[Dossier Alfredo Bryce Echenique, fallecido hoy]
I
Seis libros imprescindibles de Alfredo Bryce Echenique. Una guía con lo mejor del escritor peruano, que ha fallecido a los 87 años, en El País, Domingo Ródenas de Moya, 10 mar 2026:
No sé si alguien describió mejor que Alfredo Bryce Echenique, que ha fallecido a los 87 años, la burguesía limeña, pero sin duda nadie lo hizo con un repertorio humorístico como el suyo, irónico y zumbón, sarcástico e incisivo, con sorna e irrisión. Tampoco nadie se empeñó en contar tantas veces y con tanto desenfado cómo se descubren los engranajes del mundo al salir de la infancia, cómo se nos viene el desaliento, el desamor, la soledad o el fracaso. Él lo hizo en libros de cuentos y en crónicas, pero sobre todo en unas cuantas novelas imperecederas y en unas extravagantes Antimemorias que merecen colocarse en el anaquel de lecturas recomendables.
Un mundo para Julius (1970)
Un debut brillante que ofrecía, desde la mirada infantil del protagonista, una imagen de la existencia leve de las familias patricias en la Lima natal del escritor, con sus criados, sus rituales y su indiferencia a las desdichas del mundo. El éxito de la novela radicó en el estilo conversacional, irónico y aparentemente acrítico con que se describían las frivolidades de una clase social arrellanada en sus privilegios. En ese cuadro, Julius va creciendo, aprende y contempla una realidad más desigual y conflictiva que la del acolchado entorno de la oligarquía de la que procede. El cambio de vida al que se enfrenta, propio de toda novela de educación, será una constante, en calidad de deseo incumplido, en toda la obra del escritor peruano.
La vida exagerada de Martín Romaña (1981)
“Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva”, resume el narrador en la primera línea. Bryce Echenique, que vivió en París desde 1964, utilizó sus propias vivencias como materia prima de esta novela ingeniosa y amenísima sobre las andanzas de un latinoamericano en la capital francesa. Con la ironía de su primera novela elevada al cubo, su trasunto, Martín, cuenta cómo vivió las algaradas de mayo del 68, cómo bordeaba con dignidad la indigencia, cómo sobrellevaba su matrimonio con Inés, militante de extrema izquierda en cuyo círculo político le habían exigido que escribiera una novela engagé sobre algo de lo que lo ignora todo: los sindicatos pesqueros de Perú. Naturalmente, triunfa su voluntad sobre la imposición y acaba componiendo la novela exagerada que leemos, que constituye la primera parte del díptico Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire.
El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985)
En esta segunda parte del Cuaderno de navegación, con la misma jocundidad y desparpajo narrativo, Martín, que es profesor de literatura hispanoamericana en Nanterre, donde imparte sus clases grabándolas en magnetófono, vuelve a conocer el amor gracias a una de sus alumnas, Octavia. El narrador, es decir Martín, sella una alianza entre amor y humor de modo que cuando el primero desfallece acude en su socorro el segundo. Las situaciones hilarantes abren espacio a una sentimentalidad tierna y hasta melancólica que se derrama a través de idas y venidas por Europa en un cosmopolitismo con algo de parodia del bautismo europeo de muchos escritores de América Latina. Bryce Echenique hace un cameo como autor de La felicidad ja ja, que en efecto había sido en 1974 su segundo libro de cuentos.
No me esperen en abril (1995)
Otra novela de aprendizaje amasada con harina autobiográfica y con un protagonista, Manongo Sterne, nacido en una familia de la aristocracia de Lima. Como Julius, también va a enfrentar un cambio de vida, pero en su caso debido a un episodio bochornoso en el Colegio Santa María que lo obliga a buscar otras relaciones fuera. El humorismo sentimental con que se narran los sucesos de la vida de Manongo desde 1953 hasta mediados los años noventa declara su fuente literaria en el apellido (Laurence Sterne) y sirve de conducción a la historia de amor y desamor con Tere Mancini a lo largo de décadas. Medio siglo de encuentros y desencuentros, con la historia reciente de Perú como marco, contados con un derroche de efectos narrativos, muchos de ellos extraídos de la cultura popular y de la sabiduría del contador oral.
Antimemorias I. Permiso para vivir (1993). II. Permiso para sentir (2005). III. Permiso para retirarme (2019)
Los tres libros de memorias, tituladas Antimemorias a imitación de las de André Malraux, están veteados por una melancolía que no expulsa las distintas modulaciones de una risa amable que va de la ironía suave al pellizco mordaz. Escritos contra la cronología sucesiva, según el “orden de azar”, como él declara, exponen sin veladuras al escritor que se pregunta qué clase de persona ha sido y se responde —dice— “con algunos perdurables hallazgos, que… revelen una relación particular con la vida". Con insumisa proclividad por contar, convierte tales hallazgos en cuentos, entreverados de verdad y de imaginación, en una exhibición tumultuosa y verbosa de su talento.
II
Muere el escritor peruano Bryce Echenique a los 87 años. En El País, por Carolina Ugarte, 10 mar 2026:
Autor de ‘Un mundo para Julius’ o ‘Reo de nocturnidad’, es una de la figuras clave de las letras latinoamericanas.
El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha muerto a los 87 años. Bryce Echenique es uno de los grandes de las letras latinoamericanas de las últimas décadas. Fue uno de los grandes referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana. Su primera novela, Un mundo para Julius, donde retrata las apariencias de la alta burguesía limeña desde la mirada de un niño huérfano que vivía en una mansión, fue también su gran obra. Con ella ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 y fue galardonada con el premio a la Mejor Novela en Francia en 1974.
Entre sus cuentos y novelas figuran Un mundo para Julius (1970); La felicidad, já já (1974); Tantas veces Pedro (1977); Todos los cuentos (1979); La vida exagerada de Martín Romaña (1981); Magdalena y otros cuentos (1986); Crónicas personales (1987); y La ultima mudanza de Felipe Carrillo (1988). Después, en 1990, Dos señoras conversan; Permiso para vivir (Antimemorias) (1993); No me esperen en abril (1995); Cuentos Completos (1995); Reo de nocturnidad (1997); La amigdalitis de Tarzán (1999); y Guía triste de París (1999).
Alfredo Bryce Echenique nació el 19 de febrero de 1939 en Lima (Perú), en una familia de banqueros. Hizo primaria en el Colegio Inmaculado Corazón hasta su ingreso, con 15 años de edad, en el internado inglés San Pablo. Luego empezó Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos de su país, donde también cursó Letras, carrera en la que se doctoró años después por La Sorbona de París.
En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim y marchó a EE UU. Allí escribió para un periódico mexicano diversas crónicas sobre el Sur profundo que fueron recogidas en el volumen A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977). En 1985 se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta febrero 1999, para regresar a su Perú natal después de lo que él mismo calificó de “exilio voluntario de 34 años en Europa”. A España regresó después para, entre otros motivos, participar en cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. En 1989 se casó en España con la asturiana Pilar de Vega. Antes contrajo su primer matrimonio en París con Maggie Revilla en 1968.
III
El tesoro oculto de Bryce Echenique: el manuscrito original de ‘Un mundo para Julius’ llega al Instituto Cervantes, en El País, Renzo Gómez Vega, Lima - 17 nov 2025:
El inesperado hallazgo en un armario de París rescata la versión primigenia de la novela que marcó la literatura peruana hace más de medio siglo
Quinientas hojas acaban de ser depositadas en una caja roja de terciopelo. Hojas envejecidas, de tonos amarillentos, con enmendaduras y olor a guardado. Hojas de una época en la que se escribía a martillazos y las ideas todavía manchaban la yema de los dedos. Hojas que se mecanografiaron a fines de los 70, que conmocionaron al universo de las letras y que todavía tienen algo que decir en estos días.
El manuscrito de Un mundo para Julius, la novela donde Alfredo Bryce Echenique retrata las apariencias de la alta burguesía limeña desde la mirada de un niño huérfano que vivía en una mansión, acaba de ser donada oficialmente a la biblioteca patrimonial del Instituto Cervantes, en el marco de un congreso para homenajear al escritor.
Cae la tarde del pasado jueves en uno de los salones de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. Desde una pequeña mesa, Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, y Ángel Esteban, catedrático de la Universidad de Granada, explican el valor del acto con solemnidad. “La mejor forma de comprometerse con el futuro es saber recibir las herencias mejores del pasado”, dice el primero. “Enriquecerá el acervo histórico de la lengua”, agrega el segundo.
Flanqueado por ambos, desde una silla de ruedas, Bryce Echenique —raya al costado, saco color camel y sin el mostacho que empezó a rasurarse un buen día— permanece impávido. Su rostro no dibuja ningún gesto de emoción. Parece absorto en algún lugar lejano. No asoma la más leve sonrisa cuando sus interlocutores repasan los halagos que despertó su novela más aclamada. Aquello que Pablo Neruda describió como el “espléndido traje de luces con el que se lanzó al ruedo” de la literatura. Elogios que probablemente debe haber escuchado muchas veces en los últimos 55 años.
Lo cierto es que la importancia del acontecimiento radica, sobre todo, en que es el hallazgo de un tesoro. Hace algún tiempo, durante un congreso en Madrid, el hijo de Julio Ramón Ribeyro —el célebre escritor de los desdichados que acogió en Francia a un veinteañero Bryce Echenique— le comentó a Ángel Esteban que había hallado unos cuentos inéditos de su padre, en los armarios de su casa, en el barrio residencial del parque Monceau, en París. Esteban, que tenía la sospecha de que aquellos muebles albergaban más joyas, le pidió que, por favor, le dejara asomarse en esos archivos. Julito, como es conocido el único heredero del autor de La tentación del fracaso, accedió.
En abril, el académico viajó de Granada a París. Y durante un día rebuscó en unos armarios empotrados, en el pasadizo del apartamento de la calle Van Dyck. A las dos horas encontró una carpeta voluminosa con manuscritos de otros escritores. El archivo más gordo le llamó la atención. Al leer la portada se paralizó: Un mundo para Julius. Alfredo Bryce Echenique. Las preguntas se precipitaron: ¿Cuántos años había permanecido allí, empolvándose? ¿Por qué lo tenía Ribeyro? ¿Era un regalo por haber impulsado su carrera o un préstamo no devuelto?
Rápidamente, Esteban le comentó el descubrimiento a Germán Coronado, director de la editorial que posee los derechos de su obra. Fue Coronado quien le planteó la idea de donar el manuscrito a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, en su sede principal en Madrid, donde reposa la obra de grandes creadores en todas las disciplinas del arte. Julito Ribeyro Cordero dio su aprobación con la condición que Esteban representara a su familia. Y en efecto, así fue. El manuscrito viajó de París a Lima para luego trasladarse hasta Madrid, su destino final.
La historia se ensancha. El hijo de Ribeyro cuenta por teléfono a EL PAÍS que, en realidad, la primera versión de Un mundo para Julius ya había sido descubierta un año y medio atrás. Apareció en la biblioteca de su departamento en Villa Violet, también en París. No se explica cómo los folios llegaron allí. “No sé cómo diablos pasó. A veces he movido material de mi padre a mi casa. Debo haberlo llevado por error. De todas maneras me parece un gesto bonito que Ángel [Esteban] haya hecho todo el esfuerzo para coronar este acto en San Marcos. Alfredo [Bryce Echenique] ha sido como un tío para mí. En la relación que tuvo con mi padre nunca hubo envidias, algo que no es tan común en escritores de tanto talento”, dice.
A casi seis décadas de su publicación, Un mundo para Julius ha sido muchas cosas. La primera vez que un acomodado se sublevó, con ironía, contra su clase social; la iniciación literaria de varias generaciones en la secundaria; el libro que le daban a los embajadores antes de iniciar su misión diplomática en el Perú; la novela finalista del Premio Biblioteca Breve que quedó desierto en 1970 por la ruptura de Carlos Barral con Seix Barral; el primer libro del catálogo de Barral Editores; el proyecto por el que la primera esposa de Bryce Echenique le lanzó la advertencia de que se separarían si no lo terminaba; “el adiós” a su país, ese que dejó en barco en el 64; la obra que inspiró una película en el 2021, pero sobre todo el esplendor de un escritor que a los treinta años halló el eco de su voz y sembró el germen de su literatura.
De vuelta en la universidad San Marcos —homenaje organizado por los profesores Agustín Prado y Carlos Arámbulo—, Bryce Echenique toma la palabra. El público guarda silencio. La expectativa por lo que tenga que decir cuece. A sus 86 años confiesa no recordar por qué le dio su manuscrito a Ribeyro, el amigo diez años mayor que ideó el título de su primer libro de cuentos (Huerto cerrado). No teme arruinar la versión que se ha propagado en los medios: que se lo regaló en agradecimiento por ser su mentor literario. Y entonces la risa. “Julio Ramón me daba a leer cosas suyas y yo también. Yo honestamente se los devolvía y él deshonestamente se tiró mi manuscrito”, dice.
Adiós a los protocolos. La gente celebra la franqueza de quien no siempre fue franco. Hace más de 15 años, la reputación de Bryce Echenique se vio empañada por una cadena de plagios. Quienes llevaron adelante el ciclo de conferencias aseguran que eso no daña su obra de ficción y que ya era hora de que se reencontrara con su alma mater. La pelota no se mancha, diría Maradona.
Sea como fuere, Luis García Montero concluye con una sabrosa anécdota. En el 2019, el escritor viajó a Madrid para donar sus libros a la Caja de las Letras, pero olvidó todo el arsenal en Lima. Ambos se las ingeniaron para convocar a personalidades y formar una colección de sus primeras ediciones. “Él puede perder lo que quiera, que sus amigos nos vamos a encargar, como buenos lectores, de conservarlo todo”, señala, observando la caja de terciopelo. Quinientas hojas de un libro que ha envejecido bien.
IV
Alfredo Bryce Echenique: “He escrito mi letanía final, como el último adiós”, en El País, Juan Cruz, Madrid - 8 FEB 2021:
El escritor peruano publica en España ‘Permiso para retirarme. Antimemorias’. “El amor es el pasado”, afirma
Alfredo Bryce Echenique (Lima, 81 años) es el más joven de los que pudieron estar en la lista del boom, pero, como él dice en Permiso para retirarme. Antimemorias III (Anagrama, previamente publicado en Perú), siempre ha llegado tarde a todas partes. Un mundo para Julius (Seix Barral, 1970) fue un resplandor de su juventud. La mayor parte de sus libros estuvieron luego entre la memoria (su primer libro de memorias, Permiso para vivir. Antimemorias, Anagrama, es de 1993) y la despedida, o al menos la persistencia de la melancolía (Dándole pena a la tristeza, La exagerada vida de Martín Romaña…). Ahora dice desde el título que ya se retira, aunque en esta conversación apunta que quizá incumpla su promesa. Durante años se estuvo despidiendo de España (sus amigos le cantaban “…y te vas y te vas, y no te has ido”) hasta que volvió a Perú después de una larga época en que París, Madrid y Barcelona fueron los sucesivos escenarios de sus huellas.
Pregunta. En este libro hace una apelación a los amores contrariados y a los que más ilusión le hicieron.
Respuesta. Así es. Con algún capítulo muy triste. Pues hay uno que transcurre en Montpellier, a principios de los ochenta, con una chica con la que me acababa de casar. Volvíamos de comer ostras, tuvimos un accidente, ella murió estando encinta de mi hijo. Estuve un año entero en el hospital, algún tiempo sin dormir. Durante mis clases temían que pudiera morir de presión alta mientras hablaba en el estrado. Fue tremenda esa época. Después me fui a España. Lo cuento con desesperación, casi. Fueron momentos muy, muy duros.
P. ¿Qué repercusión tuvo ese hecho en su vida?
R. Me ha sido difícil escribir sobre aquello. Esta ha sido la ocasión de deshacerme de recuerdos tan duros. Ha sido como la letanía final, como el último adiós.
P. ¿Cómo se siente ahora?
R. Bien. Era como una joroba, un bulto que uno arrastra, que nunca te abandona. Por eso he querido sacar cuentas con recuerdos antiguos y dolorosos.
P. Podría haberlo titulado La exagerada vida de Alfredo Bryce Echenique…
R. ¡Yo diría La exagerada vida de Alfredo Bryce Echenique abrumado de recuerdos…! Por fin pude escribir cosas que antes no había podido escribir. Me he sentido más libre, definitivamente, y más obligado a escribirlo.
P. ¿Hay cosas que no se atreve a contar?
R. Creo que ya no queda nada en el baúl de los recuerdos. Hay una cosa, sin embargo. Acabo de terminar de leer las 3.500 páginas de Memorias de ultratumba de Chateaubriand. ¡A ver si con los años mis propias memorias de ultratumba!
P. Así que apunta a que este no será su último libro. Este es también un recorrido por ciudades y amistades, ¿de dónde se siente más cerca?
R. Un país para mí es Francia. Y allí, Montpellier. En Barcelona viví en dos oportunidades. En Madrid viví largo tiempo, y allí mantengo más amigos que en cualquier otro lugar. ¡Nunca me iba! A lo mejor nunca me fui. En la literatura la evocación es muy útil en estos casos.
P. ¿Podría ser que todavía se sienta fuera de Perú?
R. En cierta forma sí, aunque aquí también me han querido mucho. Tengo cantidad de buenos amigos; amo sus paisajes, los recuerdos de infancia. Ahora se está poniendo en la radio una serie sobre personajes peruanos, como Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y yo mismo. Unos recuerdan a otros, y lo que escucho me hace sentir profundamente limeño, peruano.
P. ¿Y qué es sentirse “profundamente limeño, peruano”?
R. Sobre todo, la amistad con mis amigos del pasado. Tengo muy buenos amigos, a los que veo, o que veré cuando pase la pandemia. Recuerdo a los amigos de los dos colegios en los que estudié, los veo, hablo con ellos. Hay muchos escritores, leo sus libros, los releo. Y también tengo a mi familia, ya muy reducida. Eso es lo que más extrañaba de Perú, y ahora lo tengo.
P. Se redujo al mínimo aquel grupo al que usted se acercó de joven, donde estaban Ribeyro, Onetti, Cortázar, el propio Vargas Llosa. ¿Qué significaron las sucesivas pérdidas?
R. Un golpe duro, un golpe de nostalgia sobre todo. Me afectó muchísimo la muerte de Ribeyro. No se moría nunca, sufría muchísimo. Es una ausencia, un agujero, un hueco en mi vida.
P. Se atreve con tantas cosas íntimas que a veces uno llega a creer que ha inventado memorias.
R. No, no hay nada inventado. Todo es real. Solo había un par de datos en los cuales me había equivocado, y en la edición española se ha modificado. Había declarado muerta a una persona que seguía viva.
P. Su literatura va de amor, amistad y memoria.
R. El amor es el pasado. En Lima veo a mi primera esposa; en Madrid me encuentro con mi segunda esposa y a mis amigos del pasado, vínculos que se mantuvieron a través de los años. Este libro trae ecos de cosas que han ocurrido y que ahora se hacen presentes. El fondo del asunto es lo que he dicho siempre: escribo para que mis amigos me quieran más. La memoria es mi manera de no olvidar. Y el libro es un adiós a todo aquello, la despedida final.
P. En algún momento es una secuela de una de sus frases más famosas: “Dándole pena a la tristeza…”.
R. Es la frase de una persona que me crio, que trabajó con mis padres hasta que se murió, viejita. “Aquí estoy, Chinito, dándole pena a la tristeza…”. Cuando entra la tristeza es el punto final de la vida. En mi caso, los fracasos han sido muy importantes. No los olvido, así que están en el libro.
P. ¿Cuál le ha dolido más?
R. Probablemente el enamoramiento que me juntó a una alumna en París. Se llamaba Sylvie. Sus padres no querían que ella se juntara con extranjeros. Se tuvo que casar casi por obligación con otro hombre. Yo sufrí inmensamente, ella también. El día de su matrimonio me mandó una nota en la que me decía que yo era la única persona que había tenido el honor de no asistir a su boda.
P. ¿Aquel Bryce de Un mundo para Julius sigue vivo en usted?
R. Por supuesto que sí. Y en este libro me visita, claro. El proceso de escritura me hundió en el pasado, fue hundirme y hundirme. Y escribir me levantó de ahí. Ahora soy bastante feliz. Satisfecho. No olvido nada de lo vivido. Visito ciudades para ver a los amigos que tengo en ellas. Y visito a amores que quedan; por ejemplo, veo a Sylvie en Milán. El tiempo se va y luego vuelve. Ahora vivo enamorado de mis recuerdos, nada más.
P. Dijo en La amigdalitis de Tarzán que éramos mejores por carta.
R. Lo inspira también una chica. Yo estaba encerrado, escribiendo, en Menorca. No soportó que yo siguiera escribiendo en su presencia, y se volvió a Lima. Cuando le escribí ella me devolvió la carta con otra en la que me escribió: “Éramos mejores por carta”.
P. Fue acusado de plagio varias veces. ¿Se ha librado de esa sombra?
R. Ningún amigo me criticó. Fue una reivindicación de la amistad, así que tuvo ese lado positivo.
P. Dijo de sí mismo que se distinguió por haber llegado tarde a todas partes. ¿A qué cosas le hubiera gustado llegar antes o en otro momento?
R. A Lima. Me demoré mucho en volver, pero es que fui muy feliz en Europa. Fue allí una vida muy cumplida. Se me mezclan los recuerdos de Barcelona, de Madrid, de Perugia, de Montpellier, y eso me hace volver.
P. Cita a César Vallejo, sobre Lima, donde “hace un frío teórico y práctico”. Dentro de usted, ¿qué tiempo hace?
R. Verano. Ahora está demorando mucho. El cielo está cubierto de nubes. Lima tiene cielo panza de burro. Y eso me falta, el verano. El tiempo de fuga, el mar, la infancia, la adolescencia, el balneario… Por ahí deambula Julius, claro que sí.
V
Muere Alfredo Bryce Echenique, el hermano pequeño, zumbón y brillante del Boom Latinoamericano, en El Mundo, Luis Alemany 10 marzo 2026:
El autor de 'Un mundo para Julius' fue uno de los grandes renovadores de la novela en español en la década de 1970.
"Julius nació en un palacio en la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello".
Así empezaba Un mundo para Julius, la primera novela del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), el libro que nació como el hermano pequeño, impertinente y brillante de las novelas fundacionales del Boom Latinoamericano que había arrasado con las librerías seis años antes. Con Julius, Bryce, que era tres años menor que Mario Vargas Llosa y más de una década más joven que García Márquez y José Donoso, ampliaba, honraba, se tomaba a broma y refutaba los grandes relatos de sus mayores y los llevaba a una nueva década. Llevaba la novela latinoamericana al mundo de la cultura y la música popular, lo exponía al humor judío de Nueva York, al terror a la neurosis y el psicoanálisis, a la estética del barroco virreinal... Durante muchos años, Bryce estuvo casi a la altura en fama y prestigio que los más grandes. La noticia de su muerte llegó este martes desde Lima cuando el mundo lo tenía casi olvidado.
Olvidado hasta que reparecen las primeras líneas de Un mundo para Julius. "Hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta", continuaba la novela en su apertura. "La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de 'no toques, amor; por ahí no se va, darling'. Ya entonces, su padre había muerto". ¿No suena todo un poco a bebop?
Alfredo Bryce Echenique era Julius. No exactamente pero sí casi. Había nacido en el Perú de la arquitectura parisina, en el distrito de Magdalena, en un mundo a punto de desaparecer que evocaría obsesivamente en sus libros. La madre proustiana, el padre banquero que habría de arruinarse por culpa de un gobierno de izquierdas, los colegios privados (el Inmaculado Corazón que llenaría tantas páginas), los palacetes imposibles de mantener, los criados salidos de otro mundo, las universidades marxistas, los country clubs en San Isidro, los anhelos por ir a Europa al encuentro de la verdadera vida... Bryce nació como escritor a los 25 años, recién licenciado en Derecho en San Marcos (la misma universidad de Conversación en La Catedral), becado para ampliar estudios en París y obsesionado con Hemingway. En París entró en contacto Bryce con el gran escritor peruano del exilio, Julio Ramón Ribeyro, y escribió los relatos de su primer libro, Huerto cerrado, un conjunto mucho más minimalista y austero que la imagen que tenemos hoy de su autor. Más Hemingway y Ribeyro que Woody Allen, para entendernos. Los cuentos de Huerto cerrado comparten protagonista, un limeño joven llamado Manolo, que entra en la vida adulta a través de los ritos de la burguesía limeña: el prostíbulo, el tedio familiar, la hipocresía, el racismo, la dulzura, la claustrofobia... El Manolo de Huerto cerrado es un desclasado que mira desde fuera a su gente pero lo hace desde la compasión y el buen humor. Ese habría de ser el marco de Bryce.
Huerto cerrado apareció publicado en La Habana y, después, en Seix Barral, en Barcelona, apadrinado por Vargas Llosa. Un mundo para Julius esperaba al cabo de un par de años como su continuación lógica porque la novela partía de la misma emoción, de la misma mezcla de nostalgia, ironía y claustrofobia por aquel mundo perdido de San Isidro, Miraflores, Barranco... Por la Lima de los blancos. Los ropajes, en cambio, eran nuevos: populares, barrocos, jazzísticos, zumbones... Julius era un niño solitario en la Avenida Salaverry, en el borde parisino del Cercado de Lima. Su madre era una viuda medio inglesa, joven y guapa, y tenía un pretendiente, un tal Juan Lucas que admiraba a Estados Unidos y jugaba al golf. También tenía una hermana destinada a la tragedia, dos hermanos mayores brutales, y una segunda familia de sirvientes que serían su verdadera compañía en el viaje a la vida adulta. Julius terminaba en un trauma.
Al final de la novela, el protagonista descubría que la más querida de todas las criadas de su casa ejercía la prostitución en sus días libres y esa noticia acababa con su inocencia. Por eso, durante años exisitó la tentación de leer la novela en términos políticos. La obra posterior de Bryce desmintió esa idea: lo que importaba en Julius era su método, la oralidad y el humor, las palabras que marcaron las siguientes grandes novelas de Bryce Echenique: Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).
Tomemos las primeras líneas de Martín Romaña: "Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia de mi cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire... Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, es un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí... Creo que me entiendo, pero puedo agregar que hay un afán inicial de atenerse a las leyes que convienen a la ficción y pido confianza".
De modo que el Julius golpeado de 1970 se había convertido, al cabo de 11 años, en un neurótico divino: bebedor, locuaz, maniaco-depresivo, consumista, escéptico, enamoradizo, autoparódico... Martín Romaña y Octavia de Cádiz eran dos libros que hoy nos podrían parecer extraordinariamente modernos: piezas de autoficción hilarantes, narradas a un paso de la locura. Bryce, en el momento de mayor prestigio de su carrera, desarrolló un personaje público que parecía hecho para confirmar sus libros. Hay mil anécdotas sobre aquel Bryce semialcoholizado, dandi, impresentable pero adorable. Se quedaba dormido en sus propias conferencias, defendía a sus amigos en las peleas con golpes de kárate inverosímiles y cantaba coplillas en su propio honor: "De vascos sin una pela / e ingleses sin un penique / nació para la novela / Alfredo Bryce Echenique".
La segunda parte de la carrea de Bryce Echenique tendió a la contracción y la melancolía: la vida caótica le pasó factura y su impulso se fue agotando. Los mejores libros de sus últimos años fueron colecciones de relatos que hicieron el viaje de vuelta, desde la exuberancia hacia el laconismo, como La esposa del rey de las curvas. Bryce ganó premios y lanzó best sellers que lo fueron alejando del latido del mundo y después cayó en desgracia en esa época por un asunto un poco deshonroso de plagios en la prensa. Se recluyó durante la última década de su vida. Fue un final un poco amargo para un escritor genial.
VI
'Un mundo para Julius' y otras novelas de Alfredo Bryce Echenique. Legado literario, en La Vanguardia de Barcelona, 10/03/2026:
El mundo de las letras llora este martes la muerte del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, a los 87 años. Considerado una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana, es muy extenso el legado que deja a sus lectores, con obras que han ganado desde el Nacional de Narrativa hasta el Planeta o el premio Nacional de Literatura de Perú. Estas son algunas de sus obras más aclamadas:
Un mundo para Julius
Fue la primera y seguramente la más emblemática de sus novelas. Un debut por todo lo alto, pues con ella ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú y, más tarde, reconocimiento en Francia. Surgió a partir de un breve relato que no debía rebasar las diez páginas pero que se complicó, en el mejor de los sentidos. En sus páginas retrata la oligarquía limeña, feliz y despreocupada, que, al mismo tiempo, se asemeja con cualquier otra oligarquía de una ciudad contemporánea. Julius es el protagonista, un niño inteligente y bien tratado por la fortuna pero no tanto por la vida, pues es huérfano. Es a través de sus ojos que el lector se adentra en su cotidianidad y la de su entorno.
La vida exagerada de Martín Romaña
Esta es otra de sus obras más destacadas. En ella, exhibe el naufragio parisino de un latinoamericano que escribe para no hundirse. Es Martín Romaña, lector atento de Hemingway, que rompe con su adinerada familia convencido de que así podrá escribir. Algo que, por cierto, también ocurrió al autor.
El huerto de mi amada
Comedia romántica ambientada en la Lima de los años cincuenta que narra la historia de amor entre Carlitos Alegre, de diecisiete años, y Natalia de Larrea, una mujer mayor y acaudalada. De nuevo, la burguesía presente en otra de sus obras.
Permiso para retirarme
Tercera y última entrega de las Antimemorias de Bryce Echenique, y el libro con el que ha decidido cerrar su carrera literaria. Dividido en cinco partes, de sus páginas emergen las emotivas y tragicómicas evocaciones de sus andanzas: la infancia en Perú, el entorno escolar y familiar, el padre aventurero y la madre sensible y lectora; el traslado a París en la década de los sesenta con el propósito de ser escritor, el descubrimiento de la libertad y el paso por otras ciudades europeas como Barcelona; los grandes amigos, como Julio Ramón Ribeyro; los encuentros con figuras como García Márquez; los lances amorosos; las copas; los achaques y arrebatos melancólicos; las lecturas... Y Stendhal como proa.
VII
Muere el escritor peruano Bryce Echenique a los 87 años, Diario de Sevilla, Agencias, 10 de marzo 2026:
Es uno de los referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana.
El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique falleció a los 87 años, según ha confirmado la Casa de la Literatura Peruana. Era uno de los referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana.
"Su obra, que abarca novela, cuento, ensayo y memorias, dejó una huella significativa en varias generaciones de lectores (...) Expresamos nuestras condolencias a sus familiares, amistades y a la comunidad literaria que hoy despide a uno de los narradores más destacados del país", lamentó la Casa de la Literatura Peruana.
Es autor de obras como Un mundo para Julius, novela con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972, y El huerto de mi amada, galardonada con el Premio Planeta en 2002.
A estos títulos se suman otras obras como La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, entre otros.
Bryce Echenique era uno de los últimos autores vivos de la gran generación del boom latinoamericano, coetaneo de Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, aunque algunos expertos le consideraban en los márgenes de este fenómeno literario.
Con más de 30 títulos publicados, entre cuentos, novelas, crónicas y memorias y una obra influida por Julio Cortázar o Albert Camus, su primera novela fue Un mundo para Julius (1970), una de sus obras más celebradas.
El autor de La vida exagerada de Martín Romaña (1981) anunció en 2019, a los 80 años, su retirada de la literatura tras publicar Permiso para retirarme. Antimemorias 3. Recibió, entre otros muchos premios, el Premio Planeta en 2002 por El huerto de mi amada, el Premio Nacional de Narrativa en España en 1998 por Reo de Nocturnidad o el Premio Nacional de Literatura de Perú de 1972 por Un mundo para Julius.
Su vida
Nieto de un presidente de la República peruana, José Rufino Echenique, y descendiente del último virrey del Perú, nació el 19 de febrero de 1939 en Lima (Perú), en una familia de banqueros.
Se licenció en la Universidad Nacional de San Marcos de Lima en Derecho (1963) y Literatura (1964), y se doctoró años después en La Sorbona de París.
Debutó en las letras con 29 años, cuando viajando por Europa, en Perugia (Italia), escribió su primer libro de cuentos, Huerto cerrado (1968) y fue premio Casa de las Américas de La Habana.
Luego se estableció en París donde compaginó la escritura y la docencia en las Universidades de Vincennes, Nanterre, La Sorbona y Montpellier, y donde conoció a colegas como Mario Vargas Llosa o Julio Ramón Ribeyro.
En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim en Estados Unidos, donde escribió para un periódico mexicano crónicas sobre el sur más profundo, luego recogidas en el libro A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977).
Trasladó su residencia a Madrid desde 1985 hasta 1999, cuando regresó a su Perú natal después de lo que calificara de "exilio voluntario de 34 años en Europa". Pero regresaría a menudo a España, donde se estableció un tiempo en Barcelona.
Su obra
De sus novelas destacan Un mundo para Julius (1970), Tantas veces Pedro (1977, título reducido de su La pasión según San Pedro Balbuena que fue tantas veces Pedro, y que nunca pudo negar a nadie), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) o El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).
Una obra brillante que quedó un tanto olvidada por un escándalo en 2006 relacionado con el plagio de unos artículos.
El 9 de enero de 2009 un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de unos 53.000 dólares por el plagio de 16 textos de 15 autores, uno de ellos de Sergi Pàmies publicado en La Vanguardia y otro en El Periódico de Extremadura.
Echenique trató de probar que los artículos habían sido publicados sin su autorización y se defendió argumentando una trama de desprestigio por su oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori.
Además, según explicó en 2019, fue absuelto de todas las acusaciones de plagio: "Contraté un abogado, gané el juicio en primera y segunda instancia y la Fiscalía no solo me absolvió plenamente sino que archivó el asunto definitivamente", enfatizó.
Su vida privada
Se casó tres veces (con Maggie Revilla, Pilar de Vega Martínez y Ana Chávez Montoya), además de un "mediomatrimonio" con la modelo puertorriqueña Tere Llenza. Y su última pareja fue Claudia Grau.
El escritor reconoció en alguna ocasión haber tenido períodos de depresión muy graves, que lo llevaron a un internamiento clínico, del cual pudo recuperarse gracias al psiquiatra del célebre pintor español Salvador Dalí, Ramón Vidal Teixidor.
VIII
El plagio exagerado de Bryce Echenique, en Diario de Sevilla, por César Romero, 10 de marzo 2026:
Se lo condenó en 2009 por haber plagiado una quincena de artículos de opinión de una quincena de autores.
Vaya por delante que lo de los premios literarios que se conceden a toda una obra, desde el afamado Nobel, que en realidad es a un libro, al menos conocido Nacional de las Letras apenas tiene importancia. Hay tantos premiados sin gran mérito que muchas veces es preferible quedarse con los no agraciados. Y eso sin recordar el denuedo de opositor a funcionario que algunos literatos pusieron para que se los concedieran (o el que algunos vivos ponen, también, en proclamar que no aceptarían estos honores, a buen seguro porque su vanidad es tan inmensa que se creen más que merecedores, aunque sepan que nunca los lograrán). Del premio Cervantes se suele decir que es el mayor galardón de las letras españolas, o hispanas, para que almas cogidas con papel de fumar no piensen que se está postergando a la literatura hispanoamericana, y desde que en 1976 abriera la lista de premiados Jorge Guillén se ha entregado a grandes de las letras, y a otros no tanto, y se ha dejado de conceder, ay, a otros muchos. Entre estos últimos, y con su muerte acaba la posibilidad de enmendar este error, se cuenta ya el peruano Alfredo Bryce Echenique.
A Bryce Echenique se lo condenó en 2009 por haber plagiado una quincena de artículos de opinión de una quincena de autores. Al principio negó los hechos, pero la verdad la aclaró un tribunal. Fue condenado, pagó su indemnización y, que se sepa, no volvió a delinquir. Sólo tres años después se le concedió el premio FIL, en Guadalajara (México), y la polvareda levantada fue inmensa. Tanto que, visto que en estos años se multiplicaron el imperio de lo políticamente correcto y la delicada finura de ciertas pieles, ningún jurado se atrevió a otorgarle el Cervantes. En su libro Mentideros de la memoria, el mexicano Gonzalo Celorio, último Cervantes, por cierto, hace un relato de lo acaecido cuando le dieron a Bryce el FIL y, con su prosa tipo comida de hospital (saludable, digerible, pero tan insípida que te deja con hambre, de literatura, aun antes de acabar su lectura), desde esa altura moral que algunos escritores que se ven a sí mismos como estatuas se gastan, en tan alto concepto se tienen, condena a Bryce Echenique por el plagio y le retira admiración y amistad. Es el signo de los tiempos: condenar a los ya sentenciados y, además, condenarlos por cualquiera de sus actos, aunque no tengan relación con los méritos por los que se los admira.
Se dirá que en el caso de Bryce Echenique su delito sí tiene que ver con su oficio. No hay mayor delito para un escritor que plagiar (bueno, sí: publicar bodrios). No es una diva folclórica que defraudó a Hacienda, ni un gran actor que le metió mano a cuanta entrepierna se puso a su alcance, a quienes se les retiran honores ganados con sus respectivas artes. No. Es un escritor al que se pilló en falta. Sí, plagió una quincena de artículos, pero ¿cuántos escritores en español pueden decir que escribieron al menos tres obras maestras y unas cuantas meritorias (también otros pastiches infumables, es cierto)? Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña y Permiso para vivir son tres libros que, tomados por separado, lo hubieran hecho merecedor de cualquier premio. Y en ellos no hay plagio. Como en el resto de obra narrativa. Si estos reconocimientos sirven para premiar el mérito, el peruano Bryce contaba con él desde hace medio siglo. Quien fue condenado por un error no contó con esta posible rehabilitación en la sociedad literaria. El miedo a ser señalados por saltarse a la torera una pena cumplida primó sobre cualquier otra razón. En tiempos más anecdóticos que inquisitoriales pocos destacan el raro metal, cuando se da, sobre la abundante escoria, pocos se atreven a elevar estatuas merecidas, no sea que luego la basura de las vidas de aquellos a quienes se las erigieron, como si alguna vida estuviera exenta de miserias, los alcance y lastre sus aspiraciones.
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