domingo, 5 de octubre de 2014

Algunos de los sesgos cognitivos más frecuentes

Jaime Rubio Hancock, "Guía para luchar contra tu cerebro: los sesgos cognitivos", en El País 29 de septiembre de 2014 (el artículo original incorpora vídeos que pueden verse aquí):

Pongamos que estás viendo un partido de baloncesto y uno de los jugadores lleva ya tres triples seguidos. Es probable que pienses que está en racha y que puede encestar todos los triples que quiera. Pues no. Estás siendo víctima de un sesgo cognitivo y le estás dando más importancia a tres eventos aislados que a toda la serie de tiros de tres de este jugador.

Un sesgo o prejuicio cognitivo es una interpretación errónea e ilógica de la información disponible, al dar demasiada importancia o demasiada poca a algunos aspectos. Estos errores no son consecuencia de que nuestro cerebro funcione mal. Al contrario: no podemos analizar todos los datos a nuestro alcance por lo que procesamos la información mediante intuición, prueba y error, y otros métodos informales (heurística).

Normalmente (y sobre todo cuando vivíamos en la sabana hace varios miles años y nos estaba persiguiendo un depredador de unos cuatrocientos kilos de peso), estos métodos heurísticos nos ayudan a pensar más rápido y mejor, pero en ocasiones nos llevan a cometer errores. Con más frecuencia de lo que creemos. Aquí van unos cuantos ejemplos.

SÓLO ESCUCHAMOS LO QUE QUEREMOS ESCUCHAR

- Sesgo de confirmación. Aceptamos sin más las pruebas que apoyan nuestras ideas mientras que nos mostramos escépticos con las que son contrarias, considerándolas parciales o interesadas. Como explica Michael Shermer en The Believing Brain, reaccionamos de forma emocional a datos conflictivos y después racionalizamos por qué nos gustan o no.

- Ilusión de serie o apofenia. A veces vemos patrones donde no los hay. Como explica también Shermer, estamos preparados para interpretar en conjunto hechos que puede parecer que no están relacionados. Si oímos ruido en la maleza, podría ser un depredador. O sólo el viento. Y es mejor equivocarnos con un falso positivo que con un falso negativo, ya que un error podría suponer nuestra muerte por exceso de confianza. El problema es cuando esto nos lleva a ver teorías de la conspiración por todas partes.

- La ilusión de grupo, la falacia del apostador y la creencia en rachas deportivas son similares a la apofenia: aunque en una ruleta cada tirada es independiente y el rojo tiene las mismas probabilidades de salir que el negro, tendemos a creer que un suceso es más probable cuando lleva tiempo sin haber ocurrido, o menos porque lleva mucho tiempo ocurriendo.

- La correlación ilusoria también es parecida a la apofenia. Es la tendencia a asumir que hay relación entre dos variables aunque no haya datos que lo confirmen, como por ejemplo en el caso de los estereotipos. La falacia post hoc, ergo propter hoc asume que esta relación es causal por el hecho de que una variable suceda detrás de la otra, como si el canto del gallo provocara la salida del sol.  

- Efecto Barnum o Forer. Los horóscopos parecen creíbles por su culpa, ya que tendemos a tratar las descripciones vagas y generales como si fueran descripciones específicas y detalladas, cosa que les ocurre especialmente a los géminis, a pesar de ser pensadores independientes y de no aceptar las afirmaciones de los demás sin pruebas.

- Heurística de disponibilidad. Tomamos decisiones rápidas sin tener todos los datos, simplificando lo máximo posible los pasos que deberíamos tener en cuenta. Por ejemplo: María tiene 31 años, es soltera, independiente e inteligente. Estudió Filosofía y en la universidad estaba muy interesada por temas de discriminación y de justicia social, participando por ejemplo en manifestaciones en contra de las centrales nucleares. ¿Qué es más probable, que María trabaje en un banco o que María trabaje en un banco y sea participante activa del movimiento feminista? El 89% opina que lo más probable es lo segundo. Y esto no es correcto porque la segunda posibilidad es un subconjunto de la primera.

- Ceguera por falta de atención. Mira este vídeo y cuenta los pases del equipo vestido de blanco:

¿Has visto al gorila? ¿No? Normal: cuando nos centramos en detalles específicos podemos perder de vista hechos obvios.

- Sesgo de observación selectiva. Te rompes una pierna. Sales a la calle y sólo ves a gente con muletas. Te da la impresión de que todo el mundo se ha roto la pierna. Tranquilo, no has puesto las lesiones de moda: sólo ocurre que ahora te fijas más. Y sí, pasa lo mismo con las embarazadas.

YO, YO Y YO

- Sesgo de autojustificación. Si después de gastarte 3.000 euros en asientos de cuero para tu Seat Panda tienes remordimientos, sólo te quedan dos opciones: o racionalizar tu decisión (son elegantes, aumentan el valor del coche, huelen bien) o reconocer que estabas equivocado. Y eso no apetece.

- Sesgo de retrospectiva. Reconstruimos el pasado con conocimiento actual. El lunes es muy fácil saber lo que tendría que haber hecho el Barça para ganar el partido del domingo y el 8 de diciembre de 1941 era sencillo unir los puntos y deducir que los japoneses atacarían Pearl Harbour el día anterior.

- Y ya a nivel personal, mezclamos nuestros recuerdos con la imaginación y con lo que nos explican otras personas en el llamado sesgo de fabulación.

- Hay más sesgos de memoria, incluido el de retrospección “color de rosa”, por el que recordamos los eventos pasados como más positivos de lo que realmente fueron. (Cualquier tiempo pasado fue un sesgo cognitivo).

- Sesgo de experimentador. Los observadores y en especial los experimentadores científicos a menudo notan, seleccionan y publican los datos que están de acuerdo con las expectativas previas al experimento, descartando los que puedan contradecir el punto de partida.

- Ilusión de control. La tendencia a creer que podemos controlar o al menos influir en hechos sobre los que no podemos realmente actuar.

- Fenómeno del mundo justo. Buscamos motivos que nos hagan pensar que la víctima de un hecho desafortunado ha hecho algo para merecerlo. Ejemplo: cuando alguien dice que la culpa de que le roben fotos a Jennifer Lawrence es de Jennifer Lawrence por hacerse fotos.

- Inclinación a la negatividad. Damos más peso a las creencias y hechos negativos que a los positivos. Por ejemplo, cuando únicamente tenemos en cuenta los accidentes de aviación antes de coger un vuelo. El sesgo de normalidad sería lo contrario: creer que nunca nos pasará algo malo, como un accidente de avión, sólo porque nunca nos ha pasado antes.

- Profecía autocumplida. Partimos de una definición falsa de una situación, seguimos con un comportamiento que se adecúe a estas expectativas y acabamos convirtiendo en real la definición previa. Ejemplo: “Mi novia me va a dejar porque me preocupo demasiado por las cosas, así que me comienzo a preocupar por la posibilidad de que mi novia me deje y al final mi novia me acaba dejando. OS LO DIJE”.

TODO ES RELATIVO

- Anclaje. Es la tendencia a tener demasiado en cuenta una referencia o información anterior. Por ejemplo, si en tu ciudad pagas 500 euros al mes de alquiler, esa será la referencia que uses cuando te mudes a otra ciudad, aunque sea mucho más cara. Incluso los últimos números de tu DNI pueden usarse como anclaje.

- Efecto de encuadre. La tendencia a extraer diferentes conclusiones dependiendo de cómo se presenten los datos. Por ejemplo, consideramos mejor una cura para el 90% de los afectados por una enfermedad que otra que suponga la muerte del 10%. Aunque sean lo mismo.

- Pasa algo parecido con el efecto señuelo. X parece mejor que Y si presentamos una tercera opción parecida a X, pero algo peor. Por este motivo, Dan Ariely recomienda en Predictably Irrational que vayas a ligar con un amigo que sea parecido a ti, pero un poco peor.

- Efecto de la primera impresión. Percibimos, recordamos y damos más importancia al primer evento que a los siguientes, aunque puedan contradecirlo o atenuar su valor. Cuando te presentan a Juan, se le cae el vaso. A partir de entonces, es JUAN EL TORPE. Eso sí, también existe el efecto de último evento, por el que damos más valor a los acontecimientos recientes, habiendo olvidado los anteriores.

- Coste irrecuperable. Tendemos a sobrevalorar aquello en lo que hemos invertido tiempo y esfuerzo, ya sean los doce minutos que llevamos en espera en el servicio de atención al cliente o los doce años de matrimonio (hipoteca incluida) con esa persona a la que ya no amamos. Una variante es lo que Dan Ariely, Daniel Mochon y Michael I. Norton llaman efecto IKEA: nos gusta más lo que hemos construido con nuestras propias manos porque ¡eh!, lo hemos construído nosotros con nuestras propias manos.

- Otros frenos al cambio son la aversión a la pérdida y el sesgo de statu quo: valoramos más lo que tenemos que lo que podríamos conseguir, aunque a veces esto signifique perder oportunidades.

ES QUE LA GENTE...

- Sesgo de atribución. Nosotros hemos conseguido nuestro empleo porque hemos trabajado duro y somos inteligentes y creativos, pero Juan está ahí porque es el sobrino del gerente. También tendemos a pensar que nuestra personalidad, comportamiento y creencias son más flexibles y menos dogmáticas que las ajenas.

- Eso sí, en ocasiones valoramos en exceso las opiniones de un experto, valorando únicamente su prestigio y no sus argumentos, siguiendo el sesgo de autoridad.

- Y por eso nos influye a menudo el efecto halo, que tiene lugar cuando nos llama la atención un rasgo positivo de alguien y lo generalizamos al total de esa persona: por ejemplo, tendemos a pensar que la gente guapa es más inteligente y más bondadosa que las personas menos atractivas, a pesar de que una cosa no tiene que ver con la otra. También por este motivo los altos ganan más dinero.

- Subirse al carro. ¿Cuál de las tres líneas de la derecha mide lo mismo que la de la izquierda?

Asch

¿Es la C? ¿Y si otras seis personas dicen que es la B, seguirías pensando que es la C? Pues es bastante posible que cambies de opinión, por no llevar la contraria.

- Falso consenso. La tendencia a sobreestimar el grado en el que otras personas están de acuerdo con nuestras creencias y comportamientos. Es similar al sesgo de proyección, por culpa del cual atribuimos a los demás nuestras propias creencias.

- No se ha inventado aquí. La tendencia a no creer una fuente de información porque es ajena al grupo o a la comunidad.

PUNTO CIEGO

Shermer explica que este metasesgo consiste en la tendencia a reconocer el poder de los sesgos cognitivos en los demás, pero creer que a nosotros no nos influyen tanto. Te ha afectado si te has pasado todo el artículo pensando frases como: “Sí, esto es lo que le pasa a Juan… Y esto es lo que le ocurre a mi hermano… Ah, mira, como mi jefe…”

El mal y la especie humana

Jaime Rubio Hancock, "5 experimentos clásicos sobre el mal que aún siguen inquietándonos", En El País 05 de octubre de 2014 (el artículo original incluye vídeos aquí)

La mayor parte de la gente es buena la mayor parte del tiempo. Sin embargo, en las circunstancias adecuadas, podemos ser egoístas, despóticos y crueles. Y tal y como pusieron de manifiesto experimentos clásicos de las ciencias sociales como los que citamos a continuación, estas circunstancias no están tan lejos.

1. Milgram: obedecemos la autoridad ciegamente 

En 1961, el psicólogo de la Universidad de Yale Stangley Milgram estaba perplejo por el juicio en Israel a Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del Holocausto. Eichmann intentaba escudarse en que obedecía órdenes, al igual que los nazis juzgados en Nuremberg.

Milgram quiso poner a prueba hasta dónde obedecemos las órdenes sin llegar a plantearnos estas instrucciones y diseñó un experimento en el que los participantes tenían que apretar un botón que provocaba una descarga eléctrica cada vez que otro participante fallaba una pregunta. Además, la intensidad de esta descarga se incrementaba con cada error. Lo que no sabía quien apretaba el botón es que quien recibía las descargas en realidad estaba actuando y no sufría dolor ninguno.

A pesar de que quien recibía las descargas gritaba cada vez más, el 65% de los participantes llegaba a infligir el dolor máximo y sólo el 35% paró antes de llegar a este nivel. Muchos seguían a pesar de mostrarse nerviosos, agitados e incluso enfadados, obedeciendo a un experimentador que les pedía que siguieran, con frases como “por favor, continúe” e incluso “no tiene otra opción, debe continuar”.

Según Milgram, el estudio muestra cómo “personas comunes, que simplemente hacen su trabajo y sin ninguna hostilidad por su parte, pueden formar parte de un proceso destructivo terrible”, al no disponer de “los recursos necesarios para resistir la autoridad”. 

En 1966, el psiquiatra Charles K. Holfing terminó de poner los pelos de punta al mundo cuando en su célebre experimento del hospital médicos desconocidos pidieron a enfermeras que administraran dosis peligrosas de un medicamento ficticio a sus pacientes. Aun sabiendo que su actuación podía ser letal, 21 de las 22 enfermeras habrían obedecido órdenes.
2. La Ola: el fascismo no nos parece tan malo, una vez dentro

En 1967, Ron Jones, profesor del instituto Cubberley de Palo Alto (California), se vio incapaz de explicar a sus alumnos cómo fue posible que los ciudadanos alemanes aseguraran haber ignorado el exterminio de la población judía, y decidió que lo mejor era demostrarlo con un experimento: inventó un movimiento llamado “La Tercera Ola. El lema era “Fuerza a través de la disciplina, fuerza a través de la comunidad, fuerza a través de la acción y fuerza a través del orgullo”.

Comenzó imponiendo algunas normas sencillas a sus alumnos, como levantarse antes de hacer una pregunta, para ir introduciendo los sucesivos días nuevas nociones de disciplina y comunidad, incluyendo un saludo similar al nazi. A partir del tercer día comenzaron a unirse alumnos de otras clases y el movimiento contaba con emblema y tarjetas identificativas. Es más, los alumnos se espiaban y delataban, e incluso se llegó a intimidar a quienes criticaron el movimiento. Uno de estos alumnos, Mark Hancock, explicó en 2008 al Telegraph que “La Ola era como un estado policial con líderes, seguidores y la resistencia”.

Jones, sorprendido (y asustado) por el alcance del experimento, decidió ponerle fin, pero a lo grande. Aprovechando que uno de los chicos le había preguntado si un anuncio de la revista Time en el que salía una ola era algún tipo de mensaje secreto, el profesor explicó a sus alumnos que el movimiento en realidad formaba parte de una iniciativa nacional y que al día siguiente se anunciaría un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Los alumnos, entusiasmados, se lo creyeron.

El quinto y último día de la Ola, Jones reunió a sus alumnos y les mostró un televisor sin señal, en lugar del esperado discurso, y les reveló que habían formado parte de un experimento sobre cómo el fascismo había creado un sentimiento de superioridad en la sociedad de la Alemania nazi.

Algunos de los alumnos se echaron a llorar. 

3. La cárcel de Stanford: el poder nos corrompe

El profesor de psicología Philip Zimbardo diseñó un experimento pensado para investigar las causas de conflicto en cárceles: en 1971 veinticuatro estudiantes fueron divididos aleatoriamente entre prisioneros y guardias en una prisión falsa montada en el sótano de la facultad de psicología de la Universidad de Stanford. Los participantes enseguida perdieron el control, aplicando medidas autoritarias y llegando a la tortura psicológica, siendo todo esto aceptado por muchos de los prisioneros y por el propio Zimbardo. Dos de los encarcelados abandonaron el experimento, que se tuvo que cancelar al cabo de sólo seis días.

Según Zimbardo, este experimento fallido revela cómo “la naturaleza humana no está bajo el control de lo que nos gusta catalogar como libre albedrío, sino que la mayoría de nosotros puede ser convencido para comportarse de forma completamente diferente a cómo creemos ser”. De hecho, uno de quienes participó como carcelero reconoció las imágenes de las torturas de Abu Ghraib como “familiares”: “Enseguida supe que probablemente sólo eran personas muy normales y no manzanas podridas, tal y como el departamento de defensa intentó presentarlas”.  

4. Una clase dividida: estamos llenos de prejuicios

Muzafer Sherif llevó a cabo un polémico experimento en 1954 con un grupo de adolescentes a los que llevó a un campamento de verano y dividió en dos grupos. Estos grupos sólo entraban en contacto para competir, con lo que se introdujeron tensiones que se solucionaron cuando ambos equipos comenzaron a colaborar en juegos y problemas. 

Otro experimento similar (y también controvertido) sobre discriminación fue el llevado a cabo por Jane Elliot, quien en 1968 dividió a su clase en un grupo de niños con ojos azules y otro con ojos marrones, explicando que uno era superior, lo que llevó a que los niños mostraran comportamientos incluso crueles. Al cabo de unos días, Elliot intercambió los papeles.Cualquier excusa puede servir para que nos sintamos parte de un grupo y demos preferencia a sus miembros; incluso preferir a Klee sobre Kandinsky puede ser usado para crear identidad de grupo y mirar con desprecio a los que se cree que prefieren al otro pintor. 

No somos inmunes a los prejuicios que existen en la sociedad, ni aunque formemos parte del grupo discriminado. En 1939, Kenneth Clark y Mamie Clark mostraron una muñeca negra y otra blanca a niños negros de 6 a 9 años, haciéndoles una serie de preguntas, como con cuál querían jugar, cuál era la más bonita, cuál era la que tenía peor aspecto, y terminando con un “dame la muñeca que más se te parezca”.

La mayoría prefería jugar con la muñeca blanca, a la que se le atribuían los rasgos positivos. Y el 44% decía que la que más se le parecía era la blanca. (La cadena de televisión estadounidense ABC replicó el experimento recientemente, con resultados que muestran que la situación desde entonces ha mejorado, pero sólo en parte).

5. El efecto espectador: no ayudamos si lo podemos evitar

Kitty Genovese murió asesinada el 13 de marzo de 1964, a pesar de que 37 vecinos presenciaron los hechos sin hacer nada al respecto (si bien es cierto que en este caso hay muchos matices). Intrigados por el suceso, John Darley y Bibb Latané desarrollaron una serie de experimentos en 1968 con el objetivo de averiguar por qué pasó algo así y si podría volver a pasar.

En uno de ellos, el participante hablaba con otra persona utilizando un intercomunicador, al estar en habitaciones separadas (la excusa era que iban a hablar de temas personales). Durante la conversación, la otra persona simulaba un ataque epiléptico, que podía oírse claramente. El 85% de los participantes dejaba la habitación e iba a buscar ayuda. Pero cuando el experimento se organizaba de modo que los participantes creían que había otras cuatro personas con él, sólo se levantaba el 31%.

El estudio confirmaba que la responsabilidad se diluye cuando hay más testigos de cualquier hecho y tenemos que superar la tendencia a pensar “ya se encargará otro” o, simplemente, “si nadie hace nada, no será tan grave”.

Epílogo: Y además, los científicos también pueden ser horribles

Muchos de los estudios citados no se podrían repetir hoy en día por cuestiones éticas, sobre todo en lo que se refiere al consentimiento informado y al hecho de que en muchos casos se engañó a los participantes. Un caso de experimentador que se excedió en este sentido fue Wendell Johnson en un experimento que hoy en día se recuerda con el nombre nada sutil de “El Estudio Monstruo” (sólo falta acompañarlo de truenos y relámpagos). 

Lo curioso es que las conclusiones de este trabajo apuestan por la bondad (el refuerzo o consecuencias positivas funciona mejor para el aprendizaje que el castigo o consecuencias negativas), pero su forma de probarlo fue, digamos, algo excesiva: escogió a 22 huérfanos, 10 de ellos tartamudos. A la mitad del grupo le enseñó a superar la tartamudez con refuerzo positivo (ánimos, elogios y aplausos) mientras que la otra mitad sufrió consecuencias negativas (recriminaciones y castigos, además de que los profesores dijeran a todos los niños que tartamudeaban, lo hicieran o no).

Ninguno de los niños que no tartamudeaba llegó a mostrar este rasgo al final del estudio, que duró seis meses, pero sí que desarrollaron problemas de autoestima. De hecho, seis de ellos recibieron una indemnización de casi un millón de dólares en 2007 por parte de la Universidad de Iowa.


Inocentes de la tarjeta

Sólo hay cuatro personas de los 86 consejeros delegados de Caja Madrid que no utilizaron la tarjeta 'opaca', y ninguno es político:

El primero es Francisco Verdú Pons, consejero delegado de Bankia nombrado por Rato, y tuvo que dimitir pues fue imputado por el llamado 'caso Bankia'.

Tampoco la usaron Esteban Tejera Montalvo, manchego de Alcázar de San Juan, presidente de la aseguradora de Caja Madrid y vicepresidente de MAPFRE.

El tercero es Félix Manuel Sánchez Acal, consejero de Caja Madrid propuesto por UGT. 

El último que no utilizó la tarjeta 'opaca' es Íñigo María Aldaz Barrera, directivo de Caja Madrid. 

En el informe de Bankia enviado a la Audiencia Nacional aparecen sus nombres, pero en la columna del importe gastado aparece '0'.

Los pícaros manchegos reales descritos por Quevedo

En las Cartas de Francisco de Quevedo a Sancho de Sandoval (1635-1645) bien editadas y concienzudamente anotadas por Mercedes Sánchez Sánchez para la editorial Calambur en 2009 hay muchas cosas poco conocidas que pueden interesar a mis sufridos lectores. Algunas aparecen en el presuntamente completo Epistolario del cervantista conquense Luis Astrana Marín, pulcro testimonio del positivismo de su época que tengo entre mis libros; pero Sánchez ha demostrado que este acopio de erudición flaqueaba por los cuatro costados. Refunfuña ella contra el egoísmo de Crosby, remiso a suministrar copias de algunas cartas que él localizó (descubrió algunas y, en el relleno de unas bardas, el borrador del famoso soneto "Retirado a la paz de estos desiertos...", escrito en La Torre; costumbres que no deben extrañar: los anticuarios siempre han disfrutado reventando las tripas a los sofaes y hurgando en las narices de las buhardillas tras las preciosas reliquias reunidas en las rendijas o escondrijos del tiempo. Los arqueólogos son también unos guarreras que inspecionan las basuras y mugres de antaño, hasta que dan con esos nidales maravillosos. El último se descubrió hace unos años, en Barcarrota: tras un muro apareció emparedada una biblioteca de libros condenados por la Inquisición y, entre ellos, una edición desconocida del Lazarillo hecha en Medina del Campo).

Pero lo más interesante para los lectores de Miciudadreal son las observaciones que hace el cojo genial sobre su entorno actuando en ese epistolario como "relacionero de sucesos", oficio antecesor del actual periodista. Eran estos unos personajes a los que algún noble ausente de la Corte o de sus estados encomendaba escribir y remitir las noticias y chismes que podrían interesarle, bien a cambio de retribución o bien por amistad o deuda, para devolver algún favor prestado. Quevedo se hallaba obligado a Sandoval por un parentesco lejano y, además, ambos militaban en el proscrito bando de los duques de Lerma, Medinaceli y Osuna, que había arrinconado Olivares, y recelaban por ello de cualquier medida con que revolvía la Corte.

Quevedo se creía vigilado y en efecto lo estaba; no en vano el Conde-duque fue pintado por Velázquez con una inquietante mirada de solayo, de reojo, en un cuadro ecuestre, caracterizándolo bien, más atento a lo que deja detrás que a lo que tiene delante, ante lo cual, el caballo, mucho más enterado, patea y relincha. Por eso mucho de lo que afirma hay que leerlo entre líneas, pues conocía que algunas cartas eran interceptadas. Pocas veces se muestra franco y solo cuando refiere minucias que no lo pueden comprometer o si se ha asegurado previamente de que la carta es llevada por conducto seguro y persona fiable cuando desgrana sus reflexiones íntimas, esto es, por medio de un propio o mensajero privado. A menudo exige, además, que se quemen sus cartas tras leerlas. 

Como es lógico, lamenta el secuestro de sus manuscritos cuando fue desterrado y pide continuamente que se le devuelvan. Entre ellos estaban sus traducciones de las Controversias de Séneca el Viejo, así como de noventa de las Cartas a Lucilio de Séneja el Joven, provistas de notas. Por otra parte se enorgullece justamente del Marco Bruto, cuya impresión supervisa; redacta una segunda parte y alaba su Hora de todos, que el amigo Pablo Jauralde cree llama en este epistolario con otro título, Theatro de la historia. Por un famoso romance, espigado de la edición de Blecua, sabemos que Quevedo acudía a la Torre, cuando estaba sano (y no desterrado), a lomos de su jaca, que se llamaba Scoto, nombre que le venía por ser tan fina como Rocinante, ya que al teólogo Duns Scoto se le llamaba el "Doctor Sutil". Pero esto debió ser cuando era más joven: en estos años ya no podía soportar cabalgadas y tenía que venir como podía en coche o calesa por su tuberculosis vertebral o mal de Pott, el mismo que afligió a otro gran pesimista, el poeta Giacomo Leopardi; este fue el mal que llevó a ambos poetas a la tumba:

Salí ya de Madrid con sufragios como de penas. Dirá vuestra merced que este lenguaje es de fastidio, de harto de la Corte; y de verdad así hablara el mesmo día que llegué. Quedo en esta su casa de vuestra merced molido del peor camino y tiempo que ha padecido nadie. Vine en coche en seis días, caminando, sin dormir ni comer, tan anegado como si hubiera venido nadando. 

Quevedo se muestra "con humor negro y melancólico", aunque le "son medicina la soledad y el ocio" o la caza ocasional, no obstante hallarse "con suma flaqueza y sitiado de achaques desapacibles", "entre libros y andrajos y cachivaches", deseoso de compañía, porque, afirma, "¿qué he podido atesorar sino muerte y hallarme con el cuerpo inhabitable, a quien ya soy huésped molesto?". Padece especialmente los inviernos:

Yo, señor, por la rabia del invierno, que es terrible, con hielos y nieve, sin apartarme de la chimenea me quemo y no me caliento, y como mi salud es muy poca y los achaques molestos y porfiados, verdaderamente parece que solo vivo para verme muerto.  

Buscando buena conversación huye del aislamiento en la Torre, no ya por necesitar cuidados médicos que piden marchar a Villanueva de los Infantes, sino por el recelo de algunos vecinos por los diez mil ducados que le deben, hospedándose unas veces en casa del correo mayor (el famoso humanista Bartolomé Ximénez Patón, de quien hace poco se ha logrado redescubrir algo del manuscrito perdido de los Comentarios de erudición) y otras en el Convento de los dominicos, donde se halla más a gusto, resguardado de los comadreos, cotilleos y conjuras del pueblo: "Aquel lugar es el campo de Agramante: árdese de jueces y encuentros entre el juez de la Cruzada y el de la Mesta. El vicario y el gobernador son una disensión y batalla perenne, hierven en chismes: yo salí de él huyendo", aunque Madrid no está mejor; allí: "Según están hoy las cosas, no se ha de ir a discurrir, sino a adivinar". Las intrigas manchegas (o, como escribe Quevedo, "mancheñas") lo irritan especialmente, porque las inspiran pasiones tan bajas como el mero latrocinio, algo que, junto a los abusos de poder, era citado entre los escritores de esta época (y de bastante después: en el XVIII, por caso, Eugenio Larruga o Francisco Gregorio de Salas) para caracterizar a esta comunidad:

Aquí envió el Consejo [de Castilla] por cura [remedio, pero también sacerdote] a Fierabrás [un famoso y ficticio ladrón sacrílego que aparece en el Quijote como inventor del famoso bálsamo], porque las cosas que en esta villa han sucedido con él no son creíbles. Lo más honesto es ser amancebado público, con todo el escándalo y aparato de rufián, cuchilladas, resistencias y pistoletazos, encubridor de ladrones y de hurtos, inducidor de testigos falsos y otras tales curiosidades; en razón de esto está descomulgado todo el Ayuntamiento y la mitad del pueblo de [esto es, por] participantes [cómplices], y anda en [la chancillería de] Granada el auxilio de la fuerza y, como en todos los demás lugares ahora se oyen sermones y misereres, aquí anatemas, Sodomas y Gomorras. A esto se ha llegado: a haberse descubierto por el tormento que se dio a un regidor, el más antiguo, por ladrón, otros tres ladrones, cuatreros y escaladores de casas que todos eran alcaldes y regidores y hurtaban con las varas. Han acudido el cura que los ampara a Granada por una parte; ellos, a Madrid, al remedio y a pedir al Consejo castigue este cura y le quite de esta villa que tiene hoy con facciones de pueblo luterano. Tal es el estado de este destierro mío.

O sea, más o menos como ahora, lo cual no le exime de sufrimiento moral por esas injusticias. "Lidiar con tramposos cosa es en que yo me ejercito aquí, porque a plazos y a cumplidos no cobro sino enfermedades de las voces y cóleras que me ocasionan los deudores"; "mi achaque carga sobre cojera envejecida y sobre ella muchos años que he vivido sin quietud, con esta herida que se me abrió el invierno... con esto, que estorba, y cuentas largas y cobranzas casi imposibles estoy amarrado a este hospital lastimosísimo". El propio mayordomo de Quevedo "que tenía  más había de catorce años" le "robó todo cuanto tenía y se me fue al otro mundo con dieciséis mil reales". 

Estos latrocinios tenían una causa bien distinta que la de ahora entre los humildes. La economía estaba fatal a causa de lo que antaño llamaban mohatra y actualmente especulación. Observa descorazonado el satírico que los nuevos impuestos de Olivares hacen a los ya exangües vecinos de La Mancha tener que vender las tejas y sufrir goteras, pues andan "tan pobres que no llovía Dios sobre cosa suya", dejando en cueros las paredes y caladas por la humedad. Ansioso de gobierno ideal, asqueado de "nicolaítas" (maquiavelistas) y receloso de taciteros, leyó y anotó la Utopía de Tomás Moro e importunó a otro caballero de Santiago, residente también en La Mancha, pero en Montiel, y muy amigo suyo, un tal Jerónimo Antonio de Medinilla y Porres, para que tradujera e imprimiera esta obra, lo que en efecto hizo con dos prólogos del mismo Quevedo y de Bartolomé Ximénez Patón, el primero de ellos todo un tratado doctrinal. 

Consuelos menos intelectuales recibe junto a las cartas: regalos que agradece debidamente, como ciruelas pasas, reputados garbanzos de Fuentesaúco, aceite, melones, aceitunas, higos, granadas, nueces y orejones. Toma rapé y chocolate, quema pastillas de olor y echa al vino aguado piedra bezoar, en cuyo poder curativo tiene gran fe; además, para refrescar el vino, ordena construir un pozo de nieve y cultiva un huertecillo en La Torre:

Yo trato de hacer un huertecillo en mi casa por sacar de mal estado un corral. A esta causa pido por limosna a vuestra merced un par de posturas [tallos] de laurel, de unas peras que dice don Alonso se hacen ahí muy grandes, de olivo bueno, de peras bergamotas, y de ciruelas de fraile [...] olvidóseme suplicar a V. M. unas posturas de durazno.

La vida pueblerina es todo rumores sobre si baja el Turco o llega la flota. Los naturales se delitan jugando al chito y a la taba, porque la baraja es cosa de ricos. En las cartas desgrana un sin fin de "gacetas" sobre las guerras con franceses, portugueses y catalanes. Y habla mucho del tiempo; como anciano y reumático se queja del frío y de las lluvias, tantas que llegan a "escupir ranas" y a no "enjugarse los caminos", porque "el tiempo está loco y borracho de agua". Ve pasar Quevedo el espectáculo de unos jaguares enjaulados que conducen al palacio real, obsequio de un virrey del Perú (emulando el episodio leonino del Don Quijote), cuando, ¡al fin!, llega la flota y se distrae redactando una segunda parte del Marco Bruto. Puede decirse que las llagas o abscesos supurantes del pecho que lo atormentaron desde 1638, complicaciones de su tuberculosis pulmonar, fueron la causa final de su muerte. La enfermedad le vino por el frío que padeció cuando estuvo preso, prácticamente en camisa, como le cogieron, en el monasterio de San Marcos de León, cuatro años, según declara; ya en la Torre y en sus últimos meses se hallaba tan débil y le temblaba tanto la mano que no podía escribir y tenía que dictar a un secretario; "he pisado más los umbrales de la muerte que de la vida", escribe; sus tan odiados médicos le sangraban sin piedad debilitándolo más todavía, pese a lo cual aún mejoró algo y proyectó viajes a Granada... o a Toledo, que estaba más cerca. Veía en su propio cuerpo los males de España: "Los sucesos de la guerra me parecen a los de mi convalecencia, salgo de un mal y entro en otro" y, tras escribir "hay cosas que solo son un nombre y una figura" en una de las cartas recogidas por Astrana,  murió en compañía de su sobrino y heredero, Pedro de Alderete, quien concluiría a su favor los interminables pleitos sobre las rentas de la Torre.

Llama la atención, sin embargo, un singular personaje que aparece en una de las cartas exhumadas por Sánchez. Se trata de un estafador manchego al que Quevedo no puede por menos que citar con velada admiración. Este embustero, quizá sastre o algo semejante, viajaba por toda La Mancha con una maleta llena de hábitos de todas las Órdenes Militares y entró en la venta del Villar, cerca de Villanueva, preguntado por su "amigo" Francisco de Quevedo e intentó obtener un adelanto monetario de cien reales en cebada por parte del ventero, prevalecido en esta amistad; pero el ventero, quien debía ser alguien tan zurrado como el que aparece en el Quijote, graduado en truhanerías, no picó; sin embargo, el pícaro consiguió al fin.los cien reales que pretendía en Villacarrillo, donde se encontró con unos vecinos de la Torre de Juan Abad y Cózar que comieron el anzuelo de su labia a cambio de una carta que firmó como don Diego Quevedo, "hermano" del famoso don Francisco, a quien ponía por garantía del préstamo, que tendría que devolver en cebada un tal don Jacinto de Villanueva del Arzobispo; el personaje existía, pero, claro está, no tenía ni idea de todo esto:

El embustero es el más superlativo que se ha visto. Él lleva una maleta atestada de hábitos de Santiago, Calatrava y Alcántara, Avis, Montesa, Christus, de San Esteban de Florencia, de San Miguel de Francia, de San Juan de la Nunciata, de Saboya y de San Antón, y en cada lugar es diferente caballero, diferente nombre y apellido y pariente, con diferentes cargos y ocasiones de viaje. Los criados siempre van adelante u a negocio, y él siempre solo. En todos los lugares va vendiendo trigo y cebada a la tasa, que libra en los que deja atrás seis o ocho leguas, porque haya tiempo para desparecerse.

Síguese a su descripción la historia. Aquí llegó solo en su mula, con su fardo de hábitos y puesto uno de Alcántara. Dijo era hermano de la señora gobernadora de Villanueva; llamábase don Pedro Sarmiento, que iba con unas pruebas a Córdoba. Preguntó por sus criados; dijéronle no habían llegado. -No es eso, dijo, lo dije había de pasar a la venta, y estarán allá; mas yo no pienso cansarme; aguarden los pícaros. Mandó al huésped [en aquella época significaba "hospedero"] diese recado a su mula. Fajose la cara con una bigotera, preguntó si estaba yo en el lugar, dijéronle que sí y dijo: "Es gran caballero. Harto se holgara de verme, mas, huésped: ¡chito!, y perdone el amigo hasta la vuelta, que vendré con mi gente. Preguntó: "¿A cómo pesa la cebada?" Dijo el mesonero que a quince reales, y no se hallaba. Y él luego: "Algo le ha de valer ser yo su huésped. Si quiere treinta fanegas yo le daré libranza de ellas en Villanueva. Darme ha cien reales y lo demás al que le dará mi cebada a la tasa". El mesonero es prieto y respondió: "Más necesidad tengo de que vuestra merced me pague la que comerá la mula y la cama que de otra cosa". Con esto pagó y se fue.

En Villacarrillo, en el mesón topó unos hombres de aquí y de Cózar. Preguntoles de dónde eran; dijeron: "De La Torre". Y replicó: Allí está mi hermano, don Francisco de Quevedo: allá he de ir desde aquí". Convidoles con cebada a la tasa si le daban cien reales. Diéronselos, y dioles una libranza en un don Jacinto de Villanueva del Arzobispo, y una carta para mí; fueron a Villanueva del Arzobispo y el don Jacinto los desengañó. Trujéronme mi carta; el sobreescrito "a don Francisco de Quevedo Villegas, mi hermano, etc.". La carta, preciosísima, y firmaba "don Diego de Quevedo Villegas". Queda vuestra merced informado de las andanzas del pringón.

En la misma carta se dan detalles de otro personaje manchego, una santera robacapas, tan hábil que nadie podía acusarla al esconder su botín en una ermita (así lo tenían por donativo) y declarar que lo pusieron allí unos terceros que no hubo modo de localizar. Además ejercía de alcahueta arreglando encuentros amorosos entre pastores, mozas y pícaros y vendía el aceite de esas lámparas e santos cuyo contenido tenían fama de beberse las inocentes lechuzas.

Fuera de tanto pícaro, Quevedo es también un moralista y educador y ofrece buenos consejos: "Estudie, que es ejercicio necesario para saber quién es y quién son los demás" y "Vuestra merced tenga por entretenimiento el leer y escribir, de que siempre se coge buen fruto y por lo menos se estima el día y se pone precio al tiempo, que en otras cosas se pasa de balde a no volver". Con esto, y con aludir a los diversos escándalos de la Corte y al sentido fallecimiendo del Duque de Lerma, termino mi reseña, no sin señalar que, gracias a una de estas cartas, se pudo averiguar que en efecto nació el día de las llagas de San Francisco, un 17 de septiembre, por lo cual le pusieron el nombre de pila.

viernes, 3 de octubre de 2014

La verdadera copla de La Dolores



Si vas a Calatayud,
pregunta por la Dolores,
que es una chica muy guapa
y amiga de hacer favores.

jueves, 2 de octubre de 2014

Internet evita concentrarse



Karelia Vázquez, “¿Estudia en Internet sin distraerse? Internet está repleto de gratificaciones inmediatas para procrastinar y perder el tiempo. Las plataformas de e-learning experimentan con diseños anti dispersión”, en El País, 1 OCT 2014:

El novelista Jonathan Franzen considera que es imposible escribir una buena novela desde un ordenador conectado a Internet. Por eso trabaja en un dispositivo marca Dell al que ha arrancado la tarjeta wireless. Además, para protegerse de todas las tentaciones ha taponado con superglue todos los agujeros del ordenador por los que se podría conectar un cable de Internet. El escritor lo contó a la revista TIME y recomienda a todo aquel que pretenda trabajar con un nivel mínimo de concentración e interferencias hacer lo mismo.

Internet es una fuente de dispersión inagotable. Puede usted procrastinar sin límite alguno en sus brazos. Saltar de una ventana a otra y perder la noción del tiempo. Cuando consiga despertar habrá perdido al menos un par de horas de productividad y le costará horrores volver a concentrarse. Mientras un escritor como Jonathan Franzen puede permitirse la abstinencia digital alguien que se apunte a un curso online no podrá disfrutar de semejante excentricidad. A través de Internet le vendrá el conocimiento y la distracción. Todo a un tiempo y en el mismo pack. Y, sí, la mayoría de los mortales somos más sensibles a una cosa que a la otra.

En el libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus) el periodista tecnológico Nicholas Carr sugiere que la Red podría estar rediseñando nuestro cerebro para que prefiera consumir información corta, desarticulada y frecuentemente servida en explosivas cascadas, en lugar de las presentaciones largas, constantes y lineales que caracterizan a la lectura profunda o al estudio. ¿Cómo es posible entonces aprender en Internet, el lugar más disperso al que hayamos tenido acceso jamás?

Trabajamos o estudiamos como promedio con ocho ventanas abiertas al mismo tiempo y saltamos de una a otra cada 20 segundos. No pasarán más de 15 minutos sin que sea usted interrumpido por alguna tarea digital pretendidamente urgente. Por ejemplo, gestionar el email, actualizar Facebook, chatear por Gtalk, satisfacer una repentina curiosidad en Google, buscar un vídeo en YouTube … Dichas tareas pueden venirle dadas por las circunstancias, pero en la mayoría de los casos será usted mismo quien interrumpa su ritmo de trabajo porque no querrá pasar más tiempo sin saltar compulsivamente de una cosa a la otra.

Las encuestas sugieren que el control de los impulsos se está haciendo más débil en el mundo de la gratificación inmediata.

En una encuesta realizada a 2500 personas por Webtrate, un software creado para liberar de Internet a estudiantes, escritores y trabajadores que necesitan concentrarse, más de la mitad de los entrevistados admitió que tenía problemas para controlar sus impulsos y abstenerse de echar un vistazo a su email o a sus redes sociales mientras estudiaba o trabaja. Más del 60% dijo abandonar su línea de pensamientos para responder un correo o comentar en las redes sociales mientras trabajaban o escribían textos que requerían concentración máxima.

Según el empresario y programador Will Little, quien creó y diseñó el software Webtrate, Internet a pesar de sus múltiples beneficios reduce nuestros niveles de productividad y nos ayuda a procrastinar más y mejor porque nos da acceso a “un menú inmediato de distracciones instantáneas”. “Parece que cada vez sentimos una necesidad más acuciante de saciar nuestros deseos de información nueva revisando el email, la Web o las redes sociales. El entusiasmo por descubrir algo nuevo es tan poderoso que puede más que un trabajo importante por hacer. Las encuestas sugieren que el control de los impulsos se está haciendo más débil en el mundo de la gratificación inmediata”, dijo en una rueda de prensa.

Los diseñadores y profesores de cursos online saben que tienen que luchar contra la competencia más feroz y cercana: Internet. Alexandra Maratchi, CEO de Homuork, una start up española dedicada al diseño de cursos online para la educación corporativa cuenta que experimentan con herramientas de diseño para no perder alumnos por el camino. “Trabajamos con la longitud de los vídeos. Los estudios demuestran que a partir del minuto ocho la atención cae en picado, así que los hacemos más cortos, usamos técnicas narrativas para contar los contenidos e intentamos que el propio curso parezca un escenario”
más información

Por su parte José I. Baile, profesor y vicerrector de Ordenación Académica de la UDIMA (Universidad a Distancia de Madrid) recuerda que estudiar en un medio online, no significa estar en Internet todo el tiempo. “La gran mayoría de los cursos online permiten obtener los materiales y descargarlos en el dispositivo para poder estudiarlos tranquilamente en cualquier lugar y momento, sin necesidad de tener acceso a la Red, para posteriormente volver a la plataforma y realizar ciertas actividades de aprendizaje o de evaluación. Esta sería una de las primeras reglas para no dispersarse: no estar siempre conectado con la excusa de que se está estudiando porque habitualmente no es necesario”. Este experto recomienda a los alumnos de la enseñanza online que se den descansos de diez minutos de ocio en Internet por cada 50 dedicados a estudiar. Para Baile, lo que suele dispersar mucho al estudiante es un curso online sin profesor. “Si la formación es autodidacta se suele requerir mayor motivación personal y concentración, capacidad de autocontrol, autorregulación y concentración”.

La pasividad lleva al aburrimiento, y éste a la dispersión. Es decir, si el curso no obliga al estudiante a hacer nada, salvo a ser receptor de información, pronto nos iremos a navegar por Internet sin orden y concierto y perderemos el hilo de lo que estábamos haciendo. Los cursos diseñados por Homuork han encontrado una fórmula para mantener al alumno alerta: “Cada cierto tiempo y sin avisar salta una pregunta que evalúa el desempeño del alumno, no le dejamos mucho tiempo solo e inactivo”, explica Alexandra Maratchi y agrega: “Además, intentamos que que las plataformas sean espacios agradables, que esté todo en la misma pantalla para que no haya que cambiar constantemente de una a otra. Por último, siempre dejamos ver la secuencia, que el alumno vea dónde empieza y termina el curso para que no desespere”. Maratchi lo resume en proponer al alumno suficiente variedad para que no se vaya a otro sitio y animarle con elementos “que parecen de ocio pero no lo son”. "¡Casi tratamos al estudiante como si fuera un espectador!"

¿Puede Internet salvarnos de Internet?

Paradójicamente Internet promete salvarnos de sí misma. Cada vez se crean más plataformas, software y aplicaciones online destinadas a hacernos más productivos y eficientes bloqueando el acceso a la Red de forma temporal o definitiva.

Webtrate

El software ofrece a “los estudiantes procrastinadores” hasta tres modalidades para liberarse de Internet. El primer paso es configurar cuánto tiempo la quiere usted tener bloqueada en su ordenador, luego puede elegir una de estas opciones: 1. Bloquear, pero si reinicia el ordenador podrá volver a conectarse. 2. Bloquear y aunque reinicie no podrá volver a Internet hasta tanto no se agote el tiempo de no conexión que ha configurado. 3. Permanecer conectado pero con un filtro que le impida acceder a los sitios donde suele dispersarse, por ejemplo, el correo electrónico y las redes sociales. Ofrece 30 días gratuitos de prueba.

Freedom

Aseguran sus creadores que su precio, 10 dólares (7 euros), serán una buena inversión porque lo convertirán en una persona eficiente. Esta aplicación ha sido probada por más de 500.000 usuarios y es compatible con Windows, Mac y Android. Freedom desconecta el ordenador de Internet por el tiempo que usted decida y lo libera (por ese tiempo) de las distracciones digitales que le impiden trabajar.

Isolator

Le ayuda a concentrarse y le quita de en medio todas las fuentes de distracción. Cuando se pone en marcha Isolator cubre el escritorio y esconde todos los iconos y aplicaciones y solo le deja ver el documento de trabajo en el que debe concentrar toda su atención.

SelfControl

Es una aplicación gratis compatible con Mac que permite bloquear el acceso a sus pecados digitales preferidos, incluidos los servidores de correo electrónico y las redes sociales. También le deja a usted decidir el tiempo de abstinencia y hacer su propia lista negra de sitios que preferiría no ver mientras está trabajando. Debe pensar bien sus decisiones porque Selfcontrol no le permitirá conectarse a Internet hasta que el tiempo elegido no se agote. No podrá hacerlo aún cuando reinicie el ordenador.

Cold Turkey

Es un programa para Windows que funciona como un bloqueador de aplicaciones, Web y todo lo que usted decida que no lo deja avanzar en sus tareas. “Una vez que el ordenador está bloqueado –dicen sus creadores- usted aumentará la motivación y prestará más atención a su trabajo.

StayFocusd

En lugar de bloquear las distracciones digitales por un periodo de tiempo determinado, esta herramienta le permite decidir cuánto tiempo quiere perder al día y limita las horas que va a pasar en esos sitios donde usted sabe que procrastina como un campeón. Puede decidir pasar 60 minutos al día en Twitter o en Youtube, darse una hora para Ebay o diez minutos para revisar su Instagram. Funciona en Google Chrome. Los usuarios de Firefox tienen una prestación similar con LeechBlock.

Time Out

Para mantener un buen nivel de atención y concentración se deben tomar descansos cada cierto tiempo de estudio. Esa es la misión de Time Out: programar sus descansos a intervalos de tiempo que usted debe configurar. La aplicación disponible para Mac se encargará de recordar cuándo le tocan sus diez minutos de descanso.

La pérdida del olfato presagia muerte próxima

De La Vanguardia, hoy:

La pérdida de olfato como vaticinio de una muerte no muy lejana. Dejar de sentir olores predice el fallecimiento en cinco años, según un estudio publicado por especialistas norteamericanos

Barcelona. (Redacción).- Un sorprendente estudio pone de relieve la importancia de un sentido a veces poco apreciado, con respecto a otros, como es el olfato. Un grupo de especialistas estadounidenses, presidido por Jayant Pinto, han llegado a la conclusión de que la pérdida del sentido del olfato no es causa de muerte como tal, pero predice un probable fallecimiento con mayor precisión que un diagnóstico de cáncer, insuficiencia cardíaca o enfermedad pulmonar.
Este grupo de investigadores defiende que dejar de sentir olores predice la muerte en cinco años, y es que el sentido del olfato sirve de referente para el estado general del cuerpo o como marcador de la exposición a toxinas ambientales.

Estos científicos llegaron a tal conclusión al investigar a unos 3.000 voluntarios de entre 57 y 85 años de edad, según detallan en un artículo publicado en la revista PLOS ONE. 

Entre los años 2005 y 2006 los médicos sometieron a los participantes a una simple prueba. Tenían que identificar cinco olores: rosa, cuero, pescado, naranja y menta. El número errores en la identificación sirvió a los investigadores de marcador para determinar la pérdida del olfato.
Cinco años después, los mismos investigadores intentaron encontrar al máximo número de voluntarios que tomaron parte de la prueba un lustro antes para volver a someterles a un análisis olfativo similar. La sorpresa vino cuando certificaron que 430 de los voluntarios originales habían muerto. Del total de participantes, un 39% había fallado el primer experimento, un 19% había mostrado una pérdida moderada del olfato y solo un 10% había pasado la prueba satisfactoriamente.
Los investigadores determinaron que aquellos voluntarios que fallaron en la primera prueba tenían una probabilidad cuatro veces más alta de morir en los cinco años posteriores que aquellos que habían identificado los cinco olores bien. La tendencia siguió siendo la misma cuando los científicos tomaron en consideración los factores que suelen influir en el olfato: raza, sexo, salud mental y nivel socioeconómico.

Los médicos estadounidenses han formulado incluso una explicación científica a sus conclusiones. Según deducen, la nariz puede pronosticar eficazmente la muerte debido a que la punta del nervio olfativo no solo contiene los receptores del olor sino también es la única parte del sistema nervioso humano continuamente regenerada por las células madre.
La aparición de las nuevas células se reduce con la edad, lo que desemboca en la disminución gradual de la capacidad de percibir e identificar olores. Una disfunción olfativa indica que el cuerpo está entrando en un estado de deterioro y ya no es capaz de repararse a sí mismo.
Cabe remarcar que los investigadores no han examinado las causas exactas de la muerte de sus voluntarios y tampoco han pronosticado si la gente joven mostraría los mismos resultados si se les sometiera a las mismas pruebas.

martes, 30 de septiembre de 2014

Ya no hay bárbaros

Menos jeta que Mas tuvo la bárbara masageta que, cuenta Herodoto, se atrevió a conquistar el reino de Ciro II el Grande y luego le hundió la cabeza en un cubo de sangre. A Más le meterán lo más en la cárcel (con permiso de aforamientos y tal) por un quítame allá un Lienchenstein, que nunca será un Linchenlen. Lo que tenía que haber hecho Mas es declarar la guerra a España, cruzar el Rubicón del Ebro y vengarse por haber perdido la Guerra de Sucesión, que fue como la de Secesión, pero hace trescientos años; ahí  es nada memoria histórica. Igual hasta gana (más que con Pujol).

Pero Mas es más blandengue que el autoinducido amor propio de una medusa lesbiana, que además de inmoral es inmortal, como la patria. Dulce et decorum est pro patria mori: "Dulce y honroso es morir en vez de que la casa paterna muera". La patria es la casa de los padres, como en el soneto de Quevedo: "Miré los muros de la patria mía". Los guardias civiles mueren, todo por la patria, para que no mueran sus padres. No porque su patria se lo ordene; pero Mas va a hacer el ridículo porque le tiraron un cañonazo hace trescientos años, como si los austracistas no nos hubieran tirado cañonazos a nosotros, aparte de darnos también el coñazo decimonónico. Pero es de suponer que la malvenida parvedad del asunto no será tal para algunos, la tonticie de siempre, y habrá desórdenes y hasta algún muertecito a causa de la gilipollez, ya más bien gilipatía, de quien piensa que la butifarra  solo alimenta con denominación de origen.

Se ve que el nacionalismo, como otras formas de propiedad, lo inventaron los banqueros para sacarle algún provecho económico a los tontos. Aquí, por el contrario, tenemos que soportar a una rosa poco fragante y sí muy flagrante que podría protagonizar el adagio lamentoso andante y final de la Patética, y me refiero a Pateta, el Cojuelo; porque sabemos de qué pie. No hay más Mariano que Mariano y Rosa es su mofeta:

Demasiado olorosa es esa Rosa
que añade el Romero a su perfume,
y cualquiera diría que presume
de taparle el tufillo a toda cosa.

La pereza me impide acabar el soneto. Rosa pastel nos ha traído un nuevo dulce confitado en su nuevo despacho y diseñado en su nuevo piso del Quesito. En la dantesca Rosa se cruzan, como para formar un hircocervo horaciano, el más dulzarrón Murillo con el más deprimente ya lo ves Leal. Ciudad Leal. Lo tiene todo, como el último Mahler. Uno puede ahogarse perfectamente en él sin encontrar siguiera una tabla flotante a que agarrarse. Caer más bajo solo pudo el gran Tchaikovski, en su cuarto movimiento y final.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La narrativa nació a la luz de una hoguera

J. de J. "Las historias antes de dormir nacieron en una fogata"  28/09/2014

El control del fuego hace cientos de miles de años permitió al ser humano alargar sus días y reforzar sus lazos sociales.

Cuando nuestros antepasados comenzaron a controlar el fuego hace entre 400.000 y 1 millón de años, las llamas no solo les permitieron cocinar sus alimentos o defenderse de los depredadores, también lograron algo igualmente fantástico (o más): hicieron sus días más largos. Reunirse alrededor de una fogata permitió a los grupos humanos compartir historias que les llevaron a reforzar sus lazos y desatar la imaginación para vislumbrar un sentido más amplio de la comunidad, según concluye un estudio de la Universidad de Utah (EE.UU.) publicado esta semana en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

La investigación se ha llevado a cabo con el análisis de decenas de conversaciones diurnas y nocturnas de los bosquimanos Kung, unos 4.000 de los cuales viven en el desierto del Kalahari en el noreste de Namibia y el noroeste de Botswana. «Hay algo en el fuego en medio de la oscuridad que acerca, relaja y al mismo tiempo excita a la gente. Es íntimo», dice la antropóloga Polly Wiessner, que estudia a los bosquimanos desde hace 40 años.

Lo que resulta interesante de los bosquimanos es que viven de forma muy parecida a como lo hacían nuestros antepasados cazadores-recolectores durante el 99% de la evolución humana. «Lo que ocurre durante las horas de la noche iluminadas por el fuego en los grupos bosquimanos ayuda a responder cómo el fuego ha contribuido a la vida humana», apunta Wiessner.

Los bosquimanos Kung mantienen reuniones alrededor del fuego en grupos de hasta quince personas. Aunque en los campamentos cada familia tiene su propio hogar, por la noche prefieren reunirse en uno de ellos. La investigadora analizó las conversaciones en las que participaban al menos cinco personas.

Resultó que las charlas nocturnas eran muy diferentes de las diurnas. De noche, los bosquimanos tratan temas como cacerías pasadas, peleas por la carne, matrimonios, costumbres prematrimoniales, asesinatos, incendios forestales, nacimientos, interacciones con otros grupos, averías de camiones, ataques de animales, disputas y asuntos extramaritales, y mitos tradicionales.

Por la noche, el 8o% de las conversaciones eran historias y solo el 7% quejas, críticas o chismes y el 4% asuntos económicos. Sin embargo, las conversaciones diurnas diferían mucho: el 34% eran quejas, críticas y chismes para regular las relaciones sociales; el 31% eran asuntos económicos, como por ejemplo la caza para la cena; el 16% eran bromas y solo el 6% eran historias.

«De día, la conversación tiene mucho que ver con las actividades económicas, trabajo, obtención de alimentos y recursos disponibles -señala la investigadora-, tiene mucho que ver con los asuntos sociales y el control: críticas, quejas y lamentaciones». Pero por la noche, «la gente se relaja y busca el entretenimiento. Se cuentan historias, se habla de las características de personas que no están presentes y que se encuentran en sus redes más amplias, y se comparten pensamientos sobre el mundo de los espíritus y cómo influye en el ser humano». Al mismo tiempo, se baila y se canta, y los sanadores entran en trance para viajar al mundo espiritual y comunicarse con las almas de los seres queridos fallecidos.

Comunidad virtual
Según la autora del estudio, el ser humano es único por crear lazos fuera de su propio grupo, algo que no hace ningún primate no humano. Esto nos permite formar comunidades que no están en el mismo espacio, pero sí en nuestra mente, incluida nuestra capacidad para crear redes virtuales, lo que para los bosquimanos puede ser equiparable a mantener contacto con otras personas a 200 km.

Las historias a la luz del fuego, las conversaciones, las ceremonias y las celebraciones desataron la imaginación humana y «las capacidades cognitivas para formar estas comunidades imaginadas, tanto si se trata de nuestras redes sociales, todos nuestros parientes en la Tierra o las comunidades que nos unen al mundo de los espíritus», señala Wiessner.

Claro que ahora no hace falta encender un fuego. La luz artificial, como una hoguera, nos permite alargar nuestros días pero, y aquí está el truco, también nuestras horas de trabajo. Cómo transcurre ese tiempo bajo una bombilla, si leyendo un cuento a nuestros hijos o terminando un informe en nuestra tableta, es algo sobre lo que, según la antropóloga, deberíamos reflexionar.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Frases memoriables de profes universitarios

"Mañana me entregáis la práctica. No quiero excusas de la vida me engañó, los rusos me persiguen…"

"No es que me quiera dar protagonismo, solo me pongo de ejemplo".

"Me he acordado de un caso bonito, sobre una pareja que se había separado y su hijo había muerto, entonces la madre había puesto una demanda para que se declarase al padre indigno de recibir la herencia del hijo porque lo había desatendido y éste a su vez la demandó a ella por la misma razón para que fuera ella la que no recibiera la herencia por indigna.[Toda la clase en silencio 'horrorizada']. Bueno, fue un caso bonito desde el punto de vista procesal".

"¿A quién va a gravar el impuesto de sucesiones? Bueno, al muerto, desde luego que no".

viernes, 26 de septiembre de 2014

Están locos estos italianos.

Ángel Gómez Fuentes, "Diferencias entre españoles e italianos", Abc, 26/09/2014:

Hay simpatía y similitudes entre ambos pueblos, pero hay aspectos que nos distinguen de nuestros «hermanos» latinos y mediterráneos.

Diferencias entre españoles e italianos

Florenzi, jugador del Roma, corre hacia la grada para abrazar a su abuela tras marcar un gol
Italia se ha emocionado con el gesto del jugador del Roma, Florenzi quien, tras meter un gol el pasado domingo al Cagliari en el estadio Olímpico, corrió hacia la tribuna para abrazar a su abuela de 82 años, que acudía al campo por primera vez para ver a su nieto. Un gesto humano memorable, que al día siguiente era foto de portada en todos los periódicos italianos.

Es un abrazo cargado de gran simbolismo que ha conmovido a los italianos, porque en esa foto se han visto todos reflejados. Sería muy difícil, por no decir imposible, ver algo parecido en un campo de la Liga española. Y es que, aunque se diga que españoles e italianos, son dos pueblos semejantes, en realidad somos muy distintos, con sustanciales diferencias. Sí hay una atracción y simpatía recíproca entre ambos pueblos, y para justificarla se dice que somos latinos y mediterráneos. Pero también son latinos los franceses y mediterráneos los griegos, y con ellos la relación es muy distinta.

Seguramente la atracción y simpatía entre españoles e italianos están determinadas por una virtud común: la capacidad de saber acoger, que se ve facilitada solo en parte por el idioma. En realidad se trata de dos lenguas que para hablarlas y entenderlas se deben estudiar. Por eso, en los encuentros políticos bilaterales se utiliza el intérprete.

«Mammismo» y machismo.

Volviendo al caso Florenzi, el gesto y su enorme repercusión puede tener su explicación en el «mammismo» que caracteriza a Italia, mientras el machismo congenia más con el carácter español. En la casa, la influencia de la mujer es decisiva, lo que constituye un matriarcado en muchas regiones. A este respecto, el célebre escritor Andrea Camilleri me contaba recientemente al entrevistarlo para ABC: «Recuerdo que mi abuelo Vincenzo, que era un empresario, le contaba a mi abuela por la noche lo que debía hacer al día siguiente. Y siempre hacía lo que le había aconsejado mi abuela».

En Italia lo femenino lo impregna casi todo. El arte tiene género femenino, al igual que algunos objetos, como el coche, el balón (la «palla») y el equipo de fútbol (la «squadra»). Femenino es también el deseo de agradar de todos los italianos. Hacen lo que sea para dejar a todo el mundo contento. Por eso es posible, por ejemplo, pedir en un bar un café hasta con al menos 12 modalidades; por no hablar de los helados, con infinitas variedades. Mientras el orgullo es muy español, en el italiano predomina el deseo de congraciarse, de conquistar amistades y el ayudar a salir del paso.

Amantes de la belleza.

El sentido de la estética lo llevan los italianos en el ADN, y lo reflejan en todos los aspectos de su vida cotidiana. Ese gusto y sentido de la estética desborda por completo el de la ética. Aman la belleza y éste sería su único dogma. Un italiano entra en el bar y pide al camarero un «bel cappuccino» o un «bel bicchiere d'acqua». Al español jamás se le ocurriría pedir un «café bello», sino un «buen café». Es decir, lo que para el español es bueno, para el italiano es bello. Cuando los españoles decimos «es una buena persona», en italiano se diría es «una bella persona», y en este concepto de «bella persona» entra ya todo: la belleza externa y de forma especial la interna.

La caballerosidad y fidelidad a la palabra dada serían virtudes españolas. Somos rotundos a la hora de comprometernos. El español es drástico y radical. El italiano es posibilista, ambiguo, conciliador y cínico. No casan con el italiano el dogmatismo, ni la intransigencia ni el nacionalismo. Italia es el país de la diplomacia, con la que todo es posible y negociable, y se busca que no sean definitivos el sí o el no. Debe haber posibilidades infinitas para todos. Por eso en Italia hay más partidos políticos que en ningún otro país europeo.

Desconfianza del turista.

Muy italiana es también la fantasía y la pillería o la «furbizia». Aún se sigue abusando del turista para clavarle unos euros de más. Sentarse en una mesa para tomarse un capuchino en un bar situado en lugar turístico puede costar hasta ocho euros, pero no lo advertirá previamente el camarero ni mostrará claramente los precios. Además, en ciertos bares-restaurantes hay un precio para el cliente y otro para el turista. De ahí la desconfianza y prevención que los extranjeros muestran cuando visitan Italia.

A un colega recién llegado a Roma le cobraban en un bar próximo al Vaticano 3 euros por un capuchino, hasta que un día lo acompañé y lo presenté como nuevo corresponsal fijo en Roma: desde entonces lo pagó a 0,90 céntimos. De todas formas, no siempre está justificada la desconfianza. Cada vez más hay una Italia, sobre todo entre los jóvenes, que cree en los valores, en el esfuerzo y en el trabajo bien hecho.

Hecha la ley, hecha la trampa.

Junto a la pillería, es muy habitual saltarse la ley a la torera, lo que encima se ve como una hazaña y no una deshonra. El diario «Il Messaggero» informaba hace poco que un romano cobró ilegalmente la pensión de su suegra durante 13 años: murió en 2001 a la bella edad de 93 años, pero él la hizo llegar hasta los 106, manteniéndola en vida en los archivos de la oficina bancaria donde cobraba en su nombre casi mil euros mensuales. Fue descubierto porque se jactaba con orgullo y sin pudor que cobraba la pensión de su suegra Marcellina: «Vivo como un señor con la pensión de mi suegra muerta», dijo el yerno, que fue denunciado tras haberse embolsado en esos años la nada despreciable cifra de 183.000 euros.

En Italia se creó el Derecho. Pero hecha la ley, también se ha hecho la trampa. Para eludir o pagar menos impuestos, circula un libro publicado en 2008 con este título: «110 maneras para evitar las tasas. Técnicas, astucias y estratagemas de los italianos». La palma en saltarse la ley la tiene Nápoles, donde se dice que el semáforo rojo es simplemente «indicativo», pero no «prohibitivo». Es verdad que en Nápoles todo se exagera: la tercera ciudad italiana constituye un microcosmos en el que la ley está prácticamente suspendida. Así, se conduce la moto sin casco y existen barrios donde la Policía apenas puede entrar porque es territorio en el que se nota más la presencia de la camorra (la mafia napolitana) que el Estado.

Al igual que soporta malamente la ley, el italiano no aguanta las colas ni la disciplina. Difícilmente soportará una fila y su tendencia será la de colarse.

El Estado dentro del Estado.

El italiano cree poco en el Estado y en la Justicia, y confía más en los amigos, en los favores y en las recomendaciones. Por eso, en Italia sin recomendación se hace casi imposible superar la burocracia y los corporativismos. El hecho de no amar al Estado y considerarlo un elemento extraño, y a menudo incluso enemigo, lleva a los italianos al engaño al fraude, a privilegiar el «hazlo tú mismo».

Nacen así los clientelismos y las mafias. Éstas llegan a constituir Estados dentro del Estado, con sus propios códigos de conducta y objetivos de delincuencia. En el sur, esas mafias, ya sea la camorra (mafia napolitana), ‘ndrangheta (mafia calabesa) o la mafia siciliana imponen el «pizzo» (el «impuesto» mafioso) al menos al 50 por 100 de los negocios, según las zonas.

Populismo.

Italia tiene un vicio antiguo: el populismo. Casi siempre ha sido dominada o atraída por el populismo: un jefe capaz y determinado a conquistar el poder, reforzarlo y mantenerlo, basándose en sus dotes de seducción. Para ese actor, el poder es el objetivo, más que un instrumento para realizar el bien común. Se explica así la fascinación que ha podido causar en buena parte de los italianos Silvio Berlusconi, un gran actor capaz de embaucar a más de diez millones de votantes, utilizando el poder fundamentalmente para sus intereses personales con numerosas leyes «ad personam».

Hoy muchos italianos vuelven a sentir la fascinación por un personaje popular, Matteo Renzi, de gran simpatía y extraordinarias dotes de comunicación, hasta el punto de que se ha dicho que políticamente es «hijo» de Silvio Berlusconi. Es obvio que los separan infinidad de cosas. Pero este mismo lunes, Ferruccio de Bortoli, el director del «Corriere della Sera», el primer periódico del país, lo ataca de forma extraordinariamente dura, precisamente por su ego hipertrófico y su deseo de ser un solo hombre al comando del país: «Renzi no me convence por la forma de gestionar el poder. Es una personalidad egocéntrica, hipertrófica»,«con un equipo de gobierno de una debilidad desconcertante. La sospecha extendida es que algunos ministros han sido elegidos para no hacer sombra al premier», escribe el director del prestigioso diario.

Afortunadamente para Italia, no siempre se ha impuesto el vicio del populismo.

Uno orgulloso, otro sentimental.

La envidia es uno de los deportes nacionales del español, mientras que los celos son más consustanciales con el sentimiento italiano. El español es orgulloso y pasional, el italiano es sentimentaly retórico, lo que se nota en que usa muchísimo la metáfora y el eufemismo, con un vocabulario y una oratoria en general superiores en los italianos.

Sería interminable la relación de diferencias entre españoles e italianos, con infinidad de virtudes y defectos en ambos casos. Últimamente, los italianos que visitan España alaban la acogida, fiabilidad, seriedad y profesionalidad que encuentran en nuestro país. De los italianos cabe aprender su «saber vivir» con elasticidad. En su mente, todo es posible. Como católicos, creen en el milagro.

Un país herido, pero con esperanza.

Se dice que los italianos son un pueblo de artistas, santos, poetas y navegantes. Eso es verdad, pero hay más: los italianos aman la vida, la familia, y se sienten ligados a sus tradiciones y a las faldas de sus mujeres, sus novias, sus madres o sus abuelas. Y como ha puesto de relieve el realizador Gabriele Salvatores, en un excelente retrato de los italianos, con el film «Un día en Italia» (ha seguido la idea de Ridley Scott en «Life in a day»), montado con una selección de casi 45.000 vídeos filmados por ciudadanos comunes, la grave crisis económica ha hecho que hoy Italia sea un país herido, pero optimista y con esperanza en su futuro.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Vocabulario de objetos raros

1. Acerico. Almohada pequeña. Y también la almohadilla que sirve para clavar alfileres o agujas.
2. Agrafe. Pieza de metal para sujetar el cierre de botellas y frascos. Por ejemplo, el alambre y la chapa de las botellas de cava.
3. Ampersand. El signo &.

4. Ápice. Acento o cualquiera de los signos que se colocan sobre las letras, como el punto de las íes. Eso sí, el acento de la eñe se llama virgulilla.

5. Carúncula. La cresta de gallos y pavos.

6. Crencha. Raya del pelo y cada una de las partes en las que la crencha divide el cabello.

7. Criptomnesia. Fenómeno que consiste en creer que se te acaba de ocurrir algo que en realidad sólo lo estabas recordando, aunque no recuerdes que ya lo sabías. Por ejemplo, cuando plagias involuntariamente un tuit.

8. Diastema. Espacio entre los dientes. Estuvo de moda durante siete segundos porque todo ha estado de moda alguna vez. O lo estará. Recordad, por ejemplo, los bigotes.

9. Estepicursor. El matojo rodante típico de las películas del oeste o de cuando cuentas un chiste en un bar. También se llama rodamundos, sorrasca, calamino, boja, salicón, salicor, salicornio, salicornia, barrilla, corredora del desierto, bola del oeste, apretaculos, capitana, malvecino, alicornio, cardo ruso, planta rodadora, bruja, chamizo, cachanilla, maromera, salsola, y rodadora.

10. Filtrum. Surco subnasal, es decir, la ranura situada debajo de la nariz y encima de los labios.

11. Fosfenos. Las manchas luminosas que se ven al frotar los párpados.

12. Ginecomastia. Man boobs.

13. Giste. La espuma de la cerveza. Ejemplo de uso cotidiano: “¿Sabías que la espuma de la cerveza se llama giste?”

14. Guedeja. Cabellera larga y también la melena del león.

15. Herrete. Cada una de las puntas de plástico o metal de los cordones.

16. Jeme. Distancia que hay desde la punta del pulgar a la del índice, separando el uno del otro todo lo posible. Unidad de medida equivalente a “un cacho así”.

17. Lemniscata. Curva plana de forma semejante a un 8. Es el término correcto del símbolo de infinito.

18. Lúnula. El espacio blanquecino semilunar de la raíz de las uñas.

19. Óbelo. Signo de división. El de multiplicar es una más común “aspa”.

20. Petricor. El olor de la lluvia en sitios secos.

21. Pie de Morton o pie griego. Cuando el segundo dedo del pie es más largo que el gordo. (¿Estas personas son alienígenas infiltrados? Este sería otro debate).

22. Quincunce. Disposición como la figura de un cinco en un dado, con cuatro puntos formando un rectángulo y otro punto en el centro.

23. Recazo. La parte del cuchillo opuesta al filo.

24. Sangradura. La parte hundida del brazo opuesta al codo.

25. Telson. La cola de los crustáceos. Ejemplo: “¿Tú te comes el telson de los langostinos? Yo sí. Soy un poco bruto”.

26. Tenesmo. Ganas frecuentes de ir al baño.

27. Vagido. Gemido o llanto del recién nacido.

28. Virola. Es una abrazadera de metal que se coloca en algunos instrumentos, incluyendo la anilla metálica que une el lápiz con la goma de borrar y la punta de un paraguas, por ejemplo. No confundir con “vitola”.

29. Vitola. La anilla de los cigarros puros.

No es excusa

No es excusa, qué va, pero mis poquitos y pacientes lectores sufrirán que, en vez de hablar de nada en particular, que es lo que suelo, les dé la vuelta a unas cuantas tortillas de hoy. Las primeras serán, para variar, de chorizos (es la especialidad de la casa). Anarca ocasional, el Dioni, converso al minusmileurismo, ha sido entrevistado por El País, el órgano flojucho y desviagrado de una que dicen pudo ser izquierda, vuelta guiñol de cristobalitos por maese Pedro, a quien ahora le da por aparecer hueco y falso junto a sus muñecos:

El Dioni es solo un jubilado de sesenta y cuatro años que hace malabarismos, como muchos de sus vecinos, para llegar a fin de mes y estirar su pensión de 730 euros. Aunque en su caso no es una frase hecha: según el día, canta, actúa, cuenta chistes o monta el circo que sea con tal de pagar la luz, el agua, su alquiler de 850 euros o las clases de arte dramático de su hija Beatriz, de 21 años. “Yo no hice daño a nadie ni lo hago ahora que pido 700 euros por bolo y lleno siempre”, se justifica. “¿Te crees que si me hubiera quedado con algo haría lo que hago? Y, por cierto, al fundador del grupo Candi le cayeron más de 20 años por estafa y fraude; la empresa no quebró por mí: los millones que me llevé estaban asegurados por la Unión y el Fénix, la aseguradora que presidía Mario Conde. Cuando me lo encontré en la cárcel de Alcalá Meco le guiñé un ojo y seguí mi camino”, añade lenguaraz.

Más parece maese Pedro el Pedrín de las ostras al lado de un eufórico y rozagante Roberto Alcázar como Pablito o Alberto Garzón. Mas lo cierto es que, como nosotros no regamos la siembra, algunos de fuera vienen y se esfuerzan por combatir la pobreza en España mientras los de dentro nos dedicamos al mangoneo, al mamoneo, al ninguneo y a muchas otras cosas terminadas en -eo. Así el morisco y venerable nobel de la paz Mohamed Yunus ha viajado para plantearle a la exreina Sofía la idea de crear un fondo español para conceder microcréditos a los jóvenes de modo que comiencen sus propios negocios: "Para lograrlo necesito su apoyo. Es fundamental, porque es ella la que tiene los contactos y el poder para que funcione", afirma. Bien está: muchos aquí pertenecemos al tercer mundo, o casi; por lo menos seis millones. Otros no: están más que subvencionados, como su nieto Froilán, cuarto heredero de la corona, quien, tras repetir segundo de eso por tercera vez, ha necesitado algún dinero o beca extraoficial para que sus papás lo lleven al extranjero, a algún college de itinerario flojucho y pasable, y aprenda al menos algún idioma de oídas. Lajoy se ha ido a China, no para orientarse un poco, que ya tenemos limones aquí, incluso de chollo, sino porque los gallegos y los chinos tienen mucho en común, aunque no en comunismo, por ejemplo la discreción y el amor a los mandarines. El INE estima que prostitución y drogas suman más de 9.000 millones al PIB, de forma que la inclusión de actividades ilegales eleva el producto interior bruto en 26.193 millones (2013), un 2,6% más, eso, incluso, sin pagar impuestos, como los otros. Qué bien; ojalá tuviera yo encantos para ejercer de puta. O los necesarios estudios para traficante (esta carrera se estudia en el convento de Alcalá-Meco con afamados especialistas y con todo el amor de las madres superioras). España es el tercer consumidor de prostitución del mundo, decía hace unos días Rosa Montero; es más, padecemos a algunos de los peores pederastas del mundo, y uno de ellos, impotente como suelen con los de su edad, tiene más músculos que desvergüenza... su nombre es Legión, y deberían encarnar en cerdos, como en la Biblia. Todo esto no enaltece que digamos nuestra estatura moral; creo yo que heredamos estas miserias espirituales del franquismo y esos neofranquistas del pepoe; tenemos menos moralidad y civismo que pito Enrique Iglesias, otro falso o falsete que se refina la voz en Auto-Tune. Por contra, hay por ahí algunos espejos de humildad que nos redimen: Alaya, una jueza de la que no hay foto sin que se le vea tener algo entre manos; Luis Landero, que estrena novela autobiográfica en El balcón en invierno, Rafael ChirbesJuan José Millás o nuestro Emilio Morote, y hasta hay para terminar una fabulosa noticia, que parece milagro de Lourdes según está la insania de la sanidad hispana: financiarán el nuevo y eficaz fármaco contra la hepatitis. No todo van a ser robagallinas al estilo Lobos de guolestrit.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Rafael Chirbes sobre Galdós

Rafael Chirbes en El País, 28-XII-201:

¿Qué vale más, comer o ser comido? Hay que optar entre estos dos papeles: o el del cocinero o el del pobre animal que cae en la cazuela”. Es el dilema que se le plantea al protagonista de Las tormentas del 48, un joven revolucionario que está a punto de dejar de serlo. Acaba de descubrir el valor del dinero —“tan necesario (…) en los días fúnebres como en los alegres días— y, para conseguirlo, se decide a casarse con una mujer a la que no quiere. “Mercantilismo matrimonial”, llama él mismo a su acto. “Esto (es) venderse, no casarse”.En cualquier caso, mejor estar arriba que abajo; mejor comer que ser comido. Nos encontramos al inicio de la cuarta serie de los Episodios nacionales. Volví a leerla mientras escribía En la orilla.Galdós como maestro, modelo para cualquier novelista que, además de saberse síntoma de su tiempo, quiera ser testigo.

En ese tramo de los Episodios,un Galdós sesentón y desengañado vuelve la mirada hacia la España de sus años juveniles. El reinado de Isabel II. Un momento de oportunidades. Los bienes desamortizados sirven para enriquecer a los especuladores inmobiliarios; los usureros y los burgueses de nuevo cuño adquieren títulos de nobleza mientras la vieja aristocracia que no ha sabido adaptarse se arruina, la Iglesia mueve sus hilos entre las sombras, el nepotismo y la corrupción minan la Administración del Estado, los militares se pelean por el poder y manejan la desesperación de los de abajo, que son quienes aportan la ración de sangre en el tiovivo de una España intrascendente y trágica.

Galdós captura el fulgor de la historia tejiendo una telaraña invisible en la que, a la vez, queda apresado el propio lector que cree estar a solas con la verdad, sin intermediación literaria. Es justo lo contrario. Para su propósito, se sirve de todas las técnicas: narrador omnisciente, dialogismo, flujo de conciencia, epistolario, cuaderno de memorias…, discute y se pelea con sus criaturas de ficción (al modo en que pasado el tiempo lo harán Unamuno o Pirandello), y compone capítulos enteros como pequeñas obras de teatro, siguiendo el modelo de La Celestina. El lector se mueve de un lugar a otro, entra en cualquier parte, visita los cuartuchos malolientes del Rastro madrileño; los comedores, cocinas y dormitorios donde discurre la vida de la clase media; los vestidores, los despachos, los salones aristocráticos en los que se celebra una fiesta; los cafés: el aire cargado de humo y su vibrante agitación. Recorre de la mano del narrador los encinares y los campos de olivos y encinares de Toledo y de Córdoba, ve desplegarse desde la ventanilla de un tren los campos “trasquilados y amarillos” de Castilla, las tierras yermas, las borrosas imágenes de los campesinos pobres, un paisaje que es cristalización de una historia de injusticia.

Leyendo a Galdós oímos las voces de un país, nos enfrentamos al reto de discernir entre una pluralidad de puntos de vista: escuchamos las conversaciones de unos y otros, y se nos obliga a descifrar las diversas hablas de los personajes: la retórica de los políticos, el lenguaje castrense, los estilemas de periodistas y literatos, las tiradas verbales de los folletinistas, las divagaciones escatológicas del clero, los parlamentos de los aristócratas, la jerga forense, el argot de las clases bajas madrileñas o el de los campesinos del delta del Ebro. Todo se le convierte a Galdós en pasta narrativa al servicio de su gran proyecto: levantar un país literario trasunto del país real; descubrir, mediante el pequeño artefacto de la novela, los mecanismos que mueven ese gran artefacto que es España: la novela como modelo que permite aprender el engranaje social.

Llevo más de medio siglo leyendo a Galdós y cada día aumenta mi admiración por su maestría a la hora de construir un universo narrativo desde esa aparente falta de estilo que es dominio de todos los estilos. Admiración también por su modestia. Porque su despliegue de recursos literarios lo lleva a cabo con un pudor exquisito, sin que el lector se dé apenas cuenta; sin que note la tramoya, ni advierta sus deslizamientos, sus travestismos, su trabajo en filigrana, siempre atrapado en la invisible telaraña novelesca. Galdós no es un narrador tradicional, sino un narrador total, un maestro que —eso sí— se sitúa en el polo opuesto de los escritores que convierten su trabajo en espectáculo. En las novelas de Galdós las cosas fluyen sin dar nunca la impresión de que son fruto de un gran esfuerzo. Se diría que el escritor no existe, que todo nace inocentemente, con extrema facilidad. Hasta ahí llegan su respeto por el lector y su elegancia.