domingo, 18 de octubre de 2015

Falacia de la evidencia incompleta

Pablo Linde, ¿En qué quedamos: es bueno o malo?, El País, 27 de octubre de 2014:

El artículo reconocido con el premio de periodismo científico más prestigioso explica las razones por las que la ciencia cambia de opinión. Ibuprofeno, huevos, edulcorante...

¿Qué le ocurrió al pescado azul cuando pasó de ser un demonio nutricional a un alimento saludable? ¿Por qué los huevos antes subían el colesterol y ahora no tanto? ¿Qué falla cuando se descubre que un medicamento ampliamente usado es más dañino que beneficioso? ¿Todo está sujeto a revisión? ¿Es que no nos podemos fiar de nada? Empezando por la última pregunta: sí, en general, nos podemos fiar de los consensos científicos que determinan las propiedades de un producto (no tanto de las marcas que los comercializan). Los estudios son cada vez más precisos, las muestras poblacionales mayores, los errores que se han cometido en el pasado tienden a paliarse y cada vez conocemos mejor cómo funciona el cuerpo humano. Siguiendo por la penúltima cuestión, la respuesta también es sí: todo está sujeto a revisión. ¿Es esto una contradicción? El filósofo Mario Bunge explica que, a diferencia de otras disciplinas, las ciencias investigan, y por lo tanto, descubren hechos y producen ideas nuevas que a veces contradicen el saber anterior. “El Papa será infalible, pero los científicos no. Sin embargo, los errores científicos terminan por descubrirse porque, a diferencia de la religión y de la pseudociencia, hay libre discusión y, en cuanto aparecen motivos para dudar de una idea o un procedimiento, se examina o se reexamina”, argumenta.

La historia de un premio

Este artículo, "¿En qué quedamos: es bueno o malo?", que fue portada de BUENAVIDA en octubre de 2014, acaba de valerle el Premio Prisma al Mejor Artículo de Divulgación Científica al periodista Pablo Linde, colaborador habitual de la revista (el segundo sábado de cada mes, gratis con El País; y a la venta, en quioscos, el resto del mes). Los Prismas son, actualmente, los galardones más prestigiosos del periodismo científico, una iniciativa de los Museos Científicos Coruñeses (Ayuntamiento de A Coruña) para potenciar la difusión de la cultura científica. BUENAVIDA ahonda a lo largo de este reportaje en las razones por las que la ciencia cambia de opinión, y lo que hoy es beneficioso mañana pasa a convertirse en dañino, o viceversa. Pablo Linde, su autor, especializado en periodismo sobre salud, ciencia y desarrollo, explica que el mayor reto al elaborarlo fue el siguiente: "Comunicar que los fallos de la ciencia, de alguna forma, la refuerzan, porque su método permite una revisión constante, y es la propia ciencia la que se rectifica". El reportaje, publicado en la web el 27 de octubre de 2014, alcanzó el número 1 en la clasificación de los artículos más leídos de El País. La web de ciencia Materia también se encuentra entre los premiados.
La confusión entre correlación y causalidad es uno de los principales motivos para el asentamiento de conocimientos erróneos. Un ejemplo clásico para entender ambos conceptos es esta afirmación verdadera que lleva a equívocos: los niños con los pies más grandes razonan mejor que aquellos que los tienen pequeños. ¿Quiere decir que el mayor tamaño de esta extremidad mejore las habilidades cognitivas? No, simplemente los chavales con los pies más grandes tienen más edad. Resulta sencillo entender que esta correlación no guarda causalidad, pero en otras ocasiones la intuición nos lleva a juicios erróneos. Incluso los científicos expertos en salud han caído en la trampa y a lo largo de la historia han sostenido afirmaciones que resultaron ser falsas. El ejemplo del huevo es uno de ellos. Se parte de una hipótesis biológicamente plausible: el huevo contiene colesterol, por lo que resulta verosímil que su ingesta contribuya a aumentar los niveles de esta grasa en la sangre. Cuando en los años setenta se realizaron estudios epidemiológicos (que muestran pautas de salud de grandes grupos de población) buscando la correlación entre consumo de alimentos con colesterol y sus niveles en humanos, se halló que efectivamente existía. Así, la comunidad médica y científica encontró razonable pensar que el huevo elevaba el colesterol y llegó a la conclusión de recomendar no más de tres por semana. Hoy cualquier doctor o dietista bien documentado le dirá, en general, que puede ingerir tranquilamente uno al día.

Se publican los estudios que interesan a quien los encarga. Hay otros, pero no se publican. Es lo que se llama “la falacia de la evidencia incompleta”

El gran dilema del vino

El nutricionista Juan Revenga explica que muchas de las recomendaciones que se hacen parten de este tipo de análisis: “Se estudiaban dos variables y un resultado, y se formulaban recomendaciones en función de estos. No se tenía en cuenta que también hay una infinidad de parámetros que no contemplamos; puede que no los hayamos pensado y también influyan o que, según quién haya hecho el estudio, no los haya querido ver”.

Revenga pone un ejemplo que mezcla varios ingredientes que dan como resultado conclusiones erróneas: el caso del alcohol. Está relativamente asentado que una copa de vino al día es saludable. Existen estudios que muestran que quienes la ingieren tienen, de promedio, menos problemas cardíacos que quienes no lo hacen. Y la industria ha procurado, por varias vías, que todo el mundo se entere de estos resultados. “Pero, para empezar, el daño que produce el alcohol es muy superior a los beneficios que puede traer, es un producto tóxico altamente deletéreo. Es cierto que tiene ciertas sustancias que biológicamente pueden ser beneficiosas, pero las cantidades que habría que ingerir hacen que sea contraproducente. Además, son tantos los riesgos de su consumo que no conviene aconsejarlo”, explica Revenga. Esto es así hasta el punto de que la UE ha prohibido que el etiquetado de bebidas con más de 1,2% de alcohol en su composición contengan recomendaciones saludables. “Nuevos estudios parecen mostrar que la correlación entre el consumo moderado de alcohol y la longevidad tienen más que ver con la calidad de vida de quienes lo consumen”, añade. Es decir, no es el vino lo que causa vivir más, sino que se da la circunstancia de que, quienes beben cantidades moderadas de vino, suelen tener buena calidad de vida, gozan de una sanidad avanzada y de trabajos físicamente seguros.

En el caso del alcohol, como en el de muchos otros, interviene lo que en inglés se denomina cherry picking (cuya traducción literal sería algo así como ‘recolección de cerezas’).

Solo las mejores cerezas van al cesto

Se realizan muchas investigaciones que no se publican. Si la industria del vino o la de la cerveza realizan un análisis metodológicamente correcto que concluye que su producto causa determinados males, es muy probable que lo metan en el cajón y nunca vea la luz. Solo escogerán las cerezas rojas y hermosas, los estudios que hallan correlaciones positivas, no las pochas. Es la falacia de la evidencia incompleta, que ha llevado a asumir durante años supuestas verdades que han resultado no serlo. El médico y divulgador científico Ben Goldacre, en su libro Mala Farma (editado por Paidós) hace una brutal crítica a las farmacéuticas por ejecutar esta práctica. Pone como ejemplo el Reboxetine, un antidepresivo que él mismo prescribía. Lo hizo durante mucho tiempo tras haberse documentado ampliamente con toda la literatura médica disponible. El problema era que también había mucha que se hallaba oculta. El médico explica en su libro que solo una cuarta parte de los estudios estaban publicados. Cuando descubrió las conclusiones de los otros análisis, se dio cuenta de que los efectos secundarios eran peores que el supuesto bien que aportaba el medicamento, porque de hecho, el Reboxetine “no funciona”. Por eso, Goldacre propone una legislación en la que sea obligatorio publicar todas las investigaciones que se realizan. En casos como este, estaríamos hablando directamente de una mala praxis, casi de una estafa. No falla la ciencia, sino quienes la practican, como sucede con los análisis erróneos.

Juan de Mata Donado Campos, médico y, entre otros cargos, profesor de la Escuela Nacional de Sanidad y del Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, reconoce que en la fase de diseño y análisis de un estudio epidemiológico se pueden cometer errores y de hecho se cometen. “Cuando se produce un cambio de paradigma no se basa en el resultado de una sola investigación, sino en los resultados de muchos realizados por diferentes investigadores y en diferentes tipos de población. Por lo que es imposible que en todas ellas se cometan errores”. Esto no solo se realiza con estudios epidemiológicos, sino con cualquier investigación. Es lo que se denomina metaanálisis: se examinan todos los estudios sobre un tema, se ponderan en función de las muestras (los sujetos que han participado en cada uno) y se extraen conclusiones más estables que las que pueda dar uno aislado. Muchas falsas creencias (más de la población en general que de la comunidad científica, que no se suele fiar de cualquier publicación) provienen de datos aislados que pueden resultar de una metodología incorrecta, ser incompletos o resultar contradictorios con la mayoría de estudios realizados a posteriori.

Aquí los medios de comunicación también tienen la responsabilidad de examinar si lo que publican es realmente digno de crédito, como denuncia Goldacre en su primer libro, Mala Ciencia (editado por Planeta). Así, las conclusiones de un metaanálisis sentarán verdades más estables. Ocurre por ejemplo con las grasas saturadas. Uno reciente concluye que, probablemente, no sean tan malas como se ha pensado hasta ahora. “Esto no quiere decir que sean buenas”, previene el nutricionista Revenga.

Si ve un producto que asegura en su etiqueta que ayuda a bajar el colesterol o que refuerza el sistema inmunitario, investigue

Por muy completos y bien hechos que estén los estudios, incluso los metaanálisis, se suelen realizar entre centenares, miles de personas en el mejor de los casos. Puede suceder que reacciones muy específicas no afloren en ellos. Juan Ramón Castillo, presidente del Centro Andaluz de Farmacovigilancia, explica que cuando la exposición se lleva a cientos de miles o millones de personas pueden surgir problemas raros. “¿Es que no son seguros los medicamentos? Cuando son comercializados, las agencias han hecho evaluación del beneficio riesgo como favorable. Los sistemas de farmacovigilancia [en España hay un centro en cada comunidad autónoma] trabajamos con sospechas de las que nos avisan pacientes y médicos. Una vez que la tenemos, investigamos si existe una causalidad que pruebe esa asociación. Son necesarios procesos de ampliación de señal, informes en el sistema español de farmacovigilancia, presentarlos en la Agencia Europea del Medicamento… Mediante un sistema de evaluación se determinará si la relación riesgo-beneficio cambia, lo que puede variar la prescripción del fármaco a un grupo de población concreta, a todo el mundo, o incluso suponer su retirada”, explica.

El futuro está en los big data

Un ejemplo de gran impacto fue la retirada en 2001 de un medicamento con cerivastatina contra el colesterol tras detectarse problemas musculares, astenia, debilidad, e incremento de sensación de fatiga que podían llegar en casos graves a insuficiencia renal, o ser incluso mortales. Son ejemplos que algunos pueden esgrimir para denunciar que estamos expuestos a muchos peligros, pero que la comunidad científica utiliza para explicar que el sistema funciona y que los riesgos son cada vez menores. Y siguen perfeccionándose. Donado Campos asegura que en un futuro cercano se impondrán la utilización de los big data (grandes cantidades datos) lo que, “junto con la utilización masiva de la geolocalización, va a provocar un cambio de paradigma en el diseño y análisis de los estudios epidemiológicos, ya que el manejo de estos datos superará la capacidad del software habitual para ser recogidos, manejados y analizados en un tiempo razonable”. Y añade: “Con estas nuevas capacidades seremos capaces de identificar el lugar exacto de aparición y el número de casos de enfermedades transmisibles, determinar quién influye sobre nuestro comportamiento para ganar peso o tener una vida más saludable”.

Desconfíe del etiquetado: el truco del asterisco

Si ve una etiqueta con alegaciones saludables, sospeche. Es la recomendación de José Manuel López Nicolás, profesor de la Facultad de Biología de Murcia y autor del galardonado blog divulgativo Scientia. En él carga duramente contra una industria que, según dice, trata de engañar al consumidor. La pregunta que se hace es: “¿Por qué las autoridades no lo evitan?”. El sistema es el siguiente: para que una etiqueta tenga una alegación saludable, como que el producto baja el colesterol o es bueno para las defensas, debe contener determinadas sustancias para las que la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA en sus siglas en inglés) haya aprobado esas recomendaciones. Hasta el momento, se han presentado 2.245 productos de los cuales, tras su análisis, la EFSA solo ha autorizado 250 recomendaciones saludables, es decir, un 11%. Un ejemplo de recomendación saludable aprobada es que los esteroles, presentes en algunas bebidas, ayudan a bajar el colesterol. Otro que la vitamina B6 ayuda a las defensas. López Nicolás explica que la gran mayoría de los productos son legales porque los eslóganes que usan son literalmente los que ha probado la EFSA. “El problema es que está referido a un ingrediente que se encuentra en una cantidad mínima, pero toda la publicidad se basa en torno a otro ingrediente que no tiene nada que ver y que es por lo que se paga. Por ejemplo, la vitamina B6, que suele acompañar a los productos con lactobacillus. Esta vitamina es la que ayuda verdaderamente a las defensas. Pero un plátano, que no tiene etiqueta, tiene el triple de vitamina B6”, explica. Es lo que llama el truco del asterisco. El problema es que ni siquiera todas las etiquetas que vemos respetan este límite de cumplir la ley por el asterisco. Una vez que se comercializan los productos, la competencia inspectora y sancionadora es de las comunidades autónomas. En una campaña que llevó a cabo la Junta de Andalucía el año pasado, casi el 40% de etiquetas de productos saludables y nutricionales no cumplía con la normativa comunitaria. Grasas comestibles, platos cocinados y conservas acumulaban el mayor número de incumplimientos. Están consideradas infracciones de carácter leve y les corresponde una multa de entre 200 y 5.000 euros.

Edulcorantes, un caso aparte

Los edulcorantes artificiales llevan mucho tiempo en el punto de mira de científicos y consumidores. Es una creencia extendida que provocan cáncer, pero lo cierto es que los márgenes de seguridad que ha probado la ciencia dan margen para tomar más edulcorantes de los que una persona normal puede ingerir sin preocuparse por su salud. Recientemente se ha hecho público un estudio (liderado por el israelí Eran Elinav, del Instituto Weizmann, y publicado en Nature) que nada tiene que ver con esta enfermedad, pero que vuelve a poner la salubridad de estas sustancias en entredicho. Asegura que alteran el equilibrio bacteriano del sistema digestivo y que propicia subidas de la glucosa en sangre, lo que puede desencadenar diabetes. De ser cierto, supondría que los beneficios de los edulcorantes como sustitutivos de la sacarosa se diluirían. Sin embargo, la comunidad científica ha recibido este estudio con escepticismo. En primer lugar, porque está fundamentalmente basado en ratones. El doctor en bioquímica José Miguel Mulet explica que hace tiempo ya hubo un “error importante” cuando se dijo que algún edulcorante producía cáncer de vejiga y el verdadero problema fue que no era extrapolable a humanos. Además, en este estudio se hace un ensayo posterior en personas, pero solo con siete individuos, frente a otros con 300.000 que no habían detectado estos problemas con los edulcorantes. Hay dos problemas más: por un lado, los niveles de concentración con los que se hizo el estudio son mucho mayores de los que una persona suele ingerir en un día y, por otro, que la investigación se realizó con sacarina, por lo que tampoco sería exportable a otros edulcorantes artificiales. Así, para que haya un cambio de paradigma con respecto a la seguridad de estas sustancias serían necesarias evidencias mucho más sólidas.

Agujetas

Una de las teorías más asentadas durante mucho tiempo sobre las agujetas es que se producían por cristalización de ácido láctico después de un gran esfuerzo. Sin embargo, era una explicación que la ciencia ha desmentido: no se ha encontrado esta sustancia en tejidos con agujetas y quienes sufren la enfermedad de McArdle, que no permite producir ácido láctico, también las sufren. Los remedios como el agua con azúcar son también falsos. La teoría más asentada es que se deben a microrroturas musculares.

Ibuprofeno

El Ibuprofeno es uno de los medicamentos más usados y que esté en esta lista no quiere decir que se haya descubierto como nocivo. Pero sí es cierto que a dosis muy altas y durante un uso prolongado puede ser dañino para el corazón. Es algo que la Agencia Europea del Medicamento está estudiando actualmente. Así que, como sucede con casi todo, parece que no conviene abusar.

Dos litros de agua al día

Muchos médicos le recomendarán que beba unos dos litros de agua al día para estar saludable. Es una cantidad que carece de documentación científica que la avale. La fuente parece ser una recomendación de 1945 del Consejo de Investigación Nacional de Estados Unidos (NRC), que fue malinterpretada y casi sacralizada hoy día.

Grasas saturadas

Son como el malo de las películas. Todos van contra ellas porque durante mucho tiempo se han relacionado con afecciones cardíacas. Buenas no son, eso está claro, pero un reciente metaanálisis pone en duda que sean tan nocivas como se ha supuesto. Su conclusión es que “las evidencias actuales no respaldan claramente las recomendaciones cardiovasculares que animan a un alto consumo de grasas poliinsaturadas y un bajo consumo de saturadas”.

Pescado azul

Hasta los años sesenta, aproximadamente, todo lo que era grasa se consideraba malo. Así, el pescado se clasificó en dos: el bueno, el blanco, cuyos porcentajes grasos son mínimos, y el menos saludable, el azul, que tiene unas cantidades que rondan el 15%, menos que la mayoría de las carnes no magras. No se entraba en matices sobre el tipo de grasas hasta que se descubrió que las Omega 3 que contiene el pescado azul son cardiosaludables.

Huevos

“El huevo es un alimento excelente que ha sido tratado injustamente. Si bien es cierto que su contenido en colesterol es alto, es un error culpar a un solo alimento del aumento de los niveles del conocido como colesterol malo. El consumo de ácidos grasos saturados es un factor mucho más relevante que la ingesta de colesterol dietético. Además, el huevo contiene lecitina, que, junto a otros componentes, ayudan a regular el colesterol”, explica el dietista Miguel Ángel Florido.

viernes, 16 de octubre de 2015

Inquilinos que prefieren pagarse unas vacaciones en La Manga a pagar el alquiler

Laura delle Femmine, "¿Qué hacer si el inquilino de tu piso deja de pagarte el alquiler?", en El País, 16-X-2015:

Cambiar la cerradura o cortar los suministros son prácticas ilegales

Disponer de una vivienda para alquilar puede ser un lujo, o una renta segura, pero también convertirse en una pesadilla si entre esas cuatro paredes se esconde el individuo que más aterroriza a los propietarios: el inquilino moroso. ¿Qué hacer si deja de pagar la renta y se niega a abandonar el piso? Lo mejor es averiguar si el habitante de la casa solo se ha retrasado por un problema puntual, si no paga porque no puede o porque es un defraudador. Si se trata de los dos primeros casos, lo mejor es tratar de llegar a una solución negociada. Si no es posible o es un moroso profesional, debe buscar ayuda.

En 2014, el importe medio de la morosidad en alquileres fue de 6.489,60 euros, según el último estudio del Fichero de Inquilinos Morosos (FIM). Un descenso respecto a los años más duros de la crisis: en 2011, llegó a situarse en los 8.312,88 euros. Pero esta contracción es una cuestión estadística, según explica Sergio Cardona, director de estudios y calidad del FIM: “El importe de los impagos ha disminuido porque las rentas han bajado. Pero la morosidad ha ido creciendo”.

VII Estudio FIM sobre la Morosidad en Arrendamientos. / FICHERO DE INQUILINOS MOROSOS
Cardona aclara que este desenlace también se debe a una mutación del mercado: reflejo de la crisis —cuyo legado se ha traducido en sueldos más bajos y mayores dificultades para acceder al crédito—, el porcentaje de viviendas en propiedad ha descendido. Si en 2001 la vivienda en propiedad acaparaba más del 84% del parque residencial, ahora representa el 77,7%; los inmuebles arrendados, por otro lado, han pasado del 9,6% a más del 15%.

Para reducir los tiempos de desalojo del inquilino moroso, en 2009 se dio vida al polémico desahucio exprés, cuyos trámites fueron ulteriormente agilizados gracias a cambios normativos posteriores. Hoy en día, el propietario puede interponer una demanda tras un solo mes de impago, y si el inquilino no presenta alegaciones en los 10 días posteriores a la notificación se procede sin necesidad de ir a juicio. “Cuando un inquilino deja de pagar siempre da muchos dolores de cabeza”, comenta Cardona, “pero normalmente se intenta llegar a un acuerdo”.

Lo mejor: intenta llegar a un acuerdo

Lo más recomendable es intentar buscar un acuerdo con el inquilino para renegociar el alquiler o recuperar la posesión de la vivienda en el menor tiempo posible, sobre todo si la renta representa un sustento importante para el propietario. Se dan casos, sobre todo desde el estallido de la crisis, en los que el alquiler de un segundo inmueble representa el único ingreso fijo del propietario, con el que abona la letra de la hipoteca de la vivienda donde reside o con la que se enfrenta a los gastos familiares.

Cuidado: estas prácticas son ilegales

¿Tu inquilino ha dejado de pagar el alquiler y se niega a abandonar el piso? ¿Tus conocidos te animan a amenazarle, cambiarle la cerradura o cortarle los suministros? Aunque estés enfadado, no lo hagas. 

“El corte puntual en los suministros es una conducta que se puede incardinar en el delito de coacción leve; las amenzas, dependiendo de su contenido, pueden ser delito leve o delito. El cambio de cerradura implica un allanamiento de morada”, desglosa Rosario Ubero, directora del departamento jurídico  y personal de Provivienda.

También es delito, según el Código Penal, actuar de forma hostil o humillante con el objetivo de impedir el legitimo disfrute de la vivienda. “Un supuesto de una sentencia es el de una señora mayor con un contrato de renta antigua que es molestada por unos inquilinos colindantes a quienes se les alquila la vivienda con ese propósito”, ejemplifica Ubero.
También es un problema el negarse a realizar las reparaciones necesarias para la habitabilidad de la vivienda. Si la falta de manutención, además, llega a crear problemas con la comunidad de vecinos, el responsable es el propietario. “La mejor manera es pagar y reclamar después”, dice Andrés Vilacoba, secretario general de Adeprovi.

Además de resolverse más rápido, un arreglo entre las partes es más económico que un juicio y menos traumático que una vía que puede acabar en desahucio. Por eso el primer consejo es contactar con el inquilino, sea en persona o telefónicamente, para conocer su situación y la razón por la que ha dejado de pagar. Si no es posible reclamar el pago inmediato de las rentas, porque el arrendatario no dispone en ese momento de los recursos suficientes, se puede buscar otro acuerdo.  

“Una de las posibles soluciones es dividir el importe que está pendiente en función de los ingresos del arrendatario, y que nunca se trate de algo claramente incumplible desde el principio”, aconseja Esther del Pozo, directora gerente en Provivienda, asociación que promueve el derecho a una vivienda digna. “También es una manera para concienciar al inquilino de que no puede dejar de pagar y ya está; tiene que comunicar su situación. Lo más recomendable es que no se destine más del 30%-35% de los ingresos al gasto de alquiler y suministros”, remacha.

Otra alternativa es perdonar toda o parte de la deuda a cambio de la liberación de la vivienda. “Normalmente, no se recupera el dinero, porque el inquilino es insolvente. Los tiempos judiciales son largos y hay propietarios que no pueden soportar ni un solo mes de impago por su situación económica”, remacha del Pozo.

Si no hay acuerdo, reclama el pago 

“Si el intento de llegar a un acuerdo no surte efecto, se hace un requerimiento por escrito en el que se solicitan las cantidades debidas. Se da al inquilino un plazo prudencial para que se ponga al corriente y se le avisa de que, si no lo hace, se empezará el procedimiento de desahucio”, sentencia Fernando García, abogado de Promadrid (Asociación para la Defensa de la Propiedad Urbana de Madrid). “Muchas veces, al recibir la carta, paga”, comenta.

Cuidado: en ningún caso se pueden cortar los suministros o amenazar al inquilino. Se trata de delitos contemplados en el Código Penal por los que el propietario podría ser denunciado y sancionado.

Andrés Vilacoba, secretario general de Adeprovi (Asociación de Defensa del Propietario de Vivienda), recomienda que la reclamación sea por medio fehaciente, por ejemplo por burofax. De esta manera, quedará constancia de que se han solicitado las cantidades pendientes.

Recuerda, además, si tienes contratado algún tipo de seguro de impago. Si no lo has hecho, puede ser interesante estudiarlo la próxima vez, ya que este tipo de pólizas cubren rentas no recibidas y pueden ayudarte a comprobar si los documentos que te entregan los inquilinos antes de firmar el contrato (como nóminas o declaraciones de la renta) son fiables.

¿No has tenido éxito? La última vía, la judicial

Si has agotado todos tus cartuchos sin solucionar el problema y no ves posible llegar a un acuerdo con el inquilino, lo único que te queda es el procedimiento judicial para conseguir el desalojo de la vivienda. Eso sí: debes asumir que es un desenlace que puede resultar dramático para ambas partes, sobre todo para el inquilino. Según los últimos datos del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), en el segundo trimestre de este año se llevaron a cabo 18.739 desahucios. Aunque el organismo no distinga en función del tipo de inmueble y su uso, la mayoría de ellos —el 52,6%, un 1,2% menos respecto a 2014— fueron consecuencia de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU).

Carlos Ruiz, gerente de Arrenta (Asociación para el Fomento del Alquiler y el Acceso a la Vivienda), recuerda que antes de acudir a los tribunales hay que distinguir entre un simple retraso en el abono de las rentas o de un impago. “Si el arrendatario paga todos los meses después de la fecha pactada —del 1 al 7 del mes— suele entenderse que es retraso y no es aconsejable presentar la demanda”, ejemplifica.

Si es imposible llegar a un acuerdo, el propietario puede presentar, ante el juzgado de primera instancia, una demanda de desahucio en la que también reclame la deuda pendiente. El coste medio de abogado y procurador es 1.500 euros, especifica Ruiz, y los tiempos rondan los seis meses. El arrendatario tiene 10 días para presentar alegaciones desde la notificación de la demanda.

“Muchos propietarios son reacios a emprender la vía judicial”, dice García. “La sensación es que le están quitando algo suyo y encima le hacen pagar para recuperarlo”, añade Cardona. Los expertos aseguran que lo común es intentar llegar a un acuerdo, sobre todo cuando el inquilino siempre ha pagado y de repente se encuentra en una situación económica complicada, o esperan a que consiga una solución habitacional alternativa ante de emprender la vía legal. Las alarmas, dicen, deben de saltar cuando el arrendatario deja de pagar desde la primera mensualidad.

Garantías antes de alquilar

Los expertos aconsejan que el propietario se asegure, antes de firmar el contrato, que el inquilino pueda cumplir con sus obligaciones para no acabar teniendo problemas. “No solo hay que averiguar que pueda, sino que quiera pagar”, resume David Caraballo, director comercial de Alquiler Seguro. 
“Hay que analizar sus ingresos y que no esté en algún ficheros de morososo”.

Además de existir la posibilidad de solicitar un aval bancario o personal —prácticas cada vez menos utilizadas, ya que muchas veces son difíciles de obtener y el inquilino no se las puede permitir—, se está difundiendo la fórmula del seguro de alquiler. En este caso, la compañía que intermedia la póliza comprueba que el arrendatario sea solvente, además de cubrir el eventual impago durante el periodo de tiempo pactado en el contrato. 

También es posible establecer, en el contrato, que la cláusula de juzgado sea sustituida por un convenio arbitral, que suele ser una vía más rápida y económica para solucionar los conflictos. “El arbitraje se concibe por las partes como menos coercitivo y las posibilidades de alcanzar acuerdos son muy superiores. Puede ser en más del 35% de los casos”, asegura Carlos Ruiz de Arrenta. 
Ante la demanda de desahucio, el inquilino puede ponerse al corriente con los pagos y paralizarlo. Sin embargo, existen dos supuestos que impiden suspender el desalojo: cuando el arrendatario ya haya ejercido anteriormente este derecho —medida dirigida a pararle los pies a los morosos profesionales— y cuando el propietario hubiese requerido ya el pago, por cualquier medio fehaciente, por lo menos 30 días ante de presentar la demanda. 

Otro libro de Alberto Manguel

José Manuel Sánchez Ron, "La curiosidad según Manguel", en El País, 10-X-2015:

El escritor argentino se embarca en un singular y ambicioso viaje que abarca la pluralidad de sus intereses, sus vivencias personales y su vida dedicada a la lectura.

Podría sonar raro que un autor entre cuyas actividades figura la de traductor, y que como tal ha vertido al español algunos libros, sea en esta ocasión él mismo traducido al idioma del país que le vio nacer. No lo es, sin embargo, para quien sepa algo de este nómada escritor, que nació en Buenos Aires, creció en Tel-Aviv, donde su padre era embajador de Argentina, y ha vivido en Francia, Inglaterra, Italia, Tahití y Canadá, donde reside desde hace más de dos décadas y cuya nacionalidad adoptó. De hecho, la obra de Alberto Manguel es tan variada como la de su peripatética existencia: ficción y no ficción, teatro, antologías y traducciones.

Una historia natural de la curiosidad, la obra que ahora publica Alianza Editorial, tiene un poco de todo esto, de sus plurales intereses, de sus vivencias personales, que afloran constantemente, y de una vida dedicada a la lectura, a la lectura con mayúsculas; esto es, a la de las grandes obras de la literatura y del pensamiento (también, claro, a otras no tan selectas).

Es difícil encasillar este libro —de lectura no necesariamente fácil—, yo diría que precisamente por su grandeza, por la ambición que anima todas y cada una de sus páginas. Pero hay dos ejes que lo vertebran: la curiosidad —“tengo curiosidad por la curiosidad” anuncia desde el principio— y la Divina Comedia de Dante, un libro al que, confiesa Manguel, llegó tarde, “justo antes de cumplir los sesenta” y que “desde la primera lectura, se convirtió en ese libro absolutamente personal y, al mismo tiempo, carente de horizontes”.

“Una de las experiencias compartidas por la mayoría de los lectores”, escribe, “es el descubrimiento, tarde o temprano, de permite como ningún otro una exploración de uno mismo y del mundo, que parecer ser inagotable y que, al mismo tiempo, enfoca la mente en los detalles más minúsculos, de una manera íntima y singular. Para algunos lectores, ese libro puede ser un clásico reconocido, como las obras de Shakespeare o Proust, por ejemplo; para otros, es un texto menos conocido o que concita un reconocimiento menos generalizado, pero que por razones inexplicables o secretas, resuena en ese lector con un eco profundo. En mi caso, a lo largo de mi vida, ese libro único ha ido cambiando; durante muchos años fueron los Ensayos de Montaigne o Alicia en el País de las Maravillas, las Ficciones de Borges o el Quijote, Las mil y una noches o La montaña mágica. Ahora no lejos de la proverbial ‘edad avanzada’, ese libro que para mí lo abarca todo es la Divina Comedia de Dante”.

Coherentemente con su preferencia, cada uno de los 17 capítulos de esta Historia natural de la curiosidad se abre con una lámina de la Divina Comedia, a la que sigue el título, siempre una pregunta: ‘¿Qué es la curiosidad?’, ‘¿Qué queremos saber?’, ‘¿Cómo razonamos?’, ‘¿Cómo vemos lo que pensamos?’, ‘¿Cómo preguntamos?’, ‘¿Qué es el lenguaje?’, ‘¿Quién soy?’… Como se ve, preguntas no triviales, preguntas que atraviesan constantemente los infiernos, paraísos y purgatorios personales de todos los humanos, no importa cuál sea su condición social o cultural. Preguntas que han ocupado las vidas de pensadores de todo tipo, filósofos, científicos, historiadores, ensayistas… y que permiten a Manguel reflexionar acerca de los grandes libros y autores de la historia de la humanidad: Homero, Sócrates-Platón, los textos de las grandes religiones, Virgilio, santo Tomás de Aquino, Galileo, Hume, Goethe, Dickens, Dostoyevski, Joyce, Rachel Carson, Primo Levi, Oliver Sacks…, además, por supuesto, de sus queridos Montaigne, Lewis Carroll, Borges, Cervantes y Thomas Mann Y así, como si se tratara de un oscilante e imprevisible camino, que responde al diseño de una mente a la vez juguetona y profunda, insegura en la seguridad de que lo más importante es la curiosidad, pasan por los ojos del lector, hacia el depósito insondable de su mente, los grandes temas de la humanidad: justicia, guerras, enfermedad, vida y muerte, esclavitud, culturas e identidades sociales o de género, amor, orgullo, avaricia, cambio climático, Dios, bombas atómicas o Auschwitz.

Al final de la “entrada personal” al último capítulo (“¿Qué es verdadero?”), Alberto Manguel escribe: “Todos sabemos que los acontecimientos que experimentamos, en su sentido más pleno y profundo, sobrepasan los límites del lenguaje. Que ningún relato de cualquier suceso de nuestra vida, incluso el más pequeño, puede hacer verdadera justicia a lo que ha tenido lugar y que ningún recuerdo, por intenso que sea, puede ser idéntico a la cosa recordada. Tratamos de contarnos lo que pasó pero nuestras palabras siempre se quedan cortas y aprendemos, después de muchos fracasos, que la mayor aproximación a una versión veraz de la realidad sólo puede encontrarse en los relatos que nos inventamos. En nuestras ficciones más poderosas, bajo la telaraña de la narración puede discernirse la complejidad de la realidad, como un rostro que es una máscara. La mejor manera que tenemos de decir la verdad es mentir”.

Sin mentir, pero sí llevándonos a través del inabarcable universo de las obras de la realidad imaginada y de la realidad reconstruida, Manguel nos ha dado una obra, personal, muy personal, naturalmente, que constituye una inestimable guía en el siempre complejo y duro oficio de orientarnos en la vida y en la historia, del pasado, del presente y del futuro. Y es que, repito su frase, “los acontecimientos que experimentamos sobrepasan los límites del lenguaje”.

Una historia natural de la curiosidad. Alberto Manguel. Traducción de Eduardo Hojman. Alianza. Madrid, 2015. 544 páginas. 22 euro

miércoles, 14 de octubre de 2015

El 1% del mundo posee tanta riqueza como todo el 99% restante


(para ver el gráfico, pinchar el enlace)

2015 será recordado como el primer año de la serie histórica en el que la riqueza del 1% de la población mundial alcanzó la mitad del valor del total de activos. En otras palabras: el 1% de la población mundial, aquellos que tienen un patrimonio valorado de 760.000 dólares (667.000 euros o más), poseen tanto dinero líquido o invertido como el 99% restante de la población mundial. Esta enorme brecha entre privilegiados y el resto de la Humanidad, lejos de suturarse, ha seguido ampliándose desde el inicio de la Gran Recesión, en 2008. La estadística de Credit Suisse, una de las más fiables, solo deja una lectura posible: los ricos saldrán de la crisis siendo más ricos, tanto en términos absolutos como relativos, y los pobres, relativamente más pobres.

En La gran brecha, qué hacer con las sociedades desiguales (Taurus, 2015), uno de los últimos libros de Joseph E. Stiglitz, el Nobel de Economía utilizaba una poderosa imagen de Oxfam para ilustrar la dimensión del problema de la desigualdad en el mundo: un autobús que transporte a 85 de los mayores multimillonarios mundiales contiene tanta riqueza como la mitad más pobre de la población global.

Hoy, a esta impactante imagen, plenamente vigente, se añaden otras que dejan patente la creciente inequidad entre los privilegiados y el resto del mundo: uno de cada cien habitantes del mundo tiene tanto como los 99 restantes; el 0,7% de la población mundial acapara el 45,2% de la riqueza total y el 10% más acaudalado tiene el 88% de los activos totales, según la nueva edición del estudio anual de riqueza hecho público este martes por el banco suizo Credit Suisse, elaborado con los datos de patrimonio de 4.800 millones de adultos de más de 200 países.

¿Qué ha causado este nuevo aumento de la brecha? La entidad financiera apunta a la mejora de los mercados financieros: la riqueza de los más acaudalados es más sensible a subidas de precio de acciones de empresas y otros activos financieros que la del resto de la población. En el último año, los índices de referencia de los mercados de los principales índices bursátiles europeos y estadounidenses, el Eurostoxx 50 y el S&P 500, avanzan más de un 10% en el último año.

Otro dato apoya la tesis del aumento de la inequidad: aunque el número de muy ricos (aquellos que tienen un patrimonio igual o superior a los 50 millones de dólares) se ha reducido en cerca de 800 personas desde mediados de 2014 por la fortaleza de la moneda estadounidense frente al resto de grandes divisas, el número de ultrarricos (aquellos que tienen 500 millones o más) ha repuntado “ligeramente”, según Credit Suisse, hasta casi 124.000 personas. Ni siquiera el ajuste por tipo de cambio es capaz de contrarrestar su aumento. Por países, casi la mitad de los muy acaudalados reside en EE UU (59.000 personas), 10.000 de ellos viven en China y 5.400 tienen residencia en Reino Unido.

A la vista de los datos, no es de extrañar la satisfacción que mostraba este martes el máximo responsable de Gestión de Patrimonios de Credit Suisse para Europa, Oriente Medio y África, Michael O'Sullivan: su negocio no ha dejado de crecer desde el estallido de la peor crisis desde la II Guerra Mundial. “La nuestra es una industria en pleno crecimiento, la riqueza seguirá su trayectoria al alza”. Sus previsiones no pueden ser más elocuentes. El número de personas con un patrimonio superior al millón de dólares crecerá un 46% en los cinco próximos años, hasta los 49 millones de individuos.

Toda la riqueza mundial en su conjunto, en cambio, crecerá hasta 2020 a un robusto pero inferior 39%. En España, el número de ciudadanos con un patrimonio superior al millón de dólares (algo menos de 900.000 euros) ascendía a mediados de este año a 360.000 personas, un 21% menos que en la misma fecha de 2014. España es el noveno país que mayor número de millonarios pierde en el último ejercicio. Al igual que en el resto de la eurozona, la evolución se ve distorsionada por la debilidad del euro frente a la moneda estadounidense.

La clase media china ya es la más numerosa en el mundo

China, el mejor exponente de los años dorados de los emergentes que empiezan a tocar a su fin, ya es el país del mundo con más ciudadanos de clase media. Según el informe anual de riqueza mundial de Credit Suisse, 109 millones de residentes en el gigante asiático poseen unos activos valorados entre 50.000 y 500.000 dólares —44.000 y 440.000 euros, respectivamente—, el rango que establece el banco helvético. Esta cantidad equivale al ingreso medio de casi dos anualidades y ofrece una protección “sustancial” frente a la pérdida del empleo, una caída brusca en el volumen de ingresos o un gasto de emergencia.

Aunque la distribución de la renta en China dista mucho de ser igualitaria, la expansión de la clase media ha seguido un camino paralelo a la evolución de su economía: a mayor crecimiento —el gigante asiático ha crecido a doble dígito ocho de los últimos 20 años y se ha convertido en la imagen del milagro emergente— más ciudadanos en la banda media de renta. En 2015, el Estado asiático superó a EE UU (92 millones) como el primer país por número de personas de clase media. Japón (62 millones de habitantes de clase media), Italia (29 millones), Alemania (28 millones), Reino Unido (28 millones) y Francia (24 millones).

Diferencias regionales

Por regiones, el 46% de la clase media mundial vive en Asia-Pacífico; el 29% residen en Europa, cuna del Estado de bienestar, y el 16%, en América. En términos relativos, en cambio, Norteamérica —con Estados Unidos y Canadá a la cabeza— se erige como máximo exponente de la clase media, con un 39% de los adultos dentro de este apéndice, seguida por Europa, donde uno de cada tres mayores de edad son clase media. La proporción se desploma en América Latina (11%) y en Asia Pacífico, la región más poblada del globo y en la que solo uno de cada 10 habitantes entra dentro del rango establecido por Credit Suisse.

Según las cifras de la entidad financiera, 664 millones de todo el mundo pueden ser considerados de clase media, solo el 14% de la población adulta global. De esta cifra, 96 millones de personas (el 2% del total) tiene una riqueza valorada en más de medio millón de dólares.

martes, 13 de octubre de 2015

La democracia según Schumpeter

Pablo Simón, "La democracia según Schumpeter·, en Jot Down, enero de 2014:

¿Es mejor una democracia en la que todos participemos de las decisiones públicas o es preferible que solo lo hagan unas élites preparadas? Esta tensión, antigua como la democracia misma, es fuente de inagotables controversias. Simplificando mucho, hay dos escuelas que ofrecen perspectivas opuestas sobre esta cuestión. La primera es la partidaria de la democracia participativa o «republicana». El leit motiv fundamental de esta escuela es que la ciudadanía debe implicarse en las decisiones políticas. La virtud cívica se convierte en el combustible que hace posible la vida en sociedad, siendo la ciudadanía la protagonista activa de lo que ocurre en la polis. Aquí es donde entran las ideas de Skinner, Pocock o Philip Pettit (sí, el mismo que inspiraba a Zapatero). La segunda de las grandes familias es la denominada elitista, la cual considera que la democracia es un régimen que debe quedar esencialmente en manos de unos pocos, a ser posible los mejores. La participación política no es un bien en sí mismo pero este sistema permite, al menos, que la gente pueda dedicarse a sus asuntos. Entre los defensores de esta idea estaban Pareto,  Mosca o Joseph A. Schumpeter, el cual enunció la teoría elitista más acabada e inequívocamente democrática.

Schumpeter (1883-1950) fue un conocido economista y académico. Nacido en Trest (República Checa), fue ministro de economía de Austria tras la Primera Guerra Mundial y, tras emigrar en 1932 a los EE. UU., profesor en Harvard hasta su muerte. Intelectual e investigador prolífico, muchas de sus contribuciones a la economía (como el estudio de los ciclos económicos, el concepto de destrucción creativa o el estudio de la innovación empresarial en el capitalismo) todavía tienen impacto. Una de sus aportaciones más interesantes de discutir es su idea de la democracia, muy marcada por su experiencia personal en el periodo de entreguerras. Una noción que, de hecho, sigue teniendo gran influencia en el debate contemporáneo.

La muerte del interés general

Schumpeter, en sus obras, partía de una distinción clara entre lo él llamaba la teoría clásica de la democracia y la suya propia. La primera, dominante en el siglo XVIII (véase la visión jeffersioniana), la caracterizó como un método de generar decisiones políticas a partir del bien común y la voluntad popular. Según desarrolló en sus textos, el método democrático clásico es concebido como aquel sistema institucional que crea decisiones políticas ajustadas al bien común. Se deja al pueblo decidir por sí mismo las cuestiones en litigio mediante la elección de los representantes que han de congregarse para llevar a cabo su voluntad.

Sin embargo, Schumpeter consideraba que esta visión era engañosa por una razón: la idea de bien común es inaceptable en democracia. El economista consideraba que las personas no solo tienen distintas preferencias sino que también distintos valores. Los individuos y los grupos rara vez comparten los mismos objetivos. Pero más aún, incluso aunque lo hagan, puede haber profundas discrepancias acerca del medio apropiado para conseguirlos. No existe congruencia universal ni en medios ni en fines. Por eso Schumpeter argumentó que en las sociedades modernas, tan económica y culturalmente complejas, siempre habrá interpretaciones distintas del bien común. Existen desavenencias en cuestiones de principio las cuales no pueden resolverse apelando a una voluntad general universal.

Por otro lado, consideraba que la idea de bien común implicaba que las personas podían llegar a un acuerdo gracias a un argumento racional. Nada más lejos de la realidad. A su modo de ver, los individuos mantienen profundas divergencias sobre cuáles son los valores más relevantes. Por ello Schumpeter, al igual que Max Weber, opinaba que estas diferencias no pueden salvarse mediante la argumentación. Existen diferencias irreductibles entre concepciones rivales sobre la vida y la sociedad. De hecho, el economista insiste en que subestimar estas diferencias sería muy peligroso por su deriva totalitaria. Si asumimos la existencia de un bien común y afirmamos que es producto de la racionalidad, entonces estamos a un paso de rechazar toda discrepancia por sectaria e irracional. Unos adversarios sectarios e irracionales que podrían ser legítimamente marginados o ignorados, incluso reprimidos por su propio bien.

Pero además, aunque el bien común pudiera definirse de forma satisfactoria, no por ello se resolverían los problemas particulares. ¿Cómo conciliar la voluntad general con la voluntad individual? El interés de los individuos normalmente no es claro y definido. Para él los individuos no tienen en cuenta las circunstancias generales y las consecuencias de determinados cursos de acción política. Basándose en las teorías de psicólogos de masas y en los éxitos de la publicidad cambiando preferencias de los consumidores, sostenía enérgicamente que la voluntad general a menudo está manipulada desde arriba. Por consiguiente, si los problemas relacionados con los destinos del pueblo no son planteados ni resueltos por el pueblo, sino por otras instancias, ello debe hacerse patente. Eso es lo que intenta hacer con su teoría de democracia elitista.

La democracia de las élites

Dada la inexistencia de este interés general, Schumpeter define al método democrático como aquel sistema basado en la lucha competitiva por el voto de los ciudadanos, del cual emergen las decisiones políticas. Según Schumpeter esta nueva visión de la democracia es mucho más realista. Esta concepción permite establecer una analogía entre la competencia por el liderazgo y la competencia económica, refleja la relación entre democracia y libertad individual —dado que la competición presupone libertad de expresión y de prensa — y señala un criterio de distinción entre gobiernos democráticos y autoritarios. Además, evita el problema de igualar la voluntad del pueblo con la voluntad de una mayoría de personas. Reconoce que el electorado tiene tanto la función de crear un gobierno como la de despedirlo, pero reduce a esto todo el control que pueda tener sobre ellos.

Schumpeter creía que su visión de la democracia tenía implicaciones prácticas. Los partidos políticos no debían entenderse como grupos persiguiendo el bienestar público inspirados por sus ideologías, sino como mecanismos para articular la competencia política. La estabilidad de la democracia dependería de tener buenos líderes, probablemente una élite de expertos profesionales, los cuales deberían ocuparse de unas pocas materias y estar asistidos por una burocracia estable y bien cualificada. Por su parte, el electorado no debería interferir en las decisiones de los líderes electos ni darles instrucciones. La democracia significa tan solo que el pueblo tiene la oportunidad de aceptar o rechazar a los hombres que han de gobernarle, pero no más. Dada esta división de tareas el «elitismo competitivo» de Schumpeter sería el el modelo de democracia más factible y apropiado.

Como crítico de los totalitarismos de la época, el economista austro-americano insistió en que los amantes de la democracia debían lim­piar su credo de los supuestos imaginarios de la doc­trina clásica. Por encima de todo, debían desterrar la idea de que el pueblo tiene opiniones concluyentes y racionales sobre todas las cuestiones políticas. Nada de plantear que solo pueden hacerse efectivas esas opiniones actuando directamente o eligiendo representan­tes que llevarán a cabo su voluntad. El régimen democrático no es más que un método político en el que el pue­blo, como elector, opta periódicamente entre equipos posibles de líderes.

Los empresarios políticos

Su aproximación concebía el comportamiento de los políticos de forma análoga a las empresas compitiendo por clientes. Las riendas del gobierno pertenecen a los que dominan el mercado. Eso sí, al igual que el poder de los clientes está limitado a lo que les ofrece el fabricante, los votan­tes no definen las cuestiones políticas centrales del día ni tienen una capacidad ilimitada de elección. A quién terminan eligiendo depende de las iniciativas de los candidatos que se presentan y de las po­derosas fuerzas que hay detrás de esas candidaturas. Para Schumpeter el hecho de que los partidos estén nominalmente ligados a unos valores ideológicos no es central. La explicación de por qué todos los gobiernos terminan haciendo políticas similares radica en que, después de todo, los partidos no son más que máquinas ideadas con el fin de ganar la lucha competitiva por el poder. Solo esto último les interesa.

En consecuencia, los partidos son la respuesta al hecho de que la masa electoral solo es capaz de actuar de forma cruenta. Los partidos son un intento de regular la competencia políti­ca, exactamente igual que pasaría con una aso­ciación de comerciantes. Son como empresas que ponen orden en la provisión de bienes y servicios. De ahí que para él las técnicas de sugestión psicológica, la propaganda, los eslóganes y las melodías características de las organizaciones no sean complementos accesorios. Para él son la esencia misma de la política partidista. Al igual que lo es el jefe político, que proporciona orden y la capacidad de gobernar la complejidad.

Eso sí, deben quedar bien claros los roles de líderes y votantes. Los elec­tores no solo deben abstenerse de tratar de instruir a sus represen­tantes acerca de lo que deben hacer, sino que deben desistir de cualquier intento de influir en su opinión. ¡Hasta llegó a pedir que se acabara por ley con la práctica de bombardear a los representantes con cartas y telegramas! La única forma de participación política abierta a los ciudadanos en la teoría de Schumpeter es la discusión y el voto ocasional.

Democracia, libertad y socialismo

En sus obras, Schumpeter señala que la democracia puede ser un campo abonado para la ineficiencia. Entre otras cosas por lo mismo con lo que él la caracteriza; la lucha incesante por la ventaja política y la toma de decisiones basadas en los intereses a corto plazo de los polí­ticos. Sin embargo, considera que los problemas pueden minimizarse si se cumplen determinadas condiciones.

La primera de ellas es disponer de unos políticos de gran capacidad, de gran cualificación. La segunda, que la competencia entre los líderes rivales (y los partidos) tenga lugar dentro de un abanico de cuestiones relativamente restringido. Insiste en que debe haber consenso sobre la di­rección general de la política nacional, sobre qué es un programa razonable y sobre los asuntos constitucionales básicos. La tercera es que haya una burocracia independiente bien formada, de buena reputación y tradición, para ayudar a los políticos en todos los aspectos de la administración. Y por último, la presencia de cierto autocontrol democrático, con el compromiso de no caer en la crítica excesiva al gobierno o un comportamiento impredecible y violento.

La democracia tiene muchas probabilidades de derrumbarse cuando los intereses y las ideologías se defienden tan firmemente que las perso­nas no estén dispuestas a comprometerse con ella como procedimiento. Un punto que para Schumpeter señala el fin de la política democrática. De ahí que una de sus preocupaciones más recurrentes sea  la relación entre democracia y li­bertad. Si entendemos por esta última la existencia de libertades individuales, entonces precisa que todo el mundo sea, en principio, libre para competir por el liderazgo. Algo que a juicio de Schumpeter permite demostrar que la democracia puede ser compatible tanto con un sistema capitalista como con uno socialista. Eso sí, siempre y cuando la concepción de la política no se es­tire en exceso.

En una economía capitalista es difícil que ocurra esto último porque la economía se considera fuera de la esfera di­recta de la política, lejos de la actividad gubernamental. Es un esquema fundamentalmente liberal. Sin embargo, Schumpeter señala que el modelo socialista tiene más peligros. Este modelo, al carecer de una restric­ción decisiva del ámbito de la política, deja abiertos todos los frentes a la intervención gubernamental. De ahí que defienda que la democracia y el socialismo tan solo pueden ser compatibles si a la primera se la entiende como elitismo competitivo, separando claramente la política de las cuestiones técnicas. Schumpeter afirmaba que no se podía determinar por adelantado si una democracia socialista podría funcionar adecuadamente a largo plazo. Pero de una cosa estaba absolutamente seguro: las ideas que conforman la doctrina clásica de la democracia jamás podrían hacerse realidad, por lo que un socialismo futuro no tendrá ninguna relación con ellas. Y en eso tuvo razón.

Críticas a la visión elitista de la democracia

La teoría de la democracia de Schumpeter señala muchas carac­terísticas reconocibles en las democracias liberales de Occidente. La lucha competitiva por el poder entre los par­tidos, el importante papel de las burocracias, la relevancia del liderazgo político, la política moderna basada en el marketing, la forma en que los votantes están sujetos a una avalancha constante de información política y cómo muchos votantes, a pe­sar de ello, permanecen pobremente informados sobre las cuestiones políticas. Muchas de estas ideas pasaron a ser centrales en la ciencia social de los años cincuenta y co­mienzos de los sesenta, justo los años de florecimiento de la ciencia política.

Sin embargo, a mi juicio, un punto débil de la teoría de Schumpeter es su equivocación entre lo que es y de lo que debería ser. Es decir, asume que la evidencia so­bre las democracias contemporáneas puede tomarse como la base para refutar los ideales normativos que encierran los modelos clásicos; los ideales de igualdad política y participativa. Por supuesto avanzar en la constatación empírica de que algunas de estas ideas son irrealizables sigue siendo algo fundamental, ya sea porque no es humanamente posible alcanzarlas, porque conllevan cataclis­mos masivos o porque encarnan fines contradictorios. Todas estas críticas a los modelos de democracia clásica me parecen necesarias.

El problema es que el ataque de Schumpeter es distinto. Lo que hizo fue definir la democracia en función de los regímenes que había en Occidente en el momento en que él escribía. Al hacer esto no proporciona una valoración de las teorías críticas, las cuales recha­zan explícitamente el statu quo y defienden un conjunto de alternativas posibles. Lo que hace es soslayarlas para defender el sistema imperante. El modelo del liderazgo competitivo no agota en ningún caso todas las opciones defendibles dentro de la teoría de la democracia. Schumpeter ni siquiera consideró, por ejemplo, la forma en la que se podrían combinar aspectos del mode­lo competitivo con esquemas más participativos.

Finalmente, quizá lo que más me chirría es su concepción del ser humano. Si consideramos al electorado in­capaz de establecer juicios razonables sobre política, ¿por qué sería capaz de discriminar en­tre líderes alternativos? ¿Cómo considerar adecuado el veredicto del electorado? Aunque su crítica a la voluntad general me parece certera, Schumpeter desliza la idea de que los ciudadanos no son agentes políticamente conscientes sino que son completamente «teledirigidos» por los mensajes mandados desde arriba. Esto está tan solo a un paso de pensar que lo que el pueblo necesita es ingenieros capaces de adoptar las decisiones técnicas correctas, ya que uno no sabría distinguir su interés por sí mismo. La antesala del argumento tecnocrático. Un argumento muy en boga últimamente y que agrieta un pilar básico de la política democrática; una ciudadanía plural con voluntad de gobernarse a sí misma.

domingo, 11 de octubre de 2015

Nuevos datos sobre la mujer de Cervantes, Catalina de Salazar

De Robert Lauer, en la lista de correo de cervantistas a que estoy suscrito:

Estimados colegas:

Con mucho gusto hago una minireseña del siguiente libro:

Sabino de Diego Romero. Catalina, fuente de inspiración de Cervantes. Análisis biográfico sobre Catalina de Salazar y Palacios. Basado en los documentos hallados en los Archivos Parroquiales de Esquivias. Sevilla: Puntorojo, 2015. Publicación. 306 pp. 150 x 210 mm. Tapa blanda. 19,- €. ISBN: 978-84-16513-03-1. Enlace directo: .

El libro estudia la figura de Catalina de Salazar y Palacios, del Lugar de Esquivias, quien fue la esposa del insigne Miguel de Cervantes Saavedra por 31 años (desde el 12 de diciembre de 1584 hasta la muerte del autor en abril de 1616). El estimado colega Sabino de Diego Romero publica 14 documentos inéditos y usa 584 documentos, inéditos también, que le permiten formar las valiosas genealogías de Catalina, remontándose a la época de los Reyes Católicos. La imagen que se da de Catalina es de una mujer inteligente y culta (sabía latín) en quien el célebre Manco de Lepanto encontró su musa y fuente de inspiración. Se enfatiza a la vez la vida cotidiana en Esquivias, patria de Catalina, enfatizándose, con fiel documentación, los bautizos, las bodas y las repentinas muertes de los vecinos y amigos de la familia Cervantes. Para mí éste es uno de los grandes valores del libro. Nos da una imagen real de vidas hasta cierto punto ordinarias en una comunidad algo retirada de las capitales del reino (Madrid, Valladolid). Se presenta a Catalina, a la vez, como una mujer abnegada que hizo lo posible por llevarse bien con la difícil Isabel de Saavedra, hija natural de Cervantes habida en su anterior amante Ana de Villafranca. El libro es un bello texto que pinta un mundo real (documentado fielmente) de personas ordinarias no conscientes todavía de que pasarían a la historia como individuos extraordinarios. El libro sirve, a la vez, para valorizar a la mujer más importante en la vida de Cervantes. El Dr. Emilio Pavón Maganto ya nos había brindado valiosas biografías sobre Ana de Villafranca, amante de Miguel de Cervantes (Madrid: Editorial Complutense, 2010) e Isabel de Saavedra: Los enigmas en la vida de la hija de Cervantes (Madrid: Editorial Complutense, 2013). Quedamos agradecidos al apreciado erudito Sabino de Diego Romero por su cuidadoso y laborioso estudio sobre Catalina de Salazar y Palacios.

NB: Aunque es un elemento estético (y no tenemos ninguna representación de Catalina de Salazar y Palacios), me han encantado las láminas de Rafael Vargas Simón que acompañan el texto. Se manda también la imagen de la portada del libro, de Juan Antonio Sánchez. Espero que ambas imágenes sean de su agrado.

Saludos cordiales de

A. Robert Lauer

sábado, 10 de octubre de 2015

Cuarenta años de pseudodemocracia

Javier Rodríguez Marcos, "Democracia, la crisis de los cuarenta", en El País, 10 de octubre de 2015:

Cuatro décadas después de la muerte de Franco, historiadores y filósofos sostienen que ha llegado el momento de reformas profundas en España.

Es difícil sustraerse a la atracción de los números redondos. El próximo 20 de noviembre se cumplirán cuatro décadas de la muerte de Franco y justo un mes después se celebrarán las elecciones generales más abiertas de los últimos tiempos. En medio, la formación del Gobierno independentista salido de los pasados comicios catalanes y el 37º aniversario de la Constitución de 1978. Para algunos, la Carta Magna es un fruto prohibido —más melón que manzana— imposible de abrir sin que se desate el caos; para otros, el origen de un régimen que consideran agotado. Junto a palabras como crisis, brecha, casta o vieja política vuelven a escucharse algunos términos fetiche de la Transición: reforma, ruptura, consenso, pacto.

Hace dos años, el jurista Santiago Muñoz Machado, miembro de la RAE y de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, ganó el Premio Nacional de Ensayo con un libro de título sobrio —Informe sobre España— y subtítulo espinoso: Repensar el Estado o destruirlo. Allí escribe párrafos como este: “Cuando las Constituciones han durado más, como ocurrió con la de 1876, o está pasando con la de 1978 en la actualidad, ha sido porque la clase política y las élites sociales han conseguido trenzar sus intereses de modo que las ventajas de la estabilidad y el parasitismo sobre las instituciones públicas se reparta de un modo equilibrado entre ellos o, en su caso, procurando una razonable rotación en el disfrute de prebendas. Si la situación aprovecha a los principales actores políticos y sociales, existirán menos razones para cambiarla. El anquilosamiento o la congelación del régimen constitucional no es difícil si la trama se extiende por todo el territorio del Estado, apostando en cada lugar estratégico a un leal cacique local que asegure la aceptación pacífica, o incluso entusiasta, y desde luego participativa, del reparto del poder”.

Cuatro décadas después, a ese congelado institucional parece llegarle el tiempo del deshielo. El bipartidismo lleva tiempo amenazado desde la derecha, la izquierda y el centro —y “desde el centro-centro”, según algunas—. Mientras, la crisis económica y la desigualdad han hecho que ya sea historia el bienestar que, según Muñoz Machado, “camufló” la inadecuación del apartado del Estado para la correcta administración de los intereses públicos. ¿Rotura, desgaste, envejecimiento, fin de era, cambio de ciclo? “Es un desgaste producido por el tiempo”, explica el ensayista en su despacho, en Madrid, “y por la falta de atención a un deterioro de las instituciones que hace poquísimo era tan general que afectaba desde a la Corona hasta el último rincón: el Parlamento, que no funciona sino a las órdenes del Gobierno; un Senado inservible; un Tribunal Constitucional dudoso; un Consejo General del Poder Judicial en cuestión…”.

"Igual que se habla de Segunda República, tal vez deberíamos hablar de segunda democracia", propone el historiador José Álvarez Junco.

La sensación de que algo tiene que cambiar es casi unánime. “Sí, hay un cierto final de ciclo”, apunta el historiador José Álvarez Junco. “Igual que se decía Primera República, Segunda, tal vez se debería decir segunda democracia si tomamos como referencia el 78”. El autor de Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX subraya que la Constitución vigente tiene una virtud inédita en nuestra tradición —nació del consenso—, pero reconoce que desde el franquismo arrastramos un problema: el miedo a la democracia: “Nos martillearon durante 40 años con que las democracias son regímenes muy inestables. ‘Miren Italia’, nos decían, ‘cae el Gobierno cada seis meses. Miren la Segunda República’. Y se hizo una Constitución contra la inestabilidad. Aquí los Gobiernos no pueden ser derrocados porque el voto de censura constructivo es imposible de superar. Tenemos un sistema muy blindado y, además, los partidos se han ido convirtiendo en muy autoritarios —no lo eran tanto al principio— y en muy clientelares”. A falta de la transición ética.

La catedrática de Ética Adela Cortina sostiene que vivimos en una época de cambio, no en un cambio de época. “La gente”, argumenta, “se ha cansado del conformismo de los dos partidos preponderantes, de su tendencia a no pensar en proyectos, sino en ocupar un puesto y dedicarse a sobrevivir. Eso ha llevado a la gente a indignarse con mucha razón”. Para explicar su dedicación a la ética, Cortina suele remontarse a la Transición. Con el final de la dictadura, quiso saber si una sociedad vertebrada en torno a los valores del nacionalcatolicismo podría desarrollar una ética compartida. Por eso se marchó a Alemania a estudiar la ética dialógica de la Escuela de Fráncfort. ¿Necesitamos hoy un cambio similar de valores? La pensadora responde sin dudar: no. “El paso del franquismo a la democracia no se puede comparar con lo que ahora podríamos hacer de novedoso. Somos un país democrático con instituciones deterioradas pero legítimas. No hay una crisis de legitimidad, pero las instituciones tienen que estar de acuerdo con los valores que dicen representar: la libertad, la igualdad —que está en una situación deplorable—, la solidaridad… Hicimos la transición legal, ahora habría que hacer una transición ética”.

Santiago Muñoz Machado subraya que el deterioro institucional ha llevado a una pérdida de fe en el valor de la democracia: “La gente tiende a no creerse que el que habla en las elecciones es el pueblo y que las instituciones les representan. Ese valor es precioso, necesita mucho cuidado y no se ha cuidado nada”. Cuando recuerda algunos de los eslóganes del 15-M —“No nos representan”, “Democracia real ya”—, Muñoz Machado cuenta que, “como tantos”, también él pensó aquel 2011 que eran “exageraciones, un movimiento suflé”. Aunque lo vivió con mucho interés. “Ver a los alumnos en la calle era una alegría por el hecho mismo de aspirar a otra cosa, fuesen o no atendibles sus reclamaciones. Durante años no se conmovían con nada. Eso sí, les está costando convertirse en un partido estable”, dice en alusión a Podemos este catedrático de Derecho de la Universidad Complutense.

"Hicimos la transición legal, ahora habría que hacer una transición ética", sostiene la filósofa Adela Cortina.

En las aulas o en las plazas, nunca se discutió tanto sobre la democracia como desde entonces. Tanto que conceptos que durante años fueron marginales se han instalado en el centro del debate hasta el punto de bautizar exitosas plataformas electorales. Lo común, por ejemplo. El reto para los indignados es marcar la frontera entre lo común y el fantasma del comunismo agitado por sus críticos más ruidosos. “Lo que está en cuestión hoy”, explica la filósofa Marina Garcés, autora de Un mundo común, “es cómo nos definimos y cómo nos organizamos colectivamente más allá de la solución moderna, que es la del Estado nacional y su concepción de la relación entre lo público y lo privado. ¿Quiénes somos nosotros en un sistema capitalista (productivo y financiero) globalizado? En un planeta tan interdependiente, la vida se ha convertido en un problema radicalmente común. Esta dimensión de la política no tiene nada que ver con la solución comunista a la configuración del Estado y de su gestión. Nos obliga a inventar otras soluciones”.

Muchos pensadores e historiadores coinciden en el diagnóstico, casi ninguno en el tratamiento. En el capítulo de las soluciones reaparece la dicotomía de moda en la España de los años setenta: ruptura o reforma. La globalización, la preeminencia de la economía sobre la política o la propia integración en la Unión Europea han dejado tocada, según algunos, esa “solución moderna” a la que se refiere Garcés: el Estado-nación. Si la corrupción política y la indefensión social ante la crisis —¡los mercados primero!— llevaron a muchos a decir que sus representantes no les representaban, la deriva globalizadora ha llevado a otros a decretar que el Estado del que forman parte ya no les sirve. Entre estos últimos está el filósofo barcelonés Xavier Rubert de Ventós, exdiputado al Congreso y al Parlamento Europeo por el PSC y autor del ensayo De la identidad a la independencia, consagrado a defender el independentismo catalán no desde el costado sentimental-nacionalista, sino desde un pragmatismo más centrado en la teoría política que en la economía.

“El Estado-nación”, explica Rubert por teléfono desde Barcelona, “nace en parte para solucionar un problema de escala y de funcionamiento mercantil en Europa. Funciona por el do ut des, doy para que me des. Los pueblos renuncian a la violencia a cambio de protección económica y militar”. Según Rubert de Ventós, ese Estado-nación está dejando de ser una entidad funcional para reducirse a entidad simbólica. Con la globalización ha ido perdiendo lo que antes ofrecía: democracia, seguridad y presencia internacional. “¿Qué estamos haciendo en Siria?”, se pregunta. “No tenemos ni idea de qué hacer. La concentración del poder da miedo y si el Estado se hace poco funcional ya no me sirve. Pero por funcionalidad, no por identidad. Cuando uno pone el motor, lo razonable es que lleve el volante”.

Para César Rendueles, que nació el año de la muerte de Franco y es autor del ensayo Sociofobia. El cambio político en la era digital, lo que está pasando en Cataluña es lo que Gramsci llamaba “revolución pasiva”: un intento por parte de las élites de sobrevivir a una crisis haciendo algunas concesiones que les permitan seguir en el poder. Una solución “desde arriba”. Esa tensión entre lo nacional y lo social pone sobre la mesa otra grieta: la que existe entre derechos individuales y derechos colectivos, que algunos consideran “históricos”. Según Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia, los llamados “derechos históricos” son una reminiscencia del Antiguo Régimen anterior al establecimiento de las democracias: “Basarse en criterios de territorio, de nacimiento, de pertenencia a la tribu y de diferenciación en la superioridad, en lugar de hacerlo en la ciudadanía que nos hace bajo la ley común ‘libres e iguales’, es una regresión que perjudica a los más pobres, dificulta la movilidad social en beneficio de unos pocos y vulnera la libertad individual”. En un Estado de derecho, argumenta la historiadora, son los ciudadanos los que tienen los derechos, no los territorios: “El territorio común de ese Estado de derecho —España— es, como dice Fernando Savater, ‘el nombre que respalda mi ciudadanía, mis derechos y obligaciones, mi libertad de perfilar las identidades que prefiero”. El propio Savater sostiene que las tensiones proceden de no haber sabido explicar la diferencia entre identidad cultural y ciudadanía democrática: “Una vez aceptada la ley común, el ciudadano tiene derecho a ser diferente a todos los demás”. La solución, afirma el filósofo, está en el largo plazo, en la educación. Resignado a las prisas, apunta: “Ahora llegan elecciones y vamos a tener que ocuparnos de esa pedagogía de urgencia que son las campañas electorales”.

Según Fernando Savater, las tensiones territoriales proceden de no haber entendido la diferencia entre "identidad cultural" y "ciudadanía democrática"

Saliendo de la discusión entre lo individual y lo colectivo, que según Marina Garcés no se resuelve ni con la “simplificación nacionalista” ni con la “abstracción ciudadanista” porque “cada uno de nosotros es individual y a la vez múltiple”, la pensadora barcelonesa propone medidas concretas: “Referéndum en Cataluña, cambio en las leyes electorales, tanto generales como locales, y, a partir de ahí, proceso constituyente sin tabúes que redibuje de abajo arriba la arquitectura institucional y el sistema de toma de decisiones colectivas, incluida la jefatura del Estado. Lo que salga de ahí puede ser un país o varios, pero lo deseable es que sea bien distinto a la España que hemos conocido”.

Para otros, como Álvarez Junco y Muñoz Machado, la salida de la crisis institucional pasa por reformar la Constitución con toda la profundidad que sea necesaria, pero sin necesidad de un proceso constituyente. Se trataría, por un lado, de reconocer a Cataluña y a otros territorios una singularidad que quedó diluida en el famoso “café para todos” autonómico. Por otro, de definir cabalmente las competencias y la financiación de las Comunidades Autónomas. Según Muñoz Machado, “es menos respetuoso con la Constitución cerrar los ojos ante su decadencia que reformarla”. El inmovilismo, dice, es “irresponsable”: “Desestabiliza más que cualquier reforma”. También toca controlar, apunta el jurista, la “patrimonialización” del Estado por parte de los políticos. “La Constitución y el Estado de las autonomías permitieron expandirse a la clase política hasta términos que nunca hubiera soñado. Se apoderó de las instituciones sin un sistema de controles suficientemente severo. Eso hizo posible una corrupción galopante. Modificar ese estatus les producirá, obviamente, temor a la pérdida económica y de influencia, pero si no lo hacen, el pueblo se lo cobrará. Ya se lo está cobrando”.

“Es menos respetuoso con la Constitución cerrar los ojos ante su decadencia que reformarla", recuerda el jurista Santiago Muñoz Machado.

En el supuesto de que se solucionara la crisis institucional, quedaría por resolver otra que llevó a muchos ciudadanos a reparar en ella: la económica. Pesimista ante la posibilidad de que los cambios vayan más allá de “unos parches que permitan seguir tirando”, el historiador Josep Fontana se mueve entre lo local —“¿qué vamos a votar en Cataluña el 20 de diciembre?”— y lo global: “¿Habrá una tercera crisis como las de 1929 y la de 2008? Esa incertidumbre está en todas partes. Hay problemas muy serios que tienen que ver con la economía y con la desigualdad, pero eso no los vamos a poder resolver aquí”. La idea lanzada por Sarkozy en 2008 de refundar el capitalismo es recibida hoy con una sonrisa irónica tanto por Fontana como por Adela Cortina, directora de una fundación para la ética en los negocios (Étnor). “Europa inventó una fórmula muy buena que es la economía social de mercado. El mercado tiene que vivir en un marco institucional para que la distribución de la riqueza sea lo más justa posible. Por ahora, estamos retrocediendo”, afirma Cortina, que no se resigna a la infalibilidad de los ciclos económicos: “La crisis parece una catástrofe natural, y los ciclos, un destino implacable, pero la economía es una actividad humana. Ahí está el caso Volsk­wagen. Hay cosas que no podemos prever, pero hay decisiones que afectan sobre todo a los peor situados. Son ellos los que acaban quedándose sin empleo”.

César Rendueles, que acaba de publicar el ensayo Capitalismo canalla, recuerda que en España la pobreza juvenil, por ejemplo, está muy camuflada por la fuerza de las familias: “Aquí la solidaridad familiar es muy intensa, y el tejido asociativo, muy débil, al contrario que en los países del norte. Necesitamos, aunque la expresión no me gusta, sociedad civil”. La política no puede ser estar en asamblea permanente, sugiere, ni reducirse a votar cada cuatro años. “Creo que la solución pasa por Europa, que debe ser algo más que el Banco Central. Tiene un tejido institucional que debemos resignificar. Es una de las principales economías del mundo y puede desafiar al neoliberalismo global”. Eso del lado del optimismo. Del lado del pesimismo, la idea de que la crisis, como en algunos países latinoamericanos, puede convertirse en la normalidad: “¡Claro que se puede vivir yendo a peor!”. Cuarenta años después de la muerte de Franco —los que tiene Rendueles—, llega el momento de comprobar si el sistema funciona mal o es que funciona así. Ni una cosa ni la otra deberían ser inevitables.

Lecturas para el debate

Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo. Santiago Muñoz Machado. Crítica.

Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX. José Álvarez Junco. Taurus.

¿Para qué sirve realmente la ética? Adela Cortina. Paidós.

Un mundo común. Marina Garcés. Bellaterra.

De la identidad a la independencia. La nueva transición. Xavier Rubert de Ventós. Anagrama en castellano/Empúries en catalán.

Contra las patrias. Fernando Savater. Tusquets.

No siempre lo peor es cierto. Estudios de historia de España. Carmen Iglesias. Galaxia Gutenberg.

Sociofobia. El cambio político en la era digital. César Rendueles. Capitán Swing.

Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Josep Fontana. Pasado & Presente.