lunes, 24 de octubre de 2011

Batallas del abuelo Cebolleta

El liberal ciudarrealeño Félix Mejía era partidario de cortar unas cuantas cabezas para despejar la salud del resto del cuerpo público o república; su infección, creía él, podía hacer perder la vida a todo el estado. Le influía mucho la metáfora jacobina de Cicerón, la que publicó en el tercer libro de su De officiis, que añadió tras el asesinato de César, cuando se escondió de la tiranía de Marco Antonio, quien andaba buscándolo para quitarle la cabeza y hacer un busto con la sinécdoque (Marco Antonio era hombre amante de la retórica, sólo hay que ver la laudatio fúnebre que Shakespeare, copiando a mansalva de Plutarco, le embocó en el Julio César filmado por Mankiewicz). Cierto es que al final se la cortaron, pero no para hacer un busto, sino para clavarla en una pica, después de haber tirado su cuerpo al Tévere. Lo que pasa es que a Marco Antonio no le gustaron sus Filípicas e hizo crítica literaria expeditiva. Si queremos buscar en el Congreso de los diputados a hombres con tanta cabeza como los de Plutarco.... Bueno, vamos a dejarlo, porque estos paralelos sólo podrían juntarse en el infinito y, cuando miro al Congreso, la única imagen que me viene a las mientes es la de un apestoso cubo lleno de cangrejos de río vivos, no sé por qué.

Uno quisiera vivir en la Inglaterra arcádica de Wodehouse, con una constitución no escrita, con una ley de Jante todavía vigente, con una campiña cubierta de cottages y labradores que van en bicicleta al pueblo, de bobbys con porra y tías insufribles que ingieren tremendas cantidades de té con limón y sufren por sus perros teckels como sólo puede sufrir una hija de la Gran Bretaña; a uno le gustaría dormitar en un club de golf roncando mientras una mariposa primaveral se pasea por la habitación, pero creo que no podría soportar su gastronomía ni su colateral estreñimiento. Lo más parecido sería exiliarme entre los bacalaos de Portugal o en una cabaña lejana cerca de Funchal, en esa isla de Madeira, la de los descomunales hoteles, donde vi uno con un salón cuyo fondo se perdía tanto de vista que hasta debía tener horizonte de sucesos.

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