lunes, 7 de noviembre de 2011

Colosos con pies de ladrillo


De la ruin mesocracia española de mangantes/magnates y políticos aledaños, líbranos, Señor:

Luis Gómez "¿Adónde fueron los amos del ladrillo? Se los tragó la tierra" El País, 06/11/2011

Fueron los grandes promotores del 'boom' del ladrillo. Otrora admirados y opulentos, cubrieron España de cemento y deudas. Ahora, con el país hundido por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, han desaparecido del mapa. Este es el relato de sus vidas actuales
    

Algunos miembros del selecto club que formaban los nuevos príncipes de las finanzas, hombres sin pedigrí en el parqué que se habían vuelto muy avariciosos gracias a las enormes plusvalías obtenidas con el boom inmobiliario, pensaron aquel martes negro que solo se trataba de un susto, que el intrépido Enrique Bañuelos había llegado demasiado lejos y el mercado le estaba dando un toque de atención. Aquel 24 de abril de 2007, Astroc, la compañía de Bañuelos, se desploma en bolsa y ejerce un efecto contagio sobre las cotizaciones de las principales inmobiliarias. Pero el suceso no parecía ir más allá. Aquel día nadie hablaba todavía de crisis inmobiliaria, sino de ralentización. Es decir, seguía siendo un buen momento para seguir de compras. Para seguir gastando miles de millones de euros. "Había que bailar mientras sonara la música", explica un testigo de aquellos días.

En un viaje a Seseña, 'El Pocero' asegura que oyó una voz que le dijo: "Aquí edificarás una ciudad y le pondrás tu nombre"

Cuatro años y 200 días después de aquel martes negro, a los protagonistas de los años dorados del mercado inmobiliario se los ha tragado la tierra. No hay música sino silencio a su alrededor. Se esconden detrás de abogados o agencias de comunicación, expertas en el arte de no decir la verdad con buenas palabras, sin que se note demasiado. No aceptan entrevistas. No acuden a ningún acto social. No aparecen en reuniones sectoriales, ni están en condiciones de dar conferencias en escuelas de negocio. Algunos se debaten en la dura lucha por salvar su patrimonio personal y han vendido sus yates o sus jets, los dos signos externos que caracterizaron una forma de hacer negocio en España a base de suelo, cemento y unas grandes dosis de ambición. "¿Cómo le digo ahora a mi mujer que ya no podrá usar el avión para ir de compras a Milán?", le confesó uno de ellos a su abogado antes de tomar tan fatal decisión.

Aquel martes negro de abril de 2007, la cotización de Astroc cayó un 37,23% y provocó una reacción en cadena que no tardaría mucho en dejar secuelas. En diez días, el valor estrella de la bolsa española, cuya cotización había llegado a multiplicarse por 1.000, se desplomó un 63%. Así que fue algo más que un susto. Algunos bautizaron ese hecho como castatroc haciendo un juego de palabras: las acciones de Astroc habían pasado de valer 6 a valer 70, para luego hundirse a precios inferiores a los dos euros. La ruina. Ante las primeras señales de alarma que cundieron aquella jornada, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, se limitó a explicar que se trataba de simples correcciones del mercado y que la desaceleración del sector inmobiliario sería "suave y gradual". La calidad de los pronósticos de Ordóñez no ha cambiado en todo este tiempo. Lo que hubo no fue una desaceleración. Fue un derrumbe.

Astroc no era la mayor empresa inmobiliaria, pero se había convertido en un símbolo. Nació y creció en los años de expansión. Era hija de la pujanza del sector. Era una empresa de aspecto moderno en manos de un empresario joven y dinámico, desconocido por las grandes familias, capaz de llevar la palabra del sector a la quinta avenida. Bañuelos tenía algo que a sus competidores les faltaba, un aire nuevo, un don de gentes inigualable y un buen dominio de la imagen: organizó una paella para 25.000 comensales en Central Park para darse a conocer en Nueva York. Sabía comportarse en cualquier ambiente, podía hablar durante horas (aunque fuera de sí mismo), mostraba un espíritu arrollador para los negocios y una confianza ciega en sus posibilidades: "A mí me dejan desnudo en Central Park y en 24 horas estoy paseándome por la Quinta Avenida en una limusina", llegó a decir. Esa frase todavía la recuerdan hoy los ejecutivos que la escucharon hace cinco años. Bañuelos llegó a captar para sus inversiones a algunos de los grandes empresarios españoles, como fue el caso de Amancio Ortega, el dueño de Inditex. Tres meses después de aquel susto, Enrique Bañuelos dimitió como presidente de Astroc. Fue el primero en caer.

Alguien le traicionó. Alguien vendió dos millones de acciones en un momento muy delicado y contribuyó al hundimiento de Astroc. ¿Quién? Sobre la identidad de ese traidor se han divulgado muchas teorías y ninguna prueba, pero lo cierto es que los grandes del sector no se extrañaron con lo sucedido: para llegar hasta donde habían llegado conocieron muchas traiciones y muchos engaños. Llegar a lo más alto del sector inmobiliario no ha sido un camino limpio para nadie. De hecho, todas las compras y ventas realizadas en los años de la fiebre del oro (del 2003 al 2006) han dejado secuelas en los tribunales, algunas de ellas todavía sin resolver. La traición y el engaño forman parte del negocio, como ha quedado en evidencia en el último episodio conocido.

Hace unas semanas, Luis del Rivero llegó a su despacho pensando que lo tenía todo cerrado para hacerse fuerte en la presidencia de la constructora Sacyr Vallehermoso y, a partir de su acuerdo con la petrolera mexicana Pemex, ejecutar el asalto final a Repsol. Sus socios, incluido quien había sido su mano derecha y fundador de la compañía, Manuel Manrique, estaban con él. Eso pensaba. Pero Manrique cambió de opinión en el último momento y ahora ocupa su cargo. ¿Traición? La versión real de lo sucedido está aun por conocer porque había asuntos pendientes entre los principales accionistas de Sacyr-Vallehermoso a cuenta del pasado.

El mérito de Luis del Rivero había sido diversificar su empresa antes de que llegara el cambio de ciclo: primero intentó un asalto al BBVA y, cuando fracasó, puso el punto de mira en Repsol. Entre medias, Luis del Rivero fue protagonista de muchas conspiraciones en una época donde todo era susceptible de comprarse o venderse. Repsol terminó siendo su salvavidas.

A diferencia de Enrique Bañuelos, Luis del Rivero no parecía tener una doble cara. Se le ha considerado siempre como un personaje poco comunicativo y autoritario. Nadie le recuerda como un ejecutivo amable. Pero fue el único de aquella generación que parecía capaz de sobrevivir a la crisis. El único que ha permanecido al mando de una empresa y podía mirarle a la cara a los bancos.

Entre la traición a Bañuelos y la sufrida por Luis del Rivero han pasado cuatro años y 200 días de pesadilla. Entre Bañuelos (que ha iniciado una nueva vida en Brasil en el sector agroindustrial) y Luis del Rivero, solo han sobrevivido aquellos que supieron vender y retirarse antes de tiempo; es decir, los que ya no están en el negocio, como Manuel Jové, expropietario de Fadesa y ahora accionista del BBVA. O Mario Losantos, expropietario de Riofisa. La mayoría de los que se quedaron vive en libertad condicional: son los bancos quienes dictan sus movimientos.

Luis Portillo es uno de ellos. Un año después de la caída de Bañuelos, hubo de presentar su dimisión como presidente de Colonial, justo cuando se había convertido en uno de los grandes a fuerza de adquisiciones que parecían contradecir la lógica. El pez chico se come al grande endeudándose hasta las cejas. Ese era el estilo de Portillo, quien pareció cambiar de modales desde que dejó su hábitat natural, los alrededores de Sevilla. Si Bañuelos fue el exponente de la escuela valenciana (donde se creó la figura del agente urbanizador que podía poner en marcha complejos residenciales sin ser propietario del suelo), Portillo era de la andaluza, donde las recalificaciones se gestionaban en estrecha colaboración con los poderes municipales. Portillo es un personaje clásico: empezó desde abajo, hijo de albañil, para dedicarse a las reformas de inmuebles. Un hombre muy apegado al terreno, sin cultura pero con un olfato natural para el negocio del suelo. Esa era su virtud y eso le permitió grandes ganancias con un estilo de especulación ortodoxo.

Portillo cambió cuando salió de su territorio. Comenzó a visitar Madrid. Se hizo asiduo cliente del AVE. Tenía excedente de recursos y quería comprar. Adquirió participaciones en bancos como el Santander y el BBVA e hizo un primer asalto a la inmobiliaria Metrovacesa. Terminó comprando Inmocaral, lo que le permitió compartir accionariado con figuras relevantes del establishment empresarial, caso de Amancio Ortega, Alicia Koplowitz o Joaquín Rivero. Después de Inmocaral intentó una opa a Colonial, una empresa tres veces más grande, de la que pudo obtener su control. Junto a su asalto a Colonial, logró comprar un paquete del 15% de FCC y la adquisición de Riofisa. En apenas un año, entre 2006 y el susto del 24 de abril de 2007, Luis Portillo había gastado en compras 4.000 millones de euros. Para entonces, algunos de los hábitos de Luis Portillo habían cambiado.

Ya no era un personaje tan natural. Tan rústico, como le veían en Madrid. Le había echado el ojo a un avión. Había adquirido un colegio privado como consecuencia de unas discrepancias entre su esposa y el director del centro, por un asunto relacionado con los estudios de una de sus hijas: nada más comprarlo, despidió al director. En presencia de unos ejecutivos amenazó al gerente de un hotel con comprar el inmueble y despedir a los trabajadores simplemente porque el personal del establecimiento no le atendió su petición de bebidas a altas horas de la noche, según un testigo del incidente. Ese era el nuevo Portillo.

En diciembre de 2007, Luis Portillo dimitía como presidente de Colonial. Había pasado menos de un año desde que se mostraba capaz de comprar cualquier cosa. Colonial debía 10.000 millones de euros. La acción se había desplomado y pasaba a valer menos de un euro, señal de un final próximo.

Juan José Brugera pasaba a ocupar la presidencia de Colonial, un cargo que ya desempeñó antes de que llegara Portillo. Ese viaje de ida y vuelta tiene su explicación: Colonial era propiedad de La Caixa antes de que los inversores privados entraran en su capital. Tras el paréntesis de Portillo, vuelven a ser los bancos los propietarios de Colonial, principalmente el Popular (9,15%) y La Caixa (5,40%). Y ellos han decidido devolver a su puesto al antiguo gestor.

Desde entonces, Luis Portillo ha desaparecido. No viaja a Madrid. Se ha recluido en Sevilla, donde trata de salvar su patrimonio personal y gestiona algunas propiedades en su antigua zona de influencia. Su antigua empresa, Colonial, le ha puesto una demanda según la cual le pide una indemnización de 669 millones de euros bajo la acusación de que infló el precio de las compras de FCC y Riofisa. Portillo a su vez reclama más de 40 millones de euros al BBVA. En una de sus escasas declaraciones tras su dimisión, Portillo llegó a decir: "Los mismos que ahora me denuncian pusieron el dinero a mi puerta para comprar FCC o Riofisa". Portillo se refiere a los bancos y sus analistas, a los que considera traidores. Los bancos que ahora son dueños de lo que fue su empresa.

Pero este hecho no es exclusivo de Colonial. También sucedió con Metrovacesa, que llegó a ser la primera empresa inmobiliaria del país. En su origen, Metrovacesa perteneció al BBVA, antes de que hombres como Joaquín Rivero y la familia Sanahuja se disputaran su propiedad. Después de todo aquello, más del 80% del capital es ahora propiedad de los bancos.

Durante cuatro años, de 2003 a 2007, Metrovacesa fue objeto de una intensa lucha por el poder entre Joaquín Rivero y los Sanahuja, una familia de empresarios que habían hecho mucho dinero sin salir de Cataluña. Tanto Rivero como los Sanahuja poseían empresas que tenían un tamaño muy inferior al de Metrovacesa. Y curiosamente, los Sanahuja acudieron a comprar acciones (un 4%) en ayuda de Rivero ante una opa lanzada por empresarios italianos. Esa colaboración se transformó en lucha sin cuartel por el dominio de Metrovacesa. Nueva traición: los Sanahuja pasaron de tener un 4% a más de un 20% sin el conocimiento de Rivero. Esa guerra terminó en un pacto: Rivero se quedó con una empresa francesa, Gecina, y los Sanahuja pasaban a desempeñar el control de Metrovacesa.

De haber sido unos gestores prudentes y poco dados a exponerse en público, los Sanahuja también cambiaron de comportamiento. Alquilaron (o compraron) aviones para vivir entre Madrid y Barcelona. Bajo su mando, Metrovacesa emprendió una alocada carrera de compras, sobre todo en el exterior. Adquirieron la sede del HSBC en Londres por 1.600 millones de euros (que luego vendieron por 1.000), activos en Alemania por valor de 280 millones, un complejo inmobiliario en Londres junto a compromisos para levantar un complejo de oficinas diseñado por grandes arquitectos, entre ellos Norman Foster. A finales de 2007, la deuda financiera de Metrovacesa alcanzaba los 7.000 millones de euros, 14 veces su beneficio bruto de explotación.

El 26 de octubre de 2010, Román Sanahuja dejaba la presidencia de Metrovacesa. Sacresa, la empresa familiar, presentaba concurso de acreedores con una deuda de 1.800 millones. La participación de los Sanahuja en Metrovacesa no alcanza ya el 2% cuando llegó a superar el 80%. Los bancos se hicieron propietarios de la compañía.

"El problema es que la suma del crecimiento del crédito junto al incremento del precio de la vivienda hizo solvente a mucha gente", explica el experto José Luis Suárez, profesor del IESE y autor de la página profsuarez.com. "Se cometieron dos errores. Uno, crecer demasiado. En 2006, el crédito de la banca al sector de la construcción e inmobiliario creció más del 40%. Otro error fue que no se tuvo en cuenta la vulnerabilidad de muchas empresas por el excesivo endeudamiento. Y finalmente se gestionó mal la crisis. El crédito concedido al sector sumaba cerca de 430.000 millones de euros y después de cuatro años esa exposición sigue estando en 415.000. A nivel macroeconómico no se ha hecho nada. Hay que tener en cuenta que la deuda soberana en los bancos españoles está en unos 220.000 millones de euros. El problema es que el sector no puede pagar porque solo los intereses anuales deben ser algo más de 20.000 millones y no se genera cash flow para pagarlos".

Algunos analistas culpan a los bancos de lo sucedido. Y a las compañías tasadoras, algunas de ellas propiedad de esos mismos bancos. Nadie quiso ver que los activos se sobrevaloraban, que los créditos eran cada vez más arriesgados, que el mercado se había vuelto tan loco que los peces chicos se estaban comiendo a los grandes.

La actitud de los bancos tiene alguna explicación: sacaban sus beneficios de estas compras. Así sucedió con Banesto, propietaria de la inmobiliaria Urbis, cuando Rafael Santamaría llamó a su puerta. Santamaría era propietario de Reyal, una empresa que tenía la mitad de tamaño que Urbis. Pero no importaba: había crédito para todo. Y Banesto cobraba 1.600 millones por la venta del 50,27% de Reyal. Urbis había firmado un crédito sindicado de 4.000 millones con entidades como SCH, Cajamadrid y Banco de Sabadell. Rafael Santamaría declaraba por entonces que haría más compras, seguramente para el año 2007. Salir a bolsa era una forma de poner en valor la fortuna adquirida por algunos de estos personajes a lo largo de los últimos años. Adquirir tamaño para luego diversificar. Pero nada de esto ha sucedido. Reyal Urbis va por su tercera refinanciación de una deuda que asciende a 3.654 millones de euros y se ha salvado, por un cambio legislativo, de tener que entrar en disolución. Los bancos siguen determinando la actividad de la compañía, que reconoce, a través de un comunicado, que ha facturado un 46% menos por venta de pisos que hace un año. Y que esa venta ha constituido la primera fuente de ingresos del grupo.

Rafael Santamaría fue durante esos años de oro un hombre accesible a la prensa. Jugaba a los pronósticos con el sector inmobiliario (llamó normalización al principio del desplome) y era conocido en ciertos foros como el constructor amigo de José Bono, presidente del Congreso en la última legislatura. A Santamaría le gustaba filtrar noticias a los periodistas, sobre todo las relacionadas con sus competidores, y alardeó durante un tiempo de que a él no le pasaría como a Fernando Martín o a Luis Nozaleda, que se vieron obligados a presentar concurso de acreedores. Él iba a optar por refinanciar. Lleva tres refinanciaciones y no puede dar un paso sin el permiso de los bancos.

Santamaría compartió con Francisco Hernando, conocido como El Pocero, relaciones con José Bono y actividad en Castilla-La Mancha. Pero El Pocero nunca aspiró a ser un grande aun cuando se convirtiera en uno de los constructores más conocidos gracias a su megaproyecto de Seseña (Toledo), a sus cuitas con el alcalde y a ciertos aspectos de su conducta que le convertían en el hombre que mejor cuadraba con los peores aspectos del estereotipo del constructor: un hombre sin cultura, de gustos horteras. El Pocero quiso edificar algo parecido a una ciudad porque, según comentó en su autobiografía, tuvo una revelación una tarde que observaba los parajes desolados de Seseña y escuchó una voz que le dijo: "Aquí construirás una ciudad a la que le pondrás tu nombre". Así nació la ciudad residencial Francisco Hernando. La crisis dejó su proyecto a medias: vendió su yate, dejó a los bancos las viviendas vacías y se refugió bajo el manto de un jefe de prensa, el conocido periodista Alfredo Urdaci, cuya primera gestión fue la de anunciar un megaproyecto en Guinea Ecuatorial, de común acuerdo con el dictador Obiang, para construir 20.000 viviendas. Aquella promesa fue puro humo.

Pero quien le terminó poniendo rostro al hundimiento del sector fue el empresario Fernando Martín. Por varios motivos. Uno, porque adquirió una breve notoriedad cuando sustituyó en la presidencia del Real Madrid a Florentino Pérez. Sin pretenderlo, se convirtió en un personaje para los imitadores y una víctima propiciatoria de las tensiones del fútbol. Hubo de convocar elecciones y desapareció del escenario sin pena ni gloria. Como movido por el destino, a partir de entonces todos sus actos adquirieron notoriedad. Tal fue así cuando adquirió Fadesa en 2006 por 4.000 millones de euros para convertir a la nueva Martinsa-Fadesa en una de las grandes del sector. Dos años después de la compra, Martín anunciaba el mayor concurso de acreedores de España: su empresa tenía una deuda de 5.200 millones de euros.

Fernando Martín dejó las entrevistas hace tiempo. Responde por él una agencia de comunicación que señala que Martín "se ha volcado en la gestión del mayor proceso concursal de España hasta culminar su salida en marzo de 2011". La agencia califica de "relevante" que Martinsa-Fadesa "sea la única gran inmobiliaria en la que el presidente y el Consejo de Administración de hace cuatro años siguen gestionando la compañía, frente a los cambios habidos en otras grandes compañías como Metrovacesa, Reyal (de facto), Vallehermoso, Colonial o Hábitat". La alusión a Reyal tiene doble intención, porque Santamaría sigue siendo su presidente, al menos en teoría. La nota también precisa que Martinsa reclama 1.576 millones a los anteriores dueños de Fadesa por haber ejecutado "un plan conscientemente dirigido a obtener una muy notable sobrevaloración de la compañía mediante la aportación de información falsa a la empresa responsable de la tasación de los activos". Teniendo en cuenta que aquella opa de Martinsa a Fadesa fue declarada como amistosa, puede ser que se produjera un nuevo caso de traición o engaño.

Sin embargo, algunas cifras de Martinsa no dejan de ser reveladoras de cómo está el sector: en 2010 vendió 1.170 viviendas sobre plano, de las cuales sólo 48 fueron en España. En 2011, llevan 717 ventas sobre plano. ¿Cuántas en España? Ninguna.

Pedro Pérez, presidente del denominado G-14, donde se concentran las grandes empresas del sector, reconoce que muchas de estas empresas en apuros están en la tercera renegociación de sus deudas ("están trihipotecados", dice el abogado de una de estas empresas). "Estamos en el quinto año y no se ve luz en el horizonte. Las licitaciones de obra nueva se están hundiendo. No hay nada igual desde que existen estadísticas. El sector ha expulsado ya un millón de empleos directos y se ve más de lo mismo. Estamos vendiendo la quinta parte de lo que se vendía en 2006. Qué sector aguanta esto". Hace cuatro años y 200 días que la música no suena para nadie en el sector inmobiliario.

Luis Portillo. Ambición sin límites

Empresario de Dos Hermanas (Sevilla), Luis Portillo ganó fortuna en los alrededores de la capital andaluza.

Hombre sin estudios, conoció en 2004 a Joaquín Rivero y decidió dar el salto a los negocios en Madrid entrando en el capital de Metrovacesa. Fue el inicio de la vorágine bursátil: se hizo con Inmocaral (antigua Fosforera), cuyas acciones se dispararon de precio. Después adquirió Colonial, luego entró en el accionariado de FCC y se hizo con el 100% de Riofisa, que compró por 2.000 millones de euros, aunque algunos expertos valoraban esta compañía en 400 millones. La bolsa hundió sus proyectos. Regresó a Sevilla para tratar de salvar su patrimonio personal. Los accionistas de Colonial ahora le reclaman 696 millones. -

Fernando Martín. Del Real Madrid a la ruina

El dueño de Martinsa nació en Trigueros del Valle, Valladolid, en 1947. Tiene 64 años. Es licenciado en Químicas. Hasta 2006 llevó una trayectoria muy discreta. Se sabía que era uno de los grandes propietarios de suelo de España, pero ese dato no era de dominio público. Fue en 2006 cuando saltó a la fama: siendo directivo del Real Madrid, asumió la presidencia tras la marcha de Florentino Pérez. Su mandato duró dos meses. Consejero y accionista de grandes empresas, dio el gran golpe con la compra de Fadesa. Fue una ruina. En 2008, Martinsa-Fadesa declaraba la mayor suspensión de pagos de España con una deuda superior a 5.000 millones de euros. Reclama a los dueños de Fadesa casi 2.000 millones por sobrevalorar sus activos.

Román Sanahúja e hijos. Fuera de Cataluña esperaba la ruina

Los Sanahuja fueron empresarios muy conocidos en Cataluña, donde la empresa familiar cosechó sus primeros éxitos construyendo viviendas para los inmigrantes en los años 60. Se habían hecho con un prestigio y una sólida fortuna. Invitados por Joaquín Rivero a adquirir un pequeño paquete de acciones en Metrovacesa, terminaron convirtiendo esas acciones en la punta de lanza de una larga batalla por dominar esa empresa, la primera inmobiliaria de España. Su empeño por superar otras propuestas encareció la compra. Terminó cambiando acciones por deuda y no fue suficiente: el negocio familiar pagó la factura y entró en concurso de acreedores. Sus acciones en Metrovacesa se han reducido a poco menos de un 2% -

Enrique Bañuelos. Resurrección en Brasil

Astroc surgió como una pequeña inmobiliaria en el litoral levantino, presidida por un joven y desconocido empresario nacido en Sagunto (1966), Enrique Bañuelos.

Bañuelos tenía grandes planes para Astroc. Sacó a bolsa la compañía y la convirtió en la estrella del parqué con una revalorización que llegó a alcanzar el 1.000%. En 2006 Bañuelos entraba en la lista Forbes de los hombres más ricos. La buena racha se torció. Dejó España y se marchó a Brasil donde fundó la inmobiliaria Veremonte, con la que pretende levantar una ciudad sanitaria en Sao Paulo. Ahora ha diversificado y ha entrado en el sector agroindustrial. Domina la sociedad Vanguarda Agro, el mayor grupo industrial de Sudamérica. Pretende entrar también en el sector de la energía. -

Rafael Santamaría. Una mala apuesta de última hora

La sociedad inmobiliaria que Rafael Santamaría (padre) fundó en 1970, fue el germen de una pequeña constructora que se convertiría en promotora. Rafael Santamaría (hijo) transformó su herencia en el imperio Reyal Urbis.

Dueño de Rafael Hoteles, este aparejador, que fue presidente de la patronal de promotores de Madrid (Asprima), ha hecho el grueso de sus negocios en el sector inmobiliario. Su amistad con José Bono, el presidente del Congreso, ha terminado relacionándole con informaciones de supuestos tratos de favor. Su gran operación se produjo en 2007. Reyal engulló Urbis, la inmobiliaria de Banesto. La operación coincidió con el reventón de la burbuja inmobiliaria. Ha renegociado tres veces su deuda y acaba de salvarse de la disolución de la empresa. -

Francisco Hernando. El hombre que soñó una ciudad

Francisco Hernando, conocido como El Pocero, empezó desde abajo, limpiando fosas, cañerías, poniendo ladrillos y construyendo casas. Con los años fue extendiendo sus actividades en los alrededores de Madrid (Villaviciosa de Odón, Boadilla...) al tiempo que esa expansión iba relacionada con incidentes escandalosos y con denuncias de alcaldes que se sentían amenazados por él. Su gran obra iba a ser Seseña y fue otro escándalo: una ciudad con 13.500 viviendas. El proyecto quedó inacabado. Le dejó las viviendas vacías a los bancos y vendió sus dos yates, el Clarena I, adquirido por Villar Mir en 30 millones, y el Clarena II, con el doble de eslora del Fortuna de la Casa Real, comprado por un sudamericano por 58 millones.

Luis Nozaleda. Una mala pasada en la bolsa

Luis Nozaleda, presidente del grupo Nozar, un conglomerado de empresas propiedad de la familia Nozaleda, llegó a figurar en el puesto número 36 de los hombres más ricos de España según la revista Forbes. Había invertido en las compañías cotizadas que mejor marchaban en bolsa, entre ellas Colonial, Astroc y Aisa. El valor de sus acciones en el mercado llegó a alcanzar los 1.000 millones de euros, según algunas fuentes. Pero llegó el hundimiento de estas compañías y esa valoración se evaporó. Compró valores y compró suelo en el peor momento. Luego llegaron el concurso de acreedores y una dramática venta de los numerosos activos de la empresa. Pasa por ser el de comportamiento menos soberbio de aquellos magnates.

domingo, 6 de noviembre de 2011

jueves, 3 de noviembre de 2011

Pressing

Uno de los problemas a que me enfrento cada día es a ser alguien muy complicado. Antes no y no sé por qué he llegado a ser así, con tanto meandro y rodeo y vueltas y recodos. En suma, soy un lío. A veces, impaciente (más todavía) por la conciencia de esa crisis de resolución, tomo la espada de Alejandro y corto por lo sano, con el resultado de estar todavía más liado que otrora y atado encima por más compromisos. Qué angustia. Porque uno, que es una hormiga con complejo de supermán, siempre se echa a hombros más de lo que puede soportar y siempre rinde por debajo de lo que podría (el condicional es lo que joroba la cosa) hacer.


La presión, el agobio, aún se hacen más insoportables cuando a tus propios problemas añades los de los demás, los de la gente a la que quieres, los de la gente a la que quieres querer y los de los que están muy lejos, pero de algún modo extraño y alienado sientes como si estuvieran cerca. Entonces uno se vuelve ya una auténtica olla exprés. Menos mal que está el humor, porque, si no lo hubiera, habría que inventarlo: el humor es algo que nos hace enseñar los dientes para reír en vez de para morder. Y menos mal que está el amor, que todo lo distiende y mejora. Y menos mal que está la venlafaxina, la fluoxetina y las otras cosas acabadas en -ina..

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Libros de texto digitales


Lucas Arraut, El País,11/09/2011

Héctor Ruiz. Premio al joven empresario del año en Cataluña, barcelonés, de 30 años. Su compañía, Digital-Text, es líder en la producción de libros de texto multimedia para la escuela y emplea a 140 personas. Es biólogo y ha trabajado en la NASA.

¿Qué opinan las editoriales de que sus productos reduzcan la factura anual de libros de texto por alumno de 300 a 30 euros? 

Me consideran el anticristo. He recibido amenazas hasta contra mi integridad física. Y una que intentó comprar infructuosamente mi empresa me advirtió: "Como competencia, no somos precisamente el ejército de Andorra; si acaso, el de Estados Unidos".

¿Qué respondió? 

Que nosotros éramos el de Vietnam.

¿La asignatura de educación para la ciudadanía, que inspiró la creación de su compañía, era tan peligrosa?

Qué va. Aunque podría dar nociones básicas para afrontar la declaración de la renta, la solicitud de una hipoteca, el funcionamiento de la Bolsa...

¿Ser el joven empresario del año en Cataluña implica necesariamente haber recibido muchas collejas en el instituto?

Yo era el empollón al que, aparte de los profesores, tenían cariño incluso sus compañeros. No el raro, sino el empollón social. Pero la verdad es que sí fui de los que disfrutaban mucho estudiando.

En la era en la que los empollones se han hecho con las riendas del mundo, ¿ser el clásico chulito popular de la clase se va a convertir en algo subversivo y marginal? 

Ese estereotipo estadounidense lo veo muy lejos de nuestra cultura.

Montó su primera empresa con 21 años. ¿Con 30 ya está de vuelta de todo? 

A veces me sorprendo de la experiencia que he acumulado. La suerte es que todo lo que he hecho desde entonces ha sido trabajar en ideas que eran mías. Y aún me quedan muchas.

¿No tiene a sus padres un poco abrumados?

Están contentos.

¿A qué edad empezó a tener secretario/a? 

Mi secretario/a siempre se ha llamado Google Calendar. Prefiero asignar ese sueldo a emplear una persona más que se dedique a la creación de libros.

¿Qué tal le fue buscando vida en Marte en la Nasa?

Una experiencia interesante. Por cuestiones de seguridad, al no ser estadounidense, tenía que ir acompañado hasta al baño.

¿Tiene algún mantra?

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, siempre y cuando no sea estratégicamente mejor dejarlo para mañana.

Apólogo de la Sociedad Protectora de Animales



Eso de que cuanto más se conoce a los humanos más quiere uno a su perro no es misantropía, es bestialismo, porque, tal y como andan ahora los seres humanos, el perrito corre serio peligro de violación y no sé por dónde, además.

martes, 1 de noviembre de 2011

La venganza del arzobispo Carranza



El famoso Arzobispo Carranza, que tanto tuvo que padecer por sus veleidades reformistas en un dilatadísimo proceso inquisitorial que Felipe II quiso alargar para que sus rentas fueran a parar al bolsillo regio, escribió como desahogo los siguientes versos para sí mismo, que Luis Gil Fernández cita en su Panorama social del Humanismo español (1997, 2.ª ed., p. 452):


    Son hoy muy odiosas
cualesquier verdades,
y muy peligrosas
las habilidades
y las necedades
se suelen pagar caro.
    El necio, callando,
parece discreto
y el sabio, hablando,
se verá en aprieto
y será el efeto
de su razonar
acaescerle cosa
que aprende a callar.
    Conviene hacerse
el hombre ya mudo,
y aun entontecerse
el que es más agudo,
de tanta calumnia
como hay en hablar:
sólo una pajita
todo un monte prende
y toda palabrita
que el necio no entiende,
gran fuego prende;
y, para se apagar,
no hay otro remedio
si no es con callar.

De Juan Torres López


Del blog del catedrático de estructura económica Juan Torres López:

Mi discípulo y colaborador Alberto Garzón intervino hace unos días en el programa de debate político de TVE 59 segundos y en un momento dado preguntó a los representantes de los partidos allí presentes que estaban proponiendo recortes de gasto público para salir de la crisis que dijeran un solo país que hubiera salido de una crisis como la actual por esa vía.
Nadie le contestó. Los representantes de los partidos que proponen esas políticas siguieron insistiendo en sus propuestas de recortes hablándose a sí mismos o a sus potenciales votantes pero sin tener en cuenta las objeciones de los demás, sin que el hecho de que alguien les indique que sus propuestas no han funcionado nunca les afectase lo más mínimo. Les da igual.
Es una anécdota que refleja cómo se hace política hoy día en España, la continuada pérdida de calidad de una democracia que permite gobernar o hacer oposición cada vez más al margen del debate, sin necesidad de recurrir al diálogo, sin oír a los demás y, por supuesto, ni siquiera a los propios votantes. Y, por tanto, sin que los políticos asuman responsabilidad alguna por lo que afirman o por las razones o sinrazones de lo que hacen. Da igual que el argumento que se dé para justificar una medida o una propuesta política tenga más o menos fundamento, que alguien lo ponga en cuestión de la manera más contundente. Ancha es Castilla.
La crisis está siendo un buen escaparate de este tipo de conductas precisamente porque se le está dando un tratamiento basado en el falseamiento continuo de la realidad y en la manipulación de la experiencia y de los datos para poder salvaguardar los intereses de los más poderosos.
A pesar de que después de aplicarlas en varias ocasiones nunca se ha logrado una mejora del empleo por su causa, se sigue afirmando que hay que llevar a cabo reformas laborales flexibilizadoras para salir de la crisis y combatir el paro. A pesar de que los escenarios que se han hecho en diversas ocasiones nunca han acertado, se sigue insistiendo en que los estudios demuestran que hay que disminuir la amplitud y cobertura del sistema de pensiones públicas para poder sostenerlo. A pesar de que con ello solo se está consiguiendo que las economías vuelvan a deprimirse, se continúa diciendo que las políticas de recortes de gasto son las que van a dinamizarlas. A pesar de que la estrategia de salvar a los accionistas de los bancos proporcionándoles dinero sin límite para que tapen sus agujeros de capital no está garantizando que se recupere el crédito, sino que más bien ha provocado lo contrario, los gobiernos insisten en que es imprescindible hacerlo para que vuelva la financiación, y se disponen a inyectarles otros vergonzosos cientos de miles de millones de euros.
Se han volatilizado muchas cosas en esta crisis pero quizá primera sea la rendición de cuentas en la vida política. Los partidos en el gobierno han podido hacer lo contrario de lo que habían ofrecido a los ciudadanos que los llevaron al poder, las autoridades han podido hacer una cosa y la contraria sin necesidad de justificar o de responder por sus comportamientos contradictorios. Se ha mentido continuamente, afirmando que los bancos estaban bien para afirmar semanas más tarde que quebraban, que había brotes verdes que anunciaban la salida del túnel o que se habían llevado a cabo reformas que nunca se han aplicado.
En el caso de la banca se llega al paroxismo dado su papel central como causantes de la crisis. Si escandalosas han sido las constantes inyecciones de liquidez y las ayudas incluso secretas para mantenerla artificialmente a salvo, quizá lo sean aún más las reformas normativas que le vienen permitiendo manipular constantemente sus balances, disimular el deterioro de sus activos y la pérdida de capital que le han venido provocando en los últimos años su gestión irresponsable y fraudulenta y las políticas que han promovido para lograr la generación artificial y desorbitada de deuda que va a hacer de esta crisis algo mucho más dañino de lo que hasta ahora hemos contemplado.
De nada de eso parece que haya que responder. Y eso pone de relieve que para salir de la crisis también es imprescindible establecer un sistema eficaz de rendición de cuentas porque solo de esa manera se podrá evitar que se continúen adoptando medidas contrarias a las preferencias ciudadanas y tan completamente inútiles para resolver los problemas como las que se están aplicando para fortalecer a la banca y a los grandes grupos empresariales.
La política económica se está convirtiendo, sin deliberación social posible y sin exigencia de responsabilidad alguna, muy especialmente en la Unión Europea, en un discurso totalitario radicalmente incompatible con la democracia incluso en su sentido más débil. Y es lamentable que a las puertas de un periodo electoral tan decisivo para nuestro país y para todos sus ciudadanos los grandes partidos hayan apostado conscientemente, en materia económica, por el autismo que denunciaron hace años los estudiantes franceses, es decir, por dar por buenas las medidas que proponen sin someterlas al filtro de la experiencia y del debate social, y sin proponer nuevos mecanismos de rendición de cuentas ante su electorado, bien sea cuando gobiernen o cuando están en la oposición (en donde, como hemos visto en estas dos últimas legislaturas, se puede ser incluso mucho más irresponsable y hacer más daño a la economía que desde los propios gobiernos). Mientras no haya posibilidad de evitar que un líder como Rajoy advierta ya que va a dar más dinero a los bancos en contra de la opinión mayoritaria de la población, que se sigan realizando recortes en derechos sociales y estructuras de bienestar a pesar de que eso está en contra de los deseos de la inmensa mayoría, o que los grandes partidos y sus gobiernos actúen sin saber nada de ello y sin contestar a las demandas sociales costará mucho trabajo creerse que vivimos en una verdadera democracia, por mucho que nos ofrezcan votarles o no cada cuatro años, como si entre medias no hubiera pasado nada.

lunes, 31 de octubre de 2011

Responsabilidades vacías

Javier Gomá, "Yo no he sido", El País, 29/10/2011

La crisis ha disparado súbitamente el índice de culpabilidad de los otros y la autoexoneración de responsabilidad.

Sabiendo que está prohibido, un niño juega a la pelota en el salón y rompe un jarrón muy valioso. El padre, que desde su habitación oye el estruendo, se acerca presuroso al lugar de los hechos y pregunta a su hijo, que gime rodeado de su culpabilidad (los trozos esparcidos por el suelo): "¿Qué ha pasado?". Contestación: "Yo no he sido". "¿Quién ha sido, pues?". La letanía: el hermano, el perro, el viento, ya estaba roto cuando él llegó o, incluso, se cayó solo. Todos menos él. ¿Qué debe hacer el padre? Educar es introducir de la mano al niño en el principio de realidad, donde los actos tienen consecuencias, y aceptar sus excusas infantiles sólo contribuiría a malcriarlo y a hacerle creer que basta quererlo para que la realidad ceda a los deseos de su voluntad.

En los últimos quince años el tenor de vida de los españoles se ha parecido mucho al del nuevo rico, pero sin su riqueza. El dinero barato y fácil, junto a un juego perverso de emulación inversa -yo en todo igual o más que mi amigo, mi vecino, mi cuñado, mi compañero de trabajo-, hizo aflorar nuestro grosero apetito de bienes consumibles, que reclama una satisfacción inmediata, sin tolerar demora. Y pedimos préstamos bancarios, que permiten una rápida gratificación y una devolución retardada. Al hacerlo, la ostentación nos hacía parecer más ricos a los ojos de los demás, pero en la realidad éramos más pobres porque nuestra deuda crecía. Aun así no permitimos que la realidad nos estropeara la fiesta. Compramos una vivienda familiar, más un apartamento en la playa; reformamos la cocina; nos encaprichamos de algún cuadro de pintura contemporánea; nos aficionamos al buen vino y a los gadgets tecnológicos; visitamos lejanos países y celebramos a lo grande, sin ahorrar gastos, la boda de nuestra hija. Un amigo me contaba que no hace mucho un sacerdote, durante una homilía de primera comunión, hubo de exhortar a los padres que lo escuchaban a que no solicitaran una ampliación de hipoteca para financiar el banquete...

Ahora la crisis ha roto el jarrón en mil añicos y no podemos pagar todas las facturas ni devolver el dinero que un día nos adelantaron a condiciones pactadas. ¿De quién es la culpa? De los políticos, de los bancos, de los mercados, de los fondos de inversión, qué sé yo. En todo caso, yo no he sido. Durante aquellos alegres años, pedimos a los alemanes que nos prestaran su ahorro para comprarnos los todoterrenos que fabricaban los alemanes. Hete aquí que ahora no tenemos dinero para devolver lo prestado. ¡Malditos alemanes!

Si algún día escribiera un libro titulado La vulgaridad explicada a mi hijo, empezaría con un análisis del "yo no he sido" y de la tendencia yonohesidista a la autoexoneración de responsabilidad, que supone la previa distinción entre deuda (la mía) y responsabilidad (la del otro que ha de responder por mí).

Esa distinción existió en el Derecho romano antiguo. Un pater familias pedía algo en préstamo a otro y entregaba como garantía a su propio hijo. El deudor era ese primer pater, pero la responsabilidad de la deuda recaía en el rehén, el verdadero "obligado", llamado así porque permanecía materialmente atado o ligado (ob-ligatus) a merced del acreedor quien, si era satisfecho, liberaba al rehén (solutio), pero en caso contrario, tenía derecho a matarlo o a venderlo trans Tiberim como esclavo. La importancia de la histórica Lex Poetelia Papiria (326 antes de Cristo) es doble: por un lado, estableció que mientras los delitos penales pueden ser castigados con sanciones físicas o con restricciones a la libertad, de las deudas civiles, en cambio, sólo responde el patrimonio; y segundo y principal, unió para siempre en la misma cabeza las figuras del deudor y del responsable. En ese momento -escribe el gran romanista Bonfante- nace la obligación moderna.

La crisis ha disparado súbitamente el índice de culpabilidad de los otros. En nuestras conversaciones privadas y en la opinión pública se repiten las palabras de menosprecio hacia nuestros políticos. Son tan gruesas que se diría que éstos merecen ser vendidos como esclavos trans Tiberim. Al llamarlos incompetentes y mediocres y al culpabilizarlos de nuestra frustración nos reconciliamos con nosotros mismos y sentimos nuestra superioridad moral. Ahora bien, nada nos autoriza a pensar que los políticos sean una raza aparte, una cepa genética nueva traída por un meteorito desde Urano: son como los demás, vienen de la ciudadanía y vuelven a ella. No voy a ensayar ahora una desesperada apología de los políticos y desde luego muchos banqueros y financieros merecen pasear por la plaza pública con grandes orejas de burro. Que hay sobradísimos motivos de indignación, nadie lo duda; que escandaliza ver a tanta gente sufrir injustamente, tampoco. Pero la distinguida ciudadanía, ¿no tiene nada que reprocharse? ¿Nada que reflexionar sobre ese tren de vida dispendioso, pródigo, gárrulo, autocomplaciente, imprudente, antiestético exhibido largos años? ¿Es todo, absolutamente todo, culpa del otro?

El jarrón roto de la crisis está promoviendo reformas de las instituciones políticas, financieras, educativas. Bienvenidas sean, pues conocemos la inmensa influencia social de un marco institucional y regulatorio favorable. Pero cuando parte de la crisis obedece a la generalización de hábitos torpes y vulgares que convierten al ciudadano crítico en consumidor ávido -y uno que en lugar de gastar su propio ahorro ganado con esfuerzo y tiempo pide prestado alegremente el de los demás-, cabe preguntarse si no estaremos reformando las instituciones para que el ciudadano no tenga que reformarse a sí mismo y, como el niño de la pelota, pueda seguir culpando al perro o al viento de sus errores. Si así fuera, no quedaría jarrón por romper.

En el Antiguo Régimen se decía "nobleza obliga". Pensando en la burguesía de los dos últimos siglos, un constitucionalista escribió: "La propiedad obliga". Los ciudadanos de las actuales democracias deberían comprender que también "la igualdad obliga".

El callejón del gato.


Si Grecia es una tragedia (probablemente el Áyax, de Sófocles, furioso porque le han quitado la armadura económica que le correspondía y lo han dejado en pelotas praxitelianas) España es "un trágico sainete", como escribió Bécquer (quizá El maldito dinero, de Carlos Arniches): a nadie, salvo al 21,9%, le duelen esos cinco millones de parados que hasta el profeta más tonto (por ejemplo yo), veía venir; me niego a creer que la Shoemaker & Cleavage Ass. (perdón por la obscenidad) no lo sospechara siquiera. Los políticos españoles lo retuercen todo hasta el punto de que sólo es posible captar su sentido trágico con estética sistemáticamente deformada. Toda España es Callejón del Gato y un Valle-Inclán de lágrimas. Y todavía algunos seguimos contándole los pies al gato de la crisis (que algunos nunca creyeron liebre); sólo cabe esperar, a quienes tenemos la desgracia de padecer a estos tristes políticos, que no agoten sus siete vidas, ni que Europa quiera echarnos las dos más que tienen allí; pero difícilmente podrá ser: al gato le gusta tanto la casa que no quiere salir, está tan encerrado como el de Schrödinger y difícilmente podrán desahuciarlo: los poderosos y banqueros no quieren que se le vea la cola, que trae mucha, cuanto más el plumero, tan real que parece de pavo real. Esa gente merece que se la coman las Euménides.

El camino no elegido


Paul Krugman, "Islandia, el camino que no tomamos", El País, 30/10/2011

Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.

Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.

La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.

Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.

Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el "hada de la confianza". Bueno, vale, era yo.

Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la "consolidación fiscal".

Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).

Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.

Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.

Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.

Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.

Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.

¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. "Las cosas podrían haber ido mucho peor" puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.

Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera. 

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008. 2001. New York Times Service. Traducción de News Clips.

La impaciencia de Job


Qué gran biblioteca literaria es la Biblia. He releído el libro de Job, uno de mis favoritos, y allí aparecen pasajes tan maravillosos como este, cuyas resonancias encotraremos muy posteriormente en Manrique, Quevedo y el to be or not to be de Shakespeare::

¡Ahora podría dormir en silencio,
descansar el sueño último
de la tierra, con reyes y nobles
que levantaron mausoleos derribados,
con príncipes que adentraron el oro
y exornaron la plata en los muros;
ahora podría no existir, aborto en la tumba,
niño que no llegó a ver luz!
Allí los malvados ya no escandalizan
ni exhaustos encuentran reposo;
los prisioneros descansan juntos
sin oír los gritos del que oprime.
El pequeño y el grande se igualan,
el esclavo se libera del amo.
¿Para qué dar a luz a un miserable
y traer a la vida a un dechado de amargura, 
a quienes ansían la muerte que no llega
y la buscan con más afán que un tesoro?
¿A los que se llenarían de alegría
si tropezasen con su propia tumba;
al hombre al que se le ha cerrado el camino,
porque Dios lo tiene acorralado?
Son mi único alimento mis sollozos,
mis gemidos abundantes aguas.
El mal que más temo me llega,
lo que más me aterra me sucede.
No tengo paz, no tengo sosiego:
no descanso, estoy turbado. (Job III 13-26).

sábado, 29 de octubre de 2011

El magnífico Don Quijote interactivo


La Biblioteca Nacional se ha esmerado en ofrecer un Don Quijote interactivo que es todo un espectáculo.

Política y Naturaleza


La naturaleza no hace política de izquierdas ni de derechas, solamente es malthusiana. Ni siquiera hace diseños inteligentes, sino bastante tontorrones, al decir de los científicos, y nada artísticos, a mi ver, aunque a veces hace cosas sorprendentes, como por ejemplo el hombre, que no hay por donde cogerlo. A veces creo que el arte lo pone más el espectador que el creador. Algunas personas son arte puro, se hacen amar, transforman al mundo en algo más soportable. La ciencia podrá hacernos la vida más fácil, pero sólo el arte la hace soportable y, si alguna función tiene el arte, fuera de la de hacer más soportable la realidad, sería la de perfeccionar la naturaleza. Esa naturaleza tan indiferente, que no cruel, que los verdes insisten tanto en no tocar. Si hemos de creer el sabio pensamiento de Ernst Fischer, para quien la única función del arte es desinvidualizar al hombre, sería lo equivalente, fundirlo con lo total, esto es, con la Naturaleza; pero la Naturaleza es eso, indiferente, como el universo, cada vez más amplio y más frío.

Cómo no se van a ir


Juliana Pérez, "Fuga de cerebros, ¡cómo no se van a ir!", El País, Valencia - 28/10/2011

Si algo cabe esperar de las generaciones mejor formadas de la historia de España es que sean personas reflexivas e inteligentes.


Tienen formación universitaria. Saben idiomas, informática. Gracias al esfuerzo de sus familias muchos de ellos han realizado cursos de formación y/o prácticas en el extranjero. Han viajado. Conocen otros sistemas de trabajo, de acceso a la vivienda, de cobertura social...


¡Y se van! Naturalmente. ¡Y muchos de ellos no piensan en volver! Aquí en primer lugar necesitan del apoyo de la economía familiar para poder formarse, ya que con el importe de las becas Erasmus no da ni para pagar una cuarta parte de los gastos mínimos. Luego, con suerte y si tienen un buen expediente, pueden acceder al estatus de becario. Una falsa etiqueta que, en muchos casos, encubre un primer trabajo que incumple todas las normativas laborales, muy mal pagado con la excusa de que es un tiempo de "formación pos-grado". Y que no cuenta en su vida laboral.


Ahora, eso sí, de su exigua paga mensual el Estado les exige un IRPF que, aunque en otras circunstancias sería excesivo, ellos no pueden recuperar a la hora de la declaración individual de renta.


Y ahora, si quieren recuperar para su historia laboral los años de explotación becaria les proponen pagar 150 euros al mes. Ahora que no permiten renovar las becas por los recortes en todos los ámbitos. Ahora que no tienen paro, ni trabajo, ni ayudas... ni esperanza. Por eso se fugan. Unos al extranjero, donde en general se les valora y paga mejor que en su tierra. Y otros, que no es menos fuga de cerebros, en el sub-infra-empleo en el que podemos encontrar a una licenciada en Biología de cajera de supermercado, a un arquitecto despachando hamburguesas, o a un ingeniero reponiendo mercancía en un hipermercado

Antípodas, de Javier Krahe


Antípodas


(Javier Krahe)


En las antípodas, todo es idéntico:
tienen teléfonos, tienen semáforos,
con automóviles con sancristóbales,
muchos estómagos están a régimen.
Tienen políticos más bien estúpidos,
pero son súbditos muy pusilánimes.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


La problemática es económica
y, en lo teórico, no son unánimes:
lo hay escépticos, los hay fanáticos,
pero, en la práctica, no ves apóstatas,
sino en los márgenes o con prismáticos
y unos son míseros, otros son prósperos.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


Hay mundo artístico con gente excéntrica,
mundo científico con catedráticos
y cuerpo médico y casos clínicos.
La gente rústica puebla las fábricas
y los hipódromos los aristócratas;
ciertos filósofos sienten escrúpulos.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


Algunos fármacos son ilegítimos,
pero hay gran tráfico, lo cual es lógico,
porque los réditos son astronómicos;
y hay muchas víctimas, hay muchas cárceles.
Voces hipócritas piden, coléricas,
medidas drásticas, sillas eléctricas.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


Los eclesiásticos, desde sus púlpitos,
causan catástrofes, y los omnímodos
poderes fácticos, hazañas bélicas,
y actos vandálicos los energúmenos,
y los pacíficos, actos inútiles.
Entre los lúcidos cunde el desánimo.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


Se dan fenómenos de rara índole:
madres estériles con partos múltiples,
problemas étnicos con los indígenas,
falsas polémicas con los satélites,
grandes espíritus viven recónditos
y hay lodos tóxicos abundantísimos…


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.


En otros términos: que están incómodos.
Pero es fantástico: martes y miércoles,
jueves y sábados, lunes y vísperas,
dan espectáculo con el esférico
y, allí, al unísono, arman escándalo,
y es como un bálsamo para sus ánimas.


En las antípodas todo es idéntico,
idéntico a lo autóctono.



Dos artículos sobre lo mismo


Pedro Gómez Palacios, "El gran objetivo de los indignados", El País, 28/10/2011


Si el dinero que se utiliza para la especulación financiera estuviera en la economía real y no en los paraísos fiscales y bancos especuladores, se podría solucionar una serie de problemas humanos tan importantes y tan terribles como los siguientes:


Evitar que 25.000 personas mueran de hambre en el mundo cada día, la mayoría de ellos niños. Superar la crisis económica del mundo, el paro, los recortes a la sanidad a la educación a los servicios sociales, etcétera. Se podría combatir el cambio climático y otros problemas ecológicos. Se evitarían los conflictos sociales y podríamos ser más democráticos.


De paso, y no menos importante, al levantar los paraísos fiscales no tendrían donde esconder sus finanzas los traficantes clandestinos de armas, las redes del narcotráfico, y todos los corruptos a gran escala.


Este es el objetivo común de todos los indignados y nos da una idea de su grandeza y de lo miserables que son los lobbies especuladores y los que tachan a los del 15-M de "perroflautas".


Javier Vidal -Folch, "Nos engañan como a chinos", El País, 27/10/2011

¿Bastará la recapitalización de la banca europea en 108.000 millones, como bendijo ayer la cumbre? ¿O conviene inyectarle 200.000 o 300.000 más, como predican, quién da más, ciertos analistas? La respuesta es que nos están engañando como a chinos. Porque nadie sabe, ni puede saber hoy cuánto capital necesita, si 108.000, la mitad o el triple. Por la sencilla razón de que el supuesto de base está en tela de juicio: contra la creencia general, el capital de la banca no se está erosionando sobre todo por la mella en el precio de los bonos públicos que anida en sus balances.


El equívoco llegó hace un mes con el Informe del FMI sobre la Estabilidad Financiera Global: "El contagio de los riesgos soberanos al sector bancario ha supuesto tensiones de financiación a muchos bancos que operan en la eurozona y ha deprimido su capitalización bursátil". El FMI sugería una cifra de 204.000 millones, no de pérdidas, sino de afectación genérica.


De ahí pasamos a conclusiones de despeñadero. El valor de la banca europea en Bolsa ha perdido desde principio de año 273.000 millones de euros; 1,5 billones desde diciembre de 2007. Y la peña empezó a atribuir ese desastre enteramente a la deuda soberana periférica en turbulencia.


Dos valientes trabajos recientes desacreditan esa suposición. El economista Guntram Wolff acaba de calcular que solo "la exposición a la deuda soberana griega ha sido determinante para la valoración bursátil de la banca, sobre todo de la situada en Grecia" y que la exposición a la deuda española e irlandesa "no parece haber afectado a la de los bancos del corazón de la eurozona" (Is recent bank stress really driven by the sovereign debt crisis?, Bruegel, 12 de octubre). Y el periodista Miguel Jiménez demostró (EL PAÍS del domingo) que Dexia no cayó por culpa del deterioro de la deuda periférica remansada en su balance, que no alcanzó los 4.000 millones: aún le quedarían 13.000 millones de capital y superaría así el listón de solvencia exigido desde ayer, el 9%, si no fuera por su verdadero tumor, la tenencia de activos tóxicos.


Son pues, sobre todo, los remanentes de las hipotecas-basura titulizadas, otras deudas incobrables enmascaradas en CDO y en España, el exceso de crédito inmobiliario imprudente, los culpables de la debilidad bancaria europea. Junto a los efectos jibarizadores convencionales de un estancamiento económico: más morosidad, mayor carestía de los depósitos. Culpar a los bonos periféricos es errar el tiro, y agravar el problema de la deuda.


Por eso es todavía más escandaloso que la UE, intoxicada por la Autoridad Bancaria Europea (EBA) con sede en Londres, apruebe recortar el valor de los bonos públicos en manos bancarias hasta su precio de mercado y en cambio no imponga revisar los activos privados tóxicos y diezmar su precio hasta el real. No sabemos, pues, a cuánto asciende la fiebre de la banca enferma y, por tanto, si la medicina de 108.000 millones es suficiente, exagerada o mediopensionista. Pero no lo duden: los ayatolás de los mercados la considerarán escasa.


Para mayor inri, el desaguisado se dobla de discriminación, pues a alguna banca, como a la española, la EBA le niega que compute como capital las reservas genéricas anticíclicas acumuladas desde 2.000, esa hucha de la cigarra laboriosa y paciente impuesta por el Banco de España: a fecha de hoy, cerca de 8.500 millones.


Y además la Unión se queda corta en el reto moral. Si la banca acaba abrevando otra vez dinero público, no basta con que congele temporalmente dividendos y bonus: también salarios. Debería, en cuanto pudiese, repartir un "dividendo público", al sector público, como postula el democristiano Jean-Claude Juncker, y acoger a sus representantes en sus consejos. Lo resume el lema del ministro conservador sueco Anders Borg: "El objetivo es salvar al sistema financiero, no a sus accionistas".