lunes, 22 de junio de 2015

Examen de conciencia de Paul Krugman: aciertos y errores en Economía.

Paul Krugman, "En qué acerté y en qué me equivoqué", El País, 22-VI-2015:

El premio Nobel repasa cuáles de sus pronósticos sobre la crisis se han cumplido y cuáles no en la última década

Hace poco, mientras hacía limpieza de mi despacho en Princeton, me di cuenta de la naturaleza efímera de escribir sobre políticas: una parte deprimentemente grande de mis estanterías estaba llena de 30 años de libros sobre la trascendental década siguiente. Vaya.

Pero, mientras iba añadiendo esos libros a la pila para regalar, me sorprendí a mí mismo en una cierta reflexión autorreferencial ­–y quizá autoindulgente– no sobre la década que se avecina, sino sobre la anterior.

Ya saben, han pasado casi 10 años desde que empecé a escribir sobre la crisis financiera y la Gran Recesión. (Por supuesto, al principio no sabía que, en realidad, estaba escribiendo sobre esas cosas). Todo empezó con mi diagnóstico de una burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, cuyo estallido yo sabía que sería malo, pero no tenía ni idea de que lo sería tanto como lo fue. En todo caso, ha habido un arco bastante coherente, y allí estaba yo reflexionando sobre mis aciertos y mis errores.

El punto de partida, como decía, fue la burbuja inmobiliaria. Ciertamente, no fui el único en dar la voz de alarma en ese frente. El economista Dean Baker, en particular, lanzó advertencias mucho antes y mucho más contundentemente. No obstante, creo que mi primer artículo al respecto aportó valor al poner de relieve la enorme diferencia entre el comportamiento de los precios en los estados en donde la construcción estaba restringida y en los demás.

Observando las medias nacionales se podía afirmar que los precios del sector inmobiliario tenían sentido, pero en cuanto uno separaba el conjunto adecuado de estados y ciudades, se encontraba cara a cara con la locura. Y, en los años siguientes, la bifurcación quedó abrumadoramente confirmada.

 Ese fue el principio. Desde entonces, ¿en qué he acertado y en qué me he equivocado?

Cosas en las que he acertado:

1. La burbuja inmobiliaria

Vale la pena recordar con qué insistencia se negó la burbuja, y cuánta de esa negación fue política; me repitieron un montón de veces que yo solo decía que había una burbuja porque odiaba a Bush.

2. La inflación, o la ausencia de inflación.

He escrito muchas veces sobre esto, pero después de que estallase la burbuja inmobiliaria, fui un firme defensor de la opinión de que las políticas expansionistas de la Reserva Federal no suponían ningún riesgo de inflación. Esto despertó una gran polémica, ya que la derecha estaba totalmente convencida de que la inflación estaba al llegar, y una parte del centro y de la izquierda se sentía, como mínimo, insegura al respecto.

3. Los tipos de interés

En estas condiciones no hay efecto desplazamiento (crowding out). Lo dije enérgicamente desde el principio, y sobre este tema hubo mucho titubeo entre los demócratas, demasiados de los cuales se tragaron el cuento acerca de los peligros del déficit, incluso en una economía deprimida.

4. La austeridad es perjudicial

Un montón de gente que debería haber tenido mejor criterio se creyó la ilusión del hada de la confianza, o al menos aceptó la idea de que los multiplicadores fiscales eran bastante bajos. Yo dije que en la coyuntura actual los multiplicadores serían altos. La investigación se ha puesto al día con este punto de vista y lo ha corroborado.

5. Estímulo insuficiente

Avisé enseguida y repetidamente de que la Ley de Recuperación y Reinversión de Estados Unidos de 2009 se quedaba muy corta, y de que esa insuficiencia tendría consecuencias duraderas. Por desgracia, tenía razón.

6. La devaluación interna es despreciable, tosca y larga

Desde el primer momento sostuve que ajustar los precios relativos dentro de la eurozona sería extremadamente difícil, y que nadie tiene la clase de flexibilidad de precios y salarios que permita que la “devaluación interna” se desarrolle sin sobresaltos. Y que a los países que podían llevar a cabo devaluaciones monetarias, como Islandia, les sería todo mucho más fácil.

7. Obamacare es factible

Es un tema diferente, pero en mi libro de 2007 Conscience of a Liberal [La conciencia de un liberal], defendí, sin originalidad, que un sistema sanitario de mandatos, regulación y subsidios al estilo de la Ley de Atención Sanitaria Asequible, aunque no se pudiese construir de la nada, funcionaría en Estados Unidos. (Yo quería una opción pública, pero esa es otra historia).

Cosas en las que me he equivocado:

1. La magnitud del desastre

Vi una burbuja inmobiliaria, sabía que las consecuencias serían malas, pero no tenía ni idea de lo malas que serían. Ignoraba el incremento de las operaciones bancarias en la sombra y no tuve en cuenta la deuda de los hogares o los desequilibrios dentro de la eurozona.

2. La deflación

Pensé que la deflación al estilo japonés era un riesgo inminente en todas las economías deprimidas. En cambio, ha habido una inflación notablemente persistente, baja pero positiva.

3. La caída del euro

Creo que, en su mayor parte, mi análisis de la economía de la eurozona y de sus problemas fue bastante bueno (no obstante, ver más abajo). Sin embargo, sobreestimé en mucho el riesgo de ruptura porque entendí mal la economía política: no caí en la cuenta de lo dispuestas que estarían las élites europeas a imponer un sufrimiento generalizado en nombre de la permanencia en la unión monetaria. En relación con lo anterior, tampoco me di cuenta de lo fácil que sería manipular una modesta mejora económica y convertirla en un éxito, incluso después de años de horror.

4. Los efectos de la liquidez en la deuda soberana

Por último, siento decir que pasé totalmente por alto la importancia de la liquidez y de la escasez de efectivo para dirigir los precios de los bonos en la eurozona. Hasta que el economista Paul DeGrauwe no intervino, no fui consciente de la enorme diferencia que supondría para Europa que el Banco Central Europeo cumpliese su función de prestamista de último recurso. De hecho, si el euro sobrevive, se debería atribuir a a DeGrauwe –y a ese tal Mario Draghi, que ha puesto en práctica sus ideas como presidente del Banco Central Europeo–gran parte del mérito.

Probablemente me haya dejado algunas cosas, aunque pienso que es interesante cuántos de mis detractores sienten la necesidad de atacar mi historial inventando pronósticos y afirmaciones que nunca he hecho. Aunque no cabe duda de que he cometido errores, creo que, en general, he acertado, sobre todo porque nunca he dejado que las preocupaciones de moda me aparten de la macroeconomía básica y he intentado en todo momento aplicar las lecciones de la historia.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008.

domingo, 21 de junio de 2015

Zelda Fitzgerald

El escritor y crítico Edmund Wilson escribió cómo conoció a Zelda Fitzgerald, autora de tapadillo de más o menos la mitad de lo que escribía su marido, cuando el pobre no podía dejar la botella y tenía que cumplir los plazos (los Cohen ya lo bosquejaron en el personaje del guionista borracho de su Barton Fink, aunque lo quieran identificar con Faulkner: es Fitzgterald, a quien le escribía los guiones que le tachaba Mankiewicz su esposa Zelda):

Me senté junto a Zelda en el apogeo de su iridiscencia. Algunos de los amigos de Scott andaban irritados con ella pero otros estaban encandilados, yo entre ellos. Poseía el abandono de una belleza sureña y la falta de inhibiciones de un niño hablando como lo hacía: con un color e ingenio tan espontáneos que dejé de preocuparme porque sus palabras tuvieran algún sentido y cómo seguirle el hilo. Pocas veces he conocido a mujer que se expresara con tanta delicia y así como al desgaire; no tenía frases hechas ad hoc y no hacía esfuerzo alguno para lograr efecto; se evaporaba fácilmente, sin embargo, aunque recuerdo algo que dijo esa noche, que la escritura de Galsworthy era tan gris que no contaba.

Verbos calificativos

Álex Grijelmo, "Verbos calificativos", El País, 211-VI-2015:

Una afirmación como “soy licenciado en Derecho” puede reproducirse así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”

Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos: “bueno”, “feo”, “impresentable”, “hermoso”…, o con los adverbios ( “falsamente”, “acertadamente”…, “mal”, “bien”). También existen los verbos calificativos.

Nos centraremos aquí, por razones de espacio, en los verbos del habla.

Un periodista puede escribir “el presidente de la empresa dijo que los resultados de este año serán mejores que los del anterior”. Y con el verbo “decir” no le cabrá mayor ecuanimidad, lo mismo que con sinónimos como “manifestó”, “expresó”, “enunció”…

Las opiniones no se expresan sólo con los adjetivos o con los adverbios 
No obstante, los redactores suben a veces un escalón al emplear verbos que dan información adicional: "El presidente de la empresa anunció que"... (pues dijo algo nuevo), o “el presidente matizó”, o “corrigió” (antes había expresado algo distinto), o "pronosticó que"... (su afirmación se adelantó a los hechos), o "insistió en que"... (porque repitió sus ideas)…

El siguiente peldaño, el tercero de nuestro relato, supone otro salto cualitativo: ya no se trata sólo de verbos que añaden información sobre lo dicho, sino que describen la manera en que fue expresado. Por ejemplo, aseguró (el hablante dio por cierto algo y lo hizo con convicción), o balbuceó (discurso entrecortado, actitud insegura), o musitó, vociferó…

En un cuarto y último escalón figuran ya los verbos que, con acierto o sin él, no sólo interpretan o describen, sino que se adentran en el espíritu de quien habla. Así ocurriría en casos como “el presidente de la empresa se ufanó de que los resultados de este año serán mejores que los del anterior” (o se jactó, o presumió, aventuró, osó decir, fantaseó…).

Ahí tenemos ya los auténticos verbos calificativos, los que incorporan dos significados: uno objetivo (alguien dijo algo) y otro subjetivo (juzgamos a quien lo dijo). De ese modo, puede ocurrir que una persona exponga en su currículo con toda sencillez “soy licenciado en Derecho” y que luego lo vea reproducido así: “Fulano se jacta de ser licenciado en Derecho”.

En las últimas semanas hemos podido leer o escuchar en prensa y radio frases como éstas: “La ministra Ana Pastor se vanaglorió ayer de que su departamento licitará (…)”. “El Rey conmina a los becados de La Caixa a ayudar al resto de la sociedad”. “Renzi suplicó ayer la convocatoria de un Consejo Europeo extraordinario”.

Y quizás Pastor, el Rey o Renzi no se reconozcan en el verbo que alguien adjudicó a esas maneras de decir algo. Porque suplicar equivale a “pedir con sumisión”, conminar significa “amenazar” o “imponer”, y vanagloriarse implica “alabarse presuntuosamente”.

Vale la pena por ello prevenirse ante los verbos calificativos, que pueden ser tan discutibles, manipuladores o injustos como un adjetivo, sobre todo si se cuelan en un texto de aparente objetividad.

sábado, 20 de junio de 2015

Modales y buenas maneras

Elvira Lindo, "Pedir disculpas", en El País, 20-VI-2015:

Pedir disculpas porque uno es tonto a veces, en el sentido de no advertir que mofarse del dolor ajeno es un síntoma de inmadurez, y el hacerse adulto consiste en reconocer, no sin algo de vergüenza, esos momentos en los que se fue rematadamente tonto.

Me di un golpazo en la cabeza al subir mi mochila al maletero. Todos los pasajeros me miraron y yo traté de superar la inexplicable vergüenza que provoca darse un coscorrón. De pronto, escuché una risa a mis espaldas. No lo podía creer: un jovenzuelo se reía de mi torpeza. Le miré fijamente a ver si reaccionaba, pero no. Me salió esa macarra que llevo dentro y que sólo hace acto de presencia cuando algo me enerva, le puse la mano en el hombro y le dije, “¿tú eres tonto, chaval?”. Se quedó desconcertado y ahí se acabó el episodio. Cuando tomé asiento reflexioné sobre mi reacción y concluí que he llegado a esa edad en que las mujeres nos volvemos valientes y con la autoridad que da la experiencia somos capaces de ponerle la mano en el hombro a un cretino y soltarle, ¿tú eres tonto, chaval?

Esa es la frase que un chaval o chavala te está pidiendo a gritos durante los años en los que padece esa enfermedad pasajera que es la adolescencia. Con esas palabras o con otras menos castizas se dirigieron a mí en alguna ocasión mis padres o alguna profesora que me colocó en mi sitio. Porque uno es tonto a veces, en el sentido de no advertir que mofarse del dolor ajeno es un síntoma de inmadurez, y el hacerse adulto consiste en reconocer, no sin algo de vergüenza, esos momentos en los que se fue rematadamente tonto. Estos días, como suele ocurrir en Españita, el debate sobre los límites del humor se ha enfangado y ahora andamos todos revolcándonos en la mierda. Y me duele especialmente, porque el hecho de que mis escritos con tanta frecuencia hayan sido censurados por los extremistas de la corrección política o por la presión del fanatismo religioso (USA o Irán), o sin ir más lejos, de que mis libros estén desaconsejados en algunos colegios (privados) españoles me ha llevado a reflexionar desde hace años sobre un asunto que es más resbaladizo de lo que parece. En el caso de mis libros juveniles pienso que tal vez hubiera sido mejor no publicarlos en ciertos países para no ser víctima de la delirante sobreprotección a los niños; en el caso, por ejemplo, de mis Tintos de Verano me irritaba que algunos lectores no entendieran que todo era pura comedia, pero el hecho de que fueran publicados en un periódico y de que yo hiciera uso de tantos aspectos reales de mi vida confundían lógicamente a parte del público, aunque todavía conservo como un tesoro una carta de Azcona en la que me decía: “No des tantas explicaciones, tú a lo tuyo”. Lo mío era, fundamentalmente, hacer chanza de ese personaje que se parecía tanto a mí, por tanto, mi humor carecía de límites: aquella mujer era neurótica, absurda, frívola y torpe. Y algo tengo de cada uno de estos adjetivos, pero en menor medida de lo que algunos quisieron creer. Porque en el humor cuenta tanto el narrador como el que escucha. Hay veces que la mala baba está en el receptor, y otras en que el contador ignora el alcance de sus palabras.

No tengo ninguna duda de que muchos de los indignados por los chistes de Zapata escenificaron un dolor que no sentían, y estoy segura de que no lo sentían porque no reaccionaron de la misma iracunda manera cuando un tipo de sus filas era grosero con las mujeres, por ejemplo, o cuando otro soltó en el Congreso un comentario insultante sobre las víctimas de la Guerra Civil. No me creo que sintieran un dolor insuperable por la brutalidad de un chiste quienes aceptan las groserías de los suyos. No cuela.

En cambio, hay otras personas que anteponen la empatía hacia los seres humanos a sus principios ideológicos y que de manera legítima se sienten violentadas cuando la “gracia” del chiste consiste en hacer escarnio de una víctima. Se ha escrito mucho sobre los límites del humor. Hay quien piensa que no deben existir. Pero existen. Hasta en la cultura más tolerante el humor tiene freno: el que se pone uno mismo. Ese es el esencial. Se ha escrito también que las propias víctimas hacen chistes sobre su desgracia. Están en su derecho a tener esa vía de escape, pero no es igual si yo llamo nigger a un afroamericano en Estados Unidos, que si se lo llaman entre ellos como un síntoma de reconocimiento y colegueo.

El humor cambia con los años. No es lo mismo el infantil que el adolescente, aunque haya personas que se queden fijadas en esa época de su vida. Creo que cuando Zapata pidió disculpas aceptó sinceramente su error, así que no sé a qué viene su linchamiento pero tampoco entiendo que sus amigos se empeñen en reivindicarlo. Pedir disculpas es un síntoma de madurez. Debo ser muy ingenua pero yo las acepto.

Procedimientos neoconservadores para engañar al pueblo en cuestiones económicas

Paul Krugman, "Vudú al estilo de ¡Jeb! Bush"  El País, 20 JUN 2015 

Nada hace pensar que los Republicanos tienen la fórmula mágica del crecimiento económico.

El lunes, Jeb Bush —o supongo que debería decir “¡Jeb!”, ya que parece haber decidido sustituir su apellido por un signo de exclamación— por fin presentó oficialmente su campaña para la presidencia y nos ofreció un primer atisbo de sus objetivos políticos. Primero, dice que si resultase elegido, duplicaría la tasa de crecimiento económico de Estados Unidos, hasta el 4%. Segundo, haría posible que todos los estadounidenses perdiesen tanto peso como quisieran, sin necesidad de hacer dieta ni ejercicio.

Vale, esa segunda promesa no la hizo, es cierto. Pero podría haberla hecho perfectamente. Habría sido tan realista como prometer un crecimiento de 4%, y bastante menos irresponsable.

Hablaré de la Jeb!conomía en un momento, pero primero dejen que les cuente un secretito económico; concretamente, que no sabemos mucho acerca de cómo elevar a largo plazo la tasa de crecimiento económico. Los economistas saben cómo propiciar la recuperación de las crisis temporales, aunque los políticos suelan negarse a seguir sus consejos. Pero una vez que la economía se acerca al pleno empleo, que siga creciendo depende de que aumente la productividad por trabajador. Y aunque hay cosas que podrían contribuir a ello, la verdad es que nadie sabe cómo conjurar un incremento rápido de la productividad.

¿Por qué, entonces, se imagina Bush que conoce secretos que se les escapan a todos los demás?

Una posible respuesta, que resulta de hecho un tanto cómica, es que cree que el crecimiento de la economía de Florida durante su mandato como gobernador sirve de ejemplo para el país entero. ¿Y dónde está la gracia de eso? En que todo el mundo excepto Bush sabe que, durante esos años, el auge económico de Florida se debió a la madre de todas las burbujas inmobiliarias. Cuando la burbuja reventó, el Estado se sumió en una profunda crisis, mucho peor que la del conjunto del país. Si sumamos el auge y la crisis, la trayectoria económica de Florida a largo plazo ha sido, en todo caso, algo peor que la de la media nacional.

Por tanto, la clave del historial de éxito de Bush radica en una buena elección del momento oportuno político: se las arregló para dejar el cargo antes de que la naturaleza insostenible del auge que ahora invoca se volviese evidente.

Pero las promesas económicas de Bush reflejan algo más que su voluntad de darse más importancia de la que tiene. También reflejan la costumbre que tiene su partido de presumir de su capacidad para propiciar un crecimiento económico rápido, aunque no haya prueba alguna que justifique esos alardes. Es como si unos cuantos hombres relativamente bajos tuviesen la costumbre de andar por ahí pavoneándose y diciéndole a todo el que se encuentran que miden 1,88 metros.

Para ser más concreto, la próxima vez que se topen con un conservador hablando de crecimiento, tal vez les apetezca responder con la siguiente lista de nombres y números: Bill Clinton, 3,7%; Ronald Reagan, 3,4%; Barack Obama, 2,1%; George H.W. Bush, 2,0%; George W. Bush, 1,6%. Sí, son los últimos cinco presidentes, y la tasa media de crecimiento de la economía estadounidense durante sus respectivos mandatos (en el caso de Obama, durante mandato hasta la fecha). Evidentemente, las cifras sin más no cuentan toda la historia, pero seguro que no hay nada en esa lista que indique que los conservadores poseen una especie de cura milagrosa para el crecimiento lento. Y, como muchos han señalado, si ¡Jeb! conoce el secreto del crecimiento del 4%, ¿por qué no se lo contó a su padre ni a su hermano?

O piensen en la experiencia de Kansas, donde el gobernador Sam Brownback sacó adelante unas rebajas fiscales que supuestamente iban a impulsar un rápido crecimiento económico. “Ya veremos como funciona. Haremos un experimento en directo”, declaró. Y ahora estamos viendo los resultados de ese experimento: el auge prometido nunca se materializó, los grandes déficits sí lo hicieron y, a pesar de los radicales recortes del gasto en educación y otros servicios públicos, al final Kansas tuvo que volver a subir los impuestos (y los que más sufrieron fueron los residentes con pocos ingresos).

¿Por qué, entonces, presumen tanto de crecimiento? Seguramente, la respuesta resumida sea que se trata, fundamentalmente, de encontrar el modo de vender las rebajas fiscales a los ricos. Estas rebajas son impopulares por sí solas, y todavía más si, como las reducciones tributarias que aplicó Kansas a las empresas y los ricos, deben sufragarse con subidas de impuestos a las familias trabajadoras y recortes en programas públicos que sí tienen aceptación. No obstante, las rebajas fiscales a los ricos son una prioridad política absoluta para la derecha; y las promesas sobre los milagros del crecimiento permiten a los conservadores afirmar que todo el mundo se beneficiará de las repercusiones positivas y hasta es posible que las reducciones tributarias se paguen por sí solas.

Naturalmente, existe una forma de referirse al hecho de basar un programa nacional en esta clase de vana ilusión que busca el beneficio propio (y el de los plutócratas). Allá por 1980, George H. W. Bush, que competía con Reagan por la candidatura republicana a la presidencia, lo llamó “política económica vudú”. Y aunque la reaganolatría sea ahora obligatoria en el Partido Republicano, lo cierto es que tenía razón.

Por tanto, ¿qué dice del estado del partido el hecho de que el hijo de Bush —descrito a menudo como el miembro moderado y razonable de la familia— haya decidido convertirse a sí mismo en sumo sacerdote de la economía vudú? Nada bueno.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía de 2008.

Entrevista a Félix de Azúa

Emma Rodríguez, entrevista a Félix de Azúa, reciente académico, en Letras Sumergidas, 2013:

Félix de Azúa: “Hoy los editores tendrían problemas para publicar a Faulkner”

Dice Félix de Azúa que “somos primitivos de nuestra era, que comenzó hacia 1970 y aún no ha cumplido los cincuenta”. Dice que aún estamos “emergiendo del Antiguo Régimen del mundo industrial, en el cual los grandes relatos y las utopías (la venta de felicidad) sosegaban la ausencia de sentido”; “que aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina”.

Es uno de los análisis que hace en su último ensayo, “Autobiografía de papel” (Mondadori), donde atraviesa los cambios vertiginosos experimentados en la cultura, concretamente en los distintos ámbitos en los que se ha desenvuelto su carrera como escritor: la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo. Es una original manera de hablar de sí mismo y de su generación, tal vez la última que creyó en la fuerza, en el poder sagrado de la palabra artística.

Un viaje hacia el pasado que permite mirar por una pequeña rendija el nuevo paisaje por venir, un paisaje altamente tecnificado donde los jóvenes del futuro han de reinventar el significado de palabras como libertad. Esta entrega vuelve a mostrar otro lado del  retrato de un hombre al que tanto le ha gustado siempre jugar a observarse con ironía en el espejo de la ficción, en los reflejos de la identidad, de las búsquedas, de las pérdidas y las convicciones: “Historia de un idiota contada por sí mismo”; “Diario de un hombre humillado” o “El aprendizaje de la decepción”, son títulos que en sí mismos van marcando el itinerario de quien mira al mundo en el que ha vivido, en el que vive, intentando explicárselo en sus vaivenes, en sus transformaciones.

Contar las verdades, provocar al lector, enfrentándolo a prejuicios y mitos asumidos, es la manera que Azúa pone en práctica tanto en el ensayo como en “Contra Jeremías”, el volumen que acaba de publicar Debate con sus artículos periodísticos. Unos artículos que, “buscan al lector que quiera encontrar algún consuelo en una posición totalmente marginal, la de no creer una sola palabra gubernamental y construir su propia vida como si no existiera la España oficial”, según explica en el prólogo el autor, asegurando que ha tomado la política como un material literario y que ha procurado no dejarse atropellar por quienes “se han apropiado de la democracia, del país y de nuestra vida privada”. “Porque aunque ellos no lo crean seguimos siendo libres para llevar la vida que queramos”, señala Azúa. Una defensa del individualismo que se convierte en el tronco central de su pensamiento.

 En sus artículos periodísticos Azúa busca “al lector que quiera encontrar algún consuelo en una posición totalmente marginal, la de no creer una sola palabra gubernamental y construir su propia vida como si no existiera la España oficial”
– Al adentrarse en las páginas de la “Autobiografía en papel” es inevitable no pensar en hasta qué punto lo que uno ha leído es capaz de trazar un retrato en ocasiones mucho más certero y profundo que las propias vivencias biográficas. ¿Esa fue la idea de partida?

– Creo que uno es en gran medida lo que ve y lo que lee. Realmente cuando le pedimos a alguien que nos haga la lista de sus libros favoritos llegamos a tener un retrato extraordinariamente exacto de esa persona. Yo, además, puedo decir que en mi generación, que ha sido una generación muy literaria, hemos hablado de los libros como si fueran personas, y nos hemos peleado por ellos de la misma manera. No llegábamos a decir “este libro es un canalla”, no, pero por ahí iban los tiros… (Risas). En este ensayo, que es una continuación de “Autobiografía sin vida”, donde realizaba el mismo ejercicio, pero referido a la pintura, a las bellas artes, no se trata de mi vida, sino de mi vida como caso. Yo soy un modelo, por fortuna bastante normal, incluso vulgar, que se reproduce en cientos de miles de personas, cientos de miles influidas por la misma literatura, por el mismo arte. Incluso siendo consciente de ir contra el márketing, me atrevo a decir que quien lea este libro tiene que haber leído bastantes de las obras de las que hablo. De lo contrario no se va a enterar de nada.

– ¿Entonces es una obra dirigida únicamente a buenos lectores, a gente capaz de identificarse profundamente con ciertos libros y autores?

– Bueno, podemos decir que entran en juego determinados mecanismos de identificación. Mecanismos que, por otra parte, también se dan en la gente que no lee, que es más sencilla intelectualmente, y establece conexiones con películas, series de televisión, culebrones... Dicho de otra manera, lo que transmite la literatura es algo enormemente arcaico, primitivo, originario e imprescindible. A mí siempre me hizo mucha gracia aquella época en la que desde ciertos sectores se criticaba a las marujas, a las pobres amas de casa con poca educación, que seguían los seriales de la radio o de la tele. Esa crítica me parecía muy pretenciosa, porque a esas mujeres, en su nivel, en su orden, les pasa exactamente lo mismo que a otras personas al leer a Proust. Necesitan modelos, necesitan aprender a vivir, saber cuáles son los matices de las relaciones humanas, salir del ámbito cerrado de sus limitadas experiencias, en su caso a través de  culebrones que, aunque sean grotescos, les muestran posibilidades enormes: incestos, adulterios, crímenes, amores que acaban en suicidio… Todo eso es básico, absolutamente real.

Félix de Azúa. Nacho Goberna © 2013

– ¿Es esta “Autobiografía” el retrato de un hombre decepcionado?

-Es curioso porque no eres la primera que me dice esto. Y para nada. En este libro he intentado ser lo más objetivo posible, no dejarme engañar por nada y si tenía que ser un poco cruel, pues lo era, pero sin ninguna decepción. Si ahora mismo bajara ese hada madrina que todos tenemos, aunque nunca nos ayuda, y me propusiera volver a los 20 años, sacaría la pistola y me la cargaría ahí mismo. Ni soñarlo. Yo no echo en falta nada, no siento nostalgia ni melancolía por el pasado. El mundo, la vida, no sólo no me ha decepcionado, sino todo lo contrario. Me ha llenado de gozo y de alegría. Para mí la vida es una fiesta; dicho lo cual no me puedo engañar en absoluto sobre las condiciones en las que se desarrolla esa vida, que no tiene nada de fácil. Una cosa es que yo no esté decepcionado y otra que no sepa exactamente cuáles son las condiciones que se imponen de una manera férrea desde el exterior. Dicho incluso de una manera más simple: no hay decepción porque todo el mensaje del libro es: “Hazme el favor de creer en ti, deja de creer en colectivos, cosas gregarias, ideologías, partidos, religiones. Haz el favor de creer en ti…”

– Entonces, por lo que dices, sí puede hablarse de una decepción, no individual, sino respecto a la sociedad, hacia la colectividad, hacia el tiempo que vivimos… La decepción, el desencanto, es el tono que impregna el ensayo. Se deja muy poco hueco a la esperanza.

– Exactamente. Pero es que, aún a riesgo de resultar pretencioso, debo decir que ese es mi estilo. Desde el primer libro hasta el último; desde “La historia del idiota” hasta éste, parece que mi función ha sido decir: “Yo esto lo veo de esta manera… A mí esto me parece que es una trampa, que es un engaño, que es mera publicidad. Y no veo otra forma de escapar de todo ello que el individualismo más brutal, pero siempre un individualismo que procure no hacer daño a nadie, un individualismo de: “métete en ti, trabájate, entérate de quién eres y de lo que quieres realmente, porque la mayor parte de las veces es por pereza de pensar que uno se mete a creer en religiones, partidos, ideologías…”. Todo eso está en mi discurso.  No sólo cuento decepciones y fracasos, sino que más bien trato de hacer un mapa de cómo están las cosas. Como yo tengo un referente de hace 50 años, puedo hacer la comparación. Puedo decir: “Mira, vosotros veis esto ahora y os parece lo normal, pues os voy a decir cómo era antes para que podáis comparar y ver que han pasado muchísimas cosas; que el mundo de ahora y el mundo de antes están separados no por 50 años. Están separados por tres siglos. Si algo me gustaría conseguir es que quien se acerque a este ensayo se de cuenta de que alguien que lo ha vivido es capaz de explicarle qué es lo que ha pasado y cómo ha pasado. Si al final sufre una decepción puede ser porque quizás tenía esperanzas en otro lugar y a lo mejor ése no era el lugar adecuado; porque yo sí tengo esperanzas, por supuesto, esperanzas y un enorme interés por saber qué es lo que va a pasar.

 Una cosa es que yo no esté decepcionado y otra que no sepa exactamente cuáles son las condiciones que se imponen de una manera férrea desde el exterior. Dicho incluso de una manera más simple: no hay decepción porque todo el mensaje del libro es: “Hazme el favor de creer en ti, deja de creer en colectivos, cosas gregarias, ideologías, partidos, religiones. Haz el favor de creer en ti…”
– Pero, ¿no es cierto que vivimos con una sensación de fracaso permanente: fracasados como sociedad, fracasados como país, fracasados como europeos…?

– Bueno, sí, pero ¡ojo!, porque esta sensación la ha habido siempre, aunque tendamos a olvidarlo porque también existen pequeños momentos de fiesta. No te quiero decir la sensación de fracaso que teníamos los de mi generación cuando vivíamos en Madrid con 20 o 30 años, esa sí que era una sensación de fracaso. ¿Qué hago yo aquí, bajo este paraguas de militares y curas? La sensación de fracaso nunca es verdadera. Hay momentos difíciles, claro, y son los momentos en los que hay que inventar cosas. Precisamente en la España de Franco, aquella España espantosa, yo y la mayoría de mis amigos y compañeros de generación nos fuimos fuera, aprendimos francés e inglés fuera de nuestro país y vimos cómo funcionaba Europa cuando España era África. Luego todo eso se aplicó. En el momento eufórico, cuando Felipe González ganó las elecciones en el 82, mucha de la gente con la que contó, venía de esa experiencia. Maravall había estado conmigo en Oxford dos años antes… Ese momento de euforia duró un tiempo y nos hizo olvidar el fracaso, pero luego llegó el episodio de los GAL y recuperamos la misma sensación ácida. Decíamos que la izquierda había fracasado, que aquello era un desastre. Todo es un ir y venir y ahora estamos de nuevo metidos de lleno en la pérdida de la euforia. Lo que sucede es que es mucho más grave porque es global. Antes estábamos acostumbrados a echar toda la culpa a España, a Franco, al presidente de turno. Ahora estamos en un momento en el que la infelicidad es general, global. Ha llegado a toda Europa, también a EEUU, aunque lo disimulen mejor… Es algo muy gigantesco; la sensación de fracaso es enorme.

– Pero hay otra variante importante. Cuando hablas de la España de Franco, de la dictadura, en esa etapa existía la esperanza del cambio, de ir hacia un modelo de Estado diferente; pero ahora sabemos que no; que el problema no es la crisis económica sino el pudrimiento de todo el sistema. Y desde los poderes establecidos se ponen todo tipo de cortapisas al recambio, a la transformación…

– Estoy de acuerdo: no hemos fracasado nosotros. Ha fracasado Europa, la Democracia, la Unión Europea, el sistema monetario. Es una enormidad. ¿Y eso qué quiere decir? Quiere decir que estamos cambiando de paradigma, como se decía antes, de era, de civilización. Estamos yendo hacia otra cosa. Seguro que esa otra cosa les provocará a los más jóvenes un momento de euforia tarde o temprano, pero todavía no ha aparecido. Por eso yo insisto siempre en estos libros que pueden parecer tan negativos: “Cuidado, lo que tienes que hacer es cuidar de ti mismo. Es verdad que los tiempos son malos, pero eso lo que exige es simplemente más esfuerzo, más imaginación y menos queja”.

Félix de Azúa. Nacho Goberna © 2013

– Es decir: que debemos alegrarnos, que la euforia está por venir.

– Sí. Y a lo mejor empieza mañana. No hay que desconfiar. Yo creo que los escépticos; bueno, los escépticos no, que son buena gente… Yo creo que los cínicos, los que no creen en nada, los que lo ven todo asqueroso, pero se aprovechan de ello, son gente, por decirlo así, que tiene la religión atravesada; gente que durante mucho tiempo creyó que había paraíso y que ellos iban a entrar por su puerta y ahora se han dado cuenta de que el paraíso no existe y reaccionan con rabia, con un resentimiento tremendo. No hay nada peor que el cristianismo corrompido.

– Siguiendo en la línea de los interrogantes acerca de lo que ha de venir, en “Autobiografía de papel”, se dice que “el gran desarrollo técnico del siglo XX es todavía una gran incógnita”, y también que “estamos a punto de cruzar un umbral”. Por otro lado, se argumenta que “todo es mercancía, producto, consumo, capitalismo…” ¿Cruzar ese umbral no tendría que pasar por abandonar esa fase, llegar a un nuevo modelo en el que lo material se diluya, en el que el producto, la mercancía, no sea lo más importante?

– Para responder a esa pregunta haría falta un seminario (risas). Bueno, para empezar, debo dejar claro que para mí la mercancía no es mala, sino que es muy buena. Yo soy partidario de la mercancía. Por ejemplo, las pinturas de la bóveda de la Capilla Sixtina son producto de un mercado. Hay colegas míos que se escandalizan ante la mercantilización del arte, pero afortunadamente el arte, la creación en todas sus vertientes, siempre ha formado parte del mercado. El problema es cuando el arte es sólo eso, sólo mercancía. El arte es una actividad humana rarísima, misteriosa, muy poco conocida. Yo me he dedicado 30 años a estudiarlo y te aseguro que no sé lo que es el arte. Pero sí tengo claro que se trata de una de las actividades humanas en las que es posible pasar por encima de la mercancía. Un automóvil es una mercancía sin más, y un bolígrafo y un teléfono móvil. Sin embargo, “En busca del tiempo perdido” es una mercancía y, además, es otra cosa. Y eso es muy raro, es lo que lo convierte en algo muy especial. El problema no es la mercantilización generalizada, que cada vez va copando mayores áreas y tomando más terreno; el problema es que desaparezcan las mercancías artísticas, de las que cada vez hay menos.

– Eso dependerá de que  se vendan o no…

– No del todo. Hay casos, pienso por ejemplo en el Nobel sudafricano J. M. Coetzee, cuya literatura es artística y que se vende muy bien, o en Foster Wallace, el norteamericano que se suicidó. A veces esto sucede, cuando lo normal sería que estos autores vendieran muchísimo menos que los que escriben novelas de templarios, pederastas, costureras y demás. No, no depende de la venta. Hay productos que son mercancías puras y simples y otros que, además, son arte. Y estos segundos son cada vez más escasos. Cuando yo fui por primera vez a París, con 18 años, a lavar platos y a ver mundo, si le preguntabas a un francés cómo estaba la literatura francesa respondía que “de maravilla” y hacía la enumeración: Louis Aragon, Breton, René Char, Cocteau, Saint-John Perse… Y en Inglaterra otro tanto de lo mismo: Eliot, Larkin… Los poetas. Ahora eso ha cambiado radicalmente. Claro que sigue habiendo poetas, pero el problema es que ya no tienen ningún peso, se ha producido su acabamiento, son como un capricho, un club. Y con la novela pasa lo mismo. No podemos comparar a los novelistas de los años 60 -desde Faulkner a Thomas Mann-, con los que tenemos ahora. Claro que sigue habiendo escritores que hacen novela artística, pues sí. En España están Marías, Vila-Matas… Y en Latinoamérica también los hay, pero son muy pocos comparados con los de antes, cuando se podía llegar a contar en Europa hasta la centena. En eso no hay que engañarse. Actualmente la mercancía funciona mejor que nunca, y eso permite a las editoriales sobrevivir y publicar a algunos autores que nos dedicamos a una literatura más artística, pero es verdad que cada vez  hay menos. Y es verdad lo que algunos editores dicen: que en estos momentos tendrían problemas para editar a Faulkner.

– Si se le preguntara ahora a un grupo de editores qué preferiría: si editar una obra transformadora, de esas capaces de cambiar el curso de la literatura, tipo “La metamorfosis” o “En busca del tiempo perdido”, por citar dos ejemplos, o un best seller tipo “Harry Potter”, ¿por qué crees que optarían?

-Bueno, yo tengo muchos amigos editores que son conscientes y con los que suelo hablar de este problema. Se trata de gente que lee a Proust o a Faulkner. Todos me dicen lo mismo: la transformación más grande que se ha producido es ésta. Hay un mercado enorme de lectura comercial, que antes no existía, gracias al cual todavía se pueden editar obras artísticas; y, sobre todo, todavía se puede publicar a los jóvenes, a autores que están empezando y que en principio no tienen ninguna imagen. Todos sabemos que hoy el “merchandising” se hace a través de la imagen y, claro, coger a un chaval del que nadie sabe nada e intentar vender el producto de este chaval es complicadísimo. Ya se sabe que se va a perder dinero. Pero ser editor, en países como España o Italia, sigue siendo aún, a diferencia de Estados Unidos, algo muy vocacional.

Félix de Azúa. Nacho Goberna © 2013

– Lo que también se está confundiendo es la frontera entre el éxito y el fracaso. ¿Un escritor se siente fracasado cuando no vende? ¿Siente que ha triunfado por vender muchos ejemplares de un libro o por alumbrar una obra inspiradora?

– Es enormemente difícil. Por un lado, vender, aunque sólo sea lo suficiente, te da ánimos para seguir. No vender absolutamente nada impone una actitud muy heroica, que a mi modo de ver es lo que cada vez resulta más difícil de mantener. En otros momentos, en lo que fue la España de mi juventud, aún se podía asumir esa idea romántica de sacrificarlo todo por la literatura, pero ahora es mucho más complicado. Conozco a muchos escritores jóvenes, algunos con auténtica ambición literaria, que no pueden practicar el esfuerzo gigantesco que eso supone. ¿Será siempre así o es sólo fruto de un momento? Fíjate, en el siglo XIX hubo una etapa en la que realmente los escritores eran malditos, desdichados, pobrísimos, suicidas, alcohólicos, desgraciados… Fue una etapa muy breve, muy concreta. ¿Se puede volver a producir? ¿Es posible que vuelva a darse una generación con una fe religiosa en el arte hasta el punto de sacrificar sus vidas? Lo hemos vivido después en el mundo del rock, de la música popular, pero en literatura yo creo que no volverá a pasar, que es imposible.

 En el siglo XIX hubo una etapa en la que realmente los escritores eran malditos, desdichados, pobrísimos, suicidas, alcohólicos, desgraciados… Fue una etapa muy breve, muy concreta. ¿Se puede volver a producir? ¿Es posible que vuelva a darse una generación con una fe religiosa en el arte hasta el punto de sacrificar sus vidas? Lo hemos vivido después en el mundo del rock, de la música popular, pero en literatura yo creo que no volverá a pasar, que es imposible.
– ¿Te parece peligroso que el papel, la función que tuvo el poeta en su día, haya pasado al personaje mediático?

– Bueno, volvemos a lo de antes. Será peligroso un tiempo, pero seguro que habrá remedio. Yo creo que llegará un momento en el que el personaje mediático, tan odioso como siempre, ese que antes estaba representado por el señor cura de la parroquia del pueblo, será sustituido por otros tipos más interesantes. Yo tengo una cría de un año y medio y muchas veces pienso: “bueno, a ver qué pasará con ella”. Pues estoy seguro, convencido, de que esa niña va a encontrar los mismos alicientes que nosotros hemos encontrado. Los encontrará en un mundo cibernético, es muy probable. Los encontrará en un mundo de una tecnificación que no podemos ni soñar. Pensemos que hace 20 años no existían los ordenadores personales. No tenemos ni idea de lo que va a suceder, pero seguro que va a encontrar todo lo que le haga falta para convertirse en una persona digna.

– Volvamos al inminente cambio de era, al umbral. En la “Autobiografía de papel” dices que “algo está feneciendo y una cosa nueva está a punto de nacer”. Viéndolo así parece muy estimulante. ¿Te lo parece?

– Por supuesto que sí, que me parece estimulante. A la gente que me dice que yo lo veo todo muy negro les contesto que está equivocada. No lo veo negro, todo lo contrario. Es verdad que hay mucho dolor, mucho sacrificio, pero, por otro lado, me parece una época interesantísima. Cada cinco años el mundo cambia a una velocidad de vértigo. Yo me acuerdo de lo que era viajar en avión hace nada, 15 años. Era algo elegante, lujoso. Pero ahora los aviones parecen autobuses de línea donde la gente va como ganado. Ahora lo lujoso realmente es ir en tren. Y si esto, que parece tan simple, ha pegado este cambiazo, no tenemos ni idea de lo que va a suceder dentro de 10 años.

– El placer de viajar en tren es como una vuelta al pasado. ¿El cambio puede venir recuperando cosas del pasado que ya dábamos por inútiles, por perdidas?

– Sí. Puede suceder que lo que llamamos pasado sea el futuro. Vayamos a la Venecia del Renacimiento. El Renacimiento es una época muy curiosa. Los humanistas eran unos tipos de la Italia del Norte, florentinos, milaneses, que veían un futuro esplendoroso, pero con la forma del pasado. Entonces empezaron a hacer cosas muy graciosas. Se iban, por ejemplo, a los montes, por los Alpes, medio muertos de frío, para llegar a monasterios donde compraban las viejas ediciones manuscritas de las obras grecolatinas. Y lo hacían porque su idea del futuro tenía la forma del pasado. Eso puede volver a suceder. Uno de los errores más grandes de la izquierda que tenemos, y que ha perdido todas las ideas y toda la capacidad de pensar, es el progresismo mecánico que ha aplicado sin tregua. Eso ha sido un error, una falacia, la práctica de un lenguaje de la Guerra Fría. No todo lo del pasado es horrible. Al cargarse el pasado y la Historia, han maltratado la educación y la han dejado en manos del totalitarismo nacionalista. En el Renacimiento sucedió todo lo contrario y puede aparecer de nuevo, perfectamente, una forma de hacer futuro utilizando cosas del pasado. ¿Por qué no?

 Yo tengo una cría de un año y medio y muchas veces pienso: “bueno, a ver qué pasará con ella”. Pues estoy seguro, convencido, de que esa niña va a encontrar los mismos alicientes que nosotros hemos encontrado. Los encontrará en un mundo cibernético, es muy probable. Los encontrará en un mundo de una tecnificación que no podemos ni soñar.
Félix de Azúa. Nacho Goberna © 2013

– Dices que entramos “en tierras ignotas”.

– Sí, claro, porque no tenemos ni idea de lo que va a pasar. Yo he dado clases 30 años en la universidad y en todo momento he procurado ser objetivo y fiel a lo que estaba contando. Pero los alumnos muchas veces venían y me preguntaban. “Entonces, ¿Qué hay que hacer? Yo siempre les decía que eso se lo tenían que responder ellos mismos; que el hecho de creer que podían preguntárselo a alguien ya era un mal indicio. Tenemos que intentar meternos en nosotros mismos para saber realmente lo que queremos, porque estamos en tierra ignota. Yo imagino que hacia el 490 o el 500 venía un amigo y decía: “oye, nos vamos a descubrir América”. Era la época de eso, de los descubrimientos, de los viajes. Pero hoy, tenemos que ser conscientes de ello, nuestro mundo es un mundo muy estrecho, enormemente controlado. La tecnificación no es otra cosa que un mecanismo de control y por lo tanto tenemos que cuidar de nosotros mismos. Estamos solos.

– Es muy interesante el análisis que haces al final del libro del periodismo, un territorio donde se ha producido el cambio de manera veloz, pillando a la mayoría con el pie cruzado, sin saber cómo afrontarlo. Todo ciudadano puede ejercer en la actualidad el periodismo, la opinión. ¿Podemos llegar por ese cruce de informaciones, de pareceres, a crear una sociedad totalmente desinformada?

– Bueno, yo diría que ya estamos en ella. Nuestra sociedad está totalmente desinformada. El periodismo de mi infancia era todavía el periodismo de las películas de John Ford: unos edificios muy altos, con un director muy grosero, siempre con un puro en la boca, y unos periodistas que luchaban por la verdad y la justicia. En la actualidad el periodismo, que es una actividad extensísima, ya que abarca todas las redes sociales y los foros, está en manos de diez corporaciones. Diez corporaciones que por un lado tienen una sección de comunicación y por el otro pueden tener alimentación, armas, productos químicos y comida para perros. Son monstruos, monstruos legales, y todos sabemos cuando abrimos un periódico o cuando escuchamos una determinada emisora de radio que lo que se nos está diciendo allí es lo que conviene a cada empresa mediática. La vieja idea del periodismo como lucha por la justicia, la libertad y la verdad, se acabó. Es otra de esas cosas que se han acabado, ¿Se podrá sustituir por algo? Seguramente se sustituirá, pero de momento no sabemos por qué. De momento lo que tenemos son blogs, aventuras de gente en solitario, de pequeños equipos. Desgraciadamente aún no tenemos la posibilidad de darles mayor o menor credibilidad, pero sí creo que se irá haciendo una criba y que todo acabará encajando de alguna manera, irá tomando forma.

– Los medios convencionales suelen echar la culpa de su propia crisis a la economía, a Internet, pero en realidad se trata de la pérdida de la independencia, de la credibilidad…

– Bueno, si hubiese que aplicar un análisis marxista, por tanto pasado de moda y antediluviano, diríamos que los grandes poderes, económicos sobre todo, han logrado neutralizar el periodismo como cuarto poder, han logrado taparle la boca al único que todavía molestaba. ¿Hay alguna posibilidad de cambiar eso?, no. No nos engañemos, no volveremos a vivir, aunque a veces algunos lo pretendan emular, el periodismo de los años 60, el de las películas de John Ford. Eso se terminó y por lo tanto hay que trabajar para ver cómo lo sustituimos. Lo fascinante de esta época es que está todo por hacer.

 La vieja idea del periodismo como lucha por la justicia, la libertad y la verdad, se acabó. Es otra de esas cosas que se han acabado, ¿Se podrá sustituir por algo? Seguramente se sustituirá, pero de momento no sabemos por qué. De momento lo que tenemos son blogs, aventuras de gente en solitario, de pequeños equipos. Desgraciadamente aún no tenemos la posibilidad de darles mayor o menor credibilidad, pero sí creo que se irá haciendo una criba y que todo acabará encajando de alguna manera, irá tomando forma.
– “Las revoluciones verdaderas son imprevisibles, no tienen líderes”, leo en “Autobiografía de papel”.

– En cualquier momento puede haber una revolución, claro que sí. Pensemos en el 15-M. Fue un movimiento acogido con simpatía por muchos sectores de la población. Fue espontáneo, no estaba dirigido por ningún partido. Eran asamblearios, ¡qué bien!. Pero enseguida pasó a convertirse en un espectáculo y hubo personajes que quisieron apropiárselo, caso de Jorge Verstrynge. No se dieron cuenta de que para que algo así pudiera funcionar tenía que ser conspirativo, nunca un espectáculo. La dirección, las figuras que encabezan cualquier movimiento, son necesarias, pero no pueden alentar el espectáculo, porque ahí ya te han comido, ya estás acabado.

– Pero en la época del espectáculo, del triunfo de lo mediático, es muy difícil conseguir eso.

– Claro que es difícil y por eso se requiere tener mucha imaginación. Yo repito una y otra vez que ésta no es una época de revolucionarios. Es una época de conspiradores.

– ¿Y cómo puede el ciudadano de a pie conspirar hoy en día?

– (Risas…) Bueno, si te lo dijera ya no sería una conspiración. Ernst Jünger introdujo en su obra una figura, la de “el emboscado” que se enfrenta a la tiranía. Puede dar algunas pistas. No pienso decir nada más (de nuevo risas… Enigmático final).

viernes, 19 de junio de 2015

La respuesta a la crisis según Ekáizer

"La desigualdad ha sido la respuesta a la crisis. Dentro y fuera. Un incremento de la desigualdad en España; un aumento de la desigualdad entre países del Norte y del Sur. Eso es la refundación germana del euro".  Ernesto Ekáizer.

jueves, 18 de junio de 2015

Entrevista con Alejo Cuervo, editor de Martin y dueño de la editorial Gigamesh

Jacinto Antón, entrevista con el editor de George R. R. Martin y dueño de la editorial Gigamesh, Alejo Cuervo, El País, 18-VI-2015:

“Es fantástico ser un friki con presupuesto ilimitado”. El librero celebra los 30 años de su establecimiento en pleno auge de 'Juego de tronos'

Alejo Cuervo cojea. No es a causa del disparo de una pistola láser ni porque le haya caído en el pie la colección completa de Canción de hielo y de fuego. Es que ha sufrido una infección en la extremidad. Eso no le amarga sin embargo esta gran semana en la que su librería, Gigamesh, el establecimiento de referencia en fantasía, ciencia ficción y terror (y en vicio y subcultura, como ha acuñado él), celebra 30 años. Desde el año pasado la librería, que nació en la barcelonesa ronda de Sant Pere —y alcanzó fama en toda la galaxia—se encuentra en el número 8 de la calle de Bailén de la ciudad en un local enorme y lleno de maravillas como una nave madre alienígena. El milagro se debe esencialmente a los beneficios obtenidos con la publicación de la serie de novelas de George R. R. Martin, cuyos derechos posee Cuervo —el apellido parecía predestinarlo a ese festín editorial—. El feliz librero, editor y autor (ha publicado una serie de textos propios, Exégesis), luce lo que parece una camiseta de promoción de un whisky hasta que te das cuenta de que la marca “Loch Cthulhu” es una broma lovecraftiana. Mira con esos ojos tan desconcertantemente azules que parece un personaje de Dune atiborrado de la especia melange.

Pregunta. ¿No piensa ir a Girona a ver si consigue plaza de extra para la sexta temporada de Juego de tronos?

Respuesta. Ya ves que estoy en baja forma. La verdad es que me gustaría.

P. Pues no será porque no tenga entrada...

R. No se, una cosa es Martin y otra la HBO.

P. Hombre, no le van a negar un cameo. ¿De qué le gustaría?

R. Soy muy pro Lannister. Creo que haría un buen Lannister.

P. Es cierto que tiene fama de puñetero.

P. Una vez Parris, la mujer de Martin, que me encontraba guapo, me regaló la camiseta oficial de los Targaryen, Dijo que me pegaba ser uno de ellos. Martin por su parte me dio la de los Lannister.

P. ¿Qué tal lleva el éxito el viejo Martin?

"Seguramente va mejor para la cabeza 'Yo, robot' que 'Madame Bovary"
R. Bien en algunos aspectos, mal en otros. En el social se siente muy cortado, con su popularidad ya no te puedes mover bien. En la parte positiva está que ahora se ha convertido en un friki con presupuesto ilimitado. Que es como me siento un poco yo. Él se ha comprado el cine al que iba de pequeño y proyecta lo que le gusta y cosas de los amigos. Y te puedes imaginar cómo ha mejorado su colección de miniaturas. Yo he cumplido mi capricho de tener una gran librería.

P. ¿Y como creador le ha afectado el éxito a Martin?

R. La densidad narrativa no es la misma de las primeras novelas. Pero las cosas son como son. Falta ver cómo acabará la serie. En todo caso, él es uno de los mejores constructores de finales de toda la literatura fantástica, así que ¡que se prepare el personal! Tiemblo de anticipàción.

P. ¿Qué ha ocurrido desde que abrieron en 1985?

R. ¿Aparte del auge del neoliberalismo? De todo. En resumen, para lo que nos ocupa: lo que era una rareza y un género menospreciado, el fantástico, ha dejado de serlo. De hecho todo el ocio que consumen los jóvenes es fantástico: juegos de ordenador, de tablero, lectura, series. Toda la ficción actual se nutre del fantástico.

P. ¿Y a qué achaca esa preminencia?

R. A la capacidad del género de prepararte para un mundo en contínuo y veloz cambio. En general, el fantástico te prepara más para la vida que el realismo.

R. No estará diciendo que es mejor leer Yo, robot que Madame Bovary.

R. ¿Tiene mejores valores Madame Bovary? Estéticamente quizá sí, ¿pero como aprendizaje? Seguramente te prepara más la cabeza Yo, robot, te invita a resolver problemas, Asimov en general te anima a usar el pensamiento lógico, la forma racional de enfrentarte a los problemas. La persona que lee fantasía y ciencia ficción está consumiendo asimismo cientos de metáforas. Se acostumbra a que haya muchos enfoques distintos de la realidad y no uno solo, incluso enfoques raros y contradictorios. Eso prepara mejor la cabeza que creer que hay una manera unívoca y correcta de entender el mundo.

P. Bueno, es verdad que Flaubert no habría imaginado la wikipedia y....

"¡Que se prepare el personal para el final de 'Canción de hierro y de fuego!"
R. Asimov lo hizo: es la Enciclopedia Galáctica de la saga de la Fundación.

P. Con esos gustos, ¿ha tenido que optar entre unas cosas y otras?

R. Leer siempre es elegir. la cultura es inabarcable, y cada vez más. El viejo sueño de leerlo todo está finiquitado hay que reconciliarse con eso, aceptarlo. Siempre te quedarán cosas por leer. Y aunque te sujetaras al canon, el canon cambia. Yo no he pretendido hacer ese esfuerzo inútil. Como lector soy muy unidereccional. He leído muy poco fuera del género. Y no me arrepiento. Cada vez doy más valor a la lectura por impulsos anárquicos. Si algo te gusta, agárrate a ello. Lo mejor en todo caso es dejarte recomendar por alguien en que confíes personalmente y olvidarte del canon.

P. Me da que se ha dejado Proust.

R. Sí, y todo lo habido y por haber. Mi formación además es de ciencias, no de letras. Curiosamente muchas cosas las conozco por sus versiones en el género: por ejemplo El lamento de Portno de Philip Roth, por Muero por dentro de Robert Silverberg. En realidad, los géneros no existen, existen las historias, Martin dice que los géneros son solo los ropajes de las historias.

P. Del fantástico, ¿que es lo que más le ha emocionado? Por recomendar.

R. Es un ejercicio que no me gusta mucho hacer. Pero mira, los finales de Muerte de la luz y Sueño del Fevre, de Martin. Y Casa del canto, de Orson Scott Card. Y de los clásicos, Theodore Sturgeon. Acabo de comprar los derechos de sus novelas completas y si va bien adquiriré los cuentos completos. Mi mayor sueño húmedo era de mayor ser como Paco Porrúa y publicar los cuentos de Sturgeon.

P. Porrúa, el editor de Minotauro y con cuyo nombre ha bautizado la sala de actos de la nueva Gigamesh, podía ser entrañable. A mí me regaló un juguete para mi hija porque una vez le dije que de adolescente leía a Ballard esperando a mi novia en la puerta del colegio, pero también podía ser un hombre difícil

R. Pero tenía razón. Minotauro ha sido lo mejor: es increíble la densidad de obras maestras de su catálogo.

P. Usted tiene 55 años, ¿nota una distancia insalvable con los jóvenes de ahora?

R. No creo que haya una brecha profunda con las nuevas generaciones y entre los frikis menos. Los frikis somos buenos padres. Nos gusta interactuar, frikizar a los hijos. Ahora está de moda disfrutar con los hijos de Hora de aventura, la serie de animación, yo fui fan de Chin Chan por mis hijos.

P. ¿Qué publica ahora en su editorial?

R. Desde el 15- M estoy más politizado. Recupero algunos títulos que tienen un sentimiento político más marcado: El jinete en la onda de choque, de John Brunner.

P. ¡El de Todos sobre Zanzibar!

R. Leyes de mercado, de Ricahard Morgan, una puesta al día de 1984. Morgan va a venir el año que viene a la Eurocom que se celebra en Barcelona. Tengo en preparación New model army de Adam Roberts, un 15-M bélico en el que un ejército británico se rinde ante un contingente de mercenarios contratados por los escoceses.

P. ¿Habrá leído Ada Colau Juego de tronos?

R. No lo sé. Desconozco si es friki, pero se maneja bien en las redes. La diferencia entre la nueva y la antigua política es que la segunda se estampa contra las redes, no tiene voz allí.

P. Es usted favorable a la independencia de Tatooine?

R. jajaja, personalmente no, soy favorable a la consulta y al derecho a decidir pero no soy independentista. De hecho me joden las fronteras y creo que la bastardización es en realidad la mejor manera de defender una cultura.

P. Corre el rumor de que lo van a nombrar presidente o papa de la república independiente del Triángulo Friki de Barcelona.

R. Seguro que no. Eso, Juan José Peña, el propietario de Kaburi, la vecina tienda de juegos de mesa.

30 años de vicio

J. A.

La nueva Gigamesh, con 30 años “de vicio y subcultura” a la espalda, tiene toda una sección, El túnel del tiempo, que va directa al corazón del fan. Allí te topas con los viejos libros que te marcaron como lector de género: Cita con Rama, de Clarke, en la edición de Ultramar de 1975, La ballena Dios de TJ Bass (Edaf, 1976), el Dune en Acervo (1975). Si añadimos que por ahí anda Lluís Salvador, que atendía en Look y vuelve a ser compañero de aventuras de Alejo, la emoción es total. “El éxito no nos ha cambiado”, dice el dueño, “nos ha dado medios para hacer lo mismo mejor”.
Le pregunto a Cuervo cuál ha sido el secreto de que haya podido conservar a Martin. “Primero porque él está muy contento con nuestra traducción y segundo porque la cantidad de contratos que suponía la serie con sus múltipes títulos y formatos la hacía difícil de manejar, y eso nos ha protegido”

Un nuevo juego electrónico "educativo": matar al profesor

Julio Llamazares, "Pegar al profe", en El País, 18 JUN 2015:

No se sabe qué juego es peor; si el virtual de una juventud que pega a los profesores como diversión o el real de una sociedad que lo hace con su desconsideración.

Tras el juego de atropellar ancianos, tan divertido, parece que ahora el que va a triunfar entre nuestros jóvenes es uno que consiste en pegar al profesor, ese enemigo público para muchos de ellos y más en tiempo de exámenes como el de estos días. Las imágenes que he visto por la televisión no pueden ser más explícitas: el alumno le pega al profesor con una silla, le clava unas tijeras en el cuello, se ensaña con él cuando está en el suelo… Comparado con el de atropellar ancianos, tal vez sea un poco ligth, pero a buen seguro que tendrá éxito.

Sin reparar en el trauma que pueden provocar en nuestros jóvenes, muchas personas han pedido enseguida la prohibición del juego, algo difícil de conseguir porque la libertad de expresión ampara su difusión y, si no, tampoco importa demasiado: la piratería ya se encargará de que llegue al último iPad, PC, Mac, smartphone, iPhone, Play Station y demás apéndices tecnológicos a los que nuestra población más joven permanece conectada día y noche como los enfermos a sus goteros en el hospital. El prestigio del que gozan los piratas informáticos no lo han ganado a la lotería.

Como miembro de una familia de profesores (uno prefiere decir maestros, una palabra que debería recuperarse por lo que significó y significa para mucha gente), el cuerpo también me pide rasgarme las vestiduras y poner el grito en el cielo por lo que parece un paso más hacia el envilecimiento de una juventud que, al parecer, ya no respeta ni a los ancianos, ni a sus padres, ni a los profesores; es más, que disfruta despreciándolos y humillándolos, ya sea en sus juegos, ya sea en la realidad. El problema con el que me encuentro es que comparto aún menos las opiniones de los que se escandalizan del jueguecito, entre los que reconozco a muchas personas que llevan culpando a los profesores de todos los problemas de sus hijos y desautorizándolos ante éstos, que han aprendido a verlos así como sus enemigos. Que políticos que han acusado de vagos y de ignorantes a nuestros profesores, que tertulianos que han opinado de ellos que son unos egoístas por oponerse a ciertas políticas ministeriales de restricción más que por ellos por sus alumnos, que la misma sociedad que los considera unos pobres hombres sin aspiraciones por dedicarse a una actividad tan poco gratificada económicamente se erijan ahora en sus defensores invita a uno a situarse en la trinchera opuesta. Juego por juego, no sé cuál es peor, si el virtual de una juventud que pega a los profesores como diversión o el real de una sociedad que lo hace de verdad desde hace tiempo con su desconsideración.