martes, 3 de marzo de 2026

El arzobispo visigodo Eugenio de Toledo lamenta la vejez

  Eugenio de Toledo. 

Lamento por la llegada de la vejez.

La malvada vejez ya se apodera del miserable para doblegarlo; por eso, desde el dolor, canto canciones nuevas y tristes. He aquí que riego con lágrimas mis mejillas bajo mi frente húmeda de rocío y nuestros murmullos llorosos llegan al cielo. 

Pero, antes de eso, ella misma quedará al descubierto por nuestros propios yambos, cuán intolerablemente daña con sus propias enfermedades. ¡Oh Senectud cruel y malvada, devoras todas las cosas bellas con tus fauces salvajes, abres la boca voraz y revelas tu garganta negra, hieres como una madrastra con semilla mortal y traspasas al herido con la espada de la muerte. 

A medida que te acercas, toda fuerza falla, la salud retrocede, la enfermedad surge, los sentidos se embotan, la belleza perece, el pecho enfermo se consume en suspiros, la alegría se vuelve carga, el llanto deleite. Rompes huesos, arrugas extremidades, cortas el cabello e insertas canas, embotas los dientes, los vuelves puntiagudos, sacudes todo el cuerpo con temblor repugnante, amenazas con fiebres e infliges dolores. 

Por tu culpa la gota produce duras hinchazones, una tos sin aliento escupe flemas purulentas, una profusión de heridas abrasa la piel. No hay placer en bebida ni en comida: solo los lamentos traen consuelo. 

Mientras medito estas cosas tediosas en mi fuero interno, es agradable dejar todo lo que pasa, temer a Dios buscando lo eterno, considerar polvo las ganancias terrenales, orar siempre y decir con llanto: ¡Fuera, oh vanas alegrías del mundo, riquezas perecederas, propiedades fangosas, cetros, honores, adulaciones dañinas! Ahora el fin está cerca, la ruina llega; ahora la Muerte sangrienta llama a nuestra puerta.

¡Oh Muerte, devoradora de todo! A ti dirijo ahora mi queja. ¿Por qué persigues a los desdichados? ¿Por qué vienes con tanta prisa? Haces que las estaciones pasen rápido y aceleras su curso ensangrentado. Te apresuras, y cesan las alegrías de la vida, se cierne una sombra terrible, desvanécese la luz radiante. Todos los órganos vitales se ven privados de fuerza vivificante. Se cierran los ojos, calla la lengua locuaz, los oídos abiertos se vuelven sordos para todo son y con las fosas nasales tapadas no hay aroma, los pulmones no respiran ya el aire que da vida, se entumecen de frío las extremidades y ni siquiera la sangre se calienta. La carne se consume, los gusanos devoran todo y así la forma del hombre se convierte en cenizas putrefactas. 

Ciertamente he cantado muchas cosas que temer, muchas cosas terribles; pero lo que verdaderamente temo, ahora lo diré entre lágrimas. Veo al severo tribunal del Juez entronizado allá en lo alto, ante cuya mirada tiembla toda la creación. La hueste celestial, de blanco vestida, deposita sus coronas ante Él y, con rodillas temblorosas, se inclina ante el trono; así busca ver a su Señor, así amarlo para siempre, de modo que un temor, mezclado con amor, agita el alma.

¿Qué harán entonces el gusano, la podredumbre, la ceniza, si los corazones tiemblan ante el rostro de Cristo? Oprimí, despojé, forjé acusaciones, mi mente era sorda al llanto del pobre. He corrompido mi propio cuerpo con llaga gratuita: por eso soy miserable, por eso temeroso, por eso tembloroso. Ninguna misericordia frenó jamás mi ira, ni estaba yo sin bilis en mi furia ni sin derramar sangre. Por eso el alma teme sufrir golpes similares, o ser desgarrada por un azote que daña sin fin. Porque, aunque aquí por poco tiempo se cometen tales infamias, una llama larga consume después el alma.

Temo con razón tales cosas, mientras late temblando el corazón. Te suplico ¡oh Dios supremo! por tu misericordia (pues nadie más que Tú desearía quitar la mancha del pecado o limpiar la mente de sus vicios ingénitos): perdona la culpa de alguien tan miserable, perdona el crimen; haz el bien después de la caída, después de tan gran mal. ¡Perdona, te lo ruego, al alma que jadea, perdona al alma que suplica, que teme las llamas y gime por sus propias malas acciones!Tú que das alegrías a los santos, que concedes recompensas a los justos! ¡Que el castigo del pobre Eugenio sea leve, te lo ruego!       

Quien desee saber o pregunte cuál fue la causa de mi esfuerzo, de las miserias de esta vida, que lo aprenda con amabilidad. Mientras la vida infeliz me zarandeaba durante diez y catorce años, y la vejez lenta me perseguía con paso rápido, una grave enfermedad se apoderó de mi cuerpo cansado que amenazaba con el golpe de una muerte salvaje y atormentaba largamente mis miembros con un dolor agudo. Una fiebre incierta quemaba mis huesos, mi carne se consumía con languidez, ningún alimento restauraba mi cuerpo debilitado, ninguna bebida me proporcionaba alivio. ¡Tan a menudo me golpeaban males tan grandes y, temblando de miedo ante una muerte espantosa, lamentaba en verso el fugaz curso de la vida! 

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