domingo, 16 de noviembre de 2025

Cualquiera tiempo con Franco fue peor.

 Aniversario del 20N. Por qué con Franco no se vivía mejor: cuando el Régimen creía que el papel de la mujer era “encontrar a quién someterse” en El País, por Natalia Junquera, Madrid - 16 NOV 2025:

 Pese al revisionismo histórico y el discurso de la extrema derecha, el desmontaje de la legislación de la dictadura ha llevado a España a la época de mayor libertad y progreso.

“Si quieres identificar una dictadura, es muy sencillo: Todo lo que no es obligatorio está prohibido”. La frase del periodista Iñaki Gabilondo ilustra con lucidez casi cuatro décadas de franquismo, pero la desmemoria, el desconocimiento y el revisionismo histórico que practica y difunde la extrema derecha han provocado que esa distinción no parezca tan evidente para más de un 21% de la población que considera, según una encuesta reciente del CIS, que esos años fueron “buenos” o “muy buenos” para el país. La idea de que con Franco vivíamos mejor se ha expresado en el Parlamento —“Este es el peor Gobierno en 80 años”, declaró el líder de Vox, Santiago Abascal—, y también fue en la sede de la soberanía nacional donde un diputado —Manuel Mariscal, del mismo partido— se jactó de que “gracias a las redes sociales”, los jóvenes están “descubriendo que la etapa posterior a la Guerra Civil no fue una etapa oscura, sino de reconstrucción, progreso y reconciliación”.

La historiadora Carmina Gustrán, comisionada del Gobierno para la celebración de los 50 años de España en Libertad, el programa estatal relacionado con el aniversario de la muerte de Franco, explica que “todos los actos diseñados [más de un centenar] buscan ampliar el conocimiento sobre la dictadura, su miseria económica y moral” y, al tiempo, festejar la “gran transformación” desde la reconquista de la democracia. “Hemos pasado de ser un país que reprimía, encarcelaba y aplicaba terapias de conversión a los homosexuales, a ser un referente mundial en políticas LGTBIQ+. Hemos pasado de la dote para que las mujeres dejaran sus trabajos al casarse, a altas tasas de empleabilidad femenina, con mujeres ocupando cada vez más puestos de responsabilidad en empresas e instituciones. De ser un país de emigrantes, con miles de personas que salían del país cada año, a ser uno de acogida...”.

Estos son algunos de los hitos de esa gran transformación:

“Hágase la ciega, la sorda y la muda”

“Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadosa”, escribía Antonio Vallejo-Nágera, psiquiatra de cabecera del franquismo, “débese a los frenos que obran sobre ella, pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer, entonces despiértase en el sexo femenino el instinto de crueldad”. Amparado en esos estudios que pedían “reformas sociales indispensables para restar adeptos a la causa marxista”, el Régimen se puso manos a la obra en la fabricación de frenos para contener socialmente a las mujeres después de los “excesos” de la República. Como primera medida, “la salud de la raza”, explica el historiador Paul Preston en El holocausto español, “exigía separar a los niños de sus madres rojas” en las cárceles. Las disparatadas teorías eugenésicas de Vallejo-Nágera “se emplearon para justificar el secuestro de niños republicanos” y que no germinara en ellos el peligroso “gen marxista”.

En 1942 se creó el Patronato de Protección a la Mujer para, según el decreto franquista, “apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de la religión católica”. La llamada Liga Española contra la Pública Inmoralidad; la Sección Femenina; el consultorio de Elena Francis... todo estaba orientado a sepultar los derechos y libertades alcanzados en la República y recluir a las mujeres en cocinas y paritorios. Curiosamente, la única con poder en las instituciones del Régimen, Pilar Primo de Rivera, al frente de la Sección Femenina, y hermana de José Antonio, fundador de Falange, decía cosas como estas: “La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular o disimular, no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse”; “Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles”.

En esa reeducación también jugó un papel determinante un consultorio radiofónico ideado como una especie de policía moral que sirvió, durante décadas, para legitimar el franquismo. El libro Las cartas de Elena Francis (Cátedra) recoge cuantiosos ejemplos. A una madre con cuatro hijos que confiesa la infidelidad de su marido, la locutora le aconseja: “Es mucho mejor que se haga la ciega, la sorda y la muda. Procure hacer lo más grato posible su hogar...”. A otra mujer que le habla de las palizas que recibe en presencia de su hija de 10 años, le recomienda: “Sea valiente, no descuide un solo instante su arreglo personal. Y cuando él llegue a casa, esté dispuesta a complacerlo en cuanto le pida...”.

Y la prueba del algodón, el Código Civil y el Código Penal. Con Franco, España volvió a la legislación de 1889. “Artículo 60: ”El marido es el representante de su mujer"; “Artículo 61: ”Tampoco puede la mujer, sin licencia o poder de su marido, adquirir por título oneroso ni lucrativo, enajenar sus bienes, ni obligarse, sino en los casos y con las limitaciones establecidas por la Ley". Es decir, un sistema de tutela similar al de países como Arabia Saudí o Qatar. Además, en mayo de 1942, el franquismo recuperó el delito de adulterio, pero con diferencias según quien lo cometiera porque, aunque “idéntico en su esencia” era “diverso por la gravedad del daño, mucho mayor en la infidelidad de la esposa”. Así, según el Código Penal, cometía adulterio “la mujer casada que yace con varón que no sea su marido y el que yace con ella sabiendo que está casada, aunque después se declare nulo el matrimonio”. Si el adúltero era el hombre, se hablaba de “amancebamiento”. La mujer era culpable siempre; el hombre, solo si tenía a su amante en la casa conyugal.

En 1958, y gracias a la presión de una abogada falangista, Mercedes Formica, conmocionada por el asesinato a puñaladas de una mujer a manos de su marido, se introdujeron algunas reformas en el Código Civil —los cambios fueron conocidos como “la re-formica”—. Como recuerda el historiador Nicolás Sesma en Ni una, ni grande, ni libre, “se equiparó la consideración jurídica del adulterio y se redujo la unilateralidad en la disposición del patrimonio inmobiliario y el régimen de gananciales. Se mantenía, sin embargo, la necesidad de contar con el permiso del marido para la participación en procedimientos legales, la aceptación de herencias y el ejercicio de la función de albacea”. Ya en 1975, el trabajo incansable de otra jurista, María Telo, favoreció nuevos cambios para que las españolas casadas pudieran abrir cuentas en el banco, trabajar y disponer de su salario sin permiso del marido.

La ley del divorcio se aprobó en 1981. La de igualdad, en 2007 (con la abstención del PP). El 3 de diciembre de 1986 se practicó el primer aborto legal en España —se había despenalizado para algunos supuestos—; en 2010 entró en vigor la ley de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. En 2022, la modificación del Código Penal que castiga con prisión de tres meses a un año o con trabajos en beneficio de la comunidad a quienes acosen a las mujeres que deciden abortar. Hoy hay más universitarias (56,8%) que universitarios. En el Gobierno de la nación tres son vicepresidentas y ocho, ministras. En los Ejecutivos regionales hay cinco presidentas; en el Congreso, las mujeres son el 44% del hemiciclo. Una bióloga molecular de León, Sara García, astronauta de reserva, investiga sobre nuevos fármacos contra el cáncer. En 2007, una almeriense de 26 años, Rosa María García-Malea, se convirtió en la primera mujer piloto de caza del Ejército...

A la cárcel por homosexual

En 1954, el Régimen franquista incluyó a los homosexuales en la ley de vagos y maleantes, junto a “los mendigos profesionales y a los que vivan de la mendicidad ajena, exploten menores de edad, enfermos mentales o lisiados”. La norma permitía, como “medida de seguridad”, internar a gais en “instituciones especiales, y, en todo caso, con absoluta separación de los demás”. En 1970, cinco años antes de la muerte de Franco, la ley fue sustituida por la de “peligrosidad y rehabilitación social”. La dictadura los consideraba ahora una especie de enfermos a los que había que “curar” y los separaba en “pasivos” o “activos”. Las lesbianas eran enviadas al manicomio. Entre los represaliados del colectivo, Rampova relataba a este periódico a punto de cumplir 50 años: “En la prisión de Barcelona me enviaron a un pabellón de invertidos para menores. Los presos pagaban a los vigilantes para colarse y violarnos. Luego nos pegaban palizas para demostrar que ellos no eran gais. Venían cinco, seis veces al día. A veces hasta ocho. He tenido más violaciones que relaciones consentidas”. Después de la cárcel, llegaba el destierro. De uno a dos años.

El pasado julio se cumplieron 20 años de la entrada en vigor de la ley del matrimonio igualitario. España fue el tercer país del mundo en aprobarlo.

Ya en 1938, durante la Guerra Civil, el BOE publicó la ley de prensa que estableció un sistema de censura previa “frente al libertinaje democrático”. De acuerdo a la norma, correspondía al “jefe del servicio de prensa de cada provincia”, elegido por el ministro, ”ejercer la censura de acuerdo con las orientaciones que se le dicten". El Ministerio podía “castigar gubernativamente todo escrito que tienda, directa o indirectamente, a mermar el prestigio de la Nación o del Régimen, entorpezca la labor de Gobierno en el Nuevo Estado o siembre ideas perniciosas entre los intelectualmente débiles”. Los mecanismos se fueron perfeccionando para que en España nadie leyera, oyese o viese algo que no fuera del gusto de las autoridades franquistas.

En 1966, siendo ministro de información Manuel Fraga, se aprobó una nueva ley de prensa que pretendía ser más aperturista, lo que no impidió cierres de periódicos como el diario Madrid. Dos años después de la muerte de Franco un decreto estableció: “La libertad de expresión y el derecho a la difusión de informaciones por medio de impresos gráficos o sonoros no tendrá más limitaciones que las establecidas en el ordenamiento jurídico con carácter general”.

Recientemente, sin embargo, en Ayuntamientos gobernados por el PP y Vox se han producido episodios de censura, como la cancelación en Briviesca (Burgos) de la obra El mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca, que narra, precisamente, la historia de un maestro republicano, Antonio Benaiges, torturado, fusilado y arrojado a una fosa común en 1936.

Una de las charlas del programa España en libertad, titulada Del milagro a la realidad: dictadura, transición y democracia desde la historia económica, desmontó varios mitos alrededor de Franco. “Los países de la Europa Occidental”, explicó Vicente Pinilla, catedrático de historia económica, “tardaron cinco años en recuperar el PIB per cápita previo a la guerra. A España le costó 17″.“En 1975, el gasto público suponía el 11,7% del PIB mientras que la media europea estaba entre el 40% y el 50%”, añadió. Margarita Vilar, doctora en Economía, recordó que en los años sesenta, un trabajador de la misma industria, cualificación y cargo “ganaba tres veces más en Suiza y dos veces más en Alemania” y explicó cómo la ley de bases de seguridad Social, que entró en vigor en enero de 1967 y por la que algunos atribuyen falsamente a Franco la creación del Estado del bienestar, no tenía “nada que ver con las medidas que se aprobaron en democracia para reducir la desigualdad y tratar de cubrir universalmente a la población”. “En aquella ley”, aclaró, “el coste de pago era mucho mayor para el asalariado que para los empresarios”.

Paula Rodríguez, doctora en Economía, se refirió a los engañosos datos de paro durante el franquismo “a costa de expulsar del mercado de trabajo a las mujeres [solo los hombres cuyas esposas no trabajaran fuera de casa podían acceder al llamado subsidio familiar] y por la emigración española”. Después de la primera etapa del exilio, que supuso una mutilación cultural e intelectual (Luis Buñuel, Rafael Alberti, Federica Montseny, Clara Campoamor...), aproximadamente dos millones de españoles abandonaron el país entre 1960 y 1975. La emigración, como recuerda Arturo Lezcano en El país invisible (Libros del KO) fue una especie de Plan Marshall privado [del real España fue excluida por su régimen político]. La dictadura, que en 1941 había llegado a prohibir la emigración por decreto, luego agradeció la generosa aportación de sus remesas.

Sobre la supuesta inteligencia económica de Franco, una anécdota: a principios de los cuarenta fue estafado por un austriaco, Albert Edward Wladimir Fülek Edler von Wittinghausen, que le convenció de que tenía la fórmula para convertir agua, extractos de plantas y otros ingredientes secretos en un combustible superior a la gasolina, la fikelina, como la llamaba cariñosamente el dictador. En su biografía, Paul Preston relata que Franco se apresuró a anunciar que España sería autosuficiente en energía y un país rico exportador de petróleo. Ignacio Martínez de Pisón explica en El estafador que engañó a Franco que la primera ley de protección de la industria nacional durante la dictadura fue precisamente para favorecer el desarrollo de la fikelina, incluyendo la expropiación de unos terrenos a las afueras de Madrid para instalar una fábrica y la construcción de unos tanques subterráneos para almacenar la nueva pócima. Descubierto el engaño, el timador fue encarcelado discretamente y en 1946, deportado a Alemania.

“La dictadura”, resume la historiadora Carmina Gustrán, “fue especialista en tergiversar la realidad. Franco celebró en 1964 sus ’25 años de paz’ cuando lo que se había sufrido en España desde 1939 era fundamentalmente unas políticas de la venganza por las que los franquistas sistemáticamente encarcelaron, asesinaron y robaron a los republicanos y sus familias. Presumió de desarrollo económico sin hablar de los altísimos costes sociales, ni del éxodo rural, ni de las remesas de los emigrantes; ni de la construcción sin planificación en la costa, ni de los barrios de chabolas a las afueras de grandes ciudades sin agua, luz, alcantarillado, escuelas o transporte público”. La historiadora pone un ejemplo más de “los bulos que se repiten de un modo sistemático y con fines políticos”: “Los proyectos de pantanos no son una invención del franquismo. La II República ya tenía un Plan Nacional de Obras Hidráulicas en 1933, promovido por Indalecio Prieto. Franco continuó con el desarrollo de infraestructuras que ya estaban planificadas y para ello utilizó, en muchos casos, mano de obra esclava, de presos mayoritariamente políticos. En la construcción de pantanos, además, se enriquecieron las grandes empresas vinculadas al régimen con prácticas profundamente corruptas y el uso de esa mano de obra esclava”. “El franquismo”, concluye, “fue una máquina de crear infelicidad”.

Hoy, España es un país receptor de emigrantes. Este año ha superado el millón de afiliados latinoamericanos a la Seguridad Social de un total de 21,8 millones de cotizantes. El diario británico Financial Times acaba de describir la economía del país como “la de mayor crecimiento de Europa y una de las más sólidas del mundo desarrollado”.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Los jóvenes se aproximan a la espiritualidad.

 Por qué los jóvenes vuelven a creer en Dios: "A mí me ha ayudado mucho más la Iglesia que mi psicóloga", en El Mundo, por Rodrigo Terrasa (Madrid) 3 noviembre 2025:

Dios está de moda. Y no sólo lo dice Rosalía... Tras décadas de secularización acelerada, se está produciendo un leve repunte del catolicismo en varios países del mundo. También en España. Y detrás están las nuevas generaciones: "Nos hemos cansado de la sobredosis de superficialidad".

"Yo tenía una vida completamente alejada del Señor... Hacía cosas que para el Señor no se pueden hacer. Salía con chicos, digamos que no era casta antes del matrimonio, me emborrachaba y nunca iba a misa. Vamos, no tenía una vida demasiado tranquila... Hasta que todo cambió".

Cristina Sempere tiene 27 años, es sevillana, trabaja como profesora de inglés y hasta hace unos años tenía una vida tan normal como la de cualquier joven de su edad y una cuenta de TikTok en la que subía bailecitos como los de cualquier otra tiktoker de veintitantos años. Hace algo más de un año los borró todos. Y empezó de nuevo. Su último vídeo en la red social tiene más de 50.000 visualizaciones, pero Cristina ya no repite coreografías infantiles: ahora explica cómo rezar el rosario. "Mi primer vídeo con contenido católico ya fue viral y desde entonces mis seguidores no han dejado de crecer".

Cristina cuenta cómo maquillarse para ir a misa, te ayuda a hacer tu propio altar en casa o a usar agua bendita para perdonar nuestros pecados veniales. Habla de "auténticos influencers" como Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus, o el adolescente italiano Carlo Acutis, el primer santo millennial. Recomienda libros para encontrar la fe, enseña lo que lleva una mujer católica en el bolso y hace unboxing de biblias, reliquias y estampitas. También habla de sus tips para "sobrevivir" siendo joven en castidad.

-¿Ahora tienes pareja, Cristina?

-He conocido a chicos de todas partes, pero nunca he tenido pareja. Ahora estoy conociendo a alguien, pero en castidad. Y nunca he sido más feliz. El hecho de estar con alguien, que me vea y no me quiera tocar un pelo es un descanso y me protege para tener una relación más sana.

Entre su cuenta en castellano y otra que tiene en inglés, Cristina Sempere acumula cerca de 30.000 seguidores, cientos de videos y una homilía infinita de hashtags: #soycatolico, #misa, #pecado, #virgenmaria, #PapaLeón, #JesúsTeAma, #JesusIsKing, #catholictiktok...

El pasado verano, Roma acogió por primera vez un Jubileo al que acudieron cerca de mil influencers católicos como ella y "misioneros digitales" de 46 países de todo el mundo. El objetivo del Vaticano era poner el foco en el entorno virtual en plena crisis global de fe. "La Iglesia no es para solo unos pocos, es para todo el mundo, pero hay que salir a la calle a recoger a la gente, a llamarles y las redes sociales son un modo fantástico de evangelizar", celebra Cristina.

Según las estimaciones de la Iglesia, el número de católicos está aumentando a nivel mundial, pero el crecimiento se debe casi de forma exclusiva a África. En Europa y Estados Unidos, el desplome ha sido constante en las últimas décadas. Y España no es una excepción. El barómetro del CIS dice que algo más de la mitad de los españoles se declaran católicos y sólo un 18,8% son practicantes. En 1978 los creyentes en nuestro país eran un 90,5%. Y en los 47 años que el CIS lleva preguntando por nuestra fe, el porcentaje de ciudadanos que se declaran ateos, agnósticos o no creyentes ha pasado de un pírrico 7,6% a un 40%.

El último Observatorio Demográfico de CEU-CEFAS revela que el porcentaje de bebés bautizados y niños que hacen la Primera Comunión ya es menor del 50%, las bodas por la Iglesia han caído drásticamente desde 2001 y las vocaciones se han hundido sin remedio desde los años 60. El mínimo histórico de nuestra creencia se alcanzó justo hace dos años, cuando sólo el 51% de los españoles se declaraba católico y parecía irremediable que, en cuestión de meses, España dejara de ser mayoritariamente católica por primera vez en más de 16 siglos.

Sin embargo, algo parece haber cambiado.

"El proceso de secularización acelerada que se estaba viviendo en países como Estados Unidos o España se ha detenido y, de repente, estamos viviendo un repunte religioso", explica el sociólogo Luis Miller, científico titular del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. "Es un repunte muy leve, pero un repunte".

Según sus análisis, por primera vez desde los años 80, las encuestas han detectado un ligero rebrote del catolicismo. En los dos últimos años la proporción de católicos ha subido alrededor de dos puntos. Y el crecimiento es especialmente llamativo entre los jóvenes: el número de católicos menores de 34 años en nuestro país ha pasado de un 34% a un 42,8%.

"No es una reconversión masiva, pero sí un cambio de tendencia", analizaba Miller hace unos días en las páginas de EL MUNDO. "Después de décadas de retirada, la fe parece haber dejado de retroceder".

Y la culpa (o el mérito) parece ser de los más jóvenes.

Dios está de moda. El grupo musical católico Hakuna llena cada recinto en el que actúa. La literatura religiosa registra récords de facturación en España. Los retiros espirituales de Effetá tienen lista de espera. La fe es viral en las redes sociales mientras los reguetoneros le cantan al Señor, Dani Alves se hace predicador, el luchador Ilia Topuria se declara "supercreyente" y Tamara Falcó promociona apps de oración: "Si no voy a misa, me entra ansiedad".

La película de Alauda Ruiz de Azúa Los domingos, que cuenta la historia de una joven que decide ingresar en un convento, se ha convertido en el fenómeno cinematográfico del momento. Y hasta Rosalía, que ya jugaba con toda la iconografía religiosa en El mal querer, se viste ahora de monja para promocionar su nuevo disco: Lux.

"Una motomami sabe que el mejor artista es Dios", decía ya la cantante en la promoción de su último álbum, en 2022. Tres años después, su calculada campaña para anunciar su próximo trabajo ha sabido conectar con un fenómeno que empieza a emerger entre las nuevas generaciones.

"La religión ya no es la chapa de un cura desde un púlpito, ya no es algo aburrido. Ver a jóvenes hablando de su fe en las redes es muy contagioso"

Quique Mira, influencer católico

"Nos hemos cansado de la sobredosis de superficialidad que el mundo nos propone, del mensaje supermán de productividad, eficacia y éxito que nos llena de fiesta, dinero, alcohol y sexo pero al final no nos hace felices", resume Quique Mira. De profesión, evangelizador.

Quique tiene 27 años, 173.000 seguidores en Instagram y otros 68.000 en TikTok. Es, al igual que Mery Lorenzo, su mujer, influencer católico y generador de contenidos religiosos. Además es fundador y director de Aute, una entidad que genera contenido de alta producción para compartir el mensaje del Evangelio entre los jóvenes y que incluso ha desarrollado una aplicación llamada WayUpp, una especie de Airbnb que "digitaliza realidades eclesiales", es decir que geolocaliza parroquias, retiros espirituales y movimientos religiosos para conectar a los jóvenes con la Iglesia.

"La nueva ola de contenido digital ha dado mucha autenticidad a la fe", celebra él. "La religión ya no es la chapa de un cura desde un púlpito, ya no es algo alejado y aburrido. Ver a jóvenes hablando de su fe en las redes sociales sin miedo es muy contagioso".

La historia personal de Quique no es muy diferente a la de Cristina Sempere en Sevilla. Ninguno de los dos venía de una familia especialmente religiosa. "Mis padres están divorciados. Mi padre es ateo y mi madre cree, pero a su forma", cuenta ella. "A mi madre le costó muchísimo entender mi nueva vida porque es cero creyente, cero practicante", cuenta él.

Cristina estudió en las Salesianas, pero creció convencida de que la Iglesia era una institución retrógrada, homófoba y machista. "En la vida me hubiera imaginado que acabaría yendo a misa todos los días", reconoce ahora.

-¿Ya no te parece machista la Iglesia?

-¿Cómo va a ser machista si la segunda persona más importante después de Cristo es la Virgen María?

-¿Y te gusta Rosalía?

-Soy muy fan, tengo todos sus álbumes y siempre ha sido una persona muy espiritual. No creo que su estilo de vida esté en plena coherencia con la Iglesia, pero rezo por su camino. Ojalá verla algún día en misa.

Tras una adolescencia "complicada", la inquietud espiritual acercó a Cristina a la brujería y al new age y después de vivir un tiempo en Italia -ya saben, "completamente alejada del Señor"- sintió lo que ella denomina "un llamado".

"Empecé un proceso de deconstrucción de todo lo que pensaba que era la Iglesia y todos mis tremendos prejuicios y encontré respuestas cuando estaba más perdida", asegura. "La Iglesia ofrece orden, ideas claras y estabilidad, no da lugar a dudas y ofrece respuestas concisas y sentimiento de comunidad justo cuando hay más jóvenes solos o atrapados en la incertidumbre. A mí me ha ayudado mucho más la Iglesia que mi psicóloga".

"La Iglesia ofrece orden, ideas claras y estabilidad, sentimiento de comunidad justo cuando hay más jóvenes solos o atrapados en la incertidumbre", Cristina Sempere, profesora e influencer católica

Quique, desde Valencia, coincide: "Cuando todo va bien es fácil creer que tus elecciones son las buenas, pero cuando empiezas a pasarlo mal, lo superficial desaparece y empiezan a brotar preguntas".

Hasta los 19 años, vivió volcado en el fútbol, los amigos y la fiesta. "Trabajaba gestionando clubes de noche en Barcelona y vivía siguiendo mis instintos y buscando sólo mi placer y el éxito. Disparaba en todas las direcciones, pero no era feliz en ninguna", admite. "Hasta que un día conocí a un sacerdote y me cautivó su forma de ver la vida. Me adentré en el estudio de la Biblia, en la misa, y me enamoré".

-¿A qué has tenido que renunciar?

-No he renunciado a nada, he elegido. Dios ha ordenado muchas horas desordenadas en mi vida. Le ha dado sentido y ahora es mi centro y es hacia donde miro. Es un regalo que ha cambiado mi vida y creo que no tengo que esconderme por ello. Se ha roto un tabú y que cada vez seamos más jóvenes los que nos pronunciemos de forma pública sobre nuestra fe anima a otros a acercarse sin miedo.

Los chavales de su generación empiezan a creer más y además también ejercen más su fe. Entre quienes se definen como católicos en España, la práctica religiosa muestra también un pequeño giro. A comienzos de los 2000, el 40% de los católicos iba a misa al menos una vez al mes. Esa cifra se redujo drásticamente en las dos décadas siguientes hasta caer a un 24%, pero en los últimos cinco años ha subido hasta el 26%. Y otra vez el salto viene impulsado por los más jóvenes. Sólo los creyentes mayores de 65 años van más a misa que los católicos menores de 24: acuden a la iglesia un 35,5%.

"Entre las nuevas generaciones se está produciendo una reivindicación de los valores tradicionales como rechazo a un movimiento cultural muy potente que se venía dando desde hace 15 o 20 años", explica Luis Miller, que lleva un tiempo analizando los efectos secundarios de la polarización salvaje en nuestro país y ha encontrado también razones ideológicas en este nuevo fenómeno.

"Lo que ha pasado tanto en España como en Estados Unidos es que en los últimos años se ha producido un alineamiento entre religión y política que antes no existía", asegura el autor de Polarizados. La política que nos divide (Deusto). "En algún momento de la última gran crisis económica, con el final del Gobierno de Zapatero y el 15-M, la izquierda dejó de identificarse como religiosa de forma mayoritaria. La irrupción de Podemos supuso un cambio ideológico y cultural importantísimo en nuestro país al que no hemos dado el valor suficiente, pero se instauró un anticatolicismo en España ante el que ahora surge una reacción similar a la que puede ocurrir con el feminismo o expresiones culturales como los toros".

"Mi generación ha visto cómo todo lo que parecía seguro se ha desplomado y cuando no hay nada a lo que agarrarte, siempre emerge la religión", Israel Merino, periodista

De repente, jóvenes no necesariamente criados en un entorno religioso están fascinados por la religión, por la Iglesia, el misticismo, la fe y las conexiones con lo sobrenatural y hasta con el nuevo Papa: el "papa Bob", como es conocido Robert Prevost, es tendencia en las redes sociales.

"Igual Dios es el único que puede llenar el vacío", decía hace unos días Rosalía en una entrevista en el pódcast Radio Noia. "Me he pasado toda la vida con esta sensación de vacío. A veces te confundes, pensando que con algo material lo puedes llenar, con una experiencia, un lío en el que te metes o incluso las relaciones románticas en las que pones a la pareja en un pedestal. A lo mejor estamos confundiendo este espacio. Será que este espacio es el espacio de Dios", reflexionaba Rosalía repantigada en una cama junto a la periodista Mar Vallverdú durante la promoción de su nuevo disco.

"Desde la pandemia se ha producido un resurgir espiritual y místico entre los más jóvenes", apunta el escritor y periodista Israel Merino, de 24 años. "El islam también lo está petando y hay un nuevo interés por el mundillo esotérico, el tarot y hasta el zodiaco. Y en ese contexto, la religión católica no tiene rival: tiene mejor marketing que nadie porque su imaginario es potentísimo".

En un artículo titulado Rosalía en la era de Dios, Merino hablaba estos días de la conexión del disco de la artista catalana con una época en la que los jóvenes buscan consuelo desesperadamente. "Ella es tremendamente inteligente y ha sabido ver la ola que viene. Mi generación ha visto cómo todo lo que se consideraba seguro se ha desplomado", asegura el periodista en conversación telefónica. "Nos dijeron que con una carrera y un máster íbamos a tener un trabajo de puta madre. Y si sabías inglés, ya eras la hostia. Pero eso se ha caído. Todo lo establecido se ha ido al garete y cuando no hay nada a lo que agarrarte, siempre emerge la religión".

-¿Hay un componente reaccionario en este auge de la fe?

-Seguro que lo hay y los movimientos más reaccionarios se aprovecharán de él para sus maléficos planes, pero creer que todo lo religioso es reaccionario es absurdo, una payasada que la izquierda perderá por goleada si sigue instalada en los marcos de hace 30 años.

"La gente tiene la imagen del joven que va a misa como un chaval con mocasines y camisa blanca que vota a Vox, pero cuando te adentras en la iglesia te encuentras de todo: desde el empresario al que no llega a fin de mes, de un color y de otro", cuenta Quique Mira. "Y cada vez somos más". Ocurre en España y está ocurriendo en el resto del mundo. 

"Hay una reivindicación de valores tradicionales similar a la que ocurre frente al feminismo o en expresiones culturales como los toros", Luis Miller, sociólogo

El periódico The Guardian hablaba en abril del "resurgimiento" de la religión entre los jóvenes del Reino Unido. En 2018, tan solo el 4% de los británicos de entre 18 y 24 años afirmaban asistir a la iglesia al menos una vez al mes. Hoy, según un estudio titulado The Quiet Revival (El renacimiento silencioso), la cifra ha aumentado al 16%.

"Antes la confirmación se describía, en tono de broma, como el sacramento de despedida, porque ya no volvíamos a ver a los jóvenes hasta que se casaban", sugería en aquel reportaje Georgia Clarke, directora del ministerio juvenil de la iglesia católica de Santa Isabel de Portugal, en Richmond. "Ahora, entre el 80 y el 90% de los adolescentes se mantienen conectados con la Iglesia después de la confirmación mediante encuentros semanales, tutorías y retiros, donde se abordan temas que van desde la ansiedad climática hasta el acceso a la Universidad".

En Francia, país eminentemente laico, el número de bautizos de adultos y adolescentes se ha disparado y sólo durante la última Semana Santa recibieron el primer sacramento un 45% más de adultos que el año pasado. Son los datos más altos registrados por el episcopado francés desde hace más de 20 años.

Y en Estados Unidos ya se habla de "un cambio histórico". Por primera vez en décadas, los adultos millennials o de la generación Z son los feligreses más habituales, superando a las generaciones más mayores. Y el salto se produce especialmente entre los varones y sobre todo a partir de la pandemia del coronavirus.

"Es la primera vez que registramos un interés espiritual de tal magnitud liderado por las generaciones más jóvenes", aseguraba el pasado mes de abril David Kinnaman, director ejecutivo de Barna Group, una organización de investigación cristiana sobre tendencias religiosas. "Sin duda, hay un renovado interés en Jesús".

Un estudio del grupo sostenía entonces que el "compromiso con Jesús" ha aumentado en 15 puntos porcentuales entre los hombres estadounidenses de la generación Z entre 2019 y 2025 y en casi 20 puntos entre los millennials en el mismo periodo.

"Me extrañaría mucho que en España volviera la práctica religiosa o se produzcan conversiones masivas porque la gente sigue sin ir a misa, no da dinero a la Iglesia y cada vez hay menos vocaciones", matiza Luis Miller. "Pero sí vamos hacia un tiempo de mayor identidad religiosa, con cada vez más gente mostrando su fe en público. Antes casi daba vergüenza decir que creías en Dios o ibas a la iglesia y eso se está perdiendo. Ya no penaliza, sino que incluso da réditos y se convierte en producto de marketing".

Hace sólo unas semanas, el modelo e influencer Pablo García, conocido en las redes sociales como Pablo Garna, anunció a sus cerca de 800.000 seguidores en Instagram que lo dejaba todo para ingresar en un seminario.

Sólo unos días después, el empresario sevillano Álvaro Ferrero seguía un camino similar. A sus 30 años ha dejado a su pareja, ha vendido sus negocios y ha ingresado en el seminario de Alcalá de Henares. "He decidido dejarlo todo para seguir a Dios", se confiesa. Sus seguidores en las redes sociales se han multiplicado por cinco desde su anuncio viral.

"Yo crecí en una familia católica y viví la fe en casa y en la escuela. Pero luego me fui a estudiar a Madrid y me alejé mucho de Dios, desconecté", explica él. "He vivido en 10 países diferentes, he salido mucho y le he dado muchas vueltas a la cabeza durante este tiempo, pero sentía que algo me faltaba. Hay gente que lo encuentra haciendo yoga, en la cultura zen, en el misticismo o en otras religiones, pero igual su mensaje no cala tanto como el de Jesucristo".

-¿Y qué buscas tú en el seminario?

-Mi único anhelo es ser santo.

La crítica contra la partitocracia de Simone Weil, por Enric Gel

 Los conflictos entre la filosofía y la política, por Enric Gel, en su programa de YouTube Adictos a la filosofía, que recomiendo:

Desde sus inicios, ha habido grandes conflictos entre la filosofía y el poder político. Sócrates fue asesinado por la democracia ateniense básicamente por animar a la gente a pensar por sí misma. Platón propuso que el único remedio a los males de las ciudades era derrocar al político y que el filósofo fuera  el rey. Aristóteles tuvo que huir de Atenas cuando la masa enfurecida empezó a conspirar contra él por el papel que había tenido en la  educación de Alejandro Magno.Y desde entonces, el número de filósofos que, de un modo u otro, han sido silenciados o perseguidos por aquellos que ostentan el poder político no ha hecho más que crecer. En línea con este conflicto sistemático, en el siglo XX hubo una filósofa que propuso una crítica radicalmente destructiva de la principal estructura política moderna: los partidos. Y lo hizo sobre la base de que los partidos políticos, por su propia naturaleza, tienden a apagar la llama del espíritu filosófico: el pensamiento crítico. Esa filósofa fue Simone Weil, y en  este vídeo te lo cuento. Soy Enric, bienvenido  de vuelta a Adictos a la Filosofía, ¡empecemos!  

Breve biografía de Simone Weil

Simone Weil fue una filósofa francesa con un corazón desbordante que vivió una vida que no se puede sino admirar. Comprometió su pensamiento a la causa de los oprimidos y solamente con escuchar hablar del sufrimiento del otro la conmovía la compasión y la movía a las lágrimas. Falleció a la joven edad de 34 años al contraer tuberculosis y complicársele la enfermedad por su negativa a alimentarse adecuadamente, debido a que quería compartir las condiciones de vida de los prisioneros en la Alemania nazi. De ella dijo  Albert Camus que fue el único gran espíritu de su  tiempo. Y aunque tiene obras muy interesantes (y al final de este vídeo te diré dónde puedes aprender más acerca de su pensamiento), hoy te quiero hablar de un pequeño textito suyo de 1940: "Nota sobre la supresión general de los partidos  políticos". Como podéis adivinar por el título, en este ensayo defiende la necesidad de erradicar por completo los partidos políticos con el fin de que se pueda perseguir verdaderamente el bien común. El simple hecho de que los partidos existan y nos hayamos acostumbrado a ellos, dice Weil, no es un motivo para conservarlos. El único motivo suficiente sería el bien, es decir, que fueran  realmente buenos o útiles para la vida pública.  

Pero, ¿acaso es así? Weil, desde luego, pensaba que no, que los partidos eran un mal casi en  estado puro, dice, y que en ellos no había ningún bien con peso suficiente como para contrarrestar este mal y hacer deseable su conservación. Ahora, ¿cuál es el criterio del bien, se pregunta Weil, con el que juzgar a los partidos? "No puede ser  otro", escribe, "que la verdad y la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública". Ni la democracia ni el poder de la mayoría son bienes en sí mismos, sino más bien medios con vistas al bien: solo preferimos la democracia porque sirve al bien común de un modo más eficaz que el  resto de regímenes. Si no lo hiciera, habría que desecharla y cambiarla por algo distinto. como uno en el que gobierne yo solito. Ese estaría bien. 

Primera crítica de Weil a los partidos políticos

En este punto, Weil está siguiendo las ideas de Rousseau, según el cual la mayoría de las veces, y dadas unas ciertas condiciones, la voluntad de la mayoría tiene mayores probabilidades de acertar con lo bueno y lo justo que cualquier otra, por motivos similares a los que daba Aristóteles: muchos ojos ven más y mejor que uno solo. El inconveniente está en que, para que esto se cumpla bien, para que la voluntad de la mayoría tenga realmente mayor probabilidad de acertar con lo bueno, tiene que cumplirse al menos una condición: que en el momento en el que se expresa la voluntad de la mayoría no haya ninguna pasión colectiva que distorsione la percepción que tiene la gente de la realidad. Y aquí es donde empiezan los problemas para Weil, y esta es su primera crítica, porque para ella los partidos son una máquina de fabricar pasión colectiva, con lo cual la dinámica natural del partido no ayuda para nada a adquirir una comprensión real, tranquila y ponderada de la propia situación y los dilemas y problemas en los que nos encontramos. Al contrario, dice, el partido exalta a las masas con tal de acaparar para sí el mayor número de apoyos. Esto nos lleva a la segunda crítica que Weil hace:  

Segunda crítica de Simone Weil a los partidos

Que el primer y último fin de todo partido es su propio crecimiento, para el que no se pone ningún límite. ¿Cuál parece ser siempre el objetivo que  persiguen los partidos? La mayoría absoluta y, así, lo bien o lo mal que hayan ido unas ciertas votaciones suele medirse con respecto a cómo de lejos ha quedado el partido de ese resultado. La mayoría absoluta es la gran victoria para el partido: es lo que le permite no depender de nadie más y poder aplicar inalterado, sin debatirlo ni negociarlo, su propio programa electoral. La deliberación y negociación con el otro suelen verse, en cambio, como un fastidio, como lo que me toca hacer cuando no tengo los apoyos suficientes. Pero si me lo puedo saltar por los números que tengo, me lo salto. Lo que plantea Weil es que en esta búsqueda del poder completo hay un germen totalitario peligroso. Pero eso no está mal. Si lo hago yo, claro, quiero decir. 

 Nadie se plantea que su partido pueda tener demasiados votos, demasiados miembros, demasiados diputados: más es siempre mejor. Pero, en este caso, ¿se está entendiendo el partido como un medio para el bien común o más bien como un fin en sí mismo? ¿Se ordena el partido al bien público o se ordena todo al crecimiento del partido? 

Tercera crítica de Simone Weil a los partidos

Alguien podría responderle a Weil que el partido busca su propio crecimiento con la intención precisamente de hacer realidad su propia idea particular del bien común. Pero aquí es donde entra su tercera crítica: que el hecho de que exista esa idea particular del bien común, que es la doctrina central del partido, y que se aplica de modo disciplinar sobre sus miembros, los convierte en organismos "constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y de  la justicia". El argumento es como sigue. Cuando uno entra en un partido, se le pide que asuma un cierto sistema de ideas, una doctrina. Puede que de ella conozca de entrada solamente una pequeña parte, pero aún así se le pide que la abrace toda. Si una persona prometiera enfrentarse a cada problema olvidándose de su condición de miembro de ese partido y preocupándose solo por discernir lo que le parece justo, sería mal visto. Y no te digo ya si encima rompe las directrices del partido y vota de manera contraria en alguna materia particular: sería aleccionado de inmediato. El problema, entonces, es que entrar en un partido, dice Weil, implica aceptar de manera más o menos acrítica toda una serie de postulados de los cuales conozco en principio solamente una parte. Weil lo asemeja al converso que a medida que va aprendiendo los dogmas de la iglesia en la que se ha metido, los va aceptando sin rechistar ni cuestionar. Así dice que cada partido es "como una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunión". En ambos casos se somete el pensamiento propio a una autoridad, sea la del partido o la de la iglesia. Así, el deseo de  buscar la verdad queda sustituido por la tendencia a acomodarse a un discurso preestablecido. De esta  manera, dice Weil, uno deja de pensar como tal y pasa a pensar como monárquico, como socialista,  como persona de izquierdas, de derechas, etcétera, cosa que, para ella, es lo mismo que no pensar. Y lo que es peor, los intentos de pensar dentro del partido se castigan a la mínima que se aparte uno de la doctrina oficial. Eso, escribe Weil, equivale a castigar a los que se atrevan a pensar por sí mismos, e implica que un diputado está obligado a atenerse a lo que decida el partido y no a lo que la luz natural de su razón le indique que es bueno, justo y verdadero.  

"Los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, en toda la extensión de un país, no hay nadie que preste su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia y la verdad. [...] Si se confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso". 

Uno cede su capacidad de pensar al partido y ya no es él el que piensa lo que le parece bien o lo que le parece mal: es el partido, son otras personas en las esferas altas del partido las que piensan y deciden por él. Así, los partidos persiguen solamente su propio crecimiento y la  búsqueda de un poder total. Y con ese fin buscan avivar la pasión colectiva polarizando las masas e imponer un fuerte control disciplinario sobre el pensamiento de sus miembros. De esta manera nublan por un lado el juicio del pueblo y castigan por el otro el pensamiento crítico. Por estos motivos, los partidos "son malos en su principio y en la  práctica sus efectos son malos. La supresión de los partidos sería un bien casi puro". 

Pero, ¿cuál  es la alternativa, Simone Weil? Pues una forma de política mucho más libre, nos dice, sin partidos ni doctrinas, en la que los distintos diputados se presentarían a elecciones no con la etiqueta de yo soy de este partido, sino con una descripción detallada de sus valores y su pensamiento y la promesa primero de seguir pensando en diálogo con los demás elegidos y de hacer siempre solo aquello que honestamente le pareciera correcto. De esta manera, imagina Weil, las relaciones entre diputados serían mucho más libres y fluidas y se asociarían o disociarían según las afinidades que tuvieran en cada problema o tema particular. El  planteamiento de Weil, como os podéis imaginar, ha sido criticado desde todos los puntos de vista.  

Objeciones al pensamiento de Weil

De hecho, todo este tema ya lo expliqué como en los orígenes del canal, hace casi ya 10 años, y muchos de vosotros mismos planteasteis muchas objeciones en comentarios. Por ejemplo, no hay que olvidar que Weil está escribiendo este texto en un momento histórico muy concreto: apenas empezada la Segunda Guerra Mundial. Por mucho que sus críticas tal vez se puedan trasladar de algún modo a los partidos actuales, tal vez su radicalidad se deba más bien al contexto político de ese momento y no se pueda traducir tal cual día de hoy. De hecho, incluso si aceptamos las críticas como interesantes, es bastante controvertido que la alternativa que propone sea viable. 

¿Acaso no terminarían surgiendo otra vez los partidos de una manera o de otra cuando esos diputados libres se vayan asociando repetidamente entre los que tienen más afinidades? Al final, los problemas que  identifica con los partidos como institución los podemos tal vez encontrar también en cualquier otra organización humana lo suficientemente compleja por la que pase algo de poder. Y esto es importante, porque en política no basta simplemente con señalar un problema: uno tiene que ser capaz de poner sobre la mesa una alternativa mejor, porque si no la hay, a veces es preferible malo conocido que bueno por conocer. Los partidos puede que tengan muchas cosas malas, pero es que tal vez no lo podemos hacer mejor. Al final, en política no hay que perseguir la mejor solución ideal en abstracto sobre el papel, sino la mejor solución posible para nuestro caso, dadas nuestras circunstancias. Sin ir más lejos, la disciplina de voto, OK, tiene sus inconvenientes, pero tampoco hay que olvidar que se planteó precisamente para abordar otro problema igual de gordo, el transfuguismo, la compra del voto de un diputado. Al final, en política hay poco que sea un bien o un mal casi puro, como dice Weil, sino que prácticamente todo tiene sus pros y sus contras y da la impresión de que Weil eso lo pierde de vista (de nuevo, posiblemente por la situación histórica en la que se encontraba). Puede ser simplemente que esos problemas que identifica sean nuestros, de la condición humana en general, y no de los partidos en específico. 

Sea como sea, ahí está este texto, "Nota sobre la supresión general de los partidos políticos", y sigue valiendo la pena muchísimo leerlo porque es un recordatorio, primero, de  los peligros de un sistema que a menudo damos por supuesto y, segundo, de la necesidad de proteger el pensamiento crítico dentro de la política.  

Y ahora, si lo que quieres es descubrir lo fascinante que fue su vida y las claves de su pensamiento filosófico, no te puedes perder este otro vídeo de aquí en el que, encima, conecto su filosofía con el último disco de Rosalía, LUX, en el que aparece una cita suya: "El amor no es consuelo, es luz". ¿Qué  significa eso? Pues en este vídeo te lo cuento. Así que venga, dale un buen clic, ahí te veo y, sobre todo... no dejes de pensar.

España ayudó a la independencia de EE. UU., algo que nunca agradecieron. Dossier.

I

 Gonzalo Quintero Saravia: «La guerra contra Gran Bretaña que dio la independencia a EE.UU. fue el mayor éxito de España en el siglo XVIII», en ABC, por Manuel Trillo, 9/10/2025:

La sublevación de las colonias británicas se enmarcó en una guerra mucho mayor entre las grandes potencias europeas en la que la participación española fue decisiva, como destaca 'El enemigo de mi enemigo' (Alianza), la última obra del historiador Gonzalo Quintero Saravia.

«La declaración de independencia era una petición de auxilio a Francia y España». El historiador y diplomático Gonzalo Manuel Quintero Saravia (Lima, 1964), autor de 'El enemigo de mi enemigo' (Alianza Editorial), interpreta el documento de los 'padres fundadores' en Filadelfia en 1776 como una forma de internacionalizar la lucha que los colonos británicos en Norteamérica habían emprendido y atraer así a las potencias europeas, sin las cuales la victoria se antojaba imposible.

El año que viene se conmemorarán los 250 años de aquella declaración que daría lugar a los Estados Unidos de América, hoy la primera potencia mundial pero entonces un puñado de pequeñas colonias en un rincón poco prometedor de Norteamérica.

Lo que pasó a la historia como Guerra de la Independencia o Revolución Americana es objeto de revisión por los investigadores, que tratan de situar el conflicto en su verdadera dimensión: una disputa mucho mayor, a escala global, entre los grandes colosos del momento, en la cual la revuelta colonial no pasaba de ser un teatro más. Y la entrada de España en la contienda fue el factor clave que inclinó la balanza.

La llamada Guerra de la Independencia fue «mucho más que eso», afirma Quintero Saravia en una calurosa mañana de septiembre al pie del Palacio Real desde donde Carlos III gobernó medio mundo.

El periodista de ABC Manuel Trillo, autor de 'La conquista española olvidada' (Crítica, 2025), saca a la luz la toma del fuerte inglés de San José en 1781 tras rescatar en EE.UU. el acta de posesión original. Aquí avanza cómo fue su hallazgo

Para empezar, la propia decisión de las colonias de declarar su separación de la metrópoli fue un intento de no ser vistos como unos simples territorios rebeldes, sino como auténticos estados capaces de negociar con Francia y España, señala el experto, doctor en Historia por la Universidad Complutense y en Derecho por la UNED, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Academia Colombiana de la Historia.

Jugada de riesgo

Apoyar a unos revoltosos que se alzaban contra su rey era una jugada de riesgo, pero la Corte de Carlos III decidió hacerlo en defensa de sus propios objetivos estratégicos, que quedaron por escrito en el pacto con Francia antes de declarar la guerra a Gran Bretaña. El primero de ellos, recuperar Gibraltar, que desde que Gran Bretaña se lo arrebatara en la Guerra de Sucesión española (1701-1713) era una china en el zapato.

Pero los intereses de Carlos III se extendían por muchos otros frentes, a uno y otro lado del Atlántico: recobrar Menorca, reafirmar la presencia en el Caribe, impedir el avance de los ingleses en Centroamérica, revertir sus derechos para el palo de tinte en el Yucatán y expulsarlos de la costa del golfo de México y la Florida.

Los americanos necesitaban imperiosamente a España. «Con Francia sólo no bastaba», recalca Quintero Saravia. La Marina de Luis XVI era inferior a la británica y sólo añadiendo la de Carlos III se conseguiría la superioridad naval. España y Francia sumaban 129 navíos de línea en 1781, frente a los 117 británicos, según Larrie D. Ferreiro, autor de 'Brothers at Arms' (editado en español como 'Hermanos de armas', Desperta Ferro) y finalista del Premio Pulitzer.

Ferreiro sostiene que el dominio de los mares era clave: «La Guerra de la Independencia no se ganó en Yorktown, sino a través de las alianzas marítimas», afirmó en un reciente simposio en el Constitution Hall de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca, bajo el título 'España y el nacimiento de los Estados Unidos'.

Dos tercios de EE.UU.

El evento, organizado por el Queen Sofía Spanish Institute, las Daughters of the American Revolution (Hijas de la Revolución Americana) y la Fundación Ramón Areces, en colaboración con la Oficina Cultural de la Embajada española y con el asesoramiento del propio Gonzalo Quintero Saravia, reunió a destacados especialistas y sirvió de aperitivo para los numerosos actos que se avecinan con motivo del 250 aniversario de la declaración de independencia.

Junto al dominio de los océanos, España ofrecía otras ventajas con las que Francia no contaba. Mientras que esta había perdido todas sus posesiones en América del Norte, los españoles disponían de dos tercios de lo que hoy es territorio continental de EE.UU. Gracias a ello, podían proporcionar a las tropas rebeldes los suministros que necesitaban a través de Nueva Orleans y el Misisipi, sorteando el control británico de sus puertos coloniales. Además, los astilleros de La Habana permitían reparar los buques en caso de sufrir daños, «una ventaja táctica monumental», destaca Quintero Saravia.

Del mismo modo, les podían hacer llegar dinero en pesos acuñados en la ceca de Ciudad de México, una divisa muy demandada por los propios americanos ante la devaluación de la suya.

«Con la entrada de España, el bando aliado podía golpear donde quisiera, cuando quisiera y como quisiera», Gonzalo Quintero Saravia

En definitiva, con España en la guerra «el bando aliado hispanofrancés podía golpear donde quisiera, cuando quisiera y como quisiera», mientras que los británicos debían redistribuir ahora sus fuerzas para defender las costas de Inglaterra, Gibraltar o la India, sin poder concentrarlas contra los insurgentes norteamericanos.

En un primer momento, el apoyo español se tradujo en el suministro encubierto de armas, municiones, pólvora, pertrechos, mantas, tiendas de campaña… Ya antes incluso de la primera refriega con los casacas rojas en 1775, comerciantes españoles buscaban armas para los colonos, que se hicieron llegar inicialmente por medio de la empresa Roderique Hortalez et Cie. y luego de la bilbaína Gardoqui e Hijos. A ello se sumarían ingentes sumas de dinero, tanto en forma de subsidios como de préstamos.

En múltiples frentes

A partir de la declaración de guerra en 1779, esa ayuda dejó de ser secreta y España se convirtió en parte beligerante junto a Francia, pasando a llevar la voz cantante. El gobernador de la Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez, se adelantó al enemigo y le arrebató por sorpresa los fuertes del bajo Misisipi, la Mobila (hoy Mobile, Alabama) y Pensacola (Florida). A su vez, en el norte, los españoles taponaron la acometida británica desde Canadá, primero con una defensa heroica de San Luis (hoy en el estado de Misuri) y luego con la audaz conquista en pleno invierno del fuerte inglés de San José, nada menos que a orillas del lejano lago Míchigan, tras una travesía de cientos de leguas sobre el hielo y la nieve organizada por el teniente de gobernador de la Alta Luisiana, el navarro Francisco Cruzat, como ya expliqué en el libro 'La conquista española olvidada' (Crítica).

Más allá de Norteamérica, la guerra se libró en múltiples frentes de cuatro continentes. Se intentó asaltar Gibraltar, se reconquistó Menorca, se intentó invadir la costa inglesa, se expulsó a los británicos de Centroamérica y el Yucatán, se tomó las Bahamas y sólo el apresamiento del comandante francés impidió apoderarse de Jamaica. En el pulso entre Gran Bretaña y Francia, la lucha se extendió a puntos tan distantes como Senegal o India.

La declaración de independencia fue «una petición de auxilio a Francia y España», según Quintero Saravia

En realidad, la llamada Guerra de la Independencia o Revolución Americana fue una más «de las muchas guerras de competencia imperial en el siglo XVIII entre las potencias europeas» y, en esta ocasión, «el mayor éxito que tuvo España». «Se lograron todos los objetivos menos Gibraltar», destaca Quintero Saravia, que apunta que incluso también este pudo conseguirse, ya que Londres propuso intercambiarlo por Puerto Rico. El conde de Aranda, embajador en París durante las negociaciones de paz, rechazó finalmente el cambalache pues no compensaba hacerse con «ese montón de rocas» -como lo llamaba el conde de Floridablanca, ministro de Estado-, a cambio de permitir que la isla caribeña se convirtiera en una amenaza permanente para las ricas posesiones en América.

Tanto el levantamiento colonial como el conflicto internacional que se desató a continuación hundían sus raíces en el fin de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), en la que Francia y España -que se incorporó a última hora-, cayeron derrotadas frente a Gran Bretaña. Los franceses perdieron todos sus territorios en Norteamérica, mientras que los españoles se vieron forzados a entregar la Florida para recuperar La Habana y a hacerse cargo de la Luisiana, un inmenso territorio al oeste del Misisipi con el que Versalles les compensaba por sus sacrificios y que, de caer en manos británicas, habría supuesto una gran amenaza para el corazón del imperio.

En las provincias inglesas, entre tanto, fermentaba el descontento con Londres por hacerles pagar los elevados costes de la victoria sin siquiera preguntarles. Ese rencor larvado estalló en abril de 1775 en Lexington y Concord, en Massachusetts, y enseguida España vio en la revuelta una oportunidad para «reposicionar el legado de la Guerra de los Siete Años», explica Gonzalo Quintero.

«Tomar partido por los rebeldes respondía a la vieja práctica de crear problemas en el territorio de tu enemigo», Gonzalo Quintero Saravia

Para la monarquía española, respaldar a los rebeldes podía ser un peligroso ejemplo para los súbditos de sus propias posesiones. Sin embargo, en ese momento era difícil adivinar que de la emancipación de aquellas colonias, relativamente insignificantes, surgiera la poderosa nación que hoy conocemos como Estados Unidos. La población de Ciudad de México triplicaba, como mínimo, a la de Filadelfia o Nueva York, y mientras en los dominios españoles había ya 19 universidades, en los británicos tan sólo tres centros de educación superior. La autora Eliga H. Gould reduce la América anglosajona de entonces a una mera «periferia» de la española.

Abundando en esta idea, Gonzalo Quintero invita a comparar la modesta casa del gobernador en Boston con la impresionante plaza del Zócalo de Ciudad de México o la plaza de Armas de Lima. En este sentido, recuerda que la declaración de 1776 proclamó trece repúblicas por separado, que no se unieron hasta la Constitución de 1787 y no contaron con su primer presidente, George Washington, hasta 1789. Además, la fórmula republicana únicamente había prosperado antes en territorios pequeños, como Génova, Venecia u Holanda, nunca de grandes dimensiones, por lo que el conde de Vergennes, ministro de Exteriores francés, les auguraba poco futuro. «No se puede pretender que tuvieran la visión de cuál iba a ser la situación 50 años después», señala Quintero Saravia.

Tomar partido por los insurrectos seguía, por tanto, «la vieja práctica entre imperios» de «apoyar problemas en el territorio» del rival, señala el autor de 'El enemigo de mi enemigo', un título cargado sin duda de intención.

Amnesia colectiva

La historiografía estadounidense, aunque en buena medida también la española, condenó al olvido durante siglos la indispensable aportación de España al nacimiento de Estados Unidos. Las causas son variadas. Entre ellas, los roces entre los dos países una vez que se consumó la independencia de las colonias y que ambos pasaron de ser aliados a vecinos a lo largo de miles de kilómetros de frontera y rivales por el dominio de Norteamérica. Pero también la visión deformada de España como «todo lo que no es Estados Unidos», según ha consignado el profesor Richard L. Kagan, participante en el mencionado simposio en Washington.

La Guerra de Cuba de 1898 agudizó esos prejuicios y resucitó la leyenda negra. Ese año se reeditó un libro inglés del siglo XVII que recogía las exageraciones de Bartolomé de las Casas bajo el macabro título de 'Las horribles atrocidades cometidas por los españoles en Cuba. Un relato histórico y verídico sobre la cruel masacre y asesinato de veinte millones de personas en las Indias Occidentales cometidos por los españoles'.

No obstante, hay motivos para un moderado optimismo. La historiografía, a ambas orillas del océano, está tratando de situar en sus justos términos la guerra que dio lugar a a EE.UU. «Se ha ido ampliando el campo de estudio de la Revolución Americana», tanto en el ámbito geográfico como en el de sus protagonistas. Para que eso permee a la sociedad se precisa difusión, algo en lo que contribuye una minoría hispana en EE.UU. que ya alcanza los 60 millones de personas y que «quiere ver reflejada su historia», señala Gonzalo Quintero.

«Cada generación tiene el derecho y la obligación de interpretar su propia historia. No se ve igual el pasado desde una sociedad europea de principios del siglo XIX o del XX que de principios del siglo XXI. Cada generación mira hacia atrás desde donde está y, como el 'desde donde está' cambia, cambia la visión del pasado», afirma. El tiempo dirá si esta generación sitúa el papel de España donde corresponde.

II 

'El enemigo de mi enemigo', de Gonzalo M. Quintero Saravia: al rey lo que es del rey, en ABC, por Manuel Lucena Giraldo, 8/10/2025:

Exploración de conjunto y actualizada de la participación española en la revolución de los colonos estadounidenses. La monarquía hispánica de Carlos III se convirtió en un actor determinante en este conflicto

A finales de 2021, se mostró al público una placa restaurada en Fort Green, Nueva York, en la que se recuerda a los 126 españoles, soldados y marineros, que estuvieron allí, presos de los británicos, durante la guerra de independencia de EE.UU. La placa original fue dada a conocer en 1976, con ocasión de su bicentenario, por el rey Juan Carlos, en una visita oficial que entonces tuvo enorme importancia.

Desgraciadamente, aquel conflicto imperial en el que España fue beligerante entre 1780 y 1783 costó, al menos, 5.000 muertos españoles. El mayor número de bajas, 1.300 hombres, se dio en el ataque contra Gibraltar de 1782.

Autor Gonzalo M. Quintero Saravia Editorial Alianza Páginas 856 Precio 27,50 euros

La mayor batalla de aquella guerra larga, terrible y global fue consecuencia del fallido intento de toma de «ese montón de piedras», como denominó al famoso peñón el conde de Floridablanca. En especial, los muertos se produjeron entre los tripulantes de las 'baterías flotantes', promovidas por el gran marino Antonio Barceló, en aquel último intento español de recuperar la roca.

Otra batalla naval, la del cabo de San Vicente, costosa derrota española, incluyó la explosión del navío Santo Domingo, con la muerte de 600 tripulantes. En 1780, un huracán hundió parte de los barcos que transportaban la primera expedición española al mando del militar Bernardo de Gálvez hacia Pensacola, en Florida. Aunque la acción terminaría con una rotunda y recordada victoria, podrían haberse ahogado unos 500 hombres entre marinos y soldados de refuerzo, procedentes de regimientos acantonados en España o en la América española.

No podríamos decir que la participación española en la exitosa revolución de los colonos estadounidenses haya sido ignorada en la historiografía especializada. En realidad, ha sido un tema clásico y, como muestra este volumen, compilación y obra maestra de la historiografía sobre ella, ha preocupado y hasta obsesionado en diferentes épocas a historiadores y diplomáticos.

Ciertamente las posiciones 'negrolegendarias' en los EE.UU. decimonónicos ignoraron la aportación española en sus orígenes

De lo que carecíamos hasta ahora es de una obra de conjunto y actualizada, una historia global y posnacional de una guerra mundial en la cual una tenue confederación republicana de antiguas colonias británicas en América del norte, una nación todavía sin nombre, sin constitución, sin moneda y unida solo en un dudoso experimento político, logró poner en marcha su existencia.

Ciertamente las posiciones 'negrolegendarias' en los EE.UU. decimonónicos ignoraron cualquier reconocimiento de la aportación española en sus orígenes. Allí inventaron que «el salvaje oeste estaba vacío» (Hollywood hizo el resto) y asumieron con pragmatismo imperialista que el mejor indio (con frecuencia hablante de español y sujeto a algún tratado con España), era el indio muerto.

Aquí, todavía algunos divulgadores, aficionados y polígrafos persiguen una imaginaria conspiración anglosajona que, no es una sorpresa, en este volumen de historia verdadera, trabajada con tesón en archivos y bibliotecas de muchos países, no aparece por ninguna parte. Según el orden de los siete capítulos y, de acuerdo con los argumentos fuertes del libro, la España de Carlos III era una potencia mundial formidable y se comportó como tal durante el nacimiento de EE.UU..

No hay elites viciosas, ni militares traidores, ni marinos cobardes, esos que tanto juego dan a novelistas y resentidos varios. La participación española en la independencia de EE.UU., esta es la historia, constituye una apología del reinado de Carlos III. Impresionan las habilidades diplomáticas de Grimaldi, Aranda o Floridablanca para retrasar todo lo posible otra guerra con Gran Bretaña que había que ganar, su defensa de la razón de Estado y el perfecto cálculo de riesgos.

Es fascinante el ejercicio político de una meritocracia militar y naval hispana abierta al reconocimiento del talento individual multiétnico, característico de la monarquía española. Asuntos de debate como la eficacia asombrosa de la red de espionaje española, la poderosa maquinaria militar y naval –con La Habana como puerto y arsenal decisivo–, o la aportación económica a los rebeldes estadounidenses, cinco millones de reales que en 1795 ya habían sido devueltos, muestran el dinamismo de una relación mutua que, todavía en 1800 imponía una relación fronteriza de miles de kilómetros. Lo que acontece después, la crisis metropolitana española que dará tantas oportunidades a los emergentes EE.UU. de América, será historia de otro siglo.

Los 50 mejores libros españoles del último medio siglo, según El País.

 Los 50 mejores libros españoles del último medio siglo, en Babelia, suplemento cultural de El País, 15 - XI -2025:

Un jurado de 116 especialistas selecciona los títulos más relevantes desde la muerte del dictador en 1975

Este año, cuando se cumplen 50 años de la muerte de Franco, desde Babelia hemos planteado una reflexión colectiva sobre la cultura española desde 1975 hasta el presente. A principios de este 2025 ideamos el proyecto y diseñamos un primer jurado de expertos para que eligiesen los 50 mejores discos del último medio siglo: ganaron La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla y El mal querer de Rosalía. En primavera fue el turno de las películas, con Arrebato de Iván Zulueta y La escopeta nacional de Luis García Berlanga a la cabeza. Y ahora, los libros. Cambian referentes a la vez que se modifican los gustos, hay libros que conservan el prestigio y autores que ganan centralidad. La sensibilidad actual es la clave para comprender la relación de la sociedad española con las letras de la democracia. Para los expertos, hoy los grandes nombres son Javier Marías, Carmen Martín Gaite, Rafael Chirbes y Javier Cercas:

1. Corazón tan blanco

Javier Marías

Anagrama, 1992. Reedición: Alfaguara, 2022. 352 páginas. 18,91 euros

Corazón tan blanco es probablemente la mejor novela de Javier Marías. Escrita, como dijo Rosa Montero al poco de publicarse, “en estado de gracia”, cuenta con una de esas tramas que escasean en la historia de la literatura, por lo redonda y rotunda, y porque se aborda desde una armonía entre contenido y continente, con una prosa hipnótica y rítmica que atrapa al lector desde su primera frase, que ya es legendaria: “No he querido saber, pero he sabido”. El relato se teje minuciosamente sin olvidar el lado negativo de la vida: cuál es el peso de lo que no se dice, cómo nos definen los secretos que nos rodean. A través de una reflexión sobre el conocimiento y la fragilidad humana, Marías construye un texto inquietante que, como ocurre con los verdaderos clásicos, plantea dilemas eternos. Marta Pérez-Carbonell

PDF: El poder ambiguo de las palabras. Crítica de Ignacio Echevarría (15/02/1992)

2. Crematorio

Rafael Chirbes

Anagrama, 2007. 424 páginas. 20,90 euros

Cuando Rafael Chirbes publicó Crematorio en 2007, España llevaba años celebrando como virtudes muchos de los vicios que él retrata en ese libro: la fiebre del ladrillo, el enriquecimiento exprés y la renuncia de la izquierda a la justicia social por la acción de un disolvente más corrosivo que cualquier idea: el dinero. Por entonces Chirbes vendía más en Alemania que en su propio país, donde era un aguafiestas al que, con todo, nadie podía negarle una penetración psicológica y una altura literaria poco comunes. La cima la alcanzó en Crematorio, novela total por la que desfilan con toda crudeza las tensiones familiares y la corrupción política, el sexo y la mafia rusa. Un año después de su salida, estalló la burbuja económica. Hoy se lee como el relato coral de una fiesta cuyo final conocemos bien, o sea, como una novela de terror. Javier Rodríguez Marcos

Retrato de los impostores. Crítica de J. Ernesto Ayala-Dip (27-10-2007)

3. El cuarto de atrás

Carmen Martín Gaite

Destino, 1978. Reedición: Siruela, 2025. 256 páginas. 14,90 euros

La novelística de Carmen Martín Gaite tiene que ver con el deseo de representar el devenir de la mujer española en la sociedad del siglo XX. El cuarto de atrás, Premio Nacional de Narrativa 1978, supone una bisagra que permite que la mirada cambie. De su mano, así como de una voz de la que tan solo conocemos la inicial, atravesamos la vastedad de la memoria de una mujer desde la guerra, la posguerra y la dictadura hasta la transición hacia la democracia. Todo ello tamizado por una imaginería pop en la que se alternan personajes de cine, Carmencita Franco, la isla de Bergai, la retransmisión de la muerte del dictador por televisión, así como un sinfín de fármacos ―en teoría para mantener y cuidar la línea― que las mujeres consumieron para sobrellevar todo aquello. Andrea Toribio

PDF: El escondite inglés. Crítica de Pedro Altares (16/07/1978)

4. Las personas del verbo

Jaime Gil de Biedma

Seix Barral, 1975. Reedición. Lumen, 2025. 240 páginas. 18,91 euros

La primera edición de este libro de libros, escritos y publicados en las dos décadas previas, marcó el final de una época —personal, política— y el inicio de otra. Ya desde el título se nos aparta de la confesión, se subraya la voluntad de situarnos ante una voz —la de un personaje, la de muchos— que actúa como testimonio de parte de un momento. Es una de las lecturas posibles de Las personas del verbo, indisociable de su ambición histórica, formal, íntima... Poeta de lo moral —o no: véanse los Diarios—, del deseo, del tiempo en varios tiempos, Gil de Biedma eligió la modernidad de los románticos ingleses, con su arquitectura —ideas, elementos— del monólogo dramático. Anduvo con Rilke, permaneció con Eliot y Auden. Entre los nuestros escogió a Machado y Cernuda. No dejó herederos. Elena Medel

5. Anatomía de un instante

Javier Cercas

Mondadori, 2009. Reedición: Random House, 2025. 280 páginas. 19,85 euros

El auténtico sortilegio de esta obra maestra consiste en exigirse íntimamente una dependencia estricta a los hechos averiguados de la trama del golpe del 23-F y aplicar a esa dependencia el talento de la manipulación literaria y estilística, musical en la reiteración calculada y en la especulación reflexiva. Casi nadie nos atrevimos en 2010 a llamar al libro novela, precisamente porque era una novela furiosamente experimental hasta el extremo de transmitir la conmoción de la mejor ficción a través de la subordinación a la materialidad factual de la historia. Ese había de ser un experimento imposible, o condenado al fracaso, pero resultó todo lo contrario. La genialidad está en haber dotado de la verdad más honda de la novela a un libro que se sometía deliberadamente a la exclusión de la ficción. Las mejores armas de un libro saturado de historia iban a ser estrictamente literarias, y ahí reside su verdad: la novela la da la forma. Jordi Gracia

Tres héroes de un instante. Crítica de Jordi Gracia (11-04-2009)

Heroicidad y resistencia. Reportaje de Alberto Manguel (26-12-2009)

6. Soldados de Salamina

Javier Cercas

Tusquets, 2001. Reedición: Random House, 2023. 208 páginas. 17,95 euros

Esta es una de esas insólitas novelas que conectan, sin proponérselo, con la frecuencia de onda a la que las sociedades emiten sus inquietudes más persistentes. El descontento de quienes creían que la transición a la democracia se había hecho a costa de quienes más lucharon por traerla, la convicción de muchos de que el exilio republicano no había sido reconocido ni desagraviado como requería, el dolor contenido de muchas familias que sabían o ignoraban en qué fosa yacían los huesos de sus padres y abuelos, todo ese gravoso volumen de olvido se hizo palpable con esta novela sobre un soldado republicano que prefirió no disparar a un fascista inerme cuando la derrota estaba consumada. Un héroe moral que siguió peleando contra el fascismo y cuya existencia va a descubrir, junto a la ética de la memoria histórica, el ficticio narrador posmoderno llamado, como el autor, Javier Cercas. Domingo Ródenas de Moya

PDF: Un relato real. Crítica de J. Ernesto Ayala-Dip (07/04/2001)

El sueño de los héroes. Artículo de Mario Vargas Llosa (03/09/2021)

7. El jinete polaco

Antonio Muñoz Molina

Seix Barral, 1991. Reedición: Seix Barral, 2016. 624 páginas. 22 euros

Contó Antonio Muñoz Molina que El jinete polaco aconteció como resultado de tres novelas distintas que fracasaron en sus bocetos. Influido por Faulkner y García Márquez, supo unir las tres ideas en un mismo universo poderoso, donde la imaginación y la memoria se mezclan con elegancia narrativa y precisión documental para ir descubriendo un riquísimo mosaico de personajes y ambientes por más de un siglo de la historia de España bajo el latido del paisaje de Mágina, una evocación ficticia de raíz andaluza. Premio Planeta en 1991 y Premio Nacional de Literatura en 1992, esta novela monumental es una cumbre del lenguaje español, gracias al discurso interno de una voz protagonista que embruja por su estilo bellamente sosegado, reflexivo, detallista y profundo, tan propio de un autor que ya se haría imprescindible. Fernando Navarro

PDF: En el baúl de los recuerdos. Crítica de Ignacio Echevarría (16/11/1991)

8. La verdad sobre el caso Savolta

Eduardo Mendoza

Seix Barral, 1975. Reedición: Seix Barral, 2025. 488 páginas. 22 euros

Este monumental collage narrativo sobre la Barcelona de principios del siglo XX hoy mantiene intacto su poder de atracción. Con él debutó Eduardo Mendoza, presagiando un nuevo tiempo para las letras españolas, una modernidad que se alejaba de la gris dictadura, pero entroncaba con la mejor tradición narrativa. La mezcla de materiales, textos y puntos de vista, o su incorporación de herramientas narrativas y estructurales cinematográficas, dan cuenta de su innovación radical. En sus páginas hay intriga, un muerto y un caso policial, hay humor, ternura, documentos, retrato de un caos, injusticias, violencia, parodia, sátira, folletín, pastiche, artículos de periódico y declaraciones a la policía. Es un prodigioso artefacto literario sobre la desaparición del dueño de una fábrica de armas que saca rédito de la neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial. Y sí, ahí cabe todo. Andrea Aguilar

Una opinión sobre el caso Mendoza. Artículo de Juan García Hortelano (05/05/1976)

9. Claros del bosque

María Zambrano

Seix Barral, 1977. Reedición: Alianza, 2019. 192 páginas. 13,95 euros

Claros del bosque es una de las obras capitales de María Zambrano, donde su razón poética alcanza su expresión más radical. El libro explora el conocimiento que acontece fuera de los sistemas filosóficos, en esos “claros” —espacios de luz entre la espesura— donde el pensamiento se revela sin violencia conceptual. Zambrano construye una meditación fragmentaria que va del despertar a la palabra, pasando por el vacío, el centro, la belleza y la angustia. Pero no se trata de una regresión nostálgica hacia un origen perdido, sino de un alumbramiento mayéutico: dar a luz lo que ya habitaba en lo velado y no había llegado a la palabra. El claro no es refugio ni paraíso recuperado, sino un umbral donde habita de otra manera el pensamiento. La obra se despliega entre operaciones fenomenológicas (la visión, la llama, el abismo) y reflexiones sobre el lenguaje: la palabra perdida, la que se guarda, lo no dicho. El de Zambrano fue siempre un pensamiento que respetó la penumbra, tal vez porque sabía que hay cosas que solo se pueden ver de reojo, como el juego de luces de un bosque. Máriam Martínez-Bascuñán

10. Lectura fácil

Cristina Morales

Anagrama, 2018. 424 euros. 22,90 euros

Un piso tutelado de la Barceloneta convertido en laboratorio político. Nati, Patri, Marga y Àngels, etiquetadas como “discapacitadas intelectuales”, encarnan la trampa de los supuestos cuidados del Estado: la libertad se concede solo a cambio de obedecer. Desde esa prisión simbólica, la novela radiografía la diversidad funcional como absurda categoría administrativa, el control del cuerpo y la gestión biopolítica de las vidas ajenas (a través de una terrible historia de esterilización “por su bien”), la moral sexual que sigue castigando el deseo y la rebeldía como práctica política al alcance de cualquiera. Lo demuestran personajes de una lucidez radical, que resisten, okupan, se niegan a declarar y escriben sus vidas con sus propias reglas. En este medio siglo, ninguna novela ha explorado tan bien la hipocresía biempensante de la sociedad española. Por su audacia e insumisión, tanto en el fondo como en la forma, Morales representa una disidencia imprescindible en cualquier canon que se precie. Queremos más. Álex Vicente

Vida de las mujeres infames. Crítica de Carlos Pardo (07/01/2019)

11. El infinito en un junco

Irene Vallejo

Siruela, 2019. 472 páginas. 24,95 euros

El infinito en un junco rompe todos los esquemas de lo que se espera de un best seller: es un ensayo, sin personajes de culebrón y sin intriga de crímenes, amores y desamores que te atrape de principio a fin. El libro de Irene Vallejo, que aborda la historia universal de las letras, es la victoria de David contra Golliat, el triunfo imprevisible de la belleza literaria frente al perfil comercial. Pura justicia poética. Berna González Harbour

El libro, un invento asombroso. Crítica de Alberto Manguel (18/12/2019)

La cara oculta de ‘El infinito en un junco’. Artículo en EPS de Borja Hermoso (27/12/2020)

12. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Rafael Sánchez Ferlosio

Destino, 1993

La noche antes de morir, Ferlosio habló con su amigo Tomás Pollán y recitó a Leopardi: “Y naufragar me es dulce en este mar”. Vendrán más años malos y nos harán más ciegos fue, según el propio Ferlosio, un libro de pecios. Un pecio es un fragmento de un barco que ha naufragado. Ferlosio escribió como murió: naufragando dulcemente. Pau Luque

Sánchez Ferlosio publica un libro de aforismos con sentimiento. Artículo de Xavier Moret (09/11/1993)

13. Tu rostro mañana

Javier Marías

Alfaguara, 2002 / 2004 / 2007. Reedición: Alfaguara, 768 páginas. 35,06 euros

Esta trilogía monumental de Javier Marías es probablemente su obra más ambiciosa y compleja. Hay algo hipnótico y casi agotador en su ritmo. La novela reflexiona obsesivamente sobre la traición, la lealtad, la violencia, la memoria, y sobre ese “rostro mañana” que nunca podemos anticipar del todo: quién seremos, qué haremos cuando llegue el momento moral crítico. Máriam Martínez-Bascuñán

La maldición de la palabra. Crítica de Rafael Conte (26/10/2002)

14. Los santos inocentes

Miguel Delibes

Planeta, 1981. Redición: Prólogo de Manuel Vilas. Destino, 2019. 168 páginas. 19,90 euros

Cristalización del universo seco e implacable de Delibes y también registro fósil de una España que ya no se olvidará gracias a obras como esta, Los santos inocentes radiografía un paisaje físico y moral de forma sublime. Y lo hace con el suficiente empaque literario para meter a sus Pacos, a sus señoritos, a sus Azarías y, evidentemente, a sus milanas bonitas, en el canon de lo mejor de la literatura española del siglo XX. Jorge Morla

15. Patria

Fernando Aramburu

Tusquets, 2016. 648 páginas. 22,90 euros

Quien lee esta novela jamás olvida que todo lo que se llama conflicto político es en realidad un drama personal (cuya baja más importante es el amor fraternal) y que el miedo huele a palometa frita. Fernando Aramburu tuvo la valentía de hacer con los bandos de la guerra vasca lo que nadie se ha atrevido con la civil española. Raquel Peláez

Patria voraz. Crítica de José-Carlos Mainer (02/09/2016)

16. Olvidado rey Gudú

Ana María Matute

Espasa, 1996. Reedición: Destino, 2018. 768 páginas. 24,90 euros

Este relato de fantasía medieval, que narra la historia del Reino de Olar, fue una gran sorpresa, a la que se subieron en masa los lectores pese a que Ana María Matute se había movido entre un realismo y la literatura infantil. Este novela río se convirtió en un éxito enorme y le dio una segunda vida literaria a la escritora. Recientemente reeditada, se mantiene tan viva como la primera vez que llegó a las librerías. Guillermo Altares

17. La ciudad de los prodigios

Eduardo Mendoza

Seix Barral, 1986. Reedición: Austral, 2022. 560 páginas. 13,95 euros

“El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación”. La primera frase de La ciudad de los prodigios resuena como uno de los grandes arranques de la literatura española, como la promesa, que se cumple, de que luego seguirá una novela fascinante y divertida, que mezcla la historia personal de un buscavidas con la odisea de una ciudad que iba cambiar con el mundo. Guillermo Altares

18. Mortal y rosa

Francisco Umbral

Destino, 1975. Reedición: Austral, 2025. 256 páginas. 10,95 euros

Por supuesto, este es un libro sobre un hijo que se muere, pero también es un cuerpo que desea y envejece, que se vuelca en la página obsesionado por estar vivo, entender la vida, dar vida. Demasiadas veces, Umbral pudo ser palabrería, pero otras muchas fue palabra (castellana) de verdad, sobre todo, aquí. Nadal Suau

19. El día del Watusi

Francisco Casavella

Mondadori (tres volúmenes), 2002 / 2002 / 2003. Reedición: Anagrama, 2016. 888 páginas. 29,90 euros

He aquí un clásico instantáneo de una novísima y aún poco reconocida era de la literatura española. Francisco Casavella, a la vez nuestro David Foster Wallace y nuestro Roberto Bolaño, corona ambiciosa y barrocamente en esta novela en tres partes una cima del posmodernismo mundial y radiografía el carácter apenas mutante de la inevitable picaresca (también y sobre todo política) de este país. Laura Fernández

Francisco Casavella: “El franquismo sigue”. Entrevista, por Javier Rodríguez Marcos (21/10/2002)

Un recorrido por España. Crítica de Ana María Moix (21/09/2002)

20. Nubosidad variable

Carmen Martín Gaite

Anagrama, 1992. Reedición: Anagrama, 2012 416 páginas. 21,90 euros

Dos amigas de infancia y juventud, Sofía y Mariana, y su reencuentro en la madurez es el hilo que teje esta novela epistolar sobre mujeres que crecieron en un mundo y saltaron a otro, sobre amores y convenciones, sobre éxito y expectativas. Esta novela, anterior al fenómeno de Elena Ferrante, fue igualmente un inmenso éxito y marcó un hito para su autora y sucesivas generaciones de lectores. Andrea Aguilar

21. En la orilla

Rafael Chirbes

Anagrama, 2013. 440 páginas. 19,90 euros

Se acabó la fiesta. Hay un pantano y la resaca de la corrupción. Está el dinero y su putrefacta destrucción. Está la muerte de las ilusiones y el alma roída de quienes las mataron. Está Shakespeare tras los PAI y un espejo de la España que descarrió. Es Galdós más Pindarello con el drama en gente de Pessoa. Qué falta nos hace Chirbes hoy. Paco Cerdà

La gran novela de la crisis en España. Entrista, por Javier Rodríguez Marcos (02/03/2013)

La podredumbre según Chirbes. Crítica de Fernando Valls (02/03/2013)

22. Los girasoles ciegos

Alberto Méndez

Anagrama, 2004. Reedición: Anagrama, 2024. 160 páginas. 18,90

Cuatro relatos de la posguerra española cargados de desolación y poesía, hijos de la derrota, humanidad frente al olvido. Un escritor agazapado que muere meses después de alumbrar su única obra, obra maestra, gloria post mortem. Un libro de palabra cálida, prosa serena y tempo lento; historias de trinchera, braña, checa y armario. Joseba Elola

23. La mala costumbre

Alana S. Portero

Seix Barral, 2023. 256 páginas. 19 euros

Cargada de belleza y rabia poderosa, la novela debut de la escritora y dramaturga no solo es un relato sobre esa España de los ochenta herida por la heroína, pero hipnotizada por la efervescencia de la clandestinidad y el ansia de libertad. Esa ficción haría historia al convertir, al fin, lo bastardo en canon literario. Noelia Ramírez

La mala costumbre’: las hermosas vencidas como referente. Crítica de Carlos Pardo (10/06/2023)

24. El otoño de las rosas

Francisco Brines

Renacimiento, 1986. 118 páginas

Collige, virgo, rosas. Epígono de la Generación del 27 y heredero de Cernuda, Brines es la luz del Mediterráneo en su conexión con los clásicos grecolatinos, es el deseo de los cuerpos jóvenes que se aman ante la fugacidad de la vida, es metafísica hecha poesía. La ética de un epicúreo y la estética de un formalista. Purificació Mascarell

25. Juegos de la edad tardía

Luis Landero

Tusquets, 1989. Reedición: Cátedra, 2018. 776 páginas. 22,50 euros

En 1989, Luis Landero sorprendió a todo el mundo con una novela extraordinariamente original, opera prima de su autor, titulada Los juegos de la edad tardía, Premio Nacional de Narrativa al año siguiente. El protagonista, Gregorio Olías, un hombre gris y aparentemente sin recursos alumbrará una fantasía tras otra, espoleado por Dacio Gil, al que solo conoce por teléfono. Todo empieza un 4 de octubre, nuestro Bloomsday. Anna Caballé

26. Romanticismo

Manuel Longares

Alfaguara, 2000. Galaxia Gutenberg, 2016. 552 páginas. 23,90 euros

Con suave ironía, con profundidad histórica y con gran precisión estilística, Manuel Longares recreó magistralmente la realidad del barrio de Salamanca en las postrimerías del franquismo. Aquellos personajes de buena familia que vivían como marqueses en el cogollito, con su mezquindad y su falsa alegría, aquellas profesoras de piano, aquellas hijas de la burguesía improductiva que sabían de memoria el camino a los comercios más selectos, absorben a través de las fragilidades de sus privilegios la atención del lector de manera irresistible. Use Lahoz

27. Mater Dolorosa

José Álvarez Junco

Taurus, 2001. 688 páginas. 24,61 euros

En Mater Dolorosa, José Álvarez Junco explora la construcción de las ideas y del universo simbólico destinados a sostener el proyecto de esa nación nueva que surgía tras romper en la Guerra de la Independencia con la monarquía católica, y revela los conflictos que se produjeron sobre qué era España aun contexto de continua inestabilidad. José Andrés Rojo

28. Bartleby y compañía

Enrique Vila-Matas

Anagrama, 2000. Reedición: Seix Barral, 2015. 200 páginas. 17 euros

“Preferiría no hacerlo”, decía el Bartleby de Melville. En Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, se habla de esos escritores que un día dejan de escribir, como Juan Rulfo, Arthur Rimbaud o J.D. Salinger. Una muestra pura del gusto del autor por el juego y la obsesión metaliteraria. Sergio C. Fanjul

29. Un amor

Sara Mesa

Anagrama 2020. 192 páginas. 18,90 euros

Fenómeno de 2020, adaptada al cine por Isabel Coixet con guion de Laura Ferrero, Un amor es la novela del heterofatalismo del primer cuarto del siglo XXI. O cómo el desapego femenino hacia los hombres, vistos como la raíz del problema en la teoría, no impide que se sigan deseando con obsesión enfermiza, y sin esperanza, en la práctica. Noelia Ramírez

Sara Mesa: “Si no te sientes deseada, como mujer estás perdida”. Entrevista, por Laura Fernández

30. El temps de les cireres

Montserrat Roig

Edicions 62, 1977 (en catalán). Argos Vergara, 1979 (en castellano). Reedición: Traducción de Gemma Deza Guil. Consonni, 2024. 258 páginas. 22,50 euros

“La ciudad la llevamos dentro”, afirma Natàlia Miralpeix, la protagonista de El temps de les cireres. Tras doce años de exilio voluntario, regresa a casa dos días después de la ejecución de Puig Antich. A partir de ese retorno y del reencuentro de tres generaciones barcelonesas, Montserrat Roig traza una de las mejores radiografías de las hipocresías que corroen la ciudad en transformación de la posguerra. Carlota Rubio

31. Todas las almas

Javier Marías

Anagrama, 1989. Reedición: Alfaguara, 2021. 264 páginas. 17,95 euros

Una estancia en Oxford; la naturaleza de la observación, de la ambigüedad y los secretos; el lenguaje como herramienta de conocimiento, pero también de confusión y traición. Melancólica y desternillante, Todas las almas es una de las novelas emblemáticas de Marías y una pieza clave de su mundo literario, que se prolongaría en Negra espalda del tiempo y en la trilogía Tu rostro mañana.

32. Historias de las dos Españas

Santos Julià

Taurus, 2004. Reedición: Taurus, 2015. 624 páginas. 23, 65 euros

Santos Juliá dibuja en Historias de las dos Españas el mapa de los relatos que los intelectuales de un territorio diverso armaron desde principios del siglo XIX hasta mediados del XX sobre una nueva nación que fue padeciendo quiebras y conflictos y derrotas que provocaron enconadas y desgarradoras disputas sobre cuál era su verdadera identidad. José Andrés Rojo

33. Galíndez

Manuel Vázquez Montalbán

Anagrama, 1990. Reedición: Anagrama, 2018. 436 páginas. 22,90 euros

Un híbrido de estilos y géneros que arrastra al lector por una historia fascinante de vida y muerte. Una investigación de una biografía y de los límites de la novela. Un uso de la segunda persona como nunca se ha visto en español. Una joya de la literatura que permanecerá en el tiempo. Juan Carlos Galindo

34. El cuento de nunca acabar

Carmen Martín Gaite

Trieste, 1983. Reedición: Siruela, 2014. 336 páginas. 22,90 euros

Aunque la fecha de publicación diga 1983, debería decir en realidad 1963-1983 porque cuajó en este libro formidable la vida reflexiva e íntima de Martín Gaite sobre contarse y contarnos, fragmentario, confesional, valiente y errabundo. El libro nació del descubrimiento de atreverse a extraviarse y sumergirse así definitivamente en el ensayo de plena madurez. Jordi Gracia

35. Obabakoak

Bernardo Atxaga

Erein, 1988 (en euskera). Xórdica, 1989 (en castellano). Reedición: Traducción de Chusep Raúl Usón. Xórdica, 2022. 456 páginas. 24 euros

Bernardo Atxaga creó su mundo literario en Obaba, un mundo escrito en euskera, donde se encontraron, a través de los 26 relatos, independientes pero interconectados, como en una novela coral, lo cotidiano y la fantasía, la memoria y el símbolo, lo rural y lo onírico (cuando lo rural no vivía un revival), en una especie de realismo mágico norteño. Sergio C. Fanjul

36. La Edad de Plata

José-Carlos Mainer

Los Libros de la Frontera, 1975. Reedición: Taurus, 2025. 544 páginas. 23,65 euros

La ciudad democrática se fundamentó sobre libros como este clásico. Llegó a las librerías en marzo de 1975 y no solo tuvo la virtud de proponer una etiqueta para describir un período aún no conceptualizado (de 1902 a 1939), sino que hizo una interpretación pionera y completa del ciclo de modernización cultural más valioso de la España moderna. Jordi Amat

37. La lluvia amarilla

Julio Llamazares

Seix Barral, 1989. Reedición: Seix Barral, 2024. 208 páginas. 19,50 euros

La identidad de un país puede alojarse en un paisaje ceremonial. Lluvia amarilla, novela de Julio Llamazares de 1988, ejemplifica la crueldad y la desolación silenciada tras ceder desde lo individual ante el olvido colectivo. Andrea Toribio

38. Usos amorosos de la postguerra española

Carmen Martín Gaite

Anagrama, 1987. Reedición: Anagrama, 2023. 240 páginas. 12,90 euros

Relacionado de forma directa con otras dos maravillas, Usos amorosos del dieciocho en España y El cuarto de atrás, este ensayo es sobre todo un retrato de la autarquía franquista y sus consecuencias sobre los cuerpos y las psiques de las mujeres (y en última instancia, los hombres) que la padecieron. Salen monjas, y decepcionan. Nadal Suau.

39. Habitaciones separadas

Luis García Montero

Visor, 1994. Reedición: Visor, 2019. 84 páginas. 12 euros

Hay poetas en los que sobrenada una rara mansedumbre lírica, y eso sucede con Luis García Montero: el arpegio no es nunca exaltado ni exultante sino tímido, tibio y veraz, como si el dedo fuese siguiendo el perfil de las cosas amadas y desamadas sin perder tensión, sin incurrir en el melodrama vicioso y dejando en el aire el aleteo de la emoción, incluso física. Jordi Gracia

40. Las Armas y las Letras

Andrés Trapiello

Destino, 1994. Reedición: Destino, 2019. 664 páginas. 35 euros

La combinación de velocidad de escritura, estilo, instinto literario y valentía puso sobre la mesa la evidencia de que habíamos despreciado colectivamente la literatura fascista por fascista y no por ser mala literatura. Error. Las sucesivas ediciones han ido corrigiendo parte de la gracia originaria del libro, pero aquel primer acto de historiografía felizmente revisionista estará en la biografía más valiosa de Andrés Trapiello, y en el lado político, precisamente. Jordi Gracia

41. Camí de sirga

Jesús Moncada

Camí de sirga. Magrana, 1988 (en catalán). Anagrama, 1989 (en castellano). Reedición: Club Editor, 2025. 352 páginas. 21 euros (en catalán). Anagrama, 2025. 328 páginas. 20,90 euros (en castellano)

Camino de sirga cuenta la historia de Mequinenza, un pueblo de la Franja de Aragón, desde la Primera Guerra Mundial hasta su desaparición bajo las aguas de dos embalses en los años setenta. Es un poderoso fresco social que retrata el siglo XX con una prosa rica, precisa e irónica, juegos temporales heredados de la novela modernista y un puñado de personajes inolvidables. Daniel Gascón

42. Arrugas

Paco Roca

Astiberri, 2007. 104 páginas. 15 euros

Este tebeo —junto con María y yo, en el que Miguel Ángel Gallardo relata su relación con su hija con autismo—, supuso una revolución en el cómic nacional, algo parecido a lo que representó Maus en Estados Unidos. Paco Roca relata la historia del Alzheimer de su padre y cómo su memoria —y su mundo— se van volatilizando. Arrugas y María y yo abrieron caminos que el tebeo no ha dejado de transitar desde entonces. Guillermo Altares

43. Un día volveré

Juan Marsé

Plaza & Janés, 1982. Reedición: Lumen. 2009. 448 páginas. 19,95 euros

Con su aureola de western, esta novela retrata a un hombre que regresa a su barrio desde la cárcel para afrontar la disyuntiva entre venganza y paz. Aquí está todo Marsé, Barcelona, el cine, el lenguaje sintético, la derrota. Pero, además, en 1982 fue un libro bien sincronizado con el momento que atravesaba el país. Nadal Suau.

44. El corazón helado

Almudena Grandes

Tusquets, 2007 936 páginas. 25 euros

En 2007 se aprobó la Ley de Memoria Histórica, y llegó esta novela, la primera en la que Almudena Grandes fijó su mirada en la Guerra Civil. De este libro surgieron los Episodios de una Guerra Interminable: aquí están la autora que fue y la que sería, y así, la narradora arrebatadora y pasional de Malena es un nombre de tango se cruza con la que firmará El lector de Julio Verne. Andrea Aguilar

Novela de la restitución. Crítica de Jordi Gracia (17/02/2007)

45. Rabos de lagartija

Juan Marsé

Plaza y Janés, 2000. Reedición: Lumen 2024. 392 páginas. 19,85 euros

Recuerdo el asombro que produjo la perfecta adecuación entre el uso de un inverosímil narrador intrauterino (un guiño al Tristram Shandy) y el mundo de tristísima realidad de la posguerra que presentaba: Víctor cuenta la historia trenzada de su hermano David, del joven homosexual Paulino y del inspector Galván enamorado de la madre embarazada. Una masterclass de técnica narrativa y sensibilidad. Domingo Ródenas de Moya

46. Antagonía

Luis Goytisolo

Seix Barral, 1973 / 1976 / 1979 / 1981. Reedición: Anagrama, 2023. 1.120 páginas. 29,90 euros

Novela panóptica y arborescente sobre la casta intelectual (catalana) durante el franquismo que se publicó en cuatro entregas (la primera en México): Recuento (1973), Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1978) y Teoría del conocimiento (1981). Los veinte años de elaboración que le costó a Luis Goytisolo se tradujeron en una novela de arquitectura especular que es encierra un laboratorio de técnicas y estilo. Domingo Ródenas de Moya

47. La escala de los mapas

Belén Gopegui

Anagrama, 1993. Reedición: Random House, 2023. 208 páginas. 15,10 euros

La primera novela de Gopegui nos acerca al geógrafo Sergio Prim y a sus conflictos emocionales con su idolatrada Brezo Varela y su amor inesperado: una historia de amor topográfico en la que el espacio físico se equipara al emocional, y donde, con declarado lirismo, se miden las distancias y los huecos entre las personas, los refugios y los mapas interiores, el miedo a ser amado. Sergio C. Fanjul

48. El entusiasmo

Remedios Zafra

Anagrama, 2017. 264 páginas. 20,90 euros

La mirada subterránea a inquietudes latentes pero no aún patentes es parte del mejor mérito del ensayo de reflexión e intervención, y El entusiasmo hizo eso: escuchar primero a la intimidad de la autora y meterse después con una vibrante mezcla de narración, autobiografía y especulación en el corazón de la autoexplotación alegre, cautiva y disparatada. Jordi Gracia

Un ensayo sobre la precariedad de los creadores en la Red, premio Anagrama. Artículo de Carles Geli (27/09/2017)

49. Herrumbrosas lanzas

Juan Benet

Alfaguara, 1983 / 1985 / 1986. Reedición: DeBolsillo, 2009. 720 páginas. 17,05 euros

El objeto de este suntuoso ciclo novelístico (tres entregas, 1983, 1985 y 1986, divididas en diez libros, más dos esbozados e inconclusos) es la Guerra Civil en el espacio mítico Región. La prosa portentosa de Benet al servicio del placer de contar maniobras militares y una densa trama de vidas sombrías. Con el aliento de los historiadores de la antigüedad, Benet salió en busca de nuevos lectores. Domingo Ródenas de Moya

50. Fragmentos de un libro futuro

José Ángel Valente

Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2000. Reedición: Galaxia Gutenberg, 2019. 128 páginas. 12 euros

Elegíaco e hímnico, con la palabra al límite del decir, José Ángel Valente gesta en Fragmentos de un libro futuro el poemario que mejor le define como hombre y como poeta, en el que apresa, y expresa, toda la vida y toda la muerte: “El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes”. Noemí Montetes-Mairal