miércoles, 12 de octubre de 2011

Habla José Luis Sampedro


Javier Rodríguez Marcos, "La vida inesperada de José Luis Sampedro. El escritor repasa en una charla en Madrid los aspectos más desconocidos de su biografía", El País, 12/10/2011

José Luis Sampedro tiene una sabiduría de 94 años y una memoria de adolescente. Ayer demostró la una y la otra en la Fundación Juan March de Madrid, en una charla con su esposa y colaboradora, la escritora Olga Lucas, y dentro del ciclo Autobiografía intelectual. Delante de un público que abarrotó dos salones de actos, la cafetería de la institución, los pasillos y el suelo, el autor de La sonrisa etrusca repasó los aspectos menos conocidos de una vida que empezó en Barcelona el 1 de febrero de 1917. Por comenzar por el principio, Olga Lucas recurrió al esencial quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos y, sin mayores preámbulos, pregunto: "¿De dónde viene usted señor Sampedro?" La respuesta no se hizo esperar: "De otro mundo. Soy un inmigrante que no puede volver al país del que procede". Ese país, aclaró, es un lugar, pero también un tiempo que "fue arrastrado y se hundió": España, 1935. Un año más tarde se partió en dos el universo de un muchacho que había vivido sus primeros 13 años en Tánger, una ciudad internacional en la que convivían árabes, judíos, católicos, ortodoxos y gentes que no eran ni una cosa ni la otra, "un mundo que debería ser la tierra entera".

Tras un paréntesis -"en la Edad Media"- en un pueblecito de Soria en el que escribió sus primeros versos y tres años en "el paraíso" de Aranjuez, el futuro economista y escritor, terminó trabajando como aduanero por oposición en Santander. Allí le sorprendió la Guerra Civil y fue movilizado sucesivamente por los dos bandos en liza. "En abril de 1939 comprendí que no habían ganado los míos. Ni los unos ni los otros eran los míos", dijo un hombre de familia conservadora que durante la guerra llegó a admirar la "asombrosa entereza" de los anarquistas con los que compartió batallón. "A los nueve años intenté ser jesuita. A los 19, anarquista". La posguerra, "más ancha y más larga", fue otra cosa, un tiempo en el que, contó, Sampedro sintió que tanto los fascistas como los comunistas lo veían como alguien "fusilable".

Cómo es el mundo y cómo debería ser fueron dos de los asuntos a los que el académico de la RAE -sillón F desde 1990- dedicó una charla que fue saltando sin romper el hilo del pasado al presente y de las grandes categorías a las pequeñas anécdotas. Anécdotas con música a veces, como cuando José Luis Sampedro cantó con las notas de La casta Susana la lista de los puestos fronterizos de Indochina -Hanói, Saigón...- que tuvo que aprenderse cuando estudiaba las oposiciones al cuerpo de aduaneros. Lo hizo del tirón, sin vacilar, y entre risas y aplausos desveló que en el mismo repertorio estaban los puestos de Chile y los estados de Estados Unidos.

Otro de los momentos cómicos de la sesión llegó cuando el escritor relató con pulso de actor metido en un monólogo su encuentro con el banquero Juan March en un cuarto de baño. Allí le habían instalado a Sampedro su despacho como asesor del ministro de Comercio cuando el cargo lo ocupaba Alburúa. El baño correspondía al propio despacho ministerial y allí el joven economista tuvo que explicar al poderoso financiero mallorquín que en el fondo era un privilegio que aguardase allí en lugar de hacerlo en la sala de espera con el resto de los visitantes.

La parte más seria y categórica de la velada fue también la más sencilla y directa. "Hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres". Eso dijo José Luis Sampedro después de recordar sus tiempos como Catedrático de Estructura Económica en la Universidad Complutense y los cursos llenos de futuros ministros de Hacienda: Boyer, Solchaga, Solbes, Salgado... Todos alumnos suyos.

Pese a su temprana inclinación hacia las letras, Sampedro llegó a la economía porque, contó, parecían los estudios adecuados para un funcionario que había pedido el traslado a Madrid. Más inclinado hacia la parte sociológica de la disciplina, recordó también sus tres años con José Luis Aranguren, José Antonio Maravall y José Vidal-Beneyto en el Centro de Estudios e Investigaciones Sociológicas, un centro privado nacido para contrarrestar la grisura de la universidad franquista y en el que solo pagan los alumnos que podían y solo cobraban los profesores que lo necesitaban.

De esos años, de las noches que pasó escribiendo obritas de teatro para cabaret buscando un sobresueldo, de los que pasó dando clase en el Reino Unido, de los libros especializados que escribió, de las novelas que imaginó y de sus casi diez décadas de vida le ha quedado a José Luis Sampedro un sentido del humor que solo se nubla cuando habla del presente: de la degradación de la enseñanza pública a favor de la privada; del plan Bolonia como extinción de una universidad "nacida para saber y no para hacer", "para ganar dinero". Han rendido la universidad, afirmó, a la productividad, según él, una de las "diosas de hoy", a las que todo se sacrifica. Las otras dos, añadió, son la competitividad y la innovación.

Preguntado por Europa, Sampedro no fue mucho más optimista. "A la Europa moderna yo la vi nacer", dijo, que era su manera de decir que ahora la estaba viendo morir. "Europa está reunida, como los ministros de antes cuando no querían recibir a alguien. No hace casi nada de lo que tenía que haber hecho. No se unifica y no se unificará".

Durante toda la charla, José Luis Sampedro amenazó con decirle al auditorio algo sobre la vida. Al final lo dijo: "Cada cultura ha tenido su referente. Los griegos, el hombre; la Edad Media, Dios; ahora, el dinero. Para mí el referente es la vida. Hemos recibido una vida y vamos a vivirla hasta el final. Pero para eso necesitamos la libertad, para que esa vida sea la nuestra y no la que nos mandan tener". Y añadió: "La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada. Sin cuerda no vuela, y esa cuerda que facilita el vuelo pero se resiste al viento es la fórmula clásica de la revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. En 2000 años hemos progresado técnicamente pero seguimos aislados en tribus, salvajes, matándonos unos a otros".

Mitología, por Maximiliano Mariblanca


Del gran poeta Maximiliano Mariblanca

LOS DOS DIOSES 

    Dos dioses, en Ciudad Leal,
han montado campamento
e imponen su mandamiento
por su bien y por mi mal.
    Se llama Baco el primero,
dios de las uvas y el vino,
quien, tras un largo camino
recorriendo el mundo entero,
    no halló solar más propicio
ni ciudad más adecuada
que esta tierra requemada
para llenarla de vicio.
    Se mueve en todas las plazas
(ajustando bien el paso)
y, entre un vaso y otro vaso,
es el rey de las terrazas,
    de los clubes, de los bares
donde dispone y confunde,
muele, ríe,  juega y tunde
con su perfume a lagares.
    Lo persiguen las mujeres
rindiendo su voluntad
y su alegre mocedad
a tan livianos placeres;
    lo desean los varones,
que, del inculto al letrado,
se van al supermercado
para montar botellones
    donde todos, en partida,
haciendo corros y bulto,
le rinden propicio culto
con abundante bebida.
    Mas, si poderoso es Baco
y ha calado bien profundo,
no olvidemos al segundo,
que tiene por nombre Caco.
    Lo muestra la autoridad
que ejerce sin miramientos
por todos los estamentos
de esta dichosa ciudad.
    Hurta, roba, quita y miente
y con tal desenvoltura,
que no se hallará factura
en la que no esté presente.
    Quien quisiera darle caza
para meterlo en el trullo
topará un adepto suyo
que se pondrá de carnaza
    y, al final de la contienda,
escarmentado y burlado,
quedará Caco librado
y la falta sin enmienda.
    No hay juez que se le resista,
ni hierro que no se rompa,
voluntad que no corrompa
ni ladrón al que no asista;
    y, en el mundo, en conclusión,
de esta ciudad tan pequeña,
no habrá quien pueda dar seña
de uno que no sea ladrón.
    Sin embargo, haya alegría
y olvidemos las querellas
con unas cuantas botellas
de cervecita bien fría,
    que cuando las corrupciones
asfixien al ciudadano
ganaremos por la mano
montando unas elecciones
    entre los dos inmortales,
pues, como la vida es sueño,
nos importa poco el dueño
cuando los dos son iguales.

Emulación informática de la mente humana


Neoteo "IBM construirá un «cerebro humano artificial» en diez años. Podrá simular simultáneamente 100.000 millones de neuronas y emular el funcionamiento de la mente humana", en ABC, 11/10/2011 

No hace mucho IBM nos deslumbró con Watson, un superordenador que logró ganar el concurso televisivo Jeopardy! respondiendo preguntas de interés general mejor que los concursantes humanos. Pero la empresa planea construir -en colaboración con DARPA- un ordenador aún más potente, capaz de emular el funcionamiento de un cerebro humano. Se han asignado fondos por 100 millones de dólares y se estima que con un consumo de “sólo” 85kW podrá simular simultáneamente 100.000 millones de neuronas. Debería estar listo en 2022. Mientras tanto, esperan presentar en algún momento del año próximo a Sequoia, que será el superordenador más potente del mundo gracias a sus 20 petaflops de potencia.

Hace tiempo que IBM dedica enormes cantidades de dinero y recursos humanos para investigar lo que llaman “computación cognitiva”. En realidad, se trata de una idea que seguramente rondó la cabeza de cada investigador ligado a la informática desde la época de los ordenadores MARK: diseñar y construir un ordenador que sea capaz de aprender por las suyas, optimizando sus procesos a lo largo del tiempo. El último avance logrado por la empresa en este campo fue Watson, el superordenador que fue capaz de ganar el concurso televisivo Jeopardy! respondiendo correctamente a preguntas formuladas en lenguaje natural sin conocerlas previamente. En otras palabras, la máquina fue capaz de analizar cada pregunta y proporcionar una respuesta después de evaluar el contenido de su base de conocimiento.

Pero desde hace un par de meses, los ingenieros de IBM cuentan con un nuevo “chip cognitivo”, desarrollado junto a DARPA, que consta de 256 nodos neuronales. El chip, construido con tecnología de 45 nanómetros, es capaz de procesar información no estructurada y de reaccionar en función del contexto en el que se encuentra, más o menos lo mismo que hace el cerebro humano. Dharmendra Modha, investigador de IBM, explica que “estos chips poseen dos núcleos. El primero de ellos enlaza con 262.144 módulos de memoria, mientras que el segundo núcleo contiene 65.536 sinapsis dedicadas al aprendizaje”.

Con esta herramienta a mano, y con el flujo de dinero que garantiza DARPA más el disponible en las propias arcas de IBM, la empresa se ha fijado como objetivo construir un superordenador que sea capaz de “emular” el funcionamiento de un cerebro humano. Se trata de un proyecto mucho más ambicioso que Watson, y según ha trascendido sería capaz de simular 100.000 millones de neuronas. Idealmente debería tener un consumo energético no mayor al de Watson (que requiere de 85kW para funcionar) y si todo avanza según la hoja de ruta de la empresa debería estar listo en 2022.

Los expertos de IBM aseguran que un grupo tan grande de neuronas artificiales debería ser capaz de evaluar datos y actuar en base a ellos “de la misma manera que lo hace una persona”. Obviamente, este remedo electrónico de la mente humana no será tan eficiente como la vida en cuanto al consumo de energía: nuestro cerebro es capaz de hacer su magia con solo 20 vatios, mientras que los ingenieros de la Big Blue declaran sentirse felices si logran hacer algo que consuma “solamente” 4.200 veces más. Pero aún así, de conseguirlo sería un logro impresionante.

Mientras que diseñan este ordenador la empresa prepara Sequoia, que será el superordenador más potente del mundo gracias a sus 20 petaflops de potencia. Ha trascendido que estará listo en algún momento del año próximo y -según John Kelly, el vicepresidente de IBM- será al menos dos veces más potente que el K supercomputer japones. Será instalado en el Lawrence Livermore National Laboratory y utilizado para realizar simulaciones relacionadas con el clima.

Flexibilidad


Xavier Guix, "Aprender a ser flexible", en El País, 09/10/2011

¿Por qué hay personas tan obedientes consigo mismas? ¿Por qué se autoimponen deberes y obligaciones inquebrantables? ¿Por qué no son capaces de romper con ello en según qué casos? Saber hacerlo nos hará más felices.

Mi amiga Angelines empieza el día ya cansada. Nada más sonar el despertador, su cabeza repasa todas y cada una de las obligaciones del día: horarios que cumplir, tareas profesionales y domésticas, viajes de los hijos de aquí para allá, encargos que le pidieron su marido y su madre, las llamadas de rigor a algunos familiares y las felicitaciones de cumpleaños de sus amigos (no ha fallado ni una vez en 25 años)... Su vida se convierte cada día en una prueba de obstáculos a superar. Al acostarse, resopla un poco como el que por fin llega a la meta, aunque le invade la duda de si lo hizo todo bien. Quisiera ser de otra manera, pero su mente rígida no lo permite.

"A muchas personas les cuestan horrores los cambios, no les gustan las sorpresas y prefieren una vida ordenada y repetitiva"

Muchas personas como Angelines han crecido con un sentido obediente de la existencia. Al contrario de los rebeldes, con o sin causa, han aprendido a acarrear con las expectativas de los demás que tan buenos dividendos afectivos les dieron en la infancia. Ahora, de mayores, un ejército de hombres y mujeres no saben cómo salir de esa condenada visión de la existencia en la que no pueden, o no se atreven, a transgredir sus propias obligaciones. Nacidas en el crisol de una cultura judeocristiana, muy dada a la exhortación del sacrificio, se convierten en cumplidoras y, para colmo, perfeccionistas. Nada les sabe tan mal como defraudar a los demás, tenerles que decir que no pueden, desobedecer a la autoridad, equivocarse en un examen o ser pilladas en un renuncio cuando son el ejemplo perfecto de la virtud y el control.

Esfuerzo y obediencia. "Haz lo que dices y no digas lo que haces" (Giovanni Boccaccio)

Convertirse en un buen niño o una niña buena tiene su precio al cabo del tiempo. Sin apenas darse cuenta, esas personas que demostraron en su infancia disponer de una impecable capacidad de adaptarse a todo se encuentran atrapadas en una curiosa paradoja: convierten la virtud en defecto, es decir, su mayor esfuerzo diario consiste en seguir obedeciendo a las expectativas de los demás, a las normas sociales, a las obligaciones que ellas mismas se imponen, aunque no haga falta alguna. Siguen adaptándose, solo que ahora el verbo ha cambiado. Ahora "acarrean" con todo. ¡Menudo esfuerzo!

Donde más acarrean los sufridos "buenistas" es ante los deseos, expectativas y normas de aquellos con los que se encuentran vinculados afectivamente. Por un supuesto amor a la pareja, a los hijos o a los amigos, asumen todos los esfuerzos que a los otros les cuestan o, en según qué casos, no les apetecen. Ese mal entendido amor carga con las pesadeces de los demás por mucho que se quejen de ello. Sienten que su destino no es otro que hacerse cargo del sufrimiento ajeno, aunque en el fondo presienten que es el mismo diablo el que les toma el pelo.

Encerradas en el círculo del deber autoimpuesto, se hacen cargo de sus propios lamentos porque, según dicen, "lo que ellas no hagan no lo harán los demás". Me temo que también piensan que "nadie lo hará como ellas". Esa creencia, precisamente, es la que sostiene una falsa manera de entender las relaciones. De los actos generosos y altruistas en los que no se espera nada a cambio, esas personas lo viven al revés: porque se esfuerzan en ser generosas y abnegadas, esperan ser amadas. Demasiadas expectativas, demasiados sobreesfuerzos para acabar, al final, agotadas e infelices. ¡Malditos hombres buenos! Que diría Nietzsche.

Una moral inflexible. "La palabra es libre; la acción, muda; la obediencia, ciega" (Schiller)

Muchas personas no se permiten ser flexibles con ellas mismas, en cambio lo son mucho más con los demás, aunque les pese. Es decir, les consienten lo que no se permiten a sí mismas, lo que revierte en su propia incapacidad de poner límites. Suelen ser hiperresponsables, obedientes a las órdenes jerárquicas, disciplinadas y de una moral inflexible. Aunque aceptan que cada uno haga lo que quiera hacer, ellas no se lo permiten, no pueden ser "malas" con los demás y, para colmo, se culpan de ello. Si un día se pasan un pelín de la raya, se avergüenzan tanto que la autoinculpación los corroe por dentro.

Muchas personas "obedientes" suelen sufrir de "rigidez mental", es decir, les cuestan horrores los cambios, no les gustan demasiado las sorpresas y prefieren una vida ordenada e incluso repetitiva, antes que verse envueltas en la peligrosa ruleta del azar. Cada vez que llamo a mi amiga Angelines para quedar con ella, a sabiendas de que le encanta encontrarse conmigo, es incapaz de renunciar a sus programaciones previstas. La pobre se pasa la llamada recitándome la agenda de actividades que tiene previstas o las limpiezas que todavía le quedan por hacer en la casa. No se da cuenta de que la mayoría de tareas son autoimpuestas, que no tiene que hacerlo todo, ni nadie le va a pedir explicación alguna. Pero su mente y su moral son inflexibles, no hay espacio para la improvisación.

Existe otra modalidad de esfuerzo autoimpuesto, que practican los que habitan en la insatisfacción permanente, forzando cambios en su vida innecesarios. El gran maestro Jiddu Krisnhamurti ejemplariza esta idea de forma muy entendedora: "Un río pasa fluyendo, lleno, potente, caudaloso. Cruzar el río se convierte en un problema cuando quiero alcanzar la otra orilla, donde creo que hay más libertad, más belleza, más encanto, más paz, etcétera. Pero veo que no puedo cruzar el río: no tengo barca, no puedo nadar, no sé qué hacer. Por tanto, ¿qué le pasa a mi mente? No está satisfecha con permanecer en esta orilla. Pero no tiene ningún problema. Mi herida no es un problema. Es tan simple que nos negamos a verlo".

No es necesario complicarse "La libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se traza" (Rousseau)

Creamos problemas allí donde no los hay. Construimos estados de duda por tener que tomar decisiones que nadie nos pide. Confundimos la insatisfacción con un problema angustioso que se debe resolver. No obstante, la insatisfacción, las heridas, la impotencia, son situaciones, estados que sentimos y que no necesitan resolverse, sino aceptarse. ¡Qué ganas de vivir con problemas!

Volvamos a Nietzsche. En boca de Zaratustra nos previene que el gran dragón se llama "tú debes", mientras que el espíritu del león dice "yo quiero". Si uno pretende que todos los valores reluzcan en él, renunciará a lo que quiere, a crearse su libertad, para convertirse en lo que debe o en lo que debería, un obediente espíritu de la pesadez. Hubo un tiempo en el que no había mayor consagración que la de cumplir con lo debido. Hoy, faltar a nuestra fuerza transformadora, a nuestra creatividad, a vivir en lo que amamos, es renunciar al poder de nuestra voluntad. Conquistar nuestra libertad pasa por librarse también del apego a una obediencia excesiva. Nos pueden ser útiles tres posibles instrucciones: ocuparse sin exigir, amar sin imponer condiciones y avanzar hacia los objetivos sin apego por los resultados. No son ninguna obligación, aunque pueden proporcionar una vida con menos complicaciones.

Bibliografía
- 'Así habló Zaratustra', de Nietzsche. Biblioteca de Grandes Pensadores. Gredos.
- 'El arte de ser flexible', de Walter Riso. Planeta.
- 'La libertad primera y última', de Jiddu Krishnamurti. Kairós Editorial.

Juan Arias: ¿Se vive mejor sin Dios?


Juan Arias, ¿Se vive mejor sin Dios?, El País, 12/10/2011:         

Me pregunta un amigo por qué en tiempos de crisis, incluso las económicas como en la actualidad, el ser humano se refugia más en la fe en Dios. Difícil responder a esa pregunta, ya que para mí si Dios sirve para algo debería ser para los tiempos de alegría y felicidad, no para los tiempos del miedo.

Los padres del científico y escritor Leonard Mlodinov se salvaron de las garras del Holocausto. Él mismo salvó su vida el fatídico 11 de septiembre, en los bajos de una de las Torres Gemelas de Nueva York cuando se hundió. En una entrevista reciente le preguntaron en Brasil qué sentía al saber que Dios había salvado milagrosamente su vida y la de sus padres. Respondió: "No fue Dios, sino el acaso". Y añadió: "¿Qué Dios sería ese que salva a mis padres del nazismo y deja morir a seis millones de otros judíos?". "¿Qué Dios sería ese que me salva del atentado terrorista de Nueva York y deja morir a otras 3.000 personas?". Difícil encontrar a Dios en los escombros de la muerte.

Lectores que no conozco suelen preguntarme, unos con respeto, otros, menos, si pienso que sin Dios se acaba viviendo mejor. Escribí hace 40 años un libro que se titulaba El Dios en quien no creo. Había sido el título de un artículo publicado en el desaparecido diario Pueblo de Madrid. Se les había colado a los censores franquistas. Quizás porque pensaron que si hablaba de Dios no podía ser nada subversivo. Lo era para la España católica y cerrada de entonces.

Me citó a su despacho el entonces arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo. Me dijo que el artículo estaba ayudando a los españoles a hacerse ateos porque afirmaba entre otras cosas que si Dios existe no podía existir el infierno y que no podía curar a unos y dejar morir a otros. Le mostré la carta que acababa de recibir de un matrimonio joven, en la que me decían que habían recortado el artículo y conservado para cuando sus dos hijos pequeños fueran mayores. "Nosotros no somos creyentes, pero si nuestros hijos un día quisieran creer, nos gustaría que creyeran en ese Dios irreconciliable con el infierno", decían.

No sirvió de nada. Desde aquel día, además de la censura franquista, la Iglesia de Madrid me impuso otro censor para mi columna de Pueblo, que se titulaba Las cosas claras. Sobre aquel libro, nacido de aquelartículo y traducido hoy a 10 idiomas, dos señoras encopetadas, cuando volvía en tren de Asís, donde había sido publicado, mirando con recelo la portada, me preguntaron: "¿Ese libro es a favor o en contra?" "Eso depende, señoras", les respondí.

Cada vez que hoy me preguntan si creo que es mejor o no creer en Dios suelo responder que eso no tiene importancia, ya que si existiese Dios, lo importante sería que él creyera en nosotros, como me había dicho monseñor Romero, quizás en su última entrevista antes de ser asesinado a tiros mientras celebraba la Eucaristía.

¿Se es más feliz sin Dios? Depende, señores. Difícil sentirse libres y realizados con el Dios al que aman y adoran los dictadores -con los que, por cierto, la Iglesia siempre se ha entendido mejor que con los demócratas-; difícil con el Dios absolutista incompatible con la democracia o con el Dios que recela de la sexualidad.

Es difícil que las personas, jóvenes o adultas, no lleven dentro de sí la sombra de un Dios castrador, aquel del que en un colegio de religiosas la madre superiora había escrito en los retretes de las alumnas: "Dios te está mirando".

El famoso poeta brasileño João Cabral de Melo Neto, cuando estaba para morir, quiso hablar con un sacerdote de la Teología de la Liberación. Le confesó que era ateo, pero que en aquella hora final lo asaltaba el miedo de "aquel infierno del que me hablaban de niño en la Iglesia". El teólogo le dijo que, además de no existir el infierno, un poeta nunca tendría lugar en él. Aquel teólogo era Leonardo Boff, condenado al silencio por el entonces cardenal Ratzinger y hoy papa Benedicto XVI.

El Dios del miedo es el Dios que no merece existir. El miedo es argamasa humana, es el arma de todos los poderes de la Tierra, no tiene nada de divino. Es tirano. Solo la felicidad es liberadora. El miedo es usado y abusado por las Iglesias institucionales. Jesús nunca impuso miedos a los que le seguían. Se los quitaba. Él los tuvo también. Tuvo miedo de morir, sudó sangre ante la inminencia de su muerte, pidió explicaciones a Dios de por qué dejaba que lo mataran si era inocente. Y de él tuvieron miedo los hipócritas y los poderosos, nunca los arrinconados o indignados.

Aquel profeta tenía solo un pecado: no creía en el sufrimiento ni en el dolor ni en la muerte como armas de redención. No soportaba ver sufrir a nadie. No le gustaban los muertos y los resucitaba. Nunca pidió a sus apóstoles que hicieran ayunos y penitencias, ni que fueran héroes o vírgenes. Estaban todos casados, como él.

Y no fue un profeta fácil: exigió, con naturalidad, algo que nos parece locura: devolver bien por mal. Sabía que la felicidad -que era su única teología- se engendra en la paz y no en la guerra, en el perdón y no en la venganza.

¿Se vive mejor sin Dios? "Depende, señores". Sin el que ofrecen las iglesias que no te permite morirte en paz, ni hacer el amor sin que te espíe como un policía, se vive mejor. Se vive mejor sin el Dios que pretende adueñarse de lo más sagrado del ser humano: su libertad y su conciencia. Por lo menos, sin él, se vive sin menos miedos, que no es poco.

¿Y con el Dios en el que creía monseñor Romero cuando lo acribillaron a balas en el altar por defender a los pobres contra el poder, se vive mejor?, se preguntarán algunos. ¿Se vive mejor con el Dios que apuesta siempre por los que pierden, el Dios de aquel Jesús que no solo perdonó en la cruz a los que blasfemaban contra él, sino que hasta los excusó: "Perdónales, porque no saben lo que hacen", expresión máxima del amor supremo que no humilla ni cuando perdona?

Creo que como mejor se vive es siendo fiel a la voz de la conciencia, más severa que las leyes porque no es posible burlarla, y que constituye la única fuente de libertad. El cardenal Newman, convertido del protestantismo al catolicismo, fue un defensor del primado de la conciencia sobre la ley. En la Carta al Duque de Norfolk cuenta que, si se viera obligado a hacer un brindis, lo haría "primero a la conciencia y después al Papa". Newman tiene una frase que aún hoy, después de dos siglos, sigue poniendo los pelos de punta a la Iglesia y a los teólogos tradicionales: "Prefiero equivocarme siguiendo a mi conciencia, que acertar en contra de ella". La Iglesia defiende, al revés, que la conciencia debe ser antes formada. Por ella y con el miedo, claro.

¿Se vive mejor sin Dios? Depende. Quizás se tenga a veces la tentación de creer en alguien más que humano, capaz de exorcizar la crueldad que siembra de muertos inocentes el planeta, la que pisotea a los que no tienen poder, la que exalta a los aprovechados, la que discrimina a los diferentes, la que violenta a los niños, la que quiere imponer a su Dios, la que humilla a la libertad. Pero ese, ¿no será más bien el Dios de nuestros sueños?

Se podría vivir mejor solo con el Dios -si existiese- capaz de quitarnos a los mortales el miedo supremo de la muerte, sin la cual, curiosamente, dejarían de existir las religiones, como afirmaba Saramago. Se viviría mejor con el Dios que no nos prohibiese soñar. ¿Existe?

martes, 11 de octubre de 2011

Ordenadores y aulas



Pablo Linde, "Los ordenadores están en las aulas. ¿Y ahora qué? El programa Escuela 2.0 pone la tecnología, pero los pedagogos reclaman un cambio de metodologías - La mayoría de los profesores que ha usado computadoras cree que son necesarias." El País, 10/10/2011

Los debates pedagógicos son casi infinitos, pero hay uno que ya está cerrado: el de introducir o no las nuevas tecnologías en las aulas. Existe el consenso internacional de que deben estar presentes y la gran mayoría de los países desarrollados llevan tiempo incorporando ordenadores y pizarras digitales a los centros escolares. Lo que ahora está en cuestión es cómo usarlos. Porque las tecnologías por sí solas son solo una ayuda. El reto que se plantea la mayoría de los expertos es cambiar las metodologías y los currículos.

La apuesta decidida por las tecnologías en las aulas en España se llama Escuela 2.0. Fue anunciada por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en mayo de 2009 y se proponía distribuir más de un millón y medio de ordenadores portátiles entre alumnos, más de 80.000 equipos para los profesores, la creación de otras tantas aulas digitales (con acceso a Internet y pizarras electrónicas) y la puesta a disposición de los docentes de un amplio catálogo de programas informáticos para usar estos avances.

En cifras, se ha recorrido algo más de un tercio del camino, pero todavía queda mucho para conseguir lo que pregona Antonio Pérez Sanz, uno de los impulsores del programa desde la dirección del Instituto de Tecnologías Educativas: "Hay que modificar el papel del profesor. Debe dejar de ser un orador o instructor que domina los conocimientos para convertirse en un asesor, orientador, facilitador del proceso de enseñanza aprendizaje y mediador entre los alumnos y la realidad utilizando las tecnologías".

Para llegar a este objetivo hay que dar dos pasos indispensables: la introducción de la tecnología y la formación del profesorado. Aunque es uno de los ejes del programa Escuela 2.0, la instrucción que reciben los docentes es muy deficiente, según explica Julio Díaz Escolante, del sindicato independiente Anpe. "La formación no se ha abordado en condiciones en ninguna comunidad", comenta. "Se está dotando de muchos medios a los centros y no se les saca rendimiento. Los alumnos están muchas veces más formados que sus maestros", añade.

La falta de formación, que se limita a unas pocas horas, provoca que haya una enorme heterogeneidad entre el aprovechamiento de la tecnología y que dependa sobre todo de la motivación de los profesores y de sus conocimientos previos o adquiridos ad hoc. Además, la mera formación teórica sobre informática no es suficiente.

En opinión de Pere Marquès, director del grupo de investigación de Didáctica y Multimedia de la Universidad Autónoma de Barcelona, tan importante como esta formación y la propia tecnología lo es un tercer eje: "Darle al docente motivos para usarla". Según dice, hay muchos. "Uno es un fracaso escolar que no baja desde hace años. Probemos estas nuevas herramientas, a lo mejor pueden solucionar el problema. Otro, igual de importante, es que la sociedad de hoy es distinta a la de hace 30 años. Siempre estamos conectados a Internet. Lo que hoy requieren los ciudadanos no es memorizar todo aquello que pueda ser necesario, sino saber encontrarlo. Lo que hace falta es enseñar a resolver problemas lo más rápidamente posible", argumenta Marqués. La introducción de la tecnología en las aulas es un paso importante, pero insuficiente, desde su punto de vista. "Habría también que cambiar los objetivos y los métodos", subraya.

Es la misma línea que exponen la mayoría de expertos en pedagogía y nuevas tecnologías. Manuel Area, catedrático de Didáctica y Organización Escolar en la Facultad de Educación de la Universidad de La Laguna (Tenerife), insiste en que meter tecnología en las aulas no es sustituir libros por máquinas. "Tendría que replantearse más fuertemente el currículum y el sistema escolar. Nuestra escuela sigue teniendo una visión casi del siglo XIX, con asignaturas aisladas unas de otras. En el siglo XXI todo debería estar más integrado, con más propuestas de problemas que los estudiantes tengan que resolver e indagar. Otro planteamiento importante es que el aprendizaje tiene que ser colaborativo, no individual", propone.

A pie de aula, Antonio García Aguilera, profesor del instituto Torre Almenara de Mijas (Málaga), ve con cierto escepticismo las lecciones teóricas sobre el uso de las tecnologías. Admite que se le pueden extraer usos positivos, sobre todo en pequeños grupos. "Pero no es la panacea que nos vende la Administración", subraya. Para empezar, por una cuestión mucho más cotidiana que los argumentos metodológicos: "Con grupos de 30 como los que solemos manejar, lo más normal es que haya una decena que olvida el ordenador. ¿Qué haces con ellos? Después tardas en enchufarlos, en que los niños entren en los programas que deben, hay cortes de conexión, en ese lapso se distraen, pierden el hilo. Lo mismo sucede con la pizarra digital. No es fluido".

En los foros de profesores es fácil encontrar una opinión que comparte Antonio García: "El sistema educativo está muy falto de recursos como para gastar tanto en ordenadores". Él hace hincapié en la necesidad de más profesorado para bajar la cantidad de alumnos por aula. "En una clase de lengua conseguimos partir en dos grupos de 15 escolares uno de 30 y las mejoras fueron muy superiores a las que consigue cualquier tecnología", explica.

La gran mayoría de los profesores que ha comenzado a usar ordenadores y pizarras digitales, sin embargo, considera necesario el programa Escuela 2.0, según un estudio todavía no publicado que está realizando el catedrático Manuel Anarea entre 4.000 docentes de toda España. Con resultados todavía provisionales, casi el 90% expresa esta opinión.

Este programa, aunque sí es probablemente el más ambicioso, no es el primero que se propone el uso de nuevas tecnologías en las aulas. Ya a mediados de los ochenta, el Ministerio de Educación puso en marcha los proyectos Atenea, para introducir equipos informáticos en los centros, y Mercurio, que pretendía incorporar recursos audiovisuales, como vídeos o diapositivas. Desde entonces, la suma de avances en las aulas ha sido continua, aunque poco sistemática. En opinión de Ángel Fidalgo, del Laboratorio de Innovación en Tecnologías de la Información, el uso de los ordenadores suele dar "un subidón" al introducir algo nuevo que queda en casi nada cuando queda obsoleto. "El programa Escuela 2.0 es necesario, pero puede suceder lo mismo si se mantienen las mismas metodologías", añade.

El cambio de enfoque no puede ser rápido. En educación los resultados nunca lo son. "Pero añadir tecnologías es inevitable porque así funciona el mundo que nos rodea", asegura Marquès. También la mayoría de los países desarrollados incorporan de una u otra forma ordenadores en las aulas. En los países nórdicos la tecnología es "más invisible", en palabras de este investigador. El centro está perfectamente equipado para que puedan tener acceso a ella cuando la necesiten, pero no se centran tanto en el ordenador por cada alumno. Los países anglosajones sí la tienen muy presente.

Varios Estados de EE UU cuentan desde hace tiempo con equipos para todos sus alumnos. En algunos centros, según Marquès, tuvieron que dar marcha atrás porque comprobaron que "habían dado más importancia a la máquina que a las actividades". "Han tenido que rectificar porque solo con tecnología no se arreglan todos los problemas. Que cada uno trabaje a su aire es muy bonito, pero los alumnos necesitan orientación, deben tener claro qué aprender", explica.

Un instituto de Los Altos, en California, probó el pasado curso una experiencia piloto que ha dado resultados notables. Tan solo el 3% de los que participaron en ella sacó calificaciones por debajo de la media en un examen de final de curso. Aplicaron el método de un extrabajador de un fondo de inversión que grabó vídeos en YouTube para ayudar a un primo con las matemáticas. Comenzaron a tener decenas de miles de visitas e hicieron que su creador, Salman Khan, dejase su empleo para dedicarse por completo a la educación mediante la Khan Academy, una institución sin ánimo de lucro apadrinada por Google y Bill Gates. Hoy hay más de 2.500 vídeos en la Red que van desde las matemáticas a la biología, de la astronomía a las finanzas, vistos por más de dos millones de personas al mes. Su idea es llevar el ordenador a las aulas, no como un complemento, sino como un eje.

Al contrario de lo que se puede pensar, la intención de Khan no es sustituir a los profesores, sino hacerles aprovechar mejor el tiempo. "Ya no tienen que perderlo en dar explicaciones generales, los niños las pueden ver en los vídeos cuantas veces quieran y hacer los ejercicios que necesiten en la web. El maestro los monitoriza, sabe cuáles son los problemas de cada escolar y puede atenderlo individualizadamente, de forma que los alumnos aventajados pueden avanzar más rápido y los lentos son mejor atendidos en un proceso de aprendizaje asimétrico. No es deshumanizar la enseñanza, sino todo lo contrario", explica Khan.

Dentro de la heterogeneidad de uso de las tecnologías que hay en España, existen ejemplos parecidos. Miguel Carlos de Castro, profesor de tecnología del IES Concepción Arenal de Ferrol (A Coruña), incorporó a sus clases un sistema muy similar: una página web con recursos, documentación, problemas, chuletas, ejercicios, que tiene también un sistema de preguntas tipo test que permiten evaluar el avance del alumno. Los profesores pueden seguir instantáneamente el progreso del alumno y comprobar qué materiales ha usado y con qué éxito. Se llevó un premio a la diversidad de la Xunta de Galicia por la posibilidad que daba a los alumnos de seguir su ritmo, ya fuese más o menos rápido.

Pero hoy por hoy no hay un modelo universal. Las asignaturas más técnicas son más propicias para métodos como los anteriores y otras, de la rama de humanidades, tienen más difícil encaje en un sistema así. Los ordenadores están ahí, pero todavía hay que perfilar cómo aprovecharlos.

Los datos de la Escuela 2.0
- Inversión. 800 millones financiados al 50% entre el Ministerio de Educación y las comunidades autónomas. Participan todas excepto Valencia y Madrid.

- Objetivos. Distribuir más de 1,5 millones de ordenadores portátiles, más de 80.000 ordenadores para los profesores y las aulas, y la dotación y equipamiento de unas 80.000 aulas digitales.

- Estado actual. Se han repartido 632.313 ordenadores entre alumnos de quinto y sexto de Primaria y primero y segundo de ESO, ya hay 26.798 aulas digitales y 160.111 profesores formados.

- Formación al profesorado. Existen 70 materiales modulares que dan origen a más de 300 cursos. En las convocatorias (se hace una en octubre y otra en febrero) de los cursos 2009-10 y 2010-11 han participado más de 50.000 profesores de toda España.

- Déficit. El primer examen de lectura digital que ha hecho el informe Pisa muestra que en España, uno de cada cuatro alumnos de 15 años tiene serias dificultades para navegar por internet a pesar de estar familiarizado con las tecnologías. El porcentaje es superior a la media, que se sitúa en el 17% de los escolares.

Formas de adaptarse a los cambios

"El hecho de meter un ordenador en el aula va a dar problemas. Es como un coche: hay que repararlo, aparcar, pagar impuestos... Si lo vamos a usar para ir a la panadería de enfrente, no nos merece la pena, pero si hacemos largos recorridos, sí. Con la tecnología sucede igual, hay que darles a los profesores los motivos para usarla y aprovecharla". Es la filosofía de Pere Marquès, de la Universidad Autónoma de Barcelona y cuyo trabajo consiste, en buena parte, en dar estos motivos. Pone ejemplos de cómo mejorar las clases con ordenadores: "Yo explico como toda la vida mis lecciones. Bien. Pero, por favor, cuando expliques, ¿por qué no las acompañas con una pizarra digital con vídeo introductorio, para motivar? Cuando explicas la célula, usa una proyección que la amplíe. Es más motivador". Otro ejemplo: "Puedes decir que, como la semana que viene vamos a estudiar la célula, busquen en Internet algo sobre ella. Los alumnos podrán explicárselo a sus compañeros y esto les hace participar. Y aunque haya hecho un copia y pega, el de tener que explicarlo les hará aprender".

El Ministerio de Educación ha puesto en sus páginas web una gran cantidad de recursos para que los niños hagan ejercicios y aprendan de una forma distinta, más amena. En principio, resulta fácil captar su atención, pero este efecto no es permanente, según explica Antonio García, profesor de un instituto de Mijas: "Sucede como antiguamente con las diapositivas, las primeras veces que las pones, los niños atienden, pero después se acostumbran y dejan de hacer caso". Este docente, que aplica las tecnologías con satisfacción en geografía u ortografía, reclama que las nuevas metodologías que impulsan muchos pedagogos no deben cambiar radicalmente el sistema.

"Las clases magistrales en secundaria ya no existen. Entre otras cosas porque los niños no son capaces de prestar atención durante una hora seguida. Desde hace tiempo se les dan otros estímulos. Pero también hay que fomentar la concentración y el pensamiento reflexivo, que se está perdiendo en parte por las nuevas tecnologías", explica García. De hecho, hay estudios que muestran cómo la multitarea en Internet hace que cueste más la concentración y otros que prueban que el funcionamiento de la memoria está cambiando por el efecto Google, es decir, porque uno sabe que tiene la información al alcance de la mano.

lunes, 10 de octubre de 2011

Las rutinas de Don Alguno

Pobre don Alguno, una de las cosas peores de envejecer es que el peso de las rutinas llegaba prácticamente a inmovilizarlo y atarlo de pies y manos, recluido en una jaula de costumbres con apariencia de casa donde se movía -es un decir- muy a gusto. Don Alguno se volvía maniático, repetitivo: una calcamonía pegada a su propio mundo. No había renovación posible, ni viajaba ni pensaba ni experimentaba cosas nuevas, nunca corría riesgos y todo lo nuevo lo dejaba sin empezar porque para él ya había concluido. Solamente le inquietaban esos vagos picores que parecían a veces recorrerle el cuerpo.

Pero cuando don Alguno se dio cuenta de que estaba sojuzgado por esta opresión, vino lo más terrible: la conciencia de que todas esas rutinas no lo salvaban, no lo protegían, eran nada o menos que nada y ni siquiera ofrecían consuelo: iba a morir con ellas o sin ellas y lo que hiciera en el interior del huevo huero y frío que era su casa no importaría a Nadie. Y, además, ¿para qué debía importarle? Y ¿por qué?

Pero esto debía ser falso, puesto que nada de lo humano le era ajeno y don Nadie haría bien en interesarse por don Alguno, una persona tan desconocida como Cualquiera, porque don Alguno, que no quería, ya no podía salir de su caja.


(De un Pseudounamuno)