lunes, 22 de septiembre de 2014

Entrevista a Richard Dawkins

Entrevista a Richard Dawkins publicada en El País hoy

Ricardo de Querol, "Richard Dawkins: “No eduquen a los niños en dioses ni hadas”. El biólogo y divulgador, azote de las religiones, se reafirma en sus memorias en el activismo escéptico. “Es perverso instruir en falsedades”, asegura. Él solo cree en Darwin", El País,  22 SEP 2014 

Cuenta que de niño ya se daba cuenta de que Papá Noel era un señor disfrazado que se llamaba Sam. Al británico Richard Dawkins (Nairobi, 1941) no le basta haber llegado a la conclusión de que no hay Dios: quiere que todo el mundo lo entienda así. Sostiene alta la bandera del escepticismo este biólogo (zoólogo) de la Universidad de Oxford, estudioso de Charles Darwin, que saltó al primer plano cuando escribió en El gen egoísta (1976) que no somos más que vehículos de los genes, máquinas programadas para que ellos sean casi inmortales. “El cuerpo del animal no es más que un repositorio temporal”.

Desde entonces Dawkins es un exitoso divulgador científico y ensayista, habitual de los platós de televisión (ha producido documentales, al estilo de su admirado Carl Sagan). Lleva tiempo animando la polémica, también en las redes sociales, donde dispara y le disparan. Considera su misión combatir dogmas religiosos, supersticiones y seudociencias. En 2006 publicó El espejismo de Dios, un libro que aspira desde la primera página a conseguir que el lector pierda la mucha o poca fe que le quedara, un arrebatado e irónico texto que pretende desmontar uno a uno los argumentos del cristianismo y las demás creencias religiosas. En Evolución. El mayor espectáculo sobre la tierra, de 2009, Dawkins explica con lucidez a cualquier profano las pruebas abrumadoras de que ha sido la selección natural la que moldeó y sigue moldeando nuestra realidad. Da así la batalla contra el creacionismo, la idea de que el mundo se hizo en seis días y el hombre convivió con los dinosaurios, que trata de colarse en el sistema educativo de EE UU de la mano de sectores de la derecha como el Tea Party.

A sus 73 años, Dawkins ha encontrado el momento de mirar atrás y abordar sus memorias. Una curiosidad insaciable es el título de la primera parte de su autobiografía, editada por Tusquets. En ella explica cómo llegó a ser quien es desde que nació en Kenia de una familia británica de tradición técnica y científica y empleada del Imperio, lo que le llevó por varios países africanos antes de regresar a Inglaterra cuando tenía ocho años. Sabemos de su visión de la rígida escuela de los años cincuenta, del matonismo de otros y de su tartamudez, de su paso por las universidades de Oxford, clave en su carrera, y Berkeley, donde vivió la explosión hippy. Y conocemos los muchos nombres que cree importantes en su vida: los de sus ancestros y familiares, los de profesores y compañeros de clase, los autores que le influyeron. Y terminamos con la publicación de El gen egoísta. Habrá que esperar a la segunda parte de las memorias para entender su faceta de activista ateo, la que le llevó en el año 2009 a contratar publicidad en los autobuses de Londres con el lema: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”.

Recibe en su domicilio, un caserón tradicional en Oxford con un amplio salón lleno de luz por los ventanales en los dos extremos, donde puede percibirse cierto aroma del colonialismo que marcó su infancia. Grandes tallas de madera de animales, máscaras, jarapas de estilo étnico sobre los sofás. Un piano, un lienzo en su atril. Libros, algún cráneo en la estantería. Dos perros pequeños y de pelo muy largo se alegran de la visita y saltan a menudo sobre los periodistas; al entrevistado parece relajarle acariciar a alguna de sus mascotas. De entrada se niega a posar para la fotógrafa, lo que tiene por costumbre, pero no la ignora y en más de una ocasión parece estar pendiente del objetivo de su cámara.

La tribu y sus dioses.

Estamos a horas del referéndum que decidirá si Escocia se independiza, y desata un efecto dominó en Europa, o permanece en el Reino Unido. Pero Dawkins, apasionado en los temas de los que quiere hablar, sabe escaparse de aquellos que prefiere evitar.

—Vivimos tensiones nacionalistas en Escocia, en Cataluña, en Ucrania... ¿Observa un regreso a la tribu?

—Podemos decir que el nacionalismo en esos lugares es una forma de tribalismo. Uno se preguntaría por qué no van a algo más pequeño aún, como Cornualles o Gales. Las ciencias sociales son complicadas, la política lo es... Como biólogo no soy la persona adecuada para responder.

El nacionalismo es una forma de tribalismo. Uno se preguntaría por qué no van a algo más pequeño aún, como Cornualles o Gales.

—Le pregunto como biólogo, ensayista y activista. Ha escrito que la religión está en el centro de muchos conflictos actuales, como el de Siria e Irak, Palestina o Ucrania; antes en Yugoslavia o Irlanda. ¿No lucharán por la tierra más que por su idea de Dios?

—No creo que los conflictos estén motivados única y directamente por la religión. Por ejemplo, en Irlanda del Norte es entre católicos y protestantes, pero no creo que las personas que ponían una bomba estuviesen pensando en el dogma de la transustanciación. Lo que hace la religión es poner una etiqueta: en Irlanda del Norte se identifican como católicos y protestantes a pesar de que hablan el mismo idioma y tienen el mismo color. Te identifica hasta el nombre: si te llamas Patrick seguramente eres católico, si William eres protestante. Eso se convierte en la tribu: hay dos tribus en Irlanda del Norte. Y ha sido así durante siglos.

—Cuenta en su libro que era una persona muy religiosa, anglicana, cuando tenía 13 años. ¿Qué pasó? ¿Fue Darwin?

—Desde que yo tenía unos nueve años me di cuenta de que existían distintas religiones: el budismo, el islam, el hinduismo, el politeísmo de los griegos, los vikingos… Cualquier niño pensaba que solo la suya era la que estaba en lo cierto. Yo estaba preparado para ser antirreligioso. No sé cómo me mantuve en el cristianismo, debió ser influencia de la escuela. Pero sí, fue Darwin y fue el darwinismo el que nos salvó de todo eso. Cuando tenía unos 15 años.

—Usted no es un agnóstico, sino un ateo militante. ¿Por qué es necesario movilizarse contra la religión?

—Eso depende de su definición. Agnóstico significa “no sé”. Una definición que yo apoyo dice que es quien no tiene creencias positivas en un dios. El ateo siente una creencia positiva de que no hay Dios. Yo no tengo esa creencia. Lo que tengo es una ausencia de cualquier razón para creer en Dios, como tampoco en las hadas. Como científico, me conmueve la belleza del mundo y del universo. Como educador, veo perverso que a los niños se les eduque en falsedades cuando la verdad es tan hermosa.

—¿Y el ateísmo no puede ser también dogmático o intolerante?

—Siempre hay que argumentar tu causa, no callar a la gente. Durante siglos, hemos aceptado que no puedes criticar la religión. Hacerlo parece intolerante pero no lo es.

Educando escépticos.

En un pasaje de su libro, Dawkins se muestra contrario a la forma en que la mayoría de familias inculcan explicaciones mágicas a sus niños. “No puedo evitar preguntarme si una dieta de cuentos de hadas repletos de encantamientos y milagros, hombres invisibles incluidos, es dañina desde un punto de vista educativo”, escribe. “¿Por qué los adultos promueven la credulidad de los niños? ¿Es realmente un error tan descabellado plantearles a los niños que creen en Papá Noel un pequeño y simple juego de preguntas y respuestas que les haga pensar? ¿Cuántas chimeneas tendría que visitar en una noche? No se trata de decirles que Papá Noel no existe, sino de fomentar el intachable hábito del cuestionamiento escéptico”. Él asume que eso es impopular: “Siempre que planteo esta cuestión me echan a patadas de los sitios por querer interferir en la magia de la infancia”.

Su escepticismo no se dirige solo contra la religión: también contra la superstición y las seudociencias (astrología, videncia, tarot o ufología), a las que dedicó su ensayo Destejiendo el arco iris (1998). Es más prudente sobre la llamada medicina alternativa: si se prueba su eficacia deja de ser alternativa. Pero no es el caso de la homeopatía: “Es interesante: con el método de doble ciego [ni el paciente ni el investigador saben cuál es el fármaco y cuál el placebo] no hay diferencias. Ambos son placebo”.

En su libro, Dawkins critica el modelo educativo según el cual el profesor dicta la lección a los alumnos, que la memorizan, en vez de incentivar sus habilidades para instruirse e investigar por su cuenta. “De estudiante, una vez se me olvidó llevar bolígrafo y yo era entonces demasiado tímido para pedir uno a mi compañera sentada al lado. Así que simplemente me senté y escuché, y cuando llegué a casa me di cuenta de que es una forma mejor de aprender. El propósito del profesor no debe ser impartir información sino inspirar a las personas”.

Richard Dawkins. / CARMEN VALIÑO
Quemándose en las redes

Dawkins es un pertinaz usuario de Twitter (@RichardDawkins), donde se esfuerza en ser provocador y en replicar o retuitear mensajes de otros usuarios. Ha pisado más de un charco. “Twitter es un sitio extraño porque hay mucha gente que grita. Si vas por la calle, un borracho o un tonto te pueden insultar. En Internet tienes un multiplicador de ese efecto. Hay que tener caparazón”. Él lo tiene, sin duda.

—¿Se ha arrepentido de algún tuit?

—Sí, porque son fácilmente malinterpretados. A veces veo que lo pude evitar.

Uno de sus mensajes desató una tormenta: “La violación en una cita está mal. La violación por un extraño es peor. Si usted piensa que esto es una aprobación de la violación en una cita, váyase a aprender cómo pensar”, escribió en 140 caracteres.

—En un país como el suyo, conmocionado por escándalos de abusos sexuales, esa frase parece una falta de sensibilidad hacia las víctimas.

—Creo que es estúpido negar que hay diferentes grados de crímenes sexuales. Hay gente que por motivos emocionales quiere que todos los crímenes sean considerados del mismo nivel. Es como si alguien te roba la cartera y piensas que es lo mismo que robar un banco a punta de pistola. Son delitos ambos, pero uno más grave que esto. ¿No le parece así?

—Me parece que cualquier violación tiene efectos graves a largo plazo.

—Yo también lo creo.

—Y me cuesta pensar en un grado moderado o leve de violación.

—No dejaré que se escape con esto. Está acompañado por muchos estúpidos en Twitter. Cuando uno dice que algo es peor que otra cosa, no lo está aprobando.

El tuitero Dawkins también ofendió a muchos cuando alguien le pidió consejo sobre qué hacer si el hijo que esperaba fuera a tener síndrome de Down. “Aborte e inténtelo otra vez. Sería inmoral traerlo al mundo si tiene elección”, respondió.

—¿De verdad cree una obligación moral el aborto en caso de síndrome de Down?

—Yo dije que personalmente me parecía inmoral tenerlo. No que fuera una regla universal, pero sí lo es para mí y para el 90% de mujeres que lo haría en esa circunstancia. ¿Sabe lo que les sucede? Mueren muy jóvenes, tienen terribles enfermedades, deficiencia mental. Creo que cuando el feto no está suficientemente desarrollado, y no tiene un sistema nervioso, es mejor abortar. Me han bombardeado en Twitter enviándome fotografías de niños con Down y diciéndome: quiere usted matar a mi hijo. Claro que no quiero matar a su hijo, sino detener la posibilidad de que vengan más niños como él al mundo cuando no son más que un renacuajo.

Ética de ciencia ficción

Cuando se le pregunta por dilemas éticos que podrán surgir en el futuro, Dawkins admite el juego aunque avisa de que entramos en el terreno de la ciencia ficción. La cacareada vida artificial en que trabaja el genetista Craig Venter le deja frío. “Creo que estoy en lo correcto cuando digo que solo está intentando crear nuevas versiones de una bacteria que ya existe. Como las bacterias se reproducen o clonan tan rápidamente, si las empleas para algo útil, como por ejemplo convertir un despojo cárnico en petróleo, estás haciendo un bien real”.

—¿Y le preocuparía la clonación de humanos?

—Un escenario como el de Un mundo feliz, de Huxley, con esas líneas de producción de miles de copias de seres humanos idénticos creados para ser jardineros o cualquier trabajo me horroriza, porque soy un producto del siglo XX y eso es muy lejano al mundo al que estoy acostumbrado, a mis valores. Si alguien me quisiera clonar a mí me interesaría mucho, tendría mucha curiosidad, pero no quisiera que mi clon fuera el primero porque iba a ser víctima de una horrible publicidad.

En un programa de televisión se propuso a Dawkins un experimento que no llegó a ser viable. Pretendían aislar su genoma y enterrarlo en el panteón de su familia, ante las cámaras, con el objetivo de que alguien lo recupere y resucite dentro de, pongamos, mil años. Era una excusa para debatir sobre la clonación, y le preguntaron a Dawkins si su clon del futuro sería él. “Por supuesto que no sería yo. Es como si preguntas a dos gemelos idénticos si son dos personas o si uno es persona y el otro zombi. Otra cosa que iban a pedirme es que escribiera consejos para mi clon, para que, ya que iba a tener los mismos genes, no cometa los mismos errores que yo”.

Estaría muy interesado en una clonación, pero no sería bueno para mi clon ser el primero y tener esa horrible publicidad.

—En su libro usted cuestiona el concepto de identidad personal, dado que las células que tenemos no son las que estaban al nacer. Entonces solo somos la memoria.

—Es una cuestión interesante para la filosofía. Imagine que usted pudiera hacer una réplica perfecta de su cuerpo, no un clon en sentido genético sino una copia de cada átomo. Esto no se puede hacer científicamente, pero sí filosóficamente. Probablemente la réplica tendría su cuerpo, todos sus recuerdos, los mismos pensamientos. ¿Cuál de los dos sería usted? Pero una vez que están ahí, se empezarían a separar, tendrían nuevas experiencias y entonces ¿cuál eres? Son cuestiones que no se pueden responder de una manera experimental pero que son filosóficamente fascinantes.

—Sostiene Stephen Hawking que la filosofía ha muerto, porque ahora es la ciencia la que da las respuestas.

—No creo que la filosofía haya muerto, sí que ha perdido terreno.

—Usted ha escrito que la Segunda Guerra Mundial no habría ocurrido si el padre de Hitler hubiera estornudado en un momento determinado. Y en otro capítulo apunta que en otro siglo usted habría sido un clérigo. ¿Somos azar hasta ese punto? ¿Es usted escéptico o ateo debido al azar?

—La realidad depende de detalles muy pequeños. Sabemos que todos los mamíferos vienen de un individuo que existía en la época de los dinosaurios. Si ese pequeño mamífero hubiera muerto antes de reproducirse, quizás también estarían aquí los mamíferos pero serían completamente distintos. Quizás ese mamífero sobrevivió por un estornudo del dinosaurio. Respecto al ejemplo de Hitler, cada uno de nosotros cobramos existencia porque uno entre muchos millones de espermatozoides fertilizó el óvulo. El movimiento más ligero mientras sus abuelos estaban copulando, que un perro ladrara y perdieran la concentración o se movieran, haría que el resultado hubiera sido otro. De ahí que diga que con un estornudo años antes no habría habido guerra. Y ninguno de nosotros existiría ahora si no hubiera existido Adolf Hitler.

Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford. Richard Dawkins. Traducción de Ambrosio García Leal. Tusquets. Barcelona, 2014. 311 páginas. 21 euros (en digital, 12,34 euros).

Apólogo del payaso

De Carlos Sánchez, en El Confidencial:

El economista Jesús Fernández-Villaverde –inexplicablemente todavía fuera del Gobierno– rescataba hace unos días un prodigioso aforismo del filósofo danés Soren Kierkegaard, de quien Pío Baroja decía que era “un tipo muy poco explicable para un meridional”. El conocido aforismo hace referencia a lo que imaginariamente sucedió en un teatro tras declararse un incendio entre bastidores.

"En ese momento –decía Kierkegaard– el payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia a los espectadores, esta vez con mayor firmeza, pero los aplausos fueron todavía más jubilosos. Así creo yo –sostenía el padre del existencialismo– que perecerá el mundo: en medio del júbilo general de la gente respetable, que pensará que se trata de un chiste”. Baroja, con razón, sostenía que Kierkegaard era “un hombre tan triste como su apellido (cementerio)”.

Lo era. Pero lo que está fuera de toda duda es que el sabio danés acertaba cuando situaba en la incredulidad el origen de muchas catástrofes. O dicho desde otro ángulo: la ausencia de credibilidad de los protagonistas de la cosa pública –como le sucedía al payaso de Kierkegaard en medio del incendio– está detrás de una corriente de fondo (no es un movimiento coyuntural) que recorre Europa sin que, por el momento, nadie –o casi nadie– sea capaz de prever o, incluso, identificar el nacimiento de algunas catástrofes.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La tecnología nos fuerza a desaprender

Enrique Dans y Joseba Elola, para Abc, "Hacia el ‘homo technologicus’", 21 de septiembre de 2014: 

Delegamos cada vez más en la tecnología. Guía nuestros pasos, relaciones, trabajos. Y vamos externalizando capacidades. El ensayista Nicholas Carr alerta de los peligros de la revolución digital.

En la primavera del año 1995 el transatlántico Royal Majesty encalló, inesperadamente, en un banco de arena de la isla de Nantucket. A pesar de estar equipado con el más avanzado sistema de navegación del momento, hundió el morro en esta isla situada a 48 kilómetros de Cape Cod, Massachusetts, en Estados Unidos. Procedía de las islas Bermudas y se dirigía hacia Boston, con 1.500 pasajeros a bordo. La antena del GPS se soltó, el barco fue desviándose progresivamente de su trayectoria y ni el capitán ni la tripulación se dieron cuenta del problema. Un vigilante de guardia no avistó una importante boya junto a la que el barco debía pasar, y no informó: ¿cómo se va a equivocar la máquina? Afortunadamente, el accidente no produjo heridos.

El prestigioso ensayista norteamericano Nicholas Carr utiliza este episodio para ilustrar hasta qué punto hemos depositado nuestra fe en las nuevas tecnologías, que no siempre resultan infalibles.

En algunos casos, pueden arrastrarnos a lugares a los que no queríamos llegar.

En su nuevo libro, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas -que publica Taurus esta semana-, Carr, de 55 años, explica que hemos caído en una excesiva automatización, proceso mediante el cual hemos externalizado parte de nuestras capacidades. La tecnología guía nuestras búsquedas de información, nuestra participación en la conversación de las redes, nuestras compras, nuestra búsqueda de amigos. Y nos descarga de labores pesadas.

Todo ello, poco a poco, nos conduce a lo que Carr denomina complacencia automatizada: confiamos en que la máquina lo resolverá todo, nos encomendamos a ella como si fuera todopoderosa, y dejamos nuestra atención a la deriva. A partir de ese momento, si surgen problemas, ya no sabemos cómo resolverlos.

La pequeña historia del Royal Majesty, de hecho, encierra toda una metáfora: hemos puesto el GPS y hemos perdido el rumbo.

Algo así es lo que nos viene a explicar el experto estadounidense: “Estamos embrujados por las tecnologías ingeniosas”, dice en conversación telefónica desde su casa en Boulder, Colorado, en las Montañas Rocosas. “Las adoptamos muy rápido porque pensamos que son cool o porque creemos que nos descargarán de trabajo; pero lleva tiempo darse cuenta de los peligros que encierran, y no nos paramos a pensar cómo estas herramientas cambian nuestro comportamiento, nuestra manera de actuar en el mundo”.

Las tecnologías nos están robando talentos que solo se desarrollan cuando se lucha duro por conseguir las cosas. Este estudioso de las nuevas tecnologías, que en 2011 fue finalista del premio Pulitzer con su anterior obra, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras vidas?, estima que la complacencia automatizada está mermando nuestras capacidades. Y usa un ejemplo bien sencillo: gracias a los correctores automáticos, hemos externalizado nuestras habilidades ortográficas. Cada vez escribimos peor. Desaprendemos.

“A medida que empresas como Facebook, Google, Twitter y Apple compiten más ferozmente por hacer las cosas por nosotros, para ganarse nuestra lealtad, el software tiende a apoderarse del esfuerzo que supone conseguir cualquier cosa”.

Pregunta: ¿Qué nos están robando las nuevas tecnologías?

Respuesta: Nos están robando el desarrollo de preciosas habilidades y talentos que solo se desarrollan cuando luchamos duro por las cosas. Cuanto más inmediata es la respuesta que nos da el software diciéndonos adónde ir o qué hacer, menos luchamos contra esos problemas, y menos aprendemos. Nos roba también nuestro compromiso con el mundo. Pasamos más tiempo socializando a través de la pantalla, como observadores. Reduce los talentos que desarrollamos y, por tanto, la satisfacción que se siente al desarrollarlos.

El discurso tecno-escéptico de Carr puede ser rebatido desde muchos flancos. No son pocas las voces que se alzarían diciendo que esas mismas tecnologías están permitiendo expandir la capacidad de comunicación de las gentes, las posibilidades de aprender o incluso de organizarse para cambiar las cosas y comprometerse con el mundo. El propio Carr matiza su discurso alabando las inmensas posibilidades que la red ofrece para acceder a información y comunicarse. Pero hay costes asociados.

Mantener la atención en el nuevo escenario tecnológico, de hecho, no es cosa fácil. Los estímulos y distracciones que almacenan los teléfonos inteligentes que acarreamos o las pantallas a las que estamos conectados nos impiden centrarnos. Nos hacen sobrevolar las cosas. Pasar de una otra, sin ton ni son, en un profundo viaje hacia la superficialidad.

Carr, que fue asesor editorial de la Enciclopedia Británica, sostiene que la automatización en la que nos hallamos inmersos conduce, además, a una sociedad con médicos de atención primaria que emplean entre un 25% y un 55% de su tiempo mirando a la pantalla en vez de prestar atención a la narración del paciente; a arquitectos que utilizan plantillas que propician uniformidad urbanística; y a financieros que delegan operaciones en la máquina que, cuando falla, pasa factura.

De hecho, ya se han empezado a dar pasos atrás en el proceso de automatización. El 4 de enero de 2013, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos emitía un comunicado instando a las compañías aéreas norteamericanas a que incentivaran las operaciones de vuelo “manuales”. Las investigaciones sobre accidentes e incidentes en vuelo, explica Carr, indicaban que los pilotos se habían vuelto demasiado dependientes de la navegación automática.

La automatización supone, además, una amenaza para el empleo y convierte a los trabajadores en accesorios de la máquina, en ejecutores de labores cada vez más mecánicas, al externalizarse capacidades intelectuales. “Es muy triste. No solo supone una amenaza para el sustento de la gente, sino que nos convierte en observadores más que en actores. Nuestra experiencia y múltiples estudios psicológicos demuestran que implicarse es la forma de estar satisfecho en el trabajo”.

Este proceso se ve alimentado por una doble fuerza: por un lado, las empresas potencian la automatización en pro de la eficiencia y la cuenta de resultados. Y por otro, los trabajadores aceptan de buen grado estas tecnologías: “Nos inclinamos hacia ellas porque nos ofrecen la ilusión de que tendremos más tiempo libre”. Ahí está la trampa. “Muchos emprendedores e inversores de Silicon Valley nos dicen: ‘Esto mejorará nuestras vidas, nos liberará’. Esa retórica utópica esconde el hecho de que, en muchos casos, las tecnologías no están haciendo nuestras vidas mejores, ni nos están dando mejores trabajos o actividades, sino que están haciendo cada vez más ricos a los plutócratas de Silicon Valley”.

Carr, exdirector de la Harvard Business Review, rechaza que en este caso se trate del viejo miedo a la máquina de los tiempos de la Revolución Industrial: “Hay una gran diferencia: los ordenadores pueden hacer ahora muchos más tipos de trabajo: no solo se hacen con los de producción, mediante robots, sino que se hacen con los analíticos. Esta vez asistiremos a una pérdida neta de empleos”.

El ensayista norteamericano lleva su reflexión más allá. Existe, dice, una amenaza para nuestra libertad. “La gente hace amistades automatizadas por empresas como Facebook o Twitter, lo que supone que cada vez elabora menos sus propios pensamientos. El ordenador se apodera incluso de áreas íntimas de nuestra vida”. Nos inclinamos hacia ellas porque nos ofrecen la ilusión de que tendremos más tiempo libre.

P. ¿Cree usted que la tecnología, de algún modo, puede hacer que seamos menos libres?

R. Sí, así lo creo. La libertad empieza con la libertad de pensamientos, que significa la habilidad de controlar tu propia mente, a qué prestas atención, qué consideras importante. Y ahora que llevamos computadoras encima todo el tiempo, en forma de teléfonos inteligentes, tabletas o lo que sea, el ordenador determina cada vez más adónde se dirige nuestra atención. Las empresas de software y de Internet saben muy bien qué es lo que atrapará nuestra atención. Cuando empezamos a regalar el control de nuestra mente y de nuestra atención, perdemos una fuente muy importante de libertad y libre albedrío.

P. ¿Es un peligro para nuestra sociedad que nuestras búsquedas de información, o compras, estén guiadas?

R. Hay algoritmos secretos que, en cierto modo, nos están manipulando.

P. ¿Nos están manipulando?

R. Lo estamos en muchos casos. Facebook determina con sus algoritmos lo que ves de tus amigos. Pero como no informa de sus algoritmos, no sabemos qué intenciones tiene, por qué nos enseña una cosa y no la otra. Si haces una búsqueda en Google, son sus algoritmos secretos los que determinan lo que vas a ver y no sabemos cómo escogen lo que nos muestran. Podemos tener la esperanza de que su manipulación es benigna, que nos están ayudando, pero no podemos estar seguros de ello.

Carr, que rechaza ser calificado de tecnófobo, considera que el problema es que las máquinas están diseñadas por tecnólogos que solo están preocupados por saber hasta dónde es capaz de llegar la máquina, y no de qué modo puede ésta expandir nuestras capacidades. “Las innovaciones tecnológicas no se pueden parar. Pero podemos pedir que se designen dando prioridad al ser humano, ayudándonos a tener una vida plena en vez de apoderarse de nuestras capacidades”.

Cartas de amor

Jesús Espada ha ganado el Premio Internacional del III Concurso de Cartas de Amor celebrado en Cobisa (Toledo) con la carta de amor titulada «Por si mañana». Espada compitió en el apartado de «mejor carta de amor remitida desde cualquier otro lugar del mundo». Esta es la carta ganadora:

«Por si mañana» (Carta de un  enfermo de Alzheimer):

JESÚS ESPADA

Querida Julia:

Te escribo ahora, mientras duermes, por si mañana ya no fuera yo el que amanece a tu lado.
En estos viajes de ida y vuelta cada vez paso más tiempo al otro lado y en uno de ellos, ¿quién sabe?, temo que ya no habrá regreso.
Por si mañana ya no soy capaz de entender esto que me ocurre. Por si mañana ya no puedo decirte cómo admiro y valoro tu entereza, este empeño tuyo por estar a mi lado, tratando de hacerme feliz a pesar de todo, como siempre.
Por si mañana ya no fuera consciente de lo que haces. Cuando colocas papelitos en cada puerta para que no confunda la cocina con el baño; cuando consigues que acabemos riéndonos después de ponerme los zapatos sin calcetines; cuando te empeñas en mantener viva la conversación aunque yo me pierda en cada frase; cuando te acercas disimuladamente y me susurras al oído el nombre de uno de nuestros nietos; cuando respondes con ternura a estos arranques míos de ira que me asaltan, como si algo en mi interior se rebelase contra este destino que me atrapa.
Por esas y por tantas cosas. Por si mañana no recuerdo tu nombre, o el mío.
Por si mañana ya no pudiera darte las gracias. Por si mañana, Julia, no fuera capaz de decirte, aunque sea una última vez, que te quiero.
Tuyo siempre
T.A.M.R.».

En el apartado de carta local, la misiva ganadora ha sido «Penélope, amiga mía» y su autor es José Julián Uceta, profesor de la Escuela de Teatro de Cobisa.

«Penélope, amiga mía»

JOSÉ JULIÁN UCETA

Penélope, amiga mía:

Tú que sufres con la brutal honestidad, que temes las verdades más que las mentiras, te digo:

No te quiero.

Más vale vivir con una dura verdad que quedarse con la duda o vivir una falsa realidad; ese es el verdadero sufrimiento.

Debes saber que mi corazón está escondido en la trinchera, la última batalla lo dejó malherido, pensó que sería la vencida y solo fue pérdida de tiempo.

He de decirte que desistas, es inútil que lo intentes, he construido una fortaleza a mi alrededor esclavizando todos los bolígrafos de mi casa. Cada palabra escrita es un ladrillo, los sentimientos son el cemento y el tiempo es mi arquitecto.

Mi coraza es una obra descorazonada e injusta, lo sé, pero no quiero que la derribes, solo que la comprendas. Me ha costado mucho sufrimiento construirla y mucho más me costará deshacerme de ella.
Has sido egoísta, el culmen de tus sentimientos nos ha destrozado, ya no te reconozco cuando te miro a la cara. Siento que no queda de amistad entre nosotros, solo cenizas de un incendio provocado. Te desatas con conminaciones a modo de ráfaga en los sitios más inoportunos, haciendo imposible mi perdón.

Crees que nada sucederá después, pero siempre sucede, pues la vida no se detiene ni se para a esperarte. O sigues con ella aceptando y entendiendo sus mil manías o naufragas con tus mil locuras en tu realidad alternativa. No exijas condiciones, no somos nadie para hacerlo, solo somos polvo. Nada es tan bonito ni nada es tan triste, ni siquiera nuestra historia, simplemente es.

Te ruego, disculpa mi crudeza, mi rudeza y mi entereza; cuando el mundo cambie empezaré a fiarme de quien sea. Confundiste mi amistad, espero que sepas interpretar mejor esta misiva:

Quiéreme menos y quiéreme mejor.

Nunca tuyo,

E.L.»

viernes, 19 de septiembre de 2014

El autismo crece y nadie sabe por qué

Héctor G. Barnés, para El Confidencial, “En 2025, la mitad de los niños serán autistas por el glifosato” 15/09/2014:

El de la doctora Stephanie Seneff es uno de los nombres más polémicos de la ciencia estadounidense, especialmente después que denunciase que los alimentos genéticamente modificados (OGM) han disparado el número de enfermedades crónicas, así como las alergias alimentarias y otras dolencias como la diabetes, el alzhéimer, el párkinson, la esclerosis múltiple o el síndrome de colon irritable, entre muchos otros. Los últimos trabajos de esta científica del MIT ponen su foco en el autismo, una enfermedad cada vez más frecuente y de la que, sin embargo, aún disponemos de poca información.

Según la presentación que realizó el pasado mes de junio, el glifosato, componente principal del herbicida Roundup, es el principal causante de que estas enfermedades se hayan disparado de forma tan rápida, así como la intolerancia al gluten. El problema es que dicho herbicida es producido por Monsanto, el mayor fabricante mundial de semillas transgénicas y una de las multinacionales más poderosas del mundo, que ha defendido la seguridad de su producto en su propia página web. Muchos no han tardado en desacreditar la teoría de Seneff, como ocurre con la veterana periodista de nutrición Tamar Haspel en las páginas de The Huffington Post. En dicho artículo, la autora recuerda que no se trata más que pura especulación, no refrendada por ningún dato y, además, desvela que Seneff está especializada en ciencia computacional e ingeniería eléctrica, y que su interés por la alimentación es reciente.

Sea como sea, lo que es innegable es que la prevalencia del autismo ha aumentado sensiblemente durante las últimas décadas, y aún no hemos sido capaces de llegar a un consenso sobre la misma. Actualmente, alrededor de uno de cada 175 niños de todo el mundo nace con este trastorno, aunque varía en cada país. En Estados Unidos, la prevalencia se encuentra actualmente en el 1,5%, mientras que en 1975, tan sólo uno de cada 5.000 niños tenía autismo, según los datos publicados por K. Wintraub en un artículo publicado en Nature. Seneff utiliza este cuadro para trazar su previsión y asegurar que, si el crecimiento sigue estable, para el año 2025 la mitad de los niños podría sufrir autismo. "Al ritmo actual, uno de cada dos niños será autista", anunció en la conferencia celebrada en Groton, Massachusetts.

Uno de los principales problemas con el autismo es que, en la mayor parte de casos, sus causas son desconocidas. Como explicaba dicho artículo de Wintraub, en un 46% es imposible explicar el origen del trastorno, aunque aduce otras razones por las que se haya disparado el número de diagnósticos. Es el caso de que algunos de los que simplemente habrían sido considerados como víctimas de retraso mental ahora se clasifican como autistas (25%) o aquellos que encajan en la descripción por un mayor conocimiento de la enfermedad (15%). No existe un consenso sobre los orígenes de la enfermedad, que se atribuyen tanto a causas genéticas (los hermanos mellizos suelen desarrollar de igual manera la enfermedad) o alteraciones neurológicas.

El estudio presenta una correlación casi perfecta entre el aumento de la utilización de glifosatos y la prevalencia del autismo aunque la correlación no tiene por qué significar causalidad.

Más preocupante aún resulta que el autismo se deba a agentes ambientales, como la exposición a determinadas sustancias durante el embarazo, algo se encontrarían en sintonía con la tesis defendida por Seneff. Esta presenta una correlación casi perfecta entre el aumento de la utilización de glifosatos y la prevalencia del autismo aunque, como de costumbre, la correlación no tiene por qué significar causalidad. Según la teoría de la científica del MIT, el glifosato inhibe las encimas CYP (citopromo p450), activas en muchos procesos metabólicos, y daña la ruta del ácido skihímico, que sin embargo sólo es llevado a cabo por bacterias, plantas, algas y hongos, pero no por animales, algo que sus detractores o la propia Monsanto han planteado como una importante inconsistencia. Seneff aclara, a tal respecto, que la bacteria estomacal sí realiza dicho proceso, y que es necesaria para proveernos con aminoácidos esenciales.

Otra dificultad con la que se encuentran dichas investigaciones es que no han podido demostrar la correlación entre el compuesto y su supuesto efecto pernicioso entre hombres. Pero Seneff recuerda que este efecto es acumulativo, y que es imposible que se refleje en estudios a corto plazo, como los que se han realizado hasta el momento. Tan sólo una investigación a largo término podría demostrar dicha vinculación. El estudio publicado en la revista Entropy y realizado junto a Anthony Sampel fue calificado como “falaz” por un artículo en The Examiner, que recordaba que este no había aportado ninguna información, sino que se había limitado a revistar otros estudios previos, algunos de los cuales habían sido desacreditados, como aquel en el que Gilles-Eric Sérallini aseguraba que las comidas genéticamente modificadas provocaban la aparición de tumores en ratas.

La única solución, para Seneff, es esa: prohibir por completo la utilización del glifosato en agricultura. El glifosato, explican los investigadores, puede encontrarse en la orina y en la sangre de las embarazadas. En Estados Unidos, estos niveles son 10 veces superiores a los de Europa. Y algunos de los biomarcadores del autismo como el mal funcionamiento de la bacteria estomacal, la deficiencia en metionina, el desorden mitocondrial o el síndrome de deficiencia de la aromatasa pueden ser producto de una única causa, el tan peligroso glifosato. En una entrevista con Alternet, Seneff aclaraba que en Sri Lanka o El Salvador, muchos trabajadores del campo morían jóvenes de problemas renales causados por el glifosato, lo que ha provocado su prohibición en dichos países. La única solución, para Seneff, es esa: prohibir por completo la utilización del glifosato en agricultura.

Como cada vez que aparece una disputa semejante, es complicado saber quién tiene razón y quién no, y sobre todo, hasta qué punto. Ni siquiera un experto en química y nutrición podría asegurar la falsedad o verosimilitud de dichas investigaciones sin dedicarse, por su cuenta, a investigarlo, y ni aun así llegaría a una conclusión definitiva. Además, siempre quedará la sospecha de la influencia que grandes corporaciones ejercen no sólo sobre diversos científicos a nivel individual, sino también cómo esto condiciona a la comunidad científica en general. Mientras tanto, el número de autistas, probablemente, seguirá creciendo. 

Tres tendencias que dominarán el futuro

Miguel Ayuso, en El Confidencial: "Las tres megatendencias que cambiarán el mundo para siempre (y amenazan a España)" 19/09/2014

En un país en el que una de cada cuatro personas no tiene trabajo resulta difícil ser optimista. Pero aún queda gente que asegura, sin ambages, que el mundo que viene será mucho mejor que este. ¿Por qué deberíamos creernos tal cosa?

En opinión de Juan Martínez-Barea, pionero de la creación de empresas tecnológicas, exdirectivo de empresas como Abengoa y Mckinsey, y antiguo secretario general de Innovación de la Junta de Andalucía, no hay más que mirar los datos. “No pretendo ser ningún gurú futurista”, asegura. “Pero a pesar de todos los problemas que acontecen en cada época, por debajo la evolución siempre es positiva. La renta per cápita no para de crecer, la desigualdad baja, la pobreza desaparece, los objetivos del milenio se van cumpliendo…”

En su nuevo libro, El mundo que viene (Gestión 2000), Martínez-Barea describe las principales tendencias de futuro que, asegura, se producirán en menos de una década. “Por sí sola, cada una de estas tres macrotendencias bastaría para cambiar el mundo de forma radical”, explica el empresario en el libro. “Las tres confluyendo de forma simultánea y colisionando van a propiciar la emergencia de una nueva era para la humanidad”.

1. La aceleración tecnológica

“Llevamos décadas hablando de esto”, reconoce Martínez-Barea, “pero en los años que quedan hasta 2020 es cuando de verdad vamos a vivir una aceleración tecnológica como nunca antes en la historia”. El empresario asegura que en la próxima década los avances serán mayores que en el último siglo, ya que estos se realizan de manera exponencial.

En 2030 habrá una capacidad instalada que será capaz de generar el 100% de la electricidad consumida en el mundo.

“Ya está ocurriendo con los ordenadores, un iPhone tiene más potencia que los que llevaron al hombre a la luna”, asegura Martínez-Barea, pero en la próxima década será la biotecnología la que lídere esta revolución. “Igual que a finales del siglo XX el lenguaje del mundo ha sido el código binario, en el XXI el lenguaje del mundo va a ser el ADN”, explica el empresario –que hoy en día dirige Universal Diagnostics, una empresa biotecnológica–. “Cualquier persona puede pedir que codifiquen su ADN y a partir de ahí conocer qué posibilidades tiene de desarrollar una u otra enfermedad. Esto va a cambiar radicalmente la medicina, que va a evolucionar de una medicina curativa a una medicina preventiva”.

A nadie se le escapa que toda esta aceleración tecnológica tiene un reverso tenebroso. En un mundo en el que, por el momento, los recursos son finitos, es necesario preguntar si el crecimiento va a ser sostenible. Martínez-Barea reconoce que el cambio climático está ahí pero, de nuevo, cree que sabremos solventar el problema.

“La energía solar va a vivir un boom increíble”, explica el futurólogo. “Antes era muy cara, pero en muchos lugares ya ha alcanzado el precio de paridad con la red, es más barato generar electricidad con paneles solares que comprarla a la red eléctrica. Esto va a tener un gran impacto. Todos y cada uno de nosotros seremos productores de electricidad. La capacidad instalada de energía solar se duplica cada 18 meses. En 2030 habrá una capacidad instalada que será capaz de generar el 100% de la electricidad consumida en el mundo”.

2. La hiperconectividad

La hiperconectividad acabará con las limitaciones geográficas. Hoy hay cerca de 3.000 millones de personas conectadas pero, según Google, en 2020 habrá 7.000. Prácticamente toda la humanidad estará conectada a Internet. Y esto, asegura Martínez-Barea, supondrá el fin de la geografía: “Cada vez va a dar más igual dónde vivas. Se ha creado una plataforma que permite que cualquier persona acceda a todo el conocimiento del mundo con alargar la mano. Hoy en día un niño que nazca en Nueva York tiene acceso casi a las mismas oportunidades que un niño de un pueblo de Almería”.

Cualquier persona tiene que posicionarse y saber cómo va a competir. Y si no tiene ambición, y valor añadido, para estar entre los trabajadores de alta cualificación se quedará con los trabajadores low-cost
Esta hiperconectividad llevará a un mundo hiperglobalizado, donde habrá una feroz competencia global. Y esto afectará de forma determinante al mercado laboral. Teniendo en cuenta que el desempleo es ya un problema en muchísimos países, ¿qué ocurrirá cuando tengamos que competir en igualdad de condiciones con el resto del mundo?

“MI libro es muy optimista, porque hablo de la meritocracia total, pero es cierto que será un mundo hipercompetitivo y tendremos que ponernos las pilas”, reconoce el empresario. “La ley del precio único implica que cualquier producto en cualquier parte del mundo va a valer igual. Un producto que se pueda hacer más barato en España que en Estados Unidos lo venderemos nosotros, y si lo hacemos más caro que en Europa del Este lo venderán ellos”.

El empresario reconoce que en sólo una década el mercado de trabajo se fragmentará y desaparecerán la mayoría de puestos intermedios: habrá trabajos muy cualificados y bien remunerados, y trabajos low-cost. Una división que, nos guste o no, creará desigualdad. Y en esto Martínez-Barea tiene más dificultades para defender su optimismo.

“Se van a separar muy claramente las dos clases profesionales”, reconoce. “Y esto lo va a acelerar la automatización. ¿Qué va a pasar con los taxistas? ¿Con los call-center? Hay trabajos que van a desaparecer y la sociedad se tiene que preparar para los nuevos que aparezcan. Los nuevos nichos de empleos van a generar millones de trabajos, pero cualquier persona tiene que posicionarse y saber cómo va a competir. Y si no tiene ambición, y valor añadido, para estar entre los trabajadores de alta cualificación se quedará con los trabajadores low-cost”.

3. La irrupción de cuatro mil millones de “nuevos ciudadanos”

Los países emergentes traerán millones de nuevos competidores. “La ONU prevé que en 2020 siete de las mayores economías del mundo serán países emergentes”, explica Martínez-Barea. “Los BRIC y los Next 11 tienen una característica en común, son países muy poblados. En 2020 de pronto 4.000 millones de personas que no contaban para nosotros estarán en la misma línea de salida. Son 4.000 millones de personas para competir por nuestros puestos de trabajo y nuestros productos”. Cómo no, para el empresario, esto también puede ser positivo: “Serán también 4.000 millones de personas ávidas por consumir nuestros productos y colaborar con nuestras empresas”.

Si la población mundial sigue creciendo al ritmo que se espera, en 2050 el mundo tendrá 9.000 millones de habitantes. Y no está claro que tengamos las herramientas para alimentarlos a todos. Pero Martínez-Barea confía en una nueva revolución agrícola: “Hay muchos pesimistas que aseguran que el mundo no va a poder alimentar a la gente en 2050. Pero es que los avances tecnológicos pueden hacer que la productividad de nuestros campos se multiplique por 100”.

EL PAPEL DE ESPAÑA EN EL MUNDO QUE VIENE

Este gran tsunami que cambiará el mundo en la próxima década también va a pillar a España. Y no parece que nuestro país esté en la mejor posición para afrontar los retos que vienen. “Si no nos ponemos las pilas en este mundo hipercompetitivo no puedo ser optimista”, reconoce Martínez-Barea. “Mi libro es una llamada a la urgencia de reaccionar y establecer prioridades. No puede ser que nuestro sistema educativo descienda año a año en PISA. Tenemos que preparar a nuestros niños a competir. Como sociedad tenemos que reaccionar”.

El empresario tuvo durante dos años un cargo público en la Junta de Andalucia, en el que conoció los entresijos del sistema político, y cree que no podemos confiar en que el cambio venga sólo de las autoridades estatales: “Mi experiencia fue buena porque aprendí cómo funciona el mundo público, y hay muchos estereotipos. Hay gente que quiere hacer las cosas bien, pero es muy difícil lograr grandes cambios, pues se requiere una decisión muy fuerte desde arriba. Me di cuenta de cómo todo está ligado y que para cambiar el país necesitamos un cambio global. Un cambio en el que participe toda la sociedad”.

La Liga de la Yedra solo produce borregos

De Héctor G. Barnés  para El Confidencial, 16/09/2014: "La educación de élite produce "borregos excelentes", según un profesor de Yale":

Son “súper personas”, el nombre que les dio James Atlas, editor de The New York Times Magazine y presidente de Altas & Company. Tienen varias carreras, practican deporte como si fuesen profesionales, pueden hablar en varios idiomas, manejan a la perfección un instrumento musical, han ofrecido ayuda en los rincones más desfavorecidos del planeta, y han convertido sus hobbies en una provechosa afición. Han estudiado en las grandes universidades, y el futuro está en sus manos. Tiene que estarlo, con tan brillante currículum. Pero también están llenos de miedo, inseguridad, angustia y timidez. Apenas muestran preocupaciones intelectuales y desconocen qué quieren hacer con su vida, más allá de ganar dinero a espuertas, seguir el camino que profesores y padres han construido para ellos, y conseguir la aprobación de los demás.

Esta es la paradoja que late en la vida de los universitarios de los centros de élite americanos, mantiene el profesor de Yale William Deresiewicz, que ha expuesto su tesis en un ya célebre artículo publicado en The New Republic y en su libro Borregos excelentes: la mala educación de la élite americana y el camino a una vida plena, publicado por Free Press. Deresiewicz ha comprobado con sus propios ojos y ha vivido en su propia piel la frustrante experiencia del estudiante de Harvard, Yale o el resto de centros de la Ivy League, que los convierte en esos “borregos excelentes” del título: “Son excelentes porque cumplen todos los requisitos para entrar en una facultad de la élite, pero es una excelencia muy limitada. Son chicos que cumplirán todo aquello que les mandes, y que lo harán sin saber muy bien por qué lo hacen. Sólo saben que volverán a pasar por el aro”. No se trata de un nombre inventando por el escritor. Al contrario, fue el concepto con el que uno de sus alumnos se describió a sí mismo.

Ganado para alimentar la máquina.

Desde los años 60, asegura Deresiewicz, los valores que rigen los grandes centros educativos han cambiado por completo aunque, en apariencia, sigan defendiendo la excelencia y el auxilio de los más desfavorecidos. “Auto exaltación, estar a servicio nada más que de ti mismo, una buena vida pensada sólo en términos del éxito convencional (riqueza y estatus) y ningún compromiso real con el aprendizaje, el pensamiento, y con convertir el mundo en un mejor lugar” son los valores que, según el profesor, rigen el comportamiento de sus alumnos. Pero ellos no son los culpables, sino las víctimas. Entre la larga lista de responsables, Deresiewicz señala a los institutos privados, a los ambiciosos padres, al sistema de admisión, a las grandes marcas universitarias, a los empleos donde estos serán contratados y, en general, a la mentalidad de clase media-alta.

Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsan el botón, pero hay un momento en el que dejan de decirles lo que tienen que hacer.

El producto –es decir, los nuevos licenciados– parece perfecto. Pero, debajo de esa imagen homérica y dinámica del que algún día se convertirá en CEO de una gran empresa se encuentra latente una gran inseguridad. Esta se caracteriza, sobre todo, por una enfermiza aversión al riesgo. “Por definición, nunca han experimentado algo que no sea el éxito”, explica Deresiewicz. Y está en lo cierto. Los requisitos académicos y personales para ser admitido en cualquiera de estos centros son tan elevados que conseguir menos que un sobresaliente no es una opción. Por ello, “al no tener margen para el error, evitan los posibilidad de cometerlo”. Uno de sus alumnos miró a su profesor como si fuese un alienígena cuando le sugirió que quizá dedicar menos tiempo para el estudio le serviría para reflexionar sobre lo que ha aprendido. Otro manifestaba sentirse completamente inseguro ante la posibilidad de verse obligado algún día a comer solo.

Algo que se refleja en las estadísticas de salud mental de los estudiantes, que se encuentran en su momento más bajo de los últimos 25 años. “Es casi como un experimento cruel con animales”, explica en una entrevista con The Atlantic. “Cada vez que ven que la luz roja se enciende, tienen que pulsar el botón”. Entre todos esos requisitos se encuentran la música o participar en una organización caritativa, algo que Deresiewicz explica que no hacen para los demás, sino para sí mismos y sus currículos. “La experiencia ha sido reducida a su función instrumental”. Por ello, durante cuatro años, los que aspiran a matricularse en una gran universidad se dedican exclusivamente a tachar de su lista todos esos hitos que deben haber alcanzado, pero nunca llegan a reflexionar sobre si realmente desean ser ricos y poderosos.

El terrible mundo real.

Una vez llegan a la universidad, esta no plantea ningún problema. No tienen más que seguir el camino preestablecido y todo irá bien. Además, los cursos no son muy exigentes, recuerda Deresiewicz. Se ha llegado a un “pacto de no agresión” entre profesores y estudiantes, por el cual los alumnos son “clientes” que reciben altas calificaciones a cambio de un esfuerzo mínimo. Mientras tanto, los profesores siguen profundizando en sus proyectos de investigación, lo que realmente garantiza que reciban incentivos económicos.

Es después de abandonar los estudios cuando la realidad se presenta amenazadora. “Por supuesto que están estresados”, recuerda el profesor. “Nunca han tenido la posibilidad de encontrar su propio camino. El problema es que hay un momento en el que dejan de decirles qué tienen que hacer”. Delirios de grandeza y depresión son dos de los grandes problemas a los que tienen que enfrentarse. El primero, ocasionado por el hecho de que sus padres les hayan dicho que son los mejores y los más listos desde su infancia, un refuerzo positivo que desaparece en el momento en que se dan cuenta de que, como decía David McCullough, no son especiales. Han dejado de medir su valía de forma realista, lo que provoca que su autoestima se desmorone a la primera de cambio.

Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que no tienen ni idea de lo que quieren.

Irónicamente, las personas que tendrían la posibilidad de hacer todo lo que quisieran, terminan siguiendo carreras muy similares. Que son justo aquellas en las que son necesarios trabajadores y líderes que sigan caminos preestablecidos, que se muevan únicamente por las ansias de dinero, estatus e influencia, y que no cuestionen el estado de las cosas. Es el caso de la bolsa americana. Como señala una cita del periodista de Newseek Ezra Klein que reproduce Deresiewicz, “Wall Street se dio cuenta de que las facultades están produciendo una gran cantidad de licenciados muy listos y completamente centrados en el trabajo, que tienen una gran resistencia mental, una buena ética de trabajo y ni idea de lo que quieren”.

En última instancia, recuerda el autor, se trata de lucha de clases. Pero no entre las clases bajas y las altas, sino entre los diversos escalones de las élites, a los que cualquier otro camino les parece una excentricidad. Como recuerda el periodista, el número de estudiantes de la mitad menos rica de la sociedad se ha reducido en la educación de élite desde el 46% de 1985 al 15% actual. Y como explicaba el fundador del Proyecto Minerva Ben Nelson, los habituales métodos de selección de los estudiantes de las universidades de élite no hacen nada más que dar preferencia a los más ricos, puesto que ellos son los que tienen el dinero para contratar a los mejores profesores y enrolar a sus hijos en las clases de música, fútbol americano, matemáticas, francés, béisbol, viajes al extranjero, economía y literatura que necesitan para garantizarse su puesto en la élite. 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Si un árbol cae en el bosque

Los budistas de la rama zen practican una especie de adivinanza sin solución llamada koan, diseñada para dinamitar la lógica y con ella la idea de que la existencia tiene sentido y no se reduce a dolerse. Para ellos el cerebro es un grano que le ha salido al espinazo, un pergeño evolutivo del deseo de no sufrir que le salió a un mono quejica que padecía síndrome de Segismundo. Así logran romper la ilusión de coherencia que mantienen Hombre, Mundo y el Lenguaje que los une y separa, mero hatajo de apariencias mal ensambladas.

Nuestro competente copenitente (por estar atado a la columna y padecer flagelación) José Rivero diría que es una especie de oxímoron, estilema típico de escritores como Cervantes ("caballero andante", "baciyelmo"), Borges ("impostor inverosímil") o Juan de la Cruz ("tiernamente hieres", por no citar su famosa "música callada") y consiste en reducir la paradoja a un solo sintagma o, cual diría otro penitenciado de este santísimo oficio, Manuel Valero, una escolástica contradictio in terminis o in adiecto. Muy conocida es, por caso, "¿cómo suena una palmada con una sola mano?" o, "si cae un árbol en un bosque sin nadie, ¿hace ruido?"

Pero quien ha caído ha sido el señor Botín, con mucho ruido impreso y televidente y de calderilla, como si quien tuviera que dar crédito fuésemos nosotros, como si nos importara ese gordísimo piojo. Más pluguiera se hubiese escogorciado Guindos, hombre desapreciado, desapreciable y desaprensivo, de sí mismo, que es muy suyo, pero no, nones, no cayó el logoteta, sino el agiotista. Este fúcar venía a su aeródromo manchego particular a matar y pegar tiros, vulgo caza mayor, violencia permitida a carniceritos de la hipoteca como se permiten el matarifazgo taurino los jiferos del pópulo; ¿es que no existen los Juegos reunidos Geyper? ¿Las yerbas aromáticas y espirituosas? ¿Los libros sapienciales?

Pudiera citarse nomen est omen, "un apellido determina" (lo que nosotros denominamos nombre de pila en latín no es el nomen, es el praenomen). Pero Rajoy prefiere "fue un gran embajador de la marca España". Quizá; pero su papá fue uno de los mayores contribuyentes a la marca Suiza. Un mal uso de la palabra "embajador", como si España se embajase de bragas con cualquiera. Esos montaraces son un pueblo mercenario que vive en los pedruscos, como él, librado de la cárcel por ser el buen hijo de un porfirogéneta o bien parido, a más de buen pagador. Por lo demás, eso de no fiarse de España es muy español; lo pueden decir incluso los Siete niños de Pujol, que son tan bandoleros como los de Écija; no en vano Pujol desciende de un famoso bandolero catalán ejecutado el año 1717, pocos años después de arrasada Barcelona; en fin, unos descastados, incluso el bandolero Mario Conde, que de noble solo tiene el apellido. Botín padre se llevó los cuartos a Europa, cuando lo que hay que hacer es traerlos o crearlos, y dar caña a Europa como hacen allende los Pirineos; pero no, lo único que damos a Europa es... a Cañete.

El árbol budista tiene muchas ramas, y cuando una cae (si el leñazo no aplasta a un ciudadano de Botella) lo más probable es que nadie le haga caso. Las muertes posibles de un árbol las enumera el pequeño de los Machado en su poema al olmo seco fulminado por un rayo / y en su mitad corrupto (o podrido, si queremos hacer caso al original y al título del reciente libro del compadre Lucio Muñoz):

   Antes que te derribe, olmo del Duero, 
con su hacha el leñador, y el carpintero 
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas en alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas; 
antes que el río hasta la mar te empuje 
por valles y barrancas...

Salvador Sostres, en El Mundo, quiso poner el miércoles al señor Botín como todo un Mesías, modelo de quienes podrían salvar a España y (todavía) no lo han hecho, aunque, según datos recientes, el número de estos ricachones se ha doblado. Poseído por el estro poético, y, por què no decirlo, bastante inspirado, proclamó lo siguiente, revolviendo polvareda, por demás:

Botín fue mejor que cualquiera que se quejó de un banco. Botín aportó más bienestar e hizo más caridades de lo que jamás han hecho por los demás los de la denigrante infamia de ir a buscar a las personas a sus casas. Los puestos de trabajo que Botín creó han sido más importantes que la lamentable acción de cualquier sindicato. Si todavía tienes algún derecho, oh quejica de cada pancarta, es porque Botín te lo paga. ¿Quién crees que mantiene la socialdemocracia? ¿Quién crees que financia las conquistas sociales? ¿Quién la sanidad de tu hijo, su escuela, tu subsidio? ¿Los sindicatos? ¡Madura, por el amor de Dios! Si fueras la mitad de imbécil y el doble de agradecido, seríamos un país más rico, y más refinado. España tiene que aprender a no quejarse. Y a repudiar a quienes nos hunden en su miseria, y a dar las gracias a los que compensan nuestra mediocridad con su inteligencia, su habilidad y su increíble trabajo. Emilio Botín ha empleado a miles de trabajadores, ha hecho que cientos de miles de personas que no tenían dinero lo tuvieran prestado, ha ayudado a levantar pequeñas fortunas de la nada y a consolidar a las fortunas más grandes. Ninguno de sus detractores -especialmente los más chillones- se le puede comparar en nada. Él cumplió con su misión y la vida de mucha gente fue mejor gracias a su paso por el mundo. ¿Qué has hecho tú, pequeña bestia vegetariana? Pues anda, cállate.

A lo cual lo único que puedo contestar, con Bertolt Brecht, es: "¿Todo lo hizo él solito? ¿Sin la ayuda de, ni siquiera, un cocinero?" Más o menos lo que diría la nórdica ley de Jante: "¿Quién se cree que es?". Emilio Botín ha podido hacer mucho, pero lo poco que hizo fue con ayuda de los demás; sin ellos no habría hecho nada. Dio algún dinero a las universidades y dotó becas; pero también ha conducido a la ruina casas y personas con hipotecas usurarias y leyes hechas más para la casta que para el pueblo. Le pasa lo que al Juan de Robres del epigrama del rococó Juan de Iriarte (mi edición de las fábulas de su sobrino Tomás saldrá, me dicen, en octubre), al que vuelvo a citar:

El señor don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo hacer este hospital...
y también hizo los pobres.

Un Botín puede hacerse fácilmente, aun sin ser pirata, con solo una pistola o su equivalente en papel, una ley o un contrato, y hasta un buen puñado de Botines, al menos en los tiempos de crisis actuales, en que refieren los que los cuentan que se han más que duplicado, por algo será. Las crisis nunca les afectan, solo los vuelven más gordos, hasta que los derriba un ataque al dicen que tienen corazón. Cójase un chico espabilado de buena familia y rica, désele una niñera filipina que le hable en inglés, que lo matriculen en un colegio caro donde solo le hablen en francés o alemán, donde se impregne de todo tipo de gramática parda y donde socialice con los hijos pijos de la crema internacional, que veranee con sus amigos en Canadá y viva unos cuantos años en Londres o Berlín, pónganle un secretario mejor que él que le lea los balances y ya tendremos una buena aproximación. Un sociólogo norteamericano del que no llego a acordarme ha dado las coordenadas exactas que necesita un "Botín" para hacerse, casi todas relativas a una buena educación y unos papás con dinero. Pese a lo cual, algunas veces surge el milagro en forma de huérfano Steve Jobs (cuyo padre natural, sin embargo, era espabilado y rico). Porque las creaciones de Botín, digan lo que quieran, no se ven por ninguna parte, pero las de Jobs llevan su dna, su estética y hasta su moral de manzana mordida. Aquí lo que imperan son los gusanos del régimen pepoísta o los ceporros del ladrillo o de la licra que no han acabado la EGB o la ESO, "estilo" Amancio Ortega (el diseño que pueda tener Zara es de usar y tirar). Nosotros no queremos ser ricos, no queremos ser como Botín y sus secuaces; por eso nunca gastamos en lotería, como los falsos izquierdistas: todo el mundo debería poder vivir lo suficiente con el fruto de su trabajo; si la riqueza se distribuyera digna y proporcionalmente y no con criterios deshonestos o de azar, todo el mundo podría vivir haciendo aquello para lo que esté más cualificado sin padecer miserias y podría fomentarse la ciencia, el arte, la educación y la sanidad. Porque la vida del hombre no debe ser solo una lucha contra un azar que otros llaman destino o (in)justicia.

domingo, 14 de septiembre de 2014

El nefasto glutamato

Una causa importante en la incrementación del número de niños que padecen TDAH desde las últimas tres décadas, podría ser el consumo desmesurado del aditivo adictivo E-621, también conocido como Glutamato Monosódico. Muchas veces, éste es camuflado tras nombres como: proteína vegetal hidrolizada, suavizante natural de carnes, resaltador de sabor, extracto de levadura, saborizante natural, etc. Esta substancia neurotóxica se encuentra comúnmente en cualquier alimento procesado industrialmente, así como cubitos de caldo, hamburguesas, snacks infantiles, salsas...

Portentoso avance tecnológico


No he visto en mi vida nada igual. Esto, sin duda, va a revolucionar la tecnología del futuro.

Diferencias entre costumbres portuguesas y españolas

Belén Rodrigom, "Diferencias entre portugueses y españoles", en ABC, 14/09/2014:

Somos parecidos pero no iguales. Compartimos un territorio pero cada uno tiene sus propias costumbres. De forma divertida y entretenida se pueden contar, a rasgos generales, lo que más nos diferencia.

Diferencias entre portugueses y españoles.

Hermanos, primos, amigos, vecinos, compañeros, socios, cómplices o aliados. Son muchas las formas de relacionar a españoles y portugueses, dos pueblos ibéricos que comparten un territorio y muchos años de historia. Evidentemente hay similitudes entre ambos, por tratarse de dos países fronterizos dentro de Europa, pero a veces se comete el error de pensar que somos en todo iguales o muy parecidos, porque tenemos nuestras diferencias. Existe siempre el riesgo de generalizar demasiado y no se debe olvidar que no hay ni dos españoles ni dos portugueses iguales, por lo que no se puede hacer una generalidad una regla. Y al hablar de estos temas nos basamos también en nuestras propias vivencias y experiencias por lo que cada uno puede tener una visión distinta. Además de ser diferentes, unos y otros nos enfrentamos a mitos y estereotipos que se han ido creando a nuestro alrededor. Y ni siempre es fácil acabar con esas ideas que pueden perjudicar nuestras relaciones.

Empezando por la forma de ser de cada uno, se tiende a definir al español como una persona alegre y al portugués como una persona triste. Pero ni todo es fiesta en España ni todo es fado en Portugal. Sin embargo, sí que hay rasgos muy diferentes al definirnos. Los españoles somos más extrovertidos, charlatanes, gritones, expresivos, informales y besucones. Expresamos más abiertamente nuestros sentimientos. Los portugueses por su parte, son más reservados, hablan mucho menos y más bajito, muy educados y formales. En esto de las formalidades nos ganan, sigue siendo el país de doctores e ingenieros, donde el título tiene mucha importancia, demasiada. Los españoles prefieren el tuteo y hasta nos ofendemos si nos tratan de usted.

En Portugal ir de chatos no está muy generalizado

En los horarios tampoco nos ponemos de acuerdo, y no solo porque en Portugal sea una hora menos. A las 12 del mediodía en España se toma un pinchito de tortilla con una caña o una tostada con tomate y aceite, por poner un ejemplo. A esa hora en Portugal ya se empiezan a poner los manteles para comer aunque los restaurantes se llenan alrededor de las 13 horas. Comer a las tres de la tarde y cenar a las diez de la noche es algo muy habitual en las familias españolas pero en las portuguesas donde ya son horarios muy tardíos. Y en España, quien puede, después del trabajo se toma una cañita con los compañeros u amigos antes de ir a cenar. En el país vecino eso de ir de chatos no está muy generalizado aunque cada vez hay más lugares para ir de tapas y cañas. Y ya que hablamos de comida aunque ambos compartimos la dieta mediterránea existen algunos matices, sobre todo en la forma de elaborar y de presentar los alimentos. Y hay que acabar con mitos. Los portugueses son los reyes del bacalao pero no consumen únicamente este pescado. Y los españoles no comemos solo fritos ni estamos todo el día con pinchos y raciones, como a veces se piensan nuestros vecinos. Si nosotros no perdonamos el primer, segundo plato y postre, en Portugal no pierden la costumbre de mezclar todo en un mismo plato en el que normalmente falta el arroz.

Donde los portugueses nos sacan una gran ventaja es en el café. Nosotros utilizamos mezcla de café natural y torrefacto y se nota mucho en el sabor y en la intensidad. El café solo y expreso forma parte de la cultura lusa, toman dos, tres y hasta cuatro por día. Después de comer en casa, en vez de estar de sobremesa, la familia entera se marcha a tomar café al local de costumbre. Ayuda el precio, una media de 0,60 euros por café.

Idiomas

Y por seguir hablando de ventajas portuguesas, capítulo aparte es el de los idiomas. La fonética lusa es mucho más rica que la española lo cual les facilita mucho las cosas a la hora de aprender idiomas. A eso hay que sumarle el hecho de que a excepción de los dibujos animados, todas las series y películas se emiten en versión original, tanto en el cine como en la televisión. Es cierto que los españoles tenemos un oído mucho más cerrado pero tampoco se pueden hacer milagros cuando de pequeños nos dan clase de inglés profesores españoles y en general es el único idioma que escuchamos en nuestro día a día. El oído está poco o nada habituado a escuchar los otros idiomas. Pero este problema español se exagera bastante en Portugal donde nos critican además por traducir todo a la española. Entre los mitos de los que hablaba muchos portugueses siguen afirmando que decimos “Piedras Rodadas” en lugar de “The Rolling Stones” y “Juanito caminante” en vez de “Johnnie Walker”.

Como ocurre con muchos idiomas, entre el español y el portugués existen los llamados falsos amigos. Si un portugués le dice a una chica que está espantosa significa que está espectacular, apabullante. Y cuando los españoles decimos que la comida está exquisita para un portugués no significa que está deliciosa sino que es rara o extraña.

Los niños

Diferentes somos también a la hora de cuidar a los más pequeños. En Portugal siguen a pie de la letra la recomendación médica de no sacar a los bebés las primeras semanas de vida, a excepción de lo necesario, como son las revisiones médicas. El médico español, por el contrario, te recomienda paseo diario con el bebé, haga frío o calor, le tiene que dar el aire. Apenas se ven capazos por las calles de Portugal, sino las maxicosi o “huevos”, pero los tapan con una mantita o una gasa de tal forma que difícilmente al niño le llega un poquito de aire. A las mamás españolas les encanta presumir de carritos y de bebés, con vestimenta mucho más emperifollada, sobre todo si son niñas. Los pendientes y los lazos están presentes prácticamente desde el primer día. Y como somos muy de estar en la calle, pues los niños igual. Los portugueses son mucho más estrictos con los horarios de los peques y no pierden detalle con el cuidado. Es casi imposible ver a un peque si su gorrito si da un poquito el sol y llegan a la playa a las 9 y se van a las 12, si van con bebés. Los españoles sabemos que es lo más adecuado para nuestros niños pero nos relajamos bastante más, son más todoterrenos y no les protegemos en exceso.

La puntualidad no es un punto fuerte ni para unos ni para otros pero en Portugal hay un rasgo muy peculiar a la hora de convocar un evento. En las invitaciones aparece “pelas 12 horas”, por ejemplo. Es decir, sobre las 12. Con esta costumbre tan generalizada nadie sabe muy bien a qué hora empieza un acto y esto ocurre hasta en las invitaciones de boda.

Como forma de resumen, se puede decir que los españoles confiamos mucho en nosotros mismos, nos consideramos en muchas cosas los mejores. Somos, en pocas palabras, muy echados para adelante. El portugués suele ver la botella medio vacía, se lamenta de sus problemas, es bastante envidioso y se fija demasiado en lo que hacen los otros sin darse cuenta de las muchas virtudes que tiene. Y juntos podemos vernos como una mezcla interesante porque lo que en uno exagera el otro se queda corto. Logramos un buen equilibrio aunque normalmente no nos damos cuenta. Tenemos mucho que dar y recibir y sobre todo que aprender de los que están tan cerca de nosotros.