domingo, 17 de julio de 2016

Siete razones por las que se te pueden quitar las ganas de enseñar

Melissa Bowers, profesora de instituto reconvertida en escritora, madre de dos hijos y aventurera accidental "Siete razones por las que se te pueden quitar las ganas de enseñar", en Huffington Post, 15/07/2016 

Ya ha pasado más de un año desde que dejé la enseñanza, una decisión que tomé porque íbamos a mudarnos a la otra punta del país. Para conmemorar la ocasión, compartiré la frase que -con diferencia- más introduce la gente en los buscadores para llegar hasta mi página web.

"No quiero enseñar más".

En mis doce años de experiencia como profesora de Inglés, he visto a gente dejar la profesión en estampida. El clima es diferente. La cultura es diferente. El sistema se desmorona y los profesionales de la educación se dispersan para evitar ser aplastados por los escombros cuando todo se venga abajo.

No entraré en detalles sobre los recortes de presupuesto, la cantidad masiva de alumnos que hay por clase o el sueldo medio; de todo eso ya se ha hablado hasta la saciedad. No voy a hablar sobre el agotamiento profundo que implica estar todo el día sobre la tarima ni sobre la sensación de ahogo que te embarga esas noches y fines de semana en los que tienes cientos de trabajos que corregir.

Hay mucho más: cosas que solo comprenderás si tienes una llave de la sala de profesores.

1. Eres una figura de autoridad pero no tienes autoridad real.

Una amiga me dijo en una ocasión: "No sabes lo que es tener un trabajo de verdad, con entregas y adultos vigilándote constantemente. Tú puedes ser tu propia jefa". La ignorancia pura de su comentario lleva años conmigo, y sigue afectándome, en gran parte porque ese pensamiento erróneo es muy común.

Cuando cerramos la puerta cada día y nos dirigimos hacia la parte delantera de la clase, es fácil ser presa del espejismo de que estamos al mando. Después de todo, es tu nombre el que está escrito en la puerta, así que debes de ser quien manda.

Dosis de realidad: tú no eres quien manda.

Los padres mandan sobre ti. La administración manda sobre ti. Los alumnos lo notan. Es cierto. Y, como es cierto, comprometer tu integridad implica una presión inmensa: aprobar a un niño que no ha demostrado maestría, permitir la entrega tardía de un trabajo que mandaste hace dos meses, ser menos estricta al poner menos deberes, proyectos diferentes o notas; porque a veces se espera que no eches más leña al fuego.

2. Tu día no se parece en nada a la jornada del típico trabajador de oficina.

A pesar de la ignorancia de la amiga de la que he hablado antes, tengo que concederle esto: a veces somos dolorosamente conscientes de que nuestro "trabajo de verdad" se diferencia sospechosamente de otros "trabajos de verdad" que requieren tener un título universitario.

Tus amigos pueden hacer cosas como estas en el trabajo:

1. Hacer pis
2. Tomar café
3. Hablar un rato con un compañero sin prisa
4. Salir a comer
5. Hacer papeleo y otras tareas relacionadas con el trabajo mientras están en el trabajo
6. Sentarse de vez en cuando

Estoy segura de que las vacaciones de verano existen porque los Dioses del Colegio cuentan todos los segundos que no tenemos para ir al baño y nos los devuelven todos juntos de golpe. Los 25 minutos para comer no propician comidas relajantes fuera de los muros del colegio o del instituto, y solo puedes aliviarte un poco durante el cambio de clase que, por desgracia, es la única oportunidad que tienen todos los demás profesores para ir al baño.

Porque ¿sabes quién más manda sobre ti? La campana.

3. Todo el mundo se cree que sabe cómo hacer tu trabajo. TODO EL MUNDO.

Además del hecho de que no tienes autoridad, hay muchas personas que sí la tienen y que, literalmente, no han pasado ni un día de su vida enseñando; y aun así muchos están seguros de que saben hacer tu trabajo mejor que tú.

Mucha gente tiene luz en casa, pero eso no los convierte en electricistas. Mi marido no sabe cómo llevar un restaurante solo porque hayamos salido a cenar fuera. ¿Puedo declararme experta en derecho por ver Ley y orden: Unidad de víctimas especiales una vez a la semana?

Pero, por supuesto, la enseñanza es diferente, ¿verdad? En algún punto de nuestras vidas, todos nos hemos sentado en una clase. Todos hemos sido alumnos, después de todo. Durante seis, siete u ocho horas al día, desde preescolar, todo el mundo lo ve, así que todo el mundo puede opinar.

Pero incluso los que llevan poco tiempo enseñando pueden confirmarlo: todo se ve de una forma diferente desde detrás de la mesa del profesor. Así que cuando tus superiores son comités de personas que solo saben cómo es el asunto desde la perspectiva del estudiante, es como pedir a un equipo de contables que cableen un edificio.

¿Sabes lo que probablemente acabará pasando? Que saldrá ardiendo.

4. Querías fomentar la imaginación, no machacarla.

Los profesores llevan mucho tiempo luchando contra la presión cada vez mayor de "enseñar para aprobar un examen". A pesar de nuestros gritos de advertencia, la situación no mejora. Los cursos o asignaturas con valor para la vida real (como, por ejemplo, la economía doméstica o las clases de compra) van muriendo, y no de una forma gradual, precisamente; y no hay ninguna parte de "Alimentación y Nutrición" en el examen de selectividad. Los programas de arte y música corren un grave peligro y en algunos lugares prácticamente han desaparecido.

Una profesora de primaria a la que conozco -que trabaja en uno de los distritos más ricos y respetables de su estado- asistió hace poco a una reunión en la que se pedía a los miembros del personal que "limitaran o eliminaran por completo" la lectura de cuentos. "No está lo suficientemente diferenciada", les dijeron, "y, además, supone un desperdicio de las valiosas horas de clase".

Sus alumnos son de tercero de primaria. Se merecen que les lean un cuento, que alimenten su imaginación. Merecen la magia de una historia cautivadora. Merecen aprender que se puede leer por placer en vez de estrictamente para buscar información.

Y las asignaturas "más importantes" de secundaria tampoco son inmunes. Los profesores de Lengua contemplan con impotencia cómo van desapareciendo del programa las obras de ficción y cómo se van reemplazando por obras basadas en hechos reales. Aunque a veces se nos invita a asistir a comités curriculares (a los que he ido) para darnos la falsa impresión de que tenemos voz y voto, no son más que una trampa: tenemos la libertad que nos permiten los estándares nacionales y estatales. Ahora mismo, se apuesta de manera implacable por los HECHOS. LOS DATOS. LAS ESTADÍSTICAS.

Y eso no deja mucho espacio para la fantasía.

Pero la cuestión es la siguiente: los debates sobre ficción llevan a debates enriquecedores sobre la vida, que conducen a algo mucho más importante que el crecimiento de un estudiante: guían el crecimiento de un ser humano.

5. La obsesión por la tecnología está acabando con tu cordura.

Las cifras y los hechos no son los únicos que están dando de lado a nuestras queridas obras de ficción. El demoledor ritmo de la tecnología también las está aplastando. "¡Los niños deben aprenderlo TODO SOBRE LA TECNOLOGÍA!", afirma todo el mundo mientras agita los brazos y se dirige hacia la tienda Apple más cercana. "¡Es el futuro!"

Entonces, ¿por qué los directores generales de las empresas de tecnología más importantes envían a sus hijos a los Centros Educativos Waldorf, en los que no hay ordenadores? Tiene que haber una aplicación... No, perdón, quería decir "explicación".

Es un asunto peliagudo. POR SUPUESTO, como profesores que somos, nuestro trabajo es adaptarnos a los tiempos que corren. Pero me atrevería a decir que nuestro trabajo también es retar a nuestros alumnos con cosas novedosas; y, para esta generación, la tecnología no lo es. De hecho, es lo único de lo que saben. Los niños no necesitan saber más sobre ella -la mayoría lleva viendo una pantalla y haciendo clic desde que eran bebés- y seguirán haciéndolo en mitad de tu explicación (probablemente basada en hechos reales) sobre un libro (que probablemente no será de ficción), por cierto. Resulta increíblemente frustrante que todas estas gloriosas innovaciones sirvan más como una distracción que como una herramienta de aprendizaje.

P.D.: Podrías detectar a alumnos escribiendo mensajes con el móvil aunque estuvieras ciega, ¡se te da demasiado bien!

Aunque los profesores tendemos a juntarnos, yo tengo amigos y familiares con vidas profesionales muy variadas: desde empresarios de éxito hasta ingenieros mecánicos pasando por directores de recursos humanos. Todos ellos llevan entrevistando a candidatos durante más de una década, y todos se quejan de algo similar: les resulta casi imposible encontrar a un aspirante al que realmente quieran contratar.

Hay tres ces que parece que faltan hoy en día: curiosidad, creatividad y comunicación.

La tecnología es maravillosa -en realidad no, pero es necesaria- para un montón de cosas, pero está acabando con estas tres preciosas ces. Y, como profesores que somos, no solo somos testigos de su muerte, sino que se espera que asistamos a su asesinato. Por culpa de las expectativas estandarizadas, tenemos que incorporar cada vez más tecnología, aunque lo único que queramos sea pegarle un martillazo a todo lo que tenga pantalla.

6. Los privilegios, los trofeos, la apatía... y todo eso.

Probablemente, dentro de las cuatro paredes de clase el aire esté algo cargado de un tufo a "no es culpa mía, es tu culpa", y ese hedor proviene de los alumnos.

Por irónico que parezca, no es su culpa.

Como el olor a tabaco, lo traen de casa, sale de sus mochilas, va adherido al tejido de su ropa y a las fibras de su educación. Durante toda su vida, estas generaciones de "niños únicos y diferentes" han recibido premios y conmemoraciones por participar -y no por ganar- así que queda bastante claro por qué los niños han llegado a esperar un sobresaliente "por haberlo intentado". Pero a veces un insuficiente no es más que un insuficiente, que no significa que Johnny tenga un profesor nefasto. Significa que posiblemente Johnny se lo haya ganado esta vez. Significa que a lo mejor no ha entregado un trabajo perfecto. Significa que a lo mejor no tiene que empezar a hacer un trabajo que le llevará unas tres semanas el día antes de la entrega.

Pero Johnny no sabe que un insuficiente significa todo eso, porque lo que oye en su casa es que sus padres están increíblemente enfadados porque su profesor haya tenido las narices de suspender a su niñito. (Prepárate para la llamada encolerizada a la mañana siguiente).

Evidentemente, igual que hay padres de este tipo, los hay que son devastadoramente ausentes, igual que los hay tan comprensivos que hacen que te preguntes si son reales. Que son generosos, amables y responsables y en las reuniones de padres y profesores les dices que lo están haciendo muy bien porque lo piensas de verdad.

Espero ser como ese último tipo de padres.

Me convertí en madre hace unos años y debo admitir, no sin vergüenza, que ahora lo entiendo. Mis hijos SON especiales. Mis hijos LO INTENTAN. No quiero que tengan que sentirse NUNCA como si no fueran las personas más importantes del mundo. Cuando la profesora de preescolar de mi hija le puso una nota en la que decía que no había estado muy receptiva en clase, me sentí frustrada e impotente y estaba prácticamente segura de que la profesora estaba siendo demasiado exigente. Cuando corrió su primera carrera de Acción de Gracias el pasado mes de noviembre, los organizadores me preguntaron si quería comprarle una medalla. "Sí, claro", contesté. "Pues claro que tendría una medalla". Sin dudar, aflojé el dinero para contribuir.

Como madre que soy, lo entiendo.

Pero, como profesora, lo que me gustaría es decir: dejad de ponerles excusas a los niños. BASTA YA. Hay que enseñarles a ganarse las cosas, no a pedirlas. A tener ambiciones. Hay que plantearles desafíos. De esa manera, cuando yo intente retarlos, sabrán que eso es lo que ambos esperamos.

Sabrán que estamos en el mismo equipo.

Abandonados a sus propios medios, los niños son los primeros que te dirán: Sí, se me había olvidado por completo que habías mandado ese trabajo. No me esforcé al máximo. No me apetecía terminar la lectura. ¡Ups! Lo siento, profe. Y se encogerán de hombros, levantando las cejas y haciendo gala de una adorable conciencia de sí mismos.


Querida señorita Bowers: 

Creo que eres una profesora genial e incluso mejor persona. Sé que no soy muy buen estudiante. Esta era una de mis clases favoritas, aunque la suspendiera, pero eso es culpa mía. Y me siento mal por no haberme esforzado al máximo aunque tú lo hayas hecho.

Lo saben. En el fondo, a pesar de esos aires de privilegio que les rodean, saben exactamente lo que está pasando. Son mucho más listos y capaces de fracasar -y, por consiguiente, de tener éxito- mucho más de lo que el mundo les deja experimentar.

7. No hay ninguna manera fiable de evaluar quién lo está haciendo bien de verdad.

Cualquier profesor que se precie sabe que probablemente esto sea lo más inquietante.

Para que la gente sepa lo bien que estás haciendo tu trabajo, necesitan verte trabajar. Pero, si solo hay un director por cada treinta y tantos profesores, la supervisión adecuada se convierte en algo físicamente imposible. Incluso aunque el único deber de un director fuera tragarse una clase tras otra, seguirían faltándole horas al día, así que los legisladores y los superiores del distrito luchan por encontrar una forma de tapar agujeros.

Una idea que está cobrando fuerza consiste en analizar las calificaciones de los exámenes de los alumnos. En teoría, esto debería funcionar; pero, en la práctica, no pueden ir en serio. Los alumnos no son productos de una cadena de montaje. Son seres humanos, y en cada clase hay unos 30, y reciben influencias más allá de la lección de vocabulario de ayer. Un profesor no es responsable de cuánto han dormido sus alumnos, de si la semana pasada rompieron con su pareja o de si en casa no desayunan porque su familia no está bien de dinero; pero todas esas cosas influyen en los resultados de los exámenes.

Querida señorita Bowers: 

Me lo he pasado genial en tus clases y creo que he aprendido un montón al tenerte como profesora. Aunque mi gramática y mi ortografía siguen sin ser las mejores, sí que he mejorado. Has trabajado conmigo, con mi déficit de atención y con mi dislexia. He aprendido a expresarme mejor con la poesía y la escritura y eso significa mucho para mí. Gracias. Te voy a echar de menos.

A medida que cada vez más distritos vayan aplicando estas prácticas sin sentido, ¿quién enseñará a los niños que tengan dificultades? ¿Qué educadores van a sacrificar potencialmente sus propias carreras para guiar a los alumnos que se esfuerzan mucho por un aprobado raspado? Algunos de los mejores profesores ya actúan así, y lo único que los retiene es la motivación intrínseca.

Otro método consiste en cargar con el peso de la prueba al profesor. En vez de pasar el domingo por la noche preparando una brillante clase para el próximo día o calificando las decenas de trabajos que recogiste el viernes, tienes que pasar ese tiempo pensando en cómo cumplir con objetivos arbitrarios que se quedarán obsoletos y serán irrelevantes para el próximo curso. Después de eso, debes malgastar emplear más tiempo de clase aplicando dichos objetivos e iniciativas, y después debes emplear más tiempo los domingos por la noche redactando informes para demostrar lo bien que los has implementado. Eso, junto con las puntuaciones que obtengan tus alumnos en los exámenes, determinará si eres un educador eficaz o no.

¿En vez de eso, podemos limitarnos a hablar de De ratones y hombres? ¿Podemos emplear el tiempo en aprender por qué algunas palabras impresas en una página nos hacen llorar? Esas son las cosas importantes. Eso es lo que importa de verdad. Esas son las cosas que nos enseñan quiénes somos.

Querida señorita Bowers: 

A lo largo de este año, en su clase, he descubierto partes de mí que no habría encontrado si no hubiera estado en esta clase. Me ha encantado poder ser yo mismo a través de todos los proyectos creativos que hemos hecho. Especialmente poder ser yo mismo y estar a gusto con todo el mundo en clase. Tengo que decir que es el profesor el que hace la clase. Tú, como profesora, has hecho de esta clase una de las más divertidas para mí. Sinceramente, he aprendido mucho más que gramática o redacción, esta clase me ha permitido aprender cosas nuevas sobre mí mismo también. Gracias por compartir esta experiencia de aprendizaje conmigo, ¡es todo un honor! También quiero darte las gracias por enseñar la materia de formas comprensibles. 
¡Que tengas un verano fantástico!

Estas son las cosas verdaderamente importantes: ayudar a un grupo de alumnos a lidiar de forma cívica con los desacuerdos, conseguir que todo el mundo mantenga la calma cuando alguien vomita dentro del aula o ver cómo el alumno más tímido de la clase -ese que en septiembre nunca abría la boca- se presenta voluntario para leer en voz alta una parte de Las brujas de Salem, pone acentos y hace dos nuevos amigos porque por fin se permite ser vulnerable.

Tu trabajo es mucho más que puntuaciones de exámenes, objetivos irrelevantes e iniciativas cínicas. Es atar cordones y poner tiritas. Es consolar a un padre que te cuenta que su matrimonio se derrumba. Es enseñar a los adolescentes a debatir, a pensar de forma crítica, a mostrar su desacuerdo respetuosamente. Es ver que, cuando se gradúan, los antiguos alumnos te dicen que tus clases de Francés son las que les han hecho querer estudiar en el extranjero, que tus clases de Biología les han hecho matricularse en Bioquímica, que tus ánimos durante sus etapas más oscuras les convencieron para seguir yendo a clase cada día.

¿En qué categoría cabe todo eso? ¿Cómo se puede documentar ese tipo de impacto de efecto retardado? No puede medirse en sobresalientes ni en suficientes, ni con controles semanales. Normal que los profesores se frustren.

Normal que se te quiten las ganas de seguir enseñando.

Esas son las razones que pueden hacer que se te quiten las ganas de enseñar, pero hay una razón por la que merece la pena seguir haciéndolo: los niños. Después de un año sin ellos, quizá eches de menos su desenfrenado espíritu durante la última semana de curso, su contagioso sentido del humor, la forma que tienen de saludarte por los pasillos y de regalarte dibujos. Quizá eches de menos su capacidad para hacerte olvidar lo mal que has empezado la mañana, o las miradas de asombro que se les quedan cuando aprenden algo verdaderamente importante.

Si no fuera por ellos, en vez de buscar en Google "no quiero enseñar más", ya lo habríais dejado.

Este post fue publicado originalmente en Michifornia Girl.

El texto se publicó con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

viernes, 15 de julio de 2016

Ajedrez y poesía

Jesús Larrán Knight, Ajedrez y Poesía en Periodistas en Español   21/03/2016

La Unesco proclamó en París en 1999, el 21 de marzo como el Día Mundial de la Poesía, el evento se celebra en todos los rincones del planeta de distintas maneras. En Europa se denomina ‘Primavera de los Poetas’ mientras que en algunos lugares de Latinoamérica se denomina ‘Común presencia de los poetas’.

Sin querer hacer una relación muy detallada, porque seguro que hay omisiones no intencionadas, sí citar a los poetas que dejaron algún poema, dedicado de forma directa o incluso indirecta al más que milenario juego. Poesía y ajedrez han coincidido durante más de 1.500 años, sin duda el arte de la poesía es más antiguo pero hay partidas que son auténtica poesía.

La relación de la poesía con el ajedrez se inicia con la figura del persa Omar Jayan (1048-1131) autor de los conocidos Rubaiyat que fueron dados a conocer en el siglo XIX: “Porque si bien se mira, / el mundo no es más que un inmenso tablero de ajedrez,/ cuyos cuadros blancos son los días, / y los negros las noches, / y en el cual el destino juega con los hombres/ como con piezas: / los mueve de aquí para allá, / y acabando la partida/ la muerte nos arroja al cajón de la nada.”

A este autor persa se refiere en su segundo soneto el conocido poema ‘Ajedrez’ del argentino Jorge Luis Borges (1899-1986): ‘También el jugador es prisionero/ (la sentencia es de Omar) de otro tablero/ de negras noches y blancos días. / Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza /de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

Otros poetas muy conocidos que dedicaron sus versos al ajedrez fueron el cubano Nicolás Guillén (1902-1989), quien dedicó un poema a su compatriota, el campeón del mundo de 1921 a 1927 y que fue denominado ‘El Mozart del ajedrez’, José Raúl Capablanca (1888-1942). El poema se llama ‘Deportes’ y pertenece al libro ‘La Paloma de vuelo popular’ de 1958.

También el griego Constatino Cavafis (1863-1933) dedicó un bello poema titulado ‘El peón de ajedrez’ donde sus versos resaltan la pieza, en teoría menor, y recrea como luego se transforma en mayor, la reina. “Más sale indemne de todos los peligros/ y alcanza triunfante la última línea. / Con qué aires de victoria la alcanza/ en el momento exacto; /qué alegremente avanza hacia su propia muerte. / Porque al llegar a esa línea, el peón morirá, / todos sus afanes eran para esto. / Cae el Hades del ajedrez, / y de su tumba resucita/ la reina que nos salvará”.

Sin duda el poeta y escritor que mejor ha fusionado los géneros es el costarricense Joaquín Gutiérrez Mangel (1918-2000). El que ha sido definido como “la figura literaria nacional más importante del siglo XX” en Costa Rica, jugó en 1936 partidas en Nueva York contra el ajedrecista Frank Marshall (1877-1944) en el club que fundara en 1915. Posteriormente fue campeón nacional de ajedrez en 1939, jugando las Olimpiadas en Buenos Aires, ganó a Aleksander Kotov (1913-1981) en 1957. Ingresó en la galería costarricense del deporte en 1996 por su trayectoria ajedrecística y hoy en día un club y un torneo de ajedrez, lleva su nombre.

Además y sobre todo, ejerció de poeta, novelista, periodista, traductor e incluso político –fue candidato a vicepresidente en su país por la formación Pueblo Unido en 1982 y 1986-. Consideró a Chile su “segunda patria”, donde conoció a Neruda, -que le prologó uno de sus libros-, y vivió 25 años, llegando a ser director de la conocida editorial Quimantú, saliendo exiliado tras el golpe militar de 1973.

Antes vivió en la URSS, China y cubrió la guerra de Vietnam entrevistando en 1966 a Ho Chi Minh. “Descubro que nací para morir (…) y nada he de llevarme pegado a mis zapatos…” escribió.

El poeta español de la generación del 27 Gerardo Diego (1896-1987) también dedicó un poema al juego titulado así ‘Ajedrez’ y que concluye “La muerte y la vida/ me están/ jugando al ajedrez”.


El escritor y gran aficionado Fernando Arrabal dedica al artista y también ajedrecista francés, Marcel Duchamp (1887-1968) el ‘Himno de Ajedrez’ donde cita en 17 líneas sus preferencias por los grandes jugadores de la historia y donde incluye también a mujeres como la húngara Judit Polgar y la china, actual campeona mundial, Hou Yifan.

Siguiendo en España, el poeta Carlos Murciano escribió ‘Donde el poeta juega con su amada’ que termina: “Reina que avanza, Rey que se doblega…/Y de pronto me miras -dudo, ¿sigo?- /recto hacia el corazón… Y jaque mate”.

Uno de los poemas más curiosos es el del poeta chileno Waldo Rojas, exiliado en Francia tras al golpe de estado de 1973 y donde aún vive. Se titula ‘Ajedrez’ y menciona al personaje principal de la película ‘El séptimo sello’ del gran cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007): “Antonius Block, quien volvía de las Cruzadas, no tuvo en cuenta/ que a Dios no le habría gustado el ajedrez/ aun cuando de veras hubiera algún día existido”. Anteriormente confiesa, “Y a mí que no me gusta el ajedrez sino en raras/ circunstancias”.

Con el mismo título, la poeta mexicana Rosario Castellanos (1925-1974) escribió otro poema en 1969. Con la misma nacionalidad y título, Homero Aridjis en su reciente libro de poesía de 2011, ‘Diario de sueños’ escribe: “Es la última noche del mundo. / Al pie de los muros de Córdoba/ un monje cristiano y un guerrero moro /juegan una partida de ajedrez. / Los jugadores apuestan la vida. / Pasa la noche. Sale sol negro. / Nadie gana nada.”

Hace años en este Día Mundial de la Poesía, en Radio Algeciras de la cadena Ser nos invitaron a amigos y colaboradores a leer un poema. Entonces, leí una parte, ya que es un poco largo, de ‘Los jugadores de ajedrez’ del portugués Fernando Pessoa (1888-1935) y que comienza: “Oí contar que otrora, en Persia / hubo no sé qué guerra, /en tanto la invasión ardía en la ciudad / y las hembras gritaban, / dos jugadores de ajedrez jugaban /su incesante partida”.

Como publiqué ya hace tiempo, el poema se refiere al califa Al-Mamun (786-833), quien consiguió el poder asaltando Bagdad mientras su hermano, Muhammad Ibn Harun Al Amin (787-813), al que ejecutó tras la conquista de la ciudad, jugaba al ajedrez. La partida la llevaban a cabo el sexto califa del imperio abásida, Al Amin frente, al parecer, su eunuco, Kauthar. Mientras jugaban y a pesar de las advertencias, un ejército enemigo liderado por el general Tahir bin Husain tomó Bagdad y dio el poder al hermano del califa, Al Mamun, decapitando a Al Amin, que eso sí, tuvo la pequeña satisfacción de ganar su última y postrera partida acontecida en el año 813.

Ambos eran hijos del intelectual y poeta Harun Al Rachid (766-809), el famoso califa conocido por la historia de ‘Las mil y una noches’; todos, padre e hijos, eran grandes aficionados al ajedrez. El califa Al Mamun fue en el año 819 el que inició el concepto de Gran Maestro de ajedrez.

Como escribe Pessoa, “La partida de ajedrez prende el alma toda, aunque perdida, poco pesa pues no es nada”.

Arte nuevo de hacer poemas


Arte nuevo de hacer poemas

Tómese un periódico cualquiera
(aun si pasado de días)
y córtele las frases más afines
a su estado de ánimo,
límpielas de espinas
y complementos directos,
y preséntelas encajadas en su ser 
como en un tetris;
los espacios en blanco importan,
porque se rellenan con el oro del otro;
después riéguelo con vino a sazón de estilo,
para darle lo suyo, y no lo tradicional
al modo de la abuela,
y sírvalo frío en mantel blanco.

jueves, 14 de julio de 2016

Calimero

O Rajoy. Nadie le quiere. O solo sus clones. Qué se le va a hacer, que haga política consigo mismo usando su mano invisible, la de Adam Smith. Pero como hacer eso es tan aburrido como mencionarlo, hagamos costumbrismo, que es tan veraniego como irse a comer fuera. La mejor paella, en Las Vegas; el menú más económico, en la EUITA; el mejor cocido, en La Abuelita; la mejor ensaladilla, en Nuevo Centro... y así. A no ser que seamos estómagos pijos, gastosos y degenerados a lo Ferrán Adriá. Por cierto, que una vez fue a comer al Bulli Bear Grylls, capaz de digerir hasta criadillas de cabra, y le dijo:

-¡He comido mierdas mejores que esta!

A lo cual, con súbito interés, respondió por lo bajito Ferrán Adriá:

-Y... ejem, ¿le importaría darme la receta?

Por no hablar de la fastuosa economía de la comienda. Hasta el dómine Cabra habría pasado gazuza. Los pases de modelos se han vuelto una danza macabra y lucir buena osamenta (por no hablar de esos ojos sumidos en pozos sombríos de rimmel) tiene a las chicas exangües estudiando gótico y bebiendo vinagre como los poetas románticos. La lujuria, a hacer puñetas. No hay ternura alguna a que aferrarse, y culos antes ingentes se han rebajado víctimas de la crueldad de los gimnasios o se han vuelto oblongos y estirados y las tetas se redujeron a forúnculos. ¿Dónde está el equilibrio clásico? Como dice la coplilla: Teta que mano no cubre, / teta no es, sino ubre. / Teta que no cubre mano, / no es teta, sino grano. Tanta bella despeluchada y andrógina invitaría a ahorcarse en un armario empotrado si no fuese porque eso también nos dejaría en los huesos. Una enorme epidemia de disentería tiene a nuestras muchachas al borde de la espiritualidad, con lo poco espiritadas que son, que no tienen ni para inflar un suspiro.

martes, 12 de julio de 2016

Citas de Antonio Gramsci

1. “El Estado es apenas una trinchera avanzada tras la que se asienta la robusta cadena de fortalezas y fortines de la sociedad civil”.
2. "La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad".
3. "Decir la verdad es siempre revolucionario".
4. "El poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad".
5.  "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos".
6. “Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido”.
7. "La indiferencia es el peso muerto de la Historia".
8. "La conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados 'orgánicos' infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”.
9. "Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad".
10. "El paso de la utopía a la ciencia y de la ciencia a la acción. La fundación de una clase dirigente equivale a la creación de una concepción del mundo".

jueves, 7 de julio de 2016

El mar, el mar

En nuestro medieval e injustamente desconocido Libro de Apolonio, por donde discurren tantos aires de aventura, se dice que "el mar nunca tuvo lealtad ni belmez", esto es, "piedad". Desde luego, no hay tigre que agite sus estrías con genio más mudable y rugiente. Lope de Vega, que también anduvo sobre el agua doblemente atormentado cuando fue marino en la gesta de los invencibles, y que cantó a corsarios como Drake, lo definía así: "El mar, helado imperio de la sombra". Se nota que en él no podía entrar el Sol inmarcesible del imperio y no amaba al fúnebre y tenebroso reino que había ahogado a un hijo suyo que buscaba perlas buceando en la isla Margarita. En cambio, Homero, un ciego ajeno al color, solo oía el restallar de la "sonrisa innumerable" de las olas; sin duda amaba más la playa que las montañas de agua que enviaron a Ulises, en pelotas, a los acogedores brazos de Nausicaa; no mencionaré a los griegos hartos de Anatolia al volver de su Anábasis, pero Paul Valéry lo recordó en su Cementerio marino al decir aquello de La mer, la mer, toujours recommencé!, que yo, también harto, pero de poesía pura, trastoqué a La merde, la merde, toujours recommencé!, verso que podía ponerse al pie del cuadro que forma el dos veces vago reinado de Marianico, no sé si corto o largo, pero sí insufrible.

La literatura está llena de naufragios, como (Robinsón, Gulliver, Góngora, Gracián, Golding...). De los siete viajes por el Índico del marino musulmán a sueldo de China Sanbao vienen los siete viajes de Simbad, pero en ese texto agregado al arenoso centón de Las mil y una noches se ven también reminiscencias de la Odisea y del todavía más antiguo Relato del náufrago, una novelita egipcia de hace lo menos cinco mil años que narra más o menos lo que García Márquez en su novelita homónima. Pero los griegos, que dividían a los hombres entre los vivos, los muertos y los que van por el mar (los que van por el mar suelen volver tan cambiados, sabios, raros y diciendo cosas tan extrañas que nadie sabe muy bien donde situarlos), son los que nos han dejado los más hermosos mitos marinos, como el del inasible hombre sin cara, Proteo, o Glauco, o los Dióscuros Cástor y Polideuces, los Gemini latinos, dioses marinos que orientaban a los navegantes en la noche al lucir en su constelación junto a otros signos marinos como Piscis y Cangrejo, en el incierto Egeo que era también una peligrosa constelación de islas. 

En La Mancha no hay literatura marinera, aunque tengamos en la vasta llanura, a los pies de Sierra Morena, el Archivo de la Marina que nos dejaron los marqueses del Viso o de Santa Cruz de Mudela, con sus vistosos frescos de batallas navales. No alumbramos a un Alberti, un Baroja con antepasados marineros como los Goñi o un género de novela específicamente marinera, como poseen los portugueses, todo costa ellos, con sus F.º M.ª Bordalo o Celestino Soares, o los isleños ingleses, de los que si nos pusiéramos no terminaríamos, desde su comerciante Defoe al honorable capitán polaco Joseph Conrad. Los franceses fueron otra cosa: Julio Verne se compró con lo que ganó con sus novelas de aventuras, muchas de ellas marineras, un tremendo yate con el que peregrinó por todo el mundo, arribando en España a Vigo y a Gibraltar. A su hindú capitán Nemo, cuyo nombre en latín significa "nadie", anarquista como el pirata de Espronceda "a quien nadie impuso leyes", le hizo clavar en el Polo Norte una bandera con la inicial de su nombre: la bandera de la nada; mayor gesto de escepticismo y de asco al nacionalismo no cabe. 

En realidad, a los españoles el mar siempre nos dio un cierto respeto y miedo, como que lo recorrimos por todas partes. El Arte de marear de fray Antonio de Guevara es capaz de causar odio al agua a los mismos peces. Y, sin embargo, el mar se mostró siempre hospitalario con los desgraciados, acogió siempre a quienes nadie acogía y en los puertos se habló siempre una amalgama universal de lenguas que cabe llamar la lengua humana. Pero nosotros, tirados sobre la arena y ajenos a todo esto solo se nos ocurre el endecasílabo con que concluye el soneto de Manuel Machado: "El mar, el mar... y no pensar en nada".

Antonio Aramayona ha muerto

Una pena. No apruebo, como él sí hacía, el suicidio, pero lo respeto, como sus ideas, que en gran parte comparto.

martes, 5 de julio de 2016

El quinto partido: la abstención

Jesús Gago, El quinto partido, en Nueva Tribuna 5 de Julio de 2016

“La clave de la guerra es el engaño: aparentar que no se tiene capacidad para hacer algo cuando si se tiene; aparentar que no se tienen medios cuando sí se tienen; que se está lejos cuando se está cerca y que se está cerca cuando se está lejos.” El arte de la guerra, Sun Tzu.

Una vez más ‘el quinto partido’ volvió a ganar las elecciones del pasado 26 de junio en España, al conseguir la adhesión de 10.435.955 electores.

Y una vez más sorprendieron los resultados obtenidos, porque quienes se dedican a predecirlos basándose en encuestas y sondeos previos, siguen empeñados en dejar a un lado la tozuda realidad: que la Abstención es la que viene cosechando el mayor asentimiento, una y otra vez, después de 2008 para acá (tal y como ha ocurrido desde siempre, por otra parte, en el resto de comicios no generales) (1).

Así pues no es tanto que los Institutos encargados de hacer tales consultas fallen en sus pronósticos, ni mucho menos aún, tal y como se ha atrevido a diagnosticar una de las estrellas mediáticas más confiables ( J.Évole), que todo sea consecuencia de que los españoles ‘se divierten’ mintiendo en las encuestas. No, lo que ocurre es que esos estudios se fijan obsesivamente en quienes expresan sus preferencias –y en su volubilidad, en el mejor de los casos -y en cambio no reparan lo suficiente –y por tanto descuidan- la volatilidad de quienes integran ese ‘quinto partido’: el de los abstinentes.

Como los demás partidos, éste bautizado aquí como ‘quinto’ tiene un suelo de ‘fidelidad’, integrado en este caso por quienes, con rigor etimológico, cabe denominar como ‘los idiotas’; los que el lenguaje políticamente correcto denomina ‘mayoría silenciosa’; los que ni pertenecen ni dejan de pertenecer al “sistema”,ni saben ni les interesa saber que rayos significa eso; los que, por resumir, se desentienden por completo de los asuntos públicos; los que jamás han votado, ni seguramente nunca lo harán. Ese suelo actualmente puede rondar en torno a 6-7 millones de los censados como electores. El resto, hasta los 10 millones de las últimas elecciones, es el electorado propiamente volátil, el que viaja intermitentemente desde la abstención hacia alguno de los demás partidos o viceversa.

En ellos y en sus motivaciones -no estables- es donde residen posiblemente las claves verdaderamente explicativas de los resultados, o más bien de las divergencias entre éstos y los pronósticos previos. Lo que ocurre es que analizar y conocer las pautas de comportamiento de quienes permanente o circunstancialmente se adhieren al ‘quinto partido’, es bastante más complicado que saber lo que sucede con los demás electores, es decir con los que fielmente abrazan las causas partidistas, tanto de los viejos, como de los ‘emergentes’.

Bucear en ese ‘cuerpo líquido’ de abstinentes circunstanciales (aproximadamente 3-4 millones de votantes), requiere hacer alguna consideración y subdivisión complementaria, ya que seguramente no es nada homogéneo, antes bien éste sí que resulta ser verdaderamente ‘transversal’.

Por un lado estaría un grupo de mayor densidad y proximidad a la berroqueña cofradía de ‘los idiotas’. Serían algo así como una suerte de ‘reservistas’ que solo excepcionalmente se movilizan y solo cuando avizoran el peligro. En esta ocasión, dos o tres mantras de una muy simple pero acertada campaña ‘destropopulista’ (o ‘popularista’, para ser más precisos), en resonancia con un acontecimiento sobrevenido (el Brexit), habrían actuado a modo de clarines anunciadores de una silenciosa ‘orden de movilización’. Así, junto a los aproximadamente 380 mil electores que por diversos motivos regresaron al PP desde su efímero viaje al partido naranja, otros 310 mil ‘reservistas’, al acudir disciplinadamente a las urnas, consiguieron que el partido más votado mejorara sus resultados de hace medio año incrementándolos en casi 700 mil votos, (un aumento del 10%).

La extendida decepción y el escándalo moral que ha provocado el que esto suceda, justamente cuando en los últimos 6 meses casi no ha habido día en que no amaneciésemos con un caso de corrupción aún más grave que el anterior (con el broche del “diazgate” en las mismísimas vísperas del 26 J), solo denota un insuficiente conocimiento de las verdaderas motivaciones de ese cuerpo electoral y, todavía más, de ese subcuerpo de ‘reservistas’. Media docena de entrevistas de Gonzo (la Sexta) son a este respecto mucho más elocuentes que cualquier digresión ‘sociológica’.

Y sin embargo, algunos factores han jugado venturosamente para amortiguar en esta ocasión el éxito de las derechas. De forma paradójica, el tramposo sistema electoral, (constitucionalmente petrificado), benefactor secular de las derechas, ha castigado severa y extensamente en esta ocasión a una de sus formaciones (C’s), restándole 15 asientos respecto a los que hubiese obtenido en un reparto estrictamente proporcional a los votos cosechados. De ese modo, el premio de 18 escaños adicionales conseguidos por el PP merced a dicho sistema, ha quedado esta vez neutralizado en el bloque de ‘las derechas’ con un saldo de tan solo 3-4 escaños de ‘regalo’; frente a los 3-4 de ‘castigo’ mermados a ‘las izquierdas’ (15 y 2 respectivamente en las elecciones de hace medio año).

Así pues si hiciésemos una elucubración contrafáctica análoga a la que con muy escaso rigor analítico han practicado estos días los líderes de UP, e imaginásemos qué hubiese ocurrido de haber acudido en coalición electoral PP y C’s , es probable que llegásemos a la conclusión de que el número de votos hubiese sido sensiblemente inferior a la suma de ambos por separado (buena parte de los de C’s hubiesen huido despavoridos hacia la confortable abstención y algunos ‘reservistas’ se habrían mantenido en ella, sin movilizarse) y el número de escaños no hubiese diferido en cambio de los 169 obtenido entre ambos el 26 J.

Ahondando en el error, los jóvenes sociólogos y politólogos de PODEMOS, inexplicablemente (¿?) vuelven a caer ahora en otro yerro por partida doble- no sólo analítico sino además esta vez político-, al lanzar una encuesta con la pretensión de aliviar su perplejidad ante los resultados (pérdida de casi el 18% del electorado en medio año), adoptando una curiosa metodología para establecer un diagnostico “por consenso” entre sus seguidores (Esteban Hernández), ya que es más bien dudoso que los del ‘quinto partido’ (a cuyo cobijo se ha refugiado esta vez el millón de antiguos votantes de IU/PD’s), respondan ahora o lo hagan de manera veraz.

(1) En anteriores Elecciones Generales hubo en otras tres ocasiones en las que, quienes se abstuvieron superaron en número al partido más votado (en 1979 año de aprobación de la Constitución y de máxima desafección política, pese a lo que diga el mito oficial de la Transición; en 1989 con mayoría absoluta del PSOE;  y en 2000 , con mayoría absoluta del PP).

domingo, 3 de julio de 2016

Artículo de Pedro Álvarez de Miranda: "Dejad la lengua en paz"

Pedro Álvarez de Miranda "Dejad a la lengua en paz" El País, 3 de julio de 2016:

Hablantes frente a expertos. Con la excepción de la ortografía, quien decide sobre los fenómenos lingüísticos es la colectividad, no la Academia ni los ministerios

En un artículo reciente, Javier Marías ha vuelto a explicar a sus lectores mediante un par de ejemplos lo que infinidad de veces desde la Academia Española se ha señalado: que son los hablantes, y no ella, quienes han decidido emplear la palabra autista en sentido figurado, para referirse a alguien encerrado en su mundo y desconectado de los demás; o la voz cáncer para designar, también por vía metafórica, la “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”. No supone insensibilidad por parte de la corporación el no poder atender las peticiones de expulsión lexicográfica que le hacen las asociaciones de padres de niños con autismo o de enfermos de cáncer. “Esta institución”, escribía el novelista, “en contra de lo que muchos quisieran, no prohíbe ni impone nada; tampoco juzga”; como mucho, advierte de que tal o cual vocablo puede resultar malsonante o denigratorio.

Al hablar de los fenómenos lingüísticos es imprescindible distinguir cuidadosamente los niveles, y en particular el ortográfico de todos los demás. De los distintos planos de una lengua, el único que está sometido a una regulación convencional es el de la ortografía. Del mismo modo que en carretera se circula por la derecha y no por la izquierda —salvo en ciertos países en que la convención es justamente la contraria— o que una luz roja obliga a detenerse y una verde nos permite pasar —podría ser al revés, u otros los colores—, determinadas palabras se escriben — ajenos los hablantes a complejos condicionamientos etimológicos o de otra índole— con j o con g, con b o con v, con hache o sin ella, llevan acento gráfico las agudas que terminan en vocal, n o s y no lo llevan en cambio las llanas que están en esa misma situación, etcétera. Son reglas, insistamos, convencionales, que podrían ser otras, o cambiar. Podría decretarse que en todos los casos el sonido velar llamémoslo “fuerte” que tiene g delante de e o i se escribiera con jota, como le gustaba a Juan Ramón (y se tomaba la libertad de practicarlo). Podría hacerse caso a la propuesta —notablemente demagógica, y por lo demás en absoluto nueva— que Gabriel García Márquez hizo en el congreso de Zacatecas de “jubilar la ortografía”, es decir, simplificarla de raíz.

Pero si la regulación del tráfico está en manos de la dirección general correspondiente (y, supongo, de organismos supranacionales, para que, al menos en lo básico, no haya grandes disparidades de un país a otro), ¿a quién compete la regulación ortográfica? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja, y apunta a un abanico de posibilidades que van desde el mero consenso asentado en una tradición consuetudinaria hasta la existencia de una entidad que ejerce la potestad reguladora. Ni siquiera son equiparables los casos de dos lenguas dotadas ambas de Academia, como el español y el francés, pues, por ejemplo, la autoridad prescriptiva en materia ortográfica de la Real Academia Española es sensiblemente mayor que la de la Académie française.

Antes de la fundación de la Española se habían producido intentos particulares de regular nuestra ortografía, pero no habían pasado de ser eso: conatos individuales. ¡Cuánto le hubiera gustado a Nebrija, por ejemplo, que su propuesta ortográfica de 1492, renovada en 1517, fuese generalmente aceptada! No fue así, ni con la suya ni con otras posteriores, y solo la existencia de una entidad respaldada por la Corona hizo que las decisiones académicas en materia de ortografía literal (esto es, ortografía de las letras), sabiamente dosificadas entre 1726 y 1815, fueran progresivamente aceptadas por las imprentas y se generalizaran a través de la enseñanza, de modo que, en lo sustancial, el uso de las letras no ha cambiado en los dos últimos siglos. A que ello haya sido así, en un caso a priori tan proclive a la dispersión como el de una lengua escrita no solo en España sino en un elevado número de repúblicas soberanas que se extienden entre el río Bravo y el estrecho de Magallanes, contribuyó decisivamente la fundación desde 1871 de toda una serie de academias correspondientes de la Española en los países de aquel continente, corporaciones hoy integradas en la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

Los hispanohablantes tenemos motivos para estar satisfechos no solo por nuestra unanimidad ortográfica —que tanto contrasta, por ejemplo, con el divorcio entre la ortografía portuguesa y la brasileña—, sino también por la sencillez, la transparencia y la racionalidad de nuestra ortografía, no absolutamente fonológica, es decir, sin completa correspondencia entre sonidos y letras, pero muy cercana a ella y con un sistema de acentuación inequívoco que bien podría envidiarnos, por ejemplo, el italiano.

En tales condiciones, debe exigirse suma cautela a la hora de introducir cualquier cambio en nuestra ortografía, cabe incluso reclamar que nada se toque en ella. Las pocas modificaciones introducidas en las ortografías académicas de 1999 y 2010, por ejemplo en el terreno de la acentuación, han sido recibidas con polémica, con resistencias y aun con llamadas a la desobediencia. Y es que los hablantes, en materia ortográfica, se irritan con las novedades, se hacen profundamente misoneístas. Bien lo sabía ya Nebrija: “En aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer novedad”.

Desde febrero, una polémica recorre la sociedad francesa —y la de otros países francófonos— a causa de una disposición ministerial por la que, a partir del próximo otoño, cierta reforma ortográfica aprobada por la Academia francesa hace nada menos que 26 años, en 1990, se aplicará en los manuales escolares. La palabra oignon podrá escribirse ognon, la voz nénuphar podrá ser nénufar, podrán omitirse muchos acentos circunflejos sobre las vocales i, u… Nótese que estamos empleando el verbo poder, y no deber, pues la nueva ortografía será recomendada y no impuesta. Los libros de texto que la apliquen llevarán en lugar visible la correspondiente advertencia para que no se tomen por faltas de ortografía las que no lo son. Durante mucho tiempo convivirán la vieja y la nueva ortografía, pues esta tendrá carácter potestativo. Naturalmente, y a pesar de tantas cautelas, las voces disidentes se han hecho oír de inmediato. La ciudad de Nîmes ya ha dejado bien claro que no acepta en absoluto que se la desposea de su acento circunflejo.

En Alemania —donde la norma ortográfica está regulada por una obra no institucional, el famoso Duden, descendiente del diccionario publicado en 1880 por un profesor de secundaria, Konrad Duden— una reforma de la ortografía acordada en 1996, y que había de implementarse durante un periodo de transición de ocho años, suscitó la oposición frontal de profesores, escritores, medios de comunicación, etcétera, y en 2004 un 77% de los alemanes la consideraba insensata.

El del inglés es un caso aparte. Su grafía no refleja los cambios fonéticos producidos en la lengua después del siglo XV (!), y, pese a la extraordinaria complejidad de su spelling, ningún organismo concreto lo regula, más allá del consenso que desde el siglo XVII fueron concitando los diccionarios en torno a la escritura de las palabras de esa lengua. Hoy, como se sabe, existen algunas pequeñas diferencias entre el inglés británico y el americano, no insalvables, desde luego, pero de más entidad que las prácticamente inexistentes del mundo hispanohablante —y que no son propiamente ortográficas sino fonéticas (sebiche y seviche junto a cebiche y ceviche) o prosódicas (la esdrújula vídeo de España frente a la llana video de América, etcétera)—. Insistamos: la ortografía del español es envidiable. ¿A qué menealla?

En los terrenos que no son el ortográfico, es decir, en el gramatical y el léxico, el planteamiento es muy otro. Los gramáticos y los lexicógrafos —y señaladamente dentro de ellos, en el mundo hispánico, la Academia Española y las Academias de ASALE— codifican el uso, y puesto que este emana esencialmente de la voluntad de los hablantes, su actuación es cada vez más descriptiva que prescriptiva. Normativa, si se quiere, pero entendiendo la norma como el conjunto de los usos normales en una determinada modalidad de la lengua.

Los hablantes han decidido preferir lúdico a lúdicro o élite a elite, o que enervar es no solo 'debilitar, quitar la fuerza', sino también 'poner nervioso', y el diccionario académico, antes o después, así lo ha aceptado. Si la antigua gramática académica establecía taxativamente que los sustantivos y adjetivos terminados en -í tónica hacían el plural en -íes (carmesí, carmesíes), la actual reconoce que “tienden a admitir las dos variantes de plural: -es y -s”; es decir, da por buenos tanto rubíes como rubís. El uso de le en lugar de les en construcciones reduplicadas, sobre todo en posición anticipada (“decirle a los ciudadanos la verdad” en lugar de “decirles a los ciudadanos la verdad”), ha avanzado tanto en España y América que la Nueva gramática académica de 2009 no puede sino considerarlo “frecuente”; añadiendo, eso sí: “En los registros formales se aconseja mantener la concordancia de número”. Podríamos aducir docenas de casos similares.

En fin, si ni siquiera la Academia, notaria más que aduanera, puede imponer un uso lingüístico en el ámbito gramatical y léxico, innecesario es decir que con menor motivo podrán pretender hacerlo organismos ministeriales o autonómicos. Pero esto nos llevaría ahora por otros derroteros. Como gustaba decir don Emilio Alarcos, hay que dejar a la lengua, y a las lenguas, en paz. En ellas manda —salvo en el terreno ortográfico, como hemos pretendido dejar claro— la colectividad. Si los ciudadanos son depositarios de la soberanía política, los hablantes lo son de la lingüística.

Pedro Álvarez de Miranda ocupa el sillón Q de la Real Academia y es catedrático de Lengua Española. Acaba de publicar Más que palabras (Galaxia Gutenberg).

Entrevista a Michel Houellebecq

Álex Vicente entrevista a Michel Houellebecq: “Hay que interrumpir el confort con sobresaltos”, El País, 1 de julio de 2016:

El escritor se reinventa como artista contemporáneo. Tras el revuelo que armó con ‘Sumisión’, la novela donde pronosticaba el dominio musulmán de Europa, ahora desembarca en el Palais de Tokyo de París con fotografías que retratan sus obsesiones: desde el vacío existencial hasta el apocalipsis.

TRAS SEMBRAR el pánico en el mundo de la literatura, Michel Houellebecq se dispone a hacerlo en el del arte. Superado uno de los años más complicados de su vida –el que acompañó la publicación de Sumisión, su sexta novela, en la que profetiza la islamización de Francia y que le ha valido amenazas de muerte–, el escritor se reinventa como fotógrafo. Houellebecq acaba de inaugurar una exposición en el Palais de Tokyo, museo parisiense especializado en el más novedoso arte contemporáneo, que permanecerá abierta hasta el final del verano. Sus imágenes retratan paisajes decadentes y desangelados, repletos de edificios brutalistas en los que un día se practicó el turismo de masas, parecidos a los que uno logra visualizar cuando lee sus novelas. Houellebecq también ha protagonizado una performance en la bienal Manifesta, en Zúrich, donde se ha sometido a un estricto control médico del que ahora expone el resultado: análisis de sangre y radiografías, resonancias magnéticas y animaciones del latido de su corazón, reproducciones de su cráneo y de su mano derecha. “Todo el mundo sabe que no lleva una vida muy sana. Y, sin embargo, tiene buena salud”, explicó Henry Perschak, el médico suizo que condujo los análisis.

Si el escritor, premio Goncourt, es un icono de nuestro tiempo, es comprensible que el más nimio de sus gestos sea percibido como una auténtica obra de arte, casi como si fuera un Dalí o un Warhol. Envuelto en su sempiterna parka, sin escolta a la vista y con la dentadura postiza bien colocada, Houellebecq se presenta en un restaurante pegado al Sena en una de las tardes que precedieron a su histórica crecida y desbordamiento, tal vez los primeros síntomas de ese apocalipsis que no deja de pronosticar. El autor de Las partículas elementales pide al camarero una botella de vino blanco, una tabla de quesos y un cenicero, del que se servirá para encadenar innumerables silk cuts, que se fumará sujetándolos entre el anular y el corazón. A sus 60 años, Houellebecq parece la sombra de sí mismo. “Ya no tengo interior / Ni pasión, ni calor; / Pronto me reduciré / A mi estricto volumen”, jura en uno de los poemas de su última antología, Configuración de la última orilla, que acaba de publicar Anagrama. El primer sentimiento que despierta es, inexplicablemente, la compasión. Su voz resulta titubeante. Su sonrisa, tímida e infantil. Lo que seguirá será una conversación llena de silencios, cubiertos por el sonido algo angustiante de un ruidoso ventilador. En ella desgranará escrupulosamente, sin perseguir la polémica ni el escándalo, cómo piensa y trabaja, cómo percibe el mundo y cómo traduce esa visión en su obra. La primera imagen de su exposición contiene esta leyenda: “Hagan sus apuestas”. La última de ellas dice: “No tiene usted ninguna posibilidad”.

Combina sus imágenes con versos extraídos de sus poemas. ¿Fotografía y poesía son dos artes que se parecen? En todo caso, se parecen más entre sí que a una novela, que suele servir para expresar cosas distintas. En mis novelas hablo de personajes, mientras que en mis poemas y fotografías los seres humanos brillan por su ausencia. Para mí, una novela se puede debatir o incluso contradecir. En cambio, no existe contradicción posible a un poema.

¿Por qué retrata esos paisajes desiertos? Porque la ciudad no me interesa demasiado. Me gustan más las zonas periurbanas y los paisajes naturales. Seguramente existe una razón biográfica. Crecí en el campo y pasé mi adolescencia en la banlieue, así que llegué relativamente tarde a París, que es un lugar que me ha marcado menos.

El panorama que desprenden sus imágenes es anodino y decadente. ¿Así es como ve la Francia de hoy? En esos lugares vive la mayor parte de la población. Solo los ricos viven en los centros urbanos. La gran mayoría reside en esas zonas algo indefinidas, en las que podemos encontrar un retrato del francés de hoy. Para esa parte de la población, la vida se ha vuelto muy dura. Claro, todo el mundo preferiría vivir en el Marais parisiense o en cualquier rincón idílico, pero no es posible. El paro ha aumentado y los precios son tan altos que se ven obligados a marcharse lejos de la ciudad. Es gente que tiene la sensación de vivir como si les espantaran.

¿Se identifica con ellos? Sí. No voy a fingir ser pobre, porque tengo condiciones de vida más favorables que las suyas, pero sí sé cómo es su existencia, porque crecí en lugares parecidos. A mí me ha ido bien en la vida, pero proceder de un lugar así no es nada divertido. Sería indecente que me quejara, porque he tenido un éxito enorme, pero eso no me impide ver lo dura que se ha vuelto la vida desde mi adolescencia. Pero estoy convencido de que, incluso si vivimos en un universo feo, siempre podemos extraer algo bello.

Muchas de sus imágenes están tomadas en España. ¿Qué le interesaba capturar? Nunca he vivido allí, pero tengo una casa desde hace 15 años [en la costa de Almería]. En España, la gente es menos depresiva que en Francia, y eso que tienen más razones para serlo. Otra diferencia es que los españoles no se quieren a sí mismos. Los franceses adoran criticarse, pero no soportan que lo hagan los demás. Los españoles, en cambio, lo aceptan sin problemas. También es un país con más problemas de identidad. Existen fuerzas centrífugas que no hay en mi país. Por ejemplo, en mi opinión, Cataluña acabará siendo independiente.

¿Qué le hace decir eso? No lo sé, es solo una impresión. Lo que veo es que se sienten más aptos y más competentes para gestionar sus intereses. Me parece más bien negativo… Pero, al margen de eso, España me gusta. En especial, visualmente. En Almería hay una cantidad de polvo increíble, que lo recubre todo. Si lavas tu coche por la tarde, a la mañana siguiente tendrás que hacerlo otra vez. A nivel visual, ese polvo me parece muy impresionante.

Sus imágenes parecen describir un mundo posapocalíptico. ¿Lo que dice es que nos dirigimos inevitablemente hacia la hecatombe? Es una posibilidad. Cuando visito un lugar nuevo, me pregunto si logrará sobrevivir a la desaparición de la humanidad. Por ejemplo, si se produjera una epidemia viral, provocaría un apocalipsis suave. Los edificios seguirían donde están, porque no sería como en una guerra atómica, pero se iría produciendo una erosión. Eso es lo que describen mis imágenes.

El apocalipsis aparece en libros suyos como La posibilidad de una isla, en El mapa y el territorio y, en cierta manera, en Sumisión, donde describe la desaparición de la cultura francesa. Se diría que fantasea, incluso en el sentido erótico de la palabra, con ese apocalipsis. ¿Desea que ocurra? No, no es algo que desee, pero me parece interesante plantearlo. Comparto algunas de las preocupaciones de la ciencia-ficción. Podemos imaginar que otras especies, ya sean animales o extraterrestres, retomen el papel que ha tenido el hombre hasta ahora. Podemos imaginar a pulpos inteligentes.

¿Lo que dice es que el ser humano tampoco ha sido para tanto? No, tampoco diría eso, porque ha tenido una capacidad de transformación que las otras especies no han poseído. No me parece una especie nefasta. La producción intelectual del hombre ha sido impresionante, igual que la tecnológica.

Es curioso, porque en La posibilidad de una isla decía que los siglos de arte y filosofía no servirían de nada, porque en el futuro solo se recordarán las innovaciones tecnológicas. ¿Para qué sirve, entonces, escribir? No sé qué me hizo escribir eso. Debió de coincidir con un periodo de depresión. Yo me dirijo a quienes están vivos. Mientras la humanidad subsista, escribir seguirá teniendo un mínimo sentido.

En El mapa y el territorio se mostraba muy crítico con el arte contemporáneo. ¿Ha cambiado de opinión, ahora que usted también es artista? No todo el arte contemporáneo me disgusta. No me gusta la tendencia a hacer dialogar las épocas, a buscar la contemporaneidad en los siglos pasados. Y tampoco me convence ese arte en el que la explicación es más importante que la obra en sí, como fue el caso en épocas más conceptuales que la actual. Recuerdo una obra de Joseph Beuys que me gustó bastante hasta que leí la explicación: todos los objetos que presentaba fueron fabricados el año de la publicación de El capital, de Marx. A menudo encuentro que esas explicaciones teóricas son un poco ridículas.

En el catálogo de la muestra afirma que con sus imágenes aspira a despertar a sus visitantes, “a provocar colisiones que les hagan salir de su zona de confort”. ¿El papel del artista consiste en provocar ese tipo de choques? Sí, sí. No tengo nada en contra del confort, pero creo que hay que saber interrumpirlo con sobresaltos. La vida es así, y creo que el arte debe parecérsele.

En ese sentido, ¿acepta que le llamen enfant terrible, provocador y pirómano? No creo que sea exactamente eso. Es más bien que, como fan del rock, soy partidario de cierta agitación nerviosa. Le pondré un ejemplo: a mí no me gusta nada Bach. Prefiero a Beethoven, Schubert o la música romántica. En eso consiste la provocación para mí: en suscitar una agitación nerviosa. Es algo que sienta bien. Que te sacudan un poco siempre es bueno. Las emociones fuertes sientan bien.

¿Incluso cuando son devastadoras? Sí, en el fondo es mejor vivirlas… No soy partidario de la calma.

Creía que vivía apartado, en el extranjero y lejos del circuito literario, para encontrar esa calma… Soy muy poco tranquilo. Es mejor que viva rodeado de cierta calma, porque mi cerebro es cualquier cosa menos tranquilo.

En sus fotografías casi solo aparecen mujeres. Es como si dijera que solo ellas lograrán sobrevivir al apocalipsis. ¿No era usted misógino? No creo ser misógino. Los personajes femeninos de mis libros ni están maltratados ni son inferiores. Nunca he entendido esas acusaciones. Entendería que me llamaran machista, pero misógino no.

¿Qué diferencia a un machista de un misógino? Un machista es un hombre al que le gusta que las mujeres sobreactúen en su papel [el que se les ha asignado tradicionalmente]. Un misógino es un tipo que desprecia ese papel. No es mi caso. A mí sí me gusta ese papel, porque hace que la vida se vuelva más interesante. Entre otras cosas, porque erotiza las relaciones entre hombres y mujeres.

En las relaciones de igualdad, ¿el erotismo desaparece? No tener géneros marcadamente definidos hace que la vida se vuelva más aburrida. Yo pienso lo mismo que dice Milan Kundera [en El libro de la risa y el olvido]. Cuando una mujer llora durante una pelea, el misógino se enfada, porque lo considera la prueba de que son seres inferiores y deshonestos. El machista, en cambio, se enternece. Desde ese punto de vista, soy más bien machista.

Pero ese papel, por utilizar su término, también predetermina la carrera profesional de una mujer, la recluye en el hogar, limita su capacidad de decisión… No se puede hacer todo. Sobreactuar en ese papel tiene un impacto negativo en la carrera profesional de una mujer. Pero me parece una cuestión de civilización. De hecho, no está claro que Occidente sobreviva al acceso de las mujeres al mercado laboral.

Si lo dice por la natalidad, no siempre es así. En Francia, por ejemplo, es altísima: 2,01 hijos por mujer en edad fértil. Es verdad, pero es una excepción en toda Europa, junto con Irlanda. En Irlanda se puede explicar por el peso del catolicismo, pero en Francia, que fue el primer país ateo del continente… No tiene sentido que los franceses, que son extremadamente depresivos, sean los que más procreen. Somos un país incomprensible.

Ha dicho que vive cerca de la autopista que comunica París con el suroeste de Francia para poder escapar “si se declara una guerra civil”. Deduzco que no lo dice en broma… No, lo pienso muy en serio.

Si llegara esa guerra, ¿quién se enfrentaría a quién? El objetivo de los islamistas radicales es provocar una reacción a sus actos. Quieren que haya atentados contra las mezquitas y otros centros musulmanes para provocar una guerra civil que enfrente al islam con el resto de la población.

Tras los ataques terroristas en París el 13-N [que dejaron 137 muertos] no se produjo nada parecido. ¿Qué le hace creer que acabará teniendo lugar? Pues que lo volverán a intentar, hasta que tal vez termine por funcionar. Por otra parte, existen otros elementos más confusos, pero peligrosos. Si la izquierda gana las presidenciales de 2017, el resultado puede ser dramático, porque este país es aritméticamente de derechas, todavía más que hace cinco años. El nuestro es un régimen pensado para dos partidos. La irrupción del Frente Nacional ha hecho que el sistema deje de funcionar. Yo prefiero que gobierne un presidente de derechas, pero es posible que la izquierda vuelva a ganar. Será malsano y podría provocar fenómenos desagradables…

¿A qué se refiere? El resultado de la reelección de François Hollande será una ola de emigración. En España están acostumbrados, pero los franceses son más hogareños. La gente escapará, por desacuerdos políticos y por la sensación de que el país está jodido. Vivimos en un clima siniestro.

sábado, 2 de julio de 2016

Entrevista a Thomas Piketty

Carlos Yárnoz, Thomas Piketty "Nacionalismo y xenofobia es la respuesta fácil ante las desigualdades” El autor de 'El Capital en el Siglo XXI', analiza el 'Brexit' y los problemas de la UE" en El País, 2 JUL 2016 

Tras haber vendido en tres años 2,5 millones de ejemplares de su libro El Capital en el Siglo XXI, Thomas Piketty (Clichy, 1971) rechaza las continuas invitaciones que recibe para sumarse a la política activa. En esta entrevista en la fea y desangelada Escuela de Economía de París, donde es director de Estudios, este especialista en desigualdades cuenta a periodista de cinco medios europeos que la xenofobia y el nacionalismo campan por Europa y están en el origen del Brexit. La canciller Angela Merkel y el presidente François Hollande, dice, debieran apoyarse en Syriza, el PSOE o Podemos, partido al que, según cuenta al inicio de la charla, vota su esposa, Julia Cagé, nacida en Metz pero con doble nacionalidad francoespañola.

Pregunta. ¿Ha llegado con el Brexit la catástrofe de la que usted alertó durante crisis griega?

Respuesta. Europa jugaba con fuego desde hace tiempo, especialmente en la zona euro. La crisis de 2008, la más grave desde la II Guerra Mundial, ha sido mal gestionada. Nos empeñamos en reducir el déficit demasiado deprisa y matamos la recuperación, el crecimiento.

P. Inglaterra no padeció ese error al estar fuera de la zona euro.

R. Europa ha fracasado y ha creado tensiones por doquier. Paradójicamente, Inglaterra salió mejor de la crisis, pero las políticas antisociales de David Cameron avivaron los resentimientos de las clases populares que han llevado a una reacción irracional a base de xenofobia y estigmatización.

P. ¿Cómo salir del embrollo?

R. Ahora nadie parece haberse preparado para el Brexit. Tenemos la sensación de que, una semana después, todo el mundo navega a la vista. Pese a todo hay que recuperar la esperanza de poder construir algo nuevo a partir de este desastre. Un desastre para las generaciones jóvenes, que van a sufrir durante mucho tiempo las consecuencias de una opción elegida por la gente mayor.

P. ¿Cómo valora la respuesta dada por la UE al Brexit?

R. Ha sido totalmente insuficiente. Y hay asuntos pendientes importantes. Los costes causados por el secreto bancario suizo y mañana por los paraísos fiscales de la Corona británica y la opacidad de la City son considerables. Si no se hace, se alimenta el populismo. Me da miedo ver que a los dirigentes europeos les falta coraje.

P. ¿Y cómo debe transformarse la zona euro?

R. Soy partidario de un sistema bicameral: un Parlamento elegido directamente por los ciudadanos y otro que represente a los Estados nación con parlamentarios del Bundestag, la Asamblea Nacional francesa… El actual sistema no funciona ni funcionará jamás. En el Parlamento que propongo podría haber alianzas estratégicas, coaliciones ideológicas…

P. ¿Son los dirigentes políticos, y no solo británicos, responsables del Brexit?

R. Sí, sí. Y no solo los británicos. Francia no ha hecho nada en favor de los países del sur porque, con tipos de interés a cero…, mejor no cambiar. Claro que la actitud de Alemania ha sido insoportable y completamente irracional. Machacando la actividad económica del Sur, los prestamistas alemanes no van a conseguir que se les devuelvan los créditos. Hay una voluntad de castigar que denota dosis de nacionalismo.

P. ¿Por qué se opone a la política de austeridad?

R. Porque no funciona. Alemania es el país por excelencia que jamás ha devuelto su deuda. Por eso es paradójico ver que Alemania exige a Grecia que devuelva hasta el último euro. Europa se construyó sobre el olvido de las deudas, para que las nuevas generaciones no pagaran los errores de los antepasados.

P. ¿Y qué propone a nivel mundial?

R. Es necesario regular el capitalismo. Necesitamos instituciones democráticas fuertes para regular la deriva de desigualdades, para controlar la potencia de los mercados, del capital, al servicio del interés general. Es un error creer que a eso se llega de forma natural. Hay una especie de fe en la autorregulación de los mercados que es excesiva. En 1914, durante la primera mundialización, hubo una sacralización del libre mercado y la propiedad privada que creó fuertes desigualdades, tensiones sociales, aumento del nacionalismo y, de alguna manera, contribuyó al estallido de la I Guerra Mundial.

P. Y más recientemente ha llegado el dumping social, fiscal, financiero…

R. Sí. Y si no hay repuesta para detener esas desigualdades, la respuesta más fácil es el nacionalismo y la xenofobia. Y así surgen responsables políticos como Donald Trump, Boris Johnson o Marine Le Pen… gente muy privilegiada financiera y socialmente cuya única estrategia consiste en explicar a las clases populares blancas que sus enemigos son las clases populares mexicanas, negras… Distraen así la atención sobre las desigualdades y las derivan hacia desigualdades identitarias, culturales, religiosas.

Yo lanzo una llamada a Hollande y Merkel para que se apoyen en Syriza, en Podemos, en el PSOE...

P. Crecen movimientos xenófonos, pero también una izquierda radical, como Syriza o Podemos.

R. Yo lanzo una llamada a Hollande y Merkel para que se apoyen en Syriza, en Podemos, en el PSOE…en esos partidos de izquierda, más o menos radical. Vale, Alexis Tsipras no es perfecto, Pablo Iglesias no es perfecto, tampoco sus programas, hay imperfecciones en lo que cuenta, no tiene experiencia en el poder…, pero son mucho menos peligrosos que los nacionalistas polacos, británicos, húngaros…

P. ¿Ha seguido de cerca las dos elecciones en España?

R. Sí, sí. Ahora hay una situación casi ingobernable. Se ha fomentado el miedo a Podemos humillando a Syriza, humillando a Grecia, exigiéndole privatizaciones totalmente irracionales para vendérselas luego baratas a griegos ricos aliados de banqueros alemanes o franceses. Y lo han hecho para meter miedo a los electores de países como España. Lo importante es que un cambio en España puede originar un cambio en la zona euro. Francia, Italia y España suponen el 50% de la población de la zona euro. Y Alemania, el 27%. España, según sea pro o antiausteridad, cambia los equilibrios.