miércoles, 2 de enero de 2013

No saber que no se sabe

El mito de Fausto, el de la insatisfacción del saber y la miseria moral que provoca es el último que ha producido la civilización occidental. "Es infinito el número de los necios", dice la Biblia. Esto es: todos somos más o menos tontol'habas. Lo único que podemos pretender es serlo algo menos cuando muramos. En un clásico egipcio antiquísimo, unos consejos de gobierno escritos por un faraón, se lee: "Sobre cualquier cuestión, no solo hay que preguntar al que sabe, sino al que no sabe", porque también hay que aprender a ignorar debidamente una cuestión para poderla solucionar: la ignorancia es una de las herramientas del conocimiento, y la más empírica, porque consiste en saber "de" algo.

Ni siquiera los muy inteligentes saben ajustar una definición de la inteligencia. Se dice es la facultad de resolver problemas acuciantes en poco tiempo, pero esto margina creatividad, voluntad, empatía e inteligencia especializada y pasa por alto su fluctuación, pérdida, ganancia y evolución o su no menos importante utilidad individual o social. Mi experiencia como educador y hermano de un superdotado tal vez me haya dado algunas perspectivas mejores para plantear la cuestión y he procurado satisfacer mi curiosidad como he podido, porque es asunto polémico y complejo donde los haya: Descartes, un superdotado, escribió que la inteligencia debe ser el bien mejor repartido del mundo, ya que todos creen tener más que nadie. 


Muy mal lo tienen los que poseen capacidad pero se encuentran instalados en un mal entorno; los listillos son muy díscolos e incordiantes porque padecen un paradójico sentimiento de inferioridad derivado de su extrema sensibilidad, que les hace darse más cuenta de lo estúpido que es el mundo en que viven y de la estupidez de la existencia en general. Se sufren tan ignorantes como el rey Salomón y se consideran tan inútiles como el Eclesiastés, atribuido por cierto a Salomón.


Sobre tema tan garrulo nuestro gran manchego Juan Antonio Marina ha escrito muchas páginas sabias, luminosas y acertadas, pero uno recuerda más intensamente las tesis de H. J. Eysenck y León Kamin en su libro La confrontación sobre la inteligencia ¿Herencia-Ambiente? Madrid: Pirámide, 1986, por más que el debate ha ido más lejos, de suerte que la postura que ha triunfado y que yo comparto ha sido la del psicólogo Howard Gardner, derivada de la Teoría de la Evolución Darwin-Lamarck: no existe un solo tipo de inteligencia, sino varias capacidades de adaptación al entorno: lingüístico-verbal, lógico-matemática, espacial, musical, corpo-cinestésica, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Hay incluso quien ve relaciones entre esta teoría y la muy discutible del Eneagrama. Esta teoría se ha mostrado tan fecunda y tan útil que ha logrado hacer avanzar un campo hasta el momento muy estancado en las consideraciones meramente cuantitativas de Binet o meramente organicistas de Eysenck, dando más razón a Kamin, pero ampliando muchísimo su punto de vista. La utilidad de esta teoría se desprende de que puede integrar las inferencias sociales y aplicarse a grupos y a inteligencias no humanas, como los delfines, los chimpancés, los bonobos, los insectos, las bacterias e incluso las entidades electromagnéticas e informáticas, mientras que a nosotros, paradójicamente, nos humaniza.

Psicólogos como Eysenck afirmaban que es algo más genético que aprendido; los judíos serían los más listos por haber tenido que superar una persecución tal que solamente sobrevivieron los más aptos; es cierto hay un porcentaje de premios Nobel mucho más alto entre ellos y los test siempre les conceden quince puntos más que a otros pueblos; pero los gitanos han sido tan perseguidos como los judíos y no hay nobeles gitanos, aunque tengan fama de diestros cantando y chalaneando. La diferencia pudiera ser cultural: los judíos han conservado una cultura escrita porque concedieron gran valor a la educación; al optar por la integración, aprendieron los idiomas de los países donde se establecieron (está demostrado que el bilingüismo es bueno para el cerebro) y su carácter poco nómada ha asentado esos logros. Por otra parte, Eysenck da primacía a los amarillos sobre los blancos, aunque resulta que ellos también se han preocupado más que los blancos (y que los políticos españoles, ejem) por la ética, la educación y la disciplina. Sigue afirmando que blancos y negros africanos están a la par, pero no los negros de Estados Unidos, que son menos despabilados, y lo atribuye a la selección natural por parte de la esclavitud. También dice cosas tan discutibles como que los habitantes de los pueblos son más tontos que los de las ciudades y que los negros tienen una capacidad especial para la botánica. Que las mujeres son tan inteligentes como los hombres, pero hay más estúpidos y genios entre los hombres porque las mujeres tienden a tener una inteligencia más indecisa, reservada y anticompetitiva, como demuestra la comparación de curvas de campana; que las mujeres poseen menos inteligencia espacial (se orientan peor) e instrumental, pero mayor capacidad comunicativa y social (lo que redunda en un superávit de disciplina siempre favorable a la cría de niños y neuronas), más visión periférica y un útil funcionamiento multitarea, porque, a diferencia de los hombres, manejan ambos hemisferios del cerebro. ¡Y eso que poseen menos masa cerebral! Los hombres, por el contrario, parecen diseñados para tomar decisiones urgentes y funcionan más en jerarquía que en grupo.

Kamin, que representa la postura opuesta, propia del multiculturalismo, demostró que el padre del racismo científico engañó inventándose los datos y que casi todas las investigaciones de sus discípulos están financiadas por instituciones sospechosas que pretendían recortar el dinero de las becas. Es más, las diferencias culturales y el aprendizaje son esenciales a la hora de desarrollar la inteligencia y contestar a los test estilo Binet, que poseen algunos defectos de diseño relacionados con esos aspectos; los desvíos presentan correlación con esos sesgos y desaparecen cuando los test han sido debidamente planteados.  Por otra parte, existen dos tipos de inteligencia, la basal y la fluctuante: los resultados no son siempre los mismos según la edad, la instrucción, la moral, la personalidad e incluso la hora del día.

Una postura intermedia afirma que nuestra inteligencia es heredada en dos tercios y construida en un tercio. Podría ser. Son las diferencias de rendimiento entre el hardware y el software que lo aprovecha. Pero hay un aspecto del asunto que se soslaya con frecuencia, y es la utilidad de los talentosos frente a la de los genios, y los inconvenientes que proporcionan los genios a la sociedad; Hítler, por ejemplo, un mediocre en todos los campos en que intentó destacar, por ejemplo, armó la que armó porque era un genio de la oratoria, probablemente el más grande en este campo del siglo XX, el siglo de la radio y las telecomunicaciones. ¿Y cómo padecen a estos geniecillos sus próximos, los que tienen a su lado a los engreídos "listillos" de la clase? Uno recuerda el caso de Enrique Menéndez y Pelayo, escritor más que estimable que tuvo la mala suerte de nacer al lado del grande y eminente don Marcelino, un hombre con memoria fotográfica -hoy dirían eidética-, capaz de repetir el libro que había leído hacía dos días al revés y conocedor de seis lenguas vivas y muertas. Enrique tenía que resignarse a presentarse como "el tonto". Igual complejo debía de sufrir Miguel Echegaray, quien tuvo que servir de secretario a su hermano, el famoso dramaturgo y matemático don José, siendo mejor y más culto que él, aunque consagrado en exclusiva al sainete y el género chico y no al tragedión neorromántico; hoy resulta que es autor más legible y vivo que el famoso habitante de los legendarios billetes de mil pesetas. He conocido a alumnos con cociente más alto que Einstein que nunca acabaron segundo de ESO o que terminaron en Alemania esquizofrénicos y dedicados a los negocios; otro es un famoso escritor que fue expulsado de uno de los institutos de Ciudad Real a causa de la manía, eso dice él, que le tomó una profesora. También he tenido alumnos que sacaban notas impresionantes pero que, una vez que se han sacado un empleo, se han dormido en los laureles y no han dado la contribución notable que todos esperaban de ellos. Yo lo achaco a que se les exigía demasiado y, a causa del gran esfuerzo que se vieron obligados a desarrollar, lo único que aprendieron emocionalmente fue a odiar lo que estudiaban y a servirse de ello para medrar. Porque el que saca buenas notas en algo, no siempre lo ama ni ha sido habitado por su pasión. Alguien que saca notable o menos puede obsesionarse tanto con un tema y amarlo tanto que, si no sacó nota entonces, al cabo del tiempo dé un fruto mucho mayor que el que dio quien sacó más nota que él. De esos casos de voluntad y sostenida pasión insaciable por aprender hay más de los que se pueden contar. Son gente descontentadiza, y programada para aprender lenta y constantemente, con solidez, sin pausa, dedicándole todo el tiempo que haga falta y sacrificando el de otras necesidades, integrando sus conocimientos en una construcción superior a unos niveles que solo puede alcanzar la paciencia y una pasión automotivada; Jürgen Habermas podría servir de ejemplo. Si, además, se es excepcionalmente inteligente, ya se llega a las cotas de lo realmente extraordinario, como fue el llamativo caso de Grigori Perelman.

Pero aquí viene ahora mi experiencia, que tiene que ver con los casos que he conocido. Lo principal es,  sencillamente, que la inteligencia está sobrevalorada, porque por sí sola y sin una emotividad correcta es terriblemente cobarde y se utiliza más para evitar los problemas que para solucionarlos, porque no se orienta con los ejemplos y valores debidos. En Estados Unidos casi todos los inteligentes van en pos del sueño americano, que es el simple ganar dinero; muchos estudian abogacía, de forma que su principal contribución al bienestar general es complicar la resolución de los problemas y facilitar la injusticia y el latrocinio. Su inteligencia no resulta valiosa para el bienestar general y la compra el poder para poder seguir siendo poder. Por otra parte, la enorme sensibilidad de los muy inteligentes les hace frecuentemente fracasar, porque la tentación de la indisciplina es más poderosa en ellos que otros. Por ejemplo, Bill Gates dejó la universidad para ganar dinero y hemos tenido que padecer su maleducado y torpón software durante años. Su inteligencia estaba diseñada más para hacer dinero que para hacer un buen producto. Alguien afectivamente menos bruto y niñopijo, como el huérfano Jobs, pudo hacer un software mejor, más artístico, eficaz y educado; pero también dejó la universidad; cierto que en su empresa terminaron por dejarle a él, hasta que sus capacidades artísticas le hicieron ver la fortuna que había en la creatividad de Píxar y lo volvieron a traer, viendo que los que hacían dinero no valían un pimiento. Y no hablemos de la inteligencia, mucho más útil, de Linus Torvalds o Jimmy Wales, unos superdotados que supieron interactuar con la sociedad de tal manera que ahora les tenemos que agradecer instrumentos tan poderosos, comunes y gratuitos como Linux o la Wikipedia.  La inteligencia sólo logra frutos cuando asimila los valores de la voluntad, el trabajo y la paciencia y se integra plenamente en su medio ambiente, como revelan estos últimos casos. Inversamente, puede decirse que las redes sociales también pueden averiar esos beneficios con casos claros de mala educación; lo evidencia Mark Zuckerberg y su red social; a su lado Bill Gates parece un santo.

Inteligencia


Elisa Silió, "Un millón de españoles despilfarra su talento. La OMS calcula que el 2,3% de la población mundial tiene altas capacidades intelectuales. En España hay muy pocos diagnosticados; irónicamente, muchos fracasan en la escuela", El País, 1 de enero de 2013

El filósofo Antonio Marina, autor de La inteligencia ejecutiva o La inteligencia fracasada, lo resume en una frase: “La mayor riqueza de un país no son sus materias primas, su territorio y su capital, sino el talento de sus ciudadanos”. Durante décadas Cuba, la Unión Soviética y sus países satélites aplicaron las palabras de Marina entrenando a las mentes más privilegiadas en unas escuelas segregadas con el fin de que ocupasen los puestos dirigentes de la política y la Administración al tiempo que a los superdotados estadounidenses se les formaba —y se les forma— en escuelas privadas para liderar el mundo de las finanzas. Mientras, la equitativa Europa, convencida de la necesidad de ofrecer una educación igual para todos sin caer en elitismos, ha estado mirando para otro lado. Hoy Barack Obama reclama que estas cabezas brillantes se centren también en otros campos como la ciencia o la medicina y en el Viejo Continente se plantean, en plena debacle económica, si se está malgastando materia gris sin saberlo.

“Para cualquier Administración preocuparse de desarrollar el talento de estos chicos es una inversión barata. Habría que, entre comillas, aprovecharse de su inteligencia”, opina Agustín Regadera, exinspector de educación y experto en altas capacidades. En Johannesburgo (Sudáfrica) se inauguró en 2008 la African Leadership Academy, que busca “identificar, desarrollar y conectar a la próxima generación de líderes africanos”. Su fórmula: potencial, práctica y oportunidad. En Israel, un país de apenas 7,5 millones de habitantes con 10 premios Nobel en sus escasos 64 años de historia, también lo tienen claro. “La base de todo progreso económico y general está estrechamente relacionada con un sistema educativo sólido, el cual debe ser moderno y estar adecuado a las necesidades locales. El interrogante es saber cuáles son los aspectos educativos de mayor relevancia para el progreso económico”, subrayan en el Centro Internacional de Capacitación Aharon Ofri, fundado en 1989.

Son niños que se aburren en clase si no tienen una atención específica
“Siempre se había creído que los niños que poseen sobredotación no nos necesitan, y hemos volcado toda nuestra atención en los niños discapacitados. El pediatra, como la sociedad en general, con una economía de servicios y nuevas tecnologías, debe ayudarles y no malgastar todo ese potencial humano”, reclama Gabriel Galdó Muñoz, catedrático de Pediatría Social y de la Adolescencia en la Universidad de Granada, en su artículo Superdotados I (2007). El Estado también se ha preocupado por los nacidos en familias desfavorecidas, pero no ha visto como un problema la sobredotación, y eso que entre el 30% y el 50% de esos chicos tienen un bajo rendimiento escolar. Descubrir superdotados entre los alumnos brillantes académicamente no es tan complicado como entre los fracasados.

Al menos sobre el papel, muchas consejerías de Educación en España se proponen ahora establecer el itinerario que pide Galdó Muñoz. “Llevo años oyendo que se van a hacer cosas. Es verdad que ahora se gasta mucho dinero en diagnosticar los casos de altas capacidades, pero si luego no hay un seguimiento, si no se les orienta, si no se les dan becas… no sirve de nada”, se queja Regadera. Él formó parte de un ambicioso programa en la Comunidad Valenciana: se sometió a un test de inteligencia a 11.000 alumnos de 42 centros y se concluyó que el 2,3% —justamente el porcentaje que estima la Organización Mundial de la Salud (OMS) en términos globales— eran superdotados. “Se les estudió durante un año y nunca más”, lamenta.

Estas pruebas de inteligencia, que consideran superdotadas a las personas con un cociente intelectual superior al 130 (100 es la media), van perdiendo fuerza. “Hay que utilizar herramientas y estrategias diversificadas que atienden al desarrollo emocional, social y creativo”, se señala en el plan de acción para superdotados presentado en mayo en el País Vasco. Según sus datos, en Euskadi, que pretende atender la diversidad en la escuela a partir del curso 2015-2016, hay contabilizados 142 estudiantes con altas capacidades, cuando Alcagi (Asociación de Altas Capacidades de Guipúzcoa) asegura que podrían ser entre 6.000 y 7.000. ¿Por qué ese desfase? ¿No habla la OMS de un 2,3% de la población por encima de la media intelectual? Por tanto, un profesor que se jubila debería haber descubierto entre 20 y 30 superdotados a lo largo de sus décadas de docencia. Sin embargo, raro es el educador que dice haber reconocido a más de uno. Y En España, con 47 millones de habitantes, 1.081.000 personas tendrían altas capacidades.

Cuidado: tener una alta capacidad no significa ser un pequeño Mozart o Stephen Hawking. Esos casos tan extraordinarios son habas contadas. Hay diferentes grados de superdotación, muy pocos podrían protagonizar El pequeño Tate o El indomable Will Hunting. Se distinguen por ser unos niños observadores, sensibles, críticos, creativos, capaces de llevar varios proyectos a la vez y precoces en la madurez intelectual (que no psicológica y afectiva) y con preocupaciones sorprendentes para su edad. Por eso se sienten más cómodos entre mayores. Pero, en lo negativo, son también poco capacitados físicamente y con escasas habilidades para sociabilizar, apenas duermen y no gozan de mucho sentido del humor. “Son niños que mientras el resto se deja las espinillas jugando al fútbol en el patio, se dedican a leer y solo sintonizan con los que tienen sus mismas inquietudes”, explica el psicólogo Ricardo Sanmartin, presidente de la Asociación Española de Niños Superdotados, con sedes en Zaragoza y Madrid. En la capital comenzó el pasado curso un bachillerato de la excelencia en el que no todos son superdotados. Se valora su brillante expediente, que puede haberse conseguido con muchos codos y poco talento. Premia el esfuerzo.

Para no ser tachados de bichos raros muchos tratan de ocultar su superdotación. “En especial las chicas, que dan más importancia que los hombres a la parte afectiva, social. Por eso el 80% de los superdotados que se someten a nuestros test son chicos. Lo que no significa que ellos sean más listos”, continúa Sanmartín. El pediatra Galdó Muñoz comparte esta idea en su artículo: “Las chicas son más imaginativas, intuitivas, y conceden mucha importancia a las relaciones interpersonales. Aprecian poco la atmósfera de competición y de individualismo. Dan prueba de un nivel de reflexión y de curiosidad intelectual igual al de los niños y, a pesar de ello, temen la aceleración del aprendizaje y las situaciones de competición, prefieren las relaciones interpersonales. Se interesan menos en su instrucción en la adolescencia, o incluso sufren regresión intelectual en la edad adulta”.

Una “regresión intelectual” de los superdotados que muchas veces, coinciden los expertos, pasa inadvertida para su profesorado. “Se les confunde porque se desconocen sus ritmos de aprendizaje. Eso les provoca frustración, falta de atención, hiperactividad, dolencias somáticas. Así que muchas veces son tratados por los síntomas, y no por la verdadera raíz que lo produce: su alta capacidad”, denuncia Alicia Rodríguez, presidenta de la Asociación Española para Superdotados y con Talento. Rodríguez, madre de un superdotado, se queja de que no se valoren los diagnósticos privados, ni de la Asociación Mundial para la Salud Mental Infantil. “Es donde acudimos los padres ante los problemas que manifiestan nuestros hijos”, dice.

La incomprensión de las Administraciones provoca que los superdotados con recursos económicos opten por estudiar en países en los que no hay obstáculos para entrar en la universidad antes de tiempo, en especial Estados Unidos. ¿Y saltarse algún curso? El Colegio Oficial de Psicólogos y de Pedagogos de Cataluña organizaron en 2010 unas jornadas sobre superdotación y escuela en la que se concluyó que es recomendable la aceleración para un mejor desarrollo cognitivo, social y afectivo. Sin embargo, muchos padres ven la medida como un parche, pues los niños empiezan motivados ante nuevos retos, pero pronto pasan a ser los primeros de la clase y vuelven a distraerse.

Educación se vuelca en discapacitados y descuida a los sobredotados
Parece complicado conseguir resultados positivos con estos niños que se aburren en clase cuando el ratio de alumnos por aula sube y baja el número de orientadores en los centros por los recortes en el sector. “Si entre ESO, Bachillerato y FP hay 1.000 alumnos y dos orientadores es imposible que estos conozcan bien los casos individuales”, alerta Regadera, que incide en la importancia de la labor de los profesores. Para ayudarles a diagnosticar y tratar casos de superdotación él, licenciado en Pedagogía, organizó unos cursos que en su día fueron presenciales y hasta el año pasado se impartían online. “Este año no se han programado”, explica sin entrar en conjeturas. “El problema es que los profesores se interesan en un momento determinado para ocuparse de un niño en clase, pero cuando pasa de curso lo dejan. Ocurre igual con los padres. Están muy motivados en las primeras etapas educativas y luego lo abandonan”, explica el autor de La delgada línea azul de la inteligencia (Brief, 2011).

Las chicas, más que los chicos, ocultan su capacidad para socializar
José Luis Sánchez Carrillo, profesor de Educación Especial en el instituto Camp de Morverdre de Sagunto (Valencia) creó hace seis años la primera Aula de Excelencia de la Comunidad Valenciana, que se ha exportado a otros centros. Al aula, que funciona de forma virtual, están inscritos chicos con un expediente académico brillante —ello no significa que sean superdotados— o son propuestos por la junta de profesores o del resto de alumnos. No hay test para conocer el coeficiente intelectual de por medio. “No necesitamos saberlo”.

En opinión de este profesor, autor de libros de técnicas de estudio, no hay que gastar grandes sumas “en etiquetar a los superdotados”, sino que hay que “invertir en mimarlos”. “De qué vale saber que lo son, si luego no se hace nada”. A su juicio, más que una adaptación curricular del alumno con altas capacidades, hay que ampliar su currículum para que no se aburra. “A un centro especializado solo necesitan ir 200 muy superdotados”.

Andalucía y Cataluña tienen un plan integrador y el País Vasco en 2015
Cada año se apuntan a su aula unos 80 chicos, pero solo han atendido a dos realmente genios. “Uno introvertido y otro muy líder”. Su forma de resolver los problemas matemáticos y su comprensión de la Filosofía de primero de bachillerato les puso sobre la pista. “En la Red encuentran cursos de creación literaria, de poesía, de lógica matemática, técnicas de estudio...”, enumera Sánchez Carrillo. Y, a cambio, se premia a los niños con un carné joven que permite acceder gratis a actividades extraescolares, asistir al teatro, conciertos o tener descuentos en informática, librerías o videoclubs. Inciden sobre todo en técnicas de inteligencia emocional. “Porque a veces son muy listos pero no saben controlar sus emociones y fracasan en los exámenes, o no saben relacionarse...”. Como dice Galdó Muñoz: a pesar de ser tan listos, “nos necesitan”.



Perfiles de sobredotación

El 90% de los casos identificados de sobredotación son alumnos exitosos o con buen rendimiento académico, según una guía distribuida a padres y profesores en el País Vasco.

Los chicos con bajo rendimiento escolar, más difíciles de detectar, suelen tener problemas de autoestima o con su entorno. Las razones de sus fracasos las atribuyen a los demás.

En alumnos con algún déficit asociado, por ejemplo una discapacidad de lenguaje, la tendencia a trabajar más en las carencias que en sus capacidades evita que sean mostradas o desarrolladas.

Hay un grupo de estudiantes underground, que suelen querer pasar desapercibidos para ser aceptados socialmente.

Otros son desafiantes o creativos, cuestionan las normas y a menudo tienen un sentido del humor corrosivo.

Los autónomos son chicos alegres, con buena autoestima y que trabajan por su cuenta.

Los procedentes de otras culturas o medios sociales desfavorecidos pueden tener dificultades por la distancia cultural y tienden a mostrarse tímidos.

martes, 1 de enero de 2013

Romance alusivo a La Mancha


Curioseando mis libros hallo un pasaje referido a La Mancha en el clásico romance de Juan Rufo "El Veinticuatro y los Comendadores de Córdoba", en Agustín Durán, Romancero General o Colección de Romances Castellanos Anteriores al Siglo XVIII. Madrid: Imprenta Publicidad, 1851, II, p. 73:


    Pasa la puente del Tajo,

celebrado y dulce río;
llega a Orgaz, villa nombrada
por el temple de los silos;
luego a Yébenes, que es pueblo
partido en dos señoríos.
De aquí vino a Malagón, 
la del refrán bien sabido; 
después pasó a Guadïana, 
silvestre y amargo río, 
cuyas aguas son saladas 
y el pescado desabrido, 
dejando atrás los oteros 
del funesto Peralvillo, 
donde la horrible memoria 
de los atroces delitos 
vive en tristes cuerpos muertos 
mostrando ejemplar castigo. 
    Poco más anduvo, cuando 
pasó este andante afligido 
la antigua Ciudad Real, 
lugar sano y bastecido 
de süave y blanco pan, 
dulces carnes y buen vino. 
Prosiguiendo su vïaje, 
para acabar su camino 
llegó a Almodóvar del Campo, 
próspera de vellocinos, 
y de todo cuanto importa 
al muy útil lanificio; 
ricos campos ara y siembra , 
y valles pace floridos 
y alegres. Sierra Morena 
muestra sus cerros erguidos, 
abrigo del frío invierno, 
sombra del ardiente estío 
y, al fin, regalo ordinario 
de cualquiera peregrino. 
    Por aquí va, pues, Fernando, 
lanzando ardientes suspiros,
y era en el tiempo que Febo
de Aries había salido,
cuando la naturaleza
restaura lo que ha perdido
al árbol vuelve la hoja
que le quitó el yerto frío
y los prados reverdecen,
las mieses hacen lo mismo
y los animales fieros
de amores andan heridos.
Las aves en las florestas
fabrican sus dulces nidos,
los peces pueblan las aguas
de hijos no conocidos,
las solícitas abejas
con el blando susurrio
sacaban dulces licores
de romerales floridos.
El aire sano y templado
consolara a cualquier vivo
si no a aquel a quien Fortuna
tenía tanto ofendido.
Pasando por Adamuz
de muchos fue conocido,
aunque, de pura tristeza,
quiso pasar escondido.
Después que salió de allí,
por el torcido camino
vio desde un alto collado
el asiento esclarecido
de ti, Córdoba famosa,
de sabios ilustre nido,
y vio lo que Tolomeo
para bien pintarte dijo:
"Tu cuerpo llano, apacible,
con admirable atavío;
tu cabeza, que es la sierra,
tocada de un Paraíso;
tu cinta rica, preciosa
es el caudaloso río
y otros ricos ornamentos
y ropas de tu vestido
son las fértiles campañas,
las dehesas y baldíos,
frescas huertas y jardines
de naranjales y olivos".

lunes, 31 de diciembre de 2012

Las excesivas ilusiones

Uno nunca se ha hecho excesivas ilusiones cuando piensa en los desérticos espacios en blanco de lo que llaman misterios. Por ejemplo, todas esas niñas y niños desaparecidos en las Canarias, en el Algarve portugués, en Málaga, cuyo puerto ofrece un aspecto más siniestro que el de Odessa... En todos los lugares que rodean el negro culo de África. Se pone en marcha la imaginación y al momento aparecen conectados otros hechos: la emigración en pateras, otra emigración, pero al sur, de pedófilos ingleses y mafiosos de Nevada y Rusia; el burdel de clausura de la abadesa Gadafi, el terrorismo fundamentalista, el suicidio de mujeres violadas y forzadas a casarse con su agresor en Marruecos, la pobreza creciente de una cultura que no permite trabajar ni independizarse a la mujer... ¡Cuántas explicaciones nacen de esta amalgamería! ¿O no?

Tampoco es que se quiebre uno de iluso cuando piensa en el interesado ataque a la ética y a la moral por parte del nihilismo pseudoprogresista o pseudotradicional, que todo en el nihilismo es falso, tanto como una izquierda diestra y una derecha zurda. Ningún problema se arregló del todo sin contar con todas las partes. Porque son las partes las que le faltan a estos que pretenden ser todo; no tienen partes para engendrar el futuro. No hay mejor poder que el compartido, y cuanto más compartido, mejor. Hay que decirlo así, aunque sea patatero y obsceno, porque lo patatero, como lo obsceno, nunca se dice y por eso se olvida. ¿Acaso no está olvidado? Porque se olvidó cuando los elegibles hicieron las leyes electorales en ese estúpido mamotreto llamado Constitución española. No voy a decir que mejor tirarla y no hacer otra, pero sí podíamos hacer como los suizos y privatizarlo todo, o como los suecos o los islandeses y socializarlo todo. A esos sí que les va bien.

Tampoco se muere uno de entusiasmo con las redes sociales. El librocaretos de Facebook, los sms y derivados, los móviles que dejan a la gente inmóvil, los chats escritos en neolítico dan la medida más gruesa de su contenido. Cierto: se sataniza Internet, nido de ladrones, pervertidos y piratas, porque se pretende primero controlarlo, luego parcelarlo y después venderlo, pero no se habla de sus contribuciones al bien, a la solidaridad, a la financiación de soluciones imaginativas, a la democracia y a aquello que los juristas denominan "voluntad general". Ni siquiera se menciona que los revolucionarios del 68, como querían cambiar el mundo y no los dejaban, crearon otro: Internet. No en vano un colgado revolucionario de aquellos tiempos, Steve Jobs, hizo posible lo imposible.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Relaciones imposibles: Macroeconomía - Microeconomía


Juan José Millás, "Un cañón en el culo", El País, 14 de agosto de 2012:

Si lo hemos entendido bien, y no era fácil porque somos un poco bobos, la economía financiera es a la economía real lo que el señor feudal al siervo, lo que el amo al esclavo, lo que la metrópoli a la colonia, lo que el capitalista manchesteriano al obrero sobreexplotado. La economía financiera es el enemigo de clase de la economía real, con la que juega como un cerdo occidental con el cuerpo de un niño en un burdel asiático. Ese cerdo hijo de puta puede hacer, por ejemplo, que tu producción de trigo se aprecie o se deprecie dos años antes de que la hayas sembrado. En efecto, puede comprarte, y sin que tú te enteres de la operación, una cosecha inexistente y vendérsela a un tercero que se la venderá a un cuarto y este a un quinto y puede conseguir, según sus intereses, que a lo largo de ese proceso delirante el precio de ese trigo quimérico se dispare o se hunda sin que tú ganes más si sube, aunque te irás a la mierda si baja. Si baja demasiado, quizá no te compense sembrarlo, pero habrás quedado endeudado sin comerlo ni beberlo para el resto de tu vida, quizá vayas a la cárcel o a la horca por ello, depende de la zona geográfica en la que hayas caído, aunque no hay ninguna segura. De eso trata la economía financiera.

Estamos hablando, para ejemplificar, de la cosecha de un individuo, pero lo que el cerdo hijo de puta compra por lo general es un país entero y a precio de risa, un país con todos sus ciudadanos dentro, digamos que con gente real que se levanta realmente a las seis de mañana y se acuesta de verdad a las doce de la noche. Un país que desde la perspectiva del terrorista financiero no es más que un tablero de juegos reunidos en el que un conjunto de Clicks de Famóbil se mueve de un lado a otro como se mueven las fichas por el juego de la Oca.

La primera operación que efectúa el terrorista financiero sobre su víctima es la del terrorista convencional, el del tiro en la nuca. Es decir, la desprovee del carácter de persona, la cosifica. Una vez convertida en cosa, importa poco si tiene hijos o padres, si se ha levantado con unas décimas de fiebre, si se encuentra en un proceso de divorcio o si no ha dormido porque está preparando unas oposiciones. Nada de eso cuenta para la economía financiera ni para el terrorista económico que acaba de colocar su dedo en el mapa, sobre un país, este, da lo mismo, y dice “compro” o dice “vendo” con la impunidad con la que el que juega al Monopoly compra o vende propiedades inmobiliarias de mentira.

Cuando el terrorista financiero compra o vende, convierte en irreal el trabajo genuino de miles o millones de personas que antes de ir al tajo han dejado en una guardería estatal, donde todavía las haya, a sus hijos, productos de consumo también, los hijos, de ese ejército de cabrones protegidos por los gobiernos de medio mundo, pero sobreprotegidos desde luego por esa cosa que venimos llamando Europa o Unión Europea o, en términos más simples, Alemania, a cuyas arcas se desvían hoy, ahora, en el momento mismo en el que usted lee estas líneas, miles de millones de euros que estaban en las nuestras.

Y se desvían no en un movimiento racional ni justo ni legítimo, se desvían en un movimiento especulativo alentado por Merkel con la complicidad de todos los gobiernos de la llamada zona euro. Usted y yo, con nuestras décimas de fiebre, con nuestros hijos sin guardería o sin trabajo, con nuestro padre enfermo y sin ayudas para la dependencia, con nuestros sufrimientos morales o nuestros gozos sentimentales, usted y yo ya hemos sido cosificados por Draghi, por Lagarde, por Merkel, ya no poseemos las cualidades humanas que nos hacen dignos de la empatía de nuestros congéneres. Ya somos mera mercancía a la que se puede expulsar de la residencia de ancianos, del hospital, de la escuela pública, hemos devenido en algo despreciable, como ese pobre tipo al que el terrorista por antonomasia está a punto de dar un tiro en la nuca en nombre de Dios o de la patria.

A usted y a mí nos están colocando en los bajos del tren una bomba diaria llamada prima de riesgo, por ejemplo, o intereses a siete años, en el nombre de la economía financiera. Vamos a reventón diario, a masacre diaria y hay autores materiales de esa colocación y responsables intelectuales de esas acciones terroristas que quedan impunes entre otras cosas porque los terroristas se presentan a las elecciones y hasta las ganan y porque hay detrás de ellos importantes grupos mediáticos que dan legitimidad a los movimientos especulativos de los que somos víctimas.

La economía financiera, si vamos entendiéndolo, significa que el que te compró aquella cosecha inexistente era un cabrón con los papeles en regla. ¿Tenías tú libertad para no vendérsela? De ninguna manera. Se la habría comprado a tu vecino o al vecino de tu vecino. La actividad principal de la economía financiera consiste en alterar el precio de las cosas, delito prohibido cuando se da a pequeña escala, pero alentado por las autoridades cuando sus magnitudes se salen de los gráficos.

Aquí están alterando el precio de nuestras vidas cada día sin que nadie le ponga remedio, es más, enviando a las fuerzas del orden contra quienes tratan de hacerlo. Y vive Dios que las fuerzas del orden se emplean a fondo en la protección de ese hijo de puta que le vendió a usted, por medio de una estafa autorizada, un producto financiero, es decir, un objeto irreal en el que usted invirtió a lo mejor los ahorros reales de toda su vida. Le vendió humo el muy cerdo amparado por las leyes del Estado que son ya las leyes de la economía financiera, puesto que están a su servicio.

En la economía real, para que una lechuga nazca hay que sembrarla y cuidarla y darle el tiempo preciso para que se desarrolle. Luego hay que recolectarla, claro, y envasarla y distribuirla y facturarla a 30, 60 o 90 días. Una cantidad enorme de tiempo y de energías para obtener unos céntimos, que dividirás con el Estado, a través de los impuestos, para costear los servicios comunes que ahora nos están reduciendo porque la economía financiera ha dado un traspié y hay que sacarla del bache. La economía financiera no se conforma con la plusvalía del capitalismo clásico, necesita también de nuestra sangre y en ello está, por eso juega con nuestra sanidad pública y con nuestra enseñanza y con nuestra justicia al modo en que un terrorista enfermo, valga la redundancia, juega metiendo el cañón de su pistola por el culo de su secuestrado.

Llevan ya cuatro años metiéndonos por el culo ese cañón. Y con la complicidad de los nuestros.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Una política de elites extractivas


(Ya publiqué este luminoso ensayo sobre el detritus político español, pero lo vuelvo a hacer, subrayado, para que los perezosos puedan asimilar lo esencial)

César Molinas, "Una teoría de la clase política española. Los partidos han generado burbujas compulsivamente", El País, 10 de septiembre de 2012:

En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:

¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?

¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?

¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? 

¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?

¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?

En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural.

Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política.

A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas.

En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española.

En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. 

Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.

La historia

Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.

Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.

En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.

En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.

En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.

Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.

Las burbujas

Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.

La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!

Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!

La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!

La teoría

Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.

El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:

1. "Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".

2. "Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".

3. "Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo".  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".

Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:

La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.

La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.

¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.

Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.

La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.

La predicción

La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.

La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.

La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.

Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en El País el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.

El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.

Cambiar el sistema electoral

La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.

Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?

César Molinas publicará en 2013 un libro titulado ¿Qué hacer con España?. Este artículo corresponde a uno de sus capítulos.

Religión y sociedad


Pablo Herreros, El País, 28/12/2012:

En los próximas dos semanas, millones de personas de todo el mundo compartirán mesa con familiares y amigos. Ya sea con motivo del solsticio, la despedida del año o la celebración del nacimiento de Jesús de Nazaret, cumpliremos con algunos rituales y celebraciones que llevan celebrándose desde hace milenios. Lo que todos ellos tienen en común es su origen religioso.

Los antropólogos situamos el origen de la religión en los primeros 'Homo sapiens'. Pensamos que tuvo que ser en esa época por las pinturas halladas en las cuevas y algunos esqueletos de hace 30.000 años enterrados ritualmente con ocre, señal de que probablemente creían en la vida después de la muerte.

Aunque con formas y fondos muy diversos, la religión es un fenómeno universal entre los cazadores-recolectores y ha emergido en todas las sociedades modernas del mundo. Desde sus orígenes, entre otras funciones, la religión ha servido como instrumento de cohesión. Algo así como un pegamento social que favorece la unión de sus miembros y recuerda simbólicamente algunos de sus valores y necesidades más importantes. En las fiestas o rituales, es donde estos se hacen más visibles y evidentes.

Varios expertos creen que las raíces del ritual como modo de festejo pueden rastrearse en los animales. En el juego y en la celebración, por ejemplo, se dan comportamientos y emociones muy similares. Cuando los chimpancés ven a un compañero conseguir una comida que saben que compartirá con ellos, se excitan y dan saltos de alegría anticipándose a la recompensa.

También se ha observado que los chimpancés del Parque Nacional de Gombe (Tanzania), al aproximarse a las cataratas y rápidos del río, contagiados por el sonido que producen, comienzan a bailar y jugar solos. Después, suelen quedarse sentados, hipnotizados, mirando como van y vienen sus aguas.

Jane Goodall cree que los chimpancés también tiene algún tipo de espiritualidad, solo que no pueden hablar de ello como nosotros hacemos. Puede que en la contemplación de la naturaleza resida el origen de la religión.

Las fiestas y celebraciones son fundamentales para recordar los vínculos existentes y recordar las alianzas dentro y fuera de la tribu. A pesar de que no somos conscientes, los humanos usamos estos eventos con el mismo fin. Las bodas, bautizos y demás fiestas cumplen con este objetivo.

A nivel colectivo, la religión provee de un marco normativo a las acciones, en ausencia de tribunales y policías que aseguren las buenas prácticas. Es decir, son muy útiles para regular el comportamiento de las personas cuando interaccionan entre sí y no existen instituciones que vigilen o a las que se pueda acudir en caso de injusticia o agravio. En las fiestas se recuerda esta moral compartida.

Los beneficios de la fe

Gracias a varias investigaciones sobre cognición, sabemos que la religión y la espiritualidad, sea cual sea su origen o credo, han ayudado a los seres humanos a superarse también de forma individual. En un experimento, se creaban dos grupos de niños y se les colocaba a cada uno de ellos en salas distintas.

Al primero, se le pedía que tiraran dardos hacia una diana, pero se les avisaba de que una "divinidad invisible" les estaba ayudando. Al otro, se le hacía tirar los mismos dardos a idéntica distancia, pero esta vez sin "ayuda divina". Los resultados fueron que el primer grupo obtuvo puntuaciones mayores que el segundo. Por lo tanto, la creencia de que un ser superior nos ayuda, sea este real o no, ayuda a la consecución de ciertos objetivos.

En otro experimento con 243 voluntarios, se aplicaban pequeñas descargas eléctricas a dos grupos: ateos y religiosos. A los religiosos, cuando se les ponían imágenes de la Virgen María, decían sentir menos dolor que los ateos.

Charles Darwin pensaba que la religión no cumplía ninguna función adaptativa. Según el padre de la Teoría de la Evolución, su desarrollo era la consecuencia de la posesión habilidades cognitivas superiores, como las que tiene el ser humano. Ahora, sabemos que el ilustre biólogo inglés estaba equivocado.

Aunque la elección de de una determinada fe es un tema muy personal, lo que sí podemos asegurar es que la religión en general llevan conviviendo con nosotros miles de años. El ateísmo es un fenómeno reciente y raro en la historia evolutiva del hombre. A pesar de los excesos que cometen muchas religiones, lo cierto es que sus fiestas sirven para recordar algunos valores que todos compartimos. Además, nos permiten seguir cuidando las relaciones y actualizar las alianzas que nos unen a los unos con otros año tras año

Sobre el olvidado siglo XX


José Carlos Mainer, El rescate del siglo XX, El País, 29-XII-2012:

'Pensar el siglo XX', testamento intelectual del historiador británico Tony Judt, es el libro del año para los críticos de 'Babelia'.

Nadie de los que han votado Pensar el siglo XX como el mejor libro del año lo ha hecho por considerar las tristes circunstancias en las que se produjo y fue escrita esta conversación de Tony Judt, un enfermo de esclerosis lateral amiotrófica que tenía pocas oportunidades de verla impresa, y su colega y admirador Timothy Snyder. En esa misma época angustiosa había surgido también un breve pero intenso panfleto sobre la crisis de civilización que todavía nos aqueja, Algo va mal (2010), y una sugestiva autobiografía ordenada por ámbitos temáticos, El refugio de la memoria (2010), ambos dictados por el autor y transcritos por manos amigas. Lo que sucedió es que todos reconocimos en estos libros la lucidez, la libertad y la inteligencia que nos habían deslumbrado en los dos inmediatamente anteriores, la síntesis histórica sobre la historia europea posterior a 1945, Posguerra (publicado en 2005, traducido en 2006), con enorme éxito internacional, y los brillantes ensayos de Sobre el olvidado siglo XX (2008), escritos casi todos para las exigentes páginas de The New Yorker.

Leer algo que se ha escrito con la contumaz voluntad de un testamento impresiona por fuerza. Pero, desde un comienzo, Tony Judt había observado la experiencia de su propia vida como un objeto de historia y en estos libros postreros se aprecian las dotes intelectuales que siempre tuvo: la vehemencia y la brillantez expresivas, la capacidad de evocación de lo concreto y revelador, la legítima soberbia de quien puede ser osado o impertinente, pero sin rozar la autosuficiencia o la pedantería. En la conversación con Snyder se habla a menudo de la doble condición de insider y outsider como formas de socialización y disposiciones de ánimo, y se infiere que Judt se sabía beneficiario de las ventajas de ambas: como historiador fue un insider con resabios de outsider (formado en Cambridge, enseñó muy tempranamente en Reino Unido y en Estados Unidos, pero siempre fue bastante rebelde a consejos, actitudes y supersticiones académicas) y como ser humano fue un outsider con voluntad de insider (fue un judío británico de clase media que cursó estudios gracias al excelente sistema de becas, que siempre echó de menos, y supo lo que debía a las tradiciones pedagógicas británicas). En El refugio de la memoria, el precioso capítulo dedicado a ‘Joe’, su primer profesor de alemán, deja muy claro el orgullo por el propio esfuerzo. Y otro apartado, ‘Palabras’, consigna la deuda con la retórica y la exactitud verbal que aprendió en el King’s College. Y nunca se sintió incómodo por haber sido —como sus compañeros becarios— “al mismo tiempo radicales y miembros de una élite. Es la incoherencia de la meritocracia: dar a cada uno su oportunidad y luego privilegiar a los que tenían talento”. Tampoco resulta fácil clasificarle en virtud de otras decisiones vitales. Se dedicó temprana y brillantemente a la historia intelectual de la Francia moderna, pero nunca estuvo cómodo en el mundo ceremonioso y mandarinesco de las grandes Écoles, donde tuvo la oportunidad de completar su formación. Por edad vivió la conmoción de 1968, pero no sintió el atractivo de la revolución, ni militó en el comunismo, porque en esos años prefirió ser sionista. Y, de hecho, su gran descubrimiento intelectual se produjo, ya en los noventa, cuando empezó a leer (y logró hacerlo en sus lenguas de origen) a pensadores disidentes polacos y checos a los que sus coetáneos anglosajones y franceses habitualmente desdeñaban.

El análisis de esta trayectoria marca el sistema conjuntivo que pactaron Snyder y Judt para la escritura de Pensar el siglo XX. El arranque de cada capítulo es un memorándum autobiográfico de Judt que plantea lo sustancial del tema y que va dando paso a las matizaciones, apostillas o sugerencias de su colega y, al cabo, a un diálogo animado entre dos hombres de distinta edad (el entrevistador es veinte años más joven) y biografía (Snyder es un norteamericano de Ohio), aunque ambos compartan el mismo interés por la cultura centroeuropea y la misma aversión a los dos totalitarismos del siglo XX, el fascismo y el comunismo. Snyder escribe al frente de su prólogo que “este es un libro de historia, una biografía y un tratado de ética”, porque recuerda, sin duda, que la definición de historiador que más complacía a Judt era aquella que los hacía “filósofos que enseñan mediante ejemplos”. En las páginas de los capítulos 7 (‘Unidades y fragmentos: historiador europeo’) y 8 (‘La edad de la responsabilidad: moralista estadounidense’), que se refieren respectivamente a la escritura de Posguerra y a la participación en los debates políticos de las revistas norteamericanas de los últimos diez años, encontraremos a un defensor del concepto clásico de la historia (“la historia es un relato moral”), que prefiere como arrimo la referencia de las Humanidades a la de las llamadas Ciencias Sociales y que se confiesa poco amigo de las corrientes poshistóricas de patente francesa, o de las surgidas al calor de los Cultural Studies. Y a quien no le quita el sueño la querella de hogaño entre la Historia profesional y la Memoria histórica, concebida como una suerte de democratización de la primera: “Son hermanastras que se odian —apunta en sus conversaciones— y son inseparables porque comparten una herencia indivisible”. El objetivo de la Historia es la dilucidación de la verdad y no un acto personal de reconciliación o de querella con el pasado: la “verdad de la autenticidad”, le cuenta a Snyder, “es distinta de la verdad de la honestidad. Del mismo modo, la verdad de la caridad es diferente de la verdad de la crítica”.

No le gustaba que la Historia se haya arrogado la función de corregir el presente, mediante la lectura masoquista del pasado. Como historiador de los acontecimientos del siglo XX, pudo tener la tentación de hacerlo pero la conjuró porque no creyó (como escribió en el prefacio a Sobre el olvidado siglo XX) que aquella centuria fuera solamente “una Cámara de los Horrores Históricos de utilidad pedagógica cuyas estaciones se llaman Múnich o Pearl Harbor, Auschwitz o Gulag, Armenia o Bosnia o Ruanda, con el 11 de septiembre como especie de coda excesiva, una sangrienta posdata”. Pero en los artículos de ese libro no había tenido inconveniente en manifestar su antipatía por la megalomanía obstinada de Juan Pablo II, por la fatuidad vana de Tony Blair, por la soberbia de Jean-Paul Sartre, por los silencios del gran historiador Eric Hobsbawn, a la vez que exponía su consideración negativa de la sociedad belga de hoy y de los errores que parecen presidir los rumbos de la historia israelí después de 1967 y de la rumana de los últimos cien años. En las conversaciones con Snyder, leemos que lo esencial del legado del último siglo no fueron las guerras y los conflictos de identidad nacional, sino que “durante gran parte del siglo nos dedicamos a debatir, implícita o explícitamente, sobre el surgimiento del Estado”, algo que, en puridad, fue herencia del fecundo siglo XIX y desembocó en la opción por “Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión”. Y, a despecho de su proclamada renuncia a aleccionar, Judt concluye: “Seríamos unos insensatos si renunciáramos alegremente a ese legado”.

Estas briosas afirmaciones y la nostalgia del pensamiento de quien las dijo es lo que —a mí, cuando menos— me han llevado a considerar estas conversaciones de Judt y Snyder como el mejor libro del año pasado. Hubo otros excelentes, sin duda, pero ninguno nos habla tan claramente de la estirpe rahez del poder financiero y de la estupidez de sus corifeos políticos y periodísticos, dedicados al resignado masoquismo (los sacrificios nos harán dignos de la felicidad futura) y al cuidadoso desmantelamiento de aquello que, desde hace más de cien años, tanto ha contribuido a la libertad y la dignidad de los seres humanos.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Loquillo. Retorno a Brideshead



Loquillo:

Retorno a Brideshead

Si escucho la banda sonora de Geoffrey Burgon me da un vuelco el corazón. Viajo en el tiempo hasta aquel pequeño apartamento, al abordaje de tus apenas 20 años, días cargados de esperanza, de fiebre de vivir, cuando nada podía pararnos, los dos, tú y yo, contra mundum.

Te sentabas en el suelo frente al televisor apoyada en un sofá que ahora llamarían vintage y no te perdías un episodio de un joven Jeremy Irons mientras a mí se me escapaban los improperios de rigor ante la dudosa relación de dos jóvenes decadentes británicos en un mundo que a pesar de la diferencia en el tiempo y a semejanza del que nos tocó vivir a los dos, ya no existe.

Aquella España de los primeros 80 se desprendía de la faja de franquismo, de las barbas de los progres, abrazaba la libertad sexual y el divorcio y golpeaba las puertas de Europa. Madrid era una fiesta, quizás por eso nunca una serie reflejó sin quererlo el sentir de una generación que lo único que pretendía era vivir lo que sus hermanos mayores y sus padres jamas imaginaron, ser su némesis. Relegando la lucha política al desván de la Historia.

Hace 30 años del estreno en España de la adaptación a TV de la novela de Evelyn Waugh, 'Retorno a Brideshead' y sigue viviendo en la memoria de nuestra generación, añorando una época y un lugar que nunca vivió, pero casi.

Una vez escuché a Luis Alberto de Cuenca referirse a los "felices ochenta" como una oda a los 20, el paralelismo existe, el hedonismo de los 20 con los Bright Young People fue la respuesta a una sangrienta Guerra Mundial y los 80 con 'la Movida' en España a 40 años de dictadura, las cosas nunca son por casualidad, dicen. También dicen que todo está escrito, así que esto ya lo han escrito antes.

La España cargada de esperanza que nos tocó vivir queda muy lejos de hoy, las cosas no salieron bien, la volvimos a joder, siempre que la Historia nos ofrece una oportunidad metemos la pata y volvemos a la casilla de origen. Ahora ser joven no es ninguna ganga, será una generación perdida que nunca supo de 'Retorno a Brideshead', una generación que escuchó que una vez, por un escaso espacio de tiempo, en este país ser joven era ser el futuro, una llamarada que abarcó desde el intento de golpe de Estado del 81 hasta la llegada del sida.

Ahora revisito nuestro Brideshead, el lugar mas hermoso, recorro cada una de sus estancias, las personas que tratamos, los instantes compartidos, las decisiones tomadas, los guiones nunca escritos, las adicciones privadas, el tiempo que perdimos, los bares que cerramos, los amigos proscritos, los valores denostados, el mundo que conocimos, cuando siempre era verano con la fruta siempre madura y Aloysius de buen humor.