sábado, 28 de abril de 2012

Habermas: Ética y Religión


Uno de los pocos filósofos sensatos que andan por ahí es Habermas. Acojo aquí un par entre sus últimos trabajos

Jürgen Habermas: Fe y Saber (2001)

[Discurso de agradecimiento pronunciado por Jürgen Habermas en la Pauslkirche de Frankfurt el día 14 de Octubre de 2001, con motivo de la concesión del “premio de la paz” de los libreros alemanes]

Fe y saber

Cuando la opresiva actualidad del día nos quita incluso de las manos el poder elegir tema, es grande la tentación de ponernos a competir con John Wayne entre “nosotros los intelectuales” para ver quién es capaz de desenfundar el primero y dar el primer tiro. Hace poco tiempo se dividían los espíritus a propósito de otro tema, a propósito de la cuestión de si, y en qué medida, debemos someternos a una autoinstrumentalización científicamente servida por la tecnología genética, o incluso si debemos perseguir el fin de una autooptimización de la especie. Pues acerca de los primeros pasos que empiezan a darse por esta vía se había desatado entre los portavoces de la ciencia organizada y los portavoces de las iglesias una verdadera lucha entre potencias intelectuales. Por parte de la ciencia se expresaba el miedo a un renacer del oscurantismo y a que se siguiesen cultivando sentimientos residuales de tipo arcaico sobre la base de dar pábulo a un escepticismo contra la ciencia, y la otra parte se revolvía contra la fe cientificista en el progreso, contra ese crudo naturalismo que es capaz de enterrar a toda moral. Pero el 11 de Septiembre la tensión entre sociedad secular y religión ha vuelto a estallar de una forma muy distinta.

Los asesinos decididos al suicidio, que transformaron los aviones civiles en armas vivientes y las volvieron contra las ciudadelas capitalistas de la civilización occidental, estaban motivados por convicciones religiosas, como hoy sabemos por el testamento de Mohamed Atta. Para ellos los signos más representativos de la modernidad globalizada eran una encarnación del gran Satán. Pero también a nosotros, a los testigos universales, a los que nos fue dado seguir por televisión ese acontecimiento “apocalíptico”, parecían imponérsenos imágenes bíblicas. Y el lenguaje de la venganza, con el que no sólo el Presidente americano empezó reaccionando a lo incomprensible, cobraba tonos viejotestamentarios. Como si el fanático atentado hubiese hecho vibrar en lo más íntimo de la sociedad secular una cuerda religiosa, se llenaron en todas partes las sinagogas, las iglesias y las mezquitas. Si bien la ceremonia de tipo religioso y civil celebrada hace tres semanas en Nueva York, pese a todas las correspondencias de fondo, no ha conducido a ninguna actitud simétrica de odio.  
Pese a su lenguaje religioso, el fundamentalismo es un fenómeno exclusivamente moderno. En los terroristas islámicos llamaba enseguida la atención la asimultaneidad entre motivos y medios. En tal asimultaneidad entre motivos y medios se refleja la asimultaneidad entre cultura y sociedad en los países de origen de los autores, la cual asimultaneidad entre cultura y sociedad se ha producido a consecuencia de una modernización acelerada y radicalmente desenraizadora. Lo que bajo circunstancias más favorables ha podido ser percibido en definitiva entre nosotros [en el curso de la civilización occidental] como un proceso de destrucción creadora, no pone en perspectiva en estos países compensación alguna por el dolor que la destrucción de formas tradicionales de vida conlleva. Y ello no sólo se refiere a la falta de perspectiva de mejora de las condiciones materiales de vida, pues eso es sólo un punto. Sino que lo decisivo es que a causa de sentimientos de humillación queda manifiestamente bloqueado el cambio espiritual que había de expresarse en la separación entre religión y Estado. También en Europa, a la que la historia le ha concedido siglos para alcanzar una actitud suficientemente sensible a ese “rostro de Jano” que la modernidad ofrece [es decir, a las ambigüedades de la modernidad], la “secularización” sigue estando cargada todavía de sentimientos ambivalentes (como quedó claro en la disputa en torno a la tecnología genética).

Ortodoxias endurecidas las hay tanto en Occidente como en el Oriente próximo y en el lejano Oriente, entre cristianos y judíos lo mismo que entre musulmanes. Quien quiera evitar una guerra entre culturas habrá de hacer memoria de la dialéctica del propio proceso de secularización, es decir, del proceso occidental de secularización, una dialéctica que está todavía lejos de concluirse. La “guerra contra el terrorismo” no es guerra alguna, y en el terrorismo se manifiesta también el choque fatal y mudo de mundos que han de poder desarrollar un lenguaje común allende el mudo poder de los terroristas y los misiles. En vistas de una globalización que se imponía a través de mercados deslimitados, muchos de nosotros esperábamos un retorno de lo político en una forma distinta (no en la forma hobbesiana original de un globalizado Estado de la seguridad, es decir, en las dimensiones de la policía, del servicio secreto, y ahora también de lo militar, sino en forma de un poder configurador y civilizatorio a nivel mundial). Por el momento parece que a los que esperábamos eso, no nos queda más que la desvaída esperanza de una “astucia de la razón” [de que sea la propia “astucia de la razón” lo que lleve a la razón a imponerse], y también [nos queda] la oportunidad de reconsiderar un poco las cosas. Pues esa desgarradura de la falta de lenguaje se extiende también a nuestra propia casa. A los riesgos de una secularización que en la otra parte corre descarrilada, sólo les haremos frente con cordura si cobramos claridad acerca de qué significa secularización en nuestras sociedades postseculares. Es con esta intención con la que retomo hoy el viejo tema de “fe y saber”. No deben ustedes, por tanto, esperar de mí “una charla de domingo” que polarice, es decir, que haga saltar a algunos de sus asientos y a otros los deje satisfechamente sentados.

El término “secularización” tuvo originalmente el significado jurídico de una transferencia coercitiva de los bienes de la Iglesia al poder secular del Estado. Y por eso, ese significado ha podido entonces transferirse al surgimiento de la modernidad cultural y social en conjunto. Pues desde entonces se asocian con el término “secularización” valoraciones contrapuestas según que en primer plano queden o bien la domesticación exitosa de la autoridad eclesiástica por parte de los poderes mundanos, o bien el acto de apropiación antijurídica de los bienes de la Iglesia. Conforme a la primera lectura, las formas religiosas de pensamiento y las formas religiosas de vida quedan sustituidas por equivalentes racionales, y en todo caso por equivalentes que resultan superiores; conforme a la otra lectura las formas modernas de pensamiento y las formas modernas de vida quedan desacreditadas como bienes ilegítimamente sustraídos. El modelo de la sustitución sugiere una interpretación de la modernidad “desencantada”, que se deja guiar por el optimismo del progreso, mientras que el modelo de la expropiación sugiere una interpretación de una modernidad que se queda sin techo, una interpretación, por tanto, que se deja atraer por una teoría de la “caída”. Ambas lecturas cometen el mismo error. Consideran la secularización como una especie de “juego de suma cero” entre las fuerzas productivas de la ciencia y la técnica, desencadenadas en términos capitalistas, por un lado, y los poderes retardadores que representan la religión y la Iglesia, por otro. Pero esta imagen no se acomoda ya a una sociedad “postsecular” que no tiene más remedio que hacerse a la idea de una persistencia indefinida de las comunidades religiosas en un entorno persistentemente secularizador. Lo que parece quedar en segundo plano en una imagen tan estrecha y polarizada de las cosas, es el papel civilizador que ha venido desempeñando un commonsense democráticamente ilustrado que en esta algarabía de voces que rememoran el Kulturkämpf semeja un tercer partido que se abre su propio camino entre los contendientes que serían la ciencia y la religión. Desde el punto de vista del Estado liberal sólo merecen el calificativo de “racionales” aquellas comunidades religiosas que por propia convicción hacen renuncia a la exposición violenta de sus propias verdades de fe. Y esa convicción se debe a una triple reflexión de los creyentes acerca de su posición en una sociedad pluralista. La conciencia religiosa en primer lugar tiene que elaborar cognitivamente su encuentro con otras confesiones y con otras religiones. En segundo lugar, tiene que acomodarse a la autoridad de las ciencias que son las que tienen el monopolio social del saber mundano. Y finalmente, tiene que ajustarse a las premisas de un Estado constitucional, el cual se funda en una moral profana. Sin este empujón en lo tocante a reflexión, los monoteísmos no tienen más remedio que desarrollar un potencial destructivo en sociedades modernizadas sin miramientos. La palabra “empujón reflexivo” sugiere, sin embargo, la falsa representación de un proceso efectuado unilateralmente y de un proceso concluso. Pero en realidad este trabajo reflexivo encuentra una prosecución en todo nuevo conflicto que irrumpe en todos los lugares de tránsito de los espacios públicos democráticos.

Tan pronto como una cuestión existencialmente relevante – piensen ustedes en la de la tecnología genética – llega a la agenda pública, los ciudadanos, creyentes y no creyentes, chocan entre sí con sus convicciones impregnadas de cosmovisión, haciendo una vez más experiencia del escandalizador hecho del pluralismo confesional y cosmovisional. Y cuando aprenden a arreglárselas sin violencia con este hecho, cobrando conciencia de la propia falibilidad, se dan cuenta de qué es lo que significan en una sociedad postsecular los principios seculares de decisión establecidos en la constitución política. Pues en la disputa entre las pretensiones del saber y las pretensiones de la fe, el Estado, que permanece neutral en lo que se refiere a cosmovisión, no prejuzga en modo alguno las decisiones políticas en favor de una de las partes. La razón pluralizada del público de ciudadanos sólo se atiene a una dinámica de secularización en la medida en que obliga a que el resultado se mantenga a una igual distancia de las distintas tradiciones y contenidos cosmovisionales. Pero dispuesta a aprender, y sin abandonar su propia autonomía, esa razón permanece, por así decir, osmóticamente abierta hacia ambos lados, hacia la ciencia y hacia la religión. 

Naturalmente, el sentido común, el commonsense, que se hace demasiadas ilusiones sobre el mundo, tiene que dejarse ilustrar sin reservas por la ciencia. Pero las teorías científicas que penetran en nuestro mundo de la vida, dejan en el fondo sin tocar el marco de lo que es nuestro saber cotidiano. Cuando aprendemos algo nuevo sobre el mundo, y sobre nosotros como seres en el mundo, cambia el contenido de nuestra propia autocomprensión. Copérnico y Darwin revolucionaron la imagen geocéntrica y antropocéntrica del mundo. Pero la destrucción de la ilusión astronómica acerca del curso de los astros dejó menos huellas en el mundo de la vida que la desilusión biológica producida por Darwin acerca del puesto del hombre en la historia de la naturaleza. Los conocimientos científicos parecen perturbar e inquietar tanto más nuestra propia autocomprensión cuanto más se nos acercan al cuerpo. La investigación sobre el cerebro nos enseña acerca de la fisiología de nuestra conciencia, pero ¿cambia acaso con ello esa conciencia intuitiva de autoría y responsabilidad que acompaña a todas nuestras acciones? 

Si con Max Weber dirigimos la mirada a los inicios del “desencantamiento del mundo” nos damos cuenta de qué es lo que está en juego. La naturaleza queda despersonalizada en la medida en que se hace accesible a la observación objetivante y a la explicación causal. La naturaleza científicamente investigada cae fuera del sistema de referencia social que forman las personas que mutuamente se atribuyen intenciones y motivos. Pero, ¿qué se hace de tales personas cuando poco a poco van quedando subsumidas bajo descripciones suministradas por las ciencias naturales? ¿Resultará que finalmente el commonsense no sólo se dejará instruir por el saber contraintuitivo de las ciencias, sino que se verá consumido con piel y cabellos por ese saber? El filósofo Winfrid Sellars respondió ya a esta cuestión en 1960 describiéndonos el escenario imaginario de una sociedad en la que los juegos de lenguaje pasados de moda de nuestra existencia cotidiana quedan fuera de juego en favor de la descripción objetivante de procesos fisiológicos de conciencia. Sellars no hizo más que proyectar ese escenario imaginario. El punto de fuga de tal naturalización del espíritu era una imagen científica del hombre construida con los conceptos extensionales de la física, de la neurofisiología o de la teoría de la evolución, que desocializa también nuestra propia autocomprensión. Tal cosa sólo podría lograrse si la intencionalidad de la conciencia humana y la normatividad de nuestra acción pudieran agotarse sin residuo alguno en esta clase de descripciones. Las teorías que serían menester para ello tendrían que explicar, por ejemplo, cómo las personas pueden seguir o vulnerar reglas, ya sean reglas gramaticales, conceptuales o morales. Pero lo que en Sellars era solamente un experimento mental con clara intención aporética [es decir, lo que en Sellars era sólo la proyección de algo que evidentemente no podía ser, y que Sellars trataba de mostrar que no podía ser] ha sido malinterpretado por los discípulos de Sellars como un programa de investigación, al que ellos siguen ateniéndose hasta hoy. Los propósitos de una modernización de nuestra psicología cotidiana en términos de ciencia natural han conducido incluso a tentativas de una semántica que trata de explicar biológicamente los contenidos del pensamiento. Pero incluso estos planteamientos científicamente más avanzados fracasan en que el concepto de finalidad que no tenemos más remedio que introducir de contrabando en el juego de lenguaje darwinista de “mutación y adaptación”, es demasiado pobre para dar abasto a esa diferencia entre ser y deber que estamos implícitamente suponiendo cuando vulneramos reglas.

Cuando se describe lo que una persona ha hecho, lo que ha querido hacer y lo que no hubiera debido hacer, estamos describiendo a esa persona, pero, ciertamente, no como un objeto de la ciencia natural. Pues en ese tipo de descripción de las personas penetran tácitamente momentos de una autocomprensión precientífica de los sujetos capaces de lenguaje y de acción, que somos nosotros. Cuando describimos un determinado proceso como acción de una persona, sabemos, por ejemplo, que estamos describiendo algo que no se explica como un proceso natural, sino que, si es menester, precisa incluso de justificación o de que la persona se explique. Y lo que está en el trasfondo de ello es la imagen de las personas como seres que pueden pedirse cuentas los unos a los otros, que se ven desde el principio inmersos en interacciones reguladas por normas y que se topan unos con otros en un universo de razones y argumentos que han de poder defenderse públicamente.

Y esta perspectiva que es la que siempre estamos suponiendo en nuestra existencia cotidiana, explica la diferencia entre el juego de lenguaje de la justificación y el juego de lenguaje que representa la pura descripción científica. Y en este dualismo encuentran su límite incluso las estrategias no reduccionistas de explicación, pues esas estrategias, pese a no ser reduccionistas, emprenden descripciones desde la perspectiva del observador, a la que no se ajusta sin coerciones y no se somete sin coerciones la perspectiva de participante de nuestra propia conciencia cotidiana (perspectiva de la que también se alimenta la propia práctica argumentativa en el terreno de la investigación). En el trato cotidiano dirigimos la mirada a destinatarios a los que interpelamos con un “tu”. Y sólo en esta actitud frente a segundas personas entendemos el “sí” o el “no” de los otros, las tomas de postura susceptibles de críticas, que nos debemos unos a otros y que esperamos unos de otros. 

La conciencia que tenemos de ser autores, es decir, la conciencia de una autoría que, llegado el caso, está obligada a dar explicaciones, es el núcleo de una autocomprensión que sólo se abre a la perspectiva del participante y no a la perspectiva del observador, pero que escapa a toda observación científica que quiera revisar esta visión de las cosas. La fe cientificista en una ciencia que algún día no solamente complemente la autocomprensión personal mediante una autodescripción objetivante, sino que la disuelva, no es ciencia sino mala filosofía. Incluso cuando estamos manejando descripciones pertenecientes a la biología molecular que nos permiten intervenir en términos de tecnología genética, incluso en ese caso, ninguna ciencia podrá sustraer al commonsense, tampoco al commonsense ilustrado, el tener que juzgar por ejemplo acerca de cómo hemos de habérnoslas en estas condiciones con la vida humana pre-personal.

El commonsense está, pues, entrelazado con la conciencia de personas que pueden tomar iniciativas, cometer errores, corregir errores, etc. Y ese commonsense afirma frente a las ciencias una estructura de perspectivas que tiene una lógica propia y que tiene un sentido propio. Y esta misma conciencia de autonomía, a la que no es posible dar alcance en términos naturalistas, funda también, por otro lado, la distancia respecto de una tradición religiosa de cuyos contenidos normativos nos seguimos, sin embargo, nutriendo. Con la exigencia de fundamentación racional, la Ilustración científica parece, ciertamente, poner todavía de su lado a un commonsense que ha tomado asiento en el Estado constitucional democrático, construido en términos de derecho racional. Y aunque no cabe duda de que también ese derecho racional igualitario tiene raíces religiosas, la legitimación del derecho y la política en términos de derecho natural racional moderno se alimenta desde hace mucho tiempo de fuentes profanas. Frente a la religión, el commonsense ilustrado democráticamente, se atiene a razones que no solamente son aceptables para los miembros de una comunidad de fe. Por eso el Estado liberal democrático también despierta a su vez por el lado de los creyentes la sospecha o suspicacia de si la secularización occidental no será una vía de una sola dirección que acaba dejando de lado a la religión.
Y de hecho, el reverso de la libertad religiosa fue una pacificación del pluralismo cosmovisional que supuso una diferencia en las cargas de la prueba. Pues la verdad es que hasta ahora el Estado liberal sólo a los creyentes entre sus ciudadanos les exige que, por así decir, escindan su identidad en una parte privada y en una parte pública. Son ellos los que tienen que traducir sus convicciones religiosas a un lenguaje secular antes de que sus argumentos tengan la perspectiva de encontrar el asentimiento de mayorías. Y así hoy, católicos y protestantes, cuando reclaman para el óvulo fecundado fuera del seno materno el estatus de un portador de derechos fundamentales, hacen la tentativa (quizá algo apresurada) de traducir el carácter de imagen de Dios que tiene la creatura humana al lenguaje secular de la constitución política. La búsqueda de razones que tienen por meta conseguir la aceptabilidad general, sólo dejaría de implicar que la religión queda excluida inequitativamente de la esfera pública, y la sociedad secular sólo dejaría de cortar su contacto con importantes recursos en lo tocante a creación y obtención de sentido de la existencia, si también la parte secular conservase y mantuviese vivo un sentimiento para la fuerza de articulación que tienen los lenguajes religiosos. Los límites entre los argumentos seculares y los argumentos religiosos son límites difusos. Por eso la fijación de esos controvertidos límites debe entenderse como una tarea cooperativa que exige de cada una de las partes ponerse también cada una en la perspectiva de la otra. 
El commonsense democráticamente ilustrado no es ninguna entidad singular, sino que se refiere a la articulación mental (a la articulación espiritual) de un espacio público de múltiples voces. Las mayorías secularizadas no deben tratar de imponer soluciones en tales asuntos antes de haber prestado oídos a la protesta de oponentes que en sus convicciones religiosas se sienten vulnerados por tales resoluciones; y debe tomarse esa objeción o protesta como una especie de veto retardatorio o suspensivo que da a esas mayorías ocasión de examinar si pueden aprender algo de él. Y en lo que se refiere a la procedencia religiosa de sus fundamentos morales, el Estado liberal tiene que contar con la posibilidad de que la “cultura del sentido común humano” (Hegel), a la vista de desafíos totalmente nuevos, no llegue a alcanzar el nivel de articulación que tuvo la propia historia de su nacimiento. El lenguaje del mercado se introduce hoy en todos los poros, y embute a todas las relaciones interhumanas en el esquema de la orientación de cada cual por sus propias preferencias individuales. Pero el vínculo social, que viene trabado por las relaciones de mutuo reconocimiento, no se agota en conceptos tales como el de contrato, el de elección racional y el de maximización de la utilidad.

Ésta fue la razón por la que Kant se negó a dejar disolverse el “imperativo categórico” en el remolino de un autointerés ilustrado. Kant estiró la libertad de arbitrio para complementarla con el concepto de autonomía, dando con ello el primer gran ejemplo de una deconstrucción ciertamente secularizadora de verdades de la fe, pero a la vez salvadora de verdades de la fe. En Kant la autoridad de los mandamientos divinos encuentra en la incondicional validez de los deberes morales racionales un eco que es difícil dejar de oír. Con su concepto de autonomía Kant destruyó, ciertamente, la representación tradicional de lo que era ser hijo de Dios. Pero Kant sale al paso de cualquier deflacción vaciadora, efectuando una transformación y apropiación crítica del contenido religioso.
Los lenguajes seculares cuando se limitan a eliminar y tirar por la borda lo que se quiso decir en los lenguajes religiosos, no hacen sino dejar tras de sí irritaciones. Cuando el pecado se convirtió en no más que culpa, se perdió algo. Pues la búsqueda del perdón de los pecados lleva asociado el deseo, bien lejos de todo sentimentalismo, de que pudiera darse por no hecho, de que fuese reversible, el dolor que se ha infligido al prójimo. Pues si hay algo que no nos deja en paz es la irreversibilidad del dolor pasado, la irreversibilidad de la injusticia sufrida por los inocentes maltratados, humillados y asesinados, una injusticia que, por pasada, queda más allá de las medidas de toda posible reparación que pudiera estar en manos del hombre. La pérdida de la esperanza en la resurrección no hace sino dejar tras de sí un vacío bien tangible. El justificado escepticismo de Horkheimer contra la delirante esperanza que Benjamin ponía en la fuerza de la restitución de la memoria humana (“aquellos a quienes se aplastó, siguen realmente aplastados”, replicaba Horkheimer) no desmiente en modo alguno ese impotente impulso que nos lleva, pese a todo, a intentar cambiar algo en una injusticia que ciertamente resulta inamovible. La correspondencia entre Benjamin y Adorno procede de principios de 1937. Ambas cosas, la verdad de ese impulso y también su impotencia, tuvieron su continuación después del holocausto en el ejercicio tan necesario como desesperado de un “enfrentamiento con el pasado y elaboración del pasado” (Adorno). Y en el creciente lamento acerca de lo inadecuado de ese ejercicio, ese mismo impulso no hace sino manifestarse en forma ya distorsionada. Los hijos e hijas no creyentes de la modernidad parecen creer en tales instantes deberse más cosas y tener necesidad de más cosas que aquéllas que ellos llegan a traducir de las tradiciones religiosas, comportándose en todo caso como si los potenciales semánticos de éstas no estuviesen agotados.
Pero precisamente esta ambivalencia en el comportamiento respecto a esos potenciales semánticos de las tradiciones religiosas, puede conducir a la actitud racional de mantener distancia frente a la religión, pero sin cerrarse del todo a su perspectiva. Y esta actitud podría reconducir al camino correcto a esa autoilustración de una sociedad civil que en estos asuntos pudiera verse desgarrada por peleas ideológicas. Las sensaciones morales que hasta ahora sólo en el lenguaje religioso han encontrado una expresión suficientemente diferenciada, pueden encontrar resonancia general tan pronto como se encuentra una formulación salvadora para aquello que ya casi se había olvidado, pero que implícitamente se estaba echando en falta. El encontrar tal formulación sucede raras veces, pero sucede a veces. Una secularización que no destruya, que no sea destructiva, habrá de efectuarse en el modo de la traducción. Y esto es lo que Occidente, es decir, ese Occidente que es hoy un poder secularizador de alcance mundial, puede aprender de su propia historia.

En la controversia acerca de cómo habérselas con los embriones humanos, hay muchas voces que siguen apelando al libro de Moisés 1,27: Dios hizo al hombre a su imagen, lo hizo a imagen de Dios. Que el Dios que es amor, hizo a Adán y a Eva seres libres que se le parecen, esto no es algo que haya que creerlo para entender qué es lo que se quiere decir con eso de que el hombre está hecho a imagen de Dios. Amor no puede haberlo sin reconocerse en el otro, y libertad no puede haberla sin reconocimiento recíproco. Por eso aquello que se me presenta como teniendo forma humana ha de ser a su vez libre, si es que ha de estar siendo una respuesta a esa donación de Dios en la que consiste. Pero pese a ser una imagen de Dios, a ese otro nos lo representamos, sin embargo, a la vez, como siendo también creatura de Dios. Y este carácter de creatura de lo que por otra parte es imagen de Dios, expresa una intuición que en nuestro contexto puede decir todavía algo, incluso a aquéllos que son amusicales para la religión. Dios sólo puede ser un “Dios de hombres libres” mientras no eliminemos la absoluta diferencia entre creador y creatura. Pues sólo entonces, el que Dios dé forma al hombre deja de significar una determinación que ataje la autodeterminación del hombre y acabe con ella.

Este creador, por ser a la vez un Dios creador y redentor, no necesita operar como un técnico que se atiene a leyes de la naturaleza o como un informático que actúa conforme a las reglas de un código o de un programa. La voz de Dios que llama al hombre a la vida, pone de antemano al hombre en un universo de comunicación transido de resonancias morales. Por eso Dios puede “determinar” al hombre en términos tales que simultáneamente lo capacita y lo obliga a la libertad. Pues bien, no hace falta creer en premisas teológicas para entender la consecuencia de que sería una dependencia muy distinta, una dependencia que habría que entender en términos causales, la que entrase en juego si desapareciese esa idea de diferencia infinita implicada por el concepto de creación divina, y el lugar de Dios (en lo que se refiere a creación del hombre) pasara a ocuparlo un hombre, es decir, si un hombre pudiese intervenir conforme a sus propias preferencias en la combinación azarosa de las dotaciones cromosómicas materna y paterna, sin tener que suponer para ello, por lo menos contrafácticamente, el consentimiento de ese otro al que esa intervención afecta. Esta lectura suscita la pregunta que me ha ocupado en otro lugar. El primer hombre que lograse fijar conforme a sus propios gustos las características que va a tener otro hombre, ¿no estaría destruyendo también aquellas iguales libertades que han de regir entre iguales para que esos iguales puedan mantener su diferencia 

(Traducción de Manuel Jiménez Redondo) 

 Jürgen Habermas: Posicionamiento en la discusión sobre las bases morales del estado liberal (enero 2004)

 [Ponencia leída por Jürgen Habermas el 19 de Enero de 2004 en la “Tarde de discusión” con Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, organizada por la Academia Católica de Baviera en Munich. El tema de esa “Tarde de discusión” fue “Las bases morales prepolíticas del Estado liberal”. Abrieron la discusión los dos invitados con sendas ponencias. Primero habló Habermas, después Ratzinger. Lo que sigue fue la ponencia o “posicionamiento” de Habermas. En los varios sitios de Internet en que se puede acceder a este texto, el documento tiene por título “PARTE I: posicionamiento del Prof. Jürgen Habermas”] 

El tema de discusión que se nos ha propuesto, me recuerda una pregunta que, en los años sesenta, Ernst-Wolfgang Böckenförde redujo a la dramática fórmula de si un Estado liberal, secularizado, no se está nutriendo de presupuestos normativos que él mismo no puede garantizar (1). En ello se expresa la duda de que el Estado constitucional democrático pueda cubrir con sus propios recursos los fundamentos normativos en los que ese Estado se basa, así como la sospecha de que ese Estado quizá dependa de tradiciones cosmovisionales o religiosas autóctonas [que no dependen de él], y en todo caso de tradiciones éticas también autóctonas, colectivamente vinculantes. Esto, ciertamente, pondría en aprietos a un Estado que, en vistas del “hecho del pluralismo” (Rawls), está obligado a mantener la neutralidad en lo que se refiere a cosmovisiones. Claro es que tal conclusión no puede emplearse como un contraargumento contra aquella sospecha.

[0.- Plan de la presente ponencia]

Lo que voy a empezar haciendo es especificar el problema en dos aspectos. En el aspecto cognitivo la duda se refiere a la cuestión de si, después de la completa positivización del derecho, la estructuración del poder político es todavía accesible a una justificación o legitimación secular, es decir, a una justificación o legitimación no religiosa, sino postmetafísica [1]. Pero aun cuando se admita tal legitimación, en el aspecto motivacional todavía sigue en pie la duda de si una comunidad que, en lo que se refiere a cosmovisión es pluralista, podrá estabilizarse normativamente (es decir, más allá de un simple modus vivendi) a través de la suposición de un consenso de fondo que, en el mejor de los casos, será un consenso formal, un consenso limitado a procedimientos y principios [2]. Pero aun cuando pudiera despejarse esa duda, quedaría en pie el que los ordenes liberales dependen (en lo que respecta a dimensión normativa) de la solidaridad de sus ciudadanos, y que esas fuentes podrían secarse a causa de una “descarrilada” secularización de la sociedad en conjunto. Este diagnóstico no puede rechazarse sin más, pero tampoco puede entenderse en el sentido de que aquellos entre los defensores de la religión, que son gente formada, es decir, que son la clase culta, quieran obtener de ello una especie de “plusvalía”  para lo que ellos defienden [3]. En lugar de eso (es decir, para evitar esa obtención de plusvalía) voy a proponer entender la secularización cultural y social como un doble proceso que obliga tanto a las tradiciones de la Ilustración como a las doctrinas religiosas a reflexionar sobre sus respectivos límites [4]. Y en lo que respecta a las sociedades postseculares se plantea, finalmente, la cuestión de cuáles son las actitudes cognitivas y las expectativas normativas que un Estado liberal puede suponer y exigir tanto a sus ciudadanos creyentes como a sus ciudadanos no creyentes en su trato mutuo [5]. 

[1.- Justificación no religiosa, postmetafísica, del derecho]

El liberalismo político (que yo defiendo en la forma especial de un republicanismo kantiano (2)) se entiende como una justificación no religiosa y postmetafísica de los fundamentos normativos del Estado constitucional democrático. Esta teoría se mueve en la tradición del derecho racional, que renuncia a las fuertes presuposiciones tanto cosmológicas como relativas a la historia de la salvación, que caracterizaban a las doctrinas clásicas y religiosas del derecho natural. La historia de la teología cristiana en la Edad Media, y en especial la Escolástica española tardía, pertenecen, naturalmente, a la genealogía de los derechos del hombre. Pero los fundamentos legitimadores de un poder estatal neutral en lo concerniente a cosmovisión proceden finalmente de las fuentes profanas que representa la filosofía del siglo XVII y del siglo XVIII. Sólo mucho más tarde fueron capaces la teología y la Iglesia de digerir los desafíos espirituales que representaba el Estado constitucional revolucionario. Por el lado católico, que con la idea de “luz natural”, con la idea de lumen naturale, una relación mucho más distendida, nada se opone en principio a una fundamentación autónoma de la moral y del derecho, es decir, a una fundamentación de la moral y del derecho, independiente de las verdades reveladas.

La fundamentación postkantiana de los principios constitucionales liberales [es decir, la posición que sostiene Habermas] ha tenido que enfrentarse en el siglo XX, no tanto a la nostalgia de un derecho natural objetivo (o de una “ética material de los valores”), cuanto a formas de crítica de tipo historicista y empirista. Pues bien, a mi juicio, son suficientes presuposiciones débiles acerca del contenido normativo de la estructura comunicativa de las formas de vida socioculturales, para defender contra el contextualismo un concepto no derrotista de razón, y contra el positivismo jurídico un concepto no decisionista de validez jurídica. La tarea central consiste en este sentido en explicar [primero] por qué el proceso democrático se considera un procedimiento de establecimiento legítimo del derecho o de creación legítima del derecho; y la respuesta es que, en cuanto que cumple condiciones de una formación inclusiva y discursiva de la opinión y de la voluntad, el proceso democrático funda la sospecha de una aceptabilidad racional de los resultados; y [segundo] por qué la democracia y los derechos del hombre son las dimensiones normativas básicas que nos aparecen siempre cooriginalmente entrelazadas en lo que son nuestras constituciones, es decir, en lo que en Occidente ha venido siendo el establecimiento mismo de una constitución; y la respuesta es que la institucionalización jurídica del procedimiento de creación democrática del derecho exige que se garanticen a la vez tanto los derechos fundamentales de tipo liberal como los derechos fundamentales de tipo político-ciudadano. (3)

El punto de referencia de esta estrategia de fundamentación (de la estrategia de fundamentación postmetafísica que estoy considerando) es la constitución que se dan a sí mismos ciudadanos asociados, y no la domesticación de un poder estatal ya existente, pues ese poder (esto es lo que se está suponiendo en dicha estrategia de fundamentación  postmetafísica), pues ese poder, digo, ha de empezar generándose por la vía del establecimiento democrático de una constitución (es decir, por la misma vía por la que llega a establecerse una constitución democrática). Un poder estatal “constituido” (y no sólo constitucionalmente domesticado) es siempre un poder juridificado hasta en su núcleo más íntimo, de suerte que el derecho penetra hasta el fin el poder político, hasta no dejar ni un residuo que no esté juridificado. Mientras que el positivismo de la voluntad estatal (muy enraizado él en el imperio alemán), que sostuvieron los teóricos alemanes del Derecho Público (desde Laband y Jellinek hasta Carl Schmitt) había dejado siempre algún hueco o algún rincón por el que podía colarse de contrabando algo así como una sustancia ética de lo “estatal” o de lo “político”, exenta de derecho, en el Estado constitucional no queda ningún sujeto del poder político, que pudiera suponerse que se nutre o se está nutriendo de una sustancia prejurídica o de algún tipo de sustancia prejurídica (4). De la soberanía preconstitucional de los príncipes no queda en el Estado constitucional ningún lugar vacío que ahora – en la forma de ethos de un pueblo más o menos homogéneo – hubiera  que rellenar con una soberanía popular igualmente sustancial (es decir, de base igualmente prejurídica).

A la luz de esta herencia problemática, la pregunta de Böckenförde ha podido entenderse en el sentido de si un orden constitucional totalmente positivazado necesita todavía de la religión o de algún otro “poder sustentador” para asegurar cognitivamente los fundamentos que lo legitiman. Conforme a esta lectura, la pretensión de validez del derecho positivo dependería de una fundamentación en convicciones de tipo ético-prepolítico, de las que serían portadoras las comunidades religiosas o las comunidades nacionales, porque tal orden jurídico no podría legitimarse autorreferencialmente a partir sólo de procedimientos jurídicos generados democráticamente. Si, por el contrario, el procedimiento democrático no se entiende, como hacen Kelsen o Luhmann en términos positivistas, sino que se lo concibe como un método para generar legitimidad a partir de la legalidad (es lo que he defendido en “Facticidad y validez”), no surge ningún déficit de validez que hubiera que rellenar mediante eticidad (es decir, que hubiera que rellenar recurriendo a sustancia normativa pre-jurídica). Así pues, frente a una comprensión del Estado constitucional, proveniente del hegelianismo de derechas, está esta otra concepción, procedimental, inspirada por Kant, de una fundamentación de los principios constitucionales, autónoma, que, tal como ella misma pretende, sería racionalmente aceptable para todos los ciudadanos.

[3.- La duda en el aspecto motivacional]

En lo que sigue voy a partir de que la constitución del Estado liberal puede cubrir su necesidad de legitimación en términos autosuficientes, es decir, administrando en lo que a argumentación se refiere, un capital cognitivo y unos recursos cognitivos que son independientes de las tradiciones religiosas y metafísicas. Pero incluso dando por sentada esta premisa, sigue en pie la duda en lo que respecta al aspecto motivacional. Efectivamente, los presupuestos normativos en que se asienta el Estado constitucional democrático son más exigentes en lo que respecta al papel de ciudadanos que se entienden como autores del derecho, son más exigentes en ese aspecto, digo, que en lo que se refiere al papel de personas privadas o de miembros de la sociedad, que son los destinatarios de ese derecho que se produce en el papel del ciudadano. De los destinatarios del derecho se sólo espera que en la realización de lo que son sus libertades subjetivas (y de lo que son sus aspiraciones subjetivas) no transgredan los límites que la ley les impone. Pero algo bien distinto a lo que es esta simple obediencia frente a leyes coercitivas, a las que queda sujeta la libertad, es lo que se supone en lo que respecta a las motivaciones y actitudes que se esperan de los ciudadanos precisamente en el papel de colegisladores democráticos. 

Pues se supone, efectivamente, que éstos han de poner por obra sus derechos de comunicación y sus derechos de participación, y ello no sólo en función de su propio interés bien entendido, sino orientándose al bien común, es decir, al bien de todos. Y esto exige la complicada y frágil puesta en juego de una motivación, que no es posible imponer por vía legal. Una obligación legalmente coercitiva de ejercer el derecho a voto, representaría en un Estado de derecho un cuerpo tan extraño como una solidaridad que viniese dictada por ley. La disponibilidad a salir en defensa de ciudadanos extraños y que seguirán siendo anónimos y a aceptar sacrificios por el interés general es algo que no se puede mandar, sino sólo suponer, a los ciudadanos de una comunidad liberal. De ahí que las virtudes políticas, aun cuando sólo se las recoja o se las implique “en calderilla”, sean esenciales para la existencia de una democracia. Esas virtudes son un asunto de la socialización, y del acostumbrarse a las prácticas y a la forma de pensar de una cultura política traspasada por el ejercicio de la libertad política y de la ciudadanía. Y, por tanto, el estatus de ciudadano político está en cierto modo inserto en una “sociedad civil” que se nutre de fuentes espontáneas, y, si ustedes quieren, “prepolíticas”.

Pero de ello no se sigue que el Estado liberal sea incapaz de reproducir sus propios presupuestos motivacionales a partir de su propio potencial secular, no-religioso. Los motivos para una participación de los ciudadanos en la formación política de la opinión y de la voluntad colectiva se nutren, ciertamente, de proyectos éticos de vida (es decir, de ideales de existencia) y de formas culturales de vida. Pero las prácticas democráticas desarrollan su propia dinámica política. Sólo un Estado de derecho sin democracia, al que en Alemania estuvimos acostumbrados durante mucho tiempo, sugeriría una respuesta negativa a la pregunta de Böckenförde:

“¿Cómo podrían vivir pueblos estatalmente unidos, cómo podrían vivir, digo, sólo de la garantía de la libertad de los particulares, sin un vínculo unificador que anteceda a esa libertad?”. (5) La respuesta es que el Estado de derecho articulado en términos de constitución democrática garantiza no sólo libertades negativas para los miembros de la sociedad que, como tales, de lo que se preocupan es de su propio bienestar, sino que ese Estado, al desatar las libertades comunicativas, moviliza también la participación de los ciudadanos en una disputa pública acerca de temas que conciernen a todos en común. El “lazo unificador” que Böckenförde echa en falta es el proceso democrático mismo, en el que en última instancia lo que queda a discusión (o lo que siempre está en discusión) es la comprensión correcta de la propia constitución.

Así por ejemplo, en las actuales discusiones acerca de la reforma del estado de bienestar, acerca de la política de emigración, acerca de la guerra de Irak, o acerca de la supresión del servicio militar obligatorio, no solamente se trata de esta o aquella medida política particular, sino que siempre se trata también de una controvertida interpretación de los principios constitucionales, e implícitamente se trata de cómo queremos entendernos, tanto como ciudadanos de la República Federal de Alemania, como también como europeos, a la luz de la pluralidad de nuestras formas de vida culturales, y del pluralismo de nuestras visiones del mundo y de nuestras convicciones religiosas. Ciertamente, si miramos históricamente hacia atrás, vemos que un trasfondo religioso común, una lengua común, y sobre todo la conciencia nacional recién despertada, fueron elementos importantes para el surgimiento de esa solidaridad ciudadana altamente abstracta. Pero mientras tanto, nuestras mentalidades republicanas se han disociado profundamente de ese tipo de anclajes pre-políticos. El que no se está dispuesto a morir “por Niza”, ya no es ninguna objeción contra una Constitución europea. Piensen ustedes en todas las discusiones de tipo ético-político acerca del holocausto y la criminalidad de masas: esas discusiones han vuelto conscientes a los ciudadanos de la República Federal de Alemania del logro que representa la Constitución (la Grundgesetz). Este ejemplo de una “política de la memoria” de tipo autocrítico (que mientras tanto ya no resulta excepcional, sino que se ha extendido también a otros países) demuestra cómo en el medio que representa la política pueden formarse y renovarse vinculaciones que tienen que ver con lo que vengo llamando “patriotismo constitucional”. (6)

Pues frente a un malentendido ampliamente extendido, “patriotismo constitucional” no significa que los ciudadanos hagan suyos los principios de la Constitución, no sólo en el contenido abstracto de éstos, sino que hagan propios esos principios en el contenido concreto que esos principios tienen cuando se parte del contexto histórico de su propia historia nacional. Si los contenidos morales de los derechos fundamentales han de hacer pie en las mentalidades, no basta con un proceso cognitivo. Sólo para la integración de una sociedad mundial de ciudadanos, constitucionalmente articulada, (si es que alguna vez llegara a haberla), habrían de ser suficientes la adecuada intelección moral de las cosas y una concordancia mundial en lo tocante a indignación moral acerca de las violaciones masivas de los derechos del hombre. Pero entre los miembros de una comunidad política sólo se produce una solidaridad (por abstracta que ésta sea y por jurídicamente mediada que esa solidaridad venga), sólo se produce una solidaridad, digo, si los principios de justicia logran penetrar en la trama más densa de orientaciones culturales concretas y logran impregnarla.  

[4.- Del agotamiento de las fuentes de la solidaridad. De cómo ello no puede convertirse en una especie de plusvalía para el elemento religioso]

Conforme a las consideraciones que hemos hecho hasta aquí, la naturaleza secular del Estado constitucional democrático no presenta, pues, ninguna debilidad interna, inmanente al proceso político como tal, que en sentido cognitivo o en sentido motivacional pusiese en peligro su autoestabilización. Pero con ello no están excluidas todavía las razones no internas e inmanentes, sino externas. Una modernización “descarrilada” de la sociedad en conjunto podría aflojar el lazo democrático y consumir aquella solidaridad de la que depende el Estado democrático sin que él pueda imponerla jurídicamente. Y entonces se produciría precisamente aquella constelación que Böckenförde tiene a la vista: la transformación de los miembros de las prósperas y pacíficas sociedades liberales en mónadas aisladas, que actúan interesadamente, que no hacen sino lanzar sus derechos subjetivos como armas los unos contra los otros. Evidencias de tal desmoronamiento de la solidaridad ciudadana se hacen sobre todo visibles en esos contextos más amplios que representan la dinámica de una economía mundial y de una sociedad mundial, que aún carecen de un marco político adecuado desde el que pudieran ser controladas. Los mercados, que, ciertamente, no pueden democratizarse como se democratiza a las administraciones estatales, asumen crecientemente funciones de regulación en ámbitos de la existencia, cuya integración se mantenía hasta ahora normativamente, es decir, cuya integración, o era de tipo político, o se producía a través de formas prepolíticas de comunicación. Y con ello, no solamente esferas de la existencia privada pasan a asentarse en creciente medida sobre los mecanismos de la acción orientada al propio éxito particular, es decir, de la acción orientada a las propias preferencias particulares de uno; sino que también se contrae el ámbito de lo que queda sometido a la necesidad de legitimarse públicamente. Se produce un reforzamiento del privatismo ciudadano a causa de la desmoralizadora pérdida de función de una formación democrática de la opinión y de la voluntad colectivas que si acaso sólo funciona ya (y ello sólo a medias) en los ámbitos nacionales, y que, por tanto, no alcanza ya a los procesos de decisión desplazados a nivel supranacional. Por tanto, también la desaparición de la esperanza de que la comunidad internacional pueda llegar a tener alguna fuerza de configuración política fomenta la tendencia a una despolitización de los ciudadanos. En vista de los conflictos y de las sangrantes injusticias sociales de una sociedad mundial, fragmentada en alta medida, crece el desengaño con cada fracaso que se produce en el camino (emprendido desde 1945) de una constitucionalización del “derecho de gentes”. 

[Necesidad de reflexión de las tradiciones religiosas y de las tradiciones de la Ilustración]

Las teorías postmodernas, situándose en el plano de una crítica de la razón, entienden estas crisis no como consecuencia de una utilización selectiva de los potenciales de razón inherentes a la modernidad occidental, sino que entienden estas crisis como el resultado lógico del programa de una racionalización cultural y social, que no tiene más remedio que resultar autodestructiva. Ese escepticismo radical en lo que toca a la razón, le es, ciertamente, ajeno a la tradición católica por las propias raíces de ésta. Pero el catolicismo, por lo menos hasta los años 60 del siglo pasado, se hizo él solo las cosas muy difíciles en lo tocante a sus relaciones con el pensamiento secular del humanismo, la Ilustración y el liberalismo político. Pero en todo caso el teorema de que a una modernidad casi descalabrada sólo puede sacarla ya del atolladero la orientación hacia un punto de referencia transcendente, es un teorema que hoy vuelve a encontrar resonancia. En Teherán un colega me preguntaba si desde el punto de vista de una comparación de las culturas y desde un punto de vista de sociología de la religión, no era, precisamente, la secularización europea el camino propiamente equivocado que necesitaba de una corrección de rumbo. Y esto nos recuerda el estado de ánimo que prevaleció en la República de Weimer, nos recuerda a Carl Schmitt, a Heidegger, a Leo Strauss. Pero a mí me parece que es mucho mejor o que es más productivo no exagerar en términos de una crítica de la razón la cuestión de si una modernidad que se ha vuelto ambivalente podrá estabilizarse sola a partir de las fuerzas seculares (es decir, no religiosas) de una razón comunicativa, sino tratar tal cuestión de forma no dramática como una cuestión empírica que debe considerarse abierta. Con lo cual no quiero decir que el fenómeno de la persistencia de la religión en un entorno ampliamente secularizado haya de traerse a colación solamente como un mero hecho social. La filosofía tiene que tratar también de entender ese fenómeno, por así decir, desde dentro, de tomarlo en serio como un desafío cognitivo. Pero antes de seguir esta vía de discusión, quiero por lo menos mencionar una posible ramificación del diálogo en un sentido distinto, que resulta también obvia. Me refiero a que en el curso de la reciente radicalización de la crítica de la razón, también la filosofía se ha dejado mover hacia una reflexión acerca de sus propios orígenes religioso-metafísicos, dejándose envolver en ocasiones en diálogos con la teología que, por su parte, buscaba conectar con los ensayos filosóficos de una autorreflexión posthegeliana de la razón (7).

(Excurso. Punto de conexión o de contacto para un discurso filosófico acerca de la razón y la revelación, lo ha constituido siempre una figura de pensamiento que retorna una y otra vez: la razón, al reflexionar sobre su fundamento más hondo, descubre que tiene su origen en otro; y el poder de eso otro, que entonces se le convierte en destino, la razón tiene que reconocerlo si es que no quiere perder su propia orientación racional en el callejón sin salida de alguno de esos híbridos intentos de darse alcance por completo a sí misma. Como modelo sirve aquí la ejercitación de la razón en una especie de conversión producida por la propia fuerza de la razón, o por lo menos provocada por la propia fuerza de la razón, es decir, como modelo sirve aquí el ejercicio de una conversión de la razón por la razón, ya sea que esa reflexión parta, como ocurre en Schleiermacher, de la autoconciencia del sujeto cognoscente y agente, o esa autorreflexión parta, como ocurre en Kierkegaard, de la historicidad del autocercioramiento existencial de sí que el sujeto busca, ya sea que esa reflexión parta, como ocurre en Hegel, Feuerbach y Marx, de la provocación que representa el desgarramiento de un mundo ético que se escinde. Aun sin verse movida inicialmente a ello por motivaciones teológicas, una razón que se vuelve consciente de sus límites se transciende a sí misma en dirección a otro: ya sea en una fusión mística con una conciencia cósmica envolvente, ya sea en la desesperada esperanza de que en la historia había irrumpido ya un mensaje definitivamente salvador, ya sea en forma de una solidaridad con los humillados y ofendidos, que trata de dar prisa a la salvación mesiánica para que ésta comparezca. Estos tres dioses anónimos de la metafísica posthegeliana (la conciencia envolvente, el acontecimiento de un mensaje salvador que se dona a sí mismo sin supuestos previos de pensamiento, y la idea de una sociedad no alienada), se convierten siempre para la teología en presa fácil. Pues se diría que son esos dioses mismos quienes se ofrecen a quedar descifrados como pseudónimos de la Trinidad de ese Dios personal que Él mismo hace donación de sí al hombre. Fin del excurso).

Debo decir que estos intentos de renovación de una teología filosófica posthegeliana me parecen, pues, pese a todo, mucho más simpáticos que ese nietzscheanismo que toma en préstamo las connotaciones cristianas del oír y el escuchar, del pensar rememorativo y de la expectativa de la gracia, de la venida y del acontecimiento salvífico, que hace suyas, digo, esas connotaciones cristianas para reducirlas a un pensamiento que, desprovisto de toda textura y tuétano proposicional, pretende pasar por detrás de Cristo y de Sócrates para perderse en la indeterminación de lo arcaico. Pero, aunque los intentos de renovación posthegeliana de la teología filosófica resulten más simpáticos que todo esto, una filosofía que permanezca consciente de su falibilidad, y de su frágil posición dentro de la diferenciada morada de una sociedad moderna, tiene que atenerse a una distinción genérica (pero que de ninguna manera tiene que tener un sentido peyorativo) entre un discurso secular que, por su propia pretensión, es un discurso de todos y accesible a todos, y un discurso religioso dependiente de las verdades religiosas reveladas. Ahora bien, a diferencia de lo que sucede en Kant y en Hegel, este trazado gramatical de límites no lleva asociada la pretensión filosófica de ser él quien decida qué es lo verdadero y lo falso en el contenido de las tradiciones religiosas que quedan allende el saber mundano socialmente institucionalizado. El respeto que va de la mano de este abstenerse cognitivamente de todo juicio en este terreno, se funda en el respeto por las personas y formas de vida que evidentemente extraen su propia integridad y su propia autenticidad de sus convicciones religiosas. Pero el respeto no es aquí todo, sino que la filosofía tiene también muy buenas razones para mostrarse dispuesta a aprender de las tradiciones religiosas.

En contraposición con la abstinencia ética de un pensamiento postmetafísico al que necesariamente tiene que escapársele todo concepto de vida buena y ejemplar que se presente como siendo universalmente obligatorio para todos, en contraposición, digo, con lo que sucede en una posición postmetafísica, resulta que en las Sagradas Escrituras y en las tradiciones religiosas han quedado articuladas intuiciones acerca de la culpa y la redención, acerca de lo que puede ser la salida salvadora de una vida que se ha experimentado como carente de salvación, intuiciones que se han venido deletreando y subrayando sutilmente durante milenios y que se han mantenido hermenéuticamente vivas. Por eso en la vida comunitaria de las comunidades religiosas, en la medida en que logran evitar el dogmatismo y la coerción sobre las conciencias, permanece intacto algo que en otros lugares se ha perdido y que tampoco puede reconstruirse con sólo el saber profesional de los expertos, me refiero a posibilidades de expresión suficientemente diferenciadas y a sensibilidades suficientemente diferenciadas en lo que respecta a la vida malograda y fracasada, a patologías sociales, al malogro de proyectos de vida individual y a las deformaciones de contextos de vida distorsionados. De la asimetría de pretensiones epistémicas (la filosofía no puede pretender saber aquello que la religión se presenta sabiendo) permite fundamentar una disponibilidad de la filosofía a aprender de la religión, y no por razones funcionales, sino por razones de contenido, es decir, precisamente recordando el éxito de sus propios procesos “hegelianos” de aprendizaje. Con esto de “procesos hegelianos de aprendizaje” quiero decir que la mutua compenetración de Cristianismo y metafísica griega no sólo dio lugar a la configuración espiritual y conceptual que cobró la dogmática teológica, y que esa mutua compenetración no solamente dio lugar en suma a una helenización del Cristianismo que no en todos los aspectos fue una bendición. Sino que por el otro lado fomentó también una apropiación de contenidos genuinamente cristianos por parte de la filosofía. Ese trabajo de apropiación cuajó en redes conceptuales de alta carga normativa como fueron las formadas por los conceptos de responsabilidad, autonomía y justificación, las formadas por los conceptos de historia, memoria, nuevo comienzo, innovación y retorno, las formadas por los conceptos de emancipación y cumplimiento, por los conceptos de extrañamiento, interiorización y encarnación, o por los conceptos de individualidad y comunidad. Ese trabajo de apropiación transformó el sentido religioso original, pero no deflacionándolo y vaciándolo, ni tampoco consumiéndolo o despilfarrándolo. La traducción de que el hombre es imagen de Dios a la idea de una igual dignidad de todos los hombres que hay que respetar incondicionalmente es una de esas traducciones salvadoras (que salvan el contenido religioso traduciéndolo a filosofía). Es una de esas traducciones que, allende los límites de una determinada comunidad religiosa, abre el contenido de los conceptos bíblicos al público universal de quienes profesan otras creencias o de quienes simplemente no son creyentes. Benjamin fue alguien que muchas veces consiguió hacer esa clase de traducciones. 
Sobre la base de esta experiencia de la liberalización secularizada de potenciales de significado que, por de pronto, están encapsulados en las religiones, podemos dar al teorema de Böckenförde un sentido que ya no tiene por qué resultar capcioso. He mencionado el diagnóstico conforme al que el equilibrio que en la modernidad se produce o tiene que producirse entre los tres grandes medios de integración social (el dinero, el poder y la solidaridad), conforme al que ese equilibrio, digo, corre el riesgo de venirse abajo porque los mercados y el poder administrativo expulsan de cada vez más ámbitos sociales a la solidaridad, es decir, prescinden de una coordinación de la acción, producida a través de valores, normas y un empleo del lenguaje orientado a entenderse. Y así, resulta también en interés del propio Estado constitucional el tratar con respeto y cuidado a todas aquellas fuentes culturales de las que se alimenta la conciencia normativa de solidaridad de los ciudadanos. Es esta conciencia que se ha vuelto conservadora, lo que se refleja en la expresión “sociedad postsecular”. (8) Esta expresión no solamente se refiere al hecho de que la religión se afirma crecientemente en el entorno secular y de que la sociedad ha de contar indefinidamente con la persistencia de comunidades religiosas. La expresión “postsecular” tampoco pretende sólo devolver a las comunidades religiosas el reconocimiento público que se merecen por la contribución funcional que hacen a los motivos y actitudes deseadas, es decir, a motivos y actitudes que vienen bien a todos. En la conciencia pública de una sociedad postsecular se refleja más bien una intuición normativa que tiene consecuencias para el trato político entre ciudadanos creyentes y ciudadanos no creyentes. En la “sociedad postsecular” acaba imponiéndose la convicción de que “la modernización de la conciencia pública” acaba abrazando por igual a las mentalidades religiosas y a las mentalidades mundanas (pese a las diferencias de fases que pueden ofrecer entre si) y cambia a ambas reflexivamente. Pues ambas partes, con tal de que entiendan en común la secularización de la sociedad como un proceso de aprendizaje, ambas partes, digo, pueden hacer su contribución a temas controvertidos en el espacio público, y entonces también tomarse mutuamente en serio por razones cognitivas.

[Qué puede esperar el Estado liberal de creyentes y no creyentes]

Por el lado de la conciencia religiosa, ésta se ha visto obligada a hacer procesos de adaptación. Toda religión es originalmente “imagen del mundo” o, como dice Rawls, una comprehensive doctrine (una doctrina omniabarcante), y ello también en el sentido de que reclama autoridad para estructurar una forma de vida en conjunto. A esta pretensión de monopolio interpretativo o de configuración global de la existencia hubo de renunciar la religión al producirse la secularización del saber, y al imponerse la neutralidad religiosa inherente al poder estatal y la libertad generalizada de religión. Y con la diferenciación funcional de subsistemas sociales, la vida religiosa de la comunidad se separa también de su entorno social. El papel de miembro de esa comunidad religiosa se diferencia del papel de persona privada o de miembro de la sociedad, en el sentido de que ambos papeles dejan de solaparse ya exactamente. Y como el Estado liberal depende de una integración política de los ciudadanos que tiene que ir más allá de un mero modus vivendi (es decir, que tiene que contener un fuerte contenido normativo autónomo), esta diferenciación que se produce en el carácter de miembro de las distintas esferas sociales no puede agotarse y no puede reducirse a una adaptación del hecho religioso a las normas impuestas por la sociedad secular, en términos tales que el ethos religioso renunciase a toda clase de pretensión. Más bien, el orden jurídico universalista y la moral social igualitaria han de quedar conectados desde dentro al ethos de la comunidad religiosa de suerte que lo primero pueda también seguirse consistentemente de lo segundo. Para esta “inserción” John Rawls ha recurrido a la imagen de un módulo: este módulo de la justicia mundana, pese a que esté construido con ayuda de razones que son neutrales en lo tocante a cosmovisión, tiene que encajar en los contextos de fundamentación de la ortodoxia religiosa de que se trate. (9)

Esta expectativa normativa con la que el Estado liberal confronta a las comunidades religiosas concuerda con los propios intereses de éstas en el sentido de que con ello les queda abierta a éstas la posibilidad de, a través del espacio público-político ejercer su influencia sobre la sociedad en conjunto. Ciertamente, las cargas de la tolerancia, como demuestran las regulaciones más o menos liberales acerca del aborto, no están distribuidas simétricamente entre creyentes y no creyentes; pero tampoco para la conciencia secular el gozar de la libertad negativa que representa la libertad religiosa, tampoco, digo, para la conciencia secular ese goce se produce sin costes. Pues de esa conciencia se espera que se ejercite a sí misma en un trato autorreflexivo con los límites de la Ilustración. La comprensión de la tolerancia por parte de las sociedades pluralistas articuladas por una constitución liberal, no solamente exige de los creyentes que en el trato con los no creyentes y con los que creen de otra manera se hagan a la evidencia de que razonablemente habrán de contar con la persistencia indefinida de un disenso: sino que por el otro lado, en el marco de una cultura política liberal también se exige de los no creyentes que se hagan asimismo a esa evidencia en el trato con los creyentes. Y para un ciudadano religiosamente amusical esto significa la exigencia, la exigencia, digo, nada trivial, de determinar también autocríticamente la relación entre fe y saber desde la perspectiva del propio saber mundano. Pues la expectativa de una persistencia de la no-concordancia entre fe y saber sólo merece el predicado de “racional” (es decir, sólo merece llamarse una expectativa racional) si, también desde el punto de vista del saber secular, se admite para las convicciones religiosas un estatus epistémico que no quede calificado simplemente de irracional (por ese saber secular). Así pues, en el espacio público-político las cosmovisiones naturalistas que se deben a una elaboración especulativa de informaciones científicas y que son relevantes para la autocomprensión ética de los ciudadanos, (10) de ninguna manera gozan prima facie de ningún privilegio frente a las concepciones de tipo cosmovisional o religioso que están en competencia con ellas. La neutralidad cosmovisional del poder del Estado que garantiza iguales libertades éticas para cada ciudadano es incompatible con cualquier intento de generalizar políticamente una visión secularística del mundo. Y los ciudadanos secularizados, cuando se presentan y actúan en su papel de ciudadanos, ni pueden negar en principio a las cosmovisiones religiosas un potencial de verdad, ni tampoco pueden discutir a sus conciudadanos creyentes el derecho a hacer contribuciones en su lenguaje religioso a las discusiones públicas. Una cultura política liberal puede esperar incluso de los ciudadanos secularizados que arrimen el hombro a los esfuerzos de traducir del lenguaje religioso a un lenguaje públicamente accesible aquellas aportaciones (del lenguaje religioso) que puedan resultar relevantes. (11)

(Traducción de Manuel Jiménez Redondo)


(1) E.-W. Böckenförde, Die Entstehung des Staates als Vorgang der Säkularisation (1967), en: Idem, Recht, Staat, Freiheit, Frankfurt 1991, pp. 92 ss, aquí p. 112.
(2) J. Habermas, Die Einbeziehung des Anderen, Frankfurt 1996.
(3) J. Habermas, Facticidad y validez, traducción M. Jiménez Redondo, Madrid  1998.
(4) H. Brunkhorst, „Der lange Schatten  des Staatswillenspositivismus“, Leviathan 31, 2003, 362-381.
(5) Böckenförde (1991), p. 111.
(6) Cfr. Jurgen  Habermas, Identidades nacionales y postnacionales, traducción de Manuel Jiménez Redondo, Madrid 1989.
(7) P. Neuner, G. Wenz (Ed.), Theologen des 20. Jahrhunderts, Darmstadt 2002.
(8) K. Eder, “Europäische Säkularisierung – ein Sonderweg in die postsäkulare Gesellschaft?“, Berliner Journ. f. Soziologie, vol. 3, 2002, 331-343.
(9) J. Rawls, Political Liberalism, New York, 1993, 12 s., 145..
(10) Véase por ejemplo W. Singer, “Nadie puede ser de otra manera que como es. Nuestras conexiones cerebrales nos fijan. Deberíamos dejar de hablar de libertad”, FAZ de 8 de enero 2004, 33.
(11) J. Habermas, Glauben und Wissen , Frankfurt, 2001.

viernes, 27 de abril de 2012

Arte de estresarse


Esteban Hernández  /  Héctor G. Barnés: "Diez cosas que producen estrés y cómo superarlo", El Confidencial 27/04/2012:



El camino más sencillo para resolver un problema es pedir ayuda, no vivirlo solo. (Corbis)


En el trabajo, con la familia, con los amigos… El estrés es uno de los males que aparece con más frecuencia en nuestra cotidianeidad, y es algo de lo que nos damos cuenta tarde: sólo somos conscientes de que deberíamos parar cuando los nervios han hecho ya acto de presencia. Aquí tienes una guía práctica para ayudarte a recapacitar sobre aquellas situaciones que se podrían controlar sin esperar a que todo vaya demasiado rápido.

1. Hacerlo todo sin ayuda

A veces, el camino más sencillo para resolver un problema es pedir ayuda a un compañero, amigo o familiar. Nuestra incapacidad para delegar en otras personas puede provocar que terminemos siendo responsables de más tareas de las que verdaderamente podemos hacer.

2. Sentirse solo

A veces, el torbellino de la vida diaria nos engulle en su ojo sin que podamos compartir nuestras preocupaciones con nadie. Entre otras razones, porque ello horadaría nuestra imagen de seguridad y confianza. Confiar a un amigo nuestros problemas no nos hace débiles a sus ojos, sino humanos. Muchas veces intentamos evitar las conversaciones banales (en el ascensor de casa, en la cola del mercado), cuando pueden ser un buen método para sentir que podemos relacionarnos con la gente que nos rodea.

3. Llegar tarde

Solemos considerar que retrasarnos en alguna de nuestras citas significa que estamos racionalizando nuestro tiempo, pues siempre hay alguna buena razón para hacerlo, como una tarea pendiente. Sin embargo, no es así. Comportarnos de forma que sintamos que siempre vamos mal de tiempo produce el efecto contrario, mientras que llegar con un poco de antelación nos permite relajarnos, tomar aire y limpiar nuestra cabeza de preocupaciones durante unos instantes.

4. Enfadarse

No sólo tenemos que enfrentarnos con un amplio número de complicados retos al día, sino que para realizarlos tenemos que relacionarnos con personas que, en muchos casos, tienen sus propios problemas. La tensión entre lo que uno quiere y lo que los demás quieren suele desembocar en disputas que no hacen más que añadir estrés. Así que contar hasta diez y morderse la lengua un rato, aunque nos duela, puede no ser una mala idea.

5. Consumir café y alcohol

A veces, los motivos de nuestro estrés son meramente químicos. Componentes como la cafeína o el alcohol no ayudan en nada a nuestro nerviosismo, por mucho que los consumamos para favorecernos en nuestra vida diaria (mayor actividad, mejor comportamiento social).

6. No olvidar ni perdonar

Una de las cosas que más estrés crea, sin ninguna duda, es deber dinero a alguien. La razón es que nuestro subconsciente sigue teniéndolo presente, por mucho que no lo recordemos de forma explícita. Bastante habitual es que tales compromisos reaparezcan en nuestros sueños en forma de pesadilla, recordándonos que tenemos cuentas pendientes. Algo semejante ocurre con las rencillas con otras personas, que se acumulan en nuestro debe mientras no las solucionemos.

7. Las malas compañías

A menundo nos vinculamos a gente que no nos trata como nos gustaría, que no cumple con lo que demandamos a una relación (de amistad, de pareja, incluso familiar) o cuyos rasgos de carácter encajan mal con los nuestros y, sin embargo, no damos los pasos necesarios para alejarnos de ellos. Hemos de ser conscientes de que tener alrededor gente que nos hace sentir mal es una de las mayores causas de estrés. Deshazte de ellos sin dudarlo.

8. No desengrasar nunca

Te pasas la vida entre obligaciones, corriendo de un lugar a otro, tratando de  cumplir con las múltiples tareas en las que estás metido, una dinámica que te lleva directamente a sufrir algún tipo de enfermedad. En esos casos, tomarse un tiempo libre a veces no es posible, por lo que es conveniente que, cuando tengas un rato, lo dediques a cosas con las que realmente lo pasas bien. Date un gustazo de vez en cuando. 

9. No fijar bien los límites

Frente a los demás, pero también frente a tus obsesiones. A veces somos conscientes de conductas que nos perjudican y, sin embargo, nos dejamos vencer por ellas. En ambos casos, hay que ser firmes: haz saber a los otros hasta dónde pueden llegar y qué líneas no pueden traspasar y aplícate el cuento a ti mismo.

10. Tomarse las cosas muy en serio 

A menudo los problemas que vivimos como grandes dramas tienen mucha menos importancia de la que les otorgamos. Si vas a dejar rienda suelta a la emoción, que sea en cosas que de verdad lo merezcan. Evita malentendidos, rebaja tensiones, no des demasiada relevancia a las cosas y vivirás mucho mejor.

jueves, 26 de abril de 2012

Nueva máquina de arrodillar mujeres, por María Elena Arenas


Una colaboración de la profesora María Elena Arenas:

LA NUEVA MÁQUINA DE ARRODILLAR MUJERES

         No creo que se haya reparado suficientemente en las terribles consecuencias que tendrá para las mujeres el conjunto de leyes que el Partido Popular está aprobando a marchas forzadas: la nueva reforma laboral y las leyes afines, la modificación de la ley del aborto, así como la radical disminución del gasto en sanidad, educación y en todo lo relacionado con los cuidados (ley de dependencia, guarderías y residencias de mayores, centros de ayuda y formación de drogodependientes y discapacitados, casas de acogida para mujeres maltratadas), todo son piezas del engranaje de una nueva máquina cuya principal tarea será hacer que las mujeres volvamos a los lugares de los que, al parecer, nunca debimos salir: las inmigrantes volverán a sus países de origen y nosotras, las hasta ahora privilegiadas europeas (¿o solo las españolas?), retornaremos a “nuestras labores”, disminuidos drásticamente los derechos de todas.
Pero vayamos por partes. La reflexión que voy a desarrollar surgió al comentar la nueva obligación que, por ley, tenemos de dar de alta en la Seguridad Social a las mujeres que vienen a nuestra casa a limpiar o a cuidar a nuestros padres ancianos o a nuestros bebés. He de decir que, en un primer momento, lo que más me molestó de tal medida era la exigencia de que, de la noche a la mañana, se me convirtiera en "empresaria”, sujeta a las mismas responsabilidades y obligaciones que tiene cualquier empresario, pongamos el dueño de Zara o de Mercadona. La persona a la que le entrego las llaves de mi casa, con la que a menudo comparto problemas familiares cotidianos, y en quien deposito la confianza suficiente como para irme al trabajo y dejar en sus manos a mis hijos o a mis padres, esa persona, de pronto quedaba por ley transformada en “mi empleada”. Para mí esto no resulta fácilmente aceptable, y creo que tampoco lo es para otra muchas mujeres; de  hecho, estoy segura de que son cientos los casos que podrían citarse para demostrar que la relación que mantenemos con esa mujer que viene a ayudarnos a nuestra casa va más allá de la mera transacción comercial o dineraria. En la mayoría de las ocasiones, lo que predomina es la confianza y la lealtad: nos interesamos por su vida personal (cómo van sus hijos, si su marido tiene trabajo, si está enferma...) y no tenemos inconveniente en que ella conozca parte de la nuestra, a menudo transigimos con sus manías o aceptamos que nos reprenda por nuestro desorden o despiste... La clave está en que nos necesitamos mutuamente y el convenio va más allá del pago de un dinero: queremos que quiera a nuestro padre enfermo y que no se le pierdan nuestros hijos. Y lo mejor es que, en la mayoría de los casos, ella se encariña del viejo y tampoco quiere perder a los niños.
En fin, aunque no me gustaba mucho la idea, estaba dispuesta a cumplir la ley, qué remedio. Antes, sin embargo, decidí comentarlo con familiares y amigas y ver qué iba a hacer cada una. Fue entonces cuando, oh sorpresa, descubro que la mayor parte de estas futuras empresarias, muchas de las cuales solo tienen a una persona que les ayuda en casa tres horas a la semana, han decidido prescindir de sus servicios. Las razones son múltiples, pero algunas de ellas merecen ser analizadas cuidadosamente, en tanto que de ellas se derivan consecuencias especialmente graves para todos, pero especialmente para las mujeres.
         En primer lugar, están los motivos económicos. Estamos hablando de hogares en los que entra un sueldo lo suficientemente holgado como para permitirse este gasto (a una media de 9 euros la hora, tres horas a la semana son 108 euros al mes), pero no tan alto como para poder tener a esa persona dos o más días a la semana. Se trata, por tanto, de hogares en los que es probable que se piensen mucho si pueden hacer frente al suplemento económico que hay que pagar al Instituto de la Seguridad Social. Si miramos la tabla publicada por el Ministerio de Trabajo, por una persona que viene a casa tres horas, la cuota asciende a 20 euros al mes. Si a este importe le añadimos el salario que pagamos, el gasto ascendería a 128 euros al mes.
También existe, claro está, la opción de solicitar los servicios de una empresa dedicada a proporcionar empleadas del hogar, que es lo que el gobierno del PP está promocionando. En este caso, y si vivimos en Madrid, la hora sale al módico precio de 28 euros; en esta cantidad estaría incluido el sueldo de la empleada, la cuota a la Seguridad Social y el beneficio de la empresa gestora. Hablaríamos de 336 euros al mes, ¡por una persona que viene a casa 3 horas a la semana![1]
No sé, quizás los 128 euros al mes de la primera posibilidad no parecen una cantidad muy elevada, pero hemos de tener en cuenta las condiciones actuales de los salarios medios que estamos percibiendo: además de que están  congelados desde hace dos años (cuando no directamente disminuidos), las mujeres con contratos en la empresa privada reciben, hoy por hoy, un 22 % menos de salario que sus compañeros, aun realizando el mismo trabajo (19.502 euros menos, frente a los 25.001 euros de ellos).
         En segundo lugar, aunque parece un dato menor, hay que tener en cuenta las dificultades que para algunas personas encierran los trámites burocráticos y administrativos exigidos: desplazarse hasta las oficinas correspondientes del Instituto de la Seguridad Social más cercano, rellenar los formularios, hacer las fotocopias de los documentos pertinentes, dar los datos bancarios... La tramitación es larga y pesada, y hay que hacerla por la mañana, en horario laboral, pero ¿qué jefe va a dejarnos una mañana libre para resolver esto? Por otro lado, a menudo, tal gestión a menudo deben realizarla personas muy mayores, esos matrimonios jubilados o esas mujeres mayores y viudas a cuya casa va una mujer una vez a la semana a limpiar y a planchar. No es de extrañar que en estos casos de imposibilidad física o restricción horaria, y siempre que no se considere una verdadera necesidad, la decisión final pueda ser prescindir de los servicios de la empleada del hogar.
         En tercer lugar, y he aquí uno de los escollos administrativos más graves, muchas de las mujeres que nos ayudan en las tareas de limpieza o cuidan a nuestros padres son inmigrantes, de manera que, o tienen regularizada su situación legal en nuestro país o no podremos contar con ellas, pues no podremos darlas de alta en la Seguridad Social. Y resulta que esta es la situación más frecuente ¿Qué pasa entonces? Sencillamente, que hasta que el procedimiento de regularización se solucione, si es que se soluciona, hoy, ahora mismo, acaban de perder su trabajo, acaban de perder los pocos ingresos que tenían de las varias casas a las que iban a limpiar o cuidar ancianos. Quizás se olvida que, en la mayoría de estos hogares, es la mujer la única que trabaja, pues sus compañeros o hijos mayores están en paro como consecuencia del colapso del negocio de la construcción.
Vaya, vaya, ya empiezan a perfilarse los objetivos ocultos de las últimas leyes laborales promovidas por el Partido Popular, en cuyo punto de mira están claramente sentenciados dos colectivos concretos: las mujeres en general, y las mujeres inmigrantes, con sus familias, en particular.
          Si las trabajadoras inmigrantes pierden sus empleos, antes o después ellas y sus familias se marcharán del país por su propia voluntad. Ya está conseguido el segundo de los objetivos. Menos inmigrantes, menos personas en las listas del paro, menos niños diferentes en los colegios compartiendo recursos con los nuestros...
El primer objetivo es mucho más sutil pero no por ello menos grave: es un ataque frontal y en toda regla contra la libertad, la igualdad y los derechos de las mujeres. Pongamos una detrás de otra las nuevas condiciones vitales a que nos veremos enfrentadas las mujeres que todavía tenemos un trabajo remunerado fuera de casa y que hasta ahora pagábamos a otra mujer por realizar parte del otro trabajo que tenemos, el del hogar (dado que, a pesar de los avances en la implicación de nuestras parejas, todavía somos nosotras las que dedicamos más tiempo al cuidado de la casa y de los hijos):
Aumento de la jornada laboral: Como sabemos, la nueva legislación laboral permite que el empresario determine el número de horas de trabajo que debe realizar cada empleado, así como el lugar de desempeño. Esto significa que el trabajador debe aceptar las condiciones de flexibilidad que el empresario establezca en función de las necesidades de la empresa. Como bien podemos imaginar, esta prerrogativa se traducirá en un claro aumento de la jornada laboral[2]. En este sentido, hay un punto concreto que afecta especialmente a la jornada de las mujeres: la nueva ley permite que los empresarios puedan pedir a los trabajadores con contratos a tiempo parcial que realicen horas extras, pero es que resulta que el 97’3 de los mismos están ocupados por mujeres con hijos a su cargo menores de 14 años. Vaya, vaya, el contrato que servía para facilitar la famosa conciliación familiar tiene truco... Por lo demás, y como sabemos, en el caso de las trabajadoras de la función pública, la jornada laboral ya se ha aumentado dos horas y media, de manera que actualmente asciende a 37 horas y media cinco días a la semana.
Bien, pues si a esta jornada laboral ampliada dos horas y media, por ejemplo, añadimos el tiempo que ahora debemos invertir en realizar los trabajos caseros que antes hacía esa mujer a la que pagábamos (pongamos 3 horas para limpiar y a veces planchar, principalmente), y que ya no viene a casa por las razones arriba expuestas, el resultado es un aumento de nuestra jornada laboral semanal en, al menos, cinco horas y media más. Pues sí: es como si, a partir de ahora, sin quererlo ni beberlo, trabajáramos un día más, como si el sábado también fuéramos a trabajar, puesto que lo dedicaremos seguramente a ordenar y limpiar nuestra casa.
Aumento del trabajo no remunerado: Pero claro, ese trabajo que vamos a empezar a hacer en nuestras casas (o en casa de nuestros padres o suegros, no se olvide) no nos lo pagamos a nosotras mismas: sencillamente lo hacemos gratis. En este sentido, conviene recordar que las mujeres ya dedicamos, al día, una media de 4 horas y 29 minutos al cuidado del hogar y de la familia (mientras que los hombres dedican, de media, 2 horas y 32 minutos), horario al que ahora debemos añadir esas tres horas que nos aliviaba esa otra mujer a la que pagábamos.
Pero la maquinaria de arrodillar mujeres no se queda aquí: día a día el Estado está recortando, y mucho, los presupuestos dedicados a esa hermosa parcela de las relaciones humanas que podemos llamar de los cuidados. Si en España estos gastos ya eran muy reducidos (frente a países como Suecia, Noruega, Finlandia[3]), la actual merma de recursos públicos aumenta peligrosamente las carencias acumuladas: menos guarderías, y las que se crean, privadas (la iniciativa que iba a convertir en obligatoria la educación de 0 a 3 años se ha aparcado y con ella, se ha olvidado la responsabilidad del Estado para garantizar ese derecho); menos residencias para los mayores, y las que se crean, privadas; menos ayudas para las personas con discapacidades o de movilidad limitada, menos ayudas para la rehabilitación en drogodependencias, etc., etc. Así que, ¿sobre quién se espera que recaiga la tarea de cuidar a los bebés, a los niños en edad no escolar, a los ancianos (cada vez más numerosos), a los hijos de cualquier edad con problemas? No hace falta que recuerde que han sido las mujeres las que tradicionalmente han dedicado todo su tiempo a estos menesteres, por amor, claro, por responsabilidad, también, pero fundamentalmente porque nadie ha asumido esa tarea o les ha echado nunca una mano para aliviársela. Y, no lo olvidemos, es una tarea por la que no se paga. Es gratis.
Expulsión del mundo del trabajo remunerado. Es el tercer pilar de la máquina de arrodillar mujeres: la reforma laboral ya ha expulsado del mercado de trabajo a las mujeres jóvenes en edad de procrear. Si no tenían empleo, ya no lo van a conseguir (la tasa de paro juvenil ronda el 45%); en el caso de que tengan la suerte de encontrar uno, se les pagará miserablemente (ya lo dije más arriba, un 22 % menos que a sus novios, maridos, hermanos o amigos que trabajen en la empresa privada); pero, además, si durante el desempeño de tal trabajo se quedan embarazadas, serán despedidas al dar a luz, puesto que la nueva reforma laboral ha eliminado el incentivo (en dinero o exenciones fiscales) que tenían los empresarios que volvieran a contratar a sus empleadas después del permiso maternal. No puedo sino recordar las palabras de  Santiago Alba Rico que subrayaba que “solo en el capitalismo la maternidad ha empezado a ser perseguida como un obstáculo y reprimida como una vergüenza en el marco de una economía idealmente soltera, de puros intercambios individuales” (Leer con niños, 2007, p. 110). Y más adelante señalaba: “la mayor parte de los europeos declara querer tener un hijo más, pero acepta con resignación la intervención contraceptiva de las empresas y los bancos: el paro, los contratos basura y el precio de la vivienda” (ibidem, p. 190). He aquí los tres grandes anticonceptivos que garantizan que renunciaremos a tener hijos y, por tanto, a la posibilidad de ser felices con ellos. 



María Elena Arenas Cruz
Marzo de 2012 




[1] ¿A nadie se le ha ocurrido que, más allá o por encima de las siempre alabadas iniciativas empresariales que buscan maximizar los beneficios, está esa otra forma de organización de trabajo y recursos que se llama cooperativismo? Otro gallo les cantara a las empleadas del hogar si se asociaran en cooperativas.
[2] Por más que en la Carta social europea, revisada en 1996, se establezca el “Derecho a unas condiciones de trabajo equitativas”, para cuyo “ejercicio efectivo”, “las Partes se comprometen”,“a  fijar una razonable  duración diaria y semanal de  las  horas  de  trabajo,  reduciendo progresivamente  la  semana  laboral  en  la medida  en  que  lo  permitan  el  aumento  de  la productividad y otros factores pertinentes”. De manera que, según establece y exige la Carta Social Europea (revisada), los representantes políticos de los países firmantes no deberían tomar medidas (puesto que se lo han vetado a sí mismos) encaminadas a vincular los sueldos a la productividad. Sin embargo, esta es, como se sabe, la propuesta sugerida por la canciller alemana Ángela Merkel, que, aplaudida por los grandes empresarios y banqueros europeos y españoles, parece la única ruta a seguir para, dicen, generar empleo.

[3] El profesor Vicenç Navarro suele recordar a menudo que mientras que en Suecia se emplea el 25% del PIB en contratos laborales relacionados con el estado del bienestar (enseñanza, sanidad, discapacidades, cuidados en general), en España se ha dedicado, en loa años de mayor bonanza, solo el 9% del PIB. 

domingo, 22 de abril de 2012

Recital el jueves de poetas profes del Instituto



Vamos a concelebrar un recital, velada o sarao en homenaje a Machado, don Antonio, los poetiprofes del instituto. Será el día del medio, el jueves, en el antiguo casino, creo que a las ocho. Estáis invitados los descaminados, enfermos y peregrinos y los que permanezcan en la higuera; leeremos poemas del sevillano y de los propios.

De la nada a la nada

Empiezo este post sin ningún propósito preconcebido, como las más de las veces: no sé qué me va a salir, qué nube me va a llover ni qué viento la va a empujar, ni siquiera qué agua voy a sacar del pozo de mi conciencia. Esa incapacidad para escucharme a mí mismo es la responsable de que escriba tanto y de que preste una atención tan esponjosa a la realidad. Eco dice que escribir narrativa equivale a ordenar la experiencia; pues si es así, ya tengo causa para andar todo el día atado al ordenador y con el renglón he liado un nudo gordiano de los de verdad. Lo que veo al mirarme a mí no es precisamente quién soy, sino un reflejo del mundo en mi opacidad de espejo trampantojo, apenas deformado por los relieves de lo oculto que soy yo mismo. Y esos bultos me dan miedo. En una ocasión puse que "escribo para ver si es verdad". Me aliena lo que escribo porque me desconozco y me desentiendo con mucha pasión. Y la ignorancia es uno de los instrumentos fundamentales para saber algo. Y desconocerse maravilla que no veas: capta toda la sorpresa y toda la maravilla del mundo, de la gente, de lo otro donde muchos no la ven, con la mirada inocente y limpia, aunque uno vaya deshilando de sí mismo, a través del renglón o el encaje de bolillos del verso, con sus puntadas de rima, que no es nada o apenas un sufrimiento. Por eso me gusta tanto escribir de los demás y me desespera tanto encontrarme siempre tanto a mí mismo en ese destello lángido, en esa sombra, en esa línea sinuosa o quebrada.

viernes, 20 de abril de 2012

Munición para negarse

No; nanay; nones; naranjas de la China; nunca; nada; jamás; quiá; ca; y un carajo; de ningún modo, manera y forma; en absoluto; excúseme; en otro momento; tal vez otro día o mañana; más tarde veremos; ya se verá; no hay que generalizar; no siempre hay que hacerlo así; sí pero no; por supuesto que no; nada de eso; imposible; no puede ser; tampoco; jamás en la vida; menos aún; es menos; por Dios que no; vive Dios que no; voto a Dios que no, juro que no; no ha lugar; desestímese; su solicitud queda archivada; lo siento; lo lamento; que pena, no puedo; cierto que no; ni siquiera; en la vida; en mi vida; ni la menor idea; ni puta idea; ya me gustaría; en forma alguna; se me da un ardite, perra gorda, minucia, futesa, nimiedad, nonada, fruslería, insignificancia, nadería, menudencia o bagatela, pequeñez, tontería, niñería, trivialidad, ápice, pito, comino, higo, bledo, piniento, ardite, bobada, pico;  y un pepino; y un jamón; ni una miga, ni migaja, ni pizca, ni pico, partícula, fragmento, brizna, chispa, pellizco, punto, gota, bledo, mota, esquirla, resto, residuo, remanente; ni las sobras, ni rastro, es impropio, desafortunadamente no, qué va, para nada, no me interesa, no hay qué dar, Dios le provea, cierto que no tengo, yo me holgara,  no hay un cuarto, qué más quisiera, ya me gustaría a mí, para qué, no voy a decir que sí; no, no y no; que no; requeteno; requeteque no; me niego; me niego rotundamente; me niego en redondo; me niego en redondo y en cuadrado; me niego en redondo, en cuadrado y además rotundamente; no niego que digo que no, es más, lo afirmo; no (me) jodas; no (me) jorobes; no me digas; no sé; no sé qué decir; me es imposible, no me es factible, no puedo hacerlo, no tengo los medios, no he podido, puedo ni podría; jamás en la vida; da igual lo que digas: no; qué más da; renuncio; rehúso; lo dejo; abandono, me piro, me niego, lo ignoro, ya veré, "veremos" dijo un ciego, ya se verá, quién sabe, reniego, ya responderé, lo analizaré y estudiaré y ya veremos, debo darte largas, es inevitable, lo prohíbo, por cierto que no, no, por cierto, ya se contestará oportunamente, negativo, va ser que no, pides demasiado, es demasiado pedir, no hay modo, manera ni forma, no lo afirmo, no lo afirmo ni lo niego, claro que no,  Gracias por el detalle, pero me veo comprometido a decir que no: y le daré mis razones. Sin duda empezaría con agradecerle el halago de haberme tomado en cuenta para ser parte de una relación que desafortunadamente no llegaría a prosperar por contar sólo con el interés de una de las partes, aunque consideraría oportuno invitarle a cenar para aclarar este extremo y dejar bien claro mi verdadero interés hacia usted como una amistad dejando sentado que mi negación es caballerosa y fiel a una dama tan linda como usted, de forma que mi sinceridad se mantenga a salvo de cualquier mala interpretación. No dudo... pero, Es cierto... sin embargo; Le he escuchado con mucho interés, porque me han dicho que usted es una persona seria... pero debo contestar que no, y le daré mis razones. No me voy a dejar llevar. No me parece serio, es arbitrario, no no veo claro, no podría comprometerme a fondo, no tengo tiempo, me falta tiempo. necesito tiempo, creo que será mejor que busques a otra persona, tengo un compromiso anterior, otro lo podrá hacer mejor, por ahí hay muchos que sin duda lo harán mejor que yo, no quiero saber nada, lo siento, pero he aprendido con el tiempo y por las malas que no debo..., no quiero perder el interés de una persona tan maja como tú, que me ha dispensando un aprecio que no merezco, pero... yo te quiero mucho, pero como amigo, y... no quiero ser grosera, cruel ni fría, no herir tus sentimientos, ni pisotear tu corazón... no te rebotes, es que no puedo, no sé hacer las cosas sin querer, no sé si seré sensato, sólo sé que me cuesta un rato hacer las cosas sin querer, no tengo ganas, tengo otras prioridades, ahora tengo que marcharme, me han llamado hace un momento; ay, que pena, precisamente ese día tengo...; no quiero seguir por obligación lo que ya no puedo seguir por amor; necesito tiempo para no hacer nada; pienso en ti como en mi hermano, hay una ligera diferencia de edades, no me atraes de esa manera, mi vida ya es demasiado complicada, tengo novio, no salgo con gente del trabajo, no es culpa tuya, es mía, quiero concentrarme en mis estudios, carrera o lo que sea, tengo que cuidar de mi padre enfermo, soy célibe, me veo impotente, seamos amigos, lo siento, en serio, pero no puedo, voy a pensarlo, prefiero estar solo, no me evado, no lo dejo para otro día, no finjo ni disimulo, no me explico ni doy razones: es que no quiero, y santas Pascuas; vas muy deprisa; eso hay que considerarlo más despacio; ¿por qué crees que debería decir que sí?, no tengo motivos, tengo clase de budismo, tengo clase de kárate, he quedado con fulano, mengano y zutano; si te digo que sí perengano se va a enfadar; no quiero estar a malas con fulano; ya me las tuve tiesas con ese, no puedo; tengo que recoger a mi mujer, tengo el estómago revuelto, a esa hora tengo médico, hacienda me reclama, debo rezar el rosario en la Adoración Nocturna, no te quiero dar falsas esperanzas, estoy cansado, me muero de cansancio, no estoy motivado, me duele la cabeza, estoy molido, ayer no dormí y hoy no tengo cuerpo, qué se le va a hacer: no puedo, ahora divirtámonos y luego lo vemos más despacio ¿vale?, no está la señora, ha salido, no tengo cambio, no tengo suelto, búscame mañana, vuelva usted mañana, ¿y si me equivoco?, nunca me toca la lotería, eso es un engañabobos, no es práctico, voy corto este mes, hacienda me ha sacudido con la porra, tú no tienes una hipoteca como la mía, si sigo así voy a tener que pedir a Cáritas, estoy limpio como una patena, ni en sueños, no me vaciles, te aseguro que no, no lo resistiría, eso no hay cuerpo que lo aguante, qué va.


Sin duda, tantas letras tiene un sí como un no.

Hola, Don Pepito

Don Pepito Bonito, el empresario que sudaba un montón la camisa y ha recorrido todos los caminos, veredas y vericuetos de la región manchega hasta perderse en algún ignoto y transilvano paraje de los Montes de Toledo, el gran repartidor de migas para amigotes, ha hecho saber, en Vanity Fair, que cobrará algo más de ochocientos mil euros por sus memorias, cuya primera entrega se publicará a partir de octubre.


Uno, muy lector de autobiografías, seguirá el evento acuciado por lo que le toca de manchego; quizá no haya mentiras, o tantas que no merezca leerse, o mentiras tan parecidas a la verdad que, para el caso, dé lo mismo, que es lo que los sutiles suelen hacer (Bono lo es). Dejará, espero, cabos sueltos para encontrar lo que uno busca entre las pardas sementeras de los renglones, incluso un aeropuerto abandonado, o no valdría la pena comprar el tocho, que, por lo que pregona, tendrá un precio muy poco social y quizá ni siquiera socialista. 

El coste de la vida y el de los medicamentos

Me importa un pepino que suba el importe de las medicinas siempre que lo puedan pagar hasta los más menesterosos. Pero no deberían subir el coste de los antidepresivos: los vamos a consumir a porrillo. ¿O no?

jueves, 19 de abril de 2012

Libertad, fraternidad, rentabilidad


La 'egalité' suspende en la escuela. Miguel Mora, El País, París 17 ABR 2012


Padres y profesores han vivido el mandato de Sarkozy entre la ira y la depresión por los ataques a la educación pública para alejarla de la "herencia del 68"

La noticia es del lunes: “El ministerio de Educación Nacional muestra su inquietud por el nivel de ortografía de los alumnos franceses”. Para entenderla bien, es preciso remontarse seis años atrás. En un mitin, el entonces candidato Nicolas Sarkozy trata de hacer un chiste y califica de “sádico o idiota” al tipo que decidió incluir en las oposiciones públicas preguntas sobre La Princesa de Cléves, novela mítica de madame de Lafayette publicada en 1678. La broma, considerada por unos como una metáfora de la vocación de ruptura del líder conservador, y por otros como la prueba de su desprecio por la culture, fue un asunto de Estado durante semanas. Unos meses después, más de la mitad de los franceses eligieron como presidente al “hombre que asesinó a la princesa”.


Cinco años más tarde, hoy, casi todos los especialistas e indicadores señalan que la Educación Nacional, vieja joya republicana planeada por el Consejo Nacional de la Resistencia como garante de la egalité, y factoría de citoyens cultos y comprometidos, está en una situación precaria y alarmante. Las reformas, retoques y recortes han sido constantes durante un quinquenio que se anunció agitado desde que, en septiembre de 2006, Sarkozy declaró en una universidad de verano de Marsella que había llegado la “hora de terminar con la herencia de Mayo del 68 en la escuela pública”, ya que, según explicó, “esa generación ha instalado en la política, la educación y la sociedad una inversión de los valores y un pensamiento único del que los jóvenes son hoy las víctimas”.


Para acabar con esa “ideología que dice a los jóvenes que tienen todos los derechos y todo se les debe”, Sarkozy ha utilizado diversas recetas, unas viejas y otras más modernas. Según Maurice Cukierman, profesor de Historia en el Liceo Descartes de Antony, al sur de París, que es además representante de la federación sindical del departamento del Alto Sena, “Sarkozy empezó haciendo una política continuista, pero poco a poco ha ido imponiendo reformas que llevábamos décadas logrando frenar. Por ejemplo, ha adoptado nuevos criterios de evaluación para los profesores, incorporado nuevas herramientas y programas con contenidos más livianos, extendido un uso masivo de la tecnología que no conduce a controlarla realmente, y limitado la libertad pedagógica y la formación del profesorado. Todas han sido nefastas para la calidad de la enseñanza”.


Los padres de alumnos acaban de convocar una huelga de deberes


Además de eso, Sarkozy ha metido sin miedo la tijera. Aplicando la regla, muy recomendada por la OCDE y la UE, de sustituir a solo uno de cada dos funcionarios jubilados, ha cercenado unos 80.000 puestos de profesores netos. Según la web del ministerio, en el curso 2010-2011 había todavía 859.254 educadores en activo. “Una barbaridad”, según Sarkozy. Pero, según la OCDE, Francia figura hoy en la cola de los países ricos en el índice de profesores por alumno, con 6,1 profesores por cada 100 discípulos; y la cosa es peor si se mira solo a la primaria y las universidades (objeto de una gran reforma financiera): cinco por cada 100.


Algunos acusan a Sarkozy de haber intentado asesinar a la enseñanza pública como hizo con la princesa para castigar a un profesorado demasiado de izquierdas y favorecer de paso el floreciente negocio de la educación privada. Otros celebran su valor al tratar de meter en vereda a un colectivo muy sindicalizado, y su acierto al descentralizar grandes partidas de gasto educativo hacia las regiones y ayuntamientos. Las consecuencias de esta cesión es el núcleo de un reciente informe del Tribunal de Cuentas, adelantado por Le Monde. Afirma que la educación nacional ha dejado de ser nacional porque el ministerio —que, según los magistrados, se niega a facilitar los datos—, invierte mucho más en las escuelas de París que en las de provincias y los suburbios, es decir donde más se necesita.


Hollande promete crear 60.000 nuevos empleos en las escuelas públicas


En 2010, el Estado gastó un 47% más en formar a un alumno del centro de París que a uno de las banlieues. Y un 51% más en enseñar a un parisiense que a uno de Niza. La conclusión es que el clasismo es la nueva solución estatal a la supuesta falta de fondos, y que “la egalité ha dejado de ser el principio que rige la escuela republicana”. La situación se parece a las que se viven en España, Italia o Chile, aunque el elemento católico pese menos en Francia.


La corriente global de atacar desde arriba a la escuela pública, una de las bases del ideario neoliberal, tiene aquí sello propio, explica el presidente de la Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos, Jean Jacques Hazan: “Somos la segunda potencia de la zona euro y la quinta del mundo y hemos reducido el gasto educativo en 15 años en un punto del PIB. Mientras en los países ricos la inversión aumentaba un 30%, nosotros la subimos un 5%, así que hemos perdido poder adquisitivo. Además de perder más del 10% del profesorado, se han reducido 150.000 plazas de parvularios y se ha favorecido todo lo posible al sistema privado”.


En todo caso, sigue habiendo diferencias: el gasto en educación de Francia alcanzó en 2010 el 5,5% del PIB, frente al 4,6% que le costó a España, según Eurostat. Eso no impide que el ambiente en los colegios sea tenso o peor que eso. Los padres de alumnos acaban de convocar una huelga de deberes para los alumnos de primaria, y su balance del mandato de Sarkozy es inmisericorde: “Ha sido catastrófico para la educación, seguramente el peor de la historia. Ha aplicado a la enseñanza su lema “trabajar más para ganar más”, una filosofía antipedagógica. Hoy basta un título de Física para dar clase de Física sin tener la más mínima noción de pedagogía o psicología. Tenemos profesores con master incapaces de trasmitir conocimientos”.


A lomos de la depresión y la ira, la enseñanza se ha convertido en un tema candente de la campaña. Especialmente porque el sector es uno de los viveros de votos más seguros para el socialista François Hollande, que ha prometido acabar con los recortes, consensuar las reformas y habilitar 60.000 nuevos puestos de trabajo en las escuelas. Quizá Sarkozy ha ganado su batalla en un terreno. Los profesores parecen hartos de ser profesores. A Maurice Cukierman, que da clase de Historia cerca de París, le toca jubilarse en julio, y está feliz: “Amo este trabajo, pero la degradación es tan grande que ha dejado de gustarme; ya no servimos para crear ciudadanos libres y responsables. La ola reaccionaria ha llegado y solo creamos gente sumisa que será mano de obra barata en el futuro”.

domingo, 15 de abril de 2012

Los hippies que querían cambiar el mundo

Californianos y parisinos de los setenta no querían cambiar la sociedad, sino el mundo; deseaban un mundo nuevo, con nuevos valores. Recapitulando en los ochenta concluyeron tristemente que no lo consiguieron, aunque sí parar una guerra, hacer más difíciles las demás y lograr más derechos civiles. 


Yo creo que sí crearon un nuevo mundo, aunque no lo reconocemos al verlo. Ese nuevo mundo es Internet. Esa es una de las consecuencias que se pueden sacar de la Biografía de Steve Jobs por Walter Isaacson. No es poco para una generación, sobre todo si la comparamos con la de aquí, una generación tapón/pelotazo que quería una España no europea, sino parecida a Europa, como escribió F. G. de Cortázar. Muchos quieren seguir prolongando todo ese interesado parecer, que salvaguarda una ética del miedo apropiada para una dictadura, pero no para una democracia. Por fortuna todavía estamos a tiempo para impedir la quinta guerra carlista.