domingo, 30 de septiembre de 2012

Del asco de ser patriotero


Ignacio Vidal-Folch 30 SEP 2012 El País:

El peso (leve) de ser español

Mi admiración por Cioran jamás flaqueará, porque pudiendo nacionalizarse francés, que le hubiera facilitado la vida en términos administrativos y burocráticos, mantuvo su estatuto de apátrida, que es muy incómodo pero él lo consideraba el más apropiado para un filósofo.

Él lamentaba los siglos de incuria, la fatalidad de la sangre balcánica, brutal, salvaje, que corría por sus venas, y el balance de la historia de su patria: “N’a fost sa? fie” (todo ha salido mal).

¿A quién no le resultan divertidas las maldiciones y exabruptos que, en sus novelas, escupía Thomas Bernhard sobre sus compatriotas, los austriacos? Respuesta: a muchos austriacos. Con reiteración a veces cansina, Bernhard les reprocha no sólo los crímenes morales más repugnantes y un supuesto nazismo genético, sino incluso el estado calamitoso de los cuartos de baño de Viena, los más sucios del mundo, según su severo juicio en Maestros antiguos.

¡Qué interesantes las soflamas de Friedrich Nietzsche contra la “pesadez” de sus compatriotas, los alemanes, y qué magnífico es que, con motivo de la guerra de 1870, el filósofo de la “voluntad de poder” y la “transvaloración de todos los valores” les alertase contra la victoria, que era para ellos más peligrosa aún que la derrota! El hecho de que además acabase harto de la música de Wagner y prefiriese, o afectase preferir, la Carmen de Bizet y la zarzuela La Gran Vía, agranda su figura, ya de por sí colosal, hasta dimensiones míticas.

Yo tributo una ovación virtual a las canciones Les flammands y Les flamingans, en las que Jacques Brel se ríe con desgarro y crueldad de la mentalidad de sus paisanos, que le parecía extremadamente mezquina. “¡Os prohíbo que ladréis a mis hijos en flamenco!”, gritaba, descompuesto, aquel flamenco de Schaerkeek. Y sin salir de los Países Bajos, recuerdo con gran placer la lectura de Belladona, la sátira salvaje contra el nacionalismo flamenco, de Hugo Claus, gran escritor en lengua flamenca, nacido en Brujas, que se definía a sí mismo como “flamencoide francófono”.

Aunque tiene en La cartuja de Parma unas páginas involuntariamente cómicas sobre la jovialidad y galanura de los soldados de Napoleón, a los que supuestamente recibían con los brazos abiertos las mujeres de los pueblos que conquistaban, Stendhal al final abominó de la “Francia grave, moral y triste”, del pueblo atontado, de la burguesía avarienta… y zanjó el asunto haciéndose enterrar como “Arrigo Beyle. Milanese”.

¡Qué ejemplos tan altos! Ellos nos enseñan que un intelectual, o un artista, o cualquier persona que simplemente respete su propia inteligencia (sea poca o mucha), ni adulará a la masa ni se pondrá al servicio del gobernante de turno.

Ahora bien, aunque con plumas de menor nivel que las que acabo de mencionar, en punto a autocrítica a los españoles no nos gana nadie. Es el deporte nacional. Este “intratable país de cabreros”, como lo definió el citadísimo poeta Gil de Biedma una tarde en que se sentía inspirado en su oficina de la Compañía de Tabacos de Filipinas, se ve flagelado a la vez, por un lado, por los voceros de la secesión o la entropía; y por otro, por algunos intelectuales hastiados. Para los primeros, los españoles somos poco menos que caníbales. “Una de las constantes de la historia de España es la persecución del marrano, del distinto, del que habla como un perro”, nos recordaba hace poco un docto comentarista de Girona, y con lo de “hablar como un perro” no aludía ni a los millones de inmigrantes que en los años de bonanza se nacionalizaron españoles, ni a la gracieta del señor Mas: “A los andaluces no se les entiende el castellano que hablan”.

También a algunos intelectuales hiperestésicos el país se les queda pequeño. Lo sienten como Baroja en El árbol de la ciencia. Les parece que queda fino denunciar cuán basto es el populacho y qué mal habla inglés el alcalde. Ellos merecerían algo mejor. Merecerían estar siempre en, no sé, la tertulia del Algonquin o en algún chaletito de Bloomsbury, tomando el té.

—Es que en España “el nivel cultural” es muy bajo, la gente es muy bruta, los políticos son un desastre, las ciudades son ruidosas y el paisaje está degradado… ¡Yo me iría de inmediato, ahora mismo, a cualquier lugar!

(Pero los que se van son otros, en busca de empleo). En parte esa tendencia, tan acusada en España, a lo que podríamos llamar “autoflagelación en la espalda del vecino” es pura inercia y seguimiento de una tradición que se remonta a Larra, cuaja en el 98 y el regeneracionismo, y encuentra en el aborrecimiento del régimen franquista su apoteosis. Entonces parecía obligado criticar las lacras de una nación injustificadamente pomposa, y minimizar sus logros.

Yo mismo incurrí alguna vez en ese deporte de escupir hacia el cielo; pero me hizo reflexionar un escritor argentino que había llegado a Barcelona huyendo de la Triple A: “Mira, no te quejes”, me decía, “aquí no te matan por las calles, hay una vida editorial notable y algunas buenas librerías, el transporte público funciona razonablemente, las comunicaciones son fluidas, el clima es grato y la gente, por lo general, es tolerante, abierta y cordial. Si no te metes en casa del vecino a joderle, puedes hacer casi lo que quieras. ¿Qué más quieres? ¿Un chalet en Arcadia?”.

Y tenía razón; entre la afirmación de José Antonio Primo de Rivera “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”, y la de Cánovas del Castillo, que, según Galdós, quería llevar a la Constitución un artículo que dijese: “Es español el que no puede ser otra cosa”… seguramente la verdad esté en un término medio más que aceptable; tal vez ese término medio sea el que propone Paolo Conte en su canción Sosías: “¡Esto es España, una casa de tolerancia!”. (Sí, vale, la expresión viene con doble sentido; pero qué le vamos a hacer, esa es la imagen que damos).

Pero cuando una delegación del Estado — la Generalitat— organiza grandes demostraciones contra el mismo Estado, con gran cañoneo previo de prensa, radio y televisión, y hasta un senador —Jordi Vilajoana— vocifera “¡Español el que no bote” mientras da alegres saltitos en medio de la multitud, sin que nadie le diga “¡un poco de respeto! ¡Decoro, senador!”… entonces quizá ese desprecio que intelectuales cejijuntos y patriotas de aldea le vienen infligiendo al pueblo ha calado tanto, que el Estado se autodestruye, asistimos al punto de colapso total, y ha llegado el momento de buscarse otro país mejor.

Como Casal, partamos decididamente, y yo el primero (¡quita, bicho, tú no!), hacia “otro cielo, otro monte / otra playa, otro horizonte, / otro mar, / otros pueblos, otras gentes / de maneras diferentes / de pensar”. Hacia un país más competente. Pero ¿cuál, dónde está? ¡Por supuesto, ni en América, ni en Asia ni en África! Ni, desde luego, en los Balcanes. De Israel o los países árabes, ni hablar, vivir allí es vivir en la tragedia.

¿Italia? Es el país más bello de Europa, pero ¿quién quiere vivir en un plató de Tele 5?... Suiza sí que… Bueno, funciona de maravilla, pero mejor no explicar en base a qué “industria” repugnante llevan los suizos su espléndido tren de vida…

¡Y cuánta grandeza, pero también cuánto espanto que digerir conlleva el mero hecho de ser ruso! ¡Por no hablar la carga que llevan los alemanes por los pecados de sus abuelos! Habermas tuvo que inventarse el “patriotismo constitucional” para aliviarla un poco.

Diré que podríamos ir por todo el mundo comprobando que en todas partes hay gente encantadora, y que todas las naciones tienen un montón de “muertos en el armario”.

La “pertenencia” a un sitio es una carga más o menos leve, y la “identidad”, como dijo Carlo Ginzburg hace unos meses en Barcelona, un concepto funcional sólo en lo relativo al DNI, no una categorÍa filosófica seria.

Dicen que Tomás Moro describió una isla perfecta llamada Utopía; que Fourier quería organizar unas comunidades estupendas; y en Los viajes de Gulliver Jonathan Swift da noticias de Laputa, Balnibarni, Luggnagg, Glubbdrubdrib y el País de los Houyhnms. Parecen sitios interesantes pero, dado que sólo existen en el terreno de la imaginación, va a ser difícil, por ahora, instalarse allí.

Ignacio Vidal-Folch es escritor.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Ineditismo

Con frecuencia un autor se queda a medio retratar por el tiempo, como si hubiera muerto con retraso y su fantasma nos visitara para puntalizar su imagen. Ha pasado con el arquitectónico y cerebralístico Valéry, al que le han descubierto recientemente nada menos que centena y media de ardientes poemas amorosos de viejo verde; su mellizo, el atiplado y stripticio JRJ, también dejó testado que publicaran su refragmentario archivo de roturas y destrozos pasados los añicos y algo parecido ocurre con el más polimorfón de todos, Pessoa, al que le están sacando ristras de libros como en una matanza del cerdo o si estuviera eternamente de parto, múltiple de padres como era. Y por ahí andan los abortos inéditos, más o menos humanoides, de Canetti y Kafka, esperando los desentierren, para bien de los no muertos. Cosas del morirse sin concluir.

Un libro

A Bono lo han acusado de muchas cosas y le han llamado muchas otras: Don Pepito el Saludador; Pepito Bonito el Bello... Pero ahora lo han declarado culpable de un libro que ha cometido él mismo, es más, amenaza con otros dos. Un libro de memorias. Pues yo creo que no hay para tanto... para tanto precio. ¡Veintitantos euros del ala! Me lo compraré enseguida, aunque tenga que dejar exangüe mi recortadísimo sueldo. Chismoso que es uno.

Nach Scratch, un emsi-poeta manchego que se expresa en rap

El nombre de Nach es Ignacio Fornés Olmo, y puede ser considerado uno de los mc clásicos junto con Juan F. Prieto Sánchez, alias ZPU. Oíd algunas de sus composiciones, que son muy electrizantes.

El principito, de Maquiavelo

¿Nadie ha reparado en esta lectura paralela que propongo, implícita en el fondo del libro? Se trata de leer El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, como si fuese un contralibro de El príncipe, de Niccolò Machiavelli. Leído de esa forma, el libro tiene un sentido, una pureza y una amargura que tiran de espaldas. Si lo esencial es invisible a los ojos, el innominado príncipe de Maquiavelo insiste en que la apariencia es lo esencial.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Confucio en el 15 M

Confucio, citado por Thoreau en Ensayo sobre la desobediencia civil:

"Si un Estado es gobernado por los principios de la razón, la pobreza y la miseria son motivo de vergüenza; si no, la riqueza y los honores son motivo de vergüenza"

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Mentiras en Educación


Desmontando mentiras en la Educación

Agustín Moreno
Cuarto Poder

Ante los fuertes recortes que está sufriendo la educación española, y una vez conocida la contrarreforma impulsada por el ministro José Ignacio Wert, a través del anteproyecto de ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, resulta necesario aclarar media docena de cuestiones.

1.– No es cierto que la educación sea un gasto. Lo dicen organismos internacionales como la OCDE, la UNESCO, o premios Nobel de Economía como James Heckman, que demuestra que por cada euro invertido por niño el rendimiento es de entre el 7% y el 10% anual a lo largo de su vida; es decir, que cada euro invertido en la educación inicial revierte en ocho dólares del producto social en las etapas posteriores, una rentabilidad mucho más elevada que la de los fondos de inversión, dice el propio Heckman irónicamente.

Es decir, es una de las mejores inversiones que puede hacer un país desde el punto de vista económico, porque todo lo que se invierta en prevención se ahorrará posteriormente en reinserción. Además tiene resultados positivos desde el punto de vista cultural, social y político, porque ayuda a crear sociedades más cohesionadas y con una mayor calidad de la democracia.

2.– No es cierto que mejoren los resultados con menor inversión. En el colmo de la desfachatez, el ministro de Educación peor valorado en la historia de este país se atreve a decir que no hace falta gastar más en educación, que con menos recursos pueden mejorar los resultados. Cuando llevamos una desinversión de 6.000 millones de euros desde 2010 y se calcula que podemos llegar a una reducción total de 10.000 millones de euros hasta 2015, nadie que tenga un mínimo de rigor y seriedad puede afirmar que no va a aumentar el fracaso escolar y el abandono escolar temprano. El ejemplo de Finlandia está ahí: mayor inversión y mayor reconocimiento al profesorado, igual a mejores resultados. Y estos resultados son posibles porque ese país invierte en educación más de un punto porcentual del PIB que España, más otras aportaciones indirectas en forma de programas de atención a la familia y la infancia, gratuidad en material escolar y comedores, y un sistema público y gratuito en todos los niveles, incluida la educación superior.

3.– No es cierto que la educación deba ser más productiva y más competitiva. El mercado no debe ser el que oriente la educación. Es un error someter los centros educativos a la competitividad, estableciendo pruebas externas para ofrecer una clasificación de colegios según sus resultados, con el fin de que los “clientes” puedan comparar y elegir aquél que más ventajas competitivas les aporte. En este mercado competitivo las escuelas se hacen más selectivas, rechazando al alumnado que presente mayores dificultades y que pueda hacer descender sus resultados y su posición en el ranking. Se facilita la creación de guetos escolares.

Esa concepción lleva aparejada la denominada “Nueva Gestión”, es decir, gestionar los centros públicos según las recetas de la empresa privada, mediante una mayor autonomía financiera que requiera de fuentes de financiación privadas ante la insuficiencia de la pública; la especialización de los centros para ofrecer una oferta competitiva a la clientela; la elección a dedo de los directores por la administración para “profesionalizarles”, como especialistas en gestión empresarial y sin criterios pedagógicos; y la reducción de la participación de la comunidad educativa, eliminando la capacidad de decisión de los consejos escolares en cuestiones trascendentes.

Todo ello pone en peligro la mejora de la gestión al reducir la participación de los claustros de profesores, de las familias y del alumnado, y puede suponer un menor compromiso con la educación pública de los principales protagonistas de ésta. Por no hablar del retroceso democrático por la gestión burocratizada. O del atentado contra preceptos constitucionales como el acceso a la función pública “desde la igualdad, el mérito y la capacidad”, como demuestra el caso de la contratación ilegal y de nativos anglosajones en Madrid.

4.– No es cierto que las reválidas y una segregación temprana del alumnado mejore la calidad. Concebir la educación como una carrera de obstáculos conseguirá aumentar el fracaso y el abandono escolar, aumentará la segregación clasista y reducirá la igualdad de oportunidades para el alumnado de origen humilde, porque lo único que persigue es formar mano de obra barata para un mercado de trabajo precario y en rotación.

Es un disparate equiparar pobreza con poca capacidad para el estudio en el alumnado que tenga una situación socioeconómica desfavorable. Elimina progresivamente la comprensividad y la igualdad de oportunidades durante la etapa obligatoria en educación. Segregar desde los 13 y 15 años, según los programas, es negar la capacidad de cambio en los jóvenes.

5.– No es cierto que los contenidos deban centrarse en “lo esencial”. Reducir el número de asignaturas y centrar la carga lectiva en unos contenidos mínimos y elementales, lo que en la terminología neoconservadora se llama “volver a lo básico”, empobrece el currículo y la educación. Es lo que Berlusconi resumió con el lema de las tres “ies”: “Inglese, Internet, Impresa” (traducido en España, este último, por “espíritu emprendedor”) y que en España supondría reducir el peso de las enseñanzas de humanidades y artísticas.

Es una decisión clasista dedicar así el período de educación obligatoria a preparar mano de obra barata y flexible, dotada con unos conocimientos instrumentales básicos para acceder a un mercado laboral degradado.

6.– No es cierto que con los recortes aplicados y la contrarreforma prevista la escuela sea de todos y para todos. Muy al contrario: refuerzan la privatización, la segregación y el desmantelamiento de la escuela pública. No estamos ante la construcción de la escuela del futuro, sino ante la vuelta a la peor escuela del pasado. El retorno a la escuela de pobres y a la universidad para ricos del franquismo, como nos descuidemos.

Ante estos ataques a la educación como bien público, además de aumentar la inversión, hay que reivindicar un modelo inclusivo que reconozca el derecho a aprender con éxito escolar de todo el alumnado; impulsando cambios curriculares, metodológicos y organizativos para ofrecer mejores respuestas a la diversidad, con especial atención a quienes tienen más dificultades. Una escuela para aprender cooperando, como una apuesta crucial en la forma de vida democrática, no sólo como una estrategia específica para mejorar el rendimiento académico, sino como parte de una concepción vital y relacional. Una Universidad científica, crítica y autónoma. En resumen, una escuela de todos para una sociedad de todos, más justa y más democrática.

Agustín Moreno es profesor de Secundaria de Vallecas y representante de la Marea Verde (El artículo es la base de la intervención que hizo el pasado sábado, día 22, en nombre de este movimiento).

martes, 25 de septiembre de 2012

La famosa carta al director de Francisco Pastor


Esta carta recibió medio millón de visitas en Internet:

Francisco Pastor Guzmán, "Por encima de las posibilidades ¿de quién?", El País, 17 de enero de 2012:

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, nos pide a los españoles "un esfuerzo más". Alberto Fabra Part, presidente de la Generalitat Valenciana, dice que los valencianos "vivíamos por encima de nuestras posibilidades".

Trabajo desde hace 14 años en I+D y desde hace 10 años lo compatibilizo con unas horas semanales de profesor en la universidad. Me esforcé de niño y adolescente en intentar aprender, sacar buenas notas y pasarlo bien. Me esforcé en la universidad para sacar la carrera y pasarlo bien. Me esforcé luego dando clases particulares y continúo ahora esforzándome en mis dos trabajos. Hace 10 años, junto a mi pareja, compramos un piso que entraba dentro de nuestras posibilidades. Ahora, tras 10 años de esfuerzo, hemos ahorrado el dinero suficiente para pagar lo que nos queda de hipoteca. Llevo años esforzándome y nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Podía permitirme coches más caros pero no los he comprado, nunca he pedido un crédito para irme de vacaciones, reformé mi piso cuando tuve dinero para hacerlo. Me esfuerzo en educar a mis hijos lo mejor posible, los llevo a la escuela pública y me esfuerzo en la asociación de padres para ayudar a mejorarla. Cuando mis hijos enferman los llevo a la sanidad pública y si me queda jarabe en casa le digo al médico que no me haga una receta que no necesito.

Ahora estoy a punto de quedarme sin trabajo gracias a los que han vivido "por encima de nuestras posibilidades". Ahora me piden "un esfuerzo más". Yo siempre he pagado puntualmente la hipoteca y lo sigo haciendo así que no he hundido a la banca. Yo no he hecho bajar la Bolsa, no he hundido los mercados, no he inflado la economía, no he especulado con la vivienda, no he organizado carreras de coches en mi ciudad, no necesito un aeropuerto sin aviones, no tengo yate para ver la salida de la Copa América, no he ido nunca a ver la ópera en el Palau de les Arts. Yo no he deteriorado la escuela ni la sanidad públicas, no he tenido becas ni subvenciones, no he cobrado nunca el paro ni he provocado déficit al Estado, la autonomía ni la Seguridad Social. Yo no conozco a Moody's, Fitch ni Standard & Poor's pero sí conozco a los que vivieron por encima de mis posibilidades. Yo no les voté, a mí no me representan.

Soraya, el esfuerzo se lo pides a ellos

lunes, 24 de septiembre de 2012

Sentencia sobre horarios lectivos


Pilar Álvarez, "Un juez da la razón a una docente que recurrió las 20 horas lectivas. La sentencia, contra la que cabe recurso, exige un nuevo horario para la docente. El juzgado establece además que se le pague por el exceso de jornada del curso pasado", El País, 24 de sep de 2012:

La sentencia, aquí

Los desencuentros por  jornada lectiva de los profesores  de instituto madrileños han pasado ya por todos los frentes. El aumento de 18 a 20 horas de clase (con el consiguiente ajuste de horarios y la reducción de contrataciones a interinos) provocó una oleada de protestas que se materializaron en la marea verde que aún colea, con 11 huelgas el curso pasado y varias visitas a los juzgados.

Los sindicatos denunciaron la orden que regulaba los nuevos horarios, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) entendió en un fallo anterior que las instrucciones son una potestad de la Consejería para marcar el inicio de curso y abrió una nueva opción: que cada docente denunciara los efectos sobre su jornada. A esta opción se acogió CC OO y unos 2.000 profesores, que presentaron denuncias ante el Contencioso Administrativo.

El Juzgado número 32 ha  dado la razón ahora a una de esas docentes, que trabaja en el IES La Arboleda (Alcorcón). La sentencia, contra la que cabe recurso de apelación, obliga a que se  elabore un nuevo horario "que respete" la normativa del Ministerio de Educación, una orden del 29 de junio de 1994 que establecía que los profesores de instituto deben dar 18 horas de clase, pudiendo extenderse "excepcionalmente" hasta 21 "cuando la distribución horaria del departamento lo exija".

La profesora argumentaba que, con su nuevo horario individual, tenía 20 horas lectivas y 7 horas complementarias (las que se dedican a reuniones de departamento o tutorías, entre otras actividades)  lo que hacen un total de 27, dos más de las que se fija en la normativa.

El juzgado ordena que se elabore un nuevo horario que respete las disposiciones normativas de 1994. En la sentencia, el juez detalla cada una de las ordenes, y en el caso de la del Ministerio especifica que de sus preceptos se infiere que las 30 horas semanales que el profesor tiene que estar en el IES "se configuran como un límite absoluto de permanencia en el centro, ya que el resto hasta las 37 horas y media son de libre disposición" por el profesor.

También recoge que las 30 horas semanales se integran por las horas lectivas, complementarias recogidas en el horario individual y complementarias computadas mensualmente. Esta sentencia es la primera que da la razón a los profesores  que denunciaron el nuevo horario. Unos 2.000 iniciaron el procedimiento y, de ellos, 1.600 lo formalizaron, según estimaciones de CC OO.

El fallo señala que se le deberán abonar las horas de trabajo adicionales "que ha tenido que realizar en calidad de complementarias" desde el 14 de noviembre de 2011 hasta la notificación de la sentencia, fechada el pasado 3 de septiembre. El sindicato calcula que la profesora debe recibir unos 1.800 euros adicionales por el aumento de horario.

"Si el caso llega al Alto Tribunal y se crea jurisprudencia, podremos pedir la extensión de sentencia y los 20.000 profesores afectados recibirían compensación", señala Paco García, responsable de Educación de Comisiones Madrid. La jornada semanal con 20 horas lectivas se mantiene este curso. El próximo jueves 27 de septiembre hay convocada una manifestación de inicio de curso de la marea verde. 

Candados para los contenedores de basura

Da la medida de lo apartados que están de la realidad los caballeros mamandantes que nos gobiernan el que empiecen a hablar de independentismo, federalismo y otras formas de cortar, vallar y contener. En Gerona el Ayuntamiento ha empezado con poner candados en los contenedores de basura para impedir que la gente los saquee. Parece chiste, pero es real, incluso higiénico. Yo empecé a ver señoras buscando la cena en contenedores de basura aquí, hace diez años. Incluso me siento un poco culpable de todos esos mendigos, enfermos y entierros que observo al salir. ¿Sentirán lo mismo los caballeros mamandantes que nos gobiernan? 

Los eunucos viven más


El País, "Los eunucos viven más. Un estudio en Corea del Sur descubre que los castrados sobreviven hasta 20 años a sus parientes." 24 sept. 2012:


Perder los atributos masculinos puede prolongar la vida hasta un 40%, según un estudio que han hecho investigadores de la universidad de Inha (Corea del Sur). Para llegar a esta conclusión ha comparado la supervivencia media de los hombres que fueron castrados por accidente o intencionadamente en la corte de la dinastía Chosun (1391-1910) con los de sus familias. De esta manera se intentaba unificar otros factores, como el nivel socioeconómico.



En concreto, comparado con tres familia de nobles (los Mok, Shin y Seo), los eunucos vivían alrededor de 70 años, mientras los otros los hacían alrededor de 53 años de media. De 81, hubo tres eunucos centenarios, una proporción 130 veces superior a la del conjunto de la población. Los resultados se publican mañana en Current Biology.



Los investigadores, dirigidos por Kyung-Jin Min, atribuyen la diferencia al papel de las hormonas masculinas. Este, de alguna manera, puede también influir en el hecho de que las mujeres vivan más que los hombres en prácticamente todas las culturas. Y también en muchos mamíferos. Los científicos lo atribuyen a dos factores: “el papel antagonista de las hormonas masculinas en la función inmunitaria [que reducen la respuesta, lo que hace a los hombres más propensos a las infecciones]” y que “predisponen a los hombres a los trastornos cardiovasculares”.



El estudio no es solo una curiosidad. Sirve para estudiar el efecro de las hormonas en la longevidad, y, de una manera más general, lleva a una conclusión, según Min: "Para una mejor salud y longevidad, aléjese del estrés y aprenda lo que pueda de las mujeres”.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Mark Strand

Ahora parece que se empieza a divulgar algo en castellano la obra de Mark Strand; fui de los pocos que leyeron La historia de nuestras vidas en una versión bilingüe de Claribel Alegría y me produjo un grandísimo efecto; por entonces, hace casi treinta años, escribí el poema "La palabra de Mark Strand" para mis Palabras acabadas y, en uno de los pocos recitales que ofrecí en mi vida, recité junto con piezas de otros poetas norteamericanos "La historia de nuestras vidas" años después en una fiesta de alumnos de los Hermanos Gárate. He aprovechado para abrirle una entrada en la Wikipedia e informar algo a los españoles traduciendo el artículo del inglés y añadiendo algo de mi cosecha y de lo que he podido encontrar por ahí.

Abusos


Juan G. Bedoya, "Clamoroso silencio en España. La Conferencia Episcopal ha silenciado las denuncias de abusos en España", 22 sept 2012:

La buena voluntad de Benedicto XVI cuando ordenó “tolerancia cero” con los eclesiásticos pederastas está siendo arruinada por el episcopado en muchos países. El Papa se muestra incapaz de cumplir la promesa más sonada: no solo iba a acabar con la corrupción sexual, sino que también apartaría a los encubridores, en su mayoría miembros de la jerarquía. No lo ha hecho. La realidad es tozuda. Surgen nuevos casos de abusos sexuales en centros educativos católicos, y muchos prelados, en lugar de combatirlos, solo los afrontan cuando la prensa o la justicia locales llevan tiempo investigándolos.

También suelen reaccionar con un indecente “¡Y tú más!”. Así ocurrió en España. Peor aún. El cardenal Antonio Cañizares, exprimado de Toledo y ahora presidente de la Pontificia Congregación para el Culto, tiene la idea de que las informaciones sobre abusos sexuales entre el clero son una cortina de humo. “Nos atacan para que no se hable de Dios; peor es el aborto”, dijo hace dos años. Con la misma displicencia se ha expresado nada menos que el secretario de Estado de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, número dos del Papa. “Hay personas que intentan desgastarnos, pero la Iglesia cuenta con la ayuda de lo Alto”, se justificó el cardenal italiano.

La Iglesia australiana ha pedido pidió perdón con una profunda vergüenza. Antes lo han hecho los episcopados de Irlanda, Holanda, Alemania y Estados Unidos. En España, la Conferencia Episcopal que preside el cardenal Antonio María Rouco no ha reaccionado cuando ha habido denuncias, abundante, e incluso condenas judiciales, tambien copiosas. Voces no oficiales pero sí relevantes sostienen que en España no serviría de nada una petición de perdón o el reconocimiento de las culpas que procedan, sino, al contrario, tal actitud sería aprovechada “por los enemigos de la Iglesia” para seguir desprestigiándola.

Suele decirse que no hay en España un escándalo de las colosales proporciones de la Iglesia católica en Irlanda —un millar de casos de violaciones, abusos sexuales y sevicias a niños y niñas—, o en la de Estados Unidos. No es verdad. Fue en España donde prosperó el principal foco de pederastas de los últimos 50 años. Ocurrió en los seminarios de los Legionarios de Cristo, para asentarse más tarde en el corazón del Vaticano. El fundador legionario, Marcial Maciel, se movía como pez en el agua por España y en la Santa Sede, y gozó de íntima amistad con Juan Pablo II. Muchas de sus víctimas fueron alumnos del seminario de Ontaneda (Cantabria), sometidos también a vejaciones por otros sacerdotes del grupo.

Pese a todo, una cierta pasividad de los medios de comunicación —la mayoría por convencimiento, otros por temor a ser tachados de anticlericales furibundos—, conduce a creer que no ha habido en España tantos casos como en Irlanda. Tampoco es cierto. Han abundado las denuncias pese a la política de secretismo de la jerarquía y hay varios sacerdotes en la cárcel. ¿Reacción de los obispos? Mantenerlos en el cargo hasta el ingreso en prisión. Lo hizo el de Córdoba con José Domingo Rey Godoy, expárroco de Peñarroya, condenado por abusar de seis niñas.

Uno de los casos ha afectado incluso al cardenal Rouco en Madrid, obligado a pagar una indemnización de 30.000 euros por responsabilidad civil tras la condena de Rafael Sanz Nieto a dos años de cárcel por abusar de alguno de sus monaguillos.

martes, 18 de septiembre de 2012

Vic, Vic

Como el rápido Correcaminos, Vich ha sido la primera localidad catalana que se ha declarado independiente del estado español. Se nos ha quedado cara de Coyote. No sé cuándo acuñará moneda, levantará murallas e impondrá gabelas para mantener a su corrupta signoria municipal; es la patria del general Prim, no en vano ha sido Primera. Yo también querría declararme independiente, pero un tratado internacional me liga a mi esposa y a mis hijos, un contrato laboral al IES y a la Consejería, un bautismo y una religión a ir a misa, aunque no sea practicante, y una formidable y espantosa hipoteca a servir de esclavo a un banco público, que todas las semanas se acuerda amorosamente de mí y me escribe alguna carta: es pródigo (sólo) en esos detalles. Vamos, que, aunque quisiera, no podría establecer la república independiente de mi casa; ni siquiera Vallecas, con todo lo que es y podría ser, se permitiría tal lujo, cuanto más Miguelturra, aun poseyendo un Vaticano de Torre Gorda que es como el Taj Mahal, "donde el infinito lloró una lágrima". Pero los catalanes son así, muy chipriotas e insulares ellos, y quieren verderse el cava a ellos mismos y Sagrada Familia. Son muy trabajadores: "Los catalanes, de las piedras hacen panes", dice el refrán. El demonio tentaba con eso a Jesús, con el nacionalismo de los pedruscos, por lo que los catalaicos, para algunos casteplanos, tienen cuernos y rabo, aunque no corridas de toros. Pues a mí no me asustan, ele, y tengan su independencia enhorabuena y con su butifarra se la coman. Ni sé cuál sería mi nacionalidad: mi hermano es catalán, mis padres manchegos venidos de Murcia con antepasados catalanes y calabreses, tengo un tío valenciano y otro madrileño, yo nací andaluz pero estuve un tiempo viviendo en el País Vasco y mi mujer es de ascendencia aragonesa, aunque se siente manchega. No hablaré de mis parientes isleños ni de mi prima lejana, que es una negrita india, ni de mis antepasados judaicos, godos, moros, neandertales y atapuercos. ¡Y todavía hay quien habla de nacionalidad! Yo, la verdad, soy charnego, maketo y manchurriano.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Blade runner


Del ocurrente Mudo, en Qué nos queda (aquí)

PRIMERA SECUENCIA:

Sobre fondo negro y sin música:

"A principios del siglo XXI, The T-R Corporation desarrolló un nuevo tipo de artefacto económico en forma de crédito - hipotecas virtualmente idénticas a las del siglo XX, aunque concedidas a cualquiera que creyera poder pagarlas - conocido como préstamos subprime. 
Los préstamos subprime eran superiores en fuerza y agilidad, y al menos iguales en inteligencia a los economistas que los crearon. En el espacio exterior al estadounidense, los préstamos subprime fueron exportados para la urbanización, exploración y colonización de otros países.
Después de la sangrienta explosión de estos artefactos en diferentes países y colonias siderales, los préstamos subprime fueron declarados proscritos en la Tierra, los ciudadanos a los que se les habían concedido enviados a la ruina y los bancos saneados con dinero público.
Brigadas especiales de economistas - con el nombre de inversores y tecnócratas - tenían órdenes de tirar a matar a los países que se hubieran incorporado más tarde al Estado de Bienestar y en los que las subprime, y sus diferentes mutaciones, hubieran calado más hondo. 

A esto no se le llamo ejecución. 
Se le llamó rescate."

Alipori, la palabra más hermosa del español

Y no por cómo suena, sino por lo que significa. Lo contrario que la fea Schadenfreude alemana, aunque los alemanes tengan también el vocablo: Fremdscham; incluso tenemos una definición de la misma en otra lexía, esta compuesta: vergüenza ajena. Es un sentimiento empático que sufren los que poseen hidalguía, nobleza y circunspección. Y no existe en inglés, donde se denomina spanish shame, ni en los otros idiomas. Pero uno sospecha, creo que con fundamento, que hemos creado aquí ese vocablo precisamente porque hay mucho sinvergüenza y latrofaccioso suelto que putea por pura Schadenfreude.

El misterio del león sin cojones

En el Charlamento español hay dos leones, Daoíz y Velarde los llaman, que guardan sus puertas por aquello del efecto apotropaico (gesto o acción que mágicamente evita los males de algo considerado de mal agüero); pero uno de ellos, el derecho, carece de atributos varoniles. Alguien ha notado el sutil mensaje político que el escultor decimonónico ocultó entre piernas y ha decidido restituirle su orgullo masculino con un suplemento nuevamente fundido. El león mariquita recordaba a Rodolfo, el muñeco de Maricarmen de voz atiplada, que se asustaba de su propio rugido. Hubiera sido más decente una hoja de parra o un dodotis.

Magnífico día para un harakiri

Un día como hoy el Gran Wyoming, poco después de haber visto desaparecer a su Reverendo Pianista y a quien vimos actuar, hace incontables lunas, en el Cafetín de San Pedro, cuando íbamos al bachillerato y nos dejábamos el alma jugando seis partidas de ajedrez seguidas allí, ha sido ingresado en un hospital gallego. Por otra parte, una de mis hijas ha visto pasearse en bolas a una mujer joven y borracha por la calle; me he topado con una radio de bolsillo despachurrada en el suelo y he recogido sus restos mortales y sus pilas por si me pueden valer para un trasplante de urgencia a mi mando a distancia. Es más, como es de buen cristiano ayudar a los demás, pienso qué reflexionará la iglesia sobre que "la periodista Ariana Eunjung del diario estadounidense The Washington Post haya efectuado un cálculo sobre el dinero que la Iglesia española tendría que pagar a Hacienda si se suprimieran sus exenciones fiscales: Unos 3.000 millones al año. Una cantidad casi equivalente a los recortes sociales aplicados en los últimos tiempos. Y sólo por todos los edificios que no utiliza en su labor puramente confesional, idea que también habría barajado en algún momento el primer ministro italiano Mario Monti". Una paloma ha criado un palomo en una maceta de mis ventanas; hemos adoptado un periquito al que ha cercenado una pata el asesino en serie de otra jaula; traduzco del francés dos artículos de la Wikipedia, uno sobre Geza Vermes, el historiador autor de Jesús el judío, y otro sobre el epistológrafo y libertino arrepentido Jean-Louis Guez de Balzac, y amplío el que compuse hace años sobre métrica hebraica; en días anteriores traduje los de John Leland, Thaddeus Stevens, Arthur de Capell y Francisco Botello de Moraes. Paseo y tomo notas. Pido un libro por correo, la Historia de la literatura gay, de Gregory Woods (yo leo cosas muy raras) que es difícil de conseguir, pese a los defectos que le ha notado Luis Antonio de Villena. Ayer vi en el Mercadona a C. G., una de las chicas inalcanzables de mi juventud bachilleresca, tan hermosa a la distancia como siempre, con su luz de inteligencia en la mirada y la misma alegría en su rostro de milfa; parece ser le han hecho muchos hijos, pero queda aún en pie su apostura juvenil y su alma deportiva y vivaz; la última vez que la vi estaba de maestra en Almagro. Nos saludamos; qué pena no haber mantenido una conversación más larga, saber qué nos ha deparado el tiempo, ya cincuenta años, a los dos; la gente está muy encerrada dentro de sus costumbres y su temor, y a ciertas edades debía salir alguna vez de ellos para respirar un poco. Hago planes para el curso siguiente y una lista de propósitos y tareas que emprender que pretendo sea sustancial y corta. No lo lograré, creo. Mi mujer sigue la reparación de sus ojos en la Clínica Baviera, y parece un poco desencantada, habiendo oído las maravillas que circulan. Este jueves la vuelven a operar el otro ojo. El bueno de Jerónimo nos ha repartido unos volúmenes de una edición políglota de los poemas de los académicos de Argamasilla en treinta y tantos idiomas que le sobraban a José Valverde; son piezas de coleccionista, que se revalorizan con el tiempo, pero maldita la falta que hacen. Son esas estupideces oficiales que suelen perpetrar de vez en cuando las paletas instituciones que están para eso, para gastos inútiles. ¿Qué se me da a mí de la traducción en armenio, tagalo o vietnamita? Como si Don Quijote se hubiera vuelto más loco al embestir la Torre de Babel. Por ahí muchas pobres mujeres se están ganando una injusta reputización con vídeos que sacan los colores; Internet es que anda jodiendo a todo el mundo. No deberían permitir tal cosa, pero tampoco dejar que entren a saco en Internet para poner puertas al campo.

Mis libros, mis amigos.

Uno de esos necios de ahora, un tal Craig Mod, autotitulado gurú del libro internético, ha escrito con tinta eléctrica que "los libros del futuro no serán un ladrillo inmutable”, y ha avivado mi seso y hecho despabilar mi dormida inteligencia. Porque la denominación de lo que odia es luminosa, incluso literaria en su precisión: los libros de orgánica celulosa y que devoran los xilófagos son "inmutables" y "ladrillos". Pues sí, lo son. Es la ventaja que tienen contra lo inorgánico y artificial más que artístico: concentran los valores de la voluntad, el trabajo y el esfuerzo, son fieles porque no cambian y no traicionan, están siempre ahí, como los padres que quieren a sus hijos, y te cogen la mano. Como los ladrillos, sirven para construir algo; como el verdadero saber, son eternos y no cambian. Tienen cuerpo físico, existencia real, fe y erratas de verdad, no de mentira ni de silencio. No son objetos de lujo, no son dinero ni referencias que se trasiegan de una a otra parte; algunos incluso poseen piel, como los animales domésticos y los seres humanos, y como ellos se fatigan, se gastan y empalidecen el color de sus mejillas ilustradas, sufren heridas, cortes y costurones causados por la vida y los viajes, guardan flores secas, "monumenos de una tarde", como escribe Borges, o custodian con probidad, como el Herodoto de El Paciente Inglés, fotografías, cartas, recordatorios, entradas, billetes de metro, sellos, borradores de poemas y cartas, glosas y correcciones, y siempre se mantienen íntegros, honrados, dando testimonio fiel de lo que quiso vivir / decir un hombre o mujer, no un "ser humano". Son amigos, mejor, son familiares: cuando los compramos o los heredamos -lo que, por lo visto, no puede hacerse con los libros electrónicos- adquirimos una relación humana, no contractual ni de consumo. No se puede pasar la mano sobre un libro electrónico, no se puede individuar, corregir, subrayar: no te ofrece abstracta e imposible libertad, sino pasión, concentración, esfuerzo, compromiso, compañía y ayuda para llevarte de un sitio a otro como si fuera una aventura: con un libro electrónico, por el contrario, andas perdido y desorientado por el desierto y no sabes adónde vas a llegar al final, o bueno, sí, hasta donde lleguen las pilas; es una invitación al abandono, a la deserción, a la derrota en la batalla. Se ha leído, se lee por soledad: uno necesita una voz que le hable, detrás de la cual vaya apareciendo poco a poco dibujado un rostro, un cuerpo, una vida, una historia y, por último, un aprecio, una amistad filial generada con nuestra propia mente por la convivencia y el tacto, una sombra como la nuestra. Por eso los libros de papel son amigos y, los electrónicos, solamente conocidos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Una teoría sobre la mediocridad institucional en España


César Molinas, "Las elites extractivas. Una teoría de la clase política española. Los partidos han generado burbujas compulsivamente", El País, 10 sep. 2012 

En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:

1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?

2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?

3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?

4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?

En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.

La historia

Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.

Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.

En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.

En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.

En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.

Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.

Las burbujas

Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.

La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!

Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!

La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!

La teoría

Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.

El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:

"Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".

"Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".

"Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo".  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".

Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:

La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.
La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.
¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.
Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.
La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.

La predicción

La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.

La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.

La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.

Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en EL PAÍS el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.

El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.

Cambiar el sistema electoral

La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.

Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?

César Molinas publicará en 2013 un libro titulado “¿Qué hacer con España?”. Este artículo corresponde a uno de sus capítulos.