sábado, 2 de enero de 2016

IMind, Otro programa robot para entender el lenguaje humano


Un pastor alemán puede ser un perro o un señor que tiene ovejas: el análisis del contexto nos permite comprender la diferencia entre ambos significados. A partir de esta idea, un grupo de emprendedores españoles han creado iMind Technology, una spin off apadrinada por la empresa tecnológica Full on Net que durante ocho años ha trabajado en un programa informático sobre inteligencia artificial.

Su producto es, según sus fundadores, “un cerebro artificial sin conciencia que permite a la máquina ir aprendiendo a medida que se interactúa con ella”. El Banco Santander y Vodafone han adoptado esta herramienta, capaz de procesar el lenguaje e interpretar lo que una persona quiere decir, y que se anuncia como un asistente para realizar ventas, un sustituto de un centro de atención telefónica o un programa para el servicio interno de cualquier compañía. “Es una herramienta enfocada a cómo pensamos las personas, intenta amoldarse a nuestros mecanismos psicológicos”, señala David Martínez, ingeniero informático y uno de los creadores. “Esa mente artificial interactúa con los clientes y los entiende. Comprende su situación emocional. Se diferencia de Siri [el asistente de Apple] en que Siri sólo entiende el idioma, no el sentido de las frases”.

Su director, Ramón J. Fonte, psicólogo de profesión, cree que esa tecnología “puede ayudar tanto a las organizaciones como a las personas”. Pone como ejemplo una empresa que venda 1.000 referencias de productos. Semantics, su software, se informa sobre todas ellas y aprende a asesorar al cliente que busca un producto concreto: “Eso consigue unos importantes ahorros de costes”, señala su director.

“Es capaz de aprender de lo que está ocurriendo y tomar decisiones basándose en lo que tú le pides”. Una de sus características es que incorpora un análisis de sentimientos por medio de la biometría de la voz, “lo que abre las puertas al procesamiento de aspectos típicamente humanos, como la ironía o el sarcasmo”. También recuerda las distintas voces, lo que le ayuda a mejorar la interac­ción gracias a que almacena experiencias previas. Pero no necesita ser entrenado por una voz concreta, como algunos GPS: su índice de acierto es independiente del hablante gracias a una serie de algoritmos que extrapolan las características de cualquier voz y establecen un patrón general.

Se comparan, e incluso dicen estar por delante de grandes multinacionales. “Hay algunas herramientas similares en el mercado, pero no están tan avanzadas como la nuestra en la interacción mental, es decir, en lo que va más allá de la tecnología, la capacidad de comprender”, señala Martínez. Más de 20 desarrolladores y 2,5 millones de euros de inversión han sido necesarios para que Semantics llegue al mercado. “No existe nada en castellano que funcione con esta precisión”, señalan sus creadores, que este año facturarán cinco millones de euros. El producto permite incorporar diccionarios temáticos en su memoria (con terminología técnica procedente de áreas como la financiera o la científica). Es compatible con todo tipo de programas de otros fabricantes y cumple con las normas de seguridad estándar del mercado. Su implantación puede realizarse en unos tres meses, y responde a los humanos tanto por voz como a través de la escritura.

Información clave

Semantics se alimenta de los datos de la empresa, pero también es capaz de leer otro tipo de información heterogénea contenida en blogs, redes sociales o vídeos. “Puede organizar toda esa información y alinearla con el objetivo que tenga una compañía. La calidad de los datos es su punto fuerte”, asegura Fonte. “Está orientada al big data, así que cuanto más contenido existe en el sistema, más eficaz resulta”.

Los emprendedores, afincados en Madrid, quieren hacer que 2016 sea el verdadero año de lanzamiento, aunque llevan tres comercializando el software. No se han planteado vender la empresa: “Nos interesa desarrollarla, esa es nuestra principal preocupación”. Su reto comercial es llegar a grandes clientes internacionales compitiendo con tecnológicas como Facebook, Google o IBM. Todo desde una pequeña oficina de Madrid.

El imperio de los datos

Hace exactamente dos años, IBM anunciaba el lanzamiento del Grupo Watson, una nueva unidad de negocio dedicada al desarrollo y comercialización de “innovaciones cognitivas en la nube”. El proyecto, en el que ha invertido 1.000 millones de dólares, quiere hacer llegar al mercado “una nueva clase de software, servicios y aplicaciones capaces de aprender y dar respuesta a preguntas complejas gestionando una gran cantidad de información (big data)”. Hace dos semanas la compañía anunciaba que Múnich será la sede de su centro de Watson para Internet de las cosas. Allí trabajarán unos 1.000 expertos desarrolladores, consultores, investigadores y diseñadores en industria 4.0.

Otras grandes multinacionales han apostado por investigar en este gran nicho de mercado. Según los analistas de Gartner, las máquinas inteligentes van a ser las protagonistas de la próxima revolución tecnológica en sectores como sanidad, la distribución, los servicios financieros, los viajes o las telecomunicaciones. Las aplicaciones son infinitas: los centros de atención al cliente clásicos, por ejemplo, suelen presentar tasas de abandono de los usuarios muy elevadas, y un alto porcentaje termina por afectar a la imagen de las compañías.

En el comercio electrónico, la mitad de las ventas por Internet se acaban perdiendo porque el cliente no es capaz de encontrar exactamente lo que busca en los catálogos de las plataformas online. Aunque por ahora, como explican en iMind, el nivel de penetración de los sistemas que incorporan inteligencia artificial es escasa, ya que en ocasiones están poco desarrollados o son incompatibles con herramientas de otras marcas. Además, sus precios suelen ser altos.

Republicanos que se alistaron para luchar contra Hitler


"Contra los alemanes teníamos el odio de lo que nos habían hecho en España y luchábamos con las tripas. […] Era una cuestión de honor". Las palabras de Rafael Gómez sintetizan por qué durante la Segunda Guerra Mundial miles de españoles se unieron a los aliados contra Hitler. Combatientes en la Guerra Civil, habían huido, derrotados, pero soñaban con reconquistar su país a Franco. El completísimo estudio La guerra continúa Voluntarios españoles al servicio de la Francia Libre (1940-1945), de la editorial Marcial Pons, rastrea las huellas de 1.150 jóvenes que lucharon en las Fuerzas Francesas Libres (FFL) desde junio de 1940 hasta la rendición del Tercer Reich, en mayo de 1945. A ese millar, se suman los 10.000, según los diferentes estudios, que lucharon en la Resistencia francesa. El autor del libro es Diego Gaspar Celaya (Zaragoza, 1982) doctor en Historia y especialista en el exilio español en Francia tras la contienda.

Gaspar pasó dos de los cuatro años y medio que le ha llevado esta obra analizando en los archivos del Ministerio de Defensa francés los dosieres de los españoles -el principal aporte extranjero- que se sumaron a las fuerzas armadas del general Charles de Gaulle. La base de datos que ha elaborado para su estudio la ha cedido al Ministerio de Educación y Cultura que trabaja en una web donde estarán la información sobre aquellos alistados, anuncia. Gaspar tuvo ocasión de entrevistar a varios de aquellos hombres: "Tenían muy claro que volverían a hacerlo, que volverían a empuñar las armas. Entre la Guerra Civil y la guerra mundial pasaron toda su juventud luchando. Tras el conflicto, la mayoría reconstruyó su vida y se quedaron en Francia", dice este historiador al que desde muy joven le habían fascinado las fotografías de los vehículos blindados entrando en París con nombres de ciudades españolas escritos en su frontal. "Es una parte del exilio, combatiente, menos contada. Siempre se ha hablado de las condiciones de los refugiados en Francia, de los que se fueron a México, pero no tanto de los que se reengancharon a otra guerra".

El libro dedica precisamente un amplio apartado a los "campos de la vergüenza", en los que Francia hacinó a los españoles que huían de la guerra. Esas personas que, camino del exilio, describió el presidente de la República, Manuel Azaña, como una "muchedumbre enloquecida que atascó la carretera y los caminos". El fotoperiodista valenciano Agustí Centelles retrató para la historia las duras imágenes del campo de Bram, con sus improvisados recintos alambrados en las playas. El minero anarquista Fermín Pujol Araus relató así su experiencia en Argelès: "No se podía dormir. Los piojos y la sarna nos invadieron en seguida. Muchos enfermos murieron porque nadie se ocupaba de ellos. Pasábamos mucha hambre".

Para salir de esos campos de internamiento, una de las opciones era alistarse en la Legión Extranjera o, desde noviembre del 42, en el Cuerpo Franco de África. "Otra motivación era luchar contra el fascismo con armas de verdad, decían ellos, no como les había pasado en España". Al otro lado de la frontera había una razón de peso: el flamante Gobierno de Burgos había aprobado una ley retroactiva de responsabilidades políticas que llegaba hasta 1934. "Esto suponía que la más leve significación con la República podía llevar a ser encausado".

La mayoría de los 1.150 hombres sobre los que ha investigado Gaspar se integraron, en varias etapas, en las Fuerzas Francesas Libres, que creó De Gaulle en junio de 1940, tras oponerse al armisticio de Hitler y llamar a la resistencia. A pesar del título, La guerra continúa no es una sucesión de las numerosas batallas en las que se batieron el cobre los españoles: Noruega, Camerún, Bir Hakeim (Libia), Siria, Túnez, Sicilia, Roma, París, Estrasburgo… sino que subraya la "sociología del alistamiento": edad, origen geográfico, oficios, experiencia en la Guerra Civil… y la disciplina. "En los dosieres no he encontrado ningún expediente por faltas graves como violaciones o asesinatos. Solo leves, faltaban a revista por haber estado de permiso y retrasarse en su vuelta, a veces porque estaban durmiendo la borrachera", bromea.

La actuación española en la Francia resistente a los nazis ha generado mucha literatura, "a veces hagiográfica" —incluso una novela gráfica de Paco Roca—, dedicada a la 9ª Compañía de Combate del Tercer Batallón del Regimiento de Marcha del Chad, popularmente, La Nueve, integrada prácticamente por españoles. Algunos formaron parte del destacamento elegido para entrar en París la noche del 24 de agosto de 1944.

A pesar de tanto sufrimiento y batallas, cuando acabó la guerra Francia volvió a dar de lado a los españoles. Horas después de que ese reducido destacamento alcanzase la plaza del Ayuntamiento parisiense, De Gaulle se dirigía desde ese lugar al gentío en un discurso en el que reservó todos los honores para los galos: "París liberado por su pueblo, con el apoyo de toda Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna". Gaspar sostiene que, desde el primer momento, "se intentó soterrar la participación de los extranjeros, como los españoles, tanto por la historia oficial, gaullista, como por la no oficial, la del Partido Comunista Francés, en pro del consenso nacional y de ensalzar el mito de la Resistencia". Hasta 2004, París no reconoció el papel de La Nueve. Y el 25 de agosto de 2014, el presidente de Francia, François Hollande, y la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, nacida en San Fernando (Cádiz) y descendiente de republicanos españoles, evocaron, en sus discursos por los 70 años de la liberación de la ciudad a los componentes de La Nueve. Los españoles que ayudaron a derrotar a Hitler, se hicieron por fin con un hueco en la memoria colectiva de Francia.

Tipos curtidos

La historia oficial de Francia olvidó a los extranjeros, españoles incluidos, que habían ayudado a doblar el brazo nazi. Un relato sesgado e injusto con hombres como el valenciano Germán Arrúe, de la compañía de combate conocida como La Nueve. Arrúe, nacido en 1917, había participado siendo un chaval en la Guerra Civil, en batallas como las de Teruel o del Ebro. Tras huir a Francia, pasó nueve meses en los campos de internamiento: "Nueve meses de miseria. Pasé tanta hambre que al final no podía ni ir al váter, estaba seco". Participó en la campaña de Túnez y con La Nueve estuvo en la liberación de París y Estrasburgo y en la toma del Nido del Águila de Hitler, en Berchtesgaden (Austria). Después de la guerra se hizo peluquero, se casó con una francesa y pasó 30 años en Lyon como conductor de camiones. Murió en 2007. Sus cenizas reposan en su pueblo natal, Benaguacil.

viernes, 1 de enero de 2016

Antonio Escohotado

Javier Bilbao, "Escohotado frente al miedo", en JotDown

Decía recientemente el compañero de publicación Tsevan Rabtan que España es «ese lugar en el que al que asoma la cabeza le dan con un palo». No soy yo muy partidario de teorizar sobre caracteres nacionales que se pierden en las brumas del tiempo y menos aún del tradicional menosprecio autóctono, pero a la realidad se ve que le importa poco mi parecer y se obstina en dar ejemplos que sustentan esa descripción. Así que habrá que rendirse a la evidencia. No se trata únicamente de que tal o cual persona no reciba los empleos, distinciones o reconocimientos que crea —o que los demás crean— que se merece, pues si en el lago Wobegon todo el mundo estaba por encima de la media, aquí todos estamos por debajo de donde deberíamos estar, en cuanto nos dan ocasión de quejarnos.

No es tanto un problema de indiferencia ante el mérito ajeno —que por tanto podría hacernos dudar de que tal mérito existiera— sino de abierta y desbocada hostilidad hacia él, prefiriendo uno quedarse tuerto si el otro a cambio se vuelve ciego. Así que el logro ajeno se reconoce… para combatirlo furiosamente, pues nadie en su sano juicio estallaría en cólera contra un ácaro inofensivo. El otro día una lectora clamaba exigiendo el despido del autor de cierta crítica cinematográfica que han leído muchos, ha entusiasmado a unos cuantos y a ella no le había gustado nada. No le bastaba con expresar que dicho texto no había sido de su agrado, no por Dios, o incluso con decir «esta crítica es tan mala que me ha quitado el hambre y el sueño, qué coño, ¡me ha robado el alma!». No es suficiente tampoco: hay que exigir el despido de su autor. Sí, eso es lo justo, qué importa que tenga seis bocas que alimentar de niños vietnamitas adoptados, tres de ellos con polio y uno con dengue. Que desconozco si será el caso, pero nunca se sabe.

Aunque sin duda el ejemplo más clamoroso de todo esto lo tenemos en Antonio Escohotado. Un personaje tan erudito e inteligente como afable en el trato personal (al que en su día tuve la suerte de entrevistar y de disfrutar de su hospitalidad), de su singular biografía llaman la atención dos aspectos: su manera de ir por libre siguiendo su camino y la indisimulada aversión que eso ha provocado en algunos. Nació en Madrid en 1941 aunque pasó la infancia en Río de Janeiro, donde su padre fue agregado en la embajada hasta que regresaron a España en los años cincuenta. Quizá ese choque contra un ambiente rancio y cerrado tan distinto de aquel en el que se crió marcaría su carácter rebelde e incapaz de ahormarse por la convención, o tal vez fue su afición a meter sapos en el sagrario, la cuestión es que desde entonces iría de aquí a allá desbocado como una bola de pinball. Se pasó la mili en el calabozo por desobediencia pero se vio sin embargo capaz de combatir en el Vietcong, aunque finalmente no fue admitido en su sede parisina. También sostiene que le tentaron en su momento las bandas terroristas FRAP y Baader-Meinhof, lo que suena a mera elucubración pasajera que afortunadamente se le pasó. Más empeño puso en leer su tesis doctoral a finales de los sesenta en torno a Hegel, pero al ser considerada atea el presidente del tribunal solo accedió a estar presente al tercer intento y debido al notario con el que nuestro autor acudió. Dicha obra posteriormente sería premiada y publicada, con el título La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía hegeliana de la religión.

Mientras tanto había obtenido una plaza de funcionario en el Instituto del Crédito Oficial, pero llegados los años setenta optó por dar un giro a su vida: «Dejé aquello —buen empleo, buen sueldo, importante estatus— por irme de aventura, a descubrir otros mundos, otros valores». Los restos del movimiento hippie occidental habían terminado recalando en Ibiza, así que allá se marchó, dispuesto a vivir en una choza sin luz ni agua, aunque con abundante sexo y drogas, lo que termina compensando creo yo. Mientras tanto se dedicó a traducciones de libros de filosofía (con autores que influirían notablemente en su pensamiento, como Hobbes o Thomas Jefferson) y también fundó la discoteca Amnesia, hoy en día una de las más importantes del mundo. Cuesta imaginar que en el origen de esto estuviera alguien que mientras tanto escribía sobre metafísica, los filósofos presocráticos y la religión a partir de Hegel, pero los clichés están para romperse.

Ya en los ochenta regresa a Madrid, se presenta a las pruebas para acceder a profesor titular que dieron acceso a unos seis mil adjuntos pero no a él, que pese a tener varios libros y artículos publicados recibió siete ceros del tribunal, aunque tras una reclamación sería aprobado. Por aquellos años fue además encarcelado en cuatro ocasiones por posesión y tráfico de drogas, en lo que asegura que fue una encerrona de la policía. La estancia en prisión en cualquier caso fue provechosa y le sirvió para escribir su impresionante Historia general de las drogas, que se convirtió en una obra de referencia internacional sobre el tema. En este periodo de los ochenta y noventa fue cuando comenzó a salir en televisión en los debates sobre drogas que tan de moda se pusieron, llamando la atención de servidor y de muchos con su estilo pausado y sabio, como un maestro Yoda de las drogas frente a los diminutos inquisidores de espíritu estrecho que se le oponían con la vena del cuello hinchada.

Era curioso aquello, los medios de comunicación, siempre ávidos de alarmismo con el que captar la atención, encendían a una opinión pública maleable. Cerrando el círculo por su parte las administraciones, más pendientes de aparentar que arreglan algo que de arreglarlo, saciaban esas ganas de la ciudadanía espoleada para que se tomasen medidas —las que fuera, pero rápido— con estrafalarias campañas antidroga que mostraban a sustancias químicas como ente diabólicos que te poseían, generando así una perversa y extraordinariamente eficaz promoción de las mismas basada en la tentación de lo prohibido. Pero las campañas de histeria colectiva generan graves injusticias tirando al niño con el agua sucia, leyes ad hoc que vulneran los derechos civiles que luego cuesta décadas derogar, dispendio de recursos y condicionamiento del debate público y la libertad de expresión con tabúes y consignas que se repiten machaconamente en campañas institucionales… hasta que todo ello acaba dispersándose tan pronto como apareció.

Ahora los medios apenas dedican atención a «La Droga», ya no es una prioridad de las instituciones e incluso dos de los cuatro partidos más votados en las recientes elecciones incluían en sus programas legalizar parte de ellas sin que eso generase ningún escándalo. ¿Quiere decir que hemos progresado? En ese aspecto sí, pero ahora simplemente tenemos otra clase de alarmismo con el que generar histeria cuya mera mención hará que otro lector pedirá que me despidan, pese a tener una boca que alimentar. Solo una aunque muy grande, eso sí. Así que son, como de costumbre, malos tiempos para la libertad de expresión, porque la Ventana Overton siempre estará ahí, solo cambian los temas en cada década.

rtrgLa cuestión es que en este cambio jugó un papel fundamental Escohotado. Con él veíamos cómo frente a la ignorancia y el miedo, que son los hilos con los que otros pueden manejarnos, cabía la posibilidad de un espíritu ilustrado y autónomo. Esta actitud la mantuvo en otras facetas y por ejemplo sus críticas al GAL le valieron dejar de ser publicado en un periódico cuyo nombre ahora no logro recordar. En los noventa mantuvo un debate público con Savater en el que se mostró inicialmente a favor de la negociación con ETA y tras escuchar las razones de su adversario… ¡cambió de opinión! No nos consta que tras ese insólito proceder ardiera por combustión espontánea. Mientras tanto había estado publicando libros sobre temas diversos como los roles de género en Rameras y esposas, el poder político en El espíritu de la comedia y en El retrato del libertino indagaba en cuestiones antropológicas sobre los placeres prohibidos. En Caos y orden desarrollaría esa idea de fondo sobre la libertad de seres autónomos autoorganizándose frente a un sistema jerárquico, lo que le valió premios, buena acogida del público y también alguna que otra reacción furibunda ante lo que consideraban intrusismo en sus parcelas de especialización.

Ya en este tercer milenio, con siete hijos tras de sí, un fracaso amoroso le llevó a trasladarse durante un año sabático a Tailandia. De este periodo surgió Sesenta semanas en el trópico, un libro-diario bastante simpático en el que además de expresar la manía que les cogió a los asiáticos ya se perfila lo que él define como la obra de su vida: Los enemigos del comercio. Aquella idea que planteaba en Caos y orden ahora la aplicaría a la economía, anteponiendo a Adam Smith sobre Marx, el libre comercio sobre el control estatal. Naturalmente esto escandalizó a algunos de sus seguidores, pero prefirió traicionarlos a ellos que a sí mismo. En vez de dormirse en los laureles y sestear repitiendo lo mismo una y otra vez, década tras década, se embarcó en un nuevo campo de estudio que en el fondo era coherente con la idea de libertad que llevaba décadas defendiendo, al menos desde que se le quitara la tontería de entrar en el Vietcong de cuarenta años atrás. La idea del comunismo como una herejía del cristianismo que desarrolla aquí Escohotado no es desde luego invención suya y ya hace setenta años André Guide lo veía así:

Lo que me lleva al comunismo no es Marx, sino el Evangelio. Es el Evangelio lo que me ha formado. Son los preceptos evangélicos, la forma que han hecho adoptar a mi pensamiento, al comportamiento de todo mi ser, lo que me ha inculcado la duda de mi valor propio, el respeto del prójimo, de su pensamiento, de su valor, y que en mí han fortalecido este desdén, esta repugnancia a toda posesión particular y a todo acaparamiento.

George Steiner posteriormente también se extendería sobre ello en Nostalgia del absoluto, pero sí es mérito de nuestro autor remontarse a los orígenes mismos del cristianismo y a la secta de los ebionitas, con su ideal pobrista sobre que toda propiedad es un robo y el comercio su instrumento, y trazar desde ahí un minucioso recorrido histórico en el que enfrenta las comunidades igualitarias religiosas y militares con la naciente burguesía medieval. Pero si quieren conocer más detalle sobre esta obra puede oírle explicándola con sus propias palabras en esta conferencia (en la que además, mostrando su buen gusto, reivindica una película tan buena e incomprendida como 300). Hace un par de años publicó el segundo volumen y ahora prepara el tercero. Solo nos cabe desearle más energía para que continúe indagando en este u otros temas y ampliando así esta trayectoria tan singular.

¿Y a santo de qué este imperfecto repaso de su vida y obra de las líneas anteriores? Pues a que hace unos días se ha publicado un libro que aspira a abarcar toda ella titulado Frente al miedo. En torno a algo más de seiscientas páginas se ha resumido con más acierto que en este artículo los grandes asuntos que han captado su atención, mediante artículos en prensa, conferencias, entrevistas y fragmentos de aquí y de allá. Su interés es desigual, pues en algunos casos alcanza una densidad espeluznante cuando se pone a hablar de ontología y otras resulta mucho más claro y didáctico, aunque al tratarse de una recopilación de textos no es necesario leerlo todo ni leerlo en orden. Al gusto del lector. Lo que encontrará casi siempre, eso sí, es a un escritor de excepcional erudición, que aporta infinidad de ideas, datos e hilos de los que tirar, ya nos hable de los primeros ascetas cristianos, de los colonos americanos o de la Ley Seca y sus justificaciones ideológicas. Y, también, algunos apuntes autobiográficos con los que explicarse a sí mismo, pues según apunta en sintonía con lo que decíamos al comienzo: «En este país la pasión por el estudio es casi tan peligrosa como no pertenecer a alguna capilla»

Un juego en línea para diagnosticar la dislexia

El artículo y el enlace al juego aquí

http://elpais.com/elpais/2015/12/30/ciencia/1451479191_791338.html

jueves, 31 de diciembre de 2015

Crítica literaria popular

Jaime Rubio Hanclck "Los clásicos de la literatura también reciben críticas crueles. Recogemos las opiniones más hirientes de los lectores a grandes obras de la literatura universal" El País, 30/12/2015 


Hay días en los que parece que no hacemos nada bien, por mucho que nos esforcemos: todo el mundo critica y echa para atrás nuestras ideas y propuestas, tanto en el mundo real como, lo que es peor, en internet.

Pero a veces viene bien una cura de humildad. Como, por ejemplo, entrar en Goodreads, una web en la que los lectores puntúan y comentan los libros que han leído, para echarle un vistazo a las críticas más despiadadas de grandes clásicos de la literatura. Si hay gente que considera que el Quijote está sobrevalorado, ¿cómo no van muchos a pensar que tu informe era más bien flojillo?

Entre estas críticas hay de todo: desde alumnos atormentados por lecturas obligatorias a gente que no ha entendido nada de nada, pasando, claro, por esos lectores que simplemente no han conectado con la historia. Porque todo el mundo tiene derecho a odiar ciertos libros, por muy buenos que sean. Solo faltaría.

Aquí van 20 fragmentos de algunas de las críticas más hirientes que hemos encontrado y que, contra todo pronóstico, animan a la lectura de estos libros:

La Odisea, de Homero

El 4% de las críticas en Goodreads son de una estrella, que es la peor valoración posible. La media es de 3,70 (sobre cinco)

Gagandeep Kaur: No me gustó el libro porque es confuso. No está en orden cronológico. Hay flashbacks por todas partes. Está escrito con forma de poema épico. Además, las palabras del libro son de hace mucho y difíciles de entender.

Matt French: ¡Aburrido! ¡Aburrido! ¡Aburrido! Una historia sobre un héroe que no hace nada para superar sus problemas (a no ser que protestar y llorar cuente).

Stephanie Zavala: BUENO NO ME GUSTÓ MUCHO EL LIBRO ES ABURRIDO Y NO ES DE MI ESTILO. SE LO RECOMIENDO A LA GENTE A LA QUE LE GUSTEN LAS COSAS GRIEGAS O COSAS ASÍ.

Sydney: Jaja no gracias.

La Divina Comedia, de Dante Alighieri

El 1% de las críticas son de una estrella. La media es de 4,05.

Vahagn Tumayan: La Divina Comedia de Dante es el peor libro que he leído en mi vida y eso es mucho decir porque también he leído Crepúsculo. Bueno al menos lo intenté con las primeras 50 páginas. (...) No puedo ni imaginar qué pasaba por la cabeza de Dante cuando escribía todas esas torturas. Mi teoría personal es que tenía un desorden mental grave.

Tova Ross: Lo siento, Dante, lo odié y solo me apunté a la clase porque el profesor era mono.

Joy: Lo odié realmente. Fue como el séptimo círculo del infierno… Oh, espera.

El Decamerón, de Giovanni Boccaccio

El 1% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,86.

Anna: Aprecio el lado histórico y hay algunas lecciones valiosas que aprender de estos cuentos, como qué NO SE DEBE HACER. Aunque tiene algunas historias limpias, es básicamente una colección de relatos pervertidos y perturbadores. El autor se disculpa por eso… Y aun así lo publicó.

Janith Pathirage: Este libro me ha parecido una basura. Una colección de historias de mujeres infieles, maridos estúpidos y monjes lujuriosos. Un libro útil si buscas formas de ser infiel a tu marido. (...) Empezaba bien. Si Boccaccio hubiera cortado esos relatos horribles y se hubiera centrado en la historia principal, que es la de un grupo de jóvenes sobreviviendo a la peste, hubiera sido un libro mejor.

La Celestina, de Fernando de Rojas

El 5% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,38.

Martina: Cuando me empezaban a gustar los personajes... BAM se matan todos. Pues no.

Liontix: Otro libro "leído" por obligación que me gustó más bien nada.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes

El 3% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,87.

Lara: Cervantes, al grano, por favor: de acuerdo que sabes escribir de PM todo tipo de novelas. Pero heeeey, para el caaarro, no hace falta que lo demuestres y conviertas la mitad del libro en un culebrón al más puro estilo de las novelas de sobremesa de Antena 3. Aunque más aventura tiene, eso seguro.

Dawn: No me odiéis, literatos españoles. No me gustó. Me encantan sus historias cortas, pero nuestro hombre de La Mancha está simplemente sobrevalorado. Leedlo otra vez y sed sinceros. ¡Sabéis que está sobrevalorado!

Hamlet, de William Shakespeare

El 1% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,99.

Jessica Cuddy: Hamlet es bastante ridículo. (...) Para resumirlo (y eso siempre ayuda con Shakerpeare, ¿verdad?): HAMLET LO ESTROPEA TODO.

Hannah: Hamlet, leer o no leer, esa es la cuestión. Por desgracia, no tuve opción porque era parte del temario. (...) Hamlet es un chiflado absorto en sí mismo que empieza a creer que el alma de su padre no puede descansar porque le asesinaron. (...) Sigue mucha tensión interna, muertes sangrientas y angustia por todas partes. (...) Doloroso de analizar, como la mayoría de las obras de Shakespeare, especialmente si tus profesores están entusiasmados con el tema del existencialismo. Rompió mi cerebro, eso es lo que hizo.

Isabella: Preferiría ver otra vez El Rey León.

Bonnie Hansley: Todo el mundo muere por motivos estúpidos.

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 4,23.

Emi: Esta es posiblemente la novela más insípida que he leído en mi vida. No entiendo por qué tanta gente la aprecia. Son 345 páginas de nada. (...) No me importa lo que nadie diga, esto no es gran literatura. Es un somnífero.

John Wisell: No puedo recordar la última vez que le dije a un libro que se callara. A menudo se lo pedía a la señora Bennet, la matrona más enojosa del elenco de la novela. (...) Cuando iba por el capítulo 20, dejé de pedirles que se callaran y simplemente les rogué que hicieran cualquier cosa menos hablar o al menos que hablaran de algo que no fueran perspectivas de matrimonio.

Victor: Esto es básicamente Sensación de vivir en el siglo XIX. (...) No pasa nada excepto que un montón de gente rica intenta casarse. Al menos alguno de los personajes podría haber vendido su alma a cambio de la juventud eterna o algo. Después de 40 páginas simplemente quería que apareciera el monstruo de Frankenstein y los matara a todos.

Hayden: Este libro mejoraría bastante con un argumento.

Kerrie: Voy a dejar que Mark Twain hable por mí: “A menudo quiero criticar a Jane Austen, pero sus libros me enfurecen tanto que no puedo ocultar mi rabia al lector, por lo que he de parar cada vez que comienzo. Siempre que leo Orgullo y prejuicio, quiero desenterrarla y golpearla en la cabeza con su propia espinilla”. De una carta a Joseph Twichell, septiembre de 1898.

Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,88.

Anna Bueller: Menuda decepción, Mark Twain, si es que ese es tu verdadero nombre.

Moby Dick, de Hermann Mellville

El 9% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,43.

Jamie: “Melville me parece una de esas personas que te arrincona en una fiesta y te habla sin parar de la pesca de ballenas, los balleneros, las ballenas, la dieta de ballenas, la etimología de las ballenas, la zoología de las ballenas… Hasta que al final tienes que simular que necesitas ir al baño para alejarte de ese viejo loco. Solo que TE SEGUIRÍA HASTA EL BAÑO y seguiría hablándote de ballenas”.

Bookworm Sean: Odio TANTO este libro. (...) Estoy harto de las ballenas.

Jenny: La vida es demasiado corta como para terminar Moby Dick.

Claire: Disfruté particularmente el capítulo 86: una disquisición en profundidad acerca de dónde termina el cuerpo y dónde empieza la cola de una ballena.

Emily: No entiendo por qué este libro se considera un clásico americano, a no ser que lo designara así un enemigo de Estados Unidos que nos quiere hacer parecer tontos. (...) No recomiendo este libro excepto como tortura en prisión.

Madame Bovary, de Gustave Flaubert

El 4% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,62.

Jo: No tengo palabras para describir cuánto odié cada segundo de este libro. Creo que jamás he odiado a un personaje como a Madame Bovary y prácticamente odié a Voldemort con cada célula de mi cuerpo.

Marie: Simplemente. No puedo. Leer. Más. Esto debe ser lo que se siente con disfunción eréctil.

Guerra y paz, de Leo Tolstoy

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 4,10.

Wendy: ¿Cuántos árboles han tenido que morir para que se imprimiera este libro?

Justin Stanley: ¿Guerra y Paz? Más bien Muermo y paz.

Maude: ¡MUY LARGO!

El cuento de la criada, de Margaret Atwood

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 4.

Tera: Parece que odia a los hombres y a la religión en general. Citaré otra crítica que leí: “La autora solo es una mujer enfadada”.

Dara: Si no hubiera estado en mi amado Kindle, lo hubiera arrojado contra la pared.

Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

El 4% de las críticas en Goodreads son de una estrella. La media es de 3,80.

Yosbe: Cumbres Borrascosas, para mí, de borrascosa lo tiene TODO. Este libro fue una tortura cuando empecé a leerlo, lo abandoné y era hora de terminarlo... pero casi no pude. (...) Casi todos los personajes son detestables, egoístas, HORRIBLES.

Heather: No me gustan los personajes. Son todos malvados. Son todos egoístas. Su mundo es duro y feo y no quiero pasar tiempo con ellos o leer acerca de ellos. Es deprimente.

Erica: He leído esta historia tres veces. Evidentemente, no me respeto nada a mí misma. (...) La volveré a leer algún día. Cuando tenga demencia y olvide que la odio.

El proceso, de Franz Kafka

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,98.

Lynn Beyrouthy: ¿QUÉ ES ESTA MIERDA? (...) Como el autor, voy a dejar El proceso sin terminar y me rendiré al hecho de que, por desgracia, la escritura de Franz Kafka es demasiado rara, inane y poco realista para mi gusto. (...) Max Brod tendría que haber escuchado a Kafka y haber quemado sus manuscritos. Hala, ya lo he dicho.

Girish Kohli: Así es como Wiktionary describe el término ‘kafkiano’: "Marcado por una complejidad sin sentido, desorientadora, a menudo amenazante". No sé si el señor Kafka se lo habría tomado como un cumplido o como un insulto, pero la definición es acertada.

Ana Barreiro: ¡No hay ningún maldito juicio!

Brenna: Me ayudó a dormir este mes.

Ulises, de James Joyce

El 8% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,73.

Jimmy: Se cayó en el lavabo y no se secó bien, así que lo estoy aceptando como un acto de Dios. Decidí no quemarlo y solo lo tiré. Sí, soy una persona horrible.

Ashley Smith: Este libro no solo arruinó una semana en la playa, sino que también dañó mi autoestima. Después de años oyendo que era una obra difícil de leer, lo cogí con confianza y orgullo en preparación de un viaje a Irlanda. Lo terminé solo por determinación y gracias a los últimos restos de mi dignidad. No tengo ni idea de lo que significa y no pude encontrar coherencia en más de diez páginas a la vez.

Chad: Los irlandeses tienen un gran sentido del humor, pero a veces van demasiado lejos, como con el IRA y con este libro.

Amanda: NO PUEDO INSISTIR LO SUFICIENTE EN LO MUCHO QUE ODIO A JAMES JOYCE POR EXISTIR.

Sara: Hace ya tiempo, pero recuerdo estar leyendo este libro y pensar: “¿Pero qué coj*****?”

Lolita, de Vladimir Nabokov

El 4% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,87.

Steve: No puedo. Vil. Ofensivo. Obsceno. No lo terminé.

Stephanie: No es una lectura que se pueda disfrutar de ninguna manera. Me supera pensar por qué este libro se considera un clásico y por qué alguien querría leer sobre la obsesión de un hombre retorcido.

Aleena: ESTO ERA PEDOFILIA, NADA MÁS. NO TENÍA UNA TRAMA OCULTA. NO. NADA. (...) Hay una línea muy delgada entre lo correcto y lo incorrecto, la moralidad y la inmoralidad y cualquiera que tenga vista suficiente para darse cuenta de esto puede ver que la pedofilia está muy en el lado de lo malo y de lo incorrecto y que no está bien, como tampoco lo está un libro sobre ella.

Isaac Cooper: La escritura de Nabokov es tan pretenciosa que casi le puedo ver de pie frente a su máquina de escribir, masturbándose.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez

El 5% de las críticas son de una estrella. La media es de 4,01.

Laura: Más bien Cien años de tortura. (...) Siendo justos, el libro no tiene realmente 5.000 páginas, pero también para ser justos, las interminables historias cruzadas de hechos extraños y fenómenos fantásticos acaban dando la impresión de que sí las tiene.

Collin: Estoy seguro de que el autor se inventa estas chorradas a medida que escribe. (...) Actualización: Nunca. Confíes. En Oprah. Tiene un gusto de mierda en libros.

Nine: Pensad en todas las cosas malas que habéis hecho en vuestra vida. Por supuesto, nadie es perfecto, pero os puedo garantizar que nunca seréis tan malos como el tipo de persona que merece leer las mil millones de páginas de esta mierda pretenciosa. Sed amables con vosotros mismos y leed algo más placentero.

Jesús: Me ha parecido un libro tontito… (...) Y lo peor: sobrevalorada por críticos (y otros gafapastas) de quienes el autor reniega.

Gileblit: Una de las novelas que dicen que deberían leerse antes de morir... de aburrimiento, debe de ser.

La señora Dalloway, de Virginia Woolf

El 3% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,77.

Apatt: Esto no es tanto una crítica como una declaración de rendición. Cuando leí en la introducción que el libro era comparable al Ulises de James Joyce, casi me puse a buscar mi bandera blanca.

N W James: Una tortura. ¡Compre las putas flores de una vez, señora Dalloway!

Todo se desmorona, de Chinua Achebe

El 4% de las críticas son de una estrella. La media es de 3,58.

Tess: Este es de lejos el peor libro que he leído jamás. No solo la historia era deprimente, sino que además estaba mal escrita. Entiendo por qué un autor querría añadir aspectos sombríos a una novela, pero Achebe se ha excedido un poco con esta.

Rosie Arteaga: Mi parte favorita es cuando se acaba.

Christine: ¡No me importan tus papayas!

2666, de Roberto Bolaño

El 2% de las críticas son de una estrella. La media es de 4,19.

Prokofiev: Si existe algo que pueda llamarse indigestión mental, seguro que este libro la provoca. Si la novela fuera la mitad de larga tal vez hubiera tenido su punto. Pero, ¿1126 páginas? ¿En serio, Bolaño? (...) La parte de los crímenes: insufrible. Si piensas leerla de todas maneras te recomiendo saltarla por completo. No dice absolutamente nada. No expone el método de los asesinos, no extiende sobre investigaciones particulares. Solo asesinatos, asesinatos, asesinatos (119 en total); nada de claridad: crueldad que termina en crueldad.

Eleanor: En mi opinión, terminar este libro es comparable a logros humanos como aterrizar en la luna. (...) Sobre todo porque no menos de tres veces por semana la gente me paraba en el metro para decirme que lo habían intentado leer sin éxito. (...) Como me dijo el tipo que estaba en la cola de la cafetería: "Leer este libro me hizo sentir como si estuviera loco".

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Entrevista a Julio Anguita

Cuando oigo a Julio Anguita entrevistado por la ultraderechista televisión fascista de El Yunque, "Intereconomía", reconozco en él al presidente de una nación llamada España. Pura dignidad, pura humanidad. Y pone en ridículo a la derecha definitivamente.

La letra de Mi querida España de Cecilia, sin censura franquista

He aquí la letra no censurada de Mi querida España de Cecilia. El vídeo que consiguió "colar" a la censura franquista porque era una emisión en directo, incompleto, se encuentra en esta dirección 

Cecilia era hija de diplomático, había viajado mucho y por eso podía contrastar el ambiente de España con el vivido en otros países. La canción que dejó pasar la censura era una visión optimista, no la tenebrosa que aparece aquí.

Mi querida España
Esta España VIVA,
esta España MUERTA.

De tu SANTA SIESTA
ahora TE DESPIERTAN
versos DE POETAS.
.
¿Dónde ESTÁN tus OJOS?
¿Dónde ESTÁN tus MANOS?
¿Dónde TU CABEZA?

Mi querida España.
Esta España MÍA,
esta España NUESTRA.

Mi querida España.
Esta España NUEVA,
esta España VIEJA.

De las ALAS QUIETAS,
De las VENDAS NEGRAS
Sobre CARNE ABIERTA.

¿Quién pasó TU HAMBRE?
¿Quién BEBIÓ TU SANGRE
cuando estabas SECA?

Mi querida España
Esta España MÍA,
esta España NUESTRA.

Mi querida España
Esta España EN DUDAS,
esta España CIERTA.

Pueblo DE PALABRAS
y de PIEL AMARGA.
DULCE TU PROMESA.

quiero ser TU TIERRA,
quiero ser TU HIERBA
cuando yo ME MUERA.

Mi querida España
Esta España MÍA,
esta España NUESTRA.

Mi querida España
Esta España MÍA,
esta España NUESTRA

Viaje al planeta Trump

Marc Bassets, "Viaje al 'planeta Trump'", en El País, 28-XII-2015:

Donald Trump, el candidato más mediático, polémico y narcisista en la carrera por la presidencia de Estados Unidos, dispara contra todos. Su público objetivo es la América blanca profunda y rural que jalea sus intervenciones.

Estados Unidos se ha convertido un lugar hostil para personas como Neal Kriete, soldador jubilado de Hayes, un pueblo del estado de Virginia. La última vez que viajó a la capital, Washington, se sintió extranjero. “Nuestro país está inundado de personas que no quieren hablar inglés, que no quieren ser americanas”, dice Kriete, un hombre alto y corpulento, con un bigote blanco y una gorra roja en la que se lee: “Devolvamos la grandeza a América”.

Los blancos de origen europeo dejarán de ser mayoría en las próximas décadas: la imagen del estadounidense típico se parece cada vez más a la de una familia de origen mexicano o a la del propio presidente Barack Obama, hijo de un negro de Kenia y una blanca de Kansas.

A Kriete le ocurre como a muchos hombres blancos de clase trabajadora. No entienden qué ocurre. El país se les escapa de las manos. Y por fin alguien los comprende.

Son el planeta Trump, los seguidores de Donald Trump, el magnate inmobiliario y showman televisivo que, con mensajes xenófobos y un estilo que mezcla la mala comedia con la demagogia populista, ha hecho saltar por los aires la campaña para la sucesión del demócrata Obama. Los sondeos identifican al hombre del imposible flequillo rubio como el candidato preferido de los votantes republicanos para enfrentarse a los demócratas –la candidata favorita es la exsecretaria de Estado y ex primera dama Hillary Clinton– en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de 2016.

El viaje por el planeta Trump –la búsqueda del secreto de su atractivo para las miles de personas que llenan sus mítines y quieren que dirija el país más poderoso del mundo– comienza un miércoles de diciembre por las instalaciones de una feria agrícola en Virginia.

Este territorio es un espejo de la metamorfosis de Estados Unidos. Limítrofe al norte con Washington, es uno de los Estados que declararon la secesión tras la elección de Abraham Lincoln a la presidencia en 1860. Aquello fue el origen de la guerra civil, que enfrentó a los Estados esclavistas de la Confederación sureña con la Unión. La capital de la Confederación era Richmond, que es aún la de Virginia. El orgullo sureño pervive. Pero el norte de Virginia es hoy una región diversa, con fuerte presencia de latinos y asiáticos.

Manassas, donde Trump celebra el mitin, fue el escenario de la primera gran batalla de la guerra civil. También es una ciudad en la que un tercio de los 42.000 habitantes son latinos. Sumados a los negros y asiáticos, son mayoría. El futuro de Estados Unidos se parece bastante a Manassas. Unas dos mil personas llenan el recinto donde habla Trump. Es difícil encontrar negros, asiáticos o hispanos. “No soy demócrata. No soy republicano. Ambos partidos nos están fallando”, dice Kriete, el soldador jubilado.

Un voluntario de la campaña de Trump, que es de origen chileno y habla español, vigila el acceso en una puerta que lleva a una zona reservada. Dice que apoya a Trump porque a Trump no le respalda Wall Street, y es cierto. Al contrario que el resto de candidatos, demócratas o republicanos, Trump financia la campaña con sus propios fondos y no acepta dinero de multimillonarios que, con sus donativos, intentan influirle.

En la carrera para convertirse en el candidato republicano a presidente, Donald Trump desprecia a todos aquellos que no piensan como él. Sus exabruptos hacia los inmigrantes han provocado numerosas críticas de sus detractores. Le recuerdo al voluntario chileno que Trump ha insultado a los inmigrantes latinos. Al anunciar la campaña, el pasado junio, prometió construir un gran muro en la frontera con México para impedir la entrada de inmigrantes indocumentados. “Cuando México envía a su gente, no envía a los mejores”, dijo. “Envía gente con muchos problemas y nos trae sus problemas a nosotros. Nos traen drogas. Nos traen crimen. Son violadores. Y algunos, supongo, son buena gente”.

Desde ese día, la escalada retórica se ha desbordado. Trump ha denigrado a mujeres e inválidos. Ha atacado a héroes de guerra como el senador John McCain, republicano como él, y se ha enfrentado a la cadena de televisión conservadora Fox News. Este diciembre, en solo tres días de campaña por varios Estados, se burló de los judíos en una reunión con la Coalición de Republicanos Judíos y elogió a Sadam Hussein. Unos días después dio un paso más y propuso impedir la entrada de musulmanes a Estados Unidos. Esa fue su respuesta a los atentados yihadistas en París y en San Bernardino.

En Manassas, el voluntario chileno niega que Trump insulte a todos los inmigrantes: “Ha insultado a la gente que no respeta la ley”. No podemos acabar la conversación. Otra voluntaria, mayor, se le acerca. Se apartan y hablan unos segundos. El chileno regresa y dice: “No puedo hablar contigo. Se van a enojar”. No quiere dar su nombre.

Un hombre –los hombres predominan en los mítines de Trump– exhibe la bandera con la cruz de San Andrés con estrellas sobre fondo rojo, el emblema confederado que muchos estadounidenses asocian con el esclavismo de los Estados del sur. “Estamos en el gran Estado de Virginia, que representaba a la Confederación. Los sureños estamos muy orgullosos de nuestra herencia, de las tradiciones que están desapareciendo, como Dios, familia, país, todos estos valores que amamos, como la Segunda Enmienda”, dice el hombre, que se llama Jason Sulser. Una enmienda de la Constitución que garantiza, según la interpretación vigente, el derecho a portar armas de fuego.

Sulser cuenta que apoya a Trump porque no es políticamente correcto. “Le preguntas algo y te da una respuesta honesta”, dice. Pero incluso la bandera confederada es demasiado para la campaña desacomplejada de Trump. Su asociación con el racismo no le conviene. Los miembros de la organización invitan a Sulser a abandonar el recinto y este obedece. A las 19.42 alguien dice por los altavoces: “Por favor, den la bienvenida al próximo presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump”. Los seguidores elevan sus teléfonos móviles y graban. Más que un político, parece una estrella de rock.

Trump habla sin hilo aparente, improvisado, sin papeles. Es de los pocos políticos que se permiten el lujo de decir lo que les pasa por la cabeza. En una época de mensajes milimetrados –algunos candidatos consultan obsesivamente con expertos demoscópicos, con asesores de comunicación, con especialistas en imagen antes de lanzar cualquier propuesta, de esbozar cualquier gesto–, este candidato desconoce el horror a meter la pata o a salirse del guion. Declaraciones que habrían hundido las carreras de otros políticos, a él solo le refuerzan.

Los intentos de entrevistarle topan siempre con una respuesta idéntica de su jefe de comunicaciones, Hope Hicks: “El señor Trump no está disponible en este momento”.

Un discurso de Trump recuerda al monólogo de un cómico. En Manassas deja locuciones medio hechas, mezcla asuntos en una frase, abandona un tema para regresar al cabo de media hora, gesticula. Dispara contra todo y todos. De Obama dice que “es un incompetente”. Clinton “no tiene ni la fuerza ni la energía para ser presidenta”. ¿Sus rivales republicanos? “Tienen miedo de atacarme”. De los inmigrantes indocumentados lamenta que “los tratamos mejor a que nuestros veteranos de guerra”. Y los periodistas son “de los peores seres humanos que jamás he conocido”. Trump, como en una tertulia de sobremesa, no deja tema sin tocar, pero el tema de fondo es él mismo.

“Créanme” y “piénsenlo” son dos latiguillos con los que termina sus frases. “Yo” es otra palabra central en su discurso. Él, afirma, es el más rico, el mejor negociador, el único que dice lo que piensa, el que siempre gana y el que logrará que Estados Unidos, un país, en su opinión, al borde del apocalipsis, recupere la grandeza. “Ya no ganamos, y ahora empezaremos a ganar. Mucho. Mucho”.

Su vida es su mensaje. Nacido hace 69 años en Nueva York. Hijo de Fred Trump, un constructor descendiente de inmigrantes alemanes. Formado en una escuela militar. Playboy y habitual en las páginas rosas desde los años setenta. Autor de best sellers como El arte de la negociación o Cómo hacerse rico. Piénsenlo y créanle, viene a decir: él ha ganado siempre en los negocios y con él en la Casa Blanca Estados Unidos volverá a ser respetado. Volverá a ganar.

 Blancos y convencidos de que Estados Unidos se debilita cuando permite la entrada de inmigrantes, preocupados por la llegada de personas que no hablan inglés. 

“Estamos sacando de quicio a los medios de comunicación”, dice Trump en otro momento, y tiene razón. Nadie se explica cómo sus mentiras –un ejemplo: afirmó, sin pruebas, que el 11 de septiembre de 2001 miles de musulmanes en Nueva Jersey celebraron los atentados de Al Qaeda– no le pasan factura, ni cómo un multimillonario de Nueva York seduce a la clase trabajadora blanca con un discurso contrario a las élites. Cuando se afirma que Trump rompe las leyes de la gravedad política significa esto: ningún manual se aplica a él, y él se presenta como un político libre. Libre de las ataduras de lo políticamente correcto, de los compromisos de Washington, del dinero de los poderosos: un individualista pasado de revoluciones en un país que entroniza la libertad individual.

El psicoterapeuta Joseph Burgo es el autor de The Narcissist You Know: Defending Yourself Against Extreme Narcissists in an All-About-Me World (El narcisista que conoces: defiéndete ante los narcisistas extremos en un mundo que solo gira en torno a mí). Burgo define a Trump como un “narcisista extremo”.

“Mientras que hay muchas personas centradas en sí mismas y con una opinión demasiado buena de sí mismas, el narcisista extremo tiene una imagen del yo grandiosa y carece de empatía hacia los demás. Constantemente se siente impulsado a demostrar que él es un ganador, con frecuencia a expensas de las personas a las que desprecia, los perdedores. Cuando se le critica, o cuando se cuestiona la imagen que él tiene de sí mismo, típicamente se defiende con indignación, desprecio y acusaciones”, escribe Burgo en un correo electrónico. “La grandiosidad de Trump es aparente: siente una necesidad constante de anunciar que él es el más grande y el mejor en todo lo que hace. Continuamente se refiere a sus oponentes como perdedores”. 

“El atractivo de Trump”, continúa Burgo, “es un producto de los tiempos inciertos en los que vivimos. Durante periodos de convulsión social, de inseguridad financiera y amenazas de violencia, los seres humanos regresamos a una mentalidad de blanco y negro, de nosotros contra ellos. Enfrentados a problemas complejos y aparentemente insolubles, buscamos respuestas simples que resuelvan nuestras ansiedades. Suspiramos por un líder fuerte que nos haga sentir seguros. A muchos individuos, la personalidad grandiosa y desagradable de Trump les parece un signo de fuerza. Su confianza en sí mismo y sus respuestas simplistas –construye un muro, bombardea [a los terroristas] hasta hacerles trizas– hacen que muchos votantes desencantados crean que él sabe exactamente qué hacer”.

Los votantes de Trump, dice Burgo, “tienden a ser blancos, mayores de edad y menos educados que otros republicanos. Son personas cuyos puestos de trabajo están amenazados por la globalización y que carecen de la educación necesaria para los empleos disponibles en la era de la información. Mientras se reduce el porcentaje de blancos en la población, también sienten que su posición social se erosiona. En el ámbito psicológico, su autoestima y su sentido del valor están bajo asedio. Están asustados e inseguros. Ante estas heridas narcisistas, Trump ofrece una vía para reinflar la autoestima, y lo hace mediante tres defensas narcisistas típicas: agitar tu rabia con indignación autocomplaciente, expresar el desprecio por otras personas y culpar a otros por tus problemas”.

El sábado a las diez de la mañana, Davenport, a 1.400 kilómetros de Ma­nassas, es un desierto. Esta ciudad a orillas del Misisipi, que divide los Estados de Iowa e Illinois, tiene 100.000 habitantes, pero no lo parece. Solo a orillas del río entran y salen los clientes del Rhythm City, un casino instalado en una barca típica del Misisipi. Si siguiéramos río abajo, llegaríamos a San Luis, a Memphis y a Nueva Orleans hasta la desembocadura en el golfo de México. La ruta de Huckleberry Finn.

Sin el Misisipi y sus afluentes no se entiende la formación de este país. Tampoco se comprende sin el Medio Oeste, el granero de Estados Unidos: una de las mayores regiones agrícolas del mundo y la mejor comunicada. La cercanía de estos ríos ha permitido distribuir rápido los productos del campo. Así se forjan también las superpotencias. Davenport es un lugar estratégico por otro motivo: aquí se inauguró en 1856 el primer puente ferroviario que cruzaba el Misisipi. Un día el futuro de Estados Unidos –entre el transporte por río y por ferrocarril; entre San Luis, metrópoli fluvial, y Chicago, metrópoli ferroviaria– se jugó en Davenport.

“¿Para qué diario de izquierdas trabaja usted?”, bromea Karlis Norkus, un expolicía originario de Letonia que ejerce de conductor de autobús en Davenport, que espera que Trump llegue al recinto de la feria agrícola, en las afueras de esta ciudad. La pregunta da a entender que todos los medios de comunicación son de izquierdas. Ergo, hostiles a Trump.

–EL PAÍS –respondo.

–¿De Arabia Saudí?

Han pasado cuatro días de la matanza de San Bernardino, perpetrada por un matrimonio musulmán, y el miedo al terrorismo islamista se apodera de la campaña electoral.

“El terrorismo ya está aquí, por eso llevo un arma allí adonde voy. Yo no voy a ser un cordero”, dice. Norkus argumenta que el problema en Estados Unidos es que hay demasiadas zonas –centros laborales, escuelas, cines– donde está prohibido llevar armas. Según Trump, el problema en París fue que las víctimas del atentado del ISIS no tenían armas a mano.

“Cuando hay una zona libre de armas, el lobo entra y dispara a los corderos, y los corderos no pueden hacer más que decir: ‘Beeee”, dice Norkus. “Y morir”.

–¿Dónde tiene el arma”

–No puedo decírselo.

Parece que Trump no gusta a nadie, excepto a millones de votantes americanos”, dice John Anderson, un jubilado de Silvis, un pueblo en la otra orilla del Misisipi. Anderson ha llegado al mitin con una guitarra. Ha compuesto una canción contra Hillary Clinton. “La odio”, dice. “Es algo visceral”. Con pose de rocker de los años cincuenta, canta la canción a quien se preste a escucharla. Explica que hace pesas y se quita la camisa para enseñar sus músculos.

El espectáculo de Trump no se desarrolla solo en el escenario. Dos veces se me acercan personas que, discretamente, me hacen notar que muchos de los asistentes al mitin no acudirán a los caucus el 1 de enero, las asambleas electivas que, en Iowa, abren el proceso para elegir al candidato de cada partido. Sugieren que muchos han venido por el show, como acudirían si una estrella de la televisión visitase Davenport. Trump lo es: presentó el reality show El aprendiz durante 14 temporadas.

Alguien escucha las opiniones negativas sobre Trump y estalla la discusión:

–Conozco a demasiadas mujeres republicanas que me dicen que jamás votarán por él –dice, mientras espera que hable, una mujer que se llama Maxine Russman.

–Yo soy una mujer republicana –replica Claudia Ridenour, que apoya a Trump.

–Trump dijo haber visto miles de musulmanes celebrando después del 11-S [en Nueva Jersey] –dice Russman, que cuestiona el bulo.

–¿No los viste? –asegura Ridenour, convencida–. De todos modos, qué importa si los ofendemos –añade más tarde.

De fondo suenan los Rolling Stones. A las 14.38, Trump sube al escenario y recomienza el ritual: las descalificaciones; el yo, yo, yo (hoy hace un repaso exhaustivo de los sondeos que le sitúan a la cabeza de la carrera republicana), y la alarma sobre el yihadismo.

El viaje al planeta Trump acaba a 200 kilómetros al oeste de Davenport, en un pueblo de 927 habitantes. En Eldon viven 10 hispanos, 9 personas de dos o más razas, 2 nativos americanos, 1 negro y 3 de otras razas indeterminadas. El resto son blancos de origen europeo.

Eldon, en Iowa, ocupa un lugar particular en la mitología americana. Una pequeña casa en las afueras del pueblo, con una ventana de estilo gótico, inspiró en 1930 al pintor Grant Wood el cuadro American Gothic (Gótico americano): dos campesinos taciturnos, un hombre y una mujer, frente a la casa. El cuadro ha dado pie a una multitud de interpretaciones y a decenas de parodias. Durante años se consideró una expresión nostálgica de los EE UU eternos: rurales, blancos. ¿La América gótica de Trump?

Es de noche en Eldon. El pueblo parece abandonado. Una señal indica el único bar, Chommy’s. Detrás de la puerta la actividad es frenética. Sirven cerveza y filetes de cerdo rebozado, la especialidad local. Es día de partido: juegan los Hawkeyes, uno de los equipos de fútbol americano universitario en Iowa. “Tienes que ir a favor de los negros y amarillos”, dice un hombre en la barra, ante el televisor. Negro y amarillo son los colores de los Hawkeyes. “Si es que quieres salir de este pueblo...”, dice otro.

Los forasteros llaman la atención. La gente se acerca, pregunta de dónde vienen, entabla conversación. Acabamos hablando de Trump con un grupo de mujeres. Son blancas y casi todas rubias, y esto es lo más profundo de la América rural. Trump dejará huella y ha sacado a la luz un país que se resiste a este cambio, pero su recorrido electoral todavía es incierto. Nada es lo que parece en el planeta Trump, asediado por una transformación imparable. EE UU cambia demasiado rápido y los cambios revientan las viejas fronteras geográficas y mentales.

“Somos gais, así que odiamos a los republicanos”, dice Lori Lapoint. “Ella es mi prometida”, añade, y señala a una mujer que se llama Sandra Mance. “Si Trump gana, tenemos un problema”, dice otra amiga del grupo, Laurie Fountain. “Los rednecks son racistas. Y llevan pistolas”, interviene Mance. Redneck, literalmente cuello rojo (así se les quedaba a los trabajadores rurales), es un término despectivo para los estadounidenses blancos de la América profunda. “No entiendo qué demonios ocurre”. No es la única

La derecha, siempre con la mentira por delante.

Dice el gobierno que sube el salario mínimo un 1%, a 655,2 euros al mes; pero, como el coste de la vida ha subido varias veces más, en realidad lo que debería decir es que ha rebajado el salario mínimo.

Dice El Ministerio de Empleo que ha incrementado las pensiones para 2016 el 0,25% (el mínimo legal), pero como el coste de la vida ha subido mucho más en realidad lo que debería haber dicho es que baja las pensiones.

Dice El Ministerio de Empleo y Seguridad Social que esas medidas son una respuesta a «la mejora de las condiciones generales de la economía, a la vez que continúa favoreciendo, de forma equilibrada, su competitividad, acompasando la evolución de los salarios con el proceso de recuperación del empleo en un contexto de contención de los precios» porque el IPC cerró el pasado noviembre en una tasa negativa del 0,3%, con lo que el aumento del poder adquisitivo que genera ese aumento salarial es todavía mayor, pero no dice cuánto subió o bajó los otros años (desde enero de 2011, es el 5,6%, como cualquiera puede comprobar aquí en el Instituto Nacional de Estadística), ni que muchos pensionistas tienen que sostener a sus nietos minusmileuristas o sencillamente en paro, ni que el fraude fiscal no es la excepción, sino la regla, ni que solo con el dinero que "invierte" en corrupción habría para pagar un incremento sustancial correspondiente a los "sobresueldos", "jubilaciones blindadas", privilegios y sobrecobros como el del recibo de la luz.

El salario mínimo español es minusmileurista; según datos de El Mundo (que excluye a seis países de la UE: Dinamarca, Italia, Chipre, Austria, Finlandia y Suecia, donde el salario mínimo no está fijado por ley, y a Suiza, país europeo que no pertenece a la UE donde tampoco hay salario mínimo, si bien en mayo de 2014 se celebró un referéndum para fijar una retribución de este tipo que fue rechazada por más del 70 % de los suizos, dándose el caso de que, si dicha propuesta se hubiese aprobado, Suiza contaría con el salario mínimo más alto de toda Europa, unos 4.050 euros al mes para un empleo a tiempo completo de 42 horas a la semana) figuran en esta tabla para Europa:

Luxemburgo (1.923) euros mensuales
Reino Unido (1.510)
Holanda (1.508)
Bélgica (1.502)
Alemania (1.473)
Irlanda (1.462)
Francia (1.458).
Eslovenia (791)
España (757)
Malta (720)
Grecia (684)
Portugal (589)
Polonia (418)
Croacia (399)
Estonia (390)
Eslovaquia (380)
Letonia (360)
República Checa (338)
Hungría (333)
Lituania (325)
Rumanía (235)
Bulgaria (194).

Y ahora, sintámonos orgullosos de lo poco que se cobra en España por un trabajo que en Europa cobran mejor. Más datos aquí. Las mentiras han sido publicadas por ABC, periódico que nos tiene acostumbrados a ruedas de molino tan gordas como las de La Razón.