sábado, 7 de diciembre de 2024

Los diez pensadores fetiche de la derecha

 Sergio C. Fanjul, "Los diez pensadores que más influyen en la derecha", en El País Ideas, 30 de junio de 2024:

La derecha vive en ebullición ideológica. Junto a los liberales y los conservadores de siempre, emergen nuevas derechas. Treinta expertos (políticos, historiadores analistas) eligen a sus intelectuales clave. Friedrich Hayek, Edmund Burke y Carl Schmitt encabezan la lista

Hace un año Ideas realizó una encuesta para dilucidar quienes eran los pensadores más influyentes en la izquierda actual. Las primeras posiciones fueron para Karl Marx y Judith Butler, que venían a representar, respectivamente, la raigambre clásica de la izquierda material y las nuevas tendencias de la izquierda posmaterial. Otros nombres fueron Hannah Arendt, Antonio Gramsci, Michel Foucault o Thomas Piketty.

Ahora llega el turno para la derecha, en la que, en un momento de crisis civilizatoria, se vive cierta ebullición ideológica y movimientos telúricos entre la rama liberal-conservadora tradicional y la emergencia de unas muy diversas nuevas derechas, replicando el modelo tradicional entre moderación y radicalidad.

Ni una ni la misma de siempre: las mil caras de la derecha 

Treinta expertos, entre políticos, académicos, periodistas o editores, de diferentes ámbitos ideológicos, han votado para hallar los treinta pensadores más influyentes en la derecha actual. La lista resume su diversidad ideológica, entre liberales, conservadores o teóricos de la nueva derecha. Los nombres resultantes, por orden de importancia, son estos: Friedrich Hayek, Edmund Burke, Carl Schmitt, Alexis de Tocqueville, Roger Scruton, Michael Oakeshott, José Ortega y Gasset, Ayn Rand, Raymond Aron y Alain de Benoist. Fuera de la lista de los 10 primeros, aunque cerca de sus límites, han resultado otros nombres de peso como Francis Fukuyama, Isaiah Berlin, Murray Rothbard, Milton Friedman, Ludwig Von Mises, Adam Smith, Joseph de Maistre, Joseph Ratzinger o Jordan Peterson.

Friedrich Hayek

(Viena, 1899-Friburgo, 1992). Nobel de Economía en 1974, de la Escuela Austriaca, defendió el liberalismo. Su obra cumbre es Camino de servidumbre, donde dice que el socialismo es un peligro para la libertad individual y conduce al totalitarismo. 

Por Juan Ramón Rallo. Economista, profesor universitario, ex director del Instituto Juan de Mariana y autor de obras como Una revolución liberal para España (Deusto) o Anti-Marx (Deusto).

La relación entre individuo y sociedad constituye el principal objeto de estudio de las ciencias sociales: qué significan ambos conceptos, cómo se entrelazan y cuándo entran en conflicto. La respuesta puede afrontarse desde dos enfoques extremos: colectivista e individualista. El primero entroncaría con la “izquierda” y el segundo, con la llamada “derecha” liberal y parte de la derecha conservadora. De ahí que no sea casualidad que Karl Marx, el intelectual que ha proporcionado una cosmovisión comunal más completa a estas preguntas, sea, según este mismo periódico, el pensador más influyente en la izquierda; y tampoco es casualidad que Friedrich Hayek, el científico que ha ofrecido una cosmovisión individualista más completa a estas preguntas, sea escogido como el pensador más influyente en la derecha.

Hasta cierto punto, Hayek fue el reverso anticolectivista de Marx. Allí donde Marx diagnosticaba alienación deshumanizante por someternos al mercado, Hayek demostraba que el hombre sólo puede ser libre dentro de una sociedad ordenada espontáneamente mediante reglas impersonales (cosmos) y no dentro de una organizada cartesianamente mediante mandatos coactivos (taxis); allí donde Marx denunciaba la naturalización del fetiche mercancía, Hayek celebraba la conquista civilizatoria y cooperativa que supone el intercambio global de bienes; allí donde Marx observaba anarquía productiva capitalista, Hayek descubría una engrasada coordinación productiva derivada de la eficiente transmisión de información por los precios de mercado; allí donde Marx atribuía racionalidad a la planificación colectiva, Hayek denunciaba fatal arrogancia descoordinadora e inconsciente de sus propias limitaciones cognitivas.

Hayek fue el gran teórico moderno de la individualidad: quien mostró por qué la sociedad, tratándose de mucho más que la suma de individuos, no es —ni debe ser— el resultado de la planificación central y teleocrática de un grupo de ingenieros sociales, sino el fruto evolutivo, emergente y no intencionado de las interacciones voluntarias de millones. Cómo la libertad individual sólo florece en el orden espontáneo de la Gran Sociedad y del mercado.

Edmund Burke

(Dublín, 1729-Beaconsfield, Reino Unido, 1797). Padre del liberalismo conservador británico y religioso, fue contrario a los cambios radicales. Lo demostró en Reflexiones sobre la Revolución Francesa.

Por Ignacio Peyró. Escritor y periodista, director del Instituto Cervantes de Roma, colaborador de EL PAÍS y autor de obras como Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (Libros del Asteroide) o Un aire inglés (Fórcola).

De Tocqueville a Churchill, el elenco de prohombres que ha alabado a Burke es tan abrumador que casi resulta más elocuente que lo criticara Karl Marx. Una primera mirada, en todo caso, alimenta el desconcierto: es un pensador ajeno a toda sistematización, inasequible al resumen, volcado en polémicas de su tiempo. Solo una segunda mirada nos permite ya intuir que con Burke el conservadurismo es más un temperamento, una predisposición, un conjunto de intuiciones, que un corpus o una teoría.

Eso no implica que Burke no dé titulares. Sujeción del poder. Respeto a las instituciones. Primacía de la ley. La política como adecuación de los principios a la medida de la realidad. Crítica de “la ligereza y ferocidad” de los ardores revolucionarios. Parlamentarismo frente a las ilusiones de la democracia directa. Y una dosis de modestia epistemológica —y de recurso al caudal de la experiencia humana— frente a la utopía.

Una serie de azares ha subrayado la lectura conservadora de Burke frente a la liberal. Ese liberalismo es obvio en su tolerancia, su apelación a la virtud o su defensa del libre comercio. Su milagro, en todo caso, es mostrar la viabilidad de la síntesis liberal-conservadora. Sabía que “un Estado sin medios para impulsar cambios es un Estado sin medios para su conservación”. Él mismo había estado toda su vida buscando reformas en la institucionalidad de su país para —tras la Revolución Francesa— ser su defensor más razonado. La mayor obra de Burke será esa: el largo siglo de primacía británica —de Waterloo al Catorce—, herencia de sus ideas.

Melancoliza pensar que Burke ha tenido poco eco estas décadas entre sus destinatarios del centro-derecha: no hay mucho Burke en el programa neocon, ni en los liberalismos meramente economicistas, ni en la marejada populista antitodo. Al menos siempre podemos consolarnos leyendo su extraordinaria prosa inglesa.

Carl Schmitt

(Plettenberg, Alemania, 1888-Plettenberg, 1985). Intelectual tradicionalista, escribió sobre el ejercicio efectivo del poder político. Fue activista nazi de 1933 a 1936. 

Por José María Lassalle. Doctor en Derecho, consultor y profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Pontificia de Comillas. Fue Secretario de Estado de Cultura y de Agenda Digital. Es autor de El liberalismo herido (Arpa).

Nada de lo que nos pasa puede entenderse sin Carl Schmitt. Sobre todo, si tratamos de analizar por qué la derecha sufre un brote extremista en su psique política que le lleva a arrebatos furiosos de populismo que impugnan la aspiración consensual y pactista de la democracia liberal. Para acertar la diagnosis hay que releer a Schmitt. En su obra se explican las causas de la polarización amigo-enemigo, de la inevitabilidad de la geopolítica o el auge del decisionismo. También aborda los motivos que llevan a los liderazgos por aclamación, a la sustitución de la democracia liberal por la populista o la derrota de la racionalidad deliberativa ante la emocionalidad, entre otros factores que concita nuestra realidad cotidiana. En todos ellos, Schmitt tiene algo que decir.

Pero nos equivocaríamos si pensáramos que lo que dice es algo que cae dentro de la dogmática derecha-izquierda. No, Schmitt la trasciende, aunque fue el teórico más importante de la llamada Revolución Conservadora del periodo de entreguerras en Alemania. Su reflexión es revolucionaria. Cuestiona el liberalismo como fundamento de la democracia y la racionalidad como el presupuesto moral de la estructura organizativa de la comunidad política. Para Schmitt, el liberalismo no sirve en momentos de excepción. Es decir, cuando la normalidad del mundo es sacudida por la complejidad de este y se precipita en la ruptura de la paz social. En realidad, Schmitt es el profeta del populismo y de la agitación emocional que arrastra a los pueblos a echarse en brazos de líderes abrasivos que les hablan desde el sentimiento y las vísceras políticas. Por eso, lo invocan todos los críticos de la democracia liberal. No importa el color político ni la latitud geográfica. Él siempre está ahí. Vivo y coleando. No falla cuando alguien dispara contra ella.

Alexis de Tocqueville

(Verneuil-sur-Seine, 1805-Cannes, 1859). Teórico del liberalismo conservador, es autor de La democracia en América, sobre el sistema político de EE UU. 

Por Javier Zarzalejos. Eurodiputado del PP y director de la Fundación Faes. Es autor de No hay ala oeste en la Moncloa (Península) y coordinador de Geografía del populismo (Tecnos).

Pocos clásicos tan contemporáneos. Su pronóstico de las sociedades democráticas vale por el mejor diagnóstico del presente. Sus vaticinios sobre el sentido de la historia, que anticiparon realidades sociales dos siglos antes, son título más que suficiente de bien ganada influencia.

El cotejo entre Marx y Tocqueville es tópico desde que Aron lo propuso. El primero, promotor de un movimiento que llegó a dominar una vasta extensión, una cárcel totalitaria. El segundo, de talante melancólico —un derrotado —, sobrevivirá en su obra y acabará prevaleciendo. La pretensión de Marx consistió en movilizar el prestigio de una ciencia mitificada. En las antípodas, Tocqueville atendió a los hechos, sin deformar la realidad con abstracciones; no idolatró ninguna mayúscula. Supo usar bien la razón: conocía sus límites. Combinó el sentido de la continuidad histórica con la disposición para estimar el futuro. Lúcido e implacable expositor de la obra revolucionaria de 1789, comprendió los valores permanentes de viejas instituciones como la monarquía y la arrolladora fuerza “providencial” del espíritu democrático. Concilió herencia y libertad.

Tras su viaje americano redactó su obra maestra. Escrita para una Francia convaleciente tras la sangría revolucionaria y napoleónica, estudia cómo edificar una democracia en libertad, sin tutelas de la guillotina y el sable. Paz, repudio de convulsiones frenéticas: es su propuesta. Es difícil ser amigo de la democracia, pero necesario. Solo con el principio democrático puede mantenerse la libertad. Moderación en todo, también en el entendimiento de la democracia. Ni con quienes rechazan su principio, la igualdad, por contrario a una desigualdad elevada de hecho a valor. Ni con sus amigos desmedidos, que deducen del principio de igualdad el imperativo de lograrla a martillazos. Tocqueville debería ser un referente de la derecha. Los liberales se reconocen en quien denunció la posibilidad de una “tiranía mayoritaria” sobre multitudes infantilizadas; los conservadores aprecian al teórico de la continuidad; los democristianos ven, en su asociacionismo voluntario, un esbozo de subsidiariedad y descentralización. Conjuga todas las voces de la derecha. No explayaré la salvedad sobre su deformación populista. Basta con leerle.

Roger Scruton

(Buslingthorpe, Reino Unido, 1944-Brinkworth, 2020). Defensor del tradicionalismo político, editó la revista política conservadora The Salisbury Review

Por Mariona Gumpert. Doctora en Filosofía por la Universidad de Navarra y columnista en varios medios y autora de Infodemics, posverdad y la sociedad que viene (Ciudadela).

Es el filósofo referente del pensamiento conservador británico y, desde hace unos años, de los conservadores de habla española. Existen otros muy relevantes, como Alasdair MacIntyre (proveniente del marxismo), Robert Spaeman, Joseph Pieper o Alejandro Llano que, por su abordaje más profundo de diferentes cuestiones son conocidos en la academia y no tanto por el público general. Quien desee profundizar en el pensamiento conservador deberá acudir a ellos, pues de este tipo de filósofos beben quienes, como Scruton, saben llegar al público general.

Una de las cosas más destacables de Scruton es su independencia de pensamiento: por sus ideas llegó a ser detestado tanto por los progresistas como por los políticos conservadores ingleses de su tiempo. Casi toda ideología halla puntos de encuentro con este pensador, motivo por el que el poeta y ensayista Enrique García-Máiquez (uno de los mejores conocedores de Scruton en España) lo ha calificado como el “máximo común conservador”. Los pensadores de izquierdas aprobarán su redefinición de la palabra economía. Partiendo de su etimología (oikonomía, donde oikos es casa o nación), hace hincapié en no olvidar que la economía tiene como objetivo el bienestar de la casa, de quienes la habitan.

Scruton se opone a los “conserva-duros”, concepto rescatado hace poco y motivo por el que se prefiere hablar ahora de “conservatismo” en lugar de “conservadurismo”. Como cuenta la fábula de Esopo, para que una persona se quite el abrigo es más sencillo que el sol caliente de forma agradable a que el viento sople sin piedad. El calor que ofrece el pensamiento de Scruton radica en su reivindicación del in medio, virtus, de la responsabilidad moral, de la defensa de la dignidad humana ante todo, las virtudes morales y cívicas y la belleza.

Michael Oakeshott

(Chelsfield, Reino Unido, 1901–Kent, 1990). Filósofo e intelectual conservador heterodoxo británico, es heredero de la tradición escéptica europea. Su obra fundamental es La política de la fe y la política del escepticismo

Por María Blanco. Economista, profesora de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad CEU-San Pablo y autora de Las tribus liberales (Deusto) o Hacienda somos todos, cariño (Deusto).

Michael Oakeshott fue un filósofo británico que dedicó su trabajo a la filosofía política, la filosofía de la historia y la estética, entre otras cosas. Por definirlo en una sola palabra, era un pensador. Más allá de los temas estrictamente filosóficos, y especialmente a partir de 1940-1950, dedicó sus ensayos a analizar el mundo de la política. Y es aquí el campo en el que la derecha política occidental encuentra en Oakeshott un punto de apoyo, a su pesar.

¿Por qué a su pesar? Por dos razones.

En primer lugar, porque para Oakeshott la visión de lo que es el conservadurismo, etiqueta que se negó a aceptar, y la tradición no se corresponde necesariamente con el pensamiento de derecha. Se trata de una definición basada en el sentido común, y con alguna arista sobre la que reflexionar. La esencia del talante conservador que él propugnaba es la capacidad de disfrutar del presente, de vivir la vida tal y como nos llega día a día y de dedicarnos a actividades intrínsecamente valiosas. Y la tradición es simplemente una conversación con el pasado, para valorar lo bueno de lo heredado y mantenerlo. Es decir, no está en contra de la modernidad sino de la modernidad a toda costa y a cualquier precio.

En segundo lugar, porque para Oakeshott los partidos políticos no deben ser el fin último de la política. Defiende que es necesario ser consciente de los límites de la política y advierte repetidamente del peligro de que la política se imponga a todos los demás ámbitos de la experiencia humana. Lo más valioso en la vida humana no es la influencia, el poder, los logros o la carrera, sino el desarrollo de una sensibilidad personal que llega a través del aprendizaje.

En resumen, Oakeshott es un pensador escéptico que merece la pena ser leído.

José Ortega y Gasset

(Madrid, 1883-1955). Filósofo y catedrático de metafísica, es quizá el intelectual español de referencia del siglo XX. Escribió La rebelión de las masas y La España invertebrada. 

Por Pedro Carlos González Cuevas. Historiador y profesor del Departamento de Historia Social y de Pensamiento Político de la UNED, y autor de Historia de la derecha española (Espasa).

Como ha señalado el historiador israelí Tzvi Medin, la figura de José Ortega y Gasset se ha convertido en un referente identitario de lo español. A ese respecto, la interpretación de su pensamiento político sigue siendo objeto de controversia. En nuestra opinión, el filósofo madrileño fue, sin duda, un liberal conservador, en permanente diálogo intelectual con las nuevas tendencias filosóficas e ideológicas nacidas de la crisis finisecular del racionalismo. En sus escritos se expresa la mayoría de los motivos del pensamiento conservador: el realismo político e histórico, el sentimiento del valor de la continuidad frente a los planteamientos revolucionarios; la crítica al racionalismo político; una teoría de la nación como empresa integradora, abierta a planteamientos europeístas y, finalmente, un sentimiento fuertemente elitista de la sociedad en el que las minorías están llamadas a dirigir a las masas. Sin embargo, su pensamiento tuvo dificultades de difusión entre el conjunto de las derechas por el proclamado agnosticismo religioso del filósofo.

A ojos de las derechas confesionales, que eran la mayoría, Ortega era un conservador heterodoxo, a quien se alababa por sus planteamientos antirrevolucionarios, pero se criticaba su desdén hacia el rol social de la Iglesia católica. No obstante, su influencia en la ideología de Falange Española fue reconocida por el propio Ortega. Durante el régimen de Franco, sufrió críticas de los sectores eclesiásticos y tradicionalistas, pero fue defendido por sus discípulos conservadores: del Corral, Maravall, Julián Marías, Laín Entralgo, o, desde la derecha tradicional, por Fernández de la Mora. Sin embargo, tras el Concilio Vaticano II y la crisis epistemológica y política del nacional-catolicismo, los planteamientos orteguianos pudieron gozar, y gozan, de más influencia en las derechas españolas.

Ayn Rand

(San Petersburgo, 1905-Nueva York, 1982). Filósofa y escritora, defensora de la libertad y del  laissez faire. Considera el egoísmo una virtud y el altruismo un pecado.

Por Antonella Marty. Politóloga y diplomada en Física. Autora de El manual liberal e Ideologías (Deusto).

Abiertamente atea, defensora del aborto como un derecho moral de la persona gestante, partidaria de la eutanasia y de la legalización de las drogas. Si Ayn Rand estuviera viva, los conservadores y la nueva derecha le colocarían el título de “zurda”, “marxista cultural”, “bruja”, “hereje” o “liberprogre”. No me quedan dudas.

El objetivismo, nombre que Rand le puso a su conjunto de ideas, es una filosofía que defiende la realidad objetiva, la razón como forma de conocimiento, el interés individual en la ética y el libre mercado en economía. Tal vez sea solamente por esto último y por sus críticas al comunismo soviético que algunos partidarios confundidos de la nueva derecha la “usen” (y luego la desechen o la excluyan, como hizo su círculo “liberal” en su época).

Por eso para defender su legado creo importante remarcar que Rand fue abiertamente crítica con los conservadores, sosteniendo que estos abogan por el control gubernamental sobre el ser humano, sobre su conciencia, ya que defienden un derecho estatal a determinar unos valores morales “ideales”, a implementar un establishment gubernamental de la moralidad. Rand los llamó “místicos del espíritu”.

En su último discurso, en el año 1981, Ayn Rand hizo una enfática crítica a Ronald Reagan, el gurú de la nueva derecha, y a la llamada “mayoría moral” a la que apelaba el expresidente estadounidense, incluido lo que la autora llamó “el más falso de sus lemas”, que era la afirmación de que son “provida”.

Rand fue crítica no solo con la unión entre la religión y la política (esa relación que hoy obsesiona a Javier Milei), sino también con la religión como tal. Si, como decía Ayn Rand, Estados Unidos es el primer país basado en el concepto de libertad, Donald Trump no lo representa ni lo entiende. Y no cabe duda que hoy sería la primera en levantar la voz contra todos los populistas de derecha que con nacionalismo y religión están brotando en Europa y a lo largo del mundo, al estilo de Santiago Abascal, Marine Le Pen o Giorgia Meloni, comenzando por la frase que plasmó en su obra La virtud del egoísmo (1964): “El racismo es la forma más baja y primitiva del colectivismo”.

Raymond Aron

(París, 1905-1983), Sociólogo, filósofo y comentarista político, sobre todo en la segunda posguerra mundial, es autor de Democracia y totalitarismo (1965).

Por Aurora Nacarino-Brabo. Periodista, politóloga y diputada del Partido Popular, es coautora de Anatomía del Procés (Debate) y El porqué de los populismos (Deusto).

Fue una boutade muy del gusto de la intelligentsia marxista repetir que era mejor equivocarse con Sartre que acertar con Aron. La ideología ya había sido la excusa antes, para eludir el compromiso con una democracia que pedía auxilio en Weimar y que finalmente sucumbió a los fascismos, mientras en los salones de la izquierda burguesa se escuchaba aquella frivolidad, “ni nazismo ni capitalismo”, primero desde esa buena fe protegida por la ignorancia, después ya sin desconocimiento del horror que pudiera eximir de culpa.

Se podría defender que Aron se alejó de la izquierda sin dejar de ser nunca otra cosa que un hombre de izquierdas. Traicionó a los “clérigos” de la militancia, pero no por conservador, sino por liberal. No podía ser su izquierda aquella que gritaba con Sartre: “Las derechas son los salauds (cabrones)”. Prefirió siempre la travesía sin puerto de arribada que impone la persecución de la verdad a esa moral que prefigura una verdad sin búsqueda: una revelación. Groethuysen dijo de él que quería “arrancarle a la Historia el secreto”, y cuánto impresiona hoy, en los días de la posverdad y el relato.

El respeto que guardo por Marx es legatario del respeto con que Aron nos lo explicó: sin los ardores del creyente y sin la aversión del que creyó y ha perdido la fe. Y su democracia sigue siendo la mía: la que exige la constitucionalidad del poder y sabe que la voluntad que no está sometida a un entramado de instituciones y leyes conduce a la tiranía. O dicho de otro modo: la que entiende que democracia y Constitución son inextricables, simbióticas, como el alga y el hongo que forman el organismo único al que llamamos liquen. La democracia no es mejor por el poder con que bendice a los vencedores, sino por la dignidad que brinda a los perdedores.

Qué puedo decirles: Aron me acompaña, en cada titular de prensa, en cada sesión parlamentaria, aunque no me proporciona ningún consuelo; acertar con Aron sigue dando miedo.

Alain de Benoist

(Saint-Symphorien, Francia, 1943), Autor de La nueva derecha, impulsó la derecha francesa siguiendo postulados de Antonio Gramsci, pero contra la izquierda.

Por Antonio Ribera. Catedrático de Historia Contemporánea en la UPV y exdiputado socialista en el Parlamento Vasco, es autor de Historia de las derechas en España (Catarata).

Si la Nueva Izquierda se internacionalizó coincidiendo con la crisis cultural de 1968, algo similar ocurrió con la Nueva Derecha, particularmente en Francia. En ese contexto se destacó la reflexión filosófica de Alain de Benoist (1943), convencido también de la primacía de la parapolítica sobre la política tradicional. Si el poder se disputaba en este segundo ámbito (electoral, partidario, putschista), el influjo permanente sobre la sociedad se resolvía en la capacidad para ser hegemónico en las convicciones cotidianas. Un pensador tradicional, de derechas, abrazaba las viejas tesis del comunista Antonio Gramsci sobre la cuestión. Porque lo que entablaron Benoist y la Nueva Derecha entonces fue un combate por los valores, eso que llamamos hoy “batalla cultural”. Convencidos de que la izquierda jugaba ahí con ventaja, procedieron a cuestionar la unanimidad progresista liberal poniendo en la picota verdades indiscutibles para sus opositores como el progreso, el utilitarismo, el cosmopolitismo, los derechos humanos universales, el liberalismo y el capitalismo. Y todo desde la intención de sustituir argumentalmente a la izquierda, no de compartir criterios con ella, de lo que acusaban al conservadurismo tradicional.

Se trataba de desplegar una estrategia moderna y abierta para sostener el bloque de valores de la derecha histórica. Una corriente difícil de encapsular porque ni era la reacción providencialista y pasiva clásica ni el conservadurismo liberal de siempre, pragmático, poderoso y descreído. Por eso Benoist no ha encajado como intelectual en los partidos franceses (o europeos) de la extrema derecha y algunos de sus postulados les rechinan (su ajenidad religiosa). Sin embargo, no por ello deja de celebrar la crisis de la democracia liberal y la emergencia del populismo iliberal, los soberanismos estato-nacionales y una cólera desde abajo que acabe con la vieja civilización occidental anglosajona.

El método y el jurado

La encuesta de Ideas se realizó pidiendo a 30 expertos de diferentes ámbitos (academia, política, edición, periodismo) que eligieran a los que, a su juicio, son los 10 pensadores (de cualquier época) más influyentes en la derecha hoy en día. Los hemos ordenado en función del número de votos obtenidos.

El jurado estuvo compuesto, en orden alfabético, por: Pablo Batalla, María Blanco, Paloma de la Nuez, Alicia Delibes, Roger Domingo, Joaquín Estefanía, Steven Forti, Pedro Carlos González Cuevas, Cecilia Güemes, Mariona Gumpert, Pedro Herrero, José María Lassalle, Gregorio Luri, Máriam Martínez-Bascuñán, Valentina Martínez Ferro, Antonella Marty, Rocío Monasterio, Aurora Nacarino-Brabo, Macarena Olona, Ignacio Peyró, Elena Postigo, Manuel Quesada, Miguel Ángel Quintana Paz, Juan Ramón Rallo, Antonio Rivera, José Luis Rodríguez Jiménez, Edurne Uriarte, Fernando Vallespín, Jorge Vilches y Javier Zarzalejos.

Entrevista al dialectólogo Ángel López García-Molins

 Salvador López Arnal, "Las lenguas de España", en El Viejo Topo núm. 409, febrero 2022

Catedrático emérito de Lingüística en la Universidad de Valencia, entre las obras de Ángel López García-Molins cabe citar El rumor de los desarraigados (1985, Premio Anagrama) y El sueño hispano ante la encrucijada del racismo contemporáneo (1991). Centramos nuestra conversación en su libro Repensar España desde sus lenguas (2020).

—¿Cuántas lenguas tiene España?

—Ya se sabe que en esto de las lenguas pasa como con los colores: hay una serie de colores básicos, pero si uno se empeña aparecen, como setas, muchos más. Los pintores o los diseñadores de moda no hablan simplemente de rojo, abundan los matices como granate, coral, carmín, cereza, púrpura, bermellón, frambuesa, etc. Pues con las lenguas pasa lo mismo: hay gente que se empeña en diferenciar el rumano del moldavo como la hay que quiere distinguir el valenciano del catalán o el andaluz del castellano. Los lingüistas nos echamos las manos a la cabeza, pero los intereses políticos que animan estas divisiones infinitas nos suelen dejar al margen. Si uno se empeña, siempre podrá ver dos lenguas donde solo existe una sin más que alzar la bandera de algunos referentes que se designan con una palabra distinta: ¿no ve que nosotros decimos espill y ellos, mirall? Pues bien, técnicamente en España solo hay cuatro lenguas viables: español, catalán, gallego y vasco.

—¿Viables?

—Viables significa, en los términos establecidos por Heinz Kloss (1904-1987), que o bien están suficientemente diferenciadas (Abstandssprachen) o bien están suficientemente elaboradas (Abbausprachen) o ambas cosas. Estas lenguas son el fundamento de las cuatro instancias políticas que hicieron España y que aparecen claramente reflejadas en su escudo: el reino de Castilla, la Corona de Aragón, el reino de León y el reino de Navarra.

—Recoge en su ensayo una cita de La hispanibundia. Retrato español de familia, de Mauricio Wiesenthal. ¿Qué es eso de la hispanibundia?

—Es un neologismo afortunado de Wiesenthal que me he apresurado a adoptar. Está formado sobre el sufijo abundancial –bundo y su cualitativo –bundia, que aparecen en palabras como nauseabundo, errabundo, meditabundo/meditabundia, tremebundo, vagabundo, moribundo/moribundia, gemebundo.

Un hispanibundo es un hispano que muestra su condición en exceso y lo que la palabra hispanibundia viene a significar es que los ciudadanos españoles estamos dándole vueltas siempre a nuestra condición hispana, ya sea para exaltarla, para lamentarla o para rechazarla. La anécdota atribuida a Bismarck, quien se supone decía que España era el país más fuerte del mundo porque llevaba siglos intentando destruirse y no lo había conseguido, probablemente es falsa, pero da en el clavo. Como dirían los italianos: se non è vero, è ben trovato.

—Abre el capítulo “Un país peculiar” con una pregunta: ¿Es España un país diferente? Su respuesta: “Pero, aunque culturalmente España difiere apenas de los demás países europeos, hay un asunto en el que ciertamente es diferente y es la cuestión de las lenguas”. ¿En dónde radica exactamente nuestra diferencia? ¿No hay también muchos otros países con varias lenguas?

—Desde luego. En todos los países de Europa, salvo Portugal e Islandia, se hablan varias lenguas. En Europa la media anda por cuatro lenguas y pico, pero en los otros continentes son muchas más. En Australia, en México o en la India pasan de cien. La diferencia estriba en que solo en España sucede que sus lenguas son constitutivas del imaginario nacional. Esta es nuestra especificidad, y cuanto antes adecuemos la cultura y la vida en común a este hecho singular mucho mejor. Pero un país tetralingüe no son cuatro países, como una interpretación simplista suele creer. Una taza de café con leche no se puede descomponer en una tacita de café y otra de leche, es otra cosa.

—¿Y qué significa que las cuatro lenguas españolas sean constitutivas del imaginario nacional? ¿Qué imaginario es ese? ¿No ocurre así en el caso de Francia, por ejemplo?

—No lo creo. En Francia se hablan más lenguas que en España: aparte del francés y del occitano (que podríamos comparar con el español y el gallego), tienen el catalán y el vasco, pero a ellas hay que añadir el alemán, el corso y el bretón. Francia es el ejemplo prototípico de centralismo político y cultural: remedando una frase del catecismo de mi niñez, se podría decir que en el país vecino fuera de la lengua francesa no hay salvación. No es ni por asomo la situación española: la vitalidad del catalán es un caso único en Europa para una lengua que no tiene reconocimiento estatal y la del vasco, prácticamente renacido de sus cenizas, lo mismo. En cuanto al gallego, su consideración internacional, como codialecto del portugués y origen del mismo, es evidente.

El imaginario al que me refiero no está elaborado políticamente, hay que construirlo: a mi modo de ver, España debería ser a todos los efectos el país de las cuatro lenguas.

 —Le cito: “Tratar al idioma español –y lo que es peor, a los hispanohablantes nativos– como si fueran invasores representa una tergiversación de la verdad histórica que se trata de legitimar a base de narraciones falsas del pasado y de mapas inventados”. Sin embargo, en algunas comunidades, en Cataluña por ejemplo, el éxito de esa tergiversación es amplio, generalizado, conocido y sufrido. ¿De dónde la fuerza de esas narraciones sesgadas del pasado?

—Tenemos datos históricos abundantes e irrebatibles que demuestran que el español se viene usando como lengua vehicular en el centro de la península ibérica desde la alta edad media y en sus costas (Cataluña, Galicia, Vascongadas, Valencia, incluso Portugal) desde el siglo XVI. Las lenguas vehiculares no se sustentan en ninguna invasión, resultan de una necesidad pragmática. Por eso, donde más intenso ha sido el papel vehicular del español fue a lo largo del camino de Santiago, que nació durante el medioevo, y en las zonas más industrializadas, Cataluña, Valencia y País Vasco, durante los siglos XIX y XX. Esto no quita para que desde el siglo XVIII, con ocasión del cambio de dinastía, se haya querido imponer coercitivamente el español a los hablantes de otras lenguas. Pero si no hubiese sido así, habría dado igual. Los habitantes de la península tienden a reforzar sus lazos de cohesión y esto comunicativamente se ha manifestado en una lengua común.

—¿Lengua común peninsular? ¿Incluye también Portugal?

—Obviamente no. En el siglo XVI el español todavía se sentía en Portugal como una lengua vehicular: sus mejores escritores lo usaban en alguna de sus obras (Gil Vicente, Sá de Miranda o Camoens, por ejemplo: la tendencia continúa modernamente con Pessoa o Saramago), pero desde la ruptura de 1640 ha habido un proceso de distanciamiento consciente. Paradójicamente no alcanzó a Brasil. Hoy día el español y el portugués (en su modalidad brasileira) se sienten en toda Latinoamérica como variedades cercanas e intercambiables, pero no así en Europa. No estoy abogando por volver a la situación del siglo XVI. Aunque personalmente soy iberista (es decir, partidario del acercamiento de España y Portugal), en el momento actual el español es la lengua común en España, pero no en Portugal. Otra cosa es que, por razones fonéticas, los portugueses europeos comprendan mejor el español que a la inversa (es lo que a nosotros nos pasa con el italiano). Si algún día España y Portugal llegan a formar algún tipo de asociación estatal, por ejemplo confederal, habría que articularla sobre la base de la intercomprensión lingüística, que, por otro lado, es el panorama ideal al que deberíamos tender en España en relación con los romances catalán y gallego. Entender la lengua del otro no es una fruslería, representa la mitad de la comunicación.

 —¿Por qué da usted tanta importancia a los mapas? Llega a afirmar que “toda la tragedia de dos guerras mundiales está contenida en los mapas que se imprimían en varios estados europeos antes de la conflagración”.

—Los mapas físicos representan la realidad; los políticos, su caricatura. En los primeros se pinta el mar de azul y la tierra de ocre: es exacto, los peces se ahogarían en la tierra y los conejos en el mar. Pero en los mapas políticos la necesidad de representar una gran complejidad en solo dos dimensiones tergiversa los hechos reemplazándolos por los deseos de quien encarga el mapa. Vemos el mapa de España y parece que la mancha uniforme de color representa un mismo clima, una sola lengua, una única religión… Oiga, ¿pero el catalán no traspasa la frontera de los Pirineos y llega a Perpinyà? Oiga, ¿pero el islamismo no está muy vivo en lugares como Granada o como Vic? Oiga, ¿pero de verdad que en Galicia siempre está lloviendo y que en Benasque alcanzan los 20 grados bajo cero en invierno? Esta manipulación de los mapas, casi siempre interesada, ha provocado innumerables guerras. Por ejemplo, en el siglo XIX se imprimían mapas de la grossdeutsche Lösung (Gran Alemania) y de la kleindeutsche Lösung (pequeña Alemania), la primera con Austria y la segunda sin ella. No hay duda de que la anexión de Austria por Hitler fue la materialización de un mapa imaginario. Algo parecido puede decirse del mapa imaginario del destino manifiesto (Manifest Destiny) promovido por John L. O’Sullivan en 1845 y que justificaba la anexión por EE. UU. de todos los territorios de América del norte comprendidos entre el Atlántico y el Pacífico y su posterior intervencionismo imperialista en Latinoamérica.

 —Castellano, español, ¿son términos sinónimos para usted? ¿Qué término deberíamos usar si queremos hablar con precisión y sin ofender a nadie? Usted nos advierte sobre la reducción del idioma español a la lengua castellana.

—El castellano es uno de los dialectos históricos del español, la koiné vehicular que surge a lo largo del camino de Santiago simultáneamente en Navarra, Aragón, Castilla y León durante la edad media. El origen de la sinécdoque (la parte por el todo) estriba en que fue un gran rey castellano, Alfonso X, el primero que impuso una normativa a dicho idioma y logró que la adoptaran sus vecinos.

 —¿Y cuáles serían los otros dialectos históricos del español?

—El astur-leonés y el navarro-aragonés, en el norte, y el extremeño y el murciano, que los continúan, en el sur. Como derivados directos del castellano tenemos el andaluz y el canario.

 —¿Se puede afirmar, como en ocasiones se afirma, que el español ha sido impuesto siempre de forma coactiva a todos los ciudadanos de las comunidades bilingües como Cataluña, Galicia, Euskadi, Valencia o les Illes?

—En absoluto. El español nunca se ha impuesto coactivamente, el castellano sí. El español es una lengua vehicular, que fue adoptada por personas de lengua materna diferente (primero vasca; luego francesa, gascona, italiana o alemana; más tarde catalana o gallega) por razones estrictamente prácticas y sin renunciar a su idioma materno. La imposición del castellano va ligada al estado moderno, a la regulación de la justicia, de la educación o de la administración y naturalmente adopta la normativa que dicho estado adoptó en el siglo XVIII, de manera paralela a lo que estaba sucediendo en Francia y en Gran Bretaña.

 —En las páginas 37-38 cita usted el Manifest pel català com a única llengua oficial del grupo Koiné. Habla luego de inexactitudes. ¿Cuáles serían las más importantes en ese Manifiesto donde habla de colonizadores lingüísticos?

—La referencia que hago es más que una cita, casi reproduce íntegramente dicho manifiesto.

—Tiene razón, disculpe.

—La razón es que me interesaba dar a conocer a muchos hispanohablantes, que no conocen bien la profundidad del malestar cultural catalán, las razones que se aducen. Tengo que decir que algunas las comparto, otras las comprendo y unas pocas no me convencen. Es a estas a las que Vd. se refiere y mi disenso tiene que ver, sobre todo, con el concepto de colonizadores lingüísticos. Los hispanohablantes que entraron masivamente en Cataluña durante el siglo XX fueron inmigrantes que venían a labrarse una vida mejor y que con su esfuerzo convirtieron a Cataluña en una comunidad mucho más próspera de lo que era. Hoy por hoy representan la mitad de la población: ¿De verdad es viable Cataluña como comunidad política –no entro en si debe ser independiente o no– en la que se ningunea sistemáticamente a la mitad de su población?

 —Fuerzas nacionalistas catalanas parecen (o sin el ‘parecen’) creer que sí, que es viable. De hecho, según los críticos, llevan haciéndolo desde hace más de cuatro décadas.

—También los espartanos creían que podrían tener a los ilotas trabajando eternamente para ellos sin que se les respetasen sus derechos. Pero se rebelaron y Tucídides nos cuenta lo que fue de Esparta.

 —Sostiene usted también que es un error hablar de España como un país multilingüe, que sería mejor usar el término plurilingüe. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué es preferible la segunda opción?

—Multilingüe quiere decir que coexisten varias lenguas (el ejemplo prototípico sería Suiza), plurilingüe que el país se concibe a sí mismo y ante el mundo como un lugar que sería impensable sin la convivencia de varias lenguas. La razón de preferir la segunda opción es que la historia de España es diferente de la de Suiza; España no es un agregado de cantones que hoy siguen siendo monolingües, sino la suma de cuatro reinos bilingües porque uno de los idiomas es vehicular. En Suiza hay cantones que solo hablan alemán y cantones que solo hablan francés: si Luzern y Neuchâtel se separasen, no pasaría nada. Incluso hay ciudades, como Freiburg, en las que el río separa rígidamente a una comunidad de la otra. En España no existe nada parecido: una conformación política basada en la lengua materna de la gente conduciría a una balcanización salvaje y se saldaría inevitablemente con una guerra.

 —Finaliza el capítulo de “Malvados invasores” con estas palabras: “Evidentemente los inmigrantes y sus descendientes tenían poca importancia en comparación con todos los negocios que se estaban montando gracias al buen entendimiento de los conservadores de uno y otro lado del Ebro”. Pero, añade, “tampoco la izquierda estuvo por la labor de atenerse a los hechos y a la verdad: se ve que el materialismo histórico, en España, no es una ideología que interpreta la historia en clave material, sino la historia que se han montado para resolver los problemas echándole cuento a la vida. Así nos va”. ¿Por qué la izquierda no fue capaz de atenerse a los hechos y a la verdad, dos atributos muy importantes de los que suele hacer ostentación? También escribe usted, más adelante: “Haciendo oídos sordos a la realidad, se ha practicado una anormalísima política de sedicente ‘normalización lingüística’, conducente a borrar el español de Cataluña. Y, sorprendentemente, la izquierda española, de manera casi unánime, se ha unido al coro de este vergonzoso lingüicidio que pretende aplastar la comunidad hispanohablante”.

—Pues sí. La izquierda, que históricamente ha sido contraria a la imposición de unos sobre otros y ha defendido consecuentemente a los marginados, desde los obreros hasta las mujeres, siempre tuvo dificultades teóricas con la cuestión nacional, según revelan numerosos textos y ejemplifica la polémica que mantuvieron Rosa Luxemburgo y Lenin. Evidentemente, apoyar procesos de liberación nacional, como el de la URSS o el de China, resulta obvio desde una postura marxista. El problema es qué postura adoptar cuando las naciones que se quieren autodeterminar se prefiguran como estados capitalistas a base de machacar a sus minorías (y hasta a sus mayorías) proletarias. Es sintomático que la facción de la izquierda catalana que ha apoyado y apoya entusiásticamente al nacionalismo radical pertenezca a la misma clase social privilegiada que los líderes de este último. Vienen a ser los mismos perros con distintos collares.

 —Retomo un hilo anterior. ¿A qué llama koiné peninsular? ¿Cómo surgió? ¿Cuál ha sido su papel?

—Llamo koiné peninsular a la variedad romance que surgió en los reinos norteños de la península ibérica a lo largo del camino de Santiago. Se trataba de un romance originariamente vehicular, es decir, creado con finalidad práctica por gentes que podían tener lenguas maternas muy alejadas del latín. Esta variedad no se concibió como nacional, es decir, no representaba a unos frente a otros, sino que se limitaba a facilitar la comunicación. Las comparaciones son odiosas, pero a mí me recuerda al suajili, que es una lengua vehicular de base bantú que utiliza mucha gente como materna en Tanzania y Kenia, y como vehicular en Uganda, Zambia, Mozambique, Somalia, Congo, Burundi, Malawi, Ruanda, etc. Esta lengua es un bantú extraño porque ha perdido los tonos, lo que sin duda facilita su aprendizaje, y ha acabado por tener un sistema fonético muy simple. Ello recuerda de cerca al español, cuyos sonidos vocálicos tienen menos grados de abertura que los de sus hermanos catalanes, franceses, portugueses e italianos. También son más sencillas las consonantes del suahili dentro del grupo bantú, como lo eran las del español medieval en el sistema románico de las sibilantes (pero no así las del castellano, que en la edad media recordaba al catalán y al portugués).

 —¿Cuál sería el uso adecuado de la expresión “lengua propia”? ¿Qué tipo de entidades tienen, hablando propiamente, lengua propia? ¿Los países o los ciudadanos?

—El adjetivo propio en lengua propia no debería significar nada diferente de lo que significa en casa propia, es decir, la mía. Cuando discuto con un amigo y le digo ¿cómo te atreves a insultarme en mi propia casa?, resulta evidente que estamos en mi casa y no en la suya. Pero las casas en sí mismas no son propias, se las apropia alguien cuando pasan a ser de su propiedad. Las lenguas tampoco son propias, son los individuos los que las tienen como propias o no. Y de la misma manera que uno puede tener varias casas propias, puede tener varias lenguas propias. Por ejemplo, yo mismo como ciudadano de la Comunidad Valenciana, tengo el español y el catalán como lenguas propias. Como lenguas maternas, en cambio, tengo el español y el alemán porque son las que hablaba mi madre, que nació en Múnich. Además, hay lenguas que no son propias, pero que usamos por necesidad, según sucede con el inglés de la globalización.

 —Habla en el libro de naciones verticales y nacionalidades horizontales. ¿A qué comunidad y procesos se está refiriendo?

—Estas denominaciones tienen que ver con la Reconquista, que es un proceso histórico que modeló políticamente la península de norte a sur (es decir, en sentido vertical): la nación gallego-portuguesa, la castellano-leonesa, la vasco-navarra, la aragonesa, la catalano-valenciana, etc. Solo la andaluza se ha configurado horizontalmente como nación, porque su origen está en Al-Andalus, el territorio musulmán que los cristianos del norte iban empujando hacia el mar.

Nacionalidad es otra cosa, tiene que ver con la transversalidad resultante de la conveniencia económica y cultural y va ligada a la lengua común.

 —En el apartado “Teoría de la nación”, sostiene que las naciones son invenciones relativamente modernas. ¿Desde cuándo podemos hablar propiamente de naciones? ¿En el caso de España?

—Yo no soy historiador, sino lingüista, pero basándome en los datos de mis colegas entiendo que las naciones no surgen en un momento concreto, sino a lo largo de un proceso de consolidación. No creo que Guifré el Pilós se sintiese de nación catalana, como tampoco don Pelayo sabía que era asturiano. En el caso de España, hay una serie de momentos claros: el compromiso de Caspe (1412), cuando los estados de la Corona de Aragón aceptan una dinastía castellana; el compromiso matrimonial de los Reyes Católicos y el matrimonio de dichos reyes; el cambio de dinastía de los Austrias, que seguían un modelo patrimonial, hasta los Borbones, que se acercan a un modelo estatal (en 1700 Felipe V fue proclamado rey de España ¡en el palacio de Versalles!); la constitución de Cádiz (1812); la constitución de 1978.

Esto es como las relaciones amorosas: ¿cuándo se hicieron pareja María y Juan: cuando se cruzaron sus miradas y se gustaron, cuando empezaron a salir juntos, la primera vez que hicieron el amor, el día de la boda, cuando nació su primer hijo…? La fecha oficial suele ser la de la boda y en el caso de España seguramente fue 1812. No tiene demasiada importancia.

 —¿Cuál es la diferencia entre la concepción funcional de la nación y la concepción étnica?

—La misma que existe entre un concepto científico y una idea religiosa. La concepción funcional es algo que va cambiando con el tiempo, depende de cómo los avatares de la historia van modelando a un determinado grupo humano. La concepción étnica parte del pueblo como entelequia intocable y eterna. Filosóficamente se podría decir que la primera es racionalista y la segunda idealista.

 —Le cito de nuevo: “La política lingüística de las comunidades bilingües, unas más que otras, me recuerda lo que está haciendo el estado de Israel con los palestinos: una canallada, que no está justificada en absoluto por el genocidio de los nazis porque los palestinos no tienen nada que ver con ellos”. ¿Cómo hemos llegado a una situación que usted describe en términos muy críticos?

—Existen varias razones. La principal es que, extrañamente, España es un país en el que solemos inspirarnos en experiencias ajenas sin llegar nunca a comprenderlas en lo fundamental. Un diablo cojuelo que nos pudiese ver levantando el tejado de nuestra historia se sorprendería de que el imperio de las Indias, que tanto se ha criticado, era un imperio premoderno hecho a imagen y semejanza del de Roma, pero sin la flexibilidad religiosa de los romanos. También se sorprendería de que, aunque la política de centralismo administrativo y monolingüismo educativo de los Borbones españoles constituye un pálido reflejo de la que practicaron Luis XIV y sus sucesores jacobinos, la mala fama la tiene el estado español que “se ha convertido en un problema para la democracia europea” (Puigdemont dixit) y no el pulcro estado francés.

Seguramente esta tendencia al masoquismo colectivo es una consecuencia de nuestra condición periférica en el continente. Nos pasa lo mismo que al pueblo ruso, un paralelismo que se ha señalado muchas veces por ambas partes, no sin razón. En una situación como ésta siempre se buscan culpables, y las iras de la impotencia nacionalista xenófoba han recaído en los inmigrantes hispanohablantes, una gente que ha tenido la osadía de conservar la lengua de sus antepasados contra viento y marea. De ahí mi pesimismo: ni los unos se irán ni los otros dejarán de pretender que la mejor Cataluña es la de antes, cuanto más atrás en el tiempo, mejor. Pero Palestina, troceada y sin estado, sigue existiendo.

 —Permítame que insista en una arista ya comentada. La migración a Cataluña de los años sesenta y setenta de los trabajadores/as españoles de otras comunidades, ¿fue una estrategia del régimen franquista, del Estado español, como se quiera decir, para españolizar Cataluña? ¿Hay alguna base histórico-lingüística para hacer esta afirmación?

—Hay fundamentos, tanto históricos como lingüísticos, para afirmar lo contrario. Históricamente el franquismo intentó dificultar la concentración de trabajadores en Barcelona y en su zona de influencia porque fue allí, junto con Valencia, donde más tiempo resistió la II República y donde previsiblemente los inmigrantes iban a encontrar un ambiente más favorable a la izquierda. No se equivocaba: después de la guerra la resistencia antifranquista empezó antes en Cataluña que en el resto de España y, por otro lado, los maquis entraron desde Francia por el valle de Arán.

En cuanto al fundamento lingüístico hay que decir que una buena parte de la emigración hacia Barcelona venía del sur, pero otra procedía de Galicia.

 —Muchos catalanistas, incluidos historiadores, algunos de ellos valencianos, sostienen que el problema de Cataluña (también, tal vez, de Valencia) tiene fecha antigua. Lo asocian al Compromiso de Caspe de 1412, cuando Cataluña –no hablan de la Corona de Aragón propiamente– se vinculó con la dinastía castellana de los Trastámara. ¿Hay alguna base para una afirmación así?

—Ya lo he dicho: ese episodio representa el comienzo del proceso que lleva al estado español, solo que no fue ningún problema. Si a un escocés le dijesen que el Acta de la Unión (1707), por la que se constituye el Reino Unido, ha sido un problema se reiría porque los beneficios para Escocia, derivados del imperio británico, superaron con mucho a los inconvenientes. Si a un estadounidense de Tejas le dijeran que el estado de la estrella solitaria habría hecho bien en permanecer al margen de EE.UU., sus carcajadas se oirían en Nueva York. Son afirmaciones gratuitas propias del Ku Klux Klan y organizaciones racistas por el estilo. El problema, eso sí, es que las rodean de una parafernalia simbólica y folclórica con la que se logra atraer a mucha gente.

Cuestión diferente es la de si, ahora que Gran Bretaña ha salido de la UE y ya no tiene imperio, le conviene a Escocia seguir allí. Pero lo de Cataluña es simplemente incomprensible: ya no existe el imperio español (del que, por cierto, se benefició mucho más que otras comunidades, sobre todo desde el siglo XVIII), pero la conditio sine qua non para seguir en la UE, y se lo han dejado muy claro, es que forme parte de España.

—¿Incomprensible significa aquí irracional? Si fuera así, ¿cómo puede explicarse esta irracionalidad? Una burguesía que siempre se las ha dado de muy europea e ilustrada, ¿representada por unos partidos nacionalistas que no tocan realidad, que viven en el limbo?

—Me temo que pone Vd. el dedo en la llaga. En realidad, incomprensible es mucho más que irracional: el romanticismo del XIX exaltó la irracionalidad, pero como actitud emocional ante la crisis del antiguo régimen, que es lo que le subyace, se comprende. Por eso su consecuencia política más evidente, la explosión de los nacionalismos en Europa, tiene una lógica. Sin embargo, en el siglo XXI lo del independentismo catalán es imposible de entender: lo que lleva destruido se lo echarán en cara muchas generaciones futuras de catalanes y lo que puede lograr es simplemente nada.

 —Cita usted en varias ocasiones a Joan-Lluís Marfany. ¿Qué opinión le merece la obra de este intelectual no siempre justamente reconocido?

—Marfany es un ejemplo de lo que necesita Cataluña. Me admira su independencia intelectual, aunque no coincidamos en muchas cosas, pues él es un catalanista comprometido y yo, que ni siquiera soy catalán, no. Se trata de un historiador de la talla de Vicens Vives o de Reglà. Hace bien en seguir en la Universidad de Liverpool: imagino que en el ambiente irrespirable de Barcelona, donde un tal Torra llegó a dirigir el Centre Cultural Born, Marfany no podría haber hecho nada.

 —Cuando habla usted de lengua trasnacional, ¿a qué se está refiriendo?

—La transnacionalidad es un concepto moderno surgido en economía. Una empresa transnacional crea clones de sí misma adecuados a los entornos en los que se ha instalado y desde los que se toman las decisiones. Por el contrario, las empresas multinacionales son imperialistas, todo se cuece en la sede central. Hasta ahora las lenguas globales como el inglés eran multinacionales. El español, que empieza a ver proliferar varios centros de orientación normativa, está en camino de convertirse en la gran lengua transnacional del momento presente.

 —¿Quiere añadir algo más?

—Solo deseo agradecer a El Viejo Topo la oportunidad que me brinda con esta entrevista. El momento que vivimos en España es muy importante porque hay muchos aspectos convivenciales que no podremos resolver sin una pluralidad lingüística justa y simbólicamente asumida por todos.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Inmortalidad biológica

 Rosanna Carceller, "Liz Parrish y lo que esconde la historia de su terapia génica antiedad: “No tiene validación científica”", La Vanguardia, 23/10/2024:

Parrish, empresaria estadounidense del campo de la biotecnología, se ha vuelto viral por los supuestos resultados obtenidos probando en sus propias carnes la terapia génica contra el envejecimiento. La comunidad científica pone en duda sus resultados y alerta del gran riesgo que suponen estos tratamientos

Liz Parrish y lo que esconde la historia de su terapia génica antiedad: “No tiene validación científica”

La mujer que “descumple años”; que “ha rejuvenecido de los 53 a los 25”; la “Benjamin Button de la vida real”... Son algunas de las llamativas definiciones que hemos leído en los medios sobre Liz Parrish, la empresaria estadounidense que ha probado en sí misma la terapia génica que investiga con su empresa BioViva, fundada en 2015. Parrish asegura que decidió ser la “paciente cero” de esta terapia —experimentar con su propio cuerpo—, cuando su hijo fue diagnosticado de diabetes 1, y no encontraba cura. Una decisión controvertida y polémica, cuestionada por la comunidad científica.

Concretamente, Parrish se ha sometido en siete ocasiones a terapia génica a través de inyecciones intramusculares con folistatina, telomerasa, klotho y PGC-1 Alpha. La telomerasa es una enzima para alargar los telómeros; la folistatina otra para hacer crecer el músculo; la klotho es una hormona que se ha relacionado con el envejecimiento; el PGC1a es un regulador metabólico. Como resultado de todo ello, Parrish, de 53 años, asegura que sus telómeros se han alargado como si tuviese 25, aunque admite que hormonalmente, por ejemplo, sigue envejeciendo.

Resultados poco científicos

¿Entonces, rejuvenece o no, como hemos leído en decenas de titulares? La empresaria lo atribuye a una tergiversación de los medios. “Yo nunca he dicho que he rejuvenecido, ¡por favor aclárelo por mí! Sigo envejeciendo en muchos aspectos”, exclama en una conversación con La Vanguardia, en el marco del Longevity World Forum (LWF) de Alicante en el que ha participado estos días, junto a decenas de investigadores, médicos y profesionales sanitarios del campo de la longevidad de primer nivel mundial.

“Han mejorado mis telómeros después de la terapia, el problema es que los medios siguen diciendo que biológicamente me volví más joven. Esto sucedió solo en los telómeros y en algunos otros marcadores, no en todos. No tengo 25 años biológicamente, no todo mi cuerpo se está volviendo más joven. Es desinformación. Si pudiera rejuvenecer significaría que hemos curado el envejecimiento, y no, no hemos curado el envejecimiento todavía. Ese es el objetivo de la compañía”, añade.

Yo nunca he dicho que he rejuvenecido. No tengo 25 años biológicamente, no todo mi cuerpo se está volviendo más joven. Es desinformación.

Pero al margen de quién ha hablado de “rejuvenecimiento”, si ella misma o los periodistas, los resultados sobre sus telómeros tampoco son convincentes. “Se ha medido telómeros y la masa muscular, pero en realidad habría que hacer un estudio a fondo, durante seis o siete años, para ver cómo va evolucionando. Ella ha reconocido que sus aspectos hormonales siguen envejeciendo y no han cambiado. Si mides los telómeros que estabas atacando con telomerasa, pues claro, estás midiendo solo lo que atacas. Tienes que demostrar que los otros aspectos también están mejor”, opina también desde el LWF de Alicante Ana María Cuervo, codirectora del Instituto Einstein para la Investigación del Envejecimiento en Nueva York, y profesora titular de Biología Molecular.

En este mismo sentido se expresa Salvador Macip, director de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y catedrático de la Universidad de Leicester (Reino Unido), donde dirige un laboratorio de investigación en cáncer y envejecimiento. “Parrish está haciendo una cosa que no tiene ningún tipo de validación científica. Ella activa la telomerasa en sus células, pero no sabemos si ha funcionado, porque no tenemos medidas de envejecimiento. El envejecimiento no se mide con los telómeros o con relojes epigenéticos, tenemos ideas, pero todavía no podemos medir el envejecimiento”, dice el investigador, también ponente en el encuentro científico sobre longevidad, de gran pluralidad.

"Está haciendo una cosa que no tiene ningún tipo de validación científica", Salvador Macip, Catedrático de la Universidad de Leicester e investigador en envejecimiento

Además de sus telómeros, lo que luce fantásticamente a simple vista es su piel y su cabello. Ella asegura que es fruto sólo de sus experimentos con terapia génica, y niega haber pasado por tratamientos estéticos. “La folistatina hace que tu piel brille más. Creo que la terapia en la cara —me han puesto inyecciones subcutáneas en el rostro— tiene efectos en la producción de colágeno, pero costó bastante tiempo ver los efectos, si quieres resultados rápidos tienes que hacerte otros tipos de tratamientos”, explica Parrish.

“No me he sometido a ninguna operación estética, ¡no es cierto! Algunas personas incluso han insistido en tocarme la cara, algunos doctores han examinado mi línea del cabello. Y es que la folistatina aumenta el crecimiento del pelo. Alguien me contactó una vez y me dijo: “Tienes que dejar de usar maquillaje y de peinarte, y entonces el mundo te aceptará más”. Y yo pensé, “no, no voy a cambiar”. Soy un producto de mi tiempo, me gusta arreglarme maquillarme, y no voy a cambiar para hacerlo más fácil para los demás”, añade.

Dos peligros: terapias sin evidencia y un discurso anti-regulación

Parrish se salta las regulaciones sobre seguridad de los tratamientos. Su equipo médico le aplica las terapias siempre fuera de territorio norteamericano —una vez en Colombia y otras en aguas internacionales—, por las dudas sobre la legalidad de aplicar métodos no probados en personas sanas. “No queremos molestar al gobierno estadounidense, queremos trabajar con ellos, no incomodarlos. Si vas a otro país y firmas un formulario con un médico, indicando que entiendes los riesgos y la tecnología, y el médico también lo firma, puedes someterte a una terapia”, relata sin ningún tipo de pudor. 

“Este discurso anti regulación es muy peligroso, dice que nos tenemos que saltar las agencias reguladoras e ir a hacernos estos tratamientos donde se pueda. Las agencias reguladoras existen por y para algo. Haciendo esto vas en contra de la ética y de la seguridad”, dice Macip, que expone sus argumentos en la misma línea que el doctor José Viña, catedrático de Fisiología de la Universidad de Valencia. “Se está tratando a sí misma con terapias que no están científicamente probadas y menos aprobadas para el uso general. Los resultados los debe plantear con mucha precaución. Uno puede poner su vida en riesgo, pero no la de los demás. Quizá en unos años podamos aprender algo de todo esto, pero no recomiendo este tipo de terapias hasta que no estén aprobadas por los organismos internacionales reguladores (la FDA en Estados Unidos, y la Agencia Europea de Medicamentos en Europa)”, apunta Viña, que es autor de más de 300 artículos internacionales y medalla Albert Struyvenberg por la Sociedad Europea de Investigación Clínica por su liderazgo en investigación sobre envejecimiento y ejercicio.

"Se está tratando a sí misma con terapias que no están científicamente probadas. Uno puede poner su vida en riesgo, pero no la de los demás", José Viña, Catedrático de Fisiología de la Universidad de Valencia 

Envejecimiento

Viña, puntualiza que algunas terapias génicas tienen cada vez menos riesgo, -cuidado- “en enfermedades devastadoras que dependen de un gen. Modificándolo se puede facilitar mucho la vida a un niño, por ejemplo. Esto se está haciendo y en algunos casos está probado y es recomendable. Pero intentar hacer terapia génica para enfermedades que dependen de muchos genes, que son multigénicas, o para el envejecimiento, que depende de muchos factores, tiene menos sentido. El riesgo-beneficio en el caso del envejecimiento, está mucho más decantado hacia el riesgo”.

Para Ana María Cuervo, referencia mundial en el estudio del envejecimiento y la autofagia, si bien la base de la investigación de BioViva y de Liz Parrish sobre terapia génica es interesante, “el gen que se está usando para la longevidad, en este caso, está muy cerca del cáncer”. Y es que puede que esta emprendedora de la biotecnología esté asumiendo un enorme riesgo para su salud. “Las células de cáncer tienen más telomerasa que el resto de nuestras células y se pueden dividir más, por eso hay un cierto nivel de preocupación con lo que hace Parrish. Ella ha comentado que tiene más células madre que el resto de la gente, y esta combinación de aumento de las células madre y actuación sobre la telomerasa, es una receta para sufrir cáncer. Las células madre son buenas, pero no en exceso”.

"La combinación de aumento de las células madre y actuación sobre la telomerasa es una receta para sufrir cáncer", Ana María Cuervo, Codirectora del Instituto Einstein para la Investigación del Envejecimiento en Nueva York, y profesora titular de Biología Molecular

En esta misma dirección habla Macip sobre los riesgos para la salud. “La telomerasa es una enzima que se activa en células cancerosas. ¿Quieres dar este poder a todas las células de tu cuerpo, de dar un paso más para ir hacia el cáncer? Si esto provocase cáncer, no lo sabríamos hasta dentro de 10 o 15 años, por lo que son experimentos muy controvertidos y difíciles de hacer”, explica el investigador afincado en Leicester. “Parrish se está arriesgando mucho y lo peor es que da la imagen de que esto es algo que el consumidor puede hacer”.

Además, según Cuervo, el nuevo virus que propone BioViva para ser introducido en el genoma del paciente de por vida (para rebajar el coste de los tratamientos), no se ha probado. “Yo no empezaría a dárselo a las personas”, aclara la bióloga. “Probar todo esto en uno mismo es controvertido. La terapia génica ha tenido unos cuantos fallos iniciales, y se le ha puesto un freno, ahora se ha retomado, y estamos en la segunda ola, para tratar a niños. ¿En longevidad y para toda la población? Es muy complicado su uso”, concluye.

"La telomerasa es un antídoto contra el envejecimiento”, María Blasco, investigadora y directora del CNIO

Ante las alertas de todos estos riesgos, Parrish apela a los efectos secundarios de muchos fármacos aprobados y legales. “Los diez medicamentos más recetados tienen un montón de efectos secundarios. Una terapia génica tiene el potencial de salvar vidas y curar una enfermedad, tenemos que dejar de actuar como si todo tuviera que ser completamente seguro antes de usarlo. Estados Unidos es el país que más recetas médicas emite en el mundo, y tiene la esperanza de vida más baja de todos los países industrializados, tenemos que superar la idea del riesgo. Este año, 36 millones de personas morirán por no tener acceso a nuevos medicamentos. ¿No deberían haber podido acceder a estas nuevas tecnologías para ver si podrían haber vivido?”.

El impulso a la terapia génica y la salud como negocio

Para los especialistas hay una parte positiva de lo que está llevando a cabo la empresa que dirige Parrish. “Lo que hace BioViva es muy interesante, poder acercar la terapia génica a la población es una buena idea porque hay muchas posibilidades de aplicación en enfermedades monogénicas. Aunque querer tratar el envejecimiento con terapia génica es difícil y controvertido, Parrish busca nuevos vectores de esta terapia y esto está muy bien”, reconoce Macip, que explica que un vector es la herramienta para poner un gen dentro de las células. “Esto es positivo, en términos generales”.

Parrish asegura que decidió experimentar con sí misma y su envejecimiento, en vez de hacerlo con un paciente enfermo que necesitase este tratamiento, porque se hubiesen enfrentado “a una enorme controversia ética. Yo comprendía el riesgo, y si alguien hubiera muerto al recibir estas terapias, me habría sido muy difícil vivir con eso. Preferí ser yo”. Así fue como ella se convirtió en la paciente cero de una empresa que, al menos públicamente, no ha tenido paciente 1.

"Poder acercar la terapia génica a la población es una buena idea porque hay muchas posibilidades de aplicación en enfermedades monogénicas",  Salvador Macip, Catedrático de la Universidad de Leicester e investigador en envejecimiento

El negocio, ahora, es la investigación gracias a capital privado. “Nuestros inversores tienen que asumir todo el riesgo para hacer que la compañía funcione. En lo que estamos trabajando ahora es en un vector viral más grande, el CMV, para la administración de terapia génica. Todo esto está en la fase de investigación y desarrollo. La única manera que tenemos de generar ingresos en este momento es a través de la inversión de los inversores y acuerdos de licencia. Ya hay personas interesadas en licenciar la tecnología, aunque todavía esté en desarrollo”, dice Parrish.

Sorprende su capacidad de explicar conceptos médicos y biológicos ante un auditorio lleno de especialistas. ¿Su formación? “Comencé la carrera de biología, pero no la terminé porque tuve dos hijos y decidí enfocarme en mi familia. Después volví a estudiar y obtuve un MBA en negocios. Ahora, todo lo que sé sobre la terapia génica, es porque llevo nueve años trabajando en ello, leo todo lo que puedo y me reúno con mis asesores científicos, estudio con ellos. En nueve años es como haber obtenido, dos títulos universitarios, soy persistente. Podría tener un doctorado, pero me he enfocado en la industria. Ya contamos con científicos en mi equipo”, nos explica. Ciertamente, entre sus asesores figuran nombres como George Church, profesor de genética en Harvard, y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el doctor Tong-Ming Fu, director científico de enfermedades infecciosas en IGM Biosciences, INC o el polémico Aubrey de Grey, gerontólogo biomédico.

"Senolíticos, la piedra filosofal del envejecimiento que promete alargar la vida hasta los 140 años",  Marc Solanes

“Mi esperanza es que logremos que el CMV funcione, para poder administrar múltiples genes al mismo tiempo en el cuerpo. Crear medicina curativa para todas las enfermedades conocidas”, nos cuenta la empresaria. ¿Con tratamientos que cuestan miles de millones de dólares? “Cuando hay muchas personas que quieren usar la terapia génica, se puede volver asequible. Cuando hagamos dosis más grandes de terapia génica, ya podremos, gracias a las economías de escala, reducir el precio entre un 20 y un 50%”.

¿Por qué los gobiernos no invierten más en ello, si puede ahorrar costes al sistema sanitario? Según la empresaria de BioViva, “los gobiernos son como las empresas, tienen planes a 20 o 30 años, y simplemente integrar nuevas tecnologías en esos planes es un proceso lento. En Estados Unidos, esperamos que el sector privado haga casi todo, que financie casi todo el desarrollo de medicamentos. Los gobiernos están invirtiendo más dinero en lo militar que en la salud de su propia gente. Realmente necesitamos cambiar su enfoque, y por eso es necesario que nos manifestemos y le digamos a los gobiernos que necesitamos acceso a estos nuevos desarrollos, porque podrían ahorrar billones de dólares con un sistema de salud real, no un sistema de “cuidado de enfermos””. 

La eterna juventud sigue siendo motivo de investigación científica

Ana María Cuervo, bióloga celular: “La idea para retrasar el envejecimiento es comer dos veces al día” Ana María Cuervo es líder mundial en el estudio del envejecimiento y la autofagia.

Rosanna Carceller

Castellón de la Plana (1978), coordinadora de 'Longevity' en La Vanguardia. Periodista especializada en salud, envejecimiento, psicología, sexualidad, nutrición y estilo de vida.

jueves, 5 de diciembre de 2024

Alfonso Ussía, Todos prohibidos

 Alfonso Ussía, "Todos prohibidos", en La Razón, 8.01.2016:

Buena le ha caído encima a mi compadre Antonio Burgos con su artículo «Las Flequis». Machista, rancio, asqueroso, antiguo... le han dicho de todo. Antonio Burgos se ha limitado a hacer uso de su libertad en un asunto opinable. A las «Nekanes», aquel grupo de batasunas amortizadas, les decían en el País Vasco «Las Feas». Señoras feministas y señores buenistas. Somos muchos los feos y las feas. El despreciado por Juan Manuel de Prada, Winston Churchill –para mí, modestamente y con el permiso de Zamora uno de los personajes más grandes del siglo XX–, se lo llamó directamente a «lady» Astor en el Parlamento. Ella, previamente, había llamado a Churchill «borracho». –Y usted es fea. Mi problema se arregla con una siesta. El suyo es para toda la vida–. Lo de Anna Gabriel y las «magas» de Valencia es para escribir un libro.

Pero lo políticamente correcto ha prohibido todo. Y a todos. «Era su nombre Juana / hija de un zurrador y una gitana. / Cambió de nombre y se llamó Ana Pérez / con ayuda de un sastre y de un alférez. / Y, viéndose triunfante, / a Toledo se fue con un farsante, / adonde, por doncella, una alcahueta / se la vendió a un trompeta». Quevedo condenado por el último pareado dedicado a Juana: «En donde por lo puta y por lo moza / se llamó doña Julia de Mendoza». También prohibido don Manuel del Palacio. «Diálogo al vuelo cogido / en el baile de Menchaca. / -Oriénteme usted, querido; / ¿quién es esa horrible vaca / que al pasar le ha sonreído?-. / Se lo diré, caballero: / Es doña Julia Terrón, / hija del duque de Ampuero / y madre de este ternero / que está a su disposición». Tercetos del soneto de don Manuel a la nobleza española de la Corte de Isabel II: «Saavedra a la Lombilla jode ahora; / Sanjuán, de Fernandina es el segundo; / y don Ramón con la Fonseca mora. / Mas, si queréis ejemplo más profundo, / en Palacio hallaréis una señora / que es capaz de joder con todo el mundo». Y era fea.

A Bretón de los Herreros –también prohibido por machista–, le da por la ironía: «Doña Tecla, la de Yecla / es Tecla muy singular. / ¡De qué servirá una tecla / que no se deja tocar?». Carlos Cano, el poeta del XIX, no el cantautor del XX: «De espaldas a mi novia la fornico. / Y ella mucho se mueve y se menea. / ¿La razón? Que su padre es harto rico / y, mi novia, terriblemente fea». Hasta el anónimo juego de palabras versificado ha sido prohibido por la Nueva Inquisición: «Te quiero jo, te quiero jo / te quiero joven y bella, / como una pu / como una pu / como una pura doncella. / Y con mi pi, / y con mi pi / y con mi pícara mano / tocar las te / tocar las te / tocar las teclas del piano». A Juan Pérez Creus, poeta que escribió con los seudónimos de «Maese Pérez» y «Pájaro Pinto», lo calificó una periodista de «Informaciones» de «cobarde, piojoso, melindres y maricón» por no haberse atrevido a firmar con su nombre unos versos contra la familia de Franco que corrieron, como en el Siglo de Oro, por todas las tabernas de Madrid. Tardó Pérez Creus cinco años en vengarse y, ya con la libertad recuperada, respondió a la periodista con un soneto cuyos tercetos serían hoy motivo de encarcelamiento súbito: «Llamarte fresca, pobre sonaría. / Decirte zorra, no daría tu talla, / pues por puta te tienen las personas. / Y llamarte putísima, sería / como llamarle cerro al Himalaya, / como decirle arroyo al Amazonas». Y a la escritora Dolores Medio, cuando la descubrió paseando por la orilla del Sardinero: «Saca ya de las aguas / tus pies pequeños, / que se te corta el “siglo”, / Dolores Medio». Y los tercetos de Antonio Mingote a lo más admirable de una mujer que deambulaba por El Retiro: «Te veo caminar mientras te alejas / esparciendo a tu paso la hermosura, / y suspiro, ya ves, sin disimulo, / pues suspenso y atónito me dejas / admirando, en tu porte y tu figura, / lo que es más digno de admirar: tu culo».

martes, 3 de diciembre de 2024

Odio, artículo de Raúl del Pozo

Raúl del Pozo, Odio al presidente, en El Mundo, 2-XII-2024

En España mataron a algunos presidentes, pero sin lincharlos. La reacción de los suyos ha sido bunkerizarse a través de un desesperado ejercicio de culto al líder

El PSOE acusa a los jueces y a los medios de comunicación de intentar tumbar la democracia con mentiras y propaganda; y los magistrados contestan que la corrupción es un fenómeno criminal. Nunca a un presidente del Gobierno le habían intentado aplicar la paliza de Lynch, como ocurrió en Paiporta. En España mataron a algunos presidentes, pero sin lincharlos. La reacción de los suyos ha sido bunkerizarse a través de un desesperado ejercicio de culto al líder. Esta clase de resistencia, prietas las filas, no impide que el presidente sea odiado fuera de su partido hasta el punto de no poder salir a la calle.

Se ha declarado en el Congreso Federal del Partido Socialista que Pedro Sánchez está sometido a una cacería humana de carácter golpista mediante bulos y denuncias falsas.

Santos Cerdán ha dicho: «Hay una industria del odio que genera fango, ruido y bilis con el fin de provocar el caos». Los oradores del Congreso Federal creen que se quiere acabar como sea con el actual líder del PSOE sin explicar el gran lío que tienen en la cúpula y sin admitir errores. El presidente del Gobierno continúa desafiando a los enemigos con permanecer 1.000 días en La Moncloa y con seguir en el poder tres años, y «los que vienen», atacando a los jueces que le pueden procesar y sin explicar los casos de galopante corrupción que rodea a sus familiares y colaboradores. Los socialistas atacan a los jueces, cuando está en sus manos, y a los medios que publican noticias de las tramas vinculadas al Ejecutivo y al PSOE. No dicen por qué ese partido está más pringado que nunca ni por qué un solo individuo controla todo el poder orgánico. Tampoco responden por las filtraciones del novio de Ayuso ni por el escandalazo de Aldama; se limitan a señalar a los magistrados.

Es verdad que nunca ha llegado tan lejos el odio a un presidente del Gobierno como ocurre con el actual. Se montó el cirio en una conferencia de Felipe González, al que ponían con la cabeza para abajo; a Mariano Rajoy le dieron un puñetazo. Desde Adolfo Suárez al de ahora, todos los presidentes han sido abucheados. El odio aprovecha todas las ocasiones para sacar ventaja. Y lo que debe hacer un gobernante es no atizar el rencor, sino tender puentes y buscar la concordia. O sea, lo contrario de lo que hace Sánchez. En vez de defenderse con lealtad, culpa a los otros de sus errores. Y va a terminar indultándose a sí mismo.

Exilio republicano en México

 Dossier en dos partes:

I

FIL Guadalajara. Los supervivientes del exilio español: “Ningún país del mundo nos acogió como lo hizo México”

Un documental y una mesa de debate en la FIL organizados por EL PAÍS con miembros del exilio republicano profundiza sobre sus vidas en el país de acogida

David Marcial Pérez

Guadalajara, El País, 1 DIC 2024:

Conchita Michavila volvió a España en los años sesenta, casi tres décadas después de haber salido rumbo a México siendo una niña de cuatro años como otros miles de exiliados republicanos. En Madrid pasó mucho tiempo con un tío suyo que le contó cosas duras de aquella España de la que huyó su familia. Su padre era un abogado socialista y su tío, un militante falangista, que le dijo a su sobrina: “Si tu padre no se llega a marchar, yo mismo lo hubiera matado. Pero no te angusties, si le veo ahora, lo que voy a hacer es darle un abrazo”. La anécdota la contó este sábado la propia Michavila, de 86 años, en la mesa Los supervivientes del exilio español en México, organizada por EL PAÍS en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, FIL, cuya edición de este año tiene a España como país invitado.

El episodio retrata bien la crueldad homicida del golpe militar de 1936 que acabó derrocando al gobierno democrático de la Segunda República española después de tres largos años de Guerra Civil. Unas penurias que contrastan con la infancia de aquellos niños que llegaron a México. “Tuvieron una infancia gozosa y una juventud libre en el país que los acogió”, explicó Carmen Morán Breña, la periodista de El PAÍS que moderó el evento, que arrancó con un documental producido por el diario que profundiza, con entrevistas y una detallada investigación de archivo, en las vidas de los exiliados en México. Además, El País Semanal publica hoy un número especial dedicado al exilio mexicano.

“Fuimos niños felices, aunque es cierto que vivíamos un poco en una burbuja”, contó otra de las ponentes, Aída Pérez, de 86 años. Ella, como casi todo el resto de hijos de exiliados, estudio en el Colegio Madrid, junto al Vives, los dos centros educativos fundados por refugiados republicanos. “Desde los choferes al jardinero, todos eran exiliados”, recordó Pérez, que considera que todos ellos llegaron verdaderamente a México cuando entraron en la UNAM, la gran universidad mexicana. Otro contraste más, casi todos y todas estudiaron una carrera. El padre de Pérez era telegrafista, su madre, ama de casa. Ella estudió arquitectura. “No se concebía otra cosa que no fuera ir a la universidad”. En gran medida, la República trasladó a México los ideales truncados por el golpe militar, como por ejemplo la educación como herramienta de progreso y libertad. Michavila recuerda por ejemplo lo que le decían sus amigas en España cuando les contaba que había estudiado biología: “¿Para qué? Si tú vas a cuidar a tu marido”.

México ayudó con armas y comida al bando republicano español durante la Guerra Civil. Condenó antes que ningún otro país en la arena internacional la dictadura franquista. Fue el principal destino americano de los exiliados y sede del Gobierno durante los años cuarenta. El repaso al contexto histórico y político corrió a cargo de Fernando Serrano Migallón, 79 años, hijo del fiscal que acompañó al Gobierno republicano durante su salida y al que su padre le puso de tercer nombre Lázaro, por el presidente mexicano Lázaro Cárdenas, quien abrió la puerta a los refugiados. Economista además de historiador, Serrano Migallón enfatizó la identidad tan particular que constituyó para ellos el hecho de ser exiliados: “La migración es esperanza, pero el exilio es abandono y tristeza. Nosotros llegamos a México con una idea de temporalidad. ‘Cuando esto pase vamos a dejar de estar aquí y vamos a volver”. Siguiendo con esa idea, citó también una frase de uno de los grandes escritores de la novela de la Revolución, Mariano Azuela: “Los exiliados llegaron a México dispuestos a todo menos a quedarse, que es lo que finalmente hicieron”.

Muchos de los que llegaron de niños sí volvieron, pero a pocos de los padres, que se juraron no volver a su país hasta que muriera el dictador Franco, les dio tiempo a regresar. Los que sí lo consiguieron, en 1987, fueron los de Conchita Michavila. Recordó que en el avión iban todo el viaje exultantes cantando canciones republicanas. Pero cuando el piloto anunció por megafonía que estaban entrando en territorio español, todo fue silencio y suspiros. “Cumplieron el sueño de volver a España, pero fue muy fuerte para ellos. Tanto que a los tres meses se murieron los dos”.

Michavila recordó también el agradecimiento a México, donde se casó, formó su familia y ha vivido gran parte de su vida. Pérez fue más allá y contó que ha participado en muchos foros con exiliados que llegaron a otros países, como Suecia o Noruega. “Ningún país del mundo nos acogió como lo hizo México. No solo el Gobierno, el pueblo también”.

II

Los últimos exiliados en México de la guerra civil española

Eran unos niños cuando llegaron a un país desconocido. No sabían por qué estaban allí. Las razones se llamaban guerra y exilio. Sus abuelos y sus padres cuidaron de ellos, y ellos se convirtieron en mexicanos de alma española que devolvieron con creces el cariño recibido al país que los acogió. Hoy, en el otoño de una vida que no eligieron, miran sin nostalgia y con cierto orgullo por el retrovisor de la historia.

Carmen Morán Breña / Elena San José

1 DIC 2024

Regina Díaz y Aída Pérez pasean tomadas del brazo por Veracruz. Charlan como solo pueden hacerlo dos amigas que se conocen desde hace más de 80 años, y la brisa marina las devuelve a un pasado que se hace presente en cada aniversario. A ese puerto mexicano llegaron hace 85 años miles de exiliados españoles en buques fletados por el Gobierno republicano al final de la Guerra Civil. En 1939 arribó el primero, el Sinaia, en el que viajaba Regina con tan solo seis meses. Tres años después, el Nyassa dejó en la costa a Aída, con cuatro añitos cumplidos a bordo.

Ambas vienen de familia asturiana, pero vieron la luz en Barcelona, algo más que una feliz coincidencia. Los niños que subieron a esos buques huyendo de la guerra y del franquismo nacieron en cualquier parte, allá donde los fue dejando el peregrinaje de sus padres. Las mujeres se ponían de parto en el Madrid atrapado por la guerra, en Barcelona, de camino a la frontera, o ya en Francia. Aquellos niños solo encontraron tierra firme en México, donde cientos de veracruzanos los saludaban desde el puerto sin que ellos entendieran bien qué ocurría. Esos niños, hoy ancianos, son los últimos testigos del penoso éxodo español, aunque nunca tuvieron nostalgia propia y su memoria de aquello es heredada, pero qué otra cosa es la memoria, más que un legado de generación en generación.

Se criaron bajo los mismos volcanes que causaban extrañeza a sus mayores; pasaron la infancia escuchando que la paella no salía igual en México por culpa del agua, y todavía hoy tienen que responder la impertinente pregunta de si quieren más a papá o a mamá: “Yo quiero a los dos. Quiero a España porque es la tierra de mis padres, es donde nací. Pero quiero a México porque aquí crecí, me casé y tuve a mis hijos. Pero sí, hay veces que pienso: ¿a quién quiero más? No lo sé”, dice Conchita Michavila, un bebé de nueve meses en aquel barco de bandera francesa, el Sinaia.

Regina Díaz. Nació en Barcelona y llegó con apenas seis meses a bordo del 'Sinaia', el primer barco fletado por la República. Se licenció en Química y ejerció como profesora en la UNAM durante 30 años. Hoy tiene 86 y está jubilada, pero el último jueves de cada mes sigue juntándose con sus compañeros de clase del colegio Madrid. “Una amistad de 80 años no la tiene cualquiera”, dice orgullosa.

Regina Díaz. Nació en Barcelona y llegó con apenas seis meses a bordo del 'Sinaia', el primer barco fletado por la República. Se licenció en Química y ejerció como profesora en la UNAM durante 30 años. Hoy tiene 86 y está jubilada, pero el último jueves de cada mes sigue juntándose con sus compañeros de clase del colegio Madrid. “Una amistad de 80 años no la tiene cualquiera”, dice orgullosa.

Daniel Ochoa de Olza

Cierto es que fueron españoles mucho tiempo, porque los exiliados, alrededor de 20.000, se apiñaron en los mismos colegios, iban al mismo club, vivían en edificios donde el olor a sardinas en la escalera no sorprendía a nadie y esperaban con ansiedad la muerte de Franco cada tarde en la misma cafetería. En la capital mexicana, donde se asentó la mayoría, los más pequeños se criaron felices en su burbuja hispana. Pero un día llegaron a la Universidad y descubrieron que su acento les convertía en extraños para los demás.

Entonces, ¿qué eran ellos? En ese limbo navega todavía la mente de los ancianos que son hoy. La última generación de seres híbridos que conservan la bandera republicana y aprendieron las calles de Madrid leyendo a Pérez Galdós, que disfrutan con el mole y toleran el picante como el que más. Votan en las elecciones mexicanas, pero también en las españolas y hasta en las europeas. Politizados y laicos con un solo dios que les inculcaron en casa: Lázaro Cárdenas, el presidente que abrió las puertas de México, el país en el que han nacido sus hijos y donde han enterrado a sus padres.

Si algún exilio fuera ideal, ese fue el de aquellos niños: el de Conchita y Regina, que llegaron en el Sinaia; el de Aída, Carmen y los hermanos Alejandro y Vicente, que las sucedieron en el Nyassa, y el de Víctor Daniel, que se adelantó a todos a bordo del Flandre. Ellos no tuvieron que llorar el desarraigo que atormentó a sus padres, sino recrearse en un país recién salido de una revolución que sentó las bases de la sociedad moderna. Los pocos que acabaron en otros Estados, como Josefina, que vivió en Veracruz, no siempre corrieron la misma suerte. Y de esa diferencia habla consciente Juan Bonilla Rius, presidente del Ateneo Español de México: “Por supuesto que hubo víctimas del exilio, pero no fuimos nosotros”.

El encuentro entre una República y una Revolución

Cuando los exiliados se echaron al mar, poco o nada sabían sobre el país que los iba a acoger. Sus pensamientos estaban fijos en el retrovisor: la familia, la tierra, la infancia azul y un sueño arrasado por tres años de Guerra Civil. Pero el desembarco en el puerto de Veracruz, donde los esperaban el presidente Cárdenas y un pueblo abierto y entusiasta, fue mucho más que un encuentro feliz. Podrían haber huido a cualquier país y cualquiera habría sido mejor que el destino que les deparaba España, pero lo que hallaron allí se ajustó como un guante a sus necesidades y expectativas, y también a la inversa. La sintonía que se produjo fue tan singular y fructífera que definió la forma en la que hoy se ven a sí mismos ambos países.

Aída Pérez. Asturiana nacida en Barcelona camino del exilio, llegó con sus padres, Eva Flores Valdés y Manuel Pérez, a México en el barco 'Nyassa' en 1942. Es licenciada en Arquitectura y trabajó en una constructora y dando clases de dibujo en el colegio Luis Vives, en Ciudad de México. Está jubilada y tiene 86 años. Ferviente republicana, sigue la actualidad española como si nunca hubiera dejado el país.

En otro momento quizá la simbiosis habría sido menor, pero el pueblo al que llegaron entonces era un terreno fértil para las ideas que la truncada democracia había sembrado en España. “La República española encontró en la Revolución Mexicana un proyecto similar, republicano, demócrata, progresista en el más amplio sentido de la palabra, de valores laicos, públicos, de respeto por la cultura…”, enumera Francisco Mejía, investigador de la UNAM especializado en el exilio: “España estaba pasando un momento de esplendor justo antes de la Guerra Civil, pero México también: el México cardenista de la expropiación petrolera que creó institutos tan importantes como el Politécnico Nacional”. En ese caldo de cultivo, los españoles alcanzaron en América lo que no lograron en su país: educar por primera vez a toda una generación en los valores republicanos.

La familia de Aída Pérez lo comprobó enseguida. “Lo primero que hizo mi papá fue comprar una Constitución mexicana. La leyó y dijo: ‘Estupendo país”, recuerda la hija del telegrafista. “Era un México que despegaba”, cuenta, y el Gobierno les hizo partícipes de ese ascenso. El agradecimiento es tal que todavía hoy enciende las pasiones. “Cuando hacíamos reuniones, si alguien decía algo [malo] de Cárdenas, nos lo comíamos vivo”, incide con humor Carmen Hernández, que llegó con dos años en el mismo buque. Un espacio ajardinado, con piscina climatizada y control en el acceso conduce al apartamento que Carmen tiene en Ciudad de México. Su padre era mecánico y diputado del PSOE; su madre, taquimecanógrafa. “La vida mejoró, mis padres no podían creer que aquí había libertad para pensar y hablar”, recuerda.

La única condición que puso el mandatario para recibirlos fue que no intervinieran en la política mexicana. Y lo cumplieron a rajatabla, aunque andando el tiempo los hijos del exilio terminaron nutriendo las élites políticas. Salvado aquel requisito, todo fueron facilidades.

Conchita Michavila. Nació en Barcelona y llegó a México a bordo del 'Sinaia' en 1939, con nueve meses. Ahora tiene 86 años. Dice que siempre le gustaron “los animalitos” y por eso estudió Biología. Dio clases en el colegio Madrid y en el Instituto Escuela y se casó con otro refugiado español. Sus hijas, ya mexicanas, fantasean con vivir en España, de la que se enamoraron en su último viaje familiar.

Cárdenas ordenó que los refugiados entraran en las universidades pagando solo 200 pesos, como los mexicanos, y no 5.000, el precio para los extranjeros, una medida de gracia sin la que muchos no serían lo que son hoy.

Al calor de instituciones como los colegios Luis Vives y Madrid, la Casa de España o el Ateneo, todas ellas fundadas por españoles, aquellos muchachos saltaron con éxito a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde muchos pasaron de ser alumnos a profesores. También los hijos de obreros y campesinos, cuya falta de preparación se compensaba con una profunda formación política que inculcaron a su prole.

“Cuando se proclamó la República, más del 50% de los españoles eran analfabetos. ¿Cuántos podrían ser intelectuales? No llegaría al 1%. Sin embargo, representan el 10% de los exiliados”, explica el historiador mexicano Fernando Serrano Migallón, hijo del último fiscal de la República española. La cultura fue un eje vertebrador de la comunidad republicana, y los estudios, la prioridad, lo que contribuyó a extender la imagen intelectual que se tiene del exilio.

“Estaba decidido. No se te ocurría otra cosa más que estudiar una carrera”, abunda Aída Pérez, arquitecta de profesión, una mañana de julio en la casona porfiriana que alberga ahora el Ateneo. Allí se encuentra con los hermanos Alejandro y Vicente Rodríguez, que llegan agarrados del brazo y sosteniendo un bastón que afianza sus pasos entre la niebla que les ha dejado una ceguera congénita. Los hermanos rememoran los productos que enviaban a España, azúcar y café, sobre todo, para paliar las carencias de los que se quedaron allí, práctica común entre los refugiados. Ambos son ingenieros, uno en Mecánica, el otro en Electrónica.

Las compañeras de Aída también optaron por carreras de ciencias, una elección que sorprende todavía hoy, ante la presencia mayoritaria de hombres en esas materias. Conchita Michavila es bióloga, y Carmen Hernández, química, como Regina Díaz. “El exilio fue una oportunidad”, reconoce Hernández, “mi padre decía: ‘En España no habrías sido licenciada en Química”. La brecha entre aquellas mujeres y las que se quedaron era abismal. “Cuando me carteaba con mis primas, me llamaban la atención sus faltas de ortografía”, recuerda. El exilio mostró su mejor rostro a una generación que lo vivió con la alegría de quien se siente parte de una identidad común: la que habla con la ce española y la ese mexicana, o las cambia en función de quién contesta al teléfono.

Alejandro y Vicente Rodríguez. Son hermanos. Alejandro (a la derecha) tiene 89 años, y Vicente, dos menos. Llegaron a México con sus padres a bordo del 'Nyassa' en 1942. Los dos son ingenieros: el primero en Mecánica, y el segundo, en Electrónica. Ambos padecen una ceguera congénita y aseguran no sentir ninguna nostalgia por España, aunque siguen votando cada vez que hay elecciones en un país que también sienten como propio y del que hablan con pasión.

Alejandro y Vicente Rodríguez. Son hermanos. Alejandro (a la derecha) tiene 89 años, y Vicente, dos menos. Llegaron a México con sus padres a bordo del 'Nyassa' en 1942. Los dos son ingenieros: el primero en Mecánica, y el segundo, en Electrónica. Ambos padecen una ceguera congénita y aseguran no sentir ninguna nostalgia por España, aunque siguen votando cada vez que hay elecciones en un país que también sienten como propio y del que hablan con pasión.

Si el país americano les brindó un campo de posibilidades para explorar, ellos lo devolvieron con una explosión de desarrollo. Fundaron editoriales, construyeron edificios, hoteles y casinos, triunfaron en las letras y en las ciencias y, muy especialmente, revirtieron lo aprendido en el terreno educativo. Los maestros más aguerridos llevaron el sueño republicano a otros Estados. Allí abrieron los grupos escolares Cervantes, todavía vigentes, con un alumnado más mexicano que el de los centros capitalinos.

La endogámica burbuja española se rompió en la Universidad al mezclarse unos y otros. Sin embargo, en la calle, las dos Españas chocaban a veces con ferocidad. Cuando el numeroso contingente de republicanos arribó a la capital se encontró con otros 20.000 españoles que les habían precedido décadas atrás, aquellos que buscaban hacer las Américas y montaron negocios fructíferos. Los llamaban gachupines y eran ideológicamente diferentes, cuando no contrarios, y las peleas entre ambos bandos se reprodujeron en México. “El Luis Vives, que era mi escuela, estaba junto al Cristóbal Colón, un centro de gente bien, de derechas, nada que ver con nosotros”, relata Hernández. “Un 15 de septiembre [Día de la Independencia de México], alguien llevó una bandera franquista y se armó una guerra, como en las películas”, rememora risueña. El enfrentamiento entre unos y otros era tal que el Luis Vives se cambió de barrio.

En los puestos callejeros, sin embargo, junto a las banderas mexicanas, el Día de la Independencia se vendían también las de la República española, recuerda la escritora Angelina Muñiz-Huberman —nacida en Hyères, Francia, y con 87 años—, una muestra de cómo los dos proyectos se anudaron con fuerza. “Era un orgullo decir: yo soy exiliada”, sostiene la autora, última superviviente de una generación de escritores que se sirvió del destierro como fuente de inspiración. “El exilio quejoso no es el que me atrae. Me atrae el exilio de toda persona que está fuera de la corriente, te da muchos puntos de vista, entiendes al otro porque tú eres el otro para el otro”, reflexiona. “El exilio / en el centro / el exilio”, recita la autora. Es uno de sus poemas.

“La imagen de prestigio del país en política exterior se empieza a labrar con la guerra de España”, explica David Jorge, historiador del Colmex: “México llevó la voz [de la República] al primer foro internacional de la época, la Sociedad de Naciones y, a mediados de los años treinta, hace valer una posición internacional de respeto a las soberanías y de profundo antifascismo”.

La veta humanitaria inherente al recibimiento de los españoles se extendió a los que huyeron de la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, de las dictaduras del Cono Sur. Ese eje de la política exterior mexicana, que se mantiene hoy como una pieza central, surgió entonces, como tantas otras cosas, producto de aquella simbiosis.

Carmen Hernández. Madrileña, llegó a México con sus padres en el 'Nyassa' cuando tenía dos años. Ahora tiene 84. Se licenció en Química porque pensó que su formación iba a ser “mucho más amplia” estudiando algo de ciencias y, como sus compañeras, siente que entró realmente en México cuando llegó a la Universidad. Sus padres sintieron nostalgia por España toda la vida, dice, y para ella fue “emocionantísimo” conocer el país del que tanto le habían hablado.

Exilio se escribe en plural

El éxodo que llegó y encontró un México moderno y prometedor no fue el único en un fenómeno que reclama hablar siempre en plural: no es el exilio, son los exilios. Hay otro menos conocido, más minoritario y no tan afortunado como aquel que se quedó en la gran ciudad, fundó instituciones y se mudó a los mismos vecindarios. Es el que se diseminó por los Estados, sin el abrigo de la comunidad ni la calidez del acento común. No eran un núcleo compacto, por eso es tan difícil rastrearlos, apunta Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del histórico presidente. Recalaron en Puebla, Veracruz, Chihuahua, allá donde encontraron una posibilidad para labrar la tierra o rehacer su vida. Unos porque no tuvieron la misma suerte que sus compañeros de viaje; otros pocos marcharon por “salud mental”, para alejarse del valle de lágrimas en que se convirtió la comunidad refugiada cuando se evidenció que no podrían volver, explica David Jorge: “Ese exilio quedó al margen del relato. Se desconoce casi todo de él”.

En ese pequeño hueco de la historia creció Josefina Ibars Lonca, nacida en Seròs, un pueblito de Lleida, y embarcada en 1939 en el Sinaia, a los 13 años: ni tan pequeña para evitar el desarraigo ni tan mayor para entender del todo lo que ocurría. “Estuve dos días llorando en mi camarote, pero un día amaneció y mi mamá me fue a buscar: ‘Sube a la cubierta que están cantando’. “Entonces subí, me sumé a cantar y empecé a adaptarme”, recuerda la catalana.

Josefina pasea sus 99 años por Veracruz con alegría vital. La fragilidad de su cuerpo no le impide moverse a donde quiere, se agarra a donde haga falta. Es posiblemente la única superviviente que vivió aquella travesía con conciencia de lo que dejaba atrás. Solo cuando tuvo 70 años y había enterrado a su marido volvió por primera vez a una España donde todavía la esperaban algunos de sus primos y sus amigas de la infancia.

Pero hasta llegar al feliz reencuentro pasaron casi 60 años de altibajos. “En México no padecimos hambre, pero sí muchas carencias. No había dinero”, cuenta. Su padre era albañil, y su madre, costurera. Tras la llegada a Veracruz —”había una valla de pura gente que nos aplaudía. Se abrió la gloria”—, acabaron en un pueblo de Hidalgo. “Nos dieron un alojamiento y 100 pesos, y nos prometieron tierras para trabajar. Pero nos dejaron allá y se olvidaron de nosotros”, recuerda. De ahí marcharon a la capital y finalmente a otro pueblo de Oaxaca, donde conocieron al comerciante con el que se casó Josefina. “Entonces era muy amable, luego cambian…”, dice irónica. Ella tenía 18 años; él, 28. Se mudaron a Veracruz y ahí empezó el aislamiento.

—¿No siguió en contacto con el resto de los españoles?

—Mi esposo nunca lo permitió. Si llegaba alguna paisana a verme, la corría. Y ahí empezaron a llegar los hijos.

Tuvo nueve, pero fallecieron tres. Hoy la rodea un enjambre de nietos. Ella dice que su labor en la vida fue tener hijos, a quienes les dio lo que ella no disfrutó. Cuando su madre les decía a las nietas: “Niñas, hay trastos sucios, párense a lavar”, Josefina replicaba: “No, esa no es su obligación. Su obligación es hacer sus tareas”. Y ella se las revisaba y las ayudaba a dibujar. “Yo les decía: ustedes, prepárense, porque si se casan y les va bien, qué bueno. Pero si encuentran un marido que las maltrate, déjenlo, tienen con qué trabajar”.

Josefina Ibars Lonca. Nació en Seròs, Lleida, y viajó a México con 13 años, junto a su familia, a bordo del 'Sinaia'. Ahora tiene 99 años y vive en Veracruz, donde tuvo a sus nueve hijos. Le gusta mucho cantar en catalán, como cuando era niña, aunque ahora ya no tiene con quién hablar el idioma. Recuerda la fruta de su pueblo con nostalgia intacta, pero hace tiempo que no vuelve. “La banderita republicana la cuido como a la niña de mis ojos”, sostiene todavía hoy.

Josefina evita hablar de sus años de casada, su memoria salta de la infancia a una vejez mucho más libre que la de décadas atrás, pero nunca perdió sus convicciones. Quizá no participó del progreso general que sus compatriotas disfrutaron en la capital —para ella llegó una generación después—, pero las enseñanzas republicanas permearon y se encargó de que fluyeran hacia abajo. Hoy acude a los aniversarios del desembarco en Veracruz y reconecta con unas raíces que durante décadas sobrevivieron ancladas solo en su cabeza.

La gente la recibe hoy como a una verdadera estrella y ella charla, canturrea sardanas y disfruta como la niña que cantaba en el coro de Seròs, adonde ha vuelto en cuatro ocasiones. Ella no viajaba para descubrir una España que conocía de oídas, sino para volver a su casa, a su pueblo, a sus duraznos “suavecitos” y sus melones “dulces y sabrosos”. “Yo ya no sé si me siento mexicana, pero nunca he dejado de ser española. Mi tierra es mi tierra”, dice con un toque de orgullo, y se golpea el pecho con el puño. Hoy su nieto aprende catalán, el idioma que su abuela tenía prohibido hablar en casa, porque el exilio es un viaje de ida que encuentra siempre la forma de volver.

La política, un puente sobre el Atlántico

Cada cinco años, los pocos exiliados que van quedando vuelven a las costas de Veracruz a honrar el mar que los llevó a México y al que entregan las cenizas de sus mayores. Frente a esas olas depositan su memoria, comen, bailan y todavía hoy participan de asombrosos reencuentros. Regina Díaz, de 86 años, y Josefa Ibars, de 99, se conocieron el pasado junio aunque habían viajado en el mismo barco. Aquellos niños de entonces se sienten hoy satisfechos de que el recuerdo que en México se mantiene vivo empiece a conocerse en España. Para todos, más mujeres ya que hombres, llegaron este año los reconocimientos oficiales.

El ministro español de Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, apretó en junio una agenda imposible en México: visitas a los colegios que nacieron con el exilio o a los cementerios donde reposan los grandes nombres expulsados de su patria: Luis Cernuda, León Felipe, Concha Méndez, Max Aub, Carmen Parga y tantos otros. Un día antes, el Ateneo Español de México había sido declarado “lugar de memoria democrática”, la primera vez que se otorgaba esta distinción fuera de España.

España se asoma ahora a su exilio mexicano. En cambio, la segunda generación del destierro, como la primera, nunca ha dejado de interesarse por lo que sucedía al otro lado del Atlántico. La política es quizá el mayor vínculo con la patria perdida. Casi todos están muy pendientes de los informativos, lo mismo si exhuman a Franco de su tumba en Cuelgamuros que del resultado electoral. “Nostalgia de España, ninguna”, dicen los hermanos Alejandro y Vicente. Pero la actualidad es otra cosa: “La política española ahora es una vergüenza, el nivel de bajeza al que han llegado…”, comentan encendidos refiriéndose a la ultraderecha.

Ellos, como el resto de su generación, sí han viajado a la patria lejana, aunque la nostalgia no era su timón. Más bien la curiosidad por conocer un lugar en el que solo habían nacido y del que tanto hablaban sus padres. Ahora que la violencia se ceba con México, ven una España de promisión. Muchos de sus nietos estudian y viven allí, merced a la nacionalidad adquirida por su ascendencia, y otros viajan con dinero y por placer para descubrir un país muy distinto del que se consumía bajo la dictadura franquista. “El año pasado mis hijas se quedaron enamoradas de España, incluso dijeron: ‘Aquí se vive muy bien, mamá, qué bárbaro, cómo comen, y todos tan felices, nos quedamos a vivir aquí”, cuenta Conchita Michavila. “Ahora en España nos están ganando, tenemos que apresurarnos aquí”, se ríe su amiga Aída. “Alguna vez nos planteamos irnos a vivir allá”, dirá también Carmen Hernández, “pero al final te vuelves, porque México es México”.

Con débiles pasos se dirige Víctor Daniel Rivera Grijalba hacia su estudio en la planta alta de una fenomenal casa que él mismo, arquitecto por la UNAM, diseñó. Él llegó en 1939 en el primer barco que salió de Francia con republicanos hacia México, el Flandre. Quienes allí viajaban se habían pagado sus pasajes, eran gente con posibles. El arquitecto, ya retirado, es un hombre crítico con el gran exilio, del que se ha apartado. Y de España solo le interesa el fútbol. “Obviamente, el Real Madrid”, ríe.

La comunidad republicana es más heterogénea de lo que se piensa, a decir del historiador David Jorge. Eran de procedencias sociales muy distintas y reunían diversas ideologías que, andando el tiempo, se han agudizado en la segunda generación. Se dicen republicanos y progresistas si se les pregunta por España, pero la alta posición social que han alcanzado algunos les inclina hacia otras tendencias en México.

En lo que quizá coinciden todos es en su rechazo a la Monarquía, que ven como un arcaísmo. A muchos de ellos, sin embargo, tampoco les estorba ya esa figura coronada y no les hace ni pizca de gracia que los gobiernos mexicano y español entren en peleas diplomáticas, a cuenta del Rey o de lo que sea. El rifirrafe suscitado por la exclusión de Felipe VI en la investidura de la presidenta Claudia Sheinbaum les trae de cabeza. “Eso estuvo muy mal y me parece muy bien la contestación que ha dado Pedro Sánchez”, dice Regina Díaz. Ella eliminaría todas las monarquías. “Todas, pero si en España ha funcionado… Total, en México no hay monarquía y la política tampoco funciona”, afirma.

Víctor Daniel Rivera Grijalba. Nació en Santander y es hijo de un militar. Arquitecto retirado, llegó a México en el 'Flandre', el primer buque de todos. Quienes iban en él habían pagado su billete, a diferencia de los que vendrían después bajo el paraguas de la República. Él recuerda jugar con otros niños en la cubierta, y divertirse cuando el barco se inclinaba y parecía quedarse “en punta”. También se acuerda de la presencia de un cuentacuentos, Antonio Robles, que les leía durante la travesía. 

Los viejos republicanos están acostumbrados a los antiguos lazos entre ambas naciones, aquellos tiempos en los que el 14 de abril se celebraba en México con una gran cena a la que acudía la plana mayor del Partido Revolucionario Institucional (PRI). “Después de lo que pasó, lo que importa es que haya libertad. Además, en España no manda el Rey”, zanja Aída Pérez. “Aznar decidió entrar en la guerra de Irak, Zapatero decidió retirar las tropas, nunca supimos qué pensó el rey Juan Carlos”.

Y a los hermanos Alejandro y Vicente Rodríguez, ¿qué les parece que Felipe VI no fuera invitado a la investidura de Sheinbaum, a la que votaron?

—Una solemne tontería, vamos a dejarlo ahí —dice Alejandro.

—Algo más que una tontería —le secunda su hermano.

—¡Dilo en mexicano, hombre!

—Bueno, pues una pendejada —ríe Vicente al otro lado del sofá, en el Ateneo.

Así discurren ahora las conversaciones en ese Ateneo donde antaño se desgañitaban socialistas y comunistas por ver quién se llevaba el gato al agua. La institución se esfuerza hoy por sumarse a la conversación actual: “Tenemos que entrar en la discusión de lo que quiere decir ser migrante y exiliado ahora”, dice Juan Bonilla, el presidente.

De buena mañana, los niños del colegio Luis Vives se alinean a las órdenes de sus maestras para entonar un par de canciones españolas, con letras adaptadas a la actualidad. Acompañados de una guitarra y un cajón, los escolares cantan La Tarara y Si me quieres escribir, una tonada del frente de guerra republicano. Buganvillas estrelladas cuelgan sobre sus cabezas.

Aggi Garduño

El que fuera un centro con maestros y niños españoles es ahora plenamente mexicano, pero conserva una reputación de valores emanados de la Institución Libre de Enseñanza, emblema de la Segunda República. “Igualdad, solidaridad, lealtad, laicismo, amor por la enseñanza”, enumera la exdirectora del centro privado, María Luisa Gally Companys, nieta de Lluís Companys, ministro en la República y presidente de la Generalitat catalana, fusilado por los franquistas.

Los niños que acuden cada día a estos colegios continúan la “hermandad” que surgió hace 80 años, en palabras de Regina Díaz, que estudió en el colegio Madrid y sigue reuniéndose el último jueves de cada mes con sus antiguos compañeros: “Es una amistad que no tiene cualquiera. Son las mismas aspiraciones, los mismos traumas y los mismos dolores. Es un bien común y es un mal común que compartimos con alegría”.

Con idéntica solidez y prestigio se mantienen hoy algunas de las instituciones fundadas entonces, como el Colegio de México, un reputado centro universitario de investigación, o el Fondo de Cultura Económica (FCE), la gran editorial latinoamericana. Aquella hornada de muchachos bien formados ocupan también hoy puestos en la alta política mexicana. Es el caso de la excanciller Alicia Bárcena, descendiente de exiliados, secretaria hoy de Medio Ambiente en el Gobierno de Sheinbaum, o del que fue subsecretario de Salud y comandó la lucha contra el coronavirus, Hugo López-Gatell, nieto de republicanos españoles. La semilla echó raíces.

Un vínculo de acero fiel

“Atravesamos la frontera a pie. Mamá llevaba una maleta con el ajuar de casada, sábanas y todo eso con el nombre de uno y de otro. No podía con la maleta y la dejó en los Pirineos. Yo también llevaba una maleta con una tortilla española. Pero me quedó la idea de que cargaba con dos botellas de vino, hasta que hice el comentario y mamá me dijo: ‘¡Qué botellas ni qué narices!, tenías cinco años, solo llevabas la tortilla”, cuenta Víctor Daniel Rivera Grijalba. Así son ya los recuerdos implantados de aquellos niños del exilio, nebulosas evocaciones de la infancia. Esta generación que ahora se extingue como una vela creció en la esquizofrenia de una doble vida: la juventud gozosa en un país vibrante contrastaba en la calle con la desazón que se vivía en casa. La consciencia de que ellos eran mexicanos se instaló también en la mente de sus padres. España ya solo sería un país de vacaciones, quizá una urna al otro lado del Atlántico para seguir votando y una bandera roja, amarilla y morada siempre en la biblioteca. “Porque un día ya no se puede más”, dice el poema de Angelina Muñiz-Huberman, “Y ese día, ese día aceptas el paisaje”.

La memoria incompleta de aquellos niños fue, finalmente, un ancla poderosa para mantener vivo el legado español en México, pero también propició una integración que entreteje las vidas de ambos países, porque no tuvo su origen en sangrientas conquistas ni en explotaciones empresariales. Es un vínculo “de acero fiel”. Palabra de poeta.