miércoles, 20 de julio de 2016

Ángel Gómez Moreno enumera los defectos del Quijote de Francisco Rico

Francisco Rico y su Quijote*

Ángel Gómez Moreno
Universidad Complutense de Madrid
angelgomezmoreno@filol.ucm.es

RESUMEN: Este artículo-reseña valora positivamente el Quijote publicado por Francisco Rico con motivo del IV Centenario de la Segunda Parte del clásico (1615). Lo que se echa en falta no es de la exclusiva incumbencia del editor o su equipo: estudiar los libros de caballerías, la tratadística militar o la literatura hagiográfica, que se revelan fundamentales para entender el Quijote, son tareas que competen a todos los cervantistas. Detalles al margen, las herramientas a disposición del lector configuran un status quaestionis fresco y preciso; del mismo modo, las fichas lexicográficas cumplen bien su función, aunque las relativas a la botánica esperan una revisión en profundidad.


REVISTA DE FILOLOGÍA ESPAÑOLA (RFE) XCVI, enero-junio, 2016, pp. 203-220

Artículo-reseña sobre Miguel de Cervantes Saavedra (2015): Don Quijote de la Mancha: edición del Instituto Cervantes (1605, 1615, 2015), dirigida por Francisco Rico, con la colaboración de Joaquín Forradellas, Gonzalo Pontón y el Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, Serie clásica de la Real Academia Española, vol. 47, Madrid/Barcelona, Espasa Calpe/Círculo de Lectores, 2 vols., XX + 1644 (I), 1668 (II).

Cabía formular esta reseña como un ejercicio eminentemente retórico, entre descriptivo y encomiástico. Al fin y al cabo, estamos ante el mejor de todos los Quijotes publicados hasta la fecha. Que haya optado por una solución distinta se debe a que prefiero arriesgar opiniones antes que espantar al lector potencial con un discurso acrítico, huero y aburrido. Además, al esfuerzo de tanto cervantista de renombre como ha reunido Francisco Rico sólo se le hace justicia con una lectura despaciosa y el lapicero en la mano.

El reconocimiento de tan inmensa tarea exige un esfuerzo acorde por parte del evaluador, obligado como está a detectar carencias y proponer futuras líneas de actuación. Adelanto que esta edición no presenta fallos estructurales que pongan en riesgo la estabilidad del conjunto: el ojo avezado sólo percibe algunos problemas de detalle que esperan, eso sí, aclaración o enmienda. Es en esa precisa distancia donde se lleva a cabo la lectura profesional o especializada del Quijote y donde más claramente se percibe lo que queda por hacer. En realidad, nada o casi nada parece acuciante a estas alturas; de hecho, el salto cualitativo que supone esta nueva edición me lleva a afirmar que aquí tenemos Quijote para rato.

Aunque extraordinariamente gruesos, los dos volúmenes en que se ha dividido el libro se manejan sin dificultad gracias a su formato en cuarto menor (o, si se prefiere, en octavo mayor) y a su sobrecubierta satinada, más resistente a las manchas que la escogida para la edición del centenario de la Primera parte del Quijote (Rico, 2004). El reparto de contenidos se ha llevado a cabo del modo que más convenía, con el texto y las notas básicas en el primer tomo (así se hizo ya en la primera edición (Rico, 1998). Lectores habrá que no pasarán de ahí; los demás calarán a mayor o menor profundidad según lo precisen. En ese sentido, cabe hablar de un libro versátil: una especie de Quijote a la carta con arreglo a las necesidades, intereses y formación de cada cual.

Estoy seguro de que este Quijote dejará satisfechos al amante de los clásicos, que busca ediciones solventes, y al experto cervantista, obligado como está a trabajar con textos de calidad contrastada. Este Quijote está pensado para ese lector exigente, aficionado o profesional; a él también se dirige esta reseña, que —vaya por delante— confirma la bondad del trabajo realizado. En realidad, no estamos ante una mera edición del Quijote: en las más de tres mil trescientas páginas que suman ambos volúmenes (y eso a pesar de que los addenda van en una letra minúscula), se ofrece un status quaestionis detallado y fresco a más no poder de todo lo que ha ido aportando el cervantismo desde el siglo XVIII, en que surge como fenómeno erudito, a nuestros días. Nada escapa a la atención del editor y su equipo; por eso, cuesta entender algunos silencios, a no ser conscientes y voluntarios.

Al celo con que han realizado su labor se debe la perfecta articulación del conjunto, que, antes de bajar a detalles, constituye un primer indicio de calidad. Para comprobar posibles carencias, hay que comenzar por la bibliografía, con 350 páginas y más de 6.500 entradas; y luego hay que ver si sus aportaciones se reflejan en las notas al texto, los estudios y los apéndices. En lo que sigue, dispondré mis propuestas de trabajo en cuatro apartados y una coda, con materias que he frecuentado en mis investigaciones más recientes: [1] huellas de la hagiografía, a las que últimamente he añadido alguna ficha cristológica; [2] presencia e influencia de los libros de caballerías, manifiesta en temas y formas; [3] ecos de la literatura de re militari, con las leyes relativas a retos y desafíos, las cartas de batalla, y también los tratados de estrategia, protocolo o vexilología; y [4] una materia tan desatendida como la botánica, que importa más de lo que en principio se imagina. La coda corresponde a la gestación del Quijote, que arranca de una parodia del patrón del Perceval (ca. 1180-1190) de Chrétien de Troyes. Claro está que, ya antes, Ovidio se había ocupado de prefigurar a un héroe tan peculiar como el nuestro en un solo verso: “Turpe senex miles, turpe senilis amor” (Amores, 1, 9, 4). Lo veremos al final.

Comencemos con los santos y las vidas que de ellos se ocupan. Aunque el dato se silencia en esta edición, hoy se sabe que la fuente del c. 19 del Quijote de 1605 (“De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos”) se halla en la Vita Martini de Sulpicio Severo. Por lo tanto, no se trata, como hasta aquí sostenía la crítica, de la parodia de cierto episodio del Palmerín de Inglaterra, ni tampoco tiene que ver con el recuerdo de la traslación del cadáver de san Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia. En realidad, en ese largo pasaje, Cervantes se deja llevar por uno de los grandes relatos hagiográficos de todos los tiempos.

La noticia podía haberse tomado de Eric C. Graf (2004), ficha ésta que no falta en la bibliografía. De hecho, es una pena que finalmente nada se diga acerca de este episodio y su fuente ni en las notas a pie de página, ni tampoco en las notas complementarias. Tan sólo al consultar la sección “Lecturas del Quijote”, damos con el nombre de este estudioso (vol. II, p. 89): “y Graf [2004]”. Nada más se dice a ese respecto, con lo que la fuente de esta aventura de don Quijote queda relegada a una referencia bibliográfica que al menos tiene el detalle de incorporar el dato exacto en su título. Si Graf no hubiera bastado, habría hecho el mismo servicio un trabajo propio (Gómez Moreno, 2004); por desgracia, ni esa contribución ni el libro a que dio lugar (Gómez Moreno, 2008: 69-71, en concreto), se citan en este Quijote.

En ambos lugares (como también en Gómez Moreno, 2005), demuestro que la Vita Martini es la fuente de ese episodio del Quijote. A lo largo de ese mi libro, las vidas de los santos me ayudan a explicar otros tantos ingredientes y detalles del Quijote y la obra cervantina en su conjunto; a tan rico venero, de manera más o menos consciente (y también, cabe decir, de más o menos directa o más o menos clara), apela Cervantes cuando ha de dibujar un personaje o ha de servirse de la fórmula narrativa adecuada. Reitero mi sorpresa por la ausencia de mi libro en la biblioteca de este, por tantas razones, estupendo Quijote, aunque sólo sea porque la Modern Language Association-La Corónica le concedió su prestigioso premio anual en 2010.

En mi opinión, localizar la fuente cierta de todo un capítulo del Quijote supone una contribución relevante a los estudios cervantinos. Por si no bastara, la Vita Martini se deja sentir sobre la propia poética del Quijote. Más allá de la anécdota, queda claro que a Cervantes le satisfizo la comicidad del opúsculo, un ingrediente que, incorporado con habilidad para no dar al traste con su tono y decoro, no suele faltar en géneros elevados como la épica o, como es el caso, la hagiografía (al respecto, recuerdo un importante excurso del opus magnum de Curtius, 1955: 594-618, titulado “Bromas y veras en la literatura medieval”). En mi opinión, el humor, suave e inteligente, de Sulpicio Severo socorrió a Cervantes en el preciso momento en que había de perfilar a su héroe y, sobre todo, le indujo —o al menos coadyuvó— a apartarlo definitivamente de la estampa ridícula y simplona del orate de la primera salida.

Las vitae impregnan también el micro-relato, como cierta fazaña del sagaz Sancho Panza en la Ínsula Barataria. Antes de llegar a sus dominios, y a lo largo de un capítulo, don Quijote da una serie de consejos a Sancho que se constituyen a modo de pequeño tratado de buen gobierno y son una prueba más de la tendencia de la narrativa áurea a insertar todo tipo de elementos en el cuerpo del relato; al mismo tiempo, este excurso recuerda otro más añoso: los “Castigos del rey de Mentón” del Libro del caballero Zifar (ca. 1300), que Cervantes hubo de conocer en la edición sevillana de Jacobo Cromberger de 1512. Tras recordar la conveniencia de incorporar este último dato en algún punto de la edición, revisaré el modo en que el recién estrenado gobernador se da cuenta de que el denunciado, que jura haber devuelto el dinero prestado por el demandante, dice verdad y no incurre en perjurio, porque, mientras jura, pide a la parte contraria que le sujete el báculo.

Las monedas, deduce Sancho, se hallan ocultas en la cañaheja, nombre que entonces se daba a dos umbelíferas: la férula (Ferula communis) y la cicuta (Conium maculatum). Aunque el término que utiliza el narrador se reserva hoy para la primera especie, la oquedad sólo es característica de la segunda, por lo que a ella parece aludir Cervantes. En una cañaheja, por cierto, guardó Prometeo el fuego antes de devolvérselo a los hombres. Con independencia de que se trate de una u otra especie y de que le corresponda esa función en la mitología clásica, lo que ahora importa es que la anécdota se popularizó gracias a su incorporación a la leyenda de san Nicolás de Bari (como se lee en la versión de Jacobo de Vorágine) y a que cuenta con congéneres tan linajudos como el juramento de Isolda en Tristan et Iseut.

Al ocuparse de esta anécdota, Maxime Chevalier (“Lecturas del Quijote”, en Rico, 2015: vol. II, p. 228) defiende su carácter culto y apostilla que Cervantes hubo de leerla en alguna de las varias fuentes que la transmiten; sin embargo, se diría que, en ese episodio del Quijote o en aquel otro en que don Quijote cuenta cómo san Martín partió su capa con un pobre aterido de frío que resultó ser Cristo (c. 58, 1615), la memoria basta. A lo sumo, hay que apelar a alguna imagen, como la que a la generosidad de este santo dedica el tímpano de la Capilla de San Martín, en el Palacio de la Aljafería de Zaragoza; o a la que al juramento ante el prestamista, bajo la imagen de san Nicolás, ha reservado
una de las vidrieras de la Catedral de Chartres. En casos como éstos, yo no dejaría todo en oralidad a secas; en mi opinión, cuando en la transmisión de un elemento se superponen dos o más sentidos corporales (esto es, cuando la vista refuerza o complementa la información que llega a través del oído), más que de oralidad hay que hablar propiamente de vida. El Quijote no abunda en datos biográficos o personales sobre su autor, pero nadie puede negar que la vida brota a borbotones en cada línea.

Otra forma de penetración de la hagiografía se percibe en el dibujo de sus héroes y heroínas, en atención a su perfil prosopográfico (con una belleza corporal que es simple reflejo de la belleza interior) y etopéyico (con la bondad y la discreción como valores añadidos). Igual que en las vitae sanctorum, en Cervantes importa mucho la sangre o linaje, pues la nobleza de cuna se erige en factor determinante, que asegura una conducta recta en las circunstancias más difíciles. Así, a nadie le extraña que Preciosa, en La Gitanilla, o Constanza, en La ilustre fregona, hayan preservado su honra y su belleza contra todo pronóstico: una en la vida azarosa y nómada del gitano de otros tiempos (ni siquiera los rayos del sol han oscurecido su tez); otra, entre pícaros, rufianes y hampones. La hagiografía deja también su impronta en el episodio de la bella Marcela, contraria a acordar amores con Grisóstomo, aunque su rechazo le cueste la salud y finalmente la vida al infortunado joven.

De que se trata de más que una simple anécdota dan constancia los tres capítulos (c. 12-14, 1605) que Cervantes dedica al caso. En atención a Marcela, se ha hablado de un Cervantes de mentalidad abierta, un escritor avanzado en tanto en cuanto defiende la libertad femenina para elegir si se empareja o no y con quién. Sin embargo, el santoral está repleto de Marcelas, con el mérito añadido
de que su decisión —eran conscientes de ello— iba a costarles la vida. En mi libro, cito a aquellas santas que dieron calabazas a un pretendiente o se opusieron a un matrimonio que las habría librado de la muerte. Otras, sin más, defendieron su derecho a escoger su itinerario vital y prefirieron mantenerse castas en la soledad del campo. De todo ello nos informa puntualmente la voz de un narrador que no duda en ceder la palabra a la santa para reforzar el dramatismo de la escena.

El episodio de Marcela no pierde mérito por el hecho de que sus modelos más directos estén en el santoral femenino, en que abundan las jóvenes discretas y elocuentes (sobre todo, aquellas que tienen un nombre parlante, como santa Eulalia de Mérida y Barcelona, santa Eufrasia o santa Eufemia). El paisaje bucólico es característicamente renacentista. En la naturaleza estilizada de Arcadia tienen su hogar unos pastores igualmente estilizados; allí, además, buscan refugio muchos de los zaheridos por el amor y por las convenciones sociales que ponen límites a dicho sentimiento. La naturaleza, a modo de paraíso deleitable o de yermo inhóspito, es el medio idóneo para quien se aleja del hombre para acercarse a Dios. En este sentido, la soledad anhelada de Marcela tiene tanto de pastoril como de eremítica.

Las santas, bellas, fuertes y decididas fascinaban sobre todo a unas lectoras que no tenían bastante con las protagonistas, que no heroínas, de la ficción narrativa. Frente al patrón femenino vigente, ninguna de nuestras santas resulta pacata o ñoña; ninguna, tampoco, se caracteriza precisamente por su pasividad. Ahí está santa Perpetua, que, tras la acometida de un toro, se recompuso el vestido y peinó el pelo con la mano para morir como una verdadera mártir, sin perder el aplomo y la gallardía por un instante, mientras de sus pechos brota la leche por no haber amamantado a su hijito.

Del mismo modo, Pedro de Ribadeneira da cuenta de la donosura con que santa Nunilo o Nunilón, condenada a morir junto a su hermana Alodia o Alodía, arregló su cabello ante el verdugo que se disponía a decapitarla: “rodeó con aire y gracia sus hermosos cabellos a la cabeza y se puso de rodillas, diziendo al verdugo que la hiriesse quando fuesse servido” (cito por Ribadeneira, 1790: III, 301-302), aunque en ningún momento olvido que su obra, ampliada luego por distintos hagiógrafos, vio la luz en 1599, cuando Cervantes pensaba el Quijote). A la vista de estas y otras estampas, se entiende que la hagiografía entusiasmase a un público femenino que, por fin, encontraba mujeres a la altura del varón más valiente y esforzado.

Cervantes se sirvió de la hagiografía de maneras diversas. El narrador, por ejemplo, cuida de sus personajes igual que la Providencia cuida de los santos. A quien acostumbraba leer o escuchar el relato del santo del día no le llamaría la atención que la verosimilitud se llevase hasta el punto que suele Cervantes. ¿Cómo podían sorprenderle sus casualidades encadenadas cuando éstas abundan en las leyendas hagiográficas? A ese respecto, basta leer la vida de san Eustaquio, que además huele a pura novela bizantina (en mi interés por esta leyenda, coincido plenamente con Lozano Renieblas, 2003). En referencia a las Novelas ejemplares, estoy seguro de que La española inglesa y El amante liberal deben más a las vidas de los santos que a Heliodoro. Todo se entiende mejor cuando se considera que la hagiografía llevaba siglos rondando por los dominios de la novela; por eso, Delehaye, el gran bolandista belga, acuñó una nueva categoría literaria (con pleno arraigo desde Les légendes hagiographiques [Delehaye, 1905]): el que, desde el apartado inicial (“Notions”, pp. 1-13), denomina roman hagiographique.

La glosa que acabo de hacer a Marcela parte de un trabajo propio (Gómez Moreno, 2015) en el que me ocupo también del patrón cristológico con que, aquí y allá, se ha enriquecido la figura de don Quijote. Aunque en buena parte se trata de reflexiones propias, en ningún caso se me escapan las aportaciones seminales de Miguel de Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho (1905) y, sobre todo, de Girard (1982), que sostiene que toda sociedad precisa de víctimas propiciatorias. Es a Cristo a quien corresponde esta función de manera paradigmática; en un segundo peldaño, van los héroes de la tragedia griega y luego, por supuesto, don Quijote. Morón Arroyo (2005) y Bandera (2005) han dado su particular acuse de recibo a esta propuesta; en concreto, este último estudioso parte del concepto del mimetismo sacrificial.

La cristología obliga a reparar en una gran diversidad de detalles, algunos manifiestos, como el discurso de don Quijote a los cabreros (c. 9, 1605), que recuerda a Jesús y sus prédicas, particularmente en el Sermón de la Montaña; además, el tema escogido, la Edad de Oro, suena a puro edenismo cristiano, entre la nostalgia del paraíso perdido y el anhelo de un paraíso para los justos.

Claro está que no se trata de un estímulo único: en ese lugar, Cervantes se hace eco de estampas parecidas que aguardan al lector en la pura ficción, como en Tristán el Joven (1534) o la Segunda Parte del Espejo de príncipes y caballeros (1580) de Pedro de la Sierra. Con este título, acabamos de entrar en los dominios de los libros de caballerías, género que, a pesar de lo mucho que cuenta en el Quijote, ha sido escasamente considerado por la crítica cervantina. Si así me expreso es porque el cotejo de los libros de caballerías quinientistas con el Quijote es una operación imprescindible que nadie ha osado acometer hasta la fecha. Nada importa que la versión española de Williamson (1984) se titule El Quijote y los libros de caballerías (1991). En realidad, este hispanista detiene sus pesquisas en el preciso instante en que debería iniciarlas: el Amadís de Garci Rodríguez de Montalvo (1508), del que proceden todos los libros de caballerías. En este sentido, el aporte principal debe venir de dos líneas de investigación fundamentales: una es la que, entre la ficción literaria y una vida empregnada en literatura, lleva desde Martín de Riquer (Caballeros andantes españoles, Madrid, Espasa-Calpe, 1967) a Pedro Cátedra (El sueño caballeresco. De la caballería de papel al sueño real de don Quijote, Madrid: Abada Editores, 2007); otra, la que, en atención a los libros de caballerías,
arranca de Daniel Eisenberg (con un primer hito en Eisenberg 1982), pasa por María del Carmen Marín Pina (con un sinfín de trabajos seminales y su labor de rastreo de la ficción caballeresca del Quinientos español junto a este último estudioso en Eisenberg y Marín Pina, 2000) y Alberto del Río (en atención al procedimiento de la inversión, también tengo presente su labor en Demattè y Del Río, 2012), y suma nombres como los de Bognolo (1997) y Roubaud Bénichou (2000).

Es a esta última investigadora a la que Rico adjudicó finalmente el estudio de los libros de caballerías en la fase larval de su proyecto, allá por los años noventa. Tiene razón esta estudiosa cuando habla de la credulidad con que sucesivas generaciones de lectores han encajado las críticas de Cervantes a este
género entre el prólogo al Quijote de 1605 y el último capítulo de 1615: “Aún no se han apagado los ecos de tan enérgica condena. Por comodidad, por rutina, la crítica y el público la siguen haciendo suya” (vol. I, p. 1426). Ese desprecio ha resultado pernicioso para los libros de caballerías, a los que se ha negado cualquier mérito (y no hay duda de que varios de sus títulos lo tienen, y no chico), y ha dificultado un conocimiento más preciso del Quijote. En la estupenda actualización de Marín Pina para esta nueva edición se denuncia una vez más “el precario conocimiento que se tiene del género” (vol. I, p. 1447).

A medida que nos familiarizamos con los libros de caballerías, comprobamos que Cervantes les debe mucho más de lo que suponíamos; además, los préstamos temáticos o formales no siempre resultan de una inversión paródica, como se pone de relieve en el final del c. 8 de 1605. La historia del combate entre don Quijote y el vizcaíno queda congelada, pero luego se retoma y remata gracias al feliz hallazgo de un cartapacio arábigo; ahí, continúa la singular batalla de ambos personajes, que concluye con el que don Quijote tiene por triunfo indiscutible. Lo que aquí tenemos es en realidad una especie de versión mejorada del entrelazamiento del roman courtois; además, este mismo recurso, retocado de parecida manera, ya se había probado al cierre de la Primera Parte del Espejo de príncipes y caballeros, en el qual, en tres libros, se cuentan los inmortales hechos del Caballero del Febo y de su hermano Rosicler, hijos del grande emperador Trebacio (1562), de Diego Ortúñez de Calahorra, y también en el Belianís de Grecia (1579), de Jerónimo Fernández.

Cotejar de modo sistemático y profundo los libros de caballerías y el Quijote: he aquí una tarea inexcusable de la que actualmente se encarga mi discípula Ana Martínez Muñoz (que también lo es de Carlos Alvar y prepara en paralelo una edición del manuscrito de El Caballero de la Cruz). Como bien dice Marín Pina, contamos con las herramientas necesarias para llevar a cabo tan acuciante labor, entre ellas las ediciones y las guías de lectura de la colección “Los libros de Rocinante” del Centro de Estudios Cervantinos, impulsada por Carlos Alvar y José Manuel Lucía Mejías. Aunque, por prurito profesional, no descansamos hasta dar con las fuentes, antecedentes y causas de los fenómenos literarios que nos interesan, en el caso de Cervantes nunca se ha sentido la necesidad de llegar tan lejos. Edward Riley (1990: 51) explicó el porqué: “[...] que el humor no dependa por completo del conocimiento de las fuentes originarias se debe al genio cómico del autor. Si dependiera de ese conocimiento, su novela estaría anticuada por completo”.

Prestemos atención a otra fuente de información a la que la crítica ha hecho oídos sordos: la tratadística de re militari. En las postrimerías del siglo XVI, los retos y desafíos eran de sobra conocidos a través de los escritos legales que los regulaban (en primer lugar, las Siete Partidas alfonsíes), los tratados que a ellos aludían y la ficción narrativa, que encontraba en los hechos de armas su materia prima. En la ficción caballeresca, la referencia que más importa para Cervantes y el Quijote es el Tirant (editado en 1490 y traducido al castellano en 1511), cuajado como está de cartas de batalla y carteles de desafío (además, como de sobra sabemos, la ficción tiene correspondencia absoluta en la vida real, con los retos por honor de Joanot Martorell de los que se ocuparon Riquer y Vargas Llosa (1972). A su lado, están la novela sentimental y los libros de caballerías, en los que, lógicamente, hay muestras de este género (magníficos son los ejemplos de la Segunda Parte del Belianís de Grecia [1547] de Jerónimo Fernández o el anónimo Polindo [1526]).

Las crónicas se les habían adelantado al incluir cartas de batalla y carteles de desafío revueltos con epístolas de diferente índole y unos discursos que se confunden con ellas porque se les han quitado antes sus marcas características (la intitulatio, la inscriptio y la salutatio). Este cambio en la poética del género historiográfico se inicia con Pedro López de Ayala y su Crónica de Pedro I (1396) y sigue con las cartas y arengas que Hernando del Pulgar fue incorporando a su Crónica de los Reyes Católicos (1482). Entrado el siglo XVI, basta el recuerdo de Alfonso de Valdés y su Diálogo de Mercurio y Carón (ca. 1529), que informa de la ira con que la corte de Carlos V recibió las cartas de
batalla de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. Y paro aquí la relación porque, aunque el aroma de esa literatura bélica impregna el Quijote, en ningún momento se alude expresamente a ella; por el contrario, en sus páginas se amontonan las referencias a las llamadas leyes del desafío.

Ciertamente, Cervantes parodia la literatura en que se regulan los retos y desafíos, cuyo primer título corresponde a las Siete Partidas alfonsíes, más concretamente a la Segunda y Séptima. El texto fue promulgado y adquirió estatus legal en el Ordenamiento de Alcalá de 1348 de Alfonso XI; luego los Reyes Católicos lo recuperaron gracias a la Compilación de Alonso Díaz de Montalvo de 1484. No olvidemos que a menudo la cita de las Siete partidas se hace a través de ese verdadero epítome que es el Doctrinal de los caballeros (1435-1440) de Alonso de Cartagena, o bien por medio del Tratado de las armas (ca. 1462-1465) de mosén Diego de Valera.

La parodia a que acabo de referirme es la del c. 27 de 1615, en que don Quijote sienta jurisprudencia como un nuevo Baldo o como un segundo Honoré Bouvet (célebre autor del igualmente célebre Arbre des batailles [1386-1389], que gozó de dos traducciones al español coetáneas) al defender que un insulto no puede ni debe implicar a toda una comunidad. En su parlamento, don Quijote destaca la alusión explícita al cuerpo de leyes y tratados que aún entonces (pues no se trataba de un fósil legal, esto es, de pura letra muerta) regulaban los encuentros armados y la alusión implícita a alguna de las fuentes que se ocupaban de la guerra justa. Por si alguien no ve claros los fundamentos legales del discurso de don Quijote, la apostilla de Sancho disipa cualquier duda, pues dice de su señor que se los sabe de memoria:

—Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó el Caballero de la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo muy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo cuanto trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña.

La afirmación de Sancho no es caprichosa. Ciertamente, don Quijote había dado pruebas de sus conocimientos acerca de esa ley de caballería a la que remite de modo insistente y a la que, contra todo pronóstico, no se ha prestado la atención que merece. Así ocurre cuando, por ejemplo, prohíbe a Sancho que tome las armas en su auxilio, pues “en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes hasta que seas armado caballero” (c. 8, 1605); o cuando, para convencerlo de que no deben sentirse afrentados por el formidable revolcón que les acaban de propinar los yangüeses (c. 15, 1605), afirma que todo ha ocurrido por mezclarse en pendencias contra gente baja, frente a lo indicado por las leyes de la caballería. Así las cosas, el escudero debe tener en cuenta lo siguiente:

Porque quiero hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto está en la ley del duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no
por eso se dirá que queda apaleado aquel a quien dio con ella.

Del mismo modo, tras discutir con un eclesiástico atrevido que, sin conocimiento de tan rico y complejo universo, quería “meterse de rondón a dar leyes a la caballería” (c. 32, 1615), don Quijote quita hierro al asunto y afirma “que el que no puede ser agraviado no puede agraviar a nadie”. Al distinguir entre agravio y afrenta, concluye:” Y así, según las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, mas no afrentado”. La literatura jurídico-militar, ya se ve, está presente en el Quijote y adquiere el valor jocoso que se percibe en las citas aducidas; dicho sentido, no obstante, no depende de desordenar los términos o alterar las palabras sino, sobre todo, del contexto en que éstas y aquéllos se enmarcan. 

En el Quijote ni siquiera está ausente el universo afín de la vexilología y la heráldica, que contaba con la autoridad de Bartulo de Sassoferrato, jurisperito italiano de la primera mitad del siglo XIV que compuso De insigniis et armis, y de varios teóricos españoles, particularmente Ferrán Mexía, autor del difundido Nobiliario vero (1492). Recordemos alusiones tan reveladoras como las del combate contra los dos rebaños de ovejas, en que don Quijote incluso identifica las “empresas y motes” (c. 18, 1615). De todos modos, la principal parodia de ese universo de referencia —con sus enseñas o insignias, guiones, pendones, estandartes y banderas— está en la aventura del rebuzno (c. 27, 1615), con la empresa del burrillo sardesco o moruno y un divertido pareado por mote.

Si en el episodio de los rebaños es la imaginación de don Quijote la culpable de que vea escudos y empresas donde no los hay, en éste es un grupo de rústicos el que recrea el mundo ideal de la caballería. El espectáculo, más que cómico, es propiamente bufo, pues el decoro salta hecho añicos. No olvidemos que al don Quijote de la primera salida, por no ser caballero o por serlo novel, le estaba prohibido portar empresa alguna en sus armas, por lo que lleva “armas blancas”. El concepto lo explica el propio don Quijote cuando, en el capítulo susodicho, describe unas huestes que no son más que ovejas y, entre ellas, distingue a un personaje: “el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique”. La deformación burlesca llega al absurdo en este episodio del Quijote, que se diría realista y no lo es en absoluto. Aunque el Quijote se hace eco de la tratadística militar, falta igualmente una investigación que, con la exhaustividad necesaria, revele hasta dónde llega Cervantes en su recurso a una literatura que arranca de Alfonso X y seguía viva en los años en que se gestaba el Quijote (en ese sentido, mi trabajo, en Gómez Moreno, 2006, sirve sólo como parche o sucedáneo mientras se espera esa prospección metódica y exhaustiva*). Los apuntes de tipo teórico y legal insertos en el Quijote lo enriquecen al tiempo que ayudan a trazar un ideal caballeresco alejado por completo de la realidad. Ya sabemos que don Quijote es plenamente consciente de esta circunstancia y así lo proclama al denunciar la aparición de las armas de fuego en su discurso sobre las armas y las letras (c. 38, 1605).

Suena a lugar común y no lo es: me refiero al binomio literatura y vida. Cuántas veces hemos oído pronunciarlo en relación con nuestra obra y su autor. Menos frecuente es otra pareja que ha multiplicado su presencia en los estudios literarios de cualquier periodo desde los años ochenta para acá: oralidad y escritura. Ciertamente, desde la publicación de El pensamiento de Cervantes (Castro, 1925), los referentes culturales de nuestro primer escritor se han rastreado exclusivamente en la cultura libraria española y europea de su tiempo. Ahora, sin desandar lo andado, esto es, sin necesidad de volver a la imagen de un Cervantes lego en una España igualmente lega, se impone corregir esa trayectoria. Cervantes nunca más será un escritor de pobre formación y “sublimes intuiciones”; sin embargo, hay que partir del hecho de que, en el Quijote, la cultura de transmisión oral no se agota en los refranes de Sancho Panza. Gonzalo Pontón y Joaquín Forradellas han sido los compañeros inseparables de Rico a lo largo de todo el proceso. Del segundo, fallecido el 21 de marzo de 2014, es una afirmación cargada de gracejo y también de sentido. La voz que narra es la de Rico (2012): “«Para entender el Quijote», me corrobora el omnisciente Joaquín Forradellas, «hay que ser de pueblo»”, que corrige la alusión a las fiestas que muchos segadores pasan recogidos en la venta de Juan Palomeque el Zurdo y la deja en un siestas que tiene toda la razón de ser. Forradellas estaba en lo cierto hasta un extremo que el lector común del Quijote (permítaseme llamarlo así, pues el adjetivo no conlleva ningún matiz peyorativo) ni siquiera alcanza a imaginar.

Con dicha categoría, “lector común”, abarco un amplio abanico de consumidores potenciales: desde el más culto y mejor preparado para saborear la obra y sacarle el mayor jugo posible hasta el joven que no sale del WhatsApp, que se ve en la tesitura de leer algún fragmento o capítulo de la obra porque se lo exigen en clase y no entiende casi ninguna de las palabras que le salen al paso. En ninguno de esos casos recomendaría una edición modernizada (yo diría más bien “trivializada”) del Quijote, pues al primero de esos individuos se le priva de la posibilidad de aprender algo nuevo y al segundo se le condena a no salir jamás del estado de ignorancia profunda en que se halla. No, no se trata de un problema de evolución en la lengua (de hecho, el español de Cervantes apenas si se distingue del que hoy se habla o escribe en un nivel culto) sino del empobrecimiento de esa misma lengua en un proceso raudo e imparable. Acaso no haga falta decir que esta vez estoy en desacuerdo con Trapiello (2015) y con ese Quijote “puesto en castellano actual íntegra y fielmente”. Desde mi más profundo respeto a su persona y obra, creo que esta vez se ha esforzado en balde. Al menos, estoy seguro de que el tiempo que ha dedicado a esta empresa le habrá valido para familiarizarse con el “Quijote” [CVA.] y conocerlo como pocos. En este sentido, mi experiencia es distinta por completo. Me tengo, sí, por un verdadero privilegiado, pues cada vez que leo el Quijote resuena en mi cabeza la glosa de mi madre, que a sus cerca de 88 años (nació el 11 de junio de 1928) conserva una memoria fresca y deslumbrante. El recuerdo de sus vivencias me transporta a un pasado que lo mismo es el de Cervantes que, ya puestos, el de Alfonso X o don Juan Manuel; de hecho, alguna pieza de su inagotable repertorio me ha permitido validar el carácter tradicional de varios de los poemas recogidos por Margit Frenk o dar la solución o al menos hacer una propuesta plausible a determinados pasajes del Quijote. De lo primero, ofrezco una amplia muestra en Gómez Moreno (2007); de lo segundo, me ocupo en “Cervantes elucidado en la campiña toledana: conversaciones con mi madre”, que aparecerá en el homenaje a un buen amigo cuyo nombre callo para darle una sorpresa.

Para mi madre, lectora infatigable, la nota de Rico que acabo de citar —convenientemente incorporada a este nuevo Quijote— coincide con los ritmos de la vida campestre hasta finales de los años cincuenta, cuando se produjo el abandono masivo del campo español y la integración de los braceros y pequeños campesinos en la masa del proletariado urbano. Ella recuerda que la hora de la comida y el descanso la marcaba el astil de un azadón puesto de pie: cuando perdía la sombra, por estar el sol en el sur y ocupar la posición más elevada, eran las doce en punto —esto es, la hora sexta de los romanos y la siesta del campesinado—, tiempo para comer, charlar y echar una cabezada.

Cuando se retrotrae a aquellos tiempos, afloran voces que yo he recogido y estudiado en más de una ocasión y que, además de resolver varias dificultades del Quijote, lo enriquecen a cada paso.

Si Cervantes alterna camaranchón y caramanchón, ella hace otro tanto; del mismo modo, las alusiones a la tuera y el tártago, a la algarroba castellana o al alcacel o alcacer, erróneas en todas las ediciones que se nos ocurra manejar, se iluminan al instante. En su mayor parte, me he referido a ellas y las he explicado y corregido Gómez Moreno (2011). La edición que reseño, extraordinaria en
tantos otros sentidos, me confirma que de poco ha servido mi labor, pues por mucho que la ficha aparezca en la bibliografía, los errores en materia botánica se han enquistado o, peor aún, van a más.

Que inexplicablemente la tuera se identifique con especies tan venenosas como el acónito (Aconitum napellus o Aconitum vulparia) o el vedegambre (Veratrum album) ni siquiera me llama la atención; es más, no espero que se busque su correspondencia exacta en la coloquíntida o calabacilla salvaje (Citrullus colocynthis). Me extraña, eso sí, que se olvide el poema que Miguel Hernández dedica a la planta y que no se tenga en cuenta que “amargar [en lugar del verbo, puede haber un adjetivo, amargo o amarga] como la tuera” era una expresión común en época de Cervantes y, de echar un vistazo a la Web, aún sigue viva en la memoria de no pocos usuarios. En este caso, el testimonio de mi madre es sólo uno más, pero me confirma que estamos ante un caso de oralidad pura. De forma reveladora, ni siquiera ella, que tan bien conoce la flora silvestre y sus propiedades medicinales, ha sabido darme noticia exacta sobre la especie. Su apostilla no deja lugar a duda: “Es un dicho de toda la vida”.

Lo mismo ocurre con el tártago (Euphorbia lathyris), cuyas virtudes purgativas estaban en sus semillas y látex, comúnmente conocido como “leche de tártago”. Mi madre conoce una expresión verdaderamente elocuente, que al parecer decían los más ancianos de su pueblo: “tener peor leche que el tártago”. Este violento emético, emenagogo y abortivo, de uso extremadamente peligroso, era bien conocido por los boticarios; sin embargo, a pesar de proceder de una familia de galenos, es probable que Cervantes sólo tuviese referencias como la recién aducida o las que se insertan en dos best-sellers como el Marco Aurelio (1528) de Fray Antonio de Guevara o la Introducción al símbolo de la fe (1583) de Fray Luis de Granada, entre otras. Luego, el maestro Gonzalo Correas comenta el sintagma “dar tártago” en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627). A este respecto, basta su glosa: “Tártago es una planta ke lleva unos granos buenos para purgar, pero fatigan a kien los kome”. Más que de la observación directa o del uso de fuentes concretas, las referencias vegetales de la obra cervantina precisan, como aquí y en los lugares que veremos, de la sabiduría popular. El uso de una fuente libraría, el Dioscórides (1555) glosado por el doctor Andrés Laguna, sólo es seguro en un pasaje alusivo a la pomada de brujas en El coloquio de los perros y en cierto comentario jocoso de don Quijote, que cuando toca suelo puede ser más socarrón que el propio Sancho:

—Con todo eso —respondió don Quijote—, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna.

Otra referencia en que tropiezan los editores es la correspondiente a la algarroba, leguminosa rastrera (Vicia articulata) que nada tiene que ver con el algarrobo (Ceratonia siliqua) y su fruto, que sólo prospera en el Levante español.

Que Sancho lleve consigo cuatro docenas de esta última especie es poco creíble, pues dado el tamaño de sus vainas no cabrían, no ya en la talega, sino en las alforjas; además, los azúcares de su pulpa limitan la ingesta de la algarroba levantina a media unidad o, a lo sumo, una algarroba entera. De los granos de la algarroba castellana o manchega cabe decir todo lo contrario; además, si tenemos en cuenta el resto de su conducho, ésta es la cantidad proporcional y la única que hace justicia al adverbio con que arranca esta cita: “sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces”.

Es evidente que Cervantes no sólo ha oído hablar de esta última planta (que en algunos lugares llaman vezo y en otros algarroba castellana o algarroba manchega), sino que, sin lugar a duda, la conoce y muy probablemente la ha comido en alguna ocasión, pues no sólo es idónea para alimentar acémilas sino que se ha derivado también para el consumo humano en épocas de escasez o necesidad. Que su ingesta sea excepcional tiene que ver sin duda con el hecho de que sólo la digieren bien los rumiantes y contiene una toxina que, como ocurre con la almorta y el latirismo a ella asociado, la vuelve peligrosa para el consumo humano ininterrumpido. En fin, la siembra temprana de cualquier cereal —no sólo de cebada, como algunos quieren— es el alcacel o alcacer, al que alude un magnífico refrán de mi madre (todo un hápax paremiológico): “Casa y alcacer: lo que sea menester”. La voz se sigue usando en otras partes de España, y con idéntico significado.

El ingeniero de montes Luis Ceballos, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española (Ceballos, 1965), disertó sobre el asunto que me ocupa y le puso un título poco rebuscado: Flora del “Quijote”. De entrada, de su relación hay que eliminar la que él tiene por planta de flor y en realidad no es tal: me refiero a la “margarita preciosa” de El curioso impertinente, pues, en latín y en romance (en toda la Edad Media y todavía en época de Cervantes), margarita es lo mismo que ‘perla’. Por lo tanto, Cervantes no se refiere en ese pasaje a la bellorita o magarza (Bellis perennis) sino a la margarita bíblica, a la que aluden tanto la Vulgata como sus glosadores. Recordemos que lo de echar perlas a los cerdos lo iguala Juan Ruiz con el “Enxiemplo del gallo que falló el çafir en el muladar”.

Una vez más, Ceballos lleva al plano de la vida lo que no es más que literatura. Lo mismo acontece cuando pretende dar sentido a la obsesión de Cervantes por un árbol, el haya (Fagus silvatica), ajeno por completo al universo de referencia de don Quijote y a la geografía del Quijote. En unos casos, la
representación del paisaje natural es realista al máximo; en otras, en cambio, se transforma y acomoda al locus amoenus renacentista, en el que tanto cuenta la Arcadia (1502) de Sannazaro. La intervención de nuestro autor se percibe en detalles tan reveladores como la omnipresencia de una especie arbórea impensable en la ruta de don Quijote, aunque inexcusable en el paisaje bucólico: el haya de las Églogas de Virgilio y la Arcadia de Sannazaro. Este árbol, por sí solo, supone una metamorfosis automática, vale decir, una estilización del paisaje manchego, en el que la encina no tiene rival. Este hecho ha despistado a más de un experto.

Ceballos precisa que Cervantes pone un bosquete de castaños y sitúa las hayas en lugares imposibles. Y es así porque, frente a los momentos basados en la vida de Cervantes, hay otros en que la literatura logra imponerse sobre cualquier otro factor; de ese modo, hayas no podían faltar por influjo de la pastoral, aunque no encajen en el itinerario de nuestro héroe. Todos sabemos que el límite meridional de este árbol está en el madrileño paralelo 40, por lo que nadie, por mucho que se esfuerce, encontrará hayas en Toledo o Ciudad Real. ¿Cómo, si no, puede encajar la descripción de un lugar “en que hay casi dos docenas de hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela?” (c. 12, 1605). Ceballos sigue una senda equivocada: “Es muy probable que Cervantes trabara conocimiento con las hayas durante su estancia y recorridos por el Norte de Italia, observando allá la costumbre de los enamorados de grabar sus nombres en la corteza del árbol”.

En realidad, con el haya virgiliana, la bucólica clásica y renacentista se cuela de rondón en el Quijote. Así las cosas, apenas si llama la atención que Sancho y el morisco Ricote, su otrora vecino, para hablar se sienten “al pie de una haya” (c. 54, 1615); del mismo modo, los azotes que Sancho ha de recibir para desencantar a Dulcinea los sufren no sus nalgas sino los troncos de un hayedo imposible de todo punto por estar situado en el Bajo Aragón. En esos momentos, Cervantes da al traste con el realismo del Quijote, acaso porque le falta sensibilidad en esa materia, acaso también porque, en caso de que sus lectores cayesen en la cuenta de que la verosimilitud se acababa en ese punto, no se lo
habrían tenido a mal.

Es el turno, ya anunciado, de la coda, con la burla del patrón vital de Perceval, que siente la llamada de la sangre al pasar de niño a joven y parte a una doble aventura, militar y amorosa. Ese modelo será reelaborado —entre otras cosas, para aprovechar su potencial comicidad— por Alexandre Dumas al dibujar al D’Artagnan de Los tres mosqueteros (1844). En realidad, la inversión paródica que supone el Quijote venía sugerida por Ovidio: “Turpe senex miles, turpe senilis amor” (Amores, 1, 9, 4). Muchos habían sido los artistas plásticos y los literatos que habían desarrollado la primera de las oraciones nominales para atender a un Aristóteles cabalgado por Flora, a Virgilio en el cesto o bien a Susana y los viejos rijosos. En cambio, sólo Cervantes atiende también a la segunda oración y, por tanto, al verso completo, con un héroe viejo y mermado de fuerzas, escuálido y mal pertrechado. No, don Quijote no tiene edad para andarse con batallitas y amoríos, como digo en Gómez Moreno (2014).

Acabo aquí el recorrido dibujado al inicio de esta nota crítica; en ella, he atendido a una serie de materias que —ojalá quede claro— ponderan mucho en una lectura profesional del Quijote. Su importancia deriva del poderoso influjo que la hagiografía, la tratadística militar y los libros de caballerías (tan presentes y, al mismo tiempo, tan olvidados) ejercen sobre la totalidad del Quijote. Es
probable que, inicialmente, la voluntad de Cervantes consistiese en una mera inversión paródica de la figura de Perceval; en todo caso, es muy probable que se lanzase a escribir la obra aguijoneado por un verso de Ovidio que resume la doble empresa, amorosa y militar, del viejo hidalgo manchego.

Ni siquiera la botánica queda al margen de mi afirmación. Guiados por ella, comprobamos la necesidad de reescribir algunas notas y la de volver sobre determinados pasajes, en los que de repente se hace la luz. Mucha mayor importancia, a mi modo de ver, tiene el paisaje imaginario del Quijote, en el que, por influjo de la bucólica clásica y renacentista, nos damos de bruces con una naturaleza imposible. En ella, el haya aparece por doquier, lo que supone un homenaje a Virgilio, desde el primer verso de la Bucólica I, y sobre todo a Sannazaro, esta vez por la totalidad de su Arcadia. Tanto tira de Cervantes esa querencia hacia la pastoral renacentista que ni siquiera cae en la cuenta de que está haciendo trizas tanto el realismo estético como la poética de la verosimilitud.

Ahí es nada.

Tras estas reflexiones, sólo me resta dar las gracias a Francisco Rico como responsable último (y, en abierta paradoja, responsable primero) de este extraordinario Quijote.

* Poco antes de corregir las primeras pruebas de este artículo-reseña, he podido leer el magnífico trabajo de fin de máster de Amalia M. Castellot de Miguel; en sus cerca de sesenta páginas, ha localizado la mayoría de las citas de la tratadística militar incorporadas al Quijote

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Entrevista al escritor chileno Alejandro Zambra

Patricio Fernández, "La gran novela leve" entrevista al escritor chileno Alejandro Zambra, en El País 10 de agosto de 2013:

Alejandro Zambra se ha convertido en un maestro de la liviandad y la ficción autobiográfica con obras como 'Bonsái' o 'Formas de volver a casa'. El chileno fue seleccionado por la revista 'Granta' entre los mejores escritores jóvenes en español

Alejandro Zambra nació en Chile el año 1975. La dictadura de Pinochet vivía su periodo más negro. La antigua dirigencia de la Unidad Popular estaba toda en el exilio, o muerta. El país se hallaba enteramente controlado por los militares. Santiago era una ciudad tomada. Ya no había resistencia, pero continuaba la persecución. El organismo encargado de realizar el aseo ideológico se llamaba DINA —Dirección de Inteligencia Nacional—, y había entrado formalmente en funcionamiento durante 1974, gracias a un decreto ley que la oficializaba. En 1975 Pinochet viajó a Madrid, al entierro de Franco. En otro ámbito, Chile vivía una revolución neoliberal. Los economistas de Chicago, discípulos de Milton Friedman, experimentaban acá las teorías de su maestro. Servimos de laboratorio. La pobreza campeaba. Para cubrir la desocupación inventaron el PEM (Programa de Empleo Mínimo), y no era raro toparse por ahí con piquetes de obreros moviendo piedras de un lugar a otro. Zambra creció en Maipú, una comuna capitalina de clase media, donde miles de personas llegaron a vivir, en villas de casas pareadas y pequeñas, a fines de los setenta. Muchos de sus habitantes con gusto se autodefinirían como “gente de esfuerzo”.

La generación de la que Zambra es el escritor que más lejos ha llegado —lo han traducido a varios idiomas y publicado en EE UU, con muy buena crítica— entraba a la adolescencia cuando retornó la democracia en 1989. “La adolescencia fue verdadera, pero la democracia no tanto. Tratábamos de entender lo que ocurría: igual era una dictadura, igual estaba Pinochet en el poder. Era un Chile del triunfo, de la democracia inmediata, de líderes con mucho miedo, que estaban obligados a mostrar esta cara sonriente de continuidad del sistema económico, y yo lo vivía muy desde el margen porque estudiaba en la Facultad de Filosofía, que era un pulmón de resistencia, pero una resistencia que nadie pescaba. Todos parecían unidos en defender que éramos los jaguares de América Latina y esas cosas que se decían entonces. Ahí la literatura también tenía una vocación de marginalidad, porque éramos personas que habían optado por el fracaso. Yo venía de un colegio totalmente triunfalista (Instituto Nacional, la más prestigiosa escuela pública), pero optar por la literatura era optar por la derrota. No te prometía ningún trabajo, salvo, en el mejor de los casos, hacer clase en la Universidad. Se vivía muy tristemente. Muchos éramos jóvenes conflictuados. Escuchábamos a Radiohead todo el día. Los noventa es una época en la que me interesa indagar”.

ZAMBRA EN TRES PALABRAS

Fumador. Unos cuantos meses atrás, Alejandro volvió a fumar. No sé si llegó nuevamente a los tres paquetes diarios, pero no pasa media hora sin encender un cigarrillo. Si para hacerlo tiene que salir al aire libre, se fuma dos al hilo para aprovechar el viaje. No parece tener otro vicio. Es un buen chico. Toma y se emborracha, pero en lugares y momentos donde corresponde que suceda. También fuma marihuana de cuando en vez, como la gente normal. De drogas duras ni hablar; supongo que algunas las ha probado, pero no es de temple rocanrolero, sino más bien un tipo calmo y bien portado. No tiende a los escándalos. Incluso cuando está loco por prender un pucho, se las arregla para transmitir la urgencia sin brusquedad.

Bolaño. Zambra fue el escritor chileno que mejor agarró la ola de Bolaño. Mientras otros novelistas nacionales, como Contreras y Marín, lo miraban con sospecha y un pretendido desdén, Zambra lo admiró desde el primer momento. De Los detectives salvajes dijo que se había leído sus seiscientas veintidós páginas de una sentada. A continuación explotó violentamente su fama, y Zambra supo navegar con habilidad sobre sus ondas expansivas. La bolañitis le abrió camino.

Poetas. Alejandro Zambra comenzó escribiendo poesías. Todavía las escribe. Pertenecía a uno de los muchos grupos de poetas que existen en Chile. Hasta el día de hoy, no son pocos los lugares donde se puede escuchar, cada tanto, a uno que declama. En las ferias de libros regionales hay siempre un lugar donde recitan sin apuro. Cuando un poeta se sube a leer sus versos en un estrado, no es fácil bajarlo. Los poetas de acá toman mucho vino navegado. Publican en pequeñas editoriales que de milagro sobreviven. Sienten un cierto desprecio por la narrativa. No sé si aún sucede, pero hasta hace poco un verdadero poeta no leía novelas: solo poemas y ensayos. Raro, porque a Neruda le encantaban las historias policiales, o quizás por lo mismo. Con los poetas nunca se sabe. “Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que solo la poesía salvará el mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón”, según Zambra.

En Bonsái, su primera novela, toda esa ajenidad queda destilada en un texto brevísimo. “La idea era que fuera un bonsái de libro, un libro como de mentira. Hay un descreimiento respecto de la novela en la base de Bonsái”, explica. “Nuestros profesores venían del exilio, muy desencantados de todo, por lo que no eran parte de esa fiesta en la que durante esos años se supone que vivía el país. No llegaban como héroes, sino que volvían como fantasmas, descoyuntados vitalmente, equilibrando las separaciones y el escepticismo, y nosotros aprendíamos de ellos a desconfiar de todo. Ser inteligente era no creer en Dios, no creer en ningún proyecto político serio, no creer en nada. Regocijarse en el rizoma, las indeterminaciones, la posmodernidad. Y Bonsái nace por eso, contra eso. Buscando algo”. Sus personajes —“que no son exactamente personajes, aunque tal vez conviene pensarlos como personajes”, aclara el narrador de Bonsái— son tan creíbles como distantes, encerrados en su mundo de sexo y literatura, de vidas mínimas (así se llama un libro de González Vera que Zambra admira) experimentadas con la soberbia “de los que se creen mejores, más puros que el resto”. Es la historia de una pareja de estudiantes de literatura, que apenas salen al espacio público. El escenario de la trama es más su música emotiva y nostálgica que lugares concretos. El contexto es más psicológico que histórico, más interpersonal que político, aunque los que vivimos ese tiempo sabemos que trasunta realidad. “Federico Schopf decía en clase que nosotros habíamos crecido en la anestesia, que éramos incapaces de sentir el mundo. Y algo de eso había. Éramos árboles reprimidos. Queríamos despertar, pero no siempre sabíamos que estábamos durmiendo. La literatura nos despertaba, pero cuando presentíamos esa obligación de escribir sobre la dictadura, pensábamos que podíamos escribir de cualquier cosa, que nadie nos podía obligar a escribir sobre nada”.

Se decía que quienes llegaron a la juventud durante los noventa aseguraban “no estar ni ahí”. Frente al entusiasmo ideológico de las generaciones anteriores, respondían con dicha fórmula. Psicólogos y sociólogos escribieron multitud de tratados al respecto. “Nosotros, en realidad, sí estábamos ahí, pero no sabíamos con qué. La democracia era una dictadura disimulada, a veces de manera burda. El asunto comenzó a cambiar cuando tomaron preso a Pinochet en Londres, recién en 1998. Vista en retrospectiva, la cosa es muy simple y fuimos todos unos mediocres, del presidente para abajo, pero se experimentaba un ambiente todavía muy opresivo, también en la prensa, no existía entonces ni siquiera The Clinic, y los pocos intentos por hacer diarios de izquierda o menos comprometidos con la derecha terminaron en farras o fracasos. Nosotros crecimos con cierta violencia explícita, ocultada por los medios de comunicación, y con mucha violencia cotidiana casi imperceptible. Por eso, aunque suene antipático, yo creo que la función de la literatura tiene que ver con la complejidad. La literatura quiere captar la complejidad de los hechos, no simplificarlos. Mi estilo o mi deseo de estilo nace de eso: de querer narrar lo complejo, lo incierto, con las palabras y las formas más simples posibles”.

—¿Te han sorprendido, al convertirte en un escritor leído más masivamente, lecturas inesperadas de tus propios textos?

—Sí, claro. De ser un niño muy teórico e inteligentoso, la literatura pasó a servirme para explicarme cosas de las que no estaba seguro. En Formas de volver a casa yo sabía lo que estaba narrando, pero pretendía también disolver otras certezas, conseguir una cierta ambigüedad. Que el libro fuera muchas cosas a la vez. Y por supuesto que algunas cosas no sabía que estaban ahí. Eso es lo que tiene la literatura de intransferible: existen fragmentos no calculados. Creo que intenté otra manera de hablar de la dictadura chilena, que a ratos desconcierta. Hay escritores chilenos profesionales que recorren Europa…

—Comercializando el dolor.

—Claro, y bueno, sabemos quiénes son. A veces cuesta explicar en el extranjero que acá existía una vida cotidiana mientras sucedían hechos horrendos. Un periodista francés, a propósito de Formas de volver a casa, me preguntó cómo era posible que un niño anduviera por las calles en ese tiempo, sin saber que los niños de entonces andábamos por las calles harto más que los de ahora.

Los libros de Zambra, no es ni necesario preguntárselo, son autobiográficos. Hurguetean en él mismo. Hay una voz que los atraviesa. Cualquiera sea el conflicto —siempre finalmente íntimo— está el testimonio de un narrador encarnado. “En Formas de volver a casa pagué una deuda con mi infancia. Durante mucho tiempo pensé que mi experiencia no tenía importancia. Era el tiempo en que lo realmente significativo era que se esclarecieran los crímenes, que las víctimas de la tortura pudieran hablar; los que importaban no éramos nosotros —los hijos de la clase media del extrarradio, despolitizada— sino los hijos de las víctimas. Si entonces me hubieran dicho que escribiría una novela sobre la villa en que vivía en Maipú, no lo hubiera creído. Esa novela, más que relatar hechos, lo que quiere es hacerse cargo de la imposibilidad de relatarlos. En rigor, ahí hay experiencias, pero también está la sensación de que no valen la pena de ser narradas, porque hay asuntos que son más importantes. En el fondo tiene que ver con el duelo, cuando este se transformó en algo realmente colectivo en Chile. Esto debe haber pasado hace unos diez años. Dejó de ser un asunto solamente de las víctimas, y la mayoría de los chilenos entendieron que estas cosas le habían pasado al país. Aún quedan muchos crímenes sin resolver, todavía campea la impunidad, pero al menos los chilenos entendimos, la mayoría, que el duelo es colectivo”.

Alejandro Zambra es un tipo apacible. Tiene la curvatura física y los modales de un joven profesor de letras, admirado por sus alumnos. Hace clases de poesía chilena en la Universidad Diego Portales. Se ríe con facilidad, pero sin perder la compostura. No le interesa llamar la atención con historias extrañas ni análisis rebuscados, aunque ocasionalmente hace alardes de ingenio con chistes de la escuela inglesa.

—¿Siempre pensaste en narrar, en escribir novelas?

—No. Empecé a escribir novelas la primera vez que me atreví a decir yo, aunque no dijera yo explícitamente. Mi generación se crió en el prestigio de lo indirecto, de lo intelectual. Mis primeros textos literarios eran sin sujeto. Era de mal gusto hablar de uno mismo, y a la vez era de mal gusto reclamar. Si te cagaban, te volvías un rencoroso, pero reclamar era denigrarse. Cuando sentí mucha necesidad expresiva, eso se rebasó y ahí apareció la voluntad de narrar algo. La liviandad del comienzo de Bonsái, por ejemplo, fue muy raro para mí descubrirla como un tono posible. Todo tenía que ser esencial y profundo.

—Eso parece que se llama juventud. Pero, ¿qué te dice la honestidad en literatura?

—Yo la reivindicaría también en relación con la ficción. Creo que hasta puedes ser más honesto inventando personajes que fingiendo una voz única. La honestidad tiene que ver también con esa complejidad de la que hablábamos. Por ejemplo, un amor de juventud. Uno olvida que a los 15 años estabas enamorado de una polola y la vida te parecía inimaginable sin ella. Habría que ser capaz de recordar eso, sin nostalgia, de la manera más realista posible, sin sentirnos superiores a quienes éramos. En ese sentido, la literatura está en contra de la simplificación del presente, del pasado o del futuro. Y esto tiene que ver con la precisión, con “la moralidad de la precisión”, como decía Ezra Pound. Cuando llegas a una imagen muy precisa, eso desestabiliza las cosas en lugar de ordenarlas. En vez de fijar, te hace ver el lugar en que realmente estabas. Muchas veces, la mala literatura es un mecanismo de validación, de mentira en el sentido más burdo de la expresión. Eso no me interesa. Prefiero lo de Carver: “Sin heroísmos, por favor”. El protagonista de Formas de volver a casa es cuestionado por los otros personajes de la novela. No está heroizándose. Relatos heroicos se pueden escribir todos los días, porque convivimos con visiones superpositivas de nosotros mismos.

—¿Te parece que la literatura chilena ha dado bien cuenta de lo que ocurrió?

—No creo que la literatura tenga que dar cuenta literalmente de los hechos.

—Quítale lo “literal”.

—Me parece que sí, pero también estoy pensando en los documentales y en el periodismo, que yo disfruto muchísimo. El periodismo de investigación y la crónica me parece que son parte de la literatura. No les pido menos de lo que le pido a una novela o un poema. Me gusta lo que está pasando, casi siempre a contrapelo de los medios oficiales: editoriales independientes, escritores que buscan y no marcan el paso”.

Zambra conquistó el escenario literario discretamente. Sus primeros compañeros de andanzas fueron los poetas de su edad: Andrés Anwandter —con los versos de quien comienza su segunda novela, y a los que debe su título, “…como la vida privada de los árboles / o de los náufragos”— y Kurt Folch, entre otros. Él mismo publicó dos libros de poemas antes de intentar con la narrativa: Bahía Inútil (1998) y Mudanza (2003). Deben ser muy pocos, si acaso los hay, los escritores chilenos que no comiencen escribiendo poesía. “A todos nos gustaba Enrique Lihn”, asegura, el poeta de La musiquilla de las pobres esferas, que nunca salió “del horroroso Chile” (eso escribió el poeta), y que murió a los 58 años, de un cáncer fulminante, meses antes de que la dictadura fuera vencida en el plebiscito. Nunca escuchó el aplauso del público, pero a cambio, y en parte por lo mismo, se quedó con el cetro de poeta de los poetas.

—¿Te interesa algo que no habla del mundo?

—No. Toda la literatura habla del mundo, pero siempre prefiero algún grado de apelación. No me gusta poner las cosas tan dogmáticamente, pero hay una literatura que dejó de interesarme en el momento en que empecé a pedirle esa huella de realidad. La literatura que siempre me interesó es la poesía chilena. Nunca me ha decepcionado.

—¿Dónde radica su particularidad?

—Yo creo que en su rebeldía a lo convencional, incluso cuando parece muy convencional. Si se la compara, por ejemplo, con la española, es una poesía muy extravagante. Esa cosa contratextual que Parra le metió a Neruda tiene toda una línea de continuidad, incluso contra Parra. Generó una dinámica de mucha rebeldía al padre. Neruda es asombroso, capaz de poetizarlo todo, chamullento, versero, pero efectivo.

—Y parece ser una poesía muy terrestre, ¿no? Ha estado muy vinculada a la política.

—Eso tiene que ver con el mito del poeta chileno. Por algún motivo son más famosos y significativos para la sociedad que los novelistas. Fíjate en la cantidad de poetas que escriben columnas de opinión. Tienen un nivel de apelación a la sociedad que es inédito en la poesía. En otros países se mantiene dentro de los márgenes del género.

—¿Y tú, ya optaste definitivamente por contar?

—Sigo escribiendo poesía. Pero también la poesía chilena es muy narrativa, la de muchos de mi generación, sin ir más lejos, como Germán Carrasco, Leo Sanhueza, Anwandter, Vero Jiménez. No está reñida con la prosa. Si aceptamos la teoría muy discutible de que la prosa se subdesarrolló en Chile, sería porque la poesía también cumple esa función. Por ejemplo, Gonzalo Millán, un poeta tan exquisito, indudablemente habla de cosas que nos importan.

—¿Te interesa el Chile de hoy?

—Claro que sí. Están pasando cosas. Hace tiempo que se están soltando amarras, que hay una visión crítica de la sociedad que va contra la medianía. A la vez, la Transición ha sido muy lenta. Los enclaves conservadores, los Legionarios de Cristo, el Opus Dei, la derecha más recalcitrante está perdiendo poder. Ven que se viene algo y la manera de contrarrestarlo es ofreciendo un poquito. Ahora hay una generación nacida en democracia que no tiene por qué entender los traumas del país. A mí me gusta mucho estar acá. No me iría. Me encanta lo que está pasando

¿Es España una democracia? por Vicenç Navarro

¿Es España una democracia?, en Nueva Tribuna
Vicenç Navarro 19 de Julio de 2016

A primera vista, esta pregunta podría parecer una provocación, pues es obvio que España tiene unas instituciones representativas y un sistema de elecciones que permite a la ciudadanía escoger a sus representantes, características indispensables para que un país pueda definirse como democrático. Pero se olvida que estas condiciones son necesarias pero no suficientes para que a un país se le pueda considerar democrático. Y no me estoy refiriendo solo a la escasa representatividad que tienen nuestros representantes (consecuencia de una ley electoral muy poco proporcional, diseñada originalmente por las fuerzas conservadoras que controlaban el Estado durante la Transición, y cuyo objetivo –como varios historiadores han reconocido– era discriminar a la clase trabajadora, la mayor cantera de los votos a opciones de izquierda), sino a otro elemento clave, que es la pluralidad de los medios de información, sin la cual la población no goza de un derecho democrático: tener el derecho a estar informado, con acceso a distintos puntos de vista que le presenten y expliquen la realidad que la rodea. En ausencia de esta pluralidad ideológica que garantice tal derecho, no hay democracia posible, pues la información sobre la cual la población decide su voto está sesgada a favor de los intereses políticos y/o económicos y financieros de aquellos que controlan los medios de información (que son también medios de persuasión).

¿Es posible la democracia en ausencia de la pluralidad de los medios?

Se me dirá que en España hay diversidad de opiniones en los medios. La Razón y El País, por ejemplo, dan versiones diferentes de lo que ocurre en el país. Y de ahí se deriva que España sea un país democrático. Ahora bien, el problema que existe en esta percepción es que, en general, ambos rotativos informan dentro de un marco común, lo cual explica que, muy frecuentemente, den la misma versión de los hechos en aspectos muy importantes de la realidad que nos rodea, o adopten posturas comunes. Así, por ejemplo, los dos periódicos (y todos los otros grandes medios de comunicación) están transmitiendo mensajes (a través de sus editoriales, de los artículos de opinión que promueven, de sus encuestas que siempre concluyen con las opiniones que cada rotativo favorece, entre otras medidas) que contienen una gran hostilidad hacia Podemos y ahora hacia Unidos Podemos (también mostrada por la gran mayoría de los principales medios de información). Y tal sesgo anti izquierdas (que también se manifestó contra IU) aparece constantemente en diferentes formas.

Una de ellas es el continuo énfasis que las únicas alternativas que tiene el PSOE en este proceso de investidura son apoyar, bien por activa o bien por pasiva (absteniéndose), al Sr. Rajoy, o enfrentarse a unas terceras elecciones, que consideran que sería un paso enormemente negativo para la democracia española. Este mensaje es transmitido por tierra, mar y aire, las veinticuatro horas del día, por la gran mayoría de los medios de información. Sin embargo, esta imagen no es cierta, como tampoco era cierta la lectura de lo que se consideró posible después de las elecciones de diciembre del 2015, cuando también hubo consenso en que las únicas alternativas posibles en el proceso de investidura eran o investir a Pedro Sánchez (tras un pacto con Ciudadanos), o convocar elecciones, alternativa ya considerada en aquel momento.

Nunca se citó que había otras alternativas posibles. Como tampoco se señaló que hay otras alternativas posibles ahora. Tanto entonces como ahora había otras alternativas en las que las izquierdas hubieran sido las fuerzas mayoritarias en la alianza que hubiera podido investir a Pedro Sánchez como presidente del gobierno. Los datos lo muestran claramente. Sumando los 90 diputados del PSOE, los 69 de Podemos y los 2 de IU, más los 6 del PNV, da 167, un número mayor que la suma del PP, 123, más Ciudadanos, 40, que da 163. Los partidos nacionalistas se hubieran abstenido, pues es conocida su animadversión hacia el PP, y con ello el Sr. Sánchez hubiera podido ser investido. Pues bien, lo que es extraordinario es que esta alternativa nunca, repito, nunca, se debatió en los medios. En realidad, la población ni siquiera fue consciente de que existía. ¿Por qué?

Cómo lo mismo ocurre ahora

Un tanto igual aparece ahora, después de las elecciones del 26-J. Sumando los escaños del PSOE, 85, con los de Unidos Podemos, 71, más los del PNV, 5, los 9 de ERC y los 8 de CDC dan suficientes escaños para que Sánchez sea investido. ¿Cómo es que esta alternativa nunca se ha considerado o se ha discutido en los medios?

En ambos años, 2015 y 2016, los números salían. Y la pregunta que cualquier demócrata debería hacerse es: ¿por qué no fue ni siquiera presentada tal alternativa? La respuesta es fácil de ver. Porque, en ambos casos, las izquierdas hubieran podido gobernar. Y ello es precisamente lo que los intereses económicos y financieros que controlan los medios de información y persuasión no querían que ocurriera, pues se oponen a que Unidos Podemos y sus confluencias tengan alguna influencia en el gobierno liderado por el candidato investido. La explicación que han dado los medios por no haber ni siquiera informado de que existía tal alternativa es que el aparato del PSOE no quería considerarla, pues no querían colaborar con los partidos nacionalistas. Pero este argumento carece de credibilidad, pues el aliado del PSOE, el PSC en Catalunya, ha gobernado en el pasado con ERC (en el tripartito en Catalunya) y también ha contado con el apoyo de CDC en las Cortes Españolas. ¿Por qué ahora dice lo que dice, y no entonces, cuando gobernó y/o colaboró con ellos? ¿No cree el lector que presentar la razón por la cual tal aparato, el del PSOE, no quería considerar esta alternativa (cuando ha contado con la colaboración de loa partidos nacionalistas en periodos anteriores) era materia que merecía la atención de los medios? En su lugar, ignoraron la noticia y prefirieron informar, errónea y maliciosamente, que Podemos era responsable de que continuáramos siendo gobernados por Rajoy después de diciembre de 2015 y también ahora.

El sesgo derechista de los medios de información

Otro indicador de la falta de diversidad de los medios en España aparece también en el conflicto que existe sobre lo que es permisible o no en los medios que ha aparecido en el enfado de El País con La Sexta. El País, que ha alcanzado un nivel de derechización desconocido en su pasado (y que ha liderado la campaña de hostilidad mediática contra Podemos), ha criticado a La Sexta por invitar a dirigentes de Podemos a sus tertulias (en programas, por ejemplo, como La Sexta Noche y Al Rojo Vivo), presentando a este canal televisivo como la cadena que ha estado polarizando el debate político del país, promoviendo el “extremismo” de Podemos. Presenta así a La Sexta como un canal de las izquierdas extremistas (ver el editorial “Una gran impostura” en El País, 05.06.16), que está promoviendo en sus tertulias, como La Sexta Noche y Al Rojo Vivo, la visión extremista de Podemos. Esta acusación muestra un comportamiento profundamente antidemocrático. El País, que sistemáticamente excluye colaboraciones de autores de izquierdas (antes de IU, y ahora de Podemos y de Unidos Podemos), acusa a otro medio de permitir que tales voces aparezcan en sus tertulias en las que, por cierto, la mayoría de tertulianos son de derechas y donde los dos tertulianos que aparecen más tiempo en uno de ellos, La Sexta Noche, son dos voces de ultraderecha (Eduardo Inda y Francisco Marhuenda). Estos personajes aparecen muchísimas veces con mayor frecuencia que las voces de Podemos. Y tal acusación aparece incluso más absurda cuando uno puede ver que en las secciones económicas de tales programas la gran mayoría de economistas son de tendencia neoliberal o socioliberal, siendo el que aparece más habitualmente el Sr. José Carlos Díez, que es el economista que El País promueve con mayor frecuencia.

Ahora bien, para El País lo que es intolerable es que personas de Podemos aparezcan en tales programas. Deberían ser vetadas, según este periódico. Es interesante remarcar que el Sr. Antonio García Ferreras, director de Al Rojo Vivo, señaló que Podemos estaba vetado en muchos medios, incluyendo hasta recientemente La Sexta, añadiendo –en tono defensivo- que “ahora damos las mismas oportunidades a Podemos que a los demás”, alardeando, además, de que en su programa es donde se entrevista con mayor dureza a dirigentes de Podemos. Cualquier persona con sensibilidad democrática puede constatar la enorme agresividad de la gran mayoría de los medios hacia las izquierdas en este país, como se ha visto y continúa viéndose en el tratamiento mediático de Unidos Podemos (“Ferreras: ‘Antes había una orden de no entrevistar a Podemos’”, entrevista en Zeleb TV, 11.07.16).

Una última observación: respuesta a José Ignacio Torreblanca, jefe de opinión de El País

Cuando terminé de escribir el artículo, leí un artículo del Sr. José Ignacio Torreblanca, titulado “Derechización” (14.07.16), en el que, tras ridiculizar a las izquierdas insultando la inteligencia del lector (atribuyendo a la izquierda comentarios de gran vulgaridad, presentándolos como representativos, sin ni siquiera citar quién está diciendo lo que él les atribuye), desmerece la observación que han hecho no solo las izquierdas, sino amplias zonas de la población española, de que El País se ha estado derechizando, atribuyendo esta percepción a un tipo de paranoia que, por lo visto, afecta a gran parte del pueblo español. Probablemente, para “probar” lo infundado de tal observación, El País se sacará de la manga en un futuro próximo una encuesta que muestre como El País es un periódico percibido como ejemplar en su compromiso con la libertad de prensa y con la democracia.

Y para rematar su artículo en el que niega tal derechización, pregunta a sus críticos que le digan cuándo ha ocurrido tal derechización, asumiendo que no le pueden contestar, pues –según él- no ha habido tal derechización. Pues invito al Sr. Torreblanca, jefe de opinión de El País, a que mire el número de colaboradores de izquierdas que han tenido a lo largo de sus cuarenta años de existencia en las páginas de Opinión, y que compare el número de cuando Joaquín Estefanía era director y cuando el Sr. Caño lo es ahora. Este cálculo ha sido hecho por estudiantes de periodismo de la UPF y la diferencia es abrumadora. Un tanto igual ocurre con el tema nacional. El País ha liderado la defensa de la uninacionalidad de España, oponiéndose (con un tono agresivo) a la visión plurinacional de ésta, identificando a aquellas voces que piden tal plurinacionalidad como defensoras de la ruptura de España, en un estilo y contenido semejantes a los de la ideología franquista.

En realidad, muchas son las causas de esta indudable derechización, pero una de ellas es su creciente dependencia de las instituciones financieras como resultado de su enorme deuda. Su apoyo a los regímenes más derechistas de América Latina bajo la batuta del Sr. Vargas Llosa es uno de los indicadores de tal dependencia. Dicha derechización ha tenido un impacto en su calidad y credibilidad, algo de lo cual el Sr. Torreblanca no parece ser consciente. Es una lástima (para ejemplos de tal limitada credibilidad, ver mi artículo “Manipulaciones y mentiras en El País”, Público, 30.12.14).

Vicenç Navarro | Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y autor del libro Ataque a la democracia y al bienestar. Crítica al pensamiento económico dominante, Anagrama, 2015

martes, 19 de julio de 2016

17621 aforados en España

Lo dicho. En Estados Unidos y Suiza, ninguno.

lunes, 18 de julio de 2016

Memoria histórica

Del Huffington Post:

DATOS SOBRE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Fue un conflicto desencadenado en España el 18 de julio de 1936, tras el fracaso parcial de un golpe de Estado llevado a cabo por el Ejército contra el Gobierno legítimo y democrático de la Segunda República. Estalló en un contexto de una economía atrasada, una estructura social muy desigual y la polarización de la sociedad en dos bandos.

Tuvo múltiples facetas: la lucha de clases, la guerra de religión, los enfrentamientos entre nacionalismos opuestos, la lucha entre la dictadura militar y la democracia republicana o entre fascismo y comunismo, las peleas en el campo entre jornaleros y señoritos, etcétera.

Los antecedentes al estallido de la guerra fueron los asesinatos del teniente de la Guardia de Asalto, José Castillo (republicano) y del diputado José Calvo Sotelo (monárquico), el 12 y el 13 de julio de 1936.

Los enfrentamientos entre las izquierdas y las derechas entre febrero y julio de 1936 llevaron a la percepción de que el Gobierno del Frente Popular no podía manejar la situación, lo que pudo servir como uno de los pretextos para el posterior golpe militar y fascista.

Fue el 8 de marzo cuando tuvo lugar en Madrid una reunión de varios generales que acordaron el alzamiento militar para derribar al Frente Popular, la coalición de partidos que sustentaba al gobierno de la Segunda República.

Los artífices principales del Golpe de Estado del 17 y 18 de julio de 1937 fueron, entre otros, los generales Emilio Mola, José Sanjurjo, Gonzalo Queipo de Llano y Francisco Franco. Fue un alzamiento que no triunfó en las grandes ciudades pero sí en las zonas rurales. Al no triunfar pero tampoco ser derrotado, derivó en una guerra civil que duró tres años de enfrentamiento fraticida entre españoles. Tras diversas vicisitudes, Franco se quedó al mando absoluto de la rebelión.

Juan March, uno de los empresarios más ricos de España entonces, financió y apoyó el golpe.

Hubo una enorme represión en ambos bandos. En la zona sublevada se dirigió principalmente contra los militantes obreros y campesinos, aunque también contra algunos intelectuales, como Federico García Lorca. Esta represión estuvo organizada por las autoridades militares y duró todo el conflicto.

En la zona republicana los grupos que sufrieron la violencia fueron sobre todo sacerdotes y las clases adineradas. Estos actos tuvieron lugar al principio de la guerra y los llevaron a cabo, en la mayoría de los casos, grupos incontrolados.

Francia y Reino Unido firmaron el Pacto de No Intervención, con el que se evitaba la intervención extranjera en la guerra. Ni la Alemania nazi de Hitler ni el Portugal de Salazar lo respetaron.


Las potencias fascistas de Mussolini y Franco apoyaron al bando nacional, mientras que la URSS apoyó al bando republicano. Las democracias occidentales dejaron sola a la República española. La ayuda soviética fue más dispersa y de menor calidad que la que recibió Franco.

Hitler ofreció en secreto apoyo aéreo a Franco para sus tropas terrestres. Esta fuerza de intervención fue la Legión Cóndor. Así, el canciller alemán pudo mejorar la calidad de sus aparatos y reparar los defectos de sus fuerzas aéreas. Además, Portugal permitió el libre paso de armas para el ejército de Franco por el territorio luso. La acción más terrible de la aviación fascista fue el bombardeo de Guernica, el 26 de abril de 1937. Se calcula que el 70% de los edificios quedaron destruidos.

Las Brigadas Internacionales fueron grupos de voluntarios reclutados por la Internacional Comunista en países de todo el mundo. Fueron alrededor de 40.000 y tuvieron un papel importante, sobre todo en la defensa de Madrid y las batallas de Teruel y del Jarama. Abandonaron España en octubre de 1938.

Artistas e intelectuales extranjeros apoyaron la causa republicana. Ernest Hemingway trabajó como reportero y fotógrafo durante el conflicto y George Orwell luchó en el lado republicano, aunque quedó desilusionado por la rivalidad entre las filas de izquierdas.

La renta nacional y per cápita del país no recuperó el nivel de 1936 hasta finales de la década de 1950.

Un ejemplo de la violencia y la represión fue la masacre en la plaza de toros de Badajoz, en la que el ejército sublevado asesinó a entre entre 1800 y 4000 - los datos no se han clarificado- civiles y militares defensores de la Segunda República.

La Iglesia católica apoyó el levantamiento, calificando la guerra como una "cruzada" o "guerra santa" en defensa de la religión. Así dieron al bando sublevado una legitimidad religiosa importante.

Madrid fue el gran bastión republicano. La capital resistió hasta los días finales de la Guerra. Aquí nació el lema "No pasarán" de Pasionaria y el verso "Madrid, capital de la gloria", de Rafael Alberti. Cuando Madrid cae y las tropas de Franco la ocupan, una cantante, Celia Gámez, entonó el "Ya hemos pasao", que contestaba a Pasionaria.

La Desbandá fue una masacre en la carretera Málaga-Almería cometida por las tropas franquistas el 8 de febrero de 1937, en la que una multitud de refugiados que andaban por la carretera huyendo hacia Almería, fue atacada causando la muerte a entre 3.000 y 5.000 civiles.

La gran batalla de la Guerra Civil es del Ebro, una ofensiva del bando republicano en la que logró avanzar hasta que Franco contraatacó, haciéndose con la victoria. Se produjo de julio a noviembre de 1938. Murieron miles y miles de españoles. Fue el principio del fin de la resistencia antifascista.

En 1939 se creó una Junta de Defensa para negociar el fin de la guerra con Franco, quien sólo admite la rendición. A finales de marzo las tropas nacionales entraron en Madrid y Almería y el 1 de abril Franco dio por concluida la guerra con el siguiente mensaje: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado".

Uno de los motivos de la derrota republicana fueron las divisiones internas entre socialistas, comunistas y anarquistas.

Las víctimas producidas por los sublevados fueron ignoradas durante el franquismo y aún hoy existen muchas dificultades para cuantificarlas e identificarlas. Muchas están dispersas por las cunetas de las carreteras españolas.

España, con más de 114.000 desaparecidos es el segundo país del mundo (tras Camboya) con el mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados o identificados, según la asociación Jueces para la Democracia.

Y cuatro datos demoledores para acabar, que aún hoy son discutidos:

Aunque se han dado cifras muy dispares al cuantificar las pérdidas, se calcula que hubo alrededor de 500.000 muertos durante la guerra.

Se calcula que hubo alrededor de 450.000 exiliados.

Tras la guerra hubo aproximadamente 120.000 muertos por hambre y enfermedad.

Unas 50.000 personas fueron ejecutadas una vez acabada la guerra, aunque es una cifra provisional. A esto se le suma las que murieron por las pésimas condiciones de las cárceles.

El 2% de la población es psicópata

La Organización Mundial de la Salud nos ofrece una estadística inquietante: el 2% de la población mundial (140.000.000 de personas) es psicópata. De estos, un 1%, cometen actos delictivos. La psicopatía (o trastorno antisocial de la personalidad) es una enfermedad mental que afecta únicamente a la voluntad, no a la inteligencia. Su rasgo esencial es la falta de empatía absoluta, el completo desprecio por el efecto de sus actos en los demás, y/o un grado sustancial de resentimiento que vehicula esos actos. El psicópata o sociópata no está exento de responsabilidad criminal.

domingo, 17 de julio de 2016

Falacia de la ventana rota y obsolescencia programada

La falacia de la ventana rota fue propuesta por el economista liberal Frédéric Bastiat en su ensayo de 1850 Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas ("Lo que vemos y lo que no vemos") para ilustrar la idea de los costes escondidos o costes de oportunidad: si un niño rompe el cristal de un comercio, al principio, todo el mundo simpatiza con el comerciante, pero algunos pronto empiezan a sugerir que el cristal roto beneficia al cristalero, que comprará pan con ese beneficio; a su vez beneficia al panadero, quien con ese dinero comprará zapatos, beneficiando al zapatero y así sucesivamente. En fin, el pensamiento capitalista vulgar, imbuido de un patológico optimismo emprendedor y cortoplacista llega a la conclusión de que el niño no es culpable de vandalismo: ha hecho un favor a la sociedad creando beneficio a toda ella.

Bastiat indica que la falacia consiste en que se consideran los beneficios del cristal roto pero se ignoran los costes escondidos: el comerciante está obligado a comprar un cristal nuevo cuando con ese dinero habría ido a comprar pan beneficiando al panadero de un modo más legítimo a largo plazo. Al final, mirando al conjunto de la industria, el resultado es negativo: se ha perdido el valor de un cristal, llegando Bastiat a la conclusión de que «la sociedad pierde el valor de los objetos inútilmente destruidos» y que «la destrucción no es beneficio».

Pues bien, esto se asocia estrechamente al defecto principal de la sociedad capitalista: produce demasiada basura (incluso basura humana, gente que en sí misma es basura porque no se les castigan este tipo de conductas: el niño al que se le permite romper ventanas, banqueros con contratos blindados que provocan la ruina de varias familias impunemente, políticos que se acogen a la prebenda de no ser juzgados y pasan o se desentienden de toda responsabilidad moral o no, técnicos que escogen tuberías de fibrocemento porque son más baratas aunque al cabo resulten más caras etc.), y esa basura, a la larga, perjudicará seriamente a la humanidad (o a nosotros, que duele más) porque, malthusianamente, los bienes son más escasos que nuestra capacidad para procesarlos. La obsolescencia programada es el resultado más perverso de esa manera capitalista de concebir el beneficio atendiendo solo a bienes particulares y no a bienes generales, como pretende el imperativo categórico kantiano. El mejor resumen de lo que expreso lo hizo un basurero al indicar que "quienes no recogen la basura que tiran con el pretexto de que así le dan trabajo al basurero deberían dejar que les rompiera la dentadura de un puñetazo para que los dentistas tuvieran trabajo".

La falacia de la ventana rota sirve para determinar si una medida es buena o mala mirando sus consecuencias a largo plazo para toda la población, y no sólo las que tienen lugar a corto plazo para una parte de la misma (por ejemplo, para ese porcentaje mínimo de ricos que se ha beneficiado de las políticas de Rajoy o, a mayor escala, de la patrona a la que sirve, la Merkel -y en el pasado a los políticos del pan para hoy y hambre para mañana: Thatcher y Reagan- a costa del adelgazamiento de un mucho mayor sector de la clase media, como ha señalado Thomas Piketty, y una mayor oscilación y falta de estabilidad en la economía a causa de la desregularización promovida por el neoliberalismo y sus no declarados discípulos socialistas: Blair, González etc.: la existencia de contrapesos reguladores garantiza la estabilidad a largo plazo. Y también a largo plazo es el cuidado de la buena calidad educativa de la población: ya se ve que ni Thatcher ni Reagan cumplían con un mínimo de humanidades, ni mucho menos de humanidad. En ellos eso era cuando menos rudimentario.

Y al final, resulta que la mayoría de nuestros políticos son unos niños irresponsables a los que hay que culpar de haber roto el cristal del futuro de la mayor parte de la sociedad, la clase media.

Malos augurios

Vivimos una gran depresión económica que va camino de durar una generación entera, en medio de un planeta que va camino del capitalismo más despiadado, y en el que el segundo poder del mundo lo ejerce la férrea tiranía del nihilismo y de la vulgaridad. Los jóvenes no pueden fundar una familia. Los esposos son abandonados por sus cónyuges. Por si todo esto fuera poco, no hay ningún rincón de nuestras ciudades del siglo XXI en el que, en cualquier momento, no pueda desatarse el infierno más irracional y doloroso. Solo es una cuestión de tiempo el que haya golpes terroristas a escala mucho mayor, un salto cualitativo hacia delante. Antes o después, el terrorismo pasará a otro nivel. Y los medios de comunicación que sermonean a todas horas las conciencias han degenerado hasta lo grotesco: se retransmite a todos los públicos incluso cómo dos mujeres de famosos deportistas se depilan el agujero del culo. Y no es que en España le vayan muy en zaga, pero casi. Solo hay que escuchar la retahíla de estupideces que se recita sin misericordia en los basureros de la "telela" y cómo esta ha abandonado por completo los contenidos didácticos y aun incluso el simple contenido. En el pasado decían los oradores que todo discurso debía prodesse, delectare y movere (enseñar, deleitar y motivar); pues ahora se ha abandonado lo primero porque solo lo otro es lo económico; se confunde al pensamiento con el mero dolor de cabeza y solo se considera racional lo beneficioso a corto plazo, "porque el mundo se va a acabar". Al abandono total de la educación en nuestra sociedad corresponden especularmente (en espejo, para los de la LOGSE) los medios de comunicación, ahora incluso monstruosamente multiplicados por medio de redes sociales y móviles. Y la investigación, algo que beneficia no a gente concreta sino a toda la humanidad, está moribunda, como dice el único Mariano que me interesa, Mariano Barbacid.

Rechazo por completo hacer de profeta y ojalá esté equivocado, pero creo que ya es demasiado tarde para evitarlo: estamos condenados y dentro de poco recogeremos las tempestades de los suspiros que vamos sembrando.