jueves, 8 de septiembre de 2011

Elvira Lindo, Profesores


Elvira Lindo, "Profesores", 07/09/2011

Confundir horas lectivas con horas de trabajo no es gratuito, es una manera de contribuir al lugar común de que los profesores trabajan poco. Tampoco es nuevo: siempre que se trata de estrechar los derechos laborales en la enseñanza alguien deja caer, como de manera inocente, que los docentes de la educación pública gozan de más ventajas que el resto de los trabajadores. Por más que se informe sobre los desafíos a los que se enfrenta un profesor en nuestros días, siempre habrá un buen ciudadano que llame a la radio o escriba al periódico para informar, por ejemplo, de las largas vacaciones que disfrutan los maestros. Es un clásico. A los políticos se les llena la boca con que no hay inversión más útil en nuestro país que la destinada a educación, hasta que un día se ponen a hacer números y empiezan por ahí: prescindiendo de interinos y poniendo sobre los hombros de cada trabajador dos horas más.


Explicar que ser profesor no consiste solo en dar clase debería de ser innecesario. ¿Qué consideración se les tiene a los docentes si se extiende esa idea? El profesor enseña, pero también corrige, ha de preparar sus clases, perder un tiempo precioso en absurdos requerimientos burocráticos y, en ocasiones, hacer labores de trabajador social. La educación requiere ahora más energía que nunca y no es infrecuente que el enseñante desarrolle patologías físicas o psíquicas. Su trabajo cansa, es más duro que muchos de los trabajos que nosotros realizamos. Los niños y los adolescentes son grandes devoradores de la energía adulta. Los escritores que hemos visitado colegios e institutos lo sabemos: dos horas dando una charla ante una vampírica muchachada te dejan para el arrastre.


¿Cómo pretenden los responsables del injustificable derroche autonómico que se comprenda que el sacrificio ha de comenzar por los que ya están sacrificados?

Vuelve Alatriste


Guillermo Altares, "Alatriste vuelve al barro de la trinchera"  08/09/2011:


La serie de Arturo Pérez-Reverte regresa seis años después con su séptima entrega, 'El puente de los asesinos', una aventura de intrigas políticas en la Venecia del siglo XVII


Dos frases pueden resumir el espíritu de ese soldado de infantería viejo, descreído y cansado llamado Diego Alatriste, que contempla el Siglo de Oro desde el barro de las trincheras y las traiciones. "Cuando a un soldado le dan de beber, o está jodido o le van a joder" y "Viví como pude, lo que mi tiempo quiso que viviera; y ningún camino es malo, excepto el que te lleva a la horca". Las dos aparecen en El puente de los asesinos, séptimo volumen de una serie que ha vendido tres millones de libros solo en español.


El último Alatriste, Corsarios de Levante, se publicó en 2006 y desde entonces Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se ha dedicado a otros menesteres, como sacar adelante dos novelas complejas, Un día de cólera y El asedio. Sin embargo, este otoño el capitán y su leal compañero, Íñigo Balboa, regresarán a las librerías el 27 de octubre de la mano de Alfaguara con una aventura teñida de intrigas políticas que transcurre en su mayor parte en la peligrosa Venecia del siglo XVII.


"Alatriste es un territorio en el que una serie de lectores nos encontramos, nos reconocemos y nos reunimos. Allí voy como lector más que como autor", explica Pérez-Reverte. La conversación tiene lugar en el Barrio de las Letras de Madrid, un espacio muy alatristiano, en el que convivieron Quevedo, Góngora, Lope de Vega y Cervantes. El autor espera leyendo un ensayo sobre Tintín, un personaje que le convirtió en periodista y, seguramente, luego en narrador. "Soy un escritor de línea clara", explica para definir un estilo preciso que, sin entorpecer la narración, se detiene a menudo en unas descripciones en las que cada detalle tiene su importancia.


La serie sobre Alatriste nació hace ahora 15 años y el primer sorprendido por el éxito fulminante que alcanzó desde el primer volumen fue su propio autor, que pensaba que sus ya entonces millones de fieles lectores no le iban a seguir en ese lance. "La serie empieza como un divertimento personal, como un homenaje a la literatura del Siglo de Oro combinada con los libros de capa y espada", señala el escritor, y añade: "Era también un intento de explicar a la generación de mi hija una época que había desaparecido de la literatura española, los siglos XVI y XVII, una etapa que tanto nos ha marcado para lo bueno pero sobre todo para lo malo".


Con los años, seguramente por la mirada cada vez más adulta, y por lo tanto acerada, del narrador Íñigo Balboa, la serie se ha ido haciendo más cínica y también más contemporánea. La historia de un país que se creía el centro del mundo sin ser consciente del desastre que acechaba a la vuelta de la esquina no parece tan lejana. "En realidad, hablo de la España de ahora, somos lo que somos por aquellos siglos de hipocresía, de religión omnipresente, de Iglesia, de confesor junto a la oreja del rey diciendo a quién había que quemar y a quién no, de guerras absurdas, en las que derrochamos todo el oro de América", señala el novelista. "Perdimos el tren de la modernidad por esa España que nos asfixió. Siempre he dicho que en Trento nos equivocamos de dios. Mientras que los países con futuro apostaban por un dios moderno, comerciante, luterano, un dios abierto que permitía leer libros y progresar, nosotros apostamos por un dios oscuro, tétrico, de sacristía, gruñón y malhumorado que nos dejó en la ruina en la que todavía estamos. Ha habido cretinos, que no han leído los libros, que dicen que Alatriste es un canto a la España imperial. Es mentira. Creo que se han escrito pocas cosas tan descarnadas sobre España como Alatriste".


Uno de los puntos de contacto de esta serie con el resto de la literatura de Pérez-Reverte es la pasión por la documentación, el estudio profundo de un universo que luego será convertido en literatura. "Una novela es un pretexto estupendo para leer", interrumpe.


"Quise con Alatriste retratar España de distintas maneras. En El oro del rey explicaba la economía; en El sol de Breda, la guerra; en Corsarios de Levante, el Mediterráneo; en Limpieza de sangre, la religión y la Inquisición y en este he querido explicar la política veneciana, que fue muy importante para España". Seguramente sea una herencia de su pasión por el cine clásico de Hollywood -y por el cine en general-, pero hay dos elementos que recorren toda la serie: unos secundarios cuidados y reales, llenos de vida, y un malo, el peligroso palermitano Gualterio Malatesta, que está a la altura de su oponente. Umberto Eco decía que los superhéroes lo son siempre que tengan un enemigo tan grande como ellos. Y la norma se cumple en Alatriste. "Todo héroe necesita un oponente. Alatriste es un héroe muy ambiguo: ha torturado, le ha cortado la cara a una mujer, ha matado, no es un personaje nada recomendable. Ha caído en ese lado de la historia, como podía haber caído en otro. Esos son los héroes de verdad, yo he conocido a muchos alatristes, que podían haber sido una cosa u otra. Es esencial dotarlo de viejos enemigos con los que, al final, pueda tener una complicidad mayor que con los amigos. A un personaje lo definen también sus enemigos. Todo aquel que camina por la vida, que se arriesga, que se moja, que pelea, que ama, crea enemigos, deja cadáveres en la cuneta. Vivir significa elegir y tomar partido y cuando tomas partido estás en un bando. Siempre he desconfiado de los que dicen no tener enemigos: o mienten o son idiotas".


Como no podía ser de otra forma en una serie que relata las aventuras de un viejo soldado, la guerra es un elemento importante en Alatriste y también en las últimas novelas de Pérez-Reverte, que durante una parte de su vida se dedicó a recorrer como reportero frentes de batalla en medio mundo. El autor ha visto los suficientes combates, y ha leído lo bastante sobre ellos, como para saber que pueden cambiar las armas y los lugares, pero que los soldados y la muerte son siempre los mismos. "La guerra es como el alcohol: saca lo que tienes dentro", asegura. "No hay diferencias en cómo se siente el sujeto.Da igual que tengas un lanzagranadas o una espada, la sensación de tensión, de miedo, de soledad no cambia. Mi ventaja es que, al haber vivido un tiempo en esos lugares, puedo prestar a mis personajes impresiones reales... Hay novelistas que escriben desde la imaginación, muy respetables, y otros que escribimos desde el recuerdo"

Dos antiguos alumnos



Ayer vi a dos antiguos alumnos míos. Uno me lo topé en la calle, al poco de salir de mi casa; otro vino a vernos al Instituto. Los dos eran adultos. El primero era un joven ya maduro, rubio y bien plantado, pero su voz nasal echaba de ver que estaba bebido o drogado, me reconoció y me pidió dinero para marchar a Puertollano. Yo no tenía, y no pude darle nada; no me acordaba de su nombre, así que se lo pregunté, y luego lo busqué en Internet. Por lo visto no ha pagado multas de tráfico. El otro es un padre trabajador y estudioso que había terminado una carrera de letras y se aprestaba a terminar el doctorado, alguien provisto de unos sólidos principios, el tipo de persona en cuya comparación uno se siente como una hormiga de pura admiración, al contemplar que está hecho de una sola pieza de franqueza. Esta clase de gente me impone muchísimo respeto; lo explico. Cuando alguien va por la vida rebosando tal nobleza de carácter, tal humildad, tal respeto a los demás, va como exigiendo una contrapartida semejante y a vista de su conducta uno siente en toda su intensidad lo bárbaro y lo tosco y lo incivilizada que es la vida normal. Sólo los santos y los verdaderamente iluminados con la grandeza poseen esa virtud de hacer que se encojan las almas y que uno procure no defraudar y mejorarse. Se trata de una verdadera, integérrima, antigua, hidalga y tan escasa casta que sólo me la he encontrado a lo largo de mi vida con cinco personas así, tres hombres y dos mujeres. Ninguno de ellos se parece a los demás salvo en esto, porque son únicos. Son como ese justo que impidió que Nínive fuera borrada del mapa por Dios. Son hombres como los de Plutarco, sólo que no tienen paralelo y suscitan adhesiones y lealtades inquebrantables, tanta es la nobleza de su conducta. Son los  llamados caballeros, de los que ya no hay, esos que, según Pérez Reverte, no permiten que nada injusto e infame pueda suceder (según Pérez Reverte, Dios no es un caballero, porque lo permite). Y quien se gana ese título no es precisamente una persona poderosa: cualquier madre o padre trabajador del pueblo que lucha honestamente soportando todo el enorme peso de la sociedad y los errores de los incompetentes que la mandan se gana de sobra ese título; no hacer lo que ellos prescriben no inspira miedo, sino auténtico terror, como si uno hubiera desobedecido una ley de la naturaleza.


El primer alumno me hizo sentir pena, el segundo admiración. Como no creo en las casualidades, pongo esto por escrito para compartir una experiencia más con vosotros: todo está conectado, y participo de esos dos alumnos y de cualquiera.

Mi reforma educativa

Esta es mi propuesta de reforma educativa:


1. Que los bares y las discotecas cierren a las ocho de la tarde, y sólo esté permitido servir té con limón, manzanilla y tisana de melisa, y bailar el vals; debe prohibirse la entrada a señoritas que no lleven refajo o corpiño o señoritos y señoritas que hagan dudar sobre su ausencia de antecedentes penales o se presenten sin corbata larga o de lacito.
2. Que ni las teles ni las radios retransmitan fútbol.
3. Que las bibliotecas abran los domingos.
4. Que los políticos pasen la prueba del polígrafo, un test de alcoholemia diario y otro de drogadicción mensual, así como un test de empatía y psicopatía.
5. Que los periodistas pasen esos mismos test y tengan estatuto del periodista y empleo fijo.
6. Que no haya bar en el Congreso de los Diputados, sino sólo un botiquín con Aspirinas, Gelocatil, Ibuprofeno, Nolotil para los dolores de cabeza, cafeína para mantenerse despiertos, pomada para las hemorroides (y otras cosas), aguja e hilo para coserse los navajazos de compañeros de partido y oposición y electroshock para los accesos violentos de retórica.
6. Que en todas las televisiones, tanto oficiales como privadas, se reduzcan a una donde en vez de telediarios se lea el BOE y sea obligatorio retransmitir doce horas al día las actuaciones de los Coros y Danzas de María José Melero o la Asociación Mazantini e Ismael y la Banda del Mirlitón, así como una antología de las mejores canciones de Luis Aguilé, Jeanette o las Grecas y documentales por el estilo de "Peñíscola, baluarte del papa Luna" o retransmisiones en directo del rezo del Rosario en el Convento de monjas benitas de Burgos.
7. Que vuelva a las plazas de los pueblos la picota, para exponer a la vergüenza ante el pueblo trabajador a cualquier político al que se le cace con una prebenda pagada con el presupuesto de educación.
8. Creación de tres nuevas asignaturas: montaje y conducción de bicicletas; búsqueda y selección de espárragos y setas hispanas y encaje de randas y bolillos.
9. Vuelta de la póliza de a duro para recaudar fondos que sustenten la nueva burocracia.
10. Todos los alumnos llevarán un uniforme oficial que conste de blusa, boina y garrota desmontable (madera de cerezo o, a falta de la misma, nogal de diez años).
11. Los profesores deben dar clase en púlpito, con capa y solideo, y en enseñanza bilingüe: español y latín. El alumno que llegue tarde recibirá la palmatoria para ser castigado con un número variable de palmetazos por el delegado, según la gravedad de su demora. En los casos graves el alumno será castigado a leer en voz alta las Obras completas de Jovellanos (edición de José Miguel Caso González)