miércoles, 20 de abril de 2011

La felicidad en el trabajo



Cristina Llagostera, "¿Se siente atrapado en su Trabajo?", El País 13/02/2011
     
¿Se siente útil? ¿Le motiva su ocupación, o simplemente no puede prescindir de ella? Encontrar la vocación implica hacerse preguntas y asumir riesgos sin miedo al fracaso.


Si el dinero dejara de ser un problema, si tuviera que decidir en qué quiero ocupar mis horas, mis días, en qué quiero contribuir al mundo, ¿seguiría dedicándome a lo que realizo ahora? Esta pregunta plantea un dilema importante: hasta qué punto la elección del trabajo o estilo de vida está guiada por la vocación.


“Seguir la vocación significa encontrar el propio rumbo. Dirigirse hacia donde uno quiere aunque implique ir contracorriente”


“Un primer requisito es atreverse a soñar. Demasiado a menudo cortamos las alas al entusiasmo, cavilando sobre los problemas”


Cuando se responde con una afirmación, significa que uno se siente útil realizando algo que ama, más allá de las ganancias o comodidades que le pueda aportar. Pero no suele ser lo más común: muchas personas se sienten atrapadas en trabajos que no les satisfacen y de los que no pueden prescindir. A otras les aterra el riesgo de iniciar un cambio y equivocarse, y otras tantas están inmersas en una rueda que no les deja apenas tiempo ni espacio para plantearse otras alternativas.


¿Siempre es posible realizar la vocación? Seguramente este sea uno de nuestros mayores retos: descubrir y dar forma a nuestro potencial como personas inmersas en una sociedad. Puede que las circunstancias no acompañen, pero en algún lugar o de alguna manera es conveniente expresar esas capacidades e inquietudes que bullen en el interior, sea con la actividad profesional o en el tiempo libre, pues de lo contrario puede aparecer el sufrimiento o la desidia en alguna de sus manifestaciones.


Interés más capacidad


“Donde los talentos y las necesidades del mundo se cruzan, ahí está nuestra vocación” (Séneca)


A cada persona le fascinan cosas diferentes; eso se expresa como una inclinación natural que la motiva a seguir aprendiendo sobre ciertos temas. Por otra parte, todos los seres humanos poseen talentos o habilidades especiales, cosas que realizan con mayor creatividad o facilidad de manera instintiva. Cuando se da esa conjunción entre interés genuino y aptitudes individuales, el resultado suele ser superior en todos los sentidos.


Existe una diferencia radical entre lo que se realiza por vocación o por mero deber. La capacidad de esfuerzo y concentración aumenta cuando nos dedicamos a algo que nos interesa. La persona se siente como pez en el agua, moviéndose en un ambiente afín, más dispuesta a superar los obstáculos. Y quizá lo más importante: la tarea o el trabajo dejan de ser un medio para convertirse en un fin.


La palabra vocación significa llamada. Tiene que ver, por tanto, con seguir aquello que uno siente que le atrae y que además le permite aportar algo al mundo. Descubrir la propia vocación es una de las cosas que da mayor sentido y orientación a la propia vida.


A la hora de elegir una ocupación, a menudo se tienen en cuenta factores externos: las posibilidades de trabajo, de remuneración, el prestigio social, la opinión de los padres, los maestros, los amigos… Seguir la vocación, en cambio, significa encontrar el propio rumbo no a partir de señales externas, sino internas. El objetivo es dirigirse hacia lo que uno quiere ser, aunque implique ir contracorriente.


Un primer requisito es atreverse a soñar. Demasiado a menudo cortamos las alas al entusiasmo, cavilando sobre las condiciones adversas o los problemas, lo que impide conectar con las necesidades o deseos verdaderos. Pero precisamente allí donde se despierta el entusiasmo se halla una isla de interés, algo que nos atrae y nos hace vibrar de emoción, y es preciso escuchar esta señal.


Una dificultad es que las primeras decisiones sobre la profesión se producen en la adolescencia, momento en que se suele estar confuso y con el peso de grandes expectativas sobre las espaldas.


Sin embargo, conocerse mejor: saber qué aspectos nos definen, cuáles son nuestras cualidades, en qué tipo de ambientes nos movemos mejor, qué valores y principios nos sustentan, en qué actividades destacamos… ayuda a encontrar una orientación. El siguiente paso supone plantearse cómo conseguir realizar estos deseos y capacidades a través de una actividad o profesión.


Víctor Frankl decía que el trabajo es el espacio en el que la peculiaridad del individuo se enlaza con la comunidad. Todas las personas necesitan aportar algo. Si sabemos cuáles son nuestras capacidades, podemos entonces preguntarnos qué es lo que queremos ofrecer para encaminarse hacia aquello que uno desea.


Una vez definido dónde se quiere llegar, puede imaginarse el camino que habrá que recorrer. Supone una manera de dar forma en la mente a la intención, para bajarla al mundo concreto, pero también de advertir el esfuerzo necesario y los obstáculos que pueden surgir.


Los retos del camino


“No es porque las cosas sean difíciles por lo que no nos atrevemos; es porque no nos atrevemos por lo que son difíciles” (Séneca)


A menudo, las personas aducen una larga lista de razones por las que no están haciendo lo que les gusta. Sin embargo, detrás de toda limitación externa suele esconderse un miedo, y este en la práctica supone el mayor obstáculo. En este punto se puede seguir a merced de los propios temores o, por el contrario, intentar ser más consciente de ellos.


Como comienzo, la persona puede realizarse preguntas como, por ejemplo: ¿Qué me digo a mí mismo cuando pienso en lo que me gustaría hacer? ¿Qué es lo que más me asusta? ¿Cuál sería la peor posibilidad si fracasase en el intento?


En la base del miedo se suelen encontrar creencias acerca de uno mismo, los demás o la situación, como: “No soy suficientemente bueno”, “es demasiado difícil”… Frases que se repiten una y otra vez y que conforman una especie de lentes a través de las cuales vemos la realidad. Si estas creencias hacen sentir a la persona más capaz y la estimulan, bienvenidas. Pero si generan frustración, sensación de incapacidad… es mejor revisarlas, pues suponen un freno importante.


La entrega


“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad” (Albert Einstein)


Cuando lo que se hace está en sintonía con los propios valores, gustos y principios, ya no es necesario buscar contraprestaciones ni imponerse obligaciones o castigos, pues la motivación principal proviene del interior. La persona funciona de manera integrada, siguiendo la corriente de lo que realmente le inspira, y con ello la energía y la capacidad se multiplican.


Quien se dedica a su vocación nunca deja de aprender. Sigue manteniendo esa mirada de interés y curiosidad hacia lo que le atrae, incluso aunque se jubile. Ahora bien, esto no debe confundirse con la obsesión por el trabajo, que implica más bien una huida y una desconexión.


Una persona puede escuchar su voz, descubrir hacia dónde le llama, y preguntarse si quiere o no aceptar el reto. La vocación requiere entrega, compromiso, insistencia, aprendizaje… Seguramente nadie se siente capaz de realizar algo hasta que no lo intenta. Por eso resulta inútil esperar a estar absolutamente seguro o preparado para dar el paso. La reafirmación vendrá más adelante, cuando uno compruebe que está en el buen camino.


En la vocación, lo que se realiza fuera es un reflejo del interior. Implicarse en una labor significa comprometerse con uno mismo para dar lo mejor. Cuando surjan conflictos o dificultades, la persona tiene la sensación de estar en el lugar correcto, y eso le da solidez e integridad.


“La mayor tentación es conformarse con demasiado poco”, decía Thomas Merton, poeta y pensador estadounidense. La vocación nos llama y nos invita a esperar más, a luchar por lo que amamos y hallar un sentido más profundo en lo que hacemos. Si aún no la has encontrado, no te conformes, sigue buscando.


Para aprender más
1. Libros


– ‘El 8º hábito’, de Stephen R. Covey. Ed. Paidós.


– ‘El trabajo ideal: descubre cuál es tu verdadera vocación’, de Richard J. Leider y David Shapiro. Ed. Paidós.


2. Películas


– ‘En busca de la felicidad’, de Gabriele Muccino.

Contra los anglicismos

Tomado de Por ahí:

TERRORISMO LINGÜÍSTICO

Juan Gómez Pérez, consultor de una conocida compañía del mercado, fue detenido ayer en las oficinas de esta empresa por "desafiar a los directivos, al utilizar en repetidas ocasiones un correctísimo español en su labor profesional", según consta en la denuncia presentada en comisaría.

El detenido, según los testigos, habría provocado diversas escenas de terror lingüístico entre sus compañeros.

Los problemas comenzaron un par de meses atrás, cuando Gómez Pérez llegó a la empresa e insistió en poner Jefe de Producto en su tarjeta de visita, en lugar del Product Manager que aparecía en las de sus compañeros. "Desde el primer día nos extrañó su actitud", comentó Francisco de Borja Acebo-Guindaleda y Álvarez de Las Asturias, Account Manager (Director de Cuentas) de la compañía, "pero nunca creímos que fuera a reaccionar con la violencia verbal con que se despachó después".

El mes pasado, durante la presentación del catálogo comercial, Gómez Pérez proyectó sobre una pantalla varias láminas que mostraban rótulos escritos en un perfecto castellano, mientras comentaba en voz alta los gráficos y cifras de la empresa en un discurso totalmente desprovisto de anglicismos. Ante los ojos de sus compañeros - "horrorizados", según su propio testimonio - desfilaron varias decenas de frases escritas en la lengua de Cervantes sin que el infractor mostrara ningún pudor o vergüenza por lo que estaba haciendo.

"El catálogo de la empresa había sido traducido y, por lo tanto, manipulado", aseguró el Managing Director (Director General), Juan Jacobo O'Callaghan García-Carrizosa de Fontejudo. "Este sujeto había sustituido todos los markets, targets, inputs, slides y sponsors... por mercados, objetivos, entradas, diapositivas y patrocinadores. El resultado fue que no entendíamos nada de la presentación, lo que provocó el desconcierto general".

Además, y según consta en la denuncia, el detenido habría cambiado las palabras outsourcing, finances y transactions por subcontrataciones, finanzas y transacciones. "Y se había quedado tan campante. ¡Hasta ahí podríamos llegar!", comentó indignado el responsable de la empresa.

Gómez Pérez no pudo terminar su presentación, pues fue reducido por dos compañeros de la empresa, el Phone & Door Manager (Recepcionista) y el Security Surveillance Officer (Encargado de Seguridad), que le mantuvieron maniatado hasta la llegada de la policía, la que puso al infractor a disposición de la justicia.

"Lo ha hecho para provocar. ¿Quién se cree que es? ¿Un Vicepresident (Subdirector)?" - comentaba ayer Ramón María Antúnez de Biedma y Fernández de Malvarrosa - "El día en que cualquier jerk (badulaque) entienda los conceptos del marketing, vamos a tener un sistem crash que nos sacará a todos del mercado. ¡Esto es terrorismo!" - sentenció como comentario final.

Inside Job

La perpetua historia de la infamia

Carlos Boyero, El País, 25/03/2011

Creo recordar que las únicas palabras interesantes en la última ceremonia del Oscar salieron de la afilada boca de Charles Ferguson, creador de Inside job. Citó a los delincuentes de guante blanco que después de haber causado una ruina mundial siguen en la calle y escandalosamente ricos. Se supone que Ferguson se ha propuesto hacer un documental, pero en su intento por ser realista y didáctico le ha salido una extraordinaria película de terror. Yo, al menos, paso progresivo e infinito miedo ante la clase magistral que Ferguson nos ofrece sobre algo tan farragoso como la economía. Este pavoroso y racionalista relato, que debería ser exhibido en todos los colegios para que los niños entendieran las esencias y los mecanismos del fraude y de la rapiña, la naturaleza y la metodología de monstruos pulcros que hunden en la miseria los ahorros, el trabajo, las hipotecas, las ilusiones de millones de personas, tiene prólogo, desarrollo y desenlace.

Lo contado provoca estupor y angustia; el final pone los pelos de punta.

Comienza en un paraíso llamado Islandia, el país con la renta per cápita más alta de Europa, inacabables prestaciones sociales, autosuficiente en la energía, con generalizada calidad de vida, algo cercano a la utopía. Es el lugar sobre el que se posan los encorbatados vampiros para arrasar lo que parecía inexpugnable. De ahí nos trasladan a Nueva York, al corazón de la bestia, donde banqueros privados y públicos, ejecutivos y políticos que intercambian sus papeles con desvergonzada naturalidad y protegidos por leyes que han decretado ellos, provocan el colapso económico mundial como resultado de haber pasado décadas vendiendo humo, jugando con lo inexistente, especulando en plan hiena, haciéndose inmensamente ricos en los descalabros que provocan y que pagarán los inocentes, acumulando propiedades, aviones privados y yates en grado tan excesivo que les resultará imposible disfrutarlos, acumulando y tapando mierda, estimulados continuamente por ese polvito blanco que les hace sentirse dioses y putas de superlujo que relajan del extenuante trabajo de robar al prójimo. En ese engranaje participan eminentes catedráticos de teoría económica, asesores de la Casa Blanca, mercenarios de cuello almidonado, un aterrador foco de corrupción que cobra cifras mareantes de esos banqueros que se declaran en quiebra. Evidentemente, la mayoría de ellos se niega a ser entrevistado, pero los menos astutos o demasiado arrogantes que se atreven a dar la cara y a ofrecer sus imposibles argumentos quedan retratados como lo que son, gánsteres que se saben impunes por mucho que les interrogue y acorrale esa mosca cojonera llamada Charles Ferguson.

Matt Damon ejerce de narrador en la historia de la infamia. No es casual. Y entiendes las razones de su desencanto ante Obama. Si lo que nos han contado antes te provoca estupor y angustia, el final logra ponerte los pelos de punta. Los villanos no solo han esquivado el castigo, sino que este modélico presidente les ha recolocado para que dirijan la economía de Estados Unidos. Han sido, son y serán los reyes del sistema. Todo está atado y bien atado.

Talento y esfuerzo

El talento para quien se lo trabaja.

GASPAR HERNÁNDEZ 27/02/2011

Podemos pensar que si no tenemos el gen del talento no hay nada que hacer o ponernos manos a la obra. Sin duda, el trabajo y la constancia son las mejores formas de provocarlo.

Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia", escribió Mario Vargas Llosa en el discurso de aceptación del Nobel de Literatura. Un año antes, en Cartagena de Indias, había explicado que Flaubert empezó siendo un mal escritor, un mero imitador, y que para ser el genio que fue se impuso una disciplina de galeote. "Yo llegué a la conclusión", dijo el escritor peruano, "de que si uno no lo tenía se lo podía provocar a base de trabajo". El protagonista de la novela de Javier Cercas La velocidad de la luz (Tusquets), Rodney Falk, opina lo mismo: "El talento no se tiene, sino que se conquista". Lo contrario de lo que afirmó Oscar Wilde, quien quizá afirmó demasiadas cosas: "Lo que no te dé la naturaleza, no se puede aprender".

"No hay ningún tipo de célula que posean los genios y no tengamos el resto.La diferencia es trabajar más que los demás"

"Cuanto más miran los psicólogos las carreras de los mejor dotados, menor les parece el papel del talento innato"

¿Qué dicen los expertos? Dan Coyle, que ha investigado dónde y cómo florece el genio en el mundo, sostiene en el libro Las claves del talento (Zenith) que este no tiene tanto que ver como creíamos con los genes. Según él, se cultiva. En cambio, Malcolm Gladwell, periodista de The Washington Post y The New Yorker que también ha investigado sobre el tema -Fueras de serie (Taurus)-, se pregunta: ¿Existe de forma innata? Y él mismo dice: "La respuesta obvia es que sí". Gladwell, muy americano, investiga también el éxito, y afirma: "El éxito es talento más preparación. Pero cuanto más miran los psicólogos las carreras de los mejor dotados, menor les parece el papel del talento innato. Y mayor el que desempeña la preparación".

Pero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de esta aptitud? Según el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, talento es "la inteligencia triunfante". Es, pues, la inteligencia "que resuelve los problemas y avanza con resolución", explica Marina en su último libro, La educación del talento (Ariel). Puesto que hay muchas inteligencias diferentes, según Marina, también hay muchos genios distintos: musicales, científicos, financieros, atléticos, etcétera, cada uno de los cuales supone un especial tipo de destreza. "No todos valemos para todo".

resolver y avanzar

"La excelencia es un hábito"(Aristóteles)

El científico Robert J. Sternberg, uno de los más reputados expertos actuales en temas de inteligencia, denomina "inteligencia exitosa" a lo que Marina llama talento. Es decir, la inteligencia que se emplea para lograr objetivos importantes. Más amplia que lo que miden los tests de inteligencia porque incluye la gestión de las emociones, la tenacidad, el esfuerzo o la resistencia a la frustración. Las personas que poseen esa aptitud básica no dependen demasiado de las motivaciones externas, sino que saben automotivarse; aprenden a controlar sus impulsos; saben cuándo perseverar y cuándo cambiar de objetivo; saben sacar el máximo provecho de sus capacidades; completan las tareas, tienen iniciativa, no dejan las cosas para otro día...

¿Qué papel desempeña el trabajo duro en la consecución del talento? Prácticamente lo es todo. Aunque desde Darwin la forma tradicional de considerarlo, según Dan Coyle, ha sido esta: los genes (la naturaleza) y el entorno (la educación) se combinan para convertirnos en lo que somos. "Es un método popular", afirma Coyle, "pero cuando se trata de explicar el talento humano, es un modelo vago". Según el escritor, pensar que esta cualidad procede de los genes y el entorno es como pensar que las galletas proceden del azúcar, la harina y la mantequilla: es bastante cierto, pero inútil.

La regla de las 10.000 horas

"Salvo los tontos, los hombres no se diferencian mucho en cuanto a intelecto; solo en ahínco y trabajo duro" (Charles Darwin)

Investigadores como Anders Ericsson, Herbert Simon y Bill Chase sostienen que las grandes habilidades en cualquier campo -violín, matemáticas, ajedrez, etcétera- requieren aproximadamente de una década de práctica intensa. Incluso Boby Fischer, prodigio del ajedrez, necesitó practicar con ahínco durante nueve años para lograr, a los 17 años, el título de gran maestro. La regla de los 10 años, o de las 10.000 horas, implica que todas las habilidades se crean utilizando el mismo mecanismo fundamental. "No hay ningún tipo de célula que posean los genios y no tengamos el resto", sostiene Ericsson.

Junto con dos colegas de la Academia de Música de Berlín, Ericsson realizó, a principios de los años noventa, un estudio de referencia. Dividieron a los violinistas en tres grupos. En el primero estaban los estudiantes con un mayor potencial. En el segundo, aquellos juzgados simplemente como buenos. En el tercero, los estudiantes que tenían pocas probabilidades de llegar a tocar profesionalmente y pretendían ser profesores del sistema escolar público. A todos les preguntaron: ¿en el curso de toda su carrera, cuántas horas ha practicado en total? Todos habían empezado a tocar aproximadamente a la misma edad, alrededor de los cinco años; en aquella fase temprana, aproximadamente la misma cantidad de horas, unas dos o tres por semana. Las diferencias surgían a partir de los ocho años. Los estudiantes que terminaban como los mejores de su clase empezaban por practicar más que todos los demás, y a los veinte practicaban por encima de las 30 horas semanales. Los intérpretes de élite habían acumulado 10.000 horas de práctica cada uno. En contraste, los estudiantes buenos a secas habían sumado 8.000 horas. Y los futuros profesores de música, poco más de 4.000.

El mismo patrón se repitió con pianistas profesionales. Lo más llamativo del estudio de Ericson, según cuenta Gladwell en Fueras de serie, es que no encontró músicos natos que flotaran sin esfuerzo hasta la cima practicando una fracción del tiempo que necesitaban sus pares. "Tampoco encontraron obreros romos a los que, trabajando más que nadie, lisa y llanamente les faltara el talento necesario para hacerse un lugar en la cumbre. Una vez que un músico ha demostrado capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue a un intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Y eso no es todo", concluye Gladwell; "los que están en la misma cumbre trabajan mucho, mucho más que todos los demás".

Vayamos al cerebro. Y, por una vez, no relacionemos las famosas neuronas y talento. Cada vez son más los neurólogos que consideran a la mielina -mucho menos estudiada que las neuronas- como la clave de la adquisición de habilidades. Toda habilidad humana, ya sea jugar al fútbol, pintar o interpretar a Bach, proviene de una cadena de fibras nerviosas que transmiten un diminuto impulso eléctrico. La mielina rodea las fibras nerviosas. Permite que la señal sea más veloz y fuerte porque impide que se escapen del circuito los impulsos eléctricos. Cuando practicamos, esta lipoproteína responde cubriendo el circuito neural y añadiendo, en cada nueva capa, habilidad y velocidad. Es como conseguir una especie de línea de banda ancha: se multiplica por 3.000 la capacidad de procesamiento de la información.

Práctica y Mielina

"El talento es algo bastante corriente. No escasea la inteligencia, sino la constancia" (Doris Lessing)

En 2005 se escaneó el cerebro de varios concertistas de piano y se descubrió una relación directamente proporcional entre las horas de práctica y esta materia blanca. Cuanto más se activa el nervio, mayor es la cantidad de esta lipoproteína que lo envuelve. Pero, como sostiene Dan Coyle, no se forma para responder a ideas vagas, a información que nos lava como una ducha caliente. Se crea para responder a acciones concretas. Es necesaria la práctica intensa. Teniendo en cuenta una aparente paradoja: aquellas experiencias en las que al principio cometemos más errores, errores que nos obligan a ir más despacio, son las que nos hacen más talentosos.

"Las cosas que hoy parecen ser obstáculos se convierten a la larga en aconsejables", sostiene Robert Bjork, catedrático de psicología de la Universidad de California. De él es el siguiente ejemplo: pongamos que por enésima vez viajamos en avión y observamos a la azafata mientras nos enseña cómo ponernos el chaleco salvavidas. Parece un disco rayado. Pero ¿sabríamos hacerlo en un momento de urgencia?

Bjork sostiene que lo ideal sería, en vez de observar a la azafata, ponernos directamente el chaleco y practicar (menudo espectáculo se organizaría en el avión). Practicar. Aprender. Cometer errores. Así se logra el talento. Volviéndolo a intentar. Fracasando otra vez. Fracasando mejor.

Diálogo Eco Marías


WINSTON MANRIQUE SABOGAL 22/01/2011

Dos de los más influyentes intelectuales de hoy hablan sobre literatura, el ciberespacio, la libertad de expresión y la ruptura de cánones tradicionales. Del presente y el riesgo de sus consecuencias

Tan pronto se ven, Umberto Eco se apresura hacia Javier Marías que sorprendido ve cómo el escritor italiano se inclina ante él en una reverencia teatral, diciéndole: "Majestad"; a lo que Marías, saliendo de su sorpresa y con una media sonrisa, contesta casi en susurro: "Duque". Y empiezan a reír mientras se abrazan. Dos años antes, Marías, como rey literario de Redonda, había nombrado a Eco Duque de la Isla del Día de Antes.

Eco: "Internet es la vuelta de Gutenberg. Es una civilización alfabética, y el que no lea y escriba rápidamente se queda fuera"

Marías: "Parte de la población tiene nostalgia de esa antigua idea de Dios, de ser observado. Por eso van a la tele e Internet"

Es la una y media del lunes 13 de diciembre de 2010. Están en el restaurante Balzac de Madrid en el primer diálogo que sostienen para un medio de comunicación, invitados para este número 1.000 de Babelia, y que harán en italiano como una cortesía de Marías con el profesor Eco. Cuando se sientan alrededor de la mesa redonda donde almorzarán, el semiólogo italiano (Alessandria, 1932) se queja de dolor de garganta y cuenta el trajín en que anda por la promoción de su último libro, El cementerio de Praga (Lumen), y el narrador y académico español (Madrid, 1951) desvela que acaba de terminar una novela que saldrá en primavera: Los enamoramientos (Alfaguara). Es el preludio de una conversación que se extenderá durante dos horas y terminará con ellos paseando y posando para el fotógrafo en un punto de encuentro simbólico de lo que aún no saben que van a decir.

JAVIER MARÍAS. Hace poco escribí en una de mis columnas de El País Semanal, a propósito de su última novela, tan criticada por L'Osservatore Romano, que pensaba que se había superado aquello de que en las artes las obras tuvieran que tener un carácter moral o edificante. Un hallazgo por parte de esa crítica, aunque para ellos era negativo, es que decía algo parecido a que su novela era un voyeurismo amoral.

UMBERTO ECO. ¡Es que esto es la novela, eso es una novela!

J. Marías. Justamente una novela es lo contrario de un juicio.

U. Eco. Deja abierta la puerta a las contradicciones.

J. Marías. Aunque hay novelistas que todavía se sienten como jueces, es una cosa extraña. Eso del voyeurismo amoral está muy bien visto. Porque una novela, a menudo, es así, el novelista no tiene que juzgar, tiene que mostrar, a veces explica lo que ha sucedido, cómo se ha llegado a este punto, pero eso no quiere decir que se justifique o que se ensalce el tema o presuma.

U. Eco. Luego está el lector que tiene la tendencia, o la mala fe, de atribuir al autor lo que piensa el personaje.

J. Marías. ¿No es preocupante en el sentido de que es volver a cierto primitivismo?

U. Eco. Usted escribe novelas, el 20% las leen de forma correcta, el resto equivocada.

J. Marías. Esto ha vuelto con fuerza. Yo escribo con un narrador en primera persona desde hace 20 años, y se tiende a confundir al narrador con el autor, con el yo.

U. Eco. Cuando publiqué El nombre de la rosa me escribió un lector preguntando por qué afirmaba que la felicidad consiste en tener lo que se tiene. ¡Yo nunca he dicho eso, es una tontería! Fue un personaje.

J. Marías. Esa idea de que las novelas deben tener un mensaje o dignificar algo es un primitivismo raro que ha vuelto.

U. Eco. Es una idea católico-marxista.

J. Marías. Pero el marxismo no...

U. Eco. El realismo socialista quería que las novelas tuvieran un mensaje y hablaran de los problemas del pueblo... Mi respuesta es que una novela tiene un mensaje, pero hay que trabajar mucho para comprenderlo, requiere esfuerzo, no te lo da el autor.

J. Marías. Un mensaje que se podría buscar fuera del libro.

U. Eco. O muchos. La Odisea tiene múltiples mensajes.

J. Marías. En cierto sentido surge por la promoción de los libros. No sé usted, pero yo a veces al escribir una novela me encuentro con que tengo una idea vaga sobre qué es esta novela, aparte de la historia misma, y algunos aspectos que no son claros para mí. Pero una vez terminada la entiendo un poco mejor. Entonces llega la promoción, las entrevistas, donde se espera que el autor diga: "Lo que he querido decir es esto". Y uno se ve obligado a afirmar algo o defender una idea que luego es tergiversada. Si no hubiera entrevistas y cierta necesidad de banalizar, de encontrar un eslogan...

U. Eco. Yo intento humillar a los que hacen estas preguntas, desafiar, hacer que se sientan algo estúpidos. Cuando me preguntan: "¿Con qué personaje se identifica?", contesto: "¡Con los ad-ver-bios!". Se quedan estupefactos. Es verdad, los escritores nos identificamos con los adverbios.

J. Marías. Pero para hacer esto hay que ser usted.

U. Eco. ¡No, no!, hay que ser bastante malos

...Y, en cambio, nadie habla del estilo de la novela, de la construcción. La gente lee lo que dices y no le interesa la manera en que lo dices.

J. Marías. La palabra estilo desapareció del vocabulario, ni los críticos la usan.

U. Eco. Es la manera de formar, de hacer.

J. Marías. Y sin duda hay autores que reconocemos. (...) Otro aspecto de los idiomas es cómo están desapareciendo cosas normales y se construyen mal las frases. Se está reduciendo el vocabulario.

U. Eco. Sí, sí.

J. Marías. Recuerdo que mi madre, cuando yo era adolescente, si me preguntaba o pedía algo, y yo respondía de cualquier manera, me decía: "Por favor, no seáis tacaños con la lengua". Hoy la gente es algo tacaña.

U. Eco. Ocurre también con la escritura

... Luego está esa discusión sobre la literatura tradicional y experimental. Se trata de una diferencia un poco como derecha-izquierda, que en política ya no tiene sentido. La izquierda es el único partido conservador, porque quiere conservar la Constitución, el Parlamento. Así que la vanguardia y la literatura tradicional es una distinción que nació con la llegada del arte pop y de la posmodernidad, hacia mediados de los sesenta, cuando ya en la novela comercial se empezaba a usar el monólogo interior, que antes era un escándalo joyceano. Los narradores suramericanos, García Márquez, etcétera, redescubrieron la historia que había estado prohibida, pero se descubrió de forma más irónica. Hay una serie de barreras tradicionales. Recuerdo en Italia, en tiempos del grupo del 63, del que ya no hay un rostro emblemático, cuando un músico de vanguardia, Berio, escribió un ensayo sobre el rock, y otro músico de vanguardia, hablando de los Beatles, dijo: "Trabajan para nosotros"; y yo contesté: "¡Pero tú también trabajas para ellos!". Ya entonces había mezclas. Así que no diferenciaría tan claramente lo tradicional de lo experimental. Hay autores que se reconocen de forma inmediata, pero siempre los ha habido, el problema no es ése. En las obras comprometidas no hay una literatura experimental pura.

J. Marías. Lo que se llama experimental envejece cada vez más fácilmente, o se convierte en algo tradicional, o se incorpora a los usos normales. Hay una flexibilidad mayor. Siempre ha habido una enorme capacidad para hacer esto; aunque antes había un poco más de resistencia. Hoy no. Hoy normalmente todo se incorpora, todo se vuelve viejo, antiguo. El presente se convierte en pasado cada vez más rápido. Incluso en el momento en que un libro ya está disponible, parece que ya es pasado.

U. Eco. Algunas cosas resisten el paso del tiempo. Por fortuna existe este mecanismo, de lo contrario no permanecería nada, ni Sófocles, ni Eurípides...

...Y las palabras de Eco y Marías se entrecruzan animadas por el mundo clásico, hasta que dan un salto de 2.500 años para volver al umbral de esta era del ciberespacio cercada de incertidumbres y quejas por una supuesta incultura en plena revolución del aprendizaje y la comunicación de saberes y relaciones personales y emocionales. Entre bocado y bocado, sus palabras van a empezar a señalar lo mejor y más terrible de ese presente y sus consecuencias.

U. Eco. Internet es la vuelta de Gutenberg. Si McLuhan estuviera vivo tendría que cambiar sus teorías. Con Internet es una civilización alfabética. Escribirán mal, leerán deprisa, pero si no saben el abecedario se quedan fuera. Los padres de hoy veían la televisión, no leían, pero sus hijos tienen que leer en Internet, y rápidamente. Es un fenómeno nuevo.

J. Marías. Esto sería una ventaja.

U. Eco. Es el aspecto positivo.

J. Marías. Pero lo que decíamos sobre el lenguaje, de la generalización del uso del ordenador...

U. Eco. Ése es otro problema, no tiene nada que ver. No creo que el lenguaje se empobrezca, ¡cambia! El inglés es un lenguaje sintácticamente muy pobre en comparación con el francés, el italiano o el español; pero puede decir cosas maravillosas. Por lo tanto, se simplifica, pero puede decir muchas cosas. Las lenguas funcionan.

J. Marías. A veces tengo la sensación de que el exhibicionismo general es omnipresente en estas formas de comunicación. En Internet, por ejemplo, si pones una cámara puedes ver una habitación a todas horas; hay personas que tienen contacto entre sí para ver cómo duermen o preparan la comida, lo que no sería un espectáculo... A veces tengo la sensación de que esto guarda cierta relación con la pérdida progresiva de esa antigua idea, que ha acompañado a los hombres durante siglos, de que Dios lo veía todo, de que Dios los observaba a todos y que absolutamente NADA escapaba a su mirada y escrutinio. De alguna manera, esa idea, que aún tienen algunos de los que leen L'Osservatore, era algo terrible, pero que también consolaba, al haber un espectador que conocía nuestra vida. Aunque fuera la persona menos importante del mundo, había alguien...

U. Eco. ¡Un señor que pagaba una entrada para verte y luego juzgarte!

J. Marías. Te castigaba o premiaba. Al menos existías para alguien. Y esta creencia, obviamente, hablando en términos generales, se ha perdido. Creo que una parte de la población, de forma inconsciente, tiene nostalgia de esa idea. Había una enorme necesidad de ser contemplado, de ser observado.

U. Eco. Hoy van a la televisión o Internet.

J. Marías. Sí... Responde a esa nostalgia vieja de la idea de Dios.

U. Eco. Interesante. Si no, no se explica cómo tienen esta necesidad tremenda de dejarse ver, hasta cuando hacen caca. Y yo digo: ¿por qué?

... ¡Es el aspecto más terrible e importante de la civilización en la cual vivimos! En Italia han sido asesinadas unas jóvenes, y cada noche hay programas de televisión que hablan de ello, ¡es vergonzoso!, porque se hace espectáculo de estas muchachas. Y el único consuelo por haber perdido a tu hija es salir en la televisión.

J. Marías. Ha hablado de consolación. Hay un elemento crematístico, evidentemente. Una ventaja para ellos porque al menos obtienen dinero y audiencia

U. Eco. ¿Pero por qué necesitan la audiencia y explotan incluso la muerte de su hermana y van a la televisión para que les veamos? Volvemos a la tesis de Javier Marías.

J. Marías. Lo que es extraño es que, también, se quiera mostrar la pena. Había cosas que tradicionalmente no se enseñaban.

U. Eco. Hay gente que va a la televisión a decir: "Tengo cáncer. No me voy a callar. Voy a la televisión para que me conozcáis, para que sepáis que existo y ayudo a otros". Ésa es la justificación.

J. Marías. La gente dice ahora, en lugar de "quiero contarte", "quiero compartirte esta experiencia", o "quiero compartir contigo esta experiencia", en lugar de "quiero contarte". Se busca involucrar a otros.

U. Eco. Una frase que ya no se usa es: "A Dios pongo por testigo de", al menos él sabe que yo soy así. Ahora es "pongo a la televisión por testigo, la comunidad". Hay una comedia italiana donde el nombre es una propiedad privada, no debes difundirlo. Y está el dicho de que los trapos sucios se lavan en familia. Antes la privacidad, el mantenerlo todo oculto, era fundamental. Hoy es todo lo contrario. Y cosas peores. No sé el porqué de esa necesidad de que nos vean o de vampirizar vidas ajenas. La explicación sobre la nostalgia de Dios es la más lógica.

J. Marías. Hay un elemento que también tiene que ver con todo esto: son las filtraciones de Wikileaks. Hay algo extraño y divertido

... Normalmente se nos prohíbe saber cosas, sobre todo si son de personas poderosas o con responsabilidades, y verlas ridiculizadas, el rey desnudo, o si meten la pata, eso se entiende. Lo que no entiendo es que después de este pequeño fenómeno haya gente que pida la transparencia: "Basta. Tenemos que saberlo todo. Tenemos que saber qué hacen los servicios secretos, los diplomáticos, lo que piensan". Pero ¡cuidado!, la hipocresía, la doblez, forma parte de la educación; es más, de la civilización. Si hubiera una transparencia general habría muchos más homicidios. Todos hablamos mal de vez en cuando de todos, cuando no están presentes, y también de las personas que amamos. Siempre hay objeciones. Probablemente si estas personas a las que queremos supieran cuáles son nuestras objeciones se olvidarían de todo lo positivo que pensamos de ellas y se obsesionarían con esa pequeña objeción que han conocido y que no habrían debido saber, y sería un desastre.

U. Eco. Las medidas diplomáticas están en la base de la convivencia civil.

J. Marías. Es una cuestión de civilización, es un logro.

U. Eco. Yo no digo: "No voy a cenar contigo porque eres aburrido". Digo: "No voy porque tengo un compromiso".

J. Marías. Entonces, pedir la transparencia general es también algo que iría en contra de los intereses de todos. Porque si todo fuera así se despediría más fácilmente a la gente. Tenemos esa tendencia, este desahogo. Es normal que haya personas que intenten saber lo que no se debe saber, pero también es normal que otras intenten evitar que las cosas se sepan. Lo ridículo es la pretensión de ciertas personas de que los que tienen el deber de evitar que las cosas se sepan renuncien a ese deber. Lo que no se puede es pedir la rendición total de los demás. Y con Wikileaks estoy sorprendido de que no se hubieran dicho cosas más brutales o que no intuyéramos. Son diplomáticos contenidos, educados. Me parece divertido... Es extraña esta pretensión, no entiendo estas ganas por saber todo.

U. Eco. Sí, sí. Y con esta ruptura del pacto de hipocresía, que es un pacto social fundamental ("estoy encantado de conocerle", no estoy encantado, pero hay que decirlo) hemos entrado en una nueva era virtual de la información donde todo es más vulnerable y frágil. Al final tendremos que encontrar otros modos de confidencialidad. ¿Cuáles serán? No lo sabemos. Con Internet ya no es posible ninguna censura. Mire a Julian Assange, es para tirarlo al retrete, o a la basura, pero lo que ha hecho lo han sabido todos. Alguien dijo una vez que si hubiese existido Internet el Holocausto no habría sido posible, porque nadie podría haber dicho: "No lo sabía". En China no han aceptado el Premio Nobel de la Paz pero en China lo han sabido muchos. Lo que se está perfilando, y ya lo escribí años atrás, es un nuevo 1984 con la clase dirigente que tiene acceso a Internet y los proletarios que no tienen acceso, que ven la televisión. ¿Hacia qué futuro nos dirigimos? ¿Habrá más proletarios o más clase informatizada? Porque si un ordenador costara diez euros, quizá mil doscientos millones de chinos lo tendrían, y entonces serían menos los proletarios que los informatizados. Y la censura ya no podría funcionar. Pero si se mantiene una proporción como la actual será todo lo contrario, se puede seguir censurando.

J. Marías. Si se rompe la baraja y se extiende la transparencia, probablemente los ciudadanos tienen siempre las de perder ante la posibilidad de intrusión en sus vidas por parte de los Gobiernos, ya que es mucho mayor que al revés. Es el peligro que veo en esa legitimación de que se sepa todo...

U. Eco. Hay gente que lee Internet y no tanto los periódicos, pero quienes usan el ordenador no son por fuerza los más informados, porque si no leen los periódicos no están lo suficientemente informados. Así que los problemas de censura y libertad son difíciles de definir hoy, no son tan sencillos como antes.

J. Marías. Yo recuerdo una cosa que mi padre decía, y que escribió en un artículo, sobre que el hombre contemporáneo corría el riesgo de convertirse en un primitivo lleno de información. Y lo es en cierto sentido. Tal vez no se equivocaba. Y lo decía antes de la existencia, probablemente, de Internet. Hay un exceso de información que quizás impide saber. Ya no hay un filtro, no hay un criterio. Se da importancia a cosas que no tienen ninguna y al contrario. Luego la abundancia, que es un problema porque con el exceso de algo no hay tiempo para ocuparse de ello. Yo aún consulto la enciclopedia.

U. Eco. Yo pertenezco al grupo de los que ve muy cómodo encontrar el dato en el ordenador, soy un estudioso de profesión y no me fío de la primera información. Pero para una persona normal es una dificultad utilizar Internet de forma adecuada. Siempre digo que la televisión ha sido un bien para los pobres, en mi país ayudó a enseñar la lengua italiana, y ha perjudicado a los ricos, no de dinero sino de estudios; y con Internet ocurre lo contrario. Lo preocupante es cómo se enseña a la gente el filtro...

J. Marías. A la gente no le interesa filtrar o saber si son ciertas o no algunas cosas. Es una tendencia...

...Y los dos autores siguen explorando los desafíos, riesgos, temores y dudas agazapadas en la Red, hasta que llega el café y la conversación deriva hacia otro tema que involucra a los dos mundos que son uno, tierra y ciberespacio, y que viene de siempre y va para siempre: el duelo, la pugna, entre la belleza y la fealdad. Con Internet añadiendo más confusión. Es la era del politeísmo estético y de la industria de la fealdad y de las ideas. A una media hora de que el encuentro acabe, Eco y Marías están a punto de descubrirse a sí mismos diciendo que se ven como un anacronismo.

U. Eco. En el último capítulo de mis ensayos sobre la belleza y la fealdad, referido al mundo contemporáneo, hablo del politeísmo de la belleza, de las distintas épocas en las que había diferentes modelos. Hoy valen todos esos modelos, y los medios de comunicación han contribuido a difundir diferentes modelos de mal gusto. Ahí entra la iluminación en Navidad, que ha cubierto los monumentos con unas luces feísimas. Se ha cubierto todo de bombillitas y a la gente le gusta. Ya no hay criterios para distinguir. Por lo tanto, la belleza y la fealdad se convierten sólo en hechos de clase: la belleza para los ricos y la belleza para los pobres. ¿Pero es cierto que antes no era así?, me pregunto. Sabemos que en la antigua Roma había una comedia de Terencio, y en el anfiteatro una lucha de osos, pues algunos abandonaban el teatro y la comedia de Terencio y se iban a ver la lucha de osos. Los intelectuales lamentaban que la gente hubiera abandonado a Terencio para ir a ver a los osos. Y mientras Miguel Ángel hacía la cúpula de San Pedro había espectáculos callejeros que eran modelos de mal gusto, probablemente. Por eso no puedo ser tan severo con ese politeísmo de la belleza y la fealdad, porque tal vez creemos que en alguna época haya habido modelos fijos: la belleza del Renacimiento, del Barroco, son los modelos que se salvaron, pero había infinitos otros que se destruyeron. La pregunta es: ¿por qué se salvaron esos en concreto? Ahí vuelvo a un viejo argumento: en la Poética de Aristóteles se citan numerosas tragedias de las que no sabemos nada, se han perdido. ¿Por qué ésas se han perdido y han sobrevivido las de Sófocles, Esquilo o Eurípides? Hay dos respuestas: porque eran mejores o porque tenían recomendación de otros. Los demás no tenían apoyos. Quizá fueran mejores que ellos, pero no tenían padrinos, así que lo que nosotros identificamos con el gusto clásico de la antigua Grecia, ¿es lo que predominaba entonces o es sólo lo que ha sobrevivido? Y quién sabe, quizá dentro de dos mil años nuestro periodo va a aparecer con el único modelo de belleza o de fealdad que haya sobrevivido; quizás la televisión basura, quién sabe si se identificará con la culminación del arte de nuestro siglo, como ceremonias báquicas.

J. Marías. Tal vez hubo un momento en que la fealdad que el profesor Eco ha estudiado tan bien existía en el arte, pero era algo excepcional. Recuerdo, por ejemplo, la única vez que estuve en Sicilia, en Palermo, y fui a Bagheria; quería ver esas figuras grotescas de la villa Palagonia que habían mencionado Byron, Goethe y gente así que en su tiempo habían viajado expresamente para ver esto, algo horroroso. Figuras grotescas en el jardín de un noble. Esto parecía una excepción que incluso personas como Byron y Goethe iban a ver, como excepción. Lo que no existía hasta hace poco es lo que podríamos llamar una industria de la fealdad. Ahora hay una fealdad industrial totalmente deliberada, como mercado. El valor que podía tener la fealdad de rebeldía, transgresión o de desafío se ha perdido y, en este sentido, ¿qué quedará dentro de dos mil años? No lo sabemos, tal vez algo de este tipo, o tal vez otra cosa. Sobre aquellos que el profesor llama ricos, aunque yo soy un poco proletario, lo cierto es que personalmente creo que me estoy convirtiendo en un anacronismo. Yo mismo soy un anacronismo. No sé si usted también tiene esta sensación.

U. Eco. Esto es siempre un proceso normal de la vejez. Pero no sólo por la edad, sino como usted decía, la gente en lugar de leer a Proust está viendo la televisión, está viendo a Pippo Baudo. Yo, que utilizo el subjuntivo bien, me estoy convirtiendo en un anacronismo...

...Ríen, hacen bromas... La puerta se abre y aparece el fotógrafo. Son las tres y media pasadas. Unas primeras fotos dentro del Balzac. Luego toman cada uno su abrigo, Eco el negro, con su sombrero de paño a juego y su bastón, y Marías el azul marino, y salen a la calle al encuentro de un silencio de amanecer. Guiados por el fotógrafo, caminan calle y media bajo un visillo de nubes grises, sin saber que van estar en un punto de encuentro simbólico de algunos de los temas de los que acaban de hablar: el paseo y jardines fronterizos que unen la iglesia de Los Jerónimos, cerrada por obras, y la ampliación del Museo del Prado. Charlan, posan

... Duque y Rey se despiden. Umberto Eco se marcha en coche a continuar su periplo a cuenta de su polémico El cementerio de Praga; y Javier Marías baja las escaleras que conducen hacia la Puerta de Goya del Prado rumbo a afinar Los enamoramientos.

Impuestos para los más ricos


Ramón Muñoz El País, 04/04/2011

"Si los ricos no pagan impuestos se enfrentarán a una revolución". Paul Farell, analista de The Wall Street Journal, se hace eco de una corriente de opinión que pone en entredicho la recuperación en EE UU.

Predice un cataclismo económico y una revolución social en EE UU. Pero no es el polémico y a veces abiertamente demagogo director de cine Michael Moore. Ni el predicador televisivo Glenn Beck, insignia mediática del movimiento conservador estadounidense del Tea Party. Ni, más cercanamente, Niño Becerra, el catedrático que vaticina el cataclismo de la economía española cada año y cada año lo aplaza. Se trata de Paul B. Farrell, un prestigioso columnista de The Wall Street Journal, el diario financiero por excelencia nada sospechoso de sensacionalismo. Y esta semana ha lanzado un aviso ciertamente preocupante aunque con argumentos y cifras mucho más contundentes que la de los otros teóricos apocalípticos citados.

"O los ricos comienzan a pagar impuestos o se enfrentarán a una revolución". Con ese provocativo arranque, Farell, que trabajó para Morgan Stanley, advierte en su columna que la brecha entre el 1% de los "súper ricos" y el 99% restante de la población en EE UU no había sido tan grande desde la Gran Depresión de 1929, y que solo el "engaño" o el "espejismo" que lanza esta clase privilegiada desde sus diversas tribunas, ya sean políticas o mediáticas, impiden a la gente darse cuenta de que estamos a punto de vivir otro colapso como el de hace casi un siglo. Y concluye que o los ricos vuelven a pagar los impuestos que les corresponden por su nivel de riqueza u Occidente se enfrentará a una revuelta social como las que se están viviendo en el norte de África

Farrell señala que, tras el estallido de la crisis financiera en 2008 y la intervención del Estado para salvar el sistema, Estados Unidos vive ahora de la falsa esperanza que le transmiten los súper ricos, las "estadísticas del Gobierno que tratan de exagerar la recuperación" o los mensajes sobre un nuevo mercado alcista de Wall Street.

"Sigan soñando", apunta Farrell, que avisa de que el 93% de lo que se oye acerca de los mercados, las finanzas y la economía "son conjeturas, ilusiones y mentiras con el único fin de manipular en la toma de decisiones para sacar el dinero de los bolsillos" de la gente. "Ellos se enriquecen diciendo mentiras sobre los valores. Odian a las normas de la SEC [regulador de la Bolsa de EE UU] que les obligan a decir la verdad". Y pone un dato como ejemplo: en los últimos 10 años, el 20% de los fondos de pensiones de los trabajadores -10 billones de dólares- se ha esfumado en Wall Street.

Apoyado en otros testimonios, el columnista establece un paralelismo entre las revoluciones como las que han ocurrido en Egipto, y las que están por venir en los países desarrollados. Ambas serán impulsadas por los jóvenes, las mayores víctimas de la crisis, condenados a un desempleo crónico. "Los jóvenes van a ser los más doloridos cuando los gobiernos traten de reequilibrar sus presupuestos. Se elevarán los impuestos de los trabajadores y caerá el gasto de educación (...) mientras que los recortes fiscales para ricos siguen intocables"."¿Cuánto tiempo resta para que el resto de los países ricos estalle como Egipto?", se pregunta.

El análisis de Farrell no es aislado. En Estados Unidos se está formando una creciente corriente de opinión que denuncia que la crisis se ha cerrado en falso, que la recuperación económica que vende la Administración Obama no es sino un maquillaje estadístico y que cuando toque pagar la factura del rescate del sistema financiero mediante más impuestos para la clase media y recortes sociales, se desvelará la verdadera gravedad de la situación.

Una de las abanderadas de esta teoría es Arianna Huffignon, la editora que acaba de hacerse multimillonaria tras la venta de su portal de noticias online a AOL. Pese a que su actitud personal no sea muy ejemplarizante (se vanagloria públicamente de no pagar a la mayoría de sus periodistas), su opinión es muy crítica hacia el sistema. "Se está madurando la América del Tercer Mundo. Washington se apresuró al rescate de Wall Street, pero se olvidó de Main Street (la calle principal, metáfora para expresar a la gente común en EE UU). Uno de cada cinco estadounidenses es desempleado o subempleado. Una de cada nueve familias no tiene un saldo mínimo en sus tarjetas de crédito. Una de cada ocho hipotecas está en mora o ejecución hipotecaria. Uno de cada ocho estadounidenses vive con cupones de alimentos. La movilidad social hacia arriba siempre ha estado en el centro del sueño americano. Y esa promesa se ha roto. El sueño americano se está convirtiendo en una pesadilla. Y pronto va a implosionar", asegura.

El magnífico documental Inside Job, ganador del último Oscar, también ha desperezado muchas conciencias, sobre todo las de aquellos que confiaron en que con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca se cambiarían las reglas del juego, se restablecerían los controles y la regulación sobre el sistema financiero y se pondría coto a la "avaricia de Wall Street"como prometió el ahora presidente durante la campaña electoral. Pero como denuncia la cinta, las tímidas reformas que inició están varadas en las comisiones del Congreso o han sido bloqueadas por el poderoso lobby financiero que controla no solo la esfera política sino la académica para hacer valer su falso mensaje.

Inside Job deja en evidencia también que Obama no solo no ha perseguido a los "avaros" que provocaron el desastre con productos financieros tóxicos como las subprimes o los CDO, sino que ha puesto al mando de su equipo económico a algunos de sus más señeros representantes, que participaron o, al menos no quisieron ver el inmenso fraude que se estaba fraguando, y fueron reclutados por el anterior presidente, George W. Bush, para diseñar el rescate a costa del contribuyente y sin pedir responsabilidad alguna a sus causantes. Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, Timothy Geithner, secretario del Tesoro, o Lawrence Summers director del Consejo Nacional Económico de la Casa Blanca, están entre ellos.

El capitalismo refundado de rostro social con el que se presentaba Obama en las primeras reuniones del G-20 tras al estallido la crisis sigue teniendo el mismo perfil injusto e inmisericorde en EE UU: récord de desahucios en 2010 y récord de bonus para los ejecutivos de las agencias de calificación como Moody's o Standard & Poor's, que avalaron los productos financieros basados en las hipotecas basuras precipitando el desastre financiero. También fuera de las fronteras de la primera potencial mundial hay una creciente corriente en la misma dirección y que tiene en ¡Indignaos! (Destino), del francés de origen alemán Stèphane Hessel, uno de sus puntos de ignición. En España, el testigo lo ha cogido, entre otros, el escritor y pensador José Luis Sampedro.

Desde la sección de mercados del periódico de referencia de Wall Street, a Farrell no le tiembla el pulso al hacer un llamamiento a que la gente despierte ante "el espejismo de los súper ricos que está destruyendo el sueño americano para el resto de nosotros". "Los súper ricos no se preocupan por usted" exhorta a sus lectores, porque viven al margen de la crisis, a lo sumo se preocupan "en abstracto" por el bienestar del país, envueltos en una burbuja en la que "disfrutan de vacaciones en los mejores resorts, de los mejores profesores de pilates, el mejor masajista, los mejores cirujanos y las mejores escuelas privadas para sus hijos". "Y nada de lo que se escriba va afectarles". Y acaba: "No digan que no fueron advertidos. Tienen tiempo para preparar la revolución que se avecina, la depresión"

La carga de las nubes es la más pesada

Este blog me ayuda a quitarme de encima la paralizante y fútil creatividad, esa que nos obliga a mirar bobamente el infinito del paisaje cuando salimos de casa o al pozo de nosotros mismos cuando estamos en ella, o las voces que oímos continuamente en la imaginación. Las llamo voces, pero también pueden llamarse pensamientos, preocupaciones, emociones o impermanencias; son, en todo caso, un flujo o circulación temporal, una memoria ram que bloquea nuestro verdadero yo o memoria profunda y sólo admite el exorcismo de una voz escrita. Porque escribir muta el caos en orden, obliga a un sin fin de metamorfosis como las de Ovidio, teje unos hilos dispersos o los desteje, como Penélope. Es un magma inconcreto que debe solidificarse para que no queme ni sepulte la Pompeya de nuestro yo.

Liberarse de esta maldición no es fácil, pero con el tiempo uno llega a descubrir algunas formas de exonerarse de ella, la escritura entre otras; la última me ha llegado gracias al budismo; consiste en sentarse, relajarse y mirar fijamente un objeto sólo, pequeño y cercano, hasta que lo aprendemos de memoria. Esta forma de meditación, imperfecta, pero valiosa para empezar, ayuda a concentrar y retener todas las dispersiones e impermanencias en la jaula de un yo, aunque esta sombra sea ilusoria y dure apenas unos pocos días hasta que empiece a dispersarse (liberarse diría un engañado) otra vez, porque es un ejercicio que debe repetirse para evitar deshacerse como una nube que cambia demasiado de forma, como la impropia imaginación.

Arcadia (2005), de Costa Gavras

Pongo aquí por separado la crítica de cine de un post anterior, a fin de deslindar mejor las materias cuando las ordene.

Acabo de ver una película del gran cineasta político Constantin Costa GavrasArcadia, (Le couperet, 2005) en la que un ingeniero químico víctima de una ERE y ya tres años en paro decide eliminar a los contrincantes más capacitados para un puesto de trabajo ideal que le permite salvar su forma de vida y a las únicas personas que le importan, su familia; una especie de Dexter doblemente perverso, ya que mata personas buenas para salvar a otras personas buenas, no por odio, sino por necesidad. Una gran película, que hace reflexionar sobre si el crimen y el terrorismo no son el fondo la misma cosa y vislumbrar el verdadero y siniestro alcance de lo que es la relatividad moral del nihilista. ¿Qué es el protagonista? ¿Un asesino en serie, un gran padre de familia, alguien que ha comprendido cómo funciona el sistema y adopta sus mismos medios o un terrorista? Porque, si la sociedad le ha declarado la guerra, lo primero que ha hecho es conseguir un arma para defenderse. Una película de gran calado moral, social y filosófico, y también una gran comedia, de un realismo conmovedor, que, como ha señalado la crítica, no se aleja mucho de Monsieur Verdoux. No me extraña que haya pasado absolutamente desapercibida: es más que incómoda y, como todas las verdades, se quiere esconder más que una lagartija. Una frase para la antología: "Cuando hayan destruido la economía y todos estén parados, ¿a quién venderán sus productos de mierda?" No me extraña que los zombis estén de moda: bajo esa apariencia se esconde la de algo más familiar, un parado o un ser humano que importa tan poco como un parado. El nihilismo, en fin.

Camborda, Ortega y Gasset y el runrún.

Hay un pasaje al final de su Interpretación de la historia universal en que José Ortega y Gasset alude al cuento del gitano y el runrún; precisamente el mismo al que dio forma poética un abogado como el ciudarreleño Fernando Camborda a principios del XIX. También lo asocia Ortega a la crisis de legitimidad del derecho. No le falta razón cuando afirma que el Nihilismo, aunque no formule esa palabra, ya era a principios del siglo XX la principal enfermedad de la sociedad europea, pero el hecho de que Camborda lo note ya al final de la Ilustración tiene que hacernos ciertamente reflexionar.


La destrucción universal del Derecho, señores, clama urgentemente al cielo; por eso había con tanta urgencia que clamar. A fuerza de hablar de justitia se ha aniquilado el jus, el Derecho, porque no se ha respetado su esencia, que es la inexorabilidad y la invariabilidad. El reformismo del Derecho, al hacerlo inestable, mudadizo, lo ha estrangulado. Cuando yo escribí La rebelión de las masas, cuando preparaba los artículos que iban a reunirse en un tomo, hace un cuarto de siglo, veía ya cómo germinaba esta catástrofe y procuré en mi libro describirla y formularla. Desde aquella fecha hasta ahora ¿qué ha pasado? El más triste y extremado cumplimiento de los pronósticos. Desde entonces no asistimos a la creación de ningún derecho, sino, al contrario, casi exclusivamente a un quitar los derechos que había. Entre las múltiples fórmulas que yo empleaba entonces para definir este terrible fenómeno quiero recordar a ustedes la más humilde de todas, el humilde cuento gitano: el caso del gitano que va a confesarse y al sacerdote, al preguntarle los mandamientos de la ley de Dios, el gitano le responde:

– Mire usted, padre; yo los iba a aprender, pero he oído por ahí un runrún de que los van a quitar...

Derecho es sólo hoy el runrún de que algo se va a quitar, no es lo que se da, y todo a cuenta de la llamada justicia. Para el romano no había más justicia que la justicia del juez, la justicia intrajurídica; por eso dice que lo justo es justo porque es Derecho. Es la justicia que produce y crea el Derecho, pero no esa vaga e irresponsable cosa de que se habla en los editoriales de los periódicos y en las vociferaciones de los mítines, que haciendo al Derecho inestable, ha quitado de cuajo debajo de los pies de los hombres la tierra firme en que antes se afianzaba, y al faltarle este punto de apoyo ¿qué puede hacer el hombre sino caer? Ya no puede afianzarse en esa tierra firme que era el Derecho y desde la cual podía intentar ser con dignidad. Ahora el Derecho se hace informe y el hombre cae y yo no he visto nunca que alguien que cae de un séptimo piso, mientras cae, sepa caerse con dignidad.. Todo caer es decaer. La destrucción del Derecho no puede producir sino el envilecimiento del hombre

martes, 19 de abril de 2011

Poe

" Lo que es cierto para las matemáticas es a menudo totalmente falso aplicado a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia suele ser incierto que el todo sea igual a la suma de las partes", Edgar Alan Poe

Origen del diálogo de sordos entre profes y alumnos: Córax y Tisias

Tomado de por ahí:

Cuéntase que una vez Córax, maestro, pidió a su discípulo Tisias que le pagara, puesto que ya había terminado enseñanza y aprendizaje. A lo cual respondió Tisias que, si había aprendido a convencer podría convencer a Córax de que no tenía que pagarle y que, de no convencerlo, no tendría que pagarle puesto que con ello demostraría que no había aprendido lo que Córax prometió enseñarle. Córax, naturalmente, no podía aceptar el argumento de su discípulo y dedicó todo su esfuerzo a demostrarle que de todas maneras tendría que pagar la enseñanza. Si Tisias le convencía de que no tenía que pagarle, esto demostraba que había aprendido a convencer y, como el arreglo había sido que si aprendía tenía que pagar, al demostrar que no tenía que pagar, por el hecho mismo de convencer a Córax, tendría que pagar. Si, por otra parte, no llegaba a convencerle de no tener que pagar, tendría que pagarle por el mero hecho de no haberlo convencido. Véase en este argumento una anécdota, que por otra parte ha sido atribuida a Gorgias y su discípulo Evasto, véase también en él un ejercicio de escuela.

Sin duda, esta anécdota recogida por Ramón Xirau es todo un ejemplo de cómo los sofistas se preocupaban más por la forma del razonamiento que por su contenido. Muchos sofistas, de hecho, fueron escépticos como principio y fin. Declaraban que no existía verdad alguna y en muchas ocasiones se les ha comparado con maestros de la falsedad. El mismo Gorgias llegó a conclusiones relativistas alcanzando a formular tres proposiciones: “Nada existe”; “Si algo existiera no podríamos conocerlo”; “si pudiéramos conocerlo no podríamos comunicarlo”.

Entonces al no existir conocimientos válidos, dirán los sofistas, apenas el lenguaje que tanto estudiaron es verdadero. Siendo éste el argumento que les permitía convencer de cualquier cosa, sea verdadera o falsa, soñada o inexistente.

No obstante, hay que reconocer en ellos, como señala el propio Ramón Xirau (íbid. P. 41), “un interés por las formas lingüísticas (que) les condujo a analizar el lenguaje, estudiar las figuras retóricas, penetrar en los problemas de la lógica y preparar las vías del pensamiento lógico. (…) Muchos sofistas fueron escépticos, pero el escepticismo, la duda, la declaración de que no existe verdad alguna, prepara el camino para que se encuentre la verdad. (…) todo gran filósofo suele empezar por dudar.”

Sobre la falsa idea de Fascismo



Ponen el grito en el cielo ¡que viene el fascismo! cuando ven la ascensión a las alturas de Marine Le Pen en Francia o del partido ultra finlandés, entre otros. Un partido de un país (tan civilizado y tan bien educado, por cierto) como Finlandia debe tener razones de peso que no cabe rechazar a la ligera, sino repensar despacio. Mi juicio, que no opinión, sobre el tema, que puede estar errado como el de cualquiera pero al menos es un juicio, por lo que algo tendrá de verdad, empieza por el hecho de que la palabra está mal escogida para designar un fenómeno complejo distinto. Aunque la historia se repita entre pueblos no instruidos, lo hace con variaciones significativas, por más que las circunstancias puedan haber cambiado poco.


Es cierto que está surgiendo algo, y que va a surgir con más fuerza en el futuro, pero eso se debe a la pujanza del Asia oriental (incluidas India e Indonesia), y hasta de Asia menor (porque el crecimiento anual del 7% de Turquía, modelo para todos los países islámicos del entorno, es algo a tener en cuenta); que incluso Brasil y el resto de Hispanoamérica vuelan, mientras que los Estados Unidos, Japón y Europa periclitan con un modelo consumista, energético, social y político obsoleto, que no encuentra antítesis o alternativa en el modelo socialista o comunista; eso da lugar al surgimiento (y no precisamente resurgimiento) de algo que se insiste en llamar fascismo y en realidad es algo mucho más viejo y conocido: el Nacionalismo. 


Cualquier observador atento habrá notado que el único elemento que tienen en común verdes y ultraderechistas es precisamente ese afán por poner cotas y fronteras, protecciones y leyes que limiten de forma fundamentalmente conservadora el espacio, la naturaleza, la historia y, en suma, la identidad de los pueblos. Ese biologismo materialista emana un aroma de puro siglo XIX, pero en el XX es un sentimiento de autodefensa natural cuando un país se ve invadido por todo tipo de costumbres, lenguas, tradiciones y éticas socialmente discutibles y se ven amenazados otros derechos conquistados trabajosamente a través de los siglos, cuando ya ni siquiera los sindicatos, antes respaldados por un modelo teórico fuerte y hoy presuntamente fracasado, el socialismo, pueden defendernos del asedio de un neoliberalismo de nuevo cuño pero muy antiguas maneras, que no viene ya de los Estados Unidos, sino del Asia, con ese "ejemplar" modelo social, ético y educativo (algo tienen que enseñar, después de todo), donde el monstruo está creciendo y preparándose para su propósito a la vista: destruir la clase media europea y arrollar, avasallar y empobrecer, esta vez no sólo económicamente, sino cultural, social, política y éticamente, el Viejo Mundo. Y quizá la única manera de impedirlo será unir política y ética; por ejemplo, crear un poder regulador mundial efectivo; acabar con los paraísos fiscales; generalizar los microcréditos en todo el mundo (en sentido más abstracto, desde la mismísima educación y la mismísima nómina o contrato) y debatir unas leyes impositivas y suntuarias globales e imaginativas.


El escenario está preparado; pero creo que no alcanzaré a ver si es una tragedia, una comedia o un drama lo que se va a representar.

Vivir en España

Si se es joven, vivir en España es un tormento, porque entre los políticos y los periodistas que tiran torcido han robado el futuro a una generación ya irremediablemente perdida, integrada por cinco millones de parados que ni siquiera emigran y lo único que hacen es emborracharse o, como hizo un muchacho hace unos días, tras el botellón, liarse a pedradas con sus "amigos", bajar a la vía del tren para cargar más piedras, ser arrollado y perder las dos piernas. Esas dos piernas que ya le había quitado Zapatero. España está llena de piernas sin cabeza, o de cabezas sin piernas, tanto da. La ha arrollado el tren de los gilipollas.


Lo único que sobra en España no son los parados, sino los gilipollas.