sin recibir una reprimenda cada diez minutos.

Por suerte, vivimos cerca de una ciudad grande con varias bibliotecas infantiles de las de verdad, que han permitido a mis hijos disfrutar de esta experiencia, pero es triste que, habiéndose gastado recursos públicos en la biblioteca que tenemos a 500 metros de casa, tengamos que coger el coche y hacer 20 kilómetros de ida y otros 20 de vuelta (más la minuta del párking) para disfrutar de esa experiencia en condiciones.

3) PROTAGONISTA

A Antón no le importa demasiado el género del protagonista, pero para Amara era muy importante que la historia estuviera protagonizada por una niña y, a poder ser, de su misma edad. Así que, a medida que ella iba creciendo, también los personajes de sus libros cumplían años.

Recuerdo que hace tiempo, cuando aún era muy pequeña y estaba todavía lejos de leer sola, nuestra librera de referencia me comentaba indignada cómo una de sus clientas había rechazado su recomendación de Kika Superbruja porque el regalo iba destinado a un niño. A mí, entonces, me pareció tan sexista como a ella, pero a medida que mi hija creció y se fueron perfilando sus preferencias, me di cuenta de que necesitaba sentirse proyectada en el protagonista y que el género concordara con el suyo, ayudaba mucho a ello. Desconozco las razones de aquella clienta al rechazar el libro por el género del personaje, pero debo decir que, con el tiempo, yo también busqué protagonistas femeninas en los libros infantiles que iban destinados a mi hija. De hecho, echando la vista atrás, me di cuenta de que mis lecturas infantiles y juveniles favoritas también habían estado protagonizadas por personajes con los que me identificaba: la Esther de Purita Campos, la Jorge de Enid Blyton, la Puck de Lisbeth Werner o las Alba Trueba e Irene Beltrán de Isabel Allende.

A Antón, más que el género, lo que le importa es que los personajes sean muchos y variados, que no superen los diez años; y si aparecen abuelos, todavía mejor. Las pandillas (Teo y sus amigos) y las familias (Os Bolechas) están entre sus preferidos.

Los autores especializados en literatura infantil deben saber bien de esto, y seguramente por esta razón, en sus libros abundan más los grupos de amigos que los personajes en solitario. Si nos detenemos a analizarlos, cada uno responde a un cliché, a un tipo de personalidad que busca que cada lector pueda encontrar su referente.

4) AUTOR

Si encontráis un libro que les guste mucho, mucho a vuestros hijos, existen bastantes posibilidades de que otros títulos de ese mismo autor lleguen a tener el mismo éxito. Y si recurren con frecuencia al mismo escritor, puede que, incluso, acaben interesándose por la persona que existe tras ese nombre: si es un autor del pasado o vive en el mismo tiempo que ellos, si es extranjero (y entonces seguramente se interesen por localizar su país en un mapa), si tiene hijos y de qué edades, el nombre de su mascota, si le gusta el chocolate... se interesarán por las cuestiones más sorprendentes.

Cuando mi hija se enganchaba de alguna trilogía, serie o saga, siempre acababa interesándose por su autor, y si resultaba que era una autora, aún se emocionaba más. Yo le ayudaba entonces a buscar información en la red sobre ese escritor/a y a ponerle cara. La mayoría de autores especializados en este público tienen webs específicas que suelen incluir información e imágenes que responden a las curiosidades que suelen suscitar entre su público.

Amara tenía 9 años cuando leyó una serie titulada La jirafa blanca (de Salamandra, no me pagan por hacerles publicidad pero de verdad os aseguro que, cada vez que he visto el sello de esta editorial en el lomo de un libro, he sabido al instante que era garantía de éxito). Cuando completó el tercer título, se empeñó en localizar y escribir a su autora, Lauren St John. Le habían fascinado esas historias y se sentía tan identificada con aquella atmósfera que conjugaba fantasía y amor por la naturaleza (algo que no podía describir mejor la fase vital que atravesaba en ese momento), que estaba convencida de que la autora y ella tenían, por fuerza, que compartir una conexión muy especial.

Averiguamos su dirección de correo electrónico y traduje la (larguísima) carta que escribió para ella. Lo más emocionante de todo es que Lauren St John ¡le contestó! Aquella contestación le hizo flotar durante semanas y escribir con más ganas y durante más tiempo del que ya lo hacía (porque los niños que aman la lectura, suelen sentirse también atraídos por la escritura). Cada día me venía con el papel arrugado donde estaba impreso el correo-e y me pedía que volviera a traducirle el último párrafo: «Suerte con tus escritos. Por lo que cuentas, estoy convencida de que tienes una carrera muy prometedora ante ti».

Qué importante es mantener esa tradición que lleva a los escritores a visitar centros educativos y charlar con sus lectores personalmente. Imagino que será enormemente enriquecedor en ambos sentidos.

5) FUERA PREJUICIOS

Busca una lectura que le guste a tu hij@ y no te preocupes por otras connotaciones. No os creáis a quienes afirman que toda influencia a estas edades va a ser definitiva en su personalidad futura. A mi hija, de pequeña, le encantaba algo tan abominable y machista como Shin-chan, y ahora, con casi 15 años, es una abanderada del feminismo y le resulta sexista hasta la más mínima tontería.

Da igual que una lectura sea comercial o minoritaria, de prestigio o desprestigiada. Además, ¿quién decide eso? A mí me encanta leer y, de verdad, lo que me importa es disfrutar leyendo. Si luego me aporta otras cosas, pues genial, pero si un libro no te hace disfrutar, no te podrá aportar nada. Me encantan García Márquez, Ramón J. Sender y Torrente Ballester, me apasiona John Irving, he llorado con el Quijote, pero es que también he disfrutado muchísimo con la saga de Harry Potter, con los libros de Maeve Binchy y hasta con Manolito Gafotas (que creo que son de los que más y mayores carcajadas me han sacado). Y sí, también leí 50 sombras de Grey; en realidad lo intenté, porque fui incapaz de acabarlo; me pareció un coñazo absoluto.

Lo que quiero decir es que la lectura tiene que estar desprovista de prejuicios. Es terrible esa idea de que existan libros de cuya lectura se puede presumir en público y otros que haya que ocultar. Yo creo firmemente que debemos desterrar los prejuicios de la lectura, y si esto es válido para los adultos, cuando hablamos de niños hay que elevarlo al infinito. Los lectores y las lecturas van madurando con el tiempo, y eso tampoco implica que, cuando uno esté preparado para leer a Cervantes, Delibes o Saramago, no pueda alternarlo con Ken Follet, Michael Crichton o María Dueñas. Repito: lo importante es entretenerse y evadirse por un rato.

Mi hija y sus amigos adolescentes utilizan mucho la expresión "postureo", y no encuentro otra definición mejor para esa actitud. Si el postureo es abominable en cualquier faceta de la vida, en el tema de la lectura resulta, además, dañino y pernicioso. Así que: fuera postureo y fuera prejuicios.

6) MOMENTO (y lugar)

Mi hija ha sido desde siempre muy mala dormidora. Así que, lo transformé en ventaja y aproveché esa reticencia congénita a cerrar la luz y dormir para la causa de la lectura. Pero siempre, siempre, siempre aplicando la psicología invertida: "¡Apaga la luz yaaaaa!" (acompañada de cara de enfado y desesperación lo mejor fingida posible, porque en realidad estaba encantada de verle pasar páginas sin hacerme ni caso).

Creo que, seguramente, constituyó el principal factor que la convirtió en lectora, porque aunque tengamos seguros todos los parámetros que he citado hasta ahora, de nada sirve si el niño no supera ese primer escollo que supone el esfuerzo inicial que hay que realizar para empezar un libro. El resto es necesario para que le enganche y no quiera ya soltarlo de las manos hasta acabarlo, viene rodado, pero ese primer paso, el de coger el libro y leer las primeras líneas es, sin duda, el más difícil de todos. Y quienes leéis esto, como padres, tenéis que saber analizar y evaluar cómo, cuándo y de qué modo hacerlo, pero siempre teniendo en cuenta que NO SE PUEDE OBLIGAR A LEER. Nunca jamás.

He asistido a escenas increíbles. En una de ellas, un miembro de mi familia le retaba a su hijo a una partida en la Play. Si perdía, y en pago a su derrota, debía leer durante media hora. Esto no es exactamente obligar ni castigar, pero se le parece mucho. Y aunque un padre sea un avezado jugador de videojuegos, jamás va a conseguir por esta vía convertir a su hijo en lector.

Como estoy fascinada por la metodología educativa de los países nórdicos, últimamente leo mucho sobre el tema, y una de las cosas que más me fascinan de esos artículos son las imágenes que los acompañan. Especialmente, esas escenas donde aparecen niños de las escuelas de Finlandia tirados por el suelo con un libro entre las manos. A lo mejor, esto resulta una mayor y mejor oportunidad para facilitar la lectura. Con casi total seguridad, si a la mayoría de nuestros niños se les diera a elegir entre corregir ejercicios en clase o leer un rato, escogerían la segunda opción. Es tan solo una hipótesis porque no he tenido oportunidad de experimentarlo.

7) ILUSTRACIONES

Los libros destinados a primeros lectores deben tener muchas más ilustraciones que texto, porque al principio, y hasta que no han conseguido una cierta soltura, los niños leen las imágenes. Poco a poco se van introduciendo lecturas donde aumente la proporción de texto y disminuya la de imágenes, hasta que ya se encuentre preparado para leer libros sin dibujos.

En nuestra época, nos iniciamos con los tebeos (eso que hoy se llama cómic). Mis primeros pasos fueron Zipi y Zape o Mortadelo y Filemón, para después pasar a Esther y su mundo (que ya tenía una lectura algo más compleja que los anteriores). El primer libro solo de letras que leí fue Los cinco van de cámping, y lo hice por un motivo completamente estúpido. Intercambiaba tebeos de Esther con mi amiga Inés y en una ocasión, en lugar de traerme el número que me había prometido (su hermana se lo había prestado a una amiga), por no venir con las manos vacías apareció con aquel libro de Los Cinco.

Yo tenía 9 años y cuando vi todas aquellas páginas llenas de letras, casi me dio vértigo. Pero, como me daba vergüenza devolverle el libro a Inés sin haberlo leído, pues lo intenté. Empecé a leerlo por ese motivo tan absurdo, y no sólo lo acabé, sino que me atrapó y después ya no paré hasta devorar la colección completa de Enid Blyton. En aquella época no eran frecuentes los libros en las casas, al menos en el barrio obrero donde yo vivía, y todavía no se había creado la red de bibliotecas públicas que hoy existe, pero yo tuve la suerte de disponer de una excelente biblioteca en mi colegio que me permitió pasar de Los Cinco a Los Hollister y a Puck, hasta llegar a Salgari, Verne o Mark Twain.

De esta forma tan tonta, me inicié en la lectura. Claro que hay que tener en cuenta que en aquella época no había videojuegos, ni Twitter ni Instagram, la televisión tenía un sólo canal, funcionaba un par de horas cada tarde, y lo que nos ofrecía era Un globo, dos globos, tres globos.... Desde luego, teníamos otro tipo de entretenimiento y pasar horas y horas en la calle era uno de ellos pero hasta en eso los astros se confabularon a mi favor o, más bien, en favor de la lectura (porque a mí entonces no me parecía una suerte ni de lejos): y es que mis padres tenían un negocio familiar en el que yo pasé infinitas horas (sí, incluso con 9 años) porque ellos tenían que compatibilizarlo con otros trabajos necesarios para llegar a fin de mes o con las tareas de casa. Y esa tienda que yo tanto abominaba, seguramente fue la responsable de mi pasión por la lectura como la dificultad para conciliar el sueño lo fue para mi hija (y aquí volvemos al punto nº 6: Momento y Lugar).

8) ACOMPAÑARLES EN EL PROCESO

Este es seguramente el punto más difícil y más pesado porque, por más que nos inunden de tiernas imágenes de padres leyendo a sus retoños acompañadas de frases maravillosas, a ver.... casi siempre es un coñazo. Lo digo yo que llevo catorce (¡catorce!) años haciéndolo. Esto es algo que, como no se lo he escuchado reconocer en público a nadie (yo la primera), siempre he tenido la sensación de que sólo me pasa a mí pero, como otras muchas cosas que nos avergüenza reconocer en público (como lo largo y pesado que se hace el puñetero embarazo), estoy convencida de que esto le ocurre a muchos, muchísimos padres.

No vamos a engañarnos, todo lo que se hace repetitivo y se convierte en una obligación, se acaba volviendo pesado. Quizás sea bonito leer a tu hijo si lo haces una vez al mes, o incluso a la semana, pero cuando es a diario... Porque, aunque es cierto que se les puede leer en cualquier momento del día, el más conveniente es por la noche, antes de dormir: no sólo les ayuda a relajarse, sino que al niño le apetecerá: casi ninguno quiere irse a la cama voluntariamente, y el momento-cuento resulta una forma de alargar el día (revísese el párrafo donde hablaba de mi hija, el sueño y la lectura).

Es, por tanto, el momento en que nuestros hijos están más receptivos a la lectura. Si lo intentamos de tarde, quizás les apetezca más ver Bob Esponja, jugar a la Play, ver vídeos en el iPad o subirse a un árbol. Por la noche, con tal de retrasar el momento-sueño serían capaces de hacer raíces cuadradas. Es el mejor momento para ellos, peeeero el peor para nosotros. Con diferencia. Además de estar cansados hasta la extenuación, seguramente tengamos pendiente colgar esa colada que lleva arrugándose en la lavadora desde hace horas, preparar ropas, carteras y meriendas para el cole, poner las lentejas al fuego para tener algo que comer al día siguiente, terminar ese informe energético que hay que entregar mañana o redactar esta entrada porque es el único momento del día en que en casa reina la suficiente tranquilidad para escribir con calma. Y cuando no hay nada pendiente ni urgente, lo que nos pide el cuerpo es tirarnos en el sofá a ver El intermedio, la nueva temporada de The Good Wife o las mejores jugadas de los partidos de esa jornada. Lógico, es que además de padres somos humanos.

Pero sí, si queremos que nuestros hijos lean, debemos acompañarles en el proceso hasta que sean capaces de disfrutar leyendo solos. La duración de este proceso depende de cada niño, mi hija ya leía sola y para dentro antes de los 7 años. Su hermano tiene ahora 10 y aunque ya hemos superado esa etapa en que sólo leía yo, todavía estamos en esa otra de tú-una-página-y-yo-otra. Y me parece que aún va a tardar en llegar al leer para dentro y solo. Con Antón todas las etapas, y en todas las facetas, duran más. Mucho, mucho más.

Y mientras ese momento de leer para dentro llega, tenemos que estar allí junto a ellos en su cama, leyendo a veces las mismas historias por días y semanas consecutivos. Cuando mi hija tenía dos o tres años, tuve que esconder el libro de La vaca gorda después de tres meses leyéndolo todas las noches (y cuando digo todas, eran todas), por temor a acabar teniendo un brote psicótico una de aquellas noches. En otra ocasión, fue Blancanieves, que le obsesionó hasta tal punto que en una de nuestras sesiones cuento llegué a decirle: "Hija, estoy de Blancanieves hasta los cojones" (lo sé, no es una expresión muy apta para el contexto y receptor del mensaje, pero fue fruto de mi desesperación). Al día siguiente, cuando fui a recogerla a la guardería, su profesora me dijo entre risitas: "Ya me ha dicho Amara que estás un poco harta de Blancanieves". La madre que parió a la niña...

Pues eso, que sí, que es muy bonito leer con nuestros hijos la mayoría de las veces pero hay temporadas en que se hace muy pesado y días en los que lo que de verdad estás deseando es acostarlos y que se duerman de una puñetera vez, para dejar de ser padre y poder ser tú aunque sea sólo por un ratito.

Y he aquí otro de los peligros: no se pueden hacer excepciones. Y esta es una regla de oro. Por muy tentador que sea saltarse el cuento un día y por muchas excusas que encontréis para hacerlo, no lo hagáis. Nunca. La lectura es un hábito (como comer, dormir o cepillarse los dientes) y requiere de una rutina. Es al menos mi experiencia: si te lo saltas un día, es bastante probable que se conviertan en varios seguidos, que el niño se habitúe y hasta a él mismo le cueste retomarlo porque seguramente haya encontrado otras alternativas al momento-cuento. Es mi humilde consejo.

9) UTILIZA EL LIBRO COMO RECOMPENSA

¿Qué es primero, el huevo o la gallina? ¿Les gusta que les regales libros porque les gusta leer o leen porque les regalas libros? Ni idea, pero funciona.

Durante más de un año, mi hija sufrió ese horror llamado ortodoncia. Creo que ahora puede recordarlo hasta con cierto cariño, porque cada revisión se completaba con una visita a la Fnac donde, después de inspeccionar y rebuscar entre las estanterías, elegía el libro que quería comprar. Era un ritual que se repetía una vez al mes (y si se soltaba algún bracket inesperadamente, podían caer dos).

A veces, yo aprovechaba para hacer recados por la zona y la dejaba allí: no es la primera vez que se leía en ese rato algún libro, así que salíamos con uno en la bolsa y dos o tres más leídos. Y no, la Fnac nunca salió perdiendo porque también más de una vez me la encontré asesorando a padres, abuelos o tíos que buscaban muy perdidos algún libro para regalar a sus niños. Puedo garantizar que ha sido la mejor prescriptora de literatura infantil y juvenil que ha tenido nunca la Fnac de A Coruña. Y gratis.

Y más de una vez también se empeñó en que le comprara alguno de los libros que había tenido tiempo de leer allí. Y yo se lo compraba claro, porque yo también he necesitado poseer los libros que me han ganado y que había leído prestados.

10) NO OBLIGAR NUNCA A LEER

JAMÁS

Y aunque la coloque en último lugar, esta debe ser la regla número 1 de este decálogo.

¡FELIZ LECTURA!

Por qué no leen los que no leen

Elena Santos y Guillermo Rodríguez "Cuando la letra no entra ni a tiros: así son los no-lectores", en Huffington Post, 23/04/2015:

Si usted no ha leído un libro en el último año, no se avergüence: forma parte del 35% de los españoles que no coge uno “nunca” o “casi nunca”. El hábito lector es, sobre todo, de boquilla. Todos decimos que leemos, incluso varios libros al mes. Y todos (o casi todos) aseguramos con gesto satisfecho que hemos culminado el tour de force que supone El Quijote. Decimos, decimos...

La realidad, sin embargo, está muy alejada de nuestros deseos. Los que leen lo hacen a cuentagotas y tan sólo el 14,1% reconoce que lee uno o más de un libro al mes, según el Barómetro del CIS de diciembre. Son, de lejos, los que más leen. Luego existen casos que deberían figurar como argumento de una obra de ciencia ficción, como el de Fernando Sánchez Dragó. El escritor aseguró en 2012 que se había metido entre pecho y espalda 30.000 libros en su vida. Es decir 1,1 al día. No concretó si se los prestaba un unicornio.

Es relativamente sencillo encontrar a gente que no lea. Pero es más complicado que lo reconozca en público. Muy pocos de los entrevistados para este artículo sobre no-lectores han accedido a figurar con su nombre y apellidos. Los hay incluso que han pedido aparecer bajo pseudónimo. No leer no vende y, si acaso, representa un punto de humillación. De ahí que todos tengamos en casa nuestras buenas docenas de libros ordenados... acumulando polvo. La apariencia es lo primero.

Hay decenas de argumentos para defender la desidia hacia la lectura, aunque lo más habitual es tirar de excusas para autoconvencerse de que, si no leemos, no es por nosotros, sino porque existe una conspiración casi universal que nos impide coger un libro: no tengo tiempo, se me cansa la vista o la televisión es más entretenida son los más manidos.

LEER COMO CASTIGO

Podría pensarse que el principal enemigo de la lectura en estos tiempos ajetreados es la falta de tiempo, pero no es así. El primer argumento que esgrimen los no-lectores encuestados en el CIS —un 42%— es simple y llanamente que "no les gusta" o "no les interesa".

Es el caso de Eduardo Verder —nombre ficticio—. Tiene 40 años, es realizador de publicidad y vive en Madrid con su pareja, una chica que no lee libros: los devora. Él, sin embargo, es incapaz de recordar el título o el autor del último que terminó, aunque sí sabe que contaba la vida del cantante Quique González. “Hará un par años de eso”, explica.

Lee revistas —sobre todo de música, su gran afición— y le cuesta nombrar alguna novela que haya terminado. “De Agatha Christie y alguno más, pero de eso hará unos 20 años”, titubea. No es sólo novela. Jamás se ha enganchado a la poesía (“sólo poemas sueltos, nunca libros enteros”) y de los ensayos mejor ni hablar: ninguno.

Toda la pasión con la que habla de música se desinfla a la hora de recordar algún libro que le haya gustado (y terminado). Aunque fuera hace 20 años.

— “¿Ni siquiera uno?”

— “En cierto modo me gustó uno de Paulo Coelho, El Alquimista creo que se llamaba. Aunque lo negaré siempre porque sé que es una cursilada”, ríe.

No cree que las lecturas obligatorias de la escuela hayan contribuido a alimentar su desapego hacia los libros, aunque no recuerda con agrado cuando le tocaba meterse El Quijote o La Celestina. No busca excusas: leer, simplemente, no le interesa. Ni cuando era niño, ni cuando era joven ni ahora, que es un adulto. “Es que para mí la literatura siempre ha sido muy complicada”, señala. “Me pongo a leer un libro y cuando me doy cuenta me he saltado varias líneas. Leo media página con la cabeza en otro lado y tengo que volver. Empiezo y vuelve a pasar lo mismo. Es una tortura”.

La misma sensación la tiene Guillermo —comercial de turismo de 31 años—, quien no lleva un año sin leer un libro, sino tres. De pequeño sí recuerda haber leído cómics, pero nunca ha desarrollado una afición lectora. "Si me pongo a leer, me distraigo. La cabeza se me va a otro lado y me pierdo, y a las tres páginas tengo que volver para atrás porque no me he enterado de lo que ponía". Por eso para él un libro tiene que engancharle desde las primeras páginas para que consiga llegar hasta la palabra "Final".

Para terminarse aquel último libro tuvo que irse al otro extremo del mundo. "Me fui de viaje a Australia y entre las horas de avión y los días de playa me leí El viaje a la locura, de Roberto Iniesta". El autor es el cantante de Extremoduro, un grupo que le obsesiona, según sus palabras. "Me gustó mucho porque se le va la olla", recalca.

UN GUSTO QUE NO SE CONTAGIA

Tanto Eduardo como Guillermo han intentado aventurarse con los libros que les han recomendado quienes más les conocen, pero con distinta fortuna. Eduardo reconoce que el 70% de los libros que le han prestado "los ha devuelto sin leer”. Fracaso casi absoluto. Ni siquiera su pareja ha tenido éxito: “Tal vez me haya aconsejado seis o siete y me he terminado solo uno. He empezado muchos o todos, pero he terminado uno, que yo recuerde”. Este realizador de publicidad prácticamente descarta que, a estas alturas, pueda cogerle gusto a la lectura. “Tal vez con más edad vea las cosas de otra forma, pero lo dudo porque ya he hecho varios intentos y nunca me ha llegado a llenar, jamás he sentido esa cosilla de terminar un libro”, asume.

A Guillermo, en cambio, sí le gustó La catedral del mar, de Ildefonso Falcones. "Este lo leí porque me lo regaló mi padre, que es como yo y tampoco lee mucho. Me dijo que me iba a gustar y sí, éste me enganchó", cuenta.

FALTA DE ATRACCIÓN

Leer puede no gustar, pero también hay quien en el CIS responde que es algo que "no le interesa". Es el caso de Curro, operario de fábrica de 26 años. No falta a su cita diaria con el periódico, pero hace más de un año que no abre un libro porque ninguno le despierta interés. "A mí los libros de suspense en los que no sabes qué va a pasar, no me gustan". Por eso intenta leer obras que tengan relación con su principal pasión: el deporte y el motor.

"El último libro que he leído y que además me gustó fue uno de Jorge Valdano, el que fue entrenador del Real Madrid", recuerda. La sensación que le dejó es que coincidía en muchos aspectos con el argentino en la forma de ver la vida.

Pensando en el futuro es sincero y reconoce que no cree que su consumo de libros vaya a aumentar. "Mucho me tendrían que atraer", apostilla.

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

Julio, como el 23,% de los que confesaron no leer en el CIS, sostiene que nunca encuentra el momento. A sus 34 años compagina sus estudios de Bellas Artes con su trabajo como profesor de autoescuela. "No tengo tiempo suficiente. Estudio por las mañanas y por la tarde trabajo. Llego a mi casa a las diez de la noche y ceno y el fin de semana tengo que aprovechar para hacer lo que no me da tiempo entre semana", justifica.

"Si lo veo como obligado sí que leo, pero por motivación propia no", explica. Pese a que no lea demasiado, Julio sí ha terminado un libro que la mayoría de los españoles ni ha empezado —aunque la gran mayoría asegure que llegó hasta el punto y final—, El Quijote.

En su día se presentó a las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años y se encontró con que la obra de Cervantes era una lectura obligatoria. Sin embargo, no le amedrentó. "El libro me sorprendió bastante... El castellano antiguo era un poco lioso pero me resultó curioso por las fórmulas que utiliza. Si se adaptara lo del caballero andante es casi como un videojuego de la actualidad".

Reconoce que los libros nunca han estado entre sus preferencias. "Nunca he tenido el hábito, de pequeño sí leía cómics, pero libros no mucho". Si hace memoria, recuerda una saga que le dejó buen sabor de boca y que eligió porque le interesaba mucho el tema, la de vampiros de Anne Rice.

"NO LEO DESDE QUE SE INVENTÓ WHATSAPP"

Al contrario que a Julio, los vampiros no terminaron de convencer a Beatriz, de 38 años. Lo intentó con la de Crepúsculo, pero no hubo manera. Tampoco lo consiguió la de Cincuenta sombras de Grey: “¡Es que no me llama en absoluto!”, confiesa. Cuando le ha picado la curiosidad por algún libro se ha echado atrás por una cuestión no tanto de calidad como de cantidad: “El grosor me influye mucho, y si veo un libro muy gordo me entran muy pocas ganas de leerlo”, señala.

“Decir que no se lee es algo que normalmente una nunca reconoce, pero bueno, pregunta”, se anima entre risas. “En el último año no he leído ningún libro, seguro”, dice mientras establece sin dudarlo la fecha en la que abandonó la lectura: “Desde el invento del WhatsApp”. Es decir, hace unos cinco años.

Hasta entonces había leído alguno como Paula, de Isabel Allende, y El Secreto (Rhonda Byrne), de autoayuda, el último que recuerda haber tenido entre manos. Lecturas culminadas sin demasiado entusiasmo.

Según el CIS, el 15,4% de los que no leen alegan que prefieren dedicar su tiempo libre a otros entretenimientos. Beatriz estaría dentro de este grupo. El escaso tiempo libre del que dispone esta comercial en una empresa de Telecomunicaciones, unos 30 minutos antes de dormir por día, los dedica, por este orden, a consultar el WhatsApp, echar un vistazo a su Facebook y ver vídeos en YouTube. Tener tan poco tiempo para sí misma le impide también ver películas, asegura. Alguna serie si sigue, pero siempre de fondo mientras consulta las redes sociales.

“A mi nadie me deja libros”, se ríe al tiempo que reconoce contar con varias novelas en casa. “Si tuviera un libro que realmente me llamara la atención probablemente leería un par de páginas todas las noches y al día siguiente lo retomaría”, aduce, aunque más tarde reconoce que ni siquiera hace ese esfuerzo de, al menos, empezar a leer una obra.

NI UN LIBRO EN TODA SU VIDA

Por sus nietas, Isabel Pinel, de 72 años, sí ha llegado a hacer ese esfuerzo. Ella forma parte del extremo del extremo, es decir, es una de esas personas que no ha leído ningún libro en su vida. Ni uno. “A ver, algún cuento a mis nietas sí. El otro día empecé uno infantil y pensé ‘pues sí es interesante”. Pero no lo terminó.

Isabel está de vuelta de todo: es de las pocas personas que ha accedido a figurar con su verdadero nombre para este reportaje. “Claro, ¿por qué no?”, pregunta. Atribuye su desidia hacia la lectura a un problema físico. “Desde pequeñita tengo un astigmatismo altísimo y cuando estoy leyendo más de diez minutos las letras se me empiezan a juntar y es imposible. Al final los ojos me acaban escociendo mucho y literalmente no puedo”, argumenta. Como ella, un 12,9 % de quienes no leen nunca o casi nunca no lo hacen por problemas de salud o de visión, según el CIS.

Su vista no fue un obstáculo que sortear, sino un problema al que se terminó por acomodar. Ese escozor en los ojos que ha matado su posible pasión por la lectura no le afecta a la hora de practicar otras aficiones que también requieren un buen uso de la vista, como ver la televisión o coser.

Isabel sí tiene libros en su casa, pero son un elemento decorativo más. Y así seguirán. Como muchos más que adornan los salones de los no-lectores.

Hay un 40% de hombres y un 49% de mujeres entre los lectores habituales e idéntico desfase a percibe entre los no lectores y los lectores ocasionaes: las mujeres leen más según el CIS. El motivo más habitual para no leer es "no me gusta, no me interesa" (), seguido de "falta de tiempo", "preferir otro entretenimiento" y "problemas de salud o visión"

Menos Quijote y más Celestina

A una Mancha sin Quijote le quedaría no poco: por ejemplo, La Celestina, más realista e igual de universal pero que no sirve para "vender" la región. Porque La Mancha que describe es de verdad una mancha: pringosa y corrupta. Pinta al natural y en vez de quijanchos contiene gilipollas, engreídos, resentidos, trepas, codiciosos, lujuriosos, manipuladores, putillas, padres en las nubes y niñatas mentirosas. Así que no sirve para las políticas mentiras del idealismo y realismo light, como ya apercibió el mismo Cervantes, que se envanecía de "encubrir lo humano", como si fuese un "divino" político español. Su tema, ya entonces, es la corrupción, como suena, y, más profundamente, la vida como lucha impía y heraclitiana entre siervos y señores, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, inocencia y corrupción; hasta el propio lenguaje lucha consigo mismo: el registro culto, libresco y erudito con el hablado, coloquial y popular. El personaje más trágico es Pármeno: es el único que lucha, al menos al principio, consigo mismo, y fracasa cuando deja de luchar; alguien que logra sobrevivir luchando siempre es Areusa. 

El protagonista, por ejemplo, es un gilipollas ("de todos se quiere servir sin merced", dicen de él, como se pudiera decir del Pepé o del Pesoe) sin oficio ni beneficio, que vive de las rentas de sus nobles "padrinos" o papás y su protección, como cualquier pijo líder de izquierdas de Castilla-La Mancha. Calisto busca, como se decía en su siglo, "algún buen pique / para su espada ropera". También hay una vieja diabólica víctima de la codicia marrana que se divierte manipulando a los demás para saquearlos o sacarles los cuartos, que muere apuñalada por sus propios socios, víctima de esa misma codicia marrana, por no repartir (por cierto, no se llama Lola ni es de Calatayud). La mayor parte de la obra describe escenas de alto burdel (de clase alta, digamos que pepera o repepera, no de mancebía pública moliente y corriente (es el orden adecuado): en casas privadas; se ve cómo se dirige (más o menos como un partido político, con mucho banquete, regalito, mentira, puñalada y malentendido); instruye sobre cómo manipular y corromper voluntades con sexo, trajes (sí, prendas de vestir) o dinero, en este caso a sirvientes (esto es, funcionarios, ya que servir significa funcionar, aunque haya funcionarios que no funcionan o que solo se sirven a sí mismos). Por ejemplo, el honrado y joven Pármeno, que las ve venir porque es hijo de una "mujer pública" que fue amiga y maestra de la vieja Muñatones de que hablábamos, es corrompida por esta cuando lo desvirga con una chica de quince años (esa es la edad que tiene Areusa), sin saber como ellas saben que padece mal venéreo; desde entonces (a comienzos del octavo acto) al muchacho "se le aparece la Virgen" y él, que "no querría bienes mal ganados", ya solo piensa en conseguir "regalitos" a la furcia, para lo cual necesita dinero y, por tanto, corromper a su vez a su amo, el niñato gilipollas, y a la pobre Melibea, que se agosta como una flor en su casa mientras la idiota de su madre da vueltas y más vueltas a su posible futuro y su padre se pasa el día trabajando. Una corrupción hace muchas.

Cuánta inmoralidad, diréis. Pues eso es lo que dicen han de leer en primero de bachillerato nuestras chicas y chicos, también de quince años... y les encanta, si les modernizan el texto en la versión de Vicens Vives: incluso la escena en que Areusa recibe a Celestina en pelotas y se acuesta con ella hasta que... Vamos a dejarlo. Yendo a lo que íbamos, la obra está llena desde luego de consejos políticos para ahora mismo ("menor delito es el privado que el público"; "deudores somos sin tiempo, continuo estamos obligados a pagar luego"; "te hizo alcalde mengua de hombres buenos"; "cuán peligroso es seguir justa causa delante de injusto juez"; "a las obras creo; que las palabras, de balde las venden dondequiera" o "nunca los ausentes se hallaron justos", que podría aplicarse a la Infanta y a tantos como hoy se lavan las manos con mierda acumulada durante ochenta años de leyes, que más bien son geles de lo suavonas que son, sobre todo para los que mandan).  O, por ejemplo:

¿No ves que por ejecutar la justicia no había de mirar amistad ni deudo ni crianza? ¿No miras que la ley tiene de ser igual a todos? Mira que Rómulo, el primer cimentador de Roma, mató a su propio hermano porque la ordenada ley traspasó. Mira a Torcuato romano, cómo mató a su hijo porque excedió la tribunicia constitución. Otros muchos hicieron lo mismo. Considera que, si aquí presente él estuviese, respondería que hacientes y consintientes merecen igual pena.

Esto último es inaplicable entre los sinvergüenzas que nos gobiernan. A Rato mismo, el de las ¿ochenta? cuentas en paraísos que ya son purgatorios fiscales, podría aplicarse aquello de:

No hay cosa más perdida, hija, que el ratón que no conoce sino un agujero. Si aquel le tapan, no habrá donde se esconda del gato. 

Pero Rato es un gusano en un queso gruyer, que no por nada es suizo. En efecto, cita Celestina sobre la codicia el refrán de "honra y provecho no caben en un saco". ¿A que se nota que Fernando de Rojas era un  jurista? En realidad, quien es realmente duro en el siglo XV contra los políticos es el tío de Jorge, Gómez Manrique, en su Querella de la gobernación, capaz de avergonzar incluso al ínclito calamar Felipillo González. A mí, sin embargo, me resultan especialmente tiernos los pobrecillos personajes de las dos primas cortesanas, Elicia y Areusa; cada una tiene su historia. Desprecian en privado a los mismos hombres que las regalan (las "empachan", dicen ellas), y también a aficionadas como Melibea, cuyos defectos saben hallar ("así goce de mí: unas tetas tiene, para ser doncella, como si tres veces hubiese parido: no parecen sino dos grandes calabazas; el vientre no se lo he visto; pero, juzgando por lo otro, creo que le tiene tan flojo como vieja de cincuenta años"). Areusa en particular toma su destino por las riendas y a la brava, desde que sus padres la echaron de casa ("mi mala dicha, maldición mala, que mis padres me echaron") y se ha comprado una suya propia, pequeña, en la que vive independiente (y espiada por las vecinas, unas manchegas viejas del visillo), enferma y doliente por una enfermedad venérea que probablemente acabará con ella. Con especial arte va deslizando Rojas poco a poco esos significativos detalles entre los actos séptimo y noveno, para que, al cabo, nos encontremos con este discurso en que la pobre niña, expulsada de la casa paterna, declara su independencia en la suya que ha conquistado por sí y para sí e identifica con la que le han negado. La ha conquistado con su libertad, rechazando el destino para el que la educaron: ser la sirviente de otras mujeres poderosas, pero alienadas y egoístas; modernizo la sintaxis del texto sin cambiarlo:

Estas, que sirven a señoras, ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quienes pueden hablar de tú a tú, a quienes digan: ¿Qué cenaste? ¿Estás preñada? ¿Cuántas gallinas crías? Llévame a merendar a tu casa. Muéstrame tu enamorado. ¿Cuánto ha que no te veo? ¿Cómo te va con él? ¿Quiénes son tus vecinas? y otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh, tía! ¡Y qué duro nombre y qué grave y soberbio es "señora" continuamente en la boca! Por esto me vivo sobre mí desde que me sé conocer, que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía. Mayormente de estas "señoras" que ahora se usan: gástase con ellas lo mejor del tiempo y, con una saya rota de las que ellas desechan, pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, de continuo sojuzgadas, que hablar delante de ellas no osan. Y, cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casarlas, levántanles un falso testimonio: que se acuestan con el mozo o con el hijo, o pídenles celos al marido o que meten hombres en casa, o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un centenar de azotes y échanlas puerta afuera, las faldas en la cabeza, diciendo: "Allá irás, ladrona, puta, no me destruirás mi casa y honra". 

Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas y salen amenguadas, esperan vestidos y joyas de boda y salen desnudas y denostadas: estos son sus premios, estos son sus beneficios y pagos. Se las obliga a darles marido y les quitan el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas unas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas; sino "puta acá", "puta acullá". "¿Adónde vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, bellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén, puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián lo habrás dado. Ven acá, mala mujer. la gallina habada no parece... pues búscala presto, si no, del primer maravedí de tu soldada la descontaré". Y, tras esto, mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas: su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho, menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios sojuzgada y cautiva. 

Es el tema de la libertad trágica que reaparece una y otra vez en la literatura manchega. Bien se está en su casa Areusa libre de ese caos (y de esas contratas minusmileuristas y subproletarias que describe en cuestión de servidumbre doméstica). Es un mundo con un lenguaje como el actual, donde los inútiles senadores se dicen entre ellos cosas semejanes a las de las "señoras" de Areusa o en el que Felipe González llama "experimento" a la honradez. Es un lenguaje donde no se distingue "cambio" y "recambio". Un lenguaje de "repera" que solo es repepero y repipí. Y, para terminar, bien está citar algo que Sempronio dice y se puede esperar de tanta promesa política tras las elecciones:

Pármeno hermano, si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo durmiendo, mucho haría por ir allá, que no daría ventaja a ninguno: tanto ganaría como otro cualquiera.

sábado, 25 de abril de 2015

Houellebecq contra la "elite" francesa

Gonzalo Garcés, "Michel Houellebecq: “La élite está asesinando a Francia”", El País, 23-IV-2015:

El autor dispara su munición contra lo que considera el silencio de los hombres, contra las élites y la pérdida de libertades. 'Sumisión' retrata una Francia al borde de la guerra

Michel Houellebecq tiene escolta oficial. Después del atentado contra Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, el Gobierno francés prefiere no arriesgarse: como otras personalidades locales, el autor de Plataforma va ahora a todas partes flanqueado por dos policías de civil. Bromea con ellos y parece cómodo con la situación. Aunque no deja de resultar algo irreal entrevistarlo en esta brasserie de Saint-Germain, bebiendo vino blanco, mientras Houellebecq (Saint Pierre, Isla Reunión, 1958) habla con entusiasmo de los cuentos de Borges y sus custodios echan discretos vistazos a los edificios cercanos en busca de francotiradores.

Parece una escena de una mala película, pero es sólo uno más en la sucesión de malentendidos que han rodeado la publicación de Sumisión (Anagrama). En la actualidad, Houellebecq es tan importante en su país que el primer ministro habla de su nuevo libro como si fuera un asunto de Estado; un efecto colateral es que nadie lo toma como una novela. Se lo compara con El suicidio francés, de Éric Zemmour, o El gran reemplazo, de Renaud Camus, best sellers estridentes que machacan dos ideas obsesivas: el Occidente judeocristiano está en retirada, los bárbaros musulmanes se aprestan a tomar el poder.

No se trata de negar la dimensión social de Sumisión, que pinta una Francia al borde de la guerra civil. En esta fábula política el conflicto se resuelve con el triunfo electoral de Mohammed Ben Abbes, candidato de la imaginaria Fraternidad Musulmana, y la conversión de Francia en Estado islámico, pero el libro está lejos de presentar el hecho como un desastre. Al contrario: para el protagonista, solitario profesor experto en el escritor decadente Joris-Karl Huysmans, lo urgente es encontrar una fe. “¿Cuánto tiempo puede una sociedad subsistir sin una religión cualquiera?”, se leía ya en Las partículas elementales (1998). Ahora el adjetivo “cualquiera” resulta sugerente: si ya no es posible ser cristiano, ¿por qué no abrazar otra religión más vigorosa?

PREGUNTA. Sumisión es una sorpresa para sus lectores. Aunque la inquietud religiosa aparece en todo lo que ha escrito, es la primera vez que describe a un personaje que busca una fe y que, además, la encuentra. ¿Cómo se le ocurrió esta historia?

RESPUESTA. Jugó un papel el hecho de que mi protagonista, François, sea un profesor experto en Huysmans; en su obra, esa búsqueda que menciona juega un papel crucial. Huysmans tiene novelas enteras dedicadas a su relación con el catolicismo. Ahí tenemos el caso de una conversión religiosa relatada en la ficción.

P. ¿Es usted creyente?

R. Tiendo a creer cuando voy a misa; pero apenas salgo, se me pasa. Así que ahora lo evito, porque el bajón es desagradable. Pero la misa en sí misma es muy convincente; es una de las cosas más perfectas que conozco. Y mejor todavía son los entierros, porque ahí se habla mucho de la supervivencia después de la muerte, y con una apariencia de convicción total. La verdad es que mi ateísmo no salió indemne de la muerte de mis padres y de mi perro Clément.

P. Pero entonces, ¿todo es cuestión de querer creer?

R. Pues sí. Porque, en realidad, la razón no se opone a la fe de una manera tan clara. Si nos fijamos en la comunidad científica, los ateos se cuentan sobre todo entre los biólogos. Los astrónomos, en cambio, son cristianos sin mayor dificultad. Esto tiene una explicación, y es que el universo está bien organizado. Cuando se trata de seres vivos, la cosa es más dudosa. Los seres vivos no están bien organizados, y son un poco repugnantes. Un matemático no tiene mayor dificultad para creer en Dios; al contrario, trabajar con ecuaciones pega bien con la idea de un orden, y por ende un creador de orden.

P. De todos modos, su cristianismo es selectivo. Le interesa la vida eterna, pero no tanto, digamos, el perdón o la caridad.

R. Sí, eso me importa menos. Pero san Pablo lo dice con toda claridad: si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana. Así que Cristo, mal que mal, vino por eso. Para prometernos que la muerte había sido vencida. La caridad, bueno, no es algo específico del cristianismo. Y en cuanto al perdón de los pecados, es algo que le importa más a los protestantes. Antes, en el catolicismo, el perdón de los pecados era algo casi automático. Ego te absolvo, y ya está.

P. Su protagonista, François, afirma que tampoco hay oposición entre la ciencia y la fe musulmana.

R. Yo diría incluso menos. El islam siempre evitó pronunciarse acerca de cuestiones del tipo de: “¿Gira la Tierra alrededor del Sol?”. Evitó meterse en dificultades que el catolicismo, por su parte, podría haber evitado. No había nada en juego para la fe cristiana en el hecho de que la Tierra gire en torno al Sol.

P. François tiene otro argumento a favor del islam: dice que es la única religión que acepta el mundo tal como es.

R. Es que es un muy buen argumento. Incluso los yihadistas, que no aceptan el orden político del mundo, aceptan el mundo natural tal como es. Si lees a Darwin te das cuenta de que, en el fondo, lo que lo aleja de Dios —porque Darwin no creía en Dios, aunque haya fingido lo contrario— son las consideraciones morales. Por ejemplo, en una carta analiza el ciclo de vida de no recuerdo qué parásito que vive dentro del ojo, y exclama: ¡No, un Dios de bondad no puede ser el autor de este mundo! Podemos arriesgar un teorema: cuanto más se observa a los ácaros, más disminuye la fe en Dios. En mi caso, desgraciadamente, estudié biología, así que empecé con mal pie.

P. François busca a Dios a través de ciertas figuras femeninas. Hay dos momentos clave: primero, cuando François pierde a su amante, y después, cuando entra a la iglesia de Rocamadour y parece a punto de recuperar la fe, pero fracasa. La pérdida de su amor y la pérdida de la fe representan una misma clausura en su vida.

R. Es muy cierto, esos son los dos momentos clave. Mas en general, te diría que la construcción de este libro es bastante simple: pongo en escena a este personaje y progresivamente le quito todo. Empiezo por lo más grave, le quito el amor. Después, y ya es menos importante, le quito a sus padres. Después, en esa escena en la iglesia de Rocamadour, le quito la posibilidad de creer en Dios. Y para terminar le quito su relación con Huysmans, que califico como la más antigua de su vida. Porque es verdad —y yo lo sé por haber dedicado todo un libro a Lovecraft— que escribir de manera profunda acerca de un escritor significa, en la práctica, privarse de releerlo. Pasado cierto punto, no puedes más. Así que a este pobre personaje yo le quito todo, hasta que sólo le queda convertirse.

P. En su libro, una vez que el régimen islámico se instala en Francia, las mujeres adoptan el velo, dejan de trabajar y se dedican a la familia. ¿No hay en esto algo de expresión de los deseos del protagonista? Después de todo, perdió a su chica porque era demasiado independiente.

R. Sí, él personalmente no tiene motivo para solidarizarse con el régimen laico. La solución que le proponen, mal que bien, funciona.

P. Como dice al final: “No tendré nada que lamentar”.

R. Esa frase puede entenderse como usted dice, pero también al revés: tendrá mucho que lamentar. Haber perdido a Myriam, para empezar. Y también haber perdido a la Virgen de Rocamadour. Aunque cueste creerlo, mi proyecto inicial era que él se convirtiera al catolicismo. Lo cual habría dado lugar a un libro bastante gracioso; mi personaje se habría convertido a un catolicismo que ha cambiado mucho desde la época de Huysmans. Un catolicismo, por decirlo de algún modo, un poco bobo.

P. ¿Y por qué no lo escribió?

R. Porque no pude. A ver: supongamos que la Virgen de Rocamadour hubiera funcionado, que François hubiera recuperado la fe. Después de eso, yo ¿cómo sigo mi libro? (ríe). En cambio, en Sumisión no hay verdaderos creyentes, ni cristianos ni musulmanes. Incluso para Ben Abbes se trata de una opción política. Esto ya estaba a mi alcance.

P. Ben Abbes aparece como un salvador, en un momento en que el sistema político ya no funciona…

R. Esa parte es real. Viví 10 años fuera de Francia, y cuando volví me impresionó el desprecio total de los franceses por sus élites dirigentes y mediáticas. Quizá el periodismo sea la única profesión más despreciada que la de los políticos. Hay que decir que la situación es relativamente alucinante. Ya en 2012, Hollande fue elegido presidente, a pesar de que Francia se había volcado a la derecha. Y ahora no es imposible —como imagino en mi libro— que Hollande sea reelegido en 2017, aunque Francia está aún más a la derecha. La estrategia del Partido Socialista, que es impulsar al Frente Nacional para excluir al centroderecha, ha llevado las cosas a un lugar insalubre. Y el hecho es que la vida en Francia se ha deteriorado. Hay muchos más pobres que antes. Hay cada vez más gente que no cree lo que dicen los medios. Y lo que te muestra que somos un país extraño es que, pese a todo, los franceses se siguen reproduciendo: salvo Irlanda, tenemos la natalidad más alta de Europa.

P. Es un argumento contra la idea del “suicidio francés”.

R. Es que no es un suicidio, es un asesinato.

P. ¿Cometido por quién?

R. Por nuestras clases dirigentes.

P. Es usted muy duro con los políticos de su país.

R. Es que se les fue la mano. El caso más impresionante que conocí fue el referéndum de 2005 sobre la Constitución europea. Los franceses votaron claramente por el no. Y semanas más tarde el Gobierno lo hizo aprobar por vía parlamentaria. Es un desprecio muy claro a la democracia. Así que la hostilidad de la gente contra los dirigentes es muy fuerte, y eso en un momento de crisis económica y desempleo alto. Y tenga en cuenta que el paro en Francia es desempleo de verdad: no hay trabajo en negro, como en España o América Latina, y tampoco hay solidaridad familiar, eso desapareció. La gente está totalmente desvalida.

En Occidente la palabra masculina ha desaparecido. Lo que los varones piensan, nadie lo sabe. El varón ya no habla, la mujer sí”
P. Hablemos del proyecto político de Ben Abbes. ¿Podría funcionar su idea de expandir la Unión Europea hacia el sur, de convertirla en una Unión Mediterránea?

R. No es ninguna tontería. Para empezar, muchos países mediterráneos lo percibirían como una garantía —aunque quizá se equivoquen— contra sus islamistas radicales. Europa del Norte pasaría a segundo plano. Pero, para ser honestos, la principal interesada en esto sería Francia. La verdad es que Francia nunca aceptó el hecho de perder el liderazgo. Por eso tenemos una relación extraña con Alemania; nos gusta flagelarnos diciendo que somos menos que ellos. Malestar que, dicho sea de paso, es una de las claves del éxito de Marine Le Pen.

P. Muchas veces ha hablado contra el patriotismo. Pero después del atentado contra Charlie Hebdo, parecería que está dispuesto a defender ciertos valores franceses. Como dicen en Rambo III: esta vez, es personal.

R. Es que es personal: han matado a alguien a quien yo quería, a Bernard Maris. Y además está la cuestión de la libertad de expresión, que me concierne. Esa libertad la hemos perdido. Cuando yo era adolescente, en los años setenta, había más cosas permitidas. En la actualidad, el debate de ideas se limita a la detección de los derrapes. Una vez que el derrape ha sido cometido, el responsable puede disculparse; a eso se limitan sus derechos.

P. Su protagonista se define como machista. ¿Cree que en esto François es representativo?

R. Lo que pasa es que en Occidente la palabra masculina ha desaparecido. Lo que los varones piensan, nadie más lo sabe. Una hipótesis horrible, pero verosímil, es que no han cambiado; sólo han aceptado cerrar la boca. El varón occidental ya no habla; la mujer sí. La vida mental masculina ahora es algo desconocido, y por eso es verosímil pensar que el varón estaría dispuesto, si se presentara el caso, a una vuelta inmediata al patriarcado.

P. ¿Sus novelas serían las últimas noticias de esa vida mental masculina?

R. Pues sí, las mujeres pueden leerlas para enterarse de lo que realmente piensan los hombres.

P. ¿Cree realmente que Europa, al perder la religión, la reemplazó con el patriotismo, y que terminará por volver a la religión?

R. Sí, aunque para mí es absurdo imaginar que el patriotismo pueda reemplazar a la religión. La cristiandad duró más de mil años; el patriotismo, un poco más de cien, desde la Revolución Francesa hasta la Primera Guerra Mundial. También podemos decir las cosas de una manera más siniestra: el patriotismo, para alcanzar la incandescencia, necesita enemigos.

P. ¿Mientras que el único enemigo de la religión es la muerte?

R. Y es un enemigo más confiable