sábado, 12 de septiembre de 2015

Entrevista al matemático Javier Fresán

Entrevista de Ángel L. Fernández Recuero a Javier Fresán: «Las metáforas están condenadas a desvirtuar teorías cuya comprensión requiere años de aprendizaje», en Jot Down, septiembre de 2015:

Javier Fresán (Pamplona, 1987) es un joven matemático, inquieto, sagaz. Ha publicado varios libros de divulgación y recibido premios y distinciones que no vamos a enumerar aquí; él tampoco le da mayor importancia. De trato fácil y cercano, se muestra presto y generoso con la curiosidad de la gente, dispuesto siempre a hablar de matemáticas —y de lo que no son matemáticas—. Nos contará, entre otras, por qué es más sencillo resolver un problema matemático que amoroso o qué es lógica matemática y qué no lo es, si acaso podemos llegar a saberlo todo o por qué se ha dicho que una máquina no puede alcanzar al hombre. Desmenuzando mitos y dimes y diretes relacionados con la ciencia y sus alrededores se nos pasó la mañana volando, como debe ser. Y ahora vamos a contárselo.

Leibniz anticipó la aritmética binaria en 1679 en un ensayo póstumo titulado Demostración matemática de la creación y ordenación del mundo. El lema de la cubierta rezaba Omnibus ex nihilo ducendis sufficit unum (para generar el todo de la nada basta el uno). ¿Cuánto hay de matemático en esta frase y cuánto de metafísico?

Lo que hay de metafísico es la forma de enunciarlo; un matemático actual nunca lo plantearía en esos términos. Es curioso, porque los matemáticos del siglo XVIII utilizaban la palabra «metafísica» para referirse a una serie de ideas y analogías vagas que, a pesar de su formulación imprecisa, representaban un papel importante en sus investigaciones: eran su guía. Por ejemplo, leyendo sus obras podemos encontrarnos con una expresión como «la metafísica del cálculo infinitesimal». Lo explica André Weil en una nota de un par de páginas, que se titula precisamente De la metafísica a las matemáticas. La frase de Leibniz podría ser metafísica en este sentido. Convertirla en matemáticas es una tarea delicada; de hecho, si no supiera que habla de la aritmética binaria, mi primer reflejo habría sido interpretarla como una construcción, muy avant la lettre, de los números naturales a partir del cero, que es el cardinal del conjunto vacío. Leibniz diseñó un medallón con ese lema, que hace unos años se transformó en otro en homenaje a Gregory Chaitin y su constante Ω.

Te voy a contar algo sobre Leibniz que a mí me gusta mucho, tenía una idea que nunca pudo llevar a cabo: la de crear una lengua universal. Uno de los milagros de las lenguas —habría que decir del cerebro— es que, a partir de unos materiales relativamente pobres, seguimos produciendo combinaciones nuevas después de que millones de hablantes hayan usando las mismas palabras durante siglos. ¿Quién no ha tenido esa sensación al leer a un gran poeta? Aun así, Leibniz soñaba con un catálogo de ideas básicas que permitiera producir todas las demás. La idea de lago, por simplificar mucho, podría ser un compuesto de agua y de quietud, que formarían parte del catálogo. Lo que me más interesa es que el sueño de Leibniz sirvió probablemente de inspiración a Gödel para lo que hoy se conoce como gödelización, un modo de codificar los enunciados de la aritmética. Gödel había estudiado con fervor a Leibniz en sus años de formación, pero es una hipótesis difícil de demostrar.

Si llamamos autológico a un adjetivo que se aplica a sí mismo (por ejemplo «corto», que es corto) y heterológico a un adjetivo que no se aplica así mismo (por ejemplo «largo», que es corto), ¿de cuál de los dos tipos sería el adjetivo «heterológico»?

(risas) ¡Quieres que caiga en la paradoja de Russell! Fíjate qué historia: principios del siglo XX, Bertrand Russell está en su casa tranquilamente estudiando la obra de Frege y encuentra una paradoja de una simplicidad incontestable que da al traste con todo el proyecto de reducir las matemáticas a la lógica: es lo que él llama «el final de las mañanas alegres y felices». Lo cuenta Russell en su biografía: se pasó semanas, meses, sentado frente a un papel en blanco intentando resolver el problema. Cuando al fin se decide a escribir a Frege, el lógico alemán está corrigiendo las pruebas del segundo volumen de Los principios de la aritmética. En lugar de derrumbarse o de odiar a Russell, reconoce el error con la honestidad intelectual que debería caracterizar a cualquier científico. Y añade una nota a pie de página explicándolo. Su historia aún tiene mucho que enseñarnos. A menudo se ve en las paradojas el desencadenante directo de una crisis de fundamentos, pero la realidad suele ser más compleja: muchas veces las paradojas surgen porque alguien ya está removiendo los fundamentos. Gracias a la paradoja de Russell, se comprendió que no se podía basar una teoría rigurosa de conjuntos en la definición intuitiva de conjunto como una colección de cosas. Si así fuera, se podría construir el conjunto de todas las cosas que verifican una cierta propiedad y, cuando esa propiedad es «no ser miembros de sí mismos», surge una contradicción (otra respuesta consistirá en decir que «ser miembros de sí mismos» no es una propiedad bien definida, porque solo se puede aplicar la pertenencia a elementos de distinto tipo). Me pregunto qué conceptos hoy en día están en la misma situación que los conjuntos a principios del siglo XX.

El fenómeno de la paradoja no solo es fascinante en las matemáticas; en el ámbito comunicativo es el fundamento de las patologías psíquicas más graves. ¿La racionalidad del pensamiento impone un límite al concepto que una persona puede tener de su relación con el cosmos?

No me veo capacitado para responder a esta pregunta. Solo puedo decirte que la experiencia nos enseña que quienes no ponen límites viven en la irracionalidad más absoluta. El día a día de un matemático despierta mucha curiosidad. Una pregunta típica de sobremesa es si es más fácil resolver un problema de matemáticas o un problema de la vida, por ejemplo, una relación amorosa complicada. ¡No hay duda! Los problemas matemáticos sabrás resolverlos o no, pero al menos están bien formulados. Darse cuenta de que hay cuestiones que escapan a este tipo de formulación forma parte de esos límites…

Gregory Bateson decía que la lógica ordinaria no encaja con el ser humano porque para las personas estar en contradicción es una regla, no una excepción. ¿Existen otros tipos de lógica que puedan explicar los procesos cognitivos que no son puramente racionales?

Me gusta la cita. A menudo, de forma coloquial, utilizamos la palabra «lógica» como sinónimo de «sentido común», por ejemplo, cuando decimos que alguien actuó «con lógica». Eso no tiene nada que ver con la lógica matemática, que se ocupa más —por llevar las cosas a un extremo— de cómo «piensa» una máquina que de cómo piensa un ser humano; esa línea de pensamiento dio lugar precisamente a las máquinas de Turing. Un obstáculo fundamental para explicar los procesos cognitivos es que esta lógica clásica admite solo dos valores de verdad: verdadero o falso. Y eso es muy restringido, sobre todo cuando se trata de tomar decisiones. En 1917 Łukasiewicz propuso una lógica trivaluada, en la que un enunciado puede ser verdadero, falso o posible. Ese primer paso se radicalizó más tarde con la lógica borrosa, en la que los valores de verdad posibles son los números reales entre 0 y 1. Hace pensar en la probabilidad, pero es muy distinta: cuando tiras una moneda al aire, el resultado no deja de ser cara o cruz, aunque no podamos predecirlo; en la lógica borrosa, sin embargo, hay que imaginar monedas que caen 25% cara y 75% cruz, por decir algo. Esta idea ha tenido aplicaciones sorprendentes: hay, por ejemplo, «lavadoras borrosas» que deciden la duración del lavado o cuánto detergente hace falta en función de un valor de suciedad. De hecho, la publicidad de una de esas lavadoras nos prevenía de que la era borrosa había llegado. Hay todavía propuestas más radicales, como la lógica cuántica, pero eso nos llevaría demasiado lejos… 

Además de escribir libros has colaborado con varios medios de comunicación como El País, Público o la revista de literatura Clarín. ¿Sientes la crisis del periodismo desde donde escribes?

No puedo no sentirla, porque fui testigo directo del hundimiento de Público. No entremos en la penosa historia de un señor que juega a ser dueño de un periódico de izquierdas y un día despide a todos sus empleados porque no puede pagarles y al día siguiente compra el periódico que él mismo ha vendido, pero esta vez sin periodistas. Yo desde luego no he vuelto a visitar la edición digital desde entonces. Quedémonos con lo bueno: era la mejor sección de ciencias que ha tenido un periódico en español en los últimos años. Yo aprendí mucho de esas colaboraciones. Sobre todo de mis rifirrafes -siempre cariñosos- con la jefa, Patricia Fernández de Lis, a propósito de si un tema tenía «percha» o no, o de si mis artículos sobre los números primos eran más difíciles de leer que los que hablaban de aceleradores de partículas; le estoy muy agradecido. Y era un placer ir al quiosco y encontrarse con artículos de Lucas Sánchez o de José María Mateos, que tantas cosas me han enseñado. No sé qué paso: ¿nunca se recuperaron de aquella gran apuesta publicitaria de los 50 céntimos? Por suerte, la web Materia está llenando ese vacío.

¿Te atreves a decir hacia dónde se dirige la prensa escrita con los nuevos cambios de paradigma?

No. Si lo supiera ¡ya estaría haciendo la prensa del futuro! (risas)

Cuando entrevistaste a Pierre Cartier para Público, él reconoció que le gustaba ser un «matemático sin fronteras para contribuir a la paz o para ayudar a los matemáticos que luchan contra los regímenes dictatoriales». ¿Cómo puede la ciencia, en este caso las matemáticas, ayudar políticamente a un país?

Esa es una muy buena pregunta. Pierre Cartier es un personaje fascinante, al que tengo la suerte de tratar a menudo. La cita procede de una conferencia que dio en la Residencia de Estudiantes de Madrid, y que yo he traducido al español: son las memorias de un matemático comprometido. Tienes que pensar que el científico ya no es ese genio solitario que, tras meses de aislamiento en su laboratorio, da al mundo una obra magnífica. El contacto con otros colegas es continuo, ya sea a través de congresos o simplemente del correo electrónico, y eso crea unas redes muy potentes. La idea de Cartier es que se pueden utilizar esas redes para ayudar a países menos desarrollados o que viven bajo dictaduras, por ejemplo ofreciendo a los estudiantes la posibilidad de hacer el doctorado en Europa. Es una pequeña ayuda, pero cambiar una vida ya es mucho.

Otro aspecto interesante de la cuestión es la impenetrabilidad del trabajo matemático. Un día de enero de 1936, Shostakovich descubre, al leer Pravda, que ha caído en desgracia: su música es «intelectualista» y el hermetismo es «un juego que podría terminar mal»; parece que el artículo lo escribió el propio Stalin. Es difícil que eso le ocurra a un matemático, aunque haya matemáticas más «intelectualistas» que otras. No es una casualidad que, en la antigua URSS, muchas personas, que en otras circunstancias se habrían dedicado a la literatura o la filosofía, encontraran un refugio en las matemáticas. Es imposible que un régimen ataque a un matemático sin la colaboración de otros matemáticos: si permanecen unidos, son invencibles. Lo cual tampoco es un gran consuelo porque, como en cualquier otra profesión, siempre habrá diez personas dispuestas a denunciarte…

¿El caso contrario fue el de André Weil?

De esa historia no sabemos mucho más que lo que él mismo nos cuenta en Memorias de aprendizaje, su espléndida biografía. Weil había decidido desertar si lo llamaban a filas. Cuando estalló la guerra estaba de vacaciones al borde de un lago en Finlandia, cerca de la frontera rusa, junto a su mujer, Éveline. Todos los días trabajaban varias horas en una barca: él en un informe para Bourbaki, ella en unas prácticas de estenotipia. No es de extrañar que los dueños del hotel en el que se alojaban los tomaran por espías (algo que, por cierto, también le ocurrió a Gödel en un pueblecito del estado de Maine). Se abrió un dossier sobre Weil en la comisaría de Helsinki y lo detuvieron. Siempre según su versión, un matemático con simpatías nazis le salvó la vida y, tras toda una serie de vicisitudes, regresó a Francia para cumplir condena por deserción. Nunca se lo perdonarían. Weil se vio obligado a hacer carrera en los Estados Unidos: primero en Chicago, luego en Princeton. Es muy triste leer ese capítulo de su correspondencia con Henri Cartan, en el que se ve cómo, pese a los esfuerzos de su fiel amigo y colaborador, una y otra vez candidatos infinitamente menos valiosos que Weil obtienen las plazas a las que él se presenta. 

Ganaste el premio Arquímedes de introducción a la ciencia cuando cursabas la carrera, lo que te permitió hacer una estancia en el CSIC. Sin embargo, has decidido desarrollar tu carrera de investigador en Francia. ¿Qué ventajas tiene la investigación matemática con respecto a España?

Creo que la idea de una «ciencia nacional» pertenece al pasado. En un mundo como el nuestro, ¿a qué país pertenecen los descubrimientos? ¿Al que los paga? ¿Al del laboratorio en el que se realizan? ¿Al que, por un azar completo, vio nacer a los científicos que los realizan? Skype o arXiv tienen muchos más derechos que cualquier país sobre un teorema escrito en colaboración. Yo cuando me pongo a pensar en un problema, no me siento español ni francés: pienso en el problema. Pero no creas que estoy esquivando la pregunta: me fui a París en un momento en el que me apetecía irme a París y pensaba que la ciudad tenía cosas que ofrecerme. Después de cinco años, todavía me sigue sorprendiendo que, en un curso sobre la Divina Comedia en el Collège de France, haya que llegar media hora antes porque, si no, te quedas sin sitio en el inmenso anfiteatro, o que cien personas hagan cola bajo la lluvia para ver la nueva copia de Il Gattopardo. Volviendo a las matemáticas, hay que decir que en geometría algebraica y teoría de números París es invencible. No solo por una tradición de más de doscientos años, sino porque es un aglomerado de universidades y centros de investigación; apenas exagero si te digo que, si te apetece hablar con alguien, solo tienes que esperar un poco: antes o después pasará por allí. Y eso no es que no ocurra en España, ¡es que no ocurre en casi ningún sitio! Dentro de poco cambiaré París por el Max Planck Institute de Bonn, y no lo hago con melancolía: es una nueva aventura. La matemática española ha avanzado espectacularmente en los últimos años: hay excelentes matemáticos trabajando en áreas muy variadas: ecuaciones en derivadas parciales, teoría de Hodge, geometría aritmética, sistemas dinámicos. Antonio y Diego Córdoba, José Ignacio Burgos, Vicente Muñoz, Ricardo Pérez Marco… Que nadie se enfade: te digo solo los primeros nombres que me vienen a la cabeza. Me da miedo que las barbaridades políticas que estamos sufriendo frenen esa evolución. Ya casi es imposible conseguir una beca de doctorado en España. ¿Qué va a pasar con la generación siguiente?

Victoria Ley nos decía cuando la entrevistamos que en España a los matemáticos les cuesta bastante participar en programas de transferencia tecnológica. ¿En Francia cuál es la situación?

Pues creo que para un matemático puro la situación es la misma.

En El sueño de la razón comentas que Kurt Gödel aparece en varias ocasiones en la tira cómica Xkcd autodenominado «un cómic web de romance, sarcasmo, matemáticas e idioma». ¿Existe una versión del Teorema de Gödel para dummies o por su naturaleza ello es imposible?

Hace un par de años, Guillermo Martínez y Gustavo Piñeiro publicaron Gödel para todos, que es uno de los mejores libros de divulgación sobre el tema que conozco. En el prólogo mencionan un ensayo de Ernesto Sábato, en el que un físico trata de explicar a un amigo qué es la relatividad. Empieza hablando de curvatura, tensores y geodésicas, pero se ve obligado a rebajar poco a poco el nivel del discurso para que su interlocutor entienda; al final solo quedan trenes y cronómetros. «¡Ahora sí entiendo la relatividad!», exclama, entusiasmado, el amigo. «Sí, pero ahora ya no es la relatividad». Lo mismo ocurre con muchas otras ramas de la física y la matemática moderna: solo gracias a las metáforas pueden llegar al gran público. Y, por bellas que sean, aunque conecten áreas distintas del cerebro, como decía Platón, las metáforas están condenadas a desvirtuar teorías cuya comprensión requiere años y años de aprendizaje. Esa es la soledad del matemático.

El teorema de Gödel constituye una feliz excepción a esta regla. Su contenido se puede explicar como un problema de equilibrio en los sistemas axiomáticos y basta un poco de paciencia para dar una idea de las grandes líneas de la demostración. Supongamos que queremos fundar una teoría partir de una serie de principios básicos: necesitamos saber cómo escogerlos, de modo que podamos demostrar el mayor número posible de enunciados. El objetivo último sería demostrar todos los enunciados verdaderos para crear una teoría completa. Podríamos pensar que más axiomas conllevan más teoremas pero no nos conviene elegir demasiados porque, si lo hacemos, corremos el riesgo de demostrar una afirmación y su negación, y eso daría lugar a una teoría llena de contradicciones; en lenguaje técnico, decimos que no es consistente. Otra de las propiedades deseadas es la recursividad, algo más difícil de explicar que la consistencia, pero que consiste esencialmente en ser capaces de distinguir, mediante un número finito de operaciones, si un enunciado cualquiera de nuestra teoría es un axioma o no. Así que consistencia, recursividad y completitud. El teorema de Gödel dice simplemente que es imposible tener las tres cosas a la vez: si una teoría es consistente y recursiva, entonces no es completa. Es decir, siempre existirán enunciados sobre cuya validad nuestros axiomas no puedan pronunciarse. 

El teorema de Gödel ha sido utilizado conceptualmente por diferentes disciplinas sociales. En sus Imposturas intelectuales Sokal y Bricmont desmontan las teorías al respecto de varios intelectuales como Kristeva, Deluze o Lacan. ¿Tiene sentido aplicar el teorema de Gödel fuera del ámbito de las matemáticas, en el ámbito de las ciencias sociales?

A mí la historia de las impostura sociales es un tema que me encanta. Es una de esas cosas que me hubiera gustado hacer a mí. La historia es que el físico Alan Sokal, cansado de ver cómo algunos popes de ciertas corrientes de las ciencias sociales utilizaban conceptos científicos con el único objetivo de apabullar al lector, decide escribir una parodia de ese tipo de literatura y enviarla a la revista de mayor impacto del área. El artículo, con un título tan improbable como Transgrediendo las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica es aceptado, y cuando, poco después, su autor revela que se trataba de una broma, estalla un gran escándalo que llega a ser portada del New York Times. El libro Imposturas intelectuales, escrito en colaboración con el también físico Jean Bricmont, es una especie de versión ampliada, que explora sistemáticamente el abuso de una serie de ideas matemáticas y físicas por parte de los filósofos que has citado.

El teorema de Gödel, tal y como es, es un enunciado que habla de las matemáticas, de la aritmética, de las teorías axiomáticas, etc. Eso hace que sea prácticamente imposible aplicarlo a cualquier cosa de forma rigurosa que no sean las propias matemáticas; nada realmente es axiomático fuera de las matemáticas, ni siquiera la física, que sería lo más cercano. Sobre él se han dicho cosas como que explica «por qué hay que momificar a Lenin y exhibirlo a los camaradas en un mausoleo». Y 15 años después del caso Sokal aun me encuentro con un crítico literario capaz de escribir «si usamos un método científico para medir poemas, parece más interesante la estratigrafía que la topología, cuyas limitaciones, incluso en el propio campo matemático, quedaron demostradas por Gödel». Esto hay que verlo de forma positiva. Es decir, es un teorema que tiene tanto éxito, es tan fuerte, lo que dice es tan interesante que gente de lo más variopinta intenta aplicarlo. Por supuesto, es muy tentador preguntarse cuáles serían sus consecuencias para las realidades que nos rodean: a mí mismo me divierte imaginar una novela como un pequeño mundo axiomático, en el que siempre habrá alguna información sobre el protagonista que seré incapaz de conocer. ¿Llegaremos a saber algún día por qué se llama Quirke el detective de Benjamin Black? Pero sé que es solo un juego.

Sin embargo, en Hasta que el álgebra nos separe narras mediante un fascinante diálogo entre Lévi-Strauss y André Weil cómo las matemáticas pueden echar un cable a la observación participante. ¿De qué manera colaboraron estos dos grandes científicos del siglo pasado?

Esta es una historia distinta, realmente apasionante. Cada uno de ellos por sí solo lo es, de hecho. El mismo André Weil, casi fusilado en la frontera, era un tipo que había viajado muchísimo, durante toda su vida, dominaba bastantes lenguas, leía a los clásicos hindúes en sánscrito y en matemáticas hizo unas contribuciones increíbles.

Durante su estancia en Brasil, Lévi-Strauss se dio cuenta de que todas las tribus que estudiaba prohibían de algún modo el incesto, aunque el grado de permisividad fuese muy variable. Eso le lleva a formular la hipótesis de que la prohibición del incesto es una especie de eslabón entre la naturaleza, con sus leyes universales, y la cultura, en la que las reglas cambian de una sociedad a otra. Para respaldar su hipótesis, se lanza a un estudio exhaustivo de las relaciones de parentesco en las tribus que conoce y en otras muchas documentadas en la literatura. Hasta que se topa con los Murngin, unos aborígenes del norte de Australia, cuyas reglas de matrimonio no consigue explicar con los métodos que había usado hasta entonces (basados esencialmente en la enumeración de todos los casos posibles). Decide pedir ayuda a un matemático, pero el primero al que lo hace, Jacques Hadamard, le responde que «en matemáticas solo hay cuatro operaciones, y el matrimonio no es una de ellas». Fin de la colaboración. Por suerte, Lévi-Strauss conoce a Weil en el exilio neoyorquino. Weil, un hombre de una curiosidad insaciable, que había viajado mucho, que lo había leído todo; enseguida se interesa por el problema, y lo resuelve usando la teoría de grupos. El resultado será un apéndice a Las estructuras elementales del parentesco, la tesis doctoral de Lévi-Strauss.

Pero date cuenta que, al contrario del uso que hacen de la matemática Lacan y compañía, la colaboración de Weil y Lévi-Strauss se produce en un marco en el que sí que es posible crear modelos axiomáticos simplificados (de ahí el «elemental» del título). Si establecemos como hipótesis, pongamos, que todos los miembros de una tribu pueden casarse y que a cada uno de ellos le corresponde un único tipo de matrimonio que depende solo de su sexo y del tipo de matrimonio de sus padres, hemos reducido el estudio a un problema de teoría de grupos. Esa fue la intuición genial de Weil. Como él mismo explica en los comentarios a sus obras completas, el reto más difícil al que se enfrenta un matemático, al abordar un problema de matemática aplicada, consiste en traducirlo a su propio lenguaje. Me pareció que una historia tan atractiva como esta era la excusa perfecta para explicar al gran público algunas ideas de la teoría de grupos. Y como me divierte explorar nuevas formas de divulgación, decidí hacerlo mediante un diálogo entre sus protagonistas.

¿El estructuralismo ha matado definitivamente en matemáticas al intuicionismo?

Yo creo que no. Quiero decir, el estructuralismo suele ser, salvo en raras excepciones, un proceso posterior al descubrimiento matemático, un modo de dar forma y de adecuar a los estándares de rigor modernos el resultado de un fenómeno inexplicable en el que se mezclan la intuición, la analogía y el análisis de ejemplos. La propia historia de Bourbaki lo confirma: históricamente, el movimiento surge tras una serie de avances extraordinarios a finales del siglo XIX y en el primer tercio del XX (la teoría de conjuntos, la topología algebraica, los espacios de Hilbert, el álgebra moderna…). Por supuesto, la disección minuciosa de estas teorías dio lugar a nuevas propiedades, pero, de algún modo, lo esencial ya estaba allí. La gran contribución de Bourbaki fue crear un lenguaje matemático universal que sirviera lo mismo para la lógica que para la geometría algebraica o la probabilidad. Cada matemático tiene su método: hay quienes abordan los problemas situándose en estructuras lo más generales posibles y quienes prefieren una solución elemental para estar seguros de que es correcta. Pero hoy en día todos somos hijos de Bourbaki.

André Weil, como tú ya has comentado, fue uno de los fundadores del grupo Bourbaki, responsables entre otras cosas de hacer que los que empezamos en la EGB en los 70 odiásemos las matemáticas (aquello de los conjuntos, los cardinales…). Cuál es la pedagogía matemática más efectiva, ¿la de la abstracción o la contextualizada históricamente?

No creo que los miembros de Bourbaki fueran responsables de esa deriva pedagógica, sino una serie de conversos que, por normal general, no eran matemáticos. Y ya se sabe que los conversos son siempre los más fanáticos. Yo tuve la suerte de que me enseñaran 2+3=5 y no que «el cardinal de la unión disjunta de un conjunto de cardinal dos y de un conjunto de cardinal tres es cinco» (risas). Los excesos de aquella época no solo tuvieron consecuencias negativas para la generación que los sufrió, sino también para todas las posteriores porque, para paliarlos, se decidió eliminar toda abstracción de la enseñanza de las matemáticas. Se prohibieron las demostraciones, y este extremo es igual de malo que el otro. Eso no quiere decir que haya que volver a una pedagogía axiomática: lo ideal sería un método casi experimental en el que los conceptos vayan apareciendo poco a poco.

En un texto muy iluminador sobre la educación matemática, Vladimir Arnold explica que, en los años 60, dio un curso de teoría de grupos a alumnos de instituto; alejándose de los detalles técnicos y sin perder nunca de vista la física, en un semestre llegó a explicar la insolubilidad por radicales de la ecuación de quinto grado. También John Conway cuenta en una entrevista reciente que no decide el tema de una charla en función de la formación del público, sino solo la forma de tratarlo: si los estudiantes son jóvenes, insiste más en las ideas que en los detalles. Sin ser tan ambiciosos, ¿cómo es posible no explicar por qué hay infinitos números primos o por qué la raíz cuadrada de dos es irracional? Son dos ejemplos de demostraciones accesibles a todo el mundo, que además permiten enseñar una técnica muy útil en el razonamiento matemático: la reducción al absurdo. Eso es lo que echo de menos en la enseñanza de las matemáticas. Te confesaré que nunca me han interesado los juegos de mesa, y creo que es porque no tengo ninguna motivación para ganar. Con las matemáticas pasa lo mismo: es difícil interesarse por un problema si lo único que te enseñan son los pasos para resolverlo, sin saber por qué ese problema es interesante o dónde surge o quién lo ha estudiado antes que tú.

Clara Grima nos decía en una entrevista que en Japón, por ejemplo, hay programas matemáticos en la televisión con audiencias muy altas. ¿A qué se debe?

No veo ninguna razón por la que un programa similar no funcionara en España. De hecho, el balance de todas mis experiencias divulgadoras es siempre el mismo: las matemáticas interesan a la gente. Si lo haces bien, puedes tener en vilo durante una hora a un público de lo más variado hablándoles de números primos o de topología. Para promocionar la colección El mundo es matemático, El País tuvo la brillante idea, que luego copió Le Monde, de colgar en su web un vídeo con un problema matemático y dar una semana a los lectores para resolverlo. Fue un éxito increíble, nadie se lo esperaba. Yo mismo participé presentando uno de los desafíos, relacionado con las matemáticas de los procesos electorales. Recibimos unas 600 soluciones, y muchos de los que nos escribían nos contaban que esperaban con ansia cada nuevo vídeo; recuerdo un lector que me escribió: «Estoy resolviendo el problema en el hospital, con mi hijo recién nacido en brazos. A ver si así se aficiona a las matemáticas». Si eso no es interés…

Pero son raros los casos en los que realmente se aprovechan todos los medios de los que disponemos. El telediario, sin ir más lejos. Tienes delante a una audiencia de millones de personas y pierdes cinco minutos con partos en autobuses, explosiones de gas y otros sucesos sin interés alguno: ¡haz que aprendan algo!, háblales de ciencia, cuéntales la Odisea. El problema es que quienes están en condiciones de poner en marcha iniciativas como esta son los mismos que han conseguido que sea posible terminar 20 años de educación con una cultura lamentable y sin haber leído un solo libro. 

En Italia son muy de jugar con las palabras, en Francia está el Oulipo… Y en España no tenemos nada…

Bueno, nos gustan los juegos de palabras también. Sí que es cierto que visto desde fuera, claro, pensamos que el Oulipo es un fenómeno de masas, y son cuatro. Lo fueron en su momento y lo siguen siendo ahora.

Arquímedes aplicó el método Diagonal para calcular El Arenario (el número de granos de arena necesarios para llenar el Universo). Ahora hay matemáticos que intentan demostrar que cualquier número puede aparecer en las cifras decimales del número Pi. ¿Qué se esconde tras estos divertimentos? ¿Son solo un juego?

Es una cuestión de gusto. Yo creo que hay problemas más interesantes que ese, porque el hecho de que π contenga, pongamos, todas las cifras del 0 al 9 con igual frecuencia no es sorprendente: lo sería que el 3 apareciese mucho más que el 7. Pero todo depende de cómo presentemos el problema. La cuestión subyacente es de una simplicidad casi provocadora: ¿qué es un número? Empecemos por un ejemplo fácil: ¿cómo definimos la raíz cuadrada de 2? Es un número que, multiplicado por sí mismo, da 2; si lo llamamos x, cumple la relación x2=2. Los números de este tipo, que son solución de ecuaciones polinomiales, se llaman algebraicos. En cuanto a π, la forma más sencilla de definirlo es como el área de un círculo de radio uno; fíjate que no tiene nada que ver. Así que podemos preguntarnos: ¿es π solución de alguna ecuación polinomial? Y la respuesta es no; esos números se llaman trascendentes. Mi amigo Juanjo Rué y yo acabamos de escribir un librito sobre ellos para la colección ¿Qué sabemos de?, editada conjuntamente por el CSIC y por Los Libros de la Catarata. En cierta medida, los números trascendentes contienen una cantidad infinita de información, en contraste con los algebraicos. Si pensamos que cualquier texto se puede codificar mediante una secuencia numérica y π las contiene todas, significa que dentro de π está el Quijote. No hay duda de que eso hace más atractivo el problema, pero no es una razón matemática para interesarse en él… 

¿Existe algún método para generar números trascendentes cuyos decimales tengan una estructura determinada?

Sabemos que tienen que existir números trascendentes porque el infinito de los números reales es mayor que el de los algebraicos. Ese mismo argumento demuestra que casi todos los números son trascendentes: en un sentido técnico, la probabilidad de que un número elegido al azar sea algebraico es cero. Sin embargo, resulta extremadamente difícil decidir si un número dado es trascendente o no, y eso tiene que ver con la pregunta «¿qué es un número?» de la que hablábamos antes. El número π es trascendente, pero hubo que esperar hasta 1882 para tener una demostración. Cuarenta años antes, Liouville había construido los primeros números trascendentes: por ejemplo, 10-1+10-2+10-6+10-24+… es un número trascendente (los exponentes son los factoriales de los números naturales). En general, cualquier sucesión acotada de enteros positivos da lugar a un número trascendente con una cierta estructura. Pero se podría decir que esos números trascendente lo son por una razón tonta: admiten muy buenas aproximaciones por números racionales y eso contradice un teorema del propio Liouville sobre los números algebraicos. Mucho más interesante sería demostrar que un número como 1+1/8+1/27+1/64+… (la suma de los inversos de los cubos de los números naturales) es trascendente. Y de eso no tenemos la menor idea.

En la conferencia que diste en la UMP comentabas que el único problema común entre los famosos 23 que propuso Hilbert y los 7 del milenio es la demostración de la hipótesis de Riemann, de la que Marcus du Santoy ha hecho un libro alucinante titulado La música de los números primos. ¿Serviría un conocimiento avanzado de la distribución de los números primos para facilitar la ingeniería inversa de los métodos criptográficos basados en RSA y curvas elípticas o no tiene nada que ver?

Ambos sistemas criptográficos están basados en la existencia de operaciones irreversibles en tiempo polinomial. Déjame que te lo explique. En el caso de RSA, se trata de la multiplicación y la factorización: es muy fácil para un ordenador multiplicar dos números primos de entre 300 y 400 dígitos cada uno, pero, conociendo solo el producto, incluso la máquina más potente del mundo tardaría millones de años en encontrar los dos factores. La criptografía de curvas elípticas es más difícil de explicar, pero el principio es el mismo: cierta operación es fácil de realizar en un sentido, pero no en sentido contrario. Como la clave pública es el resultado de esa operación, aunque alguien la intercepte, para desencriptar el mensaje tendría que revertirla. De modo que la pregunta es si existen algoritmos rápidos de factorización, y yo no conozco ningún enunciado que los relacione con la hipótesis de Riemann. Sí que existe un procedimiento de computación cuántica, el algoritmo de Schor: el día en que se construya un ordenador cuántico con suficientes qubits, el método RSA dejará de ser seguro. Pero por ahora podemos estar tranquilos: el mayor número que se ha conseguido factorizar con ese método es 21 (risas). Con eso no quiero decir que no sea un avance de extraordinaria importancia. Una vez le escuché a Juan Ignacio Cirac compararlo con el paso de las cartas al correo electrónico: por mucho que mejore el correo postal, nunca será como un e-mail; es otra dimensión.  

¿Se ha abordado la indecibilidad de encontrar la existencia de un patrón en los números primos o no ha lugar?

De hecho, existen fórmulas que generan todos los números primos. Es una consecuencia del teorema de Davis-Putnam-Robinson-Matiyasevich que establece que un subconjunto de los números naturales es recursivamente enumerable si y solo si es diofántico. «Recursivamente enumerable» significa que existe un algoritmo que imprime, suponiendo que se le deje actuar indefinidamente, todos los valores del conjunto. Los números primos lo son porque, dado un número cualquiera, se puede decidir en un número finito de pasos si es primo o no, así que lo único que tiene que hacer la máquina es ir examinando los números naturales uno a uno e imprimiendo solo aquellos que sean primos: 2, 3, 5, 7, 11… «Diofántico», por su parte, quiere decir más o menos que existe una ecuación con coeficientes enteros cuyas soluciones son exactamente los elementos del conjunto. Por ejemplo, los números pares son diofánticos, pues son las coordenadas x de las soluciones de la ecuación x-2y=0. Gracias al teorema que he mencionado, sabemos que los números primos son diofánticos, de modo que existe una fórmula que los genera todos. En los años 70 se encontró un tal polinomio, en 26 variables.

Pero eso no permite predecir cuál es el siguiente número primo a uno dado: su distribución sigue siendo un misterio. Usando otra vez los factoriales, podemos ver que existen intervalos tan grandes como queramos sin números primos. En efecto, n!+2, n!+3, …, n!+n es un intervalo de longitud n-1 sin ningún número primo, porque n!+2 es divisible por 2, n!+3 por 3, y así sucesivamente, hasta n!+n, que es divisible por n. Aun así, el matemático Yitang Zhang acaba de demostrar que existen infinitos pares de números primos separados por una cantidad menor que una cierta constante. En su artículo, Zhang establece el valor de esa constante en 70.000.000. Gracias a un proyecto de colaboración masiva online, Polymath, en un par de meses se ha conseguido reducirla a 14.950. El objetivo es llegar a 2, lo cual daría una respuesta positiva al problema de los primos gemelos. 

En psicología el modelo más utilizado de explicación de la mente humana es el que asimila los procesos cognitivos como los procesos de computación. Por otro lado, en base a la lógica difusa y las redes neuronales estamos avanzando en I.A.. En tu opinión, ¿buscamos replicar al ser humano a través de modelos o ponemos de manifiesto nuestra naturaleza con la búsqueda de los mismos?

El intento de comprender el cerebro y, en última instancia, de reproducirlo es un producto del cerebro. Virgilio llama afortunado al que conoce las causas de las cosas: no hay nada más humano que la voluntad de comprender. Y la inteligencia sigue siendo un misterio en una época que ha desvelado los secretos de tantas cosas. Por desgracia, mi conocimiento de las redes neuronales y los algoritmos genéticos es solo el de un lector interesado. Hay argumentos muy famosos contra la inteligencia artificial, pero ninguno de ellos se sostiene. Podríamos pasar horas hablando del test de Turing o de la habitación china de Searle; también el teorema de Gödel tiene reservado su papel. Los detractores de la inteligencia artificial explican, a grandes rasgos, que ninguna máquina puede emular al cerebro porque si le diéramos uno de los enunciados indecidibles cuya existencia predice el teorema, la máquina se pasaría toda la eternidad intentando demostrarlo o refutarlo, mientras que un ser humano sería capaz de ver que es indecidible. El problema es que, entre las hipótesis del teorema de Gödel, está la consistencia. y no está nada claro que demostrar la consistencia sea más fácil para un ser humano que para una máquina. De hecho, lo que a menudo se conoce como segundo teorema de Gödel afirma que la consistencia de la aritmética no se puede demostrar «sin salirse» de la aritmética.

Isabel Coixet: El día de las marmotas

lIsabel Coixet, "El día de las marmotas", en el País, 11 de septiembre de 2015:

Somos catalanes a los que la independencia y todo lo que supone nos da una pereza inmensa.

Somos lo peor de cada casa. Y somos muchos. Más de lo que parece. Más de lo que todo el mundo cree. Pasamos casi desapercibidos, caminamos de puntillas. Somos los tímidos que nos callamos en las discusiones porque lo nuestro no es discutir, los que no sabemos a quién votar porque nos parece que la votación está mal planteada de raíz, los que estamos encerrados con un solo juguete y ansiamos salir porque pensamos que sin juguetes, ahí afuera, también se puede jugar. Nos dan apuro los gritos, los himnos, las marchas, las banderas, los discursos. No son para gente de nuestra calaña, pero somos perfectamente capaces de tolerarlos y de respetar a los que vibran con ellos aunque carezcamos de ese esquivo gen que nos permitiría pasarlo en grande en los pasacalles.

Querríamos estar llenos de ilusión, pero nuestro ADN está severamente dañado. Hemos nacido con una grave tara que arrastramos con resignación pero sin orgullo ni vergüenza. Una tara que es como un lunar en el brazo, que tenemos desde críos, de esos lunares de color marrón que ya no vemos porque han crecido con nosotros. Somos como sombras que se arrastran en silencio, como los tipos de La invasión de los ultracuerpos, fingiendo que somos como los demás, aunque por dentro estemos apenados, acojonados y perplejos.

Somos catalanes a los que la independencia y todo lo que supone nos da una pereza inmensa. Ciudadanos de cuarta, frívolos y vagazos, conscientes de estar cometiendo un sacrilegio espantoso por el que asumimos la penitencia y el castigo que caerá inexorablemente sobre nuestras cabezas. Ya lo he dicho: lo peor de cada casa. La idea de España no nos fascina, pero no nos repugna. No sabemos si los rumores sobre la lista negra de los catalanes de pacotilla son ciertos, pero por supuesto estamos a favor de su existencia: gente como nosotros no debería tener cabida ni voz en esta gran nación que, al parecer, se avecina.

No nos cogemos de la mano, no ponemos banderas en los balcones, nos quitamos, con educación pero con firmeza, de encima a los postulantes que llaman para contarnos la buena nueva. Contemplamos a los líderes de los partidos de aquí y de allí con la misma mirada de estupefacción que reservamos para los momentos álgidos de los reality de la tele. Lo malo es que no paramos de preguntarnos en bucle: ¿Tanto costaba relajarse un poco y aparcar las amenazas y los victimismos? ¿Tanto? ¿Por qué no dejaron en su momento el "y tú más" de patio del colegio? ¿Por qué?

Como nos sentimos en casa tanto en Olot como en Orense o en Orán, nos llaman, merecidamente por supuesto, botiflers, españolazos, charnegos, desgraciados y hasta cosmopolitas. Para nuestra desgracia, no hemos sido ungidos con la fe y la confianza en un país mejor que iluminan la vida cotidiana de muchos de nuestros compatriotas. Creemos que la historia no es un memorial de agravios, sino un instrumento para aprender de los errores. Pensamos y sentimos de otra manera: somos los pusilánimes que en su día votamos a Maragall confiando (sí, craso error) en que el diálogo político iría por otros derroteros: igualdad, justicia, fraternidad, solidaridad, honestidad, armonía, ayudar a los vecinos, sentido común... esas cosas que nos parecían fundamentales para construir una sociedad algo mejor y nos encontramos con una triple taza de caldo de un debate que en nuestra estúpida inocencia, creíamos perteneciente a otra época.

Somos tan ilusos que lo único que queremos es vivir en un lugar que se llame como se llame y tenga la bandera que tenga, pero en el que la justicia funcione sin trabas, los que mandan no metan mano a la caja, las carreteras tengan el firme en buen estado, los médicos y las enfermeras de la sanidad pública tengan tiempo para atendernos, donde cada uno pueda hablar y cantar y trabajar en el idioma que quiera, las escuelas públicas enseñen a los niños a pensar y algo de matemáticas y natación (sin exagerar lo de las matemáticas), la luz, el gas y el agua y un techo estén garantizados, los bares pongan un café decente y poca cosa más. Y donde, a ser posible, los discursos, a menos que los escriba David Foster Wallace, queden relegados a los banquetes de bodas o a los aniversarios de los centenarios de la familia.

Ahora, desde hace demasiados años, nos sentimos atrapados en el tiempo como Bill Murray en El día de la marmota, pero ni siquiera tenemos una Andie McDowell por la que merezca la pena despertar una y otra vez en el mismo día eterno y escuchar hasta el aburrimiento a Sony and Cher cantar I've got you babe. Seguro que hay cosas peores, pero ahora mismo no se nos ocurre ninguna.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La "movilitis" de los infoadictos o yonkis del móvil


Como a todos, te ha pasado más de una vez. Estás comiendo con un amigo que no ves desde hace mucho tiempo, o en una cita, o con tu pareja en el sillón. Le cuentas algo a tu interlocutor, lo que sea, y este te asiente con ruidillos o no. Pero sus ojos están fijos en la pantalla del móvil, a medias de un wassap o de un nivel del Candy crush. A esto se le llama phubbing, aislar socialmente a alguien por mirar a tu teléfono en lugar de prestarle atención a la persona. ¿Pero es una cosa de encogerse de hombros y olvidar o puede tener efectos a largo plazo?

Un estudio de la Universidad de Baylor, que publicará completo en enero la revista Computers in human behaviour, ha concluido que el phubbing se da en paralelo a dinámicas destructivas en la pareja. Mediante entrevistas a 145 adultos, este estudio ha elaborado una escala para determinar en qué grado de adicción se sitúa nuestra pareja. Nueve situaciones a las que hay que responder del 1 (nunca) al 5 (siempre).

Son las siguientes:

1. Durante una comida, mi pareja comprueba su móvil.
2. Mi pareja coloca su móvil a la vista cuando estamos juntos.
3. Mi pareja se queda con el móvil en la mano cuando está conmigo.
4. Cuando el móvil pita, mi pareja lo saca aunque eso signifique interrumpir nuestra conversación.
5. Mi pareja mira a su teléfono mientras me habla.
6. En nuestro tiempo de ocio, mi pareja usa su móvil.
7. Mi pareja no usa su móvil mientras estamos hablando.
8. Mi pareja usa su móvil cuando salimos.
9. Si hay una pausa en la conversación, mi pareja mirará el móvil.

Después de completar este tests, los investigadores realizaron a los participantes en el estudio otras encuestas para evaluar sus hábitos vitales y felicidad en general. Y ahí las conclusiones apuntaron a que la intensidad de esta práctica sucede al unísono del deterioro en la vida en la pareja y la satisfacción vital. Aunque los científicos no se atreven aún a decir que hay una correlación directa entre el phubbing y que te vaya mal con tu pareja, sí afirman que la correlación indirecta es evidente. Los que peores resultados sacaban en el test de phubbing, se encontraban también mal en su vida en común. El impacto es especialmente fuerte en aquellas personas que viven con ansiedad su relación, es decir, con el temor a que las dejen.

Si te ves reconocido en el perfil, ya sabes lo que toca, cambiar. En España, además, los datos no pintan bien: informes como el elaborado por Rastreator.com apuntan a que 7 de cada diez personas afirman “no poder vivir sin su móvil”; y que uno de cada dos le dedicamos más de tres horas al día. Pero además puedes apoyar un movimiento online que lleva en marcha desde 2013 para parar este fenómeno. Stop phubbing es una campaña que arrancó de la Universidad de Sidney y que ya cuenta con más de 40.000 votos para frenar este hábito social.

Entre los datos estremecedores que esgrimen, que un restaurante cualquiera sufrirá 36 casos de phubbing o que el 87% de los adolescentes prefieren comunicarse por el móvil antes que cara a cara. Aparte de la posibilidad de votar, la página también da la opción de que le mandemos una intervention vía mail a esa persona o personas que nos tienen hartos con su movilitis. Y si uno lleva un pub o un restaurante, Stop phubbing le invita a colgar pósteres con mensajes tan claritos como este: “Mientras terminas de actualizar tu estado, le serviremos a la persona educada que está a tus espaldas”. Y no te olvides tampoco de nuestros 19 consejos para hacerte cada día un poco menos yonki de tu smartphone.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Clases donde arden papeleras. Una directora de instituto de Madrid publica un libro sobre sus experiencias

Carlota Fominaya, "Clases donde arden papeleras", en Abc, 9-IX-2015 (aquí, el primer capítulo del libro):

La cruda realidad sobre un Instituto de Secundaria de Madrid, contada con humor por su antigua directora.

«Entre nuestros alumnos, todos los años, casi como una estadística inexorable, nos encontramos con una niña embarazada, otra maltratada por su padre —hubo un caso de violación—; algún alumno que ha delinquido y lo han atrapado con las manos en la masa, una chica que no viene a clase porque cuida de sus hermanos, hace la casa y la comida, hijos de familias sin ingresos, con el padre parado y la madre con cáncer terminal u otra enfermedad grave», resume Pilar Montero.

Este es el día a día de esta elocuente profesora de Literatura de un instituto público de Educación Secundaria de la periferia de Madrid, con alumnos de 26 nacionalidades distintas, varias etnias y religiones, y muchísimas carencias económicas, familiares y sociales. El centro, catalogado de «especial dificultad» por la Comunidad, tampoco es el más complicado de la región. «Ser directora de un instituto como este, como yo lo fui durante nueve años, es un honor. Gestionar a 800 chicos y 90 profesores, más conserjes, limpiadores... no es fácil, pero también se aprende mucho de la condición humana», asegura esta doctora en Filología Española, que ha decidido inspirarse en su experiencia para escribir un libro titulado ¡Está ardiendo una papelera!».

Lo de menos es casi enseñar

La obra resulta ser el divertido diario de esta maestra, y la vez un examen riguroso y sincero de la educación en España. «A los centros educativos cada vez se les carga con más responsabilidades y tareas, cuando es una institución pensada para enseñar a leer, a escribir, a contar, a distinguir los distintos animales y plantas, a conocer nuestra historia y la del resto del mundo, o las principales manifestaciones artísticas. Pero la realidad es que se ha convertido en un gran cajón desastre que tiene encomendado todo lo que las familias y la sociedad les están hurtando a los jóvenes», denuncia. «Al final lo de menos es enseñar Matemáticas o Inglés, porque somos una especie de centro social de asesoramiento jurídico, laboral, psicológico... Esto es lo que hay. Le digo a mis profesores, o nos adaptamos, o sucumbimos», reconoce. Docentes denostados por la sociedad que ella defiende a capa y espada. «Algunos sufren agresiones, otros que los alumnos se mofen... Médicos y profesores del sistema público aguantan lo inaguantable, y no se están lo suficientemente valorados». «Aunque tampoco estaría de más que pasáramos una especie de evaluación cada cinco años», propone.

Vidas complicadas

Por otra parte, ¿cómo pueden lidiar con perfiles de estudiantes tan complicados, y conseguir que no vayan al centro como si fueran a realizar «trabajos forzados»? «No es fácil encontrar puntos de conexión con ellos, pero hay que intentarlo, y cada maestrillo tiene su librillo. En mis clases intento darles el protagonismo que quizás no tienen en la sociedad, pero reconozco que como maestra de gitanos, por ejemplo, me siento muy frustrada. La mayoría abandonan en Primero de la ESO.Pero cuando yo era directora, conocía lo que había detrás de cada niño conflictivo. No lo justificaba, pero intentaba comprenderlo. ¿Qué habría hecho yo si viviera en la Cañada Real, me tuviera que levantar a las 6 a.m., no tuviera luz en casa, o si la tuviera, fuera robada de la corriente de la calle, si tuviera que coger el autobús para llegar al instituto media hora antes de que lo abrieran, y viviera con la segunda familia de mi padre? Algunos bastante con que vienen a clase».

«Presuntos culpables»

El catálogo de padres también es extenso, a tenor de la radiografía realizada por Montero: «Los hay con empatía, dedicación, entusiastas que hasta te sugieren cómo debes dar la clase... y de los que se ponen de parte del alumno y piensan que el profesor es siempre un "presunto culpable" que tiene manía a sus hijos. Lo que pedimos es que si hay una familia que no sabe o no puede educar, porque los progenitores se pasan todo el día trabajando, como hay muchos, que confíen en nosotros». «Si las condiciones económicas y familiares no son las mejores —concluye esta docente— esta es la única forma de corregir el fracaso escolar».

La odisea de pasar lista

Pasar lista en un IES como el que dirigió esta maestra, con un 30% de inmigrantes, y encontrar un «Luis» entre los nombres, es algo extraordinario. Los más floridos y barrocos son los nombres de las niñas hispanoamericanas. «En una especie de horror vacui —relata Montero—, sus padres les ponen nombres complicadísimos y, a ser posible, dobles: Briggette-Guissella, Sandra-Yamila, Deyanira-Karla... Los de chicos hispanos no pueden competir con los de ellas, pero no se quedan atrás: Cristián-David, Henry-Fabricio, Edison-Fernando... También nos vamos familiarizando con los marroquíes Darifa, Achraf, Houria, y Btissam, o los rumanos, búlgaros y ucranianos Niculina, o Luminita, y los chinos Jian Bao y Jian Yu».

La crisis duplica el número de multimillonarios en España


Un total de 471 personas declararon tener más de 30 millones de euros en 2013, según la estadística del impuesto sobre patrimonio publicada este martes por Hacienda. Eso supone 28 contribuyentes más que el año anterior y más del doble que las 233 personas que declaraban tener más de esa cifra en el año 2007, el último año del que hay datos previos a que España sufriese la mayor crisis económica de su historia reciente. El desigual impacto de esa crisis y el afloramiento de patrimonios ocultos por la amnistía fiscal explican el auge de multimillonarios, aunque no es posible saber qué factor pesa más.

Las cifras de Eurostat y los estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ya han mostrado en repetidas ocasiones cómo la crisis económica ha provocado un enorme aumento de la desigualdad en España. La diferencia entre la parte más rica y más pobre de la población ha aumentado significativamente durante la crisis, al tiempo que aumentaba el porcentaje de personas en paro y las familias en riesgo de pobreza o exclusión social. Pues bien, en 2013, último año de la recesión, un año en que la tasa de personas en riesgo de pobreza o exclusión social alcanzó al 29,2% de la población (según los datos del Instituto Nacional de Estadística), hubo más personas que nunca que en España se declararon poseedores de un patrimonio multimillonario (según las cifras de Hacienda).

Con las estadísticas de Hacienda siempre hay una salvedad importante: se trata de lo que declaran los contribuyentes. El número de ricos declarados no tiene por qué ser igual al de los reales. Es verdad que son todos los que están (nadie declara lo que no tiene para pagar impuestos por ello), pero no están todos los que son (dado el fraude y las maniobras de elusión fiscal, además de los criterios del impuesto que dejan parte del patrimonio exento). Se puede sostener que el nivel de fraude suele ser relativamente constante, con lo que no distorsionaría la comparación, pero en este caso hay algunos factores que obligan a examinar los datos con especial cautela.

Amnistía fiscal

El Gobierno aprobó en 2012 una amnistía fiscal que permitió aflorar patrimonios multimillonarios, en ocasiones con origen delictivo, sin apenas dar explicaciones y casi sin tributar. Aunque inicialmente se exigía pagar por un 10% del patrimonio aflorado, al final Hacienda fue admitiendo que se tributase por el 10% de los rendimientos de los años no prescritos, con lo que la tributación efectiva en relación con el patrimonio declarado fue mínima, del orden del 3% para los aproximadamente 40.000 millones de euros aflorados. Además, Hacienda ha ampliado las exigencias de declaración de bienes en el extranjero y endurecido el castigo para los que incumplan esa obligación.

No se sabe, sin embargo, qué efecto puede haber tenido eso sobre el número de contribuyentes que declaran patrimonios multimillonarios. Lo que sí es cierto es que en 2012, año de la amnistía fiscal, hubo un fuerte aumento de quienes declaraban más de 6 o más de 30 millones de euros. También influyó que ese año Comunidad Valenciana y Baleares dejaron de bonificar el impuesto.

Con esa salvedad, los datos muestran que en 2012 hubo 471 personas que declararon un patrimonio neto de 30.651 millones, a una media de 65 millones por persona. Pero no sólo hubo un máximo de patrimonios de más de 30 millones de euros, sino que también se batió el récord de quienes declaran entre 6 y 30 millones de euros (que pasan de 5.205 a 5.469) y de los que declaran entre 1,5 y 6 millones (de 46.531 a 48.742).

Todas esas cifras corresponden a la base imponible, que es el criterio por el que clasifica Hacienda las declaraciones. En realidad, los bienes y derechos de los contribuyentes tienen un valor superior, porque se deducen no sólo las deudas y cargas, sino también los bienes exentos (desde parte de la vivienda habitual hasta los dedicados a la actividad empresarial, pasando por otros muchos).

Madrid atrae a los ricos

Los madrileños son con gran diferencia los que declaran un patrimonio medio más alto (siempre dentro de los declarantes por este impuesto), con 8,17 millones de euros, frente a una media de 3,01 millones para el Estado (excluyendo Navarra y País Vasco, no sujetos al impuesto estatal). Los madrileños, sin embargo, están exentos de pagar impuesto sobre el patrimonio por decisión de su Gobierno autonómico y eso implica indirectamente, además, que solo tengan que presentar declaración quienes tengan un patrimonio de más de 2 millones, lo que explica que haya menos declarantes y por importe más alto. La bonificación autonómica supuso a los 16.153 adinerados madrileños que presentaron la declaración ahorrarse 612 millones de euros. Teniendo menos del 10% de los declarantes, la exención madrileña representa el 40% de lo que recaudaría el impuesto.

Los más ricos ganan más

Hacienda ha incluido este año entre la información estadística del impuesto de patrimonio una tabla que lo relaciona con el impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF). Esa tabla muestra que los declarantes de patrimonio tienen a su vez una base imponible en el IRPF mucho más alta que la media de la población. Riqueza y renta van de la mano. Así, la base imponible media en el IRPF de los declarantes de patrimonio fue de 99.286 euros en 2013 (100.446 euros en 2012) y su cuota íntegra, de 32.089 euros, lo que supuso un tipo medio del 31,04%. Los ricos madrileños son los que generan más renta, pues declararon 256.927 euros de base imponible. Con 108.236 euros, Galicia es la única otra comunidad que supera los 100.000 euros de base imponible media en el IRPF de los declarantes de patrimonio. Castilla-La Mancha está a la cola con 63.250 euros.

En segundo lugar por patrimonio medio se sitúa Galicia, con 4,1 millones por declarante, una cifra en la que posiblemente pese que es la comunidad de residencia de Amancio Ortega, el hombre más rico de España (aunque una parte importante de su patrimonio esté exenta de tributación). Por número de declarantes (69.036) y por cantidad total declarada (159.716 millones) Cataluña se sitúa a la cabeza.

Pese al aumento del 3% en declarantes y del 4% en la base imponible, la recaudación se mantuvo estancada: 929,6 millones. El impuesto, suprimido en 2008 y recuperado en 2011, está lejos de lograr las recaudaciones de antes de la crisis, principalmente porque en la nueva etapa se limitó a patrimonios de mayor magnitud.

Con efectos desde el 1 de enero de 2008 se suprimió el gravamen derivado de este impuesto, optando por la bonificación del 100% de la cuota íntegra del impuesto y se eliminaron las obligaciones formales de presentación de la declaración, razón por la que no existen registros administrativos para obtener la información de base de la estadística.


A partir de 2011, están obligados a presentar declaración por el Impuesto sobre el Patrimonio los sujetos pasivos personas físicas en los que concurra alguna de las siguientes circunstancias: cuando su base imponible determinada con arreglo a las normas del impuesto resulte superior a 700.000 euros (es decir, que la cuota salga positiva) o, cuando, no dándose la anterior circunstancia, el valor de sus bienes o derechos totales y con independencia del lugar dónde se ubiquen, determinado de acuerdo con las normas reguladoras del impuesto, resulte superior a dos millones de euros.

martes, 8 de septiembre de 2015

Descubren bajo el agua, por satélite, ruinas de lo que puede ser Tartessos

Es versosímil que no se haya descubierto hasta ahora precisamente porque la ciudad haya ido quedando sumergida. Las imágenes y el artículo, aquí.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Mario Vargas Llosa habla sobre la tortura según Semprún

Mario Vargas Llosa, "Ejercicios para sobrevivir", el País, 27 de junio de 2015:

En las reflexiones de Jorge Semprún sobre la tortura, que acaban de publicarse en Francia, no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana.

Cuando, a los veinte años, Jorge Semprún decidió unirse a uno de los grupos de la Resistencia francesa contra el nazismo, el jefe de Jean-Marie Action, la red de la que iba a formar parte, le advirtió: “Antes de aceptarte, debes saber a lo que te arriesgas”. Y le presentó a Tancredo, un sobreviviente de las torturas a que la Gestapo sometía a los combatientes del maquis que capturaba. Las atrocidades que aquél le describió, las padecería Semprún dos años más tarde, cuando, por la delación de un infiltrado, los nazis le tendieron una emboscada en la granja de Joigny que lo escondía.

La pesadilla se convirtió en realidad: la inmersión en las aguas heladas de una bañera llena de basuras y excrementos; la privación de sueño; las uñas arrancadas; el crujir de todos los huesos del esqueleto al ser colgado del techo de los talones amarrados a sus manos; las descargas eléctricas y las palizas salvajes en las que el desmayo resultaba una liberación.

Nunca antes de escribir este libro, que se ha publicado póstumamente en Francia (Exercices de survie), Jorge Semprún había hablado en primera persona de la tortura, el horror extremo a que puede ser sometido un ser humano a quien los verdugos no sólo quieren sacar información, sino humillar, volver indigno y traidor a sus hermanos de lucha. Pero, aunque nunca hablara de ella en nombre propio, aquella experiencia lo acompañó como una sombra y supuró en su memoria todos los años de su juventud y madurez, en la Resistencia, en el campo nazi de Buchenwald y en sus periódicas visitas clandestinas a España como enviado del Partido Comunista, para tender un puente entre los dirigentes en el exilio y los militantes del interior. En este libro inconcluso, apenas esbozado, y sin embargo lúcido y conmovedor, Semprún revela que la tortura —el recuerdo de las que padeció y la perspectiva de volver a soportarlas— fue la más íntima compañera que tuvo entre sus veinte y cuarenta años. La describe como el apogeo de la ignominia que puede ejercitar la bestia humana convertida en verdugo, y como la prueba decisiva para, superando el espanto y el dolor, alcanzar las mayores valencias de dignidad y de decencia.

En sus reflexiones sobre lo que significa la tortura no hay autocompasión ni jactancia y, sí, en cambio, un pensamiento que traspasa lo superficial y llega al fondo de la condición humana. En Buchenwald, su jefe en el maquis lo felicita por no haber delatado a nadie durante los suplicios —“Ni siquiera fue necesario cambiar los escondites y las contraseñas”, le dice— y el comentario de Semprún no puede ser más parco: “Me alegré de oír eso”. Luego explica que la resistencia a la tortura es “una voluntad inhumana, sobrehumana, de superar lo padecido, de la búsqueda de una trascendencia” que encuentra su razón en el descubrimiento de la fraternidad.

Resistieron para que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional lo que primara en este mundo

Un ser humano, sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque sea éste quien convierta a aquel en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie. Gracias a que hay seres así el mundo es todavía vivible.

Hace bien Régis Debray, prologuista de Exercices de survie, en comparar a Jorge Semprún con André Malraux, que padeció también las torturas de los nazis sin hablar (sus verdugos no sabían quién era la persona a la que torturaban) y, como aquél, fue capaz de convertir “la experiencia en conciencia”. Fue, asimismo, el caso, en España, de George Orwell, a quien casi matan los propios compañeros por los que se había ido a España a luchar, y de Arthur Koestler, esperando en su celda de Sevilla la orden de fusilamiento expedida por el general Queipo de Llano. Ellos, y millares de seres anónimos que, en circunstancias parecidas, actuaron con el mismo coraje, son los verdaderos héroes de la historia, con más pertinencia que los héroes épicos, ganadores o perdedores de grandes batallas, vistosas como las superproducciones cinematográficas. No suelen tener monumentos y, la gran mayoría, ni siquiera son recordados o incluso conocidos, porque actuaron en el más absoluto anonimato. No querían salvar una nación ni una ideología; sólo que no fuera la fuerza bruta sino el espíritu racional y el sentimiento lo que primara en este mundo sobre el prejuicio racista y la intolerancia criminal ante el adversario político, la civilización creada con enormes esfuerzos para sacar a los seres humanos del estado feral y organizar sus sociedades a partir de valores que permitan la coexistencia en la diversidad y hagan disminuir (ya que erradicarla del todo es imposible) la violencia en las relaciones humanas.

Jorge Semprún fue uno de estos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza. Nacido en una familia acomodada, eligió desde muy joven, sacrificando su vocación por la filosofía, militar en el Partido Comunista y desaparecer en la clandestinidad bajo seudónimos, luchando contra el nazismo y el franquismo, padeciendo por ello el infierno de la tortura, del campo de concentración, muchos años de clandestinidad que lo hicieron vivir desafiando a diario largos años de cárcel o una muerte horrible. ¿Y todo ello para qué? Para descubrir, cuando entraba en la etapa final de su existencia, que el ideal comunista al que tanto había dado, estaba corrompido hasta los tuétanos y que, de triunfar, hubiera creado un mundo acaso todavía más discriminatorio e injusto que el que él quería destruir.

Aunque evoque el más espantoso de los temas, uno termina el libro sin caer en la desesperanza

Algunos ex comunistas se suicidaron y otros rumiaron su frustración en la neurosis o un desgarrado silencio. Pero, no Jorge Semprún. Siguió luchando, tratando de explicar aquello que había comprendido al final, en libros que son testimonios extraordinarios de lo huidiza que puede a ser a veces la verdad, y de cómo a menudo ella y la mentira se mezclan de tal manera que parece imposible identificarlas. Sin caer nunca en el pesimismo, encontrando razones suficientes para seguir militando en pos de un mundo mejor, o, por lo menos, más tolerable, con menos injusticias y menos violencias, y mostrando que siempre es posible resistir, enmendar, reiniciar esa guerra en la que sólo se pueden observar victorias momentáneas, porque, como dice Borges en el poema a su bisabuelo que luchó en Junín, “la batalla es eterna y puede prescindir de la pompa, de visibles ejércitos con clarines”.

Aunque el último libro de Semprún evoque el más espantoso de los temas —la tortura—, uno termina de leerlo sin caer en la desesperanza, porque, además de brutalidad y maldad demoníacas, hay en sus páginas, contrarrestándolas, idealismo, generosidad, valentía, convicción moral y razones sólidas para sobrevivir.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Un par de poemas de José Aguilar Jurado, "Fray Josepho"

I

Diálogo con un antitaurino


–¿Prohibirías los toros? –Sin duda alguna, sí.
–¿Por qué quieres prohibirlos, si me gustan a mí?

–Porque matan al toro, sin ninguna razón.
–Pues no te comas ese bocata de jamón.

–Perdona, no es lo mismo. –Te ruego que concretes.
–Al toro lo torean. –¡También lo hacen filetes!

–Lo malo es que se haga por diversión y fiesta.
–¿La diversión es mala? ¿Acaso te molesta?

–Me molesta que el público disfrute con la muerte.
–Oye, pues tú no vayas, si eso no te divierte.

–¡Jamás hay diversión si un ser vivo se inmola!
–¿Te fastidia tal vez porque es fiesta española?

–El toro sufre mucho por culpa del torero.
–¿Y la vaca disfruta cuando va al matadero?

–Muere un ser indefenso, y eso es lo que deploro.
–¿Indefenso? Perdona. Ponte enfrente de un toro…

–El torero va armado. No aguanto que se queje.
–¿Y el feto, en un aborto? ¿A ese quién lo protege?

–El aborto es distinto. Decide la mujer.
–Pero el feto está vivo. Y también es un ser.

–Si me sales con esas, ya el debate lo corto.
–¿Te asquean las corridas y te mola el aborto?

II

Relación de personalidades ilustres de Cataluña


El Quixot es novela catalana,
que al mundo Cataluña entrega, ufana.

(Miguel Servet fue el padre del autor,
un catalán también, de lo mejor).

De Ávila no fue Santa Teresa,
pues ejerció en Pedralbes de abadesa.

Colón no fue marino genovés:
fue catalán, como Ferran Cortés.

Américo Vespucio, por fortuna,
fue catalán, Despuig, sin duda alguna.

Y Francisco Pizarro, vive Dios,
se llamaba en verdad Francesc Pinós.

(Cataluña también descubrió América,
cosa que pone a España muy histérica).

El Lazarillo, espejo de truhanes,
se escribió en los Países Catalanes.

Galceran de Cardona es Garcilaso:
lo hemos sabido ahora, con retraso.

España, la cruel nación vecina,
nos afanó también La Celestina.

Quevedo, un español, mala persona,
solo plagió al rector de Vallfogona.

Y les diré, por si a alguien le interesa,
que Leonardo da Vinci es de Manresa.

Catalana también es la sonrisa
de su obra magistral, la Mona Lisa.

Y es Artur Mas, en fin, el campeón
en lo de combatir la corrupción.

El canallazgo

Ígor Rodríguez, "El canallazgo", en Nueva Tribuna, 4-IX-2015:

Es el sistema del canallazgo. Construyendo una realidad sobre la que ideologizar a las masas de uno y otro lado de la línea.

Es el canallazgo, un régimen donde la libertad de ser mediocre, la dictadura del precariado intelectual y las ideologías jerarquizantes de la desigualdad y la dominación se dan la mano en un occidente que, con su falaz aserto “tenemos el sistema menos malo conocido”, cierra las puertas a un mundo verdaderamente justo.

Estamos en manos de canallas. Es una variante de otra frase aún con menos certeza que pronunciaban nuestros mayores ante cualquier injusticia social televisada: ¡en manos de quién estamos! Hoy queremos ser capaces de acertar a señalar qué y quiénes son esos en cuyas manos estamos, en cuyas manos nos hemos puesto, a cuyas manos permitimos manosearnos, manejarnos, hacer y deshacer a su antojo, el antojo de unos límites que ellos han creado y que llaman ley (no todas las leyes, está claro, emanan de ese antojo), donde las dudas sobre la distancia entre lo ético y lo legal quedan despejadas.

Pienso en cada acto cotidiano: por ejemplo, ponerse delante de la tele, creer que en la gama de canales que se ofertan (se imponen) está el acto ingenuo de servicio público de información, de contar sin más lo que pasa, sin que medien aspectos de carácter político, entre los que se encuentran los económicos. Obviamente, político aquí no es partidista, aunque la consecución de ciertos fines, claro está, se materialice en los partidos, especialmente en aquellos en cuyo ideario y/o praxis podemos identificar ideologías de la desigualdad).

Canallas son gobernantes y hombres de poder xenófobos que luego se persignan, como canallas son esos –suelen ser los mismos- que se enriquecen a costa del empobrecimiento de los trabajadores. Canallas son también esos comentaristas de tres al cuarto, intelectualmente mediocres, que, por estar capitalizados simbólicamente en las destrezas discursivas que el mercado de intercambios lingüísticos sanciona como adecuadas (como explicara Bourdieu), pasan, en apariencia, por ser honestos y poseedores de la verdad y el conocimiento. Canallas son los que editan espacios televisivos o periodísticos, de consumo masivo, y que ponen a aquellos el micrófono en la boca y nos hablan de objetividad, imparcialidad, neutralidad, sin que los asistentes al espectáculo (des)informativo puedan, con certeza, acertar a dilucidar sus conceptos. La luz es difusa para identificar a los canallas.

El mundo es construido desde el atril del partido, desde la rueda de prensa, convenida en hora interiorizada en la útil agenda informativa que ordena el día; desde la televisión y el titular (limitado en su esencia misma) en las definiciones de los otros, partiendo del auto construido punto cero de la (falaz) neutralidad.

Nos han despojado de la filosofía de tal modo que es imposible que el ciudadano educado en la precariedad para el precariado pueda establecer la línea de continuidad de todo este sistema filosófico de las definiciones de los otros y la definición propia, en el ahora mismo del mediatizado mundo que 1) el cine de gran presupuesto y efectos especiales reproduce e inventa; 2) los articulistas y comentaristas y presentadores televisivos y radiofónicos de escrúpulos e intelectualidad a la altura  de un gusano –en algunos casos más que en otros, y excepciones hay- construyen, donde el género periodístico noticia (incluso la opinión misma) se confunde con el hecho mismo o, peor, con la invención de una realidad paralela intencionadamente edificada respecto de los intereses de un grupo social-económico-político específico; 3) el político profesionalizado, aspirante a cargo desde su adolescencia, defiende, porque el cargo actual y futuro le va en ello; 4) el maestro de corta y poca formación eleva a la altura adecuada que precisa el maniqueísmo jerarquizante de lo correcto y lo incorrecto, de lo bello y lo no bello, de lo superior y lo inferior, de lo universal y lo no universal, es decir, lo tuyo frente a lo del otro, tú que hablas una lengua, frente al otro que no llega, que habla en dialecto o, peor, como sostuviera Pidal, “jerigonzas de negros” (llámenle intelectual); tú que tienes historia frente al otro, al que –oh, un intelectual más dixit- ni historia tiene; tú que vives en un sistema y no un régimen; tú, demócrata y no populista; tú, hombre (blanco), no mujer (de cualquier aparente color). ¡Qué destino le depara al otro –piensas desde el sistema-mundo, construido a tu imagen y semejanza- sino la tutorización y el oenegeísmo!

Las masas piden a sus gobernantes neoliberales, colocados en sus puestos por el pensamiento neoliberal de los votos de las masas, algún atisbo de humanidad: ¡piden, a las ideologías de la desigualdad, ideología de la igualdad!

Es la contradicción de nuestro tiempo, donde la tasa de alfabetización y comodidades están a años luz del ayer. La línea de continuidad no contrapone aquella dureza con la felicidad, aquel analfabetismo con la intelectualidad generalizada, aquella sinrazón con el haber aprendido de los errores, como los discursos de la mediocridad vienen construyendo desde hace décadas. La línea de continuidad es la del canallazgo, ese sistema de la indolencia edificado desde la construcción del otro como inferior, para someterlo, para arrebatarle su tierra, su cultura, su historia, su vida y su familia, para esclavizarlo, (pseudo) argumentando sobre su no humanidad, su condición de inferior, para descubrirlo, para conquistarlo, para interiorizarlo sin solución posible para él/ella. Un sistema construido sobre las bases de la ideología de la desigualdad encargado de expoliar hasta el último suspiro, incluyendo el conocimiento, cada hallazgo humano de los inferiorizados, para autodesignarse la luz y la razón que ilumina el mundo, sobre el que ya no es preciso ni discutir el auto asumido derecho –supremo, como no puede ser de otro modo- de apropiación, llamando a esto la civilización frente al salvaje.

Es el sistema del canallazgo. Construyendo una realidad sobre la que ideologizar a las masas de uno y otro lado de la línea, a través de eso que llaman conocimiento y que no es más que la continua exaltación de lo falazmente superior ante el falazmente inferior, ideologizando por doquier y con todos los medios, con más poca vergüenza que otra cosa, en que lo europeo, lo occidental, es el bien, luz, cultura, museo, belleza, orden, ciencia, libro, lo universal: en definitiva, la superioridad misma.

¿Cómo asombrarnos de la indolencia, de la indiferencia, de la misma institucionalidad de la desigualdad, del racismo, del machismo, de la discriminación y la violencia, de la normalidad con que un fabricante de vallas hace su negocio a cuenta de la sangre ajena?

Las masas gritan despavoridas ante las fotografías que muestran los horrores de nuestra propia vergüenza, los efectos de nuestra miseria interior. Las masas piden a sus gobernantes neoliberales, colocados en sus puestos por el pensamiento neoliberal de los votos de las masas –cualquiera que sea el color de la papeleta-, algún atisbo de humanidad: ¡piden, a las ideologías de la desigualdad, ideología de la igualdad! ¿Y no es como pedir peras al olmo?

Las masas encenderán la televisión, escucharán al iluminado de la gomina, al fantoche de los dientes como marfil y al otro, el del flequillo, en cuya mordida de gafas aparenta el saber; los escuchan porque el espacio televisivo los presenta como opción posible, como punto de vista posible, como ideología posible, porque la ideología de la desigualdad no sólo puede, está: es consustancial a esta indolencia.

Las masas en la línea de continuidad del canallazgo preservarán el sistema canalla en la urna y volver a la serie de televisión pseudohistórica para que siga alimentando la falsa superioridad del yo frente al otro, al tiempo que dilucidar si el hijo de la Pantoja anda flojo del vientre ante las muchachas; volverán al informativo que nombra sistema al yo y régimen al otro, que llama pirata al marinero desposeído de su mar, de su sustento; que busca la anécdota del otro frente a la certeza de los propios, a los que amenazan avalanchas humanas (he ahí las maravillosas metáforas periodísticas), de las que, en la procesión, la misa y la romería, nos protegen las benditas concertinas.

Es el canallazgo, un régimen donde la libertad de ser mediocre, la dictadura del precariado intelectual y las ideologías jerarquizantes de la desigualdad y la dominación se dan la mano en un occidente que, con su falaz aserto “tenemos el sistema menos malo conocido”, cierra las puertas a un mundo verdaderamente justo.

Ígor Rodríguez Iglesias | Investigador en la Universidad de Huelva y la UAM.
Área: sociolingüística crítica y análisis crítico del discurso.

Entrevista a la nueva biógrafa de Freud, Elisabeth Roudinesco

Álex Vicente, "Élisabeth Roudinesco: 'Freud nos hizo héroes de nuestras vidas'", en Babelia, suplemento cultural de El País, 5 de septiembre de 2015:

La gran especialista del psicoanálisis firma una biografía sobre el psiquiatra vienés.
En ella desmiente las leyendas y se enfrenta a sus críticos feroces.

Para escribir este monumental volumen con aires de biografía definitiva, Élisabeth Roudinesco (París, 1944) no quiso creerse “ni la leyenda negra, ni la dorada”. Freud, en su tiempo y en el nuestro (Debate. Traducción de Horacio Pons) parte de la voluntad de invalidar las condenas más injustas, que suelen pintar al padre de la subjetividad moderna como un simple charlatán, pero también de las biografías de tono hagiográfico consagradas a este personaje eternamente polémico. Discípula de Deleuze, Foucault y Todorov, antigua integrante de la Escuela Freudiana que fundó Lacan y gran especialista de la historia del psicoanálisis, Roudinesco narra la vida de Freud como si fuera una palpitante novela ambientada en la Viena de la belle époque, avanzando hacia su exilio (y muerte) londinense en los albores de la II Guerra Mundial. En el centro de ese paisaje, la autora sitúa a un hombre que cometió errores y se enfrentó a mil contradicciones, pero logró crear una doctrina “a medio camino entre el saber racional y el pensamiento salvaje, entre la medicina del alma y la técnica de la confesión”, con la que logró convertir a los mortales en héroes de tragedia griega.

PREGUNTA. Su biografía aspira a dibujar un retrato justo y ecuánime de Freud. ¿Lo escribió en reacción a las invectivas contra el personaje de los últimos años?

RESPUESTA. El libro surge de la necesidad de recapacitar sobre el personaje. La última biografía seria sobre Freud, que firmó Peter Gay, se publicó hace 25 años. Desde entonces, casi todo lo que se había publicado eran condenas encendidas hasta extremos inverosímiles, firmadas por personajes que, en realidad, no conocían su historia. Como sucede a menudo con los personajes controvertidos, Freud se había acabado convirtiendo en una caricatura de sí mismo, envuelto en numerosos rumores y mentiras. Me pareció que había llegado la hora de volver a un equilibrio.

P. En el libro escribe, por ejemplo, que no fue “un burgués libidinoso, adepto de los burdeles y la masturbación”, como se ha dicho tantas veces. ¿De dónde surgen esos malentendidos?

R. Tratándose del fundador de una doctrina sobre la sexualidad, me pareció imprescindible saber cómo había sido su vida sexual. Me di cuenta de que existían libros enteros sobre decenas de leyendas de las que no hay ninguna prueba. Quise dejar claro que nada demuestra que fuera un hombre incestuoso, ni de tendencia fascista, ni un usurero que cobraba el equivalente de 450 euros por sesión, y que ni dejó embarazada a su cuñada ni abandonó a sus hermanas a los nazis. Tampoco fue un hombre misógino, aunque a veces sí paternalista.

"Nada demuestra que Freud fuera un incestuoso, ni de tendencia fascista, ni un usurero que cobraba el equivalente de 450 euros por sesión"

P. Otro de los mitos que destruye es el del genio incomprendido. Sostiene que, en realidad, logró fascinar a sus contemporáneos, “a toda una generación obsesionada por la introspección”.

R. Su primer biógrafo oficial, Ernest Jones, quiso presentarlo como un genio solitario enfrentado a las masas, pero es una imagen errónea. Es cierto que sus libros fueron objeto de un vivo debate, pero no hay que confundir la polémica con la incomprensión. Por ejemplo, cuando Elias Canetti visitó Viena en 1920, dice que descubrió a una ciudad entera persiguiendo a su Edipo. A Freud no le gustaba la polémica, porque era un hombre bastante autoritario y no soportaba el conflicto, aunque a veces lo provocara él mismo. Pero es falso que fuera un solitario. A menudo trabajó en equipo.

P. Su libro inscribe a Freud en la ebullición intelectual de la Viena finisecular. ¿El descubrimiento del subconsciente fue, en realidad, una aventura colectiva?

R. Por supuesto. Freud fue un personaje muy vienés, inscrito en una época plenamente europea, en la que el continente se interrogaba sobre sus mitos fundacionales para renovar su identidad, una dinámica muy acorde con la de Freud. Contemporáneo a la emergencia del sionismo y del primer feminismo, su aportación forma parte de un gran movimiento de emancipación. Empezó queriendo curar la neurosis, pero acabó provocando una liberación aún mayor. Pero también es cierto, como dijo Stefan Zweig, que la burguesía de la belle époque estaba tan concentrada en la introspección que no supo ver venir la I Guerra Mundial, ni la irrupción del nacionalismo, ni la miseria del pueblo que les rodeaba.

P. Fue también un hombre lleno de paradojas: padre de una revolución que condujo a la modernidad, pero políticamente conservador; de fuerte cultura judía, pero ateo; y libertador de las pulsiones sexuales, pero partidario de la abstinencia desde los 40 años. ¿Fue Freud incoherente?

"Un 70% de los psicoanalistas franceses estuvo contra el matrimonio homosexual. Limitar el papel del psicoanalista al de mero observador, originó un colectivo reaccionario"

R. Todo tiene una explicación. La abstinencia, a partir de la que formuló la teoría de la sublimación, se explica por su deseo y el de su esposa, Martha Bernays, de no tener más hijos. Podría haber usado contraceptivos, pero no tenía suficiente ímpetu sexual y no sabía ni utilizarlos. Freud no fue un hombre nada seductor. No fue un puritano, ya que abogó por liberar las pulsiones sexuales. Pero tampoco un libertario: creía que uno debía controlarlas. En lo político, yo lo definiría como un conservador ilustrado, igual que Zweig. Fue un hombre atrapado en el torbellino de la revolución comunista, en la que nunca creyó, y la emergencia del fascismo. Ante esa situación, apostó por conservar las instituciones existentes, creyendo que la vieja Austria todavía podía salvarse.

P. Freud concibió el psicoanálisis como una doctrina apolítica, que debía mantenerse al margen de toda militancia. ¿Qué piensa usted, que suele intervenir a menudo en el debate público desde posiciones izquierdistas?

R. En efecto, Freud fue contrario al compromiso político y apostó por una especie de neutralidad. Para él, el psico­análisis ya era compromiso suficiente. Yo estoy en total desacuerdo con esa parte. Si el psicoanálisis parte del estudio de los vínculos familiares, ¿cómo puede quedar el psicoanalista al margen del debate del matrimonio homosexual o la gestación subrogada, por poner dos ejemplos? Yo soy favorable a ambas cosas desde hace tiempo, pero muchos de mis compañeros se expresan en sentido opuesto al mío. No sé si sabe que un 70% de los psicoanalistas franceses estuvieron en contra del matrimonio homosexual…

"Freud fue contrario al compromiso político y apostó por una especie de neutralidad. Yo estoy en total desacuerdo"

P. ¿Cómo explica el conservadurismo de su colectivo?

R. Creo que a base de limitar el papel del psicoanalista al de un mero observador, Freud terminó originando un colectivo reaccionario. No podemos detenernos en modelos barridos por la corriente de la historia, ni proyectar en el presente modelos de un pasado remoto. Cuando un psicoanalista me dice que la familia homoparental es contraria al complejo de Edipo, yo le respondo: “¡Pues cambiemos el complejo de Edipo!”.

P. Define el psicoanálisis como “una epopeya sobre los orígenes, una canción de gesta, con sus fábulas, mitos e imágenes”. Es decir, que la invención de la subjetividad moderna pasó por convertir al sujeto en algo parecido a un héroe.

R. Exacto. Esa fue la gran labor de Freud: nos convirtió en héroes de nuestras vidas. Piense que a un enfermo de hace un siglo le daban pociones, le metían en un sanatorio y le trataban como a un loco. En cambio, Freud les decía: “Es usted Edipo”. Los psicoanalistas ya no dicen eso, pero sí algo parecido: “Ocúpese de sí mismo. No deje que le traten como a un sujeto que consume medicamentos pasivamente”. Esa teoría del sujeto no existe en el conductismo [la otra principal escuela de psicología, opuesta al psicoanálisis, que estudia el comportamiento y la conducta objetiva y no cree en la existencia de un subconsciente], que es una técnica bastante estúpida, aunque a veces funcione. En mi opinión, cada cual debe ocuparse de su historia personal. Quienes no son capaces de verbalizarla, ni siquiera un mínimo, están condenados a la necedad.

P. Pese a sus efectos en la percepción de la interioridad, muchos autores, como el filósofo Michel Onfray o el historiador ­Mikkel Borch-Jacobsen, siguen definiendo el psicoanálisis como una estafa. ¿Por qué es tan difícil de aceptar?

"Hoy se condena el psicoanálisis apelando a lo que algunos llaman ciencia. La psiquiatría está desapareciendo y los neurólogos se convierten en simples distribuidores de medicamentos"
R. Es una teoría muy contundente que no resulta fácil de digerir. En la primera mitad del siglo pasado se la condenaba en nombre de la moral. Hoy se la condena apelando a lo que algunos llaman ciencia. Hoy día, la psiquiatría está desapareciendo y los neurólogos se convierten en simples distribuidores de medicamentos. El motivo es que tratar a un paciente con un medicamento estandarizado resulta menos costoso que brindarle una terapia personalizada y evolutiva. En ese contexto, es normal que el psicoanálisis y su manera de entender las enfermedades del alma molesten. El problema es que la gente empieza a estar harta de tomar medicamentos. Si suprimimos una doctrina racional como el psicoanálisis como posible solución, la gente harta de los medicamentos se terminará orientando hacia los hechiceros de las medicinas paralelas…

P. ¿Tiene que cambiar el psicoanálisis para sobrevivir?

R. Sí. Debe aspirar a ocupar el lugar que han conquistado los conductistas. Para eso tendrá que transformarse. La gente ya no quiere tumbarse en el diván tres veces a la semana durante los próximos 20 años. El psicoanálisis debe evolucionar al ritmo que lo hace el mundo. Se deberá apostar por terapias más cortas, en las que se reciba al paciente cara a cara y no tumbado en el diván. Deberán aceptar también tratar a cualquier persona, igual que lo haría un médico en el hospital. Las generaciones jóvenes ya están practicando un cambio. Su problema es que solo hacen estudios de psicología y no de ciencias humanas, lo que provoca que los psicoanalistas jóvenes estén peor formados y sean menos cultos. Y para ser psicoanalista no solo se debe ser inteligente, sino también cultivado.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Una lengua y cultura en riesgo de extinción: los Moken.

Pablo L. Orosam, "El pueblo que no quiere olvidar sus palabras", El País, 3 de septiembre de 2015:

Apenas 10.000 personas hablan todavía el moken en las costas del mar de Andamán. Un grupo de expertos universitarios lucha por salvar esta cultura milenaria.

Las palabras se mueren. Un día, de pronto, ya no significan nada. O ya nadie es capaz de descifrar sus sonidos. Hoy, en la aldea de Au Bon Yai, en la isla tailandesa de Surin, ha muerto una palabra. Lo ha hecho de madrugada, en silencio, como mueren siempre las palabras. Lo ha hecho al amparo de la Lau Gai, la estrella que nunca desaparece. Ante la mirada de Aboom, Abaa y JoJo. Los espíritus. Lo ha hecho después de que Sabai, la última rapsoda, consumiese sus versos. Lo ha hecho después de que ningún joven moken pudiese atrapar palomas de humo.

“Quizá dentro de diez años ya nadie hable moken en esta isla”. Aún así, Ngoey, el jefe de la comunidad, no está preocupado. Quizá porque los moken no entienden de preocupaciones. Desde que llegaron a las islas del archipiélago Mergui, en la costa del mar de Andamán, entre Tailandia y Birmania, hace 3.500 años, los moken no conjugan futuros. Aquí sólo hay tiempo para el hoy y el ayer. “Los moken nacemos cada día. Hoy es una nueva vida”, explica Phi Utet.

Durante siglos, este pueblo de raíces austronesias ha vivido en el mar. Sus barcos, los kabang, surcaban las costas de corales turquesa hasta desvanecerse en las profundidades del Índico. Guiados por la Estrella Polar, Lau Gai, los moken permanecían en altamar durante buena parte del año: allí encontraban comida, refugio y la protección de los espíritus. Ni siquiera atracaban para dar a luz. Los hijos de los moken aprenden a nadar antes que a caminar. Solo la ira del monzón les obligaba a buscar cobijo en los arrecifes selváticos que trufan la costa de Andamán.

Hoy los moken permanecen amarrados en tierra firme. En una geografía de paisajes dorados de los que no pueden huir. Ya no hay estrellas que les guíen, cegadas por las luces de los centenares de barcos pesqueros que faenan en sus aguas.

Un idioma para sobrevivir al tsunami

Los moken no tienen palabras para decir hola ni adiós. Tampoco hay un vocablo que signifique cuando y, menos aún, desear. Los moken no desean, simplemente usan lo que necesitan: comida, medicinas, refugio… todo está a su alrededor. Por eso no necesitan acumular. No hay espacio para la idea de riqueza en su concepción nómada del mundo. No hay más mañana que el hoy.

Los Moken le deben su vida al mar. Los niños aprenden a nadar antes que a caminar. En su idioma, los moken sí tienen palabras para el peligro. Así ha sido como durante años se han protegido unos a otros. Alertándose delos piratas (jon), las guerras (lang), los bancos de barracudas (tumin) y tiburones blancos (Kayai putiat ), o los venenos del pez piedra (pook ot). Fue su lengua lo que les salvó también del tsunami de 2004. Del laboon. “Su suponía estábamos en pleamar, pero aquel día la marea estaba muy baja. Era extraño. Entonces los ancianos de la aldea empezaron a gritar diciendo que vendría el laboon, que nos teníamos que refugiar. Así que lo hicimos, corrimos hacia la selva, a un alto”, relata Min Ie. Aquella mañana del 26 de diciembre de 2004, el tsunami devastó 14 países, dejando tras de sí 230.000 muertos. Ninguno de ellos fue un moken.

Desde niños, los moken escuchan historias sobre el laboon. Alrededor del fuego, los ancianos hablan de playas sin aguas y animales desbocados. Entonces, insisten, hay que buscar refugio. Esconderse en las alturas de la ola gigante que los ancestros han enviado para librar al mundo de demonios. “Volverá a pasar, dentro de 20 o 30 años, pero yo ya habré muerto para entonces”, asegura Phi Utet sentado en el interior de la cabaña de madera que comparte con su mujer, Min Ie, y sus cuatro hijos.

Nadie sabe qué ocurrirá cuando el tsunami vuelva a levantarse en el mar de Andamán. Es posible que por entonces ya no quede ni un sólo moken en las islas, o que los que lo hagan no hayan oído hablar del laboon. “Su idioma está en peligro y si lo pierden estarán acabando con su propia cultura. El idioma y la cultura van de la mano”, advierte Chang, lingüista de la universidad de Mahidol.

En la isla de Au Bon Yai hay 67 viviendas. 230 personas. Una retahíla de cabañas de bambú y hojas de palma suspendidas sobre un mar de sueños azulados. Un santuario de belleza selvática en pleno parque nacional de Mu Koh Suri. Tras amarrar el barco, Bathoi apura el paso buscando las sombras que alivien el calor de una mañana abrasadora. Sobre la arena, el envoltorio plateado de una chocolatina se agita con cada ráfaga de viento. A su vera, varias latas de refrescos y una bolsa de plástico. Son las huellas de los últimos turistas que han visitado la aldea.

Tras el tsunami de 2004, el Gobierno tailandés obligó a los moken a reconstruir sus viviendas en una pequeña bahía al sur de la isla de Surin. Les prohibió talar más pa-oh y construir con ellos los kabang. Tampoco podrían pescar más que para alimentarse. Ya nunca más serían nómadas. “Su cultura pasó a ser una de las atracciones del parque nacional y comercializada como tal. Se les pidió que mantuviesen sus construcciones tradicionales permanentemente y elaborasen souvenirs para vender a los turistas”, apunta Thom Henley en su libro Courage of the Sea. Como contraprestación, el Gobierno accedió a emplear a los moken en las instalaciones del parque. Una treintena de ellos trabajan en la cantina y en el campamento situado al norte de la isla. “Los niños que realizan trabajos de baja categoría reciben 50 baths (1,3 euros) al día y los adultos 120 baths (3,2 euros). Estos sueldos están por debajo del salario mínimo en Tailandia, 200 baths (5,4 euros), a pesar de que están contratados por un ente público”, señala Henley.

En moken no existe la palabra ‘desear’. Los Moken no ‘desean’, simplemente usan lo que necesitan: comida, medicinas, refugio.

Nadie en la isla conoce las costas de Surin mejor que Bathoi. Quizá porque nadie ha surcando tanto sus aguas como él. Podría dibujar cada palmo de memoria: sus calas de arenas blancas, sus bosques impenetrables y esos rincones arcoíris bajo el manto azul del Índico que enamoran a los amantes del snorkeling. Aún así, el Gobierno prefiere emplear a guías tailandeses traídos del continente. Un modelo de turismo masivo en el que los moken son meros sujetos pasivos exhibidos para ser fotografiados. “Yo estaría encantado de hablar con los turistas, si quisiesen”, asegura Bathoi, quien desde hace unos meses participa como guía local en un programa de turismo sostenible impulsado por Andaman Discoveries.

Desde que fueron obligados a asentarse, muchas familias moken han abandonado la isla. Algunas han buscado acomodo en Birmania, al norte del archipiélago Mergui, donde a duras penas pueden mantener su tradicional estilo de vida nómada. Muchos otros han optado por integrarse en la sociedad tailandesa. “Allí, en el continente casi nadie habla ya en moken. Están perdiendo las tradiciones”, asegura Ngoey. De pie, frente a la puerta de la cabaña de Phi Utet, el jefe la comunidad de Au Bon Yai afila el cuchillo con el que en unos minutos desollará las piezas capturadas esta mañana.

La última canción

Chang tiene la camiseta empapada. Las gotas de sudor resbalan por su cuerpo mientras se acomoda en el suelo de la choza. Una de sus asistentas saca una libreta del bolso. Chang enciende el ordenador. “Aquí está”.

Un sonido gutural, ininteligible para el propio Chang, invade la conversación. Una mujer, vestido rojo, largo, con la melena recogida en una banda, invade la pantalla. Es Sabai, la última rapsoda. “Antes había cinco en la aldea, ahora ella es la última”. Por eso, Chang y su equipo llevan meses grabando cada una de sus interpretaciones, “documentando” el último vestigio del idioma moken. “Hasta ahora no existía ningún registro de esta lengua, nosotros estamos tratando de hacerlo a través de las canciones tradicionales, transcribiéndolas. Documentar el lenguaje ayuda a preservarlo. Los idiomas orales tienden a desaparecer antes”, asegura.

Desde la llegada de la televisión a la aldea, los jóvenes moken ya no acuden a los encuentros nocturnos, junto al fuego, a escuchar las historias sobre el laboon y la isla de los monos. “Como ocurre en todo el mundo, los niños prefieren quedarse viendo la televisión”, señala Chang. A su lado, sus dos compañeras sonríen.

Hoy solo 10.000 personas —4.000 en Tailandia y otras 6.000 en Birmania— hablan el idioma moken. La mayoría de ellas son ya adultas, en muchos casos de avanzada edad. “El idioma está en peligro. Las nuevas generaciones prefieren hablar tailandés, creen que el moken no es suficiente para ganarse la vida”, apunta Chang. “Tenemos que hacer que se sientan orgullosos, que vean que es un idioma valioso. Tanto por su valor cultural como por su utilidad”, añade.

Tras la llegada de la televisión a la aldea, los jóvenes moken ya no acuden a los encuentros nocturnos, junto al fuego, a escuchar las historias.

Chang trabaja contrarreloj. En unas semanas el monzón se adueñará del mar de Andamán, tiñéndolo de un azul intenso y espumoso imposible de navegar siquiera para los moken. “Mi idea era quedarme aquí durante el monzón, pero todavía no sé lo que haré. Son cuatro meses…”, reconoce. Para entonces es difícil que hayan terminado de crear el alfabeto moken, un abecedario inspirado en el sistema fonético tailandés. “Los niños nos están ayudando a transcribir los sonidos de la canciones”, explica el lingüista de la universidad de Mahidol.

Una vez diseñado, Wilarsinee Klatalay podrá enseñarlo en la escuela. “Es una de las mejores maneras de preservar el idioma, a través de la educación”, corrobora Chang. “Debemos crear herramientas multimedia para que los niños disfruten aprendiéndolo. Es la única manera de que se propague de nuevo”. Es la única manera de curar palabras enfermas.

Mientras los adultos descansan a la sombra, huyendo del sol ardiente del Índico, Wilarsinee Klatalay recorre la aldea reuniendo a la veintena de alumnos de su clase de la tarde. Ahora toca arte. “Les encanta dibujar”, dice sonriente. A su lado, media docena de niños revolotean persiguiendo con la mirada el sonido de un avión. En la escuela hay 81 niños, divididos en tres grupos en función de su edad. “Antes, los moken eran analfabetos y no sabían sumar ni manejar el dinero. Cuando iban al continente a vender sus capturas les engañaban. Ahora los padres saben que si los niños estudian les pueden ayudar”, explica.

En el colegio, una pequeña construcción sin paredes en el extremo este de la isla, junto a la vereda que conduce al bosque, Wilarsinee Klatalay y sus dos compañeras imparten inglés, tailandés, matemáticas y artes. Cuando Chang termine sus trabajos, incorporarán el moken al currículum escolar. “Aquí todo el mundo habla moken a diario. Sólo utilizamos el tailandés para hablar con los que vienen de fuera”, subraya orgullosa la joven profesora de 26 años. En su regazo, una joven con el rostro cubierto de tanaka dibuja un mar de corales infinitos.

—Es muy bonito.

Es el mar del laboon.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Infancias traicionadas por los representantes de Dios


Empezó con un cura y una débil sospecha. Y acabó en un escándalo de abuso de menores en el seno de la Iglesia católica que mostró la implicación de hasta 249 eclesiásticos tan solo en la archidiócesis de Boston. Una vez abierta en 2002 la caja de Pandora, las denuncias se multiplicaron en EE UU y en el mundo, tanto que hoy los casos de curas pedófilos comprobados ya son miles. Todo desde que cuatro reporteros de Spotlight, un equipo de investigación de The Boston Globe, se volcaron durante meses en lo que mejor se les daba: el periodismo.

Es decir, rastrear archivos, entrevistar víctimas, contrastar testimonios y luchar contra el ostracismo tanto de la Iglesia como de quien quería mirar hacia el otro lado. Finalmente, dieron con documentos que probaban la traición más cruel de los hombres de Dios a sus pequeños fieles. Su investigación obtuvo el Pulitzer y ha sido llevada al cine por la película Spotlight, presentada esta mañana fuera de concurso en el festival de Venecia. Entre grandes aplausos, tanto al filme como al trabajo de los redactores.

“Hay dos sitios donde me hacía especial ilusión estrenar la película: Irlanda e Italia”, cuenta el director, Thomas McCarthy, en un encuentro con varios periodistas internacionales. La primera fue quizás el país donde el escándalo de los curas pedófilos alcanzó su nivel más dramático. Y la segunda, claro está, es la sede del Vaticano. Desde donde, por cierto, solo llega silencio. “No creo que vaya a haber ninguna respuesta”, defiende McCarthy, que elogia los intentos de renovación del papa Francisco pero se muestra pesimista sobre sus consecuencias reales. Al fin y al cabo, en el corazón de Roma todavía vive el cardenal Law, máxima institución de la iglesia en Boston durante la investigación, que también demostró su conocimiento de lo que se podría en la casa del Señor. Un traslado fue el único precio que pagó el líder del rebaño por silenciar a las cientos de ovejas a las que destrozaron la infancia.

“Cuando empezaron a investigar sabían que se trataba de algo importante, pero no creo que imaginaban el alance que tendría”, asegura McCarthy sobre los reporteros originales. El cineasta y el reparto del filme (Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Michael Keaton, entre otros) pasaron meses reuniéndose una y otra vez con los redactores de Spotlight y con cualquiera que tuviera algo que ver con la historia: víctimas, abogados, curas, jueces… “Buscamos todas las perspectivas posibles”, agrega el director.

Como una serie de muñecas rusas al revés, la película siguió un proceso idéntico a la investigación: la historia no paraba de ampliarse. Tanto que solo la escritura del guion requirió años y el proyecto estuvo “muerto” tres veces, ante las dificultades para encontrar alguien dispuesto a financiar una historia que iluminara el lado más oscuro de la Iglesia. “Hay cartas de gente diciendo: ‘Querría seguir siendo católica pero habéis violado a siete de mis hijos. ¡Ayudadme!”, relata McCarthy. O, como explica una de las víctimas en la película sobre por qué no se rebeló: “¿Cómo se puede decir que no a Dios?”.

“Las exigencias eran altísimas. Interpretas a gente real, que está allí, delante de ti. Cuentas una historia con muchas víctimas, y encima va en contra de una de las instituciones más relevantes del mundo”, explica Ruffalo, que interpreta a Michael Rezendes, uno de los cuatro reporteros. El actor estudió y reprodujo a la perfección los movimientos y la curiosidad incansable del redactor. “A veces actuar es como el periodismo, como un reportaje: tienes que saber todo del personaje, cómo piensa, qué comería, qué música escucharía. Al principio de mi carrera pasaba casi más tiempo en la biblioteca que en el escenario”, añade Ruffalo. En el fondo, McCarthy considera que Spotlight es también un monumento al periodismo “sólido y profesional” y al reporterismo local, en los tiempos de Internet, la globalización y la rapidez por encima de la calidad. Aunque lo cierto es que el director usa otro término: “Testamento”.

Otra infancia perdida


Cary Fukunaga y el actor Abraham Attah, director e intérprete de 'Beasts of No Nation', posan esta mañana ante los fotógrafos en Venecia. / JOEL RYAN (AP)
Cuesta imaginar una infancia más trágica que la de una víctima de pedofilia. Sin embargo, Beasts of No Nation, el filme de Cary Fukunaga (el director de la primera temporada de True Detective) que inauguró anoche la competición oficial del festival, mostró otra de las horribles maneras de criarse en el mundo. La película, producida por Netflix y protagonizada por Idris Elba, cuenta la odisea de Agu, un niño africano condenado a perder la inocencia en medio de una guerra: su familia es asesinada y él es reclutado por un grupo de guerrilleros que avanza masacrando a cualquiera que se encuentre por el camino.

Fukunaga explicó las enormes dificultades del rodaje, en plena selva africana, y analizó la coincidencia de su película con Spotlight: “Creo que los filmes tienen el poder de poner en marcha cambios y hacer de este mundo un lugar mejor “. A su lado, el pequeño Abraham Attah, protagonista de Beasts of No Nation, sonreía y contaba en pocas palabras cómo fue su fichaje: “Estaba jugando al fútbol en el colegio, vino un tipo y me preguntó si quería estar en una película”. Así de inocente. Menos mal