El “impío y sodomita” hidalgo portugués que resguardó un tesoro bibliográfico tras las paredes de su casa en un pueblo de Badajoz, en El País, por Rodrigo Naredo, Madrid, 9 mar 2026:
Una nueva investigación revela que la popular biblioteca de Barcarrota, uno de los hallazgos literarios más sonados del siglo pasado, perteneció a Fernão Brandão, que huyó de su país al ser perseguido por la Inquisición.
El libro, el Lazarillo de Tormes, encontrado, emparedado en las tapias del doblado de una casa, del pueblo de Barcarrota (Badajoz), constituye un hecho de singular importancia, por tratarse de un ejemplar del siglo XVI.
La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.
El más especial: una edición de El lazarillo de Tormes impresa en 1554 y que, como sus compañeros de refugio, había burlado casi intacta el paso del tiempo. Ahora, según una nueva investigación del profesor Pedro Martín Baños, podemos saber que quien los había escondido ahí —hasta ahora desconocido— fue, en realidad, Fernão Brandão, un hidalgo portugués que huyó de su país para burlar a la Inquisición. “Era un personaje”, lo describe titubeante el investigador, “es decir, alguien que se salía un poquito de la norma hidalga”. O, resumido por los inquisidores de la época: “Un impío sodomita”.
La pista clave que llevó al nuevo hallazgo, publicado en el libro La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, fue un amuleto de papel circular descubierto junto a los libros emparedados, dedicado a Brandão y fechado en Roma en 1551. “Vi que prácticamente no se había tratado nada sobre el nombre que aparece en el amuleto”, cuenta Baños. “Empecé a buscar, a acotar por fechas, tanteando lo que podría ser interesante”. Tuvo suerte: descubrió que se trataba de un hombre de una “familia hidalga muy bien conocida y prominente”, y muy bien estudiada por los genealogistas desde finales del siglo XVI. El hombre había heredado todo el patrimonio familiar “más o menos joven”, y se había “acostumbrado a estar rodeado de criados que le decían amén a todo”.
¿Qué hizo entonces el buen hidalgo portugués para ganar semejantes títulos? Según relatan unas acusaciones en los tribunales de la Inquisición que recoge Baños, “comía pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar; no rezaba nunca; jugaba a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa; desaparecía de la ciudad durante la Cuaresma; no se confesaba; blasfemaba contra Dios y los santos y poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba ciertos rituales”. Y quizá más grave para la época: se le acusaba de tener relaciones homosexuales con sus criados [“le decían amén a todo...”] y poseer “un libro de sodomía, a manera de libro de canto [es decir, forrado como si fuera un libro religioso], en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás”.
Los libros encontrados en el pueblo pacense comprueban tal currículum. Además del Lazarillo, había un Alborayque, una feroz sátira contra los judeoconversos —el libro atravesado por la piqueta—; dos tratados sobre quiromancia; un manual de exorcismos; un ejemplar de una obra polémica de Erasmo de Róterdam; un pequeño libro de oraciones en latín, griego y hebreo; una rarísima Oración de la emparedada (un tipo de oración supersticiosa), escrita en portugués; o un diálogo erótico [por no decir claramente pornográfico] de carácter homosexual, La Cazzaria. Cuatro de ellos figuraban de modo nominal —el Lazarillo incluido— en el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, publicado en 1559. Esto, además, ayuda a fechar el emparedamiento hacia finales de ese año o principios de 1560.
El hecho de que algunos de los libros no estuviesen incluidos explícitamente en la lista de títulos prohibidos despistaba a algunos investigadores que no entendían el porqué de su escondite junto con los que sí estaban vetados. Aquella disparidad dio luz a algunas teorías, no muy sonadas ni sustentadas, como la de que provenían, en realidad, de un lote de una librería decomisada. Baños lo desmonta. “Lo que hacía la Inquisición era un método perverso. Los límites eran muy poco establecidos y las zonas de gris eran tan amplias que uno no sabía muy bien si los libros que tenía podían ser considerados peligrosos o no: lo que hoy no estaba prohibido, dos años después resulta que sí. Todos los temas tocados en la biblioteca de Barcarrota son temas controvertidos”.
Otra de las incógnitas era la datación del amuleto —“piezas que se debieron de confeccionar por millares en toda Europa, y que la gente llevaba al cuello o en una bolsita”, cuenta Baños— en Roma. La respuesta está en que antes de viajar a Badajoz, el hidalgo hizo una visita a Roma en busca de su absolución y seguramente desde ahí cargó el amuleto encontrado. “En 1547 la Inquisición portuguesa lanzó una cacería de sodomitas que tuvo un impacto enorme sobre todo en Lisboa. Encontré que varios de ellos se habían dirigido a Roma a buscar la absolución a un tribunal que se llama la Penitenciaría Apostólica, [todavía en operación] por un cierto precio”. Lo más probable, afirma Baños, es que el hidalgo no la consiguiera y que por eso, “como no se registraban las absoluciones negadas”, no hay registro en los papeles. Sí hay, en cambio, el de uno de ellos, Antonio Coello, que comparte nombre con uno de los criados de Brandão citados en una de las denuncias en contra del “sodomita”.
Todavía faltaba comprobar que aquel hombre vivió en la casa donde se encontraron los libros y no fue un capricho del azar que su amuleto apareciera junto con ellos. Otro profesor extremeño, Fernando Serrano Mangas, publicó un libro en 2003 en el que afirmaba que el dueño era Francisco de Peñaranda, un médico converso. Sustentaba su afirmación con el testamento de la viuda de un nieto de Peñaranda que ordenaba vender las propiedades que le quedaban en Barcarrota, entre ellas una casa frente a la Iglesia de la Virgen del Soterraño, como en la que se encontraron los libros. Esto también lo desmonta con agilidad Baños. “Eso no quiere decir que la casa fuera del abuelo. Yo creo que ni siquiera era esa casa, era una casa de la zona”, empieza. Y va un poco más allá: “Encontré un papel que certifica que el nieto la compró; pero la compró en 1613, una fecha ya alejada de lo que nos incumbe”.
Luego encontró, aunque no hay una carta de venta o alquiler al tal portugués, “muchos indicios” que “de forma indirecta” lo llevaron a pensar que Brandão sí vivió en esa casa. Por ejemplo: un testamento de una vecina que en 1565 “escribe que deja su casa que está lindera con Gonzalo de Mejía, difunto, y con Fernão Brandão”. En aquellos años no había numeración y la manera de referirse a las casas que uno legaba o vendía era siempre aludiendo a los linderos. Es decir, “esta vecina, hacia la mitad del XVI, vivía al lado de este portugués”.
A los libros les esperaba una parada más, aunque anecdótica, en su periplo. Encontrarlos fue, según, Miguel Ángel Lama, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, y muy cercano al descubrimiento de los años 90, “un milagro. Un hecho de mucha trascendencia y además muy notorio en su momento”. La pareja, “seguramente por miedo a que les pararan la obra”, decidió no informar del hallazgo y guardó los libros cuatro años en una caja de zapatos.
Finalmente el Gobierno de Extremadura terminó pagando al matrimonio descubridor 15 millones de pesetas (unos 90.00 euros, para los más jóvenes) por ellos. “Pero al albañil”, cuenta Lama, “seguramente muy bien asesorado, alguien le dijo que la ley de patrimonio dice que cuando tú encuentras algo, la mitad de los beneficios que produzca ese hallazgo es para el propietario del terreno y la otra mitad para el descubridor material”. Se fue a pleito. Lo ganó y terminó con siete millones y medio. Todavía hoy el matrimonio, por puro pundonor, lo cuenta Baños, asegura a quien le pregunta que el marido, que también ayudaba en las obras, fue el que dio el picotazo al tesoro.