sábado, 13 de febrero de 2016

Paul Krugman, "Sobre la estupidez económica" El País, 13-II-2016:

Estremece pensar en la respuesta a otra recesión si cualquier republicano llegase al Despacho Oval

Como saben, la campaña de Bill Clinton de 1992 se centró en el eslogan “la economía, estúpido”. Pero la política macroeconómica —qué hacer frente a las recesiones— ha estado ausente de la mayor parte del debate electoral de este año. Sin embargo, no se ha logrado que los riesgos económicos desaparezcan del mundo, ni mucho menos. Y debería asustarnos lo poco que muchos de los candidatos a la presidencia han aprendido de los últimos ocho años.

Si están al tanto de las noticias económicas, sabrán que hay una gran agitación en los mercados mundiales. No tiene nada que ver con la de 2008, al menos por ahora, pero es preocupante.

De nuevo nos encontramos con una cantidad considerable de deuda problemática, aunque esta vez no se trata de hipotecas, sino de préstamos concedidos a empresas energéticas, muy castigadas por la caída del precio del petróleo. Entretanto, a economías antes emergentes y modernas, como la de Brasil, de repente les va muy mal, y China anda a tropezones. Y aunque la economía estadounidense marcha mejor que casi cualquier otra, está claro que no somos inmunes al contagio.

Nadie sabe a ciencia cierta lo grave que será, pero los mercados financieros lanzan señales de advertencia. Los mercados de renta fija, en especial, se comportan como si los inversores esperasen muchos años de debilidad económica extrema. Los tipos a largo plazo de EE UU están casi más bajos que nunca, aunque eso no es nada comparado con lo que sucede al otro lado del océano, donde muchos tipos de interés han empezado a ser negativos.

Y estos tipos de interés extremadamente bajos, que en su mayoría son un reflejo de las presiones del mercado, no de las políticas, les generan problemas a los bancos, cuyos beneficios dependen de la capacidad de prestar dinero por mucho más de lo que pagan por los depósitos. Los bancos europeos son los que más problemas tienen, pero las cotizaciones de las entidades de EE UU también han bajado mucho.

Más supervisión política a la Fed supondría más poder para los chiflados que la atacan constantemente

En otras palabras, da la impresión de que seguimos viviendo en esa era económica en la que entramos en 2008; una era de debilidad persistente en la que la deflación y la depresión, no la inflación y el déficit, son los retos fundamentales. ¿Y cómo creemos que lo harían los distintos aspirantes a presidente si se enfrentasen a esos desafíos? Bueno, por el lado republicano, la respuesta es, básicamente, que Dios nos ampare. Las opiniones económicas de ese lado del espectro político oscilan entre lo bastante alocado y lo absolutamente descabellado.

A la cabeza del batallón de lo absolutamente descabellado se encuentra, como habrán imaginado, Donald Trump, que ha acusado a la Reserva Federal de estar a favor de los demócratas. Hace unos meses, aseguraba que Janet Yeller, presidenta de la Reserva, no había subido los tipos “porque Obama le dijo que no lo hiciera”. Da igual que la inflación siga por debajo del objetivo de la Reserva o que, en vista de los acontecimientos actuales, hasta la pequeña subida de los tipos que la Reserva llevó a cabo en diciembre parezca ahora un error, como muchos de nosotros advertimos.

Pero la verdad es que la postura de Trump no está tan alejada de la opinión republicana mayoritaria. Después de todo, Paul Ryan, el presidente de la Cámara, no solo criticó a Ben Bernanke, el predecesor de Yellen, por unas políticas que supuestamente nos exponían a la inflación (algo que nunca se materializó), sino que también ha jugueteado con las teorías conspirativas, al acusar a Bernanke de “echarle un cable a la política fiscal”.

Y hasta los republicanos que a primera vista parecen sensatos pierden la cordura en lo tocante a política macroeconómica. El proyecto emblemático de John Kasich es una enmienda sobre el equilibrio presupuestario que sumiría la economía en una recesión, pero Kasich es también un partidario de la restricción monetaria, que, curiosamente, sostiene que la política de tipos bajos de la Reserva es la culpable del estancamiento salarial.

En el bando demócrata, ambos aspirantes hablan con sensatez sobre las políticas macroeconómicas, y Sanders afirma acertadamente que la última subida de los tipos de interés fue una mala decisión. Pero Sanders también ha atacado a la Reserva Federal de un modo en que no lo ha hecho Clinton (y esta diferencia explica, a pequeña escala, tanto el atractivo de Sanders como las razones por las que su postura resulta tan preocupante).

Verán, Sanders sostiene que el sector financiero tiene demasiada influencia sobre la Reserva, lo que sin duda es cierto. Pero su solución consiste en que haya más supervisión por parte del Congreso; y fue uno de los pocos senadores no republicanos que votó a favor de un proyecto de ley, propuesto por Rand Paul, que exigía que se “auditasen” las decisiones de la Reserva sobre política monetaria. (Por si se lo están preguntando, la Reserva ya se somete con regularidad a auditorías, en el sentido normal de la palabra).

Ahora bien, la idea de hacer que la Reserva Federal rinda cuentas suena bien. Pero Wall Street no es la única fuente de presión nociva sobre la Fed y, dada la actual situación política de EE UU, una ley así serviría, en el fondo, para dar más poder a los chiflados (los amantes del patrón oro y agoreros de la inflación que controlan el Partido Republicano moderno y que llevan cinco o seis años tratando de intimidar a los responsables políticos para que se rindan y desistan de sus intentos de evitar el desastre económico). Teniendo en cuenta los riesgos económicos a los que nos enfrentamos, fue buena cosa que el apoyo de Sanders no bastase para sacar adelante ese proyecto de ley.

Pero aun sin la ley defendida por Paul, uno se estremece al pensar en cómo respondería la política estadounidense a otra recesión si cualquiera de los candidatos republicanos que aún sobreviven consiguiese llegar al Despacho Oval.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía 2008

Sin forma definida. La transición cultural en Ciudad Real (III)

Cuando uno mira atrás, solo echa de menos la gente; eso decía Holden Caulfield al final de El guardián entre el centeno. Pero Holden Caulfield tenía el talón de Aquiles de su hermana Phoebe, que es el común de todos los adolescentes; y se lo dijo a la cara de esta manera: "No sabes lo que quieres". La juventud siempre está abierta a todo y es pura contradicción; es un rasgo tan característico como el de no estar para nuevos trotes en el caso de la vejez. Y eso nos pasaba a todos los adolescentes creciditos de entonces. Pero a estas alturas he de confesar sinceramente que no echo de menos a algunos a quienes preferiría olvidar o enviar a tomar por culo (y a alguno además le gustaría), mientras que a otros los evoco con pena porque se han ido o con satisfacción, porque pasamos buenos ratos juntos: son ese tipo de gente a la que gusta recordar. Y también a otros que poseían el don de saberlo todo sobre todos. Todavía he visto que hay algunos de esos, no diré cuáles. De ellos se puede decir lo que sobre sí mismo dice Nick Carraway al principio de El gran Gatsby de Scott Fitzgerald, o el hermano lego en Crónica del Alba de Ramón J. Sender: no juzgan a nadie y poseen almas líquidas, que se adaptan a la forma de cualquiera. Como el alma del pobre John Keats:

¿Dónde se halla el poeta? ¡Mostrádmelo, mostrádmelo, / oh Musas, que yo pueda conocerlo! / Es aquel hombre que, en presencia de otro, / se sentirá su igual, sea éste rey / o el más pobre del clan de los mendigos, / o cualquier otra cosa sorprendente / que entre un mono y Platón el hombre pueda ser. / Es aquel que ante un pájaro, / águila o reyezuelo, encuentra su camino / a todos sus instintos. Le ha escuchado / al león su rugido y puede hablar / de lo que su garganta endurecida expresa. / A él el grito del tigre / le llega articulado y se abre paso / como lengua materna entre su oído.

Y son estos los que podrían referir con más extensión y profundidad lo que yo cuento, pero tienen miedo, ese miedo tan característico del español y que tanto asombraba al César de Shakespeare. Son demasiado discretos y no divulgan lo que han visto o lo que han sacado en limpio de lo que han llegado a saber; una pena. Jamás escribirán sus experiencias. Nunca sacarán la prosa a pasear o hacer gimnasia, y se les morirá en la cabeza, como las últimas coplas populares en la de los viejos. El español, por lo general, es un avaro de sus propios recuerdos, no los comparte con nadie y se muestra remiso a escribir biografías o autobiografías: es “largo en hacerlas y corto en contarlas”, como dicen que escribió Santiago Ramón y Cajal, aunque ya en el historiador del XVII Francisco de Moncada se lee que somos “largos en hazañas, cortos en escribirlas”.

Yo mismo no digo todo lo que sé porque eso me metería en honduras que no darían término a esta serie, pero también porque temo implicarme o implicar a otros demasiado. Muchos se marcharon o murieron, o se quedaron aquí envueltos en la sábana del silencio, que es otra manera de inexistir. Este mismo escrito se debe solo a que alguien quiere que se escriba y se lea y por eso os pertenece más que a mí. Porque habla sobre la gente y lo que hacían y deseaban hacer entonces y, como he dicho, solo la gente es lo que interesa realmente. Solo ella puede dar significado a las cosas. Luego está la forma, quiero decir la poesía: para ello se requiere la ayuda del yo y unas pocas metáforas. Es lo único que puedo aportar a los hechos, pues, como ya dije en un poema, "escribo para ver si es verdad".

Durante la Movida el mundo era ligeramente distinto al actual. No había móviles y la gente conversaba mirándose a la cara... Pero ya empezaban a ponerse distancias de soledad: instalaron mirillas telescópicas en las puertas cuando antes se abría con confianza y la gente se empezaba a encerrar en sus habitaciones dentro de su misma casa como los otakus cuando empezaron a instalarse los primeros ordenadores con Internet y los móviles (que otros llamaban celulares o “manglanillos”). La gente dejó de ser gente y se transformaron en individuos metidos en celulillas de colmena; los móviles acompañaban hasta la cama y dormían con nosotros; eso provocó que la juventud se "socializase" demasiado (hipersocialización) y que las relaciones humanas se volvieran superfluas o degradantes, relaciones de mero consumo, incrementando exponencialmente los casos de acoso, bullying, ninismo, fobia social y patologías como la anorexia, la bulimia, la vigorexia y la ebriorexia en la juventud, víctima de esa excesiva conexión del individuo a su imagen, sometido a una expansión y deformación de su yo exterior (su "maquillaje", diría Mecano) y además a una publicidad sin control y sin escrúpulos y mucho más maleducada que antes. El mundo, además, excluía cada vez más la cultura y la identificaba con la moda; los libros eran cada vez más caros y con IVA cada vez crecido y las librerías dejaban de ser negocio y empezaban a cerrar y las sustituían las peluquerías y los bares. Se leía ya solo por obligación, no por gusto; ni siquiera apoyaba el Estado, como antes, colecciones sociales de libros baratos o la industria de la historieta o tebeo, que algunos llaman comic, y que tan importante es para extender el hábito de la lectura en edades infantiles y juveniles.

Antes de transformarme en un ludita por el estilo de Ray Bradbury y escribir un artículo sobre la quema de libros en la cultura (que fue bastante comentado), fui uno de los primeros en comprarle un PC1 a mi novia que me costó el sueldo de un mes; también me pasé años colaborando en una Wikipedia entonces muy verde, donde redacté unos tres mil artículos, corregí muchos más y me peleé con otros wikipedistas; todavía sigo haciéndolo, pero ya con pocas ganas, porque cada vez encuentro menos sentido a esa tarea y a la muerte más cerca. Nunca me arrepentiré bastante de haber envidiado a los muertos, como Leopardi: la vida, sí, es mil veces mejor, pese a todos sus cansancios; y también me arrepiento de haber escrito tanto. Primum vivere, deinde philosophare. Pero yo entonces no hacía ningún caso: aprendí lenguaje de marcas y levanté algunos portales que derribaron luego los mismos que los albergaban, como el de Geocities; todavía quedan otros, pero no dudo que tendrán la misma suerte. Nada interesa lo que otro ha escrito; lo borrarán para escribir encima, y ni siquiera quedará el palimpsesto. Me maravillaba ver que mis hijas aprendían ese lenguaje con más facilidad que yo, pero no seguían ese camino, a pesar de dárseles muy bien la escritura y el dibujo. Me desencanté de la tecnología al sufrir sus obsolescencias programadas y su servil seguimiento del dinero, como en esos asqueabundos cajeros automáticos. Hoy por hoy una tercera revolución industrial, la de la robótica, destruirá cinco veces más empleos de los que cree... Y todavía creemos que la tecnología mejorará a la especie humana. Lo que si lo hará será una mejora de las instituciones sociales. Hoy en día soy uno de esos que no usan móvil, por lo que nunca podré ser de Podemos, esa paradoja, y tendré que poner en mi tumba el pingüino Tux de Linux o nada en absoluto, como hacen las monjas de clausura (véase Cementerio de Ciudad Real).

Por entonces Jesús Barrajón, uno de la movida valdepeñera de mis tiempos universitarios con el que coincidí en alguna oposición madrileña, que ahora es profesor en la Universidad de Castilla-La Mancha, publicó una edición eminente del Teatro completo de Francisco Nieva con magníficos grabados (como artista plástico es casi mejor que como escritor). Nieva, un antiguo postista, como Ángel Crespo, publicó luego sus magníficas memorias bajo el título Las cosas como fueron, que recomiendo os leáis, pues más friki que este abuelo nunca nadie lo podrá ser en La Mancha. Junto con el toledano Antonio Martínez Ballesteros (siempre atento a la actualidad, por más que la actualidad no esté atento a él: ha pasado desapercibida su obrita Desahucio, de 2013) y Domingo Miras, autor de La Saturna (1973), son los únicos dramaturgos manchegos que merecen crédito hoy y están realmente vivos, cuando insisten en estrenar cualquier gilipollez extranjera o moderniense. Un defecto les veo, la verbosidad y la pedantería; él único que no la padece es Martínez Ballesteros.

Siempre he sido asiduo lector de autobiografías, que prefiero a las novelas por tratarse de experiencia genuina calificada por quien la sufrió: no hay nada más directo que eso, cuando en todo busco a la gente, como he dicho. También en la lírica y en el ensayo se puede encontrarla, o más bien sus sentimientos, sus ideas, su concepción del mundo. La narrativa, por el contrario, es biografía degradada con mentira... salvo la que tenga componentes autobiográficos, que es la más rara. Pero lo peor de todo son los que confunden la literatura con el paisaje: para algunos escritores, en realidad aficionados, no hay otra cosa que el paisaje, la pintura y el cromo de chaval y se pondrían malos si tuvieran que escribir sobre personas o sobre sí mismos (véase lo dicho sobre la autobiografía).

Poco a poco me fui transformando en un ácrata barojiano sin espoleta (ya en la bachillería me había leído esa especie de breviario de dogmatofagia que es Juventud, egolatría) y era incapaz de negarme a considerar cuestión alguna y ponerme límites, algo que incluso ahora padezco y lamento. Por eso procuraba entender incluso a fanáticos que no querían entender, los tradicionalistas, entre ellos algún colega profesor del Opus al que llegué a tomar afecto pese a su pornográfico amor a un papa polaco que lo hizo prelatura personal. Las chaladuras poseen algo de admirable, pero solo terminan pareciéndome tolerables si cuentan con ancho de banda o perspectivas que no embotellen el entendimiento aislándolo de otros mundos, de otras gentes y de otras ideas y sentimientos. Y el Opus, del que me maravilla no lo que ha hecho, sino todo lo que no ha hecho más todo lo que ha impedido, posee las perspectivas de un pozo en que algunos pueden caer y no salir y aun si salen llevarlo puesto. De hecho, desde que el Opus hace de las suyas el Diablo no para de matar moscas con el rabo.

Una parte muy grande de los católicos que he conocido es profundamente hipócrita (si es que un hipócrita puede ser profundo), perdona al enemigo después de haberlo matado y, como decía Gandhi, son muy poco seguidores de su Cristo y muy remisos a soltar sus bienes, sus prejuicios y sus ideologías para seguirlo con más soltura. El protestantismo (que estudié en la persona del hereje manchego y exfranciscano Juan Calderón), el budismo, y la lectura de los Pensamientos sobre la muerte de Feuerbach y las Preguntas de Zapata de Voltaire, entre otros, me permitieron liberarme de concepciones cristianas cerriles como las que entonces "dominaban" en / a España, fuera de que pronto reparé en que en la Iglesia Católica andaban encerrados entonces (y ahora) bastantes orates, cuando no almas programadas por su entorno social y pederastas confesos o inconfesos al lado de personas admirables que eran capaces de salvar el proyecto como Dios salvaba ciudades llenas de sodomitas solo con que hubiera un inocente. Y en la Iglesia católica hubo, hay y habrá muchos inocentes y solo unos pocos sinvergüenzas que viven de ellos. Se salvará, claro, y salvará a muchos también, si asume realmente su limpieza, que ha empezado al parecer y al padecer con el pobre Francisco. Pero los católicos, con su falta de fe en el hombre, que la historia parece justificar en parte, jamás admitirán que la ética es una categoría de orden superior a toda religión, por más que siempre constituyan con su mala conciencia uno de los dos pilares de la cultura occidental: otras culturas no han poseído nunca esa mala conciencia.

No sé cómo, se empezó a reunir en el Guridi, un local de la pintoresca larga calle Libertad (con su nueva Gata Loca, con su Compás, su Hermandad de la Flagelación y sus prolongaciones y cortes ácratas y tabernarios y sus tres cipreses) que había comprado un ebanista de Piedrabuena llamado Juan, un grupillo de gente de todas edades y sesgos. Me condujo  a esa guarida Javier Trujillo Sánchez, prematuramente fallecido con 57 años de un tumor cerebral. Era un tullido del brazo derecho que pasaba mucho tiempo en la calle y llegó a ser mi más fraternal amistad en una época en que andaba buscando una Arcadia imposible y un amigo verdadero. Lo conocí cuando "echaban" por la televisión una serie que me hizo mucho efecto sobre una novela de Evelyn Waugh, Retorno a Brideshead. Sus escenas de decadencia y calaveradas juveniles eran muy de nuestra época, aun correspondiendo los felices veinte: nos sentíamos así. En mi biografía, la entrada de Javier Trujillo fue providencial: fue la ventana por la que entró a raudales un aire vivo que me hizo descubrir a muchos otros buenos amigos y fertilizó un tiempo muerto de estéril sequedad. Cantaba en el Coro de la Universidad y todavía lo echo en falta, como él mismo echaba en falta mover su brazo derecho a causa de una meningitis que lo dejó tullido a edad muy temprana; esa pérdida tuvo unas consecuencias encadenadas imprevisibles: siendo de suyo apuesto, esta minusvalía lo transformó en un paria bohemio y greñudo, que no podía andar correctamente y aparecía desaliñado porque no podía manejar el peine y ajustarse la ropa con el arte que todos los que usamos la extremidad natural damos por supuesto. Era difícil también distinguir sus palabras, porque el tener que usar el brazo izquierdo siendo diestro y la mitad derecha del cerebro le había provocado una dislexia oral que perdía al momento cuando arrancaba a cantar como los ángeles (si linguis angelicis / loquar, et humanis...). Era muy devoto del Cristo de la Buena Muerte y la Hermandad del Silencio, a cuya procesión no faltó nunca. Ahora podrá integrarse en los coros de los serafines e incluso tocar la guitarra celestial con un brazo nuevo. Su minusvalía, que podría haberle hecho  solitario y gruñón, era compensada y superada con una gran nobleza y bonhomía y facultad para hacer amigos hasta en las cloacas. Le dedico estas palabras de afectuoso recuerdo, donde quiera que esté, por los buenos ratos que me hizo pasar; a él, a una de esas pocas personas que siempre es grato recordar.

La tertulia reunía al escritor y sociólogo Francisco Chaves Guzmán, gran lector de Pier Paolo Pasolini y apasionado denigrador de la modernidad; a José Luis Margotón (un  cineasta y escritor que era además factor de RENFE, y marxista y sindicalista irredento; al juez de menores, dramaturgo, crítico  y poeta Carlos Cezón, al pintor Paco Carrión, a mí mismo y a unos cuantos más. Juntos editamos los cuatro números trimestrales de la revista Ucronía, que dirigía y componía yo, con vistosas portadas de Paco Carrión. Por la órbita de la tertulia circulaban de vez en cuando personajes como el novelista y profesor de informática en la Universidad Macario Polo Usaola, quien junto a Teo Serna, es el único al que con justeza se le puede llamar novelista Afterpop y el único al que se le puede asignar la ración de humor, de intrascendencia y de ludismo que se asocian a esta estética, y el filósofo, poeta y novelista inédito Javier Lumbreras, envuelto en una nube de humo, Gran Duque del Bartolillo y Marqués de La Poblachuela, amigo, por cierto, del gran poeta satírico "fray Josepho", pseudónimo del historiador José Aguilar Jurado; el poeta ciego y premio Tiflos Maximiliano Mariblanca, un amigo mío de lengua satírica peor que la mía, que ya es decir, Mari Carmen Matute, autora de brutales cuentos y poemas, el jurista Fernando Martínez Valencia, amante de los aforismos y los cigarros de hoja, y la pintora Olga Alarcón, responsable por cierto de la vistosa decoración del local conocido como La gata loca y adaptadora de los dibujos con que un premiado pintor madrileño, de cuyo nombre no alcanzo a acordarme, decoró mi primer y hasta ahora único libro de versos impreso, Palabras acabadas (1992). De Carlos Cezón guardo el manuscrito de El discípulo amado, una tragedia al estilo "inmersión" de Buero Vallejo donde se desmonta de forma realista la farsa de la muerte y resurrección de Cristo, y su libro de poemas La tumba de Julio II. Por cierto que la asociación Quijote 2000, ideada en 1994 por un pepero llamado José Luis Aguilera que se estaba muriendo y que no odiaba la cultura (que reducía a un solo libro), al contrario que otros de esa mierda, nos requirió para organizar algunos actos antes del Cuatricentenario del Quijote y luego nos olvidó cuando hicimos un viaje a Tomelloso, creo, con el fin de organizar unas conferencias. Siempre recordaré que, al bajarnos del coche a medio camino, la vistosa pluma de un cometa lucía en el firmamento.

Junto a esta tertulia seguía la añosa del Grupo Guadiana, a la que pertenecí tangencialmente. Llevé unos cuantos poemas al fallecido Vicente Cano, ya por entonces devorado por un cáncer, que gentilmente accedió a publicarlos. En seguida percibí en él a un hombre que ansiaba comunicarse y un verdadero poeta, de los que nacen con el verso en la boca, que tuvo la escasa fortuna de no poder formarse regularmente. Me llamaron la atención sus vistosas estanterías de tablas y ladrillos de obra que siempre he soñado reproducir: puro Ikea desmontable y prolongable. Vicente Cano fue un excelente antologista, de gusto infalible para cribar los poemas que recibía la revista del grupo, Manxa, muchos de ellos de Hispanoamérica. Cuando murió la revista dejó de ser lo que era y entró en una decadencia que nadie ha podido ya detener.

El grupo Guadiana, tan odiado por los de Cálamo y por Arcos en particular, y que se había llevado a los niños de papá que no quisieron seguir en el Postismo ciudarrealeño (cuyas máximas figuras eran Ángel Crespo y Francisco Nieva, además del tempranamente fallecido Chicharro, que prometía tanto como los otros dos), tuvo después a excelentes sonetistas, como mi amigo y colega Jerónimo Anaya, Julián Márquez Rodríguez y Raimundo Escribano, pero siempre se mostró poco abierto a corrientes innovadoras. En su seno había un cierto regionalismo manchego y un formalismo que impedía la entrada de cualquier aire fresco, no en vano el crítico Pedro Antonio González Moreno tachó a la mayor parte de su grey con el marbete, bastante ajustado, de "devocionalismo". No es así totalmente y yo salvaría y salvo a esos cuatro autores citados, cuyos versos perduran en mi selectiva memoria. 

Junto a estos añadiría yo también a unos cuantos amigos míos escritores. Al eslavista Ángel Enrique Díez-Pintado Hilario lo conocí en la entrega de premios de poesía de El Doncel; yo había ganado el primero y el el tercero. Se sacó tres carreras de filología en Granada: la de Hispánica, la de Inglesa y la de Eslava y ahora es profesor de su Universidad. Mantuvimos correspondencia sobre Cernuda y tradujimos a medias poemas del polaco Adam Zagajewski para la revista de la tertulia que dirigía yo entonces, Ucronía. Solo recuerdo un verso: "¿Ha venido por el Vístula?" y vagos poemas sobre la reconstrucción después de la desolación nazi. La feminista Aurora Gómez Campos escribía entonces en Canfali (hoy publica todos los miércoles un artículo en La Tribuna) y me pedía colaboraciones para su periódico a través de su hermana Paloma, una profesora de lengua de Valdepeñas amiga mía. Se le da ese género y el relato corto y erótico muy bien, como el artículo sesudo a Rafael Torres, un filósofo islamófilo (e incluso iranólogo) que se ha trotado todos los países del mundo, desde Estados Unidos a China, Irán y la República Checa; una cabeza de primer orden que de vez en cuando asoma por Miciudadreal, Lanza o La Tribuna, con varios libros publicados (entre ellos Leer Don Quijote en Teherán) y que es bloguero, como yo mismo y Macario Polo, autor este de deliciosas y divertidas novelas como Tendiendo al equilibrio, premio de narrativa de la Universidad de Sevilla, o La ruta no natural, cuyos capítulos estuvo publicando por entregas en el corcho del Guridi. También publicamos un cuento suyo en Ucronía. Por demás, y volviendo a Torres, siempre me he quedado con ganas de preguntarle qué piensa sobre Marjane Satrapí y su Persépolis. En cuanto a mi amigo Julián Martín-Albo, autor de Los poemas para un dios (1989), un libro muy marcado por los sonetos de William Shakespeare, de quien es gran estudioso, hay que decir que es un gran director teatral. Conseguí que viniera como profesor a mi instituto entonces, el Hernán Pérez del Pulgar, y allí consiguió levantar un formidable montaje, de rango profesional, de El mercader de Venecia de Shakespeare, crear un notable grupo de actores, montar varios happenings y dejar a todo el mundo patidifuso, incluido el director del centro, un matemático que, asustado, cerró cuando al fin se trasladó de centro la asignatura de teatro porque todos los chavales se querían apuntar a ella. Ahora Julián reside en Valencia felizmente casado con su esposo (con -o). Otro novelista interesante era mi amigo Paco Arenas, profe ultradedicado a sus alumnos y que en esos tiempos andaba enredado en una embarullada relación sentimental, de la que salió felizmente casado hoy, bloguero también, marxiano y autor de Los manuscritos de Teresa Panza entre otros libros de los que, si me extendiera, no podría jamás terminar. De otros autores un poco más alejados del Guridi y de mí ya hablaré más adelante.

Los gustos musicales de mi familia iban del Juanito Valderrama y Pepe Marchena de mi padre al muy Asperger de mi hermano, quien no dejaba de machacarme con los lisérgicos Emerson, Lake & Palmer, las versiones a sintetizador Moog de Bach del transexual Walter/Wendy Carlos, el caos dentro de un orden del jazz rag dixie Nueva Orleáns y la melancolitis biteliana de The Mamas and the Papas, que pasaban mucho frío en Nueva Inglaterra y parecían creados a propósito para generar trastornos alimentarios.

De ahí pasamos a las grandes canciones de los ochenta, que a mi juicio no son precisamente las punteras de las listas. Había de todo, incluso diagnósticos sociales como el que pinta el comienzo de una letra de Mecano: "No pintamos nada / no opinamos nada / todo lo deciden / y sin preguntarnos nada. / Dicen que preparan / una gran batalla / el este contra el oeste / y nuestra casa / destrozada". Si se lee Derecha por Este e Izquierda por Oeste, se entenderá lo que ya decía Sting en su Russians. Por demás, la canción sigue con una profecía de Isaías respecto a la Gran Depresión de 2008: "No pintamos nada / no pedimos nada / va a haber una fiesta / y después no va a haber nada". O sea, lo que hoy.

Quiero apercibir, sin embargo, que hay dos canciones de la Movida verdaderamente ponzoñosas que constituyen un eje cósmico entre el cenit del despegue afectivo  y el nadir de la dependencia total: "Déjame", de Los Secretos, con sus eneasílabos estirados, y "El amante de fuego", de Mecano, que evoca el incendio de la discoteca Alcalá-20 y cuatro o cinco lecturas más, todas perturbadoras. Esa es la única materia oscura que he podido hallar en las noches de luna y vinilo de entonces, cuando además todavía se acostumbraban los casetes. Los Cano tenían el coco comido con Lorca (sus letras están llenas de reminiscencidas del poeta a quien los falangistas llamaban García "Loca") y se les dio bien su duende. Se lo leía mucho, además de al liberador Cernuda y al reciente nobeliano Aleixandre (al que hay que ser un auténtico desesperado para entender), pero la gente nunca apercibía el carácter homosexual y marginado de los tres, como desconocía y sigue desconociendo el asexualismo del impotente Dalí, al que su padre, un notario carca, había vuelto lacio para el amor enseñándole desde niño grabados y fotos de sexos purulentos comidos por enfermedades venéreas. Tal vez por ello se inventó la anécdota de que se hizo una paja ante su padre y se la tiró diciendo: "¡Toma: lo que te debo!".

El pasotismo individualista e impotente de la época está perfectamente resumido en esos versillos de Mecano: "No sé si seré sensato / lo que sé es que me cuesta un rato / hacer las cosas sin querer". Por demás, la música de entonces era el mero jolgorio de lo intrascendente que ya expresaba como característico de esa juventud el citado Tierno Galván ("la realidad tiene el sentido que tiene en su momento... y no tiene otro") y se lo reparte la crítica taurina de los Toreros muertos (que citan ocasionalmente a Góngora en "Dejadme llorar" y carecen de las señas de identidad de llamarse Javier), Objetivo Birmania (cuyas birmettes son perseguidas por todo el sofá), Siniestro total (con sus pequeños y liberales renacuajos), Radio Futura (poetianos más que poetas en su "Annabel Lee", cuyo protagonista es el perro melancólico de una niña sureña ante su tumba, no vayan a pensar), la erudita, ronca y mínima Alaska (de quien me encanta su mistérica "Isis" y su vivísimo y elegebetiano "A quién le importa", coreado hasta por las niñas de la guardería) y, por qué no decirlo, todos los demás, brillantes a su modo, incluso la hipstérica Chica de ayer, que podría ser hasta mi abuela, que esa sí que es remota.

Artículos sobre archisílabos sesquipedales

I

Aurelio Arteta Penúltimos archisílabos El País, 13 de febrero de 2016:

Son tantos y tan graves los problemas públicos que nos acucian, que prestar atención a un fenómeno lingüístico caracterizado por alargamiento innecesario de las palabras suena a frivolidad impropia del buen ciudadano

Ya lo advirtió Horacio. Fue al elogiar en su Arte poética a quienes evitaban las “palabras ampulosas y rimbombantes”, y a las que llamó sesquipedalia verba por medir “un pie y medio” de largo. Como quizá algunos lectores recuerden, aquí las he bautizado como archisílabos y aventuré que ese gusto por el alargamiento innecesario —aunque no siempre incorrecto— responde al probable afán de sobresalir de los demás. Un gusto contagioso, sin duda.

No vayan a pensar entonces que, el silenciarlos desde hace un par de años, denote un decaimiento en el uso y abuso de estos vocablos que coleccionamos. Lo que pasa es que son tantos y tan graves los problemas públicos que nos acucian, que prestar atención a este fenómeno lingüístico suena a frivolidad impropia del buen ciudadano. Craso error. El ciudadano es antes que nada un hablante y, por alejados que parezcan, la calidad del uno dice mucho también de la calidad del otro. A la postre, ambas figuras pueden incurrir en parecido empobrecimiento o indiferencia ante el deterioro de lo común.

Al hilo de ciertos prefijos y sufijos, y ahorrándonos los centenares de torpes polisílabos recogidos en ocasiones pasadas, entremos de nuevo en materia. Por ejemplo, en aquellos que pretenden subrayar la diferencia entre un acto y su proceso de llevarlo a cabo. ¿Quién no ha oído hablar de esa desvalorización que equivale a una “devaluación”? ¿Acaso no es cierto que la autoridad se ejerce mediante actuaciones en vez de por “acciones”? Una contratación administrativa goza de mayor empaque que un mero “contrato”, dónde va a parar, y los fabricantes de automóviles se enorgullecen de exhibir sus variadas motorizaciones (o sea, sus “motores”). Si va usted para locutor, elija siempre incrementación o incremento, sea de los accidentes de tráfico o de los precios, y nunca su “aumento”. Causa perplejidad conocer que una banda musical está en ascensión, y no en “ascenso”, pero las cosas se complican cuando la “compartimentación” desemboca en el trabalenguas de la compartimentalización o el “clientelismo” engendra la clientelización.

Habrán observado asimismo que la notable afición a destacar la cualidad abstracta de las cosas lleva a menudo a sustituir la cosa misma por ese rasgo abstracto que encarna. De modo que la “equidad” de un acto equitativo acaba trocándose en equitatividad, y la “variación” deja paso a la variabilidad. Por esa misma ley no escrita, la unitariedad se impone sobre la “unidad”, lo mismo que preferimos la confortabilidad del sillón a su “confort” o el precario estado de marginalidad al de “marginación”. Una “excepción” a la regla se cita como excepcionalidad. En cuanto algún aparato cumple una “función”, el experto sentencia que posee funcionalidad. Un ilustre abogado sugiere someterse no tanto a la “letra”, sino más bien a la literalidad de la ley. Y ciertos políticos proponen ahora una ley de transitoriedad jurídica, es de suponer que para perfeccionar la mera “transición”. El “vértigo” es ocupado por la vertiginosidad, igual que la dimensionalidad arrincona a la más simple “dimensión”. Eso sí, no me pregunten por el significado de la intermodalidad, que hasta ahí no llego.

En el vergonzante empeño por que nuestro lenguaje cotidiano se transforme en spanglish, procuremos que lo “diferente” alcance siempre el grado de diferencial y no hagamos ascos al comunicacional ni al conversacional. Las ondas “vibratorias” de toda la vida deben bautizarse como vibracionales, en una operación parecida a la de denominar componente nutricional a lo que calificábamos de “nutritivo”. Me cuesta adjudicar sentido al novedoso reputacional, pero doy fe de que una solicitada revista femenina se refería en portada a modelos inspiracionales a falta de “inspiradores”...

Si venimos a algunos verbos afectados por esta manía de crecimiento, ahí está ese reciente uso de capturar, también de cuna inglesa, que ha desbancado a nuestro “captar” o, del mismo origen, el sumarizar con la pretensión de “resumir”. (He ahí otra “prueba” —perdón, evidencia— de colonialismo lingüístico). Cuando nos servimos en exclusiva del expansionar, confesamos haber olvidado el “expandir” o “ensanchar”; y quizá recuerden que hubo un tiempo en que decíamos “distinguir” para lo que hoy se oye siempre como diferenciar. El ambiente nos arrastra a uniformizar lo que sea, y no ya a “uniformar”. Con lo fácil que resulta “restar”, “quedar” o “dejar”, triunfa sin embargo el mayor prestigio de residualizar. Renunciemos, pues, al esfuerzo de “concebir” para suplirlo por el conceptualizar, mientras se le pide a “distender” que deje paso al más prolongado distensionar. La masiva ignorancia del latín y griego por estos lares, y con ella de tantas raíces de nuestro léxico, trae estos excelentes resultados. Ignoro si sectarizar es portarse como un sectario o cortar algo (o a alguien) en secciones, y no les digo cuánto me asusta esa nueva hornada de verbos fantasmales y horrísonos como despatologizar, fronterizar, efectivizar o desnegativizar...

A la menor dolencia, corremos a ‘medicalizarnos’ en lugar de a “medicarnos”.

Participios y adjetivos tampoco se libran de estas cirugías verbales del momento. Ya sabemos que lo “concreto” o “concretado” ha pasado a ser concretizado, lo “continuo” se transforma en continuado y una situación parece mucho más “convulsa” si está convulsionada. En paralelo a nuestra práctica política, lo que antes era “regional” ha sido regionalizado y las cuentas “territoriales” dan en territorializadas. Ciertas medidas públicas no es que sean “generales”, sino que se han generalizado, lo mismo que tantos servicios privados ya no son “personales” sino incluso personalizados. La creación de empleo se ha desestacionalizado al no depender ya de la estación del año. Deseosos de atenernos al “procedimiento”, pronto llegamos a lo procedimental y acabamos dejando todo bien procedimentalizado. Y no me negarán que, a la menor dolencia, corremos a medicalizarnos en lugar de a “medicarnos” y a quedar así, más que “medicados”, medicalizados.

Los muchos adictos a los archisílabos muestran su predilección por lo determinativo, cuando están buscando lo “determinante”, así como por lo derivativo más que por el vulgar “derivado” o por una noticia excitativa en lugar de “excitante”. Uno, que no estudió filología (como ya se habrá notado), se andaría con cuidado con los limitativo, manipulativo, integrativo o investigativo por más que la Academia los bendiga. Entretanto, el pedante disfrutará archisilabeando a su antojo unos cuantos adverbios de modo. Ahí nos esperan continuadamente, por “continuamente”, o individualizadamente, por “individualmente”, entre otros.

¿Me permitirán entonces despedirme una vez más con las ideas de un viejo maestro? Pues Chesterton nos dejó dicho que “las palabras cortas han de tener un significado, pero las palabras largas a veces pueden no significar nada literalmente...”.

II

Aurelio Arteta "¡Al rico archisílabo, oiga! El gusto por alargar pomposamente las palabras sigue afectando al español" El País  16 marzo de 2014: 

Uno piensa que los españoles no tenemos un bien más común que nuestra lengua común, el español o castellano. Despreciarlo o dejar que se malemplee y degrade nos predispone a desentendernos también de otros bienes compartidos y, por supuesto, a malentendernos entre nosotros. Cuidar las palabras permite afinar sentimientos y escoger las razones adecuadas, mientras que destrozarlas a nuestro antojo conduce a disfrazar intenciones y a trampear con menor reparo. Así que, con permiso de la Academia, volveré a referirme a esa dolencia de nuestro idioma que es la profusión de archisílabos. Ya saben, esos términos artificial y pomposamente alargados con los que pretendemos dar mayor empaque a lo dicho y ganar estatura a los ojos del otro. Aquí va la séptima entrega de esta serie iniciada hace casi veinte años.

Solo de pasada mencionemos los incubados en los círculos más pedantes del mundo publicitario y de la moda. Son esas novedosas palabras que anteponen exagerados prefijos para denotar así algo ultraexclusivo o la hiperexclusividad de un diseño, una mansión de macrolujo o una persona superpositiva. Pero lo habitual es que el grueso de los archisílabos se forme añadiendo desinencias innecesarias a un sustantivo para expresar peor lo mismo que ese sustantivo ya decía mejor y con mayor brevedad. En unos casos, el hablante se eleva a un plano de aparente abstracción que al parecer le conforta. De suerte que la ‘reflexión’ se convierte en reflexividad, el ‘gobierno’ o la ‘gobernación’ dejan paso a la gobernabilidad e incluso a la gubernamentalidad, un poema revela no tanto un tierno ‘sentimiento’ como una delicada sentimentalidad. Nuestro presidente explicó tan terne que el Banco Europeo nos concedía su multimillonario rescate sin condicionalidad alguna, esto es, ‘sin condiciones’.

Como en este país tratamos mucho más con vaporosas entidades que con ‘entes’ reales, no sufrimos una crisis de ‘empleo’, sino de empleabilidad. Ya no hay que contener el ‘gesto’, sino la gestualidad, ni despertar ‘emoción’ o ‘emotividad’, sino emocionalidad. La presencialidad suena más densa que la mera ‘presencia’, igual que el ‘óptimo’ resultado de una gestión empresarial alcanza la optimalidad. Rizando el rizo del ridículo, una revista de filosofía hablaba hace poco de contradictorialidad en lugar de ‘contradictoriedad’, lo mismo que en las peluquerías femeninas ofrecen ungüentos que dan voluminosidad —y no '’volumen’— al pelo.

Nos inclinamos hacia ciertos vocablos por su mayor largura.

Hay casos en que el estiramiento verbal parece deberse a un deseo irrefrenable de calcar usos del inglés. Aludimos entonces a una campaña promocional, que no ‘promotora’, a una actividad fundacional en lugar de ‘fundadora’ o bien a la gracia creacional del artista más que ‘creadora’ o ‘creativa’. ¿Y a que resulta hermoso el confusional, para aludir a lo ‘confuso’ o ‘confundente’? Algo que sea ‘operativo’ se califica hoy (perdón, a día de hoy) de operacional y unos intereses volicionales, por si no lo saben, designan intereses ‘volitivos’ o de la voluntad. Claro que a estas invenciones contribuye lo suyo que ese hablante ignore la raíz latina de los términos que emplea. Por eso olvida la ‘desinfección’ para escoger la desinfectación, la ‘interacción’ nada puede frente a la interactuación y por la misma tendencia se prefiere el infusionarse al ‘infundirse’. Las películas hay que versionarlas en lugar de ‘verterlas’ a otras lenguas y en un cartel publicitario pueden tropezarse con un movedor que no pasa de ser el ‘motor’ de toda la vida.

Recuerde el lector cuántas veces escucha desfasamiento por ‘desfase’, enmarcamiento por ‘enmarque’, mejoramiento por ‘mejora’ y decantamiento por ‘decantación’. El motivo más probable de inclinarnos hacia los primeros vocablos es su mayor largura frente a los segundos. Lo mismo ocurre con muchos delincuentes cuando les detienen: que son sometidos a un procesamiento judicial mejor que a un ‘proceso’. Pero ese lector puede también preguntarse por qué una empresa internacionalizada (‘internacional’) requiere un apoyo profesionalizado más que ‘profesional’ y, a ser posible, particularizado mejor que ‘particular’. El otro día me hablaron de un interés bancario anualizado, con el significado de ‘anual’, de una decisión política territorializada para decir ‘territorial’ y de una situación lingüística normalizada, o sea, ‘normal’. ¿A que en televisión las lluvias siempre son generalizadas y nunca ‘generales’? Pues eso.

La lista no se ha agotado, ¡qué va! Nunca hablen de un grupo ‘colaborador’ cuando pueden llamarlo colaborativo. Pero si quieren causar efecto profundo, atrévanse a prescindir del simple ‘capaz’ y acuñar el capacitivo, según promovía un reciente anuncio de tablets en la prensa. Hay archisílabos que alteran el sentido del sustantivo originario o incluso lo traicionan del todo. Quien rechaza reiteradamente algo que se le imputa no se aferra a la ‘negación’ de los hechos, sino que incurre nada menos que en negacionismo, de igual manera que la mera ‘oscuridad’ que rodea un crimen viene a tildarse de oscurantismo.

El ampuloso crecimiento de vocablos ofrece todavía numerosas ocasiones a nuestro afán de encampanarnos. Habrán notado que no hay autoridad que exprese hoy su ‘juicio’ sobre cualquier novedad acontecida, sino en todo caso una valoración, de modo parecido a como la ‘pena’ de una multa se torna una penalización. Ya no exigimos una ‘rentabilidad’ para nuestras inversiones, sino su rentabilización, y la financiarización está dejando corta a la ‘financiación’. ¿Qué pinta un ‘contraste’ al lado de una contrastación y cómo poner el ‘acento’ donde cabe una acentuación? En boca de una exministra el ‘presupuesto’ cobraba mayor prestancia si pasaba a denominarse presupuestación. Al paso que vamos, mucho me temo que las edificaciones acaben ganando en altura a los ‘edificios’.

Abruma tanta riqueza léxica cuando tanto escasea la conceptual.

Una ‘división’ o ‘reparto’ de algo no puede compararse con su segmentación, la defraudación oculta un delito más turbio que el ‘fraude’, como le pasa a la repudiación frente al escueto ‘repudio’. Algunos buscan la igualización antes que la ‘igualación’, no se contentan con la ‘objetivación’ cuando pueden pronunciar objetualización, aunque tampoco dejan claro si presentan proposiciones o ‘propuestas’. El perverso placer obtenido de añadir sílabas forzadas se detecta asimismo en la desregularización que equivale a la mera ‘desregulación’, en la deteriorización como ‘deterioro’ o en la sociabilización, que es como una ‘socialización’ sólo que más prolongada. Al terrible significado de ‘exterminio’ le ha salido un competidor en la exterminación. Y algún concurso televisivo debería sortear un premio entre quienes adivinen a qué viejas palabras pretenden sustituir ahora mismo engendros como expertización, titulización o mutualización.

Los nuevos verbos puestos a nuestro alcance son legión; tienen el ligero inconveniente, eso sí, de que también son inútiles por sobrantes. Entre ellos encontramos algunos tan encantadores como audializar para ‘escuchar’ música u oficializar una misa que debe de valer para el cura mucho más que ‘oficiarla’. Súmenle ustedes el nulificar para decir ‘anular’, y el ficcionalizar para ‘ficcionar’, y el provisionar para ‘proveer’, y el potencializar para ‘potenciar’, y el narrativizar para ‘narrar’ y así hasta cansarse... Pues abruma esta extraordinaria riqueza léxica cuando tanto escasea la conceptual.

¿Qué quieren que les diga? Una vez más, la razón parece estar de parte del entrañable Chesterton: “Es indudable que la prudencia es mejor que el ingenio; pero, leyendo los extraños polisílabos de los modernos libros y revistas, parece mucho más evidente que hemos perdido el ingenio y no hemos adquirido prudencia”.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco.

III

Aurelio Arteta, "Dilo en archisílabos. Desearía aprender dónde radica la mayor carga informativa de los términos largos", El País, 22 ABR 2012 

Por fin he comprendido la razón de que los académicos de la Lengua reciban el sobrenombre de “inmortales”. Se les llama así porque por ellos no pasa el tiempo o, quizá mejor, porque en nada afecta el tiempo a quienes están destinados a la vida eterna. Les han hecho falta decenios para declarar que, además de erróneo, suena fatal eso de cargos y cargas públicos/as..., que ha invadido hasta el lenguaje de los mudos. ¿Deberán transcurrir otros cuantos decenios hasta que la Academia futura confeccione un catálogo de archisílabos que conviene desterrar del habla común?

Puestos a engrosar la colección de estas prescindibles palabras kilométricas, empecemos por el estiramiento de las que a diario se inventan las estiradas gentes de las finanzas. Los ‘frenar’, ‘desanimar’ o ‘disuadir’ se esconden hoy bajo el desincentivar y los desincentivos arrinconan a ‘frenos’ y ‘obstáculos’. Es de suponer que operacionalizar y operativizar significan volver algo operante u operativo, de suerte que operativización se acercaría a lo dicho por ese hermoso término de efectivización. A duras penas he captado que en esa jerga primarización quiere decir exportar bienes primarios, pero aún no pillo a qué se alude con el bancarizar y la bancarización.

El afán de alargar el léxico, no tanto por el placer de alargarlo como por hacerse el interesante quien lo pronuncia, se detecta en varios vocablos prestigiosos del momento. Habrán notado que lo ‘especial’ está dejando paso a lo específico, y que los ‘especialistas’ son cada vez más los especializados en esto o lo otro. Aquí y allá se introduce el ejercitamiento o la ejercitación en lugar del ‘ejercicio’, igual que el desfasaje pretende ser el ‘desfase’. Ignorante de sus presuntas diferencias, no acierto a ver qué añaden dominancia y gobernanza (o gobernancia) a ‘dominio’ y ‘gobierno’, salvo su mayor longitud y -me temo- cierta pedantería. Nos tropezamos con el transicionar porque cae en desuso el ‘transitar’, lo mismo que el reciente ostentatorio traduce el ‘ostensivo’ o el ‘ostentoso’, según, con una sílaba más. Incrédulo ante lo sostenido por un profesor del Instituto Tecnológico de Massachusets, desearía aprender dónde radica la mayor carga informativa de los términos largos sobre los más breves. Me lo tendrían que explicar argumentativamente, claro está, no ‘argumentalmente’.

No olvidaré dejar constancia de ese curioso gusto del español contemporáneo por lo abstracto. Baste anotar la emocionalidad, para referirse a la ‘emotividad’ o sencillamente a la ‘emoción’. Y nadie dudará de que la ‘potencialidad’ de algo sabe a poco comparada con su potenciabilidad.

Muchos archisílabos proceden del afán de subrayar la acción que conduce a un resultado, más que el resultado mismo. Así es como se procura la homogeneización entre cosas diversas, que sería sin más su ‘homogeneidad’; hay que facilitar la visibilización de las mujeres maltratadas, no su ‘visibilidad’. Por mucho que a la izquierda abertzale le encrespe, ha de establecerse una jerarquización entre las víctimas del terrorismo, mucho mejor que su correcta ‘jerarquía’. La espectacularización no dice más que la producción de ‘espectacularidad’ y la precarización del contrato laboral sólo indica su ‘precariedad’. La empleada de una compañía teléfonica me detalló la tarificación de mis llamadas, sin duda porque le sonaba más redondo que su ‘tarifación’. Se trata de un mecanismo del que no se libran ni las impropiamente llamadas “lenguas propias”, como lo probaría la revernacularitzaciò del valencià...

Resulta patética la rapidez con que el hablante español se ha dejado contagiar por el inglés (o por el americano) a fuerza de parir adjetivos acabados en -al. Su atractivo más probable: que tal desinencia cuenta como dos sílabas y prolonga así su pronunciación. Hasta al mismísimo ministro de Justicia se le escapó hace poco una mención de la conducta delincuencial, en lugar de ‘delictiva’. Ya no existe un hecho ‘motivador’, sino motivacional; ni un trabajo ‘aspirante’ al premio, sino aspiracional. Y, aunque no me crean, les juro que he detectado un chirriante modificacional, y un vicarial, un suposicional y con mayor frecuencia todavía otro civilizacional. Que luego se vea todo perspectivalmente, será la conclusión natural de un mimetismo tan entusiasta como necio.

Por si fuera poco, unos archisílabos se reproducen en otros afines. En la gran superficie lingüística ya pululan los monitorizar y monitorizado, pero ahora disponemos asimismo del monitorear y monitoreado, todos ellos equivalentes a ‘examinar’ o ‘evaluar’ y sus participios. Archisílabos cortos, todavía insatisfechos de su estatura, originan archisílabos más largos. Aquel posicionar, que ya se ha quedado con nosotros, engendra el reposicionar para decir ‘resituar’; otrotanto ocurre con el focalizar y la focalización, por ‘enfocar’ y ‘enfoque’, una acción que al repetirse se transforma en refocalizar y refocalización. El modesto vehicular, que entre los exquisitos suplantó a ‘transportar’ y otros, ha crecido hasta dar en vehiculizar.

¿Que por qué todo esto? “Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas (...), como un pulpo que suelta tinta para ocultarse”. Igual que a Orwell, también a uno le parece que el estilo inflado en el uso de la lengua es producto de la falta de sinceridad de los hablantes.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco. Su último libro, Tantos tontos tópicos (Ariel, 2012).

IV

Aurelio Arteta, "La moda del archisílabo", en El País, 21 SEP 1995:

Como se conoce que hablar en prosa era ya muy fácil, ahora nos deleitamos con la prosa archisílaba; a ser posible, requetesilábica. ¿Ande o no ande, caballo grande?; pues, valga o no valga, palabra larga. La consigna es llenarse literalmente la boca. Ante el temor a empequeñecer, nos encampanamos en nuestros vocablos y acabamos la mar de satisfechos en la grandilocuencia. Si al desgraciado circo del chiste le crecían los enanos, en , nuestro circo verbal nos crecen a ojos vistas las palabras. Por alguna regla que al psicólogo del lenguaje le tocaría desvelar, el blablablá ya no lo parece tanto cuando se torna un blablablabla. El caso es disfrazar el vacío. De esto siempre han sabido bastante algunos miembros de la universidad y muchos zotes de la orden de fray Gerundio. Hoy, con la ayuda de los comunicadores y su parentela triunfante, la peste se ha adueñado de todos. Un hablante que se precie ha de discurrir, por lo menos, en pentasílabos. Tiene que medir sus palabras, sí, pero no para elegir la más justa, sino la más rimbombante.No es preciso rastrear tan sólo en ciertas jergas abstrusas del día (verbigracia, la pedagógica) para probar este fenómeno. En nuestro común empeño por prolongar las palabras, nada importa incluso revolver su significado. Así que escogeremos siempre ejercitar en lugar de 'ejercer', complementar por 'completar', cumplimentar por 'cumplir', señalizar por 'señalar', climatología, por 'clima' o 'tiempo', metodología por 'método', y problemática por 'problema'. En la reciente consagración universal del comentar, aun a costa de variar su sentido' ' no es lo de menos que posea una sílaba de ventaja sobre los modestos 'contar', 'decir' o 'hablar'. ¿Acaso hay alguna otra razón de más peso para preferir la ética a la 'moral' o para que tantos caigan todavía en el preveer?

Es cosa que maravilla cómo, entre gente que enferma al menor esfuerzo conceptual y desconfía por pedante de quien lo intenta; que exige ir a lo concreto y dejarse de abstracciones; que no aguanta la lectura de cuatro folios de tímido pensamiento y acusa a su autor de humillarle con su elevado lenguaje...; entre esa gente, digo, florece la abstracción ampulosa como lo más natural del mundo. Aquí hasta el más lerdo habla como un torpe metafísico en ejercicio. El existir viene a reemplazar en todas partes al 'haber', igual que la existencia suple a la 'presencia' y la inexistencia a la 'carencia' o 'ausencia'. No se diga, pues, 'intención', sino más bien intencionalidad; ni 'fin', sino finalidad; ni 'potencia' o 'capacidad', sino potencialidad; ni 'necesidad', sino necesariedad; ni -quizá- 'competividad', sino competitividad; ni 'crédito', sino credibilidad; ni 'voluntad', sino voluntariedad, ni 'gobierno' o 'gobernación', sino gobernabilidad. La más simple 'obligación' se ha convertido en obligatoriedad, el 'todo' o 'el total' en totalidad (lo mismo que 'conjunto' ha venido a parar en globalidad y hasta en globalización), la 'razón' deja paso a la racionalidad, el modesto 'rigor' se trueca en rigurosidad y la 'eficacia' en efectividad. Pero es que toda 'disfunción' es disfuncionalidad, así como la 'emoción' emotividad, y ya no hay 'peligro' sino peligrosidad. Donde estén las motivaciones que se quiten los 'motivos', no va usted a comparar, y. qué es un 'límite' al lado de una limitación y un escueto 'valor' si se lo mide con la más sonora valoración, por no mentar la valorización...

Tal vez crean unos de buena fe que las palabras, como sus rostros, se encogen y arrugan, y les conviene un estiramiento. Para otros, ésta es la fórmula segura de alzarse sobre el hablante medio y obtener un secreto prestigio. Y así, lo que comenzó como necio afán de notoriedad por parte de algunos se expande hasta el infinito gracias al mimetismo de todos los demás. De suerte que ya casi nada se 'funda', porque todo se fundamenta (y no en 'fundamento' alguno, sino en fundamentaciones); ni nada se 'distingue', sino que se diferencia (y la 'diferencia' deja su sitio a la diferenciación, lo 'diferente' o lo 'distinto' a lo diferenciado); ni nada se 'usa', pues más bien se utiliza (y hace tiempo que la utilización ha dejado al 'uso' en desuso). Puestos a 'influir', habrá que influenciar, igual que, metidos a 'conectar', lo propio es conexionar y, si se trata simplemente de 'formar', más vale, por Dios, conformar o configurar. Los más memos han logrado introducir la incidencia donde vendría a cuento el 'efecto' o 'impacto', lo incierto por lo 'falso', la potenciación por el 'impulso' o el seguimiento por el 'control'.

Claro que, en esta gozosa tarea de descoyuntar el lenguaje ordinario, a menudo mediante la agresión, cada gremio aporta además su particular cagadica. El presunto experto dispone de bula para retorcer el idioma a su antojo, ante la sumisión reverente del resto de legos. El intelectual se recrea en el vehicular frente al 'llevar' o 'transportar', en el articular frente al 'componer' o 'enlazar', y lo suyo es problematizar lo que bastaría con 'cuestionar'. No hay político que no dedique su día a posicionarse y emitir su posicionamiento, en lugar de 'pronunciarse', 'situarse' o adoptar una 'postura' o 'decisión', ni del que no se espere que sea ejemplarizante mejor que 'ejemplar'. Algunos se quejan de resultar criminalizados, que no 'incriminados', y otros se disponen a institucionalizar lo que haga falta, sin 'instituir' nada. ¿Habrá que referirse aún a la ominipresente negociación, que nunca es un 'trato' ni un 'diálogo'? Y el, ejecutivo..., ah, el ejecutivo de vario- pelaje, que ahora nos ofrece su servicio personalizado (o sea, más que 'personal'), ése es hoy un alto militar que ya no proyecta 'planes', sino que diseña estrategias. De su boca no faltará el involucrar, porque ha olvidado desde el 'abarcar' o 'incluir' hasta el 'implicar' o 'envolver', ni el sobredimensionamiento o la desestructuración de su empresa, para decir yo qué sé...

Seguramente es que vivimos tiempos en que se habla demasiado. Aquella palabra pública, antes reservada a unos pocos y sólo para ocasiones solemnes, rueda hoy incontenible en el espacio, de la publicidad política y de la comercial (esa que todo lo publicita y aun lo serializa). Quienes no han aprendido a valorarla, enseguida la encuentran trivial "y están prestos a cambiarla por la primera que se les ofrezca. La feroz competencia para captar el favor del cliente, aturdido por el guirigay, apremia por igual a políticos y mercaderes a renovar cada campaña su mercancia verbal y a dotarla del máximo poder de seducción. Y ese poder en nuestros días no se alcanza por la precisión, la eufonía o la verdad de las voces en juego, sino pura y simplemente por su largura.

Sería fácil demostrar que esa largura al reducimos en ideas, nos vuelve más cortos. Entretanto, escúchese al comentarista y se sabrá que el encuentro de fútbol finaliza, pero, que no 'termina' ni 'acaba', por lo mismo que no tiene 'final' o 'término', sino finalización; y que los goles ni se 'meten' ni se 'plasman', sino que se materializan. Para el presentador del telediario bombas y bombonas siempre explosionan y nunca 'explotan', los bancos se fusionan y jamás se 'fuden', algunos terroristas quedan reinsertados en lugar de 'reinsertos'. Portavoces y comunicados de toda laya proponen actuaciones y no 'acciones', exigen normativas a falta de 'normas' e invocan una regla mentación, que siempre es mejor q . ue un 'reglamento'. Y a ver quién es el tonto que pertenece hoy a un 'grupo' pudiendo formar parte de un colectivo, 'promueve' si está en su mano promocionar o encuentra 'sentido' a las cosas si les descubre su significación. Ya se ve que este mismo proceso de envaramiento del idioma, más que un hecho 'gene ral', es un hecho generalizado. ¿Que una lengua, al fin producto histórico y cosa viva tiene que evolucionar? Pues claro, hombre, pero no está mandado transformarla sólo a golpes de pedantería, ignorancia, pereza o memez de sus usuarios. También está escrito que, quien tenga oídos para oír, que oiga.

Aurelio Arteta es profesor de Filosofía Política de la U. del País Vasco.

V

De Wikilengua

Normalmente los archisílabos se forman con la adición de un sufijo carente de valor real, en especial:
-logía Como tipo > tipología, método > metodología
-idad/-alidad Como función > funcionalidad
-izado Como individual > individualizado, general > generalizado
-iedad Como obligación (> obligatorio) > obligatoriedad
[Modificar solo esta sección] Lista de archisílabos
Palabra Palabra «alargada» Ejemplos
potencia, potencial potencialidad
clima climatología
tiempo meteorología
lluvia precipitaciones en forma de lluvia
nieve precipitaciones en forma de nieve De cara al día de mañana tenemos que hablar de precipitaciones en forma de nieve a lo largo y ancho de la geografía española (mejor sería: Mañana nevará en toda España).
en España a lo largo y ancho de la geografía española
tipo tipología Las casas son de varias × tipologías.
tema temática El libro trata × temáticas interesantes.
registro registración
grato gratificante
lista listado El × listado de los ingredientes es... (mejor sería: la lista de los ingredientes es...)
funciones, prestaciones, caracterísitcas funcionalidades
golpeamiento golpeo
cumplir cumplimentado Tras cumplimentar el servicio militar, continuó sus estudios.
rigor rigurosidad
mucho(s) una gran cantidad de
señalar señalizar
fin finalidad
hastío hastiamiento
obligación obligatoriedad
medicación medicamentación
motivo motivación
normativa normatividad
merodeo merodeamiento
relevo relevamiento
situarse posicionarse
recibir recepcionar
crédito credibilidad
explotar explosionar
ejemplar ejemplarizante
necesidad necesariedad
todos la totalidad
fundarse fundamentarse
distinto diferenciado
uso utilización
significado significación
acción actuación
instituir institucionalizar
general generalizado
intención intencionalidad
influido influenciado
representación representabilidad
contar contabilizar
refuerzo reforzamiento
método metodología
agrario agronómico
fechas temporalización
dirigir direccionar
sabio sabiondo
intento intentona
inserción insertación
vestido vestuario
casi prácticamente
bueno importante Consiguió importantes resultados en lugar de Consiguió buenos resultados
voluntad voluntariedad La gente tiene mucha voluntariedad en lugar de La gente tiene mucha voluntad
colección coleccionable
problema
problemática
peligro peligrosidad
exceso sobredimensionamiento
gripe proceso gripal
aunque a pesar del hecho de que
si en el supuesto de que
cuando en el mismo momento en que
pronto en un futuro no muy lejano
recalcar poner el acento en
nada permite no hay nada que permita que
si si llegara a presentarse el caso de que
qué qué es lo que Dime qué es lo que piensas ~ Dime qué piensas
incompleto parcialmente completo
muy altamente
odio odiosidad
vacaciones periodo vacacional Uno de los sentido de vacaciones es ‘tiempo que dura la cesación del trabajo’.
pequeño de pequeño tamaño
grande de gran tamaño
dentro en el interior
fuera en el exterior
ebrio en estado de ebriedad
tensar tensionar

VI

Polisilabismo o sesquipedalismo: el arte de escribir… estiradamente

Palabras alargadas, estiradas como chicles.(Ilustración: Bayuela).

El lenguaje burocrático se sirve de las palabras alargadas para dar ampulosidad y rimbombancia a quien las pronuncia o escribe. Hay una tendencia en el lenguaje administrativo a estirar las palabras, porque parece que “visten más”. Así, nos podemos encontrar con problemática (problema), cumplimentar (cumplir), señalizar (señalar), territorialidad (territorial). Las pretensiones retóricas, literarias o artificialmente elegantes están de más en el lenguaje administrativo. La claridad, ¡tan necesaria!, exige palabras sencillas, de fácil e inmediata comprensión:

totalidad/todos
influenciar/influir
finalización/final
domiciliación/domicilio
tramitación/trámite
El vocabulario claro y sencillo es sustituido por voces pretenciosas y relamidas. El texto pierde transparencia y se hace farragoso. Orwell en su conocido ensayo “La política y la lengua inglesa” (1946) lo explicaba así:

La hinchazón del estilo ya es, de por sí, una especie de eufemismo. […] El gran enemigo de una lengua clara es la falta de sinceridad. Cuando se abre una brecha entre los objetivos reales que uno tenga y los objetivos que proclama, uno acude instintivamente, por así decir, a las palabras largas…
Orwell, G. (2006): Matar a un elefante y otros escritos. Madrid, Turner.

Eso sí, para definir este fenómeno se utilizan palabras finas: polisilabismo o sesquipedalismo. Esta última (del latín, sesquipedalia verba) define aquellas “palabras ampulosas, rimbombantes, de amplitud desmesurada”. No importa que no esté clara su “traducción”: sobredimensionamiento, desestructuración, modelización, emprendurismo. En muchos casos ya las hemos asumido:

conflictividad/conflicto
climatología/clima
meteorología/tiempo
proporcionalidad/proporción
accidentalidad/accidentes
complementariedad/complemento
Para Chesterton, “no importa lo que digas, mientras lo digas con palabras largas y cara larga”.

¡Menuda cara solemne se me va a poner cuando escriba supercalifragilisticoespialidoso!

Aaameeeénn.

______________

P.D.:
Propón una solución en los siguientes ejemplos de alargamiento léxico:

La unidad de personal ha señalizado para el día 23 de junio de 2008 la elección de plazas.
Debemos ultimizar estos acuerdos previos.
Hay que inicializar correctamente las políticas sociales en Extremadura.
Los asuntos económicos se han concretizado en un informe exhaustivo.
La metodología usada no es la correcta.
La intencionalidad de los autores no está clara.
Debemos marginalizar estos hechos.
El letrado del servicio jurídico terminó su intervención conclusionando que el hecho es constitutivo de delito.