martes, 22 de septiembre de 2015

Tres artículos sobre explotación política de las lenguas españolas


El repetido eslogan de "una nación, una lengua", ha presentado al español como una lengua impuesta, colonizadora.

El independentismo catalán se encamina hacia la ruptura sin que la España monolingüe en castellano termine de asumir que las dinámicas de implosión del Estado autonómico se nutren del conflicto lingüístico centro-periferia desatado en nuestro país. Es como si el sistema mismo no hubiera entendido que los procesos secesionistas discurren en gran medida tras la senda de las políticas lingüísticas en las que la ideología se solapa con la pedagogía. Las élites políticas dominantes y buena parte de la población tienen la asignatura pendiente de aceptar que el catalán, el gallego y el euskera son lenguas plenamente españolas, tan propias como el castellano. "Nuestro problema territorial es un problema esencialmente lingüístico. Si desactivamos el problema lingüístico, desactivaremos el problema territorial", sostiene el ensayista y diplomático Juan Claudio de Ramón.

Hay una ingeniería y una industria nacionalistas aplicadas a la interesada gestión en régimen de casi monopolio de las lenguas autonómicas y hay dejación e inhibición política estatal, indiferencia y hasta desafección hacia unas lenguas que a menudo son vistas más como problema que como riqueza colectiva a defender y cuidar. Mucha gente obvia en nuestro país que millones de españoles sueñan y piensan en catalán, en euskera, o en gallego y que muchos de esos hablantes respaldan la causa secesionista porque se les ha convencido, a menudo desde sus instituciones, de que su lengua es menospreciada en el resto de España o corre el riesgo de extinguirse. ¿Qué hacer para que las lenguas, que no tienen la culpa de ser manipuladas e instrumentalizadas políticamente, dejen de labrar el campo de la desunión y susciten el respeto y el afecto general. ¿Por qué nuestro país no encuentra las soluciones que sí se han procurado otros países multilingües con problemas similares?

En España viene librándose una gran batalla no declarada por la ideología de las lenguas periféricas que el Estado español pierde sistemáticamente por incomparecencia. Y lo paradójico del caso es que ese Estado, condenado por los nacionalismos periféricos, sí hace formalmente sus deberes en la defensa y promoción de todas sus lenguas, aunque no ponga el corazón en el empeño y se muestre ajeno al alto valor afectivo y simbólico de las hablas periféricas. "Hay ámbitos, como el judicial, en el que España no cumple las obligaciones de la Carta Europea; pero es un ámbito problemático en todos los países. España asumió los compromisos al más alto nivel —lo que han hecho muy pocos países— y su nivel de cumplimiento es de los más altos aunque transmite la impresión de que ha dejado la cuestión en manos de las Comunidades Autónomas y que no es consciente de todo lo que se hace por su protección e impulso ni lo asume como propio", atestigua Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional de la UPV, antiguo miembro del Comité de Expertos en materia de políticas lingüísticas del Consejo de Europa e integrante del Consejo Asesor del Euskara. En el campo de las legitimidades nacionalistas, la lógica "una nación, una lengua" ha ido ganando terreno de la mano de un discurso, soterrado o explícito, que presenta al castellano como un idioma impuesto, colonizador, ajeno, al tiempo que trata de hacer de la lengua autonómica la palanca con la que marcar la diferencia.

"La diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contagio de los españoles y evitar el cruzamiento de las dos razas. Si nuestros invasores aprendieran el euskera tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos, mientras estuviésemos sujetos a su dominio", dejó escrito el fundador del PNV, Sabino Arana, en 1894. Noventa años más tarde, el bertsolari Xabier Amuriza, destacada figura de la izquierda abertzale, lanzó este verso que hoy sigue rebotando en los tuits : "Euskal Herrian euskara hitz egiterik ez bada, bota dezagun demokracia zerri askara" ("Si en Euskal Herria no se puede hablar euskara, echemos la democracia a los cerdos").

La idea de que "la lengua [catalana] es el depósito del alma catalana", expresada por el fundador del nacionalismo catalán Prat de la Riba a finales del siglo XIX, late en la consideración formulada por Jordi Pujol de que "la lengua es el nervio de la nación", pero también en las declaraciones de su sucesor al frente de la Generalitat, el socialista Pasqual Maragall:"La lengua catalana es el ADN de Cataluña".

En su ensayo Morte e Resurrección (1932), el considerado patriarca de las letras gallegas Ramón Otero Pedrayo estableció: "A língua, o primeiro. A língua, forma psicolóxica da Raza ten de ser a primeira obligación de todos. (...) Mellor unha Galicia probe falando galego que unha Galicia rica usando otra língua". Y Antón Villar Ponte, figura del galleguismo de preguerra, sentenció en sus Discursos á nación galega: "A nosa língua é o camiño de ouro da nosa redención e do noso progreso; sin a língua morreremos como pobo... somente co emprego da língua propia, obra da naturaleza, poderá selo".

No son solo ecos de periclitados tiempos de aislamiento en los que las lenguas minoritarias estaban recluidas al ámbito familiar y a todo idioma se le atribuía la cualidad de impregnar a sus hablantes con un pensamiento propio, una cosmovisión particular específica, diferencial. Las movilizaciones "en defensa" de "la lengua" —20.000 gallegos se manifestaron en febrero con esa reivindicación—, son recurrentes en la España plural que contempla ensimismada y estupefacta cómo las largas marchas por la independencia de Cataluña y Euskadi continúan su curso sin que la aplicación de políticas lingüísticas más y más vigorosas y atrevidas haya aminorado el permanente sentimiento de agravio por los supuestos "ataques" estatales a la lengua. Y ya se ha visto que el nacionalismo catalán toca a rebato y llama al desacato mayor cuando los tribunales de Justicia cuestionan su política lingüística. Ese es territorio sagrado y quien ose hollarlo será expulsado a las tinieblas exteriores de la patria y cargará con el sambenito de "facha" o "traidor".

"Desde la Transición democrática, todos los Gobiernos centrales han optado por inhibirse en esta materia. No han puesto trabas a la rehabilitación de las otras lenguas españolas, pero tampoco freno al menoscabo del bilingüismo practicado por Gobiernos de signo nacionalista", indica Mercè Vilarrubias, catedrática de Lengua Inglesa en la Escuela Oficial e Idiomas Drassanes de Barcelona. Hay resistencia monolingüe en castellano a aceptar el bilingüismo y efervescencia militante contraria al castellano. En Galicia, donde la práctica totalidad de la población es bilingüe, adquiere perfil propio la figura del "neohablante", trasunto del euskaldunberri vasco, personas que, pese a su pobre dominio del idioma, deciden desplazar su lengua materna castellana y hablar de manera prioritaria en gallego, incluso con personas que prefieren expresarse en español. "Existe una permanente tensión entre una ideología emancipadora del gallego, que puede alcanzar la defensa de un monolingüismo en esta lengua, y otra que se caracteriza por la defensa de una mayor castellanización", describe Fernando Ramallo, profesor de Lingüística de la Universidad de Vigo y miembro del Comité de Expertos del Consejo de Europa.

Aunque la causa general de la independencia se refuerza argumentalmente con invocaciones obligadas a un futuro de mayor y mejor desarrollo económico y social, los nuestros no dejan de ser nacionalismos lingüísticos, deudores de la obsesión identitaria romántica que creía en un patrimonio espiritual sagrado inmemorial: un alma, un carácter, una cosmovisión, una manera de ser colectiva... transmitida de generación en generación. "Existe la tentación de explicar la psicología nacional, cultural o social a partir de las distinciones del vocabulario de una lengua pero en una comunidad lingüística no existe una cultura única", explica José Antonio Díaz Rojo, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). De hecho, como argumenta el propio Díaz Rojo, una profesora chilena, un labrador castellano, un artista uruguayo, un obrero argentino o un ejecutivo mexicano no tienen por qué compartir la misma visión sobre la familia o las relaciones sociales, por ejemplo.

"La lengua es un factor fuerte de identidad pero no ofrece ninguna cosmovisión. Es, justamente, al revés. Lo que hace la lengua es reflejar, vehicular, los valores culturales. Por eso los esquimales tienen 17 maneras de decir nieve y blanco, por eso la lengua alemana da más valor a los conceptos filosóficos y el inglés a la practicidad de las cosas", señala la psicóloga catalana Sara Berbel. "Que yo carezca de una palabra para designar el olor del metro a la hora punta o el olor de la hierba recién cortada no quiere decir que confunda ambas experiencias. Aceptar que la lengua fundamenta la nación deja fuera a la mayor parte de los catalanes que tienen como lengua materna al castellano. Y por lo demás, desde el punto de vista de la identidad parecen más relevantes otras circunstancias como el sexo, la clase social y hasta las condiciones ambientales", indica Félix Ovejero, doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona.

Y, sin embargo, la convicción de que la lengua es el basamento de la identidad con que se construye la nación y que toda nación por el hecho de serlo tiene derecho a la independencia sigue estando bien presente en los esquemas mentales nacionalistas. ¿Habría que dotar de Estado propio a cada una de las más de 6.700 lenguas que sobreviven en el mundo? ¿Qué pasaría en Europa que cuenta hoy con 225 lenguas y 49 Estados? De los dos centenares de Estados existentes, solo 25 pueden ser considerados lingüísticamente homogéneos entendiendo como tales a aquellos en los que el 90% de la población habla la misma lengua. Conviene tener en cuenta que en Bosnia Herzegovina compartir la lengua no impidió a la gente matarse por razones étnico-político-religiosas y que existen nacionalismos de Estado latinoamericanos que hablan la misma lengua que sus vecinos.

Frente al componente originalmente étnico, racial, del nacionalismo vasco, el catalán se significó siempre como un modelo culturalista permanentemente sustentado en la lengua, aunque, como proclamaba Sabino Arana, de lo que se trata es de marcar la diferencia, tarea en principio harto complicada en un viejo solar como el español altamente transitado a lo largo de su historia. De hecho, los García, Martínez, López, Sánchez, Rodríguez, Fernández, Pérez, González..., tan poco presentes en las nomenclaturas y candidaturas electorales nacionalistas catalanas, son los apellidos que más abundan en esa comunidad.

Albert Branchadell, lingüista respetado en una disciplina que, como la de la Historia, está siendo muy trabajada por militantes nacionalistas, explica que lo que pasa en España es un caso típico de cruce de modelos. "Desde el siglo XIX y muy especialmente durante el franquismo, España siguió el modelo denominado de nation building dirigido a unificar lingüísticamente a la sociedad a base de eliminar más o menos sutilmente las lenguas diferentes del castellano. Frente a ese modelo se alzó el modelo "preservacionista" de las lenguas minoritarias, primero en Cataluña y después en el resto de las hoy comunidades autónomas. Lo que ha sucedido después es que los preservacionistas (especialmente los catalanes) han adoptado técnicas de "nation building" en su propia política lingüística y el catalán sería ahora una lengua dispuesta a desplazar al castellano como lengua de comunicación interétnica, afirma Albert Branchadell". Aunque las lenguas periféricas son oficiales en sus respectivas comunidades, la meta del bilingüismo por el que clamaba la izquierda catalana está siendo sustituida por las tendencias monolingües y la inmersión educativa obligatoria en catalán, mientras parte de la intelectualidad migra hacia el independentismo.

"La hegemonía nacionalista ha logrado establecer un marco conceptual ideologizado en el que pronunciar la palabra España llega a hacerte sospechoso de estar vinculado a posiciones de derechas o de ser nacionalista español", afirma el escritor y periodista Antonio Santamaría, autor del libro Convergència Democràtica de Catalunya. De los orígenes al giro soberanista, ¿cómo han resuelto otros países estas pulsiones lingüísticas que tanto descolocan a las izquierdas españolas? "Legislando, involucrándose en el problema, asumiendo verdaderamente como propias las lenguas periféricas, no permitiendo que los nacionalismos asuman en exclusiva su representación, defensa y gestión", señala Mercé Vilarrubias, autora del trabajo Sumar y no restar. No está sola en ese planteamiento. También Juan Claudio de Ramón cree que el Estado debe rendir tributo a la pluralidad lingüística española elevando el catalán, el gallego y el vasco al rango de lenguas de Estado, de forma que se puedan usar en las instituciones comunes, como ya ocurre con el Senado, e incorporarlas a los símbolos estatales. Al mismo tiempo, se trata de deslindar claramente los derechos de los usuarios y las obligaciones de las Administraciones.

"Hace falta una ley de lenguas porque no tenemos una legislación estatal clara en esta materia y eso obliga a los tribunales a suplir el vacío de forma alambicada puesto que tienen que amparar los derechos ciudadanos pero no quieren tumbar leyes autonómicas. El Estado debería también hacer explícito lo que ya hace ahora. Todos los documentos que expiden las terminales del Estado: DNI, libros de familia, pasaportes, etcétera son ya bilingües. El BOE se traduce a las lenguas cooficiales, subvenciona las industrias culturales en catalán, gallego y euskera, sufraga una televisión y una radio públicas en catalán, promueve esas lenguas en el exterior a través del Instituto Cervantes... Crear una Administración tetralingüe sería absurdo pero España necesita imperiosamente hacer valer sus méritos y hablar las cuatro lenguas en las ocasiones solemnes, ser consciente de la importancia integradora del elemento simbólico y sentimental", propone Juan Claudio de Ramón.

Parece claro que cualquier reforma, constitucional o no, que pretenda evitar el descarrilamiento y fractura del Estado tendrá que abordar este asunto, vital para la convivencia entre los españoles. La tarea es desterrar el fundamentalismo lingüístico, evitar la guerra entre las lenguas y fundir la España común con la España plural.

II

José Luis Barbería, "La explotación política de las lenguas españolas (con perdón). II. Euskaldunizar a la fuerza", El País, 23 de septiembre de 2015:

La recuperación del euskera y la construcción nacional ha exigido el sacrifico laboral de miles de personas.

"Los nacionalistas llevan probablemente razón cuando dicen que para asegurar la pervivencia del euskera necesitarían tener las manos totalmente libres, pero puede que ni siquiera con la independencia conseguirían asegurar ese objetivo y serían de temer los medios inconfesables que estarían dispuestos a emplear en la tarea", manifiesta el escritor y traductor Matías Múgica. No es el único de los literatos euskaldunes consciente de que su comunidad lingüística debería agradecer a la mayoría erdeldun (de habla castellana) el haberse prestado a la euskaldunización. ¿Habría sido diferente de no haber mediado ETA ni la enorme presión ambiental nacionalista? La mayoría erdeldun (que no habla vascuence) ha aceptado sin rechistar que el requisito del euskera resulte indispensable o pese sustancialmente a la hora de aspirar al empleo público.

EH Bildu se compromete a que el aprendizaje de euskera sea gratis
Tejeria reivindica el uso del euskera para garantizar su futuro
El altar desdoblado de la recuperación del vascuence y de la construcción nacional ha exigido a lo largo de estas décadas el sacrificio laboral de decenas de miles de empleados que, particularmente en las áreas de la Educación y la Sanidad, han sido sustituidos por personal euskaldun, a menudo con peor currículo y competencia profesional. Ha exigido el esfuerzo de aprendizaje de muchos miles de funcionarios, y entre ellos, los maestros lanzados a dar clase en una lengua recién aprendida, escasamente dominada y, por lo tanto, lastrados en su capacidad expresiva, comunicativa. Aunque el sistema de educación pública vasca contempla tres opciones: toda la enseñanza en castellano salvo la asignatura de Lengua Vasca (Modelo A), parte de las asignaturas en castellano y parte en euskera (Modelo B) y la totalidad de las clases en euskera excepto la asignatura de castellano (Modelo D), en la práctica, la alternativa primera ha quedado arrumbada a una situación marginal.

El aura que envuelve el pasado mitológico de la lengua y del pueblo vasco ha jugado fuertemente a favor de la política de euskaldunización. Todo vasco sensible a su cultura siente la comprensible responsabilidad de dar continuidad a una lengua milenaria de origen enigmático, aunque el misterio empieza poco a poco a disiparse de la mano de investigadores que en número creciente cuestionan la tesis, tan preciada por el nacionalismo, de la existencia de una continuidad inalterada entre el pueblo vasco prehistórico y el actual.

"Los nombres de dioses, personas y lugares que encontramos en las inscripciones epigráficas romanas del País Vasco, así como en las fuentes clásicas, no aportan ninguna evidencia de que se hablara euskera en los siglos II y III después de Cristo, lo que contrasta enormemente con algunas zonas de Navarra y sobre todo de Aquitania, región francesa que ofrece centenares de antropónimos y teónimos de naturaleza vascoide, anteriores a cualquier evidencia conocida en el País Vasco actual", sostiene el doctor en Lingüística Computacional por la Universidad de Manchester, Joseba Abaitua. En el estudio realizado al alimón con el arqueólogo Mikel Unzueta, se concluye que hasta la llegada de Roma, en el actual País Vasco se hablaban lenguas indoeuropeas, de filiación celta, sin solución de continuidad con las del Cantábrico oriental y Alto Ebro. "Sin embargo, en el siglo VI se constata un proceso de dialectalización, a partir de un vasco común, que caracteriza la expansión del euskera desde Aquitania, pasando por Navarra, hasta su implantación en Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, así como en zonas de la Rioja Alta y norte de Burgos", afirma Joseba Abaitua.

De acuerdo con las conclusiones del estudio, el mantra "euskara gure hizkuntza da" (el euskera es nuestra lengua) que recitan los escolares vascos debería reformularse, ahora con la razón histórica de parte, en "euskara eta gaztelania gure hizkuntzak dira" (El euskera y el castellano son nuestras lenguas), pero eso no es algo que esté en el ánimo del independentismo vasco. Y, sin embargo, el lingüista Luis Mitxelena, genuino representante intelectual del nacionalismo moderado e inteligente, ya puso de relieve décadas atrás que en grandes áreas del País Vasco nunca en la historia se había hablado vascuence. En lo que se refiere, pues, a una parte del territorio vasco no estaríamos asistiendo a un proceso de reeuskaldunización, de recuperación de la lengua perdida, sino de euskaldunización a secas. ¿Tiene sentido educativo, social, político, económico la euskaldunización masiva de la sociedad?

"Puede merecer la pena dedicar recursos para mejorar la cohesión social y alejar la aparición de comunidades estancas y enfrentadas, pero eso no justifica una política uniformizadora cuasi forzosa vía inmersión lingüística ajena a la realidad del país", responde Matías Múgica. En su opinión, el problema debe enfocarse desde el tratamiento debido a las minorías lingüísticas en el seno de una sociedad democrática. "La comunidad tradicional euskaldun tiene derecho a un tratamiento de discriminación positiva, pero no a crear minorías donde no existían, a implantar el euskera como lengua de uso social en lugares donde no se ha hablado nunca. Lo primero responde a los derechos humanos, pero lo segundo responde a un proyecto político de construcción nacional que no se merece ningún respeto especial ni posee legitimidad por sí misma", subraya Matías Múgica.

A diferencia del nacionalismo catalán, fundamentado desde sus orígenes en la lengua, el vasco tuvo durante buena parte de su historia un componente racial y, de hecho, el PNV solo admitía en sus filas militantes a quienes contaran con los cuatro primero apellidos de raíz eusquérica. En una sociedad en la que, en la actualidad, únicamente el 20% cuenta con los dos primeros apellidos vascos, el requisito de la pretendida pureza de sangre se reveló pronto un mal negocio y fue la segunda generación de ETA de finales de los años 70 la que relanzó decisivamente la idea de que el euskera debía constituir el cemento en el que fraguar el proyecto de "construcción nacional". "El euskara vasquiza al extranjero", fue el aserto elegido para distinguirse del PNV y tratar de incorporar a los inmigrantes a la causa. Como indica el escritor y ensayista euskaldun Xabier Zabaltza, autor de la obra "Nosotros, los navarros", al vincular de forma tan estrecha la lengua con la nación, el nuevo nacionalismo se negó a aceptar la evidencia de que el vascuence solo es la lengua de algunos vascos.

La ideologización de la lengua es un arma de doble filo.

"Para la mayoría de los nacionalistas, el euskera no es un medio de comunicación, sino un símbolo. Más allá de la minoría vascófona, nuestra lengua no realiza una función muy diferente de las que puedan ejercer las cuatro palabras del gaélico que los nacionalistas irlandeses son capaces de introducir en su perfecto inglés. Expresiones como "agur", "kaixo", "aitas" cuando se utilizan en castellano o francés se convierten en meros elementos de una jerga que tiene bastante de etiqueta identificadora", sostiene Xabier Zabaltza. En su opinión, el precio a pagar por la identificación entre lengua y nación fue la "pérdida atroz de calidad y espontaneidad lingüística" que conservaba en la tradicional minoría euskaldun. La convicción de que el uso extensivo del vascuence ha ido en detrimento de la calidad del idioma es compartida hasta el punto de que Matías Múgica sostiene que la mayor parte del euskera que se utiliza en la enseñanza vasca y el mundo neovasco es parecido a lo que técnicamente se conoce como pidgin, un código simplificado de comunicación escueta y estructuras simples que se adquiere en segunda lengua.

"Lo singular del caso es que nuestro pidgin se utiliza entre personas que comparten todas un mismo idioma materno. Debemos de ser el primer caso conocido de pidgin ideológico", ironiza el escritor. "Y están por ver las consecuencias académicas y personales de ese extraño dialecto balbuceado de lengua vasca que se ha convertido en vehículo mayoritario de nuestra enseñanza", previene. Dice que para la gran mayoría de los neohablantes, hablar euskera en vez de castellano es comunicativamente "una mordaza y una tortura" pero que la difusión por la Administración de "un epidérmico chapurreo vasco" se justifica a ojos de los nacionalistas "por su evidente función de reservarse el acceso a los ámbitos de poder y trabajo público y por la voluntad de establecer una frontera virtual con España y crear donde no había una diferencia justificativa de sus proyectos".

Aunque el espectacular incremento del aprendizaje extensivo del vascuence está muy lejos de encontrar correspondencia en su uso habitual, los independentistas siguen aferrados al principio de que el euskera hace a los vascos. Y cabe preguntarse hasta qué punto la enseñanza, representación y promoción del vascuence, el catalán y el gallego se encuentran contaminados por el adoctrinamiento subliminal o explícito dirigido a fabricar nacionalistas. Que la pregunta no es gratuita lo atestigua la experiencia de todos estos años, pero se deduce de las palabras del propio Xabier Arzalluz, antiguo presidente del PNV: "El que aprende euskera entra en otro mundo cultural y ya no tiene tan seguro el voto como lo tenía su padre". Y se desprende igualmente de las declaraciones del presidente de l´Institut d´Estudis Catalans, Salvador Ginés: "La llengua catalana, per se mateixa, producís directamente o indirecta, efectes politics i administativs" y de las manifestaciones del director del Centre d´Estudis d´Opinió (CEO), Jordi Argelaguet: "La introducción de la lengua catalana en la enseñanza como vehículo docente ha contribuido favorablemente a la consolidación de las fuerzas políticas nacionalistas (CiU y ERC)".


Pocas veces, los responsables políticos se expresan con tanta franqueza en esta materia. Nadie debería perder de vista que la ideologización es un arma de doble filo que puede producir grandes beneficios políticos pero perjudicar a medio y largo plazo la revitalización de la lengua. "El choque entre un idioma potente y otro minoritario siempre perjudica al más débil", advierte Xabier Zabaltza.

III

José Luis Barbería, "La explotación política de las lenguas españolas (con perdón) y 3. El catalán como elemento de clase", en El País, 23 de septiembre de 2015:

La lengua actúa en ese territorio no solo como marcador identitario, sino también como elemento de distinción social.

La encendida defensa de la escolarización en la lengua materna que el nacionalismo y la izquierda realizaron durante la Transición para preservar el catalán se ha trastocado en la llamada inmersión lingüística que reserva a esa lengua la condición de lengua vehicular. El argumento es que bastan unas pocas horas semanales de enseñanza del castellano —se ha pasado de dos a tres en el presente curso—, para asegurar el bilingüismo efectivo terminal de los escolares, pero el asunto está altamente politizado y se ha convertido en un arma arrojadiza de alto voltaje. El desacato nacionalista a las sentencias de los tribunales de Justicia se asienta en el pliego de descargo de que el bilingüismo resulta letal para la supervivencia del catalán. ¿El bilingüismo mata —como reza el título del libro del filólogo y escritor Pau Vidal—, al catalán o es que lastra decisivamente el proyecto independentista?

Ciertamente, la ley de hierro que explica la expansión y retroceso de las lenguas en función del beneficio comunicativo que aportan perjudica seriamente a las lenguas minoritarias puesto que la totalidad de los hablantes de esas lenguas pueden igualmente comunicarse en castellano. Está claro que las instituciones del Estado y la sociedad española misma deben defender sus lenguas minoritarias pero siempre que las políticas lingüísticas respondan a criterios rigurosamente pedagógicos, respeten la pluralidad y tengan un coste social, educativo y económico razonable. ¿Resulta razonable privar de la educación en su lengua materna a casi la mitad de los catalanes? ¿España puede permitirse el lujo de avalar políticas lingüísticas que refuercen la hegemonía cultural, ideológica y política nacionalista y lubrifiquen el camino de la ruptura?

"No hay ningún país o territorio autogobernado con más de una lengua oficial que excluya a una de esas lenguas de la condición de lengua de enseñanza. La inmersión no cumple ninguna función pedagógica o social que no se pueda alcanzar por el sistema del bilingüismo vehicular, pero sí cumple la tarea de corroer los lazos sentimentales comunes que los nacionalistas necesitan para llevar a cabo su apuesta secesionista", asegura el ensayista y diplomático Juan Claudio de Ramón. La metamorfosis onomástica que obra el efecto de catalanizar, galleguizar, euskaldunizar los nombres y apellidos de personas de origen castellano continúa en boga entre las gentes que buscan una nueva identidad pública y pretenden mimetizarse mejor en el paisaje político, más y más marcado por el peso de la lengua. Y es que, en Cataluña, particularmente, la lengua actúa con solo como marcador identitario, sino también como elemento de distinción social que aporta estatus y prestigio.

De hecho, el porcentaje de los profesores y políticos locales de origen castellano hablante que se han pasado a adoptar el catalán es mucho más elevado que el que se produce entre la población en general. Y, por lo mismo, no deja de ser significativo que los policías autonómicos y otros colectivos hayan encontrado en el uso exclusivo del castellano una forma provocadora de protesta sindical y que esa actitud levante reacciones como la que el presentador de las "Actas del Simposio España contra Cataluña", Manuel Cuyás expresó en las páginas del El Punt Avui: "Lo que debería hacer el consejero de Interior Felipe Puig es hacer formar a los Mossos, identificar a los culpables y decirles usted, usted y usted fuera de la fila, y arrestados. O echarlos fuera del cuerpo. O degradarlos en una exposición pública (...) Algunos mossos han manchado el uniforme".

"La posesión de rasgos asociados con el grupo étnico dominante puede procurar, tanto a los que buscan la movilidad ascendente como a los que buscan evitar la movilidad descendente, ventajas simbólicas en términos de estatus social y puestos privilegiados en el mercado de trabajo. Estos procesos se exacerban en situaciones de crisis económicas.", explica Thomas Jeffrey Miley, sociólogo y profesor en la Universidad de Cambrige. Miley hizo su tesis doctoral sobre la política lingüística catalana y no oculta su sorpresa por "el éxito" en la aplicación de un modelo educativo, "falsamente llamado de inmersión", dice él. "No conozco un caso parecido en ninguna otra parte del mundo. Ese éxito se explica, sin duda, por la hegemonía de un nacionalismo que ha hecho de la lengua la columna vertebral de su proyecto", afirma.

"Cuando llegué a Cataluña me sentí desconcertado al comprobar que el conjunto de la izquierda catalana apoyaba la llamada inmersión lingüística. Procedo de California y conozco bien el problema de la escolarización de los inmigrantes en los años 90. Allí, ha sido siempre la derecha la que ha tratado de imponer las políticas de inmersión en inglés frente a quienes consideramos que el respeto a la lengua materna en la educación es sagrado. Los pedagogos piensan que, de lo contrario, los niños pueden tener más dificultades de aprendizaje en los primeros años, sentir que proceden de estratos sociales inferiores y desarrollar actitudes de rechazo a la escuela. Pronto comprendí que la alianza entre el nacionalismo y el progresismo catalán tenía su origen en el trauma compartido del franquismo pero no deja de ser un disparate que la izquierda acepte que el sector público sea monopolizado por la población de lengua materna y piense en la protección de la lengua antes que en la protección de los derechos de los ciudadanos", indica el sociólogo norteamericano.

En su opinión, no cabe asimilar la inmersión lingüista catalana con la aplicada en Quebec a la minoría de habla inglesa que, por lo general disfruta de un estatus social medio alto. "En Quebec, la inmersión es voluntaria, no obligatoria, y no hay riesgo de que el profesor denigre la cultura angloparlante. Más que inmersión, lo de Cataluña parece una sumersión", concluye. Es un análisis que rechaza gran parte de la izquierda catalana aunque últimamente surgen voces críticas, desde las filas del PSC, preferentemente, que cuestionan la política lingüística. "La inmersión estaba justificada por la supervivencia de la lengua. No ha perjudicado al bilingüismo, ni causado fractura social. Y tampoco los estudios psicológicos han detectado problemas en los castellano-parlantes por la escolarización en catalán, lengua que, por otra parte, es bastante similar al español. En las relaciones privadas se habla más castellano y en las públicas, catalán", apunta Sara Berbel, doctora en Psicología Social. Investigadores como Pau Mari-Klose y Albert Julià sostienen, sin embargo, que, a igualdad de condiciones socio-económicas, los estudiantes catalanes que tienen el castellano como lengua de uso habitual obtienen peores resultados en las pruebas estandarizadas que realiza PISA.

"Tenemos en marcha un nacionalismo de dominación, no de liberación. El catalán no está en peligro. Ahora, la lengua es una coartada para protegerse frente a la competencia y reservarse el sector público para ellos y sus descendientes. Ya hay estudios de altos funcionarios y miembros de las élites políticas que demuestran que cuanto más nacionalista eres más puestos importantes llegas a ocupar. Pasa en todos los partidos, salvo en ERC, pero es porque ahí todos son igual de nacionalistas", sostiene el profesor Enric Martínez, doctor en Ciencias Políticas. Un dato a favor de esa tesis es que, a principios de este siglo, el 67% de los parlamentarios autonómicos era hijo de padres nacidos en Cataluña, frente al 33% del conjunto de los ciudadanos nacidos en esa comunidad.


El también doctor en Ciencias Políticas, Martín Alonso Zarza, cree que tras las invocaciones al pasado de los independentistas catalanes laten factores contemporáneos, como el afán por "hacer piel nueva" de algunos de los responsables políticos que llevaron a Cataluña al desastre de la crisis económica y política y cargan con la sospecha de la corrupción. "En momentos de crisis o escasez, la nacionalidad se convierte en un arma por la competencia de los recursos y la transmigración ideológica es una forma de subirse a la lancha salvavidas inflada con los materiales gaseosos e inflamables del repertorio romántico", concluye Martín Alonso, autor del trabajo: "El viraje étnico de la intelectualidad catalana".

Entrevista con Loridan-Ivens, escritora y directora de cine superviviente de Auschwitz

Berna González Harbour, Loridan-Ivens: “En el infierno todos nos manchamos las manos”, en El País, 22 de sept. de 2015:

Fue deportada a los 15 años a Auschwitz-Birkenau y ha necesitado envejecer para escribir lo que pasó. La autora se vio forzada a trabajar en la desaparición de cadáveres.

Todos los horrores de Auschwitz son, claro, inmensos, pero hay uno que, sin atacar el estómago o el estado de salud, sigue latiendo como una bestia invencible que amenaza para siempre el terreno más sensible de un ser fragilizado: el pudor. Los estómagos pueden llenarse tiempo después del hambre, los cuerpos pueden yacer en camas tras una etapa de transición, pero el pudor, la sensibilidad del cuerpo desnudo y con ella el transcurso natural del deseo, pueden sufrir ataques aciagos si quien te ha mirado por primera vez desnuda es el Doctor Mengele. Marceline Loridan-Ivens, judía francesa deportada con su padre a Auschwitz-Birkenau en 1944, ha necesitado acariciar esa sensación de estar de más en el mundo para escribir su testimonio. Y tú no regresaste (Salamandra) es una carta a su padre, que murió allí, con todo lo que se perdió. Con verdades cargadas de crudeza y dudas sobre cómo habría vivido él el auge de la mujer o sus bodas con no judíos. Loridan-Ivens no ha curado sus heridas, pero es dueña de una energía que convierte sus arrugas en sonrisa y su vida en algo útil para los demás.

PREGUNTA. Uno de los momentos más impactantes del libro es cuando habla de su cuerpo desnudo y Mengele está ahí, mirándola.

RESPUESTA. En los campos estábamos desnudos gran parte del tiempo y nos miraban como si fuéramos ganado. ¿Sabe cómo nos llamaban en alemán? Stück, que quiere decir “pedazo” o Figurine, marioneta.

P. ¿Y qué consecuencias tuvo esa mirada para usted?

R. La gran consecuencia fue la destrucción de la intimidad. Era la primera vez que yo estaba desnuda delante de unos hombres, era muy joven. Nunca había visto a otras mujeres desnudas, a mi madre desnuda, a mi padre... Recuerdo muy bien la silueta de Mengele. Nos habían convocado a todo el bloque, estábamos todas desnudas. Tratábamos de taparnos con la ropa que más o menos habíamos logrado coger. Porque no teníamos permiso para ir vestidas de manera normal, íbamos con harapos, con ropas que habían pertenecido ya a muchas muertas antes que a nosotras, rotas, en mal estado. Además, como estabamos faltas de vitaminas, cualquier grano se infectaba y se convertía en un absceso, de modo que teníamos todos los ganglios inflamados, la piel mal, mala cara. Estábamos en un estado miserable. No sabíamos si ir a derecha o izquierda, no sabíamos dónde mirar, todas estábamos igual. Yo desde muy pronto decidí que me quedaba siempre donde me dijeran, porque intentar cambiar de sitio no podía acabar bien. Estaba segura de que si alguna vez intentaba ir hacia algún rincón y alguien me veía, la cosa terminaría mal. Esas son las cosas que la gente no comprende sobre los campos. Son conscientes de los golpes, el trabajo duro, la desnutrición, pero no la deshumanización, la violencia terrible, además de física, psíquica.

Loridan-Ivens habla en su piso de París, un apartamento luminoso en Saint Germain des Près en un ambiente de época. Su época. Muebles, relojes y adornos que parecen parados en un tiempo que pasó.

La decisión de hacer como si todos los franceses hubieran luchado con los aliados hizo que nunca se resolvieran de verdad los problemas de ese periodo en el que Francia 
P. ¿Por qué este libro, en este momento?

R. Los momentos llegan cuando llegan. Yo ya había escrito un libro, llamado Ma vie balagan, es decir, Mi vida caótica, que recorre el siglo XX, y después, la editorial Grasset quiso que volviera a hacer un libro sobre la Shoah, sobre la destrucción de los judíos de Europa, corto, barato, muy concentrado. Personalmente, yo no quería hacerlo, porque ya había escrito uno y no quería repetirme. El tira y afloja duró dos años, y ellos insistieron mucho, y al final, acabé por asumirlo. Para empezar, yo siempre había estado obsesionada con la carta que mi padre me había enviado desde Auschwitz, una carta que había perdido y de cuyo contenido no me acordaba en absoluto. Siempre viví la pérdida de mi padre de una manera central, su muerte, las consecuencias que eso tuvo para la familia, la destrucción de la célula familiar, el suicidio de una hermana y un hermano, las dificultades que yo misma tuve durante muchos años en mi relación con el mundo en el que vivía...

Y al mismo tiempo, las decisiones políticas que tomó De Gaulle en aquella época, en nombre de una supuesta unidad nacional, en un país que había sido enormemente Pétainista. La decisión de hacer como si todos los franceses hubieran luchado con los aliados, cosa que era mentira, evidentemente, y que hizo que nunca se resolvieran de verdad los problemas de ese periodo en el que Francia había estado bajo el dominio de Pétain y de Hitler, y a que hubiera todavía gente que había participado en todo y que seguían en los puestos de poder. Todo había perjudicado a los judíos, una vez más. Por ejemplo, al terminar la guerra, desde luego, era justo hablar de que había habido heroísmo y resistencia, pero lo que no se decía nunca es que no habían sido muchos casos. Entre 45 millones de personas en aquella época, quizá fueran 60.000 como mucho, 100.000 si somos generosos. Y se dejaron pasar las matanzas de judíos, no solo de Francia, sino de toda Europa.

P. Sí, pero su libro no es una historia...

R. Entonces me di cuenta de que en toda mi obra, en todo el trabajo que he hecho desde los años cincuenta, estaba siempre presente mi padre. Por ejemplo, en el film de Jean Rouch y Edgar Morin es a él a quien estoy dirigiéndome, en mi libro también, en las películas que he hecho... Su presencia, su permanencia, es lo que me ha hecho preguntarme hoy: con quién puedo hablar, con quién puedo hacer un balance de mi vida, a quién puedo contarle mis cosas más íntimas: al ausente. Y el ausente es mi padre. Eso me dio una visión que me permitió proponer una forma de hablar de la destrucción de los judíos de Europa, a través de la carta que podía enviarle a un padre que jamás me iba a responder, evidentemente. La carta perdida debería haber sido su testamento dirigido a mi familia. Pero la perdí...

P. Y no recuerda nada.

R. No. Pero hay que comprender en qué situación física, psicológica y fisiológica estábamos.

"Recuerdo muy bien la silueta de Mengele. Nos habían convocado a todo el bloque, estábamos todas desnudas"

P. Al principio del libro dice usted que usted siente que ya no está, que lo que la rodea hoy ya no le interesa, que está deteniéndose.

R. Es evidente que, al envejecer, se adquiere una cierta distancia respecto al mundo exterior, aunque siga interesándome todos los días por las noticias, aunque siga sabendo qué pasa en el mundo, hay una especie de desplazamiento del yo que se despega del discurrir de la vida. Yo he hecho muchas películas, he trabajado mucho toda mi vida, pero hoy ya no siento que formo parte del flujo de la vida. Es decir, en cierto sentido, yo estoy ya en el otro mundo, si es que uno cree en el otro mundo, que no es mi caso.

P. ¿Es un sentimiento positivo o triste?

R. No es un sentimiento triste. Es el discurrir de la vida. Estamos aquí de paso, y el tiempo que me quede por vivir será el que me quede. Ya no tengo las fuerzas físicas ni las energías para participar en el mundo como he hecho durante mucho tiempo, para estar en el mundo. En ese sentido, es una especie de retirada, de distanciamiento. En el mejor de los casos, cierta serenidad, cosa que no tiene por qué ser así, pero, de cualquier forma, es evidente que estoy más cerca de la muerte que de otra cosa. Dentro y fuera a la vez, pero con esa distancia y con una especie de constatación de la transformación de este mundo, que se ha vuelto peligroso y está en un momento crítico, al menos en mi opinión.

P. Habla de su trabajo en los campos, en los crematorios...

R. De excavar zanjas para quemar los..., sí.

P. Habla de su participación en la construcción de los crematorios. Querría saber si eso le da un sentimiento de culpa o no, o si es difícil verlo...

R. No se puede decir que participé en los crematorios, porque los que trabajaban en los crematorios cambiaban cada tres meses. Pero sí en la desaparición de seres humanos. En la desaparición de los cuerpos, sin duda. Pero no, ¿culpable, yo? Son ellos los culpables. Yo, no. Nunca he tenido ningún sentimiento de culpa, en absoluto. Los culpables eran ellos. ¿Alguien me pidió perdón? No. ¿Y cómo iba a perdonarlos? Ellos me empujaron a esa deshumanización. Ellos fueron los que construyeron la persona en la que luego me convertí. Ellos son los responsables. Yo no me siento culpable. Sería el colmo. Entiendo muy bien la pregunta, pero es una concepción del espíritu de alguien que no estuvo allí.

"Me hicieron falta muchos años para sacar a la luz ese recuerdo, que había reprimido en mi inconsciente. Fue a raíz de un encuentro que tuve con una amiga. Ella me lo recordó, y mi primera reacción fue decir: no es verdad"

P. Pero he leído que usted, al principio, pensaba que había trabajado en las cocinas y que luego recordó que había intervenido también en ese trabajo más duro.

R. Ese es todo el sentido de mi libro y mi película. Me hicieron falta todos esos años para sacar a la luz ese recuerdo, que había reprimido en mi inconsciente. Fue a raíz de un encuentro que tuve con una amiga, una persona que había estado conmigo, 60 años después. Ella me lo recordó, y mi primera reacción fue decir: no es verdad. Es imposible, no, te equivocas. Y ella me lo demostró. Ese es el sentido de mi película. Me hizo falta mucho tiempo, era algo que había eliminado de mi mente para poder sobrevivir. Pero no era por sentimiento de culpa. Era otra cosa...

P. Quizá la brutalidad.

R. La violencia, el hecho de que nos empujaran a llegar hasta ese punto, a coger una pala y cavar zanjas para los cadáveres que ya no podían quemar, porque había demasiados cadáveres. Y después, con los bombardeos, ya no pudieron utilizar los crematorios, porque si los aliados lo hubieran visto habrían bombardeado Auschwitz. Es el horror. Es el auténtico horror. Pero un horror del que yo formé parte. Era el infierno. Y en el infierno, todo el mundo se ensucia las manos. Nadie puede mantenerse limpio.

P. Cuenta cómo veía el vestido de la novia en la boda de su hermano y no lo entendía. Me pregunto cuánto tiempo le duró esa situación.

R. Son imágenes fugaces, no fijas. Recuerdo, sí, ver a otras personas haciendo cosas normales, o poniéndose de pronto una ropa impresionante, y eran cosas que no tenían absolutamente nada que ver con lo que yo había vivido. O de pronto veía el humo que salía de la chimenea de una fábrica y enseguida me acordaba del crematorio de Birkenau. No podía entrar en una estación porque estaba llena de vagones de tren. Me costaba muchísimo subirme a un tren. Tardé mucho mucho tiempo en superarlo. Tardé casi 15 años en volver a encontrar mi sitio en la familia. Y otra cosa son todos los suicidios que hubo después de la guerra, suicidios de judíos, una cosa de la que no se habla. Gente que volvía para encontrarse con que su mujer y sus cuatro hijos habían desaparecido, sus viviendas ocupadas... Fue horrible. En Francia hubo que esperar a 1972 para que los judíos y los resistentes recibieran, al menos sobre el papel, un trato equitativo, para que tuvieran derecho a las mismas pensiones, por ejemplo. Durante mucho tiempo hubo una terrible desconexión entre las dos experiencias.

P. Por ejemplo, la cuestión de dormir en una cama le costó.

R. Dormía siempre en el suelo. En casa de mi madre, dormía en el suelo. Y ella no podía entenderlo.

P. ¿Cuánto duró eso?

R. No sé, no recuerdo, pero mucho tiempo. Además, al volver, estuve muy enferma, con unas fiebres terribles. Hace tanto tiempo que no sé. Pero no fui la única.

P. En los campos, ¿qué sentimiento era el más fuerte, la solidaridad -cuenta usted varios episodios- o el egoísmo?

R. Era cuestión de supervivencia, lo más importante era uno mismo, siempre, sin ninguna duda. Eso no quiere decir que no hubiera momentos de solidaridad, pero eran breves y nada permanentes. Recuerdo una vez que tenía fiebre en Birkenau, y no quería ir a lo que llamaban el hospital, porque era uno de los centros de traslado casi inmediato a la cámara de gas, y unas compañeras me metieron en un agujero y lo taparon con una tabla de forma que no se me viera, para que pudiera reponerme. También existían momentos así. Pero el sentimiento permanente era pensar ante todo en uno mismo.

P. Habla de cómo la gente, su padre, por ejemplo, no supo ver lo que se venía encima a los judíos.

R. En mi casa habíamos acogido a judíos alemanes antes de la guerra, así que sí teníamos cierta idea. Y en 1942, Radio Londres había dicho que gaseaban a judíos en camiones. Me acuerdo de oír el anuncio con mi padre. Pero nos pilló de sorpresa. Recuerdo cuando estaba en el gueto, bueno, el equivalente, en el campo de tránsito de Drancy, haber dicho a mi padre que lo peor que podía pasar era que nos hicieran trabajar duro, pero que nos veríamos los domingos. Mi padre debía de saber más cosas, porque me respondió: Tú quizá regreses, pero yo no volveré nunca. Sabía más que yo. A la hora de la verdad, conscientemente o no, lo sabíamos. Para él debió de ser terrible aquel viaje. Yo no tenía ni idea de adónde íbamos. Pero él ya había hecho ese recorrido cuando se fue de Polonia, en 1919, para ir a vivir a Francia. Cuando vio que habíamos atravesado la frontera y habíamos entrado en su país natal, debió de sentir auténtico horror. Era la vuelta a ... .

P. ¿Y usted cómo vivió el regreso a Polonia, cuándo volvió?

R. Fue en 1991. No quería ir. Fui porque se celebraba el Festival de Varsovia, y querían proyectar mi último film, que había sido muy aplaudido en el Festival de Venecia y había recibido el León de Oro, un film muy bonito titulado Une histoire de vent. Querían exhibir la película, y yo no, yo decía que no quería saber nada de los polacos. No quería ir a Polonia. Pero entonces, después de 10 o 12 visitas para rogarme que fuera, acabé por decir: solo puedo aceptar con una condición: ir a Auschwitz. Si no, no pondré el pie en su país.

P. Usted quería ir a Auschwitz.

R. Hacía mucho tiempo que quería ir a Auschwitz.

P. ¿Y por qué no había ido?

R. Era complicado. Mi marido era Joris Ivens, un gran cineasta que hizo con Hemingway un bello filme sobre España, Tierra de España, en plena guerra, en 1937. Era un hombre combatiente, y juntos hicimos películas comprometidas, como un documental sobre Vietnam, yo había realizado otro sobre la guerra de Argelia y la independencia de Argelia antes de conocerlo. Él volvió a España después de morir Franco, en dos ocasiones, y fue muy bien recibido. Yo mostré una vez una película, creo que en Barcelona, y no tuvo una acogida tan buena, pero eran todavía los coletazos del franquismo. En definitiva, estaba muy ocupada para ir a Auschwitz. Hicimos 15 documentales en China, hicimos muchas cosas por todo el mundo. Era un proyecto que tenía siempre en la cabeza pero que iba aplazando. Y por fin me puse a hacer la película después de que muriera mi marido. Solo entonces pude hacerla.

"Tardé casi 15 años en volver a encontrar mi sitio en la familia"

P. ¿Por qué?

R. Porque para ello tenía que reencontrarme conmigo misma. Tenía que hacerlo sola. Nadie podía hacer esa película conmigo. Así que aproveché la oportunidad del festival para volver a Polonia y visitar Birkenau.

P. ¿Y encontró su cama, su sitio?

R. Por supuesto, todo está allí, los barracones están allí. Yo vivía en el campamento de mujeres, y la parte del campo que aún está en pie es en la que vivía yo y todo está allí, las cabañas de ladrillo.

P. ¿Qué sintió al llegar a Birkenau?

R. En Birkenau lo que me impresionó fue ver hasta qué punto me acordaba de todo. Pero de lo que no tenía ninguna noción era de la dimensión del campo. Cuando viví allí, estaba siempre en mi zona, y no tenía ni idea de nada más, ni siquiera sabía dónde estaba Auschwitz, a solo 2,5 kilómetros, y allí era donde estaba mi padre. Todo eso lo descubrí en esa visita, así como lo grandes que eran.

P. ¿Alguna vez intentó saber qué sucedió con su padre?

R. Ni lo intenté. Era imposible. ¿A quién le iba a preguntar? Hubo una marcha de la muerte en enero de 1944, los presos partieron en columnas hacia otras muertes, y al que no andaba lo mataban por el camino.

P. Con el libro, ¿siente que ha cerrado esta cuestión, el misterio de la carta que él le dio?

R. No. Nunca. Permanece dentro de mí. Y no soy la única. Todas las personas que vivieron aquello tienen siempre los campos presentes. Y ahora, con la resurrección del antisemitismo en Europa, incluso en España. He leído hace poco sobre un vídeo en el que se presenta a los judíos como hijos de Lucifer, una imbecilidad total. Pero estamos acostumbrados. Y luego, todo el odio a Israel, una manipulación horrible, en contra quizá de lo que piensa usted.

P. Usted ha escrito que el antisemitismo es permanente. ¿Cree que es peor ahora?

R. No es peor, pero está renaciendo. En Francia, desde hace unos años, ha habido muchos judíos que han muerto asesinados. Ahora también matan a cristianos. Quizá así los cristianos se den cuenta y comprendan mejor lo que sucede. Pero, en este sentido, ¿qué estamos haciendo por los cristianos de Oriente? Nada. Es una vergüenza. Los musulmanes han explotado siempre a todas las minorías, ya se sabe. Se sabe. No sé si las cosas serían mejores antiguamente en España, pero todo el mundo sabe que en el Magreb, antes de que llegaran los franceses... ¡Dios mío, pensar que luché por la independencia de ese país, que llegó a arrestarnos la policía en Francia, que mi primer film trataba la independencia de Argelia como una victoria! Pues bien, los judíos y las demás minorías tenían que llevar un sombrero especial, amarillo para los judíos, caminar descalzos, salirse de la acera cuando no había suficiente sitio, todo eso antes de que llegaran los franceses. Por eso se dictó el decreto Crémieux, que daba la nacionalidad francesa a todas las minorías, no solo a los judíos . Ahora se le reprochan cosas que no son ciertas. Las mentiras de la historia son gigantescas. Y es muy inquietante. Creo que incluso en medio de todos los inmigrantes entran yihadistas y otros individuos. La manipulación es muy peligrosa.

"Todas las personas que vivieron aquello tienen siempre los campos presentes"

P. ¿Qué piensa de Israel hoy?

R. Creo que Israel, mientras los palestinos digan que están en contra de la existencia de un Estado judío, mientras no quieran aceptar la presencia de Israel, no puede hacer otra cosa. Los árabes que viven dentro de Israel no quieren cambiar de país. Vaya a verlo. No crea todas las mentiras que se cuentan, que ocultan un antisemitismo innegable, incluso en Europa. Especialmente en Europa. No se puede creer siempre lo que nos dicen. Uno de los primeros actos de los hitlerianos, en 1935, fue el boicot a los judíos. Y ahora está renaciendo. Hay que reflexionar, hay que ir a ver la situación sobre el terreno, no se puede creer cualquier cosa. Es verdad que es complicado, es verdad que es difícil, es verdad que nadie conoce la historia de los judíos en Israel, de su lucha y todo lo sucedido, es verdad que tiene que haber dos Estados, pero también es necesario que los musulmanes dejen de enseñar en la escuela nada más que mentiras sobre los judíos.

P. Pero en Israel hay una especie de apartheid.

R. No, no es cierto. Vaya allí.

P. Ya he estado.

R. ¿Ha estado en Israel?

P. Sí.

R. ¿Y ha visto que hubiera apartheid?

P. Con el muro, sí.

R. Pero el muro lo necesitan para protegerse. Es la única forma de protegerse. ¿Acaso llora usted por el muro que están construyendo los húngaros? ¿Acaso llora por la verja entre México y Estados Unidos? ¿Por qué va a hacerlo por la de Israel? ¿Llora por la separación en Chipre entre los griegos y los turcos? No, el único muro que le interesa es el de Israel.

P. Usted no sabe qué muros me interesan. ¿No cree usted que hay un apartheid en Israel?

R. No, no lo creo en absoluto. Creo que es un medio de protección, que es un drama, es una pena, es una desgracia, pero con él han evitado derramamientos de sangre como en el pasado.

P. Su padre...

R. Mi padre era sionista.

P. Si su padre volviera y viera su vida, como dice en el libro...

R. No habría estado nada contento con mi matrimonio. Estoy segura.

"Creo que Israel, mientras los palestinos digan que están en contra de la existencia de un Estado judío, mientras no quieran aceptar la presencia de Israel, no puede hacer otra cosa"

P. Porque su marido no era judío.

R. He tenido dos maridos y ninguno lo era.

P. No estaría contento porque no eran judíos. Pero al verla a usted, su carácter, su forma de vida, el lugar de la mujer en la sociedad, ¿cree que estaría satisfecho de ver estos avances, o no?

R. Mi padre tendría más o menos ciento... 1908... 115 años, más o menos. (Qué cálculos tan raros). Le costaría mucho aceptar todo esto, más teniendo en cuenta todo lo que ocurrió con mi hermana mayor. No le habrían gustado estas cosas. Pero creo que Joris Ivens, a pesar de todo, le habría gustado. Al fin y al cabo, era un hombre delicioso. Y era un judío honorífico. ¿Sabe por qué? Porque cuando era joven, en Amsterdam -era holandés-, era él quien encendía las luces el sábado para todos los judíos de su edificio.

P. Me gustaría preguntarle por los suicidios de su hermano y su hermana. En el libro dice que tenían la enfermedad de los campos a pesar de no haber estado internados en los campos. ¿Por qué tenían esa enfermedad?

R. Porque la destrucción de la célula familiar es lo peor de todo. Y las generaciones posteriores, es lo mismo, por culpa del silencio, de lo que no se dice, de la incapacidad de transmitir. Todos han estado marcados. Tengo una hermana pequeña que sufre las consecuencias. Fue una niña a la que escondían, mi hermano pequeño era un niño al que escondían durante la guerra; también ellos sufrieron lo suyo. Menos mal que no les deportaron, porque habría sido el final. No habrían vuelto jamás, eso se lo garantizo. Pero las consecuencias fueron terribles en todas las familias. Todavía hoy. En mi opinión, el mayor error que puede cometer un superviviente es tener hijos de inmediato. Querer regenerarse y crear una nueva su familia. Es demasiado pronto. Yo no he querido nunca tener hijos.

P. ¿Por qué?

R. Porque he visto morir a demasiados niños. Me dije: ¿Para qué voy a traer hijos al mundo? Si esto volverá a empezar, dentro de 20 años, de 30, de 40. Siempre he pensado que el antisemitismo volvería. Pero nunca pensé que reaparecería con la llegada de los musulmanes a Europa.

P. ¿Y sus hermanos tuvieron hijos?

R. MI hermana pequeña, que vive todavía, tuvo tres hijos, y mi hermano mayor, que volvió de la guerra y del que hablo en el libro, se casó y tuvo tres hijos. Pero los otros, no.

P. ¿Y el papel de su madre? Porque es evidente que hay un distanciamiento con su madre.

R. Mi madre era una mujer...

P. ¿Judía?

R. Sí, desde luego. Era una mujer de la época, que seguía a su marido, como su madre y su abuela, muy clásica, y que no tuvo la capacidad, o las energías, o los conocimientos suficientes para hacerse cargo de sus cinco hijos ella sola. Volvió a casarse enseguida, y eso causó un trastorno en la familia. No supo, no pudo hacer más. No le reprocho nada, pero es cierto que la persona a la que yo estaba más unida, objetivamente, aunque solo fuera porque nos detuvieron juntos, nos deportaron juntos, sé lo que vivió, era mi padre, tenía un vínculo mucho más fuerte con él, y quizá yo era de los hijos a los que más amaba.

P. ¿Por qué les detuvieron juntos?

R. Porque vivíamos en la misma casa.

P. Sí, pero había más hermanos.

R. Mi hermano mayor estaba con las fuerzas de la Francia libre. Había atravesado España a pie, estuvo internado en el campo de Miranda, que estaba dirigido por un capitán francés. Logró salir del campo porque tenía una colección de sellos con la que consiguió negociar con el capitán para que le dejara salir y volar a Argel, donde estaba De Gaulle. Mi hermana mayor estaba en la resistencia, pero había ido esa noche a avisarnos. Yo estaba allí con mi padre y mi madre, y con otras jóvenes que también habían ido a esconderse, porque mi hermana nos había avisado de que quizá iban a producirse detenciones. Mi padre había encontrado una vieja casa perdida en la montaña, donde había chinches, por lo visto. Habíamos llevado ya bastantes cosas allí. Y esa noche, mi madre estaba cansada y decidió que nos quedáramos una noche más, y resultó ser la noche fatal.

P. Y usted estaba allí.

R. Estaba acostada. Nos despertaron 12 milicianos y miembros de la Gestapo.

"Era consciente de que necesitaba vivir con alguien mucho mayor que yo, porque llevaba sobre mí una carga demasiado pesada para relacionarme con jóvenes, con la gente de mi edad"

P. ¿Y por qué se quedó su madre?

R. Porque se negó a salvarse cuando nos detuvieron. Mi padre vino a despertarme. Yo siempre tenía conmigo mis papeles, falsos, mi ropa, etcétera. Pero no llegué ni a salir de la casa, porque estaban ya en patio interior, no podía salir por ningún lado, hasta que lo conseguí por un ventanal, y mi padre me esperaba allí, y nos dirigimos hacia la puerta del fondo del jardín que siempre habíamos dicho que sería por donde saldríamos. Pero no vi a mi madre ni a mi hermana.

P. Se habían ido.

R. No, era de noche, no se veía nada. No sabíamos dónde estaban. Y en el momento de abrir la puerta, cuando digo “ya está, papá, estamos a salvo”, vemos a un tipo detrás de la puerta, un francés con una pistola, que nos dice “Alto”. Cuando mi hermana lo oye, se esconde más aprovechando la oscuridad del invierno -eran las tres de la mañana o una hora así- y, mientras nos llevan, ella consigue escapar por otro lado. Salta un muro un poco más allá, mi madre quiere entregarse, pero mi hermana le dice: "No, hay dos niños a los que tienes que proteger". Porque mis hermanos pequeños estaban ya escondidos en casa de una mujer, una refugiada de París que cuidaba a los dos. Son situaciones complicadas, cuestión de suerte, de mala suerte.

P. Usted dice una frase muy fuerte: “Te quiero tanto que me alegro de que me deportaran contigo”. ¿Es verdad?

R. Sí. Estaba contenta de ser yo.

P. ¿Por qué?

R. Porque le quería muchísimo. Mi padre era un hombre muy severo, que no me dirigió la palabra durante dos meses. Yo escribía un diario cuando estuve interna en un pueblo a 20 kilómetros de donde vivíamos. Una chica pétainista me denunció, en aquella época yo era gaullista. La mujer del director del colegio consiguió mi diario y leyó lo que había escrito y denunció que yo criticaba mucho a una vigilante que había que era partidaria de Pétain. Estaba vagamente enamorada de un chico -yo tenía 13 años entonces-, y no cambiaba de etiqueta para que él mi hiciera los deberes de matemáticas. De modo que mi padre se enfadó bastante de que a los 13 años hiciera y dijera todas esas cosas. Me sacó del colegio y me llevó a otro que estaba 20 kilómetros más allá. Fue mi padre el que un día me llevó a pasear por el bosque y habló seriamente de que tenía que tener cuidado, a mi edad, etcétera. Fue mi padre, no mi madre. Era con él con quien tenía una relación profunda y un cariño profundo. Y que dejara de hablarme, en aquella época -debía de ser en el 42, 43-, fue muy duro.

P. ¿Fueron juntos a Auschwitz?

R. Sí, estábamos en el mismo vagón. Fuimos en el mismo camión a la cárcel de Aviñón. Fuimos en el mismo autobús cuando nos trasladaron a otra prisión allí mismo, y luego a Marsella. Fuimos en el mismo tren, pero esta vez él iba atado a otro hombre, de Marsella al campo de Drancy, cerca de París, y fuimos en el mismo vagón de tren, un vagón de ganado, cuando nos llevaron a Auschwitz. Tengo todos estos recuerdos. De mí decían que nací ya pelirroja, era la única pelirroja de la familia, y que mi padre bailó el charlestón conmigo, recién nacida.

P. Usted cuenta que intentó suicidarse dos veces. ¿Por qué siguió viva?

R. Que fallé el intento, supongo. Más que esa pregunta, lo que debería plantearme es por qué quise suicidarme: porque tenía un desfase total con la vida, no sabía qué iba a ser de mí, había dejado el colegio antes de que me deportaran, tenía 15 años, no sabía qué hacer. No tenía un entorno favorable. Mi madre no me animó a que reanudara los estudios, todo lo que quería era que me casara. Y me sentía completamente desfasada, desconectada, después de salir de un mundo que era el infierno.

P. ¿Y qué la animó a volver a vivir?

R. Bueno, no estaba todo el tiempo así. Tenía momentos tremendos en los que me sentía hundida, y me faltaban objetivos en la vida. Comprendí que tenía que trabajar, y empecé a hacer pequeños trabajos, porque no sabía hacer nada. Y poco a poco, maduré. Para empezar, encontré un trabajo que era bastante nuevo en la época, el marketing; hablo de 1956, diez años más tarde. Luego llegó la película de Jean Rouch y Edgar Morin, no sé si la conoce, que es una película magnífica, titulada Chronique d’un été, y eso me abrió las puertas del cine. Trabajé en televisión, hice mi primer documental sobre la guerra de Argelia en 1962, volví a televisión, después conocí a Joris y trabajamos juntos, y la vida me fue atrapando. Quise mucho a Joris. Era consciente de que necesitaba vivir con alguien mucho mayor que yo, porque llevaba sobre mí una carga demasiado pesada para relacionarme con jóvenes, con la gente de mi edad. Con un hombre 30 años mayor que yo, como dijo mi hermano: “Te has casado con tu padre”. En su momento me enfadó, pero era verdad. Joris me aportó muchas cosas, igual que yo a él le aporté mucho desde el punto de vista del cine, de la modernidad. En los años sesenta, él era muy famoso, había hecho muchas películas en todo el mundo. En aquel entonces era uno de los pocos documentalistas de verdad que había, porque mucha gente empezaba con un documental y luego se pasaba rápidamente a hacer películas de ficción, pero él siguió siendo siembre documentalista.

En definitiva, en la vida, hay que saber aprovechar las oportunidades.

P. ¿Cree que ha tenido una vida feliz, pese a todo?

R. He tenido una vida muy complicada, muy difícil, pero, al final he salido bien parada.

"La destrucción de la célula familiar es lo peor de todo, y de las generaciones posteriores, es lo mismo, por culpa del silencio, de lo que no se dice, de la incapacidad de transmitir. Todos han estado marcados"

P. Su cuñada dice que no deberían haber vuelto de los campos.

R. Sí, que no deberíamos haber vuelto de los campos.

P. ¿Qué le respondió usted?

R. Yo le dije que no podía estar de acuerdo. Quizá en su lugar pensaría lo mismo, pero en mis circunstancias no podía. En mi familia muchos estaban de acuerdo con esa frase. Porque la gente es mezquina, no ve más que lo suyo. Y había un sentimiento general: ¿valía la pena volver? ¿Qué es la vida? Qué es ese discurrir de la vida, en el que tenemos triunfos, obligaciones, desgracias, tragedias, y después desaparecemos. Se acabó.

P. ¿Está satisfecha del libro, le ha permitido reconciliarse con la historia?

R. No. Reconciliarme es imposible. Pero lo que me conmueve mucho es cómo afecta a los demás. Una tirada de 100.000 ejemplares, traducido en 18 países, valorado... Eso quiere decir que he hecho bien en escribirlo como quería, porque ha aportado otra voz a lo que se sabe sobre los campos de exterminio, y ha abierto las puertas hacia los padres de otras personas. Varias personas me han dicho que después de leer el libro se apresuraron a llamar a su padre. Eso es maravilloso. En ese sentido, sí estoy satisfecha, el libro no me ha cambiado la vida, no es un libro que cambie la vida, pero trabajé mucho en él durante un año, con la ayuda de Judith, que es una bellísima persona, y en ese sentido estoy muy orgullosa de él. Nunca había contado esta historia, solo la había mencionado de paso, y me alegro de haberlo hecho así, del libro que hemos escrito juntas. Porque se ve de inmediato el sentido de las cosas, dice las cosas, cuenta, en un texto muy breve, la destrucción de los judíos de Europa. Y aporta elementos de vida posible, más de los que se suelen decir.

P. Me gusta mucho una frase que dice hablando de la boda con su marido: “Hemos decidido no hacernos daño uno a otro”.

R. Sí, es muy importante. Un poco de humanidad. Lo que más desearía hoy es escribir un libro sobre cómo vivir ... Basta de espíritu posesivo, basta de envidia, hay que construir una verdadera confianza. Y respetar la libertad. No hacer daño inútilmente. Es muy importante para mí. En cuanto a mi vida, lo que puedo sacar, de todo lo que he vivido, es una cosa muy judía: reparar el mundo. Si podemos arreglar un poco el mundo, todo irá bien.

Enmanuel Carrère

Enmanuel Carrère, aquí: "El cristianismo se puede resumir en una idea muy simple: existe más verdad entre los débiles que entre los fuertes. La religión ha hecho mucho daño, pero también muchas cosas buenas. No es como el nazismo, que solo logró hacer daño".

Los chistes de Pablo Iglesias

Pablo Iglesias, líder de Podemos, ha respondido al president de la Generalitat, Artur Mas, hablando en indio como hizo el presidente catalán en su mitin del domingo, donde aseguró que "grandes jefes venir reserva catalana para decir indígenas lo que conviene votar" remachando "indígenas decir a grandes jefes Madrid PP, PSOE y Podemos que un gran corte de mangas".

Iglesias tomó anoche el testigo y, también en indio, dijo lo siguiente: "Parece que esto va de indios. Coleta Morada mandar señales de humo a Pequeño Pujol. Coleta Morada no entender Pequeño Pujol votar reforma laboral con Gran Jefe Plasma. Coleta Morada no entender Pequeño Pujol votar amnistía fiscal con Gran Jefe Plasma. Pequeño Pujol y Gran Jefe Plasma fumarse un gran puro. Pequeño Pujol hablar con lengua de serpiente [...] Coleta no entender Pequeño Pujol sólo hablar de bandera y no hablar de barracones. Coleta Morada no entender Gran Bandera Sánchez traicionar a su tribu. Coleta Morada tampoco entender Pájaro Naranja Rivera vender humo. Pájaro Rivera: humo ser para mandar señales, no ser para vender. Coleta Morada creer Pájaro Naranja ser Gaviota Azul. Pequeño Pujol, Gran Jefe Plasma, Gran Bandera Sánchez, Pájaro Naranja Rivera hablar con lengua de serpiente".

"Mas, usted no es un indígena. Es un hombre blanco haciendo el indio", añadió después Iglesias.

El poderoso caballero contra el separatismo

Juan Manuel de Prada, "Poderoso caballero", en Abc, 22/09/2015:

A la postre, después de montar su pantomima secesionista, parece que el separatismo catalán tendrá que achantar la mui, ante la requisitoria de los bancos. Así, podrá decirse con propiedad que la quimera nacionalista, como el rey don Rodrigo, muere por «do más pecado había»; pues es natural que quien no tiene otro amante ni otro amado que don Dinero muerda el polvo aplastado por sus exigencias. Todo este pandemónium separatista no es sino el McGuffin empleado por el pujolismo para poder llevárselo crudo. Nuestros lectores ya saben lo que es un McGuffin en la jerga hitchcockiana: un reclamo muy llamativo que se ofrece a las masas, a modo de caramelito, para mantenerlas entretenidas, mientras uno se dedica a lo que de verdad le interesa, que en el caso de Hitchcock era perseguir rubias de carne y hueso. Al pujolismo, que es mingafría, más que las rubias de carne y hueso le gustan las rubias que tintinean y se dejan meter mano en Andorra y Suiza; y mientras se dedicaba a cazar rubias, lanzó a las masas el McGuffin del separatismo, como se lanza un huesecillo a un chucho, para que no dé la murga. Sólo que el hueso, que al principio era menudillo de ternera, se fue haciendo osamenta de elefante; y entonces Mas, el delfín o epígono del pujolismo, quiso hacer del McGuffin pujolista una gran quimera colectiva, temeroso de que las masas se encabronaran, al darse cuenta de que durante décadas las habían estado saqueando a manos llenas.

Esta quimera colectiva se alimenta con los perifollos retóricos de la democracia: que si derecho a decidir, que si voluntad popular, que si patatín, que si patatán. Pero ya nos advertía Castellani que, entre las variantes más putrefactas de democracia, se hallaba «la demos-gracias de los mercaderes, que se aprovechan de todo régimen político débil para hacer sus grandes baraterías». Esta forma de degeneración democrática tiene como fundamento filosófico «la indiferencia entre lo verdadero y lo falso»; y como finalidad práctica «la dictadura económica, esperando poder ser, allá en el futuro del dirigismo universal, algo aún peor». A la espera de ese dirigismo universal con hedor azufroso, Mas pensó que el McGuffin separatista podría seguir distrayendo a las masas, para que no reparasen en las rubias que se llevaron de vacaciones a Suiza y Andorra; pero olvidó que, en «la demos-gracias de los mercaderes», el poder político es esclavo de don Dinero.

Don Dinero primero desespiritualiza a los pueblos, convirtiéndolos en lacayos de los intereses materiales; y, con el auxilio de los políticos, que son sus capataces, se encarga luego de ordeñarlos, como hacen las hormigas con los pulgones, mientras los pueblos se entretienen con sus demogrescas y se refocilan en la cochiquera televisiva. El pujolismo necesitó, sin embargo, una droga más dura, que es la quimera del separatismo, pues a la vez que cumplía las órdenes de don Dinero, birlaba demasiadas rubias; pero ha bastado que los banqueros hayan llamado al orden a Mas para que el órdago separatista pierda fuerza, como un pedo mal tirado. Y, entretanto, los catalanes que se habían tragado la quimera mientras sus capataces se lo llevaban crudo, han empezado a tentarse la ropa, ya no en busca de la papeleta de voto, sino temerosos de que se les esfumen los ahorros.

Despertad, pues, oh catalanes, de vuestra quimera separatista, que ya don Dinero se ha puesto en guardia y ha tocado la trompeta. Y consolaos pensando que, aunque el derecho a decidir y demás trampantojos con los que os tuvieron embaucados se desinflen ante la requisitoria de tan poderoso caballero, al menos os resta el consuelo de participar junto a andaluces, castellanos, vascos y gallegos en Gran Hermano, esa fábrica de homínidos que, hoy por hoy, es el principal elemento vertebrador de España.

Epigrama

La belleza serena y clásica es de rango superior: no es imponente, es como el horizonte o el cielo: lo abarca todo.

Ética y mentiras

Eva Carnero Chamón, "Por qué no es necesario decir siempre la verdad", en El País , 19-IX-2015:

Desde un piropo (dicho por educación) hasta la excusa inventada para librarse de un reproche, todo el mundo, en algún momento del día, dice algo que no es totalmente cierto. De hecho, dirá uno o dos embustes antes de que pasen 24 horas. Al menos, es la conclusión a la que llega la psicóloga Claudia Castro Campos en su Estudio cognitivo de la mentira humana para la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Para no faltar a la verdad, lo cierto es que esas mentiras incluyen las grandes y pequeñas, graves y leves, esas que apenas tienen unos minutos de vida. Pero, detrás de todas, tanto las que elaboramos minuciosamente como las que soltamos sin filtro, hay un motivo que nos ha llevado a transformar la realidad a nuestra conveniencia.

¿Somos sinceros por naturaleza?

El filósofo Jean-Jacques Rousseau afirmó hace tres siglos: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. ¿Nace el hombre sincero y es la mentira un comportamiento aprendido? El filósofo y escritor Francesc Torralba no cree posible ofrecer una respuesta. “Nacemos integrados en un sistema de creencias y valores que nos impiden conocer al ser humano en estado natural”, indica. Aun así, defiende la teoría de que existe una tendencia inherente del hombre a la sinceridad, “pero ya en los primeros años de vida existen mecanismos de control, de censura y de limitación, que hacen que aprendamos a gestionar la intimidad y los deseos en virtud de contextos y parámetros culturales”.

¿Y por qué mentimos? “Por miedo”, responde el filósofo. “Tanto en la edad infantil como en la adulta, mentimos por temor a lo que pueda pasar, a no controlar la situación o a vernos perjudicados por una determinada información”. Después, estaría la compasión, a la que atribuye la responsabilidad de las mentiras piadosas, que desaprueba totalmente. “La mentira piadosa, no es aceptable desde el punto de vista ético, pues significa tratar al otro de un modo paternalista y no como un interlocutor válido, un sujeto autónomo”, subraya. La psicóloga Beatriz González, del centro Somos Psicólogos, opina, sin embargo, que “las mentiras tienen grados y dependen mucho de las circunstancias.

“Lo que debería prevalecer no es tanto ser una persona 100% sincera, sino no decir nunca lo contrario de lo que pensamos.

Hay situaciones en las que por no hacer daño a los demás o a uno mismo, faltamos a la verdad. En estos casos, mentir puede evitar males mayores.” Esto no significa que la psicóloga defienda la mentira: “Lo ideal es ser sincero y aceptar las consecuencias que la verdad traiga consigo. Pero como seres humanos que somos, considero que la mayoría de nuestras mentiras son errores achacables a nuestra imperfección”.

En este sentido, la coach Carmen Terrasa, apunta una de esas situaciones en la que la mentira no sería pecado: “Si el entorno laboral está tan deteriorado que expresar en público nuestro desacuerdo con un compañero o superior puede poner en peligro nuestro puesto de trabajo, considero justificada la mentira. Aunque, esto abriría otro campo de reflexión acerca de si seguir trabajando en esa empresa es lo más recomendable”.

Hay veces que, según los expertos, es aconsejable maquillar la verdad. Mostrar su lado más benévolo, su cara menos cruel. Así opina Terrasa, para quien lo que debería prevalecer no es tanto ser una persona 100% sincera, sino “no decir nunca lo contrario de lo que pensamos”. Para la coach, por encima de la sinceridad a ultranza están sus posibles efectos dañinos para los demás y uno mismo. “El hecho de no evaluar con anterioridad lo que vamos a decir, y cómo va a afectar a los demás, puede tener consecuencias muy negativas tanto para nuestro entorno como para nosotros”. Esta arma arrojadiza en que se convierte la verdad no calculada, da lugar a lo que algunos psicólogos llaman “sincericidio”: el acto por el que una persona creyéndose honesta y valiente se muestra sincera ante los demás, cuando en realidad muchos ven en ese comportamiento un acto desconsiderado, carente de tacto e irresponsable verbalmente.

La ignorancia nos hará felices.

También Torralba califica de insensatez decirlo todo. Piensa que la explosión verbal es una debilidad y la contención una virtud que exige encontrar el contexto, el momento y la oportunidad. “Entre decirlo todo y decir lo opuesto a la realidad existe un margen razonable para pensar lo que se dice y decir lo que se piensa. La veracidad exige un compromiso con la realidad, pero es esencial gestionar bien esta transmisión en los tiempos y lugares adecuados”, subraya. El filósofo encuentra la manera de reivindicar la verdad soportable frente a la mentira piadosa: “Se trata de decir la verdad, pero de tal modo que el destinatario pueda digerirla emocionalmente y asumirla racionalmente”.

Una verdad no calculada puede dar lugar a un ‘sincericidio’: un acto que muchos ven desconsiderado, sin tacto e irresponsable.

En ocasiones, preferimos no saber la verdad. Que nos mientan o, al menos, que no nos cuenten todos los detalles. En estos episodios optamos por la mentira, “porque no tenemos garantía de poder resistir emocional y mentalmente ciertas verdades”, admite Torralba. Considera que vivir en la ignorancia no es la solución, y lo identifica como una actitud cobarde, pero también reconoce que hay veces que es un acto de supervivencia. “No es fácil asumir ciertas verdades biográficas, hechos que nos duelen profundamente y dañan emocionalmente.” Pero, en esta batalla, Torralba apuesta porque venza la verdad. “Un ciudadano adulto, autónomo y responsable debe afrontar la verdad por dura que sea y no escudarse en la mentira”, opina.

Verdades a medias.

Hidalgo coincide: “El miedo a no saber gestionar situaciones difíciles nos provoca conductas de defensa como hacer oídos sordos. Pero debemos arriesgarnos a saber la verdad, solo así podemos decidir qué hacer desde una postura justa.”

La psicóloga Rocío Guerra, del centro Somos Psicólogos, considera que todo el mundo tiene derecho a conocer su verdad, pero también a poner sus propios límites en la información recibida. “Cuando una persona está enferma y no quiere conocer su pronóstico, se encuentra en pleno derecho de no saberlo y solo ella debe decidirlo”. Existen, por tanto, ciertas mentiras o verdades a medias permitidas que la mayoría comete y que la sociedad admite como parte de las “reglas de juego” para mantener una convivencia pacífica, agradable y educada.

En el ámbito de la pareja, sin embargo, estas reglas se singularizan y adquieren matices especiales. “La sinceridad es uno de los aspectos más valorados cuando decidimos compartir nuestro proyecto de vida con otra persona”, observa Hidalgo.

…incluso ante un desliz.

Entonces ¿debemos ser siempre sinceros y contar un desliz? La respuesta no es sencilla y, en cualquier caso, Hidalgo considera que antes hay que ser sincero con uno mismo: “Antes de decidir si explicamos a nuestra pareja lo ocurrido, deberíamos preguntarnos: ¿miento porque realmente considero que no tiene importancia el asunto o porque pienso que si lo hago desencadenará consecuencias que no voy a saber gestionar? Sopesar la respuesta nos indicará el camino a seguir, que debería buscar ser justos en la relación y eso solo es posible cuando se respeta al otro”.

Si finalmente decidimos soltar la bomba hay que ser consciente de que la relación nunca volverá a ser la misma. “Cuando planteamos una infidelidad tipo canita al aire, nos solemos centrar en el hecho en sí, es decir, en un acto sexual puntual que pronto veremos como algo pasado. Sin embargo, su significado va más allá, ya que podríamos traducirlo como ‘has roto mi confianza y has violado una regla de nuestra relación”, apunta la psicóloga. Y añade: “En la mayoría de los casos la confianza se resiente de manera profunda, incluso irreversible. Los valores de la pareja, los esfuerzos por continuar el proyecto común, el amor y su capacidad para perdonar serán determinantes para que la confianza mejore con el tiempo”.

Unos 'profesionales'.

¿Cómo es posible que Thamsanga Jantjies se hiciera pasar por intérprete de signos durante el funeral de Nelson Mandela? ¿O que Frank W. Abagnale acumulara millones de dólares antes de cumplir 19 años haciéndose pasar por piloto de una empresa aérea, por médico y por abogado? Estos hombres son dos ejemplos de impostores famosos, pero la historia ha sido testigo de cómo decenas de ‘profesionales de la mentira’ han hecho creer al mundo toda clase de falacias.
Pero, ¿cómo se puede engañar a tanta gente durante tanto tiempo? "Sin duda hay que creerse lo que uno dice, creerte tu propia mentira. Es la única manera de que la verdad no salga a la luz por ningún rescoldo", afirma Alicia Martos, directora del máster en Comportamiento No Verbal y Detección de la Mentira de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). “En general, hay que preparar bien lo que vamos a decir, convencernos de ello y la coherencia vendrá por sí misma", aconseja.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Las diez canciones anglosajonas que mejor nos hacen sentir, según un programa informático.

Según un artículo prublicado en ABC, un programa informático ha sido capaz de determinar las diez canciones del mundo anglosajón que mejor nos hacen sentir. La selección está muy bien, salvo la primera, de Queen, que es un ladrillo. El enlace, aquí.

Reseña del nuevo ensayo de César Rendueles, 'Capitalismo canalla'

Joaquín Estefanía, "Todo era mentira", en El País, 21-IX-2015:

(Aquí, artículos escritos por César Rendueles)

¿Puede el poema 'La tierra baldía', de T. S. Eliot, explicar el capitalismo? El sociólogo César Rendueles ha escrito una historia de las relaciones entre sistema político y literatura.

En cierta ocasión le preguntaron a Margaret Thatcher cuál había sido su principal logro político: “Tony Blair y el nuevo laborismo”, respondió. Aquí está la clave de la llegada de Jeremy Corbyn al liderazgo del Labour británico. Oportunísimo libro de César Rendueles que también sirve para explicar lo sucedido apenas unos días atrás. La revolución conservadora y su producto más inmediato, el neoliberalismo, transformaron el contrato social vigente desde la II Guerra Mundial y redefinieron lo que se consideraba posible, imposible y deseable. El capitalismo iniciaba así una nueva etapa en la que se ha instalado al menos hasta 2007, cuando se inicia la Gran Recesión que apenas ha quedado atrás.

Lo sucedido desde finales de los años setenta y primeros ochenta del siglo pasado fue un sorprendente engaño. Millones de personas empezaron a sentirse más identificadas, en contra de sus propios intereses, con los estilos de vida, las preocupaciones y los proyectos de sumisión de una élite inalcanzable, mucho más que con los de sus vecinos, de quienes apenas les separaban un puñado de puntos porcentuales en la escala de valores. “Nos dejamos engañar con entusiasmo, comimos mentiras con avidez exigiendo raciones dobles”, explica el autor del texto, para quien la desregulación de aquel tiempo era una bomba de relojería, el equivalente económico de un proceso tumoral acelerado con anabolizantes financieros. La cuestión nunca fue si la economía global iba a implosionar, sino cuándo iba a hacerlo y en qué condiciones para los distintos grupos sociales; en lo más hondo de nuestro corazón sabíamos que aquello era irracional, que la oferta que proporcionaba el neoliberalismo y que mucha gente no estaba dispuesta a rechazar era mentira. A pesar de ello tragamos.

César Rendueles ha conseguido salirse de la trampa del autor joven que triunfa con su primer libro (Sociofobia, Capitán Swing, elegido ensayo del año en 2013 por los críticos de Babelia) y se confronta con su segundo. Capitalismo canalla es un texto muy original, erudito y, encima, bien escrito. Se trata de una lectura de las relaciones entre el capitalismo y la literatura en la historia, la vida del autor, y la ficción. A través de una serie de lecturas que no pretenden ser un canon ni estético ni político, sino un instrumento para explicar lo que quiere, Rendueles ha construido una historia personal de aquella relación, sin obstruir la posibilidad de que otros autores elijan otros modelos para acercarse a ella.

¿Y qué es lo que pretende mostrar? El rastro del capitalismo como personaje “canalla” en la literatura, que ha logrado aparecer en la misma como un sistema aparentemente invencible, frente al cual una sociedad en crisis ha adoptado una docilidad paralizante, un clima de escepticismo respecto a los procesos de transformación social.

Aquella revolución conservadora mencionada, que lideraron en su momento Margaret Thatcher y Ronald Reagan y que posteriormente ha tenido tantos epígonos (los neocons que se instalaron en la Casa Blanca con George W. Bush, y que quizás estén agazapados de nuevo detrás de Donald Trump), suspendió el control político del capitalismo desbocado que había instrumentado Franklin Delano Roosevelt con su new deal. Aunque ese periodo, que puede medirse entre el final de la II Guerra Mundial y la crisis del petróleo en los años setenta, supuso la edad de oro del capitalismo, Rendueles no obvia una visión marxista del mismo: no supuso una superación del capitalismo, sino una especie de revolución pasiva en su interior. El new deal americano y el Estado de bienestar europeo proporcionaban protección, pero también eran una renuncia a las aspiraciones de emancipación política de tradición revolucionaria y la aceptación de un estilo de vida dañado por el consumo y el trabajo asalariado.

Como consecuencia de esa falta de superación, el sustento material de los ciudadanos y la organización social que surge (con dos guerras mundiales de por medio) siguen basándose en tratar de obtener ventaja de los demás. Este es el secreto desvelado: en los mercados de trabajo, inmobiliarios, alimentos, transportes, culturales, energéticos…, cada uno de nosotros, cada mañana, al salir de casa, nos enfrentamos a otras personas muy parecidas, a las que tratamos de vencer en una sucesión sin fin de desafíos económicos: vendo caro, compro barato (lo que antes se denominaba la explotación del hombre por el hombre), en el mayor número de áreas de la vida social. En sus diferentes fases, ese capitalismo ha demostrado tener efectos carcinógenos sobre el tejido comunitario y ha dejado tras de sí a millones de personas que no han podido resistir su dinámica. El capitalismo se nos metió en el cuerpo como una enfermedad infecciosa y nos lo llevamos encima a nuestra casa y a nuestro lugar de trabajo.

Los indignados del 15-M, Occupy Wall Street… como antes el Mayo del 68 han sido intentos de reacción a esa dinámica. Rendueles llega a sus últimas páginas con una imagen del primer movimiento citado, que indica hasta dónde se ha retrocedido: el 15 de mayo de 2011 la policía “tuvo que proteger el Congreso de hijos y madres y abuelas y nietos y hermanos y novias que aspiraban a un trabajo más o menos estable y a formar una familia. Intentar llevar una vida convencional se había convertido en un experimento contracultural”. No eran precisamente la vanguardia del proletariado, los bolcheviques. Desde los inicios de la modernidad, la democracia ha consistido en la revuelta contra los vencedores del capitalismo global.

Capitalismo canalla. César Rendueles. Seix Barral. Barcelona, 2015. 231 páginas. 15 euros.

Los catalanes. Epigrama.


Como los catalanes son autistas, no hay que dejarlos solos: podrían hacerse daño dándose cabezazos contra la pared.

domingo, 20 de septiembre de 2015

El pensamiento más cierto que he leído sobre la Guerra Civil

Manuel Azaña, La velada en Benicarló

PASTRANA:

Conoce usted por experiencia algunos estragos de la guerra. Otros se los imagina o los calcula. Ha oído usted aquí ponderar la enormidad de esta desventura. Bien. Cierre usted los ojos, represéntese con cuanto vigor le sea posible a España exangüe, las ruinas, la miseria, el hambre; cargue las tintas negras; junte a Goya con Valdés Leal, la visión de Ezequiel y el Apocalipsis, multiplíquelo por su pavor personal y cuando haya obtenido un resultado insoportable de contemplar, le diré: falta el carácter peor de esta guerra.

RIVERA:

¿Cuál?

PASTRANA:

Su inutilidad. Esta guerra no sirve para nada. Se entiende, para nada bueno. No resuelve nada. Ya me contentaría con que el daño consistiera en pagar demasiado precio por un régimen. Siempre habríamos adquirido algo, aunque fuese caro. No es así; concluida, subsistirán los móviles que la han desencadenado y las cuestiones de orden nacional que se ha querido solventar a cañonazos reaparecerán entre los escombros y los montones de muertos, empeoradas por la guerra.