lunes, 9 de febrero de 2026

El cerebro y la conciencia juegan al escondite

  [Transcripción corregida por el bloguero de "Descubren un poder oculto en tu cerebro que la Ciencia no puede controlar", por Fon Ramos, en Atraviesa lo desconocido, YouTube,  26 de mayo de 2025]:

0. Introducción

1. La conexión desconocida del cerebro con el Universo

2. Aprendemos cosas del exterior cuando dormimos

3. Confirman que el cerebro funciona en 11 dimensiones

4. El cerebro hace algo desconcertante 3 semanas antes de fallecer

5. Lo que descubrieron avanzadas resonancias magnéticas en el cerebro

6. Se confirma que vemos toda nuestra vida pasar al fallecer

7. Hallazgos sobre la conciencia y el punto de no retorno

8. Nuevos estudios confirman similitudes cerebro-universo


0. Introducción

Científicos de todo el mundo están impresionados tras investigaciones que desafían lo que creíamos saber sobre el cerebro humano. Y lo cierto es que cuanto más se adentraron en los misterios de nuestra mente, más se sorprendieron. Extrañas similitudes entre el cerebro y el universo, como si estuvieran conectados de una forma imposible y capacidades que no creíamos que el cerebro pudiera tener son solo algunos de los nuevos descubrimientos que están dejando impactados a todos. Pero, ¿realmente podría la mente humana estar vinculada con el cosmos? ¿De dónde salen las extrañas capacidades que los científicos han descubierto en la mente humana? 

1. La conexión desconocida del cerebro con el Universo

Hoy os traigo una información que nos dice que tenemos mucho que aprender. De hecho, tenemos mucho, muchísimo que aprender y seguimos aprendiendo de lo que hay aquí dentro, dentro de nuestra cabeza. Una de las cosas más increíbles de la creación que pesa menos de 2 kg. Una de las cosas que debemos saber es que el cerebro en realidad funciona como un todo que está siempre activo. Es, digamos, como una red de conexiones entre neuronas que transmiten información mediante actividad eléctrica. Esta actividad se puede activar más o menos, pero siempre, siempre está funcionando. Es algo similar a un océano. En el océano siempre hay olas, pues con el cerebro ocurre lo mismo, siempre está activo y vaya si lo está. Existen tantas conexiones en las neuronas de nuestro cerebro como estrellas hay en el universo. De hecho, nuestro cerebro es tan complejo que es consciente tanto de sí mismo como del universo que lo rodea.

Bien, llegados a este punto, se me ocurre que seguramente habrá niveles de conciencia, de manera que el ser vivo, pues más elemental, bueno, podríamos decir una hormiga, un insecto, tenga un nivel más básico y que, cuanto más complejo ¿no? sea un ser vivo, pues más conciencia tiene, hasta llegar, evidentemente, a nosotros. De manera que un ser, cuanta más capacidad tenga de interactuar con su entorno, más consciente es de sí mismo. 

Pero volvamos al ser humano. ¿Pensáis que de alguna manera nuestro cerebro esté conectado con el universo a escala cuántica? Recordemos que la física cuántica estudia y trata de explicar el comportamiento de lo más pequeño cuando no podemos explicar lo más grande mediante la física normal, mediante la física clásica. Pero, claro, es que lo más pequeño se refleja en lo más grande, así que tiene que haber una conexión. Y es que cada átomo de nuestro cuerpo está formado de la misma materia que las estrellas y nuestro cerebro también. Incluso vemos reflejada la disposición de nuestro cerebro en el universo y, además, ahora sabemos que es con una exactitud extraordinaria. Tenemos un programa de eso, por cierto. Eh, visto esto, nos preguntamos si podría la física cuántica explicar la relación de nuestro cerebro con el vasto universo. Pues fijaos, científicos famosos como el profesor Roger Penrose explicaron ya hace bastantes años que jamás una computadora podrá imitar al cerebro humano y mucho menos recrear una experiencia consciente o un pensamiento, una sensación o cualquiera de las cosas que se producen en nuestro cuerpo gracias al cerebro. Esto debería de poder explicarse mediante otra cosa y quizás en la física cuántica esté la respuesta. Por eso este mismo científico, junto al Dr. Stuart Hammerov, propuso una controvertida teoría en la cual se afirmaba que los microtúbulos, es decir, tubos de proteínas que forman la estructura de soporte de las neuronas, explotan los efectos cuánticos para existir en superposiciones de dos formas diferentes a la vez. Los científicos Dirk Meer y Hans Gracing de la Universidad de Groningja en Holanda fueron aún más allá y afirmaban en un estudio que nuestro cerebro consciente tiene la capacidad de conectarse con el universo a través de un campo externo.

Ese campo recogería información externa y la entregaría al cerebro a gran velocidad. Los investigadores aventuran que este hecho podría explicar incluso la rapidez con la que el cerebro registra y procesa información del entorno al nivel consciente e inconsciente. Esto explicaría cómo los procesos físicos materiales dan lugar a la conciencia, que es inmaterial, y todo sería gracias a la conexión del cerebro con el universo a escala cuántica. Estos estudios son muy controvertidos; ya hemos hablado varias veces de ellos y además es que tienen algunos problemas porque, hasta donde sabemos, la mecánica cuántica funciona solamente si no se altera lo más mínimo y, además, hasta donde sabemos, también funciona a temperaturas muy frías, cosa que no pasa en el cerebro humano. Entonces, ¿cómo podríamos comprobar este tipo de teorías, como por ejemplo la de los microtúbulos de Penrose, en laboratorio? ¿Se podría comprobar de alguna manera? Pues eso es lo que se está haciendo ahora. Fijaos en un experimento reciente. Un equipo dirigido por Jack Tutinski de la Universidad de Alberta en Canadá descubrió que los medicamentos anestésicos realmente reducen el tiempo durante el que ciertas diminutas estructuras de las células cerebrales son capaces de soportar los supuestos efectos cuánticos. Es decir, existe un misterioso retraso de emisión de luz que se acorta si ponemos anestesia. Los científicos han explicado que esto podría indicar un origen cuántico que a su vez daría lugar a la conciencia. Pero hay más. Fijaos, otros científicos de la Universidad Yao de Shanghai hicieron otro experimento tratando de recrear en un laboratorio cómo partículas cuánticas podrían moverse en una estructura compleja como el cerebro. 

Nuestros cerebros están compuestos de células llamadas neuronas y se cree que su actividad combinada genera conciencia. Cada neurona contiene microtúbulos que transportan sustancias a diferentes partes de las células. La teoría de Penrose-Hammerov de la conciencia cuántica sostiene que los microtúbulos están estructurados en un patrón fractal que permitiría que ocurrieran procesos cuánticos. Los fractales están en todo el universo, así que los científicos usaron experimentos de haces de luz para estudiar el movimiento cuántico que tiene lugar dentro de los fractales con un detalle sin precedentes. Observaron que la propagación de la luz a través de un fractal se rige por diferentes leyes en el caso cuántico en comparación con el caso clásico. Así que, al menos por ahora, parece que nuestra mente se conecta con el exterior de una forma cuántica, aunque hay que decir que aún queda mucho que demostrar en este campo, está claro.

2. Aprendemos cosas del exterior cuando dormimos.

Uno de los momentos más esperados por muchos tras una dura jornada de trabajo o tensión es cuando nos vamos a la cama a descansar y, por supuesto, dormir. Pero lo que pocos imaginan es que se ha descubierto recientemente que seguimos aprendiendo mientras soñamos. Este descubrimiento fue plasmado en un estudio de la revista Nature Communications, en donde se muestra que durante la fase R.E.M. o Rapid Eye Movement, es decir, en pleno sueño, nuestro cerebro aprende cosas nuevas.

Pero preguntaréis, ¿cómo puede ser esto posible? Pues veréis, Thomas Andreillon, que es un psicólogo investigador de la Universidad de Investigación Pésel en París, Francia, pues monitoreó el sueño de un grupo de 20 personas a quienes hizo escuchar una serie de patrones de sonido mezclados con ruido blanco cuando estaban despiertos y luego también cuando dormían. A la mañana siguiente, Andreillon y su equipo pidieron a esas personas que recordaran esos patrones de sonido. Fijaos, lo que recordaron mejor fueron los patrones de sonido que escucharon durante la fase de sueño REM, es decir, cuando estamos soñando profundamente. Es decir, los aprendieron durmiendo. Gracias a ese estudio, los científicos se han dado cuenta de que el sueño ayuda a consolidar la memoria, a la vez que se deshace de las conexiones neuronales más débiles, para permitir fijar las asociaciones más fuertes. Por de pronto, lo que se sabe es que gracias a eso se podrían incluso reprogramar algunos recuerdos e incluso se podrían borrar fobias o recuerdos traumáticos que permanecerían en lo más oculto de nuestra memoria. Queda por ver si esto nos lleva a nuevos caminos para entender nuestro cerebro, que desde luego es una de las máquinas más complejas de toda la existencia. 

3. Confirman que el cerebro funciona en 11 dimensiones.

El hecho de que el cerebro pueda funcionar en tantas dimensiones es desconcertante. Pues estamos acostumbrados solamente a ver en tres dimensiones,¿no? Son tres dimensiones típicas, las tres dimensiones cotidianas. Es complicado para nosotros discernir algo que se salga de cuatro dimensiones. Es difícil comprender eso. Sin embargo, un estudio publicado en Frontiers in  Computational Neuroscience, que fue realizado gracias al proyecto Blue Brain, que sería el Blue Brain Project, pues nos indica algo increíble. El Blue Brain Project, que es un proyecto que se dedica a comprender los secretos de nuestro cerebro, usó la topología algebraica que se usa en matemáticas para describir sistemas multidimensionales. Para que todos lo entendamos: la topología algebraica es como un microscopio y un telescopio, todo al mismo tiempo. Nos acercaría a algo encontrando esas estructuras ocultas.

Imaginaos un bosque espeso, lleno de árboles, y poder ver los espacios vacíos, los claros y los árboles, todo al mismo tiempo. Pues bien, gracias a eso, y mirando dentro de nuestro cerebro, han descubierto que cuando las neuronas se interconectan, crean un objeto geométrico. Claro, cuantas más neuronas se conectan, mayor es la dimensión que surge. Por eso nos cuesta tanto comprender el cerebro. Los investigadores explican que el cerebro podría funcionar construyendo objetos geométricos cada vez más complejos desde una dimensión en adelante. Pero, fijaos, porque una de las cosas más interesantes que se ha descubierto con esta intrigante investigación es que, en el medio de esos lugares, ¿no?, donde existen esas dimensiones extra en nuestro cerebro, existen una especie de cavidades de grandes dimensiones que destacan sobre las demás. Los autores del estudio sugieren que ahí se esconderían los recuerdos. 

4. El cerebro hace algo desconcertante 3 semanas antes de fallecer.

Existe algo desconcertante que han analizado los especialistas del Centro Americano de Hospicio y Cuidados Paliativos en Búfalo, en Estados Unidos. Los investigadores dirigidos por este hombre, Christopher K, observaron a pacientes durante 10 años y se han dado cuenta de un extraño patrón. Y es que, más o menos 3 semanas antes de fallecer, los pacientes comienzan a tener los mismos sueños. 

No hablamos de personas que han fallecido y que han tenido experiencias, como, por ejemplo, ver un túnel de luz. Hablamos de pacientes que no han fallecido, que simplemente están hospitalizados por alguna causa o motivo y no necesariamente han pasado por un accidente o acontecimiento traumático. Bien, esto lo comprobaron con 13.000 pacientes, como os digo, a lo largo de 10 años y se dieron cuenta de una cosa y es que el 88 % de los pacientes coincidían con determinados sueños muy reales. Según esos pacientes, en el 72 % de los casos, en un sueño se comunicaron con familiares y amigos fallecidos. Todo mientras experimentaban sentimientos cálidos. Y, ojo, porque casi el 60 % de esos pacientes hacían las maletas o compraban un billete para su último viaje. El estudio científico reveló que ese tipo de sueños comienzan alrededor de 10 u 11 semanas antes de morir. Y, en la semana tres de morir, la frecuencia aumenta muchísimo, y se hacen muy reales y muy vívidos. Es decir, por alguna razón desconocida para la ciencia, por ahora, el cerebro experimenta cambios que detectan que el organismo, de alguna manera, va a morir. El cerebro nos está avisando, semanas antes, de que vamos a fallecer. Yo me pregunto: ¿podría ser que antes de fallecer ocurren en nuestro cerebro cambios desconocidos que induzcan la aparición de tales sueños? La verdad es que Christopher Kare y su equipo no pueden explicar este fenómeno; pero lo que sí que es verdad es que coincide con muchos casos de sueños que avisan a las personas ¿no? cuando algo no va bien y cuando se revisan. Efectivamente, el sueño ha acertado. Es decir, de alguna manera, el cerebro nos avisa de que algo no va bien. Visto esto, queda clara también una cosa. Tenemos mucho que aprender sobre el funcionamiento del cerebro y su relación misteriosa con los sueños.

5. Lo que descubrieron avanzadas resonancias magnéticas en el cerebro.

Es bien sabido que a través de la técnica de resonancia magnética podemos detectar todo tipo de problemas en nuestro cerebro, por ejemplo, aneurismas, problemas oculares y un largo etcétera. Recordemos que esta técnica usa un campo magnético y ondas de radio para obtener imágenes detalladas de los órganos y las estructuras del cuerpo. En este caso, vamos a hablar del cerebro. Esto por un lado, pero resulta que hay una técnica relativamente moderna que se llama resonancia magnética nuclear funcional o RMNF, que se usa más, para medir los pequeños cambios en el flujo sanguíneo que ocurren en una parte activa del cerebro. A través de esa técnica se puede ver que está controlando funciones esenciales como, por ejemplo, el pensamiento, el habla, el movimiento y las sensaciones o los problemas que causa una determinada dolencia en el cerebro. 

Bien, los científicos pensaron: Entonces, "¿no podríamos probar si existe la telepatía, o al menos algo que se le parezca?" Con esa idea en mente, realizaron un complejo estudio científico. El estudio es este y se llama Evidencia de correlaciones entre intencionalidad distante y función cerebral en receptores. Un análisis de imágenes de resonancia magnética funcional. ¿Cómo hicieron este estudio? Que, fijaos, es bastante curioso. Y eso que yo no creo mucho, la verdad, y los que me conocéis ya sabéis que no creo mucho en el tema de la telepatía y tal; pero los resultados de este estudio dan mucho que pensar. Fijaos, para comprobar estas ideas que tenían los científicos en mente, seleccionaron a 11 curanderos y a 11 personas que no eran curanderos, pero que conocían a esos curanderos. Tumbaron a las personas que no eran curanderos en máquinas de resonancia magnética, y pidieron a los curanderos que enviaran energía, oraciones, buenas intenciones en momentos determinados. Los curanderos estaban aislados en una sala de control blindada electromagnéticamente, y tanto física como ópticamente estaban aislados, es decir, no podían ver a las otras personas. Ni los receptores sabían que los curanderos hacían algo, ni los curanderos sabían nada de los receptores. Todo estaba aislado, ni siquiera unos sabían que los otros estaban allí. 

Sin embargo, lo increíble sucedió, ya que se comprobó que, cuando los curanderos enviaban pensamientos positivos, en los receptores se activaban determinadas partes del cerebro y coincidía a la perfección. El estudio acabó concluyendo que se muestra una activación significativa de las regiones del cerebro coincidentes con los momentos en que el curandero enviaba los pensamientos. Y, evidentemente, los investigadores del estudio afirmaron que no pueden explicar por qué sucede eso, pero que puede interpretarse como coherente con la idea del entrelazamiento en la teoría cuántica. Yo me pregunto si esto podría ser, es decir, si se podría producir un entrelazamiento cuántico entre la materia al nivel más pequeño que se puede, eh, definitivamente observar y que se pueda medir. Recordemos que el entrelazamiento cuántico explica cómo un conjunto de partículas entrelazadas están unidas en su existencia, de manera que, aunque existan miles de años luz entre las mismas, el cambio de estado de una de ellas afecta al resto de forma inmediata, y, por lo tanto, más rápido que la luz. Visto esto, me pregunto si el cerebro puede tener una forma de conectarse con el exterior a escala cuántica que por ahora desconocemos. Fijaos que, curiosamente, hay otro estudio llamado Terapias de intención de curación a distancia, una descripción general de la evidencia científica en el que, si bien es verdad que no se observa una curación a distancia propiamente dicha, sí se observan interacciones significativas, es decir, leves conexiones que, por ahora, no podemos explicar.

6. Se confirma que vemos toda nuestra vida pasar al fallecer.

Fijaos, uno de los últimos hallazgos que nos han dejado, la verdad, a todos de piedra fue la resolución de la pregunta de si vemos toda nuestra vida pasar por delante de nosotros al momento de fallecer.

Esto fue plasmado en la literatura, nos lo han dicho muchas veces; lo hemos visto incluso en películas y estudios científicos recientes. Se han encargado de demostrar que esto es cierto. Esto lo estudiaron científicos de todo el mundo, registrando ondas cerebrales de pacientes que estaban falleciendo en ese momento. Al revisar los datos de los electroencefalogramas días después, se dieron cuenta de algo  increíble. Y es que, durante los últimos momentos de sus vidas, los pacientes han tenido una actividad cerebral que se plasmó en el electroencefalograma. Esta actividad cerebral fue registrada y analizada, y coincide con la actividad cerebral que existe en la meditación, en los recuerdos, la recuperación de la memoria, el procesado de la información y la percepción consciente, al igual que las asociadas con los flashback de la memoria. Los científicos quedaron helados cuando comprobaron que esta actividad persistía aún después de que el corazón hubiera dejado de funcionar.

Y han concluido que esto solo significa una cosa, y es que, cuando fallecemos, pasamos por un proceso que involucra todos nuestros mejores recuerdos. Es decir, es cierto, vemos pasar por delante los mejores momentos de nuestra vida. Esto significa que es posible que cuando fallecemos el cerebro organice y ejecute una respuesta biológica que podría conservarse entre especies, según los investigadores. 

7. Hallazgos sobre la conciencia y el punto de no retorno.

Uno de los avances recientes más espectaculares sobre el tema del fallecimiento humano es la identificación del comienzo de la secuencia de apagado del cerebro humano, ya que los investigadores se han dado cuenta que ocurre una determinada avalancha de sustancias químicas que recorren el cerebro, seguidas de una ola de actividad, y luego la nada. Severine Maon, neurocientífica del Instituto del Cerebro de París, en Francia, dijo: "Nuestro trabajo muestra que morir no es un evento, sino un proceso largo que puede revertirse hasta cierto punto." Conocer precisamente ese punto de no retorno es crucial para revertir a alguien. Y es que aquí hay un matiz, y es que el hecho de que exista ese cierto punto nos indica que probablemente exista algo más, porque precisamente nos dice que ya hemos atravesado un umbral, y, una vez atravesado ese umbral, ya puedes hacer lo que quieras, que no vas a recuperar a esa persona. Es decir, si hubiera diferentes momentos en los que se pudiera revertir cuando alguien fallece, pues, la verdad, sería diferente; pero es que no es el caso. Hay un punto de no retorno, y, si una persona pasa de ese punto, no se puede revertir. 

Para descubrir esto se hicieron implantes en ratas midiendo la actividad eléctrica y química en el cerebro de las ratas mientras fallecían. Se descubrió que el fin de la vida es todo un proceso de apagado progresivo que se puede revertir, pero que hay un punto en donde la conciencia se apaga definitivamente y ya no se puede revertir. Es así. Es como si la conciencia se trasladara a otro lugar y ella no se pudiera revertir porque ya no está en ese cuerpo. Claro, llegados a este punto, un importante científico, reconocido como una autoridad de prestigio en el estudio de la relación mente-cerebro, ha revelado que el fenómeno de la visita de seres fallecidos al momento de fallecer es totalmente real, y no solo vienen conocidos, sino también desconocidos. El Dr. Fengwick, que es un neuropsiquiatra y neurofisiólogo, ha concluido, después de una larga vida estudiando fenómenos del final de la vida, que sus investigaciones en este campo pueden demostrar que la mente sigue ahí después del fallecimiento del cerebro. La pregunta es si sigue ahí hasta el punto de no retorno, o hay algún residuo que queda desde el más allá. Son preguntas complejas que está investigando otra persona, otra persona muy conocida en el estudio de estos temas, el doctor Sam Parnia. El Dr. Sam Parnia es un destacado experto en el estudio de lo que ocurre en el momento de fallecer y director de investigación de cuidados críticos y reanimación del centro médico Langone. Parnia ha estudiado cientos de pacientes y, al final, él y otros científicos han demostrado que la conciencia permanece en el cuerpo, incluso minutos después de que el resto del organismo haya dejado de mostrar signos de vida. Esto nos podría sugerir que la conciencia podría tener algún tipo de conexión con algo que exista más allá. Y esto, en cierto modo, lo hemos visto, ¿no? En más casos, porque hay gente que incluso se sabe que, después de fallecer en una  habitación de un hospital y que después la hayan reanimado (hablamos después de fallecer con el corazón detenido), después esa persona se ha reanimado y ha contado cosas que es imposible totalmente (y esto lo hemos comentado muchas veces) es imposible totalmente que las haya visto; por ejemplo, comentar cómo es la habitación donde él está o cosas así. Claro, si entras en esa habitación en paro cardíaco, ¿cómo diablos lo sabes?

Esto confirmaría que la conciencia continúa minutos después del fallecimiento y que además podría tener alguna conexión con fenómenos desconocidos que permiten que se puedan ver los alrededores desde arriba. Y, aunque en este campo todavía tenemos mucho que hacer, y todavía es altamente especulativo, hay que decir que existen muchos investigadores que se están metiendo en este tema y están descubriendo, la verdad, casos muy intrigantes que no se pueden explicar. 

Pero, volviendo a Sam Parnia, este hombre, en base a todos estos estudios, se ha dado cuenta de algo, y es que estamos avanzando enormemente en este campo. De hecho, Sam Parnia dijo estas palabras: Creo que dentro de 50 o 100 años habremos descubierto la entidad que es la conciencia. Se dará por sentado que no fue producida por el cerebro y que no muere cuando mueres." Por su parte, otro destacado doctor llamado Lance Becker dijo: "No creo que nunca haya habido un momento más apasionante para este campo. Estamos descubriendo nuevos medicamentos, estamos descubriendo nuevos dispositivos y estamos descubriendo cosas nuevas sobre el cerebro". Otra doctora llamada Jimo Borging, profesora de neurología de la Universidad de Michigan, dijo: "Lo que encontramos es solo la punta de un enorme iceberg, porque algo está sucediendo, allí, en el cerebro, y eso no tiene sentido". 

8. Nuevos estudios confirman similitudes cerebro-universo.

Científicos han visto similitudes entre el cerebro y el universo. Sin embargo, son los últimos estudios recientes, realizados en los tres últimos años, y, sobre todo, este estudio reciente que estáis viendo, lo que definitivamente ha dejado helados a los científicos, ya que el parecido de nuestro cerebro con el universo no se queda en un simple parecido, en una comparativa de imágenes, como hemos visto muchas veces, sino que va mucho, muchísimo más allá. Pero, bueno, el caso es que para investigar eso no solamente necesitamos astrónomos, sino que necesitamos también expertos en el cerebro. 

Así que, en el último y más revolucionario estudio, se reunieron el astrofísico Franco Baza de la Universidad de Bolonia y Alberto Feleti, un neurocirujano de la Universidad de Verona. La idea inicial, estudiar el inmenso parecido de nuestro cerebro con el universo; sobre todo investigar la red cósmica de galaxias y la red neuronal de nuestro cerebro. Los científicos, que ya se habían impresionado anteriormente con la similitud de la distribución de las galaxias en el universo y las neuronas de nuestro cerebro, comenzaron a estudiar otras similitudes. Ambos se quedaron absolutamente de piedra.

Fijaos, porque es absolutamente impresionante. Pues, fijaos, se sabe, por ejemplo, que el cerebro  funciona gracias a su gran red neuronal, que tiene de 70 a 100.000 millones de neuronas. Cuando observamos el universo y calculamos más o menos las galaxias que podrían existir en él, el universo tiene de 70 a 100.000 millones de galaxias. Luego, otra similitud. Fijaos: en el cerebro, el 30 % de la masa son neuronas. En el universo, más o menos el 30 % de su masa son galaxias. ¿Qué pasa? Luego queda otro 70 %. En el otro 70 % en el universo,  lo que falta es un elemento pasivo, la energía oscura. En nuestro cerebro, el 70 % restante también es otro elemento pasivo. En este caso sería el agua. Bien, teniendo esas similitudes, había que ir más allá. Así que decidieron estudiar la distribución espacial de galaxias en el universo y la distribución espacial de las neuronas en nuestro cerebro. Todo eso lo lograron con una técnica: una técnica que se llama densidad espectral y que se usa mucho en astronomía. Bien, de nuevo se quedaron completamente helados. La red neuronal estudiada en una parte del cerebro sigue la misma progresión que la distribución de materia en la red cósmica. Por supuesto, a una escala mayor. Bien, pero no se quedó ahí la cosa.

Luego miraron el número de conexiones de cada nodo y cómo se agrupaban esas conexiones. De nuevo, hallaron que la similitud era absolutamente exacta. También comprobaron la capacidad de información. Se estima, más o menos, que la memoria del cerebro humano del que estamos hablando supera más o menos los 2,5 petabytes. Sin embargo, fijaos, porque la capacidad de memoria necesaria para almacenar la complejidad del universo también supera los 2,5 petabytes. En este caso no es exactamente igual, pero es muy similar. Sería de 4,3 petab. ¿Qué demonios pasa aquí? Los investigadores, tras estudiar y ver los dos sistemas, afirmaron que la conectividad de las dos redes evoluciona siguiendo principios físicos similares, todo a pesar de la sorprendente y obvia diferencia entre los poderes físicos que regulan las galaxias y las neuronas. La investigación es que además también insinúa que las leyes que gobiernan el crecimiento de las estructuras de ambos entornos podrían ser las mismas. Además se puede decir que crecieron de forma similar también. El universo, al poco de comenzar, creció de repente; y nuestro cerebro, evolutivamente hablando, se hizo más grande y complejo de forma similar. Es decir, parece que hay una conexión entre nuestro cerebro y el universo que va mucho más allá de lo que todos nosotros nos podamos imaginar, ya que, cuanto más investigamos, más similitudes vemos. También es que sabemos que el cerebro está continuamente transformando materia y energía. Y en el universo, pues esto también ocurre. Cada estrella que vemos está continuamente realizando esa fusión de materia que le permite estar, como quien dice, viva, emitiendo luz y calor.

Este hombre, el filósofo Philip Goof, aporta su propia perspectiva sobre el universo y sobre todo este asunto. Goof se preguntó si el universo podía ser una mente consciente y, tras darle muchas vueltas, el filósofo cayó en la cuenta de que sí, pero que no es una consciencia como la humana, sino algo que está en sintonía con la conciencia de todo lo vivo, o sea, una red consciente o lo que podríamos decir un gran ser que se autocreó conscientemente. Una de las bases de esas afirmaciones es que el universo fue creado para terminar en la vida avanzada, es decir, en nosotros, ya que es extremadamente complicado que se den todas las variables exactas para que el universo acabe generando algo vivo como nosotros. Este hombre, el físico Lee Smalling, estimó que para que el universo acabe en la vida se han de dar 10 elevado a 229 combinaciones. Es decir, que no debería de ser por casualidad. De hecho, es más fácil que te toque una lotería de 100.000.000 de euros 10 veces seguidas que que se forme un universo que tenga vida desembocada en nosotros. 

Bien, la verdad es que es obvio que el universo se parece al cerebro, ya no cabe la menor duda, está prácticamente confirmado. No hay más que ver la evidencia, pero, por desgracia, no tenemos todavía el conocimiento necesario para saber si el universo es una mente enorme, o qué demonios ocurre aquí. Fijaos, yo creo que el cerebro es una especie de espejo del universo, y que todo el cosmos puede ser algo consciente y reflejar todo en una mente enorme.

Pensad, nuestro complejo cerebro produce nuestra conciencia. Si el universo de hecho es otro complejo cerebro, sería otra conciencia gigantesca. Y bueno, el resto lo dejo para vosotros. 

La maldición de Ötzi

 "La maldición de Ötzi", en CTXT, Contexto y Acción, Fundación Contexto y Acción, por Pablo Batalla Cueto, 20 de enero de 2022:

Muy temprano en la historia tumultuosa de su adquisición del don envenenado de la conciencia comenzó el ser humano a interrogarse por los contornos del Mal; a tratar de cartografiarlos con los sextantes de la teología, primero, y la filosofía después. Qué cosa es el mal, cómo se reproduce, cómo derrotarlo o al menos enflaquecerlo, qué hendeduras de la psique humana son propicias al arraigo de su musgo funesto son preguntas que obsesionan a los intelectuales desde hace milenios, y resurgen siempre que corren tiempos recios para los hombres, de la posguerra del Peloponeso a la posguerra mundial obsesionada con los caminos que condujeron a Auschwitz. Siempre acaba volviendo el demonio del Mal, como el Sauron insuficientemente arrojado a las tinieblas exteriores de Arda: vive en nosotros, mengua a veces, llega a parecer desaparecido, pero aguarda, paciente, la ocasión de alzarse de nuevo, y volver a turbar a los filósofos.

Señales inquietantes se dibujan hoy de que esa ocasión puede haber llegado. 1945 empieza a quedar muy lejos; el Sol de la conciencia antifascista que entronizó, a extinguirse, y ese viejo diablo que se alimenta de frío (“si tu corazón no arde, muchos morirán de frío”, decía Mauriac) a revolverse. No es casual que entre las últimas novedades editoriales se cuenten dos libros que se ocupan del Mal: Decir el mal, de Ana Carrasco-Conde –que quien esto escribe aún no ha tenido el placer de leer, pero lo tendrá pronto–, y una reedición de El mal, o el drama de la libertad, del filósofo alemán Rüdiger Safranski.

Pensar el mal es pensar la libertad, la culpa, la responsabilidad, la fragilidad, la civilización. Y sobre todo ello versa el libro de Safranski. Parte el filósofo del Génesis judeocristiano y de la filosofía griega para un recorrido que alcanza Apocalypse Now!, el filme de culto en el que Coppola revisitara la visita de Conrad al corazón de las tinieblas y los dominios del coronel Kurtz, pasando por pasajes interesantísimos sobre el marqués de Sade o el malvado por excelencia de la edad contemporánea, y tal vez de la historia humana entera: el pintor frustrado de Braunau am Inn que deviniera Führer de un régimen exterminador en el que –nos dice Safranski– “no es sorprendente que […] descendiera el índice de criminalidad. Los delincuentes potenciales fueron sacados de la calle. Ahora estaban al servicio del Estado”. 

Hitler y Sade, Sade y Hitler, sirven a Safranski para una interesante reflexión sobre el envés tenebroso de la era de la razón y el triunfo de la Máquina: la vesania de ambos era una maldad racional, hija de la mentalidad ingenieril de su tiempo. El marqués maldito busca el desenfreno total, un triunfo incontestado de las Sombras hermano de la apoteosis de las Luces que perseguían los ilustrados, pero un desenfreno racionalizado, que ponga ley en sus orgías, “pues hasta en la ebriedad –escribe en uno de sus libros– se necesita […] orden”, y solo con orden y con leyes puede conseguirse que, como decía Adorno del propio Sade, “no quede instante sin aprovechar, ni se desperdicie ninguna abertura del cuerpo, y ninguna función del cuerpo permanezca inactiva”. 

En cuanto a Hitler, “es sabido” –escribe Safranski– “que la matanza masiva de judíos no se realizó como una serie de actos aislados de persecución, sino que se llevó a cabo en forma industrial. […] Se requería una administración moderna y eficiente, espíritu de invención científica, organización, técnica desarrollada, capacidad industrial y, sobre todo, un personal ejercitado en la eficiencia, la objetividad y el cumplimiento del deber, todo un conjunto de virtudes secundarias de la maquinaria de la sociedad industrial. Las instituciones y organizaciones del asesinato masivo no solo funcionaban como una industria, sino que eran una industria, entrelazada con el resto del complejo industrial. También en la organización del asesinato masivo es válido todo lo que Max Weber adujo como característica de la modernidad: burocratización, división de trabajo, diferenciación de esferas de valor, cosificación de la administración, desmoralización del trabajo y de la ciencia, reducción de la moral a la esfera privada”.

Reflexiones, estas, de rabiosa actualidad en un siglo que vuelve a depositar confianzas ciegas en máquinas redentoras y emancipaciones de silicio: el fascismo no fue un ludismo, sino una mecanolatría, y no hay mecanolatría que no sea compatible con la más anciana barbarie. “Puede suceder”, escribe Safranski, y sucedió con los nazis, “que los demonios salgan de las cuevas privadas y tomen en sus manos la dirección del mundo de los medios racionales. La modernidad desencantada amenaza con traer un nuevo encantamiento centrado ahora en los medios racionales. Las obsesiones se convierten en misiones, que echan mano de los medios con cálculo frío”.

Para Schelling, el Mal, el malvado, se definía ante todo por su cualidad de cerrado

Pero también hay actualidad en las reflexiones de un Schelling, filósofo romántico alemán del que Safranski –de quien Tusquets reeditara hace pocos años su delicioso Romanticismo: una odisea del espíritu alemán– también se ocupa en las páginas de El mal. Para este pensador, el Mal, el malvado, se definía ante todo por su cualidad de cerrado. Cada ser individual, razonaba, alberga un afán intrínseco por conservar su forma, sus límites, pero esto, cuando lo libramos a su propia inercia, aviva lo oscuro, lo tenebroso que hay en cada uno de nosotros, y nos aleja de Dios. El ideal de cierre es un ideal de muerte: solo los muertos están completa, verdaderamente cerrados. Vivir es abrirse, rebasarse, dar la bienvenida a lo diferente, a la inconmensurable diversidad de la Creación. Y requiere esfuerzo, trabajo, conciencia: todo lo que, en la Tierra Media que los humanos habitamos –por encima de los animales, por debajo de Dios–, nos aleja de lo bestial –del león que masacra a los cachorros del macho rival pero lo hace por instinto, por la inercia de su especie– y nos acerca a lo divino: al Creador que lo fue abriéndose, rebasándose, esforzándose, trabajando.

Si el mal es lo cerrado, es un mal, un mal teológico, el nacionalismo, insurgencia global de nuestros días; lo es el auge ultraderechista que recorre el mundo: pulsión sarcofágica; un anhelo de cierre, de hermetismo, de embalsamamiento, de quietud, alérgica a la diferencia, a la heterogeneidad. Todos los nacionalismos buscan algún grado de purificación de la Nación, sea aquella más agresiva (y, en el límite, exterminadora) o más amable. Son también una egolatría, por más que se trate de un movimiento colectivo y una demanda de abnegación: el nacionalista busca para sí –para su cultura, su lengua, sus costumbres, su forma de ser– la caja de resonancia de los iguales; devorar los cachorros del león adversario. Y son también un pecado capital total que amalgama la soberbia chovinista, la avaricia insolidaria, la lujuria imperialista, la gula devoradora de minorías y disidencias, la envidia averiada de fantasiosas eras doradas, la pereza intelectual.

Libros como el de Safranski nos ayudan a comprender mejor nuestra situación y nuestro deber ante ella; leerlos es ejercer el sapere aude kantiano. Será el gran desafío de esta centuria de catástrofes anunciadas, ya lo está siendo, volver a mirar de frente al rostro terrorífico del mal y a resistir la metástasis del alma maligna que hay dentro de nosotros. Habitamos el tiempo que descubrió que Ötzi, la momia humana más antigua de Europa, descubierta en la ladera deshelada de los Alpes que la había preservado durante cinco milenios, murió asesinado de un golpe en la cabeza, perpetrado a traición. Y fue el cambio climático quien nos lo hizo saber.

jueves, 5 de febrero de 2026

Dossier Jorge Luis Borges. Seis artículos seleccionados.

 [Dossier Borges. Seis artículos seleccionados]

 I

 "Curso sobre Borges de Ricardo Piglia", en El País, Edgardo Dobry, 28 abr. 2025:

El nuevo volumen de las clases de Piglia recoge las lecciones que impartió en la televisión pública argentina. El libro se suma a una producción incesante sobre Jorge Luis Borges.

El estímulo y el problema, la riqueza y la responsabilidad que Borges representa para los escritores y críticos argentinos se viene manifestado en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura (Paidós, 2022). Hace unos quince años, para burlarse del extremo control de la prosa borgeana, Pablo Katchadjian publicó El Aleph engordado, un librito donde entremezclaba párrafos propios a uno de los cuentos más celebrados del autor. La broma le valió un largo juicio de María Kodama, viuda y derechohabiente. Fue un gesto elocuente: para seguir adelante había que ahogar a Borges en la verborrea. Puede verse como la contracara a Las letras de Borges (1999), ensayo en el que Sylvia Molloy había examinado las fórmulas de la rigurosa composición borgeana. Otro muy interesante ensayo reciente, El método Borges, de Daniel Balderston (Ampersand, 2021), muestra la minuciosa elaboración de la prosa borgeana a partir del estudio de sus manuscritos.

Pero fueron sobre todo los escritores nacidos entre los años 30 y 40, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino. Saer, el novelista más importante que dio Argentina en las tres décadas finales del siglo XX, escribió un ensayo en el que concluía: “Si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”. Saer proclamaba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las diez o doce páginas. A Sarlo se debe uno de los libros ineludibles, Borges, un escritor en las orillas, donde la posición periférica del autor de Ficciones, que casi no salió de Buenos Aires entre los años veinte y los sesenta, aparece como una de las claves de su elaboración de símbolos y filiaciones.

Piglia fue el más borgeano de todos: entremezcló ensayo y narrativa; dirigió la “Serie negra”, colección de novela policial que continuó el trabajo de Borges y Bioy Casares en “El Séptimo Círculo”; dio entidad teórica a las Formas breves, libro en que se encuentran sus celebradas “Tesis sobre el cuento”, cuya idea central, la de que todo relato narra dos historias que luchan entre sí, está prefigurada en un prólogo de Borges a una novela de María Ester Vázquez: “El cuento deberá constar de dos argumentos…”. Otro de los títulos de Piglia, Crítica y ficción, se compone de entrevistas, género que el Borges ciego a partir de los años cincuenta convirtió en deleitosa, divertida y astuta forma de hacer literatura. En Respiración artificial, su novela más perdurable, Piglia hizo decir a su alter ego, Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso.

La editorial porteña Eterna Cadencia viene publicando la transcripción de cursos que Piglia dictó en la década final del siglo pasado: Teoría de la prosa, sobre Juan Carlos Onetti; Las tres vanguardias, sobre Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh; y Escenas de la novela argentina. A diferencia de los anteriores, este último no recoge clases dadas en la Universidad de Buenos Aires sino en la televisión pública argentina, como Borges por Piglia.

El marco exigía una adecuación del tono: Piglia se adapta magistralmente al discurso divulgativo sin rebajar la exigencia. Cuenta, por ejemplo, algunos de sus encuentros con Borges, de hecho, el libro se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor. Aprovechándose del modo casual y eximido de aparato académico que la ocasión le brinda, empieza por preguntarse qué es un buen escritor y por explicar por qué Borges lo es. Muestra algunos ejemplos de la literatura del siglo XX que derivan de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que se publicó en la revista Sur en 1940, luego en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y finalmente en Ficciones (1944): dos importantes novelas de los años cincuenta, El hombre del castillo de Philip K. Dick, y Pálido fuego de Nabokov, y una anterior, La vida breve de Onetti, no existirían sin ese antecedente. No se trata de una influencia sino de la creación de un procedimiento que Piglia denomina “invención especulativa” y que encuentra cercano al arte conceptual tal como fue concebido por Duchamp.

Piglia ubica a Borges en el cruce de sus dos genealogías: la de su familia paterna, de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico; y la materna, la de un “aristócrata empobrecido” descendiente de militares y padres de la patria, de donde le viene el culto al coraje y a la espada, “cuyo mejor lugar es el verso”, como el propio Borges escribió. “El sur”, el cuento que cierra Ficciones, en el que un bibliotecario, tras un accidente, sueña su muerte en un duelo a cuchillo, es uno de los más elocuentes en esa línea.

Son cuatro clases (“¿Qué es un buen escritor?”, “La memoria”, “La biblioteca” y “Política y literatura”), emitidas en septiembre de 2013, que no pretenden abarcar todo Borges sino que lo abordan desde una selección de cuentos y ensayos fundamentales. Piglia se detiene en la nada previsible atracción de un escritor tan exquisito por los géneros populares (la gauchesca, el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman) y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925.

El entusiasmo de Borges, su gran arte de seducción del lector, la felicidad de la literatura que está presente en toda su obra, inviste de alguna manera este trabajo didáctico de Piglia. Incluso para quien haya visto las clases en su emisión televisiva, el acercamiento a estas páginas representará una ocasión de regocijo borgeano.

Borges por Piglia, Ricardo PIglia, Eterna Cadencia, 2025, 224 páginas, 19,50 euros

II

"Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito", en El País, Mar Centenera, Buenos Aires, 2 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’.

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como El hombre de la esquina rosada, La intrusa e Historia de Rosendo Juárez, entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema Fundación mítica de Buenos Aires aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

III

Cómo leen a Borges las nuevas generaciones, en El País, por Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2024:

El Festival Borges, que se realizó durante la última semana en Buenos Aires, expuso cambios en la lectura y recepción del gran escritor argentino.

“Es como si Borges fuera un abuelo y no un padre literario; y con los abuelos uno no tiene conflicto”, suele decir el escritor Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) y deja esbozado un cambio de época en la relación entre el gran autor argentino y las últimas generaciones de escritores nacionales. Es que tanto la adoración y el remedo imposible como la pulsión parricida, que durante años llevó a muchos a escribir contra Jorge Luis Borges, parecen haber dado paso a nuevas miradas, desprejuiciadas y con mayor libertad para tomar o descartar a gusto. La pregunta sobre cómo se lee hoy al autor de El Aleph fue uno de los ejes del Festival Borges que se desarrolló durante la última semana en Buenos Aires. Y las respuestas ensayadas acaso no habrían disgustado al escritor que defendía el placer como única razón válida para leer: "La lectura", decía Borges, “debe ser una de las formas de la felicidad”.

En el escritor nacido en 1899 y fallecido en 1986 se conjugan una obra cumbre de la alta cultura y una figura de reconocimiento masivo, casi una celebridad popular, el viejo ciego y sabio que armonizaba la “serena modestia” con la ironía iconoclasta. En esa ambivalencia quizá radique parte de la perduración de su atractivo. “Por un lado, Borges apabulla, ocupa ese lugar canónico en la literatura argentina, es una de las grandes figuras de la literatura universal. Pero, a la vez, hay algo en él que parece muy accesible, a pesar de tener muchas complejidades”, observó la escritora Olivia Gallo (Buenos Aires, 1995). “Tenía una visión de la literatura muy horizontal, muy pura y juguetona. No se ponía en el lugar de un escritor serio que hablaba desde arriba, hay algo muy punk en su figura, en correrse de ese lugar al que a la vez pertenecía.”

El Festival Borges es un proyecto cultural independiente y con entrada libre que, en su cuarta edición, se realizó entre el lunes pasado y este sábado. Incluyó talleres, charlas y recorridas —algunas actividades virtuales y otras presenciales—, con la participación de académicos, investigadores, periodistas, escritores y otros artistas.

“La literatura de Borges espera, espera a que llegue el momento en que cada uno y cada una pueda encontrar en Borges qué nos habla a nosotros, qué cuento sí y qué cuento no”, caracterizó Yamila Bêgné (Buenos Aires, 1983), autora de Los límites del control y Protocolos naturales, entre otros libros. “La literatura de Borges está ahí para que podamos volver, no sólo nosotros como individuos a lo largo de nuestras vidas, sino también como generaciones: mis padres lo leyeron de un modo, yo lo leo de otro, mi hijo lo leerá de otra manera. Así se configura también un clásico. Es una obra que espera porque tiene la cualidad para esperar, porque hay algo adentro que no se termina de descifrar. Una cualidad de condensación, de agujero negro. Estamos ahí rondando todo el tiempo y nos espera, espera a que lleguemos a comunicarnos de un modo más directo con esos textos.”

La influencia y las palabras

El interrogante respecto del influjo de Borges y su mitología en la producción literaria actual fue formulado en el festival por la profesora y periodista Gisela Paggi. “Hay una tensión entre la gente que escribe y Borges”, respondió Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978). “Borges puede inspirar miedo, temor, pero también a un escritor joven le hace sentir que existe otro mundo y que se puede formar parte. Muchos escritores han confesado que lo primero que les salía escribir eran cuentos imitando el gesto de Borges, los laberintos, las ruinas circulares... Si bien es un escritor erudito, tiene eso que Beatriz Sarlo llama la estrategia de lo menor, de no poner palabras de más. En toda su sofisticación, Borges es realmente estimulante para cualquiera que quiera escribir”. La autora de Animales de compañía y Donde nada se detiene destacó “las herramientas retóricas” que ofrecen los textos borgianos, su empleo de la metáfora y la prosopopeya, “las figuras contradictorias con las que niega algo afirmándolo”, presente en títulos de relatos como “El impostor inverosímil Tom Castro” o “El atroz redentor Lazarus Morell”.

“Borges no solo escribe sobre lectura, sino que escribe todo el tiempo sobre escritura. Entonces a la hora de escribir o de acercar herramientas a otros para que escriban, en un taller o una clase, es fundamental”, estimó Yamila Bêgné. Recordó que en el ensayo La poesía gauchesca Borges advierte que conocer cómo habla un personaje es conocer al personaje: “Ese es un consejo insoslayable para construir un personaje o un narrador. Si conocemos esa voz, si la internalizamos, el camino de la escritura, que nunca es fácil, va a tener una guía”.

Ausencia presente

¿Los jóvenes leen a Borges? Sin datos disponibles, las respuestas compartieron sensaciones y percepciones. Olivia Gallo, autora de Las chicas no lloran y No son vacaciones, contó que, con sus amistades interesadas en la literatura, no suelen hablar de Borges. “No está en la conversación, tampoco aparece tanto en los talleres literarios. Pero hay algo de su presencia que se cuela por otros lados, quizá por otros autores argentinos tocados por su obra. En su momento, Borges fue discutido, criticado, canonizado, hay algo del debate en esos términos que ya está, ya no se discute y eso puede alejar a un autor y que se lo lea menos. Pero, a la vez, la gente de mi generación, creo, no estamos peleados con la idea de leerlo”, dijo y recordó aquella frase de Mairal: “Con los abuelos uno no se pelea, se pelea con los padres”.

Como profesora de primer año en la universidad, en el área de las ciencias sociales, Bêgné comentó que sus actuales alumnos “por supuesto conocen a Borges, pero pocos lo leyeron. Sí leyeron a escritoras como Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin. Tienen otras opciones más visibles y más cercanas de llegar a la literatura. Ya tendrán tiempo para llegar a Borges y, si no llegan, tampoco me parece un pecado capital. Hoy quizá puede haber grandes lectores que no hayan leído a Borges”, arriesgó, sabiendo, dijo, que iba a arrepentirse.

En los años cincuenta y sesenta, cuando aconsejaba a sus estudiantes que no leyeran libros que los aburrieran, Borges sugería algo parecido sobre el poder latente, en permanente suspenso, de la literatura: “Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día en que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”.

IV

 Un alfil de la vanguardia hispánica: Guillermo de Torre en el espejo de Borges, en El País, Jordi Amat, 9 sept 2023:

Domingo Ródenas de Moya traza una detallada cartografía de la vanguardia hispánica de principios del XX en torno a la figura del escritor ultraísta.

Probablemente Literaturas europeas de vanguardia dio sentido a la vocación de Guillermo de Torre. Es verdad que se publicó en 1925 cuando el ciclo de la subversión estética no se había cerrado, pero Torre, que nació con el siglo y cuya ambición como creador había recibido ya los primeros palos, era el hombre de letras español con mejor información sobre aquellos movimientos, sus libros, revistas y autores de todo el continente con los que incluso se carteaba. Otra cosa distinta es cómo un abanderado de la modernidad adquiría prestigio en ese sistema literario y cómo su trayectoria acabaría por inscribirse en el relato de la historia cultural hispánica del siglo XX. Entre ironías, olvidos y una obra dispersa entre dos continentes, su nombre se difuminó. Para comprender el período su labor como agente del arte nuevo debía ser restituida. El orden del azar lo consigue. Han sido muchos años de investigación y la espera ha valido la pena. Sin duda esta biografía es un hito clave en la carrera académica de Domingo Ródenas, el profesor que más ha renovado el conocimiento sobre la Edad de Plata tras José Carlos Mainer.

Con una obra dispersa, su nombre se difuminó. Para comprender el periodo, su labor debía ser restituida. En el eje de la biografía está Torre, sus artículos y su oceánico epistolario en buena parte inédito. A partir de su protagonista, que dominaba sin querer “el arte de caer mal”, Ródenas traza una cartografía detalladísima de la renovada vida cultural desde 1915 hasta la guerra civil y el primer exilio. Tertulias y egos, cuchilladas y proyectos abortados. Desde el nacimiento del ultraísmo, que él bautizó en una carta cuando era un adolescente latosísimo, hasta su visita al estudio de Picasso cuando pintaba el Guernica. De la relación con García Lorca, del que se publican fotografías inéditas, hasta los tratos con Ernesto Giménez Caballero para la creación de la Gaceta Literaria. Pero lo que hace singular este libro es un contrapunto biográfico que aumenta exponencialmente su interés. Se establece desde las primeras páginas, en unos capítulos breves que irán alterando la linealidad cronológica a lo largo del relato y que acaban por construir unas vidas cruzadas entre Torre y su cuñado. En paralelo descubrimos así cómo se iba configurando el entramado cultural argentino, con Victoria Ocampo como factor aglutinador, o la génesis de dos proyectos editoriales tan influyentes como la colección Austral de Espasa Calpe y la editorial Losada. Pero sobre todo accedemos a la rebuscada personalidad de un tipo bilioso y con una inteligencia estratosférica: Jorge Luis Borges.

En un temprano viaje de regreso a Argentina, la familia Borges hizo una larga parada en España. Durante la primavera de 1920 los dos jóvenes con sueños de escritor se conocieron en Madrid. Antes, en Sevilla, algunos poetas nuevos ya habían quedado deslumbrados por la belleza de Norah, pintora moderna y hermana de Georgie. Cuando se la presentó a Torre, “se enamoró de un mazazo”. Su noviazgo se construyó a través de cartas y poemas que cruzaban el Atlántico, con el temor compartido que la imagen que uno tenía del otro fuese más una idealización literaria que una realidad. Es una historia preciosa cuyo epílogo cierra el libro. Pero esa historia de amor hizo que los dos literatos que un día se dijeron a sí mismos ultraístas tuviesen una relación tan frecuente como singular. Más que complicidad familiar, en cartas y artículos, latía una velada competencia. Al interpretar esas tensiones, Ródenas arriesga y brilla en la caracterización psicológica y así va más adentro en la descripción de cómo Borges llegó a ser “el talismán de los escritores posmodernos de los sesenta” al tiempo que Torre asumía como testimonio “de la modernidad estética en la que lo nuevo se hizo tradición”. Solo Ródenas podía contarlo.

El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges. Domingo Ródenas de Moya. Anagrama, 2023, 577 páginas, 29,90 euros.

V

 Los manuscritos inéditos de Borges que dejan oír su voz: publican los cuadernos donde preparaba sus conferencias, en El País, Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2025:

El libro “Cuadernos y conferencias” reúne textos del escritor argentino fechados entre 1949 y 1954. La edición permite conocer cómo trabajaba Borges y revela temas poco abordados en el resto de su obra

Cuando Jorge Luis Borges se quedó ciego, hacia 1955, “su capacidad de estilo quedó destruida. Porque no pudo leer. No pudo leer sus propios manuscritos”, observó el crítico y escritor Ricardo Piglia. Al comparar “cualquier texto de Borges de los años 60 para adelante” con sus textos anteriores —agregó—, “hay que ser un marciano para no darse cuenta de lo que es una cosa y la otra”. La sentencia, elaborada por Piglia en sus clases sobre el gran escritor argentino, supone que la lectura era el corazón de la escritura de Borges y, de algún modo, sugiere que el icono del genio ciego que lo haría famoso fue la primera imagen del escritor que ya dejaba de ser. La publicación en Argentina del libro Cuadernos y conferencias permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

“Es el grupo de inéditos de Borges más importante que ha aparecido”, afirma Daniel Balderston, reconocido experto en la obra borgiana y director del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh (EE UU), la institución que hizo posible la publicación de Cuadernos y conferencias.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto ErígenaFrancis Bacon o David Hume, y a escritores como William BlakeRobert BrowningHerman MelvilleMark TwainArthur Conan DoyleOscar WildeFranz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos “El sur” y “Funes el memorioso”, entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La cuidada edición, que distribuye Arta Ediciones, es el resultado del encuentro de dos líneas de investigación sobre Borges. Por un lado, la enfocada en los manuscritos, que lidera Balderston y que ya produjo otros tres libros de inminente reedición: Poemas y prosas breves (2018), Ensayos (2019) y Cuentos (2020). Y por el otro, la centrada en el área menos estudiada de su obra, su producción oral, a cargo de un equipo dirigido por Mariela Blanco en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina).

Solo en su vejez, Borges (1899-1986) pudo vivir de los ingresos que generaba su obra. En sus primeros años adultos, se mantuvo trabajando como periodista y editor. En 1937, consiguió un empleo estable como bibliotecario, pero en 1946, con la llegada al poder de Juan Perón, renunció tras ser “honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados”, según la versión que él mismo publicitó en su Autobiografía. En esa época, su timidez era proverbial: cuando los amigos organizaron una cena de desagravio ante la afrenta peronista, no se animó a leer el discurso que había preparado.

Pero para subsistir tuvo que doblegar su introversión y, gracias a la promoción de Victoria Ocampo y otras amistades, pudo ensayar nuevas profesiones: así emergieron el Borges profesor y el conferencista. “A los 47 años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante”, contó. “Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado”.

Los meticulosos apuntes con que preparaba sus clases y exposiciones los anotaba en cuadernos, hoy dispersos en distintas bibliotecas y colecciones. Cuadernos y conferencias reúne una selección de manuscritos fechados entre 1949 y 1954, cuyos originales están en las universidades de Texas y de Michigan (EE UU). Los facsímiles muestran que las notas de Borges, carillas cubiertas de apretados caracteres, siguen con esmero a las que él atribuyó a Pierre Menard, su imaginario autor del Quijote, con "sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

El libro ofrece múltiples lecturas posibles. Para el lector aficionado, rescata conferencias de Borges que no fueron grabadas, filmadas ni transcritas, de las que solo en algunos casos había menciones o resúmenes en la prensa. “Los temas de los que habla acá irradian en muchos casos hacia el resto de su obra, reaparecen en sus ficciones, sus ensayos y poemas. Pero también hay muchos temas de los que no habla en otros textos. El lector puede entrar en contacto con reflexiones de Borges que no leyó en otro lado o con temas que acá desarrolló con mayor sistematicidad”, destaca la investigadora del Conicet Mariela Blanco, cuyo equipo lleva registradas unas 400 conferencias del autor. Los místicos del IslamLos problemas de la novelaAlmafuerte (Pedro B. Palacios) o Bertrand Russell son algunos ejemplos de esos temas inusuales que afloran en estos manuscritos.

Para el investigador o el lector erudito, el libro es una ventana desde donde atisbar el modo en que Borges trabajaba. “Los cuadernos muestran cómo planeaba cada clase o conferencia, cómo juntaba y organizaba su repertorio de citas para hacer un argumento. Arrojan mucha luz sobre sus publicaciones anteriores y posteriores, y son de suma importancia para entender no solo ese período, sino también el que viene después, cuando ya ciego y famoso comienza a hablar en muchas partes del mundo en conferencias que sí fueron grabadas”, explica Daniel Balderston.

De paso, el libro deja en ridículo a la leyenda de Borges como un fabulador que inventaba citas y lecturas. En el margen izquierdo de sus anotaciones, el escritor asentaba las fuentes en que se basaba. “Borges sabía que se estaba quedando ciego”, señala Blanco, “y por eso dejaba un registro tan detallado de sus lecturas”.

VI

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, Portugal, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo.

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El AlephInquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “Un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.