domingo, 15 de abril de 2012
Axioma de R. a la primera Ley de Murphy
Si algo puede ir mal, irá mal... y, con software de Bill Gates, peor.
La puerta negra, 2001, y lo que da miedo.
The black door, si se ve ingenuamente -he visto ya tantas que no me asusta ninguna- es una de las películas de terror realmente buenas del decenio, junto con Hostel. Es del incipiente Kit Wong, y sintetiza con eficacia los últimos hallazgos técnico-narrativos del género; no por nada fue premio del festival de Sitges en 2003. Algunas secuencias son antológicas, pero desluce verla en pantallita; este tipo de productos es mejor consumirlos en pantalla grande, de noche, solo y con mentalidad de niño de siete años, algo que, por desgracia, uno ha descubierto ya que no puede volver a tener. Hay que prestar atención a los guionistas, Julien Carbon y Laurent Courtiaud, que están dando bastante que hablar también como directores con Red nights. Lo único que me consigue asustar ya son cosas tan ultrafriki y conceptuales como The Booth at the end, una serie canadiense de Christopher Kubasik cuyo terror es puramente filosófico, alérgica a la violencia y donde no suena una palabra más alta que otra ni hay gota alguna de sangre, en todo caso migajas de tostada y algo de café. Para desentrañar la tinta que hay oculta en los renglones en blanco de su abstruso e hipercondensado guion de veinte minutos por capítulo lo menos hace falta un grado en Teología. Voy a tener que estudiarla.
El cazador de elefantes
El monarca Borbón de España, que sigue siendo un reino, como en los cuentos, desde que nos leyeron el de la Constitución y el de la Cenicienta con calzado de tacón alto, se ha fracturado la cadera, no la cara, que esa siempre la han tenido dura los Borbones; gracias a Dios los elefantes están bien, no piensen que no nos preocupamos. Es uno entre los muchos vicios que soporta Don Juan Carlos, a quien le tengo la debida y obligada simpatía que exige la ley (ley que no tiene por qué ser justa, ya que ley y justicia son cosas distintas). Esos vicios los adquirió en su adoctrinamiento al lado del genocida Paco (en el sentido africano del término; llamaban "pacos" a los francotiradores marroquíes por el ruido que hacían sus disparos), que estaba en las monedas de una peseta y sigue estando en la ética hipócrita y falsaria heredada de los cuarenta. Pero, entre las mierdas que se le pegaron en tan infame compaña, decía, figura la afición, que parece infición, a la caza mayor, y la de darle demasiado a la botella, que también es algo propio de militares sin nada que destruir. Otros españoles van al África por motivos diferentes: por ejemplo, un médico que precisamente ahora está secuestrado en Senegal, pero eso importa poco al rey león; el caso es que lleva cuatro días cazando elefantes pagado por un magnate sirio de los que cazan a sirios, y seguramente sin haber visto Cazador blanco, cazador negro de Eastwood. En esta selva pelada, por el contrario, tenemos los lamentos de su nietecillo con la metralla de piedrecillas en los pies, pero él, quia, quítame allá esas pajas. Es militar, ama las armas y se va, con setenta y cuatro añitos, que más que rifles necesita muletas, de caza mayor, cuando el mayor es él, y sin despeinarse, porque es calvo, ni jubilarse, aun en preciosas condiciones, después de haber sufrido una brutal rebaja en su sueldo del dos por ciento, y mucho después de haber cobrado su primera pieza por arma de fuego en su propio hermano, que queda muy guerracivilista y hasta de Montiel, qué hombre; ni quito ni pongo, que parece ministro japonés, pero hace falta ser muy duro y aun seis pesetas, que es más que duro, para poder sobrevivir medianamente honesto y equilibrado a una educación así y unos compañeros asá, y pasarse la vida sonriendo a su amargo pueblo, tirándose a una larga ristra de amantes (un diario italiano afirma que este que llama tombeur de femmes, secondo un suo amico intimo, «ha avuto 1.500 amanti, nessuna gli resisteva e tutte si offrivano», la última la divorciada princesa Sayn-Wittgenstein) y pasando pensión a sus cuatro o cinco bastardos. Alguno podría llamarlo peste borbónica, pero aunque es majizo y no mal rey y podía haber sido peor y es simcopático y heroideo y está mal pagado y todo lo que ustedes quieran, yo, la verdad, prefiero ninguno.
Y luego viene la particular grandeza de Juan Carlos: pedir perdón. Juan Carlos podrá no ser rey, pero nadie puede negar, ni yo siquiera, que es noble, aunque no precisamente por sus antecesores (los nobles, digo).
Y luego viene la particular grandeza de Juan Carlos: pedir perdón. Juan Carlos podrá no ser rey, pero nadie puede negar, ni yo siquiera, que es noble, aunque no precisamente por sus antecesores (los nobles, digo).
Libros y más libros
El deleite que me produce ir de vez en cuando a los anticuarios y hurgar en alguna remesa de nuevos libros viejos es inversamente proporcional a mis ganas de levantarme por las mañanas después de haber sobrepasado un insomnio entrecortado y mi correspondiente capítulo de fragmentos de pesadillas recurrentes más o menos recicladas. En Bethel he visto una segunda edición del tumefacto Tiempo de silencio perpetrado por L. M. Santos, difunto director del sanatorio de anormalizados de La Atalaya; no la he comprado al simbólico precio de un euro, pues me basta y me sobra con mi edición moderna. Sí adquiero por el contrario una versión en francés del Franz Kafka, souvenirs et documents de Max Brod, publicada por Gallimard en 1963 de la traducción desde el alemán de 1945, derechos de edición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (hay cosas muy raras en los baratillos manchegos, muchos de ellos bien provistos por desechos y expurgos de bibliotecas de abogados, médicos y pasajeros profesores extranjeros de universidad). Deliciosa la narración de los inicios de su amistad, compartiendo el deseo de no perder el griego realizando la traducción del Protágoras de Platón y sus sofisterías, y cómo le obsequia Kafka con su conocimiento de Flaubert. Compro asimismo unos raros ejemplares del Índice cultural de Albacete porque contienen artículos sobre folk-lore manchego y poco más (un interesante compendio en francés de trabajos sobre desarrollo de redacciones escolares). Por correo me viene la Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara de Juan Catalina García, 1899, que he visto a buen precio, aunque está en la entretela o entrerred mal pasado a incómoda y desgranada versión digital. De la Cuesta de Moyano me traje hará unos días el Diccionario Oxford de Literatura Española e Hispanoamericana, que hace juego con los otros que tengo, pero especialmente con el de Bleiberg y Marías para Revista de Occidente, expurgado de marxistas y raros. Del correo extraigo también las memorias de Anselmo Lorenzo, demasiado documentales para mi gusto, pues lo valoro más cuanto más personaliza; un ejemplo, las siestas desordenadas de que era gozosa víctima el anarquista Tomás González Morago. Me viene de la Biblioteca de autores manchegos un refrito muy mal hecho y peor escrito sobre arquitectura de Almadén y un interesante trabajo y edición sobre un auto de navidad teatral en verso rescatado de la tradición oral de Pozuelo. El texto tiene pinta de dieciochesco, aunque tal vez refunda una tradición castellana más antigua desde el Officium pastorum medieval, como hubieran querido desear los beneméritos autores.
viernes, 13 de abril de 2012
Charla
El Paseante se acerca temeroso y cohibido al recinto donde trabaja agachado y pensativo el Jardinero. Cercano el crepúsculo, está ya equilibrado el pulso entre luz y oscuridad y nada proyecta sombra.
P: Buenas tardes (en voz baja)
J: (...)
P Buenas tardes (en voz algo más alta)
J Ya buenas noches (enderezándose). Lo había oído la primera vez, pero es que necesito tiempo para evitar el latigazo en la espalda... Un problema técnico del diseño evolutivo; ¿qué se le ofrece, joven?
P Venía a charlar con usted...
J ¿De jardinería?
P: Tengo entendido que mucha gente habla con usted, pero sobre cualquier tema, y usted nunca se niega.
J: No me niego, pero hay algunos que se niegan a hablar conmigo o simplemente lo evitan.
P: ¿Como en Booth at the End?
J. Algo parecido. Aunque ese señor no me puede ni ver. Creo que siente una vergüenza absoluta o, más bien, que no tiene ninguna. ¿Qué podría esperarse de quien siempre anda en el bar...? Bah.
P: Muchos dicen que usted tampoco contesta...
J. ¿No le estoy contestando ahora a usted, hombre? Lo que pasa es que no quieren saber dónde encontrarme, o me tienen mucho miedo.
P. La verdad es que usted impone... pero yo lo he encontrado enseguida.
J. ¿Ve? Siempre estoy aquí. Solo se trata de querer hacer las cosas bien, empezando por saber dónde mirar.
P. Lo encuentro algo cansado.
J. Hace ya mucho de la única vez que pude tomarme algo de asueto. Todo estaba recién plantado, solo cabía esperar y podía hacerlo. Ahora está muy crecido y salido de madre. No tratan bien mi plantío y lo poco que queda de él está lleno de pulgones y basura. Hasta las abejas se han muerto de asco y las flores no pueden volverse fruto. Ni mi hijo, muy hábil con las manos, ha podido levantar con unos clavos y unos maderos toda esa pérgola que ve ahí tirada, con las nuezas por los suelos. Se ha ensangrentado las manos y los pies, y nada. Dice que espere, que ya veré cómo termina el trabajo y lo bien que va a quedar, pero antes, por lo menos, había una hermosa colmena.
P. Parece le gusta su oficio.
J. Me gusta, pero también me desilusiona; necesito que me echen una mano, como en la escena esa de la Capilla Sixtina.
P. Es difícil saber qué quiere.
J. ¿Pues no se lo estoy diciendo, carajo? ¡Que me echen una mano! Es muy fácil ser muy feliz, pero no es tan fácil hacer felices a todos. Verá: el truco es sentirse parte de algo más general y servirlo sin esperar retribución sino al más largo de los plazos. Para que el jardín mejore todo el mundo tiene que estar de acuerdo en la forma de servir para mejorarlo, y para eso todo el mundo tiene que mejorar también: se necesita mucho tiempo para que la gente se autosacrifique y se haya reencarnado lo suficiente como para aprender que es parte de un todo y te eche una mano; solo cuando se llegue a ese extremo el jardín será perfecto y ni siquiera se necesitará a un jardinero como yo. Porque todos seremos ese jardinero y ese jardín.
P. (Atemorizado) Nunca lo había contemplado así. Y parece muy difícil.
J. Como todo lo que es fácil al final. Siempre es difícil al principio. Es que el Manual del jardinero que yo escribí necesita una tercera edición, breve y light, con los ajustes precisos para evitar malentendidos.
P. Y vaya malentendidos. ¡Menudo lío con las dos ediciones precedentes...!
J. No fue culpa mía; siempre me han entendido peor de lo que merezco.
P. Los árabes editaron un refrito-plagio de las dos ediciones anteriores...
J. Qué van a saber de jardinería los beduinos en el desierto... Hasta su escritura se parece al desierto. El desierto que han hecho con parte de mi jardín. Pero sobre eso no me pronuncio. Lo tiene que tratar la Sociedad General de Autores del Multiverso... cuando hayan terminado de limpiar sus cuentas. Debería darles vergüenza. De la vergüenza se aprende mucho. Adán lo aprendió. Aprended vosotros de él.
(Continuará, quizá)
P: Buenas tardes (en voz baja)
J: (...)
P Buenas tardes (en voz algo más alta)
J Ya buenas noches (enderezándose). Lo había oído la primera vez, pero es que necesito tiempo para evitar el latigazo en la espalda... Un problema técnico del diseño evolutivo; ¿qué se le ofrece, joven?
P Venía a charlar con usted...
J ¿De jardinería?
P: Tengo entendido que mucha gente habla con usted, pero sobre cualquier tema, y usted nunca se niega.
J: No me niego, pero hay algunos que se niegan a hablar conmigo o simplemente lo evitan.
P: ¿Como en Booth at the End?
J. Algo parecido. Aunque ese señor no me puede ni ver. Creo que siente una vergüenza absoluta o, más bien, que no tiene ninguna. ¿Qué podría esperarse de quien siempre anda en el bar...? Bah.
P: Muchos dicen que usted tampoco contesta...
J. ¿No le estoy contestando ahora a usted, hombre? Lo que pasa es que no quieren saber dónde encontrarme, o me tienen mucho miedo.
P. La verdad es que usted impone... pero yo lo he encontrado enseguida.
J. ¿Ve? Siempre estoy aquí. Solo se trata de querer hacer las cosas bien, empezando por saber dónde mirar.
P. Lo encuentro algo cansado.
J. Hace ya mucho de la única vez que pude tomarme algo de asueto. Todo estaba recién plantado, solo cabía esperar y podía hacerlo. Ahora está muy crecido y salido de madre. No tratan bien mi plantío y lo poco que queda de él está lleno de pulgones y basura. Hasta las abejas se han muerto de asco y las flores no pueden volverse fruto. Ni mi hijo, muy hábil con las manos, ha podido levantar con unos clavos y unos maderos toda esa pérgola que ve ahí tirada, con las nuezas por los suelos. Se ha ensangrentado las manos y los pies, y nada. Dice que espere, que ya veré cómo termina el trabajo y lo bien que va a quedar, pero antes, por lo menos, había una hermosa colmena.
P. Parece le gusta su oficio.
J. Me gusta, pero también me desilusiona; necesito que me echen una mano, como en la escena esa de la Capilla Sixtina.
P. Es difícil saber qué quiere.
J. ¿Pues no se lo estoy diciendo, carajo? ¡Que me echen una mano! Es muy fácil ser muy feliz, pero no es tan fácil hacer felices a todos. Verá: el truco es sentirse parte de algo más general y servirlo sin esperar retribución sino al más largo de los plazos. Para que el jardín mejore todo el mundo tiene que estar de acuerdo en la forma de servir para mejorarlo, y para eso todo el mundo tiene que mejorar también: se necesita mucho tiempo para que la gente se autosacrifique y se haya reencarnado lo suficiente como para aprender que es parte de un todo y te eche una mano; solo cuando se llegue a ese extremo el jardín será perfecto y ni siquiera se necesitará a un jardinero como yo. Porque todos seremos ese jardinero y ese jardín.
P. (Atemorizado) Nunca lo había contemplado así. Y parece muy difícil.
J. Como todo lo que es fácil al final. Siempre es difícil al principio. Es que el Manual del jardinero que yo escribí necesita una tercera edición, breve y light, con los ajustes precisos para evitar malentendidos.
P. Y vaya malentendidos. ¡Menudo lío con las dos ediciones precedentes...!
J. No fue culpa mía; siempre me han entendido peor de lo que merezco.
P. Los árabes editaron un refrito-plagio de las dos ediciones anteriores...
J. Qué van a saber de jardinería los beduinos en el desierto... Hasta su escritura se parece al desierto. El desierto que han hecho con parte de mi jardín. Pero sobre eso no me pronuncio. Lo tiene que tratar la Sociedad General de Autores del Multiverso... cuando hayan terminado de limpiar sus cuentas. Debería darles vergüenza. De la vergüenza se aprende mucho. Adán lo aprendió. Aprended vosotros de él.
(Continuará, quizá)
Georg Trakl
Hijo de un ferretero y una anticuaria, empezó a faltar a la escuela para drogarse y a frecuentar los prostíbulos, en los que soltaba sermones a las trabajadoras viejas. La acabó, sin embargo, con notas brillantes, pero ya era un adicto que, además de sermones, escribía poesía. Hombre muy consciente y consecuente, estudió Farmacia y se hizo enfermero. Tuvo relaciones poco claras con su hermana que lo marcaron con el sello atormentado de Byron. En calidad de médico que no puede curarse a sí mismo fue a las trincheras de la I Guerra Mundial, en la que se trataba a los hombres como almohadones despanzurrables por ametralladora o bayoneta, siembra de huevos ruidosos o martillazos de artillería, y llegó a verse en el brete de tener que atender a ochenta heridos sin medicinas en pleno fregado. Pese a que recibió la generosa ayuda del filósofo Ludwig Wittgenstein, éste llegó en esta ocasión tarde: le habían enterrado ya víctima de una sobredosis de cocaína, tras culminar con éxito un nuevo intento de analgesia.
martes, 10 de abril de 2012
Principio de Hanlon
Otro vídeo luminoso: la segunda parte de Españistán, de Aleix Saló: Simiocracia. Para entender qué es el Principio de Hanlon, que explica casi todo lo que ocurre en la política española y europea como corolario del Principio de Peter.
"No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez"
Yo aclararía un poco más: estupidez ajena y propia.
"No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez"
Yo aclararía un poco más: estupidez ajena y propia.
Acoso escolar
El famoso vídeo de Jonah Mowry sobre su bullying o acoso escolar
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No es un juego
Los americanos quieren exportar un paquete integrado de casinos, droga, mafia y corrupción, han mirado por la vieja Europa y han resuelto que los mejores nichos de podredumbre para la siembra pueden ser Barcelona o Madrid. ¿Por qué será, será? El caso es que, lejos de sentir shame, los correveidiles del cotarrillo político han empezado a frotarse las manos pensando en lo bien que se las van a untar de mermelada verde euro. Nadie piensa en otros paquetes de juegos inocentes, como los Geyper: el juego retribuido es de ética reprobable, incluso en manifestaciones tan engañosas como el bingo, la lotería o las quinielas. Dizque creará puestos de trabajo... ¿Y los que va a quitar a los ludópatas, a los arruinados, a los padres que, en vez de comprar libros o ropa a sus hijos, sean pasto de las tragaperras? A mí el juego me parece más tóxico y malsano que una central nuclear.
domingo, 8 de abril de 2012
¡Arrea; P. J. Ramírez me nombra!
En el balcón de ‘Tigrekán’
Pedro J. Ramírez en El Mundo
OPINIÓN: CARTA DEL DIRECTOR
Cuando Jiménez Losantos tuvo el acierto durante el tardofelipismo de endosar a González el apodo de Tigrekán II de Mongolia muchos lectores creyeron que trataba de asimilarlo al televisivo Sandokán de protuberantes facciones y comportamiento pirata. Sólo una minoría atendió a su explicación de que así era como le llamaban a Fernando VII «los liberales» durante el Trienio Constitucional.
El paralelismo estaba muy bien traído pues no era difícil descubrir en aquel gobernante que alardeaba santurronamente de haber «perdido su libertad» para ganar la nuestra mientras perpetraba fechorías sin cuento en uso y abuso del poder, ciertos rasgos de la doblez, oportunismo e hipocresía que caracterizaron al más denostado de nuestros reyes. Pero como Jiménez Losantos nunca concretó, que yo recuerde, ni la pila bautismal ni las circunstancias en que se utilizó originalmente aquel alias, tampoco pudimos sacarle toda la carga interpretativa que llevaba dentro.
Han tenido que concurrir los estudios promovidos en el contexto del bicentenario de la Constitución de Cádiz y un comportamiento tan chocante como el de la izquierda política y sindical de los últimos días como para que salte inmediatamente la chispa de la evocación y surja la oportunidad de completar algo tan lamentablemente español como esta radiografía de la mala leche.
Fueron los periodistas exaltados Félix Mejías y Benigno Morales, dignos por su brillantez y patriotismo de una causa más viable que la que abrazaron, quienes acuñaron en su sin par publicación El Zurriago una serie de motes con los que pretendían representar a Fernando VII como el sátrapa oriental que siempre hubiera querido ser. Así fueron desfilando por sus páginas Yanki, emperador de la China, Majamut, Bondo-Kina, Tinke-Pak o Tigrekán. Nunca se había hecho mofa y escarnio de un rey en esos términos: el riesgo para sus artífices sólo era equiparable al vértigo transgresor de sus lectores.
Con el solvente y cautivador estudio del profesor Ángel Romera El Zurriago, un periódico revolucionario, editado por el Ayuntamiento de Cádiz, como brújula, y una rara colección de sus 93 números, extraída de entre los tesoros de su cripta por uno de mis amigos del gremio de libreros, como gratificante territorio a la vez de jolgorio y aventura, no me ha sido difícil descubrir el momento exacto de la exaltación de Tigrekán a las cimas de su villanía en esa ignota catedral de la sátira política española.
Sucede en agosto de 1822 cuando El Zurriago incluye en un número doble -el 57 y 58- la «comi-tragedia» titulada Los Cañonazos o la Proclamación Cachifollada. Véase la originalidad e innovación idiomática. Está dedicada al autogolpe de Estado que Fernando VII intentó en vano el mes anterior mediante la sublevación de la Guardia Real. A lo largo de sus escenas contemplamos cómo Tigrekán, ayudado por sus hermanos Alfeñike y Pakorrillo -los infantes don Carlos y don Francisco de Paula-, inventa primero el problema, se las cree luego muy felices sintiéndose vencedor y finalmente, cuando en efecto todo se «cachifolla», no sólo deja en la estacada a sus más fieles sino que se ensaña con ellos para ocultar sus propias culpas.
Asegura Estanislao de Kotska Bayo, a quien se atribuye la documentada Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España, en la que han bebido todos los biógrafos de aquel Borbón, que en el momento en que los golpistas derrotados -incluidos muchos de sus más fieles servidores- emprendían la desbandada hacia el Campo del Moro, el rey, haciéndose la víctima de su propia felonía, se asomó a uno de los balcones de Palacio y comenzó a gritar «¡A ellos! ¡A ellos!» para que los sitiadores pudieran exterminarlos con más facilidad.
«¡Rasgo de cobardía y de bajeza, indigno de un pecho honrado y que infama al que, caudillo primero de la insurrección, la entrega ahora a sus enemigos y aún los estimula contra ella!», apunta presuntamente Bayo. «Séanos permitido comparar esta conducta innoble con el heroico sufrimiento del pueblo español, que vencedor de las tramas reales y viendo al Príncipe sólo e indefenso, ni un insulto le prodigó, ni traspasó el lindar de su alcázar patente a todos».
Comprendo que haya a quienes todo esto les recuerde escenas más superficialmente análogas pero, yendo al fondo de las cosas, no se me negará que llevamos 10 días en los que tenemos que soportar la supina desvergüenza con que los gerifaltes sindicales, los líderes del PSOE y los dirigentes de Izquierda Unida -cada uno con su estilo, ora vociferante, ora taimado- se asoman al balcón de la opinión apelando a los peores instintos nacionales y azuzando los recelos exteriores sobre la caterva de males que arrostramos como consecuencia de su propia conducta irresponsable y demagógica.
Si España tiene que pagar este año 29.000 millones de intereses por su deuda es porque un gobierno de izquierdas abrió en poco más de dos años una brecha fiscal de 12 puntos, sin precedentes en la historia de nuestra Hacienda pública, aprovechando la coartada de las políticas de estímulo para tirar literalmente la casa por la ventana de un gasto disparatado, descontrolado e ideologizado.
Si España tiene cinco millones de parados es porque la coacción de unos sindicatos herederos de los poderes fácticos del franquismo impidió flexibilizar a tiempo el mercado de trabajo de forma que el ajuste pudiera hacerse, como en tantos países de nuestro entorno, por la vía de los salarios y las condiciones de trabajo y no por la del empleo.
Si España tiene sobre sus encorvadas espaldas la carga de un Estado elefantiásico, fruto de la superposición de hasta cuatro administraciones diferentes, incluida la insaciable planta carnívora autonómica, es porque desde que la caída del Muro de Berlín y el triunfo de la globalización dejaron a la izquierda huérfana de referencias ideológicas, tanto el PSOE como Izquierda Unida no han cesado de buscar pactos antinaturales con los nacionalismos de cualquier ralea, sobre la base de cambiar la primogenitura de la cohesión nacional por los platos de lentejas de las cuotas de poder y pagar siempre el peaje de crear nuevas estructuras clientelares.
Es cierto que tampoco el PP está completamente libre de ninguno de estos pecados, pues desde sus filas se ha hecho populismo barato con el disfraz del gasto social, se ha pactado y se sigue pactando con los sindicatos dentro de su propia lógica para poder tener la fiesta en paz y se han engendrado ridículas paridas como la «cláusula Camps» o la «realidad nacional andaluza». Pero mientras en su caso se trata de desviaciones tan graves como puntuales de una política en líneas generales coherente con los planteamientos liberales que a la larga traen estabilidad y prosperidad a las democracias, en el del PSOE y sus adláteres casi cabría decir que lo virtuoso ha sido la excepción dentro de una regla acumulativa de equivocaciones y desastres.
Tiene razón Sarkozy al pedirles a los franceses que escarmienten preventivamente en la española cabeza ajena. El Plan E, el cheque- bebé, los 400 euros, el nuevo PER de la dependencia, la vicepresidencia virtual de Cándido Mendez, los millones de horas de estéril diálogo social, los 60.000 o 70.000 liberados y funcionarios sindicales, el «Estatuto que venga de Cataluña», la «Nación discutida y discutible», los tres millones y medio de funcionarios, la subasta de la financiación autonómica, los engaños a Europa a base de reformas de cartón piedra y los 25.000 millones de déficit oculto en 2011 son los hitos que nos han traído hasta aquí. Y el programa de Hollande está impregnado del mismo tufillo buenista que para nosotros ha sido letal.
Al menos Zapatero, principal responsable de toda esta acumulación de errores, está teniendo la prudencia de mantener un discreto silencio, eludiendo la tentación de aprovechar las dificultades de Rajoy en los mercados e instituciones europeas para lanzar el fácil mensaje de que a todos los gobiernos se les pone la prima de riesgo a 400 y de que por tanto la culpa no está en tal o cual política sino en las estrellas de la coyuntura.
Pero su talante tiene menos émulos que sus supersticiones. A todos sus herederos políticos y compañeros de viaje ideológicos les ha faltado tiempo para precipitarse a la balaustrada de la plaza pública y comenzar a señalar con grandes aspavientos a la vez la cola del desempleo, la reforma laboral y los recortes presupuestarios como si fueran invenciones exógenas de Rajoy para fastidiar a los españoles y no las consecuencias inexorables de sus años de frivolidades y falacias.
Convocarle una huelga general a un gobierno que lleva 100 días en el poder y ha recibido esta herencia terrorífica -hay que subrayarlo por mucho que fracasara con estrépito- es una ignominia del calibre de la propia indigencia intelectual de los Méndez, Toxo, López y Martínez. Y el numerito de las 50 ruedas de prensa socialistas contra un Presupuesto condicionado por la obligación de pagar los platos rotos por el PSOE el año pasado está también a la altura política del trust de los perdedores que lidera la oposición: Soraya Rodríguez vapuleada en Valladolid, Óscar Amnesia López vapuleado en toda Castilla y León y Rubalcaba vapuleado en España entera.
Sólo hay que ver los términos en los que se está planteando el acuerdo PSOE-IU en Andalucía -no pasar por el aro de la disciplina presupuestaria, no reducir el déficit, no restringir el gasto público, el funcionariado y los subsidios sino ampliarlos- para darse cuenta de que la pulsión profunda de la izquierda española es sustancialmente antagónica con las reglas vigentes en la Unión Europea e incompatible con la permanencia de España en el euro. ¿O acaso disponen los líderes sindicales, Griñán, Cayo Lara o el propio Rubalcaba de algún mecanismo oculto para obligar a los inversores internacionales a seguir prestándonos aunque demos a entender que no les pagaremos o a los socios europeos a hacerse cargo de nuestras deudas?
Ninguno de estos Poncios se atreve, claro está, a proponer que nos arrojemos al abismo de una autarquía decimonónica en pleno siglo XXI como si fuéramos las ovejas de Panurge. Por eso sus llamamientos a la movilización, a la huelga o a la confrontación con el Gobierno del PP siempre tienen un aura de esterilidad. No al ajuste neoliberal, no a la dictadura de los mercados, no a las reformas de Rajoy… pero ¿para sustituirlas por qué?
La letra pequeña de los Presupuestos tiene alternativa porque siempre se puede recortar un poco más al cine y un poco menos a la ciencia, siempre se puede apretar un poco más a los fumadores y un poco menos a las empresas, siempre se puede dejar la lamentable amnistía fiscal, fruto de la impotencia internacional ante la evasión de capitales, para este año o para el que viene; pero lo que no tiene alternativa es su filosofía. Si los operadores financieros y las instancias internacionales los han acogido con reticencia es exactamente por lo contrario por lo que la izquierda española los descalifica. Es decir, porque no garantizan suficientemente el ajuste, sobre todo en lo que atañe a las autonomías.
Tal vez algunos piensen que va a ser precisamente ahora y en este lado de la península Ibérica cuando el mundo va a cambiar de base. Pero quienes ya sabemos cómo termina siempre esa «lucha final», quienes aspiramos a recuperar la prosperidad que no ha mucho tuvimos dentro de la Europa de las libertades a la que pertenecemos, debemos ser conscientes de que la única salida a nuestra crisis es gastar menos de lo que ingresemos hasta pagar lo que debemos. Y eso sólo tiene una bifurcación como se está demostrando en Grecia: o nos ajustamos por las buenas o nos ajustarán por las malas.
Insisto en recomendarle a Rajoy la «audacia» de Danton. Pero para hacer lo contrario que le piden los demagogos que se asoman con desparpajo al balcón de Tigrekán. Es decir, para acelerar las reformas, podar con más contundencia las ramas de lo superfluo y entrar a fondo en las tripas de un Estado inviable. No es lo mismo tener la prima de riesgo en 400 con un mandato democrático claro que cayendo en picado en los sondeos y jugando al escondite con tu partido y tu programa, como le pasaba a Zapatero.
La mayoría de los españoles hemos aceptado con ese estoicismo rayano en el «sufrimiento heroico» al que se refería el biógrafo de Fernando VII, el bocado exponencial del IRPF, la mengua de derechos laborales o la electrizante subida de la luz. Sólo pedimos que el bisturí no tiemble cuando se acerque a las partes blandas de las canonjías políticas y el cuentacuentos autonómico. Y que mientras el cirujano opera no tengan la desfachatez de gritar: «¡Al ladrón, al ladrón!», quienes previamente nos han robado la cartera.
miércoles, 4 de abril de 2012
Protesta por el recibo de la luz
Para empezar a poner las peras al cuarto a los sátrapas que nos cobran la luz, leeros
ESTO
Como dice Clint Eastwood en Million dollar baby: "Lo primero es defenderse"
ESTO
Como dice Clint Eastwood en Million dollar baby: "Lo primero es defenderse"
domingo, 1 de abril de 2012
El terrible Podadera
Para nadie es un secreto que investigar se me da bien: sé olfatear un rastro y, lo más difícil, tener la paciencia y la tenacidad de seguir los hilos hasta donde lleven para que de alguno surja alguna pieza que junte el rompecabezas. Así he logrado reconstruir la vida del inefable Luis Miranda Podadera, el gramático y ortógrafo que a tantos niños y opositores ha atormentado sin piedad. Lo he obsequiado a la Wikipedia, aquí.
Penitentes
Desde mi balcón tengo una vista inmejorable a la plazuela de la Merced, donde se levanta la estatua que representa a un penitente, con su capucha de capirote y todo. Yo sé quién se esconde debajo, y lo voy a decir: un hermano del escultor, porque tiene polidactilia, seis dedos en cada mano, como la propia estatua. Pero lo que suelo observar a menudo es a turistas anglosajones o nórdicos bastante perplejos preguntándose qué coño representa la estatua, porque no han oído hablar nunca de Semana Santa; las especulaciones llegan a mis oídos: "¿Un monumento a Harry Potter? ¿A Merlín? ¿A la secta Wicca? ¿A los Caraconos?"
Pero la semana santa en mi caso es terrible, porque todas las procesiones tienen a gala rodear mi casa y no terminan nunca de tocar la corneta, el tambor, cantar saetas y hacer ruido. No necesito ver procesiones, todas vienen a verme a mí. Hasta los fotógrafos se pelean por tener un puesto en mis ventanas.
Mañana marcho a Madrid a ver libros y a buscar inspiraciones para mi novela sobre El Danés. Si alguien quiere verme, estaré por allí, probablemente por la Costanilla de los desamparados.
Pero la semana santa en mi caso es terrible, porque todas las procesiones tienen a gala rodear mi casa y no terminan nunca de tocar la corneta, el tambor, cantar saetas y hacer ruido. No necesito ver procesiones, todas vienen a verme a mí. Hasta los fotógrafos se pelean por tener un puesto en mis ventanas.
Mañana marcho a Madrid a ver libros y a buscar inspiraciones para mi novela sobre El Danés. Si alguien quiere verme, estaré por allí, probablemente por la Costanilla de los desamparados.
Hostel, de Eli Roth
Hostel, de Eli Roth, con guion de Tarantino, es quizá la película comercial de terror más moderna y asqueabunda de la época reciente. Representa para los tiempos que corren lo mismo que La matanza de Texas para los pasados. Texas es ahora Eslovaquia, por donde se pasean despistados dos americanos y un islandés a punto de ser tragados por el sueño de la razón. Y en eso se echa de ver que cualquiera tiempo futuro será peor: hará películas de miedo no con tradiciones, mitologías o fetiches repugnantes, sino con la degradación económica, social, física y espiritual del ser humano. Sin que haya consuelo que valga. Desolador.
sábado, 31 de marzo de 2012
El ataque del demonio Meridiano
Los que no padecemos la habitual cenodoxia del bien pagado (de sí mismo o de otro, qué más da) solemos estar enfermos de acidia, el decaecimiento de la voluntad que sobre todo ataca entre los cuarenta y los cincuenta; los psicólogos lo llaman crisis de la mediana edad; los monjes, tan diestros ellos en describir carcomas espirituales, lo llamaban la tentación del demonio Meridiano, que sorprende a los que llegan a la mitad del camino y ven debilitada su voluntad de acción, en la hora más dura, por la desgana y la duda, que tiene casi tantos nombres como el diablo: spleen, desidia, pasotismo, pereza, acedia, aburrimiento, anhedonia, ennui, melancolía, mal del siglo, mal metafísico. El acidioso sabe que la vida tiene sentido, pero no encuentra modo de asumirlo o disfrutarlo: le resulta imposible llegar a él. Sufre y hace sufrir a pesar suyo por desear la alegría, pero no la vía que conduce a ella, y desea y yerra a la vez el camino hacia ese propio deseo, procrastinando o dando innumerables vueltas en torno a él, atormentado por su superyo titánico, pesadísimo. La acidia no se opone al deseo, no lo ignora, sino que se opone a la satisfacción del deseo, al encuentro del sujeto con el objeto de su deseo. Kafka: "Existe un punto de llegada, pero no hay camino alguno". Podríamos recordar a Van Gogh pintando el Retrato del Doctor Gachet, un típico acidioso apoyando su cara en la mano derecha, mientras deja caer toda la desolación del mundo de su mirada, y escribiendo luego miedosamente a su hermano Theo: "No voy a ver al doctor Gachet, está más triste que yo". Y Claudio Magris, hablando de los otros triestinos: Ítalo Svevo: "Ninguno como él comprendió la transformación que le espera al hombre, la caída en el abismo nihilista. Zeno se percata de que el peligro no está en ser infeliz, sino en no desear la felicidad. Y Umberto Saba en su poema "Después de la tristeza"; esto es, la capacidad para decir todo más allá del bien y del mal: aquello que Nietzsche quería ser. En él no hay moral, como tampoco la hay en el niño y en la vida, cuando quienes mandan son la felicidad o la infelicidad."
Sal. XC, 5-6: "Scuto circumdabit et veritas eius non timebis a temore nocturno, a sagitta volante in die, a negotio perambulante in tenebris, ab incursu, et daemonio Meridiano"
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Autobiografía,
Poliorcética
viernes, 30 de marzo de 2012
Miedo a caerse al suelo
Creo que se hizo una huelga o parecido, no me fijo demasiado, aunque algo he oído y hasta me parece que la he guardado, como si fuera un mandamiento de la ley de Jehová, que es algo así como el Carlos Marx de los judíos, pero en abstracto... Aunque Marx era judío... Bueno, vamos a dejarlo, porque estas cosas marean y dan suelta a la risa tonta, pues no en vano se ha dicho que el marxismo es la marihuana de los intelectualoides. Cada vez entiendo menos las cosas; quién sabe, quizá me estoy demenciando, y mi mente se está llenando de agujeros como una esponja hasta que llegue a ser una caja vacía, como la mayoría de los pronombres.
Los destinatarios de los recortes económicos se dan siempre por presupuestos. Y suelo decir que debería repartirse más la pobreza que la riqueza, ya que por las cosas que no se tienen se discute menos; a cada cual le debería tocar la escasez que generara y retener lo que apreciase más. Pero el problema volvería a los números: nadie quiere usar los negativos, ni fijar un límite a la (in)dignidad. Igualmente me quejo de que no se haga caso a la gente que resta: los muertos, los enfermos, los niños, los viejos, las mujeres, los pobres, los locos, los científicos, los mudos, los maestros, los médicos, los poetas, los curas y las hermanitas de la caridad. Más que a los sindicatos. Uno cree más en la gente que en los organismos, patógenos o no, y está ya demasiado cegato, mayor y cansado como para tener fe en los papeles, en las fatigosas escaleras y en otras peligrosas y elevadas estructuras.
Los destinatarios de los recortes económicos se dan siempre por presupuestos. Y suelo decir que debería repartirse más la pobreza que la riqueza, ya que por las cosas que no se tienen se discute menos; a cada cual le debería tocar la escasez que generara y retener lo que apreciase más. Pero el problema volvería a los números: nadie quiere usar los negativos, ni fijar un límite a la (in)dignidad. Igualmente me quejo de que no se haga caso a la gente que resta: los muertos, los enfermos, los niños, los viejos, las mujeres, los pobres, los locos, los científicos, los mudos, los maestros, los médicos, los poetas, los curas y las hermanitas de la caridad. Más que a los sindicatos. Uno cree más en la gente que en los organismos, patógenos o no, y está ya demasiado cegato, mayor y cansado como para tener fe en los papeles, en las fatigosas escaleras y en otras peligrosas y elevadas estructuras.
jueves, 29 de marzo de 2012
Toledo
Fuimos a copresentar el libro; yo andaba medio feo durmiente por el cambio de hora, los fármacos que trasiego y las deambulaciones fruto de mi insomnio; mi mujer lo disimuló metiéndome en el saco de un traje de sastre, una corbata a juego y una camisa formal; iban además mis hijas y una amiga de mi mujer.
Toledo estaba frío, ventoso y altibajo: tan decaído como levantado: subimos y bajamos por esta montaña rusa de ciudad, llena de balcones mustios y paredes cubiertas de lamentos. El plano general había sufrido una evidente arterioesclerosis y uno se sentía como un Bécquer enano atravesando callejuelas encogidas y destartaladas. Poca vida había, salvo las rubias, blancas y culonas turistas guiris: las calles se habían vaciado por el partido del Barça, retransmitido por la TV local. Sí vi a una larga cola de militantes de la UGT frente a su sede y a un grupo descolgado que iba con banderolas diversas para preparar la manifestación sindical, previa a la religiosa de Semana Santa, con el entusiasmo de una grey dominguera que va a la playa. A última hora se llenaron los autobuses del casco viejo.
Subimos a la planta octava. No conocía a casi ninguno de los coautores, salvo a Calero y a Isidro; tuve la oportunidad de ver así a Villena y a los otros; también noté a un arquitecto asiduo escribidor de periódicos, al parecer amigo del papelero M. Igual hasta le pagan.
Los presentadores estuvieron correctos; Isidro, además, interesante; se quejó de que le cortaran el 70% del presupuesto al CECM y atribuyó la crisis cultural española a razones tan relevantes como que la Inquisición siguiera funcionando hasta 1834 y sólo se alcanzara la libertad de reunión en 1887. Me reprochó, con motivo, mi enclaustramiento casero. Desconoce lo tímido que soy; hemos quedado un día de estos, y será agradable volverlo a ver. Calero me ha dicho que los recortes han dejado secuestrada y casi desorejada mi reedición de la biografía de Juan Calderón; esperaremos vientos mejores. Del libro colectivo han sacado quinientos ejemplares, de los cuales circularán a la venta muy pocos; ya he dicho que hemos pagado a medias la edición, que ha salido de la imprenta casi perfecta, salvo las molestas erratas de rigor, que, en lo que me toca, se deben a mi descuido y mala vista y no a la impecable supervisión de Calero, que ha asistido al parto como una experta matrona; además ha sabido recortar bien mi ensayo, quitando los pasajes en latín y el largo excursus sobre la I Guerra Carlista, con lo que lo ha dejado en proporciones justas y no fuera de madre, como andaba. Entre mis lagunas advierto que no he incluido la biografía de Mendizábal en dos tomos escrita por Alfonso García Tejero. En fin, si tuviera que refundir este trabajo hoy lo haría mejor y más amplio y me tendrían que someter a régimen más estricto. Paloma hizo algunas fotos del hecho y del lecho del río, con sus puentes y sus luces de fundición crepuscular entre los cigarrales. Estábamos cerca de una piscina cubierta, incógnita para que no rompiera el paisaje a los mismos pies del tremendo y mazacotado Alcázar. Yo eché de menos al rey Rocas, enamorado del dragón en alguna oscura cueva de la peña carpetana, y conté la antigua leyenda alfonsina a mis mujeres, mientras nos helábamos entre cipreses. Hay mucha muerte en Toledo, me pareció sentir.
Cenamos una fideuá delante de los torpes enredos de Messi, quien no anduvo nada acertado ante el tremendo catenaccio del Ínter. Estábamos de cara al imponente Alcázar. Yo compré una pajarita de metal para mi colección de reproducciones de pájaros que quepan en la mano ("más vale pájaro...") y volvimos obscuri sola sub nocte per umbram hasta Ciudad Real, muy fatigados.
Toledo estaba frío, ventoso y altibajo: tan decaído como levantado: subimos y bajamos por esta montaña rusa de ciudad, llena de balcones mustios y paredes cubiertas de lamentos. El plano general había sufrido una evidente arterioesclerosis y uno se sentía como un Bécquer enano atravesando callejuelas encogidas y destartaladas. Poca vida había, salvo las rubias, blancas y culonas turistas guiris: las calles se habían vaciado por el partido del Barça, retransmitido por la TV local. Sí vi a una larga cola de militantes de la UGT frente a su sede y a un grupo descolgado que iba con banderolas diversas para preparar la manifestación sindical, previa a la religiosa de Semana Santa, con el entusiasmo de una grey dominguera que va a la playa. A última hora se llenaron los autobuses del casco viejo.
Subimos a la planta octava. No conocía a casi ninguno de los coautores, salvo a Calero y a Isidro; tuve la oportunidad de ver así a Villena y a los otros; también noté a un arquitecto asiduo escribidor de periódicos, al parecer amigo del papelero M. Igual hasta le pagan.
Los presentadores estuvieron correctos; Isidro, además, interesante; se quejó de que le cortaran el 70% del presupuesto al CECM y atribuyó la crisis cultural española a razones tan relevantes como que la Inquisición siguiera funcionando hasta 1834 y sólo se alcanzara la libertad de reunión en 1887. Me reprochó, con motivo, mi enclaustramiento casero. Desconoce lo tímido que soy; hemos quedado un día de estos, y será agradable volverlo a ver. Calero me ha dicho que los recortes han dejado secuestrada y casi desorejada mi reedición de la biografía de Juan Calderón; esperaremos vientos mejores. Del libro colectivo han sacado quinientos ejemplares, de los cuales circularán a la venta muy pocos; ya he dicho que hemos pagado a medias la edición, que ha salido de la imprenta casi perfecta, salvo las molestas erratas de rigor, que, en lo que me toca, se deben a mi descuido y mala vista y no a la impecable supervisión de Calero, que ha asistido al parto como una experta matrona; además ha sabido recortar bien mi ensayo, quitando los pasajes en latín y el largo excursus sobre la I Guerra Carlista, con lo que lo ha dejado en proporciones justas y no fuera de madre, como andaba. Entre mis lagunas advierto que no he incluido la biografía de Mendizábal en dos tomos escrita por Alfonso García Tejero. En fin, si tuviera que refundir este trabajo hoy lo haría mejor y más amplio y me tendrían que someter a régimen más estricto. Paloma hizo algunas fotos del hecho y del lecho del río, con sus puentes y sus luces de fundición crepuscular entre los cigarrales. Estábamos cerca de una piscina cubierta, incógnita para que no rompiera el paisaje a los mismos pies del tremendo y mazacotado Alcázar. Yo eché de menos al rey Rocas, enamorado del dragón en alguna oscura cueva de la peña carpetana, y conté la antigua leyenda alfonsina a mis mujeres, mientras nos helábamos entre cipreses. Hay mucha muerte en Toledo, me pareció sentir.
Cenamos una fideuá delante de los torpes enredos de Messi, quien no anduvo nada acertado ante el tremendo catenaccio del Ínter. Estábamos de cara al imponente Alcázar. Yo compré una pajarita de metal para mi colección de reproducciones de pájaros que quepan en la mano ("más vale pájaro...") y volvimos obscuri sola sub nocte per umbram hasta Ciudad Real, muy fatigados.
martes, 27 de marzo de 2012
El pronunciamiento carlista de Talavera en 1833.
Antonio Pirala, Historia de la Guerra Civil y de los partidos liberal y Carlista. Escrita con presencia de memorias y documentos inéditos. Madrid: Tipografía de Mellado, 1856, t. I, pp. 403-404:
PRONUNCIAMIENTO EN TALAVERA. VI.
Tan organizada estaba, mucho hacía, la insurrección carlista, que no se esperaba más que la muerte del rey para empuñar las armas.
El primero que las tomó fue don Manuel María González, en Talavera de la Reina. Esta circunstancia excita el interés hacia una persona que legó su nombre a la historia.
Nació en la villa que inmortalizó Cervantes (el Toboso), y ayudó a sus padres a labrar la tierra.
No tenía aún cuatro lustros, cuando casó con doña Felipa Barbaza, que mejoró su situación. Liberal en 1820, fue alcaide constitucional, miliciano de caballería y afiliado en la sociedad masónica. Encausado y perseguido por sus opiniones, tuvo que acogerse al amparo de su hermano don Rufino, superintendente general de policía del reino, quien consiguió no sólo que se sobreseyese en la causa y cesase su persecución, sino que se le confiriera la administración de correos de Talavera de la Reina, adonde marchó a fines de 1823 con su mujer y cuatro hijos.
Su buena presencia, sus facciones, su genio alegre, sociable y franco (no ocultaba sus ideas, a pesar del sistema que a la sazón regía), le conquistaron las simpatías de todos y hasta llegó a verse nombrado por les realistas comandante del batallón número 15 y comandante de armas del partido, en el que se comprendía a Guadalupe.
De nobles sentimientos, nadie acudió a él en vano y sólo olvidaba su bondad, se desviaba de tan laudable propósito, cuando mediaban resentimientos de rivalidades amorosas, a cuyas aventuras era aficionado.
Así corrió dulcemente su existencia, hasta que en 1832 pasó por Talavera desterrado a Cádiz, donde murió a poco, su hermano don Rufino, consejero ya de Hacienda. Tales consejos le dio, y le hizo tales prevenciones el desterrado, que varió de carácter. Volviose triste, taciturno, y se aisló hasta de sus mejores amigos. No acostumbrados estos a verle de esta manera, empezaron a desconfiar de él y a tratarle con prevención, lo cual aumentó su disgusto, y más que todo el ver que los liberales evitaban las conversaciones políticas en su presencia reputándole afiliado al bando contrario. No se equivocaban.
Dejole su hermano don Rufino recomendado a sus amigos políticos, quienes, desde luego, contaron con él y le iniciaron en los planes de la Junta de Madrid a la cual pertenecía Maroto, que mandaba militarmente en la provincia de Toledo. Ya hemos manifestado el resultado que tuvieron y la prisión de los individuos de aquella junta. Frustrada esta tentativa, volvió González con asiduo afán a sus tareas de la administración hasta que llegó a Talavera un comisionado del gobierno que le formó causa y le condujo preso a Madrid.
El 30 de setiembre, día siguiente al de la muerte del rey, apareció como por encanto en Talavera de la Reina. Oculto, preparó la rebelión, aunque no tan secretamente que no se apercibiese la autoridad, y, al anochecer del 3 de octubre (no del 2, como dice el parte oficial), reunió González las dos compañías de realistas, única fuerza que había en la población, y la distribuyó en varios pelotones, mandados respectivamente por sus hijos don Francisco y don Manuel, bachilleres ambos en leyes, hallándose de alférez en el provincial de Toro el hijo mayor don Juan José (se pasó a las tropas carlistas: sirvió con Cabrera y en 1846 estaba en Marsella y era brigadier).
Depuso a las autoridades, hizo algunas prisiones y se apoderó de los recursos necesarios (de los 500.000 reales que había en la Administración de rentas, sólo dispuso de 60.000), y de algunos caballos y carros.
A la mañana del siguiente día, alumbró el nuevo sol el pendón de Carlos V, proclamado en la plaza por el pregonero público con alarde militar.
A las siete de la mañana marchó a Calera a reunirse con los realistas de este pueblo y con los del batallón de Monbeltrán, ya avisados; mas no acudieron estos. Desordenáronse temerosos los de Talavera, y, puesto al frente de los de Calera y con los jefes que le acompañaban, se dirigió al Puente del Arzobispo. Adversa le fue la suerte; hostilizado por la misma población con que contaba, perdió entre los prisioneros a un hijo. Conducidos a Talavera estos desgraciados, fueron condenados por una comisión militar, expresamente formada, a la última pena, y pasados por las armas, el joven don Manuel González, don Celestino Pabal, Diéguez, el cadete López Salas y el alférez don León Nieto, enrojeciendo el suelo español la sangre de hermanos inmolados en aras de la feroz discordia en la flor de su vida.
Los que siguieron a don Manuel González fueron tenazmente perseguidos por las fuerzas de Guadalupe y otros pueblos, siendo alcanzados en las inmediaciones de Villanueva de la Serena y presos por un destacamento de caballería. Conducidos también a Talavera, otro consejo les condenó a la pena que habían sufrido sus compañeros.
González no llora su suerte: se indigna contra sus amigos políticos que le han abandonado y los desprecia, pensando sólo en su hijo, por quien tanto padece y a quien trata de inspirar valor en el postrer instante. Estrechados cuando ya sus compañeros estaban de rodillas, ahoga su voz el llanto y, sin el consorcio de morir abrazados, riégase de nuevo aquel sitio con su sangre y la de otros cinco compañeros.
Presentamos un libro en Toledo
El 28 de marzo de este año, miércoles, el día antes de la huelga general, a las siete de la tarde, en la Biblioteca de Castilla-La Mancha en Toledo, presentaremos un libro colectivo sobre la cultura en Castilla-La Mancha en el siglo XIX. A causa de la crisis, lo hemos pagado entre todos. Cada sección está escrita por un autor distinto y entre ellos vendrán:
Isidro Sánchez Sánchez
Santiago Arroyo Serrano
Ángel Romera Valero,
Lucía Crespo Jiménez,
José Rivero Serrano,
Antonio Casado Poyales,
Miriam Ballesteros Egea,
María García Sánchez,
Angelina Serrano de la Cruz Peinado,
Jesús Villar Garrido,
Ángel Villar Garrido,
Concha Vázquez Sánchez
y Alfonso González-Calero (Coordinador).
A mí me corresponden diez ejemplares del tocho. Mi materia ha sido la literatura del siglo XIX. Hoy tendría que actualizar más el ensayo y corregir unas cosillas, pero creo que ha quedado bien.
Si queréis venir, estáis invitados a un cafetito. Saludos
Isidro Sánchez Sánchez
Santiago Arroyo Serrano
Ángel Romera Valero,
Lucía Crespo Jiménez,
José Rivero Serrano,
Antonio Casado Poyales,
Miriam Ballesteros Egea,
María García Sánchez,
Angelina Serrano de la Cruz Peinado,
Jesús Villar Garrido,
Ángel Villar Garrido,
Concha Vázquez Sánchez
y Alfonso González-Calero (Coordinador).
A mí me corresponden diez ejemplares del tocho. Mi materia ha sido la literatura del siglo XIX. Hoy tendría que actualizar más el ensayo y corregir unas cosillas, pero creo que ha quedado bien.
Si queréis venir, estáis invitados a un cafetito. Saludos
sábado, 24 de marzo de 2012
El mejor documental sobre la Guerra Civil
El mejor documental sobre la Guerra Civil, como era lógico pensar, no lo hizo un español, sino un francés, Frédéric Rossif, el año en que yo nacía: 1962. Su título: Mourir à Madrid. Es también uno de los mejores cien filmes franceses de todos los tiempos. Sus imágenes tienen una gran fuerza y nunca han sido vistas, que yo sepa, en España. Pero el filme está en Youtube, subtitulado, aquí. Y no era nada fácil de conseguir. Aviso de que sus imágenes, y bastantes de sus palabras, pueden herir, todavía, las sensibilidades: no se ahorran fusilamientos, cadáveres, sangre y miserias estrictamente contemporáneas. Ni siquiera la ponzoñosa retórica de las dos Españas que intentaron cargarse a la única que merecía la pena, la que no tenía otra bandera que la blanca, o ninguna. La que siempre pierde, gane quien gane.
Rossif nació en Montenegro. Su familia pereció en la Segunda Guerra Mundial; él estudió en Roma y se unió a la Legión Extranjera Francesa combatiendo en Libia, Bir Hakeim y Monte Casino; tras la guerra tomó la ciudadanía francesa en 1947 y vivió en París donde trabó amistad con Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Ernest Hemingway, Malcolm Lowry y Boris Vian. Desde 1948 organizó, colaborando con la Cinémathèque française, el festival de Antibes, en 1952 trabajó con Jean Cocteau. A fines de los cincuenta comenzó a escribir y dirigir sus propios filmes, sobre todo documentales, elaborados con materiales de archivo; entre ellos destaca el laureado Mourir à Madrid, ganador del Premio Jean Vigo y nominado para el Oscar al mejor documental, con música de Maurice Jarré. En 1970 realizó su único largometraje no-documental Aussi loin que l'amour, con Salvador Dalí. Colaboró con Vangelis en los documentales L'Apocalypse des animaux, L'opéra sauvage y La fête sauvage. Sus últimos trabajos fueron De Nuremberg à Nuremberg (1989) y Pasteur le Siècle. Murió a los 68 años en París de un ataque al corazón.
Rossif nació en Montenegro. Su familia pereció en la Segunda Guerra Mundial; él estudió en Roma y se unió a la Legión Extranjera Francesa combatiendo en Libia, Bir Hakeim y Monte Casino; tras la guerra tomó la ciudadanía francesa en 1947 y vivió en París donde trabó amistad con Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Ernest Hemingway, Malcolm Lowry y Boris Vian. Desde 1948 organizó, colaborando con la Cinémathèque française, el festival de Antibes, en 1952 trabajó con Jean Cocteau. A fines de los cincuenta comenzó a escribir y dirigir sus propios filmes, sobre todo documentales, elaborados con materiales de archivo; entre ellos destaca el laureado Mourir à Madrid, ganador del Premio Jean Vigo y nominado para el Oscar al mejor documental, con música de Maurice Jarré. En 1970 realizó su único largometraje no-documental Aussi loin que l'amour, con Salvador Dalí. Colaboró con Vangelis en los documentales L'Apocalypse des animaux, L'opéra sauvage y La fête sauvage. Sus últimos trabajos fueron De Nuremberg à Nuremberg (1989) y Pasteur le Siècle. Murió a los 68 años en París de un ataque al corazón.
De nada.
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