lunes, 30 de marzo de 2026

La mujer según Schopenhauer

 [Transcripción corregida de Schopenhauer despreciaba la naturaleza femenina (y la psicología moderna prueba que tenía razón)

 ¿Alguna vez has amado a alguien y aún así sentiste que había algo de falsedad en todo aquello? ¿Has tenido la sensación de que el afecto que recibiste era un teatro cuidadosamente ensayado para obtener algo a cambio? ¿O, peor, te diste cuenta de que entregaste tu alma por una mirada y solo después entendiste que aquello era solo estrategia, no sentimiento? 

"La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas". Estas no son palabras de un hombre frustrado con el amor, son de Arthur Schopenhauer, uno de los filósofos más oscuros y sinceros de la historia. Para él, la mujer era la manifestación más perfecta de la trampa que la naturaleza construyó para mantener girando el ciclo de la vida, aunque eso costara la dignidad, la libertad o la lucidez del hombre. 

Tal vez tú ya hayas sentido eso, pero jamás te atreviste a ponerlo en palabras. Quizás sospechaste de ese cambio repentino de humor, de esa lágrima demasiado rápida, de esa desaparición fría después de noches intensas, y, quizá muy en el fondo, te odiaste por darte cuenta de que, incluso después de todo eso, todavía querías más. 

En este video vamos a atravesar un territorio peligroso. Entre las ideas brutales de Schopenhauer y los datos de la psicología moderna hay un hilo invisible que cose instintos, manipulación, amor y destrucción. No vamos a hacer un manifiesto de odio; vamos a desenterrar una verdad que muchos hombres sienten, pero no tienen el valor de nombrar. Y quizá, solo quizá, al final de este recorrido no odies a nadie, pero tampoco vuelvas a confiar. 

De la misma manera, Arthur Schopenhauer no odiaba a las mujeres como un hombre herido odia. Las despreciaba como un pensador que ve a través de la ilusión. Y eso es mucho más peligroso. Su desprecio era filosófico, casi clínico. No gritaba contra ellas, las describía como quien revela un fraude ancestral. Y lo que decía todavía resuena con una fuerza incómoda, en los callejones de la experiencia masculina moderna. Para Schopenhauer, la mujer no era el sexo bello, como romantizan los poetas. Era el sexo necesario, un cuerpo moldeado por la naturaleza, no para encantar, sino para atrapar. 

Escribió: "Solo un hombre cuya razón ha sido oscurecida por sus impulsos sexuales podría llamar sexo bello a una raza de hombros estrechos, caderas anchas y piernas cortas." Así comenzaba el ataque, rompiendo el encantamiento, rasgando el barniz del deseo con la hoja de la razón. Mientras otros filósofos especulaban sobre el alma femenina, Schopenhauer la reducía a un reflejo del instinto biológico. No había misterio, no había una esencia elevada, había función, supervivencia, repetición e engaño. Pero antes de juzgarlo con los ojos de hoy, hay que recordar lo que lo movía: el disgusto por la vida. Para él vivir era sufrir. La existencia era una prisión impuesta por la voluntad, una fuerza ciega, irracional, que nos empuja a continuar incluso cuando todo en nosotros pide silencio. Y la mujer era la embajadora de esa voluntad, el señuelo, el anzuelo, el recurso que la naturaleza utiliza para garantizar que el hombre, aún lúcido, se doblegue ante el ciclo de la reproducción. Schopenhauer miraba el cuerpo femenino con la frialdad de quien ve una trampa sofisticada, la piel suave, la voz tierna, la expresión vulnerable. No eran cualidades morales, sino estrategias evolutivas. "No había afecto ahí", decía él, "había cálculo, pero un cálculo sin conciencia, lo que lo volvía todavía más peligroso. La mujer, según él, no manipulaba porque fuera mala: manipulaba porque era eficaz. Estaba optimizada para seducir, para domesticar al hombre a través de la emoción y, lo más cruel, lo hacía naturalmente, con la fluidez de quien nació para ello. Este pensamiento puede sonar brutal, y lo es, pero detente y piensa. ¿Cuántas veces tú, hombre, no te has visto haciendo de todo por alguien que parecía frágil, enamorada, encantada contigo, y después te diste cuenta de que aquello no era amor, sino necesidad disfrazada?

¿Cuántas veces esa dulzura inicial se transformó en frialdad, en manipulación silenciosa, en exigencias sin nombre? Schopenhauer veía en eso un patrón, no una excepción. La mujer sería, en sus palabras, el  medio por el cual la naturaleza garantiza que el hombre se ilusione lo suficiente como para convertirse en padre: nada más, nada menos. Afirmaba que la mujer no ama al hombre, ama lo que él puede ofrecer. Y eso no es una elección consciente, es programación, evolución. Y eso lo hacía reír amargamente del romanticismo, del ideal del amor eterno, de los poetas que escribían sobre almas gemelas, porque para él todo eso era parte de la gran ilusión. 

La mujer no jura eternidad, ofrece afecto mientras eso le convenga, y cuando ya no le conviene, se va. Así de simple. No son crueles, son funcionales. Ese podría ser el resumen de la visión shopenhaueriana. Y, si eso duele, quizá es porque algo dentro de ti reconoce esa lógica, porque aunque lo niegues con palabras, el cuerpo lo recuerda. La memoria afectiva guarda esas partidas inexplicables, esa mirada que ya no brilla, ese silencio que sustituye al toque, y aquí reside la genialidad oscura de Schopenhauer.

Se dio cuenta de todo esto siglos antes de la psicología moderna, antes de que se hablara de hipergamia, teoría del apego, condicionamiento emocional, recompensa intermitente. Antes de tener datos, estudios gráficos, él ya veía los patrones. La mujer, según él, no es villana, es vector, un vector que dirige al hombre hacia el sufrimiento, porque lo seduce con la promesa de completitud, pero entrega solo fragmentos. No miente, oscila; no destruye, recalibra la entrega conforme cambian las ventajas. Y el hombre ama con profundidad, con construcción, con proyección; ama como quien apuesta todo, y es precisamente por eso que se quiebra, no por ella, sino porque creyó que ella era como él. 

Ese es el error que Schopenhauer quería exponer. El error de pensar que hay simetría donde hay estrategia, de creer que el amor de ella tiene la misma lógica que el tuyo, de imaginar que su afecto se sostiene en lo que eres y no en lo que entregas. Pero ¡cuidado! Schopenhauer no proponía venganza, proponía desencantamiento. Quería quitar el velo, no el corazón. Quería que el hombre dejara de ser marioneta del romanticismo y empezara a mirar a la mujer como se mira a una esfinge, con respeto, pero con desconfianza. La mujer para él era como un espejo que devuelve la imagen que necesitas ver para que sigas sirviendo a su guion. Y cuando ya no sirves, rompe el espejo sin drama, sin culpa, solo reinicio, porque su supervivencia exige movimiento y la tuya exige ceguera a menos que despiertes. Schopenhauer creía que los hombres sufrían, no por las mujeres en sí, sino por las ideas que proyectaban en ellas. 

Sufrían porque romantizaban el instinto, transformaban tácticas en sentimientos, cambiaban supervivencia por fidelidad y daban el alma esperando recibir amor. Pero ella nunca prometió el alma, solo sonrió, solo susurró, solo fue lo que necesitaba hacer en ese momento. La filosofía de Schopenhauer nos pide algo muy difícil, que miremos aquello que deseamos y nos preguntemos: ¿esto es amor o es ilusión programada? ¿Es reciprocidad o necesidad disfrazada? ¿Me ama, o solo me usa como puente hacia algo mejor? Si esas preguntas duelen es porque aún hay esperanza. Pero, cuando ya no duelan, cuando la lucidez sustituya al deseo, verás lo que Schopenhauer vio: a la mujer como la trampa más hermosa jamás creada, pero, aún así, una trampa. Y una vez que ves la trampa, ya no eres más una víctima. Te conviertes en algo raro, peligroso, soberano. 

Ahora, dime algo: ¿alguna vez has sentido que das demasiado y, aún así, no te respetan? No es por falta de esfuerzo, es porque el respeto no se pide, se proyecta. Y esa proyección comienza en cómo entrenas tu mente para mantener la frialdad y el enfoque en situaciones críticas. Ocurre que muchos crecieron con la idea de ser bueno, ser comprensivo, pero eso no forma hombres fuertes, eso forma personas fácilmente manipulables. Existe un modelo de autocontrol mental que está siendo usado por quienes decidieron dejar de agradar y empezar a imponerse con presencia. Grabamos un video explicando cómo esa estructura funciona en la vida real. 

Para acceder, escanea el código en pantalla o haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado. ¿Alguna vez intentaste razonar con tu propio deseo? Intentaste explicarte con lógica por qué debías irte, pero no pudiste levantarte de su cama. ¿Escuchaste esa voz racional diciéndote, "Esto va a destruirte y aún así te quedaste?" El filósofo puede entender el mundo, el poeta sentirlo, pero ninguno de los dos escapa de la mujer que encarna el deseo. Y quizás sea precisamente ahí donde el hombre empieza a perderse, cuando intenta usar la razón para descifrar el instinto y termina vencido por algo que nunca fue creado para ser racional. 

Schopenhauer lo veía con una lucidez dolorosa. Para él, el hombre es un animal que sufre porque piensa, pero cuando el pensamiento se encuentra con el deseo, algo se rompe. La claridad se convierte en delirio, la lógica se dobla y el hombre racional se transforma en siervo voluntario de la ilusión. Creía que el deseo sexual, especialmente el deseo por una mujer idealizada, es la forma más eficiente que tiene la naturaleza de esclavizar al hombre. Y lo más cruel lo hace con su consentimiento. El amor es una ilusión proyectada por la voluntad para mantener viva a la especie, decía él. Detente y piensa. ¿Qué lleva a un hombre a abandonar su lucidez? ¿Qué lo hace ignorar advertencias, consejos, señales claras de manipulación o egoísmo? ¿Por qué insiste en arreglar a una mujer que lo despreció otra vez? ¿Por qué cree que esta vez será diferente? La respuesta es simple y brutal. El deseo lo ciega porque el instinto ganó. La mujer en este juego no necesita ser malintencionada, solo necesita existir con las características que activan ese código ancestral. La vulnerabilidad que despierta protección, la belleza que sugiere fertilidad, la mirada que promete exclusividad, el lenguaje corporal que susurra rendición. Pero todo eso es solo forma. La esencia puede estar vacía o peor, puede ser estratégica. Y aquí entra la ironía cruel. El hombre confunde instinto con amor, confunde atracción con conexión, confunde entrega hormonal con profundidad emocional. Mientras tanto, la mujer, aunque no sea plenamente consciente, juega otro juego. Un juego donde el afecto se concede en función de la conveniencia, no de la eternidad.

Ella no está interesada en la poesía del alma. Ella está biológicamente optimizada para elegir al compañero que le ofrezca más ventajas evolutivas. Esto es hipergamia. Y no se trata de oportunismo vulgar, se trata de programación biológica. Ella no decide dejarte porque encontró a alguien mejor. Simplemente siente que ya no te necesita y su deseo, igual que el tuyo, habla más fuerte que la razón. Mientras tú crees que el amor es sacrificio, ella se mueve por selección. Mientras tú te convences de que todo vale la pena por ella, ella solo observa quién entrega más valor con menos costo emocional. Es cruel, sí, pero es real. Y es aquí donde la psicología moderna se encuentra con Schopenhauer. Estudios como los de David Bus muestran que las mujeres priorizan características como estatus, recursos, estabilidad y dominio emocional, especialmente en contextos a largo plazo. Es decir, incluso sin saberlo están calibrando, comparando, eligiendo todo el tiempo. Y si aparece alguien que ofrece una condición más ventajosa, aunque sea emocionalmente inferior, su cuerpo responde antes que su cerebro. Lo sientes cuando de repente empieza a responder con menos entusiasmo, cuando sus ojos pierden el brillo pero tú sigues intentando reavivar la llama, cuando dice que necesita espacio y tú le das más amor, y cuanto más entregas más se aleja. No es maldad, es algoritmo biológico. Y ahí es donde la razón masculina colapsa, porque sigue intentando amar a una mujer que ya dejó de elegirlo. Sigue invirtiendo en una conexión que para ella expiró. 

Él intenta racionalizar lo irracional. Intenta demostrar valor en un terreno donde el valor se mide por instinto, no por argumento. Y cuanto más se humilla, más pierde valor ante sus ojos. Schopenhauer veía este patrón como una comedia trágica, el hombre ebrio de deseo, arrodillado ante una figura que a sus ojos es divina, pero que en  realidad es solo humana, con instintos tan egoístas como los de él. La diferencia es que ella sabe lo que quiere, él no.

La mujer no necesita entender filosofía para manipular. Manipula con la respiración, con la ausencia, con el cambio de tono, con la espera, con el silencio. Y él intentando ser racional empieza a decaer emocionalmente. Se vuelve dependiente, se vuelve predecible, se vuelve débil, pero el deseo no quiere fuerza, quiere satisfacción. Y cuando te conviertes en necesidad, ella pierde el interés. Porque lo que atrae no es el amor que suplica, es el amor que se mantiene. Es el hombre que no se  inclina, incluso deseando. Esa es la trampa. ¿Crees que siendo bueno, sensible, dedicado, vas a ser amado con la misma intensidad? 

Pero ella fue hecha para desear el desafío, el riesgo, la incertidumbre y tú te volviste demasiada certeza. Schopenhauer no tenía Tinder, no conocía datos de neurociencia, no leía estudios sobre dopamina o el ciclo ovulatorio, pero observaba y veía. Veía que el hombre es derrotado no porque ama, sino porque no entiende lo que ama. El deseo para él es el verdugo de la razón. Y mientras el hombre desee sin comprender, amará sin ser amado. Por eso escribió: "La mujer es por naturaleza mentirosa, no por maldad, sino por necesidad." Y hoy la ciencia coincide. La mujer se miente a sí misma para mantener el autoengaño. Cree que todavía ama, hasta el día que deja de hacerlo. Jura que es diferente, hasta el día que encuentra a alguien mejor. Y, el hombre, si no despierta, siempre será el último en darse cuenta. Schopenhauer no quería que odiaras a las mujeres. Quería que vieras el teatro y que aprendieras a salir del escenario antes de que se apaguen las luces. Porque cuando el deseo gobierna a la razón, el amor se convierte en esclavitud. Y solo el hombre que entiende esto es capaz de amar sin destruirse.

Ella llega con los ojos grandes, la sonrisa contenida, los gestos suaves. La escuchas decir que está cansada de hombres que solo la quieren por interés y tú de inmediato te ofreces como la excepción. Crees que entendiste el juego, pero aún ni siquiera has notado que el juego ya empezó y que ella ya va ganando. La mujer moderna no necesita gritar para dominar. ha aprendido o mejor dicho ha evolucionado para conseguir lo que quiere con la mínima exposición y el máximo impacto. La psicología lo llama poder oculto, una forma de influencia sutil, indirecta, que moldea comportamientos, altera decisiones y redefine dinámicas sin nunca parecer agresiva. 

Schopenhauer, con su brutalidad habitual ya había observado este fenómeno siglos atrás. Decía que la mujer no conquista por la lógica, sino por la emoción, y que en el fondo lo que ejerce no es amor, sino control emocional disfrazado de afecto. Pero hoy con el lenguaje pulcro de las universidades, lo que Schopenhauer gritaba con desesperación se traduce en términos como comunicación indirecta, manipulación emocional, recompensa intermitente y narcisismo encubierto. La verdad es que detrás de la dulzura hay una maquinaria psíquica extremadamente eficaz. Robert Green, en su libro Las 48 leyes del poder, escribió: "El manipulador emocional seduce no con promesas directas, sino con una aparente carencia. Te necesita y eso te hace ceder." ¿Y quién más que la mujer ha aprendido a usar su propia vulnerabilidad como arma? Ella no grita, se calla, no exige, suspira, no reclama, mira con decepción y de repente tú estás haciendo todo para recuperar el brillo en sus ojos. Esa es la belleza cruel del poder oculto. Ella no manda, pero tú obedeces y aún crees que fue idea tuya. 

Sam Benin, especialista en narcisismo, escribió sobre el arquetipo de la narcisista femenina encubierta. Aquella que parece víctima, pero es depredadora. Aquella que llora y te controla con sus lágrimas. Aquella que se muestra frágil y te debilita al hacerte su héroe. Aquella que se aleja sin motivo y tú pasas días intentando entender en qué fallaste y tal vez no fallaste. Tal vez solo sintió que estabas demasiado entregado y por lo tanto demasiado predecible. Y como toda criatura de poder se alimenta de tu desequilibrio. Esto no es teoría, es un patrón. La psicología evolutiva muestra que las mujeres desarrollaron a lo largo de milenios habilidades sociales y emocionales muy superiores a las de los hombres por pura cuestión de supervivencia. Mientras los hombres guerreaban con espadas, ellas guerreaban con palabras. Mientras ellos imponían fuerza, ellas imponían culpa y a lo largo de generaciones ganaron. Schopenhauer veía esto con asombro.

Decía que la mujer parecía frágil, pero que su influencia era silenciosa, persistente, implacable. No te derriba con violencia, te desgasta con expectativas no dichas, con emociones inestables, con ausencias estratégicas. Su arma no es el enfrentamiento, es el colapso interno que induce en ti. Y lo más cruel es que no puedes probar nada. Ella no hizo nada, simplemente no estaba lista. Necesitaba tiempo. Sintió que algo cambió. Y tú, racional, intentas entender, analizas conversaciones, revisas mensajes, buscas errores. Mientras tanto, ella ya está en otra fase del ciclo, no porque sea cruel, sino porque es adaptativa. Necesita seguir, necesita evolucionar, necesita, como diría la psicología, buscar recursos más alineados con su valor percibido. Tú te destruyes buscando coherencia donde solo había instinto. Y aquí está el punto más aterrador. Ella no sabe qué está manipulando. Cree en sus propias emociones, llora de verdad, sufre, pero en el fondo sufre porque perdió el control, no porque te perdió a ti. El amor para ella es fluido, condicional, temporal, pero dicho con tanta intensidad que tú crees que es eterno y eso es lo que te rompe. Schopenhauer escribía: "La mujer seduce para obtener, y retira el afecto cuando ya tiene lo que quiere. Su amor no es eterno, es oportuno". 

La psicología moderna dice lo mismo. Con otras palabras, la mujer regula la entrega emocional según el retorno percibido. No da lo que siente, da lo que cree que mereces según el momento. Y si mereces menos, se aleja. Si te vuelves necesitado, se enfría. Si cuestionas, guarda silencio. Y al final tú te vuelves el manipulable. Y ella la que se aleja para protegerse. 

Mira, esto no se trata de demonizar, se trata de ver el juego tal como es: ¿crees que ella es dulce porque sonríe? pero ¿has pensado en cuántas veces esa sonrisa te puso de rodillas? ¿Cuántas veces pediste disculpas por cosas que ni entendías? ¿Cuántas veces te sentiste culpable solo porque ella ya no estaba feliz, aunque tuviera todo? Esa es la fuerza del poder oculto. Ella nunca pide, pero siempre recibe. Y tú, que solo querías amar y ser amado, terminas convirtiéndote en un espectro de ti mismo, caminando sobre cáscaras de huevo, autocensurándote, intentando agradar, con la esperanza de que esa dulzura regrese. Pero no regresa, porque nunca fue real. Fue un mecanismo, una invitación, una fase del ciclo. La psicología moderna confirma lo que Schopenhauer gritaba: ella no te ama. Ella te regula, no con maldad, sino con precisión. Y el hombre que no ve esto, se destruye intentando recuperar un paraíso que nunca existió. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en cuántos hombres conoces que se han destruido por amor? Que abandonaron amigos, proyectos, identidad, todo, en nombre de una mujer; que confundieron devoción con valor, y sumisión con afecto. Ellos no gritan, no lloran en público: simplemente desaparecen poco a poco, primero en la mirada, luego en las palabras, hasta que no queda nada que no sea una versión domesticada de sí mismos con la esperanza de ser aceptados. Esa es la tragedia silenciosa del hombre que ama demasiado. No se da cuenta de que al ofrecerlo todo pierde justamente lo que lo hacía deseable, su fuerza, su soberanía, su esencia. 

Schopenhauer no se guardaba palabras al describir a este tipo de hombre. Para él, el romanticismo era una enfermedad, una especie de alucinación colectiva que hacía que el hombre actuara en contra de sí mismo. El hombre enamorado es un loco, un esclavo, un ciego conducido por la belleza hasta el abismo de su propia anulación. ¿Y no es eso lo que pasa? Al principio ella parece perfecta: se ríe de tus chistes, admira tu ambición, dice que nunca conoció a alguien como tú. Tú crees que encontraste la excepción, y entonces empiezas a moldear tu vida en torno a ella. Renuncias a pequeños placeres, a amigos, a hábitos, a ti mismo. Ella nunca te pidió eso, pero tampoco lo impidió. Y, cuando te das cuenta, estás tratando de mantener la relación con sacrificios que ella ni siquiera nota. Haces más, das más, amas más, pero recibes cada vez menos. El afecto de ella, que antes era abundante, ahora es racionado. Y piensas, "Tengo que hacerlo mejor." Y lo haces. Y mientras más das, más se aleja. Mientras más demuestras, más te pone a prueba. Hasta que un día simplemente dice: "Eres maravilloso, pero ya no siento lo mismo." ¿Y qué haces tú? Suplicas, prometes, dices que vas a cambiar. Y en ese momento ya no eres un hombre, eres solo un reflejo roto de alguien que se perdió dentro de un amor que nunca fue recíproco, solo fue conveniente. 

La psicología moderna llama a esto autoaniquilación emocional. Existe cuando la persona pierde la capacidad de verse como individuo, porque toda su identidad está atada a la aceptación del otro. Y el hombre que ama demasiado vive exactamente eso: solo se siente valioso cuando está complaciendo, cuando está siendo validado, cuando está siendo necesario. Pero el amor verdadero, si es que eso existe, no se sostiene en la necesidad, florece en la libertad. Y la mujer, al darse cuenta de que el hombre se entregó demasiado, pierde el interés porque dejó de ser un reto, dejó de ser hombre.

Schopenhauer veía esto con un desprecio casi cínico. Para él, el hombre que idealiza a la mujer se convierte en un mendigo emocional, viviendo de migajas, buscando miradas, sonrisas, palabras dulces que él mismo le enseñó a usar en su contra. Nada es más repulsivo que un hombre que suplica amor. Él ya perdió. Y es verdad. Porque cuando el amor se convierte en súplica, ya no es amor, es dependencia, es adicción, es miedo hasta estar solo, es necesidad de aprobación. ¿Y sabes cuál es el problema de eso? La mujer lo siente. Aunque no sepa explicarlo, lo percibe. Percibe que ahora él vive por ella y eso, lejos de encantarla, la aleja. La naturaleza de la atracción es brutal. Respeta el misterio, no la entrega absoluta. La psicología ya confirmó lo que Schopenhauer intuía. El amor incondicional es hermoso en teoría, pero en la práctica el deseo requiere condición, necesita margen, frontera, límite. Y el hombre que ama demasiado, ya no tiene límite. Dice sí a todo, acepta todo, tolera todo y, en el fondo, espera que ese sacrificio conmueva, impresione, conquiste. Pero no conmueve, no impresiona, no conquista. Porque nadie desea lo que ya se posee por completo. Y el hombre que se entrega demasiado se vuelve predecible, sumiso, domesticado.

Schopenhauer nos advertía sobre ese abismo. El hombre que ama sin medida se convierte en un siervo de su propia ilusión. Y cuando la mujer se va (y ella siempre se va), si ese patrón se instala, él no sufre por perderla a ella, sufre porque, al perderla, se da cuenta de que ya no queda nadie dentro de sí. La autoaniquilación es eso, no es la pérdida de su amor, es el olvido del amor propio. Y lo más cruel es que este tipo de hombre no es débil, es generoso, es sensible, es muchas veces noble, pero no entendió algo simple: el amor sin límite no genera admiración, genera desprecio. Y el desprecio es el fin del deseo. Por eso Schopenhauer no defendía el odio como respuesta, defendía el alejamiento, la claridad, el desapego. Él decía: "El sabio no se entrega a la pasión. Observa, elige, permanece entero." Y tal vez ese sea el único camino posible. Amar, pero mantenerse entero. Entregar, pero jamás suplicar. desear, pero nunca perderse. Porque al final el hombre que ama demasiado no sufre por amar, sufre porque olvidó amarse también.

No necesitas odiarla, ni luchar contra ella, ni desenmascararla. Todo eso seguiría siendo girar alrededor de ella. Solo necesitas ver, ver con ojos desencadenados, ver sin esperanza de reciprocidad, ver sin el deseo de salvarla o de perderte por ella. Schopenhauer lo entendió antes que todos. Él no proponía que el hombre se volviera frío. Proponía que se volviera intocable, no emocionalmente insensible, sino emocionalmente libre. Porque el verdadero poder masculino no está en dominar, convencer o poseer. Está en no ser dominado. Está en rechazar el papel de rehén emocional. Está en amar sin perder el trono. Hoy, más que nunca, esa soberanía está en riesgo. Vivimos en un mundo moldeado por la seducción. No solo la seducción del cuerpo femenino, sino la seducción de la validación, de la dopamina, del match, del elogio, de la sonrisa, de la promesa de que esta vez será diferente, pero nunca lo es. Y tú ya lo sabes, el hombre que sobrevive en este nuevo mundo no es el más fuerte físicamente, ni el más rico, ni el más popular: es el hombre que sabe decir no a lo que brilla, pero no alimenta. Es el hombre que ve el juego y se rehúsa a jugarlo. Porque, mientras sigas buscando la aprobación femenina, estarás fuera de ti. Vivirás en función de reacciones, likes, respuestas, silencios. estarás permanentemente distraído de quién eres (y no existe sufrimiento mayor que ese, estar lejos de ti mismo). Schopenhauer escribía: "El hombre sabio pone su felicidad, no en la satisfacción del deseo, sino en su negación". Lo que él quería decir es simple, pero exige valor: te liberas cuando dejas de desear aquello que te esclaviza. Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo que susurra todo el tiempo que, sin ella, no eres nada? Es necesario reaprender a estar solo, no como castigo, sino como ritual, porque la soledad no es ausencia, es reinicio. Es en el silencio de la ausencia femenina donde escuchas por primera vez tu propia voz sin interferencias. Es cuando dejas de agradar, de demostrar, de conquistar, que comienzas a reconstruirte como hombre. Y ese hombre, cuando renace, viene distinto: ama con lucidez, toca sin perderse, cuida, pero también impone. Observa antes de entregarse. 

Ese hombre no odia a las mujeres, pero tampoco las endiosa. Él ve y, porque ve, elige. Y, si ella juega con encanto, pero no entrega presencia, él se aleja. Si ella seduce, pero manipula, él guarda silencio. Si ella exige, pero no respeta, él cierra la puerta con la calma de quien ya no necesita explicarse. Ese hombre ha aprendido que el cariño es bueno, pero no es moneda para comprar afecto. Que el sexo es poderoso, pero no es suficiente para sostener un vínculo. Que la belleza es encantadora, pero sin integridad es solo otra trampa más. Y, sobre todo, ese hombre ha aprendido que el mayor error es intentar ser amado a cualquier costo, porque el amor verdadero no nace de la actuación, nace de la presencia. 

Schopenhauer con su filosofía de la negación del deseo, nos señala una dirección. La libertad no está en ser amado por ella, sino en no necesitar serlo. Ese es el punto de ruptura. El momento en que el hombre deja de negociar su dignidad por migajas emocionales. El momento en que dice: "Yo soy suficiente." Y eso no es arrogancia, es soberanía. Es la firmeza de quien camina con los  pies en la tierra, incluso cuando el corazón todavía late por ella. Es el poder de quien sabe lo que siente, pero no se inclina ante el sentimiento. Es la madurez de quien ama, pero jamás suplica. Y,  paradójicamente, es ese hombre el que más atrae, porque es raro, es peligroso, no necesita. Y el mundo no sabe cómo lidiar con alguien que no necesita. Ese hombre observa la seducción y sonríe. Observa la manipulación y se retira. observa la pasión y respira hondo antes de ceder porque conoce el abismo. Ha estado ahí y decidió no volver jamás. Ahora quiere otra cosa. No solo sexo, no solo compañía, sino respeto, ¿verdad? Presencia real. Y si eso no llega, prefiere el silencio. Y cuando ese hombre encuentra a una mujer, una mujer real, consciente, completa, no la domina, la invita a caminar a su lado, nunca adelante, nunca detrás. Pero si ella vacila, él se va, no con rabia, con respeto, por ella y por sí mismo. Esa es la soberanía y se construye en el silencio de los días en que eliges quedarte solo en lugar de mendigar compañía, en los momentos en que eliges leer, construir, entrenar, respirar, en lugar de correr detrás de quien ya dejó claro que no te ve. La soberanía nace cuando te bastas a ti mismo y eso sí es  amor, no por ella, por ti.

No tienes que estar de acuerdo con todo lo que escuchaste. De hecho, sería extraño si lo estuvieras, porque si todavía amas con los ojos cerrados, si aún crees que la dulzura siempre es sincera, si todavía entregas tu alma como si fuera un regalo, entonces quizás sigues dentro de la ilusión. Y todo esto que leíste puede haberte parecido demasiado amargo, pero la verdad no pide permiso para ser digerida, solo necesita ser vista y una vez vista lo transforma todo. Schopenhauer no escribió para destruir el amor, escribió para destruir la mentira. Esa que nos hace confundir la sumisión con el romanticismo. Esa que nos enseña a arrodillarnos ante el afecto cuando deberíamos caminar a su lado. Esa que convierte a hombres increíbles en sombras de sí mismos. intentando agradar a quien nunca los vio por completo. La psicología moderna, con sus tablas y estudios, solo confirmó lo que él ya gritaba desde su ventana existencial. La mujer no es la villana, pero el hombre que duerme frente a ella es la víctima ideal. El amor solo vale la pena cuando puedes amar sin perderte, sin dejar de ser hombre, sin apagarte por un poco de cariño, sin confundir presencia con actuación. Poco a poco aprendes a amar con los ojos abiertos, a desear con lucidez, a ofrecer el corazón, pero con los pies en la tierra.

Y un día sin drama, sin dolor, sin lamento, simplemente sonreirás ante la belleza y seguirás tu camino, porque ya entendiste. Quiero contarte algo, algo personal. Hace años me arrodillé, no literalmente, sino por dentro. Me anulé, me silencié, me incliné ante un amor que parecía serlo todo. Hice de todo, aguanté de todo y lo peor, pensé que era algo hermoso. Creí que era maduro, creí que eso era amor. Pero cuando ella se fue, porque, claro, se fue, me di cuenta de que quien se había ido primero fui yo. Me fui apagando poco a poco y al final ni yo sabía quién era. Fue entonces cuando encontré a Schopenhauer y no, él no me hizo odiarla. Me hizo mirarme al espejo y darme cuenta de lo ingenuo que era, de cuánto necesitaba su aprobación, porque no había construido nada dentro de mí que me mantuviera en pie.

Ese dolor, esa soledad, ese vacío se convirtieron en suelo firme, se convirtieron en disciplina, se convirtieron en lucidez. Y hoy, si estoy aquí compartiendo estas ideas contigo, es porque sé, con cada célula de mi cuerpo, que tú también ya pasaste por esto, y, si no, lo pasarás. Pero ahora quizá estés más preparado.

Gracias por llegar hasta aquí. No escuchaste un video, atravesaste un espejo y espero que haya salido del otro lado más entero, más lúcido y mucho más peligroso. Ah, y si todo esto resonó contigo, haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado para entender cómo aplicar este método que transforma reactividad en autocontrol y caos interno en presencia firme. Si sobreviviste hasta aquí, felicidades. No todos tienen estómago o valor para enfrentar todo esto sin salir corriendo a ver un reality motivacional de pareja feliz al atardecer; pero, si sentiste que algo de aquí te tocó en un lugar donde nadie llega, entonces haz lo siguiente. Deja un comentario diciendo, "Vi el teatro. Solo quien entendió sabrá." Dale like al video porque el algoritmo todavía es un poco más tonto que la naturaleza femenina. y suscríbete al canal porque los próximos videos van a hacer que Schopenhauer parezca un romántico optimista y esos videos que están apareciendo en la pantalla, uno de ellos va a liberarte, el otro va a romperte de nuevo. Buena suerte eligiendo.

sábado, 28 de marzo de 2026

Filme Dos fiscales

 ‘Dos fiscales’: escalofriante y rotundo retrato de Serguei Loznitsa del terror estalinista, en El País, Elsa Fernández-Santos, 27 mar 2026: 

El cineasta estrena una sólida ficción sobre las purgas de finales de los años treinta a los viejos bolcheviques y disidentes del partido comunista

Las monstruosas purgas que Stalin llevó a cabo en los años treinta del pasado siglo representan la gran traición de la Unión Soviética. Para el cineasta Serguei Loznitsa, nacido en Bielorrusia, criado en Ucrania y formado en Moscú, siguen apelando al presente. Dos fiscales, sobria y devastadora ficción sobre un joven fiscal comunista dispuesto a denunciar las torturas de una cárcel estalinista, muestra a través de un laberinto burocrático kafkiano cómo el poder corrupto y sus mentiras tejen la telaraña que lleva al totalitarismo.

Loznitsa, documentalista de archivos y a pie de calle, estrenó en 2018 El juicio, impresionante recuento del proceso que en 1930 inició la represión estalinista y predijo la escabechina interna que estaba por llegar. Ahora, con una ficción inspirada en la autobiografía del físico y escritor Georgy Demidov, prisionero en el gulag durante 14 años, el cineasta disecciona el camino sin retorno de un hombre que cree en la justicia de su país.

Ambientada en 1937 —año que supuso el punto de inflexión en la Unión Soviética, con incontables inocentes acusados de disidencia, o en el que las autoridades soviéticas truncaron la película de Eisenstein El prado de Bezhin—, Dos fiscales cuenta la historia de este joven abogado (increíble la actuación de Aleksandr Kuznetsov) que, tras visitar en la cárcel a un viejo miembro del partido, decide denunciar los abusos que sufre entre rejas.

Si la primera parte de la película transcurre en la prisión, la segunda —dividida por una larga y escalofriante conversación entre el joven fiscal y el preso— introduce al espectador en una pesadilla casi peor: la paranoia de un país en el que ya nadie puede fiarse de nadie. Narrado de forma seca y rotunda, asistimos a un viaje al vacío desde la mirada de un hombre que habla de leyes y verdad sin darse cuenta de que a nadie le importan. Loznitsa muestra una jerarquía carcelaria y burocrática arrogante y pétrea, indiferente a su crueldad, así como la claustrofobia insoportable de un cementerio en vida en el que se multiplican las rejas con su horrible sonido de llaves que abren y cierran.

La rigurosa puesta en escena resulta poderosa en la arquitectura de los espacios, sobre todo el de la prisión, y en sus huellas, con la gran puerta de hierro de la cárcel como símbolo de ese pozo infernal de la historia soviética. También en una fotografía de colores verde-marrones-rojo cuya oscuridad lo acaba contagiando todo. En contraste con ese fondo oscuro, Loznitsa sitúa pequeños detalles en blanco de figuras y esculturas de Stalin como símbolo omnipresente frente a la mirada cada vez más desconcertada del actor Aleksandr Kuznetsov, cuyos ojos se clavan sin remedio en el espectador.

Dos fiscales, de Serguei Loznitsa. Ucrania, estrenada el 27 de marzo de 2025.

Las 150 mejores películas del XXI según Alejandro G. Calvo

 Las 150 mejores películas del siglo XXI según el cítico Alejandro G. Calvo

150. Watchmen

149. Teniente corrupto: Nueva Orleans

148. Zatoichi

147. Saraband

146. Mud

145. En realidad, nunca estuvistes aquí

144. Sorbibór, 14 octobre 1943, 16 heures

143. El experimento

142. La cuadrilla

141. After

140. Rogue one: Una história de Star Wars

139. Ichii the killer

138. Verano 1993

137. Donnie darko

136. El poder del perro

135. Ratatouille

134. Moonlight

133. Infierno blanco

132. Goodbye dragon inn

131. Oscura inocencia

130. Spider-man 2

129. Elle

128. El laberinto del fauno

127. Vincere

126. Tournée

125. Oldboy

124. Vals con Bashir

123. Comanchería

122. The souvenir / The souvenir: Part II

121. RRR

120. ¡Nop!

119. 24 hour party people

118. Qué difícil es ser un dios 

117. El bosque

116. Z, la ciudad perdida

115. El reportero: la leyenda de Ron Burgundy

114. Dunkerque

113. El sol del futuro

112. El aura

111. Malditos bastardos

110. La red social

109. Pobres criaturas 

108. La gran belleza

107. La llegada

106. Memories of murder

105. Hijos de los hombres

104. Nightcrawler

103. Hierro 3

102. El topo

101. El cuento de la princesa Kaguya

100. Vengadores: Infinity war & Endgame

99. El hijo de Saúl 

98. Hereditary

97. Vortex

96. Vidas pasadas

95. Honor de caballería

94. Paprika. Detective de los sueños 

93. Brokeback Mountain

92. Déjame entrar

91. Borat

90. The deep blue sea

89. La bruja

88. Antes que el diablo sepa que has muerto

87. Demonlover

86. Rivales

85. Corrupción en Miami 

84. Bone tomahawk

83. Lost in traslation 

82. Drive my car

81. Una historia de violencia

80. Aftersun

79. It follows

78. Ahora sí, antes no

77. El niño

76. Isla de perros

75. Juventud en marcha

74. Entre copas

73. Toni Erdmann

72. Casa de tolerancia

71. La substancia

70. Silencio

69. First cow

68. Election

67. Misterios de Lisboa 

66. Millon dollar baby

65. Un profeta

64. A.I. Inteligencia artificial

63. Juego sucio

62. Zodiac

61. Syndromes and a century

60. Grizzly man

59. El caballero oscuro

58. La piel que habito

57. Under the skin

56. No es país para viejos

55. Melancolía

54. Trouble every day

53. ¡Olvídate de mí!

52. La cinta blanca

51. Los amantes habituales

50. Cerrar los ojos

49. Dune / Dune: Parte dos

48. Titane

47. Holy motors

46. Decision to leave

45. Solo los amantes sobreviven

44. La muerte del señor Lazarescu

43. Los odioso ocho

42. Resurection

41. Anora

40. Elephant

39. El árbol de la vida 

38. La vida de Adele

37. 2046

36. Oasis

35. Toy story 3

34. Carol

33. Vete a saber

32. Jonh Wick 4

31. The brutalist

30. Mystic river

29. Historias extraordinarias

28. Misión: Imposible - Nación secreta

27. En tierra hostil

26. La última noche

25. Parásitos

24. Drive 

23. El hilo invisible

22. La lego película 

21. Femme fatale

20. El señor de los anillos (1, 2 y 3)

19. Fallen leaves

18. Antes del atardecer

17. Millenium mambo

16. Regada asesina

15. Diamantes en bruto

14. La quimera

13. Mandy

12. Adventureland

11. El contador de cartas

10. Interstellar

9. El lobo de wall street 

8. Master and commander: Al otro lado del mundo

7. Pozos de ambición

6. Érase una vez en... Hollywood

5. El viaje de Chihiro

4. Two lovers

3. Retrato de una mujer en llamas

2. Mulholland drive 

1. Mad Max: Furia en la carretera


Menciones honorificas:

148. 13 Asesinos

146. Valor de ley

144. Fengming: A chinese memour,  S21: La máquina roja de matar

141. La isla mínima, El hombre de las mil caras

139. Killer joe, Cargo 200

135. Monstrous S.A., Walle-E, Del revés 

134. La la land

133. El único superviviente

127. El traidor

124. La imagen perdida

120. Déjame salir, Nosotros

118. An elephant sitting still

116. Cuestión de sangre, La otra cara del crimen, La noche es nuestra

115. Zoolander (un descerebrado de moda), Virgen a los 40

112. El secreto de sus ojos, Relatos salvajes

109. Canino

107. Blade Runner 2049

105. Harry Potter y el prisionero de Azkaban

99. La zona de interés 

98. Beau tiene miedo, Eddigton (dicen que le han decepcionado)

97. Amor

95. Tardes de soledad 

94. Perfect Blue, Milennium actress, Tokyo godfathers, Origen

87. Carlos, Irma Vep (series de TV)

86. Call me by your name

84. Brawl in cell block 99, Al otro lado de la ley

81. Promesas del este

77. El hijo, El niño de la bicicleta

76. Fantastico Sr. Fox

75. No quarto da vanda

72. Reyes y reina

69. Meek's cutoff

68. PTU, Breaking News, Exiled

67. Vai-E-Vem, Una pelicula hablada

64. Minority report, Lincoln

63. Infiltrados

60. Fire of love

58. Hable con ella

56. Un tipo serio

51. Soñadores

46. La doncella

45. Paterson

43. Django desencadenado

40. El caballo de Turín, Gerry, Last days

38. Mektour, my love: Intermezzo

37. In the mood for love (siglo XX)

33. La inglesa y el duque, Las malas hierbas, La flor del mal, Elogio del amor, Las playas de Agnes, Chats perchés 

29. La flor, Trenquen lauquer

24. Valhalla rising, The neon demon

23. Embriagado de amor, Licoricce pizza

22. Batman: La lego película

18. Antes del amanecer (siglo XX), Antes del anochecer 

16. Regada asesina 2, The night come for us

14. Lazzaro feliz, El país de las maravillas

9. El renacido

8. Mr. Turner

7. The master

5. Metropolis, The night is short walk on girl, The sky crawlers, Redline, Summer wars

viernes, 27 de marzo de 2026

Oído en la última de Ryan Gosling

 -¿Crees en Dios?

-Es lo mejor.

"Altas capacidades". Anatomía del arribismo

 Altas capacidades: así son. Y así nos parecen, en El País, Carlos Boyero, 27 mar 2026:

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. La nueva película de Víctor García León lo logra

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. O tan solo sonreír. O ambas cosas. Altas capacidades lo consigue. Y con frecuencia me provoca un rictus en la boca, siento vergüenza ante la actitud de la mayoría de los personajes. A unos los desprecio por trepas y patéticos. Y es cruel la descripción de los dueños del tinglado. No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol. Solo me merecen respeto los niños y la amarga lucidez y el pragmatismo de una señora colombiana, cuyo marido, presunto traficante, fue asesinado en la puerta del colegio de su hijo. Lo que veo y escucho posee acidez necesaria y brillante mala hostia, un patetismo en las falsas relaciones de los personajes que puede desatarte el rubor. Incluso al extremo de plantearte con cierto miedo eso de “yo no quiero ser como ellos, tan artificiales y falsos”.

¿Cómo ascender en la escala de trabajo y socialmente?, se pregunta el matrimonio que la protagoniza. Pues logrando que admitan a tu niño en un elitista colegio donde son educados (o maleducados) los hijos de la clase superior. Entre otros, el crío de tu jefe, altísimo directivo de una banca de inversión. Eso, cree el pobre siervo, será muy útil para su carrera, le permitirá el acceso a las fiestas de la élite en sus casoplones de los municipios residenciales más ricos de Madrid, accederá a los previsibles beneficios que dona el andar cerca del poder, aunque sea recogiendo sus despectivas migajas. La sátira es creíble. Y sutil. Y nada parece forzado. Diálogos, situaciones, gestos tan leves como reveladores, comportamientos, poseen un tono real, aunque el efecto que provocan en los receptores sea capaz de despertarles el rubor.

Es transparente la inteligencia que desprende el guion y lo adecuadamente que se ha trasladado a las imágenes. Incluyo las interpretaciones, con un Juan Diego Botto encarnando magistralmente a un fulano tan aparente, gélido y arrogante como despreciable y mezquino.

La dirige Víctor García León, que ha heredado la sorna y la mala hostia que caracterizaban al cine de su padre, el director José Luis García Sánchez, una de las personas más brillantes, graciosas y corrosivas que he conocido en mi vida. Víctor ya había mostrado numerosos dones para narrar historias, dotándolas de un amargo sentido del humor en películas que me divirtieron tanto como Más pena que Gloria y Vete de mí (coescritas con Jonás Trueba) y la tan osada como original Selfie. Los europeos, adaptando una novela del inolvidable Rafael Azcona, no me gustó. Y lamento que no haya más películas en la filmografía de alguien tan listo. Y, aquí, tan bien acompañado en el guion de Altas capacidades por Borja Cobeaga, alguien en posesión de gracia, agudeza y sentido de la observación.

Tiempo después de haber visto esta película, me sigue apareciendo un gesto de asco cuando pienso en el matrimonio que componen con acierto Marian Álvarez e Israel Elejalde. La pareja se merece mutuamente. Tan mediocres, tan arribistas, tan ruines, tan grises. Ni siquiera puedo compadecerles. Pero sospecho que, debido a su insistencia y a su absoluta falta de escrúpulos, este tipo tan aparentemente normal acabará siendo jefe de algo. Aunque sea en escala mínima. Y siempre babeando ante sus superiores.

Altas capacidades

Dirección: Víctor García León.

Intérpretes: Marian Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Pilar Castro, Natalia Reyes, Bea Segura.

Género: comedia. España, 2026.

Duración: 101 minutos.

Estreno: 27 de marzo.

jueves, 26 de marzo de 2026

Tendencias del Refranero

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (I)", en Revista de Libros, 13 de noviembre de 2018: 

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar? de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría popular de una sociedad completamente distinta a la actual.

En algún momento del párrafo anterior he empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia, si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas. Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido (naturalmente) como metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza (no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión risueña.

Pero, como habrán supuesto con toda razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios, pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito. Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo el título de El espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un puñado de años (2000) en la editorial Espasa.

No quiero decir con ello que me disponga a comentar el libro en cuestión (mi reseña ya apareció publicada en su día en Revista de Libros), sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o creencias del pasado.

En todo lo dicho hasta ahora opera un sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de referencia–, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de los refranes– es un imposible por dos sencillos motivos. El primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color del cristal con que miremos.

No pretendo aquí, por tanto, utilizar el refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes (la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse. Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas de vida, consejos para sobrevivir.

De ahí precisamente que podamos detectar como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo –mientras se zampa un cubilete de palomitas– las cuitas del personaje de la pantalla. Las creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que «quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de «tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial muestra de humor negro: «La mucha gente sólo es buena para un entierro».

Esa conducta, aplicada a las relaciones personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo? ¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad, es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes, enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos: «Cuñados y rejas de arado sólo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».

Obsérvese que, como decía antes, el humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos, a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser, tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Sólo queda el sometimiento y la resignación: «Cosa cumplida, sólo en la otra vida».

En estas coordenadas, las recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida, como estas dos tomadas del Quijote: «No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos, empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos compran y otros son comprados».

Me quedan aún varias vertientes que tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas. Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (y II)", en Revista de Libros, 26 de noviembre de 2018

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere el agua / en su molino, / y dejar en seco / al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tienen los que pobres son / la ventura del cabrito, / o morir cuando chiquito / o llegar a ser cabrón».

La resistencia tiene una contrapartida, que es más bien un complemento. Estar a la defensiva es bueno, pero tiene sus claras limitaciones. En el momento en que sea posible, conviene trocar la defensa por un buen ataque. Si hemos aguantado carros y carretas, ahora puede ser nuestro momento: se van a enterar. Hay un refrán que, como siempre, con una asombrosa precisión, resume todo esto: «Cuando yunque, con paciencia y cuando martillo, sin clemencia». ¿Se puede decir mejor? Y a partir de ahí, a tumba abierta: «A quien te hizo una, hazle dos, aunque no lo mande Dios». Como veremos luego con más detenimiento, Dios puede mandar lo que quiera, pero es evidente que al estar allí arriba no entiende muy bien de los asuntos humanos. No hay más que ver cómo le fue cuando bajó a la tierra: «A uno que se metió a redentor lo crucificaron». Sí, está muy bien hablar de bondad, generosidad o inocencia, pero, ¿a qué conducen las virtudes? La respuesta es de nuevo brutal: «A los inocentes los mató Herodes».

En un mundo en el que «El hombre es un lobo para el hombre», «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» y «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Lo importante soy yo y lo mío: «Antes son mis dientes que mis parientes». Lo cual me lleva a despreocuparme de los demás e, inevitablemente, también del mal ajeno: «Tenga yo mi pata sana y púdrasele a mi hermana». El individualismo descarnado no lleva tan solo, como es obvio, a una agria insolidaridad, sino, lo que es peor, dando un paso más, a una actitud agresiva con todos, amigos y enemigos: «A quien quieras mal, cómele el pan; y a quien bien, también». Como los consejos a veces parecen atemperados por una cierta retórica, hay refranes que se encargan de situarlos a ras de tierra, aunque mejor sería decir en el puro barrizal: «Al conejo y al villano, despedazarle a mano». Mencioné antes la crueldad y no lo hice al albur. Ahora puede entenderse mejor: «Al enemigo que huye, golpe de gracia». Es decir, matarlo. ¡Y qué satisfacción! No hace falta siquiera que sea enemigo. Basta que sea otro. Y que así, pueda decir con cinismo: «No le quiero bien ni mal, mas holgáreme de verle en la horca pernear».

Como ya se habrá advertido, otra de las constantes en el refranero es el tono descarado, incluso directamente cínico que no se para en barras, no admite cortapisas ni respeta a nada ni a nadie. Esta actitud libérrima resulta especialmente llamativa en el aspecto religioso, tratándose como se trataba de una sociedad en la que la Iglesia católica tenía un protagonismo absoluto y, más aún, una presencia cotidiana abrumadora. Esta en concreto –la Iglesia– y, sobre todo, sus ministros no salen bien parados del juicio popular. Abundan los refranes que de un modo u otro censuran los vicios y, muy especialmente, la hipocresía del clero: «Gente de iglesia, más lo han por la miel que por la cera», es decir, más por sus ventajas materiales que por devoción. De un modo más directo, «El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos», esto es, sus atributos. Desde mi punto de vista, lo más revelador no es tanto la crítica a los eclesiásticos y sus faltas concretas cuanto la crítica a la Iglesia como institución. Cuanto más lejos de esta, mejor. Así parece desprenderse de este consejo: «Con una misa y un marrano hay para un año». La comparación es ciertamente demoledora. Por esto mismo, la gente que se acerca mucho a la iglesia (santurrones, beatos, meapilas y compañía) reciben también su ración: «Púsose a santiguar y se sacó un ojo».

Tirando de ese hilo van dándose pasos cada vez más atrevidos que ponen en cuestión, no ya sólo a la Iglesia y a sus representantes, sino la propia doctrina cristiana. Podemos empezar por esta andanada a la familia que utiliza sin miramientos la burla hacia uno de los símbolos más genuinos del cristianismo, la Sagrada Familia: «Familia, la Sagrada; y esa, en la pared colgada». El siguiente paso es mucho más atrevido, pues advierte que «también la gracia de Dios hace daño». El tercero se resguarda en una cierta ambigüedad, pero, según como se interprete, roza la blasfemia: «Tras la cruz está el diablo». No es de extrañar así que, en el Quijote, hasta Sancho se atreva a enmendar la plana a Dios: «Tengo para mí que, aun en el mesmo infierno, debe de haber buena gente». Puede tomarse todo por el lado festivo, claro está. El peso del catolicismo en la sociedad hispana y en la cultura popular ha generado tal familiaridad del español con Dios que a nadie le extraña oír esta exclamación cuando se tiene hambre: «¡Me comería a Dios por un pie!»

Quizá lo más importante es que los refranes recomiendan actitudes y conductas que, si bien sería exagerado calificar en su conjunto de antievangélicas, se diferencian claramente del mensaje de Jesucristo: «A Cristo prendieron en el huerto porque se estuvo allí quieto». A buen entendedor… No quiero decir con esto que todo el refranero sea así, ni mucho menos, pero sí que una parte sustantiva de los refranes promueven un evangelio terreno que poco tiene que ver con el canónico (y, en algunos casos, lo contradice abiertamente). La formulación más chusca es, como casi todo el mundo sabe, la del «Evangelio del pobre: antes reventar que sobre». No es de extrañar, por lo visto hasta ahora. Pero sí desconcierta esta advertencia: «No hagas mal, que es pecado mortal; ni hagas bien, que es pecado también». ¿Entonces? Lo que parece indudable es que los mensajes de paz, amor, caridad y fraternidad chocan con una realidad hosca e inclemente: «Si doy, de lo mío me voy; si fío, pongo en riesgo lo que es mío; si presto, al cobrar me ponen mal gesto. De tal manera me han puesto, que ni doy, ni fío, ni presto». Hay, pues, que espabilarse: «Con arte y engaño se vive medio año; y con engaño y arte, se vive la otra parte».

Ya ha quedado suficientemente explícito cuál es el medio social que engendra los refranes. El individualismo, la desconfianza, la picardía y el cinismo suelen ser los ingredientes fundamentales. Todos ellos se sintetizan aquí: «Amigos, enemigos; parientes, serpientes; cuñados, mal bocado; y aun los mismos hermanos, líbrete Dios de sus manos». La familia, amplia o reducida, da igual, como fuente de conflictos: «Enemistad entre parientes, dura largamente», dice con sabiduría el refranero. Y al fondo, como siempre, el vil metal: «¿Parientes y han reñido? ¿Por cuánto ha sido?» La diatriba contra la familia alcanza a veces una dimensión insospechada, de índole teológica: «Dios no quiso hermano». Más claro no se puede decir. Y, así, no puede extrañar que hasta el mismo matrimonio se convierta en un suplicio: «El matrimonio sólo tiene dos días buenos: el primero y el postrero». Peor aún era para la mujer en la sociedad tradicional: «Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar». Tremendo.

No abundan, como bien puede colegirse de lo dicho, los refranes de esa índole, es decir, los que adoptan la perspectiva femenina o simplemente se hacen cargo de la situación de la mujer. Sí, reconózcamelo sin ambages, el refranero es profundamente machista («Mujeres sin pulgas, pocas o ninguna»), salvo algunas excepciones que no hacen más que resaltar la abrumadora predominancia del enfoque masculino. Vamos a empezar en esta ocasión por la referencia teológica, nuevamente tan expresiva como insolente: «Si la mujer fuera buena, también Dios tendría una». Hay otro refrán más rebuscado, pero también más provocador, en la línea tradicional de demonizar la figura femenina: «Antes que Dios se hiciese hombre, el diablo se había hecho mujer». Aunque hoy nos resulte tan estrafalario como repugnante, la comparación de la mujer con la mula es el recurso más usual en una sociedad campesina, ¡y no eran pocos los hombres que cuidaban y valoraban más a la segunda que a la primera! Pero, yendo a la cuestión de las comparaciones, lo más suave que podía decirse es que «La mula y la mujer por halago hacen menester». Es decir, esto a las buenas. A las malas, como mínimo recelo: «No te fíes de mujer, ni de mula de alquiler». La amenaza viene «Del mulo, por detrás; del toro, por delante; y de la mujer, por todas partes».

Puestas así las cosas, ya se barrunta lo que viene ahora: «Ahí te entrego esa mujer, trátala como mula de alquiler». ¿Y cómo se trata a una mula de alquiler? «Espuela quiere el buen y mal caballo; y la mujer, buena o mala, palo». Obsérvese el matiz, de nada le vale a la mujer ser buena. Lo confirma otro refrán, ligera variante del anterior: «La burra y la mujer, apaleadas quieren ser». Podrá parecer una barbaridad, pero esto no es nada para lo que viene ahora: «A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena». Si por tan solo asomarse a la ventana se recomienda que se le tuerza el cuello, ¿qué pasará ante otras conductas reputadas con razón o sin ella más sospechosas? Pues remedios expeditivos, como los que de vez en cuando aplicaba el populacho al clero: «No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada». Y así llegamos a algo parecido al regusto sádico: «Bien haya la higuera que tal fruto lleva. Y era su mujer que pendía ahorcada de ella».

Hago un pequeño inciso para recordar lo que dije antes en alguna ocasión. El refranero sirve para un roto y para un descosido, esto es, no hay refrán que no tenga su antítesis. En el caso que nos ocupa, habría que matizar que también hay refranes que se hacen eco del punto de vista femenino, aunque no siempre en el sentido feminista que hoy consideramos políticamente correcto: «A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos». Así también, por ejemplo, este que señala que «marido rico y necio no tiene precio». Hay otro curioso, por inusual, desconcertante y brutal: «No es nada el ruido, sino que matan a mi marido». Se supone que la que así respira aliviada es la mujer (o ya viuda) de un ajusticiado. El refranero no es muy receptivo que digamos hacia la sensibilidad femenina, pero de vez en cuando esconde alguna perla, como por ejemplo esta: «A la hija muda, su madre la entiende».

Voy a ir poniendo punto final a este pequeño muestrario del humor en el refranero considerando la vertiente más negra y sarcástica del mismo. Aquí también hay para dar y tomar. A veces, como sucede con el humor negro, encierra una profunda filosofía de la vida: «Para sacar de su casa a un muerto, son menester cuatro hombres». Las más de las veces, la muerte sirve para constatar que la vida tiene que seguir. Hay diversas variantes del conocido «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», como, por ejemplo, «Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Una de las variantes de esta misma filosofía que a mí me parece particularmente cruel es la que reacciona ante la muerte de un niño con un «Angelitos al cielo, y bizcochitos a la barriga». Pero la vida da para muchas situaciones, como cuando el moribundo no termina de morirse: «¡Aviados estamos! Ni se muere padre ni cenamos». La familiaridad de aquella sociedad ignara y supersticiosa con la muerte, así como las altas tasas de mortalidad infantil, explican desahogos como este, tan impresionante como incomprensible desde la mentalidad actual: «Bendita sea la puerta por do sale la hija muerta». Entendemos que expresa la satisfacción por tener una boca menos que alimentar. Con todo, nos es imposible reconocernos en esa insensibilidad de nuestros antepasados, que bromeaban con la muerte y las desgracias en general con una naturalidad que hoy no sabemos o no nos podemos permitir: «No es nada lo del ojo; y lo llevaba en la mano».

En conclusión, ¿es sabio el refranero, como muchas veces se dice? Ni sabio ni todo lo contrario. Cualquier valoración de conjunto carece de sentido. Hay multitud de sentencias que tan solo expresan los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo de un pasado en el que nos cuesta trabajo reconocernos. Una sociedad caracterizada por el culto a las apariencias («Aunque seas señor, si no lo pareces, es como si no lo fueses»), la mentira («Andaos a decir verdades y moriréis en hospitales»), la simulación («Quien no sabe fingir no sabe vivir»), la agresividad («¡Con razón o sin ella, leña!»), la intransigencia («A quien sustenta un dislate, a palos se le combate») y la ignorancia (ese brutal «Al maestro, cuchillada»). Son, como ya hemos dicho, las reacciones y temores que provoca este valle de lágrimas, un mundo despiadado, una vida de penurias: «El que a larga vida llega, mucho mal vio y más espera». Son muchos los refranes que sostienen lo mismo con leves variantes, recomendando una actitud senequista ante la existencia: «Al sabio su suerte le agrada, aunque sea mala». O «Procura lo mejor, espera lo peor y toma lo que viniere». Por eso he elegido como epígrafe representativo de este comentario esa máxima genial que expresa lo mismo con menos palabras: «Del mal, el menos».

Pero el refranero está lleno también de frescura y desvergüenza: «A los sordos, pedos gordos». La expresión grosera añade una dimensión jocosa a una recomendación que encierra múltiples sentidos. Algo que también pasa con esta reflexión: «Más vale ser puta sin parecerlo que aparentar y no serlo». ¿Cinismo o simple experiencia? En todo caso, una sabia filosofía de la vida, como este otro consejo: «Cuando pases por la tierra de los tuertos, cierra un ojo». ¡Ay, la envidia! Sobre ella previenen muchos refranes: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía». ¿O es, simplemente, la condición humana?: «Ajeno es todo lo que se desea». En fin, todo es relativo y, si no lo es, mejor verlo así, pues «No hay poco que no alcance, ni mucho que no se acabe». Y así llegamos al final, tan igual para todos: «Ninguno muere tan pobre que la ropa no le sobre».

Primeras sentencias contra redes sociales por adicción de menores

 Meta y YouTube pierden el juicio sobre la adicción de los menores a redes sociales y son declaradas “negligentes”, en El PaísMaría Porcel, Los Ángeles - 25 MAR 2026:

En una sentencia pionera, un jurado afirma que la plataforma de vídeo y la matriz de Facebook e Instagram dañaron a los niños con su diseño adictivo. La millonaria multa de Meta por no proteger menores.

Meta y YouTube han sido declaradas culpables de generar adicción entre los menores y de engancharles en sus plataformas. Así lo afirma la decisión del jurado en el caso, pionero en Estados Unidos, que arrancó a finales de enero en Los Ángeles, California, en el que se ha tratado de poner de relieve la implicación de las empresas tecnológicas en la adicción de los niños y adolescentes a las redes sociales. Tras complejas deliberaciones por parte del jurado, que se han extendido durante más días de lo esperado, finalmente han dictaminado que tanto Meta, matriz de Facebook, WhatsApp e Instagram, como la plataforma YouTube son “negligentes” y que usaron su diseño para causar dependencia en los menores.

Ambas plataformas deberán pagar tres millones de dólares a la mujer que les denunció, llamada K. G. M., en concepto de indemnización por daños morales y otros perjuicios económicos. No obstante, en el juicio de California se abre una segunda fase del proceso en la que se analizará si hubo otros delitos, por lo que pueden aumentar las multas y las tecnológicas implicadas.

Esta decisión llega acompañada de la de otro juicio de carácter similar, aunque menos mediático, que ha tenido lugar en el estado de Nuevo México, en el sudoeste del país. En la tarde del martes, el jurado de ese caso falló que Meta (propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp) había priorizado la obtención de beneficios frente a la seguridad y eso había impactado en la salud mental de los menores y les había puesto en peligro. Por ello, la condenó a pagar 375 millones de dólares en daños.

El juicio de Los Ángeles —unido al de Nuevo México— ha sido pionero en su campo y ha sentado en el banquillo de los acusados a todopoderosos gigantes de la tecnología como Mark Zuckerberg, en la que ha sido su primera vez declarando en un juicio. Además, estos dos pleitos serán los primeros de muchos, especialmente en California, donde se esperan centenares de reclamaciones a las tecnológicas de familias, asociaciones y distritos escolares, para los que esta cuestión se ha convertido en un problema público.

La demandante, una mujer llamada Kaley G. M., que ahora tiene 20 años pero que en el comienzo del litigio era menor de edad, y su familia han salido victoriosas. El caso de Kaley, californiana, ha sido muy impactante, en parte, por la identificación y los paralelismos que muchos padres han podido hacer con sus propios hijos. Kaley empezó a entrar en internet con seis años, viendo vídeos en YouTube. Con nueve, ya con su primer iPhone propio, usaba Instagram; con 10, TikTok (llamado entonces Musical.ly), y con 11, Snapchat. Llegaba a pasar hasta 16 horas al día en dichas aplicaciones. No sabía estar sin teléfono: si sus padres le restringían el uso, tenía ataques de pánico.

“Creo que las redes, su adicción a las redes, han cambiado el modo en que funciona su cerebro”, dijo la madre de Kaley en el juicio. “No tiene memoria a largo plazo. No sabe vivir sin un teléfono. Es capaz de emprender una batalla solo con que toques su móvil”. El abogado de la familia comparó la adicción con “un golpe químico”, que afectaba al cerebro. Kaley pasó por depresión, ansiedad y sufrió problemas de dismorfia corporal. Meta tendrá que pagarle un 70% y YouTube, un 30%. Meta ha afirmado en un comunicado que respeta el veredicto pero no está “de acuerdo con él”. “Estamos estudiando nuestras opciones legales”, ha señalado.

El caso es uno de los muchos que se juzgarán este año, tanto en California como en el resto de Estados Unidos. Ya en 2023 hasta 41 Estados del país demandaron a Meta por “atrapar” a los menores con su diseño, por lo que muchos de estos litigios —como el de Nuevo México, que comenzó el fiscal general de dicho Estado, Raúl Torrez— están ahora en pleno desarrollo, explosionando todos a la vez. Y, aunque se están dando distintos resultados, por lo general están saliendo mal paradas las tecnológicas, al ser consideradas responsables. Mientras que la sentencia de Nuevo México ha destacado por la enorme multa, la de California es más una cuestión de ejemplaridad, de hacer notar que efectivamente las tecnológicas pueden causar daños personales y de sentar jurisprudencia.

De hecho, ahí tuvo que personarse Mark Zuckerberg, en la que fue su primera declaración en un juzgado en la historia de su compañía. En ella, el pasado 18 de febrero, el creador de Facebook insistió en que los menores de 13 años tienen prohibido acceder a Instagram y les achacó cierta responsabilidad: “Creo que hay un grupo de personas, potencialmente un número significativo, que mienten sobre su edad para usar nuestros servicios”. Afirmó que su objetivo no era enriquecerse, puesto que donaba “casi todo a obras benéficas”, y su intención era “dar miles de millones a la investigación científica”. “Cuanto mejor le vaya a Meta, más capaces seremos de investigar”.

Esta serie de procesos se ha comparado con los que afrontaron los fabricantes de tabaco a finales de los años noventa. En Nuevo México, en mayo, un juez decidirá cómo deberá actuar Meta a partir de ahora y si debe ofrecer y financiar programas públicos para reparar los daños causados. En California, un jurado formado por siete mujeres y cinco hombres tendrá que deliberar sobre el siguiente paso: si estas empresas tecnológicas, y algunas otras, han cometido delitos como fraude o malicia. Eso las obligaría a asumir daños punitivos y a pagar unas cantidades, probablemente, mucho más altas de los tres millones con los que deben indemnizar a Kaley G. M.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Ley de Lem

 La ley de Lem (formulada por el escritor de ficción epistemológica Stanislaw Lem)  describe desde supuestos escépticos la moderna crisis del conocimiento:

"Nadie lee; si alguien lee, no entiende; si entiende, lo olvida de inmediato."

El hispanista Unabomber

 [Dossier]

 I

 Fernando Muñoz, Viaje por la biblioteca hispánica del Unabomber, 2 de noviembre de 2023.

 [Fernando Muñoz, doctor en Filosofía y Sociología, reseña Unabomber en la España eterna. Viaje por la biblioteca hispánica de Theodore Kaczynski, por Jorge Casesmeiro Roger, Unión Editorial, 2023]

Theodore John Kaczynski nacido en Chicago, Illinois en 1942, ha fallecido el pasado 10 de junio de 2023 en el hospital presidio de Butner, Carolina del Norte, tras pasar 25 años en la prisión de máxima seguridad de Florence, Colorado. Kaczynski cometió una larga serie de atentados con paquete bomba entre 1978 y 1995 con el resultado de tres muertos y más de veinte heridos graves.

Fue conocido como Unabomber (University and Airline Bomber) a raíz del acrónimo – UNABOMB – puesto a su caso por el FBI. Su identificación y captura, todavía hoy, es el caso más largo y costoso de la historia del FBI.

Sobre esta figura han corrido ríos de tinta, se han hecho series y películas, de manera que el libro que aquí se señala podría pasar desapercibido como uno más en una amplia multitud de referencias y comentarios. Se nos ocultaría un libro singular por varias razones: en primer lugar, porque este libro explora y documenta por primera vez la densa y extensa conexión del Unabomber con la cultura hispánica. Kaczynski leía y escribía en español perfectamente, una lengua que admiraba y de la que disfrutaba, al menos desde los años 80.

Entre los 257 libros de la biblioteca de su cabaña de Montana había 40 títulos hispánicos (españoles e hispanoamericanos) de primera importancia: lengua, historia, literatura, filosofía, ciencia. Jorge Casesmeiro hace inventario de esta colección hispánica y revela la complejidad del vínculo de Unabomber con el pensamiento en lengua española a través de los diarios, correspondencia y ensayos publicados por Kaczynski. El vínculo complejo con la cultura hispánica siguió acompañando al Unabomber más allá de su cabaña de Montana, a través de las lecturas, cartas y escritos que pergeñó desde la cárcel de Colorado.

Estamos ante un libro asombroso, cuyas posibilidades podrían tomar nuestra atención toda una vida. Su fertilidad inagotable procede, por una parte, del valor que supone tomar de frente el tema de nuestro tiempo: la condición del ser humano en el sistema industrial, en la megamáquina de esta sociedad tecnológica y hacerlo no sólo de mano de una figura trágica, sino de sus profundos vínculos con nuestra lengua, tradición y cultura. Jorge Casesmeiro confiesa en su libro que, a la hora de escribir, se retira al zulo y en esa huida se manifiesta el nervio de escritor clandestino que recorre su prosa. Sorprende que desde esa intimidad haya levantado una escritura tan luminosa y vital.

La reducción del hombre a la forma que el orden tecnoeconómico impone – la lucha de la libertad con el progreso – es un tema constante, un fondo obsesivo y recurrente en el pensamiento contemporáneo, con raíces que calan la historia de Occidente al menos hasta su sedimento nominalista. Casesmeiro ha sabido poner ante nuestros ojos la condición trágica de nuestro tiempo, señalando el efecto profundo de la era del progreso tecnoeconómico sobre la vida cotidiana, pero también la capacidad de resistencia que las cosas pequeñas oponen al demoledor avance de la megamáquina. Tras las cosas pequeñas se quiere resistir al inexorable progreso, poniendo en cuestión su automatismo ciego, su pretendida autonomía, el carácter dicen que incontenible de su avance.

Hay en el estilo de Jorge Casesmeiro un ritmo y un matiz popular que nos aproxima personalmente al autor y declara indirectamente la singular perspectiva que él ha roturado por vez primera. Sucede con su texto algo que Kaczynski supo percibir oscuramente, tal como refiere en una carta dirigida a su hermano en 1985:

Me he dado cuenta de un fenómeno interesante. Cuando leo literatura inglesa y americana, encuentro que a menudo no me gusta la personalidad del autor (en la medida en que la personalidad se manifiesta en la escritura), incluso aunque pueda apreciar su trabajo. Por el contrario, encuentro que en general me gustan las personalidades de los autores hispanoamericanos…

Esta mínima observación intuye un contraste significativo: el contraste entre la modernidad del progreso tecno-económico y otra posible modernidad, parsimoniosa y humilde, de signo clásico y tradicional. Otra forma del recurrente contraste entre la razón y la cordura, entre el carácter que produce el globalismo triunfante y la actitud generosa de una personalidad que todavía traslucía en la literatura hispanoamericana del siglo pasado y que se conserva viva entre las páginas de este libro.

II

Unabomber, literato; con Jorge Casesmeiro. Bienvenidos a la Terra Ignota. Emitido por YouTube el 2 de febrero de 2025: https://youtube.com/live/2Bq73xI8Ex4

Hoy conversamos con Jorge Casesmeiro (Madrid, 1974), escritor y periodista, sobre su libro Unabomber en la España eterna (2023). El libro se puede adquirir en

https://www.unioneditorial.net/libro/unabomber-viaje-por-la-biblioteca-hispanica-de-ted-kaczynski/

Exploramos la peculiar conexión entre Theodore Kaczynski, activista, literato, pensador, matemático y terrorista que vivió aislado en una cabaña de Montana. Profundizaremos en su insólita afición por los clásicos de la literatura española. ¿Cómo encajan Cervantes, Unamuno o Ortega y Gasset en la visión del mundo de Unabomber? ¿Qué nos dice su lectura de estos autores sobre su pensamiento y su radical rechazo a la sociedad industrial? 

Jorge Casesmeiro es escritor y periodista, autor de varios ensayos y novelas en los que explora temas de historia, literatura y filosofía. También ha publicado El túnel de Hitler (2021), Razón en vena (2020) y Jugando entre cultura (2014), abordando desde la memoria histórica hasta la relación entre pensamiento y creatividad. Ha participado en la edición de los Cuadernos Literarios de la Facultad de Filosofía y Letras (2021), en la antología Los valores humanos en la España poscovid (2021). 

Kaczynski transitó una vía que no escapa del vacío de partida. Unabomber lleva de la nada a la nada. El asesinato selectivo, la ira y el odio que esconde el acto terrorista, son absolutamente estériles. De una inteligencia soberbia, el interés de su análisis de la sociedad industrial ha quedado oscurecido por su existencia esquinada que, si ha logrado atraer una atención efímera por su figura de hombre desolado y atroz, también ha limitado el estudio sereno de su trabajo.

Acaso nada podamos oponer al curso – que se quiere irrefrenable – de las ciencias y tecnologías que mueven la megamáquina industrial, unas tecnologías que han caído sobre la vida humana como una plaga sombría. Esos “arcángeles del progreso” tienen las alas negras, pero al análisis de Kaczynski le falta caridad y sus actos son índice de una razón inmisericorde.

Es la misma razón analítica y estéril que está a años luz de la cordura. No quiero decir que Kaczynski haya estado loco en el sentido habitual, pero estuvo loco de remate si es verdad que el loco no ha perdido la razón, sino que ha perdido todo salvo la razón. Me parece que Kaczynski lo intuyó en español, desde la oscuridad de su celda negra y tras su hábito oscuro.

Jorge Casesmeiro Roger, Unabomber en la España eterna. Viaje por la biblioteca hispánica de Ted Kaczynski, Madrid: Unión Editorial (2023). ISBN: 9788472099128

Resumen

Theodore J. Kaczynski (1942–2023), alias «Unabomber», fue un genio que en 1969 abandonó su carrera de matemático para sobrevivir como trampero en Montana. Entre 1978 y 1996 perpetró una campaña terrorista que convirtió su caza en la operación más larga del FBI. Autor del manifiesto más divulgado del último siglo, La sociedad industrial y su futuro (1995), su vida y escritos anti tecnológicos han dado pie a numerosos libros, películas, series y estudios. Pero ninguno de ellos aborda lo que aquí se narra: la densa conexión de Kaczynski con la cultura española. Su pasión por la lengua castellana y su lectura de grandes autores hispanos. Este ensayo documenta la crónica personal de una serie de hallazgos que su autor ha ido haciendo a partir de fotos, cartas, libros y archivos digitales. Es un viaje por las mejores páginas de España a través del Unabomber. Y también a las obsesiones del Unabomber a través de sus lecturas hispánicas: Cervantes, Valera, Sarmiento, Galdós, Quiroga, Menéndez Pidal, Bolívar, Ortega y tantos otros. Un viaje a los demonios de la libertad.

III

Gonzalo Pernas, Unabomber, las bombas y los libros (16 jun 2023):

Ochentón ya, parece que por su propia mano, Ted Kaczynski ha muerto en su última celda. Los investigadores policiales le pusieron el alias abreviando University and Airport Bomber, en alusión a los lugares donde empezaron a explotar sus artefactos postales, poniendo en marcha una larguísima campaña de terrorismo doméstico que llegó a convertirse en un problema existencial de casi dos décadas para el FBI, como en alguna reseña periodística se puede leer. Precisamente, las implementaciones tecnocientíficas contra las que se rebeló en su manifiesto no habrían hecho posible su cruzada hoy, y el agente que le dijo que tenía que hablar con él no habría tardado tantísimo en adentrarse, bien acompañado, en el wilderness de Montana. El amplio y mediático dispositivo no habría necesitado tantísimo tiempo para localizar su cabaña; sin duda, la versión oscura de la de Thoreau, como si uno y otro representaran las caras de una misma moneda. Cediendo insólitamente a las demandas del Unabomber, el Washington Post y el New York Times publicaron La sociedad industrial y su futuro en 1995, por lo que Kaczynski conseguía su objetivo, aunque precipitando su detención: su hermano Ted reconoció algunas expresiones familiares en el texto y acabó por delatarle. Un mito oscuro nacía.

"La sociedad industrial, que suele conceptuarse como un texto neoludita, antecede el despliegue de las tesis revolucionarias de Kaczynski con un ataque furibundo al izquierdismo posmoderno"

Dado que la cronología y pormenores de su carrera criminal son fácilmente consultables, nos centraremos en los aspectos menos conocidos y más literarios de su vida y legado. La génesis del terrorista se podría esbozar aludiendo a sus shutdowns infantiles, de los que su propia madre, Wanda, dio cuenta en su momento. También cabe mencionar su célebre 167 de coeficiente intelectual, pero sobre todo su participación en los tétricos experimentos de Henry Murray en Harvard: un sádico que debió de freír su cerebro superdotado, si se permite expresarlo informalmente. Sin embargo, nada de esto empaña la brillantez de La sociedad industrial, que un servidor compró en un piso-librería con aires de clandestinidad en alguna calle de Entrevías. Básicamente se trataba de un libreto encuadernado a mano, con cubiertas de cartulina verde, “editado” por Último Reducto en México, en 2002. Si rápidamente se veía que aquello tenía chicha, hoy tiene un interés exponencialmente incrementado, teniendo en cuenta que la tecnociencia ya nos ha puesto en el umbral de toda una crisis de civilización.

La sociedad industrial, que suele conceptuarse como un texto neoludita, antecede el despliegue de las tesis revolucionarias de Kaczynski con un ataque furibundo al izquierdismo posmoderno, que —dando bastante en el clavo— considera inútil y sobresocializado. En resumen, al convicto más famoso de ADX Florence, Colorado, nunca le gustó lo que en Estados Unidos se conoce como Leftism: ese colectivismo posthippie no tenía nada que ver con sus planteamientos. A él le preocupaba la pérdida de autonomía del individuo y las familias, así como toda una serie de cuestiones que consideró más urgentes y universales que los derechos de las minorías, los animales y cosas por el estilo. Despeja toda duda cuando afirma que “no tenemos ilusiones acerca de crear una nueva forma de sociedad ideal”, añadiendo que su “finalidad es solo destruir la forma preexistente”. No es un utopista, y mucho menos un romántico, como se ha llegado a insinuar en algún sitio, sino el artífice de 16 atentados con sus tres muertos y unos cuantos heridos, algunos graves, así como el lúcido analista de una sociedad que, en su hibris técnica, en su fausticismo, pronto empezará a devorar a sus hijos, como en el cuadro de Goya.

"De un modo más general, Piglia resumió la cuestión del Unabomber con un lacónico: percibe muy bien la situación"

El Unabomber, que firmaba sus bombas con el acrónimo FC, de Freedom Club, ha inspirado en alguna medida al Benjamin Sachs del Leviatán de Paul Auster. También es el Thomas Munk de El camino de Ida, que es la novela en la que Ricardo Piglia volcó su semblanza ficticia del recién fallecido. Si el Sachs de Auster no encaja demasiado con nuestro protagonista, sí que introduce a cierto Dimaggio que avisa de cómo los servicios de inteligencia adulteran los acontecimientos hasta niveles que muy pocas personas formadas estarían dispuestas a admitir. De ahí la nebulosa que siempre envolverá al matemático sangriento, aunque no tanto a una obra que siempre se puede interpretar y discutir. Le pese a quien le pese, ofrece valiosos materiales para el debate crítico sobre el rumbo y la propia naturaleza del progreso. De todas formas, el libro de libros a mencionar es El agente secreto de Conrad: se sabe que Ted leyó esta novela decenas de veces, identificándose con el protagonista y su fatalismo de manera excepcional, y pudiéndose comprobar el grado de similitud en cuanto uno remonta sus páginas y acaba por conocer a “el profesor”.

Lo cierto es que el manifiesto —La sociedad industrial y su futuro— ha quedado algo eclipsado por el emblema pop en el que el terrorista se ha convertido. Y también otros aspectos interesantes de su propuesta intelectual, como una crítica del anarcoprimitivismo en la que discute a Marshall Shalins y Bob Black, entre otros, o su correspondencia con John Zerzan: quizá el representante más conocido de la militancia antitecnológica de corte, digamos, izquierdista. De un modo más general, Piglia resumió la cuestión del Unabomber con un lacónico “percibe muy bien la situación”: el modo en que las sociedades avanzadas diluyen los impulsos autónomos y disidentes en esa sobresocialización nunca inocua, la consecuente frustración de un individuo que cada vez controla menos su devenir y —en síntesis— el modo en el que el desenfreno tecnocientífico está acabando globalmente con la vida y sus cadencias humanas. Es mucho más lo que se podría decir a la luz de las recientes revoluciones tecnológicas y sus renovados impactos, aunque para ello habrá que acudir a las exégesis.

IV

Theodore Kaczynski, Desde un bosque lejano. Tecnología, colapso y revolución. Errata Naturae, 2025, EAN: 9791387597207, ISBN: 979-13-87597-20-7

Resumen

Theodore Kaczynski fue un brillante filósofo y matemático que, tras licenciarse con honores en Harvard, obtuvo su plaza como profesor de la Universidad de Berkeley con apenas veinticinco años. Sin embargo, tan sólo impartió un par de cursos antes de recluirse en una cabaña sin agua ni electricidad en los bosques de Montana. Desde allí, y a lo largo de casi dos décadas, tuvo en jaque al FBI y a la CIA con los envíos de diversos paquetes-bomba que causaron la muerte de tres personas e hirieron a una veintena. Con sus ataques pretendía encender la chispa de una revolución global contra el complejo tecno-industrial (y su último exponente: la inteligencia artificial), causante del cambio climático y la alienación última y catastrófica de la humanidad.

Kaczynski fue por tanto un terrorista, pero también, por incómodo que nos resulte, uno de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, como demuestran los ensayos recogidos en este volumen. Tal como explicamos de forma detallada en su prólogo, como editores creemos que es posible (y necesario) valorar sus escritos sin avalar sus acciones, al igual que admiramos el catálogo de la editorial Feltrinelli, aunque su editor y fundador muriera colocando, él también, una bomba; o como leemos con pasión al escritor William S. Burroughs aunque asesinara a su esposa; o seguimos aprendiendo de Platón sin defender, como él, la esclavitud.

En este sentido, el análisis teórico que propone Kaczynski clava su dardo en el problema fundamental de nuestra época: la progresiva extinción de la libertad individual y la creciente catástrofe ecológica causadas por nuestra absoluta dependencia de la tecnología contemporánea, que se ha convertido en un sistema autónomo que no sirve al ser humano, sino que lo utiliza. Y su razonamiento, impecable desde un punto de vista teórico y difícilmente rebatible, le llevó a concluir, por un lado, que el problema último no es el capitalismo, sino el sistema tecnológico que lo gobierna; y por otro, que dicho sistema no es susceptible de reforma, y que, por tanto, debe destruirse para evitar la devastación final del planeta y de la inmensa mayoría de sus habitantes.