[Dossier Raúl del Pozo, con 20 artículos sobre el autor]
I
Muere Raúl del Pozo, el último bucardo del periodismo, después de mil vidas, en El País, Antonio Lucas, 10 marzo 2026:
El gran cronista político, escritor, periodista de pasión desbordada y dueño de una biografía extraordinaria muere a los 89 años en Madrid, la ciudad que fue su 'Samarcanda' y donde ha dejado huella en más de medio siglo de oficio
Ahora sí: llegó el momento del gran disgusto. La felicitación de Año Nuevo que durante décadas dispensaba Manuel Vicent a Raúl del Pozo auguraba el zarpazo. Cada 1 de enero, más o menos a las diez de la mañana, Vicent descolgaba el teléfono, marcaba el número de Raúl (son vecinos de calle) y cuando éste daba saludo, aquel le dispensaba la canción de corrido: "Buenos días, Raúl. De este año no pasa. Uno de los dos palma. Se acerca el momento del gran disgusto". Del Pozo, propietario de una superstición bien cebada, siempre tiraba de la misma defensa: "No me jodas, Manolo, que vamos a vivir hasta los 100. Además, si tienes prisa desaparece tú primero. Yo te guardo el sitio". Raúl del Pozo ha muerto a los 89 años. Nació el día de Navidad de 1936 en La Torre, junto a Mariana, áspera serranía de Cuenca. A los cinco años acudió por primera vez a la escuela y para llegar recorría caminos y sendas escuchando el agua del río, usurpando nidos, cazando pájaros con criba en los nevazos, espiando maquis, saludando con reserva a la Guardia Civil caminera.
La Capilla Ardiente de Raúl del Pozo tendrá lugar desde las 09:30 hasta las 16:00 horas de este miércoles, 11 de marzo, en la Plaza de la Villa de Madrid.
Aquel arrapiezo quedó pronto huérfano de madre y del padre lo aprendió casi todo: a sacar la mejor pieza de los melonares, a enganchar las truchas gordas en los remolinos de la corriente, a leer los cagarruteros de los conejos y a curtir las pieles para sacar unos duros. Raúl del Pozo comenzó su alborotada biografía en el campo. Después espigó en las fiestas de los pueblos -"Buenas tardes, señorita, ¿me dice su nombre para pedirle un baile?" ... "¿Ya quiere usted mi nombre? Muy rápido va, caballero"-. También en la biblioteca municipal descubrió a Shakespeare y a Quevedo y a Espronceda y a Pío Baroja y a Valle-Inclán. Con la cabeza volada de lecturas en desorden aprendió a chocar las palabras y hacer con ellas alguna fogata. Durante un par de temporadas, después de unos cursos de magisterio (quizá inventados), se ocupó de maestro rural. Entre los alumnos tuvo a Félix Sanz Roldán, hijo de picoleto. Cuando décadas después se reencontraron, aquel chico aplicado era Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD). A Raúl le han ocurrido cosas tremendas cabalgando en todas direcciones. De milagro no ha estado en la cárcel ni se ha muerto antes. Alguien dijo que para contar lo que de él se conoce, lo que oculta por cortesía, lo que se le asigna como propio y lo que nadie puede imaginar, hacen falta tres o cuatro biografías juntas.
Echó el cierre a la carrera docente y se fue al periodismo. En 1960 ingresó en el Diario de Cuenca un poco a lo que cayese. Despuntaba en las crónicas y en ese tiempo armó una primera novela garduña, Hay gorriones en la tumba de Judas, Imprenta Falange (Cuenca). Era 1961. Empieza así: "Esta es una historia de pájaros, de niños y de vagabundos. Una historia que sabe a vino tinto, a piojos de mendigo, a ovejas y a Dios". Escrita con ingenuidad, rabia y amor de campesino, y un poco de poesía de romero. La novela quedó ahí, casi nadie la conoce tampoco ahora. En esas páginas está el Raúl del agro, intuitivo, pícaro, aún levemente sentimental. Al siguiente año se instaló en Barcelona sin saber muy bien porqué. Tardó en llegar dos días desde Cuenca, ganándose el sitio en camiones asaltados con el pulgar tieso del autoestop. Por todo patrimonio tenía 600 pesetas. Alquiló un cuarto en la pensión más camastrona del Raval. Bajó de noche a las Ramblas a olfatear con el hocico en alto como los coyotes y entendió que primero convenía vivir y después ya veremos. Comía de lo que hurtaba. Colaboró en el trile a los guiris. Formaba parte de una peña desarrapada con más hambre que él. Permaneció fiel al territorio, sin cruzar el check point de la Plaza de Cataluña. "De ahí no pasé. No tenía necesidad. La vida estaba en el puerto y en el Barrio Chino. Al menos, la vida que a mí me importaba".
En esos meses sofisticó las mañas del póquer y lo que daba de sí una buena mano. Desplumó a marines de la Sexta Flota y probó la pelea a navaja. Era un Jean Genet sin algarabía de chaperos, aunque salteador de suertes por los mismos callejones. Aquel Raúl borró todas las huellas que dejó a su paso y sólo alguna vez, si la nostalgia le pillaba con el ánimo blando, dejaba a su manera tres o cuatro datos mal resueltos de aquella vida emulsionada entre canutos, vino malo, tascas fuertes, amantes de paso y la púa sucesiva en las inmundas pensiones.
A hombros de amigos leales
Raúl del Pozo estaba aprendiendo a escribir sin manchar un folio. Pringaba de golfo a jornada completa, pero leyendo cuanto podía en ejemplares que levantaba en las librerías con puestos de calle. Leía también periódicos olvidados y en algún ejemplar deshecho descubrió un artículo de César González-Ruano, el que sea. Aquella fascinación primera lo llenó de prisa por empezar de nuevo. De un día para otro, sin dar aviso a nadie, dejó Barcelona. A Madrid bajó en 1964 en la parte de atrás de una Vespa, después de pie en un tren correo y ya casi en Madrid alojado en el coche de una pareja belga rarísima: "Dos tíos muy siniestros que podían ser obispos, espías o proxenetas de los que entierran cadáveres en los jardines". Y comenzó la fiesta.
Ligero de equipaje negoció una habitación con derecho a cocina en alguna de las pensiones de la calle de Jacometrezo y salió disparado al Café Gijón, pues todo empezaba alrededor de sus veladores para quien venía a hacerse un sitio en el periodismo y en la literatura. O en la literatura del periodismo. O en lo que sea, pero escribiendo. Aquel primer Raúl a la caza de Madrid era rápido como la sangre. Comprendió que había que hacerse con una silla en el Gijón. Allí paró una tarde de invierno de 1964, se acodó en la barra, escuchó el bullebulle de las tertulias, reconoció a Cela oficiando a lo lejos, a Gerardo Diego con los párpados echados, a Buero Vallejo quieto y cerúleo, al Umbral de antes de Umbral, a Manuel Vicent a punto de estrenarse con Pascua y naranjas. Raúl acampó entre el Gijón y el Teide hasta que apareció César González-Ruano, que iba de mañana a escribir sujetándose la mano (o sujetándose el temblor) y a quien el cerillero le preparaba el escritorio y el motorista le recogía la pieza. "Ver a González-Ruano allí, tísico, fumando, el bigotito perverso, concentrado en el artículo y ajeno al mundo fue mi primer éxtasis. Ya no quise salir más de Madrid. Salir de Madrid es un error. De Madrid sólo salen los que no han logrado nada". Eso decía hasta el final. Con González-Ruano intercambió palabras algunas mañanas. Estuvo en su entierro y al salir del cementerio soltó otra de esas frases que Raúl extrae de cualquier fondo del cuerpo: "Fui con Umbral y al dejar el cementerio le dije que no lo volveríamos a pasar tan bien hasta el entierro de Azorín". Umbral le consiguió el primer trabajo en Eurofoto. También el primer abrigo bueno. Y quizá la primera novia urbana. Raúl empezaba a ser Raúl.
Pero el salto principal sucedió de otra manera. José María García ('Butano' le llamaba, como a un hermano grande) frecuentaba también el Gijón, donde el guionista Perico Beltrán pinchaba penicilina en el retrete a los poetas sifilíticos dos días por semana. García, el más leal de sus compadres, era firma primera del diario Pueblo y Raúl quería entrar en aquel casino turbio. Cómo hacerlo. García le dio una clave flaubertiana: "Ofrece una buena historia". Al día siguiente se presentó en la redacción de la calle de las Huertas y dijo al redactor jefe que quería escribir. Tenía la posibilidad de bajar a las alcantarillas de Madrid con unos poceros de Cuenca amigos suyos. De aquel subsuelo extrajo su primer reportaje: Madrid, amenazada por las ratas. Las imágenes son de un fotógrafo cojo. En aquella redacción estuvo casi 10 años protegido por el falangista Emilio Romero. Raúl, a la contra, ya era compañero de viaje de los comunistas de Madrid.
Perfeccionó en Pueblo la técnica del póquer. Tenía un talento montés, una poética desgarrada, un tremendismo serrano cubierto de matojos. Acumuló una fascinación por todas las esferas sociales. Igual duquesas que burlangas. Raúl del Pozo se hizo un prestigio y una primera punta de leyenda cimarrona en aquel Madrid golfo del franquismo. Era un periodista osado (con la valentía de los hipocondríacos y los supersticiosos cuando se desatan), también personaje literario y sugerente. Con Paco Rabal forjó una de las duplas incombustibles de la madrugada. Al final, muy al final de la vida, validó por fin ante un grupo de amigos más jóvenes una de las mejores historias de las cientos de aventuras que lo adornan. Esta es: Rabal y Cayetana Fitz-James Stuart, Duquesa de Alba, se enredaron durante unos meses. Entonces ella ofrecía unas fiestas tremendas en el Palacio de Liria y Rabal invitó a Raúl. Guapo de verde luna y ya con nombre propio en la ciudad, tuvo esa noche con la duquesa su aventura. Al salir de palacio casi de mañana, sin dormir, galopó hasta una cabina de la calle Princesa, llamó al único bar de su aldea, el locutorio del pueblo. Pidió que despertaran a su padre, una conferencia, rápido, ya, venga. El tabernero salió a los gritos por las calles de chinarro, el padre bajó en pijama con angustia porque a esas horas cualquier despertar abrupto suele traer noticia de lo peor, y al llegar al teléfono de baquelita gritó: "¡Raúl, hijo mío, qué sucede, qué te pasa!". Y aquí lo sublime. "Papá, nada malo, sólo quería decirte que he pasado la noche con la Duquesa de Alba en su palacio". Un silencio. Y de golpe una respuesta gloriosa: "¡Eso es triunfar en Madrid, Raulito!".
Emilio Romero, director de Pueblo, le nombró corresponsal y lo paseó por el mundo. Viajó a Cabo Cañaveral para cubrir el despegue del Apolo 11 -19 de julio de 1969- y dar cuenta de los primeros hombres que pisaron la Luna. "Estuve tomando unas cervezas en un puesto que había allí y acabé tan borracho que cuando aquello despegó yo estaba meando de espaldas al espectáculo, así que no me enteré de nada. Le pregunté al fotógrafo dónde estaba el cohete y me dijo: 'Debe estar ya en la Luna, gilipollas. Hemos hecho miles de kilómetros para que lo escribas y te has dedicado a beber cerveza como si estuvieses en Casa Manolo'". La crónica salió formidable. [Ya estaba casado con la italiana Natalia Ferraccioli: "Tres mujeres han configurado mi vida: mi madre, mi hermana y Natalia". Lo decía mucho ya de viudo]. También pasó un tiempo en París, donde hizo su primer trío y en el café Le Dôme, en Montparnasse, se sentó junto a Sartre y Simone de Beauvoir y brindó con Richard Burton y Peter O'Toole (Raúl no es mitómano, pero le gusta la contemplación de estrellas).
Después se instaló en Londres y conoció al Joaquín Sabina que daba conciertos en el Mexicano-Taberna, donde también cantaba rancheras la periodista Nativel Preciado. Y el 25 de abril de 1974, cuando la Revolución de los Claveles, saltó a Portugal para dar cuenta de la historia y se hinchó a ginjinhas con los soldados rebeldes y con el hoy mítico corresponsal español en Lisboa, Ramón Font. Para entonces colaboraba en secreto con Mundo Obrero (periódico oficial del PCE). Porque Raúl del Pozo fue comunista un tiempo largo y nunca aceptó hablar mal de los camaradas, aunque no escondía la falta de sintonía con Santiago Carrillo, al que en la sobremesa de un almuerzo en el Hotel Palace, junto a Manuel Vicent, Javier Solana y Víctor Márquez Reviriego, lo desafió a duelo. El pope comunista quiso ajustarle una cuenta pendiente delante de los demás comensales: "Raulito siempre está del lado de los que mandan", le dijo. Raúl, que al agravio respondía con un mítico retardo de minutos, analizó en silencio la frase y cuando nadie esperaba ya respuesta soltó a destajo: "Santiago, me cago en tu puta madre. Y además tienes cara de nueve largo". Esto era ya 1983. Tres años antes publicó un libro por el que Manuel Benítez, El Cordobés, le juró venganza: Un ataúd de terciopelo, biografía arbitraria del torero donde cuenta, entre otros disparates, la mañana en que subió con él a la avioneta que el diestro había comprado e hicieron juntos pasadas en vuelo bajo por la Mezquita de Córdoba mientras se fumaban un canuto de hachís.
Raúl pasó una Transición formidable de cronista parlamentario. Había dejado Pueblo (cerró en 1984) y después de Mundo Obrero se instaló en Interviú donde escribía opinión, reportajes y entrevistas. En el Café Gijón era ya un clásico de la Tertulia de los Cómicos, junto a Vicent, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna, el juez Clemente Auger, José Luis Coll, José Manuel Cervino, Jesús Chamorro y el pintor Pepe Díaz, entre otros. Conocía las timbas ilegales de mejor pedigrí, las de apuestas fuertes de Chirivito y Omaha, donde reinaba Cabezón de Elche, al que Raúl del Pozo admiraba como a Shakespeare. En este tiempo era ya una de las firmas del mejor periodismo. Una figura estelar. Mantenía la costumbre de golfear y empezó a colaborar en radio con Luis del Olmo, y en algunas televisiones. También hizo textos para el Loco de la Colina. Pasó por El Independiente, donde lo nombraron subdirector unas cuantas semanas. Sus crónicas parlamentarias eran un hecho literario disfrazado de cuchillo, con argot propio y arrojo fuerte. A Raúl le incomodaba hablar de lo suyo. Pero quien más quien menos quería saber quién era, algo dificilísimo. Algunas de las mejores crónicas del proceso de reinstauración de la democracia son suyas. Tomando sus artículos desde el referéndum de la Constitución hasta las últimas columnas en EL MUNDO es posible armar una línea de puntos con la que explicar el proceso democrático de España, los vaivenes, los sobresaltos, los momentos de plenitud y todas las vías de agua de la corrupción. Raúl ha escrito como pocos los últimos 50 años de este país.
En 1991 aterrizó en este periódico fichado por Pedro J. Ramírez. En la página 7 desovó durante años sus columnas, La grada de los leones -así tituló aquella mercancía-. Fue uno de los mejores vademécums del cronismo parlamentario. En los últimos años a veces desplegaba alguna nostalgia de los días feroces del último tramo de los gobiernos de Felipe González y la primera legislatura de Aznar. "Nos pusieron el sobrenombre de Sindicato del Crimen a un puñado de periodistas. Eran tiempos terribles. El Grupo Prisa nos quería arrasar. A mí en El País me odian, me tienen vetado", decía. "Ahora todo aquello me parece una gilipollez. Nos desgastamos para nada, cuando en verdad todos fuimos el mismo hijo de puta, ellos y nosotros".
En los 90 regresó a la literatura con una primera novela negra, Noche de tahúres (1994). Y vendió muchísimo. Recogía las madrugadas perdidas en las timbas de póquer ilegales de Madrid. Un año después, La novia (1995). Y al poco, Los reyes de la ciudad (1996). Tres novelas en tres años. También No es elegante matar a una mujer descalza (1999), con arreglo a las normas y los modelos de lo policíaco, todos previsibles en su imprevisibilidad. La sagacísima agente literaria Carmen Balcells lo fichó para su agencia y lo hizo de oro. Acumularon una amistad singular por la que Raúl llegó a delinquir dulcemente por ella. Estaba Balcells alojada en la clínica Buchinger de Marbella para someterse a un estricto plan de adelgazamiento, allí comía calditos y hojas de lechuga. Uno de los días en que Del Pozo fue a visitarla Balcells lo desafió: "Si me quisieras, mañana vendrías a verme con un bocadillo de jamón". Consideró que no podía fallar a su comadre. Llenó una barra de pan con lascas formidables de 5J y escondido en una bolsa de Gucci pasó la mercancía de contrabando a la clínica. Lo pillaron y después de amonestarle tuvo la entrada prohibida a las instalaciones. "Cómo no iba a hacer algo así por mi amiga Carmen". En la carcajada breve mostraba reluciente la encía.
Su generosidad era imbatible. Tampoco escondía el interés por José María Aznar, a quien defendía con más empeño que fe; cuajó amistad con José Luis Rodríguez Zapatero después de un libro de reunión de artículos, A Bambi no le gustan los miércoles (2003), que presentó en Casa Patas (otro de sus templos en Madrid) y donde diseccionó a Zapatero con una gracia rocambolesca. Decía que Casa Patas fue uno de sus refugios, pero aún más tuvo por segunda residencia el Casino de Torrelodones. Una tarde de sábado, con la pandemia segando gente, confesó que había perdido 3.000 euros a la ruleta en media hora. "La culpa es mía", llegó a reconocer... "A quién se le ocurre apostar en la misma mesa en la que tiraban fichas dos chinos, con lo gafes que son". En madrugadas legendarias de los años 70 compartió vicio con Lola Flores en ese mismo lugar. "Cuando nos quedábamos sin un chavo, Lola hacía uno de sus shows en las escaleras de entrada. Decía gritando: '¡Quién me lleva a mi casa, que he tenío una racha mu mala. No tengo un duro, pero voy a ir cantando toda la carrera!'. Los taxistas se peleaban por que entrase en su coche. Así que nos subíamos juntos, se ponía a cantar, me dejaba en Plaza de Castilla y ella continuaba hasta El Lerele, en La Moraleja". Un par de décadas más tarde, Raúl del Pozo fue subdirector junto a Javier Rioyo de un programa indomable que presentaba Lola Flores con su hija Lolita, Sabor a Lolas, donde lo pasó tan bien que no recuerda haber trabajado.
Lo normal es que hubiese muerto varias veces en su loca biografía, pero hasta los 89 años ha preservado la elegancia, la agilidad y el instinto de labriego. Las camisas rosas le quedaban fetén porque le resaltaban el moreno de serie que le crecía en las mañanas de golf. También fue a bordo de un Jaguar negro con los asientos de piel color crema y junto a un chófer gigante al que quiso mucho. Tenía devoción por Carmen Rigalt, las Palomas Segrelles y Chon Gómez-Monche. Reconocía a tres o cuatro maestros, un Guadarrama de amigos, una cordillera de amantes y nunca ocultó el fervor por Camilo José Cela.
Al Gijón dejó de acudir a finales de los años 90, cuando se disolvieron las tertulias legendarias según fueron sucediéndose las tardes de tanatorio de los concurrentes. "Al Gijón no puedo ir porque me entristece. Aquel café que fue mi vida es hoy una morgue. En los espejos del fondo, cuando entro, se me aparecen demasiados fantasmas". Entonces dio un volantazo grande y comenzó a despachar en el Mesón Lucio echando de comer a periodistas entonces veinteañeros. A la sombra de Raúl, cuando todavía fumaba Chesterfield, se conjugaban alevines fascinados, como el hoy corresponsal de guerra Alberto Rojas y otros cuantos, también algún expresidiario. Raúl ejercía un magisterio de hombre desentendido del dinero que jamás daba consejos. Llevaba fajos de billetes arrugados, nunca tarjeta de crédito. Y si esa mañana había tenido fortuna en alguna ruleta pedía Moët Chandon. A la salida de los restaurantes siempre ejerció el mismo ritual: parar los taxis deslizando la mano en el aire dibujando un derechazo.
Aquel grupo, improvisado, vitalísimo y adolescente se fue ensanchando y durante 10 o 12 años, a su alrededor, se conformó una tribu destartalada y festiva que aparcaba diferencias y querencias para estar junto a Raúl: Arturo Pérez-Reverte, David Gistau, Manuel Jabois, Eduardo Galán... Una noche de varios vinos, sin más razón que continuar festejando, se constituyó el Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo, sin dotación económica pero con una fuerte escudería de ganadoras y ganadores: Manuel Vicent, Enric González, Sol Gallego Díaz, Carlos Alsina, Lucía Méndez, Esther Palomera, Ignacio Camacho, Sergio del Molino, Javier Cercas... "Qué barbaridad, no damos más que un diploma y un entrecot y nos sacan en todos los periódicos". Y se reía otra vez.
Al morir Gistau, por no caer en nostalgias, esos encuentros de amigos pasaron de Lucio a la Posada de la Villa, donde se sumaron al carnaval Álex de la Iglesia, Antonio García Ferreras, Juanma Lamet. Así ha sido hasta el final. Raúl no falló ni una noche. Una vez amagó con faltar porque se le había caído un diente, pero apareció mellado y silencioso. Solían ser los jueves y antes de llegar dejaba hecho el texto de Viva el vino, la sección de los viernes que despachó durante tantos años en el programa de Alsina, en Onda Cero. A la televisión había renunciado años antes. "En los platós ya no quieren viejos porque estorbamos".
En el siglo XXI se anticipó con la exclusiva de los Papeles de Bárcenas en su columna de EL MUNDO y reunió a Pedro J. Ramírez con el tesorero condenado del PP. "El cabrón de Pedro me ha robado la fuente. Qué listo es". Amaba el periodismo sobre todas las cosas. Fue supersticioso como los toreros y odiaba el halago como los budistas. Algunas noches, con dos oportos, se soltaba con alguna confesión inconfesable. Y uno de tantos ratos memorables fue cuando recordó el interrogatorio al que le sometió el falangista Emilio Romero para intentar que delatase a un compañero gay de la redacción de Pueblo. Fue reclamado en el despacho de dirección y allí Romero le insistió de 10 o 15 maneras distintas para que cantase. Con algo de inquietud por las posibles represalias de no desvelar al compañero, encontró un atajo genial para concluir el asedio: "Vamos a ver, director, yo no sé si hay homosexuales aquí, pero quién con dos copas de más no se ha tirado a un amigo".
Algunos días, a cubierto del calor por el ramaje del granado de su jardín, aún con Natalia y con la perrita blanca como una nube desconfiada, invitaba a un vino. Natalia Ferraccioli, italiana de raíces sicilianas, inteligente, culta, elegante, bella, discreta. Natalia Ferraccioli fue la mujer de Raúl del Pozo más de medio siglo. En los años terribles de la enfermedad, Raúl le apretó sin fin la mano. Cuando falleció el 17 de septiembre de 2018, Del Pozo escribió el artículo de toda una vida. Desde entonces le asedió un poco más la hipocondría, pero lo salvó el periodismo y la robusta orquesta íntima de la amistad. No había otra fiebre mejor para él. El móvil le sonaba con un ladrido de perro, ¿os acordáis? Aquel "¡guau guau!" que anunciaba la llamada de un ex presidente, de un compañero de viaje, de un rey destronado, de un poeta, de su psiquiatra de cabecera, del director del periódico. Y cómo colgaba, qué imprevisto en el adiós. Qué manera de dejarte con la última frase sin trapecio. Siempre con la última frase por decir. Raúl del Pozo ya no está. La muerte, infinito Raúl, no te querrá como te quiero yo.
II
Arturo Pérez Reverte, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Firmó mil veces en primera página, quemó tapetes de casinos, levantó señoras espectaculares. Hizo todo lo que a cualquier hombre le gustaría hacer, y todavía se atrevió a un poco más
Se lo bebió todo, se lo jugó todo, se lo folló todo. Fue muchacho de pueblo, pastor, noctámbulo, buscavidas, bohemio sin un céntimo en el bolsillo, pasó hambre antes de ponerse hasta las trancas de caviar, escribió novelas, reportajes y columnas deslumbrantes, firmó mil veces en primera página, quemó tapetes de casinos, levantó señoras espectaculares desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Hizo todo lo que a cualquier hombre le gustaría hacer, y todavía se atrevió a un poco más. Era guapo de joven y lo siguió siendo de mayor. Cierta madrugada, a poco de llegar a Madrid, salió de una casa señorial, fue a una cabina telefónica, llamó a su padre y le dijo: "Papá, acabo de estar en la cama con una duquesa", y su padre respondió: "Por fin has triunfado, hijo mío". Era lo que los italianos llaman un mattatore: capaz de poner a cualquiera de su parte con una sonrisa y aquellas frases perfectas que brotaban, con increíble naturalidad, de un talento capaz de definir situaciones y personajes con una belleza, hondura y precisión asombrosas. "Los franceses tienen el corazón a la izquierda y la billetera a la derecha", escribió una vez. Y durante una discusión en el bar del Palace con Santiago Carrillo, que era amigo suyo, Carrillo le dijo una inconveniencia y Raúl respondió: "Pues tú tienes cara del nueve largo".
Fue tan afortunado que hasta la vejez, el declinar de los años, lo trató con respeto. Los más brillantes periodistas jóvenes lo adoraban, y de eso soy testigo. Hace quince años, cenando en mi casa con algunos de ellos, Raúl me llevó aparte para decirme, satisfecho: "Me respetan, oye. No lo esperaba. Estos chicos magníficos me quieren y me respetan". Y así era. Tanto lo respetaban y lo querían, que aquellas cenas, primero en Lucio y luego en la Posada de la Villa o el café Varela, las convertimos en ritual continuo de amistad en torno a él: David Gistau, Antonio Lucas, Jabois, Edu Galán y Juanma Lamet, a los que se sumaron Antonio García Ferreras, Alex de la Iglesia y, sobre todo, su hermano de vida y sangre desde los años del diario Pueblo, José María García; un duro de verdad que estos días, en la despedida a su viejo camarada, llora como un chiquillo porque sabe que con Raúl se va un trozo enorme de su vida, sus mejores años y su memoria. Y, bueno. Entre todos, para darle sentido especial a nuestra amistad, creamos el premio Raúl del Pozo de Periodismo de Opinión ---Carlos Alsina siempre presume con toda razón de tenerlo---, cuya undécima edición, la de este año, correspondió a Javier Cercas.
Ya no está. Se ha ido como un caballero, sin molestar a nadie. Como siempre quiso irse. Firmando en primera página y por la puerta grande, a hombros de amigos leales, mujeres magníficas, camareros fieles, crupieres cómplices. Su última hazaña fue, ya con 88 años, rodear con un brazo galante la cintura de una bellísima doctora que acababa de hacerle un reconocimiento médico, decir tres o cuatro palabras de las que componía como nadie, y previo adecuado consentimiento besarla en los labios, haciéndola caer en el acto enamorada de él. En cuanto a los amigos, en la próxima cena brindaremos ante la silla vacía mientras entonamos en su honor la cancioncilla que musitaba a veces, cuando era feliz: "Por detrás / aseguran que duele / un poco más".
III
Zabala de la Serna, "Raúl y los toros", en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Raúl del Pozo, maestro del oficio y figura mayor del periodismo español, miró siempre al toreo sin pretender ser su cronista, sino su notario de guardia en las horas decisivas. Pasó por la plaza como pasaba por la vida: con la antena levantada, la lengua afilada y la lealtad exclusivamente comprometida con la verdad. Aquellos años sesenta le dieron marcha taurina.
Los coches de cuadrillas fueron su escuela. "El periodismo lo aprendí con Bojilla y con vosotros en los coches de cuadrillas», le dijo en la ya lejana sobremesa del Café Varela a José Luis Lozano. Lozano y el viejo Boji se sabían Madrid cuando todavía era un territorio donde la noche no perdonaba a nadie. Lozano lo acogió como se acoge a quien sabe mirar. Raúl nunca jugó a taurino: observaba, preguntaba, anotaba. Y después escribía desde fuera, que es donde se ve mejor el polvo de la historia.
Lozano pidió a Emilio Romero reporteros jóvenes para cubrir la Guerrilla de Manuel Benítez "El Cordobés" y Palomo Linares en el 69, y Romero envió al más vivo de su generación. Del Pozo no sabía de alamares ni de querencias, pero sabía de hombres. Y eso bastaba. "Yo no trincaba. Pero marcaba la diferencia". Sobre aquella época flotan titulares suyos que eran piedrecitas lanzadas a la charca, dejando onda y huella: "Y las cigüeñas doblaron el pico".
Si Del Pozo representaba la gloriosa época extinguida del oficio, Lozano era la Biblia del toreo. Ambos se amaban desde que cruzaban las noches golfas, la ciudad de los 50, cuando vieron a Ava meando de pie. Hablaban de la tertulia con Pepe Díaz y Manuel Vicent, del esplendor de los 60. En el coche de cuadrillas que iba de gache en gache se enseñaron los carnés, José Luis, Raúl, Benítez, los tres del 36.
El Cordobés lo deslumbró como fenómeno sociológico antes que como torero. Lo leyó con el mismo interés antropológico con que leía a España. De esa fascinación salió Un ataúd de terciopelo, libro sin red, escrito mano a mano con Diego Bardón, que todavía levanta polvo. Allí contó los vuelos rasantes del Beatle de la torería sobre la Mezquita de Córdoba, fumado de porros, creyéndose dueño del cielo y de la vida. La escena era tan explosiva que la amistad entre ambos salió volando por la ventanilla. Benítez nunca olvidó y Raúl jamás renunció a la verdad.
Al maestro que ponía cada día una columna en pie en la contra de este periódico con el talento y el peso sus 80 años a la espalda le pusimos a Julián López "El Juli" en suerte en el Varela, y bordó la entrevista más precisa jamás hecha a aquel niño prodigio que mandó 25 años en el toreo. Raúl lo saludó con el cachondeo que gustaba y gastaba -"Por la puerta de atrás siempre duele más"- y el otro maestro, el del toreo, se tiraba por el suelo de la risa, entre sorprendido y rendido por la coña inesperada.
Recuerdo la estampa de Raúl del Pozo, siempre tan guapo, recién coronado con la Medalla de Madrid, recreando ante su parroquia de fieles -Manso, Lamet, Galán, Lucas...- la frase que pronunció en su discurso de agradecimiento en Sol: "Salir de Madrid siempre es un error". Raúl ya ha salido. No sabía de toros, pero sabía de hombres. Y con eso bastaba para sentirlo uno de los nuestros.
Después de Natalia, yo lo veía esperándola, como lo imagino hoy, de su mano, eternamente jóvenes, guapísimos, recién enamorados.
IV
Federico Jiménez Losantos, "Raúl, en su cielo", en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Imagino cómo ha sido: Natalia, desde un fresco del Cinquecento, le ha tendido la mano, y él, como un Lawrence Olivier con traje de pana, al final de Cumbres Borrascosas, se la ha tomado y juntos se han adentrado en el cielo, en su cielo, que es el de la Sierra, con mayúscula, donde nacimos. Él era de la parte de Cuenca, como mi abuela, y yo de la de Teruel, pero habíamos vivido en las mismas alturas, habíamos despertado a la vida y a la literatura bajo el mismo cielo, y habíamos visto llegar la primavera en mayo, el mes de la Virgen y las flores. Por eso su novela sobre los maquis no olía a pólvora, sino a tomillo, a espliego, a romero. También nos unía el oficio de maestro: mi abuelo en Calahorra; mi madre, en Orihuela; y él, en Uclés. El general Sanz Roldán, con quien alguna vez comimos en la Cuesta de las Perdices, decía que como no pegaba a los niños y era muy buen maestro, no querían que se fuera, pero se fue. Su destino era irse y llegar a Natalia, de la que también se fue, pero a la que volvió cuando ella empezó a irse del todo. Nunca pensé que lo vería cuidarla de forma tan obsesiva, cuidadosa, algo culpable. Cuando cenábamos en casa de Conchita Campmany un risotto digno de Fray Angélico, que pintaba la Gloria de rodillas, el fraile era Raúl y Natalia el cielo. Esos años de lenta despedida, de operación en operación, fueron el soneto que nunca le hizo, convertido en cantar de gesta, en octava real.
Después de Natalia, yo lo veía esperándola, como lo imagino hoy, de su mano, eternamente jóvenes, guapísimos, recién enamorados. Por el cielo azul de la Sierra se llegarán un día al Monte del Tremedal, cumbre mágica sobre borrascosa; otro, a la Torre del Andador, en lo alto de las murallas de Albarracín; otro, a la iglesia de Molina de Aragón y su extraña veleta. Le gustaba mucho un poema que escribí volviendo a mi pueblo desde Tragacete y La Serna, sobre todo por el negral solitario, un pino romántico y atribulado, como él. Quedamos en hacer juntos ese viaje y pasar la noche en la majada del pastor, en Fuente García, el prado que es el verdadero nacimiento del Tajo. Él también había visto el cielo de estrellas infinitas alumbrando el croar de las ranas, felices en aquel belén del río más largo de la Península. Habíamos quedado, sí, en comer unas gachas dulces con el pastor y, ya de noche, contarnos junto al fuego historias de crímenes sin resolver. Al día siguiente, seguiríamos nuestro camino, por separado, pero juntos. Así sea.
VI
Sus despertares en el Palacio de Liria, Beatriz Miranda, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Sus artículos son pura literatura y frufrú pero también Historia de España, como el '¡Hola!' Conocí (en persona) a Raúl del Pozo hace diez años, en una cena en casa de Carmen Rigalt. Me encantaría presumir de que acabé de copas con él en algún garito cercano a la Gran Vía o que me dijo que le encantaba cómo escribía, pero no fue así. Me tocó sentada al lado de Rubalcaba y nos pegamos hablando toda la noche porque teníamos hasta familia en común. Me llamó la atención cómo Raúl estaba súper pendiente de su mujer, Natalia. Entonces ya estaba delicada y resultaba tierno verlos tan unidos después de tantos años. Yo estaba entonces recién casada y, visto el panorama de personalidades que tenía delante, no le hice ni caso a Urreiztieta. A esa cena también asistieron la mujer de Alfred (le llamaban así al líder de la oposición), Pilar Goya, Lucía Méndez y Manuel Jabois, que entonces escribía aquí y culminó la velada de manera desternillante tirándole fichas a Carmen, la bella mujer de David Jiménez, que cerraba el círculo de invitados.
Si estoy vinculada para siempre con Raúl es por Carmen Calamidad Rigalt, así se ha referido a ella en muchas de sus columnas. Eran tan íntimos en lo personal como Javi Cid y yo; en lo profesional ya hubiéramos querido parecernos, por mucho que algún verano les sustituyéramos en la contraportada como premio de final de curso.
Julio Valdeón, amigo y biógrafo, me ha desvelado episodios merecedores de portada de LOC. Como que su relación con la farándula viene de su afición al juego. Raúl compartió varias veces con Lola Flores autobús de vuelta a Madrid desde Torrelodones y que costeaba el casino a los desplumados. La dirigió en el programa Lola, Lolita, Lola, donde la ponía a debatir con Savater o Sádaba y el resultado era tan adictivo como delirante. Raúl había sido guionista de Jesús Quintero; con él compartió incluso amantes. Cuenta la leyenda que el segundo le arrebató al primero a Nadiuska y que cuando se vieron por primera vez tras la deslealtad, el Loco de la colina recibió al escritor a puerta gayola con una servilleta, lo que imposibilitó que se enfadaran jamás.
También hay otro rumor que afirma que Raúl se despertó muchas veces en el Palacio de Liria cuando la duquesa estaba casada con el cura rebotado. Nunca lo dejó por escrito, en eso era más discreto que Umbral. Tampoco abrió la boca sobre lo que pensaría al respecto Natalia, cero perfil consentidora, más bien lo contrario: independiente, curranta y al volante de su coche y de su vida. La esposa de Raúl trabajó años en la embajada de Italia, su país, y no le seguía ciega a cada destino. Tendrían sus códigos y siempre estuvo claro lo mucho que se querían.
Es muy divertido releer las crónicas marbellíes de Raúl, orgulloso golfista en la madurez, cuando era una firma más que consolidada y bien pagada y podía permitirse veranear en la Costa del Sol como un rico más. Nadie como él se reía de sí mismo al admitir que a esas alturas de su vida no se sentía culpable por cenar langosta en casa de Gunilla mientras los jornaleros del campo andaluz mascaban miseria. Como Rigalt, fue un gran azote de Gil y Gil. Pero, en su caso, también caricia. Esa relación la tuvo con muchos superpoderosos: Felipe González, ZP... Si se enfadaban, siempre estaban ahí sus amigos Pedro Trapote y José María Garía para salvarle los muebles. Aunque no bordó tanto a la jet como Rigaltísima, sus artículos sobre El arca de Fefé o las bragas de Tessa de Baviera deberían estudiarse en la facultad. Pura literatura y frufrú pero también Historia de España, como el ¡Hola!
VII
El único español que pasó de la aldea a la cama redonda, Juanma Lamet, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Raúl del Pozo decía las cosas que ya nadie dice. Escribía como vivía: a quemarropa, con un fraseo corto y relampagueante como de cante de fragua.
Si os preguntan quién fue Raúl del Pozo, contad que era el jefe de la tribu. Que decía las cosas que ya nadie dice. Que escribía a quemarropa, con dos deditos, frases cortas y relampagueantes, como de cante de fragua gitana. Que estampaba cada día en la contraportada del periódico el mejor castellano del mundo, como le dijo Dámaso Alonso una vez que se lo encontró por Cuenca. Recordad que no se daba pisto. Que con 89 años seguía llamando cada día a las fuentes. Que para él la prensa era "la luz de la libertad", y firmar en portada, "tocar el cielo con los dedos". Repetid su historia extraordinaria, la del periodista que vivió la vida como Lope y la escribió como Quevedo.
Contad que fue hijo de la España verdi-marrón y fría de las sierras de Cuenca, donde la Guardia Civil pasaba más hambre que los maquis y los niños jugaban a las guerrillas a pedrada limpia y pescaban cangrejos entre los matojos del río Cambrón. Nació en una central eléctrica de Mariana el día de Navidad de 1936, en plena guerra. "El mismo día que Cristo y Ava Gardner", presumía. A la diva de Hollywood, el animal más bello del mundo, la vio mear una noche en un alcorque junto a la puerta del Café Oliver de Adolfo Marsillach, y se quedó boquiabierto, maravillado. Muchos años después, él orinó en la tapia de la RAE, como Alberti.
Raúl, que gastaba porte de Robin Hood golfo y nocherniego, fue maestro de escuela en Uclés y luego se abrió camino en el despertar antifranquista. Exprimió las madrugadas del aperturismo -y más allá- con Paco Rabal, su compinche en aquel Madrid inacabable. Hizo del diario Pueblo un nido de butroneros de la noticia con su hermano del alma, José María García, que es el que más lo ha querido y el que más lo ha cuidado de todos nosotros. Raulito, como lo llamaba Butano, vivió de cerca la Transición, el ocaso del felipismo, la Gürtel, todo lo de Bárcenas -suya fue la primicia- y la política imposible de ahora.
Se hizo amigo de Zapatero, al que bautizó como Bambi, y de Aznar, "una anguila con bigote". Redactó discursos para Suárez en el CDS (vio llegar "cajas de dinero" de García Cerecedo) y escribió guiones para Jesús Quintero y para Lola Flores, su camarada burlanga, que se camelaba a los taxistas para volver gratis de Torrelodones, desplumados ya los dos, en las noches de tahúres y ruleta que les gafaba algún necio vestido de amarillo.
Amaneció mil veces a orillas del Guadalquivir de las estrellas con José Antonio Gómez Marín y con el Loco, entre los ladridos por soleares del Beni, y luego contó como nadie, junto a Carmen Rigalt, la Marbella bling-bling y disparatada de la jet set de los noventa.
Contad que la palabra fue la fuente de su eterna juventud. Desde su primer reportaje persiguiendo ratas en las cloacas de Madrid hasta que se mudó a la contraportada de EL MUNDO al morir Umbral. Desde su primera novela, Hay gorriones en la tumba de Judas (1961), que corta el aliento con su prosa violenta y castiza, hasta su último libro: Cuenca, la primera Manhattan (2024).
Si estos días os preguntan por Raúl, decid que no miró nunca atrás, que desconfiaba del elogio como los budistas -esto lo escribió Antonio Lucas, que es uno más de la familia-, que fue el mayor hipocondriaco de España y que su mala salud de hierro hasta aquí llegó. Que no es poco. Que fue comunista, que pisó las moquetas del poder y que plantó su pica en los palacios de la Villa. Que lo metieron en el Sindicato del crimen por abjurar de la corrupción del PSOE y que todos sus amigos de Prisa le dejaron de hablar menos Manuel Vicent, que hereda ahora el cargo de hermano mayor de la sagrada cofradía de la columna.
Contad que con Raúl ha muerto el último eslabón de la estirpe de Cela, que lo quería como a un hijo. Y que dejó de ir al Café Gijón -donde fue feliz con los cómicos que pedían por favor que les cambiaran las cucarachas de la paella por alguna gamba- porque al entrar ya sólo veía fantasmas. Que bebió el vino de las tabernas y renegó de los «pedantones al paño», como Machado. Que revivió con nosotros, de la mano de Edu Galán, los esplendores de la tertulia en el Café Varela de Melquiades, donde hay una placa suya. Que idolatraba a Pérez-Reverte, y le decía, señalándonos: "¿Te das cuenta, Arturo? ¡Son jóvenes y nos quieren!". Y que llamaba tres o cuatro veces por semana a los íntimos: "¿Cuándo nos vemos? Que sepas que te quiero". Y colgaba de golpe, como sólo él colgaba -bien lo sabe Alsina-. Como si fuera un walkie-talkie.
Pero si sólo os da tiempo a decir una cosa de Raúl, contad que fue el único español que pasó de la aldea a la cama redonda de un día para otro. Un sábado cazaba gorriones con criba en los nevazos del Campichuelo y un domingo aterrizaba en el París de las luces y el amor libre. Un día iba en bici al baile del pueblo de al lado, donde cada mocita llevaba a su madre colgada del brazo, en plan guardaespaldas, y él sacaba a una a bailar:
- ¿Cómo se llama, señorita?
- ¡Muy deprisa va usted!
Y al día siguiente volaba a París sin entender una palabra de francés. Para conocer gente y poder sobrevivir, entraba a un bar cualquiera y gritaba "¡sois todos unos hijos de la gran puta!", a ver quién contestaba. Y cuando uno se levantaba para ciscarse en todo su árbol genealógico en perfecto castellano, a ése iba y lo abrazaba como a un paisano: "¡Amigo mío!". Así conoció a un argentino que quería ser torero y que lo acogió en su piso. Raúl colgaba la ropa interior y los calcetines en su radiador porque no tenía mudas de repuesto, y el torerillo le decía "¡Raúl! Hoy, a las seis, partouze".
- ¿Y eso qué es?
- ¡Cama redonda, boludo!
"Y siempre había por allí uno que te cogía el miembro", se reía Raúl cuando lo recordaba. Es una de las pocas aventuras que realmente le encantaba compartir. Casi todas las demás no nos deja contarlas. Y ahí se quedarán, en off.
No digáis que Raúl ligó lo que no está escrito, porque él lo negará hasta en la tumba. Aunque, ahora que ya ha prescrito, sí que os diré que un día desembuchó, mitad de broma, mitad en serio, su epitafio literario definitivo: "Si yo no hubiese follado tanto, sería Premio Nobel". Y se rio con esa sonrisa suya que, según Rabal, te hacía bajar la guardia y contarle siempre más de la cuenta.
En realidad, Raúl odiaba su propia leyenda, bien ganada hasta que llegó Natalia Ferraccioli y puso su vida vuelta arriba y en orden. Ella era su cable a tierra. Antes de conocerla, dice Ulises Culebro que lo de poner mirando a Cuenca se inventó por él. Y la Petri, de la que todos estaban enamorados en Uclés como de la Gradisca en Amarcord, aún suspiraba estos últimos años por sus huesos y le preguntaba al general Félix Sanz Roldán, que también había sido alumno suyo: "¿Y a don Raúl lo ves de vez en cuando?". Así de guapo era.
A Raúl, todo este lío de la muerte le pillaba muy a trasmano. Le entraban las duquelas de los gitanos jondos cada vez que alguien mencionaba el fallecimiento de un conocido. Se levantaba de la mesa y decía "señores, yo es que me tengo que ir". Y se iba de verdad si no cambiabas de tema.
Aunque a veces también escanciaba unas gotitas de azufre: "Lo bueno de hacerte viejo es que te quedas sin enemigos". Y se reía. Pero eso era todo lo que hablaba sobre el tema. Lagarto, lagarto.
Y ahora míranos, Raúl, todos tus amigos erre que erre con el mal bajío, hablando y hablando de la muerte. Más pendientes de si va a haber gorriones en tu tumba que de brindar con vino antes de que con nuestra tierra haga un jarro el alfarero...
VIII
"Raúl, en la hora del adiós", por Carmen Rigalt, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Hoy me despido de Raúl del Pozo, el amigo al que guardé fidelidad durante 30 años.
Es la hora del adiós. Hoy me despido de Raúl del Pozo, el amigo al que guardé fidelidad durante 30 años. Más o menos desde que Natalia Ferraccioli, una italiana que recorría Madrid en descapotable, un día se cruzó con él en la Costa Fleming, tal como la bautizó Raúl en uno de sus artículos. Allí estaba el putiferio en la zona norte de Madrid. El nombre, como digo, se lo puso mi amigo, dueño de la noche y el tapeo. Raúl era de Cuenca, pero se hizo pronto a Madrid, donde alternaba con toreros, marquesas y (resumiendo) gente de mal vivir. Muchos de ellos se juntaban en el Café Gijón, especialmente, los periodistas del diario Pueblo, a quienes Paco Umbral elevaría luego a los altares del desmadre en un libro titulado El Giocondo. Umbral repartió caña por doquier, siendo los más afectados los reporteros de aquel periódico, que no eran precisamente santos. Al contrario: se hacían pasar por reyes del mambo y no había quien les tosiera.
Natalia Ferraccioli no jugaba en esas ligas. Convertida ya en novia de nuestro protagonista, era una mujer elegante y suave, viajera y aficionada a las antigüedades y a los moños clásicos. Usaba túnicas para ir de fiesta y jamás pisaba la playa. No iba a la moda. Parecía una virgen de marfil. Amaba profundamente a los animales y le gustaba ir de compras al Rastro. De su rostro, lo que más llamaba la atención era la dulcísima sonrisa que con que nos obsequiaba. Raúl solía presumir de la belleza de su mujer: ¿Habéis visto que guapa es Natalia?, decía orgulloso, reclamando la atención de los invitados. No hace falta añadir que, en semejantes trances, Natalia se ponía roja como un tomate.
Se casaron en Cuenca. Ella de blanco nuclear y él con un sencillo traje. Las fotos muestran a la pareja en el campo, tal vez dirigiéndose a la iglesia. No descienden de ningún coche ni se ven invitados y tampoco familiares. Están los dos solos en un entorno campestre, como ellos querían. Creo que no fueron de viaje de novios, pues a Raúl le gustaban poco los viajes, aunque a partir de aquel momento comenzó un largo viaje por corresponsalías: Reino Unido, Moscú, Argentina, Bolivia, y así sucesivamente, hasta acabar de nuevo en Madrid, donde ya echó el ancla. A partir de entonces, pocas veces subió a un avión. Lo sabe muy bien su íntimo amigo, el psiquiatra Néstor Szermann, compañero en el golf y en los veranos de Marbella.
Yo había empezado a formar parte de sus amistades más cercanas, y no solo de la profesión. Algunos veranos incluso hicimos parada y fonda en otros enclaves del Mediterráneo como Mikonos, Djerba, Creta, etc. Fueron vacaciones memorables, aunque a veces no nos movímos del hotel. Íbamos los cuatro: Raúl, Natalia, Antonio y yo. Nosotras éramos más movedizas y hacíamos turismo por las islas, pero Raúl y Antonio se quedaban jugando al ajedrez, y de vuelta al hotel los encontrábamos de morros (cosa rara) porque se habían comido las respectivas reinas y no se dirigían la palabra.
Otro día, en uno de esos accesos poéticos, Raúl, con los pies en la orilla del mar, se entregaba, brazo en alto, a invocar a Robert Graves y el mito del vellocino de oro. Los guiris lo miraban con los ojos a cuadros. No me extraña. Raúl tenía debilidad por los griegos. También por los romanos, aunque los romanos eran otra cosa. Grecia fue el paraíso para muchos anglosajones. Pero Robert Graves nació en Wimbledon y no era tenista. Luego se afincó en Deyá (Mallorca) expresando así su primera muestra de amor con las Baleares. Tras Robert Graves, muchos han sido los ingleses que se han afincado en el Mediterráneo. Lamento no haber conocido Corfú, una isla verde que atrae a todos los turistas. Menos mal que a cambio vi una serie cinematográfica sobre la vida de los Durrell que me puso al día.
Una mañana, Raúl y Antonio fueron a darse un baño y, sobre todo, a tomar el sol. Eligieron un rincón discreto junto a las rocas y se bajaron el bañador. Allí, acariciados por el frescor de las rocas húmedas entraron en un sopor amable hasta que, de pronto, les despertaron unos ruidos y asustados, y corrieron a recolocarse el bañador. Buscaron entonces un lugar más alejado y tomar el sol por turnos. Primero se bajaba Raúl el bañador y Antonio vigilaba. Luego al revés: Antonio ponía el culo al sol y Raúl controlaba. La anécdota dio mucho de sí. Todavía nos estamos riendo.
Reconozco que Raúl es mi mejor despertador. Durante años me ha llamado todas las mañanas. Un lujo.
IX
"Salir a comer con Raúl del Pozo", por Emilia Landaluce, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Con él fui a muchos sitios. En Lucio nos sentaban en la mesa del Rey, la que está en la primera planta y esquinada.
Con Raúl no se comía. Con Raúl se salía a comer. Es importante la diferencia en estos tiempos en los que se va a restaurantes mal vestidos y sin duchar después del gimnasio. Raúl siempre llegaba refulgente y guapo, donoso. No había otro que fuera tan bien.
También la última vez que lo vi, en casa de una amiga y rodeado de gente importante. Se tomó un par de copas de Tío Pepe y luego se dedicó a zascandilear entre damas ricas, que le miraban golosas como a un pastel de nata. Supongo que era por ese pelo blanco, como de oso copo de nieve, que pudo lucir hasta el final. Nunca olió a anciano: siempre iba bien perfumado, como cuando se lo disputaban Lola Flores y la duquesa de Alba. Digo esas por no decir otros cuantos nombres que se me vienen a la cabeza. Y luego tenía la piel perfecta, bien curtida: el moreno del campo, de sierra de Cuenca más que de verde luna.
Con Raúl he salido a comer muchas veces, siempre con amigos, como nuestro general bonito, Antonio y alguno de los muchachos. Hubo una época en la que nos llevaba a El Qüenco de Pepa a tomar virrey, tomate --siempre era "el último de la temporada"--, mollejas y mucho vino. También íbamos a Quintín, en Jorge Juan, donde nos gustaba ver pasar a esos chavales y chavalas tan bien hechos rumbo al Amazónico. Allí tomábamos setas, croquetas y algún plato de cuchara.
Con él fui a muchos sitios. En Lucio nos sentaban en la mesa del Rey, la que está en la primera planta y esquinada. Allí nos aplicábamos a las gambas al ajillo, los huevos y al jamón, con nuestra botella de vino.
Alguna vez, ya con más gente, estuvimos en el Café Varela (incluso en cierta ocasión, uno nos invitó a comer angulas) y en la Posada de la Villa. Sin embargo, para mí, el día más memorable fue en la Taberna Pedraza, al poco de que muriera Natalia, cuando nos fuimos a comer con él para sacarle esa pena que ya nunca le abandonaría. Me parece que tomamos cocido, o pescado, o chuletón. No sé lo que bebimos, pero afortunadamente no había ninguna perrita para darle whisky ni un Paco Rabal que nos hiciera ir a Roma para seguir la parranda.
Raúl me dijo que por qué no íbamos al casino. Cruzamos la Castellana y nos metimos en el que tiene una rana en la puerta. Era después de comer y estaba lleno de chinos hipnotizados con la ruleta. Me pidió 50 euros y yo se los di a regañadientes. Cambiamos las fichas y nos tomamos un whisky. Empezó a jugar y a hablar en el idioma de los profesionales, entendiéndose con otros iguales y mosqueando al crupier. En una hora, mis 50 euros eran casi 3.000. Me dio la mitad.
Después me invitó a una copa en el Meliá Fénix, con esa media sonrisa de galán de Hollywood. Les prometo que brillaba. Llevaba el garbo contenido con la bufanda.
Al día siguiente le conté a Antonio y al general lo contento que había estado Raúl aquella tarde. Me regañaron. No sabía que él siempre decía que se arrepentía de haber perdido tanto tiempo en el casino, en las timbas. Le llamé para pedirle perdón por no haberle cuidado. Él se moría de risa. Me dijo que no jugaba desde hacía mil años y que lo volvería a hacer.
Ahora tengo una sensación parecida. La última vez que vio a Leyre le preguntó por mí. Creo que me llamó terrorista. Pensé en llamarle, pero lo fui dejando hasta que se puso malo.
Aún tengo el sobre del casino donde guardé los 1.500 euros. Ojalá volver a salir a comer con Raúl.
X
"La vida exagerada de Raúl del Pozo", por Julio Valdeón, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Solitario entre las multitudes, había adoptado a varias generaciones de aprendices.
Estoy en casa de Raúl, en ese «barrio bostoniano que hicieron los de la República». Hace tiempo que a Jesús Úbeda y a mí nos ronda la idea de escribirle una biografía, pero se resiste. Prefiere refugiarse tras la talanquera del mito. Delante de una botella de whisky, que no prueba, recuerda a Ángel González y a Paco Rabal. En un momento dado le pregunto si no le habría gustado tener hijos, «Imposible. Habría sido un desastre».
Solitario entre las multitudes, había adoptado a varias generaciones de aprendices. A mí me apadrinó una novela y me presentó a Umbral y a Alfonso el Cerillero, estanquero del Gijón. Una tarde que tenía dentista a las siete, con Natalia insistiéndole en el móvil para que no lo olvidase, pidió la cuenta en Lucio y enfilamos hacia el casino de Torrelodones. Ganó 600 euros en la ruleta, que repartió, y brindamos con Cabezón de Elche, jugador legendario. Llegó a tiempo al sacamuelas.
Varias vidas antes, en los días de París, asistió al último concierto de Edith Piaf, a la que sacaron al escenario como a una muerta. También fue inseparable de los hermanos Ibáñez, Paco y Rogelio. Amigo de una duquesa y de Nadiuska, quemó involuntariamente la casa del locutor Alberto Oliveras, junto a Le Dôme. También cubrió la salida del hombre a la luna, en Cabo Cañaveral. En la isla de Wight había escuchado a Leonard Cohen y a Jimi Hendrix, rodeado de ochocientos mil hippies.
Un verano que viajó a Creta con Natalia, Carmen Rigalt y Antonio Casado, Antonio y él se pasaron el día jugando al ajedrez. Cuando las chicas insistían en salir del apartamento, Raúl respondía que «Esto de ir de vacaciones es de turistas inglesas». Otra tarde, en Puerto Banús, un esbirro de Jesús Gil se les acercó con unas octavillas contra Rigalt. Al día siguiente publicó una columna fulminante. «La circular califica a Carmen de degenerada, amoral "y sin escrúpulos, como su jefe". Es una condecoración para el periódico viniendo como viene de una andorga llena de billetes negros y una indigestión de narcotráfico y maletines».
Torero del arte, en su pecho rimaban la cobardía y el coraje. Temía la ira de las feministas tronadas, pero puso la femoral delante de los Gal, la corrupción de Estado, la guerra del Golfo, los latrocinios de la Gürtel y el pútrido sanchismo. Jamás pidió permiso para hablar. Sabía bien que «en los periódicos te perdonarán cualquier cosa, menos que sepas escribir».
Fue furtivo en Cuenca, squater en París, Raúl Júcar en Mundo Obrero, biógrafo del Cordobés, amigo de Lola Flores, Jesús Quintero, Álvaro de Luna, Tito Fernández y tantos otros. «Si por algo me jode morirme», rezongó un día, «es por lo bien que lo van a pasar los amigos». Hoy los amigos lloramos desconsolados al único héroe que tuvimos, comandante de una vida más exagerada que la del Martín Romaña.
XI
"El barrio ya nunca será igual sin ti", por Ana Rosa Quintana, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Cronista de varias generaciones, hoy muchos amigos y compañeros recordarán tus mejores artículos, tus mejores anécdotas, tus motes afilados...
Querido Raúl:
Soy tu vecina querida, a quien venias a ver cuando estaba con la quimio. Llamabas a la puerta, pero no entrabas, solo querías saber si seguía bien. El otro día fuimos Juan y yo a verte al hospital y ya no te salía la voz, pero con tus ojos esbozaste una medio sonrisa y con ella ya nos lo decías todo. Recuerdo las largas Nochebuenas en casa con Natalia. Cada Navidad añadíais algún amigo que estaba solo: Tito, productor de Cuéntame, algún poeta sin editorial... y luego, tus cumpleaños. Me he arrepentido de no haber grabado esas madrugadas llenas de sabiduría, anécdotas y cómo no (genio y figura), chascarrillos irrepetibles.
No tuvisteis hijos y, claro, tampoco nietos, así que cuando nacieron los mellizos, los mejores regalos de Navidad los traíais vosotros, ese tren infinito en el que iba montado Papá Noel. Aún lo saco en Nochebuena, aunque ya no funciona.
Un pícaro entre la calle y la poesía
La muerte de Natalia fue el principio del fin, solo te conseguían sacar de casa escribir en EL MUNDO, la colaboración con Alsina, los jóvenes periodistas que son tus sucesores y que nunca te han abandonado, el golf y José María García, tu protector.
Hace 30 años que llegué a esta casa; qué suerte teneros como vecinos. Tenía que haber apuntado cada frase, cada pensamiento brillante, y lo mejor: cuando decías una maldad y te reías. Llegaste a Madrid, querías ser periodista y lo primero fue ir al Café Gijón. Allí estaban aquellos a los que admirabas y que pronto te admiraron a ti. Este chico de Cuenca, brillante, guapo, muy guapo.
Una noche dormiste en el Palacio de Liria. Al salir lo primero fue llamar a tu padre, cómo no contarlo. Llegaste comunista y un viaje a Rusia te curó para siempre. Cronista de varias generaciones, hoy muchos amigos y compañeros recordarán tus mejores artículos, tus mejores anécdotas, tus motes afilados... Has escrito la historia de la Transición con una erudición que hemos perdido para siempre. Yo echaré de menos a mi vecino, tus risas, tus canas. Eras parte de mi familia y todos estamos huérfanos, como tú te quedaste con la partida de Natalia, guapa, elegante, siempre con una sonrisa y la voz queda. Querido Raúl, el barrio ya nunca será igual sin ti.
XII
"Un pícaro entre la calle y la poesía", por Susanna Griso, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Nuestro común amigo Ángel Antonio Herrera decía que Raúl vivía enfermo de escritor porque hacía literatura, inevitablemente, en la conversación.
Raúl era el diablillo de la clase, ese pícaro al que la seño pone en primera fila porque sabe que si está callado es solo porque está tramando una nueva trastada. Aunque venía vestido de traje, algo ya exótico en estos tiempos de tertulias de vaqueros, lucía permanente bronceado marbellí y calzaba zapatillas blancas de deporte para escaparse luego a jugar a golf, combatía el aburguesamiento porque le parecía una claudicación impropia de un rebelde con causa.
Nuestro común amigo Ángel Antonio Herrera decía que Raúl vivía enfermo de escritor porque hacía literatura, inevitablemente, en la conversación. Y la hacía a cuchillo, con alma de forajido en esa pose de tahúr ensayada en mil bares de mala muerte. Porque el maestro, y vuelvo a citar al gran Herrera, sabía combinar el encallanamiento de la calle con la afinación del poeta. Cuando desbarraba me preguntaba, entre divertido y preocupado, si le estaban arreando mucho en las redes sociales. Poco tenía que importarle ser trending topic a un osado que había disparado toda su vida contra presidentes, ministros y reyes, pero Del Pozo siempre temía ser purgado y, si una semana se caía de la escaleta, me llamaba convencido de que iba a ser represaliado. Yo lo calmaba, sorprendida de que el periodista consagrado y valiente a quien tanto admiraba conviviese con un niño inseguro a quien atormentaba que lo echaran de la clase.
Fuera de la tele, sostuve con Raúl una amistad forjada en manteles de lino: «El comedor social de los ricos», chez Chon, donde el columnista se inspiraba para pasar a verso la crónica política y nos contaba sus legendarias escapadas con Paco Rabal a París. Cuando encontraba las fichas de los casinos en los bolsillos de sus pantalones, su amada Natalia, comunista e italiana, le reñía y él, arrepentido, prometía portarse bien. De nuevo, el niño y la seño.
Solo hubo un momento en el que los papeles se intercambiaron. Raúl, don Raúl en Uclés, fue maestro en la escuela rural y, según cuenta la leyenda, enseñó a leer a Félix Sanz, quien luego se convertiría en jefe de los ejércitos y máximo responsable de los servicios secretos españoles. El general, Chon, Pilar Cernuda y José María García han sido, junto a Belén, una médico jubilada que se ha desvivido por el paciente hipocondríaco, sus grandes ángeles. Pediré permiso para asistir con ellos al funeral sabiendo que el protagonista siempre ha amenazado con no hacer acto de presencia.
XIII
"Sonreírle a Raúl", por Leyre Iglesias, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
Era un columnista de barrica de roble, de conversación larga, sed de vino y hambre de enredarse, de alargar la tertulia y preguntar otro poco.
Mi madre estaba enamorada de Raúl del Pozo desde que escribía en Pueblo y me habían contado tantas historias alucinantes sobre él que sólo pude observar, escuchar y sonreír cuando se sentó al fin al otro lado del mantel blanco. Fue sorprendente: resultó que el legendario Raúl del Pozo no era un engreído ni un fantasma. Era educado, cortés, curioso. Entender al otro le parecía más interesante que aleccionarlo. Raro.
Pronto comprendí que para Raúl la profesión no era un oficio, sino una vocación y una forma de estar en la vida que la edad no consiguió derribar. Él podía hablar con todo el mundo; comer con cualquiera; hacerle bromas al diablo. Pero, al mismo tiempo, su concepción del periodista como pluma libre, como analista incómodo, como dueño de una desconfianza pétrea hacia el poder, nunca amainó. Raúl venía de la vieja escuela. Que griten, que nos insulten. Ellos son políticos; nosotros, periodistas. Cercanos, con vivencias e inquietudes compartidas; con obsesiones comunes. Pero rivales. Animales de razas distintas.
De Raúl me separaba una inmensidad de 49 años. Decía que yo era la jefa con la mejor sonrisa que había tenido, y quién soy yo para discutir eso. Pudo tratarme con la condescendencia que la distancia entre ambos hacía estadísticamente probable. No lo hizo. Siempre preguntaba, escuchaba. Eso es un periodista, al fin y al cabo: los periodistas que sólo se escuchan a sí mismos no sirven para este oficio.
Él servía. Era un encantador de serpientes, un engatusador astuto. No hacía periodismo de datos ni de algoritmo, no utilizaba WhatsApp, no despotricaba en las redes. Era un columnista de barrica de roble, de conversación larga, sed de vino y hambre de enredarse, de alargar la tertulia y preguntar otro poco. Procuraba comprender las razones del que estaba en sus antípodas. Y lo hacía porque no practicó el sectarismo ni el odio; ni siquiera cuando el muro lo invadió todo. Eso no significa que fuera un relativista ni un cínico.
En sus últimas columnas y conversaciones se repetía una preocupación sólida, casi obsesiva. Lo que tantos callaron, a él, tan rojo como fue, no le daba miedo proclamarlo a los cuatro vientos: comprarles el mito a los nacionalistas no es de progresistas ni de socialdemócratas, sino de oportunistas, frívolos o ignorantes. Un error peligroso para España, a la que no contemplaba desde un estandarte esencialista sino desde el suelo común: el imperio de la ley, la convivencia en paz. En su cabeza no solo habitaban Quevedo o Cervantes: la memoria del fratricidio era lo que retumbaba.
En octubre de 2024, Raúl escribió una columna muy bonita para el especial que preparamos por el 35º aniversario de EL MUNDO. «Lo más destacado del diario es que no hay intocables. En el cuarto oscuro de la redacción no existe una mordaza», decía. «Yo llevo 20 años escribiendo casi todos los días y jamás me han censurado un artículo, aunque a veces he bordeado los límites del Código Penal; sólo me han quitado las faltas de ortografía». Hasta en esa humildad sin artificios fue anticlimático. En aquel artículo también nos recordó, guerrero, la función esencial que les debemos a nuestros lectores: fiscalizar a los que mandan. Asustarlos. Encender la luz allí donde la quieren apagada.
Raúl del Pozo decía que las redacciones de los periódicos son los lugares con más hijos de puta por metro cuadrado. Y se partía de la risa. Es posible que acertara: para dedicarse a esto hay que ser un poco cabrón o bien estar un poco loco. Lo seguro es que sin él el porcentaje de malvados ha subido. También que nos reiremos un poco menos.
XIV
"Raúl en la radio: con él llegaba la fiesta", por Carlos Alsina, en El Mundo, 10 de marzo 2026:
El escritor de columnas con oído de reportero, batallas de veterano y afán de principiante, ha sido una figura cotidiana de la radio los últimos cincuenta años
La radio es la palabra. Su nervio es el verbo y su color, el adjetivo. El tono de una emisión lo aporta, en cada instante, el estilo de quien hace vibrar el micrófono. No se trata de tener voz de locutor ni una dicción portentosa. No se trata de saber leer sin un traspié. Se trata de ser uno. Singular. Reconocible. Genuino. Raúl, el escritor de columnas con oído de reportero, batallas de veterano y afán de principiante, ha sido una figura cotidiana de la radio los últimos cincuenta años. Única, por inimitable. Y extraordinaria porque aunaba la precisión del lanzador de cuchillos con la risa contagiosa de quien tiene pronta la anécdota, la cita y la ocurrencia: "Orson Welles me invitó a una copa y temí que intentara meterme mano".
La radio es el tiempo que se reparten la palabra espontánea, que surge como un fogonazo sin aviso, y el texto que ha sido tallado en un papel para hacerlo sonar y darle vida. La conversación y la columna hablada. Nuestro Raúl, el de la radio, era el mejor de nosotros en los dos campos. En la tertulia fue el elemento imprevisible que suelta lo que piensa sin adornos, el que no repara en si el micrófono está abierto o cerrado, el niño disfrutón que ama la gamberrada y desarma la conversación de los mayores haciendo explotar por sorpresa un petardo. En el texto escrito fue el autor que lleva toda la vida preparándose para alumbrar el texto de mañana, el tejedor que agarra el idioma de la calle y confecciona con él la mejor prosa literaria. Amaba el texto, lo trabajaba, lo cuidaba. Y luego se esforzaba por leerlo bien... con éxito discutible. Leer regular era parte de su estilo. Terminada la lectura cada viernes le sonaba el móvil (un ladrido de perro como tono) y era Aquiles, o Manolo, o el general, o García. Los amigos a los que preguntaba: "¿Qué tal he leído hoy?". "Mejor que otras veces", le reprochaban, "te estás descuidando".
Raúl escribió sobre todo para el periódico. Pero escribió casi tanto para la radio. Sus textos radiofónicos merecen ser reunidos y editados. Ayudó a volar a Oliveras y al Loco, escribió para Luis y para Lola, nos animó el cotarro a los Carlos. Era anunciar a Raúl y los oyentes sabían que llegaba la fiesta. La mejor espontaneidad radiofónica es hija de las lecturas, las vivencias y los reflejos. Nuestro Raúl de la radio era rápido, demoledor y divertido. Ahora que todos los que tenemos un micrófono nos hemos rendido al sermoneo, la genuina columna radiofónica seguía siendo la suya. A su espacio lo llamamos ¡Viva el vino! porque daba igual cómo se llamara. Era lo de Raúl. Un concierto de palabras afiladas que sacuden y colorean la mañana, la celebración de la libertad, del descaro y de la democracia. La suya fue la tribuna de un demócrata. Ni un solo día consiguió aburrirnos porque era alérgico a los pelmas, a los tópicos y a dar el coñazo. Era el tímido más sociable que he conocido y el autor consagrado más inseguro, capaz de dar hostias como panes y preguntar después, fingidamente temeroso, si el aludido no se habría molestado.
Raúl era la fiesta. Cuando mi sermón de las ocho le parecía flojo me decía: "Hoy has mordido poco". Cuando le parecía bueno, "hoy te has arrimado". Le escocían las redes sociales: "Eres trending topic de nuevo, te están llamando de todo". Celebraba cada subida de audiencia del programa con el orgullo de quien lo siente propio: "Te vas para arriba, Alsina". Desprendido, cálido, afectuoso. En la última etapa intervenía desde casa porque el desgaste físico le pasaba factura. Desde octubre lo veníamos notando porque alguna vez se nos aturullaba. Con cada traspié y cada titubeo mi afecto aumentaba, aunque hoy puedo contar que, temiendo estar dañándole, consulté a algunos amigos comunes la conveniencia de animarle a la retirada. Concluimos que, aunque a veces sufriéramos, a Raúl no podíamos jubilarlo. De haberlo hecho, antes de morirse nos habría matado él a nosotros.
El talento no se jubila. Sólo han pasado unas horas, amigo, y la radio ya te añora. Hoy, que has colgado el teléfono para siempre y eres tú quien se va para arriba, deja que sea yo, agradecido, quien te celebre: ¡viva Raúl del Pozo y larga vida a su memoria!
XV
"Muere el periodista y escritor Raúl del Pozo a los 89 años", en Huffinghton Post, Javier Hernández, 10/03/2026:
El célebre periodista, que desempeñó la labor de corresponsal, columnista y cronista parlamentario durante más de 40 años ha fallecido este martes.
El periodista y escritor Raúl del Pozo (Mariana, Cuenca, 1936) ha fallecido este martes a los 89 años según ha informado El Mundo, medio en el que trabajaba, tras una vida entregada al periodismo y a la literatura.
Su desempeño laboral como corresponsal, reportero, analista político y cronista parlamentario durante más de 40 años le convirtieron en una de las caras más visibles y reconocibles del periodismo nacional, sin olvidar su labor como uno de los columnistas más importantes de España con su columnas llamada "Ruido de fondo" en el diario El Mundo.
En su haber figuran una docena de obras. Novelas como 'Noche de tahures', 'La novia', 'Los reyes de la ciudad', 'No es elegante matar a una mujer descalza', 'Ciudad Levítica' y 'La diosa del pubis azul'- y tres libros de ensayo; 'Una derecha sin héroes', 'A Bambi no le gustan los miércoles' y 'Los cautivos de La Moncloa'.
Una de las virtudes de Raúl del Pozo fue su precocidad y talento que muy pronto le hicieron destacar por encima del resto. A sus 24 años comenzó en el Diario de Cuenca, antes de continuar su carrera en Pueblo, medio con el que comenzó a viajar al extranjero en la década de los 60, como corresponsal en Moscú, Buenos Aires, Lisboa o Londres.
También trabajó en Interviú, Diario 16 y Mundo Obrero, antes de convertirse en director de El Independiente. Además de escribir y relatar todo tipo de historias a lo largo de su trayectoria, también fue común verle en tertulias televisivas bajo la batuta de Luis del Olmo, como en Protagonistas, y otros programas de María Teresa Campos y Montserrat Domínguez en Antena 3 y Telecinco.
Como reconocimiento a su labor, del Pozo fue galardonado con numerosos premios a lo largo de su carrera, destacando entre otros muchos el Premio del Club Internacional de Prensa al mejor trabajo periodístico en prensa escrita, en 2007. También recibió el Premio al Club de la Escritura (1997), premio a Comunicador del año y de las Artes y la Ciencia, ambos en 2008 o la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha en 2017 y la Medalla de Honor de Madrid en 2022.
XVI
Lola Flores a Raúl del Pozo, "estoy hasta el c... de que me traigas filósofos", en Diario de Sevilla, por Francisco Andrés Gallardo, 10 de marzo 2026:
El veterano columnista fallecido a los 89 años fue siempre tan heterodoxo en sus contenidos como en su forma de vivir, con una vocación periodística inmensa
Tenía un teléfono de los de siempre, de los que al colgar sonaba como un golpe destemplado, de cierre de comunicación. Era un clásico en los programas de Carlos Alsina en Onda Cero. Un adiós abrupto que el propio conductor aguardaba escuchar, junto a toda la audiencia. Del Pozo, agudo y respondón, concluía su artículo de Viva el vino con este colofón analógico que nos transportaba a un observador perpetuo sin tener que desmadejarse por redes para tener voz e influencia. Era comunista de los de toda la vida, de los que tuvo que refugiarse en la buhardilla de Villacastín en los días de plomo de enero del 77, tras la matanza de los abogados de Atocha, como relata Margarita Zabala en el podcast Cuando todo cambió: Historias de Pueblo.
Había llegado un puñado de años antes aquel maestro rural conquense que quería ser escritor y periodista de los de verdad. De los de bar, barra y barro. José María García, sí Supergarcía, viendo aquel novato con ansias llegar a la redacción de Pueblo con ganas de escribir, le mandó a que hiciera algo. Se trajo al día siguiente en los folios un reportaje sobre la abundancia de ratas en aquel Madrid del desarrollismo que tenía más fachada que prosperidad, indagando en las cloacas. En el vespertino de Emilio Romero encontró su hábitat este articulista comunista hasta las trancas, descreído, que fue dando camballás ideológicas durante más de 60 años en los que dispuso tribunas y franjas para dejar su punto de vista de infantería de asfalto, Jaguar y whisky. Vivencias de columnista y novelista (No es elegante matar a una mujer descalza, Noche de tahúres). Era prolífico y productivo, con la pregunta en la acera.
Como era tan de izquierdas en Pueblo lo enviaron de corresponsal a Moscú sin tener ni idea de ruso. El mundo se le quedaba chico y ya en tiempos recientes fue inseparable de El Mundo tras haber sido director adjunto a la otra cabecera nacida a finales de los 80, El Independiente.
El 23 F le pilló en pleno Congreso, como cronista parlamentario para Pueblo y de ahí para la revista Interviú, que era mucho más que carne trémula. En aquellos años también tuvo un programa, por entonces estridente y diferente, en TVE, Entre dos luces, con Ignacio Salas de conductor. Un espacio noctámbulo canalla en la tarde de los jueves de la Segunda Cadena. Ese espíritu tangencial y apasionado fue el que lo convirtió en cómplice, más que colaborador, de Jesús Quintero, en la radio y en la tele. Y ese empaque quiso trasladarlo al universo de Lola Flores, el programa de entrevista Sabor a Lolas, en las noches de Antena 3 del 92, cuando la jerezana había bregado de sobra entre Hacienda y el cáncer. Tras hablar con José Luis López Aranguren la artista le reprochó sinceramente a su director: "Estoy hasta el c... de que me traigas filósofos". Lola, tan intensa, no le gustaba ir de intensita. Javier Rioyo ha recordado en distintas ocasiones el ambiente tan peculiar de aquel programa poliédrico donde todo parecía encajar y en el que se lo pasaron en grande. Ahora sería impensable.
Raúl del Pozo, que esquivó un paquete bomba de ETA gracias al celo de un funcionario de Correos, se convirtió en contertulio indispensable cuando las mesas camilla en la tele y en la radio eran un paréntesis de reposo y charla y no la hiperventilación exhibicionista de ahora. María Teresa Campos, que descubrió en la hora de comer el momento idóneo para hablar de los políticos, encontró en el conquense una voz singular que escucharían durante lustros los oyentes de Onda Cero entre Herrera en la onda, La brújula y Más de uno. Un pozo inagotable.
XVII
Muere Raúl del Pozo: maestro de periodistas, tahúr de las letras, en Abc, por Alfonso J. Ussía, 10/03/2026:
Le gustaba la noche, el juego, las mujeres y el whisky, pero escribir era su forma de vida y quizá la manera más brillante que encontró en su reporterismo. Ha muerto a los 89 años
Raúl del Pozo fue todo lo simpático que quiso su cartera. Decía que los ricos no tienen necesidad de ser amables. Era generoso como pocos, cariñoso, tierno, lúcido y cobardón. Su columna diaria era un análisis ilustrado, una mirada que se fue decepcionando con las pullas de la incoherencia humana. Le gustaba la noche, el juego, las mujeres y el whisky, pero escribir era su forma de vida y quizá la manera más brillante que encontró en su reporterismo. De 'Pueblo' a 'El Mundo', de Cuenca a Chamartín, Raúl estuvo, sobre todo, en la calle, donde pasaban las cosas. Gastaba su salud entre risas y chismes, entre naipes, en la ruleta de la actualidad diaria y los sablazos para ir a Torrelodones. Decía «el Café» al Gijón, donde Alfonso 'el cerillero' le adelantaba ruinas mientras esperaban amanecer en el piso de arriba, jugando al póker sobre un capote del maestro Chenel y su amigo, Manuel Vicent.
Llevaba una biblioteca en la cabeza y una hemeroteca en el hígado. En 'Noche de tahúres' demostró que escribía con la suela gastada. Era un cronista decimonónico, un narrador que miraba al Parlamento con el ceño fruncido y la acidez en la punta de los dedos. Acuñó la España ochentera en 'Costa Fleming' y al socialismo con 'la izquierda caviar'. Quizá porque su corazón noble siempre fue de izquierdas entre tantas amistades que militaban a su derecha. Sus frases eran cortas, justas y precisas. Utilizaba los adjetivos como si fueran navajazos y puso nombre a la impostura. Detestaba la manipulación, la mentira y el alboroto. Siempre defendió que la verdad no se grita: se cuenta. Y esa fue probablemente su tónica en el 'Ruido de la calle' que heredó de Paco Umbral. Por allí desfilaron todos los personajes de nuestro tiempo. Parecía la barra de un bar con humo, copas, políticos, banqueros, escritores, cantantes y folclóricas; personajes de nuestra historia que fueron retratados con la humildad de quien no buscaba reconocimientos sino retratos certeros. No pedía permiso. A veces, sí un perdón.
«Su corazón noble siempre fue de izquierdas entre tantas amistades que militaban a su derecha»
Su prosa era como quien cruza la Gran Vía a deshora: irónico en el paso, con miedo en los bolsillos, pero obsesionado con la frase bien puesta. Esas maneras de narrador cotidiano formado en vivencias personales le hicieron ser un contador de historias con información de primera mano; el crooner de la crónica diaria. Viajó a Roma de empalme para ver cómo trataban de emperador a Paco Rabal, mientras apuraba otra carcajada antes de volar de vuelta a Barajas.
Llegó haciendo dedo a París. Se emborrachó con Sartre mientras espiaba a Simone de Beauvoir. Se jugó cualquier afrenta al póker y cubrió en Cabo Cañaveral el despegue de Apolo. Estuvo en la manifestación del millón de personas contra Pinochet y fue hippy un rato con su tocayo Cancio en la isla de Wright, para ver a Jimmy Hendrix y Leonard Cohen. Fue caballero en Moscú, peatón de Corrientes, escribiente en Londres y metrónomo en Lisboa. Sus textos se dividían entre el reportaje, la crónica y la columna; de 'Mundo Obrero' a 'Interviú', de 'Pueblo' a 'Diario 16', Raúl fue Ruano, Cavia, Pedro Rodríguez y Murube. Le gustaba rodearse de jóvenes escritores. A todos les dedicaba palabras generosas, aunque solo se arrodillaba ante los que follaban más que él. Le pirraban Marbella, un casino, el poder, el golf, la terraza del Ritz y cualquier canalla de barrio. Poco a poco fue quedándose en un rostro afilado, greconiano, como si sus labios se hubieran cansado de dar besos y descansaran hacia dentro. Aunque eso no le hizo perder el interés por la última hora, la información que se pasa en susurros. Su vocación. Leía a Plutarco. Hablaba con el Rey.
Consideraba a Cela un genio. A Umbral, el lenguaje de su tiempo, y de Quintero dijo aquello de ser el único capaz de convertir el padrenuestro en una sinfonía. En su biografía no autorizada pero consentida, 'No le des más whisky a la perrita' (Esfera de los libros, 2020), de Úbeda y Valdeón a cuatro manos y tres voces, Raúl dice que: «la vida es una comedia divertida pero corta, y a mí me da igual la posteridad. No soy como esos poetas gilipollas que les llevan sus libros llenos de lamparones de churros a los concejales. A lo largo de todos estos años, me he dado cuenta de que no tengo afán de inmortalidad, pero si algo queda, si en algo me puedo parecer, yo, un maldito mono, a un dios, a un Creador, es porque sé escribir».
Cuando perdió a Natalia se rompió su brújula. Y dejó de estar del todo porque no supo vivir sin ella. La miró como a «Isabel de Portugal pintada por Tiziano», escribiendo que «soportó con dulzura los últimos instantes y muriendo una sola vez», aunque eso lo matara a él por vez primera, y hoy de nuevo. Decía Paul Valéry que un hombre solo siempre está en mala compañía. Pero nunca fue su caso. Tuvo a Félix, a Chon, a Pilar, a Carmen, a José María, a Arturo y a muchos más. Invitaba a comer en el Telégrafo. Te contaba la última del Papa. De Julio Iglesias. Incluso de Dios.
Se ha ido tranquilo y gastado. Y aunque la calle seguirá hablando mal de todos nosotros (me dijo un día), hoy lo hará en voz baja. Al menos, hasta que oscurezca y uno pueda pedirse una copa por todo lo que nos brindó. Y que viva el vino.
XVIII
La leyenda del indomable. Muere Raúl del Pozo: maestro de periodistas, tahúr de las letras, en Abc, Ignacio Camacho, 10/03/2026:
Raúl fue el símbolo de la independencia del periodismo. Jamás cedió a otro imperativo que no fuese el de su libre albedrío.
Hay muchas clases de periodistas, pero en el fondo todas se reducen a dos: los que son independientes y los que no. Independencia no significa equidistancia ni neutralidad, ni renuncia a defender valores, ni tibieza; significa autonomía de criterio y de conciencia, libertad intelectual, coraje frente a la presión del poder y de las empresas, de esos mandarinatos que nunca cejan en su empeño de domesticar a la prensa, y últimamente también firmeza ante la propia clientela, esas audiencias convertidas por la sociedad digital en un mecanismo más de injerencia que trata de alistar al oficio en una especie de guerra de trincheras. Significa estructura moral para no dejarse arrastrar a batallas ajenas, fibra profesional para moverse con cautela en los círculos de influencia.
El maestro Raúl del Pozo Page era de esa clase: uno de los indomables. Había vivido demasiado intensamente para dejarse impresionar por chisgarabís con ínfulas de mandamases que aspiran a mangonear la política o las finanzas sin haber antes quemado muchas suelas en la calle. Crecido en las sierras de Cuenca acompañando partidas de furtivos por los encinares, conocía el ambiente de los tahúres y las putas y se había desenvuelto entre aristócratas, ganapanes, hippies, artistas y gobernantes. Un tipo que ha tratado a Fidel y a Sartre no se iba a arrugar ante cualquier fulano capaz de creerse alguien en la feria de las vanidades. Como Montanelli, sabía que la verdadera independencia de un periodista está en 'sue palle'.
Cuando se sentaba a escribir no conocía ni respetaba otro imperativo que el de su libre albedrío. Trasminaba literatura a través del reporterismo, su auténtica vocación, y de los artículos. Su alma de gitano (Umbral) destilaba la experiencia sobre el teclado y la voluntad de estilo la convertía en textos cargados de referencias relampagueantes depuradas en un español pulido y limpio, mestizo entre el habla de los pastores de su tierra, el clasicismo de los estoicos y las jergas posmodernas de las nuevas tribus. Su espíritu salvaje, de trotamundos bohemio y desprendido, se remansaba en la lealtad con los amigos, se volcaba en la ternura con los pícaros y se crecía contra los preceptos ideológicos impuestos por las religiones laicas del sectarismo.
Muerto Alcántara, recogió su vara de hermano mayor de la Cofradía de la Columna y la ha llevado hasta el borde de los noventa años con la dignidad y el honor tan intactos como su halo legendario y su temperamento noble, generoso, bizarro. Denunció hasta el final la corrupción, la impostura, la demagogia, la superchería, el engaño del gran teatro donde los poderes públicos les birlan la cartera a los ciudadanos mientras los entretienen con monsergas y relatos. Fue a la vez nuestro Tom Wolfe y nuestro Zola, escepticismo y pasión, sosiego y arrebato, genio y furia, abogado defensor y testigo de cargo. Y jamás de los jamases permitió que nadie se entrometiese en su soberana, insobornable determinación de vivir, pensar y escribir sin dios ni amo.
XIX
Adiós a Raúl del Pozo, el periodista de las mil caras, en Abc, Pedro García Cuartango, 10/03/2026:
Hombre poliédrico, lleno de contradicciones y profundo observador de la naturaleza humana, Raúl del Pozo era él y a la vez otros muchos
La materia de la que está hecha la vida es el tiempo. Y el tiempo se le ha acabado a Raúl del Pozo, que lo gastó con prodigalidad. Raúl fue muchas cosas, pero, sobre todo, fue un periodista, un reportero que estaba en Cabo Cañaveral cuando el Apolo 11 despegó hacia la Luna, que se sentó junto a Sartre en una mesa del Café de Flore, que cubrió un golpe de Estado que nunca lo fue en Argentina y que viajó a la isla de Wight para escuchar a Bob Dylan y estar a unos metros de Jane Fonda.
Raúl del Pozo fue el hombre de las mil caras. Amable, culto, sonriente y hablador. También triste, hermético y solitario. Nadie le conocía. Se ocultaba bajo una máscara que, como Johnny Carter en el cuento de Cortázar, tapaba una angustia existencial que disfrazaba de ironía. Trabajé con él 26 años, admiré su prosa, disfruté con sus anécdotas, pero nunca le conocí. Sólo dejo entrever lo que llevaba dentro durante la enfermedad de Natalia, su mujer. Algo se quebró en su interior en ese momento.
Sí, fue un hombre poliédrico, lleno de contradicciones y un profundo observador de la naturaleza humana. Era él y a la vez otros muchos: el Aleksei que dilapida su fortuna en la ruleta de 'El jugador' de Dostoievski, el Valmont que seduce a las mujeres de 'Las amistades peligrosas', el Allan Quatermain en busca de las minas del rey Salomón y el Edmond Dantès que arriesga su vida con un afán justiciero. Imposible distinguir entre el personaje literario y el ser de carne y hueso. Raúl borraba todos sus rastros en sus múltiples biografías.
Aunque nuestros caminos se cruzaron muchos años después, descubrí el inmenso talento de Raúl del Pozo en sus crónicas en el 'Pueblo' de Emilio Romero, al que llegó gracias a un reportaje de una plaga de ratas en las alcantarillas de Madrid. Salió en la portada. «Fue como torear en Las Ventas», confesó. Allí trabajó con Tico Medina, Yale, Amilibia, Pérez-Reverte, Jesús Hermida, Carmen Rigalt y otros ilustres colegas.
Fue corresponsal en Moscú, en Londres, en Lisboa y en Buenos Aires, pero, sobre todo, fue corresponsal en el Café Gijón, donde pasaba la tarde en largas tertulias antes de terminar la noche en alguna partida de póquer o en la ruleta de un casino. Siempre quiso ser un tahúr en un antro de la peor reputación, en una atmósfera de niebla y alcohol, pero el periodismo le tiraba más.
Tal vez porque lo más parecido a un garito es la redacción de un periódico. El sonido de las teclas de las máquinas de escribir, las volutas de humo de los cigarrillos, las botellas de whiskey en los cajones, el olor a plomo de las linotipias y los gritos de los periodistas le generaron una adicción que nunca quiso superar. Era uno de los últimos de la generación de maestros que nos enseñaron el oficio. Todos se van muriendo. Fernando Ónega y Gregorio Morán, más jóvenes que Raúl, también se han ido de este mundo.
Lo que más me gustaba era escuchar sus andanzas amorosas con Paco Rabal cuando se jugaron quién seducía a una duquesa. O cuando contaba como había visto mear a Ava Gardner junto a un árbol a la salida del Oliver. Era un ave nocturna que oteaba las calles de Madrid con los ojos de una lechuza.
«Su único compromiso era la independencia de su mirada, que jamás vendió por gabelas u honores»
Si había alguna prioridad en su vida, era el trabajo. Meticuloso y perfeccionista, pulía sus textos como un orfebre. El estilo es el hombre, como decía Buffon. Su único compromiso era la independencia de su mirada que jamás vendió por gabelas u honores. Era un periodista comprometido con la verdad, aunque la expresión suene ampulosa en el mundo de las 'fake news', la propaganda y los relatos.
Cuando coincidíamos en El Mundo, Raúl me solía preguntar si Pedro J. Ramírez decía algo sobre sus columnas. Le preocupaba la opinión de los otros. A mí me costaba entender la inquietud de quien había llegado a la cima de la profesión. Era una señal de que, tras la máscara, había un ser vulnerable y temeroso del futuro. Seguramente porque había visto demasiado.
Desde el rey Juan Carlos a los camareros de cualquier bar de Madrid, a los que daba desproporcionadas propinas, Raúl del Pozo conocía una amplia variedad de especímenes humanos. Todos le querían, todos se disputaban su amistad y todos apreciaban su sabiduría, un viejo rescoldo de sus tiempos de maestro de pueblo.
No sé si sus columnas, sus reportajes y sus novelas le sobrevivirán porque la infinita noche del tiempo acaba por engullirlo todo. Pero Raúl del Pozo vivió y escribió como nadie. El resto es silencio.
XX
Raúl del Pozo, el reportero cansado que soñaba con Buenos Aires, en Abc, Jorge Fernández Díaz, 10/03/2026:
No importa que haya muerto: Raúl no se irá nunca de esta capital. Consideraba un error abandonarla
Nos presentó Arturo Pérez-Reverte en Casa Lucio, y lo primero que Raúl del Pozo me dijo fue que él era muy cobarde: siempre que oía las noticias y había una nueva guerra, hacía todo lo posible para llegar tarde a la redacción del diario 'Pueblo'. «La idea era que Arturo llegara primero y lo mandaran a él, que le gustaban tanto los tiros y el humo», dijo.
Pero en la década del 70, el director del periódico lo llamó a Raúl y le impuso un viaje a Buenos Aires y una corresponsalía para América del Sur. Por entonces ya estaba declarada la insólita «guerra peronista»: facciones armadas de izquierda y de derecha, alentadas por el propio líder en el exilio, se enfrentaban a muerte. Llegaron a balearse, cara a cara, al grito común de «Viva Perón», como narra Osvaldo Soriano. «Acojonado como estaba, le pedí a Jorge Antonio (un empresario que servía de enlace con el caudillo argentino) que me consiguiera una carta del viejo general, que todavía vivía en Puerta de Hierro», me confió Raúl aquella noche en Casa Lucio.
El texto decía así: «A todas las organizaciones peronistas: atiendan a Raúl del Pozo, porque es amigo del general Perón»
El viudo de Evita escribió la misiva, dirigida a los «compañeros», en la que ponderaba a Del Pozo y recomendaba que lo respetaran y lo atendieran con deferencia. Era un salvoconducto que servía tanto para los pistoleros de izquierda como para los asesinos de la derecha. «Yo viajé a Buenos Aires un poco asustado –me insistió–. Y te puedo asegurar que no me despegaba de la carta. Hasta la llevaba conmigo cuando me bañaba».
El texto en cuestión finalizaba con una orden rotunda: «A todas las organizaciones peronistas: atiendan a Raúl del Pozo, porque es amigo del general Perón». Aquí se instaló en el aristocrático hotel Alvear, conoció a violentos de las dos trincheras, y hasta se hizo amigo del Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che, con quien jugaba golf y ajedrez.
Pensaba que los spaghetti y los ravioli porteños –herencia de caudalosa inmigración italiana– eran deliciosos, y que se comía mejor en Recoleta o en La Boca que en el Trastévere. Debió marcharse apresuradamente de la Argentina porque alguien le avisó que cualquier día podía amanecer en una esquina con un proyectil incrustado en el cerebro: «La Triple A –un grupo paramilitar de extrema derecha– había empezado ya a matar gente. Como yo tenía contactos en el peronismo me avisaron: 'Has hecho un par de crónicas peligrosas. Es mejor que te vayas: si no, te van liquidar'», cuenta en la magnífica biografía de Úbeda y Valdeón 'No le des más whisky a la perrita'. Regresó a Madrid, pero me consta que jamás olvidó Buenos Aires: sus calles, sus edificios, su gente, sus mujeres, sus enconos.
La vieja escuela
Raúl encarnaba como nadie «la vieja escuela» del periodismo, y logró al final de sus años convertirse en leyenda y en un ídolo de las nuevas generaciones: «Nos admiran, Arturo, nos admiran», le decía a Pérez-Reverte con auténtico asombro. Sus recuerdos, que desgranaba de un modo preciso y por momentos hilarante, no excluían la autocrítica: bromeaba sobre sí mismo y le gustaba presentarse como una especie de antihéroe.
Aquella primera noche en Casa Lucio presidió naturalmente la mesa con bromas y comentarios políticamente incorrectos, que involucraban desde el Rey emérito hasta Paco Umbral. Contó, a propósito, cómo debió hacer malabarismos para que Arturo no le diera «un par de hostias» a Paco en el café Gijón, a raíz de que éste había despreciado dos veces en sus columnas al gran capitán. «Me ha gustado mucho tu último artículo. Ven conmigo un momento a la calle, a ver si te gusta el mío», le dijo Pérez-Reverte en aquella ocasión. Umbral estaba pálido de miedo. Del Pozo evitó que todo eso terminara mal: los quería a los dos.
Arturo lo miraba a Raúl como sólo un viejo soldado es capaz de mirar a otro con quien ha compartido cien batallas, y le celebraba las evocaciones y ocurrencias, y aquella noche en Lucio aportaban también anécdotas de su inagotable cosecha David Gistau, Edu Galán, Juan Eslava Galán y mi mujer Verónica, a quien Raúl no dejaba de piropear.
Luego lo vi en largas y divertidas tertulias del café Varela, y escuché por ahí su conmovedora amistad de altibajos con Manuel Vicent: hermandades de la vida y el arte, y distanciamientos de una polarización política que sin embargo nunca logró convertirlos en enemigos. De hecho, se amnistiaron y volvieron a ser tan unidos como antaño, compartieron veladas memorables de anécdotas y alcohol, y probaron algo de gran valor: sigue en pie una cierta patria transversal, formada de literatura y de periodismo, que no respeta las enemistades ideológicas ni se atañe a las coordenadas iracundas de izquierdas y derechas. Últimamente vivían uno frente al otro, separados apenas por una calle. Cuenta la leyenda que Raúl era muy hipocondríaco, y que Manuel lo llamaba cada primero de enero, y le decía en broma: «Bueno, de este año no pasa, Raúl. Uno de los dos se queda, y creo que ése serás tú». Del Pozo llegó a los 89 años escribiendo cinco artículos por semana en el diario 'El Mundo': una proeza humana y periodística.
«El columnista es un reportero cansado», repetía. Era una crítica a la opinión de escritorio, dictada por su instinto de reportero
Siempre me llamó la atención su definición de esa experiencia: «El columnista es un reportero cansado», repetía. Era una crítica a la opinión de escritorio. Y es por eso que él no se resignaba a la argumentación bien razonada; necesitaba además activar su viejo instinto de reportero de calle para realizar con éxito sus artículos. Y consideraba el reporterismo como el género mayor del oficio: ver y narrar, y hacerlo con la mejor prosa posible.
Otra vez, almorzando en el Varela, le pregunté si tenía medida su propia fama: «Mira, yo era conocido, pero desde que estoy en Onda Cero soy verdaderamente popular. Los taxistas se asoman por la ventanilla y me gritan: ¡Viva el vino!». Que era su grito de guerra. Cuando le conté algunos viajes y aventuras, me preguntó muy serio si me quedaría a vivir en España: le expliqué que salvo fuerza mayor –algo nunca descartado en un país tan imprevisible y turbio– no abandonaría Buenos Aires. Se le llenaron los ojos de imágenes y sueños al evocar aquella ciudad lejana donde había sido feliz, pero pronto recuperó la conciencia, y repitió como para sí y como un mantra: «Irse de Madrid es un error».
No importa que haya muerto: Raúl no se irá nunca de Madrid. Allí nos espera, todavía y siempre, a todos los peregrinos.
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