miércoles, 3 de noviembre de 2010

Sentencias y refranes de La Celestina

Mucha es la sabiduría de La Celestina; la principal quizá es que el mundo es trágico porque en él todo está enfrentado; la esperanza está fuera de él. Me quedo con un puñado de sentencias y refranes de entre todos los que hay; más abajo los pongo todos:

Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla (Heráclito, y luego, Petrarca)
Las mujeres y el vino hacen a los hombres renegar. Este refrán lo repetía Quevedo, y vaya si es verdad.
¡Oh qué hastío es conferir con ellas [=las mujeres] más de aquel breve tiempo que aparejadas son a deleite!
Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.
Quien a la vez pone su pensamiento en diversos lugares, en ninguno lo tiene.
Vanamente se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender. O como dice Juan de Mena, "Miremos al seso, mas non al vocablo", o el adagio latino, "rem tene, verba sequentur"
El esperanza luenga aflige el corazón.
Los bienes si no son comunicados, no son bienes.
De las obras dudo, cuanto más de las palabras.
Es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar.
No los que poco tienen son pobres, mas los que mucho desean.
Los peregrinos tienen muchas posadas y pocas amistades
La ajena luz nunca te hará claro, si la propia no tienes. Como la paradoja de la farola de El arte de amargarse la vida.
Tanta es la fuerza de la verdad, que las lenguas de los enemigos trae a su mandar.
Si tú me das a entender lo incógnito por lo menos conocido, es coger agua en cesto.
Cada cual habla de la feria según le va en ella.
Ten tú el tiempo que no ande; tendré yo mi forma que no se mude.
Pan e vino anda camino, que no mozo garrido.
La experiencia y escarmiento hace los hombres arteros. Parecido a ese pensamiento tan repetido por Cervantes: "Las largas peregrinaciones hacen a los hombres discretos", que suena más noble y menos desengañado.
La mayor gloria que al secreto oficio de la abeja se da, a la cual los discretos deben imitar, es que todas las cosas por ella tocadas convierte en mejor de lo que son. Hay otro pensamiento parecido en otro lugar de La Celestina: que el hombre debe evitar a los que quiere hacer mejores, y frecuentar a los que quieren hacerle mejor a el.
Quien mal hace aborrece la claridad.
Simpleza es no querer amar e esperar de ser amado, locura es pagar el amistad con odio.
El cierto amigo en la cosa incierta se conoce, en las adversidades se prueba. Como Cicerón: Amicus certus, in re incerta cernitur, en su De amicitia
Ser como perro de hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer.
A las obras creo, que las palabras de balde las venden dondequiera.
El amor nunca se paga sino con puro amor; e las obras, con obras.
No hay cosa más perdida que el mur que no sabe sino un horado.
De corsario a corsario no se pierden sino los barriles.
La mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida e trabajosa.
Si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces.
No es verdadera fuerza ni poderío dañar y empecer, mas aprovechar e guarecer.
Pequeña causa desparte conformes amigos.
Ser como tablilla de mesón, que a todos abriga y ella se queda fuera.
Ninguna cosa es más lejos de verdad que la vulgar opinión.
Nunca alegre vivirás, si por voluntad de muchos te riges.
Ruin sea quien por ruin se tiene.
Las obras hacen linaje que, al fin, todos somos hijos de Adán y Eva.
Mundo es: pase, ande su rueda, rodee sus alcaduces, unos llenos otros vacíos.
Ninguna cosa a los hombres que quieren hacerla es imposible.
Tanto mayor es el yerro cuanto mayor es el que yerra.
No querer morir ni matar no es cobardía, sino buen natural.
Cargado de hierro e cargado de miedo.
Sobre dinero no hay amistad.
Si me viste, burléme; si no me viste, calléme.
Cuando pobre, franca; cuando rica, avarienta.
De lo poco, poco; de lo mucho, nada.
Dígole que se vaya y abájase las bragas.
Las sucias moscas nunca pican sino los bueyes magros e flacos; los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con mayor ímpetu.
Cuando el vil está rico, no tiene pariente ni amigo.
Del monte sale quien el monte quema.
Cuán peligroso es seguir justa causa delante injusto juez.
Todo se rige con un freno igual, todo se mueve con igual espuela: cielo, tierra, mar, fuego, viento, calor, frío.
La necesidad de todo amor priva.
La tristeza es amiga de la soledad.
Los muertos abren los ojos de los que viven. Como Quevedo: "Escucho con los ojos a los muertos".
Para esto te dio Dios dos oídos e dos ojos e no más de una lengua, porque sea doblado lo que vieres e oyeres, que no el hablar.
El ajuar de la frontera: dos estacas y una estera.
Ver si decir y hacer comen juntos a la mesa
Ten esfuerzo para sufrir la pena, pues tuviste osadía para el placer.
A muertos y a idos, pocos amigos.
Inicua es la ley que a todos igual no es.
Del mundo me quejo, porque en sí me crió.

Esta es la colección casi total:

Prólogo

Todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla.
Toda palabra del hombre sciente está preñada.

Acto I

Asaz es señal mortal no querer sanar.
Dejemos llorar al que dolor tiene.
El sol más arde donde puede reverberar.
Mudar el pelo malo.
Malo es esperar salud en muerte ajena.
Allá irá la soga tras el caldero.
Si posible es sanar sin arte ni aparejo, más ligero es guarecer por arte y por cura.
Como de lo vivo a lo pintado.
El comienzo de la salud es conocer hombre la dolencia del enfermo.
Harto mal es tener la voluntad en un solo lugar cautiva.
Haz tú lo que bien digo, e no lo que mal hago.
Las mujeres y el vino hacen a los hombres renegar.
¡Oh qué hastío es conferir con ellas [=las mujeres] más de aquel breve tiempo que aparejadas son a deleite!
Miserable cosa es pensar ser maestro el que nunca fue discípulo.
Peor extremo es dejarse hombre caer de su merecimiento que ponerse en más alto lugar que debe.
Porque sin los bienes de fuera, de los cuales la Fortuna es señora, a ninguno acaece en esta vida ser bienaventurado.
Como la materia apetece a la forma, así la mujer al varón.
Mirar con ojos de alinde (por lince).
Sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.
Imposible es hacer siervo diligente el amo perezoso.
Promover a lujuria a las duras peñas.
Quien a la vez pone su pensamiento en diversos lugares, en ninguno lo tiene.
Vanamente se dice por muchas palabras lo que por pocas se puede entender.
Conocer el tiempo e usar el hombre de la oportunidad hace los hombres prósperos.
El esperanza luenga aflige el corazón.
Por huir hombre de un peligro, cae en otro mayor.
La necesidad desecha la tardanza.
El temor reduce la memoria e a la providencia despierta.
Muchos con codicia de dar en el fiel, yerran el blanco.
Do vino el asno vendrá el albarda.
Los bienes si no son comunicados, no son bienes.
Ser dos a dos.
Ser tres al mohíno.
Al freír se verá.
De las obras dudo, cuanto más de las palabras.
¡Jo que te estriego, asna coja!
Perdido es quien tras perdido anda.
No se debe dejar crecer la yerba entre los panes, ni la sospecha en los corazones de los amigos; sino limpiarla luego con el escardilla de las buenas obras.
La virtud nos amonesta sufrir las tentaciones e no dar mal por mal.
El amor, impervio, todas las cosas vence.
Mala rabia me mate.
El amor del servidor al servicio del señor prende, cuanto lo contrario aparta.
No hay cosa peor que ir tras deseo sin esperanza de buen fin.
Sacar aradores a pala y azadón.
Es necedad o simpleza llorar por lo que con llorar no se puede remediar.
En los bienes mejor es el acto que la potencia y en los males mejor la potencia que el acto.
Mala landre te mate.
La fe es de guardar más que a los vivos a los muertos.
Los peregrinos tienen muchas posadas e pocas amistades.
El que está en muchos cabos, está en ninguno.
Nunca la llaga viene a cicatrizar en la cual muchas melecinas se tientan; ni convalece la planta que muchas veces es traspuesta.
No hay cosa tan provechosa que en llegando aproveche.
No vivir en flores.
¡Guay de quien en palacio envejece!
Perdidas son las mercedes, las magnificencias, los actos nobles.
Quien torpemente sube a lo alto, más aína cae que subió.
A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo.
No los que poco tienen son pobres, mas los que mucho desean.
Mucho segura es la mansa pobreza.
La Fortuna ayuda a los osados.
Cuanto mayor es la fortuna, tanto es menos segura.
Extremo es creer a todos e yerro no creer a ninguno.
Da Dios habas a quien no tiene quijadas.
Si hombre vencido del deleite va contra la virtud, no se atreva a la honestidad.
La Natura huye lo triste e apetece lo deleitable.
La que las sabe las tañe.
De los hombres es errar e bestial es la porfía.
Dos en un corazón viviendo son más poderosos, de hacer e de entender.

Acto II

¡Oh qué glorioso es el dar! ¡Oh qué miserable es el recibir!
La ajena luz nunca te hará claro, si la propia no tienes.
Tirar coces contra el aguijón.
Finge alegría e consuelo, e serlo ha.
Tanta es la fuerza de la verdad, que las lenguas de los enemigos trae a su mandar.
A quien dices el secreto, das tu libertad.
Nunca yerro vino desacompañado.
Más vale estar solo que mal acompañado.
Flaca es la fidelidad que temor de pena la convierte en lisonja.
Estoy yo penando e tú filosofando.
Mal me quieren mis comadres, porque les digo las verdades.
A río [re]vuelto, ganancia de pescadores.
Nunca más perro a molino.

Acto III

A dineros pagados, brazos quebrados.
No cocérsele [a alguien] el pan.
Más vale perder lo servido que la vida por cobrarlo.
El mal e el bien, la prosperidad e adversidad, la gloria e pena: todo pierde con el tiempo la fuerza de su acelerado principio.
La costumbre luenga amansa los dolores, afloja e deshace los deleites, desmengua las maravillas.
Decir el sueño y la soltura.
Ser uña y carne.
Todo lo puede el dinero: las peñas quebranta, los ríos pasa en seco; no hay lugar tan alto que un asno cargado de oro no lo suba.
La mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene grande odio.
Más vale a quien Dios ayuda, que al que mucho madruga.

Acto IV

La mucha especulación nunca carece de buen fruto.
Poner la persona [o la vida] al tablero.
¿Adónde irá el buey que no are?... A la carnicería.
Cuando a los extremos falta el medio, arrimarse el hombre al más sano es discreción.
Nunca faltan rogadores para mitigar las penas.
Meter aguja y sacar reja.
Si tú me das a entender lo incógnito por lo menos conocido, es coger agua en cesto.
Ser más conocido que la ruda.
La distancia de las moradas no despega el amor de los corazones.
Viva la gallina con su pepita.
Jamás sentí peor ahíto que de hambre.
Cada cual habla de la feria según le va en ella.
A cada cabo hay tres leguas de mal quebranto.
Más segura cosa es ser menospreciado que temido.
Más son los poseídos de las riquezas que no los que las poseen.
Todas aquellas cosas cuya posesión no es agradable, más vale poseerlas que esperarlas, porque más cerca está el fin dellas cuanto más andado del comienzo.

Tan presto se va el cordero como el carnero.
Ten tú el tiempo que no ande; tendré yo mi forma que no se mude.
Pan e vino anda camino, que no mozo garrido.
Con mal está el huso, cuando la barba no anda de suso.
Hacer beneficio es semejar a Dios.
No se puede decir nacido el que para sí solo nació.
El más empecible miembro del mal hombre o mujer es la lengua.
No es vencido sino el que se cree serlo.
De los locos es estimar a todos los otros de su calidad.
Por demás es ruego a quien no puede haber misericordia.
Ninguna tempestad mucho dura.
La sangre nueva poca calor ha menester para hervir.
El deleite de la venganza dura un momento y el de la misericordia para siempre.
A la verdad no es necesario abundar de muchos colores.
La lengua debería estar atada siempre al seso.
Quebrar la soga por lo más delgado.
Pagar justos por pecadores.
A la firme verdad el viento del vulgo no la empece.
La paga más cierta es cuando más la tienen de cumplir.
Del airado es de apartar por poco tiempo; del enemigo, por mucho.
La prolijidad es enojosa al que oye e dañosa al que habla.
Con la ira morando poder, no es sino rayo.

Acto V

La mitad está hecha cuando tienen buen principio las cosas.
Nunca huyendo, huye la muerte al cobarde.
Es más cierto médico el experimentado que el letrado.
La experiencia y escarmiento hace los hombres arteros.
Vieja escarmentada pasa el vado arremangada.
La rareza de las cosas es madre de la admiración.
Ir a mesa puesta.
En achaque de trama, acá está nuestra ama.
No arrendar [a alguien] la ganancia.
El propósito muda el sabio; el necio persevera.
A nuevo negocio, nuevo consejo.
La cualidad de lo hecho no puede encubrir tiempo disimulado.

Acto VI

Entre col y col, lechuga.
Temblar como azogado.
El abad de do canta, de allí yanta.
Desechar el pelo malo.
La mayor gloria que al secreto oficio de la abeja se da, a la cual los discretos deben imitar, es que todas las cosas por ella tocadas convierte en mejor de lo que son.
El género flaco de las hembras es más apto para las prestas cautelas que el de los varones.
Quien mal hace aborrece la claridad.
Ofrecer mucho al que poco pide es especie de negar.
Quien menos procura, alcanza más bien.
No se ganó Zamora en una hora.
A piedras, piedras las vencen.
Caerse [alguno] de su asno.
No hay bien cumplido en esta penosa vida.

Acto VII

El buen consejo mora en los viejos e de los mancebos es propio el deleite.
Múdanse costumbres con la mudanza del cabello e variación.
No se toman truchas a bragas enjutas.
Simpleza es no querer amar e esperar de ser amado, locura es pagar el amistad con odio.
El cierto amigo en la cosa incierta se conoce, en las adversidades se prueba.
Mucho va de Pedro a Pedro.
Quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
Saber poco de achaque de Iglesia.
Mala señal es de amor, huir e volver la cara
No ser como perro de hortelano, que ni come las berzas ni las deja comer.
Ninguna cosa hay criada al mundo superflua ni que con acordada razón no proveyese della Natura.
Si no crees en dolor, cree en color.
A las obras creo, que las palabras de balde las venden dondequiera.
El amor nunca se paga sino con puro amor; e las obras, con obras.
No puede hacerse casa con sobrado.
No querer arrendar los escamochos [de alguien].
No hay cosa más perdida que el mur que no sabe sino un horado.
Un alma sola ni canta ni llora.
Un solo acto no hace hábito.
Una perdiz sola por maravilla vuela.
Una golondrina no hace verano.
Mientras más moros, más provecho.
Anillo en el dedo: honra sin provecho.
Al hombre vergonzoso el diablo le trajo a palacio.
De corsario a corsario no se pierden sino los barriles.
Quitar a un santo para poner en otro.
La mocedad ociosa acarrea la vejez arrepentida e trabajosa.

Acto VIII

Si la locura fuese dolores, en cada casa habría voces.
No es verdadera fuerza ni poderío dañar y empecer, mas aprovechar e guarecer.
Pequeña causa desparte conformes amigos.
Muy rara es la paciencia que agudo baldón no penetre y traspase.
Echa otra sardina, que otro ruin viene.
Ninguna humana pasión es perpetua ni durable.
Ser como tablilla de mesón, que a todos abriga y ella se queda fuera.
¡Cuán fácil cosa es reprender vida ajena y cuán duro guardar cada cual la suya!
Luego se descubre el falso metal, dorado por encima.
Nunca venir placer sin contraria zozobra en esta triste vida.
Una continua gotera horada una piedra.
Quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.
Nunca mucho costó poco.
Vaya el diablo para ruin y quédese en casa de Martín.
Las riñas de por San Juan son paz para todo el año.
En casa llena, presto se adereza cena.
Ser como el mozo del escudero gallego, que andaba todo el año descalzo y al zapatero quería matar por demorarse un día.
Nunca es igual la alabanza del servicio o buena habla que la reprensión e pena de lo malhecho o hablado.
No es todo blanco aquello que de negro no tiene semejanza, ni es todo oro cuanto amarillo reluce.
Un solo golpe no derriba un roble.
Dice el sano al doliente: Dios te dé salud.
No es habla conveniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden.
A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Acto IX

No se puede decir sin tiempo hecho, lo que en todo tiempo se puede hacer.
Cuando hay que roer en casa, sanos están los santos.
No hay mejor maestra en el mundo, no hay mejor despertadora e avivadora de ingenios que el hambre.
Quien la miel trata, siempre se le pega della.
Cuando anden a pares los diez mandamientos.
Cada buhonero alaba sus agujas.
Ninguna cosa es más lejos de verdad que la vulgar opinión.
Nunca alegre vivirás, si por voluntad de muchos te riges.
Ruin sea quien por ruin se tiene.
Las obras hacen linaje que, al fin, todos somos hijos de Adán y Eva.
Buenas son mangas pasada la Pascua.
Todo aquello alegra que con poco trabajo se gana.
Quien tiempo tiene e mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente.
No se debe poner tasa donde el rey no la pone.
Vale más una migaja de pan con paz que toda la casa llena de viandas con rencilla.
Mundo es: pase, ande su rueda, rodee sus alcaduces, unos llenos otros vacíos.
Ley es de Fortuna que ninguna cosa en un ser mucho tiempo permanece: su orden es mudanzas.
Cuanto al mundo es, o crece o descrece.
¡Buen provecho te hagan las zapatas y la barba puta!

Acto X

Gran parte de la salud es desearla.
Venir manso a la melena.
Muy mejor se despide el nuevo pecado que aquel que por costumbre antigua cometemos cada día.
Lo duro con duro se ablanda más eficazmente.
La cura del lastimero médico deja mayor señal.
Nunca peligro sin peligro se vence.
Un clavo con otro se expele e un dolor con otro.
Ninguna cosa a los hombres que quieren hacerla es imposible.
La verdadera virtud más se teme que espada.

Acto XI

Andar royendo los santos.
Más difícil de sufrir es la próspera fortuna que la adversa; que la una no tiene sosiego e la otra tiene consuelo.
Con dulces palabras están muchas injurias vengadas.
La corderica mansa mama de su madre y de la ajena.
No da paso seguro quien corre por el muro e aquél va más sano que anda por llano.

Acto XII

Mal ajeno de pelo cuelga.
El hombre apercibido, medio combatido.
Tomar calzas de Villadiego.
Tanto mayor es el yerro cuanto mayor es el que yerra.
No querer morir ni matar no es cobardía, sino buen natural.
Cargado de hierro e cargado de miedo.
Aunque muda el pelo la raposa, su natural no despoja.
Sobre dinero no hay amistad.
Dar un palmo y pedir cuatro.
Quien mucho abarca, poco suele apretar.
Si me viste, burléme; si no me viste, calléme.
Cuando pobre, franca; cuando rica, avarienta.
De lo poco, poco; de lo mucho, nada.
Dígole que se vaya y abájase las bragas.
A perro viejo, no cuz cuz.
Las sucias moscas nunca pican sino los bueyes magros e flacos; los gozques ladradores a los pobres peregrinos aquejan con mayor ímpetu.
El duro adversario entibia las iras e sañas.
De los enemigos, los menos.

Acto XIII

De muy alto, grandes caídas se dan.
Rara es la bonanza en el piélago.
Reñir sobre la capa del justo.

Acto XIV

Con su pan se lo coma.
En hoto (=fiándote) del conde no mates al hombre, que morirá el conde y pagarás el hombre.
A falta de hombres buenos, hicieron a mi padre alcalde.
Cuando el vil está rico, no tiene pariente ni amigo.
Del monte sale quien el monte quema.
Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Menos yerro es no condenar los malhechores que punir los inocentes.
Cuán peligroso es seguir justa causa delante injusto juez.
Todo se rige con un freno igual, todo se mueve con igual espuela: cielo, tierra, mar, fuego, viento, calor, frío.
No por mucho madrugar amanece más temprano.

Acto XV

Perder buena vida más trabajo es que la misma muerte.
La necesidad de todo amor priva.
Cuando una puerta se cierra, otra suele abrir la Fortuna.
La tristeza es amiga de la soledad.
A piedra movediza nunca moho la cobija.

Acto XVI

Corren los días como agua de río.
Más vale prevenir que ser prevenido.
Por demás es la cítola del molino, si el molinero es sordo.
Más vale ser buena amiga que mala casada.

Acto XVII

Vale más un día del hombre discreto que toda la vida del necio e simple.
Los muertos abren los ojos de los que viven.
El lobo es en la conseja.
Quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can.
Para esto te dio Dios dos oídos e dos ojos e no más de una lengua, porque sea doblado lo que vieres e oyeres, que no el hablar.
Antes se coge al mentiroso que al cojo.

Acto XVIII

El ajuar de la frontera: dos estacas y una estera.
¡A otro perro con ese hueso!
Ver si decir y hacer comen juntos a la mesa [de alguien].

Acto XIX

Quien burla al burlador, cien días gana de perdón.
Si sabe mucho la raposa, más sabe el que la toma.
Una cosa piensa el bayo y otra el que lo ensilla.
A la tercera va la vencida.
Lo que no hace espada e capa e corazón, no lo hacen corazas e capacete e cobardía.
Venir por lana y salir trasquilado.
Ten esfuerzo para sufrir la pena, pues tuviste osadía para el placer.

Acto XX

A los flacos corazones el dolor los delata.
Cuando el corazón está embargado de pasión, están cerrados los oídos al consejo
A muertos y a idos, pocos amigos.
En largos días, largas tristezas se sufren.

Acto XXI

Nuestro gozo en el pozo.
Inicua es la ley que a todos igual no es.
Del mundo me quejo, porque en sí me crió.

martes, 2 de noviembre de 2010

Una vela



Una vela por dos pacifistas, uno cuáquero
y otro budista:

y


Berlusconi

Un corruptor de mayores y de menores presidente de un país europeo; lo que hay que ver... Claro que, si es Italia...

lunes, 1 de noviembre de 2010

La reciprocidad, como principio de tolerancia religiosa, si es que es religiosa la tolerancia

Es muy interesante y ha sido muy debatido y comentado este ensayito de Gabriel Albiac publicado en Abc. Bien estará recordar lo que decía Voltaire sobre las iglesias: "Un país donde hay una iglesia es inhabitable; otro donde hay dos tampoco, porque hay guerra civil; en Inglaterra, donde hay treinta se puede vivir". El principio de reciprocidad para con las religiones intolerantes es el mejor: permitiremos mezquitas en nuestro suelo pagadas por extranjeros cuando ellos permitan iglesias en su país pagadas por los nuestros:

Gabriel Albiac, "La España anacrónica", ABC, 31/10/2010

La inscripción de la lápida está en hebreo. El mármol blanco, a medias roído por el moho, ha sido adornado, sin embargo, con todos los ornamentos propios del barroco católico español. Igual sucede con buena parte de las que la rodean. Una súbita extrañeza se apodera del viajero que logra acceder al recóndito cementerio de Bet Haim («La puerta del cielo»), que en Ouderkerk, a 56 kilómetros de Ámsterdam, fundó en el año 1614 la comunidad de judíos españoles, que en aquella libre Holanda halló una segunda patria que nunca abolió del todo la primera. Perseveró la lengua, perseveró la estética, perseveró la identidad española durante algo más de tres siglos. Luego, el nazismo acabó con todo en pocos meses. Y los judíos españoles de Ámsterdam fueron exterminados. Quedan las tumbas. Españolas. Y la biblioteca adyacente a la Sinagoga. Española. Lengua y escena funeraria configuran a una nación. El cementerio judío de Ámsterdam es —en lo lingüístico como en lo icónico— un cementerio católico. ¿Católico? Español, en todo caso. Pero ¿dónde trazar esa frontera entre lo español y lo católico? Los judíos de Ámsterdam fueron siempre designados por sus conciudadanos como «los españoles», o, mejor, como «los portugueses», porque eso evitaba ciertas resonancias dolorosas ligadas, en los Países Bajos, al nombre de España. Y, en esa dualidad, no es difícil reconocer la metáfora básica de la España moderna. Todos somos católicos en ella. Hasta los que no lo somos, y quizá de una manera, por inconsciente, más intensa. Lo somos en lo ético como —y es quizá lo mismo— en lo estético. La subjetividad moderna española es constituida por el catolicismo. Y toda la tragedia de nuestros últimos tres siglos es subsidiaria de esa paradoja. Identificadas nación y religión, españolidad e iglesia, cualquier conflicto con la una arrastra, por asimilación, el rechazo simultáneo de la otra.

Es lo que analizaba magistralmente José Jiménez Lozano en sus Cementerios civiles: «El carácter primordial del catolicismo español… es que la fe cristiana, además o incluso en vez de ser una decisión personal de adhesión a la Persona y a las enseñanzas de Cristo, se ha traducido por la simple pertenencia a la casta o gens hispanica, a la condición de españolidad, es decir, es una expresión política». De esa reducción de dos campos a uno, derivará la herida nunca cerrada. Si la filiación religiosa ha servido «para definir la figura nacional y gentilicia de todo un pueblo», conforme a la fórmula de Américo Castro que Jiménez Lozano recupera, entonces es la delimitación entre Estado e Iglesia, sobre la cual se ha fundado la Europa moderna, la que aparecerá aquí bajo un siempre amenazante inacabamiento. «Es el Estado —concluye José Jiménez Lozano, al fijar los términos de esa extrañeza española— el que en su constitutividad y esencia es religioso y sacral. Es la Iglesia la que se ha hecho Estado como la fe se hace carne y sangre, biología y casta, españolidad. La españolidad o condición de español supone y presupone la fe. No se precisará ninguna adhesión intelectual personal y específica a los dogmas, ni ninguna atención a la ética derivada de ellos».

Una doble consecuencia muy contradictoria se adivina en esa amalgama: la reducción de lo sagrado a lo político dota, sí, de una blindada estabilidad mutua; pero vacía sus respectivas especificidades. Hasta la final locura de poder escindir a los ciudadanos, no en dos o más variedades de miembros de una misma nación, sino en entidades excluyentes, necesariamente teológicas, que cristalizarán en la metáfora aterradora de la «anti-España», como único modo de reconocer cada uno su condición española amenazada. El mito de las «dos Españas» solo dice una cosa: que quienquiera que sea el que lo invoque, lo hace —sépalo o no— desde la altivez innegociable de un sacerdocio. La España moderna —es un caso único— no ha producido ateos, en el sentido estricto del término, sino «anticlericales», que es exactamente lo contrario: una reversión laica de lo sacerdotal mismo que se rechaza. «El ateo hispánico —escribe con gran tino el maestro de Alcazarén—, al encontrarse sacralizado el mismo aire que respira y hasta sus propias coordenadas mentales, ha de comenzar por luchar contra aquello para encontrar su propio aire… El enfrentamiento de estos dos mundos: ese universo sacral y teologizado, creencia socializada y politizada y convertida en carne y sangre de la casta, por una parte, y de los inconformistas con él, o de sus enemigos declarados, por la otra, ha llenado de manera dramática nuestra historia española moderna». Extrañamente, si lo comparamos con lo sucedido en el resto de Europa, los defensores españoles del laicismo acaban por construir, desde finales del siglo XIX, una religión de suplencia. Que repite, hasta paralelismos cómicos, los rituales y aun las revestiduras de aquella de la cual abominan. Es el caso, llevado a la caricatura, de la masonería española. También, de la Institución Libre de Enseñanza, convento de santos laicos magistralmente analizado por José María Marco. La Guerra Civil de 1936 nace del estallar de esa amalgama.

Luego, los cuarenta años de una dictadura que se quiso «nacional-católica» acaban por envenenarlo todo. Símbolos nacionales como símbolos religiosos quedan indeleblemente asimilados al franquismo, son las mitologías de un régimen que no logró jamás forjar el equivalente de las mitologías modernistas que nutrieron al fascismo italiano y, sobre todo, al nazismo alemán.

En 1975, a la muerte del dictador, el embrollo político-teológico resultaba desolador. Por una parte, sectores nada despreciables de la jerarquía episcopal seguían presos de su obediencia a un general Franco que, no hacía aún tanto, había movido todos los hilos para impedir el nombramiento del «Papa comunista» Pablo VI. Por otra, el apoyo de capas muy amplias del clero a organizaciones sindicales clandestinas y movimientos de lucha contra la dictadura hacía emerger un dato esencialmente nuevo: la desvinculación entre Iglesia y Régimen. Los más inteligentes de los obispos españoles lo entendieron. A costa de algún choque tan duro como el del obispo Añoveros. La habilidad de monseñor Tarancón en los meses delicadísimos que siguieron a la muerte del dictador fueron clave para evitar un nuevo caos.

Era el momento de enterrar los viejos fantasmas. Muchos pudieron pensar que así había sido. Pero los fantasmas del pasado son pertinaces. La España a la cual llega el Papa Benedicto XVI está empantanada en su peor regresión anímica desde 1975. La llegada imprevista al poder del PSOE de Rodríguez Zapatero determinó esa regresión, casi como un teorema matemático. Si hemos de hablar en rigor, nadie contaba con tal resultado una semana antes del 11 de marzo de 2004. En ausencia de un programa económico y político mínimamente verosímil, el nuevo gobierno socialista buscó una vía rápida para soldar la unidad de su tan azarosamente constituido soporte electoral. La memoria era la vía más rápida. Y pronto mostró que la más eficaz. Memoria, no historia. Son ambas, historia y memoria, entidades no ya distintas sino contrapuestas. La memoria es afectiva y cercana; la historia, glacial y ajena. En la memoria se construye nuestro universo sentimental, al cual en poco concierne la verdad de los hechos realmente sucedidos. La historia clasifica, analiza, explica las determinaciones que permiten comprender cómo sucedió algo. Al poner en primer plano la monserga de la «memoria histórica» (esa contradicción en los términos), el Gobierno de Rodríguez Zapatero daba cuenta de su proyecto axial: en ausencia de gestión, mitología. Funcionó. Hasta llevar a este país al borde del abismo, porque una política asentada sobre la mitología es tan autocomplaciente cuanto aniquiladora.

La España negra

Las «dos Españas» emergieron de sus sepulcros en la noche de los tiempos. Nadie sabía demasiado bien qué es lo que pudiera significar cada una de ellas en un país del siglo XXI. Daba igual. El invento funcionaba. Y el único hilo de continuidad entre la España aquella agraria y mísera de los años treinta y la actual era la primacía confesional de la Iglesia Católica. Si había que entroncar con un republicanismo mítico —no con el real, sino con su leyenda—, era preciso reponer a la Iglesia en su función estructural frente a este: la de la España negra, la del enemigo eterno. Y un anticlericalismo que unos pocos años antes nos hubiera dado a todos risa —y, más que a nadie, a los, como yo, no creyentes— se convirtió en el soporte blindado del zapaterismo.

El anacronismo que de ello resulta es brutal. Tanto más cuanto que nunca la posición vaticana ha sido tan partidaria de la plena separación entre Iglesia y Estado como en los años que van de pontificado de un Benedicto XVI que, en el curso de su encuentro en París con el presidente de la laica República Francesa, reivindicaba sin ambigüedad la necesidad de una «nueva reflexión sobre el verdadero sentido y sobre la importancia de la laicidad», que «insista… en la distinción entre lo político y lo religioso, con el fin de garantizar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos cuanto la responsabilidad del Estado hacia ellos». Ni la «búsqueda de la espiritualidad es un peligro para la democracia y la laicidad», proclamó entonces el teólogo Joseph Ratzinger, ni la laicidad puede aparecer para el creyente de otro modo que como la mejor de las opciones para actuar en una plena libertad de espíritu, ajena a constricciones políticas.

Pero Francia no necesita apuntalar su identidad nacional en míticas guerras religiosas, cuyo anacronismo no podría allí sino dar risa. En España, la peculiaridad del socialismo de Zapatero ha sido la de tratar de poner en pie una religión laica, una religión de suplencia, asentada sobre media docena de mitologías infantiles y, en su mismo infantilismo, extraordinariamente eficaces. La tarea legislativa del Gobierno socialista se ha volcado sobre ese legislar disparates ideológicos, para dejar en sombra una incapacidad de legislación material que deja atónito a cualquier espectador internacional. Mientras el país se desmorona económicamente, mientras la corrupción política toma dimensiones faraónicas, mientras la administración entra en colapso y no hay ya materialmente dinero para atizar los costes de un insostenible sistema funcionarial multiplicado por las autonomías, Zapatero legisla sobre la «igualdad de género» o los «matrimonios homosexuales», «memorias históricas», «educaciones para la ciudadanía»…; mientras las peores dictaduras del planeta se convierten en nuestros únicos aliados internacionales, Zapatero busca forjarse un crédito modernista de campeón del anticlericalismo contra la Iglesia católica, al mismo tiempo que halaga miserablemente a un islam encastillado en la negativa de la plena condición ciudadana a sus mujeres y para el cual todo Estado que no se rija por la sharia es una aberración blasfema…

Delirio islamista

En septiembre de 2006, un discurso de Benedicto XVI iba a desencadenar el mayor delirio islamista de los últimos años. La tesis de Ratzinger era muy sencilla: el cristianismo es, ante todo, la Biblia traducida al griego; la Escritura a la luz de Platón y Aristóteles. Y eso traza entre los herederos de las filosofía griega y los creyentes del Nuevo Testamento un puente de comunicación e inteligibilidad. Justo lo que es imposible en religiones que —como el islam— no admiten posibilidad de interpretar el Libro divino. Y eso hace que la libertad y la democracia hayan, históricamente, nacido en sociedades cristianas. Y sean incompatibles con las islámicas.

Esta es la clave hoy para Europa. La que Merkel recordaba hace unos días. La que Noruega ha puesto en práctica, al exigir la aplicación del principio de reciprocidad para autorizar la construcción de mezquitas financiadas por los saudíes. Esta es la clave para quienes aún pensamos que se puede evitar el naufragio en la teocrática «Alianza de Civilizaciones». La clave que el paseante atónito puede leer en las lápidas de Bet Haim en Ouderkerk: que la razón y la belleza, al menos, aún nos unen.

Un puñado de muertos

He aquí una curiosidad historiográfica: un portal consagrado a las víctimas en Ciudad Real de la persecución religiosa contra los católicos -de la persecución contra protestantes, librepensadores, masones o la mera gente común sin ideología, no dicen nada-. Debería haber portales mixtos, donde se mezclen los huesos como en una fosa común, pero, curiosamente, no los hay. Eso no es bueno.

Javier Marías no entiende algunas cosas de la crisis

Javier Marías, "Cosas de la crisis que no entiendo", El País, 31/10/2010:

A) Por lo que veo, no son pocas las empresas que, a cuenta de la crisis, han reducido su personal al mínimo. Un solo individuo se encarga de todos los repartos de una mensajería. En un supermercado una sola mujer atiende el puesto de charcutería y hay una sola cajera, aunque existan varias cajas. Los clientes, sin embargo, son los mismos de siempre; el nivel de envíos y de ventas no ha bajado. Los empresarios han encontrado un pretexto para adelgazar sus plantillas y hacer trabajar más, mucho más, a los escasos empleados que conservan, que se pasan el día echando el bofe y aguantando las iras de los clientes, los cuales se ven obligados a hacer largas colas y a perder una hora en lo que antes los ocupaba quince minutos. Es evidente que hacen falta más trabajadores, pero los dueños de estos negocios han decidido sobreexplotar y aterrorizar a los contados supervivientes y así incrementar sus ganancias. Les trae sin cuidado que éstos se deslomen innecesariamente (lo cual es una larga tradición del empresariado español, salvo excepciones), pero también que su clientela esté mal atendida. ¿Cómo va a bajar el paro si no se contrata a gente, allí donde no sólo no sobra, sino que es precisa? Los empresarios suelen aducir que ellos han de ser los más protegidos, porque crean riqueza y puestos de trabajo. En estos momentos, y en demasiados casos, esto ha pasado a ser una falacia. Sólo crean riqueza para sí mismos: lo único a que no están dispuestos es a ver menguar sus beneficios. Que los vean disminuidos los otros, los empleados, los parados y los clientes.

B) El Presidente de la patronal, el calamitoso y grosero Díaz Ferrán, lo ha expresado con claridad al dar su fórmula para salir de la crisis: “Trabajar más y cobrar menos”. Es obvio que se refería tan sólo a la gente común, a los asalariados, y no a los de su gremio. Desde luego ha predicado con el ejemplo en lo referente a sus propias empresas, salvo en un detalle: los empleados de Viajes Marsans o de Air Comet, por ejemplo, ya no cobran nada, en efecto, porque se han ido al paro; el detalle es que no trabajan más a cambio, sino nada, por la misma razón: están en la calle. No entiendo cómo ese calamitoso todavía se atreve a decir esta boca es mía ni a recomendar nada a nadie.

C) Estas actitudes están en consonancia con las de los ricos de otros lugares: según ha contado Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, en los Estados Unidos quienes están de verdad iracundos no son los trabajadores ni los desempleados, ni quienes han perdido sus viviendas al no poder pagar sus hipotecas, sino los muy adinerados que desencadenaron la crisis y recibieron ayudas estatales –es decir, del conjunto de la población–, al ver que a cambio de eso se abogaba por una limitación temporal de sus bonus, y que Obama sugería el término de los recortes de impuestos con que los benefició Bush Jr. En el colmo de la obscenidad, los multimillonarios lloriquean y se llenan de autocompasión (“La gente no sabe a qué gastos nos obliga nuestro tren de vida”), reclaman el “derecho a conservar nuestro dinero” (nadie va a quitárselo: se entiende “nuestro dineral intacto y sin merma”) y vociferan contra Obama, al que comparan con Hitler. No entiendo que tanta desfachatez se consienta y no se castigue.

D) Zapatero ha gestionado fatal la crisis y ha acabado por tomar medidas impopulares cuando ya era tarde. Intentó evitarse el descontento de la gente y al final lo ha padecido por duplicado. Además, se colgó medallas anunciando ayudas que no ha otorgado, como las que aprobó para que los jóvenes dispusieran de vivienda y se emanciparan: la mayoría de esos jóvenes se embarcaron en alquileres y aún están esperando a ver un solo euro de los 200 mensuales prometidos por persona, hasta que cumplieran treinta años. Ahora bien, creer que la culpa de la magnitud de la crisis en España es suya, y que será el PP el que nos saque de ella, viene a ser como pensar que serán las empresas contaminantes las que salvarán el planeta. Si en nuestro país la situación es peor que en ningún otro europeo (salvo Grecia), y el paro dobla la media del de la Unión, es debido a la monumental burbuja inmobiliaria propiciada por el Gobierno de Aznar y alentada por todos los autonómicos en manos de ese partido: Madrid, Castilla-León, Valencia, Murcia. Y no olviden que entre sus filas Díaz Ferrán es un ídolo.

E) En medio de la penuria, los festejos organizados por los Ayuntamientos no hacen sino proliferar, y todos cuestan dinero: no hay ciudad ni día en que no se celebre alguna costosa chorrada: festivales de música incesantes, maratones en pleno centro, “mejillonadas”, teatro callejero y cuanto se les ocurra. Serán para distraer al parado y entorpecer a los que aún trabajan. Para disminuir la productividad, que es excesiva.

F) España es, después de Italia, el país con mayor número (cantidades absolutas, no proporcionales; es decir, hay más que en Rusia o los Estados Unidos) de coches oficiales, extranjeros en su mayoría. Aquí dispone de uno hasta el último conserje de una alcaldía. Quisiera que me lo explicaran.

G) Oigo decir a un periodista económico que en Andalucía son 36.000 los teléfonos móviles a cuenta de la Junta, esto es, cuyas facturas paga la ciudadanía. Si el gasto mensual de un móvil puede ser fácilmente de 50 euros, sólo por este concepto, y en una sola autonomía, estaríamos apoquinando 1.800.000 euros al mes, es decir más de 21 millones al año. Total, tantas veces, para que el asesor de un concejal le pregunte por su salud a su señora suegra.

Se acerca otra crisis mucho peor, como la del 21 precedió a la del 29

Roubini es pesimista, así que acertará:

Claudi Pérez entrevista a Nouriel Roubini, economista, presidente de RGE y autor de 'Cómo salimos de ésta': "Al paso que vamos la próxima crisis financiera será aún peor" 31/10/2010.

Los economistas, y probablemente los periodistas económicos, han hecho algo parecido al ridículo en esta crisis. Casi nadie la vio venir. Casi nadie supo explicar lo sucedido. Aun hoy casi nadie sabe qué diantre va a ocurrir. Y no solo eso: la mayor parte de los avances de esa ciencia lúgubre que es la economía en los últimos 30 años son, según el Nobel Paul Krugman, "espectacularmente inútiles en el mejor de los casos, absolutamente dañinos en el peor". Nouriel Roubini es uno de los pocos que fueron capaces de anticipar esta crisis (y otras muchas que nunca llegaron a materializarse, por cierto). Polémico, poco querido en Wall Street, visionario y tremendamente pesimista -apodado Doctor Catástrofe con toda justicia-, durante años sus colegas le tildaron de loco, de agorero recalcitrante, de profeta con ínfulas. Pero acertó. Pronosticó la secuencia exacta de las mutaciones de la crisis desde el inicio. Y siguió pesimista en 2009, cuando los brotes verdes, cuando la recuperación de los mercados provocó que otros oráculos se pasaran al bando de los optimistas y perdieran sus credenciales. "No soy un pesimista: me considero un realista", asegura en una entrevista peculiar, realizada a caballo entre Washington y Nueva York. Más vale que se equivoque: "Aún no hemos salido de esta y ya viene otra crisis: la cuestión es solo cuándo".

Roubini (Estambul, 52 años) es algo parecido a una estrella de la farándula. Firma docenas de autógrafos, estuvo en la última edición del festival de Cannes por su participación en dos películas, es vecino de la actriz Scarlett Johanson en su loft de TriBeCa (Nueva York), colecciona arte, proyecta películas independientes para sus amigos y da multitudinarias fiestas que le han granjeado una merecida fama de crápula. Y trabaja a destajo: puede que nunca gane el Nobel, pero ha superado ya a Krugman en el star system de la academia por sus menciones en la prensa internacional. Cotiza al alza: viaja constantemente, se reúne con políticos, financieros y banqueros centrales de todo el mundo, es el oráculo de moda y acaba de publicar un libro excelente, Cómo salimos de ésta (Destino), en el que ajusta cuentas con los cegatos y disecciona la crisis y lo que está por venir. ¿Adivinan? Bingo: más problemas.

"Vienen años de bajo crecimiento económico por muy bien que salgan las excepcionales y en ocasiones insólitas medidas de política fiscal y monetaria que se han puesto en marcha. Vienen años dolorosos por la resaca del alto endeudamiento público y privado en el mundo rico. La buena noticia es que podemos evitar una recaída en la recesión. La mala es que no se puede hacer mucho más que eso", asegura a modo de diagnóstico general.

Roubini atendió hace un par de semanas a este periódico en un pasillo de la sede del Fondo Monetario Internacional, en Washington, durante apenas unos minutos. Venía de Tokio y Seúl, y tenía mucha prisa: se marchaba a Kiev y a su Estambul natal esa misma tarde. La charla se reanudó la semana siguiente, por teléfono, desde su despacho en su consultora RGE, en Nueva York. Puede que los viajes cambien el estado de ánimo de algunas gentes, pero el tono de Roubini es parecido esté donde esté: "Las crisis son animales de costumbres. Se parecen a los huracanes: actúan de manera relativamente previsible, pero pueden cambiar de dirección, amainar e incluso resurgir sin avisar. Esta fue primero una crisis financiera muy modesta, después mutó en crisis económica, más tarde fue crisis fiscal y ahora es crisis de divisas. Y esto no ha terminado: estamos justo antes de la siguiente etapa, ahora viene cuando en muchos de los países más castigados la deuda privada se convierte en deuda pública y resurgen los problemas fiscales", advierte.

¿Cómo se detiene un huracán? Roubini da una receta general: más regulación. "La banca es la semilla del problema, el ojo del huracán, y todo lo que se haga por darle una vuelta de tuerca a la regulación llegará ya demasiado tarde y será demasiado poco; y aun así hay que reconstruir los diques financieros para hacer frente a futuras crisis. Al paso que vamos la siguiente crisis financiera será aún peor que esta".

Roubini es un tipo singular, tal vez como su peripecia personal. Hijo de judíos iraníes, pasa sus primeros años en Irán y vive después en Israel (recientemente, por cierto, ha vaticinado que un eventual ataque nuclear de Israel a Irán podría complicar las cosas). Cursa sus estudios universitarios en Italia y se doctora en Harvard. Ha enseñado en Yale y sigue haciéndolo en la Universidad de Nueva York. Habla inglés, italiano, hebreo y farsi. Ha sido asesor del FMI, de la Reserva Federal y del Tesoro estadounidense con Bill Clinton como presidente. Ahora preside su propia consultora, con 80 empleados y 1.000 clientes institucionales. Pasa dos terceras partes de su tiempo en la carretera -se define como "nómada global": los tópicos no perdonan ni siquiera a los gurús- y, en términos económicos, no es ni keynesiano ni un neoliberal de la Escuela de Chicago: "Soy pragmático, ecléctico, centrista".

El Doctor Catástrofe -un supervillano de cómic creado en los años sesenta- se transformó en Roubini en 2004, cuando el economista empezó a hablar de un aterrizaje brusco de la economía norteamericana. En esa época pronosticó también una debacle del dólar -causada por los desequilibrios globales- que no se ha producido. Pero lo que le cambió la vida fue un seminario en el FMI en otoño de 2006: allí contó que venía un descalabro financiero, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en el Atlántico Norte y, en última instancia, una depresión profunda. Unos meses después, en el Foro de Davos, hizo lo mismo. Nadie le creyó. Otros muchos también acertaron: "Robert Shiller o Kenneth Rogoff, por ejemplo, pronosticaron algo parecido en varios trabajos. La diferencia es que la prensa amplificó el acierto de Roubini. Creo que se trata de un economista serio con un buen olfato", asegura el profesor Guillermo Calvo desde Nueva York. Pero esa opinión es casi una excepción.

La mayoría de los expertos consultados para este reportaje critica el trabajo de Roubini, la mayoría de ellos con la condición del anonimato. "Exagera a menudo, al menos en público", asegura Daniel Gros, del CEPS. "Puede acertar en algunos diagnósticos, pero falla con facilidad y sus recetas son una locura", añade José Carlos Díez, de Intermoney, que recuerda que en su última visita a España llegó a pedir que se cerraran los mercados ante la sobredosis de incertidumbre que se venía encima, en octubre de 2008, justo después de la quiebra de Lehman Brothers.

Y sin embargo, se le escucha. Un alto funcionario del FMI contaba hace unos días que en primavera de 2007, cuando nadie veía problemas, el director de Asuntos Monetarios del FMI, Jaime Caruana, citaba ya a Roubini y aseguraba que el gurú ya le había puesto cifras al agujero de la banca: un billón de dólares, poco más o menos la misma estimación que hizo inicialmente el FMI pero con varios meses de retraso. "Desde hace mucho tiempo, en economía a las trampas se les llama modelos. Roubini cree que la economía está demasiado dominada por las matemáticas. Él bebe de campos muy diferentes, con un enfoque más amplio: viaja, escucha distintos puntos de vista de primera mano, intenta ver las cosas desde distintos ángulos, y además usa esos modelos, con los que está familiarizado desde hace más de veinte años. Esa es la clave de sus aciertos", asegura el coautor del citado Cómo salimos de ésta, el historiador económico Stephen Mihm, en una conversación telefónica.

El caso es que Roubini sigue viendo el horizonte sombrío. La crisis va por barrios: "Estados Unidos está algo mejor que Europa; y la periferia de Europa peor que el centro. Y aún dentro de Europa, Grecia y algunos países del Este están peor que Irlanda y Portugal, y esos dos países tienen más problemas que España", dispara.

Sus prescripciones son distintas en unos y otros casos. "Estados Unidos tiene margen para un segundo estímulo como el que propone Obama. Y su banco central está haciendo los deberes. Pero a la larga no podrá mantener su déficit fiscal: los riesgos se acumulan, y las presiones sobre el dólar dejan una especie de equilibrio del terror financiero. Estados Unidos devalúa su moneda con la política monetaria [la expansión cuantitativa: la máquina de imprimir dinero que supone la compra de deuda] y los países emergentes, empezando por China, siguen comprando bonos estadounidenses e impiden así que el dólar baje más. Hay un riesgo de crisis del dólar, como ya he afirmado en otras ocasiones, que provocaría serios problemas en todo el mundo. Pero no veo que eso vaya a ocurrir a corto plazo".

Para Estados Unidos, Roubini ve riesgos: de recaída si no se estimula la economía, de crisis del dólar -a la larga- si no se solucionan sus abultados déficits. Para Europa, ve más dificultades. Una década perdida a la japonesa o incluso algo peor: una espiral parecida a la que sufrió Argentina en 2001. "A pesar del plan de rescate anunciado, a pesar de las ayudas a Grecia y a pesar de las pruebas de esfuerzo a la banca, la deuda de los países periféricos sigue presentando problemas. Y el crecimiento en Europa, especialmente en los PIGS [acrónimo de Portugal, Italia, Grecia y España], va a ser muy bajo e incluso negativo. El panorama asusta", dice. "Con esas deudas tan altas y con los planes de austeridad, la deflación es un riesgo serio. Y en esa tesitura, países como Grecia van a tener que reestructurar su deuda, y eso generará una nueva crisis fiscal: ya no es una cuestión de si va a ocurrir, sino solo de cuándo".

Llegan las bofetadas. Roubini considera que tanto el Banco Central Europeo como Alemania están usando políticas equivocadas, por decirlo de forma suave. "La tozudez del BCE, que se empeña en ver fantasmas de inflación, es un desastre para Europa y en particular para los países periféricos. El euro se ha ido por las nubes por la negativa del BCE a dar pasos en la compra de bonos parecidos a los de la Reserva Federal. Como siga en esa línea y el euro llegue a 1,60 por dólar habrá desaparecido cualquier posibilidad de recuperación, y probablemente veamos que junto a Grecia algún otro país tenga que pedir rescate. Irlanda y Portugal son los peor situados. España ha conseguido desmarcarse y está algo mejor, aunque está metida en otros líos".

Roubini nunca ha sido optimista con España. Al inicio de la crisis fiscal griega fue muy duro: "Si cae Grecia es un problema para la UE; si cae España es el desastre". Ahora rebaja la dosis: "España está mucho mejor que Grecia, y mejor que Irlanda o Portugal. Pero tiene una deuda privada enorme, un paro muy elevado que no va a bajar a medio plazo y un pinchazo inmobiliario en el que los precios aún tienen que caer más. Las pruebas de esfuerzo de la banca fueron muy positivas y la competitividad está mejorando, pero créame si le digo que los ajustes han sido duros pero probablemente tengan que ser aún más severos. Sobre todo si Alemania -con esa manía de la austeridad fiscal- y el BCE -incapaz de ser menos rígido- persisten en sus graves errores".

En fin, Roubini en estado puro: "El principal riesgo es la recaída en la recesión o un largo estancamiento, combinado con la deflación: con niveles de endeudamiento público y privado tan altos, eso supondrá suspensiones de pagos en familias, empresas, bancos y, finalmente, Gobiernos".

Hay quien dice que Roubini es como un reloj parado: con todo lo que dispara, acierta dos veces al día. Antonio Torrero, catedrático de la Universidad de Alcalá, asegura que al menos "tiene la valentía de ir a contracorriente" y apunta con tino que "además, da la impresión de venderse estupendamente". Rogoff, que durante años fue uno de sus valedores en la academia, ha explicado que "si uno está sentado junto a miembros del BCE y alguien pregunta qué es lo peor que puede ocurrir, lo primero que se oye es: veamos qué dice Roubini". Últimamente su fama le ha llevado al cine: aparece en Wall Street II y la aún no estrenada en España Inside Job.

Roubini, cómo no, tiene también un análisis sobre esa querencia del cine por la economía, por esa versión del capitalismo mágico de los tres últimos años, irreproducibles en un guión creíble. "No hay forma de hacer una buena película sobre el capitalismo. La realidad es más dramática, impredecible y sorprendente que cualquier película", concluye el oráculo, que esta semana viajó hacia Argentina para dar una de sus conferencias apenas unas horas antes de la muerte de Kirchner

domingo, 31 de octubre de 2010

Si se trata de modelos

Si se trata de modelos, el día que los políticos españoles imiten a los alemanes o a los finlandeses en vez de a los egipcios o a los italianos, podremos criticarlos menos. Pero, claro, es difícil para un español hablar, pensar y tener ética en alemán o finlandés, cuando todo lo más sueña con ser un padrino.

Misterios sin resolver.


1. El manuscrito Voynich, que parece, o bien una estafa elaborada por un genio del siglo XVI, o un grimorio escrito en una de las lenguas de Tlön que desconcierta a los criptógrafos.

2. Quiénes fueron realmente Jack el Destripador y el Asesino del Zodiaco.

3. Si Isabel la Católica envenenó o no a su primer marido.

4. Si el MI5 estuvo realmente implicado en el asesinato de Rasputin.

5. Si Fernando VII era realmente hijo de su padre.

6. La traducción del etrusco.

7. Qué pasó realmente en el reinado de Witiza

8. La ubicación de la tumba de Alejandro Magno.

9. Atar los cabos sueltos de Lost.

10. De dónde vienen las Caras de Belmez.

11. Dónde se halla el cadáver de Lorca.

12. Si persiste la conciencia después de la muerte física.

Cínicos y anarquistas

Carlos García Gual, "Los cínicos griegos como preludio anarquista", El País, 30/10/2010

Bajo el emblema del perro (kúon) los filósofos cínicos aparecieron en la vieja Atenas como un movimiento de oposición radical a la cultura y la política de la época

Bajo el emblema del perro (kúon) los filósofos cínicos aparecieron en la vieja Atenas como un movimiento de oposición radical a la cultura y la política de la época. Con su actitud irreverente despreciaban la civilización y todas las convenciones sociales en su audaz invitación a la anarquía, rechazando el orden, con libertaria desvergüenza. Proclamaron la igualdad de todos los seres humanos, sin distinción de clases, naciones ni sexos. Eran cosmopolitas, no participaban en los asuntos de la ciudad, aborrecían los lujos y comodidades, se burlaban de los ritos y las creencias religiosas, prescindían de los placeres refinados, gustaban del amor libre, y consideraban el trabajo y el esfuerzo fundamento de la virtud. Todo ello, como es obvio, resultaba muy provocativo en el mundo griego, incluso en una democracia como la de Atenas; y muy en contra de lo que pensaron Platón y Aristóteles. Por otra parte, no ambicionaban el poder ni pretendían cambiar la sociedad insensata de la época proponiendo un nuevo modelo antiburgués. Por más que imaginaron curiosas fantasías utópicas de diseño igualitario y anarquista. Fueron, por lo tanto, más rebeldes que revolucionarios, pensadores individualistas, sin grandes ilusiones respecto a la aceptación de sus puntos de vista por la gran mayoría de sus convecinos. (Si el sabio Bías dijo que "los más son malos", muchos filósofos pensaban que la mayoría de la gente son necios). Los cínicos fueron una secta filosófica callejera y sin escuela fija. Perduraron como alegres vagabundos de mantos burdos, alforja mínima y bastón de peregrino. A través de Antístenes conectaban con Sócrates, y después, gracias al amistoso Crates, inspiraron a Zenón y los estoicos, filósofos más respetables y predicadores virtuosos. El tipo más famoso de la secta fue Diógenes, apátrida y mordaz, que no tenía nada, vivía en una tinaja, se burlaba de todo, y escandalizaba a menudo. De él circularon pronto estupendas anécdotas, como la famosa de que, cuando Alejandro le visitó y dijo que le pidiera un deseo, le repuso que se apartara del sol y no le hiciera sombra. El buen cínico no espera nada, no desea nada; austero, apático, libre, busca una vida natural, como la del perro. En su "regreso a la naturaleza" anticipa la conocida tesis de Rousseau acerca del "buen salvaje", y resulta un evidente precursor de los afanes ecológicos modernos. Crates imaginó una isla ideal poblada de cínicos, Pera (la de la Alforja), "sin necios, ni parásitos, ni glotones, ni culos prostituidos; que produce tomillo, ajos, higos y panes; cosas que no invitan a guerras ni honores, y donde no hay armas ni dinero". Como señaló Peter Sloterdijk, el cínico antiguo es muy distinto del tipo que ahora llamamos "cínico" (para su distinción utiliza la consonante: Kynikós frente a Zynikós). El cínico moderno es más bien un hipócrita: no cree en nada y desprecia en su interior las convenciones sociales; pero disimula y se somete por comodidad y afán de medro. El anarquismo moderno es una doctrina revolucionaria y de empeño político. Surge de un anhelo de una sociedad mejor, más justa e igualitaria; es filantrópico y compasivo, si rechaza el orden actual (anarquía viene del griego an-arché "desorden") es porque confía construir otro, mejor para todos, donde reine la libertad y no la opresión, en un mundo feliz. En ese ideal pueden percibirse todavía algunos ecos de la utopía antigua.

La secta del perro. Carlos García Gual. Alianza. Madrid, 1987.
Crítica de la razón cínica. Peter Sloterdijk. Traducción de Miguel Ángel Vega. Taurus. Madrid, 1989.
Los cínicos. R. Bracht Branham / Marie-Odile Goulet-Cazé. Traducción de Vicente Villacampa. Seix Barral. Barcelona, 2000.
Filosofía cínica y crítica ecosocial. José Alberto Cuesta. Ediciones Del Serbal. Barcelona, 2006.

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) ha publicado recientemente Prometeo: mito y literatura y Encuentros heroicos. Seis escenas griegas (Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2009. 238 y 158 páginas. 14 y 12 euros).

Andanzas de Buenaventura Durruti y compañeros mártires

Carlos García Alix, "Matar al rey", en El País, 30/10/2010:

Anarquistas y delincuentes, los "reyes de la pistola obrera de Barcelona", con Durruti a la cabeza, planearon el magnicidio de Alfonso XIII. Un episodio rescatado de los archivos de la policía francesa, reconstruido al cumplirse el centenario de la CNT. Varias exposiciones y nuevos títulos abordan el pasado del movimiento libertario español.

Cuando los ejércitos del III Reich tomaron París se apoderaron de los archivos policiales de la Sûreté para utilizarlos con fines represivos. Al retirarse de París las tropas alemanas, los sacaron del país y los distribuyeron en diferentes castillos de Alemania, Silesia y Checoslovaquia. De la eficacia burocrática de la policía francesa da cuenta la magnitud de la documentación, cerca de dos millones de fichas, seis kilómetros lineales de documentos. Una amplia panorámica del juego, el crimen, los traficantes de armas, de mujeres, de estupefacientes, los anarquistas expropiadores y los estafadores de guante blanco. Entre todos ellos y de manera destacada brillan los extranjeros que llegaron a Francia en el periodo de entreguerras. Sus dossiers son los únicos que cuentan con las correspondientes fotografías de frente y perfil. Aquí encontramos a un grupo selecto de españoles, "los reyes de la pistola obrera de Barcelona".

Este pomposo título lo inventó uno de ellos, Juan García Oliver, sin lugar a dudas el más audaz y el más capaz de aquellos reyes. Nacido en Reus en 1901 había llegado a París en el invierno de 1925 tras cumplir dos años de condena por el asalto al bar Alhambra de Manresa. Entre sus mesas, pistola en mano, y junto a Francisco Ascaso, acribilló a balazos a cuatro pistoleros del Sindicato Libre, un sindicato amarillo al servicio de la patronal.

Además de hombre de acción, que es como a ellos les gustaba llamarse, García Oliver fue el más ilustrado de los reyes de la pistola obrera. Y no tanto porque años más tarde llegase a ser ministro de Justicia, que no es moco de pavo tratándose de un obrero anarquista, sino porque en su vejez, amarga, exiliada y mexicana, nos dejó un apasionante libro de memorias, una gran novela. El eco de los pasos.

El eco de sus pasos en el París de 1926 va acompañado de los de Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Gregorio Jover, que llegaron a París en este mismo año tras una larga gira por tierras americanas. Su viaje no tenía más objeto que eludir la implacable persecución policial que padecían.

En el haber de Durruti, Ascaso y Jover figuraban numerosos atracos, como el asalto a la sucursal del Banco de España en Gijón, o acciones justicieras de gran calibre, como la que llevó a cabo Francisco Ascaso al asesinar al cardenal y arzobispo de Zaragoza Juan Soldevilla. Por entonces, en 1923, se hacían llamar los Solidarios.

En Sudamérica, Durruti, Ascaso y Jover se bautizaron como los Errantes. Sus atracos los iniciaron en México, los prosiguieron en Cuba y Chile y finalmente, en febrero de 1925, recalaron en la Argentina.

En Buenos Aires sus primeros golpes fueron en establecimientos de poca monta como las oficinas del tranvía del barrio de Palermo y otras similares de la estación de Caballito. A pesar de la intensa búsqueda por la policía argentina de los autores, identificados gracias a los informes y fotografías remitidos por la policía española, los Errantes ejecutaron su último golpe el 19 de enero de 1926.

El atraco al Banco Argentino de la ciudad de San Martín se realizó a lo grande y las pistolas fueron sustituidas por armas largas. Para la leyenda queda aquel grito ronco con el que Durruti amedrentó a los empleados al entrar en el banco: "¡Al que se mueva, cuatro tiros!". Minutos después desaparecieron en un potente automóvil con la suma de 64.000 pesos.

A finales de marzo de 1926 los Errantes pusieron fin a su periplo y embarcaron en Montevideo con destino a Europa.

Un mes más tarde atracaron en el puerto de Cherburgo. Viajaban con pasaportes uruguayos falsos. Durruti se hacía llamar Ramón Cotelo, Ascaso Salvador Arévalo y Jover atendía por Vittorio Repetto. Según sus pasaportes todos ellos eran comerciantes de profesión y a tenor del corte de sus trajes y el volumen de sus maletas no parecían marcharles del todo mal los negocios. En París se alojaron en un piso de alquiler de la Rue Legendre. No tardaron en encontrarse con García Oliver en el café Thermomètre de la plaza de la República.

Tras los abrazos de rigor, García Oliver les informó de la situación de los Solidarios en París y de lo que se traían entre las manos. A través de los anarquistas italianos habían recibido un mensaje de Malatesta pidiéndoles que liquidaran cuanto antes a Mussolini. Sin embargo, y a pesar de haber aceptado la misión, los italianos parecían ahora echarse atrás. Entonces habló Durruti: "Hemos de considerarnos desligados de todo compromiso, de lo que me alegro, pues nos restituye la libertad para darnos un objetivo propio. Y quiero proponeros el objetivo: puesto que el Rey estará en París de paso para Inglaterra, sugiero que analicemos las posibilidades de acabar con él".

Aunque García Oliver escribirá en sus memorias que desde el principio consideró la propuesta como un suicidio, el plan de asesinar a Alfonso XIII fue aceptado por todos.

En la siguiente reunión Durruti los dejó boquiabiertos. Días antes había comprado un imponente Fiat tras pagar 10.000 francos en efectivo. Además había acudido junto con Ascaso a una de las mejores armerías de París, la Maison Vernay-Carron, donde compraron tres Winchester de repetición y cinco revólveres Colt del 45.

Tras su jornada de compras se desplazaron en el Fiat al bosque de Senart para comprobar la eficacia de las armas.

Al finalizar los ejercicios de tiro, Ascaso y Durruti estudiaron el itinerario previsto del Rey por las calles de París y decidieron matarlo en la plaza de la Concordia. Cuando García Oliver preguntó en detalle cómo pensaban realizarlo Durruti le respondió:

"En enfilando hacia el auto del fulano, los cuatro disparáis las armas en fuego cerrado. Yo conduciré el auto y Paco se sentará a mi lado, por si algo me ocurriera, poder tomar la dirección del volante. De salida, por el camino, os vais bajando del auto, cada cual por su lado, como si nada hubiera ocurrido; muerto el rey, concentrémonos todos en Barcelona, sería muy buena salida".

En sus memorias, García Oliver se lamentará de no haber puesto en aquel instante punto final a tan descabellada empresa.

"Así de sencillo: un auto, unos fusiles, unas pistolas y cinco hombres, con Durruti al volante. Parecía darse por descontado que no existiría barrera protectora para los reyes, ni gendarmes ni policías, ni cierre del tránsito por donde sería calculada la ruta. Se descontaba la eficiente preparación de la policía parisiense, que seguramente ya llevaba unos días siguiendo los pasos de los refugiados y anarquistas españoles".

Acertaba. En uno de los papeles incluidos en el dossier Durruti de la Sûreté y con fecha del 24 de junio de 1926, la policía da cuenta al ministro del Interior de la presencia de Durruti en París, así como de la compra del automóvil y de las prácticas de tiro. Igualmente dan los nombres del resto de los implicados en un plan para asesinar al Rey de España en las calles de París.

Al día siguiente Durruti y Ascaso fueron detenidos en su domicilio y gracias al informe de los policías que practicaron la detención sabemos que ambos portaban pistolas Astra 9 milímetros. En el registro de la habitación los policías hallaron en un armario y envueltos en mantas los Winchester y los revólveres. Inmediatamente los anarquistas españoles fueron conducidos a las dependencias policiales.

En los interrogatorios, Durruti confirmó el proyecto de asesinar al Rey:

"Quiero precisar en este momento que yo actuaba por iniciativa propia. No tengo cómplices. Consideraba que si llegaba a cumplir mi objetivo de matar al rey, provocaría una revolución en España. No es por odio personal al soberano por lo que me proponía actuar, pues lo respeto como hombre pero no como rey y estimo que su desaparición podría ayudar a la salvación de España. No manifesté mi proyecto más que a mi compatriota Ascaso, que, siendo anarquista como yo, no podía sino aprobarlo. Él probablemente me hubiera acompañado, pero no puedo decir que hubiera tomado parte personalmente en la realización del atentado".

La suerte acompañó a García Oliver, que pudo eludir la acción policial abandonando precipitadamente su domicilio y refugiándose para pasar la noche en un prostíbulo del Temple. A los pocos días, y gracias a la ayuda de anarquistas franceses, pudo trasladarse a Bruselas. Meses después regresaría clandestinamente a España, aunque apenas cruzada la frontera y en las cercanías de Pamplona fue detenido por la Guardia Civil. Permanecería en prisión hasta la proclamación de la República.

Ascaso, Durruti y Jover fueron juzgados en París el 7 de octubre de 1926 y condenados por los delitos de rebelión, tenencia de armas de fuego y uso de documentación falsa.

Las penas fueron muy leves, seis meses de prisión para Ascaso, tres meses para Durruti y dos meses para Jover. El Gobierno francés, tras una dura campaña de agitación por parte de los libertarios franceses, desestimó las solicitudes de extradición de los condenados cursadas por los Gobiernos de España y Argentina.

La suerte del archivo de la Sûreté capturado por los nazis y que custodia los documentos policiales de este regicidio frustrado volvió a cambiar cuando el Ejército ruso tomó Berlín. En 1945-1946 los papeles abandonaron su lujoso alojamiento en los castillos de Silesia y Checoslovaquia y fueron trasladados a un depósito del KGB situado al norte de Moscú. Allí fueron revisados y estudiados todos y cada uno de los dossiers y en sus portadillas estampado el sello de los servicios de documentación soviéticos. Entre 1994 y 2000 el Gobierno ruso devolvió el archivo a su antiguo propietario, el Gobierno francés, que desde entonces lo custodia en el Centro de Archivos Contemporáneos de Fontainebleau. Por su procedencia reciben el nombre de "los fondos de Moscú".