sábado, 15 de marzo de 2014

Entrevista a Juan Eslava Galán

Entrevista al historiador y escritor Juan Eslava Galán por Rafael J. Álvarez y Alberto di Lolli en El Mundo, 15/03/2014:

Vive en la máquina del tiempo, hace ensaladilla y tiene un riñón trasplantado del pasado. Sin historiadores no hay futuro. Viaja por la fábula y los hechos, siempre la tinta, y trae 'La I Guerra Mundial contada para escépticos', donde hubo trincheras con pianos y el tanque de la foto. No se puede dejar a España sola en un cuarto con su Historia, pero él, cachondo y sabio, a veces abre la trampilla, se asoma y habla contra la decepción del presente.

1- Aparte del Big Bang, ¿qué otra anécdota ha hecho Historia?

Las enfermedades que llevábamos los europeos cuando nos extendimos por el mundo. Los gérmenes han cambiado la Historia.

2- ¿A qué tiempo nos parecemos?

Al Imperio Romano en su decadencia. Nos están asaltando los bárbaros, en el sentido griego de extranjero, nada insultante; ya ni tenemos soldados propios y decidimos no tener hijos. Europa es fruto de la Revolución Francesa, que impulsó los Derechos del Hombre. Y muchos de los bárbaros que nos invaden y acogemos, constitucionalmente no respetan esos derechos. Por ejemplo, que la mujer es igual al hombre.

3- ¿Con qué acontecimiento supo que Historia se escribe con hache de humor y de horror?

Cuando César desembarca en África y está ante sus legiones, un golpe de viento le traba los pies con la capa y se cae de bruces en la arena. El tío no descompone el gesto y dice: '¡África, te abrazo!'. Era rapidísimo de reflejos. (¿Y el horror?) En la Estepa, donde los mantecados, en la época ibérica hubo una resistencia heróica y pusieron cadáveres humanos en conserva para ir los comiendo.

4- ¿Por qué 100 años no son nada?

Porque los efectos de la I Guerra Mundial siguen: Oriente Medio, Balcanes, los Bloques, con Rusia en medio... Europa se ha suicidado; al inicio del siglo XX dominaba el mundo, pero hizo dos guerras y hoy hay otras potencias.

5- ¿Hasta dónde una trinchera resume al ser humano?

La trinchera era la placenta, porque la muerte andaba por el aire. En la I Guerra Mundial hubo días de un millón de obuses en pocas horas. Asomabas la cabeza y entre bombas y francotiradores... Pero la trinchera es un lugar húmedo donde se te gangrenan los pies y te los cortan y pululan ratas y piojos. Toda la miseria humana se resume en la trinchera.

6- ¿Quién debería temer que le adivinaran el pasado?

Los que firmaban con una letra más al final del nombre. Se llamaban Arturo y ahora Artur. Una letra más. (¿Una letra Mas?) Mas.

7- ¿Por qué en los pueblos y en el Congreso no se puede hablar de las cunetas que no paran de hablar?
Quien tenga al abuelo enterrado como un perro debe poder enterrarlo dignamente. Dicho esto, utilizar a los muertos de la Guerra Civil para tirárnoslos a la cabeza es vil. Los que cometieron crímenes están muertos o gagá en asilos. (Es la derecha la que dice que cuando alguien busca a su abuelo en la cuneta abre heridas) Hablo de todos, de los españoles.

8- ¿Cuántas conspiraciones hace que no hay?

Las sigue habiendo. Pero mi favorita es la del 23-F. Todos estaban pringados: el Rey, la derecha y el PCE. Unos detalles: los niños de La Zarzuela no fueron al cole ese día y, antes de la función, las bases americanas estaban en alerta y los aviones espías sobrevolaban Madrid. Coches con agentes del Cesid abrían paso a los autobuses de los guardias hacia el Congreso...

9- Si para usted Ratzinger era Ratzi, ¿quién es Francisco?

Francis. Jesuita y argentino, una confluencia maravillosa. (Distinto a Ratzinger, ¿no?) No. Es la versión mejorada de la misma cosa. La Iglesia es como los virus, se adapta. Por eso lleva 2.000 años.

10- ¿En quién debería abdicar el Príncipe?

En el Congreso, y que esto fuese una República. Un Congreso más presentable que el actual, eso sí.

11- ¿Quiénes ostentan los récords históricos de porquería, enfermedades y caprichos?

Felipe V usaba polvos de olor en vez de lavarse. Carlos II tuvo todas las enfermedades posibles porque era producto de las zurrapas seminales de su padre, viejo y cascado. Alfonso XIII era caprichoso: deportivos, vedettes, caza... (Parece otro rey. Más actual...) Siempre hay una relación, je, je...

12- ¿Qué le recuerda su marcapáginas?

¿Por? (¿No tiene uno con Franco y Hitler...?) ¿Copulando? Los dos eran de poco follar, eh. Mi marcapáginas es un lápiz. No eran sexuales, se casaron con el poder.

(+1) ¿Cómo titulará usted este siglo dentro de 100 años?

El XX ha sido decepcionante. El siglo XXI contado para corderos

viernes, 14 de marzo de 2014

Parábola del payaso

Es una alegoría escrita por Sören Kierkegaard.

Sucedió una vez que se declaró un incendio entre bastidores en un circo que actuaba en un poblado. El circo rebosaba de aldeanos. El mejor payaso salió al escenario a informar al público. ¡Fuego! ¡Todos fuera, deprisa, que se hunde todo esto! Creyeron que era un chiste y aplaudieron. Repitió el aviso y aplaudieron. Insistió alarmado, y aplaudieron más fuerte, aún más jubilosos, muertos de risa. El circo se vino abajo. Gran desastre. Sentencia el gran filósofo danés: “El mundo se acabará en medio de los aplausos de todos los graciosos que se creerán que es una broma”.

El payaso fracasa estrepitosamente. No logra comunicar su mensaje porque la forma le traiciona. Lo intenta una y otra vez y se entrega con pasión, pero no lo consigue. Si hubiera perdido un poco de tiempo en cambiar de ropa, habría sido más creíble y los aldeanos se habrían dado cuenta de que el mensaje iba en serio. Sin embargo, en boca de un payaso, el mensaje, por muy verdadero que fuera, no tenía credibilidad en sus oídos.

martes, 11 de marzo de 2014

Batalla de Valdepeñas

Manuel P. Villatoro, "Valdepeñas, donde los campesinos españoles vencieron al ejército de Napoleón", en ABC 11/03/2014 

Contienda de Valdepeñas

Las batallas no siempre las ganan los soldados. Sin duda, esta es la frase que mejor define lo sucedido en Valdepeñas, un pequeño pueblo de la Mancha donde –el 6 de junio de 1808-, unos campesinos armados con aperos de labranza y una heroicidad desmedida lograron poner en jaque al ejército francés que intentaba viajar hacia Andalucía. Y es que, aunque aquel día no se logró arrasar al contingente galo como en otras contiendas, si se demostró a Napoleón que cada español, fuese militar o no, estaba dispuesto a dar su vida por expulsar al invasor.

Corría por entonces una época dura para España, pues sus tierras intentaban ser conquistadas por el autoproclamado emperador de los franceses Napoleón Bonaparte (pequeño de estatura pero, por contra, inmensamente molesto). Y es que, ansioso de convertir nuestra rojigualda en una bandera más «bleu», más «blanc» y más «rouge», este gabacho había atravesado los Pirineos y entrado en la Península a finales de 1807 con multitud de sus casacas azules y, por extraño que parezca, con la aprobación de Manuel Godoy, un valido muy poco válido de Carlos IV que, como un niño con un caramelo, se dejó engañar por el «pequeño corso» y su promesa de que su ejército solo necesitaba un permiso de paso para invadir Portugal.

Grave error del español, pues lo que realmente buscaba el emperador galo no era otra cosa que, «oh la las» por aquí y «comment allez-vous» por allá, situar a sus tropas en la Península de forma estratégica para, al final, dar el golpe de gracia y tomar España de improviso y por las armas. Sin embargo, con lo que no contaba el gabacho era con que los ciudadanos españoles eran bastante más avispados que sus representantes de entonces y, cuando se percataron del truco, se levantaron en armas contra la ocupación. Había comenzado, en definitiva, la Guerra de la Independencia.

La primera comunidad en levantarse fue Madrid durante el 2 de mayo de 1808 y, aunque la población fue aplacada por el experimentado ejército galo, un sentimiento patriótico contra el invasor creció entonces a lo largo y ancho de la Península. Así pues, y con la ayuda de unos improvisados aliados británicos (ansiosos por dar algún espadazo que otro a los galos fuera donde fuese), el pueblo logró poner en jaque a las soldados gabachos en una buena parte de España.

¡Ayuda… pour l'amour de dieu!

De hecho, tal fue la resistencia con la que se encontraron los franceses que uno de sus contingentes llegó a quedarse aislado en el sur ante la superioridad de tropas hispanas. Temeroso de pasar a mejor vida, este ejército no dudó en pedir ayuda a sus compañeros del norte para poder salvarse. «En este ambiente sobrecargado y confuso, con tropas francesas en marcha sobre todas las regiones de la mitad Norte de España, el Emperador ordenó desde Bayona el 10 de mayo la salida para Cádiz del General Dupont para liberar a la escuadra francesa del almirante Rossilly bloqueada por los ingleses en la bahía» explica el historiador José Antonio García Noblejas en su obra «Valdepeñas. 6 de junio de 1808», ubicada en el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid.

Dupont se calzó entonces las botas de montar y se dispuso a atravesar Castilla la Mancha en dirección a Andalucía espada en ristre. Sabía que aquella misión le podía granjear su ascenso a Mariscal de Campo, por lo que no podía arriesgarse a fallar. «Dupont comenzó su marcha el 23 de mayo (…) Su primera división estaba formada por 6.200 hombres de infantería (…) 2.000 caballos, 18 piezas de artillería, 2 regimientos suizos al servicio de España, 2 Batallones de la Guardia de Paris y otro de Marinos de la Guardia Imperial», completa el experto español en su obra.

En los días posteriores, Dupont atravesó Castilla la Mancha y llegó a un pequeño pueblo llamado Valdepeñas (ubicado en Ciudad Real). Por él pasaba uno de los Caminos Reales más directos para dirigirse al sur de la Península, una carretera, en definitiva, vital para que Napoleón llevara a cabo sus conquistas. «El largo recorrido hasta Cádiz no era desconocido para el mando francés, que lo había hecho reconocer por un oficial, cuyo informe se refiere (…) dice de Valdepeñas “5 leguas de Manzanares a Valdepeñas, pequeña villa de cinco a seis mil almas, la llanura de la misma naturaleza la precede comienza a estar rodeada sobre la izquierda por una cadena de montañas poco elevadas rodeada de viñas. La carretera sigue estando sin calzada”», destaca García Noblejas en su obra.
En las siguientes jornadas, el general francés rebasó este pueblo con su gran contingente sin encontrar resistencia. Una vez cruzado, el oficial gabacho decidió dejar también un destacamento de aproximadamente 500 soldados cerca de Santa Cruz de Mudela (una villa a menos de 15 Km. de Valdepeñas). Su objetivo estaba claro: proteger los suministros del contingente principal, el cual, bandera francesa alzada, se dirigió hacia tierras andaluzas para cumplir su misión y salvar a sus compañeros.

Valdepeñas, en armas

Aquella fue la última vez que un soldado gabacho atravesó Valdepeñas durante la Guerra de la Independencia. Y es que, hastiados por la presencia gala en la Península y motivados por el levantamiento del 2 de Mayo, los 8.000 vecinos de este pueblo decidieron tomar las armas y cerrar su villa al ejército de Napoleón. Concretamente, el detonante del alzamiento fue el expolio de una iglesia ubicada en un pueblo cercano. Los militares del águila imperial no sabían que acababan de despertar a un gigante dormido.

«El día 31 de mayo, después de conocerse que, en Santa Cruz, algunos soldados habían destrozado los ornamentos sagrados de su Iglesia y que, en la Ermita de las Aberturas también había habido un pequeño saqueo por parte de algunos soldados de las tropas francesas, las autoridades locales deciden trasladar la imagen de su patrona, la Virgen de la Consolación, a Valdepeñas y así, con una procesión de salves y gritos patrióticos, la Virgen es llegada a la parroquial de la Asunción en previsión de posible expolios y saqueos», se destaca en la obra conjunta «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)», editada por el Ayuntamiento de este Municipio en 2003 y cedida a ABC por el Instituto de Historia y Cultura Militar.

Tras poner a salvo a su patrona, los valdepeñeros acordaron, a riesgo de morir ante los experimentados soldados franceses y sólo con algunos trabucos y aperos de labranza, cerrar el camino real y combatir contra cualquier gabacho que osara acercarse a su villa. Para ello, constituyeron una Junta Local de Defensa formada por diez habitantes del pueblo. Entre ellos se destacaron el sacerdote local Juan Antonio León (conocido también como el «cura Calao»), un joven de apenas 20 años llamado Manuel Madero Candelas (alias «el Contrabandista» por su antigua ocupación), Miguel de Gregorio (llamado «el Mercader») e, incluso, y según ha trascendido en la cultura popular, una veinteañera que tenía de nombre Juana Galana («la Galana»). La premisa estaba clara: morir protegiendo sus creencias, sus bienes y una España independiente de Napoleón.

No pasarán

Mientras, y paralelamente a Valdepeñas, varios pueblos cercanos decidieron también organizarse para dar un buen puntapié en el trasero a los franceses. Ese, precisamente, fue el caso de Santa Cruz de Mudela, donde sus ciudadanos se armaron con rastrillos, hoces y algún que otro arcabuz para –el día 5 junio- asaltar a los menos de 500 hombres que Dupont había dejado en retaguardia para proteger sus víveres. Curiosamente, aquel día de nada sirvió a los casacas azules el haber combatido en centenares de batallas, pues cayeron a cientos tras una sangrienta lucha y terminaron huyendo hacia Valdepeñas.

Craso error, pues los habitantes ya habían cerrado su villa cruzando varios carromatos a modo de empalizada y, como era de esperar, no tuvieron piedad con los franceses. Así pues, los primeros gabachos en llegar se vieron superados por una intensa lluvia de balas que les obligó a rodear la villa y continuar su carrera, fusil entre las piernas, hasta un campamento cercano. Ya era oficial: los valdepeñeros estaban en guerra contra Napoleón.

Con todo, el reto de los ciudadanos de Valdepeñas no hacía más que empezar, pues los soldados franceses supervivientes no tardaron en informar a sus mandos de lo acontecido en Santa Cruz y Valdepeñas. Tras conocer la mala nueva, a los oficiales franceses no les tembló el pulso e hicieron llamar al general Liger-Belair, el cual disponía de una considerable fuerza para mantener la zona libre de revueltas y facilitar las comunicaciones con Madrid.

La respuesta fue inmediata y, asombrado ante la actitud de Valdepeñas, Belair gritó unos cuantos «viva l'Empereur» y se dirigió, con más rabia que cabeza, hacia la pequeña villa manchega dispuesto a poner orden. «El general Belair quedó enterado de la (…) obstinada disposición de Valdepeñas y (…) adoptó las medidas militares correspondientes. Las fuerzas reunidas bajo su mando eran las siguientes, según el general manifestó en su parte del 7 de junio: Regimiento Auxiliar de Cazadores a Caballo, 500 hombres; Regimiento reducido de Dragones, 260 hombres; Infantería dispersa de diferentes unidades, 131 hombres», destaca, en este caso, García Noblejas en su obra. A la contienda sólo le quedaban entonces unas pocas horas para sucederse.

Dos, españoles y cobardes

Por su parte, y mientras el general Belair partía hacia Valdepeñas, los habitantes de la villa iniciaron los preparativos para la defensa. No obstante, y a pesar de que en un principio parecía que todos los vecinos se unirían a la lucha contra el francés, hubo varios que se negaron. El primero de ellos fue el Alcalde Mayor del vecindario, Francisco María Osorio, quien, temeroso de la fuerza del ejército imperial, trató de convencer a los vecinos de que era una locura enfrentarse con palos y rastrillos a todo el poder de Napoleón. De hecho, afirmó que se mantendría escondido y no combatiría cuando hicieran su aparición los soldados galos.

Tampoco combatió junto a los lugareños un oficial del ejército español que, desde hacía varios días, se hallaba en la villa reclutando soldados, como bien explica el Ayuntamiento de Valdepeñas en la obra que editó en 2003: «En principio, todos los habitantes se sumaron a la defensa a pesar de que su Alcalde Mayor intentó disuadirlos. (…). También lo intentó Pedro de Alesón que, al mando de una tropa del ejército español, se encontraba en esos días en la ciudad reclutando soldados. Este tampoco les disuadió con sus planteamientos militares. (…) Don Pedro, asustado por la envergadura de la pelea, les abandonó y huyó camino de la Alhambra, haciéndoles creer que atacaría a los franceses por la retaguardia».

Preparando la batalla

No obstante, y a pesar de la huida del militar y la negativa de su alcalde a combatir, la Junta Local de Defensa no estaba dispuesta a rendirse, por lo que, a sabiendas de que no podrían acabar con los franceses en un combate frontal, los lugareños usaron todo lo que tenían a mano para crear trampas con las que sorprender a sus enemigos. Para empezar, aseguraron las barricadas que habían fabricado el día anterior con carromatos y prepararon su defensa en la calle principal de Valdepeñas, donde se ubicaba el camino Real que usarían los franceses para pasar hacia Andalucía.

Otra de las medidas fue repartir los escasos trabucos que había entre los ciudadanos, los cuales se parapetaron en las viviendas con órdenes de hacer fuego sobre cualquier francés que se acercara a la villa. El resto de los lugareños, por el contrario, hizo acopio de hoces, azadas, cuchillos e, incluso, algún que otro garrote. A su vez, buscaron entre sus enseres cualquier objeto de cierto peso que pudiera arrojarse desde los tejados de las viviendas.
Además, los habitantes de Valdepeñas enterraron en la arena de la calle principal todo tipo de rastrillos y clavos para que las monturas de los franceses, al pincharse y caer, derribaran a su jinete. Una vez en el suelo, serían los propios valdepeñeros los que se encargarían de acabar con la vida de aquellos soldados con sus armas. Por su parte, las mujeres se encargaron de esconder a los niños y ancianos en las bodegas de las casas y situarse en las ventanas de las viviendas con cazos de agua y aceite hirviendo.

«La batalla estaba concebida como una emboscada a las fuerzas de caballería, que serían duda serían las primeras que entrarían, en el desfiladero de la calle central, en el que nada más entrar el batallón de Cazadores a lomos de sus fieros animales, caerían víctimas de las trampas que habría bajo sus casos, escondidas entre la arena y la calzada.(…) A falta de fusiles, se utilizarían todo tipo de objetos contundentes y aperos de labranza para rematar directamente en el suelo a los sorprendidos enemigos», se añade en «Valdepeñas: Guerra de la Independencia (seis de junio de 1808)».

Llegan los franceses

El 6 de julio de 1808, el general Belair hizo su aparición frente al pueblo de Valdepeñas, donde 2.000 hombres y mujeres hábiles –de los 8.000 habitantes- se habían preparado a conciencia para la defensa. Convencido del temor que infligía su ejército, el galo quiso dar una última oportunidad a la villa española y se ofreció a entrevistarse con la máxima autoridad del pueblo: el «cura Calo» y «el Contrabandista».

Al parecer, durante el encuentro Belair sugirió la rendición del pueblo para evitar un baño de sangre. No obstante, a cambio los españoles deberían dejar atravesar la villa a los franceses. La respuesta de los españoles, como no podía ser de otra forma, fue negativa. En contrapartida, ofrecieron a los gabachos cruzar el pueblo desarmados y sin monturas, las cuales llevarían alrededor de Valdepeñas dos de sus habitantes y se las entregarían posteriormente a los galos. Desesperado, el oficial no dio crédito al poco terror que sus tropas insuflaban en aquellos campesinos y, rojo de ira, rompió las negociaciones y se dispuso al ataque.

Comienza la batalla

Deseoso de derramar sangre española, Belair dio la orden de ataque a las 9 de la mañana (a las 12 del mediodía según García Noblejas). Al instante, y según la versión más extendida por los historiadores de la época, el general francés ordenó a varias patrullas de jinetes rodear el pueblo y cerrar sus entradas. A continuación, Bouzat –uno de los oficiales galos- fue seleccionado para entrar en el pueblo bayoneta en ristre con la infantería disponible.

Mientras, desde Valdepeñas repiquetearon las campanas avisando de la llegada de los franceses. «Los centinelas de la (…) torre del templo (…) acusan los movimientos del enemigo y hacen tocar a rebato todas las campanas. Contestan nuevos gritos de Contestan nuevos gritos de “Mueran los franceses” y “Viva la Virgen de la Consolación”, de cuya imagen son muy devotos los valdepeñeros», señala Antonio Merlo Delgado en «Estudios de la Guerra de la Independencia».

De esta forma, entre gritos de «¡En avant!» y vítores a Napoleón, los soldados de Bouzat iniciaron la marcha hasta llegar a la entrada de Valdepeñas. Fue entonces cuando los lugareños lanzaron sobre ellos tejas, ladrillos, maceteros y cualquier elemento lo suficientemente pesado como para acabar con la vida de aquel desgraciado que tuviera la mala suerte de interponerse en su caída. En este desconcierto, los campesinos ubicados en los portales atacaron con sus hoces y rastrillos a los desconcertados franceses. La lucha duró breves minutos y, para sorpresa de Belair, el asalto fue rechazado.

Asombrado por haber sido vencido en esta primera escaramuza, Belair ordenó, desesperado, el ataque de aproximadamente medio centenar de caballeros ligeros (jinetes armados con sables). Al galope tendido y con el arma desenfundada, estos soldados cargaron contra la calle Ancha del Valdepeñas deseosos de vengar a sus compañeros. Para desgracia española, esta embestida fue más efectiva, pues los caballeros lograron acabar con varios vecinos. No obstante, y según señala Merlo, finalmente las tretas utilizadas por el pueblo surtieron su efecto y los gabachos acabaron desmontados y rajados de arriba abajo.

Por entonces, la lucha ya se había generalizado y, aunque habían caído multitud de franceses, los vecinos luchaban ya cuerpo a cuerpo y fusil contra fusil por defenderse del que, hasta ese momento, era conocido como uno de ejércitos mejor entrenado de Europa. Fue precisamente en esa encarnizada lucha donde se destacaron varios héroes hispanos. «Algunas mujeres participan también en el ataque, distinguiéndose notoriamente, por su arrojo y valentía, la agraciada y bellas joven Juana Galán “la Galana”, que, desafiando el peligro, armada con una cachiporra a la puerta de su casa, dio muerte a no pocos soldados al caer estos de sus caballos», añade Merlo.

El cruel incendio de Valdepeñas

Después de varias horas de combate, la desesperación cubría la mente de Belair, quien no llegaba a comprender como era posible que el ejército francés estuviese siendo derrotado por campesinos con azadas. Irritado por no haber acabado de un plumazo con aquella villa –cosa que había considerado en un principio- ordenó incendiar Valdepeñas para acabar de una vez, y para siempre, con sus defensores.

Los franceses quemaron Valdepeñas para obligar a los defensores a salir de las casas
Sus hombres, sin siquiera rechistar, cargaron sus fusiles con unos pequeños cohetes incendiarios que, durante varios minutos, lanzaron sobre los tejados de las casas del pueblo español. Para desgracia de los hispanos, el plan les salió a la perfección y el humo comenzó a abrirse camino entre ellos. Ahora, también luchaban contra las llamas. A su vez, el general francés estableció que sus soldados rodearan la villa y, casa por casa, fueran acabando con todos aquellos que, despavoridos, salieran a la calle para huir de las llamas.

Finalmente, el paso del tiempo y la llegada de las llamas acabaron con la energía de los defensores. Y es que, como se señala en varios escritos, además de la voracidad del fuego, también se hacía casi imposible poder respirar desde las casas que, con valor, llevaban defendiendo desde aquella mañana. Finalmente, los ánimos terminaron por decaer y, aproximadamente a las seis de la tarde, la Junta solicitó una tregua y un encuentro con la máxima autoridad gala. Los franceses, cansados, extenuados y asombrados ante tal férrea defensa, aceptaron sin dudar la interrupción del combate y dispusieron la entrevista con su general. La contienda había acabado, de mutuo acuerdo, y con cientos de cadáveres franceses copando la calle Ancha de Valdepeñas.

Contando los muertos

Nueve horas después de iniciarse el ataque, varios representantes de la Junta Local de Defensa (entre ellos «el Mercader», como prisionero) se entrevistaron con Belair, quien seguía sin dar crédito a lo sucedido. «”La lucha concluyó por mutuo acuerdo”. Las proposiciones de los naturales de la valerosa villa (…) fueron aceptadas y (…) decían así: “Que las tropas francesas se retiren a una legua de la población, donde el pueblo (les) llevará raciones y demás auxilios”. (…) Con esas condiciones y la solemne promesa de respetarse mutuamente, quedó concertada la paz. (…) Un testigo presencial de los hechos (…) afirma que el general Belair “dejó a esta villa una carta de seguridad para que, aunque viniesen otros franceses, no se metiesen con sus moradores», añade el autor español.

Al día siguiente hubo que contar los cadáveres, una tarea que resultó enormemente difícil y dolorosa para los habitantes de la villa, pues los restos mortales que recogían no eran sólo sus compañeros de armas; eran sus hermanos y hermanas, padres y madres e hijos e hijas. Aquella infausta jornada, los franceses tuvieron que llenar más de 300 ataúdes y atender a casi 50 heridos. Los valdepeñeros, por su parte, se vieron obligados a enterrar a una treintena de sus vecinos y amigos. No obstante, estos aguerridos manchegos no sólo se habían ganado el agradecimiento de España, sino, también, el respeto del altivo ejército galo y, para siempre, un hueco en la Historia eterna de nuestro país.

sábado, 8 de marzo de 2014

Letras de La Mancha II

Tras esos antiguos pictogramas es difícil encontrar otros testimonios de un avanzado arte de la representación que se revele por signos más o menos literarios, estilizados o abstractos. No los hay en núcleos habitados de antigüedad considerable como la Motilla del Azuer, a once kilómetros de Daimiel, donde hubo y sigue habiendo un pozo en torno al cual se construyó un edificio redondo y concéntrico ya hace cuatro mil doscientos años, cuando en Egipto empezaba la caída del Imperio Antiguo. Alrededor de este pozo había hornos que manufacturaban recipientes de loza y silos para guardar cereales. Este asentamiento contaba con alrededor de un centenar de personas y no era el único en las llanuras manchegas. 

Se trata de la llamada Cultura de las Motillas y lo que podemos sacar en limpio en lo tocante a las vidas de nuestros antepasados es que ya entonces existía una gran jerarquización social, según demuestran los pobres ajuares funerarios que han sido desenterrados en el entorno y los rasgos de consunción y caquexia que presentan los restos humanos que han subsistido. Esos signos, entre otros, obligan a concluir que la miseria y la hambruna fueron habituales en la altiplanicie manchega en un periodo muy dilatado de tiempos pretéritos. Frente a eso, la existencia contemporánea de recintos situados en cerros y oteros por motivos de seguridad habla de una inseguridad y unos desequilibrios sociales que la literatura moderna reproducirá siglos más tarde, no solo mediante géneros más o menos autóctonos, como la novela picaresca, y temas bien poco estudiados pero muy presentes en la literatura castellana, como el hambre, sino mediante posturas estéticas muy asentadas en nuestra tradición, como la realista, que constituyeron la aportación manchega y española más importante a la literatura europea. Estéticas de naturaleza idealista siempre tuvieron en España menos predicamento o aparecieron más ridiculizadas, en abierto contraste con una estética realista más arraigada y de inspiración más popular.  

Desde las alturas de satélite de Google podemos leer la meseta sur como si se tratara de un palimpsesto. Contiene miles de signos elaborados por tiempos y culturas pasadas junto a otros debidos solo a la mano de la Naturaleza. Los que se deben al trabajo del hombre se encuentran en su mayoría cercanos a los cursos de agua; caminos, estructuras circulares agrupadas y otras, sin duda más avanzadas, en forma de cuadrícula, aunque esto incumbe ya a artes y ciencias menos literarias. El hecho es que no existe representación de signos abstractos en ese ámbito que describan, evoquen o narren algo más o menos vinculado a la intimidad del individuo o a su humanidad; solo nos hablan de su trabajo por mantenerse y subsistir en un medio con frecuencia hostil.

Los siguientes vestigios escritos que podemos encontrar sobre la meseta sur provienen de viajeros exteriores y de pueblos prerromanos. Al respecto Gregorio Carrasco Serrano escribió un interesante libro, Los pueblos prerromanos en Castilla-La Mancha, (Cuenca: UCLM, 2007) que puede satisfacer la curiosidad hasta el punto que es hoy posible con los testimonios que han recogido arqueología y filología. En cuanto a esta última, muy poco ha perdurado hasta hoy, aunque existen testimonios de viajeros púnicos, griegos y romanos que pasaron por esta región y escucharon algunos nombres que, o bien reprodujeron tal cual (endónimos), o bien tradujeron a su propia lengua o rebautizaron (exónimos). Son topónimos y antropónimos en su mayoría; las referencias a costumbres, mitos y leyendas son escasas y problemáticas en cuanto a su atribución concreta a pueblos de la meseta sur. Por ejemplo, no hay que creer, como se ha hecho, que Sefes y Cempsos (Avieno, Ora Maritima 195-204) fueran las naciones que la habitaran; la primera denominación tiene raigambre semítica y se refiere a una colonia púnica en el estuario del río Sado, cerca de Setúbal, a algunos kilómetros al sur de Lisboa. La segunda, por el contrario, parece tener origen celta y corresponde a otro pueblo, vecino del anterior, que debió situarse entre este río y el Anas (Guadiana), de forma que su extremo oriental colindara con Extremadura. Todos estos testimonios han sido reunidos cuidadosamente en su lengua original por el profesor Antonio Merino Madrid en su Castilla-La Mancha en las fuentes literarias griegas y latinas (Cuenca: JCCM, 2001)

El fantasma, tema literario

Luis Pérez Ochando, Fantasmadas literarias, en El País, 8-III-2014 :

La literatura fantástica es un arte de carencia y deseo: buscamos todo cuanto nos falta, todo aquello que la realidad no satisface y que, sin embargo, una vez hallado nos induce al temor a perderlo o al horror de haberlo encontrado. Esta cadencia entre falta y deseo es propia de cada individuo, pero también de cada época. Las historias de fantasmas nos atraen porque, en ellas, exploramos miedos humanos —a la muerte, al recuerdo—, pero también porque sugieren cuanto está ausente en la realidad colectiva. La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire. Nuestras casas y prendas ya no son nuestras —y acaso tampoco nuestras vidas—, ¿a quién pertenecen entonces?, ¿nos hemos convertido en fantasmas de casas y cuerpos que no nos pertenecen?

En El hombre que perseguía al tiempo, de Diane Setterfield, el capitalista vislumbra, alucinado, dos paisajes bajo la lluvia: en el primero, avista un titánico centro comercial donde solo hay una hondonada; en el segundo, el templo del consumo que él mismo erigió se derrumba como una cascada de cristal y mármol. Parecen contradecirse, pero ambos afirman lo mismo, que todo aquel afán de edificar y enriquecerse era solo un espejismo: la superficie tersa y brillante de una pompa rellena de aire. La nuestra, qué duda cabe, es una época de burbujas que estallan, pero también lo son nuestras vidas, que pasamos como niños persiguiendo pompas de jabón. Cuando por fin se desvanecen, buscamos dentro de ellas al fantasma de nuestros días.

Nada tiene de extraño que nos gusten los fantasmas, tanto los de nuestra era como aquellos que, en otros tiempos, ejecutaban ya esta eterna danza entre la carencia y el deseo. Comencemos, pues, con una de aquellas viejas historias que hoy nos siguen seduciendo: escondida entre pilas de legajos polvorientos, un anticuario encuentra una carta en latín, la angustiada confesión de un vicario, en la que advierte a los curiosos que se guarden de buscar el relicario de la rectoría de… Faltan datos, pero el aplicado erudito encontrará el lugar exacto, excavará la undécima tumba y, por supuesto, hallará el relicario. Desde ese instante, un vaho le acechará a cada paso, le perseguirá un olor a moho y, atisbará, desde su ventana, una figura harapienta que parecerá cada noche más cercana. M. R. James jamás escribió este relato, pero podría haberlo hecho, pues la mayoría de sus Cuentos de fantasmas (1904-1928) nos hablan de arqueólogos y estudiosos que encuentran documentos que sugieren espantos, demonios que habitan todavía los sitiales del coro o el vitral de la abadía, grabados por los que pululan espectros y tesoros custodiados por criaturas hediondas.

La nuestra es una época de economía inmaterial, en la que todo cuanto es sólido se disuelve en el aire
Siruela reedita sus Cuentos de fantasmas, una selección de algunas de sus mejores historias; sin embargo, si James regresara ahora como alma en pena, quizá se sorprendiera al descubrir que sus únicos escritos reeditados sean sus relatos terroríficos. Montague Rhodes James fue medievalista de prestigio, experto en apócrifos, catedrático en Cambridge, rector en Eton. Dedicó su vida a la historia, la arqueología y el estudio de los clásicos y, de cuando en cuando, pergeñaba cuentecillos como divertimento. James comenzó leyéndolos ante sus amigos de la Chitchat Society y pronto sus lecturas se convirtieron en un acontecimiento. Revisitados hoy, podemos imaginar a sus colegas y alumnos escuchándole y pasando de la sonrisa al escalofrío. Sus personajes resultan jocosos en su grisura y, sin duda, James gozaba ironizando sobre la cotidianidad de académicos y anticuarios; sin embargo, esa banalidad queda pronto impregnada por un hálito maligno, por un miasma del pasado que se va volviendo más intenso hasta adoptar, por un instante, una forma táctil e insoportable.

La muerte vela por los contornos de los objetos y prendas del pasado y, de algún modo, quienes los palpan e investigan acaban envueltos por ese mismo velo. Los cuentos de fantasmas nos plantean a un tiempo el enigma de la muerte y el enigma del pasado: ¿quiénes habitaron la casa?, ¿qué soñaban?, ¿qué queda de ellos? Preguntas que, en el fondo, no atañen sino a nuestra propia mortalidad y a la fugacidad de nuestro tránsito sobre la tierra. Esta angustia por la muerte late también en otro notable cuento victoriano, La casa y el cerebro (1859), de Edward Bulwer-Lytton, recientemente reeditado por Impedimenta. Regresamos a la morada embrujada por pasiones que siguen latiendo en las paredes, recuerdos de una tragedia desgajada del tiempo, repetida sin fin, reticente a abandonarnos.

En la tumba de Lovecraft

En la tumba de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) se lee un sencillo epitafio, “yo soy Providence”. Bajo ella yace el hombre cuya obra fue una lucha contra el tiempo. Lovecraft amaba Providence como solo pueden amarse los paraísos perdidos de la infancia. Los pórticos coloniales, las empinadas callejuelas, los álamos, los tejados y los chapiteles georgianos, virados por el perpetuo crepúsculo de la memoria; poco queda ya de todo aquello salvo en las cartas, cuentos y sueños de Lovecraft. Con motivo de las tres últimas reediciones de sus obras —dos de Acantilado y una de Periférica— y la aparición de una nueva antología de cuentos lovecraftianos —editada por Valdemar—, regresamos a las páginas del autor de Providence.
El caso de Charles Dexter Ward (Acantilado) comienza precisamente con el recuerdo dorado de Providence, retomando los paseos juveniles que Lovecraft relataba en sus cartas. Lovecraft amaba Providence porque fue ella quien alumbró su vida estética y espiritual, porque fue en sus arboledas donde de niño levantó altares a Pan, Diana y Minerva, donde creyó ver a faunos y dríadas; allí fue donde descubrió, en la biblioteca de su abuelo, los tesoros mitológicos de Grecia y Las mil y una noches; pero Lovecraft amaba también Providence porque en ella el pasado sobrevivía al presente y, entre otras cosas, las obras de Lovecraft nos hablan del intento de derrotar al tiempo, esa “especie de especial enemigo mío”.
Lovecraft era un soñador inmenso a la par que un materialista convencido y, debido a ello, sus personajes intentan escapar al tiempo o vulnerar las leyes físicas, pero acaban estrellándose contra el horror de haberlas transgredido. En El resucitador (Periférica), Herbert West inyecta en las venas de los cadáveres “el impulso que los llevará de vuelta a ese estado motriz al que llamamos vida”; en Charles Dexter Ward, Joseph Curwen conjura a los muertos desde sus cenizas para interrogarles sobre saberes prohibidos; los ancianos de Las montañas de la locura despiertan de un sueño de eones para descubrir sus ciudades engullidas por el hielo antártico y estragadas por abominaciones que otrora fueran sus siervos. En todas ellas, el leve tiempo humano queda trascendido, pero solo para enfrentarse al horror de la carne corruptible, para ser devorado por el pasado hecho presente o para perderse en los océanos del infinito, donde nuestras vidas son solo polvo a la deriva.
La lucha contra el tiempo es un agon entre el antes y el después, ambos instancias del no-ser; no podemos ganar, pero sí fugarnos hacia la fantasía o el ensueño. La guerra de Lovecraft contra el tiempo le llevó a verse a sí mismo como un anciano, como un caballero dieciochesco que no hallaba su lugar ni en el siglo ni en las letras estadounidenses. El mundillo de la prensa amateur le ofrecía consuelo literario, pero no un lugar para su obra. El resucitador, por ejemplo, apareció en Home Brew, por encargo del editor G. J. Houtain. Lovecraft aceptó a regañadientes, disgustado por tener que doblegarse al trabajo mercenario y a la estructura de serial, con su típico clímax al final de cada episodio. Pese a ello, El resucitador es una joya de lo macabro y lo grotesco, una exploración de los límites del decoro artístico —es decir, de lo decible y lo mostrable— que, sin embargo, Lovecraft contempla con la complacencia irónica del espectador de una farsa granguiñolesca.
Charles Dexter Ward ni siquiera llegó a ser publicada en vida de Lovecraft. En ella, la crónica histórica y la investigación erudita descienden en espiral hacia un horror inefable; poco a poco, se multiplican los adjetivos, proliferan los adverbios, pero solo para apuntar hacia un lugar tan espantoso que no puede ser nombrado, pero sí evocado como una sensación aborrecible, ominosa, blasfema. Otro tanto sucede con En las montañas de la locura, que comienza con el rigor del registro científico para ir fundiéndose —como un carámbano— hacia el horror de lo informe y hacia esa poesía melancólica y sublime que solo poseen las civilizaciones perdidas y los desiertos de la Antártida. En las montañas de la locura desagradó a los lectores de Astounding Stories, más acostumbrados a “la convencionalidad, la banalidad, lo artificioso, las falsas emociones y lo estrambótico” que Lovecraft achacaba a la ciencia ficción.
Frente al desdén de su época, legiones de seguidores y epígonos han encumbrado a Lovecraft post mortem. Decía Baudelaire que la mejor crítica a una obra artística es otra obra de arte, tal es el caso de la antología Alas tenebrosas, seleccionada por S. T. Joshi. No abundan en ella tentáculos, libros prohibidos y tópicos ni dioses de improbable fonética, pero todos ellos nos permiten asomarnos a los abismos del tiempo y a los misterios de un cosmos indiferente. Sus autores reinterpretan no el estilo sino la filosofía lovecraftiana y nos hacen sentir de nuevo “el chirriar de formas y entes exteriores en el límite más recóndito del universo conocido”. El fantasma de Lovecraft regresará a Providence, Pickman volverá a retratar a sus modelos, los demonios inferiores plagarán la tierra una vez más y la magia antigua reinará de nuevo, ¿es posible homenaje mejor al hombre que intentó doblegar el tiempo? En la tumba de Lovecraft se lee un sencillo epitafio, “yo soy Providence”; a veces, un lápiz anónimo garabatea debajo: “que no está muerto lo que eternamente puede yacer / y con los extraños eones hasta la muerte misma puede morir”.

El caso de Charles Dexter Ward. H. P. Lovecraft. Traducción de Miguel Temprano García. Acantilado. Barcelona, 2014. 192 páginas. 16 euros.
El resucitador. H. P. Lovecraft. Traducción de Juan Cárdenas. Periférica. Cáceres, 2014. 94 páginas, 14,50 euros.
En las montañas de la locura. H. P. Lovecraft. Traducción de Miguel Temprano García. Acantilado. Barcelona, 2014. 152 páginas, 14 euros.
Alas tenebrosas: 21 cuentos de horror lovecraftiano. S. T. Joshi (editor). Varios traductores. Valdemar. Madrid, 2014. 531 páginas. 30,50 euros.

En La casa y el cerebro, Bulwer-Lytton se despoja del ropaje gótico de Zanoni (1842) para ofrecer una historia más moderna, plagada de fenómenos sobrenaturales que ascienden hacia un clímax de alucinación y miedo, en el que entrevemos un éter por el que flotan larvas y entidades, como amebas vistas por el microscopio. Bulwer-Lytton parece dar un paso adelante, pues atribuye las apariciones a una voluntad tan poderosa como humana. En la segunda parte del relato, conoceremos al hombre capaz de detentar semejante poder sobre la materia y sobre la mente de sus semejantes. Sin embargo, es aquí donde el paso adelante de Bulwer-Lytton resulta ser un paso en falso, pues si bien niega la existencia de fantasmas, nos devuelve la angustia por la mortalidad, el anhelo de la vida eterna, el deseo de permanecer, para siempre, en el mundo de los vivos.

Dicha angustia, dicho anhelo, explica en parte el éxito del que gozan todavía los cuentos espectrales. Quizá por ello, a los editores ingleses de El hombre que perseguía al tiempo (2013) no les tembló el pulso al venderla como ghost story, una ávida engañifa que, no obstante, lo es solo en parte. Es un embuste porque no hay en ella espectros o aparecidos —y, de hecho, la edición castellana de Lumen prescinde de este subterfugio—, pero tiene algo de cierto en la medida en que retrata a un personaje convertido, en vida y por su propia mano, en un fantasma.

El hombre que perseguía al tiempo carece de la riqueza literaria y bibliófila del anterior libro de Diane Setterfield, El cuento número trece; pero comparte con él un rasgo de interés, pues en ambos casos sus protagonistas reniegan de la vida y se enclaustran en torres de libros o montañas de números, en relatos o cálculos que suplantan la vida. William Bellman —protagonista de la obra— es un industrioso súbdito inglés que levanta empresas y amasa fortunas, mejora la producción, moderniza fábricas, abre mercados y, a la postre, resulta incapaz para la vida. Durante la primera parte de la novela, la amabilidad con la que Setterfield evoca la juventud de William resulta irritante, pues la autora olvida su condición de explotador e idealiza su relación con los obreros; sin embargo, en la segunda parte comprendemos que era la melancolía quien doraba la luz de aquellos días.

Tras una serie de tragedias, Bellman decide erigir un emporio de pompas fúnebres en Londres, pero los difuntos no son tanto sus clientes como él mismo: será él quien acabe enterrado dentro de un gigantesco mausoleo, el centro comercial de artículos luctuosos que dirige y gobierna mientras se va consumiendo. Karl Marx sugirió que el capitalismo es materia muerta que vampiriza músculo y latido, jornadas que acortan nuestro aliento por un sueldo, el tiempo de la vida convertido en tiempo de muerte a cambio de dinero. Aunque de manera inconsciente, Diane Setterfield ilustra esta premisa y la novela, que avanza con la solemnidad y el boato de un regio funeral victoriano, acaba no siendo nada más que el epitafio de un hombre insignificante. La vida del fantasma William Bellman queda narrada y, sin embargo, quedan por contar todas aquellas otras de las costureras, dependientas y contables a los que Bellman vació también de vida.

Una bandada de grajos sobrevuela El hombre que perseguía al tiempo. Los grajos son presagios de muerte, omina mortis que un augur habría escuchado para, después, menear la cabeza y anunciarnos que no hay esperanza. Pero los grajos vuelan también en nubes de algarabía, proclamando que, por funesto que sea el presagio, la vida sucede mientras tanto y que, por más que efímera, la vida que vuela es también un espectáculo. Quizá era esta la lección que debieron aprender los personajes de James —anhelantes de objetos polvorientos, incunables y basura de otros tiempos, afanados en leer cronicones medievales para escribir mamotretos académicos y legarlos al porvenir—, que la vida, entretanto, estaba en otra parte, acaso en momentos tan mundanos como los almuerzos, las charlas y los paseos.

También Robertson Davies conocía bien la vanidad y la trivialidad de la vida académica, pues no en vano fue decano de Massey College desde 1963. Ese mismo año comenzó a escribir anualmente un relato de fantasmas para las celebraciones navideñas. En 1982, ya retirado, las recopiló bajo el título Espíritu festivo, recientemente publicado por Libros del Asteroide. Las lecturas de Davies debieron divertir tanto a su público como a aquellas de M. R. James, pero no estremecerían ni a un ratón, pues su reino es el de la parodia y la farsa. En parte, la culpa la tiene Massey College, un edificio recién estrenado, flagrantemente nuevo —nada que ver, por tanto, con la vetusta mampostería gótica que arropa a los fantasmas británicos—; pero el principal responsable de esta indecorosa falta de pavor la tiene el propio Davies.

Tras convertirse a sí mismo en personaje de sus cuentos, Davies se pasea junto a las ánimas ilustres de la reina Victoria, santa Lucía, lord Fauntleroy, Satanás, Frank Einstein o incluso Henrik Ibsen, que se asoma por allí para fruncir el entrecejo. Como todos los fantasmas, los de Davies algo quieren —leer su tesis, comer hasta reventar, ser reconocidos por la crítica o volver a casa por Navidad— y el autor los acoge amablemente, aun a sabiendas de que habrán de traerle quebraderos de cabeza. “Los fantasmas son unos ególatras desmesurados: la fuerza viva de la egolatría que se niega a aceptar la realidad de la muerte”, escribe Davies, y acaso sea esta vanidad la que les otorga su inusitada vivacidad de ultratumba, esa pasión por bagatelas y fruslerías que da sazón a cada uno de nuestros días; pues también nosotros somos fantasmas embargados por deseos elevados, que intentamos satisfacer mientras la vida —como una pompa— se nos escapa entre las manos.


El hombre que perseguía al tiempo. Diane Setterfield. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Lumen. Barcelona, 2013. 336 páginas. 20,90 euros.

Cuentos de fantasmas. M. R. James. Varios traductores. Siruela. Madrid, 2014. 344 páginas. 19,95 euros.

La casa y el cerebro. Edward Bulwer-Lytton. Traducción de Arturo Agüero Herranz. Impedimenta. Madrid, 2013. 108 páginas. 14,95 euros.

Espíritu festivo. Cuentos de fantasmas. Robertson Davies. Traducción de Concha Cardeñoso. Libros del Asteroide. Barcelona, 2013. 312 páginas. 18,95 euros.


Luis Pérez Ochando ha publicado libros y artículos sobre el género fantástico y de terror, entre ellos, George A. Romero: Cuando no quede sitio en el infierno (Akal), y Pozo de sangre y Fantasmas del cine japonés contemporáneo (Sociedad Latina).

martes, 4 de marzo de 2014

Tal y como están las cosas

Tal y como están las cosas hoy en día, lo único realmente subversivo es la honestidad y la justicia, elementos necesarios para hallar la necesaria y valiosa verdad. Y, en cuanto a los secuestradores del pueblo honrado y trabajador (cuando le dejan), solo me cabe decir lo que el Conde de Salinas:

"Vacilando perseveran:
no son nada; si algo fueran
pudieran dejar de ser"

Diego de Silva y Mendoza, Antología poética (1564-1630). Madrid: Visor, p. 113.

lunes, 3 de marzo de 2014

Letras de La Mancha I

Con este empiezo una serie de artículos sobre escritores y literatura en La Mancha. No sé hacia dónde me llevará esta deriva, ni qué vientos voy a seguir, pero espero pueda satisfacer un poco a todos con el agua de este pozo que voy a excavar en el pasado. Mis instrumentos serán la curiosidad y la ignorancia. Existe una motivación fuerte, aunque las circunstancias la contradigan y la limiten. Ni siquiera puedo estimar cuánto caudal podré ofrecer, pero sí me hago al menos una idea de lo mucho que espero y deseo, y eso ya es algo; es más, la varita de zahorí tiembla impaciente bajo mis manos. 

El territorio de lo que constituye ahora la artificial Castilla-La Mancha es en realidad un conglomerado de comarcas a las que la tradición ha asignado nombres más específicos como Alcarria, Manchuela, Manchas Alta y Baja, Campos de Montiel, de Calatrava y de Hellín, La Sagra, La Jara, Valle de Alcudia, Sierras de Cuenca y Madrona, Guadalajara y Montes de Toledo, Señorío de Molina, Campana de Oropesa, Corredor de Almansa, Mesa de Ocaña y otras. Y unos pocos de estos nombres importan, porque derivan de causas indígenas que no ha impuesto una mera división administrativa, sino la mera geografía o la historia, simplemente.

La literatura en La Mancha nació con los primeros signos que dieron cuenta de una vida y de una experiencia. Tomaremos un verso a Manrique, "¿Dónde iremos a buscarlos?", para espolear nuestra investigación, que es también una sed. La respuesta es en los lugares donde se deposita el tiempo, en materiales más o menos eternos, desde las piedras a las tradiciones que nunca han pertenecido a solo un individuo, en los mitos y en las leyendas; solo después recurriremos a libros y a archivos. 

En Peña Escrita tenemos los textos más antiguos que se escribieron en La Mancha, si por tales entendemos, como he dicho, unos signos que reflejan vidas y experiencias humanas; se trata de una escritura meramente pictográfica, correspondiente al llamado arte esquemático del 3000 a. C., y forma descripciones más que narraciones de tema no exclusivamente religioso. Aparecen en continuidad desde el Calcolítico a la Edad del Hierro, quizá en las proximidades de un santuario, como había muchos en Sierra Morena. El fenómeno se reparte en tres focos distintos: gallego, levantino, bético y el que nos ocupa, de Sierra Morena, que algunos investigadores consideran el más antiguo. Hoy ya disponemos de algunos estudios, como los de Macarena Fernández Rodríguez (Las Pinturas Rupestres Esquemáticas del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Ciudad Real: Mancomunidad de Municipios del Valle de Alcudia y Sierra Madrona, 2003) que pueden orientarnos en su interpretación. En cuanto a su hallazgo, su mérito corresponde a la Ilustración: Fernando José López de Cárdenas, párroco de Montoro, las descubrió el 26 de mayo de 1783.

Por mandato de Carlos III y su ministro Floridablanca, se quiso hacer un gabinete de historia natural en Madrid y, buscando en mayo de ese año piezas minerales y fósiles para este cometido fueron el alcalde de Fuencaliente José Bernabé, el citado párroco y su hermano Antonio López de Cárdenas recorriendo los yacimientos de Peña Escrita y La Batanera con el escribano de la villa José Antonio Díaz Pérez. Los manuscritos y dibujos realizados ese día por Antonio López de Cárdenas y el escribano de Fuencaliente se hallan en la Real Academia de la Historia, donde los encontró el profesor Gratiniano Nieto Gallo. Gracias a un lugar de Internet podemos admirar e, incluso, leer esos primeros textos con ayuda de la imaginación y unos cuantos conocimientos de iconología y arqueología aquí

Aparecen signos pectiniformes que se pueden identificar con ganado caprino, cercados o sembrados, figuras antropomorfas, semillas germinantes, cabras, ciervos, ídolos y tótems. Hay escenas rituales (religiosas) o profanas (de danza), que congregan a personas con los brazos abiertos en uve doble con una cierta simulación de perspectiva mediante el tamaño diverso de las figuras. Figuras zoomorfas, asimismo, representan acaso los vestigios más antiguos que nos quedan de un arte teatral en La Mancha: indígenas ataviados con cuernos y pieles que imitan sonidos y movimientos de animales en danzas que simulan historias de caza. También hay cercados y sembrados que reflejan la existencia de algún tipo de ganadería y agricultura. Existen asimismo signos que reflejan la adoración de la fertilidad a través de ídolos femeninos y ceremonias de tipo hierogámico. Algo muy característico de la Mancha, el Sol, aparece varias veces; también el signo del laberinto circular, que sugiere una civilización algo más compleja. De todas estas escenas se extrae la consecuencia de que existía un culto principal a la diosa madre o diosa blanca y que uno de los dioses del panteón era también identificable con el sol.

domingo, 2 de marzo de 2014

Los muros de Jericó

El periodista americano Dan Rather dijo un día con cinismo que, si matas a una persona, eres un asesino y te llevan a la silla eléctrica; si matas a diez, eres un loco, te llaman "asesino en serie" y ruedan una película; y, si matas a cien mil, eres político y te invitan a Ginebra unos días, a negociar.

Nuestro mundo se construye con escalas sinonímicas; podría decirse, parafraseando a Rilke, que este mundo es el grado de lo terrible que soportamos todavía; es cuantitativo, no cualitativo. Pese a lo que pueda parecer, nada está ordenadito y en su sitio con un letrero. Se halla amontonado y en desorden y trabajamos en él a bulto y con torpeza; el caos es el elemento más abundante en el mundo y en nosotros mismos. Nos domina un capitalismo de chacina (o cantimpalismo choricero), donde todo se vende por cantidades y no por cualidades, mucho menos éticas y morales, que se regalan como adorno. El tener una suma grande de votos exime de cumplir el propósito moral que se prometió al recogerlos y ya se empezó a olvidar con la fórmula de la jura que se hizo para desempeñarlos; lo que importa es eso, la suma de votos, el poder, el medio, porque para la política no hay fines: estamos en el mundo de Max Horkheimer, el de la razón instrumental. Impera la alienación y alienados son incluso los que creen que nos gobiernan, cuando lo único que hacen es seguir el imperativo impersonal de un mecanicismo inhumano.

Tres cuartos de lo mismo es lo que pasa con nuestra manía de las rayas, fronteras, vallas, muros y murallas. Se hace incluso fijando líneas ante la ventanilla o mirillas telescópicas ante las puertas, que antes no había. Los simpapeles "asaltan" la valla como si fueran hampones, y marcamos ya al extranjero como salteador, saltándonos nosotros mismos la precisión terminológica. Se trata a toda costa de mantener las distancias, de impedir que se adhieran los pegajosos sentimientos que nos unen en sociedad y los dolorosos dolores, pero unos estamos más distantes que otros de la misma manera que unos somos más iguales que otros. Y especialmente lejanos están los políticos-dioses, sobre todo en la cumbre tibetana de la Unión Europea. El tercer mundo viaja en tercera clase y juega en tercera división y, mientras nosotros nos consideramos europeos de segunda, no nos importan los terceros en discordia. 

Una nigeriana ha pasado la valla con un fémur roto. Es un caso, perdón, una persona significativa, porque por esa línea de fractura pasa una frontera que no se va a recomponer. Más aún, es mujer, así que con la pata quebrada y a casa en el negro y machista corazón de África. Le compraremos muleta y todo, incluso le soldaremos el hueso, pero seguirá la otra fractura, porque nosotros empezamos a quejarnos de luxaciones y no queremos hacer los trabajos que ellos hacen a gusto, cosiendo y cantando. Si tomamos por mapamundi la misma telaraña-mapa de Ciudad Real, donde la iglesia catedral es araña, hay a un lado un montón de calles con nombres de naciones tras ese tremendo Eroski que hace de Mercado común, y también hay gente en un barrio africano que quiere cruzar el lago mediterráneo sin tener que caerse desde el puente para pasar a mejores chabolas; muchos de ellos son gitanatas, asiatas y negratas. 

La Unión Europea era llamada antes Mercado Común, y lo era, porque las peleas parecían cosa de verduleras. La misma Thatcher era un apio que no se tragaba nadie. Hubo que trabajar mucho para soldar unos huesos que llevaban mucho tiempo sin componerse y ahora mismo la Unión está tan gorda a causa del euro que cualquier día va a fallecer de un ataque al corazón partío y patrio de Berlín. Los mandarines del imperio alemán están esperando a los bárbaros tras las murallas y no se dan cuenta de que los bárbaros les están creciendo en su propio seno. Son los bárbaros naciofascinerosos, de los que hay muchos incluso entre los proeuropeos de Ucrania, que ven a la Unión como lo que realmente es, una confederación germánica. Nosotros, sudistas, haríamos bien en declarar una Guerra de Secesión o, mejor incluso, volvernos lone star, como Suiza. Daneses, ingleses, polacos y algún otro han sabido ver claro cuando los españoles nos poníamos ciegos de europeísmo. Nunca se plantearon salir del euro, porque nunca entraron. Como resultado de nuestra estupidez, ahora formamos parte del Sacro Imperio Romano Germánico y la Merkel dicta nuestra política campando a sus anchas en nuestro mercado, dejando a nuestros parados al pairo y a nuestros políticos mamando del cargo y sin nada que hacer, ahora que hasta lo poco que podían ya no es necesario; seguro que de ellos no se hará un ere que los una al paro. Un erre que erre, sí. Hemos perdido soberanía, aunque nunca tuvimos demasiada; desde luego, no tanta como la del propietario de la Constitución, ese rey al que no se puede acusar ni siquiera de estornudar.

Esto de que la sociedad es un cuerpo es metáfora clásica y antigua; su formulación más lejana la encuentro en el tercer libro De officiis ("Sobre las obligaciones") de Cicerón, uno de los padres del iusnaturalismo o derecho natural, para el cual, como todos hemos nacido iguales, nos debemos tanto a otros como a nosotros mismos; se hallaba el hombre horrorizado porque veía la República a punto de caer bajo Marco Antonio, quien, al final, le cortó la cabeza, tomando algunas palabras corporativas de su libro demasiado al pie de la letra, las referentes a que hay que extirpar del cuerpo común los miembros podridos. 

La imagen la usaron luego las epístolas paulinas para divulgar el cristianismo entre extranjeros nada judaicos: las desemejanzas entre los miembros del cuerpo místico de Cristo son necesarias para desempeñar funciones distintas, pero cada miembro socorre a los demás para evitar la ruina común. Ese fue el origen del famoso y estúpido corporativismo fascista, nacido no más de una metáfora ciceroniana. Como en la película de Fellini, el corporativismo nos puede hacer desfilar a todos al mismo paso, pero no nos puede hacer clones por más que se empeñe. El hombre solo es socializable hasta cierto punto, más allá del cual se vuelve profundamente territorial y tiene que poner rayas, vallas, muros y hasta murallas. Algunos incluso se esconden en una oficina, una empresa, un convento, un búnker, una cárcel, una biblioteca o un siquiátrico. O un texto escrito.

sábado, 22 de febrero de 2014

Patatines y patatanes

Desde que Sarkozy dijera aquello tan gracioso de refundar el capitalismo (¿puede fundarse la basura con más basura?), ningún político había tenido la pachorra, o la alquimia suficiente, como para sintetizar ideal y mierda en la misma frase y alcanzar los límites mismos de la mentira salvo los españoles, que, como mentirosos a secas y ni siquiera políticos, a fuerza de prodigarse en un mundo al revés, han llegado a hacerse sencillamente increíbles, o creíbles solo para lameculos, chupamindas y demás aprovechados y catarriberas. 

Un político genuino aporta un gramo de idealismo, un nosequeo de utopía que logra correspondiente condescendencia; pero un sucedáneo español, que solo se tapa las vergüenzas, usando mentiras de taparrabos, no se granjea simpatías y ni siquiera esa complicidad de espectador de sainete que hizo del nunca amortajado Berlusconi un líder del putrefascismo. La Infanta hace su deposición ante juez sin esfuerzo, nada penosamente, sin cagarla, con la típica posma de una bri, perdón, borbona, y un ricohombre, que no hidalgo, senador se deja caer de su inútil cargo senatorial con jeta y carpeta tras haberse lamido con entusiasmo las prebendas y haber puesto un pico en Suiza. 

Ya ni siquiera procuran ocultarse bajo una prosa churrigueresca. El chorizo público (o privado, qué más quita) español es tan vulgar, de marchamo tan cantinfresco, de verdad, que, fuera de defraudar (también) toda estética, ha logrado sacar al pueblo a las plazas moviendo, no ya la indignación, sino un desconsuelo que nace del más profundo desamparo, como si no bastara el que nos ha venido de su gestión del presupuesto, que más parece ingestión. Dan ganas de irse a zurrar otra badana o incluso consagrarse al estudio del nostrático o a calcular la incidencia del pedo discreto en los conventos de monjas, porque hablar de política es más ridículo y menos útil, es como hacer de Job en el estercolero. 

Para no aburrirse, Larra contemplaba a los políticos españoles como si fueran patatas y era la monda. Al menos las patatas, como los asteroides, no presentan siempre la misma cara, los mismos rasgos, son todas distintas entre sí y por eso no resultan aburrantes. Es cierto que, como los políticos, los tubérculos engordan con el fiemo, la mugre y la descomposición social y se reproducen por gemación, algo así como retoños familiares o amiguetes, procurando esconder su volumen orondo de forma subterránea. Se desarrollan muy bien en este clima mediterráneo, propicio a la cooptación más que al mérito. Cierto que las ocasionales heladas de democracia y justicia no son buenas, pero, gracias al suave abrigo y protección que ofrecen la Constitución (hecha para dar una finca de caza al rey de España y compañeros de usufructo), y las eviternas leyes franquistas (que, como los números reales, tienen principio y no fin), la producción de miserias sociales y particulares está garantizada hoy en día en un reino en que, gracias a ellos, la apariencia es un monarca que gobierna sobre la esencia.

martes, 18 de febrero de 2014

Último poema del poeta Hassan Shaabani antes de ser torturado y ahorcado en Irán


Siete razones por las que debo morir

¡Estás librando una yihad contra Dios!
Sábado, porque eres árabe
Domingo, está bien; eres de Ahvaz
Lunes, pero recuerda que eres iraní
Martes, y ridiculizaste la sagrada Revolución.
Miércoles ¿levantaste la  voz en nombre de otros?
Jueves, eres un poeta y un bardo
Viernes, eres un hombre ¿no es suficiente para morir?'

jueves, 13 de febrero de 2014

El ego y otras drogas

Más que la droga en sí misma es detestable el concepto de la droga, de la misma manera que Shakespeare, a su manera siempre distanciada de todo, sentenciaba que no se puede tener miedo sino del miedo mismo. La droga es una idea y no una sustancia. Y como idea cabe distinguirla de la farmacopea o de lo que Michel Hulin llama mystique sauvage o de esa forma de satanismo flojo o soft que soler solemos llamar hedonía. Porque la droga es solo una forma de renunciar a la emancipación, y como tal resulta ser un signo de identidad de todo lo inmaduro e infatiloide,

Por eso la tele, la comida rápida y la futbolidad o arte de patear, e incluso la política, la mala educación, los chismes y el ego desaforado son drogas (especialmente dura esta última, a que se reducen las demás). Se supone que curan la falta de identidad del niñato que no tiene suficientes años para tener pasado al que agarrarse y sufre el peso de todo un interminable futuro para angustiarse, pero lo único que hacen estos elementos nada primigenios y las yerbas africanas es agravar u ocultar los problemas. Algo exactamente igual que las ideas fijas, que no son ideas, sino pasiones cristalizadas o manías. De las drogas a los dogmas solo hay unas pocas letras y ambas cosas son igual de difíciles de abandonar. Con criterio estrictamente sanitario, los opiáceos o estupefacientes nos castigan, como Madrid, que también tiene algo de psicotrópico y polirrizo:

De Madrid al cielo,
porque es notorio
que va al cielo quien sale
del Purgatorio.

De La Mancha al Infierno
porque se sabe
que adorarse a sí mismo
es falta grave.

Las drogas permiten a la gente ausentarse de la realidad, de sus tribulaciones y de sus obligaciones, a veces incluso definitivamente. Sus causas, muchas, se reducen al decaecimiento de la voluntad, algo de que ya nos quejábamos al filo del Novecientos, llamándolo spleen, mal del siglo o enfermedad metafísica. Por entonces, como por ahora, el mundo se había vuelto absurdamente complejo, ruidoso y tan indesliable como el nudo gordiano; hasta Spengler, coco privilegiado, vino a escribirnos La decadencia de Occidente. Para librarnos de la angustia producida por esa monstruosa multiplicación de expectativas y de pasillos laberínticos, de ese nihilismo fatigado de que hablaba Nietzsche, uno tenía que subir al autobús colectivo del adoctrinamiento simplificador y ser amasado por las ideologías hasta terminar hecho un fantoche fascista o comunista, o lo que su paralelo liberal capitalista hacía en la sociedad de consumo, un perfecto y extraplano Ken o Barbie. Y eso que ya por entonces los que más sedicentemente padecían la abulia encontraban en la farmacia lo que la sociedad no debía, podía o quería dar al señorito común, ensoñador y malcriado.

Hoy la sensación de lo complejo nos la teje la entretela de Internet, un texto sin fin, una crucifixión infinita de caminos, perspectivas y distancias. La internética se ha constituido en el administrador inhumano de un campo de concentración de alienados, cebollinos enfermos que piden más y más conexión umbilical pero en el fondo están cerrados en su placenta de electrones. Esta demanda de información absoluta, de mística a la carta, ya solo la puede  satisfacer una droga hecha a la medida del individuo, la química, que conecte la sensibilidad individual a todo el universo, porque las drogas de masas no venden tanto como vendían; el descrédito de la ideología ha objetivado nuestras demandas a lo meramente individual, desconectándonos del mundo real, en que tenemos que convivir con gente real agria y cabrona, que se acopla tarde, mal y nunca a nuestros propósitos de señoritos egosoñadores y malcriados. Hasta en Pandora todo el mundo quiere enchufarse al gran árbol de los cables y diluirse en electrones como Leopardi se diluía en el dulce mar del infinito. Es el nirvana virtual. Los chavales es que ya hasta se acuestan con lo que más quieren, el móvil, reducidos a voraces neuronas de Internet cada vez más ansiosas de dendritas. Renuncian a ser una parte de un todo conjuntado y salvaguardian a toda costa su independencia y su pequeño espacio en lo colectivo. Inversamente, contra todo esto reacciona un movimiento fundamentalmente anticuado y reaccionario, aunque se vende como progresista, la alternativa verde o ecologismo, que nos quiere reenchufar a la naturaleza mediante el músculo, no el nervio.

En el orden jurídico, la droga incurre en paradojas presuntamente insalvables, sea tratar al enfermo como un delincuente pese a que lo primero genera lo segundo, sea confundir la medicina con el veneno, lo que cura con lo que mata. Un ejemplo lo ofrece el LSD, la más poderosa de las drogas y, sin embargo, la más inocua, pues no produce adicción a la gente normal. De ahí que se venda tan poco, siendo tan fácil de fabricar, pese a ser el mejor producto posible del ilegal mercado del deleite farmacológico, como bien explica nuestro famoso Escohotado, gurú habitual en estas materias en español. Pero más curioso y alarmante aún es que, estando prohibido el LSD, resulte ser una poderosa medicina, un instrumento terapéutico de primer orden, porque con supervisión médica se sabe que ha batido todos los récords de efectividad para curar adicciones terminales a sustancias peligrosas que, inversamente, son legales, como el alcohol. Algo que no logran otros tratamientos que sí son lícitos. Es más, cura depresiones desahuciadas por tratamientos convencionales y ha inspirado e inspira la creación artística. ¿Por qué, pues, no se permite solo a los médicos usar el LSD para curar patologías como el alcoholismo o la depresión, o experimentar sobre otras aplicaciones médicas? No voy a mencionar, por consabida, la aplicación anestésica de uno de los componentes de la marihuana, que podría venderse sin las otras sustancias que vuelven ponzoñosa tan mala hierba y que algunos estados han decidido permitir. Por otra parte, esos difusos límites legales hacen que los avispados burlen las leyes consumiendo fórmulas que varían la fórmula de la droga en solo un átomo, de manera que se vuelve sustancia legal aunque sus efectos sean prácticamente los mismos, como bien saben los que han usado ese procedimiento para consumir sin restricciones en los Estados Unidos.

El retorno nada heroico de la heroína, que empieza a cargarse a los actores más mentirosos, es un síntoma de nuevos tiempos. Hay algo se está descomponiendo aceleradamente en nuestra sociedad. La heroína provoca una dependencia física más que psíquica, y eso ya indica por donde van los tiros. La presión alienadora de la sociedad sobre el individuo en estos tiempos está alcanzando nuevas cotas, se ha objetivado mucho más que antes. Está volviendo el nihilismo del siglo XX, pero ahora el papel que hicieron las ideologías lo ejerce la ciencia, su farmacia y su internet, impidiendo la emancipación del individuo por nuevas formas que ya no derivan del estado, aunque este se implique destruyendo las estructuras que pueden regenerar el orden y hacernos crecer mediante el cultivo y desarrollo de la voluntad común.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un manchego en el Imperio Galáctico

Entre los escritores de libros de caballerías del siglo XX tenemos a un ciudarrealeño al que los especialistas, todos frikis y a mucha honra, consideramos ya un clásico de la anticipación o ficción científica en español (por no usar el vulgar anglicismo de "ciencia-ficción"), Carlos Saiz Cidoncha. Y ahora nos ha sorprendido, treinta y dos años después de la aparición del primer volumen de su trilogía La caída del imperio galáctico, El anillo de poder (1978), con la publicación de los dos restantes, El ángel tenebroso y El ocaso de los dioses (2011), de forma que se cierra así la primera y única space opera manchega del siglo XX, un ciclo mucho más amplio de lo que podemos esperar, porque hay que sumar a su universo, mucho más espeso y rico de lecturas que la superflua americanada de George Lucas, otras derivaciones como Antes del Imperio (1983), Memorias de un merodeador estelar (1995), Crónicas del Imperio Galáctico (1998) o incluso otra trilogía fundamental, La galaxia de los hombres muertos (2003-2004). 

Conocí al autor de la proeza, el editor Pedro A. García Bilbao, el Palinuro, aún no arrojado por la borda, de Ediciones Silente (Guadalajara) de cuando invité al mismo  Carlos Saiz Cindocha a venir a Ciudad Real para dar una conferencia el día del libro y presentar su Historia de la aviación republicana en tres volúmenes (Saiz Cidoncha es, además de científico y meteorólogo, un viajero incansable y un historiador e investigador de nota, que aprendió el ruso solo para poder acceder a información inédita necesaria para realizar esta obra).  Pedro es él mismo escritor de retroutopías y profesor universitario de Sociología, alguien fascinado por la cultura como, por lo general, todos los que nos educamos leyendo libros de fantasía científica.

Entre los cultivadores del género ciudarrealeños tenemos a nuestro conocido Macario Polo Usasola, a Ángel Campos Martín-Mora y a mí mismo, que escribí para ese género El marco de la noche, hace ya más años de los que me gustaría recordar. 

martes, 11 de febrero de 2014

Historias de guerra, de posguerra y de ahora mismo.

La abuela de mi mujer era una de esas personas sacrificadas de antaño, una de esas castellanas íntegras y generosas que dejaban a hispanistas que pasaban por aquí, como Ticknor, admirados de las cualidades del pueblo español.

Durante la Guerra Civil todo escaseaba y no era bastante la cartilla de racionamiento como para conseguir, por ejemplo, la leche que necesitaban sus hijos. Al poco de llegar el lechero se agotaba el corto suministro y parte del pueblo se quedaba sin ese precioso elemento de primera necesidad. Así que, como buena matrona manchega, tomó la costumbre de madrugar y, mientras caía la escarcha a la hora más fría del día, antes del alba, salía de esta ciudad, antes villa, y se acercaba por la carretera de Miguelturra al lechero que la traía en su acémila hasta Ciudad Real, para comprarla antes de que se acabase. 

Pero su generosidad le costó cara: atrapó una bronquitis crónica a causa de tantos días de intemperie verspertina y eso le acortó considerablemente la vida, privando a sus hijos de una madre excepcional a una edad impropia y sin que pudiese ver los frutos de lo que con tanto amor había sembrado. Por demás, y ya en la posguerra, uno de sus hijos, tan espabilado que algunos hablaban incluso de hacerlo secretario del Ayuntamiento (disculpen la obscenidad), enfermó gravemente del corazón. La madre, inquieta, no reparó en sacrificios para que el chico se repusiera pronto; por ello fue a ver a un médico de gran fama, quien le recetó inyecciones de calcio. Cada quince días se repetía religiosamente la visita, para que se las pusiera él mismo, cobrando tanto el tratamiento como la medicina. El caso es que, de todas maneras, y a la larga, el chico empezó a sentirse mucho peor. Como el tratamiento se prolongaba y el muchacho iba a peor, fueron a ver a otro médico, quien, tras examinarlo detenidamente y hacerle las pruebas pertinentes, dictaminó que la leve afección cardíaca que padecía había curado hacía tiempo, pero la rutina de las innecesarias inyecciones de calcio, una y otra vez, solo para cobrar, a pesar de no ser ya necesarias, le habían causado una enfermedad cardíaca mucho peor y ya solo le quedaban unos tres meses de vida. Y falleció en ese plazo. Quien me contó esto fue una de sus hermanas, que no pudo estudiar, al contrario que su hermano, a pesar del empeño cerril de la maestra, que quería que hiciera estudios superiores y fue muchas veces a decir a su madre que, por amor de Dios, la chica valía mucho y no podía dejarla consagrada a labores y ajuares. Pero, no habiendo entonces dinero ni becas, no había remedio. El mérito no florecía en esa época si se era mujer entre muchos hermanos y sin lo suficiente para pagar las cuentas que una educación en regla exigía, que eran muchas. Si su hermano hubiera sido un poco más afortunado, solo habría tenido que padecer la falta de escrúpulos del comercial que vendió talidomida en Ciudad Real cuando en toda Europa ya se sabía que hacía nacer bebés sin brazos, sin piernas, sin nada o con extremidades atrofiadas; por lo menos no hubiera muerto. O podría haber sido afortunado del todo y no llegar a padecer nada de eso.

La siguiente historia de la Guerra Civil le ocurrió a mi abuelo y me la contó mi padre. Hacia el fin de la contienda pasaba por su pueblo un camión de presos que, al amanecer, con terrible eufemismo y como escribían a sus familiares, "partiría con rumbo desconocido". Los iban a trasladar o a darles "un paseo", vamos. Uno de los que iban en ese camión de presos conoció a mi abuelo, por ser coterráneo suyo, y lo saludó. Él también lo vio y, sabedor de lo que iban a hacer con él, se despidió de él levantando la mano en un último adiós. Pero también estaba allí un sicofante, el cabrón oficial que tiene todo pueblo, y denunció que había hecho el saludo republicano: el puño en alto acompañado del ¡salud! habitual. En consecuencia, y menos mal, su último adiós solo fue recompensado debidamente con una paliza que le dejó la camisa pegada a la piel con sangre y medio muerto. (Mi abuelo era un tiarrón de metro noventa, pero ante cinco fulanos fornidos y armados con garrotes de los de antes, poco le cabía hacer).

La última historia le sucedió a una conocida mía, nieta de la abnegada madre de que he hablado. Aunque no es de la época de la guerra ni de la posguerra, podría serlo, ya que hay elementos en ella que me recuerdan mucho las historias anteriores. Resulta que una ministra del régimen, llamada por mal nombre Mato, y no sé si también una virreina suya, decidió ahorrar en radiólogos y que, por tanto, pasasen las radiografías de las mujeres que habían tenido cáncer sin diagnóstico previo, directamente al médico de cabecera o incluso al oncólogo especialista. Así pues, se suprimió uno de los dos criterios necesarios para evitar un error al diagnosticar enfermedades graves. El resultado fue que pasaron tres o cuatro años de revisiones sin que el oncólogo u oncóloga notase una metástasis brutal. Este error médico fue descubierto por el médico generalista. Desde luego, no sé cuánto habrán logrado ahorrar los virtuosos e incorruptos dirigentes que nos maltratan, pero sí sé que muchos pagarán ese dinero con algo que no tiene precio: la vida.

lunes, 10 de febrero de 2014

Confluencias

"Noli foras ire, in te ipsum redi", San Agustín,  De vera religione, XXXIX, 72

"No corras. Ve despacio, / que donde tienes que ir / es a ti mismo". Juan Ramón Jiménez

domingo, 9 de febrero de 2014

La distribución de Pareto aplicada a España

Ignacio Oliveras, "80-20: la distribución de Pareto", Huffington Post 08/02/2014:

España, que duda cabe, es un país peculiar. Durante los últimos diez años el debate sobre la educación se ha centrado en las horas que deberían dedicar los alumnos a las dos asignaturas más insignificantes del currículo académico: la religión y la educación para la ciudadanía. Estimo que hubiera sido mucho más productivo plantearnos cómo mejorar el nivel de matemáticas y de inglés, y probablemente hubiera sido mucho más fácil ponernos todos de acuerdo al respecto.

Desafortunadamente, nuestro nivel de matemáticas, y más concretamente de estadística, sigue dejando mucho que desear, tal y como el bloguero Ansgar Seyfferth puso de manifiesto en los interesantes posts que publicó en su blog recientemente. Constato por lo tanto con tristeza que el principio de Pareto, que todo estudiante de secundaria debería conocer al acabar el bachillerato, es desconocido para la mayor parte de la población. Ojalá este post, y otros que me propongo escribir en adelante, sirvan, aunque sea parcialmente, para cubrir ciertas de nuestras lagunas.

El principio de Pareto debe su nombre al gran economista italiano Vilfredo Pareto, que realizó en 1906 un estudio sobre la distribución de la propiedad de la tierra en Italia, llegando a la conclusión de que el 20% de los propietarios acumulaban el 80% de la tierra cultivable. Pareto desarrolló su principio y observó por ejemplo que el 20% de las vainas de guisantes de su huerto producían más de la mitad de los guisantes (es discutible, pero se considera por lo general paretiana la distribución en la que el 20% de las observaciones arrojan un valor superior al resto de la muestra).

La distribución de probabilidad de Pareto consiguiente describe la probabilidad de ocurrencia de sucesos similares, y es la distribución de probabilidad típica de variables estadísticas aleatorias que parten de cero, que no tienen un límite superior definido y cuya probabilidad de ocurrencia es baja (retomando el ejemplo de Pareto, la fortuna de un ricachón tiene un valor indeterminado de entre 0 y Dios sabe cuánto, y la probabilidad de tener una enorme fortuna es baja). Las ventas de discos (unos pocos discos de oro copan la mayor parte de las ventas) o los daños provocados por los terremotos (unos pocos seísmos causan la mayor parte de las catástrofes) se rigen por distribuciones rigurosamente paretianas.

El hecho de que el reparto de rentas y riquezas sigan distribuciones de Pareto tiene una serie de consecuencias que resultan sorprendentes para los desconocedores del principio, como puso de manifiesto el eco que produjo el reciente informe de Intermón Oxfam, que señalaba que 20 españoles tienen rentas similares a las del 20% más pobre. Una de las propiedades más remarcables de las distribuciones de Pareto es la autosimilaridad, por lo que si observamos el reparto de la riqueza entre las diez personas más ricas del mundo se observa igualmente una distribución de Pareto.

Otra punto relevante a retener en el caso de una distribución de Pareto es que al contrario de lo que ocurre en una distribución de probabilidad normal (la mucho más conocida campana de Gauss) el valor esperado y la varianza dan bastante poca información sobre la muestra, y en ciertos casos extremos como el de la paradoja de San Petersburgo pueden ser infinitos, por lo que es mucho mejor concentrarse en la mediana (o moda de la muestra). Se oye a menudo que el salario medio en España es de casi 2.000 euros, pero la verdad es que esta cifra está sesgada (los millonarios la inflan), y la realidad de nuestro país la describe mucho mejor el salario modal (el que más se repite) y que es inferior a 1.400 euros, es decir, inferior al salario mínimo en Francia. Cualquier político de izquierdas con estas nociones claras tendrá como objetivo aumentar la renta mediana de su país más que la media.

En este punto cabe recordar que con respecto a la Italia de Pareto hemos mejorado bastante en Europa pese a todo. Una sociedad en la que el 20% más rico acapara el 80% de los recursos tiene un índice de Gini superior a 0,6, inimaginable en la Europa que parió al Estado del bienestar, y hoy por hoy sólo algunos países africanos se acercan a dichos niveles de desigualdad. Si Pareto levantara la cabeza probablemente reformularía su principio como algo parecido a 70-30.

A no ser, claro está, que la política de recortes que nuestro Gobierno y la troika defienden enconadamente llegue a puerto y se deshaga el camino andado, puesto que la crisis y los recortes están aumentando la desigualdad en España. Si el comisario europeo Olli Rehn fuera sincero en su afán de reducir el déficit hubiera animado a todos a imitar a Hollande y su impuesto del 75% para los millonarios. En vez de eso, se dedica a hostigar a todos a los que no reduzcan el gasto público, con tanto éxito que Hollande ha acabado por serle infiel no solamente a su mujer, sino a las ideas por las que fue elegido.

Imaginemos para concluir este post un país llamado Desigualandia en que los ingresos son paretianos, por lo que el 20% más favorecido tiene el 50% de los ingresos y el 20% que menos tiene acumula el 5% de los ingresos. Si el Gobierno de Desigualandia sube la presión fiscal sólo un punto porcentual sobre el primer grupo se obtendrá tanto como aumentando la presión fiscal un 10% sobre el segundo grupo. ¿Quién cree el lector que notará menos la subida? ¿Qué resulta más justo? Pues bien, Desigualandia y nuestro país se parecen bastante, si bien el llamado ratio 80-20 de Desigualandia es de 10 a 1 por 7,5 a 1 en España, en la que el 20% más rico acapara alrededor del 45% de los ingresos con respecto al 6% del 20% más pobre.