miércoles, 9 de noviembre de 2016

Solo estas personas deberían votar

Miguel Ángel Medina, "Un niño enchufado a la vida. Aarón vive conectado a un respirador artificial. Sus padres piden ayudas para pagar la luz y un suministro eléctrico sin cortes", en El País, 8 NOV 2016.

La pesadilla de David y Verónica empezó el 3 de julio de 2014. Ella, embarazada de seis meses, sentía dolores y decidieron acudir al Hospital Infanta Leonor de Madrid. Allí le estuvieron realizando diferentes pruebas sin encontrar nada anormal y, tras más de ocho horas, enviaron a la pareja a casa. A la mañana siguiente, les llamaron para que volvieran al centro hospitalario, donde descubrieron que el feto llevaba unas 15 horas sin oxígeno y le provocaron el parto. Como consecuencia de lo que denominan una “negligencia médica” su hijo, Aarón, vive desde entonces conectado a un respirador artificial en su propio domicilio. Es lo que se llama un paciente electrodependiente, es decir, que necesita de la electricidad para sobrevivir. El cable de la luz es su segundo cordón umbilical.

“Las cuatro máquinas que ayudan a respirar a Aarón tienen que estar siempre conectadas a la red eléctrica. Esos aparatos tienen unas baterías que al inicio duraban cinco horas, pero con el tiempo solo duran una hora. Vivimos con el miedo constante a que haya una avería o algún problema y nos corten el suministro eléctrico”, explica David Cobisa. Además, su factura ha aumentado considerablemente: han pasado de pagar unos 80 euros al mes a entorno a 240 euros.

RECONOCIMIENTO EN OTROS PAÍSES

Los pacientes electrodependientes han visto reconocidos sus derechos en otros países, según explican David y Verónica. En Argentina, por ejemplo, se les aplica la tarifa eléctrica social -equivalente al bono social español- a las personas con una enfermedad cuyo tratamiento implique electrodependencia”. Mientras, en Nueva Zelanda, los pacientes registrados con este tipo de necesidades tienen derecho a recibir electricidad incluso en caso de impago de la factura: las empresas eléctricas tiene prohibido cortarles la luz.

El día a día de la familia, residente en Vallecas, es complicado. Verónica tiene concedida la una reducción de jornada del 99% por hijo a cargo con enfermedad grave y cuida al pequeño durante todo el día. Cuando David vuelve de trabajar, por la tarde, lo mueven y hacen ejercicios de rehabilitación, para lo que hacen falta dos personas. “Cada vez que salimos de casa necesitamos una ambulancia”, explican. Además, afirman tener concedida la Ley de Dependencia en grado 3 (el más alto), pero todavía no han recibido ningún tipo de ayuda.

Por eso han lanzado una petición en la plataforma de activismo Change.org para pedir a las Administraciones Públicas que les concedan el bono social (una tarifa eléctrica más barata para personas en riesgo de exclusión), así como que se les garantice el suministro eléctrico incluso en caso de avería. Esta protección especial para personas electrodependientes ha recabado ya más de 190.000 firmas, la mayoría de ellas en los últimos dos días. “Una petición similar en Argentina consiguió que el Gobierno de ese país aplicara la tarifa eléctrica social para este tipo de pacientes”, explica David, esperanzado. Para lograr lo mismo en España, el matrimonio está buscando casos similares al de su hijo con el fin de poner en marcha una asociación que defienda sus derechos. Además, están a la espera de juicio por la supuesta negligencia médica durante el parto.

La distribuidora eléctrica de Gas Natural Fenosa ha incluido a esta familia en el sistema de Ayuda a la vida, lo que la convierte en cliente prioritario. “En caso de corte de suministro por avería en la red, la compañía los tiene identificados y trabaja con el objetivo de recuperar su servicio de forma prioritaria. También, a la hora de planificar trabajos que conllevan interrupción del servicio, se les comunica cuándo se producirá el corte y el tiempo estimado”, explican. Además, la comercializadora se ha puesto en contacto con la familia para analizar su caso y ayudarles a contratar la tarifa que más se adapte a sus necesidades. La compañía también afirma que comparte con este colectivo “la necesidad de una reforma del bono social que incluya este tipo de usuarios para quienes el suministro eléctrico es esencial”. Por su parte, la Asociación Española de la Industria Eléctrica (Unesa), prefiere no entrar a valorar casos concretos.

El Ministerio de Industria ha declinado comentar el asunto, mientras que el Ministerio de Sanidad responde que la mayoría de las competencias dependen de la Comunidad de Madrid. El Gobierno regional, por su parte, explica que la valoración de dependencia de este menor se realizó en noviembre de 2015. “En principio, la familia no presentó toda la documentación necesaria requerida para la prestación prevista en el Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia, ya que faltaban datos sobre capacidad económica. Una vez presentada, el pasado 29 de agosto se dictó resolución por la que se concede una Prestación Económica para Cuidados en el Entorno Familiar (PECEF)”, señalan fuentes de la Consejería de Políticas Sociales. Esa prestación está pendiente de ser abonada, para lo que no hay fecha prevista. El Ayuntamiento de Madrid señala que ninguna de las peticiones del matrimonio depende de la administración local, pero han ordenado a los servicios sociales municipales que estudien el caso por si pudiera aplicarse algún tipo de ayuda específica.

martes, 8 de noviembre de 2016

Los apellidos con "de"

Héctor Llanos, "¿Son propios de las clases altas los apellidos que empiezan con 'De'?", El País,  7 NOV 2016

A menudo, sobreentendemos que el significado de la preposición "De" en los apellidos españoles denota procedencia de familia de alta alcurnia. En el nuevo gabinete del Gobierno conservador de Mariano Rajoy aparecen varios nombres de este estilo, entre ellos De Guindos, De Cospedal y De la Serna. Jaime Salazar, profesor del Máster de Heráldica, Genealogía y Nobiliaria de la UNED, explica a Verne por qué son más habituales actualmente entre las clases altas, pero aclara que en origen no eran sinónimo de elevada posición social: "Por lo general, indican procedencia de lugar, no título nobiliario", indica.

Tal y como explica Jaime Salazar, la razón principal de la preposición en estos apellidos es una mera cuestión toponímica, ya que en principio informaban sobre el lugar de procedencia del individuo que lo llevaba. Podía ser una ciudad o localidad (Vigo - De Vigo) o hacer referencia a algo que distinguía a la villa de la que procedían (Del Río, De la Torre, Del Bosque).

"Hasta hace dos siglos, era mucho más común que apareciera el 'De' entre nombre y apellidos, aunque la preposición no formaba parte de ninguno de ellos", explica el profesor universitario. Un ejemplo claro de lo que quiere decir lo encontramos en los grandes de la literatura española. Cuando nos referimos a Miguel de Cervantes solo con su apellido, decimos Cervantes en vez de De Cervantes, como nos ocurre con Francisco de Quevedo o con Luis de Góngora.

¿Por qué entonces son más comunes en la actualidad entre personas a las que suponemos una elevada clase social? A partir de el siglo XIX, comienza a suprimirse la preposición. Esa transición ocurrió de una forma algo caótica, así que algunas familias tradicionales decidieron mantenerla, ya que tuvieron esa posibilidad, explica el profesor. Al conservarse también en apellidos compuestos (Sáenz de Santamaría, Méndez de Vigo), que nos resultan más propios de familias de clase alta, nos encontramos la preposición más a menudo en los apellidos de los que consideramos ricos o cercanos a la aristocracia, aunque su significado original no tuviera relación con la clase social.

Es cierto que el "De" aparece relacionado con títulos nobiliarios, aunque no necesariamente en su apellido. Por ejemplo, es común encontrar escritos que llaman a Cayetana Fitz-James Stuart como Cayetana (duquesa) de Alba, cuando en realidad hacen referencia a su título. "Se trata por tanto de un uso social y no administrativo. El 'De' en castellano no funciona por tanto con el 'von' alemán -Von Bismark, Von Karajan-, que sí tiene connotación nobiliaria", confirma Jaime Salazar.

Existe otra forma de encontrar un apellido con esta preposición: a través del matrimonio. Al contrario que otros países, la mujer de habla hispana no pierde el apellido al casarse. Por eso, en ocasiones se incluye el del marido en segundo lugar, aunque su uso es mucho más común en los países hispanoamericanos.

"Disparate lingüístico"

Es común incurrir en errores al tratar con este tipo de apellidos. Si mantenemos el "De" en mayúscula en el apellido cuando prescindimos del nombre -"Del Bosque es el exseleccionador nacional de fútbol"-, caemos en "un disparate lingüístico", asegura el experto en apellidos. La razón, argumenta Salazar, es que sencillamente la preposición no forma parte del apellido. Incluirlo es un "uso incorrectísimo, solo que en la actualidad está tan extendido que es casi imposible que vuelva a usarse de forma adecuada", lamenta.

Es un criterio que sigue la Ortografía de la lengua española, cuando indica que los "De" han de ignorarse a la hora de ordenar alfabéticamente los apellidos en un listado.

A pesar de la aberración lingüística que cometemos continuamente, el docente encuentra una excepción en la que sí tiene sentido mantener la preposición en el apellido. En casos como De Juan o De Pablo, en los que se hacía referencia al padre del ciudadano que lo llevaba, el "De" ayuda a evitar confusión entre el nombre y el apellido.

Topónimos curiosos

Isidoro Merino, "Pueblos bonitos con nombres raros. Viaje en clave de humor por los topónimos más curiosos", en El País, 8-XI-2016:

Ultramort no es el título de un manga japonés, sino un pueblo de Girona. Y no hace falta que te pongas desodorante para viajar a Guarromán (Jaén), cuyo nombre significa en realidad Río de los Granados (del árabe Wadi-r-rumman). Con la complicidad de los lectores, propongo un viaje en clave de humor por los topónimos más curiosos.

Entrepiernas (Chile)

Bella y boscosa aldea de región chilena del Biobío. ¿Su gentilicio? Quillecano (pertenece a la comuna de Quilleco).

Real de Minas de Nuestra Señora de la Concepción de Guadalupe de los Álamos de los Catorce, más conocido como Real de Catorce, fue uno de los grandes centros mineros de San Luis de Potosí. Su fundación puede situarse entre 1772 y 1778, cuando se descubrieron unas importantes vetas de plata. Pertenece a la asociación de Pueblos Mágicos de México.

Egipto (Boiro, Coruña, España)

En las verbenas veraniegas de la parroquia de Abanqueiro, en el municipio de Boiro (A Coruña), se solía sortear una rifa premiada con un viaje a Egipto. Algunos picaban.

Peor es Nada (Chile)

Localidad chilena de la comuna de Chimbarongo, región del Libertador Bernardo O'Higgins. Su gentilicio es peoresnadino. Algo es algo.

Wamba (Valladolid, España)

Wamba (pronúnciese Bamba) es un municipio de los Montes Torozos, a 17 kilómetros de Valladolid. Es la única localidad española cuyo nombre empieza por W. Allí murió el rey Recesvinto y fue coronado el rey Wamba, uno de los últimos monarcas cristianos antes de la invasión árabe de la Península. Una curiosidad: el osario medieval de la iglesia de Santa María de la O, con centenares de calaveras apiladas por las paredes.

Vagina (Rusia)

Curioso nombre de una remota población del oblast de Tiumén, en los Urales (Rusia). En ruso se escribe Вагина, pero significa lo mismo que en español: mujer no muy alta.

Cariño (Coruña, España)

Municipio de la comarca gallega de Ortegal. Según la Wikipedia, "su gentilicio es cariñés o cariñesa, aunque también se conoce a sus habitantes por pixín o pixina".

Carantoña  (Coruña, España)

Los gallegos, que son muy melosos.

Climax (Míchigan, EE UU)

Empiezas con las carantoñas, sigues con los cariños y acabas en Míchigan.

My Large Intestine (Texas, EE UU)

El fundador del pueblo tenía problemas de estreñimiento.

Kagar (Alemania)

Un bonito pueblo a 100 kilómetros de Berlín, cerca de la pedanía de Repente. Prueba a juntarlos en una misma frase. El lago que baña Kagar se llama Kagarsee (lago de Kagar). Se puede ir de Repente a Kagar sin pasar por el trago de Kagarsee.

Aveinte (Ávila, España)

Problema: ¿A qué velocidad se mueve un coche que tarda una hora en viajar entre Aveinte y Ávila? Solución: a 20 kilómetros por hora (el pueblo se halla justo a 20 kilómetros de la capital provincial).

Los Infiernos (Murcia, España)

A 40 kilómetros al sureste de la capital murciana se halla ese lugar adonde irán todos los pecadores menos yo.

Novallas (Zaragoza, España)

Una compañía de seguros organizó el año pasado un concurso para elegir el pueblo de nombre más inquietante de España. Lo ganó esta localidad de la comarca aragonesa de Tarazona y el Moncayo que a pesar de su nombre, sí se merece una visita.

Boring (Oregón, EE UU)

Boring, en inglés, significa aburrido. Su eslogan turístico: "The most exciting place to live" (el lugar más excitante para vivir).

Pancrudo (Teruel, España)

Ya han quedado con los de Ajo (Cantabria, España) y Malcocinado (Badajoz, España) para escribir al consultorio de El Comidista.

Barbalimpia (Cuenca, España)

Pedanía perteneciente al municipio conquense de Villar de Olalla. Se cree que allí nació el primer hipster.

Salsipuedes (Córdoba, Argentina)

Gentilicio: vostequedás (es broma, que me perdonen los argentinos).

Pussy Creek (Ohio, EE UU)

La segunda palabra significa arroyo. La primera la buscáis en el diccionario de inglés.

Hygiene (Colorado, EE UU)

Para que no te pongan colorado o colorada en Colorado.

Espolla (Girona, España)

Municipio de la comarca catalana del Alto Ampurdán. Según Wikipedia, "su término municipal se extiende desde las vertientes del sur de la Sierra de la Albera hasta la planicie ampurdanesa". Para que luego vayas por ahí presumiendo de tamaño.

Vilapene / Villapene (Lugo, España)

Ya está todo dicho.

Kissing (Baviera, Alemania)

Además de un gerundio inglés, Kissing (besando) es el nombre un pueblo de Baviera (Alemania) que se presta a los chistes malos (Kissing in Kissing, jajajajá). Como Fucking, una linda localidad de Austria cuyo nombre no pienso traducir.

Do Stop (Kentucky, EE UU)

¡Para, para!

Condom (Gers, Francia)

Léase la reseña anterior.

Kisimmee (Florida, EE UU)

Otro lugar con nombre de chiste fácil (un juego de palabras con Kissing me, besándome, en inglés), cerca de Orlando.

Dildo (Terranova y Labrador, Canadá)

Al parecer, aunque aún no lo he podido confirmar, deriva de un topónimo indio que significa "consuelo".

Happyland (Oklahoma, EE UU)

“¡Oh, miradme! Estoy haciendo feliz a mucha gente. Soy el hombre mágico que vive en el País Feliz, en la casa de gominola de la calle de la Piruleta. Ah, por cierto, pretendía ser sarcástico”.  (Hommer Simpson).

Normal (Illinois, EE UU)

Como su propio nombre indica, un pueblo del montón.

Puta Burnu (Azerbaiyán)

Una grosería caucásica.

Sweet Lips (Tennessee, EE UU).

Morritos de azúcar.

Taumatawhakatangihangakoauauotamateapokaiwhenuakitanatahu (Nueva Zelanda)

En maorí significa “tres casas”.

Truth Or Consequences (Nuevo México, EE UU)

Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (Truth: verdad). O no.

Warra (Australia)

En los territorios fronterizos y salvajes del Outback la gente no se aseaba mucho. Eran otros tiempos.

Wagga (Australia)

A ver, repite conmigo: “El peggo de San Goque no tiene gabo porque Gamón Gamírez se lo ha gobado”.

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (Gales, Reino Unido)

La traducción aproximada es: Iglesia de Santamaría del Hoyo del Avellano Blanco junto a la poza de Llantysilio de la Cueva Roja.

Å (Lofoten, Noruega)

Menos es más.

lunes, 7 de noviembre de 2016

In God we Trump. El nuevo Hítler

I
JOHN CARLIN, "El problema no es Trump. Decenas de millones de estadounidenses apoyan a un candidato que no tiene causa, sino enemigos", en El País, 7 NOV 2016

"El demagogo es aquel que predica doctrinas que sabe que son mentira a gente que sabe que es idiota".


El problema no es Donald Trump. El problema es el trumpismo, un cóctel de odio y fascismo repleto de mentiras e incoherencias confeccionado sobre la marcha por Trump y sus aduladores en un proceso febril de incitación mutua.

Los ingredientes del odio los conoce cualquiera que ha prestado una mínima atención a la campaña presidencial de Estados Unidos: denigra a los mexicanos, a los musulmanes, a los judíos, a los negros, a los inmigrantes en general, a los minusválidos, a los intelectuales y a las mujeres, especialmente las mujeres modernas, postfeministas e independientes, cuya imagen más visible es su rival para la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton.

Los ingredientes fascistas tampoco han sido difíciles de identificar: Trump, apoyado en su candidatura por el diario oficial del Ku Klux Klan, expone que si llega a la presidencia encarcelará a Clinton, desdeñando el principio democrático de la independencia judicial; que si no llega, no respetará el resultado, sugiriendo a la vez que podría animar a sus partidarios a alzarse en armas; que la tortura es deseable como método de interrogación; que los musulmanes en Estados Unidos, como los judíos en la época nazi, deben estar todos identificados en una base de datos.

Pero el problema no es Donald Trump, por más que sea la expresión hecha carne de casi todo lo que es vil en el ser humano. El problema es la gente que cree que semejante bicho es digno de ser el presidente de Estados Unidos, el país con más poder sobre la humanidad que cualquier otro. El problema es que decenas de millones de estadounidenses piensen votar por un hombre que dice que el gobernante que más admira en el mundo es el dictador ruso y exoficial del KGB Vladímir Putin. El problema es la idiotez de la jauría trumpista.

“Amo a los que no tienen educación”, declara Trump, y las multitudes le vitorean. Les ama porque no saben distinguir entre la verdad y las mentiras en las que se basa, que, como está bien documentado, conforman el 70% de lo que dice.

Un ejemplo entre miles. Trump insiste en que el índice de homicidios en Estados Unidos hoy es el más alto en 45 años. Trump se queja ante sus devotos de que la prensa jamás lo menciona. No lo hace porque es mentira. El índice de homicidios fue el doble en 1980 que en 2015.

Lo que hace Trump es presentar una imagen de Estados Unidos aterradora, una especie de Estado fallido hundido en la criminalidad y la miseria. Es el viejo truco del demagogo fascista, sea este Hitler, Franco o Mussolini, sea el enemigo el comunismo o la conspiración judía. Confiad en mí; solo yo soy capaz de salvaros.

El problema no es Trump; el problema son los que creen en él. Como nos recuerda una crítica en el New York Times de la biografía más reciente de Hitler, escrita por un historiador alemán llamado Volker Ullrich: “Lo que realmente da miedo en el libro de Ullrich no es que Hitler pudiera haber existido, sino que tanta gente parece haber estado esperando que apareciera”.

Es verdad que el apelativo de fascista se ha escupido con exagerada frecuencia y ligereza desde los años treinta. Pero en este caso, ya que de lo que se habla es la campaña de Trump para ascender al poder, la comparación no es frívola. Reputados intelectuales de izquierda y derecha en Estados Unidos, entre ellos el profesor universitario de economía Robert Reich y el historiador Robert Kagan, han definido explícitamente como de carácter fascista el culto al hombre fuerte redentor que se ha creado alrededor de la figura de Trump.

La victoria electoral de Hitler en 1933 fue el triunfo del odio, la barbarie y la estupidez. Una victoria para Trump en las elecciones de mañana sería lo mismo. No existe lógica alguna para que decenas de millones de estadounidenses, el grueso de ellos aparentemente hombres blancos que se sienten marginados y resentidos, vean en Trump el hombre que les devolverá a la prosperidad. La parte del cerebro que utiliza la razón no entra en juego. Trump es un billonario que no ha pagado impuestos en 20 años y está favor de que se recorten los impuestos de los mega ricos aún más.

La parte del cerebro que sí entra en juego es la más primaria y animal. La del miedo y la agresión, la de la manada. Tony Schwartz, que hace 30 años vendió su alma y escribió para Trump su libro El arte de la negociación, llegó a conocer al actual candidato presidencial mejor que casi nadie. “Trump está solo un eslabón por encima de la jungla”, dijo en una entrevista la semana pasada con el Times de Londres. “Su visión del mundo es tribal”.

Lo cual sería solo un problema para aquellos de sus familiares y conocidos que lo tienen que aguantar si no fuera por el hecho de que las masas descerebradas le adoran y existe el serio riesgo de que acabe ocupando la Casa Blanca. No hay análisis político que lo explique. Esa herramienta sobra. Para entender el fenómeno Trump hay que recurrir a la antropología, en este caso al estudio del animal humano en su versión más salvaje y primitiva. Porque el trumpismo no tiene causa; tiene enemigos. No propone esperanza; propone odio.

El problema no es Trump. Lo fantástico, lo grotesco, lo surreal es que en vísperas de las elecciones las encuestas digan que el odio, la barbarie y la estupidez tienen una razonable posibilidad de triunfar, que no es disparatado pensar que Trump consiga los votos necesarios para ser coronado presidente de Estados Unidos. Lo fantástico, lo grotesco, lo surreal es que tantos millones de los habitantes del país más próspero del mundo compartan su visión tribal, que no solo Trump sino sus devotos estén solo un eslabón por encima de la jungla.


II

Ariel Dorfman, "Faulkner ante la América de Trump", en El País7 NOV 2016:

El autor de El sonido y la furia se preguntó públicamente si Estados Unidos merecía sobrevivir después del linchamiento de un niño negro. Hubiera sentido espanto, aunque no extrañeza, frente a la figura del candidato republicano.

¿Merece sobrevivir este país? Esa fue la pregunta que lanzó públicamente William Faulkner en 1955 cuando supo que Emmett Till, un joven negro de 14 años, había sido mutilado y muerto en un pueblito de Misisipi por la osadía de silbarle a una mujer blanca —un acto de linchamiento que constituyó un hito fundamental en la creación del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos—.

Esa pregunta no era la que yo esperaba plantearme en este peregrinaje literario que mi mujer y yo hemos emprendido a Oxford, Misisipi, donde Faulkner vivió la mayoría de su vida y donde escribió las obras maestras torrenciales que lo convirtieron en el novelista norteamericano más influyente del siglo XX. Habíamos estado planificando un viaje como este hace muchos años, viéndolo como una ocasión para meditar sobre la existencia y la ficción de un autor que me había desafiado, desde mi adolescencia chilena, a romper con todas las convenciones narrativas, arriesgarlo todo como la única manera de representar la múltiple fluidez del tiempo y la conciencia y la aflicción, instándome a que tratara de expresar lo que significa “estar vivo y saberlo a fondo” en mi Sur chileno aún más remoto y perdido que el desdichado Sur de Faulkner. Y, sin embargo, esa pregunta acerca de la supervivencia de Estados Unidos es la que me ronda al visitar el sepulcro donde descansa, hace 54 años, el cuerpo del gran escritor, se me asoma cuando caminamos las calles que él caminó, es una pregunta que no puedo evitar al recorrer Rowan Oak, la vieja mansión que fue para él su más permanente hogar.

Puesto que, si el autor de El sonido y la furia estuviese vivo hoy, cuando su patria encara la elección más decisiva de nuestra época turbulenta, donde un demagogo demencial aspira, insólitamente, a ocupar la Casa Blanca, no cabe duda de que, ante “un momento incomprensible de terror”, volvería a proponer esa dolorosa pregunta a los seguidores de Trump, retándoles a rechazar una política de odio. Faulkner lo haría, creo yo, recordando a los personajes de sus propias novelas que, poseídos por un exceso de rabia y frustración, terminan autodestruyéndose a sí mismos y a la tierra que aman, incapaces de superar el pasado oscuro y salvaje que han heredado.

Habría mucho, por cierto, en Estados Unidos de hoy que Faulkner no reconocería. Aunque escribió sobre el dilema de los afroamericanos con notable inteligencia emocional, describiendo cómo los descendientes de esclavos sobrellevaron, “con orgullo inflexible y severo”, la carga impuesta por un sistema injusto y corrosivo, este hijo del Sur de Estados Unidos, sospechoso de los cambios drásticos, predicaba la paciencia y el gradualismo para vencer las barreras del racismo. Un hombre que no alcanzó a escuchar el discurso de Martin Luther King en Washington y al que le hubiera parecido inverosímil que alguien nacido del mestizaje pudiera ser presidente, tendría poco que enseñarle a esta América tan multicultural y atiborrada de nuevos inmigrantes. Igualmente difícil para Faulkner hubiera sido entender a las mujeres del siglo XXI, cuya emancipación y autosuficiencia feministas jamás anticipó.

Otros, menos envidiables, aspectos contemporáneos de Estados Unidos le serían, sin embargo, tristemente familiares a Faulkner.

Hubiera sentido espanto —aunque no extrañeza— frente a la peligrosa figura de Donald Trump. En su vasto y devastador universo ficticio, Faulkner ya había creado una encarnación sureña de Trump, si bien en una escala menor: Flem Snopes, un depredador voraz e inescrupuloso con “ojos del color de agua estancada”, que sube al poder mediante mentiras e intimidación, burlando y raposeando a los ingenuos que creen ser más astutos que él. Flem y su clan representaban para Faulkner aquellos conciudadanos suyos que “lo único que saben y lo único en que creen es el dinero, importándoles un carajo cómo se consigue”. Si una caterva como la de los Snopes llegase a proliferar y tomar las riendas del Gobierno el resultado sería, según Faulkner, catastrófico. Las últimas encuestas indican que semejante apocalipsis electoral, salvo una sorpresa estilo Brexit, es cada vez más improbable, pero el mero hecho de que un ser tan patológico y amoral sea siquiera un candidato viable hubiera llenado al autor de Absalón, Absalón de asco y pavor.

Los adeptos de Trump suscitarían hoy una reacción muy diferente de parte de Faulkner. Aunque era, para su época, políticamente liberal y progresista, trazó con cariño y humor las vidas de aquellos que hoy constituyen —pido excusas por tal generalización, siempre reductiva— el núcleo central de los partidarios de Trump: cazadores y patriotas que temen una conspiración para quitarles sus armas de fuego; hombres escasamente informados que se aferran a una virilidad amenazada y tradiciones atávicas; habitantes de comunidades rurales o económicamente deprimidas que se sienten sobrepasados por la marea incontenible de la modernidad, indefensos ante una globalización que no pueden controlar. Faulkner condenó siempre los prejuicios raciales y la paranoia de estos desconcertados coterráneos suyos, pero nunca fue condescendiente con ellos, acordándoles siempre aquello que deseaban con fervor tanto ayer como hoy: el respeto hacia su plena dignidad humana. Faulkner hubiera comprendido las raíces de la desafección de esa gente a la que le tenía tanto apego, la desazón irracional de muchos norteamericanos de raza blanca ante el asedio a su identidad y privilegios.

Es lo que hace hoy tan valiosa la voz de Faulkner.

La simpatía que manifestó este novelista insigne y sofisticado por los pobladores menos educados, religiosamente conservadores, de su imaginario condado de Yoknapatawpha, el hecho de que prefería la compañía de esa ralea popular y menospreciada a las tertulias y el elitismo abstracto de intelectuales exquisitos, lo hace el emisario ideal para abordar a los sostenedores de Trump con un mensaje en contra de la intolerancia y el miedo, un mensaje desde más allá de la muerte que no contiene ni un mínimo dejo de paternalismo o desdén.

Al contemplar el diminuto y frágil escritorio del estudio de Faulkner en Rowan Oak donde compuso el discurso que pronunció para la graduación de su hija Jill en el colegio local, oigo el eco de esas palabras tan pertinentes para su país actual. Urgió a esos compañeros de clase de su hija a transformarse en “hombres y mujeres que nunca han de rendirse ante el engaño, el temor o el soborno”. Les dijo, y lo reitera empecinadamente a sus compatriotas en 2016, que “tenemos no solamente el derecho, sino que el deber de elegir entre el coraje y la cobardía”, exigiéndoles a “nunca tener miedo de alzar la voz en pro de la honestidad y la verdad y la compasión, y contra la injusticia y la mentira y la avaricia”.

¿Caerá Estados Unidos en el abismo y el desconsuelo? ¿Se encuentra hoy este país marchando fatalmente a un destino trágico, como tantos personajes implacables de Faulkner, o sus ciudadanos tendrán la sabiduría para probar en forma contundente y avasalladora que, en efecto, su país merece sobrevivir?

sábado, 5 de noviembre de 2016

Entrevista mínima con Fernando Vallejo

Jaime Navarro, "Fernando Vallejo: “En un cuarto de siglo todo será ruido”", en El País,  3 NOV 2016

1. ¿Qué es lo que más ha cambiado en su oficio en 25 años?

No tengo ningún oficio. Escribo libros por desocupación y lo que pasa afuera no me interesa. Puro ruido. Me tapo los oídos con todo tipo de tapones para no oírlo pero no sirven. Ni siquiera los que se ponen los nadadores. El ruido le hace vibrar a uno los huesos de la cabeza.

2. ¿Qué obra, tendencia, autor o autora destacaría de este cuarto de siglo?

Nada, ninguno. Aparecen y desaparecen. Pero el que sí no desaparece es el ruido. Los que se van se van haciendo ruido y los que vienen traen más ruido.

3. ¿Qué o quién parecía prometer y se ha frustrado?

Todos. El que no se frustra es el ruido. Está borrando a la realidad. Se ha apoderado del universo.

4. ¿De qué y de quién hablaremos dentro de 25 años?

De ninguno. Para los que sigan entonces el ruido no les dejará oír nada. Solo oirán ruido. Ruido cósmico. Ruido hasta en el vacío

viernes, 4 de noviembre de 2016

24 pequeñas maneras de amar

José Luis Martín Descalzo, “24 pequeñas maneras de amar”:

1. Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.
2. Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.
3. Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
4. Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se la merecerían teóricamente.
5. Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.
6. Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.
7. Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.
8. Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.
9. Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.
10. Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.
11. Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.
12. Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.
13. Contestar, si te es posible, a todas las cartas.
14. Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.
15. Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.
16. Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.
17. Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.
18. Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.
19. Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.
20. Dar buenas noticias.
21. No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.
22. Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.
23. Mandar con tono suave. No gritar nunca.
24. Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

El español y los impuestos

Palabra del Gran Wyoming:

Amigos, en los últimos días hemos descubierto que Mario Conde tenía ocultos fuera de España más de 13 millones de euros. También hemos descubierto que durante años, algunas de las personas más adineradas de este país, incluyendo miembros de la Familia Real como Pilar de Borbón, mantenían empresas ocultas en paraísos fiscales para pagar menos impuestos.

La pregunta es clara: ¿cuánto tiempo más vamos a soportar este nivel de evasión fiscal? ¿Qué se nos acabará antes a los españoles, el dinero o la paciencia? A mí se me acabará antes la paciencia, por supuesto, pero no os preocupéis, tengo dinero para comprar la vuestra. En fin, parece que nuestro país es una democracia en todo excepto a la hora de pagar impuestos.

Ahí tenemos ciudadanos de primera y de segunda clase. De un lado, los que pueden pagarse asesores y abogados que les permiten evadirse el pago de sus obligaciones fiscales. Y de otro, los que no pueden pagar a este tipo de profesionales y soportan en mayor medida sobre sus hombros el mantenimiento del Estado. Y en los que, además, en los últimos años recae el peso de la crisis. Una vez más, hay dos Españas, la que tiene que pagar aunque no pueda y la que puede pagar pero no quiere. Bueno, hay una tercera España.

Pero esa nos avergüenza a todos: la que echa aceitunas a la paella. Y lo peor de todo es que estos escándalos sólo son la punta del iceberg de la evasión fiscal. Como bien recordaba ayer el periodista Xavier Vidal Folch en el diario El País, los casos que conocemos son tan sólo una ínfima parte de los 130.000 millones que el fraude fiscal de los ricos cuesta a los Estados. Y peor todavía, todo este dinero es una minucia si lo comparamos con los, escuchemos bien, 864.000 millones de euros que las grandes multinacionales evitan pagar sólo en la UE aprovechando los resquicios legales.

Bien, parece que en los últimos años el ciudadano de a pie se ha quedado solo frente a unas élites que opinan que el pago de los impuestos es una carga a la que no están dispuestos a contribuir. Amigos ricos, os hablo como uno de vosotros: es necesario que paguemos impuestos. Hacen falta para financiar los hospitales, las escuelas y lo más importante, las carreteras para poder pasear nuestros Lamborghinis. Sí, amigos. Si los dejamos en el garaje, ¿cómo vamos a poder ligar los que tenemos el pene pequeño?

El hombre elefante

El Hombre Elefante no está aquí para asustarlos…
Publicado por Javier Bilbao en Jotdown, 2016:

… sino para ilustrarles. Esa era una de las frases con las que el propietario del espectáculo del Hombre Elefante presentaba a los curiosos a su asombrosa criatura, Joseph Merrick. «El espécimen más desagradable de la humanidad entera», según lo describió el cirujano Frederick Treves en un primer encuentro con él, que terminaría marcando la vida de ambos y proyectándolos en la posteridad. Porque el paso del tiempo no solo no los hizo caer en el olvido sino que amplió su eco: primero el éxito editorial de la autobiografía de Treves en los años veinte, más adelante un musical de Broadway y finalmente, en 1980, la vibrante historia dirigida por David Lynch. Logró en su momento ocho nominaciones a los Óscar sin obtener ninguno —proeza que solo cinco películas han conseguido superar— pero cuando una de ellas está destinada a convertirse en un clásico poco importan los premios. Esta lo es con todo merecimiento. Supo retratar con sensibilidad a sus protagonistas, siendo fiel a su personalidad y circunstancias, aunque por motivos dramáticos alteró el orden de los acontecimientos narrados y dejó fuera otros que hubiera merecido la pena incluir.

Ese será nuestro propósito a continuación, añadir algunas puntualizaciones que nos permitan comprender mejor a este médico brillante y compasivo y a su desdichado paciente, un hombre con quien la vida fue extraordinariamente cruel condenándolo a ser un monstruo de feria. Alguien que se echó a llorar la primera vez que una mujer se le acercó a darle la mano sonriendo, de tan acostumbrado que estaba a provocar repugnancia y burla. Tal reacción ante un gesto que por fin reconocía su íntima humanidad se debe a que, a pesar de todo, en el fondo nunca perdió la esperanza de ser querido, de encontrar su lugar en el mundo.

Joseph Carey Merrick nació sin ninguna anomalía visible en la localidad industrial de Leicester el año 1862. Parece ser que fue en torno a los veintiún meses de edad cuando empezó a padecer deformidades que irían agravándose con los años. Con cuatro años sufrió además una caída que le dañó la cadera izquierda, dejándolo cojo para el resto de su vida. Tuvo también un hermano menor de aspecto saludable, aunque fue contagiado de escarlatina y murió en 1870, así como una hermana que era igualmente tullida. Joseph creció siendo un niño solitario, al que los demás veían con creciente aversión y que en el seno familiar solo encontró afecto en su madre. Pero en un giro del destino que el mismo Dickens hubiera encontrado inaceptable para alguno de sus personajes, murió de una afección respiratoria cuando él apenas tenía diez años de edad. Siempre conservaría por su madre una profunda devoción, el ejemplo a sus ojos de que alguien en este mundo podía quererlo a pesar de su aspecto. Su padre ahora era un obrero viudo y al cargo de dos hijos deformes que tuvo que trasladarse con ellos a otra vivienda de alquiler. Allí encontraría consuelo en la casera, viuda y con hijos al igual que él, que se convertiría en la peor madrastra imaginable para Joseph. Como escribió él mismo en una breve autobiografía:

Desde entonces nunca tuve un momento de consuelo, pues ella tenía sus propios hijos y, dado que yo no era agraciado como ellos, y encima con mi deformidad, puso todo su empeño en hacer de mi vida un verdadero suplicio. Cojo y deformado como estaba, me escapé de casa en dos o tres ocasiones, pero supongo que mi padre conservaba alguna chispa de sentimiento paternal y me llevó a casa de nuevo.

Presionado por ella abandonó los estudios y se puso a trabajar a los trece años en una fábrica de habanos. Pero su mano derecha iba haciéndose más pesada y torpe, de manera que dos años después ya no fue capaz de continuar liando los cigarros. Entonces buscó infructuosamente otro empleo, pues ante su evidente incapacidad nadie quiso contratarle, lo que en opinión de su madrastra era culpa suya:

Cuando acudía a casa a la hora de las comidas, mi madrastra solía recriminarme porque, decía, no había ido a buscar trabajo. Me hostigaban y se mofaban de mí hasta tal punto que dejé de ir a casa a la hora de las comidas. Solía quedarme por las calles con la panza vacía antes que volver a por algo de comer, y las pocas veces que allí malcomía me hostigaban siempre con el mismo comentario: «esto es más de lo que has ganado».

Como solución temporal su padre le proporcionó una licencia de vendedor ambulante. Otra broma macabra del destino, dado que con su aspecto a menudo solo conseguía asustar a sus potenciales clientes, al tiempo que una multitud de viandantes se agolpaban a su alrededor estupefactos ante su apariencia. Su padre, harto de que no lograse ganar suficiente dinero, le dio en cierta ocasión una paliza que supuso el distanciamiento definitivo entre ambos. Joseph encontró cobijo en casa de sus tíos durante los dos años siguientes, hasta que finalmente le fue retirada la licencia y su escaso medio de sustento se agotó. Sus tíos habían tenido mientras tanto una hija y él no quería ser una carga, así que en 1879 tomó la última opción que veía a su alcance: ingresar en una casa de acogida. En ellas se proporcionaba cama y sustento a los más necesitados, aunque las condiciones de vida en un centro de estas características eran lo suficientemente austeras como para impedir cualquier tentación de parasitismo en las clases bajas. Había que estar realmente desahuciado y al margen de la sociedad para encontrar tu hueco en un sitio así.

Nuestro protagonista desde luego cumplía esas características, y sin embargo encontró la vida ahí dentro tan inhóspita que tras un intento fallido de independizarse, que le llevó a estar un par de días deambulando por la ciudad sin comer, finalmente encontró una ocupación acorde a sus posibilidades: ser exhibido en una feria ambulante. En agosto de 1884, casi cinco años después de su primer ingreso, salió para siempre de un centro del que no guardó buen recuerdo. Varios empresarios del negocio de las variedades habían acordado distribuírselo en diferentes ciudades, a medida que se fuese agotando el efecto sorpresa. Para ello recibió el nombre artístico de Hombre Elefante, mitad humano, mitad elefante, que adquirió tal aspecto debido, decían, al susto que su madre recibió al ver un elefante desbocado cuando estaba embarazada.

La exhibición de afectados por toda clase de anomalías para deleite del público ha sido una práctica tan extendida y continuada que sería imposible precisar su origen. Tullidos, locos o enanos fueron tradicionalmente objeto de todas las miradas, ya fuera de extrañeza o de diversión. Basta recordar la celebración de la boda del rey de Navarra García Ramírez con Urraca la Asturiana, bastante más animada que esas que suelen aparecer en la revista ¡Hola! Según cuenta la Chonica Adensí, en aquella «unos hombres ciegos armados de bastones y bien defendidas las cabezas con morriones, porque no pudiesen ofenderse gravemente, se sacaban al coso y se les echaban algunos animales de cerda, con calidad que cada uno hiciese suyo el que matase y buscándole a tiento disparaban sin él a veces los golpes en partes muy distantes y algunas encontrándose entre sí mismos, se golpeaban con grandísima algazara de la multitud». Mientras que a partir del periodo renacentista en las cortes europeas estuvo muy cotizada como parte del séquito la llamada «gente de placer». Aún a comienzos del siglo XIX el hospital psiquiátrico de Bethlem, en Londres, continuaba exhibiendo a los locos por un penique —y los primeros martes de cada mes, gratis—, logrando atraer así a grandes multitudes.

En la época en que le tocó vivir a Joseph Merrick sin embargo esta práctica estaba en franco retroceso, perseguida por unas autoridades que la consideraban inmoral. Su breve vida fue, de hecho, el umbral entre esos dos mundos. De manera que tras visitar varias ciudades como espectáculo itinerante se plantearon la posibilidad de instalarse en la capital. En Londres vivía un empresario llamado Tom Norman que presentaba un perfil idóneo para encargarse de él. Responsable de otros espectáculos como «Los contrarios de Hibernia» (dos irlandeses, uno enano y otro gigante), «Mademoiselle Electra» (una mujer que mediante un truco soltaba descargas eléctricas a quien le diera la mano) o el de un matrimonio de enanos que daban a luz a un niño (en realidad ambos eran hombres y el niño alquilado), estaba claro que no tendría muchos remilgos a la hora de exhibir a nuestro protagonista. Un personaje del que podría intuirse que la integridad moral no era su fuerte y que en la película y obra teatral aparece retratado muy negativamente, aunque el pasado año su nieta publicó este artículo reivindicando su memoria. Parece ser que repartía las ganancias a medias con Merrick y sentía cierta preocupación por su bienestar, pues mandó a un carpintero construir un armazón para que pudiera dormir apoyado, dado que la forma de su cabeza le impedía tumbarse a riesgo de morir.

El local en el que tenía lugar el espectáculo estaba situado en la misma calle que el Hospital de Londres, por lo que pronto comenzó a ser visitado por diversos empleados del mismo que hicieron correr la voz, hasta que llegó a los oídos de Frederick Treves. Un día del mes de noviembre de 1884, vencido por la curiosidad, se dirigió al lugar, encontrándolo cerrado. Un muchacho que trabajaba para Norman que estaba custodiándolo fue en su busca y, tras presentarse ambos, el cirujano logró que le concediera un pase privado. La descripción que da Treves del momento en su autobiografía resulta muy vívida y enfatiza las pésimas condiciones higiénicas del interior. Allí dentro, tras descorrer una cortina, le fue mostrado el Hombre Elefante en toda su crudeza. En una habitación desangelada, sentado en un taburete con una manta, sin más compañía que un hornillo que daba algo de calor, contempló a «aquella figura acurrucada que era la viva imagen de la soledad». Tras ponerse en pie al grito de su patrón, cayó la manta que le cubría y, dice Treves, «ante mis ojos se reveló el espécimen más desagradable de la humanidad entera. En mi trayectoria profesional me he encontrado con lamentables deformidades […] pero nunca antes me había topado con una versión tan sumamente degradada de un ser humano como la que presentaba esta figura desamparada».

Después de la primera impresión, el espíritu científico de Treves lo espoleó para obtener un análisis más detallado de tan insólita anatomía, así que entregó una tarjeta personal a Merrick y acordó con Norman que aquel le hiciera una visita al hospital. Como dijimos se encontraba en la misma calle, pero un recorrido tan corto al aire libre para alguien de su condición era comparable poco menos que al paseo espacial sin casco del astronauta de 2001. La solución fue emplear un carruaje para el desplazamiento, en el que además utilizó la capa negra y el saco en la cabeza con una pequeña rendija que podemos ver en la película. Tras una primera entrevista en su despacho, Treves concluyó que estaba ante alguien con retraso mental (lo cual, decía, suponía un alivio), pues Merrick estaba tan intimidado que apenas respondió a sus preguntas y cuando lo hizo difícilmente se le podía entender. Hubo un par de visitas más, en las que se fotografió su cuerpo desnudo y fue mostrado en una reunión de la Sociedad de Patología de Londres. Esto último desagradó particularmente a Merrick, quien dijo más adelante que se sintió como si fuera ganado y ya no quiso volver a saber nada del hospital. Su vida volvía así a la rutina, pero apenas unas semanas después la policía cerró el local. Londres ya no toleraba espectáculos como aquel. Por humanitarias que fueran las intenciones tras esa medida, así habían dejado al Hombre Elefante sin la única manera que tenía de ganarse el pan, al tiempo que precipitaron una serie de acontecimientos que fueron cruciales para el resto de sus días.

Merrick regresó a la carretera, de nuevo a ir de ciudad en ciudad en un circo ambulante. Fue  entonces cuando publicó el libelo autobiográfico al que hemos aludido anteriormente. También trabó amistad con un par de enanos boxeadores en un sentido del compañerismo y de la ayuda mutua que recuerda a aquella memorable película de Tod Browning, La parada de los monstruos. Pese a que le dio tiempo a amasar cierta cantidad de dinero, las autoridades seguían estrechando el cerco a esta clase de espectáculos en toda Gran Bretaña, por lo que no tuvo más opción que embarcarse en una gira por el continente europeo. Fue un completo desastre. En Bélgica encontró aún más dificultades legales que terminaron provocando la huida en junio de 1886 del empresario que lo estuvo acompañando, no sin antes robarle casi todo el dinero que tenía ahorrado. Solo, casi sin dinero y en un país extraño, encontró que lo único que podía hacer era regresar a Londres, en un viaje que resultó ser una sucesión de calamidades ante las negativas a transportarlo y alojarlo que fue cosechando a su paso, aparte del rechazo que provocaba su aspecto. Llegó exhausto a la estación de Liverpool Street, donde la multitud lo acorraló hasta que la policía lo puso bajo su custodia. Fue entonces cuando les entregó la tarjeta de visita que Treves le había dado en su primer encuentro y que había conservado hasta entonces, prácticamente la única posesión que le quedaba. La policía se puso en contacto con el cirujano y este acudió a su rescate, llevándoselo al Hospital de Londres.

Allí comenzaría una nueva vida. Treves lo visitaba a diario, descubriendo que lejos de ser retrasado Merrick gozaba de una considerable inteligencia y suponía una agradable compañía por su conversación culta (era muy aficionado a la lectura) y su carácter siempre amable. Seis meses después, el director del hospital, que siempre se había mostrado comprensivo con este caso, escribió una carta en la prensa solicitando donaciones para que el centro pudiera habilitar a Merrick una residencia definitiva, dado que en principio solo acogían pacientes de forma temporal y en ningún otro lugar querían hacerse cargo de él. La respuesta popular fue entusiasta, de tal forma que recaudaron el dinero suficiente para mantenerlo a perpetuidad. Así que acondicionaron una habitación en una zona tranquila del hospital, con algunos muebles y un cuarto de baño. Allí Merrick era tratado con profesionalidad pero sin afecto por las enfermeras voluntarias que lo cuidaban; él era consciente de ello y fantaseaba con irse a vivir a un faro o a algún hospital de ciegos, donde su apariencia no generase rechazo. Treves estaba decidido a ampliar el círculo social de su paciente y ahora amigo, para lo que ideó un plan:

Pregunté a una amiga, una viuda joven y hermosa, si se consideraba capaz de entrar en la habitación de Merrick y, con una sonrisa, darle los buenos días y estrecharle la mano. Me aseguró que se veía capaz de ello y así lo hizo. El efecto que causó en el pobre Merrick no fue precisamente el que yo había esperado. Mientras soltaba su mano, dejó caer la cabeza sobre las rodillas y comenzó a sollozar de tal manera que su llanto me parecía eterno. La entrevista concluyó al punto. Después me dijo que era la primera mujer que le había sonreído, y la primera que, en toda su vida, le había estrechado la mano. Ese día comenzó la transformación de Merrick.

Como consecuencia de la campaña de recaudación la prensa manifestaba una creciente curiosidad por él y muchas damas de la alta sociedad quisieron conocerlo en persona. Comenzó a recibir visitas que lo colmaban de regalos y le proporcionaban los libros que devoraba con entusiasmo. Un interés que tuvo su momento cumbre en la visita que recibió por parte la mismísima princesa de Gales, luego reina Alejandra, quien además le envió posteriormente una foto suya dedicada. El bien más preciado que desde entonces atesoró Merrick junto al retrato de su madre. Ya solo le faltaba salir ocasionalmente al exterior, lo que también le fue concedido. Treves lo invitó a su casa a tomar el té, tras haberle oído expresar su deseo de conocer por dentro una de esas viviendas elegantes de las que tanto había leído en la novelas de Jane Austen. Gracias a la mediación de la actriz Madge Kendal tuvo también oportunidad de asistir al teatro, en concreto a una representación de El gato con botas que lo dejó completamente fascinado. Así mismo, acudió de forma periódica a misa en la capilla del hospital y pudo hacer la confirmación de acuerdo a sus convicciones religiosas. Pero de todas esas experiencias en el exterior, la más liberadora fue la de ir al campo y entrar en contacto con la naturaleza. De nuevo fue gracias a una de esas damas ricas que le visitaban, que le ofreció una casa en la campiña en la que residir una temporada:

No hay duda de que Merrick pasó en este refugio campestre la época más feliz que hasta entonces había experimentado. Estaba, allí, a solas, en una tierra plagada de maravillas. […] las cartas que me remitía parecían escritas por un chiquillo desbordante de alegría y entusiasmo. Eran una relación emocionada de sus triviales aventuras, de las cosas increíbles que había visto y los bellos sonidos que habían llenado sus oídos. Se había topado con extrañas aves, había sobresaltado a una liebre en su madriguera, trabó amistad con un perro feroz y alcanzó a ver fugazmente las truchas en un arroyo.

Apenas seis meses después, un once de abril de 1890, intentó dormir tumbado, quizá intentando ser como los demás también en ese aspecto pese al riesgo que implicaba. Fue encontrado muerto por un cirujano residente que solía visitarlo. En total vivió apenas veintisiete años, en los que experimentó horrores que no podemos imaginar y también, en sus últimos años, fue feliz.

jueves, 3 de noviembre de 2016

El abaratamiento del trabajo es la ruina de un país

"El abaratamiento del trabajo, la ruina de un país", Pedro Luis Angosto, en Nueva Tribuna, 2 de Noviembre de 2016 (15:52 h.)
    
España ha sido devaluada, lo sigue siendo, de dos maneras absolutamente crueles, una castigando a quienes trabajan en el sector primario; la otra, amenazando a los trabajadores constantemente con el despido si no aceptan una nueva rebaja de su sueldo por el bien de la empresa y del empresario
Hace unos meses tuve una gratísima conversación con un amigo de la infancia que hoy es un buen empresario del sector de los alimentos congelados. Hablábamos de la crisis y de lo mal que lo estaba pasando por lo que él consideraba devaluación general de las condiciones de vida de los españoles. Yo soy un empresario –me decía- y para que mi empresa sea rentable y crezca en calidad, necesito un mercado interno que cada vez es más exiguo y con menos poder adquisitivo, en esas circunstancias me veo obligado a fabricar más barato disminuyendo los costes de producción. Ya –le contesté-, pero entonces tu también estás colaborando en el empobrecimiento de ese mercado interior que dices necesitar. Entonces, después de contarme los esfuerzos que había hecho para llegar a un acuerdo con los trabajadores y no despedir a nadie, me dijo que hacía dos años que una gran superficie le había propuesto quedarse con casi toda su producción, prometiéndole un mundo de felicidad creciente que sólo podría ser superado por la vida eterna a la diestra de Dios Todopoderoso. Aceptó y al cabo de un año, con muy buenas maneras, decidió dejar de suministrar al gran supermercado, teniendo cuidado de no causar demasiado enfado en sus ejecutivos ya que dominan una parte muy grande del mercado de la distribución y la venta de alimentos de todo tipo. Si sigo con ellos –me explicó- ni mis suministradores de productos agrícolas, ni mis trabajadores, ni yo mismo habíamos podido seguir en la brecha. Cada vez nos pedían más, y cada vez nos imponían precios más bajos. Hablaba con ellos, argumentando que a esos precios tendría que bajar los sueldos de los trabajadores más de un tercio y pagar a los agricultores menos de los que a ellos les costaba producir. A nosotros –le respondieron los “sales managers” de la empresa, insoportable patanismo del inglés, o sea los jefes de compras- no nos importa como lo haga, sólo que lo haga, los daños colaterales son inevitables en los tiempos que corren.

Los daños colaterales a los que se referían los ejecutivos de la gran superficie consistían en mandar al paro a decenas de personas, disminuir el sueldo de los que quedasen aumentándoles la jornada laboral y pagar precios de miseria a los suministradores de materias primas, porque por el lado de los abonos, insecticidas y fungicidas que se emplean en los cultivos no hay nada que rascar porque los imponen multinacionales que operan en todo el orbe globalizado. Los daños colaterales de que hablaban esos paletos formados en altas escuelas de márquetin y economía eran, simplemente, cambiar una empresa que daba trabajo a mucha gente con sueldos dignos, por otra que se dedicase a amenazar a sus trabajadores con despedirles si no aceptaban las nuevas condiciones laborales decimonónicas y, en definitiva, esparcir la miseria a grupos cada vez mayores de personas que ven inútil trabajar la tierra porque no cubre gastos o que comprueban día como el trabajo diario no les da para vivir. Por fortuna, mi amigo, pudo salir de las garras de la multinacional y subsiste pagando sueldos dignos e intentando fabricar productos con cotas de calidad cada vez más altas. Pongo como ejemplo este que conozco muy bien porque apenas hay casos similares entre los empresarios españoles, muy dados al pan para hoy y hambre para mañana, es decir, forrémonos hoy, apalanquemos las ganancias y cuando no se pueda más se cierra el chiringuito y otra cosa, hecho este que nos aporta las razones suficientes para saber por qué en España hay tan pocas empresas que tengan más edad de la que aparenta un servidor de las monjas.

España ha sido devaluada, lo sigue siendo, de dos maneras absolutamente crueles, una castigando a quienes trabajan en el sector primario, a quienes se dedican a cultivar la tierra, sacar peces de los mares o criar ganado, llegando a un extremo tal que cada vez hay más tierras incultas y granjas abandonadas, debiendo recurrir quienes subsisten a procedimientos de cultivo y cría que desconozco pero que barrunto no pueden ser nada buenos; la otra, amenazando a los trabajadores constantemente con el despido si no aceptan una nueva rebaja de su sueldo por el bien de la empresa y del empresario. Tan endiablada dinámica, que continúa  sin que nadie intervenga para frenarla aunque amenace con convertirnos en uno de los países más pobres de Europa, es promovida, auspiciada y dirigida por el Gobierno de la Nación y algunos de los gobiernos autónomos, convencidos de que la pobreza es el estado natural del hombre y el que de verdad lleva a la santidad al impedir caer en los vicios de la carne, el marisco, el cine, el teatro o la música disoluta. Empero, aunque su cristianismo confeso, se sienta reconfortado por la austeridad impuesta a la inmensa mayoría de la población, aunque Dios seguro que se lo agradece dándoles una barrera con mantilla en el Reino de los Cielos, la realidad es que ninguna economía del mundo terrenal ha podido crecer y prosperar adecuadamente sin una demanda interna poderosa que la sustente.

Estados Unidos de América del Norte es, después de China, el principal exportador del mundo, y aunque mantiene bolsas de pobreza crecientes debido a las políticas de los ultras republicanos, desde un principio organizó su economía en torno a una demanda interna potente que los sucesivos gobiernos, hasta hace bien poco, se han dedicado a cuidar. La estrategia pergeñada por el gobierno español con la impagable colaboración de la nomenclatura de la Comisión europea, nos lleva inexorablemente a sueldos medios inferiores al menguadísimo salario base, a jornadas laborales muy por encima de la de cuarenta horas semanales que en España se aprobó en 1919, tras la huelga de La Canadiense, y a la irremediable quiebra de todos los servicios públicos esenciales, Sanidad, Educación, Pensiones y Dependencias, que pasarían a ser prestados por empresas privadas para aquellas personas que puedan pagárselo. En una democracia, en una economía social de mercado –como se decía antes-, el salario es la pieza angular sobre la que gravitan todos los beneficios sociales. Si los salarios se hunden deliberadamente, es que quieren hundir todo lo que de ellos sale. Estamos, pues, ante un catástrofe social desconocida para la mayoría, ante un crimen –porque es un crimen impedir que la gente pueda vivir y desarrollarse con un mínimo de dignidad en un país en el que el número de ricos y sus riquezas no han dejado de crecer- perfectamente urdido desde las más altas esferas del poder. Los afectados sólo tenemos una opción, identificar al enemigo, olvidar las diferencia y unirnos para derrotarlo rotundamente.

martes, 1 de noviembre de 2016

Cervantes en el Tristram Shandy de Lawrence Sterne

Cuatro son los autores esenciales que influyen en Sterne, esa especie de Joyce del siglo XVIII: Locke, Swift, Rabelais y Cervantes. Sterne llama a su Tristram Shandy una "sátira cervantina". En la traducción pionera de 1975 Francisco Ynduráin señaló algunos de los elementos cervantinos. El caballo de Yorick es todo un Rocinante, pero la locura de Walter y Toby Shandy, los personajes más quijotescos, está sin embargo fraguada según la teoría de las asociaciones mentales de Locke. Tal vez la alusión más concreta es esta, IV, 32:

"Si -como a Sancho Panza- me hubieran dejado escoger mi propio reino, sé que nunca hubiera elegido un reino marítimo, ni un reino de negros para sacar un solo penique con él, sino un reino lleno de súbditos francos y sonrientes. Y como las pasiones biliosas y saturninas cuando crean desórdenes en la sangre y en los humores ejercen tan adversa influencia sobre el cuerpo político como sobre el cuerpo físico, y como no hay más que el hábito de la virtud que pueda gobernar a esas pasiones sometiéndolas a la razón, solo me queda añadir a mi oración que Dios se digne dar fuerzas a mis súbditos para ser tan prudentes como alegres. Así sería yo el monarca más feliz y ellos el más feliz de los pueblos bajo la capa del cielo"

La poética y su reducción esencial

Una curiosa cita de Aristóteles que he encontrado en Fernando Savater, "Deberes y gozos de la palabra", en VV. AA., Escritores ante el espejo. Estudio de la creatividad literaria, Barcelona: Lumen, 1997, p. 280: “Lo más grande con mucho de todo, es ser dueño de la metáfora: es lo único que nadie puede aprender de los otros.” 

25 años de teatro español

Marcos Ordóñez, "25 años de teatro. Entre el estirón y el ahogo", El País, 28 OCT 2016 .

El teatro es hijo de su ayer y de su presente: hoy se actúa, se dirige y se escribe mejor que hace 25 años pese al paro y los exiguos salarios.

¿25 años ya? Qué barbaridad. Me preguntan cómo ha ido en mi negociado. Mirar hacia atrás siempre es peligroso: no es fácil medir la distancia entre los hechos y tu percepción. Tampoco me seduce hacer listas comparativas, que desbordarían este espacio. Es curioso: lo primero que recuerdo son las sensaciones felizmente perdidas. Las zonas de caspa resistiéndose a morir, las falsas modernidades. Aquellas antiguallas tremebundas, hijas del sainete más barato, y aquellas funciones (con personajes llamados A y B) que exhalaban un estentóreo desinterés por seducir al espectador. En aquella época ya podía elegir de lo que escribía, ya había pasado de la crítica diaria a la semanal, pero no era fácil: por supuesto que había cosas buenas, aunque bastantes veces me costaba llevarme un buen pastel a la boca. Llámenme optimista, pero hago cuentas y en la actualidad no hay mes que no atrape una docena de buenos espectáculos (y eso quiere decir autores y autoras, y directores, y grupos). Con muchísimas dificultades, pero ahí están. También soy consciente de que ahora hay mucho teatro pero quizás menos funciones: el signo de los tiempos, y no me parece buen asunto, pide poco tiempo en cartel para ganar públicos diversos.

En los noventa cambiaron muchas cosas, aunque menos de las esperadas. Y algunas no llegaron a mostrar la floración prometida. Se impone, ya digo, el resumen, y los resúmenes siempre son esquemáticos. Digamos que desde los ochenta una gran parte de la distribución teatral quedó prácticamente en manos del Estado. ¿Fue buena esa medida? Hasta cierto punto. Se compró, se restauró, se intentó descentralizar. Diría que los teatros públicos que mejor subsistieron fueron los de Madrid y Barcelona. Los de las restantes autonomías (corríjanme si me equivoco) no llegaron a alcanzar lo deseado. O lo planificado, según el alto modelo de los centros dramáticos franceses impulsados por el ministro Jack Lang.

La estatalización demuestra, de entrada, que en aquella época el teatro importaba políticamente más que ahora. Pero cuando pasaron veinte años y llegó la crisis, la mayoría de las salas financiadas por dinero público se quedaron al pairo, porque el presupuesto no llegaba o porque decidieron gastar el magro caudal en otras cosas, y en eso andamos o en eso seguimos, con sus altos y sus bajos y con sus giras en estado preagónico, según me siguen contando los cómicos. Y no solo en salas de aforo mediano: me viene ahora a la cabeza el Proyecto T6, central para la difusión de la joven dramaturgia catalana que, promovido por el TNC de Barcelona y con óptimos resultados, fue cancelado hace escasamente tres años.

Cosas buenas “de entonces” que hoy echo de menos: los Festivales de Otoño. En Barcelona se llamaban Tardor, luego Festival Olímpic de les Arts, y luego echaron el cierre. En Madrid pasaron a llamarse De Otoño en Primavera y De Otoño a Primavera, cada vez más adelgazados. Gracias a ellos comenzamos a ver, sin necesidad de cruzar la frontera, espléndidos montajes extranjeros, y aprendimos mucho de ellos. Por eso y por la labor de las escuelas de artes escénicas, diría que hoy se actúa mejor, se dirige mejor, se canta y baila mejor, y se escribe mejor que entonces. Yo creo que escribo mejor porque he aprendido a mirar más: todos crecemos gracias al talento ajeno. Muchas simientes de entonces son hoy espléndidos árboles. Hablando de festivales y de aniversarios, también se cumplen 25 años de la creación de Temporada Alta, la gran muestra de Girona, verdadero modelo de programación. Pocos daban un duro por ellos (entonces aún había duros) y ahí está, convertido en el verdadero festival de otoño: un triunfo de la iniciativa privada y la complicidad pública.

Más enseñanzas: las visitas, en sucesivas hornadas, de teatreros argentinos como Daulte, Tolcachir, Veronese, Messiez, y sus respectivos intérpretes. Es un gran regalo que hayan estado o estén entre nosotros, aunque también echo en falta la contraoferta: ¿por qué Sudamérica ha dejado de ser para nosotros una plaza o una red posible, como en los años cincuenta y sesenta? ¿Alguien se está ocupando de eso?

Vuelvo al vaivén del cuarto de siglo. Si hace cinco lustros me hubieran dicho que en el brumoso futuro un grupo llamado Kamikaze iba a tomar las riendas de una sala comercial con vocación de teatro público no me lo hubiera creído. O que serían poderosas realidades la Joven Compañía (ya en su cuarto año en el Conde Duque) o la Kompanyia del Lliure, nacida hace tres temporadas. Claro que si ese visitante del siglo veintiuno me hubiera hablado de las actuales cifras de cómicos en paro también me habría costado creerle. Y no solo paro: pregúntenle a cualquiera de ellos lo que se cobra por función. O lo que ni se cobra: ¿cuántos están trabajando por amor al arte para no quedarse en casa, para seguir sintiéndose parte de la familia que eligieron?

Podría seguir mirando hacia atrás y hacia adelante, intentando equilibrar la balanza con lo bueno y lo malo, pero intentaré resumirlo en una frase: nuestro teatro está hoy, hijo de su ayer y de su presente, entre el estirón y el ahogo.