viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista a Álvaro Pombo

 Álvaro Pombo: “Me agobia la malicia. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al chisme del año”, en El País, Luis Bravo, 1 MAY 2026:

A sus 86 años, este gran escritor y estupendo conversador sigue escribiendo, y conversando, a velocidad de crucero

Ha ganado prácticamente todos los premios importantes de las letras castellanas. Desde el Herralde de Novela hasta el desaparecido Fastenrath, pasando por el Planeta, el Nadal, o los más institucionales, como son el de la Crítica, el Nacional y, en 2024, el Cervantes. Aun así, Álvaro Pombo (Santander, 86 años) no parece haberse amilanado con el éxito, entre los lectores y la crítica. El ánimo y el buen humor tampoco han desaparecido. Una de las palabras que más dice en la conversación que mantuvimos es “divertido”. Es preciso tener un carácter desenfadado y constante para mantener una carrera literaria que recorre cinco décadas entre novelas, sobre todo, pero también libros de poemas, ensayos y relatos.

De estos últimos, admite que son un género “difícil”, pero la publicación de sus Cuentos autobiográficos. Volumen I (Anagrama), en noviembre de 2025, abrió una nueva veta que explorar en su narrativa. Anuncia que los dos siguientes tomos están en camino. A su ayudante, Mario Crespo, escritor y compañero académico en la RAE, le debemos la inminente aparición de una biografía sobre Pombo y la mediación para esta entrevista en el piso del madrileño barrio de Argüelles, rodeado de libros, flores y fotografías. Un gato naranja, Michi, se tumba en su cama. “Está un poco mayor, pero nos cuidamos el uno al otro”, dice el escritor. La grabadora empieza a correr y el señor Pombo, acomodado en su cheslón, como al inicio de cualquier historia, fuma, y sonríe.

Llegados a su edad, ¿quién va ganando el combate? ¿El escepticismo o la ilusión? 

El escepticismo, sobre todo el político. Quiero decir: yo no soy escéptico, soy de natural una persona entusiasta, pero la gente está un poco cansada, todos lo estamos. Lo de la ilusión, bueno. He seguido escribiendo, dándome igual el tipo de gobierno que tuviéramos. Para escribir se necesita una dosis enorme de energía. Por eso, si uno mira fuera y observa, la situación política te deja, más bien, desanimado. No es que sea mala, no nos está pasando nada, pero tenemos un panorama en el que se critica a Pedro Sánchez. Es melancólico tener que estar haciéndolo. Tendríamos que estar aplaudiendo. Y no es así. Se aplaude más a José María Aznar, siendo como era...

Dice, parafraseando a Henri-Frédéric Amiel, que los cuentos, como los paisajes, deben ser estados de ánimo. ¿Eso le facilitó la escritura de este libro? ¿Prefería la brevedad y su ligereza antes que unas memorias al uso? 

Es una frase que leí en su diario, divertidísimo, y que me pareció una idea espléndida. Concretamente, lo de que fuera el paisaje lo mismo que un estado de ánimo no es verdad. Lo que es cierto es que lo que vemos, lo configuramos como paisaje, pues este es siempre una construcción. Estos que yo tengo sobre el mar, sobre Santander, son todo construcciones. A su modo, son estados de ánimo porque los dotamos de ellos. Para mí es muy importante mostrarlos con sus lluvias, su buen tiempo... El cuento es un género difícil. He escrito más novelas, pero también más cuentos de lo que parece. De punta de lanza, pondría a Jorge Luis Borges como gran escritor de cuentos, claro, o algunos americanos, como John Steinbeck. Españoles también, como Azorín o Bécquer, importantísimo, de quien te lees hoy día una de sus Leyendas, la de El monte de las ánimas, y te parece totalmente actual, un cuento de terror moderno. A lo de la brevedad y la ligereza, le respondo con el epigrama de Juan de Iriarte: “A la abeja semejante,/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser:/ pequeño, dulce y punzante”. Yo no lo aplico [risas]. Unos cuentos me salen mejores que otros. Borges los clavaba. Le salían como sonetos. Uno puede escribir diez folios o tres, y mejor que sean tres. El cuento ha de ser impactante, sin discursos de por medio.

¿Un escritor termina desapareciendo para poder ser identificado con aquellos lugares y personajes que ha descrito? Lo pregunto por el protagonismo de su ciudad natal, Santander, y las casas familiares de allí y de La Dehesilla, en Castilla y León. 

El escritor tiene que hacerse a un lado. Un poco. Me parece bien que suceda así. Va siendo mejor esa situación según vas envejeciendo. El yo es una complicación en la escritura. Es la idea que tenían los grandes escritores. El objetivismo de T. S. Eliot, que para mí ha sido una gran referencia, consistía en contar “como está ahí”, y el subjetivismo es decir “yo lo veo”, pero tú no lo ves, lo ve el lector. En estos cuentos, las casas que se mencionan y el paisaje, que es un invento de los siglos XVIII y XIX, son básicamente mi vida, igual que esta terraza y este cielo que veo a diario.

Son el “primer latido” que lleva a escribir, como dijo Nabokov. Algo que le gustaba repetir a su amigo Javier Marías. Javier era un escritor magnífico. Lo leí mucho. Y de Nabokov, leí en su momento Lolita, que me pareció la novela de las novelas. No sé qué pensaría ahora si la releyese. No leí más de él, sólo algunos estudios y cosas. Soy poco erudito. He leído más ensayos que novelas.

Aunque ya había publicado dos libros de poemas, una novela y un libro de relatos, empezó a ser reconocido tras ganar el Premio Herralde de Novela en 1983 por El héroe de las mansardas de Mansard (Anagrama). ¿Sigue pensando que a un escritor le conviene un florecer tardío? Y los premios, ¿se han devaluado al aparecer tantos en tan pocas décadas? 

Publiqué en 1973 los poemas de Protocolos, sí, y con eso me mantuve en Inglaterra hasta que saqué los Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, título que escandalizó a todo el mundo. A Carlos Barral, por ejemplo, que era el editor de moda en aquel tiempo. Lo del Herralde en el 83 fue como si me tocara el Gordo, siendo el primero en llevármelo y la novela el primer título de la colección Narrativas Hispánicas. Además, desde esta mañana, ¡soy Mondonguero de Honor! [enseña el broche de un escudo dorado sobre su jersey], que me lo han traído el alcalde y dos representantes de Villada, Palencia [lugar de origen de su tatarabuelo, Juan Pombo Conejo], y lo he puesto enseguida en mi pecho. Sí que pienso, y estoy seguro, que un escritor debe empezar tarde. En mi caso, tuvieron mucha influencia don Juan Benet y Rosa Regàs. Es mejor esa tardanza porque así te lo tienes menos creído. Es un defecto si sucede cuando uno es joven. Tiendo a reducir los elogios a la juventud en ese aspecto. Piensas que te vas a comer el mundo. Hago un elogio de la vejez con esto, pero sin pasarme, que también podemos ser unos pelmas [risas]. En cuanto a los premios, cito siempre a Camilo José Cela: “Yo quiero todos los premios, el Nobel y el de poesía de Riofrío”, todos. Tenía razón. Los premios son un encanto. Y él los tuvo. Como era un intrigante… Tanto como divertido, sí. Umbral decía de él que tenía cara de caballo inteligente.

Menudo plantel de primeras espadas. Umbral era mejor. Tengo muy buen recuerdo de él, conmigo siempre fue encantador. Pero tenían, don Camilo y él, una mala leche de aquí te espero. Eran tal para cual, pero Umbral era más variado. Tenga en cuenta que escribía todos los días un artículo, y le salían muy divertidos.

¿En prensa no ha querido prodigarse? ¿Le era más costoso? He publicado muchas cosas en EL PAÍS y en El Mundo. Tenía un faldón en El Mundo, y ahora tengo una especie de capilla gótica en el ABC que se llama Los placeres de Pombo. A mí escribir en prensa me ha encantado, nos chifla a los escritores, pero es verdad que ahí somos unos intrusos.

También da de comer, es un pequeño sueldo, al menos. Claro, y nos da algo que no pasa cuando escribes novelas, que es la gloria diaria. Publicar en un periódico es como un fogonazo. Sobre todo, el periodismo es divertido. Naturalmente, no el que se haga durante ocho o diez horas en una oficina, pero sí el que vale por la inmediatez de la respuesta.

Su editor, Jorge Herralde, dijo de Luis Antonio de Villena y de usted que debían hacer más presentaciones juntos, ya que eran muy “numereros”, como apuntó Villena. ¿Echa de menos la exposición mediática de esos años? ¿Se siente más a gusto con la perfección alcanzada de su rutina? 

¡Somos geniales! [risas] Seguimos siendo un espectáculo. Estamos un poco p’allá, más p’allá yo que él, pero seguimos llevándonos muy bien y comunicándonos de maravilla cuando nos vemos. Lo que le pasa a Villena es que es muy inteligente. La gente lo tiene como alguien muy frívolo, pero es que es muy listo. Se sabe al dedillo el mundo literario español y el de otros países. Yo soy más introvertido. Puedo estar solo aquí, en casa, y pasarme días o semanas sin ver a nadie. Villena, en cambio, es alguien muy sociable. Una buena condición. De esos años, de la exposición en la televisión, me queda lo divertido que resultaba. No creo que nos sirviera de mucho a nadie. Diría que la única persona que nos veía era la madre de Villena. Decía él: “Ha dicho mi madre que ha ido como loca corriendo para ir a vernos al programa” [risas]. La rutina es la carcoma de las cosas, dijo Baltasar Gracián, pero yo tengo justo la idea opuesta. La rutina es indispensable. Lo que es importante para la rutina es estar en la silla de ruedas o en la silla de Luis XVI y estar escribiendo, dale que te pego. La mesa de pino, como el casco en el que penetró el agua verde, que decía el poema de Charles Baudelaire. Soy partidario de la rutina porque es como una pared blanca. Se aguza el ingenio y las cualidades. Estaría perdido si no mantuviese una rutina estricta. Todos los días dictando, cinco días a la semana.

Alguien que ha mantenido en sus rutinas lectoras es Iris Murdoch. Estoy leyendo esta novela suya [levanta un ejemplar de bolsillo en inglés, Henry and Cato, de 1976], por tercera vez. Ella se sentaba a escribir sus libros, que no eran cortos, precisamente. Pero era excelente y en sus retratos de personajes. Llegué a conocerla en Madrid, también a John Bayley. Me emocionó mucho. No le puedo decir la fecha, pero fue poco antes de morirse. Su novela, El mar, el mar, que tuvo el Premio Booker, es fascinante e inagotable. Ella me lo dijo: si no hubiera ganado el Booker, se hubiera enfadado muchísimo. Lo creo a pies juntillas. Se lo merecía.

En estos Cuentos autobiográficos, llama la atención, más que otros temas pombianos presentes en títulos anteriores, su fascinación por el mundo y la formación militar que recibió. 

Fue destacable porque lo pasé muy bien en la mili. Hice los dos veranos en La Granja, lo que llamaban las milicias universitarias en aquel tiempo. La vida militar me parecía sumamente teatral, estupenda con sus “¡A sus órdenes, mi general!”, las botas altas, las espuelas, los uniformes, los desfiles. Cuando narro todo eso en el libro, parezco fascista, pero es sólo porque me divertía ese boato. Fue instructivo, con sus complicaciones cuando había que mandar tropas, despiojar los catres, mantenernos firmes en las instrucciones, tener a la compañía en perfecto estado de revista. Era enojoso y difícil. Me gusta más el recuerdo, el regusto histórico. La gallardía y el honor son cosas que yo unas veces sí, otras no [risas]. Pero me sigue gustando ese mundo. Lo que pasaba en Melilla, donde estuve destinado de alférez, es que los oficiales y los jefes se pasaban el día en el bar, aburridos, tomando chatos de vino, cosa que yo también hice. Melilla era todo un paisaje; tan duro, su mar, su población... Me emocionaba ver allí al capitán, que era un bruto de mucho cuidado, horrible y chismoso, pero con su banderín de órdenes... Soy una persona anticuada en muchos sentidos, como ve. Me gustaba ir muy puesto y me gusta la gente bien vestida. Hoy, todo eso ha cambiado y hemos tenido que adaptarnos. Tendría que haberme puesto una camisa para recibirle, pero llevo el jersey y la medalla, como manteniendo el toque militar [risas].

¿Cómo percibe los excesos que caracterizan nuestro presente? La desinformación, la polarización, la falta de profundidad periodística, el bajo nivel de lectura y comprensión lectora. 

El asunto es complicado, porque yo vivo en esta habitación, digamos. Mi única salida semanal es ir a la Academia. Entonces, cuando hablo con otras personas más jóvenes y me comentan su percepción del presente, no sé si llego a hacerme una idea global, porque mi presente no deja de ser esta habitación, la terraza, este presente continuo de la literatura. No es que me dé igual, ni mucho menos, porque entiendo las dificultades actuales de los problemas de los precios de los alimentos, la vivienda, los sueldos bajos. Es difícil ser joven ahora, sí. Supongo que a cualquier generación le ocurre. Es cíclico, cada época con sus particularidades.

Está preparando el segundo volumen de este pequeño ciclo. ¿Ha sido voluntaria la decisión de dejarse temas o recuerdos en el tintero? 

El segundo volumen ya está enviado, saldrá en mayo. Ahora estoy con el tercero, y a la vez, escribiendo una novela, El arrepentimiento. Escribir ha sido mi salvación. No me propuse dividir nada, los cuentos han salido fácilmente. Luego no han sido tan autobiográficos, pero bueno.

¿Por qué le entusiasma la tensión entre la distancia con los sentimientos y la forma de narrarlos de forma tan lírica? ¿La culpa es de Rilke: El pasado es un antepasado que parece querer semejársenos? 

Soy un hombre apasionado y afectivo, pero racional. Los sentimientos nos conducen a todos. El sentimiento trágico de la vida, tan español, tan unamuniano. Tenía razón. Don Miguel de Unamuno quiso hacer ese libro porque partía del sentimiento, no de la idea: “Voy a hacer un libro español, sobre el sentimiento de España y la madre que nos parió” [risas]. Era un hombre muy capaz de reflexión, aunque Ortega y Gasset comentaba que llegaba y ponía su yo encima de la mesa. Era un poco pesado. El ideal, para mí, es el “eliotiano” de la impersonalidad. Lo de Unamuno era “Yo. Yo sufro. Yo muero. Yo siento”. Pero sufres y sientes tú y Perico el de los palotes [risas]. Rilke es vital para mí. El retrato de los antepasados, decía, que parecen y no parecen querer semejársenos. Los que veo aquí de mi familia, de mis padres, de mis abuelos. Rilke supo captar ese baile, esa cotidianidad absolutamente poética. “Oh vieja maldición de los poetas / que se quejan cuando debieran decir/  que tan sólo opinan sobre sus sentires / en lugar de darles forma”, decía su Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth. Un poeta tiene que decir, no sentir. Rilke era un poeta feroz. “Todo ángel es terrible”. Era mejor que Alberti en eso de los ángeles.

Usted es poco amigo de los chismes, pero, ¿considera el mundo literario más agitado o más tibio que antes? ¿Le han importado o entretenido las recientes polémicas en torno a David Uclés, Arturo Pérez-Reverte o Luis García Montero? 

Soy enemigo del chisme, pero en el mundillo ocurren muchos. Luis Antonio de Villena era muy chismoso. A Javier Marías le encantaba que se los contaran. Él no los contaba, pero le encantaba oírlos, que es peor. Es más de portera, todavía [risas]. A mí me agobia la malicia, y los chismes siempre lo son. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al Chisme del Año. Tampoco estoy al tanto. No soy polemista. Sólo participé con un artículo en la de García Montero contra Santiago Muñoz Machado, que me pareció algo desquiciado. No sé qué le pasaría. No seguí la respuesta que me dio, pero quedé contento con mi artículo, punzante, injusto, como todo ese tipo de artículos. No sé. García Montero pudo pecar de envidioso. Su mujer, Almudena Grandes, era más divertida, expansiva, estupenda. Su marido es más de chinchar. Los granadinos tienen “mala follá”, aunque una ciudad preciosa.

¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza? Estar atento de sus matices, ¿infunde sabiduría o esperanza? 

Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza. En el libro Variaciones (1977) hay bastantes poemas sobre el cielo. Es uno de mis temas favoritos. El firmamento, en realidad, que es más prosaico que lírico. Para la gente que hemos vivido en el campo, el cielo era una constante. Nos hablaba de los presagios y las epifanías. Dependíamos de él.

martes, 28 de abril de 2026

Oído por ahí

De una abogada criminalista:

"Tan anormal es el santo como el criminal"

Rabindranath Tagore: "Si cierras la puerta a la duda, la verdad se queda fuera."

sábado, 25 de abril de 2026

Treinta años de salarios estancados

 [¿Suben los salarios? En realidad llevan 30 años estancados, en El País, por Kiko Llaneras, 25 abr 2026 (los diagramas con estadísticas en el artículo original, en este enlace]:

El sueldo medio real en España apenas ha subido un 5% desde 1995, frente al 31% de media en la OCDE

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Los salarios reales llevan tres décadas prácticamente congelados en España. Desde 1995 el salario medio ha subido solo un 5%, frente al 31% de media en la OCDE. Y esto ocurre aunque el PIB per cápita ha subido un 46% en el mismo periodo.

Los salarios llevan 30 años estancados en España

España es uno de los países desarrollados con menor crecimiento salarial desde 1995. Por debajo solo están Italia (+3%) y Japón (−2%). Arriba, Letonia ha cuatriplicado salarios y Polonia lo ha doblado; Corea los ha subido un 51% y EEUU un 47%. También nos dejan atrás Francia (+27%), Alemania (+22%) o Portugal (+22%). La foto es clara: España no crece ni al ritmo de los convergentes ni al ritmo de sus iguales.

Alguien dirá que los hogares españoles sí han ido mejorando. Y es cierto: la renta disponible ha subido. Pero no gracias a los salarios, sino al empleo: las familias ganan más dinero porque trabajan más personas.

¿Otra forma de ver ese estancamiento? Las nuevas generaciones no tienen mejores sueldos que las anteriores. Los millennials a los 30 años ganan un 16% menos que la Generación X a su edad. Y los que rondan los 40 hoy ganan lo mismo que ganaba la Gen X, y menos que los baby boomers. La Generación Z sí ha entrado al mercado laboral mejor que los millennials —que lo hicieron en plena crisis de 2008—, favorecida además por las subidas del salario mínimo (+75% desde 2015). Aun así, tampoco ha batido de momento a la Generación X. El resumen es que no hay avance, sino congelación o algo peor.

Mismos salarios, más presión fiscal

Entre 2015 y 2024 el coste salarial medio por asalariado en España subió un 26% en nominal, según la Contabilidad Nacional del INE. Sin embargo, descontada la inflación, ese salario apenas se movió: subió solo un 1% en términos reales. Y al trabajador medio, una vez pagados el IRPF y las cotizaciones, le queda un 5% menos de poder de compra que en 2015. Mirad el gráfico:

Los salarios reales bajan desde 2015

El resultado es paradójico: los costes salariales suben un 26% sobre el papel, pero los trabajadores compran un 5% menos con su sueldo. La culpable principal es la inflación, pero no la única: también ha crecido la llamada “cuña fiscal”, la diferencia entre el coste que paga el empleador y el sueldo que recibe el trabajador. Esta semana, la OCDE ha confirmado que la presión fiscal sobre el trabajo volvió a subir en España en 2025, sin que nadie aprobara elevar los tipos. Como explicó Pablo Sempere, el IRPF se encareció de forma silenciosa al calor de la inflación, por el efecto de la “progresividad en frío”. Imagina un sueldo de 30.000 euros que sube un 3% para empatar la inflación. El poder de compra queda igual y esa persona no gana más. El problema es que, si los tramos del IRPF no se actualizan con la inflación, Hacienda sí se lleva un porcentaje mayor.

Para un trabajador soltero con salario medio, la cuña fiscal total pasó del 40% en 2022 al 41,4% en 2025. No es algo coyuntural: los impuestos sobre el trabajo llevan subiendo un cuarto de siglo y hoy están en su máximo desde el año 2000 para salarios bajos, medios y altos.

La cuña fiscal está en máximos de 25 años

El dato conecta con la comparación internacional: España está entre los países de la OCDE con mayor presión fiscal sobre el trabajo. Aunque, con una cuña fiscal del 41,4%, sigue lejos de Bélgica (52,5%), Alemania (49%) o Francia (47%).

Contaba el Financial Times que muchas democracias avanzadas están gravando más el factor trabajo como una forma “fácil” de aumentar la recaudación. La necesitan para compensar el gasto durante la pandemia, el envejecimiento y los crecientes presupuestos de defensa.

No parece casualidad: ¿es más sencillo políticamente subir la presión sobre el trabajo que sobre el capital? Seguramente. El trabajo no se mueve y el capital sí. Las grandes fortunas pueden emigrar y las multinacionales pueden reorganizar beneficios entre países: la competencia fiscal internacional empuja a la baja sus impuestos. Además, gravar el patrimonio sigue siendo impopular. Por ejemplo, genera resistencia inmediata cualquier propuesta de gravar las viviendas vacías, las segundas o las sucesivas residencias. Mientras tanto, son los trabajadores —cuyo salario real lleva 30 años sin moverse— quienes pagan la diferencia.

domingo, 19 de abril de 2026

Los ultrarricos deben pagar más impuestos. Entrevista a Stiglitz

 I

 Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía: “La ideología de los millonarios tiene actualmente un grado de egoísmo alucinante”, en El País, Francisco de Zárate, Madrid - 19 abr 2026:

El economista y profesor estadounidense denuncia que nunca ha habido un ataque a la democracia como el que se produce ahora bajo el mandato de Donald Trump y el grupo de oligarcas que lo sostienen

La desigualdad actual es peor que la que Estados Unidos vivió durante la Gilded Age de finales del siglo XIX, dice Joseph Stiglitz. “La persona más rica de aquella época era John Rockefeller, pero su fortuna no era comparable a la de Elon Musk, Larry Ellison o Jeff Bezos”, explica por teléfono el economista, laureado en 2001 con el Nobel de Economía. “Su influencia política bajo el mandato de Donald Trump tampoco tiene precedentes, con Musk como el ejemplo más claro”.

Para Stiglitz (83 años, Gary, Indiana, EE UU), el sentido de la responsabilidad social que se aprecia en muchos de los magnates de la Gilded Age, que contribuían al bien público apoyando la creación de bibliotecas, universidades y centros de investigación, también representa un contraste radical con la ideología libertaria que exhiben hoy tantas personas de Silicon Valley, “una versión radical del ‘esto lo hice yo solo, déjame en paz’, una ideología con un grado de egoísmo alucinante porque lo cierto es que no han hecho nada por su cuenta, ha sido la investigación del Gobierno la que trajo internet y gran parte de las innovaciones con las que ellos ahora ganan dinero”.

Pregunta. Mucha gente esperaba que las instituciones modernas resistieran mejor que las del siglo XIX a la presión de las personas con poder económico, ¿no ha sido así?

Respuesta. Es cierto que el Congreso de finales del siglo XIX era bastante corrupto, pero nunca ha habido un ataque a la democracia como el que está ocurriendo bajo el mandato de Donald Trump y los oligarcas que lo sostienen. Hay aspectos muy preocupantes, como la supresión de la libertad de prensa tras la adquisición de la CBS por parte de Larry Ellison y el intento de retirar de la parrilla programas críticos con Trump, pero rentables, como el de Stephen Colbert. Esto es algo que nunca vimos en la Gilded Age. No sabría decir si nuestras instituciones son más fuertes o más débiles, lo que sí sé es que no están siendo lo suficientemente fuertes.

P. Usted está contribuyendo a la creación de un Panel Internacional sobre la Desigualdad para mejorar la información sobre la concentración de la riqueza, ¿falta información?

R. Igual que la información fiable del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sienta las bases para políticas más urgentes, mejor orientadas y diseñadas. Aspiramos a conseguir lo mismo con el Panel Internacional sobre la Desigualdad. Una cifra en nuestro informe que nos ha llamado la atención es la magnitud de la concentración de riqueza: el 50% de la población mundial solo ha recibido un 1% de toda la riqueza creada en los últimos 25 años, una estadística impactante que ayuda a comprender hasta qué punto se han agravado las cosas. Otra cifra tremenda es la de los billones de dólares que se transferirán de una generación a otra en los próximos 10 años. En Estados Unidos nos gusta pensar que los ricos son personas hechas a sí mismas, pero nadie se hace a sí mismo cuando la mayoría de las innovaciones parten de investigaciones financiadas con fondos públicos. Y ahora, con estos billones de dólares siendo transferidos de una generación a otra, no solo tendremos una oligarquía, sino una plutocracia hereditaria.

P. En cuanto se comienzan a debatir impuestos a corporaciones y millonarios, aparecen excepciones y exenciones con potencial de neutralizar su poder redistributivo y recaudatorio, ¿cómo protegerse ante eso?

R. Eso es completamente cierto. En primer lugar, tenemos que dejar claro el principio que persiguen los impuestos. Y en segundo, ser conscientes de que los ricos van a intentar introducir lagunas y excepciones para volverlos ineficaces. Lo sabemos y tenemos que protegernos contra eso. Estamos defendiendo un impuesto mínimo global del 2% sobre el patrimonio, que es un impuesto muy moderado y tiene la virtud de no ser complejo. Si tienes 100 millones de dólares, lo más probable es que como mínimo estés obteniendo una rentabilidad del 6%. Así que si ya has pagado un 33% por las ganancias de ese capital, no tendrás que pagar este impuesto, porque esa cantidad equivaldrá al 2% que proponemos como gravamen mínimo. Y un 33% sobre los rendimientos del capital sigue siendo menos de lo que muchas personas pagan sobre sus salarios.

P. Sabe que se resistirán a cualquier impuesto de este tipo.

R. Cuando estuve en Francia, me escandalizó escuchar a tantos millonarios admitiendo implícitamente que eran evasores fiscales, porque no querían pagar ni siquiera ese impuesto mínimo del 2%. Cuando se debatió en la Asamblea Nacional, introdujeron todo tipo de exenciones para que el impuesto no fuera aplicable a una gran parte de los millonarios. Así que es cierto, es una batalla constante, pero ya conocemos los trucos. Tras lo ocurrido en Francia, ya sabemos las formas en que la gente va a intentar evadirlo aprovechando las lagunas legales. Necesitamos asegurar un buen debate para cerrar esas lagunas.

P. Eso puede cumplir un fin redistributivo, pero no va a terminar con la influencia de los millonarios en la política…

R. Cierto. Para lograr eso tenemos que sacar el dinero de la política, y especialmente en Estados Unidos, donde las inversiones disfrazadas de contribuciones a las campañas reportan un alto rendimiento a los supermillonarios. En segundo lugar, no podemos permitir que solo los ricos controlen los medios de comunicación. Tiene que haber buenos sistemas de radiodifusión pública y apoyo para el periodismo de investigación. En tercer lugar, tanto las redes sociales como las inteligencias artificiales tienen que pagar por las noticias y por la información que roban a los medios tradicionales. Eso mejoraría los ingresos de los medios tradicionales y permitiría una prensa más diversificada. Y por último, Europa necesita crear su propio ecosistema mediático, no puede depender de X o de Facebook. Tiene que contar con sus propias plataformas independientes y parcialmente públicas para que la gente pague sus impuestos y reciba todas las comunicaciones.

II

El economista francés Gabriel Zucman defiende una tasa para las grandes fortunas en todos los países, en El País, Raquel Villaécija, París - 5 feb 2026:

El experto en desigualdad presenta en París el Observatorio Internacional de la Fiscalidad, que busca impulsar medidas para luchar contra la evasión fiscal, entre ellas el impuesto a los ricos

El economista francés Gabriel Zucman ha puesto en el punto de mira a las grandes fortunas y corporaciones, no solo por sus estudios sobre evasión fiscal, sino por su propuesta de tasar con un 2% a los grandes patrimonios, algo que cree que debería aplicarse a nivel global, según ha defendido este jueves en la presentación del observatorio internacional de la fiscalidad (ITO, por sus siglas en inglés).

Zucman ya era director del Observatorio Fiscal Europeo, creado en 2021, que ha decidido ampliar el foco al considerar que la evasión fiscal y la baja imposición que tienen las multinacionales “trascienden las fronteras de la Unión Europea”. “No se trata solo de un cambio de nombre, sino de intensificar la lucha contra el fraude y elaborar propuestas para una fiscalidad más justa”, ha destacado durante el acto en París.

Esto pasa, según ha insistido, por crear una tasa para los patrimonios más elevados, no solo en Francia, donde su propuesta es apoyada por la izquierda, pero es rechazada por el resto de los partidos, sino en todos los países. “Hay una verdadera industria de evasión fiscal y esta es una de las razones por las que necesitamos mecanismos para corregirlo”, ha señalado en la presentación del observatorio, en el que participan una treintena de economistas y que tiene sede en la Paris School of Economics, en la capital francesa, donde también trabaja el equipo de Thomas Piketty, al mando del Observatorio Mundial de las Desigualdades y defensor también de una fiscalidad más equitativa.

El último informe del Observatorio Europeo de la Fiscalidad cifraba en más de un billón de dólares el dinero que las grandes corporaciones desvían a paraísos fiscales. Igual ocurre con los grandes patrimonios. “Cuando se es extremadamente rico, es mucho más fácil no pagar impuestos, pero si tenemos una tasa razonable, [las grandes fortunas] estarán obligadas a pagar un mínimo”, defiende el economista.

La mayor parte de la población se deja entre el 25% y el 50% de sus ingresos en impuestos, unos porcentajes a los que escapa el 0,001% de la población mundial más adinerada que controla tres veces más de riqueza que la mitad de la humanidad, según las últimas cifras del Observatorio sobre las Desigualdades de Piketty. Según Gabriel Zucman, estos megarricos pagan en impuestos un 2% de sus ingresos, que en realidad es “una tasa casi próxima a cero”, gracias a los instrumentos de optimización fiscal.

La tasa del 2% propuesta sobre los patrimonios superiores a los 100 millones permitiría recaudar 67.000 millones y asegurar que pagan “proporcionalmente con sus ingresos tantos impuestos como otras categorías”. Durante la presentación del Observatorio, Pierre Bachas, director del área de evasión fiscal, incidió en que con esta recaudación “se podría financiar la educación en muchos países” o las políticas de medio ambiente.

El economista francés cree que es cuestión de tiempo que esta tasa sobre las fortunas que él defiende se apruebe: “Estamos en el inicio de una reflexión sobre cuáles deberían ser las nuevas reglas de intercambio económico y de regulación. Nadie tiene todavía una respuesta clara, pero es precisamente eso lo que queremos aportar, propuestas en materia fiscal. El enfoque es muy distinto a como se han hecho las cosas hasta ahora. Las reglas del futuro deberán ser diferentes a las del pasado, aunque su implementación llevará tiempo”, ha dicho.

En Francia, la bautizada como tasa Zucman ha ocupado parte del debate presupuestario, pero la propuesta no se adoptó porque cuenta con la oposición de los partidos de centro y derecha, que son mayoría en la Asamblea. El economista galo se reúne este viernes con el ministro de Derechos Sociales de España, Pablo Bustinduy, para abordar la posibilidad de crear este impuesto en España. En declaraciones a la agencia Efe, Zucman defendió que “España debe adoptarlo”, al igual que el resto de países.

“La cuestión es cuál es el escenario actual, qué tipo de comercio y de estructuras fiscales tenemos hoy y qué nos dicen las señales actuales sobre la fiscalidad. Existe la idea de que se puede permitir que las empresas crezcan sin obligaciones claras. Pero esa etapa parece haber llegado a su fin”, explicó.

III

Objetivo: que los ultrarricos paguen más impuestos, en El País, Pablo Sempere, Madrid - 26 oct 2025:

La ‘tasa Zucman’ para gravar el 2% de la riqueza de los millonarios divide a Francia e intensifica los debates globales sobre la imposición patrimonial

La crisis de inestabilidad política que atraviesa Francia ha privado al mundo de una imagen tan simbólica como excepcional: la patronal protestando en la calle. Los empresarios estaban dispuestos a manifestarse en protesta por la conocida como tasa Zucman, un nuevo impuesto que se ha colado en el debate presupuestario y ya ha provocado las primeras fricciones entre la izquierda y la derecha. Se trata de un gravamen sobre los grandes patrimonios ―más de 100 millones de euros―, cuyo diseño se ha inspirado en la propuesta que lanzó en 2024 el reputado economista francés Gabriel Zucman.

La movilización de los patronos se canceló al coincidir con los días en que el país se asomó al abismo de un vacío de gobierno, pero el asunto ha seguido discutiéndose en la Asamblea Nacional, donde los socialistas reclaman que se grave la riqueza de los ricos como condición para mantener el Gobierno a flote. El episodio refleja un debate que se intensifica en Europa y que persigue que los ultrarricos contribuyan más en unos sistemas fiscales que, con mil agujeros y lagunas, parecen diseñados a su medida.

“Europa no puede construir un sistema fiscal sostenible si sus ciudadanos más ricos contribuyen menos, en términos relativos, que los trabajadores comunes”, sostiene Giulia Varaschin, asesora política en el Observatorio Fiscal de la UE, que dirige el propio Zucman. La tasa, añade, engordaría los ingresos en unos 20.000 millones de euros anuales solo en Francia y “realinearía el sistema fiscal con los fundamentos constitucionales y morales de que todos contribuyen según sus medios”.

La réplica viene de Cristina Enache, economista en la Tax Foundation Europe, quien asegura que estas figuras reducen salarios e inversión y destruyen empleos, además de tener un impacto redistributivo “muy limitado” y generar fuga de capitales hacia jurisdicciones más laxas en términos fiscales.

Número de milmillonarios en el mundo [Estadillo en fuente original. Real Instituto Elcano (datos del Observatorio Fiscal de la UE)]

Algo falla en el sistema tributario. Hay una profunda brecha entre el músculo económico y financiero de los multimillonarios y el peso real de sus impuestos en las arcas públicas. Un estudio de la Universidad de California en Berkeley, publicado recientemente por la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos (NBER, por sus siglas en inglés), ha analizado con datos administrativos cómo tributan los 400 estadounidenses más ricos. En ese trabajo académico aparece de nuevo una firma conocida, la del propio Zucman. Y muestra datos tan reveladores como incómodos: el tipo efectivo medio de estas grandes fortunas es del 23,8%, muy por debajo del 30% que soporta la población media, y del 45% que recae sobre los trabajadores más cualificados.

El documento señala que lo que ocurre en EE UU no es una excepción, sino parte de una tendencia extensible a regiones como Europa. En Francia, Países Bajos, Suecia o Noruega, los ultrarricos ―en el análisis se fijaron en los que superan los 1.000 millones de euros― soportan tasas efectivas a veces inferiores al 20%.

El informe no ofrece cifras para España, que no destaca por ser una de las jurisdicciones con más milmillonarios ―algo más de 30, sobre un universo de casi 2.800 en todo el mundo―. Sin embargo, los datos disponibles a nivel nacional reflejan un dibujo similar. Varios estudios académicos de instituciones como Fedea o el Instituto de Estudios Fiscales muestran que el 1% más acaudalado del país ―que incluye a las grandísimas fortunas y a ricos de menor magnitud― soporta un tipo medio efectivo sobre el total de impuestos menor al de las franjas más pobres de la población.

Por ello, el grupo de economistas encabezado por Zucman reclama la puesta en marcha de una tasa para un grupo que no deja de crecer en número y en riqueza acumulada, y que ya amontona el 13,5% del PIB mundial, según los datos del Observatorio Fiscal de la UE. Si la tasa a los ricos prosperase y pagasen cada año al menos un 2% de su patrimonio ―que en conjunto roza los 14 billones de dólares―, los países tendrían unos 250.000 millones de dólares (unos 215.000 millones de euros) en ingresos adicionales.

¿Cuánta riqueza acumula el 0,0001% más acaudalado? [Estadillo en fuente original. Real Instituto Elcano (datos del Observatorio Fiscal de la UE)]

Aunque con un gravamen efectivo muy inferior al 2%, España ya cuenta con el impuesto de patrimonio ―en las comunidades que lo tienen bonificado opera el de grandes fortunas―. En las elecciones de Noruega, celebradas en septiembre, la discusión de la imposición patrimonial estuvo presente. El Reino Unido también mantiene sus debates y otros países, aprovechando las recientes discusiones en el seno del G-20, han puesto sobre la mesa el asunto. En Francia han ido algo más allá y los Ecologistas y la coalición de izquierdas han aterrizado una propuesta que afectaría a casi 2.000 altos contribuyentes. Bernard Arnault, presidente del grupo de lujo LVMH, ha declarado que estas ideas son propias de “militantes de extrema izquierda” deseosos de “destruir la economía liberal”. Para Varaschin, sin estas correcciones “se vuelve difícil pedir al resto de la sociedad que asuma cargas más pesadas mediante mayores impuestos y recortes de bienestar”.

Recetas opuestas

El fenómeno de la baja tributación de los más pudientes no responde tanto a prácticas de evasión o fraude como a la estructura que rige en todos estos países. El denominador común es que los impuestos están diseñados en torno al trabajo y a unas formas tradicionales de obtención de renta, por lo que se muestran menos eficaces a la hora de gravar la riqueza proveniente de vehículos empresariales, financieros e inversores (acciones, dividendos, intereses, plusvalías...), que son los que engordan a las grandes fortunas. Cómo meter mano a esta situación ―y la idoneidad de hacerlo― es lo que divide a los expertos.

Unos creen que es difícil concretar los activos sujetos al impuesto y que estos gravámenes provocarían la deslocalización masiva, penalizando la inversión y, por ello, el empleo. Otros defienden que una respuesta coordinada entre varios países, junto a un diseño blindado y bien estructurado, puede capturar esa riqueza y ayudar a los gobiernos a reducir las desigualdades y sanear sus cuentas públicas.

Los esquemas por los que se rigen los sistemas fiscales, opina José María Durán, profesor en la Universidad de Barcelona e investigador del Instituto de Economía de Barcelona, son los que dificultan aplicar de manera efectiva impuestos de este tipo. “El problema no es tanto la idea de gravar a los más ricos, sino cómo hacerlo sin crear distorsiones ni duplicidades”, señala. Durán se muestra prudente ante el entusiasmo que ha despertado la tasa Zucman en ciertos sectores políticos. “En los impuestos los detalles son fundamentales”, recuerda. “Sabemos lo que es la imposición al patrimonio, pero hay que concretar qué se grava y qué no, además de las exenciones contempladas, como las de las empresas familiares. Todo eso condiciona el efecto final del impuesto”.

Durán insiste en aspectos como la valoración de los bienes. “No es lo mismo una acción cotizada que una que no lo está, ni un inmueble nuevo frente a otro antiguo, ni utilizar el precio de mercado u otro indicador”. El investigador señala, además, que el patrimonio, a diferencia de la renta, “se grava con independencia de si un año hay beneficios o pérdidas”, lo que puede ser “muy distorsionador”. También plantea qué hacer con las empresas familiares y con los patrimonios repartidos en varios países. “Sin cooperación entre administraciones tributarias, todo se escapará. Quien más tiene también tiene más capacidad para deslocalizarse”, advierte.

El investigador saca a la palestra al pequeño grupo de millonarios ―sobre todo estadounidenses y europeos― que se ha mostrado públicamente a favor del gravamen, pero cree que “son muy pocos” y que la mayor parte de ellos moverían ficha para no pagar.

Distribución de milmillonarios por zonas geográficas [estadillo en la fuente original]

Hay quien se muestra más tajante. Gregorio Ordóñez, director del Instituto de Estudios Económicos —el centro de estudios de la patronal española— asegura que la imposición patrimonial “es la figura que más distorsión genera en términos de actividad económica y deslocalización”. Recuerda que muchos países europeos la han ido eliminando a lo largo de los años “precisamente por ese motivo”. Por un lado, afirma, reduce el ahorro y la inversión al aumentar el coste del capital. Por el otro, “los sistemas económicos modernos son interdependientes: si penalizas a unos, terminas afectando a todos”.

En su opinión, es injusto incluir en este debate el patrimonio productivo (las empresas), ya que el capital ya está gravado “de forma directa e indirecta, a través del IRPF, del impuesto de sociedades o de tributos locales”. Y añade que, si solo unos pocos países aplican la tasa, los demás se convertirían en polos de atracción para las grandes fortunas. “La experiencia demuestra que gravar a estos perfiles no tiene efectos positivos. Se deslocalizan, y los incentivos para seguir creando riqueza se reducen”, concluye Ordóñez.

También lo cree así Enache: “Un impuesto a la riqueza reduce los salarios, destruye empleos y disminuye el stock de capital. Todos los grupos de ingresos resultan perjudicados debido a la menor actividad económica”. Además, agrega, un acuerdo global o europeo “es altamente improbable”, ya que un número crítico de países tendría que firmarlo, incluyendo Suiza, “lo que hace que esta propuesta sea inviable.”

Excluir los activos profesionales, sin embargo, neutralizaría los efectos de la reforma, sostiene Varaschin. Estos representan alrededor del 90% de la riqueza de los multimillonarios, por lo que su exclusión abriría una “enorme laguna, fomentando la reclasificación de activos y reduciendo los ingresos potenciales en hasta 40 veces”. La analista tampoco cree en los desincentivos derivados para la actividad empresarial. De hecho, “un sistema fiscal justo, junto con servicios públicos fuertes e inversión en investigación, da una mejor base para la innovación que un entorno de bajos impuestos marcado por la inestabilidad”, concluye.

La enseñanza debe adaptarse al alumno, y no al contrario

 Einstein, científico, sobre la importancia de la educación: 

"Si juzgas a un pez por su habilidad de escalar un árbol, vivirá su vida entera creyendo que es inútil"

sábado, 18 de abril de 2026

Evolución de la novela española en el siglo XXI

 La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Nadal Suau, 18 abr 2026:

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.

¿Cuándo comienza el XXI?

En 2001, se publican tres novelas excelentes, Romanticismo, de Manuel Longares, y Jugadores de billar, de José Avello, cuyos juegos de memoria ceñida a mundos cerrados y en decadencia las sitúan todavía en el siglo XX a casi todos los efectos (estructurales, estilísticos, etcétera), y Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, que es, en gran medida, un libro sobre el siglo XX. Algo parecido podría decirse de la trilogía faulkneriana Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, aparecida entre 2004 y 2005, o de Familias como la mía, de Francisco Ferrer Lerín (2011).

El caso de Javier Marías es distinto. Los tres espléndidos volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007) quizá tampoco inauguren nada, y hablamos de un escritor que ya definió el final del siglo anterior, pero resulta que, por mucho que para algunos pueda ser divertido discutirlo o revolverse contra la evidencia (y no pasa nada, ¿para qué necesitaría nadie cualquier forma de unanimidad?), la escritura hipnótica e inconfundible de Marías es uno de esos casos en que cuaja un clásico incontestable, fuera de serie. Además, el efecto del autor persistirá todavía de dos formas distintas: la primera son sus siguientes libros, que experimentan un relativo bajón hasta cerrar su carrera con un díptico estupendo, Berta Isla (2017) y Tomás Nevinson (2021).

La segunda es que su obra abre un espacio que permite la visibilidad de otros escritores afines. Pienso en José Carlos Llop, que es a la literatura francesa en España lo que Marías a la anglosajona, de quien citaría la poco recordada El mensajero de Argel (2005), con su atmósfera profética que convierte el Mediterráneo en Saigón, o Reyes de Alejandría (2016), revisitación de la Barcelona de los setenta. O en el exquisito Vicente Valero, que entre Los extraños (2014) y Enfermos antiguos (2020) ha sabido convertir Ibiza en una medida del mundo.

Tres líneas para los primeros compases del siglo

Nunca vas a obtener una verdad absoluta cuando te empeñas en delimitar períodos, como si en 2001 algo cambiase por arte de magia, o en trazar tendencias con tiralíneas y luego empeñarte en meterlo todo ahí. ¿Qué hacemos con autores que empezaron a escribir en los ochenta, o antes, y han seguido dando buenos libros? Algunos ejemplos: Muñoz Molina ha entregado La noche de los tiempos (2009), contribución significativa a la representación de la Guerra Civil (un tema que después experimentaría cierta desaparición del panorama hasta verse rescatado, con notable artesanía y en clave extemporánea de realismo mágico con La península de las casas vacías, el exitazo de David Uclés publicado en 2024), o Como la sombra que se va (2014), y Soledad Puértolas, de quien mencionaré Historia de un abrigo (2005), jamás ha dejado de ser una superclase. La honestidad galdosiana de Ignacio Martínez de Pisón nos dio La buena reputación en 2014. Etcétera. Pero, a efectos de mapeo de la época, es indudable que en la primera década del XXI hay tres autores que marcarán el futuro inmediato de la narrativa española.

1. Enrique Vila-Matas nos regaló cuatro libros seguidos cuya gracia metaliteraria, autoficcional, vanguardista y slapstick es inolvidable e influyó en muchísimos autores posteriores, desde Agustín Fernández Mallo (que lo incluiría como personaje en Nocilla Lab, 2009) a Mario Aznar, que le dedicó una majísima novela-ensayo, Too late, en 2022. Hablamos de Bartleby y compañía (de 2000, así que incluirla es una trampa disculpable), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003) y Doctor Pasavento (2005).

2. Javier Cercas será otro precursor de la autoficción, así como de la literatura de hechos reales, con el acontecimiento Soldados de Salamina (2001), que se adelantó a muchísimas cosas, tanto en lo que se refiere a técnicas literarias como al debate en torno a la reconciliación nacional, una cuestión que regresaría en su mejor libro, Anatomía de un instante (2009), preciso como el mejor mecanismo de relojería, emocionante y muy bien documentado, y pieza maestra del argumentario en favor de la Transición, es decir, inevitablemente polémico.

[Autoficción: un tic masivo del XXI. El yo por todas partes, aunque con resultados desiguales. Citemos algunos casos que merecen mucho la pena. Hay dos novelas estupendas de Carlos Pardo, Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2019), que son un retrato de la clase media de una inteligencia y elegancia admirables. Y el conmovedor La hora violeta (2013), que Sergio del Molino dedica a la muerte de su hijo, se acerca más bien a unas memorias, pero cómo no mencionarlo aquí].

3. Rafael Chirbes es totalmente distinto. Sería una simplificación hablar de “realismo”, pero su atención a los aspectos más pútridos de la realidad nacional propició dos novelas perfectas, dolorosamente lúcidas, Crematorio (2007) y En la orilla (2013), a las que cabe añadir una coda confesional bellísima, París-Austerlitz (2016). Cuando la supuesta España de las maravillas se reveló como un solar moral, Chirbes pasó a ser el escritor más lúcido de su generación. Y el lenguaje le acompañaba.

El momento Nocilla

En 2006, la joven editorial Candaya publica la novela Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, un hombre formado como científico que presta la misma atención a la literatura que a la música o el arte contemporáneo. El libro es fragmentario, pop, intertextual, listillo, indie. Y se convierte en un éxito descomunal, además de un caballo de Troya (hay quien usó esta imagen como crítica; no es mi caso) para que una nueva generación de autores penetre de golpe en el circuito literario.

La periodista Nuria Azancot, rápida y hábil como siempre ha sido, acuña un término: Generación Nocilla. No pretende ser una etiqueta académica (para eso hay otras: literatura mutante, afterpop…), y nunca llegarán a estar claras ni la nómina que comprende ni las características definitorias del movimiento (¿fue un movimiento?), pero intentémoslo. Los nombres, discutibles, podrían ser: Jorge Carrión, Vicente Luis Mora, Eloy Fernández Porta, Juan Francisco Ferré, Javier Calvo, Laura Fernández, Germán Sierra, Mario Cuenca Sandoval, Manuel Vilas y el propio Fernández Mallo. Los rasgos: fragmentarismo, apertura a nuevas corrientes y disciplinas, teoría y tecnología, alergia a costumbrismos varios o a realismos caducos, sampler y descentramiento, intersticios...

La verdadera clave consiste en que el siglo XXI toca a la puerta: antologías y revistas, reivindicación de nuevos paradigmas, Internet como agitador. Polémicas morrocotudas. Pocas veces se han vuelto a ver odios tan acendrados, desprecios tan olímpicos por parte de algunos seniors ni cosas tan divertidas como aquella foto-novela basada en El pueblo de los malditos que circuló por la red parodiando a todo el quién-es-quién de aquellos años. Pero el “momento Nocilla” fue breve. La crisis económica y las nuevas olas feministas iban a arrastrar la discusión a otras latitudes. Por otro lado, los mejores frutos de la nómina mencionada arriba llegarían más tarde, pasada la efervescencia mutante.

Así, las mejores novelas de Agustín Fernández Mallo probablemente sean Trilogía de la guerra (2019) y Madre de corazón atómico (2024). La de Vicente Luis Mora, Centroeuropa (2020). La de Mario Cuenca Sandoval, la sensacional y vampírica Los hemisferios (2014). De Robert-Juan Cantavella me entusiasma Y el cielo era una bestia (2014). En cuanto a Manuel Vilas, novelas como Aire nuestro (2009) quedarán entre lo más imaginativo de aquel instante, pero su libro estandarte es Ordesa (2018), en el que reorientó el balance entre lo heterodoxo y lo sentimental para evocar a sus padres, fundirlos con una idea emotiva del país, y lograr un gran libro y un éxito popular descomunal.

Otros mundos existen

Fijémonos en dos nombres: Laura Fernández y Javier Calvo (el autor que más se revolvió contra su supuesta pertenencia a la Nocilla). Cada una a su manera, sus voces representan la aparición de una potente veta imaginativa en la literatura española: fantástico, terror, gótico, weird... Entre Mundo maravilloso (2007) y Piel de plata (2019), Javier Calvo ha construido un imaginario encantador y oscuro. A Laura Fernández le debemos varias novelas derrochadoras y mágicas, además de una variación del idioma castellano que es exclusivamente suyo, pero el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) tuvo algo de definitivo: lo fantástico se aposentaba ya para siempre en primera línea.

Aquí hay que reivindicar a algunos autores. Daniel Miñano, más conocido como Colectivo Juan de Madre o Manuela Buriel, es un novelista inclasificable y brillante, como demuestra Animales feroces (2020), emparentada en varios puntos con Piel de plata (Barcelona, adolescencia, magia). En 2016, Francisco Jota-Pérez publicó Homo tenuis, una especulación a propósito de los fenómenos creepypasta que se ha convertido en Santo Grial de lo oculto.

Una crisis y dos estallidos

Entre 2008 y 2010, todo se descontrola, de la prima de riesgo a las instituciones democráticas, y el mundo cambia. Con él, la literatura. Los catálogos editoriales ya no volverán a ser lo mismo: la presencia de escritoras da un vuelco inédito e irreversible. Es una cuestión de cantidad y de calidad, pero también de complicidad con el público lector, cada vez más femenino y feminista, queer, comprometido, dispuesto a tejer espacios de encuentro. Una figura clave será Sabina Urraca, no solo porque es autora de dos novelas extraordinarias, a veces equívocamente encasilladas en la autoficción, Las niñas prodigio (2017) y El celo (2024), sino porque su visibilidad e impacto contribuyen a generar el espacio en el que se mueven otras estupendas narradoras como Rosario Villajos (La educación física, 2023) o Elisa Victoria (El evangelio, 2021), además de ejercer de editora con notable olfato: pensemos en los fenómenos Panza de burro, de Andrea Abreu (2020), o Seis mil, de Laura C. Vela (2025). Y en este punto deberíamos mirar más arriba para encontrar otra figura importante, la de Elvira Lindo, que en el siglo XXI ha dado sus mejores novelas (por ejemplo, A corazón abierto, 2020), y que, sobre todo, representa un caso infrecuente de atención hacia las nuevas escritoras y generosidad con ellas.

Luego está esa dinámica que podríamos emparentar con Chirbes, a la que ya aludí. Esto no significa que Chirbes la capitanee ni que las siguientes voces sean idénticas entre sí: como antes con Marías o Urraca, me refiero a cómo algunas obras facilitan la apertura de territorios que luego urbanizarán muchas otras (igual que La mala costumbre, de Alana S. Portero, también abrió caminos en 2023). Hay un nombre indisputable, Marta Sanz, que con La lección de anatomía (2008) o Clavícula (2017) ha nombrado un número importante de preocupaciones y ansiedades modernas, hasta ocupar una posición de maestría aceptada por toda una generación posterior. Hay un experimento temprano y anónimo, el collage El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen (2005), hecho con retales de prensa. Está Isaac Rosa con El vano ayer (2010). Recuerdo La trabajadora (2014), de Elvira Navarro, como una espeluznante fábula casi gótica sobre la precariedad. Y, por supuesto, está Cristina Morales, distinta a todo el mundo, cuya Lectura Fácil (2018), firme candidata a ser la novela española de mayor impacto de la última década (magistral, indomable, una locura), tiende a ensombrecer otro libro suyo magnífico, Terroristas modernos (2017). Otra imprescindible: Aixa de la Cruz y el arco que forma su narrativa, con sus puntos álgidos en la temprana Cuando fuimos los mejores (2007) y la penúltima Las herederas (2022).

Por último, considero muy relevante el trabajo de Belén Gopegui, una autora que ya venía de ser importantísima en los noventa, y entre cuyos libros del XXI suelen destacarse los de los primeros dos mil, como Lo real (2001), tan atentos a lo colectivo, a las posibilidades de transformación. Ocurre que, a partir del thriller Acceso no autorizado (2011) y hasta la reciente Te siguen (2025), Gopegui se adentra en un registro peculiar, antipedante, ajeno al narcisismo, de una generosidad transparente en su intento de narrarnos a todos, de ir en dirección contraria, abajo. Y sospecho que esta escritura provoca la clase de desconcierto propia de una verdadera posición autónoma respecto del sistema literario.

De un modo muy distinto, también ha fundado un espacio propio Gonzalo Torné, renovador de la vieja idea de “novela sobre Barcelona” que tan bien representaba el estupendo Francisco Casavella (El día del Watusi, 2002). En sus manos, la ciudad se convierte en un lugar donde los diálogos son más ingeniosos y anglosajones que nunca, irónicos a toda velocidad, sin que lo ridículo deje de estar presente, y linaje y diseño urbano se funden en una crónica sobre cuál es este país y qué es el ser humano. ¿Dos títulos? La ya mítica Hilos de sangre (2010) o los aires americanos de Años felices (2017), por ejemplo. Hace poco, el periodista José Antonio Montano escribió que Torné es el único novelista que queda en España. No es verdad, claro, pero tuvo gracia, porque sí es el único representante de cierta forma de novela. Dicho esto, si no es puramente novelista Sara Mesa, con sus historias secas, ambiguas y especializadas en generar incomodad, como La familia (2022), ¿quién lo es?

Lo que queda fuera, y el futuro

Lo que queda fuera: obras heterodoxas, autores poco visibles, periferias. Rescaten El estenotipista en la Academia Universal, de Alberto Escudero (2002), presten atención a las novelas inclasificables de Luis Rodríguez (cualquiera, pero digamos Mira que eres, de 2021). ¿Quién recuerda el barojiano, autoficcional, perdedor y encantador Curso de librería, de Fernando San Basilio (2006)? Que nadie olvide el mundo delicado y sabio que Begoña Huertas construyó entre El desconcierto (2017) y El sótano (2023). Y con su título giallesco, el gigantesco fresco en el París ocupado, Mil ojos esconde la noche (2024-2025), de Juan Manuel de Prada, es un disfrute impepinable salido de un lugar ajeno a cualquier línea apuntada en este texto. Por último, una de las pocas obras maestras de este cuarto de siglo es, seguro, Noche y océano (2020), de Raquel Taranilla, novela que una vez califiqué de “desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria”, y lo sostengo.

En cuanto al futuro, es imposible decir nada. O apenas nada. Me conformaré con algunas apuestas: la ficción especulativa de El árbol viene, de Munir Hachemi (2023), apunta en la dirección correcta y es el fruto de una inteligencia notable. Los escorpiones (2024) y La chica más lista que conozco (2026), de Sara Barquinero, delatan a una escritora importante que ha roto un poco las previsiones acerca de lo que su generación parecía destinada a escribir.

Y hay más, pero ya saben: el espacio se acaba.

viernes, 17 de abril de 2026

La orientación imposible

 Todo el mundo, o al menos el educado por Barrio Sésamo, se considera situado y consciente de qué es arriba y abajo, izquierda y derecha y dentro y fuera hasta que le cuentan el problema Ozma. Consiste en la dificultad para comunicar con palabras la diferencia entre izquierda y derecha cuando a dos comunicantes (por ejemplo, un terrestre y un extraterrestre) no les es posible ver ningún objeto en común. El universo es, simplemente, ambidextro (salvo por las no visibles violación de la paridad subatómica y la quiralidad química); es más, marea y lo transforma todo en un vomitorio de materia y energía. Ya lo dijo Cristo en el Evangelio de Tomás: "Cuando hagáis del dos uno, y hagáis el interior como el exterior y el exterior como el interior, y lo de arriba como lo de abajo... entonces entraréis en el Reino". O como Hermes Trimegisto: "Como adentro es afuera". La verdad no solo está ahí fuera.

El problema lo planteó por vez primera Immanuel Kant en su discusión sobre la izquierda y la derecha, y William James lo mencionó en su capítulo sobre "La percepción del espacio" en sus Principios de psicología (1890). Y es un problema importante también a escala científica, a la hora de considerar el espacio-tiempo y la simetría-asimetría del universo, suponiendo que exista o que exista uno solo.

miércoles, 15 de abril de 2026

Italia permite la licencia laboral para cuidar animales enfermos

 Italia sumó una nueva licencia laboral: permitirá cuidar animales domésticos enfermos, en Infobae, por Brisa Bujakiewicz, 7 Abr, 2026:

Este permiso laboral italiano contempla hasta tres días al año para cuidar a mascotas enfermas y exige certificado veterinario. En algunos casos puede ser con goce de sueldo y surgió a partir de un antecedente judicial que sentó las bases de la medida. 

En este caso, la licencia no es por enfermedad propia ni de hijos, sino exclusivamente para atención veterinaria de animales domésticos. El anuncio sorprendió tanto a la opinión pública como a referentes de otros países, incluido Argentina.

El beneficio establece requisitos claros: la presentación de documentación que avale el estado de salud del animal y el grado de necesidad de la presencia del dueño, ahora referido como “tutor”. Algunas empresas en Italia ya lo implementaron en sus convenios, con componentes legales que surgieron a partir de un caso judicial de 2017.

“Es el primer país del mundo en otorgar licencias laborales para que vos puedas cuidar de tus mascotas enfermas. Tiene una limitación, es como máximo de tres días al año. Esa licencia, en algunos casos, se habla de una licencia con goce de sueldo”, explicó en Infobae en Vivo la periodista Luciana Rubinska.

La nueva licencia laboral para animales en Italia exige la presentación de certificado veterinario que justifique el estado de salud de la mascota

Antecedentes y origen de la medida

El caso testigo que dio origen a la ley ocurrió en 2017, cuando un empleado de una universidad en Roma solicitó ausentarse para cuidar a su perro, que atravesaba una enfermedad grave. La justicia italiana dictaminó que negarle este derecho podía considerarse maltrato animal, validando así la licencia.

Esa sentencia sentó las bases para la incorporación de la licencia en la legislación. Grupos proteccionistas impulsaron su redacción para garantizar el derecho.

Esta medida pionera coloca a Italia como el primer país del mundo en aprobar licencias específicas para tutores de animales domésticos enfermos 

Debate en la Argentina

En los estudios de televisión argentinos, la periodista Luciana Rubinska impulsó la discusión con sus colegas. La posibilidad de trasladar la iniciativa italiana al ámbito local generó opiniones divididas, especialmente entre empleados y empleadores.

Rubinska destacó: “Podés pedir una licencia por enfermedad, no tuya, no de tu hijo, sino de tu mascota”, y agregó: “Me pongo en lugar de los empresarios argentinos. Vos venís a decirle: ‘Me voy a tomar el día y vos me vas a pagar ese día porque tengo que operar a mi perro’. Yo creo que se agarran la cabeza los empresarios”.

El permiso en Italia alcanza hasta tres días al año y puede ser con goce de sueldo, según el convenio colectivo. Para acceder, los trabajadores deben presentar certificado veterinario que justifique la urgencia y necesidad de asistencia personal. El sistema establece límites estrictos para evitar abusos.

La licencia puede incluir goce de sueldo según el convenio colectivo, contemplando derechos laborales y bienestar animal en Italia. 

Entrevista a transexual

 Benita Castejón: “Empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el instante en que empecé mi transición”, en El País, Luz Sánchez-Mellado, 22 MAR 2026

La vidente y concursante de ‘Top Chef’, que decidió emprender su transición de género a los 60 años, estrena próximamente en TVE un documental sobre su vida

Benita Castejón cita a primera hora de la mañana en El Templo del Maestro Joao, su tienda de esoterismo y consultorio de tarot en un popular barrio de Madrid aún no del todo engullido por la gentrificación. Un enorme local a pie de calle, atiborrado de anaqueles a rebosar de aceites esenciales, amuletos y sortilegios, y con varios retratos enmarcados de la propietaria cuando tenía nombre y aspecto de varón, realizados antes de que emprendiera su transición de género y tuviera DNI de mujer. Hablamos en el cuartito interior donde lee las cartas, aún más sobrecargado de atrezo para hechizos varios, a la luz de una vela led. No sabe una adónde mirar. Bueno, sí. Gasta un verbo tan hipnótico como su rostro, uno de esos de los que no puedes apartar la vista por la perfección quirúrgica de sus rasgos. Benita es, nunca mejor dicho, una mujer hecha a sí misma. Hace pocos meses que se ha sometido, además, a una mamoplastia, una vaginoplastia y otras operaciones para completar su transición de género. Se la ve a la vez hiperactiva y exhausta.

¿Cuántas vidas ha vivido a sus 63 años?

62.

Uy, perdón.

Tranquila. No me importa para nada la edad. Conozco a tanta gente 25 años mayor, que cada vez estoy más convencida de que la edad es el espíritu, la energía y la actitud de la persona. Pero, a lo que íbamos: he vivido muchísimas vidas, y muy diferentes. La de la infancia, la de camarero, la del mundo de la noche y el transformismo, en el que empecé con 13 años. La de peluquero, donde tuve tres premios. Hice cursos de acupuntura, de tarot, he trabajado en medios de comunicación. Todo eso te da conocimiento de gente y de mundos muy diferentes.

¿Empezó en el transformismo con 13 años?

Me faltaba un mes para los 14. A los 15 o 16, me quisieron contratar en una sala, en los bajos del teatro Calderón, te pedían la patente fiscal artística, y yo falsifiqué la firma de mi padre, porque me tenía que autorizar un adulto.

¿Lo hacía por necesidad económica o personal?

Por todo. En esa época, yo salía de una situación económica muy difícil y trabajaba en una cafetería de camarero. Necesitaba dinero, pero lo hacía sobre todo por la fantasía, por los focos, por el maquillaje, por sentirme quien yo quería ser.

¿Quién quería ser?

Pues Rocío Jurado, Marilyn Monroe, las mujeres de las que me disfrazaba. No: me disfrazaba de mujer, pero era mentira, la que vivía disfrazada era yo cuando era camarero, cuando era peluquero, cuando era el maestro Joao.

¿Cuándo se dio cuenta de eso?

El saber quién era yo por dentro lo supe siempre. No tenía duda. Pero aquella época no era la de ahora. Era mucho más difícil. Yo sabía que era una chica. Empecé a indagar para poder ser esa chica. Y lo que descubrí es que ser esa chica me iba a llevar a ser prostituta porque era el único camino que servía. No podía ser peluquera, ni camarera, ni tendera. Tenías que ser prostituta, eso es lo que yo veía: mujeres que, desgraciadamente, acababan en las calles, apaleadas, alcoholizadas. Entonces, yo, además de ser mujer, sabía qué tipo de mujer no quería ser.

No creo que ellas tampoco quisieran ser prostitutas.

Ninguna quería. Se veían obligadas porque en aquella época sus padres las echaban de casa y no tenían otro recorrido. Para que vea la gente lo fuerte que es esto: preferían ser prostitutas, pero mujeres, que quedarse de carpinteros o panaderos.

Y usted, ¿cómo soportaba sentirse mujer y no poder parecerlo?

En mí ha mandado siempre el corazón. Siempre he pensado en mi madre. He decidido llamarme Benita, como ella, por ella. Estoy viviendo por ella. Mi madre jamás me hubiera echado de casa, pero yo pensaba en su sufrimiento. Eso no me quitaba el mío, pero yo hubiera sido egoísta si se lo hubiera echado a ella.

¿Esperó a que ella muriera para emprender su transición?

Me estoy cuestionando eso mucho. Lo anuncié antes de que falleciera. Ella tenía 93 años. Fíjate, yo quería que ella lo autorizase, pero esperando a que ella muriese. No por ella, sino porque ella no tuviera que ver ningún comentario que le hiciese sentirse incómoda ni mal. Las dos estábamos bien. Hay veces que una sopesa si cambiar alguna pieza le va a compensar o no, y para mí, su felicidad estaba por encima de la mía.

Y, a todo esto, ¿qué pensaba su padre?

Mi padre, que era barrendero, murió cuando yo tenía 17 años. Pero le cortaron muy pronto una pierna y nunca pudo trabajar más. Siempre estuvo enfermo. Él no ponía peros, pero tampoco participaba en la casa. Fue mi madre la que llevó adelante a toda la familia, a mis cuatro hermanos y a mí, y, aunque asistía en casa de una familia muy buena, no le quedó pensión ni nada. A mi madre le robaron un niño y una niña en la maternidad, toda la vida nos lo ha dicho, y, ya de mayor, yo le decía que no llorara: que yo era ese niño y esa niña a la vez.

¿Esa dignidad de su madre le ha traído más felicidad o más sufrimiento en la vida?

Más felicidad, pero más esfuerzo, también. Mi madre me condenó a la puntualidad y al agradecimiento. Soy agradecida hasta ir a rastras. Ese comecome lo llevo dentro. Esa es mi herencia. Ser agradecida, ser honrada y querer a fondo perdido. El plazo fijo es para el banco. Entonces, me agarro a quien quiero y, aunque me dé una cruz, me agarro a esa cruz [se le saltan las lágrimas]. Perdón, es que estoy muy sensible.

En absoluto.

Esta transición mía ha sido muy rápida. No me arrepiento. La volvería a hacer mil veces. Pero se te acumula el sentimiento, la emoción, el ahogo. Yo no tengo una pausa desde hace muchos años. Tengo la radio, mi negocio, un concurso de televisión, eventos. No tengo un desahogo nunca.

¿Por qué acepta todo ese trabajo? ¿Le da miedo bajarse de la bici por si se cae?

Sí, lo del trabajo también es una herencia. Cuando tú pasas fatiga, no de no tener para comer, pero sí de apuro y dificultades, y de no tener cosas que otras personas tienen, te es muy difícil parar y decir que no, por si no te vuelven a salir. Solo quiero trabajar, se ha convertido en un mantra.

Pero a los 62 también hay que vivir, ¿no?

Yo vivo a ratos. Como no tengo tiempo para mí soy una indigente de las emociones de los demás. Soy feliz haciendo felices a los demás. Tengo a gente importante en mi vida. Mi Toni, que, además, es mi representante.

¿Es su pareja?

No, no. Te lo prometo. Pero le adoro. Disfrutaría más invitándole a un viaje que haciéndolo yo. O que él tuviera un descanso, antes que yo. Por supuesto, tengo gente que me quiere. Como él, que deja la vida por mí, que me apoya desde el minuto uno. Yo siempre me he puesto la última de todo.

Pero cuando decidió iniciar su transición se puso la primera. ¿Ahora le toca a usted, como en la canción de Bebe?

Pues sí. Lo que pasa es que me da pudor. Entonces, si puedo hacer que alguien lo disfrute conmigo, digo, menos mal, me siento justificada.

¿Se siente nombrada si la defino como mujer trans?

Es que a mí las etiquetas solo me gustan en la ropa, para ver el precio. No. Yo soy yo, bonita.

Muchas mujeres trans esconden sus fotos de antes del cambio. ¿Por qué las tiene usted a la vista?

Porque ninguna de esas imágenes son una ficha policial mía. Ha sido mi pasado. Y en esas fotos yo veo a Benita con el pelo corto. No veo otra cosa.

A su edad, en sus circunstancias. ¿Necesitaba su transformación física?

Sí. Con el tiempo fue creciendo esa necesidad. Hubiera podido no hacerla y seguir viviendo así, pero estoy tan feliz de haberla hecho. Es un milagro.

¿Con sus penitencias? Dice que ha sido duro.

No es un camino de rosas ni muchísimo menos. Hay gente que piensa que te hormonas y eres una mujer: no, una mujer tienes que ser antes. No es que te hormonas y ya. Mira, en los ochenta, cuando yo era adolescente, había en los clubs un cuarto oscuro, donde se hacía lo que fuese. Yo, fíjate, nunca iba a eso, he sido muy complicada, porque reconocía en mí a una mujer y el sexo a ciegas era complicado. Pues, cuando empecé a hormonarme, mi médico me dijo que me metiera a un cuarto oscuro, y él, que es un experto maravilloso, me dijo que experimentara. Y es que no hay muchas mujeres mayores que se hayan empezado a hormonar a los 60. La mayoría llevan hormonándose muchísimos años. Y yo era nueva y mayor a la vez.

Eso es interesantísimo.

Entonces, yo entraba en el cuarto oscuro, figuradamente, e íbamos viendo cómo funcionaba. Hemos ido investigando a ciegas. Yo, en las operaciones, que han sido brutales, me hice el más difícil todavía. Cosas que se hacen en varias veces, me las hice de uno, y en la versión más ambiciosa. Me dijeron que me podía morir, pero yo dije: “adelante, si me muero, me moriré feliz”. Solo tenía miedo de dos cosas: de dejar solo a mi Toni, y de que gente como yo dijera que ellos no podrían hacérselo. Ahora me llama gente que lo daba todo por perdido a su edad, y para ellas soy una esperanza. Ahora, que la gente no piense que esto es ponerse tetas y ya está. Es muy, muy duro.

¿Qué es lo peor?

Las hormonas me dieron un vuelco emocional tremendo. De llorar, de enfadarme sin venir a cuento. De revolucionar mi interior de una manera terrible. Sobre todo, tenía muchísima sensibilidad. Mis amigas me decían: ahora ya sabes lo que tenemos nosotras. He descubierto quién soy y lo volvería a hacer. Pero empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el principio. Desde el momento en que vas al baño y tuve que mear sentada cuando antes tenía las dos opciones. Y, a partir de ahí, todo.

¿Qué opinas de esas feministas que dicen que mujeres como usted nos borran a las mujeres?

Me dan muchísima pena porque descubro que el peor enemigo de la mujer es la mujer. ¿Cuánta exposición de transexuales masculinos hay? Ninguna. ¿Quiénes estamos expuestas? Las féminas. De siempre. Me da mucho coraje.

¿Le ofenden las que dicen “es un puto tío” cuando se expone en redes?

Es que nadie inteligente me ha dicho eso. Como máximo, te llaman Manolo, como si no hubiera Josefas. No me ofende nada de nada. Si se lo dijeran a alguna criatura joven, que no tenga mi fuerza mental, pero yo vengo de vuelta. Al contrario, me da pena esa persona y su limitación mental. Yo he vivido en España cuando a una persona negra se la miraba como si fuera de otro mundo. O cuando se escondía a la gente con síndrome de Down, que se la escondía. Y mira ahora.

En la red X se muestra muy a favor del Gobierno y de su presidente. ¿Por qué se mete en esos ‘fregaos’?

Pues mira, porque lo que diga la gente de mí me trae sin cuidado. Tengo a mi madre siempre presente y recuerdo que cuando iba a votar nos decía: no cojáis papeletas del suelo que os lleva la policía. A su padre lo fusilaron sin juicio en una pared y para ella ir a votar era como ir de boda. Entonces, yo digo: tanto que se ha luchado por la libertad de opinión, yo no me voy a callar lo que opino.

¿Ha querido mucho en la vida?

Con locura, porque solo sé querer como las locas. Cada vez que me he echado una pareja, me enamoro para toda la vida. Luego, ya, dura lo que dura. Y he sufrido mucho por amor. Porque me han dejado, porque una pareja mía falleció, un amor, en plena adolescencia. Vivo permanentemente enamorada.

¿Le ha acompañado alguna pareja en su transición?

No he tenido nunca ninguna pareja que no fuera heterosexual. Y, en todos los casos, he sido su primera relación con una pareja de su sexo. Empecé la transición y rompí con mi pareja de entonces, pero esa pareja se enamoró de mí en una discoteca y, al principio, luchó mucho contra eso. Me dejó tres veces antes de tener una relación de bastantes años. Hay quien me ha preguntado que si me operaba por darle gusto a él después de tantos años y, fíjate, rompimos después de esa operación. No ha tenido absolutamente nada que ver. Lo he hecho por mí.

Estamos hablando donde echa las cartas del tarot. ¿Qué le diría a quien cree que es una estafa y un camelo?

Que esto es como la Iglesia, que crees en algo, lo veas o no, y pasan un cepillo. Esto es lo mismo. Un acto de fe. La gente que viene aquí es porque cree. Yo respeto a todo el mundo, a quien cree y a quien no. Con la diferencia de que esto está a puerta de calle. Cobro lo mismo que cobraba en 2018, cuando me hice conocida en un reality de televisión. Y a quien viene se le hace un tique de caja con su IVA y lo declaro todo. Y lo puedo demostrar a quien quiera.

¿Se ha operado en la sanidad pública?

No, por un tema de tiempo. La sanidad pública es el peor tesoro que nos pueden robar si la hacen privada. Tenemos una sanidad pública buenísima, pero yo no podía esperar, por un tema de edad y de tener tiempo para hacerlo. Pero hay cantidad de gente que no puede. Pero eso de que es gratuita no es cierto. La pagamos todos con los impuestos. No es gratis. Nada lo es.

BENITA HIJA

Benita Castejón (Madrid, 62 años) no tuvo ninguna duda cuando eligió nombre para su nuevo DNI con nombre y sexo de mujer en el Registro. Quiso llamarse Benita, como la madre que la parió y que la sacó adelante, a ella y a sus cuatro hermanos, en una chabola de las que aún quedaban barrios enteros en Madrid cuando ella era pequeña. Camarero, peluquero y transformista antes que tarotista, Benita alcanzó celebridad como polemista y vidente en un programa de televisión y, luego, como concursante de realities. Fue en 'Top chef' donde anunció a sus compañeros y a la audiencia, que había decidido emprender su transición de género hormonal y quirúrgica pasados los 60 años. Pudo morir, dice, pero volvería a hacerlo.