viernes, 16 de mayo de 2008

Catálogos de gente necesaria

Se ve que son los que arreglan cuerpos de seres humanos o de máquinas o nos llevan de un lado a otro:

Entrenadores, deportistas profesionales, médicos, enfermeros, ingenieros, personal de barco, conductores profesionales o mecánicos son algunos de los trabajos que se ofertan en el Catálogo de Ocupaciones de Difícil Cobertura del segundo trimestre de 2008.

Este listado, que publican los Servicios Públicos de Empleo, es una recopilación de profesiones con demanda en el mercado laboral que sirve de base para encauzar la llegada de trabajadores extranjeros.


En conjunto, los perfiles que más se demandan, y que vuelven a repetir como los más solicitados, son los de entrenador y deportista profesional.


Le siguen los de médico, enfermero, ingeniero, mecánico, operador o personal técnico y de servicio para barcos (maquinista, piloto de buque mercante, sobrecargo, marinero, mozo de cubierta, camarero o mayordomo).

También existe demanda de peones agrícolas, forestales, de minas o de excavaciones arqueológicas.


En Zaragoza, donde este año se celebra la Exposición Internacional, se requieren instaladores de calefacción y aire acondicionado, montadores de carpintería, marmolistas o cristaleros de edificios, entre otros.
Técnicos en instalaciones y líneas eléctricas, en frío industrial y en mantenimiento de instalaciones hoteleras, también son solicitados en numerosas provincias.
El Catálogo contiene las ocupaciones en las que los Servicios Públicos de Empleo tienen dificultades para gestionar las ofertas que los empleadores les presentan.
El catálogo tiene carácter trimestral y su vigencia abarca desde el primer hasta el último día laborable del trimestre natural siguiente al de su publicación
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Los hijos que no tuvo Madonna se ocultan en las cloacas


Los budistas piensan que adoptar los niños que los demás no quieren es moralmente superior a educar los propios hijos. Pero muchos que no son budistas no lo hacen por eso, sino por dar coba, por quedar bien, por vergüenza, como hace Madonna, a quien muchos atribuyen no tenerla y que adopta niños negros de Malawi después de haber abortado once veces seguidas en sus tiempos de follatriz sin condón y sin conciencia (es leyenda urbana; según J. Randy Taraborrelli, Madonna, una biografía no autorizada, fueron cinco demostrados, dos de ellos naturales), por lo que, para reinventarse cual ave fénix, después de haberse quemado en ese papel y haber preferido vender ciento veinte millones de discos a tener tres hijos, escribe un libro de cuentos para niños, descubre que la conciencia vende y consigue, puede que con sobornos, que Malawi ignore sus propias leyes sobre adopción permitiendo que lo hagan extranjeros, mientras que otros, más preocupados padres, como muchos que yo conozco, estériles y sin dinero, al contrario que Madonna, o a quienes ya se les ha pasado el arroz, tienen que quedarse sin niños o buscar niños de pésima calidad, con taras físicas y psíquicas, retrasos cognitivos y demás. Es un tipo de caridad muy protestante:

El señor don Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo hacer este hospital...
y también hizo los pobres.

Madonna, que se identificaba con Marilyn, esa pobre mujer despreciada y auto despreciada que nunca pudo ser madre por esterilidad, se puso un nombre falso, como todos los del espectáculo, que le va bien poco. No es una matrona, y sí más bien una estricta gobernanta. No estoy diciendo que Madonna haya abortado por motivos estéticos, como la gimnástica y neumática Pamela Anderson, que se veía gorda y con mala figura para rellenar el bañador de vigilante de la playa, ya que su cuerpo era más ella que ella misma; más bien creo que abortaría porque no tener tiempo en ocuparse de asuntos tan largos e incómodos y por tener que pensar en su carrera, que es lo que va con su carácter, pues, por ejemplo, podía haber dado sus abortos en adopción. Pero eso de dar en adopción no es algo que sea apropiado para una estrella, porque queda horrible en sociedad y aún más feo en los de la sociopatía. No creo que Madonna adopte niños de baja calidad, porque es demasiado soberbia para ello, pero niños negros o chinos sí, que es bueno para su carrera; veremos qué tal los educa; espero que no les enseñe su manera de pensar, que me da escalofríos; el mundo sería bastante peor, que ya lo es, si hubiera más gente como Madonna. Menos hipócritas e incluso simpáticos me parecen Angelina Jolie o Nikole Kidman, que tienen conciencia social, un historial de humildad y buen corazón y una trayectoria respetuosa con las leyes, incluso si se trata de la heterodoxa Jolie. Pero la gente no cambia fácilmente; Jesucristo opinaba que sí, que la gente puede cambiar; los paganos que no, que la gente no cambia. Yo creo que el "cambio" que tanto prometen los políticos y los religiosos es posible, pero cuesta mucho tiempo y es fruto de mucho tesón; podemos cambiar nuestra naturaleza, pero eso exige una disciplina inmensa. También hay gente que se equivoca, que "está ciega", como decía San Pablo y "ahora ve". Esa gente, en realidad, no cambia, sino que se reafirma o se desvela. En ese caso, los paganos -como por otra parte era San Pablo antes de su conversión- tenían razón. ¿Será Madonna uno de ellos?

La verdad y los políticos, o Una relación difícil

¿Está justificada la mentira en política?

El País, HANS KÜNG 15/05/2008

Una pregunta ética fundamental para el sucesor del presidente estadounidense George W. Bush es ésta: ¿Debe mentir un presidente? ¿Hay alguna circunstancia en la que la mentira esté justificada?

El ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger no tiene problemas para justificar las mentiras. Kissinger opina que el Estado -y, por consiguiente, el estadista- tiene una moral diferente a la del ciudadano corriente. Lo demostró en la práctica durante sus años en el Gobierno de Nixon y luego defendió esta opinión en su libro de 1994, Diplomacy, en el que menciona a figuras históricas que admira: entre otros, Richelieu, Metternich, Bismarck y Theodore Roosevelt.


Cuando le dije en una ocasión que esa visión del ejercicio del poder político me parecía inaceptable, él replicó, no sin ironía, que el teólogo ve las cosas "desde arriba" y el estadista "desde abajo".

Le hice esa misma pregunta sobre la mentira y la moral política a un buen amigo de los dos, el ex canciller de Alemania Federal Helmut Schmidt, cuando pronunció una conferencia sobre ética mundial en la universidad de Tubinga en 2007: "Henry Kissinger dice que el Estado posee una moral distinta de la del individuo, la vieja tradición desde Maquiavelo. ¿Es verdad que el político que se ocupa de asuntos exteriores debe atenerse a una moral especial?".

Schmidt me respondió: "Estoy firmemente convencido de que no existe una moral distinta para el político, ni siquiera el político que se ocupa de asuntos exteriores. Muchos políticos de la Europa del siglo XIX creían lo contrario. Quizá Henry sigue viviendo en el siglo XIX, no sé. Tampoco sé si hoy seguiría defendiendo ese punto de vista".

Por lo visto, sí. Al recomendar, hace poco, más participación militar en las guerras de Irak y Afganistán, Kissinger ha demostrado que sigue siendo un político que piensa desde el punto de vista del poder y en la tradición de Maquiavelo. Aunque por otro lado, ha dicho que está en favor del desarme nuclear total. ¿Es una contradicción o un signo de la sabiduría que da la edad?
En las reuniones del Consejo Interacción de ex jefes de Estado y de Gobierno, del que soy asesor académico, se discuten problemas de ética. Recuerdo que en 1997 no hubo ninguna cuestión relacionada con la Declaración Universal de las Responsabilidades Humanas del consejo que se debatiera con tanta intensidad como la de "¿No mentir?". El artículo 12 de la declaración trata sobre la veracidad, y dice: "Nadie, por importante o poderoso que sea, debe mentir". Sin embargo, inmediatamente sigue una puntualización: "El derecho a la intimidad y a la confidencialidad personal y profesional debe ser respetado. Nadie está obligado a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo". Es decir, por mucho que amemos la verdad, no debemos ser fanáticos de la verdad.


Pero no exageremos. Los políticos también son seres humanos, e incluso una persona veraz puede mentir cuando se encuentra en una situación difícil. No hablo de las mentiras que se cuentan por diversión ni de las mentiras piadosas, sino de las mentiras deliberadas. Una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal. O como dicen los Diez Mandamientos en Éxodo 20:16: "No darás falso testimonio contra tu vecino".

Una vez, el ex ministro de Asuntos Exteriores de un país del Sureste Asiático me contó, con una sonrisa, que en su ministerio corría esta definición de embajador: "Un hombre al que se envía al extranjero para que mienta". Pero hoy ya no puede construirse ninguna diplomacia eficaz a partir de esa idea. En la época de Metternich y Talleyrand, dos diplomáticos podían decirse mentiras a la cara. Pero hoy, en la diplomacia secreta, es necesaria la franqueza, por más que se emplee todo tipo de tácticas astutas en la negociación.

El juego sucio y los engaños no salen rentables a largo plazo. ¿Por qué? Porque minan la confianza. Y, sin confianza, la política constructora de futuro es imposible.

Por consiguiente, la primera virtud diplomática es el amor a la verdad, según dice el diplomático británico sir Harold Nicolson en su clásica obra de 1939, Diplomacy, que, por cierto, Kissinger menciona a regañadientes en su libro, en la página del copyright, pero luego no vuelve a citar en ninguna parte.

Eso significa que algunos estadistas como Thomas Jefferson tenían razón: no existe más que una sola ética sin divisiones. Ni siquiera los políticos y hombres de Estado tienen derecho a una moral especial. Los Estados deben regirse por los mismos criterios éticos que los individuos. Los fines políticos no justifican medios inmorales.

O sea, la veracidad, que está reconocida desde la Ilustración como condición previa fundamental para la sociedad humana, no sólo es un requisito para los ciudadanos individuales sino también para los políticos; especialmente para los políticos.

¿Por qué? Porque los políticos tienen una responsabilidad especial respecto al bien común y además disfrutan de una serie de privilegios considerables. Es comprensible que, si mienten en público y faltan a su palabra (sobre todo, después de unas elecciones), luego se les eche en cara y, en las democracias, tengan que pagar el precio, en pérdida de confianza, pérdida de votos en las elecciones e incluso pérdida de su cargo.

Las mentiras personales, como las que contó el ex presidente estadounidense Bill Clinton durante el caso de Monica Lewinsky, son malas. Pero lo peor es la falsedad, que afecta al fondo de las personas y sus actitudes esenciales (como puede verse en la actitud del presidente George W. Bush durante los cinco años de la guerra de Irak). Y lo peor de todo es la mendacidad, que puede impregnar vidas enteras. Según Martín Lutero, una mentira necesita otras siete para poder parecerse a la verdad o tener aspecto de verdad.

Ahora bien, por supuesto que también existen políticos y estadistas honrados. Yo conozco a unos cuantos. Además de la virtud de la sinceridad, tienen que practicar la sagacidad. Sobre todo, deben ser perspicaces, inteligentes y perceptivos, estrategas hábiles e ingeniosos y, si es necesario, astutos y ladinos, pero no maliciosos, intrigantes ni canallas.

Deben saber cuándo, dónde y cómo hablar... o callarse. No todos los circunloquios y exageraciones son mentiras en sí mismos. No hay duda de que, en determinadas situaciones, puede haber conflictos de responsabilidades en los que los políticos deben decidir de acuerdo con su propia conciencia.

"Muchas veces era difícil: no podíamos decir toda la verdad y, con frecuencia, debíamos ocultarla o permanecer callados", me dijo el ex presidente estadounidense Jimmy Carter tras una sesión del Consejo Interacción. Y me impresionó profundamente cuando añadió: "Pero, durante mi mandato, en la Casa Blanca no mentimos nunca".