jueves, 26 de marzo de 2026

Tendencias del Refranero

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (I)", en Revista de Libros, 13 de noviembre de 2018: 

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar? de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría popular de una sociedad completamente distinta a la actual.

En algún momento del párrafo anterior he empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia, si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas. Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido (naturalmente) como metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza (no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión risueña.

Pero, como habrán supuesto con toda razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios, pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito. Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo el título de El espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un puñado de años (2000) en la editorial Espasa.

No quiero decir con ello que me disponga a comentar el libro en cuestión (mi reseña ya apareció publicada en su día en Revista de Libros), sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o creencias del pasado.

En todo lo dicho hasta ahora opera un sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de referencia–, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de los refranes– es un imposible por dos sencillos motivos. El primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color del cristal con que miremos.

No pretendo aquí, por tanto, utilizar el refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes (la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse. Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas de vida, consejos para sobrevivir.

De ahí precisamente que podamos detectar como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo –mientras se zampa un cubilete de palomitas– las cuitas del personaje de la pantalla. Las creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que «quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de «tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial muestra de humor negro: «La mucha gente sólo es buena para un entierro».

Esa conducta, aplicada a las relaciones personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo? ¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad, es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes, enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos: «Cuñados y rejas de arado sólo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».

Obsérvese que, como decía antes, el humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos, a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser, tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Sólo queda el sometimiento y la resignación: «Cosa cumplida, sólo en la otra vida».

En estas coordenadas, las recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida, como estas dos tomadas del Quijote: «No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos, empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos compran y otros son comprados».

Me quedan aún varias vertientes que tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas. Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (y II)", en Revista de Libros, 26 de noviembre de 2018

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere el agua / en su molino, / y dejar en seco / al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tienen los que pobres son / la ventura del cabrito, / o morir cuando chiquito / o llegar a ser cabrón».

La resistencia tiene una contrapartida, que es más bien un complemento. Estar a la defensiva es bueno, pero tiene sus claras limitaciones. En el momento en que sea posible, conviene trocar la defensa por un buen ataque. Si hemos aguantado carros y carretas, ahora puede ser nuestro momento: se van a enterar. Hay un refrán que, como siempre, con una asombrosa precisión, resume todo esto: «Cuando yunque, con paciencia y cuando martillo, sin clemencia». ¿Se puede decir mejor? Y a partir de ahí, a tumba abierta: «A quien te hizo una, hazle dos, aunque no lo mande Dios». Como veremos luego con más detenimiento, Dios puede mandar lo que quiera, pero es evidente que al estar allí arriba no entiende muy bien de los asuntos humanos. No hay más que ver cómo le fue cuando bajó a la tierra: «A uno que se metió a redentor lo crucificaron». Sí, está muy bien hablar de bondad, generosidad o inocencia, pero, ¿a qué conducen las virtudes? La respuesta es de nuevo brutal: «A los inocentes los mató Herodes».

En un mundo en el que «El hombre es un lobo para el hombre», «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» y «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Lo importante soy yo y lo mío: «Antes son mis dientes que mis parientes». Lo cual me lleva a despreocuparme de los demás e, inevitablemente, también del mal ajeno: «Tenga yo mi pata sana y púdrasele a mi hermana». El individualismo descarnado no lleva tan solo, como es obvio, a una agria insolidaridad, sino, lo que es peor, dando un paso más, a una actitud agresiva con todos, amigos y enemigos: «A quien quieras mal, cómele el pan; y a quien bien, también». Como los consejos a veces parecen atemperados por una cierta retórica, hay refranes que se encargan de situarlos a ras de tierra, aunque mejor sería decir en el puro barrizal: «Al conejo y al villano, despedazarle a mano». Mencioné antes la crueldad y no lo hice al albur. Ahora puede entenderse mejor: «Al enemigo que huye, golpe de gracia». Es decir, matarlo. ¡Y qué satisfacción! No hace falta siquiera que sea enemigo. Basta que sea otro. Y que así, pueda decir con cinismo: «No le quiero bien ni mal, mas holgáreme de verle en la horca pernear».

Como ya se habrá advertido, otra de las constantes en el refranero es el tono descarado, incluso directamente cínico que no se para en barras, no admite cortapisas ni respeta a nada ni a nadie. Esta actitud libérrima resulta especialmente llamativa en el aspecto religioso, tratándose como se trataba de una sociedad en la que la Iglesia católica tenía un protagonismo absoluto y, más aún, una presencia cotidiana abrumadora. Esta en concreto –la Iglesia– y, sobre todo, sus ministros no salen bien parados del juicio popular. Abundan los refranes que de un modo u otro censuran los vicios y, muy especialmente, la hipocresía del clero: «Gente de iglesia, más lo han por la miel que por la cera», es decir, más por sus ventajas materiales que por devoción. De un modo más directo, «El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos», esto es, sus atributos. Desde mi punto de vista, lo más revelador no es tanto la crítica a los eclesiásticos y sus faltas concretas cuanto la crítica a la Iglesia como institución. Cuanto más lejos de esta, mejor. Así parece desprenderse de este consejo: «Con una misa y un marrano hay para un año». La comparación es ciertamente demoledora. Por esto mismo, la gente que se acerca mucho a la iglesia (santurrones, beatos, meapilas y compañía) reciben también su ración: «Púsose a santiguar y se sacó un ojo».

Tirando de ese hilo van dándose pasos cada vez más atrevidos que ponen en cuestión, no ya sólo a la Iglesia y a sus representantes, sino la propia doctrina cristiana. Podemos empezar por esta andanada a la familia que utiliza sin miramientos la burla hacia uno de los símbolos más genuinos del cristianismo, la Sagrada Familia: «Familia, la Sagrada; y esa, en la pared colgada». El siguiente paso es mucho más atrevido, pues advierte que «también la gracia de Dios hace daño». El tercero se resguarda en una cierta ambigüedad, pero, según como se interprete, roza la blasfemia: «Tras la cruz está el diablo». No es de extrañar así que, en el Quijote, hasta Sancho se atreva a enmendar la plana a Dios: «Tengo para mí que, aun en el mesmo infierno, debe de haber buena gente». Puede tomarse todo por el lado festivo, claro está. El peso del catolicismo en la sociedad hispana y en la cultura popular ha generado tal familiaridad del español con Dios que a nadie le extraña oír esta exclamación cuando se tiene hambre: «¡Me comería a Dios por un pie!»

Quizá lo más importante es que los refranes recomiendan actitudes y conductas que, si bien sería exagerado calificar en su conjunto de antievangélicas, se diferencian claramente del mensaje de Jesucristo: «A Cristo prendieron en el huerto porque se estuvo allí quieto». A buen entendedor… No quiero decir con esto que todo el refranero sea así, ni mucho menos, pero sí que una parte sustantiva de los refranes promueven un evangelio terreno que poco tiene que ver con el canónico (y, en algunos casos, lo contradice abiertamente). La formulación más chusca es, como casi todo el mundo sabe, la del «Evangelio del pobre: antes reventar que sobre». No es de extrañar, por lo visto hasta ahora. Pero sí desconcierta esta advertencia: «No hagas mal, que es pecado mortal; ni hagas bien, que es pecado también». ¿Entonces? Lo que parece indudable es que los mensajes de paz, amor, caridad y fraternidad chocan con una realidad hosca e inclemente: «Si doy, de lo mío me voy; si fío, pongo en riesgo lo que es mío; si presto, al cobrar me ponen mal gesto. De tal manera me han puesto, que ni doy, ni fío, ni presto». Hay, pues, que espabilarse: «Con arte y engaño se vive medio año; y con engaño y arte, se vive la otra parte».

Ya ha quedado suficientemente explícito cuál es el medio social que engendra los refranes. El individualismo, la desconfianza, la picardía y el cinismo suelen ser los ingredientes fundamentales. Todos ellos se sintetizan aquí: «Amigos, enemigos; parientes, serpientes; cuñados, mal bocado; y aun los mismos hermanos, líbrete Dios de sus manos». La familia, amplia o reducida, da igual, como fuente de conflictos: «Enemistad entre parientes, dura largamente», dice con sabiduría el refranero. Y al fondo, como siempre, el vil metal: «¿Parientes y han reñido? ¿Por cuánto ha sido?» La diatriba contra la familia alcanza a veces una dimensión insospechada, de índole teológica: «Dios no quiso hermano». Más claro no se puede decir. Y, así, no puede extrañar que hasta el mismo matrimonio se convierta en un suplicio: «El matrimonio sólo tiene dos días buenos: el primero y el postrero». Peor aún era para la mujer en la sociedad tradicional: «Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar». Tremendo.

No abundan, como bien puede colegirse de lo dicho, los refranes de esa índole, es decir, los que adoptan la perspectiva femenina o simplemente se hacen cargo de la situación de la mujer. Sí, reconózcamelo sin ambages, el refranero es profundamente machista («Mujeres sin pulgas, pocas o ninguna»), salvo algunas excepciones que no hacen más que resaltar la abrumadora predominancia del enfoque masculino. Vamos a empezar en esta ocasión por la referencia teológica, nuevamente tan expresiva como insolente: «Si la mujer fuera buena, también Dios tendría una». Hay otro refrán más rebuscado, pero también más provocador, en la línea tradicional de demonizar la figura femenina: «Antes que Dios se hiciese hombre, el diablo se había hecho mujer». Aunque hoy nos resulte tan estrafalario como repugnante, la comparación de la mujer con la mula es el recurso más usual en una sociedad campesina, ¡y no eran pocos los hombres que cuidaban y valoraban más a la segunda que a la primera! Pero, yendo a la cuestión de las comparaciones, lo más suave que podía decirse es que «La mula y la mujer por halago hacen menester». Es decir, esto a las buenas. A las malas, como mínimo recelo: «No te fíes de mujer, ni de mula de alquiler». La amenaza viene «Del mulo, por detrás; del toro, por delante; y de la mujer, por todas partes».

Puestas así las cosas, ya se barrunta lo que viene ahora: «Ahí te entrego esa mujer, trátala como mula de alquiler». ¿Y cómo se trata a una mula de alquiler? «Espuela quiere el buen y mal caballo; y la mujer, buena o mala, palo». Obsérvese el matiz, de nada le vale a la mujer ser buena. Lo confirma otro refrán, ligera variante del anterior: «La burra y la mujer, apaleadas quieren ser». Podrá parecer una barbaridad, pero esto no es nada para lo que viene ahora: «A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena». Si por tan solo asomarse a la ventana se recomienda que se le tuerza el cuello, ¿qué pasará ante otras conductas reputadas con razón o sin ella más sospechosas? Pues remedios expeditivos, como los que de vez en cuando aplicaba el populacho al clero: «No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada». Y así llegamos a algo parecido al regusto sádico: «Bien haya la higuera que tal fruto lleva. Y era su mujer que pendía ahorcada de ella».

Hago un pequeño inciso para recordar lo que dije antes en alguna ocasión. El refranero sirve para un roto y para un descosido, esto es, no hay refrán que no tenga su antítesis. En el caso que nos ocupa, habría que matizar que también hay refranes que se hacen eco del punto de vista femenino, aunque no siempre en el sentido feminista que hoy consideramos políticamente correcto: «A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos». Así también, por ejemplo, este que señala que «marido rico y necio no tiene precio». Hay otro curioso, por inusual, desconcertante y brutal: «No es nada el ruido, sino que matan a mi marido». Se supone que la que así respira aliviada es la mujer (o ya viuda) de un ajusticiado. El refranero no es muy receptivo que digamos hacia la sensibilidad femenina, pero de vez en cuando esconde alguna perla, como por ejemplo esta: «A la hija muda, su madre la entiende».

Voy a ir poniendo punto final a este pequeño muestrario del humor en el refranero considerando la vertiente más negra y sarcástica del mismo. Aquí también hay para dar y tomar. A veces, como sucede con el humor negro, encierra una profunda filosofía de la vida: «Para sacar de su casa a un muerto, son menester cuatro hombres». Las más de las veces, la muerte sirve para constatar que la vida tiene que seguir. Hay diversas variantes del conocido «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», como, por ejemplo, «Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Una de las variantes de esta misma filosofía que a mí me parece particularmente cruel es la que reacciona ante la muerte de un niño con un «Angelitos al cielo, y bizcochitos a la barriga». Pero la vida da para muchas situaciones, como cuando el moribundo no termina de morirse: «¡Aviados estamos! Ni se muere padre ni cenamos». La familiaridad de aquella sociedad ignara y supersticiosa con la muerte, así como las altas tasas de mortalidad infantil, explican desahogos como este, tan impresionante como incomprensible desde la mentalidad actual: «Bendita sea la puerta por do sale la hija muerta». Entendemos que expresa la satisfacción por tener una boca menos que alimentar. Con todo, nos es imposible reconocernos en esa insensibilidad de nuestros antepasados, que bromeaban con la muerte y las desgracias en general con una naturalidad que hoy no sabemos o no nos podemos permitir: «No es nada lo del ojo; y lo llevaba en la mano».

En conclusión, ¿es sabio el refranero, como muchas veces se dice? Ni sabio ni todo lo contrario. Cualquier valoración de conjunto carece de sentido. Hay multitud de sentencias que tan solo expresan los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo de un pasado en el que nos cuesta trabajo reconocernos. Una sociedad caracterizada por el culto a las apariencias («Aunque seas señor, si no lo pareces, es como si no lo fueses»), la mentira («Andaos a decir verdades y moriréis en hospitales»), la simulación («Quien no sabe fingir no sabe vivir»), la agresividad («¡Con razón o sin ella, leña!»), la intransigencia («A quien sustenta un dislate, a palos se le combate») y la ignorancia (ese brutal «Al maestro, cuchillada»). Son, como ya hemos dicho, las reacciones y temores que provoca este valle de lágrimas, un mundo despiadado, una vida de penurias: «El que a larga vida llega, mucho mal vio y más espera». Son muchos los refranes que sostienen lo mismo con leves variantes, recomendando una actitud senequista ante la existencia: «Al sabio su suerte le agrada, aunque sea mala». O «Procura lo mejor, espera lo peor y toma lo que viniere». Por eso he elegido como epígrafe representativo de este comentario esa máxima genial que expresa lo mismo con menos palabras: «Del mal, el menos».

Pero el refranero está lleno también de frescura y desvergüenza: «A los sordos, pedos gordos». La expresión grosera añade una dimensión jocosa a una recomendación que encierra múltiples sentidos. Algo que también pasa con esta reflexión: «Más vale ser puta sin parecerlo que aparentar y no serlo». ¿Cinismo o simple experiencia? En todo caso, una sabia filosofía de la vida, como este otro consejo: «Cuando pases por la tierra de los tuertos, cierra un ojo». ¡Ay, la envidia! Sobre ella previenen muchos refranes: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía». ¿O es, simplemente, la condición humana?: «Ajeno es todo lo que se desea». En fin, todo es relativo y, si no lo es, mejor verlo así, pues «No hay poco que no alcance, ni mucho que no se acabe». Y así llegamos al final, tan igual para todos: «Ninguno muere tan pobre que la ropa no le sobre».

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