sábado, 19 de abril de 2014

Robert Lanza, físico que nos reduce a datos

"¿Existe la muerte? Una teoría científica asegura que no. El profesor estadounidense Robert Lanza explica, basándose en el 'biocentrismo', que la muerte existe sólo en nuestra conciencia. Cree que la muerte es una ilusión", en Público (16/04/2014): 
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Es un interrogante que ha planeado siempre sobre las cabezas de filósofos, médicos, teólogos, pensadores e investigadores. ¿Existe vida después de la muerte? ¿Qué pasa con nosotros cuando el cuerpo ya no responde?

Ahora, un científico estadounidense afirma que la muerte "es una ilusión" y que las evidencias científicas sugieren que "la muerte no es el final".

En un artículo publicado en su sitio web y recogido en el diario británico The Independent, el profesor adjunto de la Escuela de Medicina de la Universidad Wake Forest de Carolina del Norte, Robert Lanza, cree haber hallado la respuesta en la Física Cuántica, más concretamente en la nueva teoría del biocentrismo, basada en que prácticamente todo lo que asumimos como un hecho, existe porque nosotros creemos que es así. "Nuestra manera clásica de pensar está basada en la creencia de que el mundo tiene una existencia objetiva de observador independiente. Pero una larga lista de experimentos muestran justo lo contrario. Creemos en la muerte porque nos han enseñado que morimos. También, por supuesto, porque nos asociamos a nosotros mismos con un cuerpo y sabemos que los cuerpos mueren", señala Lanza en su artículo. De este modo, el científico señala que conceptos como el universo, el espacio o el tiempo existen sólo en nuestra conciencia, como instrumentos construidos para la propia vida. "Todo lo que ves y experimentas en este momento -incluso tu cuerpo- es un remolino de información que ocurre en la mente", escribe. Sostiene, por tanto, que si el espacio y el tiempo no existen, "la muerte no existe en un mundo intemporal y sin espacio". "La muerte no existe en ningún sentido real en estos escenarios", afirma Lanza. ¿Significa eso que vivimos eternamente? El profesor explica que la inmortalidad "no significa una existencia perpetua en el tiempo, sino que reside fuera del tiempo completo". Y explica así lo que podría quedar tras la muerte del cuerpo: "La vida es una aventura que trasciende nuestra manera lineal y ordinaria de pensar. Cuando morimos, no lo hacemos en el modo de una matriz aleatoria, sino según la matriz ineludible de la vida. La vida tiene una dimensión no lineal, es como un flor perenne que vuelve a florecer en el multiverso", concluye.

Sinrazones para una razón

Lo siento, pero se acabó lo que se daba, esto es, sanseacabó. No hay más vida. C'est fini. Aunque existiera otra vida, no merecería la pena preocuparse por ella, pues no hay manera de saber nada sobre el otro lado. Resulta que cuando nacimos no teníamos conciencia, luego la conciencia se crea, tiene tanta historia como un programa informático. La existencia es pura obsolescencia programada. ¿Por qué no destruirse? ¿Dónde está la prueba de que no? Supersticiones de antaño todavía vigentes... Nos morimos y nos vamos al mismo sitio donde estábamos antes de nacer. Así de crudo y así de lógico. Nuestra conciencia reside en el cerebro. Al morir cesa la conciencia. La materia puede transformarse e incluso puede que vuelva a formar parte de otro ser consciente, pero no el mismo. No la misma marca de software, pero, si es la misma, hará lo mismo. Tal vez un poco mejor, o tal vez peor. Mezclar mecánica cuántica y filosofía es problemático. Entre otras cosas porque lo que matemáticamente es posible desde las ecuaciones físicas a veces no se observa. La vida termina, y tal y como la conocemos tiene su fin; y tras el fin no hay fin. Si hay otra cosa, será otra cosa. Y nada observable. Mucho blablá, pero no hay evidencias de otra vida y con la misma conciencia menos; mezclar física cuántica y religión es el charlatanismo de moda hoy; la teología de antaño. Se necesita mucha cultura sobre ciencias o cómo mínimo tener "herramientas"cognitivas para no caer en camelos palabreros y sofísticos como ese. Somos flujo de energía armónica. Cuando el físico muere, la energía cesa. No hay más. Se acaba la vida y el cuerpo de pudre, al igual que nos comemos un pollo, los gusanos a nosotros. Nos descomponemos. El biocentrismo que nos quiere persuadir este mequetrefe es ni más ni menos que solipsismo. ¡Acaba de descubrir el solipsismo machadiano! Si hubiera repasado la bibliografía, habría visto que se repite hace miles de años. El argumento cuántico solo demuestra el desconocimiento de lo cuántico; en resumen: una parida. Todo tiene principio y fin. Todo se transforma, es decir, muere, deja de ser el "yo" que era, y con frecuencia termina siendo "eso". El "yo" es caduco, y lo que sigue es dar paso a otras mentes que recuerdan yoes que no fuimos. Y para demostrar otra cosa no bastan los argumentos de la lógica y la dialéctica, hay que aportar pruebas empíricas y científicas. Como muere un perro morimos nosotros, dice el Eclesiastés, y lo dice un libro de la Biblia. Si somos conciencia, al morir se pierde la información que nos conforma, desaparecemos sin más al no tener hardware, soporte físico. Termina el ritmo cardiaco, la falta de oxigeno hace que la sangre coagule y se imposibilitan las funciones fisicas para la vida, el cuerpo continua siendo carne, y luego productos químicos más simples, solo eso, la función fisica desaparece y la etérea..... por supuesto, no existe. ¿Es posible algún sistema de almacenamiento de datos y/o manipulación de estos sin soporte material? En nuestro caso son las neuronas. Pues si se demuestra que pueden almacenar tras la muerte, podríamos empezar a hablar en serio de que hay trascendencia y no somos intrascendentes. Por otra parte, nada ni nadie nos asegura que no lo fuésemos a pasar peor que aquí. El demonio de Laplace casi lo aclaró, pero le falta un empujoncito. La naturaleza no es determinista y dicho demonio no podría existir. Al morir descansamos o dormimos eternamente. Y sería una auténtica putada para los suicidas, ¿no? Definir la vida es difícil; es algo relativo y depende de múltiples factores que condicionan una forma de la existencia. Cuando los referentes desaparecen o son inestables, la vida, al menos tal y como la conocemos, desaparece. La existencia no es la vida. La vida es una forma de ser. El cuerpo y el alma, suponiendo que existan esas dos cosas y no una sola, permanecen indisolublemente unidos, es decir, el alma forma parte de las conexiones neuronales de nuestro cuerpo; de manera que si el cuerpo muere, el alma también. Así, al igual que antes de nacer no existíamos, después de morir tampoco. ¿Dónde estaba nuestra conciencia cuando los dinosaurios y cuando los romanos? Pues cuando muramos volverá a ese lugar, es decir, a ninguna parte. Suponer la perduración es suponer que la evolución tiene un sentido; y si tomamos la evolución como forma de desarrollo de la especie humana y por lo tanto de la vida, nuestro final total es volver a donde venimos, a la tierra.... Si hubiese vida, estoy seguro que mi madre me habría hablado más de una vez; si existe Dios, no sé, pero mi madre se preocupaba tanto como pudiera Dios de mí, y cuando lo he pasado mal, habría estado a mi lado, y no ha sido así (o eso podía creer, si no existe Providencia). Ni Dios me ha dicho que existe, ni mi madre me ha hablado. Somos materia en transformación, pero los átomos en el universo son siempre los mismos desde el inicio y también desde que empezó el ciclo de la vida, que es muy poco tiempo para tanto como hubo y probablemente habrá. Volvemos a lo que eramos antes de nacer: atomos y nada. Los átomos sí que no paran: ahora están en mí y mañana estarán en otro lado. Todo es materia. Para empezar el biocentrismo no es eso, y para continuar esto es una incitación a la cienciología eiusdem palotis. No es la primera vez que intentan colar cosas así para buscar adeptos. Somos parte inconsciente de ese todo que no muere, se transforma. Aunque a éste le ha llegado la inspiración con algún siglo de retraso, piense, hombre, piense, exista y déjese de historias inútiles. De la complejidad de la materia nace la conciencia que implicita el tiempo. Destruida esta desaprece conciencia y tiempo. Resumiendo: la muerte es la perfecta caja de cambios de dimensiones de cuatro a tres, y la vida desaparece. La vida como persona individualizada y única se acaba y la persona palidece y se desvanece; esto es tan real como la vida misma, pero si entendemos que al morir ortos se benefician de nuestros despojos, está claro que la vida continúa en otros órdenes y en todos los estadios, lo que no se va es a sitio alguno. Lo que afirma el físico Robert Lanza es un error. Aunque lo sea de una mentira, el final es el final. Podría ser posible que la información que conforma mi identidad y mi experiencia se pudiera reorganizar en otra cosa que no sea como cerebro... pero, si alguien o algo no sabe cómo y no hace algo por reubicarla... ¿seguiría siendo yo entonces? Si la muerte sin coordenadas espacio-temporales no existe, tampoco la vida ¿no? Que yo recuerde, siempre he existi... La muerte es lo mismito que recuerdas antes de nacer. Al igual que antes de nacer, no sientes nada ni eres nada. Cuando te mueres, lo mismo y exactamente igual. Todo tiene un principio y un final, pero quizás la vida nos dé un plus de conciencia para percibir la verdadera realidad justo después cuando morimos. Y ya, después de ese plus, todo termina. Ni las religiones monoteístas, ni los filósofos pueden aliviar al hombre de nuestro final. Somos una reacción química larga y compleja de oxígeno, hidrógeno y algunos minerales; es todo. No he visto ninguna señal de gente que quiero que ya ha muerto. De hecho, la incineración se encarga de que desaparezca cualquier esperanza de volver, incluso en forma de humo. El concepto de vida es entendido para lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte. Todo lo que hay antes o después no puede llamarse vida; seguramente será otra forma de existencia, pero vida, como tal, no será. Todas esas cosas son propias de Deepak Chopra o algún otro chorra "maestro" o chamán new age. Si fuera científico en realidad no diría cuanticas imbecilidades "cuánticas". Si todo existe "porque lo creemos y pensamos" ¿cómo es que existen las cosas desde antes que existiera yo (o tú)? Mi cuerpo, como el de mis antepasados, ha sido creado por la diosa madre Tierra. Cuando cesen las reacciones físico-químicas que lo conforman y mantienen vivo, la conciencia de mi existencia desaparecerá y la materia que hace esto posible volverá a la madre Tierra. Fin. Van pasando los años y el desgaste del cuerpo es palpable, pura ley de entropía, segundo principio de la termodinámica. Todo en el universo pierde energía y se apaga; el universo se enfría y se expande como un cadáver. Crecemos hasta que no podemos crecer, y luego decrecemos, se nos tardan en curar más las enfermedades, los huesos se nos vuelven porosos, el adn empieza a cometer más errores, se nos acortan los telómeros, aumentan los radicales libres, las células empiezan a afixiarse en su propia mugre y, poco a poco, vamos perdiendo vida y, si tenemos suerte, nos vamos apagando como una vela y nos morimos dormidos y sin dolor, y, si no, morimos con dolor y, cuando se produce el fin, existiremos en parte y en fantasma mientras alguien nos recuerde. Aunque nos recuerden muchos, muchos, muchos años, ya no volveremos. Si existiera vida después de la muerte, como quiere Raymond J. Moody y tantos otros, ¿realmente valdría la pena siquiera pensar en ello?¿No es más razonable disfrutar de esta vida, de este milagro, con sus idas y venidas, sus golpes y sus premios, que estar pensando continuamente en una posterior dejando pasar esta, tan llena de cosas más interesantes? La vida es más interesante que la muerte, y desde luego, más sana. ¿A qué esas enfermizas obsesiones? Todo lo que pasa por la mente del ser humano es porque ha existido, existe o existirá. Solo un perturbado pensaría en la muerte: no podemos pensar en algo que no es, y, si pensamos en ello, pensaría que es porque existe y, es más, "alguien" o más bien "algo" lo instaló en su y nuestra consciencia para que lo tuviéramos presente. Hay que renovarse, la naturaleza no puede sostener ese tren de vida que llevamos y tiene que hacer sitio para optimizar los recursos disponibles; es una necesidad natural y la evolución está programada para ello; nosotros, también. Según la teoría de este hombre tampoco existiría el nacimiento, y la vida sería una ilusión o un periódico lleno de información que va cambiando con el tiempo. Vamos, que no nos morimos porque ya estamos muertos y todo esto es una película. Sería una nueva entrega o reciclamiento o reencarnación del monismo espiritualista de Berkeley, "ser es percibirse", pasado por el barniz de la teoría cuántica y soi-disant o autodenominado "biocentrismo", para aparentar rigor científico y patentar etiqueta o denominación de origen de marketing ideológico para vender libros propios de la sección de nueva era, new age. Ninguno ha vuelto, ni Jesucristo, y hace años que se fue y lo están esperando, sobre todo unos individuos llamados Vladimir y Estragón. Pero tiene algo de razón: algunos han visto delante de ellos mismos a personas que han muerto y aseguran que eran muy reales. El problema es definir cómo es posible, si hasta los escépticos topan con ello y no saben cómo desmentirlo. El caso es que todos tienen un miedo horrible a la no existencia y se inventan mentiras para hacerla más tolerable; es una ventaja derivada de tener razón y cerebro: nos podemos engañar con suma facilidad. Estamos diseñados para ser religiosos y creer en el otro mundo porque es una ventaja biológica de la evolución, que crea seguridad para la cohesión social. Hasta Napoleón admitía que cada cura le ahorraba diez policías. Si existes, eres; si no existes, no eres, y el planeta lo compagina así: unos comen para vivir y otros te comen para vivir también. ¿O es que no se aprende nada de la vida? Cuando pierdes un brazo ¿eres menos tú? O los dos, ¿eres menos tú aún, no? Entonces, ¿no eres tu cuerpo? Si es así, ¿por qué piensas que al morir tu cuerpo te mueres? ¡Con qué seguridad se asienta y afirma la ilusión de uno mismo! La muerte es una ilusión, pero la física cuántica no. ¿Seguro? ¿De verdad?

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Se habla de evidencias científicas, cuando las bases de toda la ciencia son V = E/T. Si el espacio y el tiempo no existen, ninguna evidencia científica es correcta, incluida la que ha dado pie a pensar esto. Las personas desaparecen o se incineran o se descomponen. Eso es una evidencia. Lo que anima la vida es igual que anima la vida animal, se agota y se acabó. ¿Existe algo después de la muerte? Cuando ves un cadáver la persona se ha vuelto cosa, ya no es un yo, es un eso o un ello. Su evolución es la siguiente: de la carne al esqueleto, y punto. Cuerpo y alma son una bombilla. Y pensar que el alma sin cuerpo perdura es como pensar que una bombilla funcione sin electricidad. Tal vez exista la muerte, pero solo para aquellos que la desean y no han buscado la vida eterna. Estamos diseñados para montar teorías y formular signos artísticos y científicos; también la religión es una superchería, más cercana al arte que a la ciencia. Es una mímesis o imitación, una construcción retórica que funciona como aspirina para el dolor. Y la ciencia también puede fabricar aspirinas. Estamos diseñados para pensar que hay otras vidas. El afán de transcender del ser humano hace que busque argumentos para ser inmortal y se resiste al hecho, inaceptable para su psicología humana, de que hay dos verdades irrefutables: que nacimos y que morimos. Lo que podría ser eterno serían nuestras enseñanzas o aportes a la humanidad en conjunto para su bien o su mal. Hola y adiós. Es todo. "Nació y no supo. / Respondió, y no ha hablado", que dice Vicente Aleixandre en Poemas de la consumación. Y "Como Moisés es el viejo". Muere viendo ante él "lo que gozarán los otros". Y dice en otro lugar: "O tarde, o pronto, o nunca". Las formas frustrantes de padecer el tiempo en la vida: demasiado tarde como para poderlo disfrutar; demasiado pronto como para poderlo valorar; y, por fin, imposible de detentar. No hay muerte porque no hay vida, todo es una ilusión. Ahora bien, las palabras se crearon para algo, esto es, que lo que se entiende tiene sentido para la vida, porque existe, y lo otro también, o no sería preciso. Tras la muerte será como antes de la vida: nada".
¿Existe vida antes de la muerte? Lo que no nos dice, y esto es lo verdaderamente importante, es si transciende nuestra conciencia, si no es así me importa un pepino. Si pienso y si existo estoy vivo, la vida no es una ilusión atemporal. Qué manía la de confundir Conciencia y Consciencia... Todo lo que sabemos nos lo han inculcado, incluida esa estupidez de la inmortalidad. En realidad es el Complejo de superioridad humano y, de paso, una forma de dominar masas. Sí, hay mucho creyente pero nadie se quiere morir. ¿En qué creen los hombres? ¿En qué creen los gusanos? Si no eramos nada, no seremos nada, aunque alcancemos las más altas cumbres de la miseria. Savater en una entrevista se preguntaba el porqué de esta obsesión. Demos vida a los que están vivos y preguntémonos solo si tenemos vida antes de morir. Las aclaraciones del después ya nos llegarán (o no...) Simplemente es que, si realmente hay "otra" vida o como se la quiera llamar, y no soy consciente de la que estoy viviendo ahora, es que el que está escribiendo estas líneas ha muerto. RIP. Sin más, y sin dramatizar. Como en The end, de Jim Morrison. Creemos lo que nos enseñan a creer, no sabemos nada, pero el hecho de que nazcan niños supone ya creer en que existen vidas nuevas, en que resucitan los muertos. Lo que pasa es que no los sabemos ver. 

Razones para una sinrazón

La muerte es una forma de diluirse en el universo y formar parte de él. La energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. La vida es energía, y la muerte solo una transformación de la misma. No sólo somos un cuerpo, somos también un espíritu y el espíritu vive. Algo hay, porque las formas de vida son muy perfectas como para hacerse solas. Somos energía y materia, la materia puede desaparecer, la energía queda en latente en algún sitio. La duda es si esa energía es consciente o no. Si lo es, sería en otro plano. Es mejor no cancelar las cuentas de facebook o wasapp porque si la muerte no existe, ya las tienes abiertas en la otra vida y ahorras tiempo. Si hay algo que no se acaba en esta vida es el amor, otra cosa somos energía, algo que no se destruye... pero sí se transforma. Por tanto no creo en la muerte si no en una transformación , otra vida. Pero diluirse con el universo o ser solo energía... no es ningún tipo de vida. Aunque el alma no pueda morir nunca. Alguien se ha podido comunicar con su padre muerto por medio de una médium y le ha contado muchas cosas que hay después de la muerte física del cuerpo. Por ejemplo, que en el más allá está lleno de niños y el tiempo discurre de forma muy diferente. ¿Y si lo que estamos viviendo es la muerte y la vida viene después? Estoy de acuerdo en que no existe la muerte. Sólo existe una transformación de nuestro ser en otros seres y materias. Nos transformamos en materia orgánica que alimentan a otros seres y dan lugar a otras vidas diferentes a la que tenemos actualmente. El cuerpo es finito, pero intuyo que el espíritu sobrevive en una dimensión nueva y totalmente desconocida e inimaginable en la que prevalecerá el amor que es lo único por lo que merece la pena vivir. Todos los ateos lo dejan de ser, cuando "el avión se cae..."
No somos tan valiosos y complejos como para que todo nos lleve a creer en una continuidad y pensemos que lo contrario sería un desperdicio. Pero hay gente que ha tenido la suerte de tener experiencias con seres que dejaron su cuerpo.. Y ahora viven en otra dimensión y puntualmente, si lo deseamos, se comunican con los que aún siguen "encarnados". De todas formas eso depende de la naturaleza del universo. En un universo finito de tiempo infinito, sin duda, toda combinación de materia haría que acabáramos volviendo a existir...
Pero creer no es del todo humano; creer algo sin saberlo es de idiotas, pero si resulta que la vida es una inutilidad sin sentido, menudo desperdicio, pues. Me fascina la gente que está convencida de que su vida es completamente inútil y aun así, sigue viviendo... Eso sí, vivimos porque somos conscientes de ello y esto es lo que desaparece, la conciencia de vida. La materia puede cambiar de forma pero la conciencia de una mismo es irrepetible. Es a esto a lo que llamamos ''muerte''. Los avances de la física cuántica muestran que existen partículas sin masa o de pura energía que no interactúan con las masas circundantes. Se ha dicho que los neutrinos pueden ser los ladrillos del alma. Pero la pregunta puede estar mal formulada: después de la vida no puede haber vida por definición y lógica. Ahora bien, la creencia en la inmortalidad del alma es algo defendido por Buda, Hermes, Sócrates, etc. y en primer lugar por Cristo, que niega la existencia del Infierno.Hay planos de purificación intermedios. Si nuestra identidad se plasma en estructuras de energía a nivel atómico, no desaparecemos sin más. Cambiamos nuestra estructura molecular, ascendemos o descendemos, llámalo X, pero algo hay, sí o sí. Muere solo lo que es finito y lo que ahora nos sirve como instrumento para crecer. Pero nosotros seguimos vivos y nos preparamos para una nueva encarnación y así seguir nuestro proceso de crecimiento o decrecimiento. Y, si somos energía, podemos vivir en cualquier otro sitio. No habría argumentos para probar y defender la pervivencia, ya que es un dogma. Preferible sería creer que habrá algo más que la nada. Pero es tan solo eso, una postura. Pero una vida de ultratumba flotando por el espacio... pues no. Biológica y bioquímicamente hablando, cuando morimos nuestras moléculas se van degradando y, empíricamente, seguimos existiendo, ya sea en carne podrida o en otra cosa, pero nuestros mismos átomos formarán otros organismos, reciclando la materia orgánica. Es más lo que ignoramos, sin duda. Sólo la soberbia nos hace pensar que sabemos algo -que años después se corrige-
Si está comprobado que la energía guarda conciencia, esto es, información, y esta viaja o se va del cuerpo mortal, la energía regresa al origen de la que un día salió. Lavoisier decía: "En la naturaleza nada se crea ni se destruye, solo se transforma"; por ende la vida y la muerte son estados de transformación, nada más, somos ciclos y partes de una misma conciencia colectiva que se regenera y adquiere sentido solo en su totalidad, y solo al ser únicos en un momento percibimos esa vida plena y no parcial; si somos un ciclo y un proceso, debería haber vida después. Mucha gente ha tenido vivencias al respecto, y es falso que nadie haya regresado de la muerte; incluso hay demasiados casos, más de los que se pueden contar, de personas que han visto el túnel y han podido regresar. El cuerpo físico caduca rápido, el cuerpo astral o de sentimiento tarda más, el cuerpo mental subsistiría mientras alguien piense en nosotros y así sucesivamente. El alma es inmortal por definición, pero, ¿qué definición no es lo que es? Así como en el espacio exterior existen miles de planetas, aquí en la tierra existen cientos de dimensiones que solo un pensamiento superior podría reconocer; nosotros solo podemos reconocer nuestra ignorancia, nuestro fragmentarismo, nuestro formar parte de algo superior, por lo que es ilógico pensar que solo se reduce a una parte nuestra esencia, estamos conectados al todo y cualquiera de esas partes puede ser su centro; en una de esas partes podemos habitar solo si nos olvidamos de las demás; acaso la conciencia sea nada más que la constatación de ese olvido, de esa insatisfacción, como ya plasmaba Platón, ya que al morir en una parte cualquiera del universo podemos volver a nacer en otra, y dar paso a otras vidas. Pero esas preguntas y filosofías podrán dar un gran paso el día que constatemos que hay otros otros, otras existencias humanas o no humanas, otras civilizaciones; lo demás es darle vueltas a esa rueda que descubrimos en el Neolítico. El experimento de la doble rendija nos hace comprender que es posible que dos cosas distintas y antitéticas puedan coexistir en las mismas coordenadas de la realidad. Si es así, ¿por qué no puede ser que estemos vivos en la muerte y en vida muertos, como el gato de Schrödinger?  Un entorno solo puede crear lo que ya de por sí contiene en su esencia, como ámbito de información, inteligencia y consciencia son el resultado final de la combinatoria milimétrica que permite la creación de vida orgánica. La vida es una obra de teatro donde la conciencia representa un papel. La muerte no es más que el final de esa representación y la vuelta a otra "realidad" para empezar una nueva obra. Todo esto solo para combatir el eterno aburrimiento de la conciencia. Y, si no existiera otra vida, no merecería la pena crear el ser humano para vivir sólo unos ochenta años. Pero no merecería la pena para nuestra conciencia. ¡Qué soberbia pensar que la realidad que perciben los sentidos del cuerpo humano es la única que existe! La conciencia vive más allá del tiempo y el espacio, pues la vida es una sola ¿Qué sería exactamente lo que se muere? Todo depende del punto de vista. Mi madre estaba viva y nos dio la vida. La Diosa Madre, en su gran sabiduría, nos permite reencarnarnos en dioses y vivir una existencia de felicidad junto a ella después de haber sufrido las injusticias de esta existencia terrenal. Resultaría genial que se llegara por la física cuántica a la conclusión de que la base de la vida es la conciencia, porque, después de la vida biológica, se sigue siendo consciente en otro plano, si hay otro plano. Pero también sería correcto pensar que no es eso la inmortalidad al estilo de un vampiro, sino solamente "atemporalidad". Si bien mente y organismo funcionan solamente por medio de energía,  la energía se elabora en forma de información de impulsos y patrones que nos dan conocimiento, memoria y personalidad; si al morir esa energía no puede acabarse, ya que no se destruye ¿adónde va? ¿Conserva su estado último de información?  Se observa que el mundo no se acaba cuando muere la gente, por tanto, si existe la vida tras la muerte (aunque sea una que no conocemos y que nadie puede saber en vida cómo es o será, el país sin descubrir del Hamlet de Shakespeare), no sería lo mismo creer que con la muerte del cuerpo se acaba todo o que la vida es algo más que la muerte del propio cuerpo, sino solo importaría lo que tenemos, en qué dirección nos llevan nuestras creencias, lo que es mejor, dando sentido a la vida, que el absurdo de la muerte. La vida es un dado, te ha tocado, y listo. Puedes tirar los datos, en esta ocasión tú mismo, pero desde luego hay algo seguro, que la partida se acabará. No sabemos cuándo empezará otra, ni quién echará los dados, ni quién nos invitará a jugar. Eso no significa que no exista algo que transciende. Quien se niega a transcender, suele negarse porque se siente sobrecogido, pero realmente no puede negar la transcendencia de la vida, el deseo de pensar, porque pensar es existir.. Serían tal vez estúpidos los argumentos que se oponen. El Hombre habla de algo que está al limite de la ciencia y fuera de la biología.La  "conciencia de sí", se llama, y nos difiere de las máquinas, de los animales y de las puras energías. Esa es la que no muere, y otros le llaman ánima o alma... que en latín significa vida. Nuestra existencia no tendría un propósito si solo fuera lo que conocemos y en tan corto período. No es cabal que tanta grandeza en el universo no sea conocida, no tenga propósito, se desperdicie, que solo esté por estar. La casualidad no tiene asidero. DEBE haber algo más. Mucho más. Y si pensamos que, esencialmente, somos energía que va cambiando de cuerpo porque de alguna forma se aprende o evoluciona en el plano físico, si morimos físicamente seguiremos el camino de otro cuerpo y sucesivamente hasta llegar a un punto en que ya no necesitemos uno. Reencarnación y transmigración o samsara se llama eso. Pero el pensamiento cristiano supone que hay un final en ese proceso, y no una rueda infinita, como razona el budismo. Hay muchas cosas inexplicables por la razón, que se muestra insuficiente para poder abarcarlo todo y no dispone de los medios o instrumentos necesarios para poderlo hacer e incorporarlo a la conciencia. Eso murió con Leibniz, último que pudo pretenderlo. Pudiera ser posible que la información que conforma mi identidad y mi experiencia se pudiera reorganizar en otra cosa que no sea como cerebro... Pero, si alguien o algo no sabe cómo y no hace algo por reubicarla... ¿seguiría siendo eso un yo entonces? ¿Qué voluntad podría impulsar ese deseo de pervivencia si se extingue como voluntad? Decíamos que si la energía no se crea ni se destruye, sino que se trasforma, ¿se transformará en algo que no sea energía, que no tenga ni siquiera la identidad de serlo, se transformará en caos? ¿Todo en nosotros se transforma o perdura parte de ello? ¿Solo se transforma aquello que se purifica? ¿Y qué es lo puro o impuro? ¿Quién nos lo dice? ¿La identidad del todo del que formamos parte? Podríamos creer en alguna posibilidad de que algo en nosotros es trasformado. Que realmente cambiamos, que es posible cambiar, mejorar o empeorar, pero parece más posible lo segundo que lo primero. Y después de años de estudio continuo sin tener nada claro, cada día sé menos. ¿Qué de nuestra energía es distinto de la de, por ejemplo, otros seres que habitan la tierra y otros mundos, si tenemos que devolverla como ellos? Ya lo dice el Eclesiastés. ¿Esa diferencia es que podemos purificarla y evolucionarla? ¿Que podemos aprender de nuestra experiencia? ¿Que puede trascender espacio y tiempo, formas puras de la sensibilidad? La energía se expande, pero jamás muere. Se enfría, se apaga, se dispersa. Pero no se destruye. Pero la teoría de los universos alternativos, cada vez más reafirmada, pone entre paréntesis nuestra existencia misma. La conciencia que algunos dicen es el tema del cuerpo, si muere el cuerpo, muere también; con un nuevo cuerpo nace una nueva conciencia. La conciencia la suministra el cuerpo, no viene de ninguna otra parte; es la objetivación del cuerpo. Solo nos falta saber qué limita a ese cuerpo y de qué forma podríamos llegar a expandir esos límites, mediante la ciencia; podríamos así traspasarnos la vida con lo que llaman transhumanismo, creándonos nuevos cuerpos más capaces, incluso maquinales, reduciéndonos a software y pudiendo ampliar nuestra memoria base y ram. Pero la vida no solo se tiene, se da y se comunica, es una vida también compartida, global y general, y está demostrado que la vida individual no hace feliz a la gente; solo la vida que se tiene con los demás, de los demás, por los demás, en los demás, ante los demás, para los demás, hacia los demás, contra los demás, junto a los demás, no sin los demás. Si la vida es transformación de esa energía, ¿por qué entonces imaginamos tal transformación de modo lineal? ¿Quién puede afirmar qué sea así? Si la sabiduría es poder real, todavía sabemos muy poco, y la información es poder temporal. Así que necesitamos vaciarnos de información falsa para dejar espacio a información más veraz. Hay que saber preguntar, y la respuesta aparece. Buscad y encontraréis, dice la Biblia...eso si es verdad. Mas, tristemente, la educación cristiana recibida ha permeado en sentido negativo nuestra cultura llenándola de falacias, miedos y muros; y una de tantas falacias (o formas de dominación) podría ser la resurrección así como la pintan, el cuerpo físico quedándose sin vida, y todo se acaba. Por eso en vida hay que tener la vida... Si todos volveremos como Él vino, nos dejó esa promesa de que "yo soy la resurrección y la vida y el que cree en mí, aunque muera, vivirá". Nada tendría sentido si tras la vida hemos de morir. ¿Pedimos vivir? ¿Pedimos morir? ¿Podemos pedir? ¿Tiene sentido? ¿Somos dueños de nuestro destino, realmente? ¿Solo durante un pequeño espacio de tiempo? ¿Nos han escrito el final? ¿La muerte es el final? ¿Es el final de uno de los actos de la obra? ¿Un entreacto? Si realmente nuestro paso por la vida fuera el final con la muerte, nada tendría sentido; ni las ilusiones, ni los sentimientos, ni el amor, ni la compasión... Seríamos como robots programados genéticamente...Y, si yo no soy un robot programado, ¿por qué tengo todo lo antes descrito? ¿No es inapropiado? ¿De qué depende que el tiempo avance o no?
¿Cómo, cuándo y con quién avanza o no? Solo te das cuenta de eso cuando has disfrutado tanto de un momento que se ha vuelto una vida entera. El tiempo no existe... se contrae cuando se vive de verdad. 
Si se cree en la resurrección y se confía en la transformación de la materia y la vivencia inmortal en otra dimensión, con una continuidad trascendida en una dimensión nueva y consciente, que va hacia la identificación plena con todos los extremos de Dios, se está viviendo, simplemente. Somos materia que se transforma. Y el Dios que cree en mí, muriendo, vivirá; él dice que quien cree en mí no morirá, y el que muere y cree en mí vivirá para siempre. Vivimos en él. Y para quienes hemos perdido una persona amada, nos conviene creer que así es, y no tanto querer creerlo. Vivir en estas dimensiones es morir poco a poco; ¿es morir vivir poco a poco? Dado que todo lo que nos rodea tiene su paradoja, se diría que sí. Los budistas creen en un paraíso tras la muerte, algo irreal, tras el cual pasamos a un infierno, también irreal, y luego de nuevo a esta vida, en la que todo está mezclado, paraíso e infierno, algo también irreal. Y, en todo caso, no tenemos que hacernos excesivas ilusiones, y aun ninguna. Y no solo morimos nosotros, la naturaleza también sufre esas transformaciones, también se calienta como el infierno por el efecto invernadero. La energía es tangible e intangible; dicen los cosmólogos que hasta el vacío tiene algo. Solo existen campos de fuerza en perpetuo pulso y transformación y oleaje. Somos esencia que se transforma, como quiere el budismo. Lo que sea que somos, seremos, tan permanentemente como impermanentemente, porque no hay estabilidad en ese ser, sístole sin diástole, si sin no, no sin si, pensamiento sin sentimiento, sentimiento sin pensamiento, esencia sin existencia, existencia sin esencia. La vida debería tener un sentido, pero probablemente tiene tantos que solo podemos descubrirle uno, el nuestro, inevitablemente relacionado con todos los demás. Es tal nuestra ignorancia sobre todo lo que existe, vivimos en un rincón tan alejado del centro del universo que estamos llenos de creencias, suposiciones y vidrios a través de los cuales analizamos distintas versiones de lo que llamamos "realidad". Todo concepto que conocemos en la forma de conocer humana es creado por nuestros instrumentos de percepción y pensación, y sin nosotros no hay "explicaciones"; puede ser que cuando una persona "muere" vayamos a dejar de pensar en todas estas cosas, nos tomemos un descanso quizá definitivo en un lugar más tranquilo en el que la gente se olvide un poco de la fatigosa lógica de las cosas. La muerte sería una forma de fatiga, una forma de caminar hacia la ignorancia todal y total. Nuestro cuerpo está hecho de energía concentrada, y nuestra identidad es energía disuelta, o suelta simplemente. Todas las manifestaciones de nuestro cuerpo tangibles o intangibles son energía, y tras morir la energía cambia de foco. Por otra parte, si hay vida después, podría ser tan ilusoria como la o las del antes y como la misma muerte también, y todo serían recreaciones del noconsciente, del no-yo ¿Y qué es eso? Otra palabra de la mente para entretenernos, mentirnos y seguir experimentando... la vida. El cuerpo quere perdurar en el ser, y recurre a todo tipo de triquiñuelas para engatusarnos y conseguir que sigamos interpretando nuestro papel... ¿A un público distinto del que creemos? ¿Con qué intención? Todo muere y renace eternamente. El tiempo que nos hizo nos deshace, dice Octavio Paz. Pues no podemos autodestruirnos aunque queramos, morir según el significado que conocemos o que nos han enseñado no existe ni tiene sentido preguntarse por él. Y todo lo que pasa por la mente del ser humano es porque ha existido, existe o existirá. No podemos pensar en algo que no sea, que no sea realmente, si pensamos en ello es porque existe y es más, "alguien" o más bien "algo" nos lo instaló en nuestra consciencia para que lo tuviéramos presente. Ese algo enajena y conduce al manicomio a muchas personas. "Cuando los dioses quieren destruir a alguien, primero lo vuelven loco". Pura hybris. Vivimos por intuición, porque es un milagro que vivamos. ¿Cómo pudo crearse algo, incluso la identidad, de la pura nada? Es asombroso. Y si es un milagro, había que agradecerlo a quien lo hizo. Vivir ese milagro capacita para darle sentido a la existencia más allá de toda razón. Vivir y hacer vivir es la única palabra que tiene sentido. La vida continúa en nosotros y hacerla crecer es nuestro cometido: ayudar en el jardín del Edén. Y todo lo de las chorradas cuánticas se desvanece al considerar que, si todo existe "porque lo creemos y pensamos", ¿cómo es que existen las cosas desde antes que existiera yo (o tú)?

viernes, 18 de abril de 2014

Una entrevista con García Márquez

Tomás García Yebra, "García Márquez: «Odio 'Cien años de soledad'»", en Abc, 18/04/2014:


Corría el mes de septiembre de 1991 cuando una mañana, el director de 'El Semanal', Juan Fernando Dorrego, me llamó a su despacho. 

-Gabriel García Márquez está en España. Vamos a entrevistarle. Y quiero que le entrevistes tú.

-Perfecto. ¿Dónde hemos quedado?

-En ningún sitio.

Le miré con desconcierto.

-Entonces, ¿cómo le voy a entrevistar?

-Está en Sevilla. Vete allí y habla con él.

No supe reaccionar. Enseguida él me lo aclaró.

-Un periodista es un señor a quien se le dice: ¿ves ese pajarito que hay encima de aquella antena de televisón. Bien, tráemelo. El buen periodista es el que consigue atrapar al pajarito; el mal periodista es el que lo deja escapar. No me digas cómo vas a conseguirlo. Lo que quiero oír, es: “Aquí tienes la entrevista”.

La métafora, como tal, me pareció maravillosa. Lo difícil -al igual que las enseñanzas de Jesucristo- es llevarlas a la práctica.

Me fui a Sevilla con la derrota en el equipaje. Pero de aquella experiencia aprendí una metáfora que sirve para todos los asuntos de este oficio (y de la vida). Lo decía Rudyard Kypling: “Se intenta todo, por muy difícil que parezca, pues el 'no' es lo único que tienes asegurado”.

Me enteré que estaba alojado en el hotel Alfonso XII. Hice guardia desde las diez de la noche. García Márquez apareció a los dos de la madrugada, acompañado de un amigo.

Me acerqué y me presenté. Sabía que el mensaje debía de ser corto, creíble y contundente.

-Buenas noches, señor García Márquez. Vengo de Madrid. Soy periodista del dominical 'El Semanal', el de mayor tirada de España. Me gustaría entrevistarle. Me ha dicho mi director que como vuelva de vacío me prepara la cuenta.

Me miró fíjamente a los ojos.

-No se apure. Mañana desayunos juntos. A las diez le espero en la cafetería.

A veces te esfuerzas y no consigues nada. Otras, sin ningún esfuerzo, consigues una de las entrevistas de tu vida. ¿Suerte? Sí, pero la suerte -como dijo aquél- hay que salir a buscarla.

Mientras untaba de mermelada una rebanada de pan tostado, le hice la primera pregunta.

-Sus primeros libros, como 'Los funerales de Mamá Grande', 'La mala hora' o 'El coronel no tiene quien le escriba', se vendieron con cuentagotas. Hasta que, en 1974, residiendo en Barcelona, publica 'Cien años de soledad'. ¿Cómo repercutió en usted el enorme éxito de esta novela?

-Una conmoción. Y no para bien. El acoso al que he sido sometido me ha perturbado. Desde entonces mi vida ya no es la misma. No soy una persona normal. Trato de separar el antes y el después, pero resulta muy difícil: amigos a los que creía fieles han vendido mi correspondencia, la gente se te acerca y nunca sabes sus intenciones... Asimilar un éxito tan desmedido es tarea de héroes, y yo no soy ningún héroe, soy una persona bastante débil.

Se quedó unos segundos pensando.

-Antes, cuando era una persona normal y espontánea, quedaba con alguien para almorzar y bromeábamos de cualquier insignificancia y nos lo pasábamos estupendamente. Ahora, cuando llego a un restaurante, hay veinte personas esperándome, como si fuese una atracción de circo. Y no sólo eso: durante el transcurso de la comida esperan la frase inteligente, la ocurrencia magistral. ¡Agotador!

-Conan Doyle acabó renegando de Sherlock Holmes. El personaje terminó devorando a su creador. ¿Le ha ocurrido a usted algo parecido?

-Yo no reniego de 'Cien años de soledad'. Me ocurre algo peor: la odio.

-¿Por qué?

-Está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo a una novela que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden. Sus claves son simples, yo diría que elementales, con constantes guiños a mis amigos y conocidos, una complicidad que sólo ellos pueden entender.

-Sostiene que 'El otoño del patriarca' es muy superior a 'Cien años de Soledad'?

-Con diferencia. Aquí, en cambio, los críticos, ni han sabido leerla ni han sabido interpretarla. Decepcionante.

-Le decepcionan los críticos y no tiene un buen concepto de las entrevistas.

-Los críticos dicen muchas majaderías. Y de las entrevistas, ¿qué le puedo decir? No sirven para nada. Ninguna persona se deja ver en una entrevista. Responde lo que le conviene. Dígame, ¿para qué sirve esta entrevista?

-De momento, para saber qué opina de las entrevistas. Ya es algo.

Sorbió un poco de café y pidió que le sirvieran otra tostada.

-'La metamofosis', de Kafka, fue un libro clave en su vida.

-Sí. Estaba en la universidad, en primero de Derecho. Debía tener unos diecinueve años. Al abrir el libro y leer: “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquio, encontrose en la cama convertido en un enorme insecto”. ¡Coño -me dije-, así hablaba la abuela! Y pensé: si eso está impreso, yo también quiero ser escritor.

-Venticuatro líneas es la media de su producción diaria.

-Escribo con máquina eléctrica y soy enfermizamente perfeccionista. Repito el folio hasta que no sobre ni falte una sola palabra.

-Perfeccionista y supersticioso.

-No soporto el mal gusto. Y el mal gusto está relacionado con la mala suerte. Los venezolanos llaman 'pava' al efecto maléfico que desprenden las personas o los objetos rebuscados. Para mí, tienen pava los caracoles detrás de la puerta, los acuarios dentro de las casas, los pavos reales, el frac -por eso rechacé ponérmelo en la recepción del Nobel-, los mantones de Manila, y esas estudiantinas españolas que entran en los bares cantando..., ¿cómo se llaman?

-Los tunos.

-En efecto, los tunos. Pocas cosas hay tan pavosa como ésa.

Se acerca una chica, nos interrumpe y pide al Nobel que estampe su firma en una hoja de papel. García Márquez, con educación, le dice que no. Seguidamente le explica los motivos. La chica insiste. El Nobel se mantiene en sus trece. La chica le implora. García Márquez le vuelve a decir que no, esta vez con la cabeza. La admiradora, medio llorando, se da la vuelta y se marcha. “¿Lo ve? Nadie me trata con normalidad” .

jueves, 17 de abril de 2014

Hotel Chelsea

Guillermo Fesser, "Una noche en el cuarto de Uma Thurman", El País, 15 de abril 2014:

El hotel Chelsea de Nueva York parece esta tarde de marzo un caserón abandonado a la deriva bajo la intensa lluvia que azota la calle 23. Rodeado de andamios, tapiadas sus cristaleras con tableros; solo un par de placas en recuerdo de Arthur Miller y Dylan Thomas, apenas iluminadas en la fachada por una bombilla mortecina, recuerdan que aquello fue la meca de la cultura en tiempos no muy lejanos. En la puerta que da al viejo lobby, despojado ya de arte en sus paredes, han colgado un cartel que dice “closed for restoration” junto a un aviso de que está prohibido enfocar con la cámara hacia adentro y sacar fotografías. Tampoco hay mucho que retratar: al portero, que desde el mostrador saluda con desgana a los pocos inquilinos que entran y salen de los apartamentos del edificio como si protagonizaran una escena de The walking dead. Lo único que permanece en pie es El Quijote; el restaurante español que, a base de paella y bogavante, viene desde 1930 aliviando las resacas de muchos de los grandes artistas norteamericanos.

En Palm Springs, California –lejos del cielo plomizo que sobrevuela la isla de los rascacielos– localizo a Viva, la carismática actriz que Andy Warhol convirtió en superestrella, que accede a repasar conmigo los entresijos del hotel en el que residió largos años. “Vivir en el Chelsea era como estar en casa. Nada que ver con esos hoteles con señoras pidiendo hora para la manicura y personal actuando como mayordomos de la reina Victoria. Las habitaciones estaban bastante descuidadas, con agujeros en la tarima y los baños cayéndose a trozos. Las lámparas fluorescentes del pasillo tenían dos dedos de polvo encima… pero era un ambiente familiar. Un sitio informal lleno de escritores, músicos y cineastas. Lo mismo te cruzabas con Arthur C. Clarke, que escribió allí su 2001: una odisea en el espacio; que con Milos Forman cuando preparaba Alguien voló sobre el nido del cuco. Era una vida maravillosa. Y cómoda. Podías enviar paquetes desde la recepción sin tener que acercarte a correos, almacenar todo tipo de trastos en el sótano o dejar a tus hijos al cuidado de las camareras haitianas. Había una, llamada Bunuel, que me daba baños vudús con plátanos para conseguir que volviera mi marido de Marruecos”.

A partir de los setenta, el Chelsea funcionaba casi como una comuna. Había pintores que pagaban el alquiler con cuadros y artistas subvencionados por las altísimas rentas que Stanley Bard, el administrador, cobraba a los hijos descarriados de multimillonarios. “Siempre hubo esa mezcla –reconoce Viva–, pero Stanley nunca osó sacar un anuncio diciendo que podías vivir junto a Jane Fonda o Dee Dee Ramone. De vez en cuando alguien gritaba por el pasillo, ¡que viene un guía!, y aparecía un tipo seguido por un puñado de turistas que se ponía: ‘En esta habitación residió Dylan Thomas’. Y le corregíamos: ‘Se equivoca, caballero, Dylan vivió en el piso de arriba”. Stanley, considerado por algunos inquilinos como el casero más bondadoso del mundo y por otros como el mayor starfucker (persona obsesionada por codearse con famosos) de la historia, tenía un modo peculiar de administrar el inmueble. “Lo bueno de Stanley es que, si no tenías dinero para pagar la renta, no te echaba a la calle. Te daba la vara. Bueno, a mí no, porque era uno de esos tipos machistas incapaces de negociar con mujeres. Amenazaba a mi marido o encerraba a mis hijas en su despacho y les asustaba diciendo que si yo no pagaba le iban a echar a él del hotel. ¿Quién te va a echar a ti, Stanley, le preguntaban Alex y Gaby, si tú eres el dueño?”. Al final sus socios terminaron deshaciéndose de él para vender el negocio. “Yo ya vivía en California pero me acerqué a visitar a algunos amigos y me lo encontré sollozando en el vestíbulo. ‘Viva, Viva, ¿qué va a ser de mí? No me dejan ya ni entrar a mi propio hotel’. No te preocupes, le calmé, voy a escribir una carta al New York Times. ‘Sí, hazlo, por favor’, me rogó. Lo hice, pero no sirvió de nada”.

El emblemático edificio de ladrillo, el más alto de Manhattan cuando sus doce plantas fueron levantadas en 1885, forma parte del patrimonio histórico de la ciudad. Nadie teme, pues, por su pellejo. Tras el derribo de la antigua estación de Pensilvania, Nueva York creó en los años setenta una comisión de conservación para garantizar la posteridad de reconocidas construcciones como el puente de Brooklyn y enclaves con encanto como la casita de Louis Armstrong en Queens. Desde entonces, las barandillas de hierro forjado de los balcones del Chelsea, a los que tantas veces se asomaron Patti Smith, Bob Dylan o Tom Waits, están a salvo. No preocupa por tanto el envoltorio. Lo que mantiene a la gente en vilo… es el destino que se le vaya a dar a su alma.

El Chelsea nació como una cooperativa con vocación de procurar apartamentos de renta baja a los artistas que llegaban a intentar fortuna en Nueva York. Estaba en el corazón del distrito del teatro, que luego se mudó a Broadway, y pronto fue el lugar donde los artistas querían vivir. Pobres o afamados. Personajes de la talla de la primera gran dama del cine, Sarah Bernhardt, se contaron entre sus originales moradores. Luego, tras una época de esplendor que abarcó la segunda mitad del siglo XX, el hotel dejó de aceptar residentes permanentes. Pero quienes tenían contrato firmado antes del cambio siguen dentro y andan preocupados. “Quieren convertir el hotel en una especie de Disneylandia cultural para que los turistas puedan reservar una habitación junto al apartamento de un famoso”, se queja Suzanne Ruta, que vive con su marido, el célebre pintor Peter Ruta, a la vuelta de la esquina. El nuevo propietario, Ed Scheetz, que afirma haber inyectado 130 millones de dólares en la renovación, intenta apaciguar los ánimos: “El espíritu del Chelsea llevaba abandonado varias décadas y vamos a tratar de recuperarlo. Respetarlo, además de lo correcto, resultará lo más beneficioso para nuestro negocio.”

“Se suponía que había un apartamento por planta y que el ayuntamiento controlaba las rentas –me explica Viva–; pero el único piso que quedaba íntegro era el del compositor Virgil Thomson, que llevaba alquilado desde los años treinta y, como le daba vergüenza pagar una renta mucho más baja que la del resto, decidió renunciar voluntariamente al servicio de habitaciones. Tenía la planta que perteneció al primer dueño del edificio, con muebles de caoba, y me invitaba a cenar muchas noches. Su casa era como el hotel de los líos. Era amigo de todo el mundo, de Picasso, de los Kennedy… Pero el resto de los apartamentos habían sido divididos ilegalmente en dos, tres o cuatro habitaciones y Stanley nos cobraba lo que le parecía. Yo empecé pagando 160 dólares, luego me subió a 400 y al final a 900. Un día unos amigos israelís supieron que la inquilina de al lado acababa de dejar el cuarto y tiraron el muro para agrandar su vivienda. Stanley no pudo decirles nada. Así que cuando se marchó mi vecina, decidí hacer lo mismo. En mitad de la noche le di un martillo a mi hija Gaby y entre las dos hicimos un agujero en la pared para pasar al cuarto contiguo. A la mañana siguiente llamé a un obrero para que me ayudase con los escombros. Stanley se puso furioso y tuvimos una pelea. Yo me fui al ayuntamiento a buscar los planos originales para demostrar en un juicio que el apartamento que me alquilaba no existía legalmente. Los conseguí y, mientras estaba bañando a mis perros en el hotel, como solía dejar la puerta abierta, Stanley entró y me los robó. Volví al ayuntamiento de nuevo… pero ya no los tenían. Stanley tenía un topo dentro que los había volatilizado. Ya lo dejé por imposible y me fui a California porque Gaby comenzaba una serie en televisión”.

En su casa del pueblo de Woodstock, Nueva York, un campamento al que solían retirarse muchos artistas en los años sesenta y setenta para componer bajo la tranquilidad de los pinos, hablo con Sally Grossman, la viuda del hombre que inició su fortuna como manager de Peter, Paul and Mary, y que ocupó una de las habitaciones del hotel como oficina. “Recuerdo mis encuentros con el poeta Gregory Corso o con Harry Smith, el creador de la Antología de la música folclórica norteamericana de la que tantas melodías sacó Bob Dylan. Y a Janis Joplin”. Al mencionar a la reina de la psicodelia muerta por sobredosis de heroína en 1970, Sally para un momento y remata: “Claro que había droga. Con ella experimentaron algunos, pero la mayoría sabíamos que la frontera terminaba en la heroína. La heroína era un ‘no’ definitivo. El caballo era entonces un tema de excéntricos o de pobres; ahora es cuando la heroína se ha convertido en una plaga de la clase media americana”.

Lo cierto es que, junto al romanticismo de un momento de explosión creativa, sobre el Chelsea planea una leyenda negra de crimen y perversión. “Pero eran los tiempos, no el Chelsea”, se defiende Viva. “Le pasó lo mismo que a Andy Warhol, que tenía una reputación de ser mucho más loco de lo que en realidad era. Es cierto que hubo una época en que se hospedaba en un cuarto un profesor de física de instituto que era un camello y tenía una fila de yonquis siempre en la puerta. Le suplicábamos a Stanley que le echara porque no podíamos pegar ojo por la noche con el ajetreo de sus clientes. Pero Stanley se ponía: ‘¿Por qué le tengo que echar? Es un tipo decente. ¡Es un profesor!’. Al final se lo llevó la policía. También tuvimos viviendo a un grupo de chaperos que iban vestidos con trajes y sombreros rosas. Y prostitutas. En fin… Sí, hubo algún asesinato. Sid Vicious mató allí a su novia y recuerdo un par de suicidios. Un tipo saltó de una ventana y traspasó el techo de cristal de la sinagoga. Lo sacaron aún con vida en una camilla. Me acerqué y le pregunté que por qué lo había hecho. ‘Porque acaban de matar a John Lennon y me quiero ir con él’, me dijo. Pero aquel universo no era ni más ni menos violento que el de la ciudad de Nueva York en esos años”.

Una pieza de historia sobre cuya terraza la nueva propiedad planea montar ahora un bar de copas. Un ascensor en el costado oriental de la fachada permitirá el acceso directo hasta lo que no hace mucho fue el ático de la cineasta Shirley Clarke. Y dentro se volverán a colgar los cuadros para recuperar el espíritu del Chelsea… a base de talonario. Alójese en el cuarto que habitó Joni Mitchell. Dúchese en el baño de Uma Thurman. Tome un aperitivo en la mesa en que Jack Kerouac escribió On the road.

Religión

Mucho me maravilla el carácter absolutamente plano, detractivo y excluyente del pensamiento acumulador o cuantitativo, digámoslo así, que se suele exhibir contra una sola de tantas iglesias como hay, la soi-disant católica, esto es, universal. Parece como si los que la derruyen estuvieran más mediatizados por torcedores sentimentales y sociales que por una limpia razón. Llevo toda mi vida intentando comprender qué sea la iglesia, más en concreto la religión, y, como no he podido, me creo legitimado para afirmar, con algún conocimiento de causa, que es más fácil criticar a la iglesia que entenderla. Porque hay que poder valorar lo bueno y lo malo para poder determinar la relevancia que tenga, sea sustantiva, adjetiva, verbal o adverbial, aunque solo debería interesar la penúltima, porque todas las demás dependen de ella. Y valorar lo bueno y lo malo supone ya crear un Paraíso y un Infierno, o sea, crear una religión.

He sostenido un amor constante, pero no pocas veces defraudado, por las humanidades; creo que la religión también forma parte de ellas, aunque no necesariamente su Dios en lo que no tiene de hombre. Hay mucho del hombre en Dios, sea como proyección, cual quiere Feuerbach (al que no se ha solido leer como poeta, que lo es), o como encarnación a través del profeta, filósofo o moralista Jesucristo, al que ni siquiera sus enemigos podrán negar un gran genio para la ética y un éxito considerable en propagar o incardinar sus ideas, por cierto sugerentes, hermosas de leer y buenas para la sociedad en esencia y no en interpretación, al contrario que otras muchas. Se ha pasado, por no hablar de épocas anteriores, de un teocentrismo medieval absoluto a un cristocentrismo renacentista y a un antropocentrismo dieciochesco, para abocar hoy a un nihilismo pasivo muy poco útil al hombre ni desde luego a Dios, si es que existe, aunque eso es asunto suyo. O debería serlo, si no alberga dimensión humana, con lo cual no me refiero, desde luego, a la barba abundante. El caso es que el nihilismo ha destruido y simplificado al hombre en vez de hacerlo crecer, habiendo pretendido destruir a Dios en su lugar. Véanse si no los dos primeros tercios del siglo XX. 

Ya Lutero, o Wycliff antes que él, y aun diría que Francisco de Asís, percibieron que cualquier idea o sentimiento añadidos al canon de Escrituras llamadas Sagradas las deturpaba irremediablemente. Debemos apartar, pues, cualquier glosa y avatar histórico adjetivo de lo que son esas Escrituras, es más, debemos extraer de ellas, como de cualquier otras consideradas sagradas por el ser humano, lo único que es religión común y universal o se llama como tal, para poder tener algo en que profundizar. Y religión hay hasta en la naturaleza, eso que denomina "mística salvaje" Michel Hulin.

Hay lenguas, como algunas indias, que carecen de la palabra religión o religación, porque no poseen un elenco léxico desarrollado hasta ese punto, pero sí albergan su significado, bien que primitivo, en vocablos más o menos sinónimos, como "vida" o "esperanza", que mientras hay una hay la otra. Ansia de perdurar en el ser, diría Spinoza, primero de los ateos autorizados al gran público por una vida austera y benéfica (tenía algunas manías reprobables, como la de ver pelear a las arañas con sus lentes, pero esto es anecdótico).

Pero el caso es que haberla, la hay. Existen, han existido y existirán religiones porque hay, ha habido y habrá seres humanos, aunque no necesariamente humanistas. Es un hecho. Y los hechos son tozudos, incluso más que los sentimientos; no podemos llamar no humana a la religión, porque la religión forma una parte muy importante de lo que es la Humanidad. Una parte universal, pero no "católica", si me queréis entender. Quien quiera desterrar la religión de la humanidad debería preparar antes numerosos campos de concentración y exterminio, pues pretende eliminar una religión con otra, como el fascista alemán. Solo las diferencias de matiz hacen religiosa a la religión, porque es algo tan irremediablemente individual como universal. Hay religiosos como hay fumadores de distintas marcas. Y hay curas, monjes y monjas irremediables y a machamartillo, por más que los quieras convencer de los encantos del libertinaje, de la hamburguesa, de la televisión y de las discotecas. Hay gente sencilla, e incluso nada sencilla, no necesariamente acomplejada, adoctrinada, o demasiado joven, enferma o tonta, que quiere recluirse; invítalas a unas vacaciones pagadas y a todo lo que solace, volverán al convento y a su higuera, porque ese es su solaz, como puede serlo el castigo para los masoquistas o la crueldad para los sádicos; enséñales filosofía, que no la entenderán y preferirán los sentimientos, irse a regar sus tomates o hacer sus oraciones; para ellas, si de veras las entiendes, so obtuso, la oración es una forma de incardinar un estado de ánimo que las consuela y hace felices según su idea o engañifa, que tanto da, de la felicidad. Y son felices allí y así: esa vida les satisface y, más que ella, estar con personas que son semejantes en esa visión. ¿Qué vas a hacer con ellas, ateo? ¿Enviarlas a un campo de reeducación? ¡Respeta su voluntad, su criterio o su libertad, incluso para atarse! Ni siquiera Stalin pudo acabar con la religión. Y, por cierto, era antiguo seminarista. Lo mismo digo de los que han cometido actos irreversibles o irremediables de los que no les puede exonerar ni liberar su propia conciencia, o de los enfermos que se enfrentan al dolor o a la muerte; ¿qué les puede proporcionar la filosofía? ¿Qué el estado? Solo la esperanza, la religión, si queréis, puede ofrecer alguna respuesta a esa gente.

Y si la religión es un  hecho, y un hecho humano, es porque es una ventaja evolutiva. La gente religiosa o esperanzada es más resistente al paso del tiempo que la que no: las creencias son antropológicamente buenas para la especie. La iglesia crea cohesión social, y protege del individualismo exasperado y destructivo al que puede conducir el nihilismo; Dawkins tiene mucha razón en eso, y por eso no se entiende que tenga tanta pasión en combatirla.

Algo parecido es lo del aborto. La gente está empeñada en quitarle importancia o transformarlo en un acto intrascendente de pasotismo. Pero una cría sin derecho a votar tiene actualmente derecho a abortar sin decírselo a sus padres. Y muchos padres conducen a sus hijas a abortar sin respetar lo que pueda pensar esa hija en el futuro, aún sin juicio ni personalidad asentada para determinarlo, o lo que es peor, asumirlo; debería entonces primar el derecho de la especie a perpetuarse y el de la ética a poderse incardinar. Quienes aprueban el aborto fuera de los tres supuestos deberían irse a preguntar a esas señoras que van a las clínicas a darles folletos de las Congregación de San Vicente de Paúl, que está dispuesta a acoger a los niños en adopción. Yo sí conozco a una y resulta que es una madre que no puede tener hijos y ha adoptado a dos, a pesar de que van a tener que emigrar a otro país porque aquí no tienen trabajo. ¿Han pensado los abortistas en estas madres y en esas familias y no solo en las que se dedican a procrear sin responsabilidad, esa palabra que tanta ética trae consigo? ¿O es que son nihilistas y la ética les da por culo? Los tres supuestos de la ley parecen razonables (a pesar de que no hayan sido sometidos a referéndum; ¿por qué será...?) y los defiendo; lo que ya no es razonable ni incluso razonado es que se abuse de ellos como se abusa de un menor y se quiera hacer pasar por violación lo que no fue sino un acto consentido por ignorancia entre menores tontorrones, ignorancia que, por cierto, fomenta la parte más estúpida de la Iglesia católica con su meapilista horror al sexo, a los condones y demás. ¿Qué dijo el profeta de condones y control de la natalidad? Por cierto que tuvo más discípulas que discípulos y era bastante más feminista que algunos de sus seguidores, como el machista Pablo, quien, por cierto, no negaba a los obispos ser maridos, pero de una sola mujer, y mandó a las mujeres callarse en la iglesia (hoy, con los móviles, le sería más difícil). Pedro, primero de los papas, estaba casado; Agustín tuvo una juventud algo licenciosa con su propio sexo y con el otro, y hay un rito cristiano, que los católicos ocultan con vergüenza, pero está probado con documentos, para casar a hombres, rito que fue utilizado en al menos una treintena de ocasiones. Del mismo Cristo se dice fue marido de la principal fuente económica que lo sostenía, una pescadera llamada María Magdalena a la que los cristianos, con interesado machismo paulista, consideran la misma que la prostituta que fue salvada por Jesucristo de la lapidación. Y Cristo no condenó a la prostituta, lo cual indica que su actitud ante las cuestiones sexuales era bastante más avanzada que, por ejemplo, la de los del prolífico Opus Dei y su mentor, el aristocrático Escrivá, en Camino, un libro que no añade nada a las Escrituras y más bien las deturpa. Porque Escrivá es un avatar histórico, un fruto de su tiempo tan mediatizado por factores arreligiosos como los propios anticlericales (soi-disants laicistas) y, por ende, como el propio pederasta padre Maciel, drogadicto no precisamente de opio del pueblo, fundador de los Legionarios de Cristo y consecuencia de una época de bajeza moral, nihilismo y desmadre como la nuestra. Y lo único que continúa resistiendo los embates de los tiempos es eso, la religión y la bondad que hay en ella a pesar de todas esas miserias que le dan tanta identidad y tan poca pobreza y universalidad. Es precisamente eso, el carácter abierto en su más íntima esencia de la religión lo que pone de los nervios a la clerigalla de todas las religiones, refractarias al ecumenismo y aún más al diálogo interreligioso (que no es lo mismo). Deberíamos estar todos de acuerdo por lo menos en considerar al hombre digno de salvación, o, si preferís, de esperanza, de compasión o incluso de religión, si realmente nos llamamos humanistas; por descontado, por interés de la especie, debería ser digno de salvación o de esperanza un feto humano, salvo en los casos en que la ley determina y en los que dicte la conciencia humana, que se genera en él y no siempre es humanista ni positiva en sus propósitos, pero debe apostar y tomar partido, como quería Pascal: si gana, puede perder o puede ganar, pero si gana lo gana todo; mas si no apuesta, pierde de todas maneras. Y Pascal fue quien halló las leyes matemáticas de la probabilidad. ¿Se puede apostar por la religión? Parece insensato no hacerlo, y un ilustrado materialista como George Santayana lo hizo no solo con razón, sino con arte, algo que daba según él sentido a la existencia, ya que las ciencias podrán hacernos más fácil la vida, pero solo las humanidades podrán hacérnosla soportable.

La iglesia católica, pues, aunque excluyente, tiene algo de bueno y de malo, como todas las demás; entre las buenas, religión y humanidad; entre las malas, todo lo demás y de más, y un jerarquismo medieval, no dictado por razones, sino por poderes, que le ha dado muchos de sus éxitos, pero también no pocos rechazos, pues, como en la Edad Media, se centra en honores, ritos y violencias no solo físicas, sino emocionales e intelectuales. La religión puede convivir con la filosofía en la educación; no creo que nadie sea tan despreciable que pueda afirmar que no necesitamos a quienes pretenden hacernos mejores en un sentido, en otros, o en todos... si no utilizan una tranca para persuadirnos. Otra cosa son las cuestiones prácticas, en el sentido de impedir que los abusos dicten las políticas o distribuyan los fondos. Eso es malo para los más, y la gente que lo permite debería ir a un Purgatorio, suponiendo que esta institución penal todavía funcione y le quede petróleo, esto es, aceite de piedra.

Autorreflexión

Charles Chaplin quedó tercero en un concurso de imitadores de Charles Chaplin. El caso del falsario y casi gemelo Martín Guerra, al que su mujer consideraba mejor marido que el genuino Martín Guerra,  hizo dudar al juez Montaigne de la misma legalidad de la justicia, él, experto en dudar de todo menos de sí mismo, así que decidió que se escribiría / describiría a sí mismo en un volumen, los Essais, para que sus amigos pudieran disponer de él o recurrir a su consejo cuando ya no estuviera. Supongo que todos deseamos ser recordados en la mejor versión, aunque no sea la más constante, y ni siquiera propia, en el sentido que es propio el título de la famosa obra de Max Stirner, El ego y su propiedad. Representamos nuestro mismo papel, pero puede haber actores bastante mejores que nos hagan actores a nosotros. El tiempo nos copia constantemente, y cada segundo un poco peor: sucesivas fotocopias de sí mismas. El tiempo que nos hace, nos deshace, que escribe Octavio Paz. Somos asunto de entropía. Porque nos derramamos, como redescubrió Ortega al decir: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"; por eso necesitamos una esponja porosa a que agarrarnos.



Cada vez considero más atinado lo que dijo Peter Handke: toda razón es arbitraria para la razón; no sé si haber estudiado tanto la retórica me ha estropeado definitivamente: ¿qué no habrá que no degrade la retórica, decía Francisco Sánchez. Quizá por lo cual el sentimiento se acredita tanto en nuestras conductas y el atormentado logicista Pascal escribió que el corazón tiene unas razones que la razón del hombre no entiende. Pasamos el tiempo en congraciarnos con nosotros mismos y, encima, con los demás. En el fondo, agua y aceite, esencia y existencia. El agujero o poro multiplicado por toda la esponja, no nos engañemos, es uno y el mismo, o "es" ser, palabra insignificante que debía escribirse con un tipo especial de minúsculas. Eso que repetían tanto antes de Heidegger, Sartre y compañeros mártires... ¿de qué verdad? Solo sé que quien duda demasiado termina dudando hasta de la duda, por puro cansancio de acometer algo que le desborda; porque la duda afirma parte de la totalidad que niega restringiéndola y restringiéndonos. De nosotros depende aceptar o no esa restricción; desde luego, los que no la aceptan sufren mucho. Y uno se cansa de sufrir en vano enfocando la razón hacia afuera, hacia un cosmos infinito; porque no dispone de todo el tiempo, de todas las copias de y formas de ser sí mismo que le harían libre. Porque no tiene la totalidad a la que aspira el ambicioso y descontentadizo. Disponer así de lo que es concreto, de nuestro espacio y nuestro tiempo y nuestras personas concretas, de lo nuestro, con una mente concreta, enfocada en nuestra circunstancia real, y no en la de afuera, nos define los contornos, nos dibuja, en las enormes posibilidades de ser que nos ofrece este mundo, y es lo único que nos garantiza una cierta serenidad. Cultivar nuestro jardín, como quería Voltaire a final del Cándido. Acatar el pequeño mundo que nos rodea, tratar de mejorarlo incluso, y disfrutar con ese esfuerzo, sin esperar ni siquiera que lo vayamos a conseguir: eso sería salir del jardín. Puro Eclesiastés.

lunes, 14 de abril de 2014

La República, ni caos ni utopía

Julián Casanova, "La Segunda República: de la fiesta popular al golpe de Estado", El País, 14 de abril de 2014

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, dejó escrito el rey Alfonso XIII en la nota con la que se despedía de los españoles, antes de abandonar el Palacio Real la noche del martes 14 de abril de 1931. Cuando llegó a París, comienzo de su exilio, Alfonso XIII declaró que la República era “una tormenta que pasará rápidamente”. Tardó en pasar más de lo que él pensaba, o deseaba. Más de cinco años duró esa República en paz, antes de que una sublevación militar y una guerra la destruyeran por las armas.

La República llegó con celebraciones populares en la calle, mucha retórica y un ambiente festivo donde se combinaban esperanzas revolucionarias con deseos de reforma. La multitud se echó a la calle cantando el Himno de Riego y La Marsellesa. Allí había obreros, estudiantes, profesionales. La clase media “se lanzaba hacia la República” ante la “desorientación de los elementos conservadores”, escribió unos años después José María Gil Robles. Y la escena se repitió en todas las grandes y pequeñas ciudades, como puede comprobarse en la prensa, en las fotografías de la época, en los numerosos testimonios de contemporáneos que quisieron dejar constancia de aquel gran cambio que parecía tener algo de magia, llegando de forma pacífica, sin sangre.

A la República la recibieron unos con fiesta y otros de luto. La Iglesia católica, por ejemplo, vivió su llegada como una auténtica desgracia. Con luto, rezos y pesimismo reaccionaron, efectivamente, la mayoría de los católicos, clérigos y obispos ante esa República celebrada por el pueblo en las calles. Y era lógico que así lo hicieran. Como lógico era también que mostraran su desconcierto y estupor todos esos terratenientes ennoblecidos y muchos industriales y financieros con título nobiliario, que perdieron de golpe al rey, su fiel protector, al que muchos de ellos abandonaron en las últimas semanas de su reinado.

El gobierno provisional lo presidía Niceto Alcalá Zamora, ex monárquico, católico y hombre de orden, una pieza clave para mantener el posible y necesario apoyo al nuevo régimen de los republicanos más moderados. Sus ministros, republicanos de todos los colores y tres socialistas, representaban a las clases medias profesionales, a la pequeña burguesía y a la clase obrera militante o simpatizante de las ideas socialistas. Ninguno de ellos, salvo Alcalá Zamora, había desempeñado un alto cargo político con la Monarquía, aunque no eran jóvenes inexpertos, la mayoría rondaba los cincuenta años, y llevaban mucho tiempo en la lucha política, al frente de partidos republicanos y organizaciones socialistas. Tampoco era, frente lo que se ha dicho a menudo, un gobierno de intelectuales. Salvo Manuel Azaña, presente en el gobierno como dirigente de un partido republicano, no estaban allí esos intelectuales que tanto habían contribuido con sus discursos y escritos a darle la estocada a la Monarquía durante 1930. Ni Unamuno, ni Ortega, ni Pérez de Ayala o Marañón. Estos últimos desaparecieron muy pronto además de la vida pública o acabaron incluso distanciados del régimen republicano.

Lo que hizo ese gobierno en las primeras semanas, todavía con la resaca de la fiesta popular, fue legislar a golpe de decreto. Difícil es imaginar, efectivamente, un gobierno con más planes de reformas políticas y sociales. Antes de la inauguración de las Cortes Constituyentes, el gobierno provisional de la República puso en práctica una Ley de Reforma Militar, obra de Manuel Azaña, y una serie de decretos básicos de Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, que tenían como objetivo modificar radicalmente las relaciones laborales. Tal proyecto reformista encarnaba, en conjunto, la fe en el progreso y en una transformación política y social que barrería la estructura caciquil y el poder de las instituciones militar y eclesiástica.

El camino marcado por el gobierno provisional pasaba por convocar elecciones a Cortes y dotar a la República de una Constitución. “Una República democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia”, proclamaba el artículo primero de su Constitución, aprobada el 9 de diciembre de 1931, tan solo siete meses después de que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.

Esa Constitución, que decía que la República era “un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y de las Regiones”, declaraba también la no confesionalidad del Estado, eliminaba la financiación estatal del clero e introducía el matrimonio civil y el divorcio. Su artículo 36, tras acalorados debates, otorgó el voto a las mujeres, algo que sólo estaban haciendo en esos años los parlamentos democráticos de las naciones más avanzadas.

Constitución, elecciones libres, sufragio universal masculino y femenino, gobiernos responsables ante los parlamentos. En eso consistía la democracia entonces. No era fácil conseguirla y menos consolidarla, porque todas las repúblicas europeas que nacieron en aquellos turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, desde Alemania a Grecia, pasando por Portugal, España o Austria, acabaron acosadas por fuerzas reaccionarias y derribadas por regímenes fascistas o autoritarios.

Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. En los dos primeros años de la República se acometió la organización del ejército, la separación de la Iglesia y del Estado y se tomaron medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública.

 Pero esa legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre  varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. La Segunda República pasó dos años de relativa estabilidad, un segundo bienio de inestabilidad política y unos meses finales de acoso y derribo.

 Como consecuencia de esos antagonismos, la República encontró enormes dificultades para consolidarse y tuvo que enfrentarse a fuertes desafíos. En primer lugar, del antirrepublicanismo y posiciones antidemocráticas de los sectores  más influyentes de la sociedad: hombres de negocios, industriales, terratenientes, la Iglesia y el ejército. Tras unos meses de desorganización inicial de las fuerzas de la derecha, el catolicismo político irrumpió como un vendaval en el escenario republicano. Ese estrecho vínculo entre religión y propiedad se manifestó en la movilización de cientos de miles de labradores católicos, de propietarios pobres y “muy pobres”, y en el control casi absoluto por parte de los terratenientes de organizaciones que se suponían creadas para mejorar los intereses de esos labradores. En esa tarea, el dinero y el púlpito obraron milagros: el primero sirvió para financiar, entre otras cosas, una influyente red de prensa local y provincial; desde el segundo, el clero se encargó de unir, más que nunca, la defensa de la religión con la del orden y la propiedad. Y en eso coincidieron obispos, abogados y sectores profesionales del catolicismo en las ciudades, integristas y poderosos terratenientes como Lamamié de Clairac o Francisco Estévanez, que con tanto afán defendieron en las Cortes constituyentes los intereses cerealistas de Castilla; y todos esos cientos de miles de católicos con pocas propiedades pero amantes del orden y la religión.

Dominada por grandes terratenientes y sectores profesionales urbanos, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), el primer partido de masas de la historia de la derecha española, creado a comienzos de 1933, se propuso defender la “civilización cristiana”, combatir la legislación “sectaria” de la República y “revisar” la Constitución. Cuando esa “revisión” de la República sobre bases corporativas no fue posible efectuarla a través de la conquista del poder por medios parlamentarios, sus dirigentes, afiliados y votantes comenzaron a pensar en métodos más expeditivos. Sus juventudes y los partidos monárquicos ya habían emprendido la vía de la fascistización bastante ante. A partir de la derrota electoral de febrero de 1936, todos captaron el mensaje, sumaron sus esfuerzos por conseguir la desestabilización de la República y se apresuraron a adherirse al golpe militar.

Si, frente a la democracia, la derecha creía en el autoritarismo, una parte de la izquierda prefería la revolución como alternativa al gobierno parlamentario. La insurrección como métodos de coacción frente a la autoridad establecida fue utilizada primero por los anarquistas y detrás de sus sucesivos intentos insurreccionales –en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933- había, esencialmente, un repudio del sistema institucional representativo y la creencia de que la fuerza era el único camino para liquidar los privilegios de clase y los abusos consustanciales al poder. Sin embargo, como la historia de la República muestra, desde el principio hasta el final, el recurso a la fuerza frente al régimen parlamentario no fue patrimonio exclusivo de los anarquistas ni tampoco parece que el ideal democrático estuviera muy arraigado entre algunos sectores políticos republicanos o entre los socialistas, quienes ensayaron la vía insurreccional en octubre de 1934, justo cuando incluso los anarquistas más radicales la habían abandonado ya por agotamiento.

Esas graves alteraciones del orden, como lo había sido ya la fracasada rebelión del general Sanjurjo en agosto de 1932, hicieron mucho más difícil la supervivencia de la República y del sistema parlamentario, demostraron que hubo un recurso habitual a la violencia por parte de algunos sectores de la izquierda, de los militares y de los guardianes del orden tradicional, pero no causaron el final de la República ni mucho menos el inicio de la guerra civil. Y todo porque cuando las fuerzas armadas y de seguridad de la República se mantuvieron unidas y fieles al régimen, los movimientos insurreccionales podían sofocarse fácilmente, aunque fuera con un coste alto de sangre. En los primeros meses de 1936, la vía insurreccional de la izquierda, tanto anarquista como socialista, estaba agotada, como había ocurrido también en otros países, y las organizaciones sindicales estaban más lejos de poder promover una revolución que en 1934. Había habido elecciones en febrero, libres y sin falseamiento gubernamental, en las que la CEDA, como los demás partidos, puso todos sus medios, que eran muchos, para ganarlas y existía un Gobierno, presidido de nuevo por Manuel Azaña,  que emprendía otra vez el camino de las reformas, con una sociedad, eso sí, más fragmentada y con la convivencia más deteriorada que la de 1931. El sistema político, por supuesto, no estaba consolidado y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados.

Nada de eso, sin embargo, conducía necesariamente al final de la República ni a una guerra civil. Ésta empezó porque una sublevación militar debilitó y socavó la capacidad del Estado y del Gobierno republicanos para mantener el orden. El golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el propio seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que rompieron el juramento de lealtad a ese régimen en julio de 1936. La división del Ejército y de las fuerzas de seguridad impidió el triunfo de la rebelión, el logro de su principal objetivo: hacerse rápidamente con el poder. Pero al minar decisivamente la capacidad del Gobierno para mantener el orden, ese golpe de Estado dio paso a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se oponían. En ese momento, y no en octubre de 1934 o en la primavera de 1936, comenzó la guerra civil. Atrás quedaban cinco años de cambio, conflicto, esperanzas rotas y proyectos frustrados. Nada sería ya igual después del golpe de Estado de julio de 1936.

TRES FASES:

-Bienio reformista (Primero, un gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora; después, a partir de octubre de 1931, gobierno de Azaña, hasta septiembre de 1933)
-Bienio radical-cedista: desde noviembre de 1933 a diciembre de 1933, con gobiernos presididos por dirigentes del Partido Radical de Lerroux, con apoyo de la CEDA de Gil Robles.
-Período del Frente Popular, desde febrero de 1936 hasta el golpe de Estado de julio de 1936. Dos gobiernos: uno de Azaña y otro de Casares Quiroga
La República en paz duró cinco años. Y duró tres años más en guerra, desde julio de 1936 hasta su derrota definitiva el 1 de abril de 1939. Tuvo dos presidentes: Alcalá Zamora, desde diciembre de 1931 (cuando se aprobó la Constitución) hasta abril de 1936 y Manuel Azaña, desde mayo de 1936 hasta el final de la guerra.
Hubo 3 elecciones generales: las Constituyentes, con sufragio universal masculina, ganadas por republicanos y socialistas; las de noviembre de 1933, la primera vez que en España votaban las mujeres, ganadas por el Partido Radical (centro) y la CEDA (derecha católica); y las de febrero de 1936, ganadas por la coalición del Frente Popular, socialistas y republicanos (y algunos comunistas, por primera vez en la historia de España).