lunes, 30 de marzo de 2015

Entrevista a Umberto Eco con motivo de su próxima novela, "Número cero", sobre el periodismo.

Inés Martín Rodrigo, Umberto Eco: «La Historia nos enseña a no repetir las mismas ingenuidades», Abc, 30-III-2015:

La Italia de los últimos treinta años cabe en «Número cero», su nueva novela. Una crítica al periodismo, al poder y a la corrupción.

Il Professore ha vuelto. Y lo ha hecho para cuestionar una de las profesiones menos dadas a la autocrítica: el periodismo. En «Número cero» (Lumen), novela que llegará a las librerías españolas el próximo 9 de abril, Umberto Eco (Alessandria, 1932) evidencia los peligrosos lazos establecidos entre políticos, empresarios y periodistas, con teorías conspirativas y acontecimientos históricos un tanto turbios como telón de fondo.

No es casualidad que el escritor italiano haya decidido ubicar la acción en 1992; de todas sus obras, la trama más cercana a nuestros días. Aquel año, Italia asistía esperanzada a un cambio que prometía desterrar la corrupción y vaciar las cloacas del Estado. Pero, casi 25 años después, nada ha cambiado. Pese a todo, Eco, intelectual más allá del término (signifique lo que signifique, pues hay quien lo ha vaciado de significado), no es de los que se echan a un lado.

A sus 83 años, el filósofo recibe a ABC Cultural en su domicilio de Milán, a pocas manzanas de la Piazza del Duomo. Alejado del bullicio de los turistas, il Professore encuentra refugio en los miles de volúmenes que conforman su biblioteca («el arte es cosa de mi mujer», confiesa). Un sanctasanctórum para cualquier amante de la literatura, donde la charla se desarrolla sin miedo a que el paso del tiempo borre cada palabra, pues los libros (impresos) se encargarán de preservar la .

-«Número cero» es la primera novela que enmarca en un mundo más contemporáneo.

- Existe la leyenda de que yo sólo escribo novelas históricas, pero «El péndulo de Foucault» se desarrolla en los años 80. Sin embargo, tiene razón, es la primera que se fija en los problemas políticos de la Italia de los últimos 30 años.

- ¿Y por qué el periodismo es el tema central?

- Bueno, es también sobre el síndrome del complot. No sólo es una crítica al periodismo, también a internet, donde puedes encontrar muchas páginas web en las que se dice que las Torres Gemelas, por ejemplo, fueron derribadas por un complot.

- La famosa teoría de la conspiración. Ahora que ha sacado el tema de internet, en 1992 la web no formaba parte de nuestras vidas.

- No, no. Prácticamente no existía. Yo empecé a utilizar e-mail en 1994 y fui uno de los primeros. Sólo a mediados de las década de los 90 internet empieza a funcionar.

- Ahora internet y las redes sociales son una herramienta periodística.

- Son un instrumento peligroso. Hace un tiempo se podía saber la fuente de las noticias: agencia Reuters, Tas..., igual que en los periódicos se puede saber su opción política. Con internet no sabes quién está hablando. Incluso Wikipedia, que está bien controlada. Usted es periodista, yo soy profesor de universidad, y si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave, que aún no está solucionado. La materia prima debería ser cómo filtrar las informaciones, pero ningún profesor es capaz de enseñar eso. Una vez sugerí que los chicos escogieran un argumento y copiaran tranquilamente de internet, pero consultando diez páginas web; así empiezan a ver las diferencias, que no todas dicen la verdad o, por lo menos, la misma cosa, y van desarrollando su sentido crítico. Al final, San Agustín, que no sabía griego ni judaico, para saber si era una traducción buena o mala, la comparaba, y esa era la única manera crítica que tenía.

- «Número cero» es un disparo contra «la máquina del fango», contra las perversiones del periodismo. ¿Qué buscaba al escribir esta novela?

- Entonces «la máquina del fango» no se llamaba así, pero existía. Es un fenómeno más bien viejo. No tiene sólo que ver con el periodismo de esos años. Hace un tiempo, si un presidente de Estados Unidos no gustaba, le podían matar, era un acto de guerra; con Clinton se empezó a ver lo que hacía en su cama, básicamente. Pero «la máquina del fango» ahora es más sutil. No consiste sólo en decir que este señor es un pedófilo, ha robado o matado a una mujer, porque es muy difícil; basta con poner algo bajo una luz bastante rara.

- Es suficiente con sugerir, no es necesario acusar.

- Hace un tiempo, un periódico muy parecido al de la novela, que no me quería, publicó un artículo con insinuaciones sobre mí y dijo que me habían visto comiendo en un restaurante chino, con palillos, y con un desconocido. Un desconocido, según ellos, porque para mí era un amigo. Pero decir que alguien está con un desconocido ya te hace pensar en una novela de espionaje, porque para muchos lectores alguien que come en un chino es como el Doctor Fu Manchú. Esta es «la máquina del fango»: no es necesario descubrir delitos, son insinuaciones, sospechas. Una de las técnicas contemporáneas, y en esto Berlusconi ha sido un maestro, es que si te acusan de algo no tienes que probar que eres inocente, basta con deslegitimar al acusador. Porque el acusador es un tipo oscuro.

- Ha mencionado a Berlusconi. La novela transcurre entre abril y junio de 1992, cuando él aún no había aparecido en la escena política italiana.

- He elegido 1992 porque es una fecha muy importante, un momento en el que empiezan las indagaciones sobre la corrupción y todos creen que Italia está cambiando. Pero no ha pasado nada. Además, en 1994 Berlusconi sube al poder y ya se sabe lo que pasó. 1992 es un año muy interesante, porque se podía pensar que en un futuro las cosas iban a cambiar, pero ha sido justamente al revés.

- Al final de la novela, la protagonista femenina asegura: «Siempre hemos sido un pueblo de puñales y venenos».

- Quiere decir que en Italia han pasado cosas terribles en los últimos años, pero no nos importa. Pero quiero hacer otra observación: presento un periódico deshonesto, pero al final también hablo de la emisión de la BBC [«Operation Gladio», el documental que la BBC2 emitió en 1992 sobre la operación paramilitar clandestina], que es un ejemplo de buen periodismo. No hay un pesimismo total.

- Al presentar el libro reconoció que su intención narrativa era marcar los límites de la información. ¿Cuáles son y cuáles deben ser esos límites?

- No creo que existan unas reglas, debe existir el sentido común. ¿Debo mostrar en televisión cómo el ISIS decapita a alguien? Hay unos límites de decencia, pudor, respeto al público, y decido no mostrarlo. Pero no hay una ley que diga que no se pueda hacer. El problema del periodista es saber individualizar esos límites de la información. El problema de las escuchas telefónicas, por ejemplo: si lees algunas de ellas, en las que se escuchan frases cortadas... A veces publicarlas pone una sombra de sospecha sobre una conversación que podría ser inocente. Con eso no estoy diciendo que esté en contra de las escuchas, pero desde luego un periodista no tendría que llevarlo a la primera página.

- Cuando se perpetró el atentado contra «Charlie Hebdo», «The New York Times» decidió no reproducir las caricaturas de Mahoma.

- Grabe muy atentamente lo que le digo, porque es un problema muy delicado. No está bien ofender la sensibilidad religiosa de los otros, pero no está bien matar a quien ofende la sensibilidad religiosa de los otros. Se pueden criticar las tiras de «Charlie Hebdo», pero también reconocer que el terrorismo es un crimen terrible.

Eco interrumpe un momento el hilo de la conversación y señala la mesa, donde hay varios libros. Entre los papeles, el escritor conserva la caricatura que le hizo el dibujante Georges Wolinski, asesinado en enero en París, en la que dice: «Viva Umberto». «Tenía mi misma edad», recuerda con tristeza el autor italiano.

- Ya que ha mencionado al ISIS, ¿cómo analiza el reto que para Occidente supone el yihadismo?

- Si tuviera una solución, sería el presidente del mundo. Siempre que se le hagan ese tipo de preguntas al intelectual o al escritor, el intelectual debe responder como lo hacía Sócrates: «Yo sé de no saber».

- Volviendo al libro que hoy nos ocupa, menciona hechos como la supuesta fuga de Mussolini a Argentina, el asesinato del Papa Luciani, el golpe de Estado de Julio Valerio Borghese, Gladio... y los emplea para reflexionar sobre el problema de la verdad.

- En mis escritos teóricos siempre me he preocupado de la mentira. Preocuparse de la mentira es preocuparse de la verdad, que puede ser entendida gracias a su comparación con la mentira. Si usted pinta una Gioconda falsa, es bastante fácil demostrar que es una mentira; pero ¿cómo se puede demostrar que la del Louvre es la auténtica? Es mucho más difícil. Entender el mecanismo de la mentira algunas veces puede ayudar a entender el mecanismo de la verdad.

- ¿Es imposible la objetividad periodística?

- Es un debate muy viejo. Cada vez que se cuenta un hecho, depende de una interpretación. El problema es ver si hay hechos que son independientes de nuestras interpretaciones. Los límites del periodismo están muy marcados: el periodismo tendría que hablar sólo de los hechos que no dependen de las interpretaciones.

-Por lo tanto, la interpretación no corresponde al periodista.

- No, un periódico bien hecho tendrá un 10 por ciento de información y un 90 de interpretación. Sólo hace falta distinguirlo, si somos capaces.

- En ese sentido, profesor, ¿cuáles son los principales problemas de la teoría del complot?

- Sobre la teoría de la conspiración, hace 50 años el gran filósofo Karl Popper escribió un ensayo que ya lo decía todo. En él cuenta que la teoría de la conspiración es muy antigua: comienza con la Ilíada, donde se pensaba que la ruina de Troya había sido decidida por una conspiración de los dioses. ¿Cuál es la función? Es una manera de decir: somos inocentes, la culpa es de otros.

- En el fondo, el problema es que no nos consideramos responsables de nuestros propios actos. Me gustaría volver a Berlusconi.

- ¡Basta, cerrado! Tenía un amigo italiano que cuando quería tomar el pelo a los españoles decía: «Superado, superado» [ríe con franqueza].

- Pero uno de los personajes del libro, el Commendatore Vimercate, se parece mucho a él.

- Es una lectura fácil. En Italia, al menos, los periódicos pertenecen todos a alguien que no tiene nada que ver con el periodismo, mientras en Estados Unidos hay familias que poseen los periódicos, no son industriales. Los periódicos tienen una propiedad que no pertenece al periodismo, por lo que hay muchos Vimercates. El uso de la prensa es muy frecuente. Habrá pequeños periódicos, que venderán menos ejemplares, pero aún así pueden llegar a tener fuerza sobre los grupos políticos.

- En un momento en la novela, en la redacción del periódico, Simei, el director, dice: «Los periódicos nos cuentan lo que ya sabemos, por eso venden cada vez menos».

- Sí, lo dice Simei, pero lo digo yo también. El drama de los periódicos nace con la televisión. El periódico contaba por la mañana lo que había pasado por la tarde, por eso se llamaba «Corriere della Sera» o Le Soir. Ahora tiene que contar por la mañana lo que todos ya saben. ¿Qué hace, entonces? Intenta convertirse en un semanal; pero, normalmente, un semanal tiene una semana para tratar un asunto, mientras que el periódico sólo tiene una noche, no puede hacer algo muy profundo. O, si no, hace cotilleo, no sólo de los actores, sino político. Ese es el drama del periódico contemporáneo, porque tiene que llenar 64 páginas. Estoy de acuerdo con Hegel cuando dice que la lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno. Pero yo, cada vez más, leo sólo los titulares.

- ¿Qué deberían contar los periódicos para garantizar su supervivencia?

- ¡No-lo-sé! [deja espacio entre palabra y palabra]. Tiene que empezar a buscarse otra profesión.

- ¿De verdad cree eso?

- Es un problema verdadero. Muchos lectores sólo quieren ver si el periódico A concede más importancia a un determinado hecho que el periódico B, sólo para conocer su opción política, no para saber los hechos. Pero antes bromeaba, porque mientras la televisión no podrá aportar nunca un comentario profundo, el periódico puede expresar opiniones de mayor calado a través de un artículo de opinión. La supervivencia del periódico está garantizada.

- En ese sentido, ¿qué les diría a los apocalípticos que hablan de la muerte de la novela?

- Que usted está hoy aquí hablando de una novela.

- Es más, tengo la sensación de que los jóvenes cada vez leen más.

- De hecho, esta idea de que los jóvenes no leen es otra invención de los periódicos para escribir un artículo de cultura. Sólo hace falta entrar en una librería de cuatro plantas para verla llena de jóvenes. Sobre todo si lo compara con mis tiempos. Además, internet también es una herramienta de lectura.

- Y de accesibilidad. Al explicar a los redactores la filosofía del nuevo periódico, Simei dice: «Hay que hablar el lenguaje de los lectores, no el de los intelectuales». Lo que me lleva a preguntarle: ¿el compromiso político del intelectual actual es el mismo que el del intelectual de principios del siglo XX, por ejemplo?

- No, ciertamente, han cambiado muchas cosas: la crisis de la ideología, la crisis de la intelectualidad... Ha cambiado la fuerza de los partidos políticos. En cierto sentido, el intelectual puede ser más libre para desarrollar una acción crítica. La función del intelectual no es hablar a favor de su partido, sino contra su partido.

- Es el único modo de crecer críticamente.

- Ahora el panorama ha cambiado. Puede haber más intelectuales que se ponen de un lado. Y esto pasa porque nadie va a votar, son dos cosas paralelas. Pero, por otro lado, puede haber intelectuales que siguen trabajando como tales; por ejemplo, durante la época de Berlusconi los intelectuales tomaron posiciones.

-¿Cómo definiría el término «intelectual»?

- No lo definiré, porque es un término estúpido. Si un intelectual es alguien que no trabaja con las manos, sino con la cabeza, entonces un empleado de banca es un intelectual; si es alguien que piensa de modo creativo, entonces un campesino que piensa un nuevo modo de revolucionar el cultivo también puede ser un intelectual. Entonces, hoy, intelectual es alguien que trabaja poco, o que no trabaja [ríe].

- En alguna ocasión ha dicho que el texto es más inteligente que el autor. ¿A qué se refiere?

- A todo. Algunas veces, el lector es más tonto que el autor, pero algunas veces el texto es más inteligente que el autor. Alguien que escribe encuentra ciertas reacciones de lectores que son tontas porque no han entendido nada, pero otros ven en el libro cosas que nunca hubiera pensado el autor. Entonces, el libro es más inteligente que el autor.

- ¿Y qué papel desempeña el lector?

«La teoría de la conspiración nos permite decir: somos inocentes, la culpa es de otros»
- He escrito, al menos, cuatro libros sobre eso. Con la Deconstrucción, en Estados Unidos, se exageró un poco la cosa, llegando a decir que el lector puede hacer lo que quiera de un texto. No es cierto. El intérprete tiene delante de sí un objeto y puede construir, entrar con mucha libertad, pero no decir todo lo que quiere. Es una dialéctica muy compleja, una paradoja. Podemos decir que hay infinitas maneras de leer Finnegans Wake, de Joyce, pero no encontramos instrucciones para ir de Milán a Roma. El texto me permite algunas interpretaciones, pero me niega otras.

- ¿Sigue pensando que la semiótica es la teoría de la mentira?

- Al decir aquello, yo quería referirme a que parte de los signos se ocupan de algo que, sin duda, me permite decir lo que hay. Pero, aún más, me permite decir lo que no hay y nunca ha estado. La semiótica se ocupa de todo aquello que se utiliza para decir mentiras. Cuando Ptolomeo decía que la Tierra no se mueve, él no decía algo que sabía que no era verdadero, simplemente se equivocaba. El chiste de la teoría de la mentira se ha convertido en algo muy popular.

- Le cito: «Cuanto más ambiguo es un símbolo, más poder tiene».

- Aquí tendría que dejarme cinco o seis meses para tratar este argumento, porque el problema del símbolo es muy complicado. Pero me gustaría trasladarlo a la dimensión más cotidiana y vincularlo con el problema del complot. Una de las características del secreto es que, cuanto más vacío, más poderoso. Es una actitud muy infantil. ¿Por qué he mencionado el problema del secreto? Algunas veces un símbolo, por su ambigüedad, es más poderoso que un secreto.

- Cicerón decía aquello de «historia magistra vitae».

- Es un hecho más antiguo. Pero, sobre todo, en nuestros días, que cada vez se pierde más el sentido de la memoria... Vemos jóvenes que no saben lo que pasó en el 45 o muchos libros científicos americanos que no tienen bibliografías de más de diez años... En estos casos, la reflexión sobre el pasado es muy importante. Si Hitler hubiese meditado sobre la expedición rusa de Napoleón o leído «Guerra y paz», no hubiera invadido Rusia porque habría sabido que no hubiera llegado a tiempo, antes del invierno. La Historia no puede enseñar todo, pero sí cómo evitar muchos errores y no repetir las mismas ingenuidades.

- Tengo la sensación de que no hemos aprendido la lección.

- No, la olvidamos. Es la pérdida de la memoria.

- La educación también tiene culpa.

- No lo sé: una carencia de la escuela, el hecho de que internet nos otorga un presente eterno... Esta pérdida de la memoria es una enfermedad, y puede ocurrir como en el primer periodo de la Edad Media, que no sabían lo que había pasado en Grecia.

- ¿Qué piensa de la televisión actual?

- Trabajé cuatro años en la televisión, en los años 50. Entonces había un solo canal, en blanco y negro, pero a las nueve de la noche ponían Shakespeare, o «Guerra y paz», o Pirandello, y a la gente le iba bien. Había transmisiones políticas en las que uno hacía una pregunta y el otro contestaba, mientras que ahora gritan, se insultan. Entonces, en cierto sentido, la televisión antigua era mejor, porque la cuota de basura era mínima. Es como el coche, hay que usarlo para moverse de un lugar a otro, no para ir a 200 kilómetros por la autopista. Pero parece que los jóvenes ahora miran más YouTube, se van acostumbrando a cosas muy rápidas, quizás ya no podrían ver una película de Wim Wenders que dura cuatro horas. Pero se puede cambiar: a uno de mis nietos, cuando tenía diez años, le dije que tenía que ver «El guateque», con Peter Sellers, divertidísima; pero no le gustaba, era demasiado lenta para él. Ahora que tiene quince años, le gusta. Se ha convertido en alguien capaz de entender una película más lenta, pero al principio estaba acostumbrado a una velocidad más rápida. Yo he aprendido más de muchas películas que de algunas novelas.

- «Debemos narrar aquello sobre lo que no podemos teorizar.» ¿Es esa la esencia de la novela?

- Es la esencia de mi modo de concebir la novela. La novela pone en el escenario las cosas, puede presentar a un personaje que dice unas cosas y a otro que dice otras, y algunas veces deja que el lector saque una conclusión.

- No quiero marcharme sin preguntarle por el cómic, una de sus grandes pasiones.

- Ha sido un interés constante. Hoy es más un problema de nostalgia, me gustan más los de mi infancia, las novelas gráficas actuales son muy difíciles para mí. Pero es una pasión crítica: escribí sobre Charlie Brown diciendo que era poesía y sobre Superman señalando su ideología. Luego sí, me gusta coleccionar, voy a mercadillos a buscar cómics de 1940... Sí, puede ser una pasión, así como siento pasión por las canciones de los años 30 que escuchaba en la radio.

- De hecho, en su juventud escribió algún cómic.

- Yo, como Schubert, he sido un gran autor de obras no cumplidas.

- Y hasta poesía.

- La poesía escrita entre los 16 y los 18 años es como la masturbación o el acné: son problemas relacionados con la edad.

La deshonestidad del periodismo

Umberto Eco (Alessandria, 1932) empezó a publicar en 1956, cuando se dio a conocer con «El problema estético en Tomás de Aquino», ensayo al que seguirían, entre otros títulos, «Apocalípticos e integrados» (1964) y «Tratado de semiótica general» (1975). Pero su gran éxito llegó con la novela «El nombre de la rosa» (1980), que Jean-Jacques Annaud llevó al cine en 1986. «Número cero», que Lumen publicará el 9 de abril, es su última novela desde «El cementerio de Praga» (2010). En ella relata la creación de un periódico como instrumento de un empresario para llegar a las esferas de poder del Estado en la Italia de 1992.

Un libro póstumo de aforismos de José Luis Sampedro

Javier Rodríguez Marcos, "El libro de la sabiduría de José Luis Sampedro. Un volumen de reflexiones inéditas conmemora el segundo aniversario de su muerte", en El País, 29-III-2015:

“Aquel que está contento consigo mismo / ha realizado un trabajo carente de valor. / El éxito es el principio del fracaso. / La fama es el comienzo de la desgracia”. El hombre que un día reparó en estas líneas de El camino de Chuang Tzu traducidas por Thomas Merton se llamaba José Luis Sampedro y murió en su casa de Madrid en abril de 2013, pronto hará dos años. Para “evitar el circo mediático en torno a la muerte de los famosos”, aquel novelista, académico, profesor de varios ministros de Economía y referente de los indignados, pidió que la noticia se hiciera pública cuando él ya hubiera sido incinerado. Así lo hizo Olga Lucas, su mujer y colaboradora en sus últimos libros, que retoma ahora las últimas voluntades de su marido para publicar La vida perenne (Plaza Janés), que llega hoy a las librerías.

Completado con fotografías de Chema Madoz, cuyos poemas visuales habían ilustrado ya las cubiertas de varias obras de Sampedro, La vida perenne es un volumen sin género preciso, algo así como el libro de la sabiduría del autor de La sonrisa etrusca, una colección de citas ajenas y reflexiones propias. En sus páginas conviven, en efecto, la sabiduría del escritor y la que este descubrió en los demás, sobre todo en el taoísmo y el hinduismo, la mística occidental y la sufí. Como cuenta en el prólogo Olga Lucas, responsable de la edición junto a Ángel Lucía, gran amigo del autor, José Luis Sampedro llegó a estudiar árabe para entender mejor las notas a pie de página en los textos de Jalal Ud-din Rumi, en su opinión, “uno de los más altos poetas de la literatura”. Su experiencia con la poesía sufí, ya presente en la novela Octubre, Octubre, “fue para él un descubrimiento iluminador”, afirma Lucas.

Con ecos declarados de La filosofía perenne, de Aldoux Huxley, el libro que ahora ve la luz revela la dimensión más “espiritual” de un autor nacido en Barcelona el 1 de febrero de 1917 y recriado en Tánger, Soria, Aranjuez y Santander, que terminó siendo catedrático de Estructura Económica en la Universidad Complutense y Premio Nacional de las Letras pero rechazaba que lo llamaran maestro. “Una vela, un quinqué dan luz, iluminan, permiten ver; en cambio, unos focos deslumbran, ciegan, dificultan la visión. El maestro está para ayudar a ver, no para cegar a sus discípulos”, escribe Sampedro en una de sus anotaciones justo antes de lamentar que los ideales de nuestro tiempo hayan quedado “reducidos prácticamente al éxito económico”, algo que, continúa, “ha degradado las ilusiones, la dedicación, la gran aventura, la vida interior, en muchos casos… el componente misterioso, al que uno puede aproximarse, sin tener la seguridad de encontrar respuestas”.

“Durante toda su vida José Luis Sampedro insistió en señalar que el ser humano es multidimensional, que tenemos el deber de explorar todas nuestras potencialidades y de construir una sociedad que permita que esto ocurra”, subrayan Olga Lucas y Ángel Lucía. Así, La vida perenne explora caminos que escapan a la razón pero no pierde de vista la cruda realidad del mundo. “No podemos ser tan reduccionistas como para tomar partido entre el buen salvaje o el científico”, escribe el autor de El amante lesbiano. “Llegar desde Grecia hasta aquí con tan asombrosos progresos es prodigioso. Lo importante es pararse a pensar, imprimir otro ritmo. La cuestión no es estar a favor o en contra del progreso sino cómo progresar”. Uno de los apartados de este libro póstumo se titula Libertad, igualdad, fraternidad y reúne las críticas de Sampedro al “modelo económico liberal”, que considera “agotado” pese a haber sido muy útil en la Europa que transitó desde el absolutismo a la democracia. ¿Por qué agotado? Porque choca con tres barreras: “Física, pues el derroche de recursos tropieza con los límites del planeta; política, porque el Tercer Mundo ya no acepta la explotación; y psicológica, pues el desalmado sistema reduce al hombre a mero productor-consumidor”.

Frente a la tentación de otro reduccionismo, el que identifica misterio y religión, Sampedro advierte: “Cualquier fe es una forma de ceguera. Cuando decimos: 'La fe es creer lo que no vemos', en ese mismo instante la fe nos impide ver lo que vemos”. “Yo no he tenido nunca la sensación de un alma inmortal”, dice poco antes. “Ni la necesito ni me interesa”.

Si en las primeras páginas de La vida perenne José Luis Sampedro anota que “ahora la gente no muere en casa, todo lo relativo a la muerte ocurre lejos y eso dificulta la aceptación de la muerte como algo natural”, sus últimas anotaciones son una reflexión sobre el final y una acción de gracias hacia la vida. El libro se cierra con dos líneas que empiezan y terminan con puntos suspensivos: “…A lo mejor el error está en pensar en que esto es el ocaso, cuando en realidad es la aurora…”.

domingo, 29 de marzo de 2015

Fuga del periodista liberal Ángel Iznardi de la cárcel de Miguelturra en 1831

Hace dos o tres años escribí un artículo de investigación que, en general, ha sido ignorado olímpicamente a causa de su estrecho cauce de difusión (supongo, aunque eso es mucho suponer; también es verdad que el presupuesto en tiempos de crisis para irse de públicas está más bien escaso); en él descubría un gran volumen de obra desconocida del mayor escritor y periodista ciudarrealeño del siglo XIX, Félix Mejía, demonio familiar al que no tendría ningún gusto en conocer, a pesar de que prácticamente lo he desenterrado yo. Y se echa de ver que otro que acabo de escribir para el Congreso del Instituto de Estudios Manchegos en que descubro que el párroco de Santiago en Ciudad Real Sebastián de Almenara se pasó varios años de fines del siglo XVIII escribiendo artículos y poemas para el Semanario de Salamanca y el Diario de Madrid, correrá la misma suerte. 

La obra de Mejía no se publicará; o sí: tendría que robar tiempo a mi vida y ya le dediqué mucho; nadie me lo pedirá y que te paguen cuatro cuartos no compensa ni de lejos; ¿cómo va a compensar si no la leen porque ni siquiera saben que existe? Se exige del escritor que sea un showman, que se ponga el traje de luces de las imágenes y que encima sea guapo, maricón, zombi o algo así que venda o epate; un gran vendedor de prosa, Umbral, lo sabía bien. Había venido a hablar de su propia imagen de marca. A esos manchegos tan manchegos ni siquiera se les ha ocurrido representar el teatro del manchego Félix Mejía, aunque sí, por cierto, el de Domingo Miras, quien habló de la misma época que Félix Mejía con un desconocimiento tremendo, por n su teatro, que defiende valores subvewrtidos en este mismo momento en que el PP excreta más que decreta una "Ley mordaza" anticonstitucional. Si se publicase sería entendida de inmediato: su lenguaje está vivo y habla de cosas que importan ahora: la democracia, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la pobreza, la injusticia, la alegría a pesar de todo. Es una obra muy extensa y muy compleja en prosa y verso, y aunque tengo muy avanzado el proyecto de publicar sus obras (ya tenemos impreso su teatro, sin que ni una miserable crítica haya aparecido sobre el libro, salvo referencias elogiosas de Pedro J. Ramírez y algún que otro, demasiado lejos, allá en Madrid, donde se lee algo más que aquí; también es verdad que no lo he enviado a nadie para reseñar -eso compete a otros, ejem, que se miran mucho el ombligo y aún todavía más abajo-; por otra parte, aquellos a los que se los he enviado o regalado se han callado como muertos y enterrados, entre ellos un famoso biblioacumulador instalado en Roma que me lo pidió expresamente y otros de ese jaez, del mundo universitario y demás; tendré que irme a Madrid a gestionar estas cosas, con la pereza que me da)

 también es verdad que su proyecto muylo será también. expresando, entre otras cosas, una gran preocupación por la crisis demográfica que afligía a Ciudad Real por entonces y de la que se hace eco, por ejemplo, sin conocer ese artículo, Félix Pillet en su Geografía urbana de Ciudad Real. En dicho artículo sostenía y probaba yo que Félix Mejía había escrito casi la totalidad de los "Suplementos" satírico-políticos en verso y prosa del principal diario progresista posterior a la caída en 1843 de ese otro gran manchego, el general Espartero, el Eco del Comercio. 

Pude hacerme en un librero de viejo con un volumen encuadernado antiguo que contenía la mayoría de los artículos del tal "Suplemento", incluso algunos que no posee la estragada colección de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ahora, sin embargo, voy a extenderme un poco sobre el principal de los editores del Eco del Comercio, Ángel Iznardi, que estuvo preso en Ciudad Real y Miguelturra por sus veleidades liberales al final del reinado de Fernando VII, primero de los bastardos que usurparon el trono de España (según una documentación exhumada modernamente, la dinastía Borbón se acabó en 1819 con Carlos IV, el rey que prefirió llevar cuernos en vez de corona; el otro bastardo fue Alfonso XII, de forma que actualmente reina Felipe VI Ruiz-Puigmoltó) 

Ángel Iznardi, Isnardi o Iznardy (Cádiz, c. 1804 - c. 1857), gaditano y sin duda emparentado con el médico, periodista y revolucionario Francisco José Vidal Iznardi que participó en la secesión de Venezuela y firmó como secretario su primera Constitución, anterior a la de Cádiz, la de Miranda, en 1810, amigo y socio periodístico del escritor y periodista demócrata ciudarrealeño Félix Mejía, empezó estudios de Medicina en Cádiz, pero los abandonó para estudiar Derecho en Madrid. Desde 1828 estuvo en la tertulia de Salustiano Olózaga y allí conoció además al sabio cubano Domingo del Monte, con quien intercambió correspondencia epistolar, a Ramón Mesonero Romanos y a Tomás Quintero. Delmonte, su gran amigo, conocía, hablaba y escribía correctamente cinco idiomas modernos, además de los clásicos; Iznardi sabía francés, inglés, latín y griego, y animado por sus amigos se consagró al periodismo. Empezó como redactor en El Correo Literario y Mercantil (1828-1833) de José María Carnerero, un buen conocido de Mejía,y también en el Boletín Oficial de Madrid, pero la policía secreta fernandina lo detuvo junto a Olózaga en 1830 y y luego en 1831 y lo condujo a una cárcel de Miguelturra, de donde tras seis meses encerrado pudo escaparse (quizá con ayuda de su amigo, el abogado instalado en Ciudad Real Pascual Laverón)  y marchar a París, donde enfermó gravemente; empezaba a recuperarse cuando una terrible epidemia de cólera azotaba la capital francesa. Fallecido Fernando VII y vueltos los liberales al poder, fundó en Madrid el periódico progresista El Eco del Comercio (1834-1849). Conspirando con Manuel Barrios (compañero de la logia de Juan de Dios Álvarez Mendizábal y José M.ª Calatrava que organizó la llamada Sargentada de La Granja de 1836, gracias a la cual fueron nombrados después ministros), fue recompensado con el cargo de jefe político en Logroño (1837) y Córdoba durante la regencia de Espartero (1841-1843). Algo más tarde estuvo también liado en la preparación de la Vicalvarada de O'D'onnell y lo volvieron a recompensar (1854) con el cargo de director de Correos. 

Aún están por recoger las poesías que firmaba con el sobrenombre Darsino Daltico y que he visto dispersas por algunos periódicos; en prosa destacó como escritor costumbrista usando el pseudónimo de El Mirón y tradujo además algunas comedias del francés. 

Su captura y evasión de Miguelturra aparece contada en una carta dirigida a Domino del Monte ("Montino", en sus versos) y en un poema, que paso a transcribir a continuación.

Carta CXVI, París (I-V-1832):

Yo no sé si haré bien en escribirte mi situación con entera libertad en el estado de persecución por motivos políticos; pero mi corazón necesita explayarse y tomo la pluma para comunicar contigo mis penas y aliviar así el peso de mis infortunios [...] pero si tú creyeses que mis pensamientos pueden acarrearte el menor de los padecimientos que yo he sufrido por espacio de un año, rasga esta carta, quémala o entrégala tú mismo a la policía [...] No sé si te habrá contado nuestro buen Tatao [su amigo cubano Anastasio Horozco] mis sucesos hasta el triste día 25 de abril de 1831 en que me despedí de él a las seis de la mañana junto al arco de la puerta de Tembleque, siguiendo él con su apreciable esposa y su niño el camino de Andalucía y yo el de la derecha que va a Ciudad Real, adonde me conducían mis verdugos. Nunca se me olvidará aquel momento: Tatao llevaba puesta su capa azul y debajo en brazos a su hijo... Yo no sé lo que le dije, pero él pudo conocer mi estado. La noche anterior cenamos juntos y él te podrá decir que no derramé una lágrima, a pesar de que me veía arrancar del último objeto querido y de que mi corazón podía prever todo lo que me aguardaba en el destierro. No me costó poco aquel esfuerzo, pues te aseguro que en el encierro de Madrid, cuando esperaba la horca por término de él, no sufrí más que en aquella horrorosa noche; yo creo que él y G. Lo conocieron y procuraban por eso distraerme presentándome su niño precioso y haciéndome notar sus gracias; pero, ay, mi Domingo, que yo no sé si el verlos aumentaba mi amargura. Entonces Tatao, con aquel penetrante juicio que Dios le ha dado, introducía otra conversación; pero yo ya lo conocía y conocía también que no había para mí consuelo en la tierra: el tiempo ha confirmado mis tristes presentimientos. Perdona, querido amigo, si me detengo en estos pormenores: me es dulcísimo el recordarlos y sé que a ti no pueden ser indiferentes mis desgracias. Llegué por fin a Ciudad Real y a los veinte y tantos días de estar allí espionado y sin tranquilidad ni sosiego, envió una requisitoria la Sala de Alcaldes de Madrid al Alcalde mayor de Miguelturra para que me prendiese haciéndome rubricar todos los papeles que me encontrase; lo cual no solo ejecutó el miserable rábula, sino que añadió de su motu proprio la ocupación de los libros impresos, robándome así el único consuelo que podía esperar en la prisión adonde me condujo aquella misma noche entre soldados. El día 23 de mayo antes de amanecer entré en un calabozo subterráneo de la cárcel de Miguelturra de 18 pies, en cuadro, con una bóveda de 9 de alto, sin más ventilación que la de una ventanilla alta de tres cuartas de ancho. Y allí permanecía, por espacio de seis meses, sin que en ellos se me dirigiera legalmente la palabra una sola vez [ni] se me suministraran auxilios de ninguna clase, a pesar de hallarme sin medios y en un pueblo extraño. Ni se me permitiera escribir a mi adorada madre, para hacerle saber, en carta que viesen antes mis perseguidores, que su hijo no había muerto todavía y que la amaba tan tiernamente como siempre. Después de varias tentativas frustradas, anocheció para mí más dichoso el día cuatro de noviembre y, antes del amanecer del 5, me hallé libre por mis propios esfuerzos, aunque solo y en un campo que pisaba entonces por la primera vez de mi vida. Las circunstancias de mi evasión, y las que completaron mi fuga de un modo algo maravilloso, no son para fiadas al papel, por razones que no se ocultarán a tu penetración: basta decirte que ha sido obra de algunos meses, y que, al fin, me veo salvo de lo que entonces pesaba sobre mí. 

Pero, ¡ay mi Dios, qué lejos estoy de ser feliz! Aquí me tienes en un cuartito del cuartel latino, solo, sin noticias de mi familia ni de mis amigos, y en un país donde se sufre acutalmente una epidemia horrorosa sin medios y sin familia que cierre mis ojos cuando el cólera ponga término a tanta desventura. No vayas a pensar por esto que desmaya mi corazón a vista de tan horroroso porvenir: nada de eso; todos y más puedo sufrirlos; pero el no sentirlos y el no sentirlos con la vehemencia que los siente este corazón tendría más de estupidez y de brutalidad que de filosofía. Mi memoria recuerda la época de mi prisión y no encuentra, comparándola con la actual, aquella favorable diferencia que debía experimentar mi espíritu: hoy mismo pudiera repetir estos sáficos hechos a un rayito de luna que entraba por la estrecha ventana de mi calabozo: 

Dulce consuelo del mortal cuitado,
claro reflejo del lumbroso Apolo,
pálida reina del nocturno cielo,
fúlgida luna.
El curso enfrena de tu luz süave,
goce tus rayos la prisión oscura
do un infelice de su patria lejos
gime inocente.
Cuando bañares con tus blancos rayos
la sien canosa de mi tierna madre,
tristes endechas de su amante hijo
llévale, oh luna.
Cuando la hermosa que apartada lloro
mire tus luces en la escelsa Mantua,
entrambos rayos de sus dos luceros
torna a mis ojos.
Así las nubes que tu brillo ofuscan,
así la lluvia que tu luz apaga
libre dejando tu celeste imperio
huyan veloces.

Otros versos no menos tristes y llorones repito aquí en mis soledades y conozco ahora más que otras veces aquello que dice Cicerón de que estos estudios son un asilo en las adversidades y prestan un consuelo que nunca se acaba [...]

(Centón epistolario de Domingo del Monte con un prefacio, anotaciones y una tabla alfabética por Domingo Figarola-Canedam, académico de número. Tomo I 1822-1832. Habana: Academia de la Historia (Imprenta "El Siglo XX"), 1923, pp. 151-153)

Es difícil pensar cómo se pudo escapar del calabozo en Miguelturra, un lugar conocido en toda España como uno de los más cerrados baluartes del absolutismo y aun del carlismo (con la localidad de Porzuna, por cierto), por más que no poca de esa fama se deba a la de corrupta que le dio la segunda parte del Quijote. Solo puedo especular, pero lo cierto es que tenía en Ciudad Real a un buen amigo y de Delmonte, el abogado Pascual Laverón, que pudo facilitarle las cosas. Lo sé porque en una carta anterior (XL, p. 56), enviada a Domingo Delmonte o Del Monte (10-X-1829) lo menciona:

Nuestros amigos Mesa y Laverón se han visto precisados a marchar aquel a Talavera y este a Ciudad Real a ejercer su profesión. Pascual ha pasado mil desventuras y en una carta suya de 28 de setiembre me dice para ti: "He sabido con el mayor placer de nuestros carísimos Domingos; tú que sabes el cariño que supieron inspirarnos estos apreciables y francos americanos, sobre todo el instruidísimo Delmonte, podrás juzgar de cuánto placer me habrá servido la noticia de su feliz arribo a su cara patria, la dichosa Habana. No te olvides de hablarles de mí cuando les escriba y de participarles que todavía no se ha cansado de perseguirme mi mala suerte; pero que, cualquiera que ella sea, jamás se borrará de mi corazón, ni de mi memoria, la imagen de los Domingos". Después ha escrito de modo que podremos esperar Salustiano y yo que podrá mantenerse en Ciudad Real con su familia, a quien llevó desde luego consigo.

Más tarde vuelve a mencionar a Pascual Laverón (LXIV, 9-II-1830, p. 85):

Laverón sigue en Ciudad Real, capital de la La Mancha, ejerciendo su facultad: hasta ahora no le va del todo mal, y tiene esperanzas de que le vaya mucho mejor. Mesa se ha establecido en Talavera con buen éxito. Uno y otro han tenido que tomar esta resolución perdida la esperanza de entrar en este colegio porque el Gobierno ha resuelto suspender la provisión de las vacantes sin duda con la intención de disminuir el número.

También lo hace Salustiano de Olózaga (LXIX, Madrid, 26-III-1830,  p 90):

A mí no me prueba mal, pero como mis necesidades se aumentan, quisiera trabajar todavía más y, con la franqueza de nuestra amistad, te digo que, si te es fácil proporcionarme algunos pleitos de esa isla, me harán muy al caso porque los de la Península son poco productivos. A Laverón en Ciudad-Real y a Mesa en Talavera les va muy bien, pero si yo me quejo de la Corte ¿con cuánto más motivo se pueden quejar ellos de los pueblos miserables en que tienen la desgracia de vivir? Ambos se acuerdan de ti y te dicen mil expresiones cariñosas.

En unos tercetos encadenados que escribió a "Montino", esto es, Domingo Del Monte o Delmonte, Ángel Iznardi cuenta así el mismo episodio miguelturreño que en la carta, pero con más viveza y detalles:

Epístola a Montino:

Mi caso escucha. Con furor entraron
en mi modesto hogar muchos guerreros
y a tu inocente amigo rodearon.

"Al Rey preso" gritando y los aceros
y arcabuces al pecho dirigidos
de mis vestidos se agarraron fieros.

¿No has visto en despoblado los bandidos
arrojarse al incauto caminante
y, aunque indefenso, en roncos alaridos

Mandarle que se rinda y al instante
sus cofres trastornar, y enfurecerse
si no encuentran metálico sonante?

Pues así los satélites al verse
fallidos en su utópico deseo,
y cual humo su plan desvanecerse,

los papeles y libros en que leo,
que siempre fueron mi única riqueza,
con atención repasan; pero veo

que es vana su atención y ligereza:
porque entre todos ellos no hay ninguno
que sepa traducir lengua francesa.

Veamos el inglés: uno por uno,
al filósofo Pope toman y dejan,
que siempre el ignorante fue importuno.

Lo negro les estorba; ya manejan
del gran Homero la Iliada en griego
y, a su vista, también pasmados cejan.

Míranla del revés, la vuelven luego
hasta que el juez habló como letrado,
diciendo: "Para mí es aquesto griego".

Sin pensar lo acertó. "Pero mirando",
añade, "que quizá cosa importante
puede encontrarse aquí para el Estado,

quiero que, sin pasar más adelante,
de estos libros se forme un inventario
y a Madrid se remitan al instante".

Fue allí ver el despojo de mi armario
cual si fuera enemigo campamento
y volar mi trabajo literario.

De verso y filología en un momento
labor de muchos años vi perdida
allí, y esto colmó mi descontento.

Tú, que aprecias cual yo más que la vida
del alma el pasto en clásica lectura,
juzgarás de mi pena la medida.

Díjeles que a mi propia desventura
la de inocentes libros no añadiesen,
cuando a ninguno ofenden sin ventura.

Pero, bien que instruidos estuviesen,
o los guïase su exaltado celo,
o en aumentar mi mal se complaciesen,

ninguno satisfizo mi desvelo,
y, estando terminado el escrutinio,
libros, papeles alzan ya del suelo

que pasaron del mío a su dominio
conduciéndome luego silenciosos
sin explicar cuál fuese su designio.

A este pueblo llegamos presurosos,
y, arrojado en prisión húmeda y fría,
candado y llaves cierran cautelosos.

Yo aseguro, Montino, que querría
si al dolor inspirase el numen santo,
pintarte fiel mi inquieta fantasía

en noche tan crüel: si rudo el canto
no permite a mi voz versos pulidos,
veraces sí serán, pues vale tanto [...]

Nuevo huracán con furia impetüosa
postró por tierra mis dichosos bríos
y a cárcel me conduce tenebrosa.

Heme aquí separado de los míos
dado el ánimo a tristes reflexiones
y perdido en continuos desvaríos.

Si saber de mi arresto las razones
fatigo una y mil veces la memoria
y hallar crimen no puedo en mis acciones.

Tal vez medito mi pasada historia
y el mal aduermo del presente día
con el recuerdo de la antigua gloria.

Como cuando en tu dulce compañía
visité de Madrid los monumentos
el Real Palacio y gótica armería...

No es extraño que Ángel Iznardi tradujera luego algunas piezas dramáticas de Dumas; ya tenía experiencia en fugas al estilo Conde de Montecristo. El XIX era una época fértil en poesía, romanticismo, revoluciones y aventuras... incluso en Miguelturra. Ya he hablado de la que montaron el carbonario Tomás Bruguera y el médico bavufista de origen francés José Molina Blampain en Ciudad Real cuando la regencia de Espartero (1841-1843), el primero Jefe Político designado expresamente por Espartero para armarla; cuando estaba a punto de lograr algo tras casi dos años de tejemanejes, Narváez lo envió a escardar cebollinos. El nombre del catalán Tomás Bruguera no les sonará: es lógico. La actitud de los manchegos ante el progreso se resume en un endecasílabo: "Si es de aquí, no va a ninguna parte". Tomás Bruguera, no era de aquí y además quiso cambiar algo, así que lo echaron. En nuestro descargo diremos que lo deploraron algunos buenos manchegos (Joaquín Gómez, por ejemplo) y hay artículos en periódicos de la época que no dejaron tampoco de lamentarlo. La historia de los catalanes que quisieron reformar La Mancha es algo más larga; les mencionaría, por ejemplo, a José Boada y a sus numerosos hijos, algunos de los cuales llegaron, como su padre, al consistorio municipal manchego incluso con cargos de mayor importancia; pero este artículo ya se pasa de largo. 

Como bibliografía hay que citar desde luego a José Escobar Arronis, "Un costumbrista gaditano: Ángel Iznardi (El Mirón), autor de Una tienda de montañés en Cádiz (1833)", en Joaquín Álvarez Barrientos, Alberto Romero Ferrer (eds.), Costumbrismo Andaluz, Sevilla: Universidad de Sevilla, 1998, pp. 47-68; Manuel Ossorio y Bernard, Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX. Madrid, 1904 y el citado Epistolario de Domingo Delmonte.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El nulo apoyo a la enseñanza en España

Enseñar no es fácil; hacerlo en España, tampoco y quizá menos que en otras partes. Todas las profesiones en que es preciso tratar con personas son delicadas y duras en lo psicológico: profesor, periodista, policía, médico... Pero el enseñar en España tiene algo de desgracia añadida; hace solo dos siglos que dejamos de tener Inquisición y hace bastante menos no había enseñanza gratuita obligatoria. Distan setenta años de que una gran mayoría de maestros, profesores y científicos fueran fusilados, represaliados o tuvieran que exiliarse o dedicarse a otra cosa, porque en España a los primeros a los que envían al paredón es a los curas, a los maestros y a los poetas líricos. A millonarios como Juan March, uno de los principales promotores de una conocida tomatina parecida a la del avión, no. Incluso tiene en Madrid una fundación dedicada a la filantropía cultural (puro "lavatorio del cerdo", diría Miguel Agustín Príncipe) y una biblioteca teatral. Aquí expondré mi experiencia personal, no sé hasta qué punto representativa, pero que quizá sumada a otras pueda tener algún valor.

En el curso de treinta años de enseñanza he notado una evolución y una involución. Han aumentado los conocimientos previos de los alumnos en tecnología y han decrecido en lectura y humanidades. Y lo curioso es que, sin dominar viejas tecnologías, difícilmente se puede sacar fruto a las nuevas, que son consecuencia de las otras. Los jóvenes son ahora tan diestros en manejar el pulgar para apretar botones como patanes en menear el bolígrafo o en crear contenidos (se entiende por esto cosas con sustancia y utilidad) para Internet. Son más "artistas" y han perdido voluntad, disciplina, aguante, paciencia y ortografía (no les importan los pequeños detalles). Saltan como mariposas de enlace en enlace sin leer nunca más de dos frases seguidas y son incapaces de extraer una conclusión razonada y razonable.

Es fundamental comprender que esta falta de voluntad y esfuerzo es crucial para inclinar la balanza global de la enseñanza actual a lo negativo, porque los análisis modernos han venido a resolver que, para sacar unos estudios, lo esencial no es ni la memoria ni la inteligencia, aunque tener caudal de estas cualidades ayuda: es la voluntad y el trabajo. Y no hay píldoras, tratamientos ni libros buenos para enseñar y desarrollar esta capacidad, aunque en algo sí son constantes y voluntariosos: en desarrollar su físico y apariencia. Nuestros muchachos podrían correr dos mil metros sin perder el resuello y en vez de a la biblioteca van al gimnasio a moldear su cuerpo; inversamente, si tuviesen que recorrer con la vista cinco líneas del Quijote tendrían, desesperados, que echar mano al diccionario, se dormirían, tirarían el libro o lo dejarían para poner un "guasap" o irse a una merienda vegetariana; leer, esto es, ejercitar las neuronas con la lectura y extraer abstracciones, ideas, representaciones de las palabras es para ellos más fatigoso que acarrear ladrillos en una obra o ejercitar los músculos para jugar al balompata (que llaman football).

En cuestiones humanísticas su insapiencia es de abrigo; hagan la prueba: apuesto a que la mayoría de vuestros hijos no sabrá deciros quiénes fueron Nerón o Job. No han visto películas de romanos, aunque sí cosas como las Cincuenta sombras de Grey, la última de vampiros pitopáusicos o Los juegos del hambre. Lo más probable, sin embargo, es que, cuando "echaban" pelis de romanos (por Semana Santa) estuvieran viendo dibujos animados (anime japonés) por ordenador con un guion compuesto por ágrafos descerebrados  (¿qué se puede aprender de los Pokemon, sin tilde en la e, por cierto? ¿Qué valores morales inculca Dragonball o Naruto?). Al menos los Astérix les indicaban algo sobre el mundo romano, algo que una versión aún más vacía del paletismo estadounidense, el paletismo nipón, está estropeando todavía más con sus mangas sin letra y sus dibujos animados baratos, nada parecidos a Heidi, Marco, las maravillas de Miyazaki o incluso el costumbrismo del pícaro Yoshito Usui. Y como los progresetes y las feminazis les han quitado la asignatura de Religión, se han quedado sin saber algo del Antiguo Testamento (nada meapilas e incluso para mayores de dieciocho: es lisa y llanamente Historia y Literatura) o el dramático y ético Evangelio, conque quedan capados para apreciar cumbres del arte como la Pasión según San Mateo de Bach, el Requiem de Mozart o (se dice pronto) la mitad de toda la Historia del Arte occidental, junto no pocas cosas más nada tangenciales a otras disciplinas. 

Todo esto lo exagera, además, la burricie televisiva estatal y privada, que adocena a las masas ovinas con programas "sociológicos" como Gran Hermano, "Adán y Eva" (no, no es Historia sagrada) y otras pornografías necias apenas disfrazadas, desterrando la curiosidad sabia y los documentales de la programación a las cuatro de la mañana y olvidándose para siempre jamás de cosas como el "teatro" (que habría que explicarles como un "cine paleolítico"). La televisión ha perdido no ya la vergüenza, sino hasta la desvergüenza: es solo mera mierda, eso sí, llena de interesante publicidad, porque ahora es más amena (por obvios intereses económicos) que esos trozos de programa salidos directamente del culo. ¡Y nos quejábamos de la publicidad! Ya es lo único que hay, porque no hay contenidos, sino burbujas de vacío en la diarrea audiovisual; solo los tropezones publicitarios tienen algún sentido en esa poética de las formas sin semántica.

Si tenemos la suerte de que el paciente Job en el estercolero audiovisual suene algo a alguno de nuestros muchachos, lo más probable es que lo confundan con un señor de Apple, aunque ocurre al revés también; a un ilustrado profesor amigo mío un alumno le dijo que no había hecho los ejercicios porque estaba viendo "Aída", pero lo perdonó porque una ópera de Verdi es algo que se disfruta en pocas ocasiones. Le faltaba el marco de referencias oportuno.

Solo en una cuestión las humanidades les atraen: en "saber" farfullar inglés; sin embargo, no les pidan traducir nada en ese idioma: para vergüenza nuestra, Robert Browning y Algernon Charles Swinburne pueden pasarse perfectamente otros cien años sin versión al español, una lengua de cuatrocientos millones de analfabetos funcionales a los que solo les interesa el inglés (y no digamos el francés, el alemán o el italiano) para decir que su sastre es rico. 

Las razones de tan gran inoperancia en lectoescritura derivan en gran parte del capitalismo global, ansioso ya incluso de absorber lo que queda de riqueza en poder de las clases medias y reducir a la gran masa a la pura esclavitud. El capitalismo no busca competidores y críticos, sino consumidores dóciles alienados por una cultura light (la traducción más real del anglicismo es "insustancial" o "paleta") que se identifica con el american way of life o incluso algo peor, el sistema de vida asiático esclavista. Cuando yo era joven aprendía a leer (y a acabar lo que leía) en los tebeos y en una Enciclopedia que compraron trabajosamente mis padres a plazos, en la que siempre uno podía saciar su curiosidad por temas que ahora no aparecen en la "tele". Asimismo, me pasaba las tardes en la biblioteca pública o me colaba en cines donde había sesiones dobles baratas; uno podía, por ejemplo, comprar un tebeo y cambiarlo luego en tiendas en que te daban, a cambio, uno usado entre muchos por un duro o menos. Así se podía leer muchas historietas sin apenas dispendio; pero esas facilidades han desaparecido ahora: ni hay tebeos, ni tiendas de esas. Lo que sí hay son novelas gráficas carísimas, manga sin texto y álbumes que se venden en grandes superficies alejadas de la ciudad. No hay tampoco editoriales que cubran un sector semejante tan microeconómico ni políticas de estado destinadas a subvencionar publicaciones de historietas, fuera de que las editoriales y las librerías cierran por la competencia brutal de la piratería en Internet (por más que crezcan las librerías de segunda mano). Toda una generación que creció leyendo novelitas del Coyote, del toledano Estefanía o Mortadelos, Jabatos o Capitanes Trueno ahora no encuentra equivalentes. Con un tebeo se aprendía no solo a leer, sino ortografía, porque, como el ojo ve el dibujo a la vez que la letra, la mente asocia el dibujo de la la ortografía correcta a las otras siluetas, algo que ni se les habrá ocurrido a los culturetas que programan exposiciones de cuadros caros, gastos de charanga y pandereta o ciclos de conferenciantes a cien euros la hora. No diferente es el desprecio de los ayuntamientos rurales por sus bibliotecas públicas, casi siempre cerradas, sin programas de animación a la lectura ni álbumes de historietas, con libros seleccionados sin criterio o desechados y que da grima verlas. No es el caso de Ciudad Real, por fortuna, pero sí el de incontables pueblos manchegos, como he podido comprobar.

Otro factor grave que contribuye al "aburramiento" colectivo de los jóvenes es que se los socializa desde demasiado temprano, haciéndolos más susceptibles de "modelizarse" a las "modas" capitalistas más que "formarse" a los "modos" humanísticos. Socializarse tan temprano con ayuda de móviles, fiestecillas de cumpleaños y continuos actos sociales no es necesariamente bueno; de hecho es preferible un friki a un deportista o botellonero con la agenda electrónica llena de falsos, superficiales (y superviciosos) amigos en camino de transformarse en ninis sentados en la acera; los jóvenes de ahora carecen de soledad para "descubrir"; en ella pueden oír las voces de unos amigos distintos, los libros; al contrario que los otros, son fieles, no cambian de opinión y siempre están allí sin que tengan que convocarlos. No te exigen estar "conectado" (encadenado) al móvil, simular que no eres lo que eres ni mantenerte "en línea" (en la "apariencia colectiva", una especie de nube formada por colecciones de miles de fotos) para que la gente se acuerde de ti y te invite a "eventos" tan memorables como la enésima comida común o el enésimo fiestorro sin qué ni para qué. Habría que luchar contra todo ese "terror" a transformarse en un marginado de las relaciones electrónicas, siempre más inauténticas que las reales. Hay que descubrir a los jóvenes los apasionantes horizontes que abre la soledad, lo bien que suena la inédita e inescuchada voz de uno mismo cuando hay silencio alrededor. La literatura es la voz del yo en compañía, y la forjó la soledad; Internet es la voz meramente de la compañía sin yo.

En el fondo todas esas relaciones electrónicas las forja la necesidad de huir de la descomposición de la familia. La vida familiar ha degenerado gracias a la presión desestructurante que el capitalismo y los servicios "públicos" ejercen sobre ella. Esa inestabilidad se percibe en grupos como son las clases de los colegios y los institutos, porque los muchachos la reflejan y proyectan contra sus compañeros y profesores. En ciertos pueblos formados por aluvión de temporeros, hay aulas en que más que a un profesor se necesita a un exorcista, a un general de la OTAN o a un traductor de la ONU. Hay aulas donde se hablan cuatro o cinco idiomas distintos (tan facilitos como el cantonés, el árabe, el ruso o el suajili) con alumnos de familias desestructuradas por las políticas laborales de diversos gobiernos y que tienen que enfrentarse a las no menos desestructurantes reformas educativas de esos mismos gobiernos (estatal, autonómico y el que se quieran inventar) más las disposiciones necias y absurdas de los gerifaltes varios de la cosa. Burlándose de estos políticos de mierda, sin capacidad para ponerse de acuerdo en el bien de su país, una revista educativa, desesperada ante una nueva y enésima reforma educativa cuando no acababa de aprenderse la última, tituló su portada: "El profesor chiflado".

¿Quién puede resistir un ataque conjunto tan terrible sin desmotivarse, al que hay que sumar además la burocracia, la bajada de sueldos, el aumento de funciones, la desestima profesional y la falta de incentivos y alternativas? Al profesor de hoy, constituido en el raído heraldo de un ayer que se presenta como muerto e inactual, lo combate la sociedad entera, las modas, la televisión, los móviles, el capitalismo, la sociedad de consumo e incluso los propios gobiernos.