domingo, 14 de febrero de 2010
Historia de un chorizo
Curiosidad sobre terrorismo islámico
"¿Por qué tantos terroristas son ingenieros?" Moisés Naím, El País, 14-II-2010
¿Cuál cree usted que es la principal causa del terrorismo islámico? a) la pobreza; b) la injusticia; c) la falta de democracia; d) la desesperanza; e) el conflicto palestino-israelí; f) la religión; g) no se sabe.
Si las causas del terrorismo fuesen la pobreza y la desigualdad, el mundo estaría lleno de terroristas brasileños. Y si la democracia fuese un antídoto eficaz, India, que es la mayor democracia del mundo, debería sufrir menos atentados que dictaduras como China o Libia. Pero no es así. Las democracias son más vulnerables a los ataques terroristas que los regímenes autoritarios. Y si la causa fuese el conflicto entre israelíes y palestinos, ¿por qué los terroristas suicidas en Afganistán destruyen escuelas de niñas, o algunos suníes en Irak se transforman en bombas humanas que estallan en un mercado lleno de chiíes?
La religión tampoco ofrece una explicación satisfactoria. Jessica Stern, una investigadora de Harvard, reporta que el Gobierno de Arabia Saudí ha interrogado acerca de sus motivaciones a miles de terroristas capturados. Resulta que la abrumadora mayoría no había tenido una educación religiosa extensa y que su comprensión del islam era muy limitada. El 25% de los participantes en programas de rehabilitación de terroristas en Arabia Saudí tiene antecedentes criminales y sólo el 5% había llevado una vida religiosa activa. Entre los terroristas hay tanta variedad y complejidad como en cualquier otro grupo humano. En general, es poco lo que se sabe de manera irrefutable sobre los orígenes de los terroristas o sobre su perfil psicológico. Excepto que muchos de ellos son ingenieros.
Ésta es la sorprendente conclusión de un artículo publicado recientemente en European Journal of Sociology, titulado "Por qué hay tantos ingenieros entre los islamistas radicales". Diego Gambetta y Steffen Hertog destacan que "entre los islamistas radicales violentos, los ingenieros están sobrerrepresentados entre tres y cuatro veces más que otros profesionales". Los autores estudiaron los antecedentes de más de 400 miembros de grupos violentos de radicales islámicos en más de 30 países de Oriente Próximo y África. No sólo confirmaron los resultados de investigaciones previas, que habían encontrado que los terroristas suelen tener mayores ingresos y más educación que el promedio de su país, sino que descubrieron que el 44% de los violentos eran ingenieros o estudiantes de ingeniería. En los países de procedencia de los individuos estudiados, los ingenieros son muy escasos: apenas representan el 3,5% de la población. Pero en los grupos terroristas islámicos constituyen casi la mitad del total. La segunda área académica más frecuente en la muestra analizada es la de estudios islámicos, seguida por medicina, ciencias y educación -cada una de las cuales alcanza tasas muy inferiores al 44% de ingenieros-. Más aún, entre los terroristas islámicos nacidos y criados en países occidentales, el 60% tiene estudios de ingeniería.
¿Cómo se explica este fenómeno? Gambetta y Hertog examinan y rechazan varias hipótesis, incluyendo la posibilidad de que las destrezas de los ingenieros los convierta en un blanco más atractivo para quienes reclutan terroristas, o que incluso esto sea simplemente un accidente histórico. Los investigadores concluyen que las causas de la desproporcionada presencia de estos profesionales se debe a la interacción de lo que llaman la "mentalidad" de los ingenieros con ciertas condiciones socioeconómicas prevalentes en países islámicos. Según ellos, la ingeniería atrae a individuos que prefieren respuestas claras y modelos mentales que minimizan la ambigüedad. En las universidades estadounidenses, por ejemplo, la probabilidad de ser al mismo tiempo religioso y conservador es siete veces mayor en las escuelas de ingeniería que en las de ciencias sociales. Gambetta y Hertog argumentan que hay mucha afinidad entre la estructura mental de los ingenieros y las ideas que nutren a los terroristas radicales islámicos. Esta tendencia interactúa y es potenciada por el hecho de que los ingenieros -inteligentes y profesionalmente ambiciosos- chocan y se radicalizan al enfrentarse con el estancamiento económico, la falta de oportunidades para los jóvenes y la represión política comunes en países islámicos.
Las explicaciones del fenómeno de los ingenieros terroristas son controvertidas. Lo que no es controvertido es que entre los terroristas islámicos hay muchos ingenieros. Como tampoco lo es que sobre los terroristas islámicos hay muchas anécdotas, prejuicios y generalizaciones estereotipadas, pero pocos datos científicamente defendibles.
sábado, 13 de febrero de 2010
Descréditos
Últimas noticias
viernes, 12 de febrero de 2010
Palabras, palabras, palabras
Pierde otra vez
Conmoción y críticas
Primeras bajas
Alerta
Puñetazos
El país de las maravillas
Raquítico recorte
Indirectas
Nuevo susto
Contrató cien millones
Deja a la mitad
Adelgazara
Lo intenta
No ayudan
No somos fagocitadores
No para
Tienes que poner buena cara
No participará.
No ha quitado el papel
Ve normal
Se jacta de colocar
Cruza los límites
Actualizate
Consigue
Sufren
Fallece
Mata
Alejan
Se rebelan
Es un calvario
Se rompe una mano
Se desboca
Pierda la noción del tiempo
Sigue imbatible
Debe pagar
Cierra seis blogs
Causa lesiones graves
Enoja a las víctimas
Hay monstruos
Exprime
Cercan
Renuncia a impugnar
Conoce las claves
Renace
Estalla
Debilita
Detiene
Anuncia
Intensifica
Continúa
Frena
Exigen
Exprime
Hay que educar
Se interese
***
Breve y tontuelo pensamiento:
No es por nada: tengo miedo.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Encelado
Responsabilidades
Del sociólogo Ignacio Urquizu:
Si por algo se caracterizan los últimos meses es por la enorme confusión que hay en el debate público. No es casual este desconcierto. Si hay un bien preciado en los mercados es la información. Los problemas surgen cuando ésta no está distribuida de forma uniforme. Es decir, cuando un grupo de gente sabe más que los demás. Entonces se genera lo que los economistas llaman "problemas de información asimétrica".
Las consecuencias son dos. Por un lado, aquellos que tienen mayores conocimientos pueden utilizar éstos en beneficio propio. De tal forma que se pueden generar abusos. Por otro, las responsabilidades se diluyen, y uno no sabe muy bien quién es responsable de quién. En el mejor de los casos, las culpas se repartirán entre todos los implicados. Aunque siempre existirá la tentación de asignar la responsabilidad de los problemas a otros.
Es cierto que el Gobierno tiene un gran peso en la gestión de la crisis. A él le corresponde presentar análisis precisos de la situación, anunciar de forma clara los objetivos que persigue y relatar los instrumentos y políticas que va a utilizar para ello. No siempre lo ha realizado con éxito. Las distintas voces sobre la política fiscal o la rectificación de sus propios documentos no ayudan a arrojar luz a su gestión. Pero no es el único responsable y son muchos los que contribuyen y alimentan la confusión, en muchas ocasiones, buscando réditos.
Resulta sorprendente leer muchas de las recomendaciones y análisis que vienen haciendo en los últimos meses las empresas y los organismos internacionales que trabajan en el mercado económico mundial. No sólo no fueron capaces de anticipar la crisis, sino que además siguen sosteniendo los mismos principios que nos condujeron a ella.
En estos análisis, los economistas están jugando un papel muy relevante y, al mismo tiempo, cuestionable. Así, muestran un excesivo énfasis en proponer medidas que afectan a los trabajadores y a los Gobiernos y, en cambio, hablan muy poco de los empresarios. Además, en muchas ocasiones, presentan sus propuestas como si fueran soluciones técnicas cuando, en realidad, son juicios de opinión.
Otros responsables de la confusión son los agentes sociales. Por un lado, la persona que representa en estos momentos a la patronal española no es, precisamente, un ejemplo de gestión. Esto resta mucha credibilidad a las propuestas de los empresarios. Por otro, los sindicatos parecen más preocupados por aquellos trabajadores que tienen un contrato estable. No resulta de utilidad practicar el buenismo en el mercado laboral. Y tampoco es suficiente con decir que se quiere acabar con el empleo precario, esperando que la desaparición de determinados tipos de contratos tenga efectos taumatúrgicos. Decir que "el Gobierno parece una pandilla de aficionados" añade mucha confusión al debate.
Los terceros actores en grado de responsabilidad son las comunidades autónomas. En estos momentos representan un porcentaje muy relevante de nuestro gasto público y algunos dirigentes regionales no muestran una visión estratégica. Por ejemplo, el presidente de la Comunidad Valenciana ha decidido gastarse cientos de millones de euros en eventos que duran un fin de semana. Mientras tanto, tiene una de las tasas de fracaso escolar más alta de España y el porcentaje de desempleados es también de los más elevados. Si hay un lugar donde es necesario cambiar el modelo de crecimiento económico es la Comunidad Valenciana. En cambio, su política económica está muy alejada de este objetivo. ¿Qué credibilidad transmite a los mercados este tipo de decisiones?
Finalmente, si hay alguien que agita la confusión es la oposición. Es cierto que su trabajo es controlar la acción del Gobierno. No obstante, si tuviesen tan claro qué ha pasado, cuáles son los objetivos y qué políticas deben implementarse, ya lo habrían anunciado. Además, algunas de las declaraciones del Partido Popular invitan a pensar que la claridad en el debate revelaría la impopularidad de su proyecto. Quizás sea la única oportunidad que tenga el PP de acceder al poder. No tienen una estrategia definida y sus propuestas son impopulares. Así que, si difuminan la acción del Gobierno, nadie percibirá sus defectos.
Si todos estos actores agitan la confusión es porque para ellos sus propios intereses son más prioritarios que la salida de la crisis. Además, con ello trasladan toda la responsabilidad de la situación actual al Ejecutivo socialista. Pero, parafraseando a John F. Kennedy en su discurso inaugural de 1961: no nos preguntemos qué puede hacer nuestro país por nosotros, sino qué podemos hacer todos juntos. De esta crisis sólo saldremos con la colaboración de todos, y comenzar a asumir cada uno su responsabilidad puede ser un primer paso.
martes, 9 de febrero de 2010
Discurso
En este occidental, en este, ¡oh Licio!
climatérico lustro de la vida,
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.
¿Caduca el paso? Ilústrese el jüicio:
desatando se va la tierra unida;
¿qué prudencia, del polvo prevenida,
la ruina aguardó del edificio?
Góngora debía estar como yo, pero más viejo y fúnebre, porque no tenía hijos y sus sobrinos, por los que tanto se había preocupado, habían abandonado al anciano sacerdote enfermo, pobre y cargado de años; por eso se planteaba la posibilidad del suicidio. En el caso de los padres no es así; saben que los hijos tendrán que quedarse solos, aunque unos más solos que otros, y esos son los que más preocupan, porque pueden sufrir tanto como uno no desea; ya se empieza a ver quién es demasiado sensible, quién es demasiado buena persona; y uno sufre por anticipado por los sufimientos que los hijos habrán de padecer; incluso sufre por lo que los alumnos buenos y malos tendrán que padecer, y cuando se encuentra a uno después de muchos años no siente satisfacción, sino pena, por lo que todavía tendrán que pasar, porque siempre les ha deseado lo mejor del mundo.
La poliorcética, hacerse fuerte contra la adversidad, no siempre es factible ni posible para algunos; siempre se desea lo infactible y lo imposible, se desea la eternidad, se desea estar en compañía de quien uno aprecia, de quien uno quiere saber.
Eso de pensar ya va costando demasiado, porque si el pensamiento es una reacción más o menos fisiológica, hay veces que en mí se anticipa el asco y el rechazo casi de un modo automático; a las dos terceras partes de la gente le mueven los sentimientos y los prejuicios antes que las razones, a mí me mueve más la inercia y las ganas de salir corriendo que el valor de sentarme a ver qué hacer.
Bendita inercia.
Desmemorias
José María Izquierdo, "No me acuerdo del título", El País, 9-II-2010
Ha decidido José K. aprovechar estas grandes rebajas que tanto anuncian y se ha arrimado al más principal de los colmados, sección de papelería. Le ha llevado al desembolso su recién multiplicada capacidad de cavilar mientras estira sus ya deterioradas piernas. Ha entendido que necesita anotar, apuntalar algún propósito que le asalta, una idea que le baila, una cogitación que le atormenta, porque no quiere convertirse en otro desmemoriado más. Y es que a cada semana que pasa ve, herido y encolerizado, cómo se escapa la memoria de todos aquellos a los que mira. Podría describir la estela lechosa que se desprende de la cabeza de sus congéneres, y despacio, muy despacio, sube hacia el infinito en columnas serpenteantes.
Le pasa a nuestro hombre con el verbeneo de banqueros y otros genios de las finanzas, con tantos jueces y magistrados estrafalarios, con la numerosa jarca de políticos de uno y otro signo -trabajosa distinción en ocasiones-, pero también con el público en general. Nadie se acuerda de nada, todos se olvidan de todo. Las otrora ideas fuerza de la convivencia se licúan, primero, se vaporizan después. Es ésta la gran época del triunfo del disimulo, la expansión de la bigardía y la exaltación de la socapa.
José K. deposita su libretita de espiral en la mesa del café y repasa pausadamente su periódico. Al leer una vez más la última página decide que de hoy no pasa y estrena su cuadernillo con una notita que piensa enviar al mandamás del papel: "Señor director: Diga a sus redactores que hagan el favor de no atosigar a los entrevistados, casi todos ellos unas almas desprendidas y ascéticas que conviven con lejanas miserias, para que se embutan varios platos de jamón curado, gambas a la plancha, flores de calabacín en tempura y risottos con trufa". José K. sufre viendo al cooperante de turno, recién llegado de una leprosería de la India, cómo paladea los manjares con el corazón carcomido por su traición al inocente Saakaar o al enflaquecido Vajrapani.
Regresa nuestro hombre a la desmemoria y comienza por sus favoritos: los trabacuentas. Ahí están los gerifaltes de las gigantescas firmas yanquis, que estos días comparecen en una pomposa Comisión de Investigación de la Crisis Financiera del Congreso estadounidense. Los cómites de Goldman Sachs, JP Morgan, Morgan Stanley o Bank of America se dignaron reconocer "algún error". Cabreado, muy cabreado, nuestro hombre se pregunta: ¿Sólo eso, cuando fueron ellos los causantes de que millones de familias hayan perdido su casa, sus ahorros, su trabajo? ¿Admiten alguna pequeña falta y se siguen embolsando los cientos de millones en sueldos y primas? ¿Es un exceso que, ante la chulería de estos baladrones, flor y nata de los cuatreros, alguien quiera apretarles las tuercas, llevarles a la cárcel, romperles la crisma? ¿Aplaudimos, festejamos, loamos los 80 millones de euros de pensión (13.300 millones de pesetas) con los que tendrá que subsistir el pobre Francisco González?
Ya metido en harina patria, quiere recordar José K. el muy citado caso del desmemoriado paciente H. M. de la neuropsicóloga Brenda Milner. El pobre H. M. era incapaz de mantener los recuerdos. Milner, que estudió su caso durante 40 años, tenía que presentarse ante H. M. cada día que le visitaba, porque el paciente no la reconocía. Vaya usted a saber por qué, pero últimamente José K. se acuerda de H. M. cada vez que ve a Zapatero e imagina la escena, jornada tras jornada, en su despacho de La Moncloa. Lunes: "Buenas, soy José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del Gobierno"; "Buenas", dice Elena Salgado, "yo soy la vicepresidenta económica". "Encantado. Pues si yo soy el presidente y usted la vicepresidenta económica, tendremos que hacer un plan económico, porque me han dicho que hay una crisis. Hoy toca economía sostenible". Martes: "Buenas, soy el presidente, etcétera"; "Buenas, yo soy la vicepresidenta, etcétera". "Encantado. Pues si yo, etcétera, hoy vamos de pagar al jornalero, pero le retrasamos la jubilación, que de eso nada se dice en el Deuteronomio". Miércoles: "Buenas, soy el etcétera". "Buenas, yo soy la etcétera. Y hoy vengo con el ministro de Industria, que es muy ocurrente". "Encantado de conocerles a los dos. Tendremos que hacer un plan económico porque hay una crisis...".
¿Quizá tienen mejor cabeza, más capacidad de remembranza los líderes de la oposición? ¿Estos ladinos que se carcajean del respetable con manuales de buenas prácticas mientras les llueven altos cargos que se han embolsado billetadas a manos llenas? ¿Alguien es capaz de recordar las veces que estos ilusionistas han proclamado su giro al centro? Pierden la memoria por el camino, y a la menor oportunidad vuelven a agitar los fantasmas de la xenofobia o la cadena perpetua (¿o hablan de la pena de muerte?). Un día abunda en el olvido la sencilla Cospedal, otros, gandayas como Arenas o Trillo, e incluso, líbrenos el señor, puede entrar en liza la deslenguada Aguirre cortando el gaznate a los hijos de puta que ¡ay! la asedian. Todo menos aportar soluciones.
Pero lo que de verdad encrespa y enfurece a José K. hasta la apoplejía es ver el general conjunto de una sociedad que parece haber caído en manos de los perversos lotófagos, y sin un Ulises salvador hubieran logrado la total desmemoria colectiva. No se responsabiliza a nadie de nada. Nos limitamos a arrojar tantas y tantas afrentas a los "agujeros de la memoria" de Orwell, aquellas hendiduras "grandes y oblongas". Un escotoma negativo histórico, político, cultural que no perciben los ciudadanos que lo padecen, y que afecta tanto a la memoria larga -ahí tienen al juez Baltasar Garzón, empapelado por acordarse de la Guerra Civil, a quién se le ocurre- como a la corta: la tontería de ayer, el robo de esta mañana, la injusticia de esta tarde.
Sólo así se entiende que encabecen las encuestas del CIS partidos que mantienen en sus cargos y en sus listas a reconocidos butroneros, espadistas y manilargos, recaudadores de tantas "finecillas de oncejas" (Larra). Parece inútil la honestidad, e incluso todo aquel que no acredite la categoría de bribón arranca con una pesada carga a sus espaldas para convencer al respetable de que honradez no es un seudónimo de estulticia.
Pero José K. conoce más historias clínicas, como la del ruso Alexander Luria y el caso Shereshevski. Al igual que al memorioso Funes de Borges, al paciente de Luria no se le olvidaba nada: recordaba absolutamente todo. Simplemente, y ése era su castigo, no podía olvidar. A José K. le pasa algo similar: se acuerda de cada una de las trabillas italianas de los trajes de Camps; siente en los dedos la suavidad de la lana australiana de sus trajes y en los ojos los amaneceres de la Polinesia que disfrutó el dirigente madrileño con los pagos del Bigotes; incluso disfruta de los muebles de diseño que tenía Jaume Matas en su palacete. Pero conoce, también, la mañana, tarde y noche de cada una de las ancianas que Esperanza Aguirre no atiende por dar largas a la Ley de Dependencia y no olvida ni uno de los minutos que va a sufrir el paleta al que le van a dejar hasta los 67 en el paro o en el andamio.
Periódico bajo el brazo y libretita en el bolsillo, José K. recuerda un poema del revisitado Jaime Gil de Biedma. Confiado en que Marsé no le rete a garrote, se autorrecita la Noche triste de octubre, 1959: "Adelantaron / las lluvias, y el Gobierno / reunido en Consejo de Ministros / no se sabe si estudia a estas horas / el subsidio de paro / o el derecho de despido / o si sencillamente, aislado en un océano, / se limita a esperar que la tormenta pase / y llegue el día, el día en que, por fin, / las cosas dejen de venir mal dadas".
Intenta nombrar José K. a cada uno de los ministros, pero ni Shereshevski podría recordarlos a todos.
Sobre la generación tapón que causa la generación Ni-ni
"Generación Ni-ni", El País, por Tomás Salinas García, 9-II-2010.
Estamos en manos de una auténtica y genuina generación Ni-ni. No me refiero a los jóvenes que no tienen ni oficio ni beneficio y exprimen la supervivencia de sus progenitores.
Tampoco hablo de los universitarios que, al acabar su formación, no encuentran ni un empleo digno ni una mísera oportunidad para demostrar sus cualidades, ni de los que no poseen ni perspectivas ni posibilidades de progreso en sus trabajos, por no hablar de los parados que no vislumbran ni presente ni futuro para ellos y los suyos.
De igual forma, no sería justo bautizar de esta forma a los pensionistas que no pueden ni opinar ni hacer nada para evitar el desastre que se les avecina, ni al españolito medio que ya no consigue ni llegar a fin de mes ni tiene medios para pelear por ello.
Los verdaderos Ni-ni que nos conducen a la pobreza son grupos corporativistas que no tienen ni escrúpulos ni vergüenza. Al frente de ellos se sitúa una casta política que ni sabe lo que es trabajar en pos del bien común ni ganas que tiene de saberlo. Criaturas malditas sin corazón ni conocimiento que ni pueden ni quieren mejorar la vida de los demás. Vampiros que sólo se protegen a sí mismos con sueldos y jubilaciones ultrajantes, mostrando un rostro en el que no aparece ni la cordura ni la decencia.
Junto a ellos, fundidos, encontramos a los asesores y demás parásitos millonarios que ni trabajan ni cumplen con los cometidos que justifican su innecesaria existencia. Si completamos la lista con los especuladores, algunos banqueros desalmados y ciertos explotadores de lo ajeno que ni humanidad ni solidaridad muestran en su comportamiento, tenemos completa la generación Ni-ni que no nos deja ni vivir ni pelear por nuestra supervivencia.
No deberíamos permitir ni que nos derrotaran ni que nos humillaran todos los días.
lunes, 8 de febrero de 2010
La frase clásica de Proudhon sobre los gobiernos de engaña-roba-pega-mata
Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello.
Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido.
Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado.
Otra traducción:
SER GOBERNADO SIGNIFICA:
SER OBSERVADO, INSPECCIONADO, ESPIADO, DIRIGIDO, LEGISLADO, REGULADO, INSCRITO, ADOCTRINADO, SERMONEADO, CONTROLADO, MEDIDO, SOPESADO, CENSURADO E INSTRUIDO POR HOMBRES QUE NO TIENEN EL DERECHO, LOS CONOCIMIENTOS, NI LA VIRTUD NECESARIOS PARA ELLO. SER GOBERNADO SIGNIFICA, CON MOTIVO DE CADA OPERACIÓN, TRANSACCIÓN O MOVIMIENTO, SER ANOTADO, REGISTRADO, CONTROLADO, GRAVADO, SELLADO, MEDIDO, EVALUADO, SOPESADO, APUNTADO, PATENTADO, AUTORIZADO, LICENCIADO, APROBADO, AUMENTADO, OBSTACULIZADO, REFORMADO, REPRENDIDO Y DETENIDO.
ES, CON EL PRETEXTO DEL INTERÉS GENERAL, SER ABRUMADO, DISCIPLINADO, PUESTO EN RESCATE, EXPLOTADO, MONOPOLIZADO, EXTORSIONADO, OPRIMIDO, FALSEADO Y DESVALIJADO.
PARA SER LUEGO, AL MENOR MOVIMIENTO DE RESISTENCIA, A LA MENOR PALABRA DE PROTESTA: REPRIMIDO, MULTADO, OBJETO DE ABUSOS, HOSTIGADO, SEGUIDO, INTIMIDADO A VOCES, GOLPEADO, DESARMADO, ESTRANGULADO POR EL GARROTE, ENCARCELADO, FUSILADO, JUZGADO, CONDENADO, DEPORTADO, FLAGELADO, VENDIDO, TRAICIONADO Y POR ULTIMO, SOMETIDO A ESCARNIO, RIDICULIZADO, INSULTADO Y DESHONRADO.
ESTE ES EL GOBIERNO, ESTA LA JUSTICIA, ESTA ES LA MORALIDAD!!!
Otra versión
Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido. Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado.
Otros tiempos
Por Dios que sí, padre Fortea; cuanta más calidad técnica veo menos calidad humana siento y más distancia mido entre los seres humanizables, ni siquiera humanos; sólo hay que ver lo bien que funciona el Windows 7... y lo poco o nada que se pueden instalar todos los demás programas, porque exigen versiones actualizadas y, por tanto, más caras. Lo antiguo resulta ser así mucho más fiable, mucho más económico, mucho más agradecido... y mucho menos nuevo, gracias, también, a Dios, pero no a Giligates.
Me vuelvo cada vez más antiguo, tecnófobo y fósil. Me gustaría comprar churros, cabalgar en burro, devorar la hoja parroquial, ir al campo en pantalón corto, liar pitillos de hoja, llevar boina, garrota y capa, ir a misa de doce, beber té con pastas , ahora que estamos todos juntos, rezar un rosario, practicar la esgrima, saludar en latín, oír a Emerson, Lake & Palmer, pescar con gusano, comulgar por el rito mozárabe, jugar al futbolín en los billares de la OJE, lavarme la cara en palangana, blasfemar pacato, pelarme con navaja, beber en bota, tomar chatos de mistela y quina con tapas de boquerón y aceituna, buscar setas, acarrear barras de hielo, salir penitente de procesión, cambiar el transformador de 125 a 220 voltios, aliñar aceitunas y queso manchego en orzas, llamar a la Tuna, matar moscas con DDT, recitar la lista de los reyes godos, poner centros de mesa, abominar del arrobado San Dominguillo Sabio, cepillarme con Profidén, lavarme con jabón Lagarto, limpiarme el culo con el papel amarillo de elefantito rojo, espantarme de los titulares de El Caso, llevar a bendecir el canario por San Antón, mirar el Almanaque zaragozano, comparar Ben Hur y Quo vadis?, sufrir la ducha fría sin presión, leer las esquelas del Abc, comentar el último libro de Somerset Maugham, tomar berenjenas con Cariñena, hacer la quiniela, derribar muñecos y llevarme peponas, presumir de pantalones de campana, poner discos de vinilo, consumir Mirinda, mirar las piernas de las chicas cuando se usaba la falda, enamorarme de Cecilia, tararear Capitán de madera de Ismael y la Banda del Mirlitón, comerme una tortilla de patatas en el campo con la familia, adelantar en Seiscientos y pagar sus letras con pólizas de duro, ponerme un pulóver hasta el cuello.
domingo, 7 de febrero de 2010
Como tabla de mesón, que alberga a todos y a sí non
sábado, 6 de febrero de 2010
Desolador
Cuando leo el artículo de Carrascal que antecede no puedo dejar de comparar la psicología criminal con la de los políticos y otros obsesionados por las leyes. Desolador.
Cadena perpetua y psicología criminal
Como si no tuviéramos ya bastantes disputas, los españoles nos hemos enzarzado en otra sobre la cadena perpetua, con el ardor que solemos poner en ellas, tal vez porque toda controversia termina siendo religiosa entre nosotros, no importa si los que intervienen lo sean o no. Ello significa intercambiar dogmas, no argumentos, y la casi imposibilidad de acuerdo.
Para empezar, hay que decir en ésta, que las penas judiciales no tienen una sola función, tienen varias: el castigo del delito -de ahí su nombre de «pena»-, el resarcimiento de la víctima -aunque sea sólo moral-, la defensa de la sociedad, -apartando de ella al infractor por un periodo de tiempo acorde con la falta- y, a ser posible, la rehabilitación del condenado. Orientar todo el sistema penal a esto último, como hace nuestra Constitución, lleva en muchos casos a una de las mayores aberraciones judiciales: a que las víctimas sufran más que sus agresores. Me refiero a los casos de delincuentes irrecuperables. Que los hay.
El hasta ahora más amplio, serio, concienzudo estudio sobre el delincuente lo realizó el doctor Samuel Yochelson, tras pasarse quince años por cárceles, analizando reclusos de todo tipo, invirtiendo hasta ocho mil horas con algunos de ellos, entrevistando a sus familiares, maestros, novias, amistades y socios, para recogerlo en los tres volúmenes de su obra «The criminal personality», donde llega a la conclusión de que el verdadero delincuente nace, no se hace, por lo que tampoco se rehabilita, excepto en casos excepcionales, y eso sólo hasta cierto punto.
Son conclusiones muy duras, pero avaladas por datos incontrovertibles. El primero, que la pobreza no produce la delincuencia. Bastantes de los entrevistados venían de familias en buena posición. Todos prácticamente tenían hermanos y hermanas normales, si bien desde pequeños habían sido «diferentes» de ellos, con una tendencia acusada a mentir y hurtar pequeñas cosas a sus padres y hermanos ya a partir de los cinco años. El «niño delincuente» suele ser despierto, hábil, inquieto, bien parecido, pegado a su madre, ansioso de lo nuevo, aunque pronto pierde su interés en ello. Precoz en materia sexual y miedoso ante los fenómenos naturales: la oscuridad, los truenos, los relámpagos, la enfermedad, la muerte.
Hacia los nueve años, ese niño, por causas aún desconocidas, consigue vencer sus miedos y, al mismo tiempo, sus emociones inhibitorias, junto al sentimiento de culpa por sus actos y de compasión hacia los demás. Este cortocircuito emocional dominará ya toda su vida, empujándole a conseguir lo que quiere por el camino más rápido sin el menor remordimiento. Paralelamente, el niño-delincuente pierde su interés por la escuela, la familia y los juegos que exigen cooperación. Las actividades de equipo le interesan sólo en la medida que puede dirigirlas, convirtiéndose en un solitario secretista, que elude responsabilidades.
Al llegar a la mayoría de edad, este delincuente ha llegado a la conclusión de que el mundo existe para servirle. No reconoce otras emociones y derechos que los suyos. Tal actitud está tan profundamente arraigada en él que considera le pertenece cuanto está a su alcance. «Espero que cuiden bien esas joyas, para cuando decida llevármelas», es un pensamiento nada infrecuente en estos individuos al pasar ante el escaparate de una joyería.
Su ego es colosal. Se considera superior a los demás, cree que puede ser lo que quiera, artista, escritor, músico, de proponérselo. Sólo que no ve la necesidad de demostrarlo. Junto a todo ello, es un superoptimista, que no sólo encuentra justificación a todos sus actos, sino también cree que nunca será atrapado. Si lo es, fue mala suerte o culpa de otros.
Aunque debajo de ese optimismo y autoconfianza, persisten los miedos infantiles, que trata de enmascarar con un estilo de vida extravagante, a base de grandes propinas, mujeres espectaculares y mentiras sobre sí mismo. Se presenta como médico, piloto, abogado, sacerdote incluso, aunque en la práctica está incapacitado para una vida normal, diaria, a la que desdeña. Su relación con los demás está basada en la explotación de ellos. Confía sólo en las personas a las que pueda controlar, y ni siquiera del todo. No tolera críticas. Y en los momentos de depresión, tiende a la violencia, a veces sin sentido.
El último motor de sus robos no es el dinero, ni el de sus violaciones, el sexo. En ambos casos, el delincuente trata de subrayar su superioridad sobre sus víctimas y sobre la sociedad, de la que sabe no forma parte, sin tener claro si es por culpa suya o de ella. Muchos delitos «inexplicables» se explican así.
En resumen, concluye el Dr. Yochelson, estamos ante un mentiroso crónico, dispuesto a cualquier cosa con tal de obtener lo que desea, maestro en la autojustificación, convencido de que su actitud tiene que ser admitida por el resto y adamantino en cuanto a mantener su estilo de vida.
De ser cierta sólo una parte de lo que asegura el estudio, el entero sistema de «rehabilitación» en que se basa nuestro sistema penal, descansa sobre bases falsas, al menos para este tipo de delincuentes, que más que «habituales», deberíamos de llamar «profesionales», al ser la única actividad que conocen y practican. «El delincuente -escribe el Dr. Yochelson- no puede ser rehabilitado. En el mejor de los casos habilitado.»
Para ello, lo primero es hacerle responsable de sus actos, incluidos los más mínimos. El programa que emprendió con su colega, el Dr. Samernof, bajo los auspicios de las autoridades penitenciarias neoyorquinas, comenzaba con la confrontación del delincuente interesado en seguirlo con sus verdaderas alternativas: o cambiaba de arriba abajo, no sólo en su actitud externa, sino también en la estructura íntima de su «personalidad delictiva», o seguía como hasta entonces. Sin existir términos medios.
El plan de habilitación era riguroso, comenzando por intentar convencer al delincuente que era alguien «ordinario», como los demás. Y por lo pronto, exigía cumplir escrupulosamente las obligaciones de las personas ordinarias -llegar en punto al trabajo, no consumir drogas, evitar excesos de alcohol, no tener sexo extramarital, ser amable con los demás, etc., etc.-, vigilándose de cerca cada paso que daba. Una brusca contestación era ya considerada motivo de alarma. Alguien definió el programa como «una carrera hacia la santidad».
Surtió efecto en unos 30 hombres, aunque sólo 9 de ellos podían considerarse definitivamente curados. Yochelson admitía que ese bajo porcentaje se mantendría incluso cuando el programa se ampliase y desarrollase, por ser sólo muy pocos los capaces de alcanzar el grado de «disgusto consigo mismo» que se requiere para cambiar radicalmente la personalidad, y con ella, la conducta. Para el resto, el investigador de la delincuencia sólo podía ofrecer la compasión y que continuasen su vida de confinamiento perpetuo o intermitente según su tipo de delito, «en las condiciones más humanas posibles.» Pero sin que la sociedad tuviese que sentir el menor remordimiento hacia ellos, al ser pura autodefensa lo que practicaba.
Dicho lo que antecede, pienso que la polémica sobre la cadena perpetua en la que estamos enzarzados los españoles es tan ociosa como tantas otras: al delincuente perpetuo de delitos suficientemente graves le corresponde la cadena perpetua. Revisable. Pero sólo porque también ocurren milagros.
viernes, 5 de febrero de 2010
Sesquipedalismo rimbombante
Una modesta pensión
Último poema de Neruda
cuando vivías!
El mundo es más azul y más terrestre
de noche, cuando duermo
enorme, adentro de tus breves manos.
Seguidilla manchega popular
dijo Marica:
cada uno se rasca
donde le pica.