domingo, 5 de abril de 2015

La fiesta del cacique

Rajoy se ha encerrado en la cabina y ha hecho picar al partido hacia abajo, Cospedal no puede escapar del museo de los Warren, Esperanza está acicalándose en el taxidermista y el alcalde de Almagro, el malhadado Maldonado, suelta tantas chispas que va a incendiar todo el corral. ¿Qué fantasma recorre al PP?

No sé, pero es divertido. Lo que no es estético es que, en la procesión de la Virgen de la Soledad, la alcaldesa marche justo detrás de la Virgen. Son muy malas compañías. A la Virgen le sienta bien el incienso, el oboe triste, la solemnidad; a Rosa, el pestuzo, el pitorreo, el tomatazo limpio. Eso es confundir la procesión de la Soledad con Walking dead o Black sails.

Habrá que ver la que se arma en las elecciones generales. Entonces sí que nos vamos a descojonar.

sábado, 4 de abril de 2015

La desigualdad asesina la democracia

Dos artículos del economista Antón Costas sobre el problema de nuestro tiempo, la desigualdad:

I

Antón Costas, "La desigualdad asesina la democracia", en El País,  2-XI-2014:

La desigualdad económica se ha convertido en la enfermedad social de nuestro tiempo. Las diferencias en la distribución de la renta y de la riqueza dentro de nuestros países alcanzan niveles similares a los del periodo de entreguerras del siglo pasado. Estamos viviendo una segunda Gilded Age, una nueva época dorada en la que creación de riqueza y desigualdad van de la mano.

Esta enfermedad ha sido documentada de forma abrumadora, contundente y brillante por el joven economista francés Thomas Piketty en su reciente y exitoso libro El capital en el siglo XXII, un verdadero best-seller con más de 200.000 ejemplares vendidos de la edición francesa e inglesa.

Aunque el retorno de la desigualdad es común a todas las economías, la investigación de Piketty permite identificar diferencias significativas entre ellas. Por un lado, los anglosajones, con EE UU a la cabeza. Por otro, los países nórdicos y centroeuropeos en los que la desigualdad ha aumentado, pero de forma más moderada. En tercer lugar, los países del sur, como España, donde sin llegar a los niveles de los primeros es muy superior a los segundos. Todas son economías capitalistas, pero con diferencias tan significativas que permiten hablar de distintos sistemas capitalistas dentro del capitalismo.

Por otro lado, esta nueva Gilded Age no distingue entre sistemas políticos. Lo sorprendente a mi juicio, por lo que ahora diré, es que las democracias occidentales no se salvan de esta enfermedad.

¿Nos debe preocupar la desigualdad? Quizá la señal más reveladora de su gravedad es ver cómo instituciones nada sospechosas de arrebatos anti sistema como el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, Financial Times, The Economist, Mckinsey, Morgan Stanley, Standard & Poor's o Credit Suisse están alzando su voz para advertir a los gobiernos de las consecuencias de la desigualdad. Cuando, por así decirlo, los “intelectuales orgánicos” del capitalismo manifiestan este dramatismo es que algo va mal en el sistema.

En contraste con esta preocupación, la desigualdad no está en las agendas de los gobiernos. O no les preocupa o por alguna razón temen hablar de ella.

Las diferencias en la distribución de la renta está en el nivel del periodo de entreguerras del siglo XX
En todo caso, ¿por qué la democracia no frena el crecimiento de la desigualdad?

En principio, la democracia es el sistema político mejor dotado para que los ciudadanos puedan obligar a los gobiernos a tener en cuenta el interés general. La razón es que en democracia cada persona tiene un voto. Hay igualdad política. Y como los perjudicados por la desigualdad son mucho más numerosos que los que se benefician de ella, se podría pensar que sumarán sus votos para castigar a los gobiernos cuyas políticas incrementen la desigualdad.

Pero no es así. Al contrario, hay evidencia en estos años de que los gobiernos no sufren castigo electoral por este motivo. ¿Cómo explicar esta paradoja? Podemos plantear tres hipótesis.

Primera: porque la desigualdad económica produce desigualdad política. La desigualdad de renta y riqueza descapitaliza políticamente a los pobres. Hace que sus votos pierdan influencia. Si medimos la igualdad política en términos de capacidad de acceso al poder, vemos que los políticos son más sensibles a las preferencias de los ricos que a las de los pobres.

Segunda: los pobres, y en particular los excluidos, tienen poca propensión a votar, o no votan. Se autoexcluyen políticamente.

Tercera: las élites consiguen desviar la atención sobre la desigualdad. A lo largo de la historia vemos que cuando la desigualdad se agudiza, el discurso político introduce preocupaciones como el nacionalismo, el miedo a los inmigrantes o cuestiones religiosas de gran carga emocional para los pobres. La política populista sustituye a la política democrática.

Como vemos, la desigualdad asesina la democracia. Debilita la influencia de los votos de los que tienen pocos recursos económicos y reduce la igualdad política.

Llegados a este punto, ¿cómo reducir la desigualdad?

Podríamos pensar que los impulsos acabarán viniendo desde arriba. Las preocupaciones de las instituciones a las que hecho referencia acabarán surtiendo efecto. Surgirá un egoísmo inteligente, o un sentimiento compasivo de los ricos que favorecerá la reducción de la desigualdad. Es bonito, pero es improbable. Como dijo en los años de la primera Gilded Age el novelista norteamericano Scott Fitzgerald, autor de Las uvas de la ira, “los muy ricos son diferentes a usted y a mí”.

Una alternativa más plausible es fortalecer la democracia. Pero, ¿cómo?

Volvamos la vista atrás. ¿Cómo se logró en los años de postguerra acabar con la Gilded Age? Fortaleciendo la igualdad política. Mecanismos como el sufragio universal, instituciones sociales de control, salarios mínimos, liberalización de mercados cartelizados, nuevas oportunidades para los de abajo crearon un nuevo contrato social que dio lugar a tres décadas de relativa igualdad. Los mejores años de nuestras vidas. El miedo a repetir los errores de la Gran Depresión y la II Guerra Mundial actuó como un facilitador de ese New Deal. La colaboración de conservadores y socialdemócratas le dio soporte político y estabilidad.

¿Puede ahora el miedo a las consecuencias de la desigualdad económica ser un acicate para un nuevo contrato social y político que fortalezca la democracia y reduzca la desigualdad? Esperemos que así sea.

Antón Costas es catedrático de Economía en la Universidad de Barcelona.

II

Antón Costas, "El fatalismo de la desigualdad inevitable. Las preferencias del conjunto de la sociedad deben pesar más que las de los muy ricos", en El País, 29-III-2015:

La desigualdad económica es posiblemente el fenómeno más perturbador al que se enfrentan en este inicio del siglo XXI los sistemas políticos democráticos de nuestros países, así como también el propio sistema de economía de mercado, el capitalismo.

La razón es que la desigualdad es un poderoso disolvente del pegamento que una sociedad pluralista y una economía de mercado necesitan para poder funcionar de forma eficaz. La materia de ese pegamento invisible es la confianza social. Esa confianza es la que facilita la cooperación tanto en el seno de la sociedad como en el de las empresas. En la medida en que disminuye la confianza, la desigualdad impide la cooperación y la existencia de un proyecto de futuro compartido.

En este sentido, quienes se deberían preocupar más por la desigualdad son los partidarios de la libre empresa. Tienen que recordar que el núcleo moral que legitima el sistema de economía de mercado no es la rentabilidad ni la eficiencia, sino las oportunidades de progreso social que es capaz de ofrecer, especialmente a aquellos que más las necesitan.

Para aquellos para los que este argumento moral no sea suficiente, hay que recordar que la desigualdad también perturba el crecimiento económico. La investigación académica y de instituciones como el FMI o la OCDE de los últimos años es concluyente: la desigualdad daña el crecimiento y hace al capitalismo más volátil, más maniaco depresivo de lo que ya lo es por naturaleza.

¿Cómo explicar este desinterés del sistema político tradicional por la desigualdad?

Existen dos posibles explicaciones, no excluyentes entre sí.

La primera es que, conscientes o no, las políticas de los Gobiernos están respondiendo más a las preferencias de los muy ricos que a las del resto de la sociedad. A medida que la desigualdad ha ido aumentando a lo largo de las tres últimas décadas, la capacidad de influencia política de los muy ricos ha ido aumentando. Un ejemplo paradigmático es la agenda fiscal mínima que, desde EE UU, se ha ido imponiendo en todos los países desarrollados. Pero hay otros muchos ejemplos.

Es un hecho que los ricos son más influyentes a la hora de introducir sus intereses y preferencias en la agenda política. Lo que no está claro es cómo lo consiguen. La vía parece ser la desigualdad en la representación política. De la misma forma que los economistas calculan el índice de Gini para medir la desigualdad económica, algunos politólogos han buscado calcular un índice de Gini de la desigualdad de representación política. Los resultados son muy ilustrativos. Cuanto menos representativas son las cámaras altas de un país, mayor es la desigualdad.

La segunda explicación es que los Gobiernos han aceptado sin más la idea de que la desigualdad es una consecuencia inevitable del juego de las fuerzas del mercado frente a la que no se puede luchar. Esta creencia está muy extendida, especialmente entre los economistas y las élites. Por un lado, las nuevas tecnologías y la robótica inteligente producirían una inevitable desigualdad de ingresos entre los más y menos capacitados en el dominio de estas tecnologías. Por otro, la globalización, en la medida en que pone a competir a los trabajadores de distintos países, reduciría de forma inevitable los ingresos de los trabajadores de países con salarios altos. Las fuerzas del mercado actuando como la fuerza del destino en la tragedia griega clásica.

Este fatalismo de la desigualdad inevitable no tiene fundamento. Los Gobiernos pueden influir en las pautas que siguen el progreso técnico y la globalización. Esas fuerzas ya operaron en el pasado y, con la ayuda de políticas e instituciones sociales y regulatorias adecuadas, fueron fuentes de progreso social y de aumento de oportunidades para todos. Las fuerzas del mercado se comportan como un caballo de carreras, que dejado a su libre albedrío puede ir hacia cualquier lugar, pero embridado puede llevarnos a la meta que deseemos.

Las causas fundamentales del crecimiento de la desigualdad no están en las fuerzas del mercado, sino en los cambios políticos que tuvieron lugar a partir de finales de los años setenta. Esos cambios no eran inevitables. Y son reversibles.

De hecho, la fotografía de la evolución de la desigualdad en los países desarrollados ofrece caras muy diferentes. Allí donde las políticas operaron en la dirección adecuada, esas fuerzas del mercado no han producido mayor desigualdad. Al contrario, se ha logrado reducirla. Por desgracia, ese no es el caso de España, que se ha puesto a la cabeza de la desigualdad en la UE.

No hay ningún fatalismo en las fuerzas del mercado. El crecimiento de la desigualdad no es una tendencia inevitable.

Pero que no sea inevitable no significa que vaya a ser fácil revertirla. Se necesitarán políticas y acciones de muy diferente tipo. Probablemente lo más importante es lograr que las preferencias del conjunto de la sociedad pesen más que las de los muy ricos en las prioridades de las políticas públicas. Para ello, la representación política en nuestras instituciones tiene que reflejar mejor las preferencias de las clases medias y trabajadoras.

Tengo para mí que ese es el sentido de la fuerte demanda de cambio político que hay en España. Por eso, la próxima legislatura debería ser profundamente reformista. 

Antón Costas es catedrático de Economía en la Universidad de Barcelona.

viernes, 3 de abril de 2015

El Infierno tan temido, II



VI

DEMONIO:

¡Vaya cuernos! ¡Incluso son mejores que los míos!

CARLOS IV:

¡Qué calor hace aquí!

DEMONIO:

Y el agua es húmeda y la noche negra... Es natural: esto es el Infierno. Es verdad que cada vez hay menos sitio, pero gracias a los compadres de allá arriba podremos hacer la ampliación que necesitamos ¿por qué cree si no que hay calentamiento global?

CARLOS IV:

No sé de qué me habla ni qué hago aquí. Soy un rey cristiano y nunca hice mal a nadie.

DEMONIO:

Qué equivocado está. Aquí no solo van a parar los malvados, sino los tontos remilgados, meapilas y pusilánimes como usted.

CARLOS IV:

¿Qué me está diciendo?

DEMONIO:

Usted prefirió llevar cuernos a corona y dejó el trono de Pelayo a un hijo de puta bastardo engendrado por el guardia de corps Ruiz que terminó por ahogar la Ilustración apenas llegada a la cuna. Todos sus hijos fueron bastardos porque usted fue tan cobarde que ni siquiera se quiso operar de fimosis. En 1819 se extinguió la dinastía Borbón y empezó la bastarda de los Ruiz, que se volvió Ruiz-Puigmoltó cuando Isabel II volvió a introducir una rama bastarda al parir a Alfonso XII de uno de sus dieciséis amantes; ni siquiera el hermano de Fernando VII, Carlos M.ª Isidro, era de su sangre. ¡Qué guerras civiles más estúpidas! En una época tan trascendental para la humanidad, usted se iba de caza hasta el anochecer y dedicaba las mañanas al bricolage casero. Dejó que su mujer corrompiera a toda la Corte y entre los curas y los bandos nobiliarios se cargaran el reino. ¡Qué vergüenza! Usted detuvo el progreso de España, paralizó el liberalismo y vendió el trono de España por una pensión, algo más propio de un jubilata de los de ahora que de alguien que se llama noble. ¡Qué vergüenza! ¡Que gobernase las Españas quien ni siquiera es capaz de gobernar su casa!

CARLOS IV:

¿Y qué quería, que discutiera con M.ª Luisa? Con ese virago ni siquiera se podía plantear nada.

DEMONIO:

¿Y por ello tenía que ponerse en ridículo ante la historia, borbonazo cabrón, y dejar a un bastardo resentido como Fernando VII destruir el país? ¿Por qué no lo condenó a muerte cuando se descubrió que planeaba asesinarlo para ser califa en lugar del califa?

CARLOS IV:

¡Era mi hijo!

DEMONIO:

No lo era, y lo sabía. Que le hirieran en el pito para arreglar su uso le asustaba más que toda la turbia, miserable y ridícula historia de España.

CARLOS IV:

Yo soy un hombre sencillo. 

DEMONIO:

Un rey no puede permitirse ser sencillo

CARLOS IV:

Por eso abdiqué.

DEMONIO:

No podía abdicar sin hijos en que hacerlo. Usted lo sabía, lo sabía M.ª Luisa, lo sabía Godoy, lo sabía Mallo, lo sabía todo el Palacio Real, todo Madrid lo sabía. E incluso lo dejó por escrito el confesor de María Luisa a su muerte. Usted ha fallado en lo que único que se le pide a un rey: tener herederos. Y quiso tapar su vergüenza ante la historia. Solo por eso ya merece estar aquí.

CARLOS IV:

¡Ay, ay, ay!


VII


ALOIS HITLER:

¿Dónde está mi hijo?

DEMONIO:

¿Para qué quiere saberlo? ¿Es que está orgulloso de él? ¿Cree que tiene algún cargo aquí?

ALOIS HITLER:

Fue el caudillo de Alemania.

DEMONIO:

Lo que fue es un pobre niño al que su padre, usted, daba palizas habitualmente por cualquier razón o sinrazón. Cuando lo llevaron a que lo examinara uno de los discípulos de Freud y dijo que había que internarlo de inmediato en un sanatorio mental, usted se negó y se lo llevó: no quería que descubriesen que era un niño aporreado por su padre. Los resultados están a la vista. Es el culpable indirecto de la muerte de sesenta millones de personas.

ALOIS HITLER:

Yo no maté a nadie. Y toda la gente cree que el responsable fue él. ¿No ve lo equivocado que está?

DEMONIO:

Su sentencia ha venido de lo alto y no soy quién para refutarla. El auto motivado reconoce como delito esencial haber deformado para siempre el alma de un niño. Da igual quién fuera. Creo adivinar que la magnitud del castigo le viene por otra causa. Por medio de su libre albedrío cambió la historia: el destino de su hijo era ser un gran artista: poseía la voluntad y la pasión necesarias para haber sido un creador genial; usted lo transformó en un destructor genial. Pero no crea que es este un caso original. El Bajísimo aplicó a comienzos del siglo XIX un protocolo que tenía cuidadosamente estudiado al tentar a varios escogidos padres; muchos de sus planes se malbarataron, pero tres dieron fruto. El primero fue ese piojoso español, Francisco Franco Salgado-Araújo, padre del dictador de España; otro fue Besarión Dzhugashvili, padre de Stalin, el que mató de hambre a dos millones de ucranianos y pactó con su hijo; el tercero fue usted. Desde entonces es una de las recetas preferidas del Bajísimo: inclinar a los padres a que sean pegones y borrachos educando así a los monstruos que necesitamos, niños inteligentes que cuando crezcan apliquen el odio de su alma desbaratada a lo grande; no vea cuántos buenos resultados ha dado a lo largo de la historia esa fórmula genial; ni siquiera las religiones nos han dado tantos pecadores.

ALOIS HITLER:

En mi época era normal pegar a los niños.

DEMONIO:

En ninguna época ha sido humano pegar a quienes se ama, mucho menos si son débiles. No se debe querer por orgullo, sino por responsabilidad. ¡Pegar sin motivo! Eso no es amor; se debe castigar a los hijos corrigiéndolos; lo que ustedes hicieron fue solo inculcarles el dolor y el rencor en el alma, no el amor. En vez de corazón, les pusieron un arma.

ALOIS HITLER:

Mi padre hizo lo mismo conmigo.

DEMONIO:

Tenías la razón y los motivos para haber roto la infernal cadena del odio y no lo hiciste; te resultó más fácil fabricar un nuevo monstruo que domeñar al tuyo propio. Pues ahora despedazaremos tu alma y la usaremos para alimentar a los gusanos de la podredumbre.

Escribir una novela policiaca

He leído muchísimas novelas policiacas. Desde mi misma adolescencia, en que empecé por todas las novelas y relatos de Conan Doyle a la inverosímil edad de doce o trece años. Luego vinieron todos los clásicos del género de Inglaterra, Estados Unidos y Europa uno por uno. Puede decirse incluso que soy un experto o friki en el género (y en otros que también me apasionaron entonces: la ficción científica, la novela gótica, los clásicos), hasta que los abandoné por lo que ahora más me interesa: la poesía, el ensayo, el teatro, la autobiografía. La narrativa me cansa: tiene que ser muy buena o estar muy bien escrita para que no se me caiga de las manos; voy buscando belleza, ideas o sinceridad, y estas cosas se dan muy poco en ese género. Para quien piensa que cada día es el último, como es mi caso y el de otros, perder el tiempo no tiene excusa. Quizá por ello odio tanto a los pelmazos. 

Y quizá por ello me ha extrañado ponerme a escribir una novela policiaca en estas cortas vacaciones de Semana Santa.

Qué friki, diréis. Sí. Siempre tuve en la cabeza diversos proyectos novelísticos, apenas indiscernibles de otros sistemas delirantes más íntimos, pero nunca acababan de cuajar. Me sentaba, escribía el principio y no terminaban de arrancar. Ahora es diferente.

Que fuera el primer proyecto de novela que tuve ha facilitado el parto. Toda esa anticipación ha tenido que estar trabajando en mi subsconsciente. Solo necesité un viaje al lugar de mi adolescencia, Puertollano, el lunes, y de repente el proyecto eclosionó sin qué ni para qué. Ya tengo veinte hojas.

Me suele ocurrir cuando abandono las rutinas y viajo fuera de mi casa y contexto: se me hincha la literatura y no puedo parar de escribir. 

Cuando sabes hacia dónde te encaminas es muy fácil. Tienes el argumento, los personajes, el concepto, el estilo, la estructura, los detalles, los ambientes... A treinta líneas de diez palabras al día, más el tiempo necesario de pulimento para lo ya escrito, calculas incluso la fecha en que acabarás. No creí que me resultara tan cómodo. Ni que se me dieran tan bien los diálogos. Escribir es una alienación: parece que es otro el que redacta y no yo. Incluso me resulta fácil aconsejarle a ese empleado hacer algunos cambios sobre la marcha que unas veces acepta y otras no. Creo que esta especie de desdoblamiento se debe al enorme desprecio que siento por el lenguaje y las estupìdeces que nos rodean. Sin ese desprecio me sería imposible escribir, porque no tomaría la suficiente distancia del mundo y de la realidad como para poder crear una paralela e intermedia.

Y esa realidad paralela ya está ahí: la estoy sacando de la otra y de mí mismo. 

No sé qué haré con esta novela y la gente que tiene dentro, a la que puedo oír, ver y sentir dentro de mi cabeza.

Trata sobre un crimen cometido en Puertollano. No me preguntéis por su argumento: solo sé cómo acaba, la dirección que deben tomar las cosas. Las plantas dan flores, yo doy escritos. Y no le podemos preguntar a una planta por qué hace lo que hace. A mí tampoco me lo pueden preguntar. Si tuviera que responder, diría que me siento como Trigorin y Treplyov, los dos escritores que aparecen retratados en La gaviota de Chéjov; unas veces me siento el primero y otras veces el segundo. Y no sé si es bueno o es malo. Las dos cosas, tal vez.

jueves, 2 de abril de 2015

El Infierno tan temido (I)

I



PEDRO BOTERO:


Señor Jesús Gil, esta es la parrilla que le ha tocado. Póngase encima.


SANTIAGO BERNABEU (haciendo un chiste malo)


Dame la vuelta, que por este lado ya estoy hecho.


PEDRO BOTERO (sorprendido)

Se ve que usted ha leído vidas de santos, ¿no?


SANTIAGO BERNABEU


Mis padres ne educaron en el Colegio del Pilar... ¿Quién es ese?


JESÚS GIL (incómodo)


¡Ay, ay, ay!

SANTIAGO BERNABEU (reconociéndolo)

¡Hombre! ¡Ya tenía yo ganas de verte por aquí! Las fotos no te hacen justicia. Al menos las del Morning's Hell

GIL

Tampoco me la hacen los jueces. Ya me imaginaba yo que andarías por aquí.

BERNABEU (con tristeza)

Sí. Me acusan de falso profeta, de haber fundado una religión pagana y de haber ganado varias ligas con inusitada ayuda arbitral. Sin embargo, todo hay que decirlo, creo que todos sabíamos que también vendrías a parar aquí.


GIL

Pues yo creía que iría al Cielo.


BERNABEU (con ironía)


Es que a los del Atlético siempre os pasan cosas raras.

GIL


Y que lo digas. ¡Mira que entablarme un proceso a mí, sólo por ser alcalde de Marbella, el ayuntamiento más limpio de España! ¡Hay que joderse!

BERNABEU (con tono de chufla)

Pues hay quien dice que era cosa natural ese cortocircuito, habida cuenta de la cantidad de ladrones que había chupando de tus enchufes.

GIL


¡Eso es una mentira y puedo demostrarlo!

BERNABEU



Lo único que has demostrado, diría yo, es una increíble capacidad para montar el lío padre... Diste trabajo a diez bufetes de abogados para aclarar los chanchullos en que te metiste tú solo para defraudar a Hacienda y a otros diez para que te aliviaran algo los cientos de pleitos que te caen encima por bocazas... Hasta Ruiz Mateos ha aprendido algo de ti. Oh, ¡y la cosa de Marbella! Ahora la llaman Marfea


GIL


¡Que me quiten lo bailao! ¿Quién, sino yo, habría podido levantar un imperio sin haber acabado la carrera de Económicas?

PEDRO BOTERO (acercándose)

Señor Bernabéu, ha terminado su condena en este lugar. Coja sus huesos y sígame.


BERNABEU


¿Cómo? ¿No están condenados aquí todos los reos a perpetuidad?


PEDRO BOTERO


Es que estamos algo faltos de espacio, y el Bajísimo ha llegado a un acuerdo con el arcángel Gabriel para que pasen algunos reclusos al Purgatorio en régimen de condena semieterna.

GIL


¡Yo también quiero ir!


PEDRO BOTERO (poniéndose las gafas que lleva tras los cuernos y haciendo como si leyera, azorado)

No... Su nombre no figura en la lista.


GIL


¡Ya sabía yo! ¡Si es que todos los del Madrid son unos corruptos y unos sinvergüenzas! ¡Seguro que han comprado a los jueces del infierno! ¡Seguro que son madridistas!


PEDRO BOTERO (escaqueándose)

Venga, don Emilio. ¡Dese prisa!


BERNABEU (alegremente)


Hasta siempre, Moby Gil.

JESUS GIL (cabreadísimo)


¡Enchufado!



II


LEOPOLDO II:


No me lo puedo creer

DEMONIO:

Aquí eso de creer ya da igual. Lo único que se hace es arder. Interminablemente.

LEOPOLDO II:


No es lugar para reyes.

DEMONIO:

¿Cómo que no? La forma de gobierno del Infierno es la monarquía.Y tenemos un rey. ¡Y vaya si manda! Este sí que es absoluto, y no Luis XIV. Ni en mil horas terminaría un lacayo de anunciar a su larguísima Corte. Hasta esos grimorios de ustedes, la Clavicula Salomonis, el Legemeton y el Ciprianillo, se han quedado cortos. Preferimos leer al padre José Antonio Fortea. Ese sí que sabe.

LEOPOLDO II:


Pues, si hay un rey, supongo que podrá darme un puesto en su Corte...


DEMONIO:


Repare en que aquí usted ni siquiera es un siervo de la gleba, sino un tipo de combustible. El décimo, en concreto. Pero de gran calidad: ¡cuán formidable currículum...! ¡Dos millones de negros del Congo explotados hasta la muerte! ¡Ocho millones de vidas destrozadas! ¡Cientos de miles con brazos amputados...! ¡Pobreza en el país más rico de África...! ¡Qué maravilla! ¡Solo para hacerse rico cosechando caucho, un producto que, encima, es cancerígeno! ¡Ni siquiera por odio! ¡Solamente por codicia! ¡Maravilloso!

LEOPOLDO II:


¡El negocio no se reconoce entre los Diez mandamientos como infracción!


DEMONIO:


No me cambie la palabra, gilipuertas. Dije "codicia"; ni siquiera ha tenido paciencia para leerse el Decálogo hasta el final. La codicia es el décimo pecado, y aun parece incluso que se repite dos veces, porque se encuentra ya implícito en el octavo. Y es muy productivo: causa todos los demás. En las cifras de facturación de este año, casi el noventa por ciento del "negocio" infernal nace de él. Y no figura solo en el Decálogo dos veces, sino que aparece en la más reducida lista de los Siete pecados capitales (antes eran ocho hasta que el Papa quitó el que más cometían los clérigos; por cierto que lo tenemos aquí sufriendo).


LEOPOLDO II:


Yo no hice nada de lo que se me acusa: estuve siempre en Bélgica.


DEMONIO:


La modestia es una virtud que solo se reconoce allá arriba. Ninguno de los que asolaron el Congo habría estado allí si usted no se hubiese propuesto convertir a un país en una empresa para su lucro personal. Abrió el camino, señaló la senda, creó el modelo de todos los imperialismos que vinieron después, hasta que ese grotesco Joseph Conrad lo denunció. Por demás, nos encanta su país; uno de nuestros reclusos favoritos es de allí: se llama Mark Dutroux. Por cierto que me han ordenado llevarle a su olla para que le dé por culo, le corte las criadillas, le arranque los ojos y le traspase los oídos, pero lo dejaré pasar por el momento, porque estoy disfrutando mucho con esta conversación, que ya no volveremos a tener. Verá, aquí hay mucha gente que está no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer o impulsó a hacer a otros. La responsabilidad individual es solo un eslabón más de una larga cadena de iniquidad o de bendición. ¿Sabe usted cuantos años han durado las consecuencias de lo que hizo? ¿Que la más larga guerra civil del mundo, del Congo es, en el fondo, un fruto de lo que hizo?¿Puede calcular cuántas lágrimas ha provocado su infernal amor al oro y a sus semejantes? ¿No? Pues aquí llevamos la contabilidad, y basta la sola destrucción de una vida humana para hacer su peso infinito. Aquí no nos andamos con zarandajas con el karma: va a recibir todo lo que ha dado.



III


AGUSTÍN DE CASTRO:


Esto no es real



DEMONIO:


Pues bien que lo aseverabas en tus sermones allá arriba, gordo asqueroso.


AGUSTÍN DE CASTRO:


Pues que me pongan con los demás agustinos.


DEMONIO:


Gacetero malvado, no estás en disposición ya de querer ni exigir nada. Los que están aquí no quieren sufrirte y los que están allá ni siquiera se acuerdan de ti. Ahora lo único que eres es más combustible para este lugar.


AGUSTÍN DE CASTRO:


Usted es cruel

DEMONIO:


Es mi oficio.

AGUSTÍN DE CASTRO:


Yo creía que mi hábito, mis rezos y mis devociones serían una garantía para el Más Allá.

DEMONIO:


Eso me suena; creo que lo he leído en alguna página del marqués de Sade. ¿Qué hace un agustino citando a nuestro querido marqués? En fin, la respuesta es que aquí solo se miran los hechos: "Por sus frutos los conoceréis", dijo el mandamás. La verdad es que te estamos muy agradecidos. Gracias a tus desvelos fue falsamente denunciada la Constitución de Cádiz. Gracias a las soflamas de tu Atalaya de La Mancha en Madrid se restableció la Inquisición. Gracias a ti fue quemado Cayetano Ripoll, el inofensivo maestro de Ruzafa.

AGUSTÍN DE CASTRO:


¿Es que no es esto una Inquisición?

DEMONIO:


¿Es que tenía que ser un Infierno vivir allá arriba?


AGUSTÍN DE CASTRO:


¡Ay, ay, que me quemo!


DEMONIO:


Este es el fuego que tú mismo encendiste. Caliéntate con él, estúpido. Recibe la crueldad que dispensaste. ¿Qué, te arden bien los cojones?



IV




MENDIZÁBAL

Oye tú, diablo, sácame de aquí.


DEMONIO:

No se hacen tratos en el Infierno, y menos con un agiotista como tú.


MENDIZÁBAL


Podría hacer más mal allá arriba si me dejases vivir.


DEMONIO:


Aprecio tu oferta, pero dejaste tanta admiración y discípulos que ya no te necesitamos. Para actualizarte, además, necesitarías hacer demasiados cursillos de maldad. Pero te estamos muy agradecidos.


MENDIZÁBAL:


¿Agradecidos? ¿Por qué?



DEMONIO:


Creaste tal desigualdad social en el reparto de la riqueza en España que tú solito fuiste la causa directa de tres guerras civiles carlistas y otra en el siglo XX justo cien años después de tu obra maestra, la Desamortización de 1836. El mismo Lucifer quedó espantado de tu maravilloso trabajo político en el Partido Progresista y nos recomendó que lo estudiásemos con atención para el futuro. No veas el parque temático que hemos construido para divertirnos con tu tormento; te aseguro que tenemos al menos para tres o cuatro eternidades. Pedro Botero incluso ha creado una condecoración que lleva tu nombre, para premiar al político más nefasto.


MENDIZÁBAL:


¡Este lugar no me corresponde! ¡Yo soy judío!

DEMONIO:


¿Judío, dices? Lo serías si no te hubieses cambiado el apellido Méndez al vasco Mendizábal, para disimularlo. Entonces, so vergonzoso, no quisiste ser judío; ahora tampoco deberías. Por demás, este es un infierno universal y también aquí "es el llanto y el crujir de dientes".


MENDIZÁBAL:


¡AY! ¡AY! ¡AY!

DEMONIO:


Eres más flojo que el pedo de un marica. ¡Empieza a gritar de verdad!


V


JUAN MARCH:

¡Oiga, joven!

DEMONIO:

¿Es a mí?


JUAN MARCH:

Sí, sí, usted, el de los cuernos ebúrneos...

DEMONIO:

Qué vocabulario. Usted debe ser de los del bachillerato antiguo, ¿no?

JUAN MARCH:


Digamos que de otro tiempo. Querría hacerle una proposición.


DEMONIO:

No está usted en situación de proponer nada.


JUAN MARCH

Yo creo que sí. Verá, me he fijado en que en las calderas hay menos azufre que hace dos eternidades y me preguntaba si...

DEMONIO:


¡Calle, calle!

JUAN MARCH


Sí señor; lo he comprobado. Alguien, no sé quién, y por supuesto no me refiero a usted, debe estar llevándose algo de azufre para hacer contrabando.


DEMONIO:


Eso es absurdo. En el Infierno no hay corrupción, solo justicia.


JUAN MARCH:

¿Quiere usted decir que aquí todos los demonios poseen el mismo salario?

DEMONIO:


Sí. Así lo impuso el jefe..


JUAN MARCH:

Me suena. Creo que oí algo parecido cuando ingresé en un partido político republicano de izquierdas. Pero, entonces, ¿por qué lleva usted unos cuernos más lustrosos y de mejor calidad? He estado atando cabos y...


DEMONIO:


¡Calle, calle!

JUAN MARCH:

Yo soy un réprobo honrado; la Diablatura Suprema estaría interesada en...

DEMONIO:


¡Cállese de una vez!


JUAN MARCH:


Verá, si me cambiasen a un lugar más fresco, cerca del círculo superior, el Limbo...


DEMONIO:


¡No puedo! ¡Financió una guerra civil! ¡Hay quien dice que asesinó a un hombre! Y lo que es peor, ¡su fundación financia exposiciones de arte moderno! ¡Es imperdonable!


JUAN MARCH:


Pero hay quien dice que Santiago Bernabeu...

DEMONIO:


¿Qué? ¿Santiago Bernabeu?

JUAN MARCH:


Sí; que Santiago Bernabeu ha, digamos, mejorado de posición.


DEMONIO:


¡Es imposible! ¡Hay demasiados controles de calidad!


JUAN MARCH:

No debe de haber tantos cuando en el mismo Cielo se le rebelaron los ángeles a Dios padre ¿no?

DEMONIO:

¡Lo que hay que aguantar aquí!

Manipulación del lenguaje por parte de la economía

Vicenç Navarro, "El sesgo ideológico del lenguaje, incluido el económico" en Nueva Tribuna, 1 de Abril de 2015:

El lenguaje que se utiliza en la comunicación oral o escrita reproduce en cualquier país los valores dominantes en su cultura. El movimiento feminista ha mostrado, por ejemplo, los términos utilizados en el lenguaje que reproducen el dominio del hombre sobre la mujer en nuestras sociedades. Y lo mismo han hecho los movimientos de derechos civiles en EEUU, en defensa de las minorías afroamericanas, mostrando el racismo que, consciente o inconscientemente, se reproduce en el lenguaje utilizado por la mayoría blanca de aquel país.

Se ha dado, sin embargo, muy poca atención a la discriminación que aparece en el lenguaje cotidiano en la utilización de palabras o términos que son peyorativos y ofensivos hacia los grupos de la población que tienen menos recursos, sectores que, por regla general, pertenecen a los grupos sociales de menos ingresos dentro de la clase trabajadora. Es común, por ejemplo, referirse a estos sectores como “clase baja”, contrastándola con la “clase alta” y la “clase media”. Así, es común en los medios de mayor difusión, utilizar encuestas en las que se pide a la población que se defina por su clase social, presentando como alternativas las categorías “clase alta”, “clase media” o “clase baja”. Predeciblemente, la gran mayoría de la población se define como clase media, de donde los medios concluyen que la mayoría de la población en España o en EEUU es y se autodefine como “clase media”. Esta tipología lleva implícita una valoración jerárquica, semejante a un sistema de castas, donde la casta más baja es la clase baja. Es el grupo poblacional al que se definía antes como las clases “humildes”.

Ahora bien, es interesante resaltar que cuando a la población se le pregunta si se considera de “clase alta”, “clase media” o “clase trabajadora”, la gran mayoría de la población se define como clase trabajadora, tanto en España (incluyendo Catalunya) como en EEUU, término que, por cierto, apenas se utiliza en los mayores medios de información. Es más, cuando se utilizan términos más científicos, como “burguesía”, “pequeña burguesía”, “clase media profesional” o “clase trabajadora”, el porcentaje de la población que se define como clase trabajadora es incluso mayor. La misma situación ocurre en EEUU, donde los términos son distintos. En aquel país, los términos utilizados son “clase corporativa” (Corporate Class, término equivalente a clase capitalista), “clase media profesional”, “clase media” y “clase trabajadora”. Cuando esta tipología es la que se utiliza, la mayoría de la población se define como “clase trabajadora” (ver el excelente trabajo de Marina Subirats, Barcelona: de la necesidad a la libertad. Las Clases Sociales en los albores del siglo XXI).

El lenguaje como reproductor de las relaciones de poder

El hecho de que raramente se utilice el término “clase trabajadora” se debe a que el establishment político-mediático, muy instrumentalizado por los grandes grupos financieros y económicos, quiere que se elimine el lenguaje de clases, sustituyéndolo por el de niveles de renta (clase alta, media y baja), sin analizar el origen de tal renta, agrupando como clase media a la gran mayoría de la población que no es ni rica ni pobre, categoría muy poco científica, que deja de tener valor analítico por su gran diversidad. En realidad, clase media es una categoría que en su definición científica representa a una minoría que, junto con la clase trabajadora, constituyen las clases populares, que representan un 75% de la población. Las clases altas (burguesía o clase corporativa) y las clases medias de renta media o alta (pequeña burguesía y clase media profesional) representan alrededor del 25% de la población, el cual tiene una enorme influencia mediática y política en el país.

El clasismo en el lenguaje económico: ¿qué es capital humano?

El clasismo aparece ampliamente en la terminología de la economía ortodoxa de corte liberal en el uso del término “capital humano”. En un principio dicha expresión parece razonable, pues se refiere al hecho de que la experiencia o el conocimiento o la educación que un trabajador tiene, añade valor añadido al trabajo que realiza, presentándose esta experiencia, conocimiento o educación como capital que le sirve al trabajador para aumentar su renta.

De ahí la expresión ampliamente utilizada de “invertir en capital humano”, es decir, en las personas, para que, teniendo este capital, valgan más. De esta manera, todos somos capitalistas. Unos tienen acciones bancarias en su haber, y otros tienen estudios. Tanto el uno como el otro tienen capital. Todo puede parecer razonable y lógico, excepto que se basa en una enorme falsedad. Supongamos que tenemos dos personas y que las dos ingresan 50.000 euros al año. Pero uno los ingresa como parte de su trabajo, consecuencia de su capital humano, según la terminología dominante, es decir, resultado de su conocimiento, educación o experiencia. El otro, por el contrario, los ingresa como parte de las acciones que tiene en el banco. Para el primero, conseguir estos 50.000 euros significa tener que trabajar 240 días al año y ocho horas al día. En el caso del segundo, el individuo no tiene que hacer nada, repito, nada. El dinero procede de la propiedad del capital, mientras que para el primero procede de su esfuerzo. La terminología de invertir en capital humano implica repartir capital y producir más capitalistas, lo cual transforma al trabajador en un apéndice del capital.

Pero la situación es incluso peor, pues lo que se define como capital humano varía enormemente de un trabajador a otro, pues el valor añadido que el trabajador incorpora mediante su experiencia, conocimiento o educación depende, no solo del trabajador, sino del lugar y sector de la estructura económica en el que desempeña sus tareas. Un trabajador con igual nivel de educación que otro puede añadir más valor al producto en el que trabaja según el lugar donde trabaje, el tipo de puesto de trabajo, el sector económico, el equipamiento existente y un largo etcétera, circunstancias que escapan a su propio control. Esta observación viene a cuento cuando constantemente se hacen comparaciones de la productividad laboral entre países, concluyendo que los salarios más altos de los países nórdicos se justifican por su mayor productividad, cuando la que se compara no es la del trabajador, sino la del sector económico, es decir, la estructura económica es más productiva en los primeros que en los segundos, estructura que tiene poco que ver con el trabajador en sí. Y ahí está la raíz del problema. El problema no es, como constantemente se subraya, la menor productividad del trabajador español, sino la estructura económica del país que expresa las relaciones de poder (incluyendo de poder de clase) existentes en España, estructura responsable de su menor desarrollo y su pobreza.

Estos son ejemplos de que el lenguaje que se utiliza, tanto en la vida académica como en los medios de comunicación, es un lenguaje que reproduce en sí las relaciones de poder existentes en nuestra sociedad, tema del cual raramente se habla ni en los foros académicos ni en los medios de comunicación y persuasión del país